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El Francotirador Paciente, de Arturo Pérez-Reverte

FIRMA INVITADA: Susana Rizo

Tras cerrar la última página de la novela, sé que es un lugar al que volveré, más tarde o más temprano. En sus renglones hay matices que viajan más allá de las palabras y he llenado sus hojas de subrayados para seguir leyendo los pensamientos de Sniper, el protagonista de esta novela. Todos aquellos que creen que el arte está íntimamente relacionado con la vida y sus reglas del juego, van a encontrar un referente en este libro. En cada página un apunte, una frase resaltada, digna de releer. Y quien nos lleva hasta él y a su manera de pensar es la enigmática Alejandra Varela, apodada Lex, la otra protagonista de esta historia. Todo está narrado desde su punto de vista, y desde sus recuerdos. Una mujer infranqueable en sus silencios y fatigas, de fuerte personalidad y gran inteligencia. Ella es el alter ego de Sniper. Como él, Lex es otro francotirador paciente que perdió por el camino algo en lo que creía. Y hay ciertas cosas que no quedan impunes. Existe un precio a pagar y nadie está exento de ser observado por el azar paciente e imprevisible. De que éste te ponga en su punto de mira, y dispare.
Lex, especialista en arte contemporáneo y en la búsqueda de personas y libros, es contratada por un importante editor para encontrar a Sniper, uno de los grafiteros más famosos del mundo, con el fin de proponerle hacer un catálogo y una exposición retrospectiva de su obra. El problema es que la identidad de Sniper es un misterio, así como el lugar donde reside. La única certeza es que le protegen cientos de personas, cómplices, incapaces de desvelar su identidad, por la admiración y respeto que le profesan. Pero hay otros que le buscan para eliminarlo de la faz de la tierra. Los mensajes que lanza Sniper, o que lanzan sus seguidores en su nombre, son portada de noticias por su envergadura, su extremada originalidad, brutalidad, y especialmente por la peligrosidad y audacia que entraña el llevar a cabo esos grafitis, conocidos como “intervenciones”. Algunas de éstas incluso se saldan con la muerte de quienes las ejecutan. Lex emprende casi una persecución que le llevará desde Portugal a Italia, pasando por Lisboa, Verona, Roma y, finalmente, Nápoles. Y no está sola en esta búsqueda.

Con esta novela nos adentramos en el mundo del arte, del grafiti concretamente, con sus luces y sombras, sus aspectos más criticables y loables, incluyendo un recorrido por su historia, sus escritores y su razón de ser. Hay de hecho una gran crítica hacia la impostura del arte moderno, o de una parte de éste. Pero parece la excusa para presentarnos, de nuevo, un concepto sumamente revertiano: el de la geometría del Universo inconmovible que sonríe a todos, paciente. Según palabras del propio autor “sólo la lúcida y fría observación de la realidad histórica del hombre permite entender. Y en ese proceso es fundamental el arte”. De hecho, en mi opinión, se trata del tercer ajuste de cuentas que el autor hace en su vida literaria: Territorio Comanche, El pintor de Batallas, y ahora El Francotirador Paciente. Puentes, Instantáneas y Pinturas que tienen consecuencias.

Personalmente veo aquí un guiño al “Duelo a garrotazos”, esa esencia grafitera que Goya plasmó magistralmente en una de las paredes de su casa de la Quinta del Sordo. Sobre este pintor dijo Ortega y Gasset “No es verosímil que nadie, después de haber contemplado una buena porción de su obra al menos, se sienta ante ella indiferente. En cambio, es muy posible que a algunos Goya les irrite. Pero esta irritación no es cualquiera. Posee un peculiar cariz. Va disparada contra el artista, pero da un culatazo sobre quien la siente, dejándole preocupado respecto a si mismo. Esto es lo peculiar de Goya”. Y creo que también es lo peculiar de nuestro misterioso Sniper.

