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El Mal de Montano, de Enrique Vila-Matas

Ed. Anagrama, col. Narrativas Hispánicas
Barcelona, 2002 [2002]

Enrique Vila-Matas es el más francés de los escritores españoles (así como Javier Marías es el más inglés de los escritores españoles; se desconoce quién es el más español de los escritores españoles según los críticos; seguiremos informando), quiera decir eso lo que quiera decir. También, Vila-Matas lleva años inmerso en un mundo propio, totalmente literario, en el cual cualquier cosa que suceda en la vida real tiene su referencia o su reflejo en la literatura, y viceversa.
Coherente con esta actitud, no sé si llamarla vital, su obra es inseparable de esta vivencia literaria (y viceversa). Así, El Mal de Montano empieza con el relato de cómo Rosario Girondo, padre de Montano, un escritor súbitamente ágrafo, en su leve intento de curarlo o aliviarlo de esta incapacidad para escribir, se convierte (o percibe, más bien) que él mismo padece un síndrome, que bautiza como "el mal de Montano", por el que está enfermo de literatura, es decir, que todo lo que compone su vida es literario, incluyendo, cómo no, a sí mismo.
En la segunda parte, en una de esas vueltas de tuerca geniales (pero también coherentes), Girondo nos descubre que esa primera parte es sólo una ficción, una novelización, que no tiene ningún hijo, etc. Pero que sí se encuentra afecto por el mal de Montano. A partir de entonces, y establecido un principio de realidad mediante la ficción, Girondo emprenderá una narración en forma de diario. Un diario que servirá para viajar por esta fórmula literaria y sus exponentes en un continuo juego de reflejos e influencias literarias y en el que relatará la progresiva desintegración, un relato no exento de humor, de su vida, o de la vida en general, hasta su destrucción como persona "vulgar" y su constitución como persona literaria (como personaje, diríamos), finalmente cercado por los enemigos de lo literario. En definitiva, cercado por la vida "normal".
La ficción de Vila-Matas (tan inconfundible de su vida) ejerce en el lector una fascinación entre enfermiza y atrayente. Si los filósofos, a base de hablar de la vida (que tiene o debe ser normal) han acabado por hablar de normalidades, es decir, de vulgaridades, Vila-Matas, como literato o literario integral, no tiene más remedio que hablarnos de la vida como algo más grande que la vida misma; como algo literario, por supuesto. De ahí que su enfermedad, ese "mal de Montano" lleve al extrañamiento de la vulgaridad; de ahí que el resultado de esa inmersión sea fascinante.
Leer a Vila-Matas obra tras obra y en breve lapso de tiempo puede ser extenuante. Leído de tanto en tanto (a su ritmo de publicación, diríamos), permite sumergirse en el mundo de un personaje casi indistinguible de sus personajes, pero que en su conjunto proporciona una experiencia más que satisfactoria. Así como se realizó una película llamada Cómo Ser John Malkovich, alguien debería escribir algún día una obra titulada "Cómo Ser Enrique Vila-Matas" (y el mismo Vila-Matas ya escribe sus reflejos oscuros de ella, por ejemplo en No Soy Auster).
Aunque, y ahora que lo pienso, el propio Vila-Matas ya está escribiendo esa obra. De la que El Mal de Montano no es sino un capítulo.

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El Enigma de las Runas, de M. R. James

(Casting the Runes)
en El Enigma de las Runas y Otros Cuentos de Fantasmas
Eds. Librerías Fausto
Buenos Aires, 1977 [1911]

Es tradicional en los países anglosajones explicar historias de fantasmas y de terror el día de navidad. De ahí ha surgido probablemente el relato de fantasmas más famoso de todos los tiempos, A Christmas Carol, Cuento de Navidad, de Charles Dickens, llevado innumerables veces a la pantalla, grande y pequeña, de entre cuyas versiones les recomiendo particularmente, aparte clásicas, la protagonizada por los Teleñecos (Los Muppets en América).
Pero, precisamente porque es tan conocida, dejaremos de lado a Míster Scrooge e intentaremos cumplir con la tradición mediante un relato del que ha sido calificado como el mejor escritor clásico de cuentos de fantasmas, Montague Rhodes James.
Este relato es uno de los mejores y sigue con fidelidad los postulados del género que el mismo James marcó.
Edward Dunning, el protagonista, se ve metido en un apuro. Ha tenido la osadía de rechazar la publicación y el refrendo académico a un texto sobre alquimia escrito por un hombre llamado Karswell, a quien el calificativo más suave que se le puede aplicar es el de "inquietante". Dunning empieza a recibir avisos: "En memoria de John Harrington. Fallecido el 18 de septiembre de 1889. Se le concedieron tres meses". Finalmente, en el British Museum, un hombre ayuda a Dunning a recoger unos papeles que se le han caído.
El difunto Harrington fue un imprudente que hizo una mala crítica (¡cómo está el oficio!) al libro de Karsten. Éste logró pasarle un papel, "echarle las runas", y al cabo de tres meses exactos se vio perseguido por una fuerza invisible y falleció en la huida. Dunning revisa sus papeles y, en efecto, entre ellos encuentra uno con unas extrañas runas dibujadas. Su única esperanza es poder devolvérselas al remitente, el nefasto Karsten, y que éste las acepte.
El tono, pausado, se va ensombreciendo conforme discurre el relato, adquiriendo un aire opresivo. Karsten es un personaje soberbio, arrogante, y que emplea sus conocimientos mal adquiridos en su provecho y sin escrúpulos. Last but not least, lo sobrenatural no es representado artificiosamente, sino como (y perdonen la aparente contradicción) algo completamente natural. Son virtudes que adornan todos los relatos de James. Pese a su clasicismo, muy pocas veces han sido superados.

Los lectores anglófonos disponen aquí del texto completo de Casting the Runes

* * *
Pero, si hemos de seguir la tradición, tendré que explicarles un cuento de fantasmas y no sólo reseñarles uno.
El siguiente es de I. A. Ireland, de su libro Visitations (1919), tal y como es recogido en la Antología de la Literatura Fantástica de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo:
«─¡Qué extraño! ─dijo la muchacha, avanzando con cautela─. ¡Qué puerta más pesada! ─La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
─¡Dios mío! ─dijo el hombre─. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
─A los dos no. A uno solo ─dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.»
Feliz Navidad a todos.

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Història de la Columna Infame, de Alessandro Manzoni

(Storia della Colonna Infame)
CCG Edicions, col. Liberàlia
Gerona, 2007 [1842]

Si Dante es el fundador de la lengua italiana, por contraposición a las múltiples variantes dialectales, Alessandro Manzoni fue quien estableció definitivamente las bases de la lengua italiana contemporánea. Su obra principal es Los Novios (I Promessi Sposi), de la cual Historia de la Columna Infame constituye una especie de apéndice.
Es un estudio sobre un hecho real, acaecido en el Milán de 1630: mediante una denuncia producida en el clima de histerismo provocado por una epidemia de peste, son detenidas varias personas acusadas de ser "untadores", es decir, haber restregado por paredes y puertas de la ciudad un ungüento destinado a extender la peste entre la población. El resultado de esta denuncia fue un proceso prolongado que desembocó en la condena de los imputados a ser paseados en un carro, torturados con hierros candentes, enrodados durante seis horas, degollados y después quemados. Y para que quedase constancia de esa sentencia ejemplar, la casa del fabricante del ungüento fuese derribada y en el solar erigida una columna, llamada infame, y una lápida que recordara el hecho y la justicia ejercida.
Sobre ese suceso, las actas del proceso y los comentarios posteriores al mismo, Manzoni construye una reproducción histórica y un ensayo sobre la tortura y lo irracional de sus medios y sus fines; sobre lo inútil de su empleo y lo inútil de las presuntas revelaciones obtenidas por ese medio.
En este aspecto, el proceso es ejemplar. Ejemplar en su propia incoherencia. A través de las ofertas de impunidad y el uso de torturas a los dos principales imputados, los magistrados obtuvieron declaraciones que se contradecían tanto entre sí que bastaron para retirar la impunidad, forzar nuevas torturas y obtener nuevas declaraciones todavía más diveregentes e incoherentes, imputaciones a personas a veces reales y a veces inexistentes, y un paisaje que, tomado en su conjunto, resultaba inverosímil y ridículo. Pero el pueblo y la justicia tenía hambre, y requerían sacrificios humanos, una sentencia ejemplarizante. Y así fue.
Manzoni, en un estilo que muchos otros literatos han empleado (Huxley, el gran Sciascia o, más recientemente, Andrea Camilleri) logra convertir un ensayo en casi una obra literaria. Su exposición de los hechos y el razonamiento de los jueces es magistral. Su alegato contra la tortura, demoledor. Quien lea esta obra se encontrará un fresco de la mentalidad psicótica de la justicia del siglo XVII, de sus obsesiones con la magia y la superstición. Con una muestra descarnada de los sistemas de poder y sus concesiones al populismo. Con la autojustificación de la justicia de la época en su propia iniquidad. Con lo omnímodo, irracional y corrupto de un sistema legal y una sociedad sin garantías.

Aquellos lectores que lean en italiano pueden hallar el texto completo de La Storia della Colonna Infame en este enlace.

