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El Libro de las Cosas Perdidas, de John Connolly

Es este un libro peculiar, y no sólo porque se aparta formal y temáticamente de la ficción que Connolly nos suele ofrecer, sino porque se trata de una historia que contiene reelaboraciones de los cuentos infantiles clásicos.
Me apresuro a decir que, no obstante, no se trata de un libro infantil. Esta reelaboración es adulta, de modo que su límite mínimo de edad es el juvenil, aunque lo recomiendo a todo público adulto; por lo menos, a todos aquellos adultos que conservan una chispa de la capacidad de maravillarse propia de la infancia.
David es un niño de doce años que vive en la Inglaterra de las inmediatas vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Y a David le sucede algo terrible: su madre enferma, y tiene que asistir a esta muerte lenta. Cuando su padre decide casarse otra vez, y Rose, la madrastra (he aquí otro arquetipo de los cuentos), además le proporciona un hijo, Georgie, el mundo de David parece desmoronarse definitivamente. Es entonces cuando empieza a oír lo que susurran los libros, y cuando empieza a recibir las visitas del Hombre Torcido, una especie de trasunto de Rumpelstiltskin, quien muestra un gran interés por él y su hermanastro; así como apariciones en sueños de su madre muerta, que pide que la rescate del lugar donde está.
Y una noche en que David va al jardín hundido indicado por su madre, ve dirigirse hacia él a un bombardero Junkers 88 en llamas, derribado en el cielo de Inglaterra. Tratando de escapar del impacto, se introduce en una oquedad en la pared, y aparece en un mundo distinto.
Este mundo tiene un paisaje y unas reglas propias, y está compuesto de todos los cuentos infantiles, de todos los libros que David ha leído, aunque extrañamente deformados, evolucionados, más primitivos, telúricos y brutales, pero a la vez más sofisticados. David emprenderá una búsqueda que será a la vez un autodescubrimiento, un viaje de iniciación, pero una búsqueda muy peligrosa para él y para su familia.
Puede que todo sea un sueño que sucede en la mente de David, en coma por el impacto del bombardero alemán. O puede que, en efecto, haya entrado en una tierra de sueños e historias que se ha conformado a medida de sus lecturas. Hay elementos en la novela que pueden apoyar ambas tesis, y el autor deja que el lector escoja la que le parezca mejor. Tampoco es importante. Lo que importa es el paso definitivo de la infancia a la madures que da David, y la constatación de ese paso nunca es totalmente inocente, que tiene sus reglas y riesgos.
Como metáfora, Connolly emplea los cuentos infantiles, que ya de por sí son como una especie de ritos de iniciación a la vez que avisos sobre posibles peligros de la vida, y así como David crece y se hace adulto en la historia, también los cuentos lo hacen (a veces con efectos cómicos, como los siete enanitos tiranizados por Blancanieves, y que son sindicalistas de ideología marxista convencidos), y sus moralejas se hacen menos simplistas.
Pero esta tesis no se impone como una declaración política. Connolly es, sobre todo, un gran narrador, y El Libro de las Cosas Perdidas es una novela que puede ser leída con un sentido de la maravilla intenso, con un ritmo vivaz, con un empleo de la narrativa que atrapa al lector y lo envuelve en un mundo original y nuevo que, sin embargo, reconoce de sus lectoras infantiles.
Connolly no es el primero en "evolucionar" los cuentos de hadas. Como él mismo dice, muchos autores lo han hecho antes, entre ellos la muy añorada Angela Carter. Y esas reflexiones que hace Connolly no lleva a otro punto.
Si un libro necesita un índice es este. Sin embargo no lo tiene en su edición española, y el lector puede quedar sorprendido de que la historia termine en la página 375, cuando el libro prosigue hasta la 541. La inoperancia de ciertos editores no deja de sorprenderme. Porque, ¿en qué podía perjudicar al libro indicar que contiene una entrevista con el autor en la que Connolly proporciona algunas claves de la obra, y además unos estudios del propio Connolly, incluyendo los textos originales, sobre los cuentos de Rumpelstiltskin, El Agua de la Vida, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, Los Tres Cabritos, Blancanieves y los Siete Enanitos, Ricitos de Oro, Los Tres Cirujanos del Ejército, La Pastora de Ocas, a Bella y la Bestia, La Bella Durmiente, Childe Roland a la Torre Oscura Llegó, los centauros y las arpías? Estos estudios son pequeñas obras maestras de interpretación y análisis, y muestran su maestría en traspasar esos mitos infantiles a su novela, así como proporcionar claves de interpretación no sólo sobre la historia de David, sino sobre los cuentos de hadas en general. Es un valioso regalo más allá de una novela que ya es de por sí un regalo para el lector y una demostración de la minuciosidad, trabajo y respeto que Connolly emplea en su escritura.
Tal vez esta obra pueda desconcertar a los seguidores de la serie "Charlie Parker" de John Connolly, pero les aseguro que vale la pena leerla. Tendrán ante sí una de las más originales, gratificantes, sensibles e inteligentes novelas que se puedan escribir sobre esos mitos comunes a todos que son los cuentos infantiles.

(The Book of Lost Things)
Eds. Oniro
Barcelona, 2008 [2006]

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John Connolly
¿ Qué sucede cuándo el mundo imaginario de David se convierte en un mundo real ?

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Centauros del Desierto, de John Ford

SESIÓN MATINAL 

(The Searchers); 1956

Director: John Ford; Guión: Frank S. Nugent basado en la novela de Alan le May; Intérpretes: John Wayne (Ethan Edwards), Jeffrey Hunter (Martin Pawley), Natalie Wood (Debbie Edwards a los 15 años), Vera Miles (Laurie Jorgensen), Ward Bond (Reverendo capitán Samuel Johnston Clayton), John Qualen (Lars Jorgensen), Henry Brandon (Jefe Scar / Cicatriz), Antonio Moreno (Emilio Gabriel Fernández y Figueroa); Dir. de fotografía: Winton C. Hooch; Música: Max Steiner.

Centauros del Desierto es un ejemplo paradigmático de reevaluación de una película. Se estrenó como un western más de su director, incluso con algunas críticas negativas, pero en los años setenta los críticos empezaron a verlo con otros ojos, y llegaron a la conclusión de que, fílmica y temáticamente, era una de las mejores y más sutiles películas de John Ford. Esa ha quedado como la opinión prevalente, aunque gente como Pauline Kael, que es una excelente crítico que no se muerde la lengua, haya escrito que "podrán leer muchas cosas sobre esta película, pero creo que es desilusionante".
Lo de que se pueden leer muchas cosas sobre Centauros del Desierto es una verdad como un templo. Se han escrito, más allá de apreciaciones breves, estudios completos sobre ella. Y poca cosa puedo añadir yo. Desde la utilización de Monument Valley (con incursiones al Canadá para las escenas de nieve) como escenario, hasta los encuadres de la puerta, que parecen marcar la diferencia entre dos vidas, una, la salvaje y desarraigada del exterior y otra, la hogareña y estable, pacífica, del interior, en la cual el protagonista, Ethan, no puede entrar más que brevemente, estando por siempre condenado a vagar por el exterior.
Porque este personaje lo marca todo en esta película. No han pasado ni diez minutos de filme que ya sabemos mucho de él. Ha sido sargento de caballería de la Confederación (aunque, como se nos dice más tarde, ni se le vio durante la rendición ni después de la capitulación). Corrió el rumor de que los tres años transcurridos desde la derrota del Sur los pasó en California, pero él lo niega diciendo que no ha estado jamás allí ni piensa ir. Nos enteramos de que ha estado en México, por una condecoración maximilianista que regala a Debbie, y porque lleva "dobles águilas" de oro, moneda del México de Maximiliano. Luchando en qué bando queda sin descubrirse. Y percibimos que es más que seguro que estuviese enamorado de la que ahora es su cuñada, lo que introduce un pequeño elemento de tensión en las relaciones con su hermano. Y sabemos que odia a los indios y mestizos, aunque sólo tengan un cuarto de sangre india. Es mucho para un personaje, es una intensidad y un pathos desmesurado para un simple western. De hecho, es más propio de la épica clásica que no de un relato de frontera.
Resulta que, como el propio Ford se ocupó de mostrar en El Hombre que Mató a Liberty Valance, la epopeya del western es falsa, una construcción de una leyenda. Y es interesante comprobar que dos de los grandes westerns de Ford, La Diligencia y Centauros del Desierto, sean uno la trasposición de un muy europeo relato, Bola de Sebo, de Guy de Maupassant, y que el otro esté estructurado como si su modelo de referencia fuera una mezcla de la Ilíada y la Odisea.
La Búsqueda de Debbie, capturada por los comanches renegados del jefe Cicatriz, no es sino una especie de rescate de Helena; no se trata ya de salvarla, puesto que la convivencia con los comanches la ha convertido a los ojos de Ethan en alguien más allá de la remisión (aunque esa actitud cambiará al final), sino de rescatarla como venganza. La errabundia que emprenderán Ethan y Martin durante más de tres años tiene todo el aspecto del deambular de Odiseo por un Mediterráneo conocido pero agreste, sin poder llegar jamás a su casa, en este caso cumplir su misión, y durante este deambular sucederán episodios que son como las aventuras que narró Homero. Si lo vamos a mirar, hasta el asunto de los pretendientes está presente con el cortejo de la novia de Martin, que llega el mismo día de la boda para impedirla y castigar al pretendiente. Y, como en la Odisea, el final de la aventura no es el final del deambular de Ethan. Ha cumplido su misión, pero el descanso está fuera de cuestión, y se encamina de nuevo hacia el campo abierto, quien sabe en busca de qué esta vez, aunque uno sospecha que en busca de sí mismo.
Ford era muy consciente de todo ello, y así lo demuestra mediante el lenguaje cinematográfico, con encuadres, planos y movimientos de cámara.
Con todo ello compuso una auténtica épica, una que tiene más profundidad y alcance que cualquier otro western épico, y una que trasciende el mero hecho fílmico para convertirse en un uso de la narrativa clásica, para llevar un sentido de inmanencia de las gestas heroicas a la pantalla. Para, con toda sencillez aparente, hacer un clásico como pocos han habido.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Django Reinhardt 26 diciembre 1940

