Mostrando entradas con la etiqueta novela de aventuras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela de aventuras. Mostrar todas las entradas
0 comentarios

Butcher's Crossing, de John Edward Williams

El inexplicable olvido en el que cayó un estupendo narrador como John Williams va siendo reparado, aunque sea póstumamente, con las reediciones de sus obras en Estados Unidos y la edición por vez primera en nuestro país.
Si con August nos encontrábamos ante una novela histórica profundamente reflexiva para con la soledad del poder, en Butcher's Crossing, en un cambio de registro que al parecer no fue inhabitual en su autor, tenemos un western antiépico, una novela de iniciación y de rito de paso que en segundo término se ocupa de desposeer a un género americano excesivamente mítico de todo lo que de heroico sobreimpuesto tiene. No hace tantos años que la vida de Buffalo Bill era, en sus diferentes versiones, un libro juvenil que ensalzaba el mito de un cazador sacrosanto que, como un nuevo Hércules, triunfó en todas las pruebas a las que se sometió. Hoy, y aun respetando la figura del mito (que sabemos fue un poco o un mucho autoconstruido), sabemos que Buffalo Bill estuvo a punto de, si no él solo, contribuir a la práctica extinción del bisonte americano (y directa o indirectamente a la hambruna de las tribus indias). Que fuera alguien producto de su tiempo no lo exime del juicio histórico, y su comportamiento ya no debería ser ejemplo para nadie.
Viene el bisonte a cuento porque de esto trata, en un nivel, esta novela. William Andrews llega a Butcher's Crossing, un poblacho semiprovisional formado alrededor de la caza de búfalos, tras abandonar Boston, donde era estudiante de leyes en Harvard. Busca el contacto con la naturaleza, la comunión con los grandes espacios y (se trasluce) la épica del pionero, sea un cazador, un trampero o un buscador de oro. Esto queda claro cuando le es ofrecido un empleo como contable en la empresa que trafica con las pieles de bisonte, y que Andrews rechaza. Es, incluso en Butcher's Crossing, un empleo demasiado civilizado, demasiado parecido a la ciudad que ha renunciado a la naturaleza y que Andrews ha abandonado.
Pero sucede que el viejo oeste da sus últimos estertores. Es inminente la llegada del ferrocarril, y lejos están los tiempos en los que los bisontes cubrían la pradera hasta donde alcanzaba la vista. Los rebaños que quedan, cada vez más escasos, son de cuarenta o cincuenta cabezas, y aun así son cazados sin piedad.
Hasta que Andrews habla con Miller, un cazador independiente, tal vez la única figura de la novela que se aproxima a lo mítico. Él ha visto un valle entre las montañas de Colorado donde pace un rebaño de bisontes de centenares, miles de ejemplares. Un valle al que sólo él sabe llegar y que con tan sólo una expedición podría hacerles ricos.
Es así como empieza un viaje hacia un mito que se hace realidad, porque ese valle y esos bisontes existen. Pero es una expedición que a la vez es antimito y negación, porque su objetivo último es despoblar de búfalos el lugar, convertirlo en otro valle más, liquidar la esencia de las historias que Miller podría contar al calor de una hoguera. La inmensa contradicción de Andrews es que, huyendo de la civilización que niega la naturaleza, se ha convertido en agente civilizador, el pionero de la destrucción de lo natural.
Pero también es un viaje iniciático. En él descubrirá el trabajo manual, el hedor, los parásitos, el sufrimiento y la muerte. Y saldrá transformado de la experiencia. No sabemos si para bien o para mal, pero sí que sospechamos que su mirada ya siempre se dirigirá hacia el oeste.
Todo ello narrado con un estilo directo pero que no elude la reflexión, que describe pero da claves a la interpretación, que narra pero que también hace pensar. Un estilo equilibrado y apasionante, que lleva de la mano al lector hasta el fin de una antiépica, hasta la comprensión de lo que existió detrás del mito.

(Butcher's Crossing)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2013 [1960]

Existe edición castellana en Ed. Lumen

butchers-crossing_9788429771428.jpg
John Williams
«Un dels millors llibres que s’han escrit mai sobre la naturalesa elusiva d’Occident.» Time Out New York  

Portada y sinopsis de la edición castellana


0 comentarios

Diable, un Perro (Bâtard), de Jack London

Probablemente el autor que más ha tratado a los perros en su narrativa (dejando aparte perros maravilla como Lassie o Rin-Tin-Tin) haya sido Jack London. En consonancia con sus narraciones, los perros de London siempre son agrestes, y aunque su relación con los humanos suele ser homologable a la de cualquier animal doméstico, pero puesta en un ambiente de frontera con lo salvaje, ciertamente esta geografía los hace más independientes y más basales en sus reacciones. Como los humanos que conocen, por otra parte: tramperos, aventureros en el Pacífico, buscadores de oro, etc.
El caso de Diable, o Diablo (una precisión, aquí: Diable ─A Dog fue el primer título de este relato, publicado en 1902 en la revista Cosmopolitan, pero en ediciones posteriores London cambió el título, y por tanto el nombre del animal, al de Bâtard, Bastardo), decíamos pues que en el caso de Diable, la relación que le une con su amo es la de puro odio, un odio que es mutuo, por otra parte.
Diable es hijo de un lobo y de una perra esquimal, y ya de cachorro muestra que su herencia lobuna es dominante. Sin embargo, London sabe muy bien lo que nos va a relatar. Se apresura a decir que Diable bien podría haberse convertido en un perro de trineo como cualquier otro, tal vez el mejor, pero es la relación con su amo la que lo va a cambiar.
Diable muerde la mano de cualquiera que intente tocarlo, pero eso es porque desconoce lo que es una caricia, y ante esa falta de malicia no podemos precisamente juzgarlo como un mal perro (y en eso los paralelismos con los seres humanos son constantes: Diable no ha recibido nunca amor, sólo odio, y eso lo ha convertido en lo que es; de la misma manera, hay hombres así, parece decirnos). No, el odio que Diable siente está dirigido a un único ser, y es a su amo, Black Leclère.
Lo inusitado del tema es que esta relación se sostenga precisamente por ese sentimiento de odio mutuo. Leclère ha tenido ocasión de vender al perro, pero siempre ha preferido quedárselo para "poder matarlo él mismo".
London es excelente en su narración, que es intensa y que, detalle a detalle, va marcando el camino hacia una tragedia inesperada para el lector (y que no revelaré; pueden ustedes leer el relato en los enlaces que figuran al pie de esta reseña). ¿Y en cuanto a la moral? Me temo que cada lector tendrá que buscar la suya propia. Pese al odio, Diable está constreñido a comportarse como lo hace. Su único mundo ha sido el de la violencia y el del castigo, a veces injustificado, y eso le ha hecho violento y, sobre todo, ha fijado en él un odio no hacia el "jefe" de la manada (Leclère), sino que sospechamos hacia el hombre del que tal vez esperó algo alguna vez y sólo le dio dolor y humillación. Pero Leclère es alguien que escoge voluntariamente el odio, y focalizarlo en Diable. En este sentido, el hombre sería más salvaje que el pero. Pero tal vez también a Leclère el mundo le ha hecho así. Tal vez necesita de Diable, de su odio, para mantener la tensión, sentirse amenazado y en peligro continuamente, porque en el mundo en el que vive relajarse puede significar morir.
En cualquier caso, con moraleja o sin ella, el relato es arrebatador por la intensidad de los sentimientos que London sabe transmitir. Los del hombre, sí, pero no menos importantes los del propio Diable, un personaje que sólo dispone de la mímica para hacernos llegar su mensaje y que sin embargo consigue erigirse en una personaje enorme y omnipresente en su amenaza, pero también en su tragedia.