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El Gran Robo del Tren, de Michael Crichton

(The Great Train Robbery)
Círculo de Lectores
Barcelona, 1976 [1975]

In memoriam: MICHAEL CRICHTON 1943-2008

La prematura desaparición de Michael Crichton nos ha privado de un narrador consistente y concienzudo, un artesano genial y honesto, convencido de lo que escribía antes, durante y después de la fama. Un trabajador documentado y exhaustivo, por lo general operando en una situación determinada y explorando las posibilidades límite que esta brindaba.
¿Escritor de best-sellers? Sí. Pero existe una gran diferencia entre escribir un best-seller oportunista y uno oportuno, entre uno para la explotación y otro a contracorriente. Crichton, que en una ocasión dijo: "Cualquier retrasado mental puede escribir un best-seller", conocedor de sus limitaciones literarias, pero sabio en los mecanismos narrativos, durante toda su vida se dedicó a explorar temas nuevos, jamás siguiendo modas, sino instaurándolas él. En otras ocasiones escribió sobre lo que le dio la gana. Siempre a gusto y a conciencia.
El Gran Robo del Tren se basa en un hecho real. En 1885, el oro de la paga de los soldados británicos en Crimea fue robado en su transporte en tren para ser embarcado en el Canal de la Mancha. En uno de los golpes más audaces de toda la historia, el tren no fue asaltado, sino que el robo conllevó la apertura de las cajas fuertes de transporte, la efracción del oro y su sustitución por munición de plomo. Hay que recordar que en 1885 no existía la dinamita, no se habían inventado las cerraduras de combinación y la apertura de una caja fuerte en un tren en marcha y en un espacio de tiempo reducidísimo dependía de tener sus llaves. El robo de ese oro sólo se podía producir si se disponían de las cuatro llaves necesarias.
El caso en sí es fascinante. Su ejecución, admirable. Pero Crichton no se limita al mero hecho criminal. En su narración de los hechos (dividida en Preparativos; Las Llaves; Dilaciones y Dificultades; El Gran Robo del Tren; y Arresto y Proceso) ejerce una auténtica inmersión en la época victoriana, como pocos autores lo han hecho. Es posible conocer esa sociedad mediante las obras literarias contemporáneas, Dickens, sobre todo. Pero esos autores vivían en esa sociedad y se dirigían a sus contemporáneos lectores; daban cosas por supuestas que al lector moderno resultan casi incomprensibles. Crichton razona, explica y relata, y en ese proceso nos da un auténtico cuadro de costumbres. Narrado con agilidad e interés sorprendentes, sin embargo.
He leído muchas veces El Gran Robo del Tren. Porque constituye un curso magistral de cómo hay que narrar una historia, de la utilización de los personajes y su caracterización. De uso de los diálogos y del ritmo narrativo.
¿"Arresto y Proceso", se habrán preguntado? Sí. Los autores del robo fueron arrestados y procesados. Pero no todos pudieron ser condenados. Y, como afirma la rotunda última frase de la novela, «El dinero del Gran Robo del Tren no se recuperó jamás». Lo bueno de Crichton es que yo pueda escribir aquí esta frase sin que el lector no disfrute de lo que la precede.
¿Best-seller? Sin duda. Pero de calidad. Obra de un autor que podía enseñar unas cuantas cosas sobre cómo narrar a muchos pretendidos y proclamados escritores.
Descanse en paz.

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El Emperador, de Ryszard Kapuscinski

(Cesarz)
Ed. Anagrama, col. Crónicas
Barcelona, 1989 [1978]

Cuando niño, dentro de mis limitados conocimientos de política internacional, había una figura conocida por mí. Por supuesto, estaban los grandes del momento: Kennedy, Jruschev, Breznev (ese hombre con unas cejas pegadas a la frente), De Gaulle, Mao, Castro, Hirohito, el único jefe de estado del Eje que había salido de rositas de la Segunda Guerra Mundial; por descontado, un tipo de voz aflautada y bajito del que era mejor no hablar como no fuera para repetir de memoria lo que decían los textos escolares sobre sus pretendidas bondades y grandezas. Cosa extraña, también tenía conocimiento de un tipo que vivía en África, era emperador y tenía el apelativo de "Negus": Haile Selassie, emperador de Etiopía, Rey de Reyes, León de Judá, Elegido de Dios, descendiente directo de Salomón, Rasta-Fari, Negus Negust. Cierto que había resistido a Mussolini y había recuperado su reino posteriormente, pero también había pasado eso en Holanda, Bélgica, Dinamarca, Noruega y otros lugares más exóticos, pero ninguno de sus jefes de estado tenía esa aureola de fama. Una aureola que era eso, porque no había otra explicación a su notoriedad. Selassie era, en todos los demás aspectos, una verdadera incógnita.
Era emperador de un país africano y, por tanto, pobre (el país). Pese a su boato, uno suponía que esquilmaba a su pueblo en consonancia a los ingresos de éste, o sea, pocos. La tranquilidad de un reinado de casi cincuenta años, el status quo internacional, el que le dejaran en paz, el que no fuera protagonistas de los habituales comunicados de prensa africanos: "Ayer, un golpe de estado militar/civil (táchese lo que no proceda) en ... (escríbase el país apropiado) fracasó/tuvo éxito (táchese, etc.); la situación es de calma/guerra civil (ya saben)".
Por tanto, cuando en 1975 un golpe de estado acabó con el reinado del Negus, mi reacción fue de sorpresa. Se daban por descontados todos los pecados originales de las administraciones africanas pobres, pero seguía quedando el hecho, la pregunta: ¿por qué después de cincuenta años? Las respuestas eran inexistentes o incomprensibles, o incoherentes. Haile Selassie seguía siendo uno de los personajes más conocidos mundialmente, pero ¿qué sabíamos en realidad de él? Nada.
Kapuscinski, un escritor que no era estrictamente un corresponsal de guerra, porque iba más allá, ni un analista político, porque tenía la buena costumbre de pisar el terreno, ni un periodista al uso porque poseía una visión penetrante que iba más allá de los hechos, se planteó en este libro responder (uno diría que responderse) a ese interrogante.
Y le fue imposible. ¿Quién era en realidad el Negus, qué pensaba, por qué actuaba de esa manera? Misterio. Haile Selassie se imbricó tanto en la estructura de poder, dominó tanto sus mecanismos, procuró rodearse de gente tan mediocre y apegada a sus privilegios, que llegó a creer (y actuar) como si Etiopía fuera consustancial a su persona, como si el país no pudiera existir sin él. Todo pasaba por sus manos, hasta los gastos más ínfimos, y no dejaba anotado nada (no sabía, o apenas, escribir). De modo que, conscientemente, él era responsable de todo, pero, al mismo tiempo, y en virtud de sus órdenes orales, consientemente de nuevo, él no era responsable de nada. Se le podía malinterpretar, se podían confundir sus deseos, podía decir que nada era verdad, que nada había dicho, que nada había ordenado, pero que todo merecía su consideración, preocupación y consuelo.
Kapuscinski, en plena revolución, se dedicó a entrevistar a los funcionarios de palacio que habían estado más cerca del Rey de Reyes. Este conjunto de visiones oblicuas resulta fascinante y, si no esclarecen el auténtico pensamiento de Selassie, sí perfilan poco a poco su figura, como delimita la luz las caras de un cristal opaco.
Sus entrevistas son increíbles: ridículas, esperpénticas, risibles, a veces (todas, en el fondo) trágicas, pero que acaban conformando un cuadro monstruoso. Y tal vez lo más grotesco es que se llega a la conclusión de que sí, que el palacio era Etiopía; pero que Etiopía no era, no podía ser, un palacio.
Pero esto es una estructura, cuyo centro y cimiento era el propio Negus. ¿Y el mismo Haile Selassie? ¿Quién, qué era? La conclusión más aproximada que se puede extraer es que era fundamentalmente un superviviente: "Y hay que reconocer, Míster Richard, que nuestro Inigualable Señor, por entonces siempre vistiendo de uniforme, unas veces el de gala, otras, el corriente, de campaña, que solía ponerse para observar las maniobras, sí se dejaba ver en los salones, donde dignatarios de mirada ausente y atemorizada yacían tumbados sobre las alfombras o sentados en los sofás, preguntándose unos a otros qué iba a ser de ellos cuando terminase la espera, y allí mismo él los consolaba, les daba ánimos, les deseaba buena suerte, los trataba con mucho cariño y consideraba su situación asunto de la máxima importancia, prometiendo ocuparse de ellos personalmente. No obstante, cuando se topaba en algún pasillo con alguna patrulla de oficiales, también a éstos les daba ánimos y deseaba buena suerte y, tras expresar su agradecimiento al ejército por su lealtad, les aseguraba que todo lo referente a las fuerzas armadas era objeto de su personal preocupación y dedicación. Oyendo esto, los de las rejas, cual serpientes venenosas, susurraban malévolamente en el oído de Su Majestad que lo que se debía hacer era colgar a los oficiales, porque eran ellos los que habían destruído el Imperio, palabras que el Bondadoso Monarca también escuchaba con mucha atención, por lo que, dando ánimos, deseando buena suerte y agradeciendo su lealtad, subrayaba que los tenía en muy alta estima. Esa infatigable actividad del Venerable Señor que tanto contribuía al bienestar general al no escatimar nunca consejos y directrices, el señor Gebre-Egzy la calificó como un éxito, al ver en ella una prueba irrefutable del dinamismo de nuestra monarquía".
Cuando llegó el final, la sorpresa de Selassie no debió ser que eso le pasara a él, sino que se encarcelara, en su persona, a toda Etiopía.

