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Snuff, de Terry Pratchett

In Memoriam: TERRY PRATCHETT (1948-2015)

Ha sido una época muy dura. No en lo estrictamente personal, pero a un nivel íntimo, sí ha estado muy difícil de superar.
Terry Pratchett ha muerto. Su defunción coincidió con otra (que ya les detallaré) a los pocos días que acumularon una especie de furia, lo cual me parece una buena actitud respecto a la desaparición de nuestro mundo de aquellos a los que aprecias; y una mala respecto a la muerte propia, y eso fue una lección magistral más de entre las muchas que nos legó Pratchett.
Empecemos por decir que yo conocí a Terry Pratchett. En su primera visita a Barcelona, le llevé a ver los lugares que quería conocer. Sí, le he invitado a unas rondas (no alcohólicas; era abstemio. Como Sam Vimes, reflexionarán algunos. En efecto, como Sam Vimes) y él me invitó a unas rondas. No es momento de anécdotas, pero sí puedo decir que hablamos sobre el humor en la literatura y sobre mil cosas más. Lo que aprendí en estas charlas no tiene precio, y adquieren más valor teniendo en cuenta que fueron muy breves. De haber tenido más tiempo para hablar, ustedes habrían tenido a un bloguero mucho más sabio.
Llegamos al meollo del asunto. Fui uno de los primeros en decir que Pratchett era el mejor autor de literatura humorística del mundo, punto. No el mejor humorista de la fantasía, o del género, o inglés, sino el mejor en el humor escrito en todas las consideraciones. Con el paso de los años, esa opinión, para nada exageración, ha venido siendo corroborada por críticos de todo tipo. No se recibe fácilmente un espaldarazo de literatura por parte del Times. O de Antonia S. Byatt. No cuando uno es "sólo" un escritor de "fantasías" o de "humoradas".
Pratchett ha sido un campeón sin querer serlo (que son los mejores héroes, por si no lo intuían) en que la ciencia ficción y la fantasía trascendieran las barreras que las limitaban a unos guetos de incultos o lectores de novelitas de evasión, según aquellos que sostenían unos prejuicios que parecían inamovibles, por mucho que Eco les advirtiera que el templo de la alta cultura elitista se les desplomaría sobre sus cabezas.
Un doctor en ciencias puede leer a Pratchett. Un doctor en humanidades (o letras, como se les llamaba en la antigüedad hace veinte años), puede leer a Pratchett. Cualquiera encontrará una sorpresa constante por la carga de erudición que sus obras conllevan.
Por la enorme dosis de sentido común que hacen que sus lectores entiendan el mundo de una manera nueva. Y, permítanme decirlo, mejor.
Lo de hablar de Snuff es sólo un pretexto, pero es un pretexto magnífico. Porque, de nuevo, Terry Pratchett se pone del lado de los despreciados, de los parias del mundo. Del Mundodisco, claro; o sea de nuestro mundo. El hecho de que una de sus últimas novelas fuera aquella en que ese Sam Vimes, comandante de la Guardia de Ankh-Morpork, que tan rápidamente fue asimilado a un personaje tan dudoso como Harry el Sucio (algo que de seguro molestó a Pratchett); que en Snuff ese personaje se convirtiera en el defensor de la especie más despreciada, más vilipendiada y más alienada de todo el Mundodisco, no es casual. Sam Vimes considera que los trasgos merecen ser vilipendiados, despreciados y alienados. Pero que tienen derecho a la justicia, es decir, tienen los mismos derechos que el resto de las mundodiscales, y permítanme el neologismo por analogía con la humanidad (si es que esa fuera la única especie inteligente en la Tierra, ja, ja.). Pratchett no ahorra en detalles que hacen de los trasgos algo ¿asqueroso? Pues claro. Todos somos asquerosos para los otros, por si no se habían enterado.
Lo grande de Terry Pratchett no es que en sus obras practicara la tolerancia. Lo enorme es que, al final y todo contado y debatido, es que predicaba la simpatía hacia el otro. Y eso es algo a lo que muchos oenegistas no han llegado, ni aspiran a llegar.
Todo esto no lo aprendí en unas conversaciones, aunque me allanaron mucho el camino. Esas conversaciones me ayudaron a entender su obra. Pero lo que sí aprendí fue a apreciar y querer a una persona que, no por sabida su enfermedad y su más que segura muerte, no voy a dejar de echar de menos. Porque no habrán más obras de Pratchett. Y porque no podré invitarle a ninguna otra ronda.