Arturo Pérez-Reverte consigue una estética especial presentándonos este mundo de luchadores callejeros, que tienen sus propios códigos y normas, algo que en el tablero del “Territorio Reverte” es muy valorado. El arte existe no solo para iluminar y deslumbrar, sino también porque a veces es cuanto queda para poder expresarse. El grafiti es otra manifestación artística, más libre y abierta, que quizá ha existido desde el principio de los tiempos para expresar no sabemos muy bien qué sentimientos o anhelos, como aquellos grafitis descubiertos en 1868 por el hidalgo y arqueólogo don Marcelino de Sautuola y su hija María en las oquedades de Altamira. Un arte subliminal, subversivo y misterioso que a veces roza la frontera con el vandalismo y otras traspasa la de la genialidad. Todos hemos sentido eso, y en momentos muy recientes. Muchas de las mismas pancartas del 15-M eran puro arte callejero. Y resulta absolutamente gráfico el recuerdo de aquel escrito del Sniper Alley en Sarajevo “Welcome to Hell”. El grafiti reclama el derecho a escribir y, como le escuché una vez expresar a don Arturo, a “sentirse joven en la víspera de la batalla”. Algo que en la novela se denomina “experimentar los treinta segundos sobre Tokio”. La estética también la logra con una ambientación impecable, el uso del lenguaje, bronco, moderno y de tribu, propio de los escritores de grafiti con su jerga específica, y, desde luego, con los personajes que desfilan como secundarios –editores, empresarios, sicarios– que de tan bien dibujados parecen sacados de un cómic de Hergé.

Es ésta una obra reflexiva, intrépida, que atrapa hasta la médula gracias a la pericia de su prosa conducida por Lex a lo largo de interesantísimos diálogos a medida que ella se va acercando a su objetivo. Todo ello ambientado en tiempo presente, con referencias a sucesos actuales, recientes y desgraciadamente familiares (la gran crisis económica). Para los protagonistas de esta historia es un tiempo lleno de recuerdos y, tal vez, de remordimientos. De cuentas pendientes. Como en mayo del 68, la ciudad se ha convertido en un campo de batalla y los desafíos de Sniper son estallidos de lúcida ira cuya onda expansiva provoca inquietud. Al final actúa como lo hacían los espejos deformantes de Valle-Inclán, sin piedad. Su aparente falta de escrúpulos y vanidad desconciertan, y, a pesar de todo,un ejército entero le responde, y le respalda. Lex es quien va a intentar entender, interrogándole, como hiciera Markovic con Faulques en El Pintor de Batallas.

No obstante, existe aquí un breve espacio para los restos de aquello que se salva y perdura. La inocencia destruida por esas mismas implacables normas del juego que Sniper quiere probar. Hay una poética en ese recuerdo, con la forma de una firma en la pared que se desvanece en el tiempo. Mientras cada cual naufraga a su manera –ninguna de las acciones que se lleven a cabo en esta persecución quedará impune– ese recuerdo permanece intacto. A salvo.

El Francotirador Paciente es una obra que recomiendo encarecidamente. Es audaz, emocionante y posee un ritmo que va subiendo de intensidad progresivamente, hasta conseguir el clímax cortando y dejando en vilo al lector justo en el momento oportuno. Existe un inteligente dominio escénico y la narración resulta tan tremendamente visual como acostumbra lograr la maestría de Arturo Pérez-Reverte, que si permiten el atrevimiento, yo definiría como el Spielberg de las letras hispánicas.

Ed. Alfaguara
Madrid, 2013 [2013]

Portada y sinopsis

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La Carta Esférica, de Arturo Pérez-Reverte

FIRMA INVITADA: Susana Rizo

Quien ahora emprende esta reseña tiene ante sí un ejemplar de La Carta Esférica dedicado por su autor. Sabe que Arturo Pérez-Reverte tal vez escogería esta aventura como el lugar donde perderse alguna vez. Y por ello, antes de empezar, siente respeto. Se trata de su novena novela y es la favorita de esta lectora que ha hecho una segunda lectura tratando su libro con delicadeza, como si de un tesoro se tratara. Contempla con cierta nostalgia las inequívocas líneas de la vida que se han grabado en su lomo y cubierta, recordando las sensaciones que tuvo la primera vez, cuando no podía dejar de leerla. Y capta nuevos matices.

Para alguien que ha pasado su vida frente un mar añejo por donde desfilaron los compositores de una parte de la Historia, imaginando qué hay más allá de la línea del horizonte donde la vista humana no da más de si, esta es la novela perfecta. Pero ojo, no hay que amar necesariamente el mar para que te enganche la lectura de esta obra, porque aquí hay mucha tela. Basta con pisar tierra firme y haberse dejado llevar alguna vez por algún sueño. Aquí está condensado todo el universo revertiano. Está él mismo, o su mirada.