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Història Bruta, de Eric Ambler

(Dirty Story)
Eds. 62, col. Llibres a Mà
Barcelona, 1987 [1967]

Puestas las cosas en su sitio en los dos grandes del género de espionaje [véanse las anteriores reseñas dedicadas a Graham Greene y John Le Carré], es justo que comentemos un tercer escritor que cultivó el género con aprovechamiento, si bien no con tanta altura literaria.
Historia Sucia tal vez no sea la mejor obra de Eric Ambler (existe cierta unanimidad en que ésta es La Máscara de Dimitrios), pero sí es una novela que muestra las mejores cualidades de su autor en un tema que, por desgracia, parece ponerse de actualidad con una regularidad alarmante. Que una obra situada en 1967 parezca tener los mismos paradigmas africanos que hoy en día debería darnos algo que pensar.
En un primer capítulo demoledor, Ambler nos presenta por completo el retrato de su protagonista, Arthur Abdel Simpson: se trata de un buscavidas, un delincuente de poca monta, un personaje que se mueve en la gris frontera del engaño y la trampa, lo bastante prudente (o cobarde) como para no introducirse en el gran crimen, lo bastante marginal como para no poder mantenerse alejado de los trapicheos. Estos han acabado por hartar al gobierno británico, que le retira su pasaporte dejándolo convertido en un apátrida en la lista negra.
Será por esto que Simpson se verá abocado, tras diversas vicisitudes, a aceptar la oferta de convertirse en "agente de seguridad" por cuenta de una multinacional minera en un país africano imaginario.
La cuestión viene de la época colonial : la frontera entre dos países se trazó no siguiendo el curso de un río, sino que fue delimitada geográficamente por una línea recta. Muy útil para los cartógrafos, una complicación heredada en la geopolítica colonial. Poniendo un símil apropiado, la zona puede dibujarse así: $. La frontera colonial y real es la línea vertical. El curso del río, que hubiera debido ser la frontera natural, es la S. La parte a la izquierda de la línea vertical pertenece al país A; la de la derecha, al país B. El problema es que en la parte superior de la S se han descubierto unos depósitos de tierras raras, y se encuentran en territorio de A, donde pueden llegar a ser explotados por una empresa rival.
Las empresas, no hay ni que mencionarlo, son occidentales. Las tierras y los gobiernos, africanos. Lo que la multinacional pretende es una rectificación de fronteras mediante un golpe de mano llevado a cabo por soldados nativos con oficiales mercenarios blancos a sueldo de la empresa.
¿Puede ser que la competencia tenga sus propias fuerzas y un infiltrado en la fuerza agresora? No es de extrañar.
No les voy a detallar los acontecimientos. Ambler maneja el tema con gran ritmo y mano segura.
Hemos hablado algunas veces de textos y subtextos. Quienes quieran leer esta novela como una intriga o una aventura, quedarán satisfechos. Pero es también de agradecer que Eric Ambler maneje en su historia los pecados originales del colonialismo, el juego sucio del poscolonialismo y la muy puerca historia de los intereses económicos sin otra consideración. Estos temas están en la novela. Si quieren reflexionar sobre ellos y lo que sucede en estos momentos en el Congo (y lo que sucederá mañana en otro lugar), Ambler se los sirve en bandeja. Vieja o nueva, de todas maneras, sigue siendo una historia sucia.

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Plató i un Ornitorinc Entren en un Bar..., de Daniel Klein y Thomas Cathcart

(Plato and a Platypus Walk Into a Bar... Understanding Philosophy Through Jokes)
Eds. La Campana
Barcelona, 2008 [2007]
(Edición castellana en Ed. Planeta)

Platón y un Ornitorrinco Entran en un Bar... Comprendiendo la Filosofía a través de los Chistes representa un loable esfuerzo por explicar la filosofía a través del humor, un arma que ha probado ampliamente su eficacia en diversas disciplinas, como por ejemplo en las ciencias; Martin Gardner ha hecho más por las matemáticas con sus juegos, paradojas y humoradas que miles de horas de clase.
Yo tuve la suerte, en primer lugar, de tener un gran profesor de filosofía, y en segundo, de tener un buen texto (la Historia de la Filosofía de Julián Marías), de modo que creo estar capacitado para decir que la parte "teórica" o "seria" de este libro es exacta y precisa; y me supongo con el suficiente sentido del humor como para apreciar los chistes que figuran en él. Creo que lo mejor que puede decirse de este volumen es que uno no lo recorre únicamente en busca del humor, sino que se lee su parte teórica con la curiosidad de saber cómo se puede hacer un chiste sobre, pongamos, la metafilosofía.
Como muestra del espíritu y lo exhaustivo del libro, déjenme enumerarles sus capítulos y subtítulos:
Metafísica: la metafísica aborda frontalmente las Grandes Preguntas: ¿qué es ser? ¿qué se entiende por realidad? ¿tenemos libertad de elección? ¿cuántos ángeles pueden bailar sobre la cabeza de una aguja? ¿cuántos hacen falta para cambiar una bombilla?
Lógica: sin la lógica, la razón no sirve para nada. Con la lógica, puedes ganar discusiones y alienar multitudes.
Epistemología: la teoría del conocimiento: ¿cómo sabéis que sabéis lo que creéis que sabéis? Desechad la opción de contestar «¡Porque lo sé y ya está!» y lo que queda es la epistemología.
Ética: Aclarar qué es bueno y qué es malo es competencia de la ética. También tiene ocupados a los sacerdotes, los gurús y los padres. Por desgracia, lo que tiene ocupados a los niños y a los filósofos es preguntar a los sacerdotes, los gurús y los padres «¿por qué?»
Filosofía de la Religión: el dios sobre el cual debaten los filósofos de la religión no es la clase de dios que la mayor parte de nosotros reconoceríamos. Suele ser más abstracto, como la Fuerza de La Guerra de las Galaxias, y no como un Padre Celestial que, preocupado por ti, te espera despierto toda la noche.
Existencialismo: «La existencia precede a la esencia.» Si estás de acuerdo con esta afirmación, eres existencialista. Si no estás de acuerdo, continuas existiendo, pero esencialmente quedas al margen de la cuestión.
Filosofía del Lenguaje: Cuando el expresidente William Jefferson Clinton respondió a una pregunta diciendo «Depende de cuál sea su definición de es», estaba haciendo filosofía del lenguaje. También habría podido estar haciendo otras cosas.
Filosofía Social y Política: La filosofía social y política estudia los problemas relacionados con la justicia en la sociedad. ¿Por qué necesitamos gobernantes? ¿Cómo se tendría que distribuir la riqueza? ¿Cómo podemos establecer un sistema social justo? Estas cuestiones las solía solventar el tío más fuerte, dando un garrotazo en la cabeza del más débil, pero después de siglos de filosofía social y política, la sociedad se ha dado cuenta de que los misiles son mucho más efectivos.
Relatividad: ¿Qué quieren que les digamos? Este término significa cosas diferentes según la persona.
Metafilosofía: La filosofía de la filosofía. No hay que confundirla con la filosofía de la filosofía de la filosofía.
Pero, como siempre, lo mejor es un ejemplo:
«El Principio de la Parsimonia: Siempre ha existido una veta antimetafísica en la filosofía, que ha culminado en el triunfo de la visión científica del mundo en los dos últimos siglos. Rudolf Carnap y el Círculo de Viena (que no es un grupo de música disco de los setenta, al contrario de lo que dice la opinión popular) llegaron hasta el punto de proscribir la metafísica como una especulación no racional que ha sido sustituida por la ciencia.
»Rudy y el Círculo de Viena siguieron el ejemplo del teólogo del siglo XIV William Occam, que se sacó de la manga el principio de la parsimonia, alias "la navaja de Occam". Según este principio "las teorías no han de ser más complejas de lo necesario". O, como dijo Occam metafísicamente, las teorías no tendrían que "multiplicar entidades innecesariamente".
»Supongamos que Isaac Newton hubiese observado como caía la manzana y hubiese exclamado: "¡Ya lo tengo! ¡Las manzanas están atrapadas en una especie de juego de la cuerda entre unos duendes que tiran hacia arriba y unos gnomos que tiran hacia abajo, y los gnomos son más fuertes!"
»Occam habría replicado: "De acuerdo, Isaac, tu teoría explica todos los hechos observables, pero cíñete a la consigna: hazlo sencillo."
»Carnap habría estado de acuerdo.

»Una noche, después de cenar, un niño de cinco años preguntó a su padre:
─¿Dónde ha ido mamá?
El padre contestó:
─Mamá ha ido a una fiesta de Tupperware.
Esta explicación satisfizo al niño sólo momentáneamente, porque acto seguido preguntó:
─¿Qué es una fiesta de Tupperware, papá?
Su padre pensó que una explicación sencilla sería la mejor manera de enfocar el tema.
─Bien, hijo ─le respondió─, en una fiesta de Tupperware, un grupo de señoras se sientan en círculo y se venden botes de plástico unas a otras.
El niño empezó a reír.
─¡Venga, papá! Dime la verdad...

»La simple verdad es que una fiesta de Tupperware consiste en efecto en un grupo de señoras que se sientan en círculo y se venden botes de plástico unas a otras. Los encargados de marketing de la empresa Tupperware, sin embargo, expertos en metafísica como son, querrían hacernos creer que es una cosa más complicada.»
Por lo que veo en la vida diaria, la filosofía puede ser la disciplina del pensamiento que primero se extinga en el siglo XXI, de modo que esfuerzos como este son de lo más bienvenidos, sobre todo cuando están tan bien hechos como este libro.
Como sé que en estos casos el público lo que quiere es un no parar, ahí les dejo con otros dos chistes, uno para finalizar y otro para el camino. El primero sobre la lógica inductiva:
«Holmes y Watson han ido de camping. En mitad de la noche, Holmes se despierta y da un codazo a Watson.
Watson ─le dice─, mire al cielo y dígame qué ve.
─Veo millones de estrellas, Holmes ─dice Watson.
─¿Y qué conclusión extrae, Watson?
El hombre piensa un momento.
─Bien ─responde─, astronómicamente, esto me indica que hay millones de galaxias y potencialmente billones de planetas. Astrológicamente, observo que Saturno está situado en Leo. Horológicamente, deduzco que más o menos son las tres y cuarto. Meteorológicamente, sospecho que mañana hará un día precioso. Teológicamente, veo que Dios es todopoderoso y que nosotros somos pequeños e insignificantes. Mmm..., ¿y usted qué piensa, Holmes?
─¡Que eres un idiota, Watson! ¡Alguien nos ha robado la tienda!»