(Diable ─ A Dog)
En Amor a la Vida
Ed. Akal, col Akal Bolsillo
Madrid, 1981 [1902]

Texto en inglés de Diable - a Dog
Texto en castellano de Diable, un Perro


0 comentarios

La Bandera, de Pierre Mac Orlan

El título de La Bandera se refiere a una de las formaciones de la Legión, curiosamente la española, a pesar de que Mac Orlan fuera francés y se llamara en realidad Pierre Dumarchey.
En teoría se trata de una novela de aventuras, pero sin duda es de una clase peculiar. Pierre Gilieth es un criminal que huye de un asesinato que cometió en Rouen. En esta huida llega a Barcelona, donde la suerte sigue volviéndole la espalda, así como sigue sin librarse del sentimiento de ser perseguido por la policía. Viviendo en la miseria, la salvación se le presenta de la mano de un banderín de enganche de la Legión. Su vida parece resuelta: ha encontrado un mundo ordenado y previsible en la milicia, de la que ya formó parte como infante colonial francés; y lo más importante, ha encontrado un santuario en donde parece que el pasado de cada cual no importa, si bien es a cambio de un futuro más que dudoso, por no decir que inexistente, en la continua guerra sin declarar que se libra en el Marruecos Español de finales de la década de 1920. Pero una sombra se introduce en esta seguridad, y es la de su reflejo oscuro, Fernando Lucas, del que sospecha que no es un auténtico legionario, sino un policía, tal vez encargado de descubrir las filiaciones políticas de los militares (la época, pre-republicana, es convulsa) o tal vez encargado de reunir pruebas de la culpabilidad de Gilieth. Además se enamorará de Aischa la Slaui, la más bella de las prostitutas de la casa de manojo de Huesos. Una mujer que también cautiva a Lucas.
Me reconocerán que no es lo usual para una novela de aventuras. No hay un héroe, sino un auténtico antihéroe que por el crimen se ha abocado a un descenso a los infiernos personal, del que no tiene más salida (si así puede llamarse) que el sumergirse en un cuerpo militar que tiene a gala venerar el combate y la muerte. No presenciaremos grandes gestas ni combates, sino unas luchas personales e interiores, la de Gilieth consigo mismo y contra su enemigo Lucas, y la de éste contra su deber y la simpatía que siente por Gilieth, mezclado con el odio porque haya conquistado a la Slaui; porque Gilieth sea, en el fondo, lo que él querría ser. Todo ello tiene más de realismo poético y de novela psicológica que de otra cosa, lo que no es de extrañar si pensamos que Mac Orlan (poeta vanguardista y patafísico) fue el autor, por ejemplo, de Muelle de las Brumas. Escrita con esa poética subyacente y esa investigación del individuo, Mac Orlan consigue una novela absorbente, intrigante y sin embargo profunda, algo inusitado para un texto con semejante temática.
Para los españoles, además, hay otros atractivos. Una Barcelona de época perfectamente retratada, así como un Marruecos, por lo que sabemos, real. Esta novela puede ser responsable, tras su paso por un film del mismo título dirigido por Julien Duvivier, con Jean Gabin (y que fue un éxito tremendo en su época), de dar cuerpo a ciertos mitos sobre la Legión que se perpetuaron en el tiempo. Hace mucho que los reclutadores de la Legión dejaron de reclamar «Artistas, caballeros, poetas, músicos, antiguos militares, ingenieros, médicos, escritores, abogados, cómicos, trabajadores, campesinos, soldados y extranjeros» para que formaran parte del Tercio, pero los mitos del anonimato, del soldado enganchado para olvidar un amor trágico, para asumir una nueva identidad con una página en blanco, borrados los crímenes; de un espíritu de cuerpo inquebrantable; del legionario feroz y novio de la muerte, todo ello puede haber quedado reforzado por esta novela y su traslación a la pantalla. Lo cual no es óbice para esta novela, salvo darle un tono de épica maldita que le viene muy bien, en un ambiente exótico, además.
En cualquier caso, merece la pena rescatar una novela de aventuras que es más que eso, y una de un realismo de trasfondo que refleja bien el ambiente africanista, político y revolucionario que bullía en España en los años 1920-1930.

(La Bandera)
Ed. Almuzara, col. Noche Española
Córdoba, 2006 [1931]
Trad. y epílogo de Mariano Tudela

Portada y sinopsis


0 comentarios

Al Hombre en el Camino, de Jack London

Jack London, el escritor que mejor supo interpretar la vida en el terreno salvaje, vendió este relato por cinco dólares a una revista, y lo escaso de la paga casi le hizo abandonar cualquier ambición literaria. Hubiera sido una lástima, y más teniendo en cuenta que el cuento es como una especie de declaración de intenciones sobre la relación del hombre con la naturaleza y en ella: un lugar donde hay leyes propias, ni mejores ni peores.
Hay que leer este relato para apreciar sus matices, sus pequeños toques realistas sobre la vida en un terreno todavía no civilizado (o no civilizado a la manera del hombre blanco, se podría añadir). En esencia, su argumento es que a un campamento de aventureros en Canadá, en Navidad nada menos, llega un minero con su trineo de perros, apresurado y en apariencia en persecución de unos ladrones. Según dice, va recortando ventaja, pero pretende seguir haciéndolo. Los presentes en el refugio, aleccionados por Malemute Kid, que habla del hombre con respeto y hasta admiración, le acogen y le ayudan, y al día siguiente parte de nuevo en su cacería. Poco después aparece un oficil de la Policía Montada, explicando que persigue al hombre por haber robado en un casino.
Entonces se produce una escena que es el intríngulis de todo el relato, y es que Malemute Kid se niega a ayudar al policía, y fuerza a los demás a que tampoco lo hagan. Cuando éstos le echan en cara su comportamiento, que haya auxiliado a un criminal y les haya convertido en cómplices, malemute les explicará la auténtica historia del hombre perseguido.
Ahí hay una auténtica declaración. El mundo ordenado no tiene poder en el mundo salvaje, y no siempre lo que es legal es justo. Y, además, si Malemute puede negarse a auxiliar al policía es precisamente porque se encuentra en un lugar donde las leyes ya no tienen la fuerza que en la civilización, donde la ley natural es más potente y certera que las leyes de los hombres.
Eso en un primer relato. No era un mal principio para un escritor que desde siempre defendió la libertad individual frente a todo, y que siempre entendió y nos hizo entender que una persona traza su propio camino y tiene derecho a eso, siempre que lo haga con honestidad. Una honestidad que muchas veces entra en conflicto con el orden.

(To the Man on the Trail)
Akal ed., col. Bolsillo
Madrid, 1981 [1898]

Texto en inglés de To the Man on the Trail


2 comentarios

La Carta Esférica, de Arturo Pérez-Reverte

FIRMA INVITADA: Susana Rizo

Quien ahora emprende esta reseña tiene ante sí un ejemplar de La Carta Esférica dedicado por su autor. Sabe que Arturo Pérez-Reverte tal vez escogería esta aventura como el lugar donde perderse alguna vez. Y por ello, antes de empezar, siente respeto. Se trata de su novena novela y es la favorita de esta lectora que ha hecho una segunda lectura tratando su libro con delicadeza, como si de un tesoro se tratara. Contempla con cierta nostalgia las inequívocas líneas de la vida que se han grabado en su lomo y cubierta, recordando las sensaciones que tuvo la primera vez, cuando no podía dejar de leerla. Y capta nuevos matices.

Para alguien que ha pasado su vida frente un mar añejo por donde desfilaron los compositores de una parte de la Historia, imaginando qué hay más allá de la línea del horizonte donde la vista humana no da más de si, esta es la novela perfecta. Pero ojo, no hay que amar necesariamente el mar para que te enganche la lectura de esta obra, porque aquí hay mucha tela. Basta con pisar tierra firme y haberse dejado llevar alguna vez por algún sueño. Aquí está condensado todo el universo revertiano. Está él mismo, o su mirada.

La situación
Reverte nos tiene acostumbrados a una ambientación impecable. Visual. Desde el primer segundo mete al lector en situación con un barrido de cámara sobre el escenario hasta centrar la atención en el elemento central de la composición. Principio y final unidos, como las grandes sinfonías. Y una historia en medio: un marinero desterrado de su mar (más acertado sería decir “desmarinado”), obligado a permanecer en tierra por tocar fondo durante su guardia, conoce a una misteriosa mujer que se hace con un valioso atlas marítimo del S XVIII en una subasta. Cuesta imaginar un escenario mejor: el mar, un velero, un tesoro de un galeón antiguo, un hombre y una mujer. La historia de una búsqueda. Amor, tal vez; aunque difícil y peligroso.

“voy a contarte una historia de naufragios y barcos perdidos”

El lector que inicia La Carta Esférica se embarca en dos aventuras: la búsqueda del secreto que oculta un pecio del siglo XVIII, y la búsqueda que emprende el hombre sobre la mujer, aún sabiendo que en la derrota que inicia a bordo de su particular “Isla Negra” la carta de navegación le advierte de imprecisiones en los levantamientos. Ambas aventuras discurren en paralelo, cediéndose el pulso mutuo en equilibrio casi perfecto. Y digo "casi" porque esa tensión emocional que hay entre Tánger y Coy cautiva rotundamente al espectador, mientras el enigma del pecio constituye el telón de fondo. El poder de la presencia del barco fantasma es el que la mujer le otorga en su obsesión por encontrarlo.
Cada uno tiene su ambición en esta historia: Tánger Soto, la mujer, busca un tesoro, y tal vez recuperar algo de su infancia perdida, la que le devuelve momentáneamente la sonrisa espontánea y sincera. Manuel Coy, el hombre, busca poder contar una a una las pecas de Tánger, y descifrar así los misterios que hay detrás de la enigmática mujer. El catedrático Lucio Gamboa que hace su oportuna aparición “en el penúltimo acto de la escena”, y que al mismo tiempo asume el papel de narrador, conduce al clímax de la historia. Pedro el piloto, un viejo amigo leal y honrado, lo contempla todo desde fuera. Los malos, prototípicos y cortados por los patrones de “malos a la antigua” son Nino Palermo y Horacio Kiskoros. Matones sin cerebro y tipos inteligentes y ambiciosos. De la mano de todos ellos Reverte nos va metiendo en una historia que ya hemos visto antes.