La situación
Reverte nos tiene acostumbrados a una ambientación impecable. Visual. Desde el primer segundo mete al lector en situación con un barrido de cámara sobre el escenario hasta centrar la atención en el elemento central de la composición. Principio y final unidos, como las grandes sinfonías. Y una historia en medio: un marinero desterrado de su mar (más acertado sería decir “desmarinado”), obligado a permanecer en tierra por tocar fondo durante su guardia, conoce a una misteriosa mujer que se hace con un valioso atlas marítimo del S XVIII en una subasta. Cuesta imaginar un escenario mejor: el mar, un velero, un tesoro de un galeón antiguo, un hombre y una mujer. La historia de una búsqueda. Amor, tal vez; aunque difícil y peligroso.

“voy a contarte una historia de naufragios y barcos perdidos”

El lector que inicia La Carta Esférica se embarca en dos aventuras: la búsqueda del secreto que oculta un pecio del siglo XVIII, y la búsqueda que emprende el hombre sobre la mujer, aún sabiendo que en la derrota que inicia a bordo de su particular “Isla Negra” la carta de navegación le advierte de imprecisiones en los levantamientos. Ambas aventuras discurren en paralelo, cediéndose el pulso mutuo en equilibrio casi perfecto. Y digo "casi" porque esa tensión emocional que hay entre Tánger y Coy cautiva rotundamente al espectador, mientras el enigma del pecio constituye el telón de fondo. El poder de la presencia del barco fantasma es el que la mujer le otorga en su obsesión por encontrarlo.
Cada uno tiene su ambición en esta historia: Tánger Soto, la mujer, busca un tesoro, y tal vez recuperar algo de su infancia perdida, la que le devuelve momentáneamente la sonrisa espontánea y sincera. Manuel Coy, el hombre, busca poder contar una a una las pecas de Tánger, y descifrar así los misterios que hay detrás de la enigmática mujer. El catedrático Lucio Gamboa que hace su oportuna aparición “en el penúltimo acto de la escena”, y que al mismo tiempo asume el papel de narrador, conduce al clímax de la historia. Pedro el piloto, un viejo amigo leal y honrado, lo contempla todo desde fuera. Los malos, prototípicos y cortados por los patrones de “malos a la antigua” son Nino Palermo y Horacio Kiskoros. Matones sin cerebro y tipos inteligentes y ambiciosos. De la mano de todos ellos Reverte nos va metiendo en una historia que ya hemos visto antes.

Él
“Ojalá encuentre pronto un buen barco.”
“Quiza llegaste a esa isla demasiado tarde."

Sintonía. Esto es lo que sintió esta lectora con dicho personaje. Se agradece que su visión del mundo sea simple y honesta. Admira su capacidad de ser consecuente y de aceptar su destino. Se puso en su lugar. Ismael-Coy. “Llamadme Ismael”. “Cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso….entiendo que es hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda” (H. Melville Moby Dick. Capítulo Primero: Espejismos). Este marinero de Cartagena que de joven sacaba ánforas del mediterráneo y que sólo lee novelas en las que sale el mar, es rudo, algo torpe de maneras, sincero y tímido, y tiene la lucidez de su creador, aunque no tan explícita en actos o palabras como en pensamientos. La lucidez que me atrevería a afirmar que parte de la mirada particular del autor hacia el mundo en general y hacia el mar en particular. Esa añoranza que a veces es desgarradora. Y esa certeza que “la tierra firme pudre a la seres humanos” y “el único lugar habitable se encuentra a diez millas de la costa más próxima”.

Ella
“Todas las mujeres inteligentes que conozco, han querido ser Justine alguna vez”
“Te mentiré y te traicionaré”