Snuff
Random House Mondadori
Barcelona, 2013 [2011]

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L'Héritage Schirmer, de Eric Ambler

La Herencia Schirmer no es uno de los grandes títulos de Eric Ambler, pero lo escaso y disperso de lo editado en nuestro país de uno de los grandes autores, a la vez, del género negro, el thriller y la novela de espionaje hace que echarle mano a cualquier novela de Ambler merezca la pena.
De forma sorpresiva, Ambler nos lleva a las guerras napoleónicas en el prólogo a esta historia. Un sargento de los dragones de Ansbach, Franz Schirmer, planifica con cuidado su deserción tras la batalla de Eylau. Así lo hace y, pasados los años y en respuesta a las variadas alianzas y cambios de titularidad de los pequeños estados alemanes, ya establecido como comerciante y temeroso de ser acusado de deserción por Prusia, Schirmer cambia su apellido por el de Schneider. Su hijo Hans recibirá ese apellido al ser bautizado; pero su hijo Karl seguirá llevando el de Schirmer.
Todo ello resurge a finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay en los Estados Unidos la cuantiosa herencia de Amelia Schneider-Johnson, muerta en 1938, que sigue sin ser cobrada y sin reclamar. Mejor dicho, hay un reclamante, el estado de Pennsylvania. Por diversos motivos, el bufete de abogados que administraba los bienes de la difunta decide realizar un último intento para localizar un heredero legítimo e incontestable para esta fortuna, y esta tarea recae en George Carey.
Ambler nos lleva entonces a una investigación que recorre Europa en busca de una quimera: un heredero que puede que no exista, o uno que, sin saberlo Carey, sí exista pero lleve el apellido Schirmer.
Ambler, en la época en la que escribió esta novela, ya había establecido los postulados del thriller  moderno, a saber, el alejamiento de la artificiosidad y los ambientes elitistas para trasladarse a lugares más reales y, en ocasiones, más sórdidos, de manera que La Herencia Schirmer no representa ninguna revolución, sino un ejercicio bien planteado y ejecutado del desvelamiento de un enigma mientras las miserias de la historia reciente europea pasan por sus páginas.
Podríamos leerla como un policíaco más, pero Ambler, incluso en sus obras menores, no se conformaba con la mera escritura de explotación. Aun en estas novelas no podía dejar de trazar unos personajes creíbles y con psicología y carácter propios, y siempre representa un placer leer una novela en la que estas características se desarrollan, con respeto para el lector y por dignidad del autor. Es posible que La Herencia Schirmer no sea una de las obras maestras de Ambler, pero es seguro que sigue siendo mejor que muchas de las novelas que se publicaban (y se publican) en el género negro-criminal, y una obra que consigue atrapar ya desde su inicio en la Prusia napoleónica hasta llegar a la frontera greco-albanesa en 1948.

(The Schirmer Inheritance)
Les Editions Mondiales / Del Duca
París, 1975 [1953]


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La Barba del Viejo, de H. Russell Wakefield