Y el otro sobre el argumento por apelación a la autoridad ("Argumentum ad Verecundiam", ¡toma ya!):
«Cuatro rabinos solían discutir juntos sobre teología, y había tres que siempre se ponían de acuerdo contra el cuarto. Un día, el rabino que quedaba excluido, después de volver a perder por tres a uno, decidió apelar a una autoridad más elevada.
─¡Oh, Dios! ─gritó─. ¡Sé que en el fondo yo tengo razón y ellos se equivocan! ¡Por favor, envíame una señal que lo demuestre!
Era un día hermoso y soleado. En cuanto el rabino acabó la plegaria, una nube de tormenta planeó sobre los cuatro rabinos, retumbó una vez y se desvaneció.
─¡Una señal de Dios! ¿Lo veis?, ¡tengo razón, lo sabía!
Pero los otros tres no estuvieron de acuerdo y señalaron que en los días calurosos a menudo se forman nubes de tormenta.
De modo que el rabino volvió a rezar.
─Oh, Dios, necesito una señal más grande para demostrar que tengo razón y ellos se equivocan. ¡Por favor, Dios mío, una señal más grande!
Esta vez aparecieron cuatro nubes de tormenta, que rápidamente formaron una sola; un rayo dio contra un árbol de un montículo cercano.
─¡Ya os lo decía, que tenía razón! ─gritó el rabino, pero sus amigos insistieron que no había pasado nada que no se pudiese explicar por causas naturales.
El rabino ya se preparaba para pedir una señal muy, muy grande, pero cuando decía "Oh, Dios..." el cielo se oscureció y una voz profunda y tonante pronunció:
─¡TIENE RAZÓÓÓÓN!
El rabino puso los brazos en jarras, se volvió hacia los otros y dijo:
─¿Y ahora qué?
─Pues nada ─dijo uno de los rabinos encogiéndose de hombros─, ahora somos tres contra dos.

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El Duelo: un Relato Militar, de Joseph Conrad

Firma Invitada: DANIEL GONZÁLEZ MARTÍN

(The Duel)
Ed. Valdemar o Alianza Ed.
Madrid, 2005 o Madrid, 2008 [1908]

La relectura de este relato me sirve para reafirmarme en mi interpretación. No estoy totalmente de acuerdo con aquello que dice la sinopsis sobre "la evanescente naturaleza de la ofensa". No quiero ser contestatario ni corrector, y por encima de todo, deseo que mi opinión no parezca estrafalaria. Intentaré explicarme, pero no convencer.
No tengo ningún tipo de admiración hacia ningún militar, pero calificarlos a todos de mecánicamente temperamentales y de faltos de inteligencia emocional me parece un juicio apresurado. Se puede decir que son individuos marcadamente adoctrinados, de acuerdo. Pero puede ser que todos acabemos siendo algo corportativistas de alguna idea.
La historia de Armand D'Hubert me ha cautivado. Y afirmaría que ha sido gracias a la narrativa de Joseph Conrad.
Coincidía con una persona, no recuerdo quién, en que las historias de Conrad se podían resumir en un par de líneas. Veamos: Dos oficiales del ejército de Napoleón perpetúan durante (casi) toda su vida la resolución de un duelo fruto de una supuesta ofensa. Más o menos, así va la historia. Pero también coincidía en que eso no implicaba simplicidad en la trama ni en el desenlace.
D'Hubert tiene que arrestar a Feraud por haberse batido en duelo, algo no permitido por Napoleón en tiempo de guerra. Pero Feraud recibe como una ofensa imperdonable que la detención se intente realizar ante la bella Madame de Lionne y reta a D'Hubert a un duelo. Éste no soslaya la supuesta provocación, medio sorprendido por la situación, creyendo que Feraud es una persona visceral. Esta justa quedará pendiente durante largo tiempo, porque no es resuelta ni en el primer encuentro ni en los posteriores. Pero, ¿es la tozudez de ambos tenientes la que convierte esta disputa en irracional y tan duradera? Sí, pero no en la medida que podríamos pensar. Armand D'Hubert no quiere transigir ante Feraud. Él tiene razón, él es inocente, responderá más tarde a la pregunta de si se trata de una causa noble. (descubriremos también algo más tarde de Madame de Lionne es su hermana.) D'Hubert es mesurado, diligente, profesional, diríamos hoy. Pero no "siente los colores". O no tanto como Feraud, que no es menos diligente pero sí más impulsivo. Feraud acusará a D'Hubert de no amar al emperador. Y esta acusación será asumida por todo el mundo como cierta. Esto afectará al segundo, que ya no saludará como antes, quizá más desilusionado que dolido con su entorno, y dándose cuenta de que lo que necesitaría encontrar en ese momento es una mujer. Yo pienso que D'Hubert mantiene pendiente el duelo porque de esta manera es fiel a sí mismo, es congruente con sus convicciones. Otras cosas han cambiado, se han producido acontecimientos que han transformado irremediablemente el mundo. Nos queda ser fieles a nosotros mismos, preservar una manera de pensar que forma parte de nuestra identidad. El Barón llega incluso a interceder por Feraud para evitar que éste sea ejecutado por su fidelidad a Napoleón, ahora derrotado y prisionero. D'Hubert podría dejar de caminar al borde del abismo y dejar de exponer su vida. Pero no lo hace.
El Barón se promete con una joven, con la hermana como mediadora, de la que no espera otra cosa que un amor verdadero. Con este aire orgulloso y exigente hace hablar Conrad a D'Hubert al inicio del capítulo cuarto. Sostengo que es (sólo) para acentuar el giro conradiano del personaje, que se producirá en esta parte del relato. El final del duelo servirá no sólo para que el Barón se libere de la angustia que le producía la posibilidad de morir así. También le servirá, involuntariamente, para comprobar la sinceridad de los sentimientos de la muchacha (ésta se presentará de madrugada en casa del Barón con el objetivo de detenerlo).
No quiero explicar con detalle cómo se resuelve el duelo, me parece antipático explicar el final de una historia (he dado suficientes detalles, en todo caso). Por otro lado, creo que si hay finales que se pueden explicar sin destrozar la lectura éstos son los de las historias de Joseph Conrad, ya que su magia está en cómo están narradas y no tanto en cómo se resuelve el desenlace. El año pasado leí la traducción de Fernando Jadraque en Valdemar, y antes de realizar este escrito la de Arturo Agüero Herranz en Alianza. Esta es la interpretación que hago del relato, estos son los pensamientos que me ha provocado. Si han leído hasta aquí... Gracias.

© 2008, Daniel González Martín

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Marea Minvant, de Robert Louis Stevenson

(The Ebb-Tide)
Edhasa, col. Clàssics Moderns
Barcelona, 1990 [1893]

Stevenson empezó a escribir La Resaca en Honolulú en 1889. La historia nos presenta a tres náufragos de la vida, que por diversas causas han acabado en la miseria y diversos grados de abyección, en Tahití. Cuando todo parece perdido para estas tres personas, tan distintas y a las que sólo unen los lazos que la solidaridad del hambre parece trazar, se les presenta una, en apariencia, última oportunidad: Una goleta entra en el puerto con un cargamento de champaña y la bandera amarilla de "enfermedad a bordo" izada. Su capitán, primer oficial y marinero jefe han fallecido por la viruela y, por miedo, nadie se atreve a hacerse cargo del mando y llevar el barco al puerto de Sidney; de modo que el cónsul no tiene más remedio que confiársela a los tres protagonistas.
¿Oportunidad? Sí, pero el mal trabaja. El plan que acuerdan los tres es hacerse con el barco, llevarlo al Perú y vender su cargamento allí en beneficio propio.
No voy a seguir más allá con el argumento. Stevenson nos guarda un buen número de sorpresas en esta novela. Sólo tengo que decir que es una historia sabiamente narrada, con una caracterización minuciosa y progresiva, unas descripciones necesarias y justas y un ritmo vivo y absorbente. Algo que no debería extrañar en el autor de La Isla del Tesoro o Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Algunos consideran La Resaca una obra menor en la producción de su autor. Es cierto si la comparamos con los dos monumentos narrativos antes citados. Pero no es menos cierto que cualquier otro autor de la época que hubiera escrito La Resaca se hubiera ganado un puesto propio en la literatura universal. Leerla, por muchos motivos, no es en absoluto un tiempo perdido.

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L'Agent Confidencial, de Graham Greene

(The Confidential Agent)
Eds. de La Magrana, col. La Negra
Barcelona, 1993 [1938]

En una anterior reseña me dedicaba a reivindicar el papel de John Le Carré como renovador del género de espionaje y gran narrador, escapando de la sombra del gran Greene, que había puesto las bases literarias de la novela del juego sucio por excelencia.
Establecidos ya los méritos de Le Carré, sería injusto tirar a la papelera la ingente obra de Graham Greene y no reconocer sus logros en el establecimiento de un género. Méritos no sólo argumentales, sino literarios, morales y humanos.
La trama de El Agente Confidencial es paradigmática de la obra de Greene: Un agente de la república española, en plena Guerra Civil, y al que sólo se identifica con la inicial D., es enviado a Inglaterra por su gobierno para conseguir carbón, imprescindible para el esfuerzo de guerra. Por desgracia, coincide con un agente homólogo del gobierno franquista con la misma misión. Éste, con mejores contactos y más recursos humanos y materiales, consigue robar las cartas credenciales, de presentación y documentos de D., enviándolo directamente a un calvario personal por el cumplimiento de su misión y su propia supervivencia.
Hasta aquí la novela no se aleja de un policíaco o una aventura "normal". Lo paradigmático en Greene es la tortura del protagonista, su abandono (hasta sus correligionarios desconfían de él), su soledad apenas paliada por una chica conocida durante el viaje a Inglaterra, su desamparo. En muchas ocasiones el lector tiene la sensación de que todo es inútil, de que D. haría mejor en abandonar, pero a Greene no le interesa tanto la misión como mostrarnos la entereza moral de su protagonista.
Lastradas por los finales felices (la conclusión de la versión fílmica de El Tercer Hombre parece ser una excepción, y sospecho que se debe más a Orson Welles o Carol Reed; en la novela, Greene se empeña: el chico consigue a la chica, suenan violines de fondo y cantan los pajaritos, metafóricamente hablando), las novelas de Greene, sin embargo, tienen mucho más de lo que su sinopsis muestra. El lector que busque aventura e inmersión en el sucio mundo de los servicios secretos quedará satisfecho. Pero nociones como deber, moral, integridad, expiación (Greene era católico inglés, un hecho que por lo general aboca a la militancia) y conflicto personal siempre se hallan presentes. Esos conceptos elevan las historias de Graham Greene por encima del pasatiempo, y las hacen necesarias.