He tratado de acercarme a esta mujer y no he podido. He querido desvelar sus secretos y me ha pasado lo mismo que a Coy. El barco fantasma y su tesoro en cuestión pierden protagonismo cuando ella sale a escena. Y ella casi siempre está en escena. Nos hallamos ante la mujer revertiana por antonomasia, a saber, la misteriosa, interesante y ciertamente ambiciosa rubia pecosa de cabellos asimétricos y perfil duro, Tánger Soto. Como ya le ocurrió a Teresa Mendoza, luchará con armas de hombres en un mundo de hombres y llegará hasta las últimas consecuencias por conseguir su sueño. No en vano lleva en sus genes un padre militar.
Una mujer complicada, o tal vez una mujer sencilla que vive situaciones complicadas. Hermética. Con sombras. Con un mundo interior que sólo a ratos se consigue entrever. Me atrevería a afirmar que ni siquiera su creador ha desvelado sus secretos. Tal vez no fuera ése el objetivo. Es mejor que algunas cosas sean tan simples o tan secretas como aparentan ser. La parte vulnerable de ella: un viejo trofeo infantil, una foto, una colección de los libros de Tintín y un perro labrador. Pero no juega limpio.
En ese ejercicio de intentar penetrar en el universo de la mujer, de esta mujer en particular, bien merece la pena detenerse a analizar con atención lo que hay detrás de los silencios y los detalles. La intensidad aumenta a medida que avanza la lectura y cautiva gracias la sabiduría de la prosa suelta y limpia de Reverte. Ella posee la clave de tantas respuestas anheladas. La mujer. Pachamama. La diosa madre-tierra. La Venus de Willendorf. Tánger es todas las mujeres en una, pero no negaré que a esta lectora tal afirmación aplicada a Tánger en concreto le produce cierto escepticismo. No pone en duda las capacidades que don Arturo le atribuye, y su dominio de la situación. Pero Tánger posee su propia mirada.

4 º y 51 minutos de Longitud Este. 37 º y 32 minutos de Latitud Norte
Tiene que haber una excusa. El entorno perfecto para la aventura. Y la excusa no podría ser mejor: Siglo XVIII. En tiempos del reinado de Carlos III el bergantín Dei Gloria procedente de la Habana, propiedad de la Compañía de Jesús, es abordado por el corsario Chergui y se hunde frente las costas de Cartagena. Es portador de un secreto, una intriga de estado. Y un tesoro. Con ello Reverte nos regala para mayor atractivo un episodio de nuestra Historia y plantea la intriga con su característico ingenio. Siempre hay un ingrediente en las novelas de don Arturo que invita al lector a preguntarse cuánto hay de cierto en esta historia. Lo mismo que en Alatriste, cuando te preguntas si existió de verdad el héroe.

Las referencias
“Los tesoros no existen”

Las referencias a la literatura clásica ─Homero─ y del mar son frecuentes en La Carta Esférica. Reverte sonríe cómplice a los clásicos que desfilan página tras página otorgando una sensación de familiaridad, haciéndote sentir como en casa.
Esta novela tiene el sabor de las aventuras de toda la vida. Stevenson, el Halcón Maltes, el Conde de Montecristo…Y Hergé. Algún pasaje que no desvelaré recuerda a un episodio concreto de "En busca del Unicornio". También hallamos guiños al cine negro y referencias musicales, porque esta novela tiene banda sonora. Es el jazz, el insolente jazz.

No me cabe duda de que esta novela va a encantar al lector, y permítanme un consejo: esto no es Mellville, ni es Homero. Es 100 % Reverte. Así que déjense llevar, vayan desgajándola poco a poco y desvelando sus secretos. La Carta Esférica es una novela fascinante. Con personalidad y vida propias y sabor a las novelas de antes. Un justo homenaje al mar, a un mar antiguo colmado de Historia donde aún hay tesoros por descubrir. Abrir las páginas de esta novela es abrir las puertas de misterios tan antiguos como los que esconden en los corazones de los hombres y las mujeres o bajo el fondo del mar. Y tal vez se cumpla la LCDSR: Ley de Cuando la Descubras Seguro que Repites.

“…Soñando con tiempos en los que aún era posible buscar de ese modo un barco donde enrolarse, y existían islas lejanas que daban asilo a un hombre: justas repúblicas que nada sabían de suspensiones por dos años, y a las que nunca llegaban citaciones de tribunales navales ni órdenes de captura.”


Ed. Alfaguara
Madrid, 2000 [2000]

Portada y sinopsis



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El Tango de la Guardia Vieja, de Arturo Pérez-Reverte