Él
“Ojalá encuentre pronto un buen barco.”
“Quiza llegaste a esa isla demasiado tarde."

Sintonía. Esto es lo que sintió esta lectora con dicho personaje. Se agradece que su visión del mundo sea simple y honesta. Admira su capacidad de ser consecuente y de aceptar su destino. Se puso en su lugar. Ismael-Coy. “Llamadme Ismael”. “Cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso….entiendo que es hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda” (H. Melville Moby Dick. Capítulo Primero: Espejismos). Este marinero de Cartagena que de joven sacaba ánforas del mediterráneo y que sólo lee novelas en las que sale el mar, es rudo, algo torpe de maneras, sincero y tímido, y tiene la lucidez de su creador, aunque no tan explícita en actos o palabras como en pensamientos. La lucidez que me atrevería a afirmar que parte de la mirada particular del autor hacia el mundo en general y hacia el mar en particular. Esa añoranza que a veces es desgarradora. Y esa certeza que “la tierra firme pudre a la seres humanos” y “el único lugar habitable se encuentra a diez millas de la costa más próxima”.

Ella
“Todas las mujeres inteligentes que conozco, han querido ser Justine alguna vez”
“Te mentiré y te traicionaré”

He tratado de acercarme a esta mujer y no he podido. He querido desvelar sus secretos y me ha pasado lo mismo que a Coy. El barco fantasma y su tesoro en cuestión pierden protagonismo cuando ella sale a escena. Y ella casi siempre está en escena. Nos hallamos ante la mujer revertiana por antonomasia, a saber, la misteriosa, interesante y ciertamente ambiciosa rubia pecosa de cabellos asimétricos y perfil duro, Tánger Soto. Como ya le ocurrió a Teresa Mendoza, luchará con armas de hombres en un mundo de hombres y llegará hasta las últimas consecuencias por conseguir su sueño. No en vano lleva en sus genes un padre militar.
Una mujer complicada, o tal vez una mujer sencilla que vive situaciones complicadas. Hermética. Con sombras. Con un mundo interior que sólo a ratos se consigue entrever. Me atrevería a afirmar que ni siquiera su creador ha desvelado sus secretos. Tal vez no fuera ése el objetivo. Es mejor que algunas cosas sean tan simples o tan secretas como aparentan ser. La parte vulnerable de ella: un viejo trofeo infantil, una foto, una colección de los libros de Tintín y un perro labrador. Pero no juega limpio.
En ese ejercicio de intentar penetrar en el universo de la mujer, de esta mujer en particular, bien merece la pena detenerse a analizar con atención lo que hay detrás de los silencios y los detalles. La intensidad aumenta a medida que avanza la lectura y cautiva gracias la sabiduría de la prosa suelta y limpia de Reverte. Ella posee la clave de tantas respuestas anheladas. La mujer. Pachamama. La diosa madre-tierra. La Venus de Willendorf. Tánger es todas las mujeres en una, pero no negaré que a esta lectora tal afirmación aplicada a Tánger en concreto le produce cierto escepticismo. No pone en duda las capacidades que don Arturo le atribuye, y su dominio de la situación. Pero Tánger posee su propia mirada.

4 º y 51 minutos de Longitud Este. 37 º y 32 minutos de Latitud Norte
Tiene que haber una excusa. El entorno perfecto para la aventura. Y la excusa no podría ser mejor: Siglo XVIII. En tiempos del reinado de Carlos III el bergantín Dei Gloria procedente de la Habana, propiedad de la Compañía de Jesús, es abordado por el corsario Chergui y se hunde frente las costas de Cartagena. Es portador de un secreto, una intriga de estado. Y un tesoro. Con ello Reverte nos regala para mayor atractivo un episodio de nuestra Historia y plantea la intriga con su característico ingenio. Siempre hay un ingrediente en las novelas de don Arturo que invita al lector a preguntarse cuánto hay de cierto en esta historia. Lo mismo que en Alatriste, cuando te preguntas si existió de verdad el héroe.

Las referencias
“Los tesoros no existen”

Las referencias a la literatura clásica ─Homero─ y del mar son frecuentes en La Carta Esférica. Reverte sonríe cómplice a los clásicos que desfilan página tras página otorgando una sensación de familiaridad, haciéndote sentir como en casa.
Esta novela tiene el sabor de las aventuras de toda la vida. Stevenson, el Halcón Maltes, el Conde de Montecristo…Y Hergé. Algún pasaje que no desvelaré recuerda a un episodio concreto de "En busca del Unicornio". También hallamos guiños al cine negro y referencias musicales, porque esta novela tiene banda sonora. Es el jazz, el insolente jazz.

No me cabe duda de que esta novela va a encantar al lector, y permítanme un consejo: esto no es Mellville, ni es Homero. Es 100 % Reverte. Así que déjense llevar, vayan desgajándola poco a poco y desvelando sus secretos. La Carta Esférica es una novela fascinante. Con personalidad y vida propias y sabor a las novelas de antes. Un justo homenaje al mar, a un mar antiguo colmado de Historia donde aún hay tesoros por descubrir. Abrir las páginas de esta novela es abrir las puertas de misterios tan antiguos como los que esconden en los corazones de los hombres y las mujeres o bajo el fondo del mar. Y tal vez se cumpla la LCDSR: Ley de Cuando la Descubras Seguro que Repites.

“…Soñando con tiempos en los que aún era posible buscar de ese modo un barco donde enrolarse, y existían islas lejanas que daban asilo a un hombre: justas repúblicas que nada sabían de suspensiones por dos años, y a las que nunca llegaban citaciones de tribunales navales ni órdenes de captura.”


Ed. Alfaguara
Madrid, 2000 [2000]

Portada y sinopsis



0 comentarios

El Hombre de Paja, de Rafael Sabatini

De acuerdo, la novelística ha cambiado desde los tiempos en que se escribía esta El Hombre de Paja; de acuerdo, ya no se estilan ciertos clichés en literatura, sobre todo en la de aventuras; de acuerdo, leer a Sabatini necesita cierto ajuste mental a una época ya pasada. Pero en esa novelística, Sabatini fue un nombre que brilló con luz propia; nadie supo emplear esos clichés tan bien como para disculpárselos; y en cuanto a novelas de aventuras, Sabatini sigue siendo el mejor.
No es opinión sólo mía; Pérez-Reverte, Crichton y otros muchos lo consideran así. No es fácil desentrañar sus secretos, pero entre ellos se encuentran una habilidad narrativa natural y fuera de lo común; unos personajes atractivos que, aun respondiendo a modelos, no son lineales y tienen personalidades propias; un magnífico aprovechamiento de los aconteceres y personajes históricos para tejer sus tramas alrededor de ellos; y un ritmo y tensión insuperables, soberbios.
En el caso de El Hombre de Paja, Sabatini elige el conflicto dinástico surgido en Inglaterra cuando Jacobo II abandonó su criptocatolicismo para hacerlo público y el Parlamento, en lo que se denominó "Revolución Gloriosa", lo expulsó del trono y puso en él a la bicefalia de Jorge de Orange (más tarde casa de Windsor, la actual dinastía reinante en Gran Bretaña) y María II de Inglaterra. Jacobo II no se resignó a perder la corona, y realizó varias tentativas para recuperarla, apoyado por Luis XIV de Francia, enemistado con Inglaterra.
Sobre este telón histórico, Rafael Sabatini nos muestra a los conspiradores contra el rey Jorge, cuyos planes son sistemáticamente desbaratados, con lo que se adquiere conciencia en la corte del rey exiliado de que debe haber un traidor entre ellos.
Y sí, tenemos a la bella dama, su patán marido (despachado rápidamente gracias a su imbecilidad), al heroico hermano conspirador, al antipático primo, y a un enigmático coronel mercenario. Pero decir esto es como afirmar que un usurpador, una traidora, una loca y un príncipe que se finge loco son Hamlet, por poner un ejemplo. Y, salvando las distancias, en ambos casos lo que importa es cómo se desenvuelven estos personajes, y los de Sabatini nunca son de cartón piedra.
Además, Rafael Sabatini emplea en esta novela un truco genial. Su personaje principal aparece fugazmente en un capítulo, y entonces nos lo escamotea durante buena parte de la acción, hasta que llega el momento de su reaparición, más enigmático en sus motivaciones y más peculiar en sus gestos que nunca.
Sieguen siendo hoy felices combinaciones, y uno puede acercarse a estas novelas con todas las reticencias del mundo; el lector contemporáneo reconocerá que ya no se estila escribir así, pero encontrará momentos en que la novela lo atrapará, y escenas que muchos escritores de hoy pagarían por saber hacer. Pero el genio de Sabatini, aunque muchas veces imitado, nunca ha sido superado, y su secreto, aunque intuido, todavía no ha sido descifrado.