Siempre es un placer reencontrarse con el gran genio de la guitarra Django Reinhardt.
Aquí lo tenemos con Pierre Allier y su orquesta, actuando como rítmico, aunque las introducciones a los temas sean suyas y "marca de la casa. De todas maneras, Django era, aparte de una máquina de swing, un genio tal que incluso en la rítmica de fonfdo no puede dejar  de sorprender con algún punteo, un acorde contrapuntado o alguna diablura que da a su interpretación algo distintivo, de modo que incluso en este papel discreto vale la pena escucharlo. Los temas son Petite Lili y Ninouche.
Acto seguido, lo encontraremos con el grupo de Christian Wagner, en dos piezas llamadas Pour Terminer y Pour Commencer, en una curiosa inversión del orden que el Cifu les comentará.
Y aquí viene algo muy especial: una banda de dieciséis integrantes que interpretará Festival Swing, una composición que no es más que una excusa para que trece solistas realicen una demostración de qué era el jazz francés de la época, con Django y su "famoso quinteto" ocupando una posición de privilegio, y con un solo de Reinhardt espléndido. El tema no sólo es simpático, sino que es musicalmente encantador, y esa muestra de jazz es magistral.
Con la misma banda de dieciséis músicos, Django interpretará otra de las piezas de ese proyecto del que ya hemos escuchado algunos temas, "Django's Music", es decir, las composiciones de Reinhardt arregladas para gran orquesta. En esta ocasión se trata de la muy delicada Stockholm.
Y otra sorpresa la tenemos al escuchar a Django colaborando con el gran cantante francés Charles Trenet (sí, el de La Mer), haciendo comentarios a la guitarra a la rendición vocal que hace Trenet de una canción basada en una de las fábulas de La Fontaine, La Cigale et la Fourmi. Sorprendente, con Trenet en plena forma y Django perfecto.
Con la base del Quintette du Hot Club de France más André Ekyan, escucharemos Hungaria y el gran estándar Out of Nowhere.
Y con el Quintette propiamente dicho, tendremos una interpretación ágil y simpática de Dinette, un gran clásico de Django, y una de sus estupendas y sentidas baladas, Crépuscule.
Lo dicho, un placer. Presten atención a los comentarios del Cifu, y disfruten del mejor guitarrista de jazz de la historia, Django Reinhardt.

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El Mortal Inmortal, de Mary W. Shelley

A Mary W. Shelley siempre se la recordará por ser la autora de Frankenstein (aunque muy poca gente la ha leído), que se concibió en "el más loco de los tea-parties ingleses", en palabras de Stephen King, a orillas del lago Geneva.
Se sabe menos que escribió novelones góticos, y algunos relatos en el mismo estilo.
Este El Mortal Inmortal (que pueden ustedes leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña) pertenece a esta tradición gótica, y es perfectamente reconocible la atmósfera y los topos que dominaron esta corriente literaria, de moda desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XIX.
Sin embargo, y como sucede con Frankenstein, Mary Shelley domina mejor el terreno filosófico que el de la parafernalia de la inquisición, las criptas tenebrosas y el aparataje diabólico.
Así que, y pese a que la historia del aprendiz del alquimista Cornelius Agripa (personaje histórico real que, ya puestos en ficción, fue maestro del doctor Victor Frankenstein) tiene su interés, el relato alcanza su mejor momento cuando este aprendiz bebe, buscando el antifiltro amoroso, y casi por accidente, el elixir de la vida eterna, y empieza a darse cuenta de que ha sido agraciado, o más bien condenado, a una vida prolongada más allá de cualquier expectativa, y cuando empieza a ansiar que esta vida no sea eterna, enfrentado a la perspectiva de quedar irremediablemente solo, viendo cómo desaparece todo aquello que ama mientras él sigue viviendo, huyendo (se nos insinúa) de todo lugar en el que su invariable juventud acabe despertando sospechas, abrumado por una vida sin final.
Hay una gran cantidad de emociones en muy pocas páginas, respecto a esta presunta bendición que representa el vivir para siempre y que en realidad no es más que una separación definitiva del género humano para convertirse en lago maldito (la referencia al Judío Errante al principio del relato no es banal), un remedo de hombre al que el cansancio y la soledad se hacen eternos.

(The Mortal Immortal)
En La Eva Fantástica
Ed. Siruela, col. El Ojo Sin Párpado
Madrid, 1989 [1834]
Sel. y prólogo de Juan Antonio Molina Foix

Texto en castellano de El Mortal Inmortal
Texto en inglés de The Mortal Immortal

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Fiebre en las Gradas, de Nick Hornby

El fútbol dentro de la literatura (y el deporte en general) es tan escaso que apenas puede llamársele género. Y en cuanto a su calidad... Bueno, digamos que los estándares no suelen estar a la altura.
Por eso es tanto más sorprendente encontrarse con un libro como Fiebre en las Gradas. Leído en su época, y releído hoy, sigue conservando su primacía en la narrativa futbolística. Y, aunque eso es difícil de afirmar, creo que puede atrapar tanto a los futboleros como a los que no lo son.
Hornby se pone en primera persona para relatar la vida de un obseso, de un hombre casi ridículo, de un hincha, en este caso del Arsenal, y que se llama Nick Hornby. No sé cuánto de autobiográfico hay en la narración, e importa poco; lo que importa es reconocer como reales ciertos comportamientos ya vistos en los aficionados al fútbol, e ir más allá del simple reconocimiento y pensar sobre ellos, sin perder por esa reflexión la agilidad, el humor y la fluidez narrativa. Es más difícil de lo que parece.
Hornby nos describe el comportamiento de alguien que rige su vida según el calendario de competición de su club. Narra un amor compulsivo y fiel, más duradero que cualquier otra cosa que suceda en la vida (Vázquez Montalbán, otro de los escritores que reflexionó sobre el mundo del fútbol, decía que una persona, en el transcurso de su vida, puede cambiar de ideología, de partido político, su sentido del voto, de religión, de pareja, renegar de su familia, cambiar de trabajo, de profesión, de estilo de vida, de nacionalidad, de domicilio, de todo lo imaginable; pero es rarísimo que cambie de fidelidad a los colores de su equipo de fútbol).
Todo lo cual está muy bien, pero Fiebre en las Gradas no es un ensayo, aunque sus reflexiones bien pudieran dar lugar a uno. Es una novela, y Hornby la hace avanzar con humor, con exageración de situaciones, con la caricatura deliberada de una persona con una manía inofensiva que rige su vida y que se examina a sí mismo admitiendo su hándicap, pero también reconociendo que esa pertenencia le hace, no sólo peculiar, sino mejor.
La exahustividad de este análisis es total. No hay aficionado en el mundo que no pueda reconocer los síntomas, las situaciones, las sensaciones. No hay alguien no aficionado que no reconozca a un conocido, a un amigo, a un marido tal vez (y sí, hay aficionadas en el libro, y un análisis de las diferencias con sus colegas masculinos).
Y leído hoy es en extremo clarividente. El hooliganismo, la evolución del fútbol, el alejamiento deliberado de los aficionados populares de los estadios para favorecer la entrada de espectadores de clase más alta y mayor poder adquisitivo, la interferencia de la televisión y sus derechos de retransmisión, la inflación desmesurada en el coste de los fichajes, la crónica mala administración de los clubes, todo aparece y, veinte años después, casi todo se ha confirmado.
Pero, más allá de lo analizable, es una novela estupenda. habiendo leído a Hornby, uno ya puede detectar un hilo conductor en toda su obra. Nick Hornby siempre habla de personajes solitarios, de personas que tienen un problema de socialización y que se refugian en una manía o afición. Y que, no obstante, son buenas personas, que quieren compartir esa afición y aspiran, en el fondo, a una vida normal en compañía de sus semejantes, compartiendo con ellos las alegrías que esa manía les produce. Hornby es un obseso por el Arsenal, pero esa obsesión, más que convertirlo en maniático, lo hace humano, peculiar, sistinto. En suma, le hace escapar de la vulgaridad, que es la peor de las soledades, porque es todavía más común que ser hincha de fútbol.

(Fever Pitch)
Eds. B, col. Tiempos Modernos
Barcelona, 1996 [1992]

Existe reedición en Ed. Anagrama
Portada y sinopsis

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Escribir Ficción, del Gotham Writers' Workshop

Han surgido escuelas de escritura como setas en otoño. Seminarios, talleres, tutorías... proliferan por el país, dirigidos y dados por gentes cuya vinculación a la literatura es tan arcana que, a veces, uno sospecha que tan sólo consiste en haber ganado un premio de redacción escolar. Aparte de esos papadineros peligrosos (para el futuro escritor y para la literatura), hay unas pocas escuelas con buenos escritores que enseñan bien, y que suplen la carencia tradicional en España de las clases magistrales dadas en universidades por grandes escritores, y que son asunto común en las facultades anglosajonas.
En esos países también existe una tradición de escuelas y talleres literarios con un alto nivel de excelencia y profesionalidad. Tanto, que para ingresar en ellos no sólo se requiere pagar, sino mostrar cierto talento.
Entre ellos está el Gotham Writers' Workshop, que decidió poner este libro al alcance del público en general.
Hay muchos textos de escritura creativa, y la gran mayoría son útiles. Al fin y al cabo, escribir no es una ciencia exacta: pero uno de los más completos es este Escribir Ficción.
En sus páginas, un especialista en cada campo nos dará las claves sobre qué es la ficción, el personaje, la trama, el punto de vista, la descripción, el diálogo, el escenario y el ritmo, la voz, el tema, la revisión e, inevitablemente, el negocio de escribir.
Cubriendo todos los estilos y tratando de reducir la enseñanza a lo esencial, poniendo ejemplos claros, este libro es una herramienta valiosa para todo aquel que desee descubrir los errores que comete, encontrar nuevas técnicas y hallar soluciones narrativas. Siempre que el talento esté allí para empezar, claro.
Sobre todo, constituye un baño de realismo: No, una buena trama no hace una buena novela; no, una buena redacción no equivale a buena literatura; no, el talento no es nada si el texto que lo transmite es una chapuza. No promete imposibles. No por leer este libro será usted un escritor. Pero los escritores dudan (y yo diría que es una característica intrínseca del buen escritor), y este libro puede ayudar a despejar esas vacilaciones.
[Es peculiarmente asombroso que, tratándose de un libro que intenta enseñar cómo escribir bien, nos llegue de la forma en que lo hace. Aparte de unas construcciones gramaticales bien peculiares, choca un poco que se hayan requerido una traductora, un correctora, otra correctora y una editora para acabar denominando "chaqueta de doble solapa" (!) a lo que aquí toda la vida hemos llamado "chaqueta cruzada". Entre otras lindezas presentes en esta traducción.]