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El Pont de San Luis Rey, de Thornton Wilder

(The Bridge of San Luis Rey)
Enciclopèdia Catalana/Proa
Barcelona, 2004 [1927]

El 20 de julio de 1714, un antiguo puente colgante inca cede y cinco personas que lo atravesaban mueren al precipitarse al abismo. Este suceso conmueve profundamente a la sociedad peruana, y particularmente al hermano Junípero, testigo ocular del hecho: «Cualquier otra persona se habría dicho con secreta alegría: "En diez minutos, ¡yo también...!" Pero fue otro el pensamiento que tuvo el hermano Junípero: "¿Por qué les ha pasado esto a estas cinco personas?" Si en el universo existía algún plan, si había algún patrón en la vida humana, sin duda podía ser descubierto misteriosamente oculto en aquellas vidas cortadas en seco. O bien vivimos por casualidad y morimos por casualidad, o vivimos según un plan y morimos según un plan. Y, en ese instante, el hermano Junípero tomó la resolución de descubrir la vida secreta de esas cinco personas, que en ese momento caían por el aire, y determinar la razón por la cual abandonaban este mundo.»
Y es así como Wilder empieza unos retratos de esos viajeros, y haciéndolo, elabora una altísima literatura, llena de matices y percepción, profundamente humana. Puede que el hecho de que la caída del puente, planeando omnipresente en los destinos de los retratados, sea el cebo que mantenga nuestra atención, pero pronto se ve sustituido por la fascinación que estas personas ejercerán en el lector. Como el hermano Junípero, intentaremos descubrir el nexo común en todos ellos, y ese nexo existe, pero Wilder consigue que el destino no sea más importante que el viaje.
Es muy raro hallar en la literatura obras que puedan ser recomendadas sin hacer distinciones entre lectores, obras que tienen una inmanencia y unos valores capaces de interesar y conmover a las personas de cualquier época y predisposición. El Puente de San Luis Rey es, creo, una de esas pocas obras.
Sus recursos literarios, su prosa exacta y medida, sus situaciones realistas o extrañas, sus diálogos sabiamente mesurados y dosificados, su ritmo y su planteamiento son todos de gran mérito y alcance. Pero lo que permanece, lo que conmueve al lector, es la tremenda humanidad que trasciende al texto y nos toca en nuestro interior más profundo.

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Sobre la Psicología de la Incompetencia Militar, de Norman F. Dixon

(On the Psychology of Military Incompetence)
Ed. Anagrama, col. Argumentos
Barcelona, 2001 [1976]

Este es un libro fundamental, piedra angular de la polemología (aquí en España, erróneamente, tomada como la ciencia de la discusión; en otros países, más civilizados, la ciencia que analiza los conflictos), que inauguró el estudio de la incompetencia en un campo capaz de causar un enorme sufrimiento al ser humano.
La guerra es consustancial a la humanidad, mal que nos pese. Y si esta actividad es productora de sufrimiento y penalidad, y su ciencia es la de la obtención de objetivos minimizando el sufrimiento y penalidades, la incompetencia es un aspecto fundamental que entorpece la obtención de los objetivos, aumentando, de forma desmesurada e inútil, los padecimientos y aflicciones. En una magnitud irreparable, porque toda vida humana sacrificada por el aparente capricho de unas decisiones que parecen irracionales se convierte en el colmo de la inhumanidad.
Dixon, en un análisis no exento de humor, desvela que la incompetencia militar puede identificarse y, mediante su estudio por la psicología, depurarse.
El libro está dividido en dos partes. En la primera, Dixon pone ejemplos de crasa incompetencia militar: Crimea, la guerra de los bóer, las campañas coloniales inglesas en India y Afganistán, la guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial, el sitio de Kut, Singapur y Arnhem. Por numerosos que puedan parecer, la lista podría ampliarse considerablemente: los Dardanelos, Stalingrado, Pearl Harbor, Borodino, Waterloo, Vietnam, las Malvinas (por ambos bandos)... Lo curioso es que con posterioridad al estudio de Dixon, se han seguido produciendo casos de incompetencia flagrante. Y por las mismas causas que Dixon identifica.
En la segunda parte, la más extensa, y con un lúcido análisis, Dixon identifica la incompetencia, encuentra las causas de la misma y localiza el pecado original de porqué según qué generales llegaron hasta la posición en la que, sin el menor desdoro, pudieron provocar pequeñas o grandes catástrofes militares de resultado irrevocable para los recursos y los hombres que estuvieron implicados.
Es admirable que alguien se planteara la cuestión de que estos desastres no eran fruto de la casualidad o la mala suerte. Igualmente admirable es la argumentación que emplea para prevenir que incompetentes lleguen a tener el mando de operaciones en las que causar unos daños que, a pesar o quizás precisamente por estar inmersos en la actividad más destructiva de la humanidad, son en toda cuestión superfluos.
Como ejemplo de esta irracionalidad, que no puede atribuirse únicamente a la ignorancia o la estupidez, valga un epítome de la incompetencia; en la guerra de los bóer, la infame batalla de Spion Kop, en el análisis de Dixon:
«Fue entonces cuando el simple retraso y la falta de eficacia dieron paso a algo más cercano a la locura. Bajo la creciente tensión de la inactividad, una curiosa folie à deux pareció cernirse sobre Buller y su subordinado. Los hechos son, por orden cronológico, los siguientes:
»1. Un reconocimiento realizado por la caballería dirigida por Lord Dundonald comprobó que en el territorio que había al otro lado del río se encontraba una clara línea de avance para la fuerza de Warren.
»2. Warren se enfureció cuando supo que Dundonald había utilizado su caballería para efectuar el reconocimiento.
»3. En parte debido a su obsesión por su convoy de equipaje personal, y en parte por culpa de la no pedida y mal recibida información proporcionada por Dundonald, Warren rechazó el movimiento que se le proponía y optó en cambio por un avance directo a través de las sierras de Tabanyama, que se encontraban directamente frente a él. Por desgracia, esa zona no había sido reconocida.
»4. Fue entonces cuando Buller empezó a decir que el comportamiento de Warren era "carente de objeto y falto de resolución". A pesar de ello se negó a asumir el mando.
»5. El asalto a la sierra de Tabanyama por parte de Warren estuvo lejos de ser un éxito. Ello fue debido a que encontró a los bóer bien atrincherados en una segunda cresta cuya existencia ignoraba. Pero siguió negándose a avanzar por el flanco y dejar atrás las posiciones de los bóer.
»6. Buller, que estaba más inquieto a cada momento, cabalgó hasta la zona para criticar y dar consejos a Warren, pero ni siquiera entonces llegó a dar órdenes.
»7. La mirada de Warren se fijó entonces en la prominencia cónica constituida por Spion Kop. Inmediatamente comprendió que era necesario capturar esa colina. Buller estuvo muy de acuerdo, y ello a pesar de que ninguno de los dos generales había pensado anteriormente seguir esa línea de acción. Tampoco, naturalmente, habían imaginado siquiera qué consecuencias podía tener esta nueva actitud.
»8. La tarea de atacar lo que ha sido calificado de "una montaña desconocida, en una noche oscura, contra un enemigo decidido y de fuerza desconocida", fue entregada al general Talbot-Coke. Los "méritos" que le convertían en el hombre más a propósito para la empresa eran que acababa de llegar y se veía aquejado de cojera de una de sus piernas. Pero, cuando menos, su ignorancia acerca de la cumbre de Spion Kop, su forma y su extensión o su adecuación para su defensa, no era superior a la de los demás generales. Ninguno de ellos se preguntó porqué los bóer no habían instalado allí cañón alguno, ni se les ocurrió tampoco que a los bóer pudiera molestarles que los británicos la ocuparan. Por esta razón no se puso en práctica ninguna táctica de distracción del enemigo.
»Así, mientras los generales se quedaban al pie de la colina, los soldados recibieron órdenes de ascender la fuerte pendiente y, de este modo, penetraron en una niebla poco menos espesa que la que afectaba la mente de sus comandantes. Cuando, con una visibilidad casi nula, creyeron haber alcanzado la cumbre, la fuerza asaltante se detuvo y, tras felicitarse por la completa ausencia de enemigos, plantó la bandera británica y trató de atrincherarse. Digo "trató" porque la cumbre era aproximadamente igual al resto de la colina, roca pura. Nadie les había advertido de este hecho. Decidieron utilizar sacos de arena pero entonces se dieron cuenta de que nadie se había acordado de subirlos. Mientras la niebla se iba disipando hicieron lo que pudieron por crear defensas con pedazos de rocas y terrones, conscientes desde luego de la escasa protección que iba a proporcionarles aquella difícil construcción.
»Si aquello les dio que pensar, más motivos iban a tener pronto, pues, al mejorar de nuevo la visibilidad, hicieron un poco tranquilizador descubrimiento. No se encontraban donde creían encontrarse. En lugar de la cumbre, lo que habían ocupado era una pequeñísima altiplanicie situada algo por debajo de la cumbre: 1.700 hombres amontonados en una extensión de 350 por 450 metros, y sobre ellos, rodeándoles por tres lados, los bóer. El enemigo abrió fuego. En pocos minutos el suelo quedó cubierto de cadáveres, muchos de ellos con los agujeros de las balas en un lado de la cabeza o del cuerpo. Debido a que carecían totalmente de defensas para sus cabezas, las pérdidas causadas por la metralla fueron todavía mayores. Atrapados en aquella desesperada posición, sin directrices de sus mandos superiores y en ausencia de su general, doscientos Fusileros de Lancashire dejaron sus armas y se rindieron a los bóer. Su puesto fue ocupado por refuerzos enviados desde abajo.
»Mientras, Warren y Buller no hacían nada por ayudar a sus tropas. Horrorizados por lo que estaba ocurriendo en el monte, Warren, que en su mejor momento llegaba a ser supino, entró en una especie de trance que fue calificado de parálisis. Sólo una vez trató de intervenir en el curso de los acontecimientos. Fue para ordenar que su batería de cañones navales dejara de bombardear las posiciones que los bóer ocupaban en un pico vecino. Lo hizo creyendo, equivocadamente, que las tropas que estaban siendo bombardeadas eran británicas. A pesar de contar con un equipo para ello, no había establecido contacto telegráfico con sus tropas de Spion Kop. Si lo hubiera hecho, este caro error no habría ocurrido.
»En cuanto a por qué un general al mando de las tropas dejó deliberadamente de utilizar la principal fuente de información que tenía en aquel momento, es decir, los hombres de sus filas que se encontraban en primera línea, uno no puede contestar sino diciendo que, a uno u otro nivel, no quería enterarse de nada. Esta hipótesis, el hecho de que Warren utilizara el mecanismo psicológico conocido por denegación, es confirmado por otro curioso incidente. Un corresponsal de guerra que había sido testigo de los horrendos acontecimientos de la cumbre, corrió monte abajo para contárselo todo al general. Pero éste, en lugar de recibir esta información, desde luego no pedida, con gratitud, se puso furioso y ordenó que el periodista fuera arrestado por su insolencia. El corresponsal de guerra en cuestión era Winston Churchill.
»Pero el comportamiento de Warren, como hemos dicho, no era sino parte solamente de una folie à deux. El del comandante en jefe, Buller, fue igualmente extraordinario. El papel del jefe supremo de las fuerzas británicas en Sudáfrica consistió en resistir violentamente las sugerencias de sus subordinados que le instaban a lanzar un ataque contra las posiciones desde las que los bóer lanzaban sus bombas ininterrumpidamente contra los soldados británicos. Buller llegó incluso a hacer retroceder a las tropas que habían llegado a alcanzar las cumbres dominadas por el enemigo. Si se les hubiera permitido seguir adelante, la matanza de tropas británicas se hubiera reducido notablemente.
»Al llegar la noche, los que seguían vivos después del constante bombardeo y fuego de rifles, decidieron pedir autorización para retirarse. Por desgracia, sus líneas de comunicación volvían a funcionar mal, esta vez porque no les habían dado suficiente petróleo para sus lámparas de señales. El mantenimiento de comunicaciones con su propio ejército no era el fuerte de Warren. Pero sí dio órdenes al general Talbot-Coke para que subiera a la montaña y regresara con noticias. Sin embargo, una vez más hizo los mayores esfuerzos posibles para conseguir no oír lo peor. Para empezar, eligió como mensajero a un tullido que no conocía el país; pero, por si acaso triunfaba en su empeño de ascender y descender de la montaña, Warren adoptó una nueva precaución de última hora: cambiar su cuartel general de sitio. Como lo hizo durante la ausencia de Talbot-Coke, y sin decir palabra a nadie, consiguió conservar su ignorancia.
»Así terminó la batalla.»