(The Stalking Horse)
Ed. Molino, col. Famosas Novelas
Barcelona, 1947 [1933]

0 comentarios

Encender una Hoguera, de Jack London

Una vez más nos encontramos con el Jack London de la experiencia, en este caso de sus andanzas por el Yukon. Esta conjunción de literatura de experiencia y a la vez de naturalismo en cuanto a escenas y paisajes han dado en este Encender una Hoguera uno de sus relatos más famosos.
El relato lo pueden leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña. Se trata de un hombre que ha ido en busca de comida y regresa a su campamento, acompañado de un perro. Es un recién llegado al Yukon, y por tanto algo displicente con las historias que le cuentan sus compañeros. Pero aún así, sabe una cosa, y es que ese día hace frío. Mucho. Tanto como para que, cuando escupe, se oiga un crujido en medio del aire: «Sabía que a 45 grados bajo cero la saliva crujía al caer sobre la nieve, pero ahora lo hacía en el aire. Indudablemente había menos de 45 grados bajo cero.»
En realidad, la temperatura es de 59 grados bajo cero, como nos informa London poco después. Sin embargo, esto no arredra a nuestro protagonista, que tiene una idea muy clara de qué debe hacer y qué no. Sin embargo, los accidentes suceden, y en uno de ellos se encuentra con los pies metidos en el agua después de que haya cedido una capa de hielo que cubría un charco. Con los pies mojados, la congelación es segura, y sólo puede hacerse una cosa: encender una hoguera. Y para ello, en esas condiciones, tiene que encenderse sin cometer ni un error.
Y así lo hace. Pero el error sí acecha. Ha hecho su hoguera bajo una picea, y el calor que desprende la misma, hace que la nieve acumulada en las ramas caiga de golpe sobre el fuego. La situación es deseperada, y nuestro protagonista tiene que encender otra hoguera, pero con el tiempo en su contra.
El relato es tan intenso, su ambiente de extremo frío está tan bien descrito, que es modélico. Se trata de una situación extrema, en la que todos los elementos del cuento tienen una parte en él, aunque tal vez no la que se espera. Y su fuerza es tal que ha sido recordado desde su aparición en 1908. Uno de los relatos más intensos de London, que satisface tanto a los aficionados a la narración de aventuras como a los que buscan al ser humano enfrentado a situaciones de extrema soledad.

(To Build a Fire)
En Amor a la Vida
Ed. Akal, col. Akal Bolsillo
Madrid, 1981 [versión revisada 1908]

Texto en castellano de Encender una Hoguera
Texto en inglés de To Build a Fire

0 comentarios

Vuelo Nocturno, de Antoine de Saint-Exupéry

No sé ustedes, pero yo cada vez estoy más harto de El Principito y tengo más ganas de "el otro" Saint-Exupéry. Esto no es responsabilidad del texto en sí, sino más bien de la sobreutilización que se ha producido de ese cuento infantil: citado a troche y moche, por lo general a destiempo o inoportunamente, sobresantificado (y uno sospecha que esta mitificación proviene de una única lectura en la infancia, o incluso de una fragmentaria y ajena) y sobre todo mencionado por lo general con una expresión de arrobo o con un énfasis que bordea la histeria. No es un fenómeno nuevo, y ya Umberto Eco apuntaba que la sobreutilización o vulgarización de una obra maestra podía llevar a su degradación cultural y a una banalización tal que su valor cultural y literario se viera comprometido. El caso es que El Principito es incomentable. Las reacciones a cualquier comentario, en un sentido u otro, son demasiado viscerales, y se puede decir que ya la obra no se pertenece a sí misma, sino que es propiedad de aquellos que la citan (bien o mal) e incluso de las empresas que la han empleado como reclamo publicitario.
Si la consideración de El Principito fuera menos irracional, necesariamente el resto de la obra de Saint-Exupéry gozaría de una edición y difusión mucho mayor de la que tiene. No es así, y es una lástima, porque entonces los lectores descubrirían a un autor peculiar, basado en la experiencia, que tiene unas lecturas diferentes (y que podrían matizar aquello que se dice en y de El Principito), y enormemente interesante.
Vuelo Nocturno se sitúa en los primeros tiempos de la aviación, cuando el correo aéreo empezaba su andadura desde Tierra de Fuego, Chile y Paraguay hasta Buenos Aires y de ahí a Brasil y Europa, con la necesidad de competir con el resto de medios de transporte, lo cual obligaba a los pilotos a realizar arriesgados vuelos nocturnos.
Y, principalmente, es una obra que trata de la soledad: la de los pilotos en el aire,  veces sin comunicación con tierra; la de las mujeres de los pilotos, que esperan y esperan, y para las que un retraso transforma lo cotidiano en angustioso; y sobre todo la soledad del responsable de la compañía, anclado en tierra, conocedor de todo pero también sometido a la incertidumbre, y sobre esa misma soledad que representa tomar decisiones, a veces crueles, a veces despiadadas, siempre poniendo por delante la línea, los horarios y el servicio. Una soledad acrecentada cuando uno de los aviones desaparece en medio de una tormenta, un accidente que se cronometra y se marca por el límite de combustible, la frontera entre la esperanza y la tragedia.
El propio autor ocupó esa posición de responsabilidad para la compañía Latécoère en 1920, y por tanto la narración tiene ese verismo extremo que la convierte, paradójicamente, en dramática por su cotidianeidad. Todo ello sin que el accidente sea mostrado, cosa que indica a las claras que Saint-Exupéry no busca tanto el drama fácil como el espíritu de aquellos que se mueven en ese mundo de los vuelos nocturnos. Un mundo de incomparable belleza, el que mira al cielo en una época en la que volar era una aventura, una exploración, una entrada en un territorio virgen. Frente a esa soledad que se convierte en comunión con un cielo estrellado (que parece más cerca del piloto y de su exclusiva propiedad), el autor traza también la soledad de la espera y la soledad del mando y la responsabilidad que seguro que él sintió, y la hace protagonista de un texto que trasciende a su historia para convertirse en una aproximación al ser humano abandonado a sí mismo.

(Vol de Nuit)
Anaya, col. Tus Libros
Madrid, 19822 [1931]
Prefacio de André Gide
Apéndice y notas de Emilio Pascual 

0 comentarios

Piratas y Mar Azul, de Arthur Conan Doyle

A Conan Doyle el personaje de Sherlock Holmes le puede, aplastando casi totalmente al escritor. Algunos fieles ya se sorprendieron al descubrir al autor de novela histórica que era Conan Doyle; y yo tenía mucho interés en echar mano de Pirates and Blue Water, recuperado en castellano en esta edición, más que nada porque la combinación Conan Doyle e historias de piratas prometía.
Y no defrauda. Prueba de lo que he apuntado con anterioridad es que, personalmente, sé que Sherlock Holmes nació un 6 de enero, pero desconocía que Arthur Conan Doyle hubiera sido médico naval. Viene a cuento porque en este tipo de historias la verosimilitud se agradece, y Conan Doyle es capaz de emplear un lenguaje marinero con propiedad y en el momento adecuado, dando a los relatos un carácter natural (y aquí hay que destacar la labor del traductor, Amando Lázaro Ros).
En cuanto a los relatos, abre el libro una tetralogía dedicada al pirata (imaginario) Sharkey (El Capitán Sharkey y el Regreso a Inglaterra del Gobernador de Saint Kitt; El Trato que Dio el Capitán Sharkey a Stephen Craddock; Cómo Castigó a Sharkey el capitán del Portobello; y Cómo Copley Banks Mató al Capitán Sharkey). Pirata del ocaso de la Edad de Oro de la Piratería, brutal y sanguinario, pero revestido no obstante de algunas de esas características románticas que hacen la figura del filibustero a la vez atrayente y repugnante. Y con algunos detalles en estos relatos que se tiene la impresión fueron aprovechados por los guionistas de Hollywood con posterioridad.
El Slapping Sal es una aventura de la armada británica en el Caribe, durante las guerras napoleónicas, contada con estilo y ritmo, y que no desmerece algunas de las mejores páginas de Patrick O'Brian.
Otros relatos, como El Demonio de la Tonelería, El Cofre Pintado a Franjas o Aquella Cajita Cuadrada son enigmas que podrían haber interesado a un Sherlock Holmes marinero y colonial.
La Relación de J. Habakuk Jephson es tal vez el texto más conocido de los recogidos aquí, porque fue la explicación que Conan Doyle quiso dar al misterio del Marie Celeste. Pero es conveniente tenerlo donde corresponde, que es acompañado de los otros relatos marineros de su autor, como los ya citados y El Capitán del Polestar y El Viaje de Mr Jelland, que completan el volumen.
En suma, una colección temática de relatos de un gran narrador que se disfrutan inmensamente desde el primero al último, y que es afortunado volver a tener a disposición de los lectores.