Si miran las etiquetas con los autores que se han comentado en este blog, verán que Herbert Russell Wakefield no es un desconocido. No es intencionado. Sucede que , indefectiblemente, cada vez que me topo con una de sus historias de fantasmas, descubro algún punto original, una claridad narrativa o un tema inusitado.
De manera que los elogios que pueda dar a este autor, el último de los grandes de la literatura inglesa de fantasmas, ya serían redundantes.
En La Barba del Viejo tenemos el caso de una joven que empieza a tener pesadillas recurrentes en las que se ve involucrada con el cadáver de un viejo de barba larga y gris. Si creen que esto es inocente, deberían leer la descripción que del sueño nos da Wakefield: es realmente entre inquietante y repulsiva, y pocas veces se ha hecho tanto con tan poco en la literatura de terror.
Estos sueños derivan en alucinaciones, y por supuesto el tema se agrava hasta temer por la salud mental de la joven. La explicación viene al final del relato, y es entonces cuando el cuento de fantasmas adquiere todo su pathos de terror, pero de una forma originalísima, puesto que, si se trata de una maldición, ha escogido muy bien a quien atacar, es decir, al punto más débil.
En un relato con tanta implicación de lo onírico, la psicología freudiana no podía sino mostrarse, y Wakefield emplea, si no los postulados del viejo Sigmund, sí la incertidumbre que en el año 1929, cuando fue escrito el relato, provocaban los significados de los sueños que apenas se habían popularizado como simbólicos y puerta de acceso a otro mundo. En esta base racional, el autor se asienta firmemente para darnos una sensación de seguridad sobre el mundo real pero, a la vez, para prepararnos para la entrada a otro mundo terrorífico que no logramos aprehender.
Herbert Russell Wakefield lleva el relato con pulso firme, con ritmo excelso y con conclusiones que ciertamente lo convierten en una de esas historias que perduran en el tiempo.

(Old Man's Beard)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1929]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert


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Un Visitante de las Antípodas, de L. P. Hartley

Leslie Poles Hartley, conocido principalmente por el gran público por El Mensajero, novela sobre la cual Joseph Losey realizó una famosa película, cultivó el género del relato de fantasmas con aprovechamiento y originalidad, recibiendo elogios (tal vez un poco tardíos) como uno de los más originales autores.
En apariencia, el relato de fantasmas que les presento hoy (y que aquellos que lean inglés pueden consultar en el enlace que figura al pie de la reseña) es muy convencional. Un hombre llega a Inglaterra después de hacer fortuna en las antípodas. En paralelo, otro hombre sube a un autobús, un hombre ciertamente macabro, siniestro, rígido, y no sólo mentalmente.
Poco a poco, de forma sutil, ambas historias se van entrecruzando. El rico es demasiado expansivo y demasiado feliz de estar en Inglaterra como para que sea trigo limpio, el extranjero demasiado mecánico como para no tener una obsesión. No es necesario decir qué sucederá en el encuentro a aquellos que estén habituados al género de fantasmas.
Sin embargo, hay detalles distintivos que hacen de este cuento algo único y que lo distinguen de las otras ficciones de la época. Su imaginería por ejemplo, esos detalles que son imágenes inusitadas que se quedan en la mente del lector y que preparan cuidadosamente la atmósfera del relato. Pocos pueden olvidar esa rigidez del "visitante", y pocos su manera de proceder, fría, ominosa.
Por otro, la conversación entre el camarero y el potentado, sobre la ley y la regla, y sobre la justicia que al final puede alcanzar a todos, una anticipación del final pero que sitúa al lector en contexto.
Y unas vivas imágenes de unos juegos infantiles que alcanzan dimensión psicológica, anunciando la condenación cruel del protagonista.
Todo ello procede por acumulación, dando una dimensión barrocamente psicológica a la vez que enormemente moderna en su devenir violento y extremo.
Poco se ha editado de Hartley en España. Una lástima, puesto que el resto de sus relatos responden maravillosamente a las expectativas de modernidad y de profundidad dentro del género, y constituyen unos de los mejores ejemplos de construcción narrativa.

(A Visitor from Down Under)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1926]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de A Visitor from Down Under



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La Máscara de Dimitrios, de Eric Ambler