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El Silencio de los Corderos, de Thomas Harris

(The Silence of the Lambs)
Ultramar Editores
Barcelona, 1990 [1988]

¿Habrá alguien que no haya visto la película? Y el problema es que si la han visto, no hay ninguna necesidad de leer la novela, porque se trata de una de las mejores y fieles adaptaciones fílmicas producidas jamás.
Sin embargo, ya hace unos días comenté El Dragón Rojo, primera aparición literaria del Dr Hannibal (the Cannibal) Lecter, y este personaje se merece un vistazo.
En primer lugar porque se ha convertido en un icono popular, algo muy difícil de conseguir, de los 90, como Freddy Krueger lo fue de los 80, el maníaco de Halloween de los 70 y el Drácula de Christopher Lee lo fue de los 60.
En segundo, porque hay diferencias significativas entre el Lecter de El Dragón Rojo y el de esta novela. Sigue siendo cínico, intrínsecamente malvado, sutilmente manipulador, vocacionalmente asesino y con una mente criminal; brillante, pero criminal.
Sin embargo, esa especie de relación paterno-filial (menos marcada en la novela que en la película) que se establece entre Lecter y la agente Starling (esto era antes de que Harris empezara a desbarrar con esa tontería titulada Hannibal) hace que se cree una corriente de simpatía hacia el psicópata doctor.
El público parece desear que Lecter escape de las manos del estúpido doctor Chilton, culpable de soberbia, incompetencia e idiotez, pero que no ha matado (ni mucho menos comido) a nadie. Esta corriente de simpatía persiste a pesar de que, para conseguir sus fines de venganza, Hannibal Lecter deje un rastro de cadáveres en los simpáticos (más marcada esta simpatía en la novela que en la película) policías y los inocentes enfermeros. Incluso aunque exista la certeza de que en su camino Lecter va a dejar atrás más muertos que el terremoto de San Francisco.
Los que menosprecian el género de terror harían bien en considerar bajo esta luz tanto película como novela, no para examinar un personaje extralimitado y de ficción, sino para mirarnos a nosotros mismos. El experimento puede resultar fascinante.

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Quel Petit Vélo à Guidon Chromé au Fond de la Cour?, de Georges Perec

En Romans & Récits
Le Livre de Poche, col. La Pochothèque
Varese, 2002 [1966]
Edición de Bernard Magné

Leí a Georges Perec mucho antes de saber que era escritor. Se trataba de una entrevista en Science & Vie sobre el juego japonés del Go. Que recuerde una entrevista en lengua extranjera sobre un juego que no he practicado jamás es significativo, y quiere decir que trascendía la mera anécdota y el propio tema para convertirse en algo más. Es muy difícil definir la genialidad, pero una de sus constantes, en mi opinión, parece ser la capacidad del genio para hablar de cualquier cosa y convertirla en algo original e interesante.
Tal vez, también, me llamara la atención su aspecto. Un rostro enmarcado por un cabello encrespado y una perilla indescriptible, pero sobre todo una cara bondadosa y con una mirada de niño feliz que disfruta de la vida como un juego. En esa entrevista, Perec mostraba que no había dejado de jugar jamás, a lo que fuera, y se tenía la impresión de que después de entrevistado iría de nuevo a jugar, y si era a algo nuevo, mejor. No es de extrañar que recibiera de la vida un juego que ésta pone a todos a nuestra disposición, pero que a él le debió encantar. El inmenso e interminable juguete del lenguaje que puesto en sus manos le iba a convertir en un narrador prodigioso.
¿Aquél Pequeño Velomotor con Manillar Cromado en el Fondo del Patio? es un divertimento, una tontería entre la novela corta (por sus páginas) y el relato (por su extensión), un cuento épico en prosa adornado con diversas flores y ornamentos retóricos, empleados con finalidades satíricas, humorísticas y paródicas. Su tema, sin embargo, es muy serio. Un soldado va a ser enviado a la guerra de Argelia y sus compañeros se conjuran para idear un método para que obtenga la baja médica. El adjetivo de "épico" ya da idea del tono humorístico, y no obstante Perec, narrador sabio, consigue no ocultar el drama bajo el humor. Un divertimento, una tontería, pero en absoluto tonta; un ejercicio de estilo con todas las formas de la retórica, pero no sólo un ejercicio. Los subtextos están en toda obra para quienes quieran buscarlos y hallarlos. El secreto de la buena narración es que estén ahí sin molestar a la narración principal y sin quitarle protagonismo a esa narración.
Y Georges Perec no es escritor que haga nada superfluo. Y así, por ejemplo, riendo, riendo, uno percibe unas curiosas reiteraciones o fijaciones en el texto con los números once (cuenten las palabras del título) y cuarenta y tres. Es misión del comentarista el descubrirnos la fecha del 11 de febrero de 1943, cuando el padre de Georges Perec "murió por la Patria".

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El Dragón Rojo, de Thomas Harris

(Red Dragon)
Random House Mondadori/DeBolsillo
Barcelona, 2003 [1981]

Vamos a hacer abstracción de unas cuantas cosas. Estamos en 1981, ¿correcto? No se ha publicado El Silencio de los Corderos, ni se ha realizado la película, ni se han entregado los cinco Oscars que obtuvo, ni ustedes han leído esa novela ni, sobre todo, han visto esa película. ¿Correcto? Correcto.
Thomas Harris, tras una novela de moderado éxito, Domingo Negro (también llevada al cine), se centra en un caso de asesino psicopático y en su persecución por parte del FBI. En concreto, los esfuerzos de los agentes Jack Crawford y Will Graham para neutralizar a un asesino ritual, que mata en noches de luna llena a familias enteras, incluidos animales domésticos; sus rituales incluyen extrañas firmas con trozos de espejo y con marcas de dentelladas, de carácter sexual, en el cadáver de la esposa.
Hay elementos notables en esta historia de terror: es heredera de esa dividida personalidad que fue el Dr Jekyll y Mr Hyde, que ya había evolucionado modernamente en Psicosis, de Robert Bloch/Alfred Hitchcock, y la descripción de la motivación y evolución de la psicopatología del Dragón Rojo es remarcable. Prefigura las exhaustivas investigaciones del FBI, que han sido adoptadas por la ficción de hoy día (como, por ejemplo, CSI). La personalidad de un exagente reincorporado al servicio, Will Graham, muy capaz de empatizar con el asesino y las víctimas, por este hecho ejerce una fascinación intensa. Y la presencia de un personaje secundario, el doctor Hannibal Lecter, un socíópata encarcelado sin ninguna característica redimente que precisamente por su inteligencia se sitúa, no más allá del bien y del mal, sino adentrado totalmente en el mal.
Dentro del género, estas cualidades sumadas forman un conjunto que rara vez se da y, por ello, Harris se ha ganado un puesto honorífico en la literatura de terror.