(Writing Fiction)
Alba Ed., col. Guía del Escritor / Textos de Referencia
Barcelona, 2012 [2003]

Portada y sinopsis

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Llévame a Ver el Partido, de Busby Berkeley

SESIÓN MATINAL 

(Take Me Out to the Ball Game); 1949

Director: Busby Berkeley; Guión: Harry Tugend y George Wells; Intérpretes: Gene Kelly (Eddie O'Brien), Frank Sinatra (Dennis Ryan), Esther Williams (K. C. Higgins), Betty Garrett (Shirley Delwyn), Jules Munshin (Nat Goldberg), Edward Arnold (Joe Lorgan), Richard Lane (Michael Gilhuly), Tom Dugan (Slappy Burke); Dir. de fotografía: George Folsey; Dirección musical: Adolph Deutsch; Canciones: Betty Comden, Adolph Green, Roger Edens.

Un musical menor en la historia de este género, pero divertido, ágil, equilibrado y que tiene su cierta importancia, como veremos.
Como ya les he repetido, los musicales tienen sus propias reglas, y es necesaria una suspensión de la incredulidad para entrar realmente en su juego. En ese caso, Kelly y Sinatra son dos jugadores de béisbol que, fuera de la temporada deportiva, se dedican a las variedades cantando y bailando (!). Ya digo que los musicales tiene sus reglas y una de ellas parece ser que cuanto más alejados están de la realidad, mejor. Al equipo llega un nuevo propietario, que tras el consabido malentendido se descubre que es propietaria. Ni más ni menos que Esther Williams (por una vez, pasando más tiempo en tierra que en el agua, aunque tiene su escena en una piscina, cómo no). A partir de aquí, lo típico: enamoramientos, confusiones, una malo que quiere ganar una apuesta deportiva por métodos poco legales, etc.
Lo cual, si el musical está bien hecho, puede ser tan típico como se quiera, pero se aguanta perfectamente, y esto es lo que sucede con éste. Kelly está espléndido en sus bailes; Sinatra, ya sabemos, canta de maravilla; Williams luce palmito; el director, Busby Berkeley, fue uno de los mejores coreógrafos que ha existido; y la gran sorpresa es una secundaria, Betty Garrett: su interpretación es vitalista, risueña, divertida y sobre todo fresca.
Pero la importancia de la que les hablaba no reside tanto en el filme en sí, aunque insisto en que es un musical sin grandes números pero que tiene una alta valoración en la historia de ese género. No; si se fijan, verán muchas caras que les harán pensar en la ficha técnica de una obra maestra del musical, como es On the Town / Un Día en Nueva York. Y es que, aunque no temáticamente, parece como si la magia de haber hecho un musical por encima de lo esperado hubiera estimulado a mantener y mejorar el mismo equipo para realizar algo grande. Ver a Kelly, Sinatra y Munshin juntos prefigura su escapada en la gran ciudad que se realizaría ese mismo año, y sin duda Betty Garrett se ganó el puesto en esa película gracias a su interpretación en esta Llévame a Ver el Partido.
Un filme sin complicaciones para disfrutar de un musical sin complejos.

Tráiler: 

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Jazz Porque Sí: Charles Tolliver en Tokyo

Hoy traemos un estupendo concierto del grupo del trompetista Charles Tolliver, "Music Inc.". Como tendrán ocasión de escuchar, Tolliver es un trompetista hard-bop, con una técnica impresionante y un dominio de la música que impresiona desde la primera nota; y, además, está acompañado por unos músicos realmente notables: Stanley A. Cowell al piano, Clint Houston al contrabajo y Clifford Barbaro a la batería. Tal vez no tengan el nombre de otros, pero desde luego merecen mayor fama.
En un concierto que es fundamental en las discografías de Tolliver, escucharemos unas pocas piezas que conforman una actuación con un sentido de la melodía espléndido: Draught; Stretch, en la que el contrabajista Clint Houston efectua una introducción y un solo impresionante; una preciosa balada, Truth; Effi, una composición de Cowell magníficamente arreglada e interpretada; y un 'Round About Midnight con un ritmo frenético tras la introducción, para volver después a un tempo meditativo.
Les encarezco que escuchen los comentarios del Cifu sobre Tolliver y sus muchachos; descubrirán así a unos músicos que no conviene perderse. Y espero que disfruten de este magnífico concierto.

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William y Mary, de Roald Dahl

Entre los relatos de choque, típicos del autor, hay unos pocos que emplean elementos de ciencia ficción para convertir en realidad los deseos íntimos de sus protagonistas.
En el caso de William y Mary, el inicio es casi prosaico, banal. Nos hallamos en el despacho de un procurador que está dando curso a las últimas voluntades del difunto William. El poco dinero del que disponía va a su esposa, Mary. Todo según lo previsto, salvo una carta personal que se entrega a la viuda. En ella, y quizá por primera vez en la vida, William sale de la intensa vulgaridad «solemne y afectada» que dominó toda su existencia.
En la carta William describe cómo ha aceptado que, una vez muerto, un investigador amigo suyo utilice su cerebro para mantenerlo vivo en una solución salina, desconectado del cuerpo, controlado por un encefalógrafo y con un nervio óptico y un globo ocular remanentes para captar impulsos externos.
Por una vez, parece que William se decidió a hacer algo que no fuera vulgar. Claro que la tentación era muy grande, y no pudo resistirse a exhortar solemnemente a su viuda: «Cuando te deje, sé buena y recuerda siempre que es más difícil ser viuda que esposa. No tomes cócteles. No malgastes el dinero. No fumes. No comas dulces. No te pintes los labios. No te compres un aparato de televisión. Cuida de que mis rosales, al igual que el jardín de rocalla, estén bien desherbados durante el verano. Y, de paso, visto que ya no me ha de servir para nada, te sugiero que hagas suspender el servicio telefónico.» Al parecer, William no tuvo bastante con treinta años de matrimonio, quería ser un latazo incluso postmortem.
Aunque, claro, si esta admonición no es realmente póstuma, si William puede ver, pero no hablar ni quejarse, quizá no ha medido bien las consecuencias de ejercer una tiranía más allá de lo que la ley y el sentido común aconsejan. La furia de una mujer no es desdeñable.
Roald Dahl sabía muy bien que hay convivencias que son pequeños infiernos, martirios que se soportan hasta que llega un punto de ruptura. En este caso, una conducta ejemplar como la de Mary recibe como premio una prolongación de ese suplicio más allá de lo razonable. O, como nos advierte Dahl, recibe el premio de la venganza, en un relato minucioso en la psicología de sus personajes, y corrosivo en su desarrollo.

(William and Mary)
En Relatos de lo Inesperado
Ed. Argos Vergara
Barcelona, 1981[1960]

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La Promesa, de Friedrich Dürrenmatt

Dürrenmatt escribió en 1958 La Promesa como una antinovela policíaca. No es una definición que venga porque sí; la intención de su autor era precisamente esa, la de construir una novela que fuese la negación del género policíaco, y esto queda demostrado ya desde el principio, cuando el narrador de la historia, un comandante de la policía federal suiza, escoge a un escritor que acaba de dar una conferencia en Coira sobre el arte de escribir novelas detectivescas. Y le expresa justamente la crítica que puede hacer un policía al género: el hecho de que toda la acción novelesca es perfectamente lógica, regulada por unas normas, y ni esta lógica ni esas normas se dan en la vida real. Y acto seguido, le explica, le muestra una historia y unos personajes que corroboran esa falta de lógica de la vida real, esa ausencia de reglas de juego.
La historia del argumento y su final son muy conocidas, puesto de la obra de Dürrenmatt ha sido estudiada y puesta como ejemplo numerosas veces, de manera que no creo que perjudique a la calidad de la lectura si hablo del final. De todas maneras, los lectores que deseen preservar la virginidad de este argumento, sáltense este párrafo y vayan a la sinopsis del enlace al pie de esta reseña. Quedan advertidos. En el cantón de Zurich se ha asesinado  una niña, Gritli. Todo apunta a un pedófilo, y justamente el inspector que se encarga del caso tiene a uno a mano, el comerciante que ha denunciado el hallazgo del cdáver de la niña. Hay ciertas diferencias de comportamiento que no parecen encajar entre sus antecedentes y este crimen, pero el inspector Matthäi tiene prisa: parte como asesor de la policía jordana, en un lucrativo empleo que le asegura un retiro más que digno. Por tanto, cuando el presunto asesino confiesa y, poco después, se suicida en su celda, el caso queda resuelto. Pero, además de prisa, Matthäi tiene una promesa que cumplir: ha jurado por la salvación de su alma a los padres de la niña que encontrará al asesino de su hija. De manera que, en el mismo aeropuerto, da media vuelta y vuelve para investigar el caso. Sin apoyo oficial, ya que ha dejado de ser policía suizo, sin que nadie le tenga en sus cabales, Matthäi va consiguiendo reunir unos cuantos hilos que delimitan el caso y que exoneran al difunto comerciante. Así, prepara una tramba, un cebo en el que el asesino tiene que caer irremediablemente. Y een el lugar en que se la tiende, espera... Espera sin saber que el asesino, que efectivamente ha mordido su anzuelo, no llegará jamás, porque se ha estrellado con su automóvil. Y Matthäi, sin embargo, sigue esperando...
la intención de Dürrenmatt de liquidar la novela policíaca, por descontado, no se cumplió, pese a que el intento que realiza en La Promesa es, ciertamente, antipolicíaco. La literatura tiene más resistencia de lo que parece: se dobla, pero casi nunca se parte. El Quijote no supuso el final de las novelas de caballerías, sino la transformación de la novela en otra cosa. La Promesa no acabó con el género, sino que anticipó aquello en lo que el género se iba a convertir: una forma de literatura más realista, social, donde los límites de la justicia y la injusticia son difusos y donde el hallazgo del criminal no cuenta tanto como otras cosas.
¿Pionera? Sí. ¿Anticipada a su tiempo? Sí, es una de las novelas que ya prefiguraban el cambio de tendencia que culminaría en la novela negra moderna. Pero sobre todo es una novela magnífica, en la que participan unos personajes fascinantes (la escena de Matthäi con el psiquiatra es particularmente prodigiosa en cuanto a interpretaciones de las cuestiones de orden y caos, cordura y locura, y obsesión y deber) y un sentimiento de desolación que se va instalando en la narrativa conforme el comandante va explicando a un escritor policíaco una historia que podría muy bien ser real, y cuyo final sólo se ha podido saber por un azar improbable que, sin embargo, no representa ninguna redención para el pobre Matthäi.