FIRMA INVITADA: Susana Rizo

Reflexiones en torno a El Tango
La última novela de Arturo Pérez-Reverte nace en un barco con un tango y muere cuarenta años más tarde en tierra firme, en el otro lado del mundo, con una partida de ajedrez.
El Tango de la Guardia Vieja cuenta la peculiar historia de amor que viven un hombre y una mujer que casualmente ‘coinciden sobre la Tierra’ ─como reza la cita de Joseph Conrad que encabeza la novela─ a lo largo de tres momentos del siglo XX (años 20, 30 y 60) en cuatro escenarios distintos: un barco (el Cap Polonio), Buenos Aires, Niza y Sorrento.
Calificar de "peculiar" su relación no se debe tanto a que él sea un pirata y un ladrón de guante blanco y ella, una dama de alta cuna, sino a que él es un digno caballero ─aunque se apropie de cuanto no es suyo, sean palabras u objetos─ y a que ella posee una impecable presencia que no es óbice para que explore sus límites físicos y abra puertas a lo que el narrador ha convenido en llamar “lugares impropios”.
Ella tiene una apariencia real bajo la cual esconde secretos. Y él, una apariencia robada bajo la cual también esconde sus secretos. Se conocen bailando en los elegantes salones del Cap Polonio, en el transcurso del viaje que ella, Mercedes Inzunza (Mecha), y su marido, el famoso compositor Armando de Troeye, hacen con la finalidad de encontrar en Buenos Aires inspiración para componer un tango. No uno cualquiera: El Tango que da nombre a la novela. A partir de ese momento nuestro protagonista masculino, el bailarín mundano Max Costa, se convierte en el anzuelo, en el “catalizador” del matrimonio De Troeye para adentrarse en los orígenes del tango, en los lugares peligrosos y marginales donde nació esta música.
Mecha y Max se reencuentran casualmente 10 años después en Niza, donde él se ve involuntariamente envuelto en un asunto relacionado con el espionaje, siendo la guerra civil española y el ambiente prebélico en Europa el telón de fondo que condiciona el segundo movimiento de este tango.
Treinta años después, y de nuevo de forma casual, ambos vuelven a verse, esta vez  en Sorrento, donde se celebra un campeonato de ajedrez, tercer movimiento, y final, de este tango. 
Los encuentros casuales van madurando esta historia entre Max y Mecha, y los acontecimientos se aceleran de una forma extraordinaria y frenética, mezclando de una forma audaz y técnicamente perfecta los tres tiempos en que se mueve la obra, que dejan literalmente enganchado al lector a la novela. Cada vez más rápido. Perfectamente sincronizado, hasta solaparse del todo, siendo el tango el punto de encuentro y desencuentro.

Nuevo estilo
Arturo Pérez-Reverte se consolidó como un gran escritor hace mucho. Desde aquel impactante e inolvidable Territorio Comanche que nos convirtió a muchos en seguidores de su obra. Revertianos. Y tiene en su haber unas cuantas obras que considero maestras. Tan sólo por nombrar cuatro, la citada Territorio Comanche, la saga de Alatriste, El Maestro de Esgrima o La Carta Esférica (por la cual guardo una gran estima personal). En su vigésimo novena novela, el escritor cartagenero se nos descubre más maduro, con ganas de explorar un nuevo terreno en el que la mujer va a tener mucho que ver. Una mujer inteligente y serena que, al igual que sucedía con Tánger Soto en La Carta Esférica, posee algunos secretos, lugares donde nadie ha entrado. Según Reverte, el hombre que gana su mirada puede dar por satisfecha su propia vida, pues ya habrá valido la pena.
Con El Tango de la Guardia Vieja, Arturo Pérez-Reverte deja atrás conflictos bélicos, que aquí son sólo telón de fondo. Los enigmas y los asuntos de espionaje son la excusa para hacer que coincidan estos dos seres cuyo tango se interrumpe dos veces por circunstancias adversas, y otra por capricho.
Pero el autor no sólo penetra en una relación pasional entre un hombre y una mujer, terreno al que no nos tenía acostumbrados, sino que también nos enseña y presenta de forma impecable un mundo perdido que agoniza en el mismo libro conforme éste avanza. Maneras, elegancia y códigos que se tenían, fueras soldado, marqués o ladrón. Se trata de una ambiciosa construcción para recrear y recuperar ese mundo a través de infinidad de detalles. Una auténtica obra de orfebrería barroca con un trabajo ingente detrás, preciosista e impecable. Todos esos detalles van creando imágenes, de manera que es posible visualizarlo. Y escucharlo, pues es un mundo que tiene su propia banda sonora. Retrocede también en el lenguaje. No hay una sola palabra fuera de sitio, de su contexto. El cinematógrafo, por citar un ejemplo, se llama cinematógrafo.