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El Sastre de Panamá, de John Le Carré

(The Tailor of Panama)
Plaza & Janés, col. Ave Fénix, Serie Mayor
Barcelona, 1997 [1996]

La carrera literaria de John Le Carré ha ido siempre lastrada por la sombra de Graham Greene, el primer gran autor que escribió (y casi fundó) en el género de la novela de espionaje. No importa lo que Le Carré haya hecho, no importan los espías surgidos del frío o el comedido y realista Smiley. No importa que, si tenemos que citar a un autor que sintetice la Guerra Fría, su nombre acuda de inmediato a la mente. Siempre, en las críticas, en las historias de la literatura, en las referencias al género, siempre aparece Greene tapando a Le Carré.
Es una injusticia palmaria. Admiro a Graham Greene como escritor y como autor de mérito en cuanto a trama y estilo. Pero en cuestión de realismo, Le Carré es mejor. Entre otras cosas, porque no estropea sus novelas con finales felices tan inverosímiles y metidos con calzador que consiguen no ya desconcertarme, sino irritarme.
Le Carré admira igualmente a Greene. Pero (y esto es sólo elucubración mía), supongo que ya debía estar harto de estar a la sombra permanente del cuasi premio Nobel. Y donde Greene escribió Nuestro Hombre en La Habana, Le Carré escribió El Sastre de Panamá. Tal vez para demostrar hasta dónde se podía llegar con la misma historia.
Porque el argumento es casi el original de Graham Greene: Los servicios secretos de un país se acercan a un individuo inofensivo y le convierten en espía en un país latinoamericano. El espía es un fracaso total, pero por diferentes motivaciones, empieza a inventar información y remitirla a sus jefes; información cada vez más fantasiosa, cada vez más embrollada, cada vez más peligrosa, hasta que los acontecimientos escapan de las manos del protagonista y desembocan en el inevitable...
¿Final feliz? Sí en el caso de Greene. En la novela de Le Carré, lo que es inevitable es la catástrofe. ¿Por qué? Porque el mundo no es de color de rosa. El mundo real es gris, mezquino y sobre todo despiadado, y los servicios secretos son ese mundo combinado con la suciedad y sordidez de lo subterráneo.
En su realismo, Le Carré sale vencedor. ¿Y en el estilo narrativo? Tomen ustedes un ejemplo del inicio de esta novela: "Cuando Osnard irrumpió en el establecimiento, Pendel [el sastre del título] era una persona. Cuando se marchó, Pendel no era ya el mismo".
Pocas veces se ha expresado con tanta concisión el toque maldito de la corrupción del individuo.

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El Asombroso Viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve
Barcelona, 2008 [2008]

Eduardo Mendoza es un practicante asiduo de la literatura humorística con estilo propio, que combina el humor suave con el absurdo y la sátira de costumbres, siempre empleando un lenguaje falsamente grandilocuente (puesto que es sólo un recurso estilístico, y no un defecto).
En este caso se trata de la historia del ciudadano romano del título que, en un viaje en busca de manantiales milagrosos (y que tienen un efecto desastroso en su organismo, y desagradable para quienes le rodean), se ve envuelto en una intriga policial en Palestina. El rico Epulón ha sido asesinado en Nazaret, y el principal sospechoso, un tal José, será ejecutado en cuanto él mismo acabe de fabricarse su propia cruz. Su hijo, Jesús, encarga a Pomponio que investigue el crimen y pruebe la inocencia del carpintero.
El recuerdo de la Vida de Brian es inevitable, y algo de eso hay, pero ahí se detiene la semejanza y Mendoza ejerce su magisterio de forma independiente y habitual en él, es decir, con gracia.
Se ha dicho que con esta novela Mendoza carga contra ciertas novelas hoy muy en boga (del tipo Código Da Vinci), y es cierto, pero también satiriza las novelas de detectives históricas (como las aventuras de Marco Didio Falco, una serie que ha acabado por morir de éxito), las novelas históricas en general, la historia sagrada y la novela detectivesca tradicional. Todo ello, como acostumbra, con una erudición más que notable, un empleo del lenguaje rico y original y un sentido del humor envidiable.
Como siempre, se pueden establecer gradaciones entre las novelas de Mendoza, y ésta no figura entre las excepcionales, cierto, pero Eduardo Mendoza cumple siempre lo que promete: se trata de una novela divertida, y el lector la recorre con una sonrisa en los labios y unas cuantas y sinceras carcajadas (a diferencia de otras llenas de promesas incumplidas, como esa pretendida novela de humor de William Boyd, Un Buen Hombre en África). Por eso, y por la escasez crónica que tiene el género humorístico en nuestro país, una novela de Mendoza siempre es una buena noticia.

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Esclavos de la Libertad. Los Archivos Literarios del KGB, Vol. I, de Vitali Shentalinski

(Rabi Svobodi v Literaturnij Arjivaj KGB)
Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Serie Biografías, Memorias y Testimonios
Barcelona, 2006 [1993]

Hace pocas semanas comentaba el texto de Coetzee Contra la Censura, uno de los pocos libros que analizan el bosque de la prohibición; hoy llevo a su atención un libro que estudia algunos de los árboles de la censura y la represión en el ámbito soviético. A veces las cosas vienen así de rodadas.
De hecho, el libro trata de unos cuantos de esos árboles, por no decir muchos.
El propósito del autor fue el de descender al infierno de los archivos de la Lubianka para descubrir manuscritos y documentos requisados por las autoridades y que podrían muy bien no haber salido jamás a la luz. En este aspecto el libro cumple. Poemas inéditos, el diario personal de Mijaíl Bulgákov, capítulos y novelas enteras de Andréi Platónov, etc., aparecen confiscados en esos malditos archivos, y es de esperar que algún día aparecerán editados (en esta obra se nos ofrecen algunos extractos).
Pero, como no podía ser de otro modo, los documentos de las instrucciones y procesos contra los escritores también aparecen, como demostración de la persecución, la manipulación, la arbitrariedad y, sobre todo, la omnipresencia del pensamiento único estatal. Isaak Bábel, Mijaíl Bulgákov, Borís Pilniak, Ósip Mandelshtam, Nikolái Kliúyev, Andrei Platonov, Maksim Gorki, entre otros, son los autores que se tratan. Fusilados, silenciados, deportados, puestos en campos de concentración, aislados o asesinados sin más, los destinos de estos escritores pasaron todos por el cauce de la Cheka, después OGPU, después NKVD, después KGB. Nunca para bien, y casi todos bajo las contradictorias indicaciones "Estrictamente confidencial" y "Conservar a perpetuidad".
No es que los documentos extraídos resuelvan todos los enigmas. El caso de Mandelstam y su "Oda a Stalin" sigue difiriendo según las versiones; Coetzee apunta a que el autor fue forzado a escribirla; Shentalinski declara que Mandelstam la escribió voluntariamente en un intento de congraciarse con el Estado. Aparece el diario de Bulgákov, pero los escasos fragmentos que aparecen en el libro (junto con las cartas ya publicadas en Cartas a Stalin, Ed. Grijalbo), poco hacen por aclarar porqué Stalin decidió dejarlo en una relativa paz silenciada, sin hacer nada contra él, físicamente, pero amordazado y convertido en un exiliado literario en su patria, lo que en definitiva llevó al escritor a la muerte, esta vez sí física, después de haber sufrido la muerte civil.
Pocos regímenes han desarrollado una ideología tal como para ideologizar también el arte y la literatura en todas sus formas de expresión. Sólo el nazi y el soviético, que yo recuerde. Gracias a este libro vemos cómo, además, el régimen soviético no escatimó esfuerzos ni recursos para reprimir y suprimir no ya las expresiones que quedaran fuera de la ideología, sino las intenciones y omisiones de los escritores y artistas.
Sin embargo, este libro tiene defectos y excesos. Defectos básicos: ¿Por qué no transcribir íntegramente una conversación entre Stalin y Pasternak en lugar de extractarla? Y excesos de todo tipo. Estilísticos ("¡Repiquetea ya, máquina de escribir! ¡No enmudezcas, mi férreo ruiseñor!"); de fondo: al lector no le interesa para nada, o muy poco, las objeciones que recibiera el autor al respecto de su trabajo de investigación, máxime cuando no representaron un obstáculo real y no impidieron ni frenaron su trabajo. Y excesos de forma: "Si [Tólstoi] hubiera vivido durante los años del gobierno bolchevique, es seguro que no habría podido evitar la espada represiva de la Checa". Es posible, incluso probable. Pero la frase sobra.
Si este libro se lee contra la planilla teórica del texto de Coetzee, el lector se verá considerablemente iluminado sobre el hecho de la represión soviética en la literatura. Leído en solitario, el lector echará en falta información previa y más documentación de la aportada (que se insinúa que existe) y, sobre todo, una investigación colateral de los hechos.
Con todo, es lo que hay, y bienvenidos sean los documentos descubiertos, que nos relatan las tragedias de unos escritores que fueron asesinados, de una u otra manera, por necesidades o caprichos de Estado.