(Das Versprechen)
Eds. 61, col. El Cangur
Barcelona, 1991 [1958]
Trad. de Artur Quintana

Existe edición castellana en Navona Editorial
Portada y sinopsis de la edición castellana

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Recuérdalo Tú y Recuérdalo a Otros. Historia Oral de la Guerra Civil Española, de Ronald Fraser

Las historias orales, un fenómeno relativamente nuevo en la historiografía, tienen su precedente en las memorias y libros de recuerdos que han menudeado desde la aparición de la imprenta. Sin embargo, su valor era muy discutido, porque el historiador, con buen criterio, no podía dar por válidos testimonios no corroborados como mínimo por otra fuente, de manera que siempre se trataban esas manifestaciones con la máxime prevención.
No obstante, el género tuvo su reivindicación cuando fue posible entrevistar a esas fuentes diversas y componer con ellas, si no un cuadro exacto, sí aproximativo a los hechos. De manera que los historiadores se han apresurado a redactar estas historias orales, antes de que la muerte les prive de su testimonio y, por lo común, pasado el tiempo suficiente como para que las pasiones se hayan calmado y la objetividad gane el suficiente terreno.
Pero los inconvenientes de antaño persisten, y este libro es una buena prueba de ello. No porque esté mal hecho, o tenga poco valor. No, lo que sucede es que hay muchos sucesos en los que las versiones difieren en su literalidad, aunque se mantienen en el concepto general; y, por otra parte, porque a pesar del tiempo transcurrido, esa necesaria objetividad todavía no ha llegado plenamente. ¿Por qué? Si se me permite una opinión algo arriesgada, yo diría que porque la Guerra Civil no terminó en 1939, ni tan siquiera en los años sesenta, sino que el régimen franquista representó una prolongación, incruenta a partir de cierto punto, pero siempre amenazante, de ese conflicto civil. Es difícil dejar lugar a la reflexión serena cuando un gobierno invoca, año tras año, ser el defensor de la moral y el orden contra una buena parte de su ciudadanía, en el interior o en el exilio, y recuerda una y otra vez la "amenaza roja". Era una cuestión vital para la pervivencia del propio régimen, la justificación de su existencia. Y, por parte del otro bando, el mismo fenómeno se producía; por un lado el percibir haber sido derrotado, que esa sociedad española franquista no era la suya; por otro, la objetividad se gana con la enunciación del discurso y el debate sobre el mismo, y ese discurso era reprimido, activa y pasivamente, por la certeza de que enunciarlo era peligroso. De manera que no es de extrañar que esta historia oral se sitúe ideológicamente, todavía, en el conflicto.
Aún así, los testimonios son valiosos. El autor reconoce explícitamente que las versiones pueden ser discordantes, de manera que los hechos ciertos tendrán que buscarse en otra parte. Pero insiste (y acierta) en que, cuando menos, proporcionan un testimonio del clima moral que se vivió durante la Guerra Civil.
El libro se ordena alrededor de varios hechos puntuales, no todos los sucedidos en la guerra (por ejemplo, echo de menos testimonios sobre el alzamiento en la flota), intercalados con episodios completos narrados por uno de los protagonistas, y por relatos de militancias, con mucho los testimonios más ideológicos.
Es un libro, por tanto, que no sustituye a una historia de la guerra civil; se trata más bien de un complemento necesario a la misma. Particularmente emotivos son los testimonios sobre el bombardeo de Guernica. Los del bando republicano, sí, pero también los de los partidarios de los nacionales, que muestran su malestar por ese bombardeo indiscriminado de la población civil (que ellos mismos sufrieron), pero que optaron por el silencio, considerándolo un mal menor (o mayor) necesario para la victoria de los sublevados.
Si este capítulo es indicativo del talante de este libro y del clima moral que se vivió durante el episodio, también es una metáfora de lo que fue la Guerra Civil: una situación en la que las posturas llegaron a ser tan irreconciliables que todos se prestaron a justificar las atrocidades de su propio bando.

(Blood of Spain. THe Experience of Civil War, 1936-1939)
Ed. Crítica, col. Obras Mayores
Barcelona, 2001 [1979]

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Al Rojo Vivo, de Raoul Walsh

SESIÓN MATINAL 

(White Heat); 1949

Director: Raoul Walsh; Guión: Ivan Goff, Ben Roberts, basado en un relato de Virginia Kellogg; Intérpretes: James Cagney (Cody Jarrett), Edmond O'Brien (Hank Fallon / Vic Pardo), Margaret Wycherly (Ma Jarrett), Virginia Mayo (Verna Jarrett), Steve Cochran (Big Ed Somers), John Archer (Philip Evans); Dir. de fotografía: Sid Hickox; Música: Max Steiner.

Incluso aquellos que no la han visto es más que probable que conozcan una frase de la película que se ha hecho mítica: "¡En la cima del mundo, Mamá!"
Es la frase final del filme, y es famosa con justicia. Lo que la ha precedido es algo impresionante. Por primera vez, y hay que insistir en ello, por primera vez un gángster era interpretado como un psicópata, de manera que estamos hablando de Cody Jarrett como el padre de todos los delincuentes que han atravesado la línea de la cordura y se han metido de lleno en el sadismo enfermizo. Por descontado, uno puede escribir lo que quiera en un guión, pero si lo piensan un poco, reconocerán que es muy difícil interpretar un personaje de estas características sin caer en el histrionismo o hacerlo creíble. Pues bien, Cagney (no me cansaré de decir que probablemente James Cagney es uno de los cinco mejores actores de la historia del cine: como malvado, como héroe, como duro, como personaje romántico, como comediante, bailaba más que bien, cantaba más que aceptablemente y nunca, nunca, le he visto una mala interpretación. Como máximo ha estado en malas películas, pero por norma él cumplía con brillantez), Cagney, decía, se muestra histriónico; pero, y aquí viene lo bueno, es un histrionismo construido a la par que el personaje, de manera que es coherente con el mismo y adecuado a su personalidad sádica, edípica, misógina y megalomaníaca.
Ya que hablamos del complejo de Edipo, déjenme remarcarles la actuación de una secundaria de lujo, Margaret Wycherly, en el papel de madre de Cagney; Wycherly era una actriz shakespeariana capaz de cualquier cosa en la interpretación, y si hay algo que ayuda a hacer creíble el papel de Cody Jarrett es su interpretación de una madre posesiva y dominante, pero con matices de ternura (hacia su hijo, y hacia nadie más) y sin embargo tan dura como Lady Macbeth.
Es una película llena de detalles. Por ejemplo, el papel que Walsh hace representar a Virginia Mayo: una mujer con un carácter rastrero y un poso de vulgaridad que trascienden al guión (y que era un tipo de mujer al que Walsh le encantaba que apareciera en sus películas).
Porque, si hacemos caso a la historia del rodaje, Walsh y Cagney trabajaron codo con codo en esta película, conformando todos y cada uno de sus aspectos. El resultado es deslumbrante, único, sorprendente incluso hoy. Arquetípico, podríamos decir. Ha habido un antes y un después de Al Rojo Vivo en el género policíaco. Pero el original, en muchos aspectos, sigue sin haber sido superado.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Thelonious Monk Julio 1957

En el recorrido por la discografía del indefinible genio que fue Thelonious Monk, estábamos en una sesión a septeto, con Art Blakey a la batería, Gigi Gryce al saxo alto, Ray Copeland a la trompeta, John Coltrane y Coleman Hawkins, nada menos, a los saxos tenores y Wilbur Ware al contrabajo. Lo que viene es un producto "de laboratorio", con la bendición de Monk, sin embargo. Se trata de un Crepuscule with Nellie formado por las tomas 4 y 5 de este tema, en la que se combinaban lo mejor de ambas. Las razones por las que el ingeniero de sonido se decidió a hacer esto son explicables, y el Cifu se las narrará mejor de lo que yo podría hacer. Y después escucharemos la toma 4 de Off Minor, muy apreciable, y más si tenemos en cuenta que no sólo Monk está presente, sino también un Coltrane que ya era reconocido entonces como el mago del saxo que quedó inscrito para siempre en la historia del jazz.
Tendremos entonces una grabación en estudio (que tardó mucho tiempo en ser editada, por problemas de exclusividad con las discográficas por parte de Coltrane) a cuarteto, una de las pocas cosas grabadas que existen de esta formación que Monk tuvo con Coltrane de sideman de lujo. Están Monk, claro, más Coltrane al tenor, Shadow Wilson a la batería y Wilbur Ware al contrabajo. Los temas son Ruby My Dear; Nutty; y Trinkle Tinkle. Si siguen ustedes esta serie de programas en torno a la figura de Monk ya estarán acostumbrados a las genialidades y sorpresas que éste nos depara al piano, pero lo que sorprenderá al que escuche estas piezas es la maestría de Coltrane, particularmente en el tema Trinkle Tinkle, difícil de por sí, en el que "Trane" realiza un tour de force de interpretación, tanto en el tema principal como en su solo.
Y lo siguiente que grabó Monk fue una reunión en pie de igualdad con el gran saxo barítono Gerry Mulligan. Aunque la primera idea era grabar unas pocas piezas a cuarteto y después añadir más personal, la compenetración fue tan buena que decidieron mantener la formación de cuatro en toda la grabación, siendo la rítmica la de Monk en aquella época, los ya mencionados Ware al bajo y Shadow Wilson a la batería. Rhythm-a-Ning al completo y parte de Sweet and Lovely dan fe de esta buena onda que se estableció entre ambos maestros del jazz.
Atentos como siempre a las explicaciones del Cifu, y disfruten no sólo del genio Thelonious Monk, sino de los grandísimos músicos que lo acompañan.

