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7 comentarios

El Silencio de los Corderos, de Thomas Harris

(The Silence of the Lambs)
Ultramar Editores
Barcelona, 1990 [1988]

¿Habrá alguien que no haya visto la película? Y el problema es que si la han visto, no hay ninguna necesidad de leer la novela, porque se trata de una de las mejores y fieles adaptaciones fílmicas producidas jamás.
Sin embargo, ya hace unos días comenté El Dragón Rojo, primera aparición literaria del Dr Hannibal (the Cannibal) Lecter, y este personaje se merece un vistazo.
En primer lugar porque se ha convertido en un icono popular, algo muy difícil de conseguir, de los 90, como Freddy Krueger lo fue de los 80, el maníaco de Halloween de los 70 y el Drácula de Christopher Lee lo fue de los 60.
En segundo, porque hay diferencias significativas entre el Lecter de El Dragón Rojo y el de esta novela. Sigue siendo cínico, intrínsecamente malvado, sutilmente manipulador, vocacionalmente asesino y con una mente criminal; brillante, pero criminal.
Sin embargo, esa especie de relación paterno-filial (menos marcada en la novela que en la película) que se establece entre Lecter y la agente Starling (esto era antes de que Harris empezara a desbarrar con esa tontería titulada Hannibal) hace que se cree una corriente de simpatía hacia el psicópata doctor.
El público parece desear que Lecter escape de las manos del estúpido doctor Chilton, culpable de soberbia, incompetencia e idiotez, pero que no ha matado (ni mucho menos comido) a nadie. Esta corriente de simpatía persiste a pesar de que, para conseguir sus fines de venganza, Hannibal Lecter deje un rastro de cadáveres en los simpáticos (más marcada esta simpatía en la novela que en la película) policías y los inocentes enfermeros. Incluso aunque exista la certeza de que en su camino Lecter va a dejar atrás más muertos que el terremoto de San Francisco.
Los que menosprecian el género de terror harían bien en considerar bajo esta luz tanto película como novela, no para examinar un personaje extralimitado y de ficción, sino para mirarnos a nosotros mismos. El experimento puede resultar fascinante.

6 comentarios

El Dragón Rojo, de Thomas Harris

(Red Dragon)
Random House Mondadori/DeBolsillo
Barcelona, 2003 [1981]

Vamos a hacer abstracción de unas cuantas cosas. Estamos en 1981, ¿correcto? No se ha publicado El Silencio de los Corderos, ni se ha realizado la película, ni se han entregado los cinco Oscars que obtuvo, ni ustedes han leído esa novela ni, sobre todo, han visto esa película. ¿Correcto? Correcto.
Thomas Harris, tras una novela de moderado éxito, Domingo Negro (también llevada al cine), se centra en un caso de asesino psicopático y en su persecución por parte del FBI. En concreto, los esfuerzos de los agentes Jack Crawford y Will Graham para neutralizar a un asesino ritual, que mata en noches de luna llena a familias enteras, incluidos animales domésticos; sus rituales incluyen extrañas firmas con trozos de espejo y con marcas de dentelladas, de carácter sexual, en el cadáver de la esposa.
Hay elementos notables en esta historia de terror: es heredera de esa dividida personalidad que fue el Dr Jekyll y Mr Hyde, que ya había evolucionado modernamente en Psicosis, de Robert Bloch/Alfred Hitchcock, y la descripción de la motivación y evolución de la psicopatología del Dragón Rojo es remarcable. Prefigura las exhaustivas investigaciones del FBI, que han sido adoptadas por la ficción de hoy día (como, por ejemplo, CSI). La personalidad de un exagente reincorporado al servicio, Will Graham, muy capaz de empatizar con el asesino y las víctimas, por este hecho ejerce una fascinación intensa. Y la presencia de un personaje secundario, el doctor Hannibal Lecter, un socíópata encarcelado sin ninguna característica redimente que precisamente por su inteligencia se sitúa, no más allá del bien y del mal, sino adentrado totalmente en el mal.
Dentro del género, estas cualidades sumadas forman un conjunto que rara vez se da y, por ello, Harris se ha ganado un puesto honorífico en la literatura de terror.