No sólo una historia de amor
En El Tango de la Guardia Vieja la narración atrapa, la técnica perfecta de Pérez-Reverte para crear ambientación, los diálogos, las tramas hacen que la lectura se vuelva frenética a ratos, especialmente hacia la mitad de la novela, con el asunto en Niza con esos peligrosos espías rondando a Max (el personaje de Mostaza pone la carne de gallina) y hacia el final, con la no menos apasionante partida de ajedrez en Sorrento.
Pero tengo un problema. Y no sé cómo explicarlo. Yo volvería a leer El Tango de la Guardia Vieja porque sin duda es una de las novelas que más me han gustado de Arturo Pérez-Reverte. El engranaje en su conjunto me parece perfecto, pero el tema central de la obra, que es la historia de amor entre Max y Mecha, desde mi punto de vista subjetivo se ha quedado a medio camino y no he conseguido creérmelo, salvo al final. Demasiados quiebros. Demasiadas paradas. Su tango es amargo. Esta es más bien una historia de desamor que, de tan imposible, no sucede. O si sucede, he tenido la poca fortuna de no haberlo sabido ver. Su historia de amor, en cualquier caso, no concuerda con la que yo me había imaginado. No se buscan, se encuentran por casualidad dos veces más en su vida tras su primer encuentro, aquel en que ella le concede el honor de cederle su espacio y de mirarle. Ambos funcionan bien por separado, lo cual me lleva a pensar que esta historia fragmentada en tres encuentros casuales es la única que podían haber tenido. Si hubieran seguido juntos hubieran perdido lo que tuvieron. En el fondo, no son tan diferentes. Se mueven en terrenos peligrosos cuando lo desean aunque sus motivos sean diferentes. La frialdad de Mecha y su actitud aparentemente displicente, lejos de atraerme me han provocado cierta distancia. Me faltan aristas en este personaje, niveles de profundidad para poder llegar a la verdad, entrar en la mirada de Mecha. Me parece menos terrenal que Teresa Mendoza (La Reina del Sur), o Lolita Palma (El Asedio). En cierto modo me recuerda a Tánger Soto (La Carta Esférica) por el hermetismo. Aunque en Tánger su lado oscuro es peligroso porque en su ambición puede arrasar con todo, y en Mecha va por otros derroteros. Le gusta experimentar con su cuerpo. Con Max no me ha costado tanto acercarme. Además, casi siempre tengo su punto de vista y eso me ha ayudado a ver mejor a través de sus ojos. Es un tipo que ha sabido desenvolverse con soltura por el mundo usando sus armas. Un amante de la aventura que al final de su recorrido asume con honestidad las cartas menos afortunadas que le reparten.
Gracias a Max he podido ver a Mecha de otra manera, pues él es el único que creo que es capaz de poner su mundo del revés. Personalmente me han despistado esas apariencias tan trabajadas en las que se basan justamente sus papeles en los mundos en los que viven. Asumo que son muy importantes. Pero aunque la novela me ha atrapado como pocas, yo buscaba un estremecimiento con la pareja de baile que no ha terminado de llegar, con la excepción de su tercer reencuentro, cuando envejecen: es ahí cuando afortunadamente esa distancia se fue acortando. Lo que no terminaba de funcionar lo salvan esos gestos finales, como cuando él se lleva el pañuelo de ella, o el hecho de que la última aventura de Max se la dedique a ella, y no a él mismo. En mi opinión ahí está el retrato más brillante y franco de ambos. Al cabo, ella, a pesar de su casi etérea presencia, se derrumba ante la presencia de ese hombre. Su pareja de baile. Es más, diría que en un momento ella parece necesitarle más que él a ella. Bailaron un tango, qué duda cabe, tal vez desacompasado por los tiempos y las circunstancias. Es cuando empiezan a rebajar la intensidad de su baile cuando se dan cuenta de que lo fue, o mejor dicho, de que pudo haber sido.
Lanzo una pregunta ¿Por qué ellas siempre acaban pidiendo misiones suicidas a sus hombres?