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La Lotería, de Shirley Jackson

Este relato, que tuvo una negativa acogida entre el público, ha acabado por instalarse como un clásico, no sólo de la literatura fantástica, sino de la literatura americana en general. Shirley Jackson, a la que se recuerda por sus obras fantásticas (por ejemplo, The Haunting of Hill House), cuando en realidad era una narradora de peso en cualquier estilo, siempre tuvo una especial perspicacia a la hora de representar en sus obras los rincones más oscuros de la mente humana, que sin embargo acaban por conformar su comportamiento.
Pueden leer el relato en los enlaces que figuran al pie de esta reseña. En una primera lectura percibirán el sonido familiar del ritual, tratado a veces metafísicamente (por ejemplo, por Jorge Luis Borges en La Lotería en Babilonia), a veces puramente como gran guiñol, como en obras de ciencia ficción y terror contemporáneas en las que un chivo expiatorio elegido por azar sirve de válvula de escape para las tensiones sociales. Sin embargo, no dudo que la génesis de este relato estuvo en la contemplación de algún ritual que se ha seguido año tras año, generación tras generación, sin que hoy día se recuerde apenas su sentido original. Esas tradiciones convertidas en tales por la mera repetición suelen ser absurdas en su finalidad, y sin embargo son seguidas de manera irracional por las sociedades que las adoptan; los ejemplos abundan, desde los más nimios hasta los más trascendentes.
Jackson va más allá que la mera crítica a las tradiciones, su origen, su finalidad y su sentido, y también introduce en el texto la pérdida de la individualidad para adquirir la "conciencia de la masa", una renuncia voluntaria que hace que el individuo se supedite a esas costumbres, sí, pero también que renuncie a sus propias libertades, sólo en aras de una conformidad social que unifica y, contradictoriamente conforta. Contradictoriamente, porque esa sociedad que te protege, en el caso del relato de Jackson es la que está dispuesta a matarte; aunque, claro, en "beneficio" de los demás.
Añádanle una crítica a la familia como unidad, una unidad que se demuestra muy frágil, y tendrán un relato cuya carga temática es más profunda de lo que se percibe a simple vista. Y añádanle también el extremo valor literario de la prosa de Jackson, con esa concisión que sin embargo es precisa e intensa, y tendrán un cuento de los mejores que se han escrito en el género y fuera de él.

(The Lottery)
En La Eva Fantástica
Eds. Siruela, col. El Ojo Sin Párpado
Madrid, 1989 [1948]

Texto en inglés de The Lottery
Texto en castellano de La Lotería

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Muerte de una Heroína Roja, de Qiu Xiaolong

La primera aventura de Chen Cao, un peculiar policía: poeta, estudioso de la literatura china y comparada, metido en una organización estatal en una China en pleno cambio a la economía de mercado.
Como toda primera novela de una serie, una gran parte del texto está dedicada a trazar al personaje, y nos encontramos con un Chen Cao inteligente, sensible, lúcido, escéptico con el sistema comunista, pero crítico ante el capitalismo desenfrenado y las injusticias que produce, y también un policía honrado e íntegro, capaz de llegar hasta el final en sus investigaciones; un hombre que, sin embargo, es tímido y desafortunado en asuntos amorosos.
Un Chen Cao que acaba de ser ascendido a inspector jefe de la policía de Shanghai, un ascenso que sorprende incluso al interesado, y que es producto de los nuevos tiempos y de la necesidad de renovación de las estructuras estatales chinas; ascenso que no es demasiado bien recibido por sus compañeros, que desconfían de los motivos y la capacidad del "poeta" Chen cao.
En esta novela, asume la investigación del asesinato de una mujer, encontrada metida en una bolsa en un canal fluvial, y que resulta ser el cadáver de Guan Hongyin, trabajadora modelo de rango nacional. De repente, el caso adquiere una dimensión política. A Chen Cao esto le da lo mismo, pero sus jefes, que lo son de la policía y del partido, opinan que cualquier cosa que afecte a la imagen del partido comunista y sus héroes en esta época de cambio es particularmente delicada. El tema se hará todavía más complicado cuando el principal sospechoso resulte ser el hijo de uno de los cuadros del Partido, un hecho que puede acabar con la carrera del inspector jefe y de sus subordinados.
El mérito de Qiu Xiaolong es conocer los entresijos de la novela negra moderna, y plantearnos un cuadro veraz, e histórico, un cuadro moral y social de un China en proceso de cambio. La trama policíaca es potente, pero va más allá del mero caso criminal, y le permite hablar de los abusos de los hijos de los cuadros, del nepotismo inherente en el Partido, de las facilidades en enriquecimiento y poder que encuentran aquellos que están cerca de la clase dirigente. Y a la vez, hablarnos de la China real, la del pueblo que ya ha sufrido unos bandazos políticos y económicos terribles en ocasiones, y que ahora se halla frente a otra encrucijada que plantea muchas incógnitas. Y en este aspecto, Qiu Xiaolong se muestra extremadamente sagaz y enormemente descriptivo, y esta serie de novelas explican más cosas sobre China que muchos reportajes de prensa. Y aunque esta sea la misión de la novela negra moderna, el hallar series que alcancen su objetivo con tanta perfección es un placer.

(Death of a Red Heroine)
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2012 [2000]
Trad. de Alberto Magnet Ferrero
Serie Inspector Jefe Chen Cao nº 1

Portada y sinopsis

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El Día D. La Batalla de Normandía, de Antony Beevor

Confieso que el efecto deslumbrante que me produjo leer La Segunda Guerra Mundial ha provocado que preste atención al resto de la obra de Antony Beevor.
En El Día D se hallan todas las virtudes que descubrí en la historia de la Segunda Guerra Mundial que les he citado. Una documentación exhaustiva, tanto de grandes fuentes como de testimonios directos o incidentales, una ordenación interna minuciosa, en la que se desgranan todos los temas importantes, pero también los pequeños que, de una u otra manera, estuvieron presentes en el hecho histórico (el sufrimiento de los habitantes de Normandía por los bombardeos; el humor, negro las más de las veces, en el campo de batalla; el heroísmo individual y el sufrimiento del soldado; las tensiones entre las fuerzas de la resistencia francesa, etc.). Y, aun prestando atención detallada a los grandes hechos, un saber descender al nivel individual y mostrar compasión por las víctimas.
Que la invasión del Día D (llamada por los franceses "El Desembarco", claro; para ellos representaba todo lo contrario a una invasión) fue una de las pocas batallas auténticamente decisivas del conflicto está fuera de discusión. Incluso, y gracias al cine (El Día Más Largo; Salvar al Soldado Ryan), se tiene una visión y conocimiento general bastante exactos, cosa rara tratándose de la Historia pasada por Hollywood. A pesar de ello, muchos aspectos de detalle no han trascendido lo bastante.
El libro de Beevor abarca desde los preliminares de la invasión hasta la liberación de París, que es lo que podemos considerar la campaña de Normandía, más que tratar del desembarco y la consolidación de las cabezas de playa. Así, desde el engaño de la Operación Fortitude, que mantuvo en los alemanes la incertidumbre de dónde se produciría la "auténtica" invasión, hasta la rebeldía de Leclerc y De Gaulle, que reinstauraron la República Francesa partiendo de los hechos consumados, y muy a pesar de Eisenhower y Churchill, que abogaban por una administración aliada, todos los temas son llevados con cuidado, detalle y brillantez por Beevor.
Los más desconocidos son el martirio de Normandía por los bombardeos aliados (unos 15.000 muertos civiles, muchos más que las bajas aliadas en las playas del desembarco); la ineptitud casi psicopática del mariscal Montgomery; la dureza del combate en el terreno infernal del bocage; la incidencia del atentado contra Hitler en las operaciones militares; el efecto devastador para la moral alemana de la superioridad aérea aliada; o la labor de apoyo a los aliados por parte de las FFI (Fuerzas Francesas del Interior, una parte de la Resistencia).
La visión de Beevor es desmitificadora: Normandía no fue la operación perfecta que a veces se ha querido presentar. Pero también es justa: a pesar de los errores, a pesar de los imponderables, la importancia del desembarco es innegable, y su posible fracaso o postergación hubiera sido una catástrofe. Pero su visión es también humana, y hay un poso de admiración, comprensión y compasión por los soldados y civiles. Se suele olvidar que los grandes hechos son protagonizados por personas. Y si hay respeto por la valentía, también hay respeto por el civil obligado a vestir el uniforme, por el hombre falible, por el civil obligado a sufrir. Beevor es historiador, pero no es un historiador frío. Tal vez en eso reside el secreto de su brillantez.

(D-Day. The Battle for Normandy)
Ed. Crítica, col. Memoria Crítica
Barcelona, 20092 [2009]

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«Una poderosa narración de la batalla de Normandía difícilmente superable.» Max Hastings, Sunday Times.