(The Conan Doyle Stories: Pirates and Blue Water)
Eds. del Viento, col. Viento Simún
La Coruña, 2011 [1883-1911]
Trad. de Amando Lázaro Ros

Portada y sinopsis

0 comentarios

Pirate Latitudes, de Michael Crichton

El manuscrito de Latitudes Piratas fue descubierto, en teoría completo, tras la muerte de su autor en 2008. No voy a recordar aquí el respeto que me merece Michael Crichton como autor. Baste decir que siempre escribió con honestidad y con un buen hacer irreductibles, tanto que algunas veces logró trascender los límites del best-seller.
El éxito que le acompañó durante toda su vida le permitió más o menos escribir lo que le dio la gana en sus últimas épocas. Cuando se anunció que se había descubierto entre sus escritos una novela de piratas, confieso que sentí cierta excitación. Porque si alguien siempre se había documentado y había trasladado la atmósfera de una época a sus historias había sido Crichton (véase la impagable El Gran Robo del Tren). Y eso es cierto en Latitudes Piratas, por lo menos hasta cierto punto.
Narra la peripecia del capitán Hunter, un corsario que tiene acceso a una información con la que sueña todo filibustero en el Caribe: el paradero de un galeón de la flota del tesoro, refugiado en la isla-fortaleza de Matanceros tras haberse separado del convoy. Esa isla es inexpugnable, un suicidio en caso de atacarla, pero un buen plan combinado con lo enorme de la recompensa puede hacer que lo imposible se haga factible.
Se espera de Crichton que, en un género tan conocido como el piratesco, recoja todos sus temas y los aproveche, y así es: desde los combates navales hasta el asalto por tierra, desde el kraken al huracán caribeño, desde el abordaje hasta las normas de los Hermanos de la Costa, todo aparece y todo tiene su encaje en una novela de aventuras perfectamente tramada y satisfactoria.
Pero el toque Crichton no es el de los fuegos de artificio, por mucho que los utilice con pleno efecto; su sentido de la atmósfera, el sumergir al lector en una época, ése es su toque. Desde las primeras líneas en Jamaica, Crichton realiza un ejercicio de información prodigioso, tanto más como que esta información se integra en la narración, y el lector resulta trasladado al mundo en el que se desarrollará la novela.
Por descontado, esto no es una novela histórica. Matanceros no existe, ni el capitán Cazalla, ni muchas otras cosas, y Crichton se permite ciertas libertades con las distancias. Crichton es fiel a lo que le concierne, como es la atmósfera de la época y la vida cotidiana, pero en todo lo demás antepone la aventura al enciclopedismo. Y hace bien, entre otras cosas porque el lector no espera otra cosa.
Sin embargo, hay un punto débil. El final parece demasiado apresurado, y eso me lleva a conjeturar que tal vez el manuscrito fuera hallado completo, pero no totalmente acabado. Tengo la impresión de que esos últimos capítulos no eran más que un borrador de trabajo a elaborar con posterioridad. Es un inconveniente, y uno que, por desgracia, es irremediable.
A pesar de ello, todo lo que antecede es tan bueno que aun cuando la novela hubiera quedado inacabada hubiera sido una lástima no haber podido leerla. Como lector, y conocedor de las novelas de piratas, agradezco a Crichton que nos hiciera este regalo antes de morir.

Harper Collins
Londres, 20102 [2009]

Portada y sinopsis de la edición americana
Portada y sinopsis de la edición española

0 comentarios

El Húsar, de Arturo Pérez-Reverte

El Húsar fue la primera novela publicada de Pérez-Reverte, y la historia de cómo hizo de su autor alguien al que los lectores esperaron en su nueva producción es, si no por inusitada, sí meritoria. Porque esta novela, publicada entonces por Grijalbo (en una época en la que, si bien no tanto como ahora, ya se empezaba a editar demasiado en este país y las novedades eran aplastadas por otras), publicada entonces, decía, pasó desapercibida como lo son casi todas las primeras novelas. Y sin embargo, empezó a moverse. Muy pronto los libreros supimos que convenía tener un ejemplar de El Húsar en los estantes de la librería. Sus ventas no eran espectaculares, pero sí muy regulares. Y lo bueno del caso es que crecían, porque los lectores se pasaban entre sí la información de que había una novela que convenía leer.
Y sigue siendo una novela que, por lo visto después de su autor, anticipa muchos temas y obsesiones, prefigura el escritor de raza que es Pérez-Reverte y además, sigue tremendamente vigente en su temàtica.
Y ésta es la gloria. Pero no se precipiten. Es gloria en toda su dimensión de la guerra, y eso quiere decir la gloria figurada y la gloria real.
La historia de un húsar francés en las vísperas de la batalla de Bailén. Novato, primerizo, la primera imagen que tenemos de él es la de verle afilando su sable, objeto de todo lo que anhela y hasta cierto punto espejo que refleja esos anhelos y deforma la realidad. Porque su ambición es participar en una carga; y triunfar, claro. Hacerse un nombre, figurar en cabeza de su escuadrón, alcanzar el reconocimiento y sobre todo la autoestima personal.
En un viaje descendente hacia el que será su infierno personal, la realidad va poniendo en su sitio las cosas. Primero con el contacto con el paisaje y las gentes, con el odio que despierta una guerra y con la conciencia de ser el enemigo en una tierra extranjera. Después con una escaramuza que ya ahace vislumbrar lo sucio que es el acero bruñido cuando se tiñe de sangre. Una víspera de batalla en la que las ansias de combate se mezclan con los temores. Y finalmente con el choque de la brutalidad de todo aquello a lo que aspiraba: un engaño colosal, en el que las cargas gloriosas no son sino cabalgadas polvorientas hacia lo incierto. Los combates donde lo irracional se impone a todo lo demás; en donde todo lo pensado y abstracto deja paso al mero instinto de supervivencia.
A vislumbrar en definitiva, lo que en realidad es la gloria: un espacio muerto y vacío, la nada más absoluta.
Pérez-Reverte logró en esta novela llevar esta gradación de sentimientos de forma magistral, integrándola en una estructura temporal tan progresiva y medida como la intrusión de la realidad en los sueños que la acompaña. El Húsar sigue siendo una novela que muestra la guerra en toda su crudeza, pero además, la muestra en contraposición a toda la imaginería que la épica nos ha dado de ella. Es una desmitificación, pero una perfectamente realizada.

Santillana / Alfaguara, col. Biblioteca Pérez-Reverte
Madrid, 2010 [1983]

Portada y sinopsis

0 comentarios

The Horror of the Heights, de Sir Arthur Conan Doyle

Conan Doyle, además de ser el creador de Sherlock Holmes (algo que durante mucho tiempo consideró una cruz), fue también autor de novelas históricas (que era lo que realmente le encantaba), relatos de aventuras y de terror.
Estos últimos tienen una factura clásica las más de las veces, aunque la ejecución por parte del maestro de la literatura detectivesca es impecable. Sin embargo, hay unas pocas rarezas dentro de su producción que merecen la pena reseñarse, y una de ellas es este El Horror de las Alturas. El hecho es que, como apunta su título, se trata de un relato de terror, pero lo raro es que se trata de una de esas mezclas con la narrativa de aventuras y el relato de exploración.
No era un género nuevo, y aunque sus descendientes son escasos (aunque bien podríamos hablar de Parque Jurásico como uno de ellos) mantiene un innegable regusto a principios de siglo que las hace singularmente atractivas, y han sido fuente de inspiración para corrientes como el steam-punk.
En el caso de El Horror en las Alturas, Doyle no miró hacia los blancos de los mapas de la época, o al centro de la Tierra. Desvió la mirada hacia los cielos, haciéndose una inquietante pregunta (para la época como mínimo): ¿cuál es el mayor peligro para el aviador? La respuesta, todavía más inquietante, es que el mayor peligro pueda ser aquello que habitas las capas altas de la atmósfera.
Utilizando el recurso del manuscrito hallado (en este caso, podríamos decir, caído del cielo), Doyle compone un cuento corto de aire verniano (de lo que era muy consciente; de hecho, el motor del aeroplano es un modelo "Robur") que, en ese estilo, no defrauda al lector y que queda como una curiosidad interesante de uno de los grandes narradores del fin de la era victoriana.