Cuando un autor recibe elogios de su contemporáneo Graham Greene, que fue candidato al Nobel de literatura, y pasados muchos años John Le Carré, el mejor de entre los mejores de la literatura de espionaje, declara que "Ambler es la fuente de la que todos bebemos", quiere decir que el lector no va a encontrarse con un autor más, con un mero artesano.
Ambler explica en sus memorias que los thrillers de su primera época como escritor, los años veinte y treinta, le aburrían. Le parecían mecánicos, repetitivos, acartonados, con personajes estereotipados, sin personalidad y de un tiempo pasado. Lo que hizo en su obra fue introducir los ambientes sórdidos, la cotidianeidad, el mundo contemporáneo en lugar de refugiarse en la época victoriana o eduardiana, la falibilidad en las acciones y, sobre todo, dotó a sus personajes, tanto los protagonistas como los villanos (y en ocasiones, ambos coincidían), de personalidad y matices (de humanidad, si se quiere), haciéndolos dudar, temer, errar, amar u odiar; no hallarán en la obra de Ambler un personaje lineal o simple, y estas convoluciones de los caracteres convirtieron sus novelas en tan realistas como para resultar cercanas al lector.
Existe un consenso general en que La Máscara de Dimitrios es la mejor de sus novelas, y ciertamente es una fama justificada; incluso se pueden trazar sus influencias en obras como El Tercer Hombre. Desde luego, metió de un puntapié al thriller en la modernidad.
Latimer, escritor de novelas policíacas (de esas con mayordomo y té a las cinco, y hay una buena dosis de ironía sobre el género de la época en ello), es llamado en Istanbul por el coronel Haki, del servicio secreto turco, justamente porque es un aficionado lector de sus novelas. Por casualidad, estando en el despacho del coronel, se recibe la noticia del hallazgo del cadáver de Dimitrios Makropoulos, un criminal, en palabras de Haki, de «historia incompleta, sin valor artístico, sin investigaciones, sin sospechosos ni móviles ocultos, pura sordidez». Y Latimer se siente tentado de investigar la historia de ese criminal, tal vez el primero auténtico que encuentra en su vida, aunque sea en forma de cadáver.
Jugando con la complicidad y la inteligencia del lector (y es notable el respeto de Ambler por sus lectores), sabemos muy bien que la investigación que Latimer empieza, tratando de seguir y completar la historia, tiene el truco de que el cadáver rescatado en el Bósforo no es en realidad el de Dimitrios, y que éste aparecerá tarde o temprano, pero eso es precisamente una de las virtudes de la novela: Dimitrios se constituye en presencia ominosa, constante en su ausencia pero amenazante en su posible aparición. Latimer investiga los crímenes brutales de Dimitrios en Esmirna, sus intrigas y espionaje en los Balcanes, su actividad de gran criminal en Italia y Francia. Poco a poco, se va delimitando lo que era un mero espectro, una sombra, hasta ir formando la imagen de un hombre despiadado, manipulador e inteligente, un criminal sin escrúpulos, cuya aparición, precisamente por haber estado ausente durante tantas páginas, no es sino un clímax de emociones y de peligro, un encuentro entre el ingenuo e inofensivo Latimer y el implacable y letal Dimitrios.
Hay que decirlo bien alto: escrita en 1939, esta no es una novela que no tuviera más mérito que el de marcar un hito en su época. Leída hoy sigue conservando toda su potencia, su estructura pulcra, su ritmo perfecto, su ambientación realista y sus personajes creíbles. Es la obra maestra de Ambler, pero sigue siendo una de las mejores novelas del género, una referencia de pasado, de presente y, setenta y cinco años después de escrita, se puede afirmar que también de futuro. 

(The Mask of Dimitrios)
Edhasa, col. Pocket
Barcelona, 2004 [1939]