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Michel Petrucciani, de Michael Radford

SESIÓN MATINAL 

(Michel Petrucciani)

Director: Michael Radford; Dir. de fotografía: Sophie Mantigneux; Montaje: Yves Deschamps.

Michel Petrucciani fue uno de los mejores pianistas de la historia del jazz. Punto.
Después de escucharlo, pueden enterarse de que estaba aquejado de nacimiento de osteogénesis imperfecta, una enfermedad genética que causa una extrema fragilidad en los huesos y, en el caso de Petrucciani, enanismo.
En este espléndido documental, Radford ahonda en la vida (no tanto en la música, aunque es ineludible) de uno de los pianistas más virtuosos que ha tenido el jazz. Porque la vida de Petrucciani fue irremediablemente corta, pero vivida con una intensidad extrema.
Radford ha sabido encontrar testimonios de gente que lo trató, tocó con él, se casó con él, compartieron sus momentos de euforia y sus momentos más crueles (porque Petrucciani, que podía ser un ángel al piano y fuera de él, también llevaba un demonio dentro) y les ha permitido hablar, explicar esa vivencia de Petrucciani. El cineasta ha escogido la asepsia y la neutralidad en su visión, lo cual me parece acertado, y ha contrapuesto esas vivencias de los otros con las propias entrevistas a Petrucciani que se hicieron en el transcurso de su vida. Hay que decirlo, el documental es valioso por estos testimonios, pero también por el trabajo de documentación, compilación y montaje que ha conllevado reunir esos documentos anteriores y organizarlos en un todo coherente.
Y lo que se obtiene es una visión humana de un genio, como no podía ser menos; pero también un retrato fascinante de un músico y una época, la del final de la edad de oro del jazz en Nueva York.
Pero sobre todo la de un músico que supo convertir su talento en su felicidad, cuando tantas cosas le auguraban una vida penosa. El mismo Petrucciani lo declara en un momento del filme: "Me gustaría decirles que soy muy desgraciado, que sufro mucho, que no se me levanta, que tengo una vida miserable... Pero no es así. hago lo que me gusta, tengo esposa e hijos, viajo, tengo una casa en París y otra en Nueva York..."
Y en uno de sus discos, dijo: "No me agradezcan mi música. Es mi placer, y la toco para complacerme a mí mismo. Déjenme darles las gracias por permitirme hacerles felices."

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Charlie Christian en directo (VI)

De nuevo con lo que dejó grabado el gran genio de la guitarra Charlie Christian en sus actuaciones en directo.
Primero lo tenemos con el sexteto de Benny Goodman, esta vez con el retorno del enérgico Gene Krupa a la batería. Escucharemos Breakfast Feud y Song of the Islands.
Luego, en una actuación posterior, el sexteto se verá aumentado con parte de la big band, esta vez con Jo Jones a la batería, Teddy Wilson al piano y, sorpresa, un guitarrista de acompañamiento, Mike Bryan, interpretando Flyin' Home.
Y entonces pasamos al Minton's, el club donde Christian experimentaba con mayor libertad. Los que le acompañan son Kenny Clarke a la batería, Joe Guy a la trompeta, Thelonious Monk al piano y Nick Fenton al contrabajo.
Con el sexteto de Benny Goodman, Christian ya hacía diabluras poco convencionales, pero la estructura musical era bastante rígida, con lo que la experimentación quedaba limitada. Aquí, en las actuaciones en Minton's, podemos comprobar que Christian puso los cimientos de la guitarra moderna (y de buena parte del lenguaje bop que se instauraría poco después). Y escuchar que, salvando las deficiencias técnicas de la grabación y del amplificador de la época, Charlie Christian hace un solo que podrían firmar todos los grandes guitarristas de hoy en día. Insisto, no estamos hablando sólo de un precursor. Christian fue un fundador, y si hoy la guitarra en jazz suena así es gracias a que él exploró ese sonido, esas innovaciones armónicas, ese saltarse la barra del compás y muchas otras "transgresiones".
Escucharemos Swing to Bop / Charlie's Choice [Topsy] y Stomping at the Savoy. Como les explicará el Cifu, Joe Guy no era un gran trompetista. Pues bien, esta última pieza es lo más remarcable de su carrera musical. Por supuesto, la presencia del resto de integrantes la convierte en algo grande...
Y de nuevo en Minton's, pero esta vez con un grupo formado por Joe Guy a la trompeta, Don Byas al saxo tenor, un segundo trompetista desconocido y una rítmica cuyos nombres tampoco nos han llegado, aunque es posible que fueran Kenny Clarke y Monk, interpretará Up on Teddy's Hill.
Atentos como siempre a las explicaciones del Cifu, y que disfruten de la música.

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Una Escaramuza en los Puestos de Avanzada, de Ambrose Bierce

Llevamos ya algún tiempo comentando los cuentos de soldados escritos por Ambrose Bierce, el más amargo de los narradores estadounidenses, el más cáustico y, porqué no decirlo, también el más adelantado a su época en cuestión de declarar todos los horrores que suponen las guerras.
En el relato que traemos hoy, y que pueden leer en los enlaces al pie de esta reseña, eso se muestra con claridad; pero antes de entrar en este tema, una de las características más curiosas de este cuento es que su protagonista es un sureño encuadrado en las fuerzas nordistas que se alista porque desea morir, debido a que su esposa lo ha engañado. Sin embargo, queda muy claro más tarde en el relato que el seductor de la esposa de Armistead es el propio gobernador ante el que se presenta para obtener una plaza en el ejército nordista. La muerte de Armistead y sus circunstancias, rescatando al gobernador de una muerte segura, no es sino una carga más de culpa que poner en los hombros del político, aunque depositada con un precio excesivo.
Colateral a esta historia, como decíamos, está la más terrible y brutal descripción que hizo Bierce de un combate. Una descripción que no difiere mucho de las más contemporáneas que realizan los soldados de la Segunda Guerra Mundial. Y, con mucha, muchísima ironía, hace decir al gobernador: «Y en todo esto no había el menor rastro de pompa guerrera ─ni de gloria. Hasta en medio del peligro y de la desesperación, el desamparado civil no pudo menos que medir el contraste que había entre ese combate y los magníficos desfiles organizados en su honor: uniformes resplandecientes, música, bandera, y paso marcial. Esto era algo feo, repugnante, brutal, de un mal gusto acabado, que hería profundamente su sentido estético.
»─¡Uf! ─gruñó estremeciéndose─, ¡esto es abominable! ¿Dónde están los sentimientos elevados, la devoción, el heroísmo, el... »
Muchos años más tarde, otro autor respondería a esta pregunta: en esos desfiles de los que habla el gobernador y en los cuadros que cuelgan de los museos.
Y, hasta la llegada de Ambrose Bierce, en la literatura.

(An Affair of Outposts)
En Cuentos de Soldados y Civiles
Eds. Orión, col. Pruebas de Galera
Buenos Aires, 1975 [1891]
Traducción y prólogo de José Bianco

Texto en castellano de Una Escaramuza en los Puestos de Avanzada
Texto en inglés de An Affair of Outposts

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Funes el Memorioso, de Jorge Luis Borges

Este cuento sobre un hombre de memoria prodigiosa, el propio Borges lo introduce con toda modestia como "una metáfora sobre el insomnio". No dudo de que su origen fuera este. El insomnio, como bien saben aquellos que lo han padecido, es un modificador de toda la experiencia sensorial: el tiempo se eterniza, las experiencias se hacen lentas, los detalles alrededor del insomne se multiplican, e incluso éste empieza a tenerlos en consideración, algo que no hubiese hecho en una vigilia normal (contar vigas del techo, baldosas del suelo, perseguir grietas en las paredes, y así hasta el infinito).
Sin embargo, Borges, escritor de temas variados pero recurrentes, tenía dos que acompañan a su obra y aparecen en ella una y otra vez, el infinito y lo cósmico.
Funes no es más que un tipo peculiar que sabe perfectamente la hora que es y recuerda los nombres y apellidos de aquellos que conoce, hasta que un día un accidente provoca en él la invalidez, pero también la memoria total, pasada y presente.
Casos de memoria eidética se han dado en la historia, y precisamente el narrador conoce a Funes cuando éste le pide prestado un libro en latín (así como un buen diccionario; el mensaje implícito es que Funes aprenderá latín con sólo leer el libro con la ayuda del traductor impreso), la Naturalis HIstoria de Plinio, que enumera unos cuantos de estos casos.
En la conversación que sigue entre Funes y el narrador (llamémosle, por ejemplo, Borges), las magnitudes se irán elevando de manera exponencial. Funes se maravilla de que esos memorísticos maravillaran. «Cuando lo recobró [el conocimiento], el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido , y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.»
Una bendición, percibir y recordar todos los detalles que pasan por delante de los ojos. Pero, conforme avanza la narración, el lector y el narrador se sienten imbuidos de un temor reverencial, un miedo al mysterium tremendum que poco a poco se va desvelando. «Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero.»  El lector se inquieta, y con razón, porque esa teórica bendición de la memoria parece irse convirtiendo en una maldición, un exceso de información abrumador, un mundo de una textura tan rica que es imposible de ser disfrutado.
«No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. [...] Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso.»
Borges nos ha llevado de la anécdota, de la curiosidad del personaje hasta encararnos con el infinito y sentirnos abrumados con el peso del universo sobre nosotros. Pero queda todavía un último remate en el relato: sólo al final descubrimos que Funes sufrió el accidente cuando tenía diecinueve años. Pero lo que hemos escuchado de sus labios hasta entonces son las palabras de un anciano, un viejo, tal vez porque así lo dicta la variedad de la experiencia que le brinda su memoria, pero también porque, allá donde el resto habremos vivido diecinueve años, Funes habrá vivido 599.184.000.000 milisegundos; que aunque sean el mismo tiempo, no es lo mismo si se es completamente consciente de su paso.