En Dark Banquet
St Martin's Press
Nueva York, 1985 [1913]
Ed. de Lincoln Child

Texto en castellano de El Horror de las Alturas
Texto en inglés de The Horror of the Heights

6 comentarios

Lord Jim, de Joseph Conrad

(Lord Jim)
El Observador/Enciclopédia Catalana, col. Clásicos de la Literatura Universal (2 vols.)
Barcelona, 1992 [1899-1900]

Lord Jim es una obra compleja, poliédrica y tan sorprendente como lo son casi todas las obras de Conrad. Sorprendentes porque todas las definiciones que se les aplican quedan cortas. Lord Jim es publicitada y publicada como una novela de aventuras, y lo es, pero unas aventuras que no se inician hasta bien rebasada la mitad de la novela. Una novela marina, pero que del mar sólo se tiene noticia de un episodio aislado y que, en cambio, sucede en tierra y en tierra adentro durante el noventa por ciento de su extensión. Fue la más popular de sus novelas, y sin embargo el mismo Conrad se sorprendía por este hecho, y nosotros con él teniendo en cuenta lo poco (o lo "popularmente" poco) que sucede y el hecho de que es posible sentir piedad por Jim, pero no simpatía, como lo demuestra el mismo relato que de su historia hace el narrador Marlow (un personaje recurrente que merece, si no se ha hecho ya, un estudio detallado de sus intervenciones en las obras de Conrad, y su posible función de alter ego o bien de contrapeso del propio Conrad, un tema apasionante y complejo como pocos).
El caso es que todas estas aparentes contradicciones podríamos decir que sólo tienen solución en la mente de cada lector, que será quien escoja aquello en lo que desee fijar su atención; y que el hecho de que Lord Jim funcione a tan diversos niveles es debido a que se trata de una obra genial creada por un escritor genial y único.
En esencia, la historia que cuenta Lord Jim es la de un tercer oficial en espera de juicio por el naufragio del Patna, un viejo y devencijado barco que se fue a pique con todos sus pasajeros, peregrinos hacia la Meca. La oficialidad del barco rehúye sus responsabilidades escapando a países donde la falta de licencias de navegación no importe, pero Jim se queda, pese a que como máximo su responsabilidad en el naufragio es circunstancial. Y soporta el juicio y la condena con impasibilidad. Expulsado del mar, consigue una correduría marítima en otro puerto, pero la fama del Patna le persigue y tiene que abandonala, incapaz de soportar las habladurías. Por fin, y huyendo de éstas, se establecerá tierra adentro de Malaisia, allá donde pocos hombres blancos han llegado, donde se hará respetar por los nativos, que le llamarán Tuan Jim, Lord Jim. Pero este mismo sentido de la justicia que posee Jim y que le hace ser respetado le hará cometer un error y confiar en la palabra de quien no la tiene. Y él mismo se presentará como objeto de expiación de este error.
Este argumento, insisto, entra dentro de los cánones. Pero es el mismo Conrad quien nos lo brinda desde las primeras páginas, como señalando irónicamente que no sólo va a ser esta historia la que se cuente. Las palabras clave de Lord Jim son "honor" y "expiación". Conrad explica que Jim era hijo de un presbiteriano, y que esta procendencia puede explicar el sentido de expiación que está imbuido en Jim. Pero remarco que los juicios que emite Marlow sobre Jim son durísimos. Le acusa de falta de pragmatismo, de asumir la carga de la culpa sin paliativos, de no denunciar a sus superiores, más responsables que él en el desastre del Patna y que han huido para evitar la condena; de derrumbarse frente a cualquiera que le señale como el oficial condenado y entonces huir de esta fama, cada vez más hacia Oriente; Por no luchar por su prestigio y honor. Y por tener una opinión sobre sí mismo más dura todavía que la que tiene Marlow. Pero es inútil. Jim es así, y esa es su condena. Un carácter así, desde el principio aspirante a la grandeza frente a los demás, no puede sino quedar mortalmente herido cuando es señalado con la marca de la infamia, y cuando esta marca le persigue el mundo se le va haciendo cada vez más pequeño, y cada vez quedan menos lugares donde poder alcanzar esa grandeza sin tener encima el estigma del Patna.
Tal vez Marlow tiene razón, y Jim hubiera debido construir su grandeza en cualquier lugar donde estuviera, consiguiendo a la vez la expiación y la reivindicación. Pero la vergüenza de Jim es, aun excesiva, o por serlo, incapacitante. Y Jim buscará un lugar donde hacerse grande sin tacha previa. Que encuentre ese lugar es afortunado; que, como si fuera aquello a lo que estaba destinado, construya esa grandeza con la más aparente de las facilidades y se convierta en Tuan Jim, respetado, admirado, valiente y justo y, porqué no, feliz, es reconfortante para el lector. Que, como en un mal sueño, la historia parezca repetirse y Jim tenga que asumir la expiación de otros, es amargo.
Por descontado, todo esto que les explico y que es el meollo de esta narración, tiene poco que ver con la novela de aventuras y mucho con la novela psicológica, y esta es la grandeza de Joseph Conrad. Pero también es sólo mi visión de la novela. Otros lectores las tendrán distintas, y serán igualmente acertadas: el papel del destino, de la religión, la hipocreía, la justicia, el castigo, el crimen, la ambición, etc.
Tantos detalles como los que componen una personalidad. Y es que Jim se hace real en las páginas de una novela, un mérito al alcance de poquísimos y grandes escritores, como lo fue Joseph Conrad.

0 comentarios

Reinas de los Mares. Las Mujeres Piratas Alrededor del Mundo, de Jane Yolen

(Sea Queens. Women Pirates Around the World)
Eds. Oniro
Barcelona, 2009 [2008]
Ilustraciones de Christine Joy Pratt

Jane Yolen es un nombre bien conocido en el campo de la fantasía, heroica o no, y de la literatura infantil y juvenil anglosajona. Siempre, si tengo que juzgar por mis lecturas, de una gran calidad.
En este caso Yolen se ocupa, desde una perspectiva feminista pero no militante, es decir, que la historia no está constreñida por la ideología, de hacer un repaso de las mujeres piratas a lo largo de la historia. Al estar destinado al público juvenil, me apresuro a destacar que el libro posee las mejores virtudes anglosajonas de este tipo de literatura, que son las de no considerar a los jóvenes como imbéciles y tratarles como un autor tiene que hacerlo con su público, sea de la edad que sea, que es con respeto y honestidad.
Fruto de esta honestidad, doy fe de que este libro está muy bien documentado. Interesado como estoy en el tema, he hallado lo que esperaba encontrar en él, más algunas biografías de piratesas, si me permiten la expresión, de las que no tenía noticia. Dios sabe cuántas novelas, noveluchas y novelejas hay escritas sobre Anne Bonney y Mary Read, las más famosas mujeres piratas, pero Yolen no se limita sólo a ellas y tampoco centra su libro en estas figuras. Yolen nos ofrece un elenco completo de mujeres piratas, desde Artemisia, la reina almirante persa del 500 a. C. hasta la viuda Ching de la China de principios del siglo XIX (un personaje que constituye un capítulo de la Historia Universal de la Infamia, de Jorge Luis Borges), y lo hace centrándose en el hecho histórico o, como máximo, en las historias contemporáneas sobre ellas.
Es un libro juvenil, y eso quiere decir que su relato estará expresado con sencillez. Sin embargo, por lo exhaustivo, constituye un texto de base más que apreciable, tanto más cuando está narrado con claridad y bien referenciado. Ameno y artísticamente ilustrado, estas Reinas de los Mares son un paradigma de la buena literatura juvenil, una que es capaz de trascender a su público de destino e interesar igualmente al adulto.

