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Cámara Gesell, de Guillermo Saccomanno

Una cámara o habitación Gesell es aquella bien conocida en la que se puede observar lo que sucede en la habitación a través de un espejo transparente por un lado. También, la Colonia Gesell es una localidad turística cercana a Buenos Aires, un paraíso de paz y de comodidades en la que los residentes fijos viven una vida plácida durante la temporada baja y atienden a los residentes estacionales con una sonrisa y amabilidad. O así era, al menos.
Por tanto, lo que nos propone Saccomanno es convertir este libro en una cámara Gesell en la que observar sin ser vistos los comportamientos más íntimos de la comunidad. Si tenemos en cuenta que el autor vive desde hace más de veinte años en la colonia, desconozco qué coste a nivel personal y diario puede haberle supuesto el publicar esta novela.
Si en El Oficinista Saccomanno escribía una distopía terrorífica nacida de la reciente crisis y los nuevos paradigmas económicos, esta novela realista no es menos desoladora y terrorífica, aunque resulte más cercana. La colonia ya tenía un pasado fundacional turbio, con sus leyendas más que probables de submarinos alemanes desembarcando los tesoros nazis en las noches sin luna, pero, y con motivo de la denuncia de abusos a menores en un colegio, le redactor del periódico local se erige en conciencia insistente, aunque en voz baja, del estado moral de la Colonia, que no es muy diáfano. Incesto, pedofilia, corrupción política, escándalos sexuales, crimen organizado, delincuencia juvenil, trapicheos políticos, tráfico de drogas, corrupción e ineficacia policial, crímenes pasionales, guerra entre bandas, marginación, y todo el elenco de situaciones que hacen del paraíso un infierno, mientras la población se esfuerza en transmitir una cara amable hacia el exterior; todo ello hace su aparición en este libro en el que, poco o mucho, se pueden reconocer los habitantes de cualquier ciudad del mundo. El que no sea una gran ciuadad sencillamente vuelve más desoladora la maldad, por endogámica y porque todos se conocen más o menos entre sí. Créanme, he vivido en un pueblo de número de habitantes similar, y lo que relata Saccomanno suena a conocido y terriblemente real.
El lector asiste a esta exposición de degradación moral con estupor e inquietud, causados más por la plausibilidad que por sus detalles. No es razonable echar la culpa al crecimiento, a la transformación de una pequeña localidad balnearia en un monstruo con arrabales de nueva creación y desigualdades sociales. Existe una elección moral para convertirse en lo que es, o para permitirlo, una elección surgida de la ambición económica y las pretensiones sociales de todos, pero también de la voluntad de dividir la sociedad entre amos y servidores, entre quienes deciden lo que es bueno para la colonia y los que tienen que pechar con las consecuencias de ello.
Saccomanno no escribe una fábula moral, tan sólo un tratrato urbano, pero su mérito no reside en la denuncia o en la descripción. Literariamente, mediante el innominado narrador que escribe y el alter ego del autor, Dante, el redactor y único empleado del periódico local El Vocero, nos lleva de la mano (que se llame Dante, por descontado, no es casual, y el viaje es a un araíso que lo es para unos pocos, y Purgatorio e Infierno para la mayoría), en un transcurrir cotidiano de pequeños hechos que sueltos parecen intrascendentes pero sumados son monstruosos, nos lleva al centro de una comunidad corrupta de la que la única forma de escapar es emigrar o morir. Violenta, salvaje, no es de extrañar que se haya comparado a su autor con Ricardo Bolaño. Desde luego, comparte con el chileno la audacia formal y lo descarnado de su tema, pero Saccomanno es un autor más social que individual y por tanto más apto para transmitirnos el desasosiego global de lo que nos relata. Colonia Gesell somos todos, nos dice, y nadie está en condiciones de redimirse por sí solo. Huir no sirve de nada, y quedarse de muy poco, y siempre nos refugiamos en esta frase, inserta en la novela: «Porque si todos somos culpables, nadie lo es». Y todos vivimos en el Infierno, al que damos aspecto de Paraíso.

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve
Barcelona, 2013 [2012] 

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Una radiografía salvaje de nuestra sociedad.

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El Oficinista, de Guillermo Saccomanno

Ed. Seix Barral
Barcelona, 2010 [2010]

En El Oficinista hay que tener en cuenta dos cosas. Primera, el ambiente. Pre o directamente apocalíptico, nos encontramos con una sociedad destrozada, con inseguridad a pie de calle, ataques terroristas y guerrilleros a diario y en el centro de las ciudades; helicópteros que patrullan de continuo en un estado de guerra permanente; desocupados y mendigos que atestan las calles; zonas que los drogadictos, los antisistema o, en general, elementos asociales dominan a placer; extraños perros clonados que campan en jaurías salvajes por las calles; murciélagos gigantes que sobrevuelan la ciudad; un estado policial y paranoide donde la libertad individual no existe y la delación y la vigilancia es constante. Todo ello reminiscente (y presente en la novela) de los mundos ballardianos, de las sociedades orwellianas, del Brazil de Terry Gilliam.
Segunda, el protagonista. El oficinista (jamás es llamado por su nombre) es un individuo totalmente sumiso a los restos de su sociedad. Es un empleado fiel y modelo (pero no inmune a la inseguridad y al riesgo del despido). Por sus desvelos, la sociedad le ha pagado con una teórica seguridad laboral, con la estrechez económica y con la pérdida de toda voluntad propia. Es un desclasado, y una ¿persona? que incluso ha perdido la capacidad familiar (su mujer es o es vista como un monstruo; sus hijos, de los que ha perdido la cuenta, son referidos con el nombre colectivo de La Cría). Es profundamente infeliz, totalmente conformista y un mezquino absoluto. El amor (o la ilusión que tiene del amor) antes que redimirlo, lo llevará no sólo al adulterio, sino a la delación, al robo y al asesinato.
Si estas dos narraciones se sobreponen no es por casualidad. Antes bien, nos hallamos frente al antiguo argumento de cuanto más corrompida la sociedad, más corrompido está el individuo.
Porque el oficinista puede ser un carácter ínfimo y despreciable, pero una vida anodina no sale del anonimato por sí sola. Una cierta moral circundante moldea al individuo; si es maleable, lo convierte en un reflejo de esta sociedad. Si no, lo convierte en un contestatario mayor o menor, pero alguien que puede conservar ese íntimo reducto personal ético. Si el que se adapta a esta sociedad es un perdedor no se convierte en ganador, puesto que no controla para nada los acontecimientos: sigue siendo un perdedor y uno tanto más prescindible cuanto más adaptado está, ya que es inofensivo para esta sociedad.
El Oficinista es una narración pesimista pero fascinante, contada con gran estilo y que lleva consigo una profunda reflexión sobre nuestra sociedad, porque, como apuntan la contraportada y Pere Gimferrer, "cuenta una historia que pasó ayer, pero que aún no ha sucedido, y, sin embargo, transcurre ahora. No es que el futuro esté cerca, es que tal vez ya pasó".



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Premio Biblioteca Breve 2010.