En Ficciones
Alianza Ed. / Emecé, col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19719 [1944]

Texto de Funes el Memorioso

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Licantropia, de Carles Terès

Como bien enseñaba Lovecraft (al cual no sólo se rinde homenaje en la novela, sino que ésta se modela según sus características básicas, a saber, el "mal lugar", el folklore ancestral y el paso de éste a una narración contemporánea), la narrativa fantástica moderna funciona sólo cuando todo lo que la rodea está firmemente basado en un paisaje y una realidad reconocibles y homologables para el lector.
El tema de esta novela es la licantropía, el mito del hombre lobo; lejos de la solución facilona que ya hemos visto tantas veces de convertir en narración una partida de videojuego en un mundo pre, semi, cuasi o postapocalíptico, Terès la abre con un relato del siglo XVIII de un sacerdote enviado a evangelizar uno de los parajes remotos de lo que aquí se conoce como "La Franja" (una zona aragonesa de contacto con el País Valenciano y Cataluña, donde, con avances y retrocesos, se habla catalán), sacerdote que encuentra una familia de loberos, gentes que han convivido con los lobos hasta hacerse jefes de la manada, impidiendo así las predaciones de los rebaños que cuidan. Con esta narración de trasfondo, nos trasladamos a la época actual para encontrarnos con Llorenç y Laura, una pareja feliz y contenta con su vida, sobre la cual pesa, sin embargo, la historia no contada de sus respectivas familias.
Si el lector espera una narración aparatosa, con transformaciones dramáticas del hombre a la bestia, que se lo quite de la cabeza. Licantropia procede en su andar narrativo en estilo lovecraftiano, pero en su tono es más como el Joan Perucho de Les HIstòries Naturals (un modelo de narración tranquilo, en absoluto malo para seguir), combinando la leyenda y el folklore (y, de paso, estableciendo un espacio mítico), la historia familiar y la investigación del protagonista para indicarnos que las antiguas historias tienen su razón de ser, aunque esta razón nos resulte inexplicable; aunque su realidad sea menos truculenta de lo que el gusto antiguo prefería.
Como casi todas las primeras novelas, Licantropia no está desprovista de defectos, aunque son menores y no distraen al lector del tema ni de su narración. En lo que acierta Terès es en esta estructura meditada, minuciosa, en la que se crea un ambiente firme en la realidad pero muy bien enlazado con lo mítico. Unas leyendas que, precisamente por ser autóctonas, y no importadas de, pongamos por caso, el cine americano, funcionan y se integran a la perfección.

Eds. de 1984, col. Mirmanda
Barcelona, 20132 [2011]

Portada i sinopsi

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Un Hombre Para la Eternidad, de Fred Zinnemann

SESIÓN MATINAL 

(A Man for all Seasons); 1966

Director: Fred Zinnemann; Guión: Robert Bolt, basado en su propia obra teatral; Intérpretes: Paul Scofield (Tomás Moro / Thomas More), Wendy Hiller (Alice More), Susannah York (Margaret), Robert Shaw (Enrique VIII), Orson Welles (Cardenal Wolsey), Leo McKern (Cromwell), Nigel Davenport (Duque de Norfolk), John Hurt (Rich), Corin Redgrave (Roper), Cyril Luckham (Arzobispo Cranmer), Jack Gwillim (Justicia Jefe); Dir. de fotografía: Ted Moore; Música: Georges Delerue; Diseño de producción: John Box.

Déjenme decir para empezar que a Zinnemann no se le ha hecho la justicia que merece. No suele figurar entre los grandes directores, y sin embargo es alguien al que, mirando su filmografía, uno descubre sin demasiada dificultad más de quince película en las cuales su labor de dirección es excelente. Y eso no es tan fácil créanme.
Pues bien, este filme es una de esas películas. Basado en una obra de teatro adaptada por el propio autor, corría el riesgo de quedar solamente como eso, una pieza de cámara puesta en un entorno de superproducción, una fórmula que por lo general no suele descollar. Sin embargo, más que hacer una obra histórica, todos los implicados supieron darle un carácter moral a la película. Porque, en efecto, y aunque el tema de la película es la resistencia de Tomás Moro a resolver como fuese, incluso mediante el cisma religioso, "la cuestión del Rey" (y que en la época se le llamase así ya quería decir que era el tema de las políticas interna y externa de Inglaterra), una resistencia bien documentada y estudiada, la cuestión principal era la de la estatura moral, y el límite de las libertades humanas. Porque Moro no pudo, en la época, ni tan siquiera ser dueño de su silencio, que es en último extremo lo más básico que puede tener un ser humano en una sociedad en la que la libertad de expresión se ve comprometida.
El conflicto interno constante en el que vive Moro, pero a la vez su convencimiento y altura moral salen prodigiosamente a la luz en esta película, y todo gracias a un actor magistral, que por desgracia se prodigó poco en el cine, pero que cuando lo hizo siempre estuvo a la gran altura que demostraba en los escenarios teatrales, Paul Scofield. En una interpretación de gran calado y sutileza, a los quince segundos el espectador se olvida de que ese hombre se llama Paul, y pasa a tener delante a Tomás Moro.
Sobre esta composición actoral, se añadieron las interpretaciones laterales, sobre todo las de Wendy Hiller como esposa de Moro, y la de un gran Robert Shaw en el papel de Enrique VIII; añádase una excelente partitura de Delerue y una ambientación y localizaciones como pocas se han visto en el cine, gracias a John Box en la producción y a Ted Moore en la fotografía, y se tendrá la obra maestra que es Un Hombre Para la Eternidad.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Duke Ellington - Piano in the Background (II)

En esa grabación espléndida de Duke Ellington que fue "Piano in the Background", quedaron en su día sin editar una serie de temas que, por fortuna, se han ido recuperando; porque el material es espléndido, como espléndidos son los solos e introducciones al piano de Duke, arropado por una orquesta en plena forma.
Pero antes escucharemos ese tema emblema de la banda de Ellington, Take the A Train, interpretado de forma inusual pero fascinante por Duke, en una introducción al piano magistral.
Los temas "bonus" son un espléndido, sutil y armónicamente avanzado Lullaby of Birdland; The Wailer; Dreamy Sort of a Thing; una toma alternativa de Lullaby of Birdland; y otro tema que es una tarjeta de presentación de Ellington, Harlem Airshaft.
Todo ello completaba una grabación de las mejores de Ellington (otra más, podríamos decir), que entusiasma nada más oírla.
Y entonces tendremos a Ellington en septeto, con Ray Nance a la corneta de pistones, Lawrence Brown al trombón, Johnny Hodges al saxo alto, Harry Carney al saxo barítono, Aaron Bell al contrabajo (un contrabajista que desde que lo descubrí en "Piano in the Background" me tiene robado el corazón), y Sam Woodyard a la batería, interpretando Everything But You y Black Beauty.
Atentos como siempre a las explicaciones del Cifu, y que disfruten de la música del mejor compositor de jazz de todos los tiempos.

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El Fantasma, de Richard Hughes

Una historia realmente notable, corta e intensa y con final sorpresa preparado muy cuidadosamente por lo que ha precedido en el relato. El cuento lo pueden leer en el enlace al pie de esta reseña, pero déjenme sólo apuntar, además de este giro de la trama que sin duda sorprenderá al lector, que la originalidad del relato recae en el hecho de que parece tratarse de una narración en primera persona realizada por un fantasma.
Aquí, y en un alarde de imaginación, percibimos la angustia de la muerte violenta acaecida hace poco, y el intenso debate que se crea en la mente de la protagonista sobre la venganza desarrollada en la persecución espectral o el descansar en paz definitivamente.
Richard Hughes es un escritor o desconocido u olvidado en nuestros lares. Sin embargo, tenemos que recordar su obra más famosa, A High Wind in Jamaica, aquí traducida como Huracán en Jamaica, que es uno de esos clásicos menores que encantan una vez leídos, y que tuvo una buena versión fílmica (llamada Viento en las Velas) con Anthony Quinn y James Coburn como protagonistas.Tanto en esta novela como en el relato que hoy comentamos, podemos ver que era un autor enormemente perceptivo y capaz de asumir puntos de vista narrativos inusuales y estimulantes.

(The Ghost)
En Cuentos Únicos
Ed. Siruela, Col. El Ojo sin Párpado
Madrid, 1989 [1926]
Ed., selección y prólogo de Javier Marías
Trad. de Alejandro García Reyes 

Texto en castellano de El Fantasma

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Nacional II, de Jaume Perich

La prematura muerte de jaume Perich nos privó de un humorista sagaz, inteligente, satírico y lúcido. Se le echa en falta, sobre todo porque siempre fue un hombre comprometido, crítico con todo, pero sobre todo capaz de distinguir ls trampas que desde el poder, invariablemente, apuntan contra el ciudadano, relegándolo al conformismo.
Su obra no ha dejado de estar presente en algunos medio, pero estas recopilaciones que realizó en vida (Autopista, esta Nacional II, Perich-Match...) habían sido descatalogadas, aunque hoy parecen tener una mínima recuperación; sin duda este olvido se debía a la falsa impresión de que eran textos y dibujos coyunturales, producto del pasado. nada más lejos de la realidad. ¿Quieren saber cuál es la sentencia que abre este libro?
Se refiere a lo que entonces era el "Mercado Común", hoy conocido como "Unión Europea", y dice así: «A juzgar por las estadísticas, Grecia, Portugal y España podrían formar los "Encantes Comunes".» No se trata de que la historia se repita, sino de que hemos realizado un viaje de ida y vuelta, regreso a cuarenta años atrás después de unas vacaciones en la europeidad y el estado del bienestar. Pero la frase está ahí, tan veraz e incisiva hoy como lo fue en su día.
En este segundo libro, seguidor de Autopista, Perich sigue usando el modelo que satirizaba, el de Camino de José María Escrivá de Balaguer. En él encontramos sentencias ciertamente coyunturales: «En España sólo hay dos partidos autorizados: los de fútbol y los judiciales.» Puramente humorísticos: «Leí no sé dónde que la policía francesa se basaba siempre en sus investigaciones en la conocida frase: "Cherchez la femme". Los resultados obtenidos con este sistema parece que son los mismos que con otro, pero la policía francesa es la que se lo pasa mejor del mundo.» Irreverentes: «A Cervantes se le llama también "el manco de Lepanto". En su época se le llamaba "el manco 1.235 de Lepanto".» Y algunas que no desmerecerían al mejor Ambrose Bierce: «No ofende quien quiere, sino quien puede. Pero no hay que preocuparse: querer es poder.»
Todo ello proporciona una variedad de sentimientos: el de testimonio histórico de una época, el de reflexión filosófica y política, pero sobre todo el del estímulo del pensamiento mediante el humor. Pocos pueden decir eso, y esos pocos, en otros países, tienen un lugar en el respeto moral e intelectual que brindan las sociedades a sus artistas. Ojalá que con Jaume Perich se haga justicia y sus textos lleguen de nuevo al público y a la memoria colectiva. Y no olviden: «Vivimos en un mundo en el cual sólo existe una respuesta inteligente, a saber: NO.»