Portada y sinopsis de la edición inglesa, más material complementario

2 comentarios

El Pirata Rojo, de James Fenimore Cooper

(The Red Rover)
Eds. Forum, col Grandes Aventuras
Barcelona, 1984 [1828]

Cuando se habla de Fenimore Cooper (1789-1851) se piensa por lo general en El Último Mohicano, en la novela de aventuras, en la de frontera, pero casi nunca se cae en la cuenta de que, por cronología y por estilo, fue uno de los fundadores de la novela estadounidense en una nación joven y acabada de independizarse, al lado de Washington Irving, Nathaniel Hawthorne o Edgar Allan Poe, y uno que, por temática, podemos definir como cimiento de unas novelas que, a diferencia de otros autores, buscaban sus tramas en ambientes y situaciones muy cercanas en el tiempo y el espacio: la revolución americana, los indios, los pioneros, la vida de forntera.
En una época, insisto, en la que le bastaba recorrer unos pocos kilómetros para encontrarse con sus temas, no digamos hablar con los protagonistas. Y lo hizo con estilo, además, uno que marcó el inicio del género y en el que muchos autores hallaron inspiración con posterioridad. De él dijo Joseph Conrad: «Escribió antes de que naciera la gran lengua americana y tan bien como el mejor novelista de su tiempo». Un elogio para nada banal, y que desafía el estigma que este género ha tenido que soportar. Tengo que recordarles, además, que el género se ha visto relegado, en el siglo XX, a las colecciones juveniles. Pues bien, esto no era así cuando se escribían estas novelas. Su público era adulto y letrado, y en el caso de Cooper, eran vistas como retratos históricos cercanos o descripciones de cosas muy presentes e inmediatas. Por descontado, con argumentos que las hacían atractivas.
El argumento de ésta se sitúa en 1759, cuando en Newport está anclado un barco negrero muy peculiar, que se mantiene apartado y presto a zarpar cuando sea necesario. En realidad, se muestra vigilante de la partida de otro barco, y a bordo del negrero se encuentra el filibustero más cínico de las costas norteamericanas, el Pirata Rojo. Que buscará reclutar a Wilde4r, el protagonista, e infiltrarlo en la oficialidad de su posible presa.
Con ritmo, adecuada tensión y un gran manejo de los personajes, esta novela de James Fenimore Cooper no sólo es un compendio de aventuras, sino una adecuada descripción de una época y un testimonio del surgimiento de una literatura nacional.

11 comentarios

El Hijo de Lagardère, de Paul Féval (hijo)

(Le Fils de Lagardère)
Ed. Mateu, col. Juvenil Cadete
Barcelona, s. f. (c. 1955?) [1893]

Dentro de la literatura folletinesca de aventuras, la ocurrencia de descendientes de los héroes queridos y apreciados por el público ha sido constante, aunque pocos de estos vástagos han sobrevivido al tiempo. El mismo Dumas practicó el sistema con su Vizconde de Bragelonne y el hijo de Athos. Otras manos apócrifas se aprovecharon de los mosqueteros y así surgió, por ejemplo, La Hija de Porthos (de Féval hijo, curiosamente). El mismo Salgari puso en escena a Yolanda, la Hija del Corsario Negro. Y así podríamos seguir, con estos émulos de sus padres a veces escritos por sus creadores y, las más, por otros escritores más vampíricos que eficaces.
Cuando menos, el recurso del hijo tiene un punto de respeto por el héroe creado por otras manos en el hecho de que le deja en paz y carga las nuevas invenciones en el hijo, bastardo o no, por poner un ejemplo, de d'Artagnan en lugar de masacrar el personaje original.
Sin embargo, en este El Hijo de Lagardère, quien retoma la saga es asimismo hijo del creador original. Un hecho notable. Para los freudianos que se están arremangando, les diré que tienen razones para alegrarse. Féval hijo explica los últimos instantes y circunstancias de la heroica muerte de Enrique de Lagardère, por ejemplo. El resto del análisis psicoanalítico se lo dejaré a ellos.
El caso es que Enrique de Lagardère dejó descendencia en forma de un hijo de tres años, que presuntamente murió o fue asesinado, aunque es más que posible que en realidad, y por motivos que quedarán claros, fuera sustituido in articulo mortis y hecho desaparecer, y que sea, justamente, el sargento "Bella-Espada" que aparece desde las primeras páginas del libro. Dejémonos de cuentos, la sutileza no es precisamente el terreno del folletín.
En cambio, lo que constituye su medio es el suspense periódico, el melodrama, la acción y la resolución final del misterio. Final y feliz, por supuesto. Suelen ser reglas que se siguen y es necesario que el lector se sitúe en ellas, así como se sitúa en otras en la contemplación de, por ejemplo, una película de dibujos animados.
Y funcionan en esta novela, como funcionaban en la de su padre. Si quieren un resumen argumental les doy uno somero: Bella-Espada es Felipe, el hijo de Lagardère y está siendo perseguido por uno de los antiguos enemigos de su padre, persecución que se extiende a su madre, a la que no conoce. En una serie de trampas y peligros, que sólo podrán ser desbaratados en el último momento y con la ayuda de los viejos camaradas de Enrique de Lagardère, Felipe encontrará su familia, su posición y el amor después de múltiples peligros y de culminar (o no) la venganza sobre el asesino de su padre.
Si les parece simplista, en efecto, lo es. Pero ¿y lo que se disfruta leyéndolo? Hay folletines y folletines. He leído, por puro completismo, algunos de los más caducos e infectos. De los que no funcionan, vaya. Pero este Hijo de Lagardère funciona. Y Paul Féval hijo no desmereció en nada a su padre.

2 comentarios

Scaramouche, de Rafael Sabatini

(Scaramouche)
Mondadori, col. Grandes Clásicos
Barcelona, 2007 [1921]

Los mejores personajes de Sabatini son aquellos que se mueven entre dos mundos y su conflicto vital no es tanto lograr pertenecer a uno de ellos como conseguir hacerse un sitio en la vida sin renunciar a ser ellos mismos. Este es el caso de Scaramouche, su obra cumbre, y aquella en la que su protagonista, André-Louis Moreau, es un bastardo no reconocido pero con estudios de abogado que ni es noble ni es plebeyo.
Tal vez por ser lo que es, ha aprendido a contemplar con cínico distanciamiento ambas sociedades. Sin embargo, y como ocurría con el Capitán Blood, André-Louis se verá forzado por las circunstancias a tomar partido. Pero lo que hace grande a esta novela es que esas circunstancias jamás le harán renunciar a sí mismo.
El argumento debería ser conocido por todos, puesto que existe una película magistral del mismo título, pero sucede que ambas versiones difieren en ciertas cosas fundamentales. Sabiamente organizada en tres partes, La Toga, El Coturno y La Espada, André-Louis reacciona en la primera ante el asesinato de su revolucionario y seminarista amigo Vilmorin (la acción se desarrolla antes y durante la Revolución Francesa) por parte del Marqués de la Tour d'Azyr, en un duelo imposible de ganar por el aspirante a abate, prometiendo venganza y exigiendo justicia. Al serle negada ésta, abrazará la causa revolucionaria y, perseguido como sedicioso, buscará refugio y anonimato tras la máscara teatral del personaje Scaramouche, de la Comedia del Arte, un tipo "sutil y peligroso, que consigue sus propósitos tortuosamente". Un enfrentamiento frustrado con el Marqués le llevará, por casualidad, a parar en una academia de esgrima, donde se convertirá en una de las mejores espadas de Francia.
Reclamado por Danton y otros diputados de la Convención para detener la sangría que los nobles hacen a copia de duelos de los diputados del Tercer Estado, se negará en un principio hasta enterarse de que es la Tour d'Azyr el instigador de esta carnicería, con lo que aceptará al ver la posibilidad de venganza.
Más la clásica historia de amor y el descubrimiento de su historia familiar.
Scaramouche es una novela muy citable, desde su frase inicial («Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco») hasta otras muchas perlas que se encuentran en el texto. Pero es como monumento de la novela de aventuras por lo que realmente es válida. Todo lo que compone el género está quintaesenciado aquí, pero lo está con una agilidad narrativa asombrosa, unos recursos argumentales notabilísimos y un estilo impecable. Y, cosa rara, con un sentido del humor infrecuente en el género. Sólo Sabatini pudo competir con Sabatini, y han pasado los años y nadie ha podido escribir una novela que superase los logros de Scaramouche.