El inclemente e inmisericorde. Perder la luz. Perder la sombra.
El paso del tiempo. Este es, a mi parecer, otro de los grandes temas de El Tango de la Guardia Vieja. Una vez escuché al maestro Reverte pronunciar estas palabras “Creo que es algo grande que a los 61 años aún tenga ganas de seguir, de hacer un nuevo asalto y recorrer nuevos caminos literarios”…“Sólo se es joven antes de entrar en combate; después, ya has envejecido”. Y sin embargo a veces existe la posibilidad de emprender un nuevo asalto, iniciar por azares de la vida y el destino una nueva aventura que le devuelva a uno la sombra.. “Camina ligero, desenvuelto. Con el mismo paso elástico y seguro de años atrás, cuando el mundo era todavía una ventura peligrosa y fascinante: un desafío continúo a su temple, astucia e inteligencia”. Me aventuraré a decir que es el propio Reverte el que ha experimentado esta sensación al escribir El Tango de la Guardia Vieja.
La novela evoluciona en el tiempo, y uno de sus principales atractivos es ver cómo cambian los dos personajes, Max y Mecha, a lo largo de todos esos años. De una juventud temeraria, a una madurez calmada, no exenta de ciertos reproches y añoranzas de lo que ambos fueron: “Todavía se encuentra ocupado rebelándose en sus adentros contra la desmesurada injusticia de orden físico. De ningún modo, concluye con furia impotente. Alguien debería responder de semejante desconsideración. De tan intolerable atropello.”
El tango que bailan Max y Mecha no es sólo un baile, es una manera de moverse por el mundo, asumiendo eso tan revertiano que son “las reglas del juego”. Aquí no hay término medio. O bailas, o contemplas. Asumir dichas reglas es también comprender que ese tango tiene un final, y que no siempre se será joven. Max y Mecha maduran y envejecen a lo largo de los años en que dura su baile. Cuanto perdieron y ganaron está ahí, en esa mirada final. Aceptarlo con naturalidad y serenidad es haber ganado la partida. No en vano el nombre del Tango que compuso Armando de Troeye es De la Guardia Vieja.
Esas manchas en el dorso de las manos a las que el autor se refiere en varias ocasiones cuando describe a la pareja adulta. Las arrugas. Y los achaques, que lo cambian casi todo, pero otorgan para compensar una cierta placidez, especialmente cuando se han hecho los viajes que se quería hacer. Siempre quedarán trenes que se perdieron. Pero una vida quizá no es, al cabo, lo que pudo haber sido, sino lo que fue. Y el deseo de aquello no vivido quizá es lo que enriquece lo que sí se ha vivido.

Ed. Alfaguara
Madrid, 2012 [2012]

Portada y sinopsis

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El Húsar, de Arturo Pérez-Reverte

El Húsar fue la primera novela publicada de Pérez-Reverte, y la historia de cómo hizo de su autor alguien al que los lectores esperaron en su nueva producción es, si no por inusitada, sí meritoria. Porque esta novela, publicada entonces por Grijalbo (en una época en la que, si bien no tanto como ahora, ya se empezaba a editar demasiado en este país y las novedades eran aplastadas por otras), publicada entonces, decía, pasó desapercibida como lo son casi todas las primeras novelas. Y sin embargo, empezó a moverse. Muy pronto los libreros supimos que convenía tener un ejemplar de El Húsar en los estantes de la librería. Sus ventas no eran espectaculares, pero sí muy regulares. Y lo bueno del caso es que crecían, porque los lectores se pasaban entre sí la información de que había una novela que convenía leer.
Y sigue siendo una novela que, por lo visto después de su autor, anticipa muchos temas y obsesiones, prefigura el escritor de raza que es Pérez-Reverte y además, sigue tremendamente vigente en su temàtica.
Y ésta es la gloria. Pero no se precipiten. Es gloria en toda su dimensión de la guerra, y eso quiere decir la gloria figurada y la gloria real.
La historia de un húsar francés en las vísperas de la batalla de Bailén. Novato, primerizo, la primera imagen que tenemos de él es la de verle afilando su sable, objeto de todo lo que anhela y hasta cierto punto espejo que refleja esos anhelos y deforma la realidad. Porque su ambición es participar en una carga; y triunfar, claro. Hacerse un nombre, figurar en cabeza de su escuadrón, alcanzar el reconocimiento y sobre todo la autoestima personal.
En un viaje descendente hacia el que será su infierno personal, la realidad va poniendo en su sitio las cosas. Primero con el contacto con el paisaje y las gentes, con el odio que despierta una guerra y con la conciencia de ser el enemigo en una tierra extranjera. Después con una escaramuza que ya ahace vislumbrar lo sucio que es el acero bruñido cuando se tiñe de sangre. Una víspera de batalla en la que las ansias de combate se mezclan con los temores. Y finalmente con el choque de la brutalidad de todo aquello a lo que aspiraba: un engaño colosal, en el que las cargas gloriosas no son sino cabalgadas polvorientas hacia lo incierto. Los combates donde lo irracional se impone a todo lo demás; en donde todo lo pensado y abstracto deja paso al mero instinto de supervivencia.
A vislumbrar en definitiva, lo que en realidad es la gloria: un espacio muerto y vacío, la nada más absoluta.
Pérez-Reverte logró en esta novela llevar esta gradación de sentimientos de forma magistral, integrándola en una estructura temporal tan progresiva y medida como la intrusión de la realidad en los sueños que la acompaña. El Húsar sigue siendo una novela que muestra la guerra en toda su crudeza, pero además, la muestra en contraposición a toda la imaginería que la épica nos ha dado de ella. Es una desmitificación, pero una perfectamente realizada.