Ed. Laia / Eds. de Bolsillo, col. Opinión e Informe / Humor
Barcelona, 1972 [1972]
Prólogo de Manuel Ibáñez Escofet

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Negra Melodía de Blues, de Charlotte Carter

Nanette Hayes es una saxofonista callejera que ha heredado la vena canalla de su familia y el gusto por la bohemia y el disfrute de la vida; todo ello gozado con inconsciencia tal vez, pero con sentido de la responsabilidad.
Cuando su tía Vivian escribe a su madre desde París pidiendo desesperadamente dinero, algo que no haría a menos que la situación fuera realmente crítica, la solución es enviar a Nan a Europa con el dinero que corresponde a Viv de una herencia y así rescatarla de los problemas en los que pueda haberse metido. Pero al llegar a París, Nan descubre que su tía ha desaparecido sin dejar más rastro que una cuenta impagada en el hotel y todo su equipaje. Se iniciará entonces la búsqueda, que a la vez se convertirá en una aventura personal.
Con el personaje de Nan nos encontramos no ante la investigadora profesional, sino en una novela negra en la que la "detective" es alguien a quien el misterio le llega más que buscarlo, y que se mueve por el mundo del crimen con una inexperiencia e ingenuidad adorables. No es una variación original (Hitchcock, por ejemplo, la empleó múltiples veces) pero es una que funciona muy bien; despierta simpatía en el lector, puesto que el proceso de identificación se refuerza; al fin y al cabo, la mayoría de gente no es policía, ni detective privado ni periodista de investigación, y cometería los mismos errores en los que Nan cae. Un sentimiento que también se refuerza por la vulnerabilidad del personaje.
El caso es que, además de estas peculiaridades, la novela funciona muy bien. La trama es equilibrada, pero lo que realmente convierte en plena a esta historia es un viaje por el París conocido por el turista pero también por el París jazzístico, que enlaza con la época en la que París fue la ciudad de exilio favorita de los negros que huían de la discriminación institucionalizada en los Estados Unidos.
Porque la música, y en concreto el jazz y el blues, es parte integrante e imprescindible del paisaje descrito en la novela. No sólo los títulos de los capítulos son los de canciones inmortales del jazz, sino que los escenarios son los clubes y cavas de jazz parisinos, y la trama no sólo tiene músicos como protagonistas, sino que puede asimilarse a la de un blues bien interpretado.
Con estos elementos, Charlotte Carter compone una novela original, bien escrita, tremendamente atrayente y que funciona en su aspecto criminal, pero también en el ambiental y sentimental. Y Nanette Hayes se conforma como una insólita protagonista de novela negra, una investigadora a su pesar que busca un lugar en la vida con determinación y recursos, pero también debilidades. Una serie a seguir.

(Coq au Vin)
Eds. Siruela, col. Nuevos Tiempos serie Policiaca
Madrid, 2006 [1999]
Serie Nanette Hayes nº 2

Portada y sinopsis

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San Francisco, de W. S. Van Dyke

SESIÓN MATINAL 

(San Francisco); 1936

Director: W. S. Van Dyke; Guión: Anita Loos, basado en la historia de Robert Hopkins; Intérpretes: Clark Gable (Blackie Norton), Spencer Tracy (Padre Mullin), Jeanette MacDonald (Mary Blake), Jack Holt (Jack Burley), Jessie Ralph (Sra. Burley), Ted Healy (Mat), Shirley Ross (Trixie), Al Shean (Profesor), Harold Huber ("Babe"); Dir. de fotografía: Oliver T. Marsh; Director musical: Herbert Stothart; Montaje: John Hoffman; Canción del título: Bronislau Kaper; Música: Edward Ward.

Considerada una obra maestra, hay que decir que casi casi ha envejecido en algunos instantes puntuales de la película, pero sin embargo, y como en una especie de milagro, cuando el espectador está a punto de fruncir el ceño, el filme recupera su paso firme y vuelve a conectar con el público.
San Francisco está modelada sobre la base del melodrama: la historia de un propietario de un salón de diversión en Barbary Coast, la zona más depravada de San Francisco, la que se consideraba la ciudad más depravada de Estados Unidos. Allí llega una joven (Jeanette MacDonald) que acaba de perder su alojamiento en busca de empleo, y el propietario (Clark Gable), tras escucharla cantar, la contrata. Sin embargo, la chica para lo que está preparada y lo que más desea es cantar ópera. El enamoramiento es previsible, como lo son los desencuentros entre ambos (y, previsibles como son, eso no quita para que no sean emocionantes). El espectador simpatiza con ambos personajes, porque, a pesar de que Gable represente al simpático sinvergüenza que acostumbraba (un papel que bordaba a la perfección) de puertas para afuera, en su interior es un ser humano, generoso y honesto, aunque se empeñe en reinar en el mundo de la deshonestidad. Su amigo de la infancia (Spencer Tracy), convertido en sacerdote, le conoce muy bien, y espera que algún día pueda cambiar y abandonar esa vida disoluta; y la mayor esperanza de que eso suceda la cifra en Mary Blake, la cantante de la que Gable se ha enamorado.
Como ven, nada nuevo en esta película. Salvo que el guión, de la excelente Anita Loos, es incontestable, la dirección cuidad, el trabajo de las estrellas y los secundarios notabilísimo y el montaje ágil. Pero, por si fuera poco, está el terremoto. San Francisco sufrió un devastador terremoto en 1906, y esta película sigue siendo referente incluso hoy en día por los efectos especiales creados para representarlo. Y hay que tener en cuenta que se hicieron en 1936. Pero aún así, sorprenden por su verismo y su altísima calidad. Por no decir que añaden un dramatismo a la historia que beneficia por completo a la película. De manera que, ante la pregunta de si sigue siendo una obra maestra, la respuesta es que sí. Y si no me creen, sólo tienen que verla y juzgar.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Louis Armstrong en el Crescendo Club (II)

De nuevo encontramos al más grande del jazz clásico en una actuación en el Crescendo Club de Hollywood. Acompañado de sus All Stars, el gran Barney Bigard al clarinete, el no menos grande trombonista Trummy Young, Arvell Shaw al contrabajo, el muy eficiente Barrett Deems a la batería y el precioso Billy Kyle al piano. Todos ellos dirigidos por un Louis Armstrong que está particularmente fino y potente, como escucharán; pero no crean que los acompañantes son mancos, porque, aparte Bigard y Young, que ya eran auténticas leyendas de sus instrumentos, el resto hacen muy, pero que muy buena música.
Escucharemos el clasiquísimo Basin Street Blues; Medley: Shadrack / When the Saints Go Marchin' In, un momento siempre esperado en las actuaciones de Armstrong, pero esta vez combinado con un muy buen tema sobre la escena bíblica de Sadrac en el horno; C'Est Ci Bon; The Whiffenpoof Song, una broma muy divertida acerca de los boppers a la que hay que prestar atención a la letra; el gran clásico de Hoagy Carmichael Rockin' Chair, con vocal de Trummy Young y contrapuntos hilarantes de Louis; el clásico pero muy originalmente tratado Twelfth Street Rag; y un fragmento de Muskrat Ramble.
En suma, una actuación llena de buen humor, atmósfera feliz, muy buena música y sobre todo esa trompeta imperial de Louis Armstrong. Presten atención al Cifu y a sus comentarios, que contienen anécdotas más que interesantes, y que disfruten.

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La Patrona, de Roald Dahl

En varias ocasiones les he comentado la absoluta concisión de la que hacía gala Roald Dahl para crear sus historias, una característica notable y que pocos narradores dominan bien, y esa concisión está llevada a su máximo extremo en este relato La Patrona.
El cuento lo pueden leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña. Se trata de una historia que empieza con tono tranquilo y cuya amenaza, también tranquila, va creciendo hasta llegar a un desenlace irónico y de choque.
Aunque podríamos discutir lo del desenlace. Porque en esa concisión de la que les hablaba, Dahl decide prescindir de un final según mandan los cánones. Al fin y al cabo, todos los elementos necesarios están ya presentes en la historia narrada, y no se puede interpretar el cuento de ninguna otra manera que no sea la que el propio autor ha querido y señalado. Incluso, y por si el lector tuviera tentaciones de quejarse y demandar al autor que explique si el asesinato del protagonista quedará impune, Dahl nos ha informado ya de dos precedentes muy separados en el tiempo que nadie ha podido resolver, de manera que, parece decirnos, ¿por qué tendría que ser diferente en este caso?
Esta clase de relatos de choque que son inatacables en su integridad es muy raro, pero más extraordinario era que Roald Dahl era capaz de producirlos una y otra vez, hasta hacer casi de su propiedad el género de las historias imprevistas.

(The Landlady)
En Relatos de lo Inesperado
Ed. Argos Vergara
Barcelona, 1981 [1960]

Texto en castellano de La Patrona
Texto en inglés de The Landlady