Portada y sinopsis

0 comentarios

Las Aventuras del Capitán Duchesnoy, de Xavier Queipo

(O Paso do Noroeste)
Ézaro Eds., col. Ensenada de Ézaro Eds.
Madrid, 2008 [1996]

Tomando un estilo empleado múltiples veces, como es el del manuscrito supuestamente hallado por el autor y reproducido en forma de memorias del protagonista (una argucia que no por antigua deja de tener su eficacia para justificar la narración en primera persona), Xavier Queipo aprovecha estos supuestos recuerdos para relatar una (en este caso, ficticia) de las múltiples expediciones organizadas en busca de esa quimera impracticable durante siglos como fue el Paso del Noroeste, la ruta que, por el Atlántico Norte, debía conectar Europa con las Indias Orientales; una aventura que chocó (a veces de manera literal) una y otra vez con los hielos árticos y lo sinuoso de la ruta.
En este caso, la aventura del navío de la marina real francesa L'Épée, al mando del capitán Duchesnoy y con el naturalista de a bordo Jean-Baptiste de Lille et Mirabeau, es no sólo la de un fracaso anunciado sino además un magnífico retrato de una época turbulenta y que ya contenía en sí misma los gérmenes de la Revolución Francesa que iba a estallar durante el periplo de Duchesnoy y los suyos.
Es una excelente aventura marinera, un gran texto naturalista de la zona subártica, un reflejo adecuado de los juegos de poder franco-británicos en el Canadá y la bahía de Hudson y del delicado equilibrio entre la política y la ciencia, el poder y la razón.
La virtud de Queipo consiste en huir de una épica tentadora pero facilona y no caer, por el contrario, en una narración catastrofista. Queipo asume esta nota a pie de página de las exploraciones árticas con toda naturalidad, sin poner más que los hechos que pudieron suceder, sin más heroísmos ni penalidades que las justas y, así, componer un relato adecuado y contenido de un período y su mentalidad.
En un género proclive a la exageración, el lector agradece esta contención, y se deja llevar más que agradablemente por la historia y sus entresijos. Este El Paso del Noroeste es una historia bien narrada y bien construida, muy digna, que logra todo lo que se propone con una economía de medios más que notable, y que deja el regusto de querer leer más cosas de su autor.

Portada y sinopsis
Web del autor Xavier Queipo

12 comentarios

En las Montañas de la Locura, de Howard Phillips Lovecraft

(At the Mountains of Madness)
Alianza Editorial, col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 1998 [1931]

En la reseña anterior [La Esfinge de los Hielos, de Julio Verne] veíamos cómo una continuación de la Narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, podía convertirse en una divergencia total con respecto al original del que tomaba el tema. Hoy, sin embargo, tratamos una continuación que, respetuosa con el espíritu de E. A. Poe, es no obstante adaptada, reorganizada, puesta al día y evolucionada para convertirla en lo que, en los años treinta, fue la vanguardia de la literatura de terror.
Esta obra sigue los postulados que su mismo autor marcó y que conformaron ese corpus que se define colectivamente (y en más de un sentido) como "Los Mitos de Cthulhu" (y que el mismo Lovecraft definía como "mis Yog-Sothotherías"). Una expedición a la Antártida organizada por la Universidad del Miskatonic recorre más o menos la zona a la que Arthur Gordon Pym llegó en su odisea (y ya desde el principio Lovecraft nos inquieta con referencias a que Poe pudo tener acceso a ciertos materiales e informaciones contenidos en textos como el infame y prohibido Necronomicón). Esta expedición realiza es descubrimiento de unos extraños fósiles y objetos que pudieron pertenecer a una civilización prehumana. Sin embargo, una catástrofe se abate sobre el campamento, que resulta destruido y desaparecidos sus ocupantes; causa probable: una feroz tormenta de nieve y viento. El narrador, miembro de los expedicionarios que hallaron el desastre, previene de los peligros de volver allí. Punto. Aquí se cierra el relato oficial, en el capítulo III, de la historia de la expedición.
Sin embargo, se está organizando otra exploración de la zona, y es entonces cuando el narrador se decide a relatar la auténtica historia de lo que sucedió a la malhadada expedición, con la intención no se sabe si de evitar la catástrofe a estos nuevos aventureros o de que no perturben lo que allí mora. Y empieza un nuevo relato. Si en lo que precede se ha construido una tensión dentro de una narración científica, muy objetiva, muy controlada (en la que, sin embargo, Lovecraft hace planear un sentido ominoso), en esta explicación posterior el autor nos sumerge en un relato que provoca un vértigo cósmico, en el que lo ominoso deja paso a lo numinoso. Lo que hallaron en realidad fueron los restos, muy bien conservados, de esa civilización prehumana extinguida... o no tanto.
Se ha dicho que la gran contradicción del escritor de terror es que, en algún momento, tiene que abrir la puerta y enseñar el monstruo que hay detrás, y cuando lo hace pierde casi toda la potencia que la insinuación y la inferencia tienen. Poe, en su Arthur Gordon Pym, renunció a abrir esa puerta; Verne la abrió... para mostrar que no había nada detrás. Lovecraft, en cambio, deja claro que hay algo detrás y abre la puerta (palabras de Stephen King), pero sólo un poco. Sin embargo, la abre. No juega a empatar, ni renuncia al juego, sino que arriesga, aun sabiendo que la descripción del monstruo perjudica el efecto. Pero tiene la valentía de hacerlo y, aunque de forma limitada, tiene éxito. "Vértigo", "cósmico" son apelativos que se adecuan al terror que Lovecraft practica, y su gran mérito fue el de ser el primero en entender que nuestra insignificancia ante un horror cósmico tenía que provocar ese vértigo horrorizado a algo que nos es sobrevenido y frente al cual poco o nada podemos hacer.
El genio de Providence ha sido analizado hasta la saciedad. Se han descubierto sus vicios literarios, que tenía, y se han hallado sus grandezas, que son innegables. La literatura de terror no fue la misma después de que Lovecraft escribiera sus historias, y el paso que dio fue de gigante. Lo curioso es que, leído hoy, sigue funcionando. Con los manierismos adjetivales que se quieran, sus historias siguen teniendo una potencia inusitada, y muy pocos continuadores, admiradores, imitadores y epígonos han conseguido superar al maestro (tal vez sólo Ramsey Campbell). En esta novela, además, Lovecraft realiza (lo verán al leerla) a la vez un homenaje, una continuación y una vuelta de tuerca a la Narración de Arthur Gordon Pym, con todo el respeto, con voz propia y enlazando dos mundos y dos visiones. Estoy seguro de que Poe, que se vio ante una imposibilidad en el final de su novela, hubiera admirado la forma en la que Lovecraft puso, por fin, corolario a esa historia.

Portada y sinopsis

17 comentarios

La Esfinge de los Hielos, de Jules Verne

(Le Sphinx des Glaces)
Ed. Laertes, col. Aventura
Barcelona, 1983 [1897]

Decíamos en la anterior entrada que la Narración de Arthur Gordon Pym distaba mucho de ser una novela cerrada.
Pues bien, Jules Verne cedió ante la fascinación de la historia de Poe y decidió dar respuestas a las incógnitas que planteaba el Arthur Gordon Pym. Es un fenómeno no inusitado en la literatura, pero sí que es infrecuente que escritores de trayectoria reconocida bajen a la literatura de otros grandes nombres para proseguirla.
Pero, ¿cuál es el resultado final de esta colaboración? Pues, en este caso, constituye a la vez un fracaso y un triunfo.
En tanto en cuanto Poe abandonaba el relato verista de aventuras en su parte final de la Narración de Arthur Gordon Pym, Verne fracasa en realizar una continuación, si no en el mismo estilo (algo casi imposible), sí en la misma atmósfera. Verne se queda con los enigmas, pero para resolverlos. Verne conserva la atmósfera, pero para convertirla en el preludio de un acertijo, no para sostenerla o incrementarla. Como continuación, el texto de Verne es un fracaso rotundo y total. Sólo quedan las circunstancias, pero nada del sentimiento o el tono final de la historia de Poe. En este aspecto, Verne no sólo decepciona, sino que molesta.
Sin embargo, para el que no haya leído a Poe (y no es necesario, puesto que Verne explicita todos los detalles que le interesa tomar en su texto), para el que guste de las novelas vernianas, ésta es una más de ellas, con lo que todas las características de la ficción de Verne se hallan presentes (incluido un guiño a los lectores en forma de mención del capitán Nemo). Racionalista al fin, aunque racionalista visionario, lo que le interesa al autor es la explicación científica, la aventura por la aventura en sí, llegar donde no se ha llegado antes geográficamente, los descubrimientos y la maravilla, sí, pero la maravilla racional. No el Unheimlich, lo siniestro, lo numinoso, ni lo sobrenatural. Aparcada la narración de Poe, lo que queda es una novela tan buena (o tan mala, a gusto del lector) como Cinco Semanas en Globo. En este aspecto, el texto de Verne es digno, y la colaboración póstuma con Poe una mera anécdota.
Pero una anécdota significativa, que muestra la fascinación que Edgar Allan Poe ha provocado en los más dispares escritores y lectores.

Portada y sinopsis