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El Desbarrancadero, de Fernando Vallejo

Santillana Eds./Alfaguara
Madrid, 2001 [2001]

La literatura tiene muchas voces y muchos tonos. Uno de los menos empleados es el de la cólera. Fernando Vallejo lo emplea, y a conciencia.
Narrada en una irreductible primera persona, en teoría esta novela, que lo es pero no lo es, se centra en la muerte por sida de su hermano Darío. He dicho que es pero no es una novela, pero eso no es del todo exacto; novela lo es, pero lo que es impreciso es hasta qué punto es ficción y hasta dónde es realidad. Por ejemplo, en la portada figura una fotografía de infancia del autor con su hermano Darío, una fotografía que es descrita en detalle en el texto. Y así, queda la duda de hasta qué punto esa familia existe y de si lo que se describe en la novela es real o no.
No es que importe demasiado. Muchas veces se concede una importancia excesiva al testimonio personal, como si fuera más valioso que la ficción y olvidando que todo testimonio, precisamente por ser personal, conlleva un grado de ficción, voluntaria o involuntaria.
En cualquier caso, es la voz lo que interesa, puesto que es indivisible de lo que se relata, y es la voz de un hombre irritado. Disparando hacia todo y contra todo: la familia, la reproducción, Colombia, latinoamérica, el Papa, la vida, la muerte, la sociedad y todo aquello que se cruza por delante, resultaría difícilmente soportable si no fuera por el empleo de múltiples tonos dentro de esta irritación: la fabulación, el sarcasmo, la rememoración, la metáfora, etc.
Es evidente que este tipo de diatribas son un género poco popular, y buena prueba de ello es cómo se encarga de ocultar el tono del libro la contraportada, pero, como he dicho, la literatura no siempre tiene que tener distanciamiento ni reconocerse sólo en la narración "benéfica". El autor ha sido comparado a Thomas Bernhard, en el sentido de que éste también era un hombre irritado sin tapujos, sobre todo con Austria, pero más allá de esto no es posible calificar a Vallejo de imitador; irritado sí, pero propio, también. Su literatura puede gustar, sobre todo en pequeñas dosis, pero es probable que cause rechazo. Más allá de la mera provocación, la narrativa de Fernando Vallejo tiene virtudes suficientes como para prestarle atención. Porque no pretende irritarnos, sino que nos irritemos contra el mundo. Si lo consigue, será porque algún motivo objetivo para la cólera habremos descubierto.

Portada y sinopsis

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Perder Es Cuestión de Método, de Santiago Gamboa

Ed. Grijalbo Mondadori, col. Literatura
Barcelona, 1997 [1997]

Cundo un país se ve inmerso de manera prolongada en el tiempo en una situación distorsionadora, esta tiende a invadir todos los medios, salvo los puramente evasivos. Es por tanto un fenómeno infrecuente, por ejemplo, que en esta novela el colombiano Santiago Gamboa evite (aunque lo mencione) el tema de las FARC, la guerrilla y el narcotráfico y se centre, en cambio, en la corrupción inmobiliaria.
El protagonista en este caso no es un detective, sino un periodista, Víctor Silanpa (en un ¿homenaje? al premio Nobel de literatura finlandés; por cierto, algún día alguien debería hacer algún estudio que relacionara estos investigadores no policiales con sus respectivas sociedades). Claro que investiga no estrictamente por prurito profesional. De hecho, Silanpa recibe los avisos de crímenes directamente de la policía, que entonces se sienta a esperar a que el periodista les haga el trabajo de investigación. Un convenio beneficioso para ambas partes, pero uno que dice mucho del clima moral existente.
Culta, innovadora, bien escrita, con dosis de ironía y humor excelentes, la novela trasciende al género, muy a la Vázquez Montalbán, incluyendo las incursiones culinarias, para sumergirse en política, en la componenda y el espectro de la clase dominante y triunfadora de un país, que vive, en la práctica, en otro mundo, uno diría que en otra nación. Todo alrededor de unas escrituras sobre unos terrenos que pueden proporcionar unos beneficios millonarios. Tantos, que permiten gastos extra, como el asesinato.
Sin esta ironía que persiste en el relato, nos hallaríamos frente a un policíaco más, muy bien escrito, eso sí. Pero el humor, como no me cansaré de repetir, suele ser un buen instrumento para poner a la vista cualquier miseria, moral, política o social. Gamboa lo ha comprendido a la perfección y así, riendo, riendo, nos llevará de la mano hacia una conclusión y una comprensión que se otra manera sería deprimente (pero real) y que así planteada es cómicamente desoladora.

Portada y sinopsis