Santillana / Alfaguara, col. Biblioteca Pérez-Reverte
Madrid, 2010 [1983]

Portada y sinopsis

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El Club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte

Ed. Alfaguara
Madrid, 1993 [1993]

El Club Dumas (subtitulada o la Sombra de Richelieu) marcó todo un acontecimiento en las letras españolas cuando apareció. Releída hoy (y les confieso que es la ¿sexta? ¿séptima? vez que lo hago), sigo considerándola una novela prodigiosa, que constituye la piedra angular de toda la ficción posterior de su autor. Las novelas anteriores conformaban los cimientos, más que prometedores, de su escritura. Sus novelas de Alatriste son la excursión voluntaria de Pérez-Reverte al siglo más prodigioso y desgraciado a la vez de la historia de España, pero con El Club Dumas, Pérez-Reverte se hizo grande.
No es cuestión de ventas, que otros escritores no le han perdonado. Allá ellos. No es tampoco que gracias a esta novela (más El Maestro de Esgrima y La Tabla de Flandes) le cayera encima la poco deseada etiqueta de maestro de la intriga. Quienes leímos El Húsar ya intuíamos que había mucho más fondo en su ficción que la mera trama.
El Club Dumas es una novela perfecta. Lucas Corso es un mercenario de la especie cazadora de libros de bibliófilo. La historia se inicia cuando recibe el encargo de autenticar un supuesto capítulo de Los Tres Mosqueteros redactado de puño y letra de Alejandro Dumas y su colaborador Auguste Maquet, y que procede de la colección de un editor millonario que, días después de venderlo se ¿suicidó? Casi simultáneamente, Varo Borja, rapaz bibliófilo, lo contrata para revisar y comparar los tres ejemplares existentes en el mundo de "Las Nueve Puertas", un texto demonológico del siglo XVII del que, según declaración postrera del impresor (postrera antes de pasar por la hoguera de la Inquisición), sólo queda un ejemplar superviviente. Dos de los existentes, por tanto, son falsos. ¿O no?
De inmediato, Corso empezará a sufrir la persecución de un hombre moreno y con una cicatriz en la cara, al que bautizará, como no puede ser de otra manera, como Rochefort. Y se verá inmerso en una conspiración que parece salida de las mismas manos del cardenal Richelieu. Una conspiración que puede alcanzar tintes diabólicos.
No se paren aquí y lean la novela. Este esbozo no es sino un pálido reflejo de la hábil y bien trazada trama que encontrarán.
Pero las virtudes que la adornan no se detienen en un argumento imparable, lleno de sorpresas y, sin embargo, lógico. Es una novela excelentemente escrita, con un dominio del lenguaje infrecuente. Es un homenaje y a la vez un paseo por la novela popular del siglo XIX. Es una obra tremendamente literaria, pero que no es elitista ni segrega al lector. Es una novela que reflaxiona sobre los temas de la lectura y la escritura, pero sin imponerlos al texto principal. Es, por tanto, una novela honesta, fruto de un escritor íntegro y sobre todo respetuoso para con el lector.
Pero también es un juego. Un juego que, en cierto momento, la trama y el autor proponen al lector. Y eso sí que es raro. Y más raro todavía, que el autor juegue no con el lector, sino junto al lector.
Acepten el juego y lean El Club Dumas. hay pocas obras en la literatura tan apasionantes y apasionadas. Tan cómplices y a la vez tan prominentes. Sobre todo, hay poquísimas novelas hoy en día que tratan con tanto respeto e inteligencia al lector.

Portada y sinopsis