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En la Patagonia, de Bruce Chatwin

(In Patagonia)
Muchnik Editores, col. Personalia
Barcelona, 1997 [1977]

Se ha dado a Bruce Chatwin el mérito de haber revolucionado la literatura de viajes. En realidad, su mérito (y no es poco) es haber aplicado la técnica del nuevo periodismo a dicha literatura. Ya saben, se trata de hacer una incursión en el tema de forma más personal y cercana, y centrarse, más que en el tema básico, en la periferia inmediata del mismo.
Por tanto, el viaje a la Patagonia propuesto por Chatwin no es un recorrido por la geografía, la gran historia, la flora y la fauna o la etnografía. Chatwin busca la pequeña historia, los detalles que, como gusta decir a los historiadores, constituyen las notas a pie de página de los libros, pero que han hecho de una tierra lo que es, o los hechos que han sido ineludiblemente moldeados por esa tierra.
Supongo que todos los territorios del planeta tienen semejante historia, si uno se preocupa en buscarla, pero saber hallarla, llegar hasta el fondo de la misma, documentarse antes, durante y después del viaje y, por supuesto, saber explicarla es lo que no está al alcance de todos.
Así, nos encontraremos con los tremendos animales prehistóricos y el paso por Tierra de Fuego de Darwin; con la historia del hombre que se autoproclamó rey de Araucania y Patagonia (lo que no gustó en absoluto a los gobiernos argentino y chileno); con la numerosa colonia galesa de Patagonia, independentistas que huían del gobierno de su majestad británica; las andanzas en Patagonia de Butch Cassidy y Sundance Kid, que fueron muertos (o no) en esa región; con otros bandidos gringos; con los orígenes del término "Patagonia" y las relaciones de los blancos con los indígenas; con las revueltas y revoluciones anarquistas; la vida y hazañas (que darían para tres novelas) del capitán Charles Milward, que llegó a ser el cónsul más austral del Imperio Británico; o con la historia del penal de Ushuaia (ya que estamos, la ciudad más austral del mundo).
Y más, muchas más.
No he estado en la Patagonia. No me es posible comprobar las bondades de este libro in situ. Pero, si no es verdad, está muy bien contado. Estoy un poco harto de ciertos documentales y libros de viajes que se basan en tomar el cuaderno o la cámara al hombro alegremente y anotar y filmar lo que se ponga por delante. Sea verdad o no. Porque, por muy delante de una cámara que esté, ese hecho no da sacralidada la entrevista o la declaración.
La auténtica veracidad está en la documentación previa, la búsqueda en el lugar y la documentación posterior. Sólo así se enriquece el documento, y sólo así se elimina el material dudoso o falaz. Sólo así se alimenta la verdad. O la veracidad.
Chatwin fue un gran narrador prematuramente desaparecido. Su nombre todavía resuena en la literatura moderna como alguien que hizo algo grande. Pero cada vez resuena menos. Esto ya no es ley de vida, sino ley de mercado. Por tanto, bien está que se le recuerde antes de que caiga en el olvido que NO se merece.
Porque, leído En la Patagonia, no sólo he quedado entretenido por sus historias, sino que he salido de su lectura algo más sabio. Es muy de agradecer.

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Eche Veinte Centavos en la Ranura, de Raúl González Tuñón

En mi juventud, una canción que escuché por la radio me dejó fascinado. Como de costumbre, nadie dijo qué es lo que había sonado en aquella ocasión, de modo que no pude poner ni nombre ni filiación a una de las letras más hipnóticas y literarias, más decadentes y bohemias, trágicas e irónicas que había podido escuchar.
Años más tarde, el misterio se desveló: se trataba del Cuarteto Cedrón, cantando Eche Veinte Centavos en la Ranura. Una canción que se hallaba en un disco doble que compartía el cuarteto con Paco Ibáñez. Trabajo perdido. El vinilo agonizaba, la industria se reformulaba a sí misma, los tiempos ya no eran los de antes, imposible encontrar el disco, ni la canción.
El mundo marcha y, un servidor, más viejo, menos bohemio pero más tecnológico, ha podido rastrear gracias a la red esa canción, y enterarse de unas cuantas cosas. Por ejemplo, que interpretación al margen, se trata de un poema de Raúl González Tuñón. Que en España se desconozca a este hombre me parece una de esas injusticias que tienen que ser reparadas cuanto antes. Me gustaría que le echaran un vistazo al poema (y que escucharan esa versión que tanto me eludió). Por mi parte, pretendo leer todo lo que pueda de González Tuñón. Y yo de ustedes haría lo mismo.

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes, y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refresco.
Pero sobre todo mujeres
para los hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.

No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-trálala,
rima en tu viejo corazón.

Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.

Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
de vida miliunanochesca.
¡Qué lindo es ir a ver la mujer,
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire...

Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo...
¡Qué lindo es ir a ver la mujer,
la mujer más gorda del mundo!

Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

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Buenos Presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman

(Good Omens)
Norma Ed., col. Brainstorming
Barcelona, 2002 [1990]

Terry Pratchett es el último maestro del humor inglés (y el no inglés) en la literatura. Algunos dirían que es un maestro del humor en la fantasía, pero con las muchas novelas que tiene publicadas sobre el Mundodisco, Pratchett ha tenido ocasión de poner en solfa absolutamente todo, desde la religión a Papá Noel, pasando por la prensa, el turismo, el machismo y la sociedad contemporánea en general, de modo que la etiqueta, si no sobra, sí es un pretexto que no coarta para nada la sátira.
Neil Gaiman es más conocido por ser guionista de cómics, y es el único escritor que ha ganado un World Fantasy Award al mejor relato por un guión de la serie Sandman, en concreto una trasposición de El Sueño de una Noche de Verano.
Según declaración de Pratchett, la contribución de cada cual a esta novela es de Terry 75%, Gaiman 25%. Sea como fuere, esta colaboración fue en todo sentido positiva (más positiva en inglés que en castellano, pero ese es otro asunto).
El argumento es sencillo, y si han visto La Profecía (este libro debiera haberse traducido como Buenas Profecías, pero ese es otro asunto), debería sonarles: El Anticristo ha nacido, y cuando alcance la tierna (pero maliciosa) edad de once años, va a convocar el Armagedón, provocar el Apocalipsis, llamar a la Gran Batalla. Por desgracia para ambas potencias (el Bien y el Mal, ¿cuáles si no?), el cambio de niños que debiera haberle convertido en hijo del agregado cultural norteamericano, por pura incompetencia, se ha ido al cuerno y el Anticristo se ha convertido en el nada vulgar hijo de un vulgar contable de la Inglaterra rural. De modo que Crowley, un demonio con clase, incomprendido por sus arcaicos colegas, y Azirafel, un ángel demasiado compasivo como para que le guste destruir el mundo para salvarlo, no tienen ni idea de dónde está. Da igual. Los que tienen que saberlo, es decir, la Muerte, la Guerra, el Hambre y la Polución (la Peste se jubiló con la llegada de los antibióticos) saben perfectamente dónde dirigirse. Pero Crowley y Azirafel, que lo han hablado muchas veces, están dispuestos a darle a la humanidad una segunda oportunidad, aun a pesar de sus jefes respectivos. No es que lo merezcamos, pero cualquier cosa es preferible a un Infierno o un Cielo eternos.
Para ello, los autores emplean todos los recursos: el juego de palabras, el slapstick, la comedia, la farsa, el homenaje literario y fílmico, la parodia, la sátira, el humor a lo Monty Python, el de la comedia americana, el chaplinesco y el de los Hermanos Marx. Entre otros. Unos detalles:

"Shadwell odiaba a todos los que eran del sur y, por inferencia, se hallaba situado en el Polo Norte".

"Junto con la garantía estándar del ordenador que especificaba que si la máquina 1) no funcionaba, 2) no hacía lo que decían los anuncios, 3) electrocutaba a la vecindad, 4) y de hecho no estaba en absoluto en el interior del caro embalaje cuando lo abrías, esto era expresamente, absolutamente, implícitamente y en ningún caso culpa, falta o responsabilidad del fabricante, que el comprador podía considerarse afortunado de que se le permitiera dar su dinero al fabricante, y que cualquier intento de tratar el objeto por el que se había pagado como propiedad del comprador resultaría en la atención de hombres muy serios con maletines amenazadores y relojes de pulsera muy delgados. Crowley se había quedado impresionado con estas garantías, y había enviado un puñado Abajo para el departamento que redactaba los contratos con las Almas Inmortales, con una nota amarilla pegada que sólo decía: «Aprended, mamones»."

"Crowley figuraba en las listas negras del Infierno. No es que el Infierno tuviera otras."

"Dios no juega a los dados con el universo: juega un juego inefable de Su propia invención, que puede ser comparado, desde la perspectiva de cualquiera de los otros jugadores (es decir, de todo el mundo), a estar involucrado en una embrollada y compleja variante del póquer en una habitación a oscuras, con cartas en blanco, por apuestas infinitas, con un Banquero que no te explica las reglas, y que sonríe todo el tiempo".

"Los patos de St James's Park están tan acostumbrados a ser alimentados por agentes secretos que se reúnen allí clandestinamente que han desarrollado su propia reacción pavloviana. Ponga a un pato de St James's Park en una jaula de laboratorio y muéstrele una foto de dos hombres, uno por lo general llevando un abrigo con cuello de piel, el otro algo oscuro y con bufanda, y mirará hacia arriba con aire expectante".

"El Kappamaki, un barco de investigación ballenera, investigaba acerca de la pregunta: ¿Cuántas ballenas se pueden cazar en una semana?"

"─"Entonces, ¿sois Ángeles del Infierno? ─preguntó el motorista─ ¿De qué capítulo sois?
─APOCALIPSIS, CAPÍTULO SEIS ─respondió la Muerte".

Y muchos otros momentos más...

Peculiar traducción, o sea, un tanto pijotera, o sea, rayana, o sea, en ocasiones en la inepcia. En fin, es lo que hay. Incluso así traducida la novela es muy divertida, de modo que imagínense su fuerza. Que lo pasen bien.