Existe reedición en RBA

Portada y sinopsis


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La Víctima, de May Sinclair

May Sinclair, por desconocida que pueda resultar por estos lares, es una importante figura de las letras inglesas, la primera escritora que utilizó el término "flujo de conciencia", lo que también se denomina "monólogo interior" y lo practicó a fondo en sus obras. Eduardiana por la época, sin embargo fue una sufragista activa, voluntaria en el cuerpo de ambulancias en el frente de Flandes durante la Primera Guerra Mundial, y gran pionera de las teorías psicoanalíticas, por las que se apasionó y que influyeron en su obra. El cuento que hoy comentamos, y que sólo es uno de las historias de fantasmas que escribió y que se reunieron en Uncanny Stories, fue publicado en la revista The Criterion por T. S. Eliot.
Steven Ackroyd es un hombre violento. Demasiado violento, y proclive a dejarse llevar por sus impulsos. Cuando el primo de su prometida pretende besarla, se supone que fraternalmente, Steven le pega una paliza que lo deja medio muerto. Ha sido demasiado, y su prometida Dorsy ha empezado a temerle también, de manera que, después de pedir consejo al anciano señor Greathead, el patrón de Steven, rompe el compromiso y se marcha.
Steven cree que el detonante de esta ruptura ha sido Greathead, y su odio por él, que no era poco anteriormente, crece hasta llevar la venganza al asesinato. Un asesinato sanguinario, frío, metódico, brutal, del que May Sinclair no nos ahorra detalles (por lo menos para la época) y en cuya descripción sin duda tuvo que pesar alguna escena contemplada en los campos de batalla y hospitales de campaña de Europa.
Steven es impulsivo y violento, pero no tonto. Lo ha planeado todo al detalle, y sigue su vida normal, aunque cada vez más amargado. Y entonces... bueno, se trata de un relato de fantasmas, ¿no?
Sólo que en esta ocasión Sinclair no sigue el patrón habitual. No sigan leyendo si tienen el proyecto de leer este relato, porque no queda más remedio que explicar algún detalle.
Los relatos de fantasmas "benéficos" no son inusuales en la literatura (al fin y al cabo, los fantasmas de Navidad de Scrooge pretenden la redención de éste), pero si bien los espectros pueden tener una intención final buena, los medios que emplean siempre son terroríficos. En esta historia no. El fantasma de Greathead aparece, cierto, pero no es amenazante. A lo más terrible a lo que se enfrenta Steve es a su propia conciencia, avivada al límite de la locura por la visión del espectro (un tema psicoanalítico como pocos) y es en esta tesitura que Sinclair nos muestra que nuestra propia mente es más poderosa que cualquier otra amenaza. El final del relato lo dejaré sin desvelar.
Es seguro que desde el 1922 se han escrito relatos que tratan las apariciones fantasmagóricas de manera similar. El género tiene un campo muy estrecho, y las variantes principales ya se formularon hace mucho, pero pocos se habrán escrito con tanta intensidad psicológica, brillantez estilística y estructura narrativa tan exacta. En su época supuso una sorpresa, una elegante innovación en el género, y si bien la sorpresa es menor hoy día, la originalidad y el estilo se mantienen intactos.

(The Victim)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1922]
Edición de Michael Cox y R. A. Gilbert


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El Taipiano, de William Somerset Maugham

Somerset Maugham parece haber desaparecido de los estantes de las librerías, cuando otrora fue uno de los autores más populares. Una lástima; sus relatos siguen siendo un prodigio de construcción y una permanente enseñanza de técnica narrativa, como este que nos ocupa.
En su original inglés, taipan no quiere decir otra cosa que "hombre rico", "potentado", y es una expresión proveniente del chino que se incorporó al lenguaje británico. El traductor parece haber buscado aquí una solución de compromiso y haber adaptado al castellano el término, con ese "taipiano" que, desde luego, no figura en el diccionario.
En fin. La historia es la de, precisamente, uno de esos potentados coloniales que vive en China, y bien satisfecho de hacerlo. Inglaterra le aburre, mantiene el más mínimo de los contactos con su familia inglesa, y en China es un hombre respetado y hasta temido. De hecho, es más poderoso que el cónsul inglés. Con estas reflexiones autocomplacientes, camina y cada vez va llegando más lejos en sus conclusiones. Ataja por el cementerio y va viendo las tumbas de personas que él conoció. Desde luego, no sólo ha triunfado en la vida, sino que además los ha sobrevivido. En sus propias palabras, "ha podido con todos".
Y entonces ve a dos coolies que excavan una tumba. ¿Para quién puede ser? Él, que lo sabe todo de la colonia, no tiene noticia de que haya muerto nadie.
Por descontado, el que se incluya esta historia en un libro de relatos de fantasmas proporciona una pista adicional al lector sobre el desenlace del cuento, cosa que, hay que resaltar, no ocurría en su publicación original.
El caso es que aquí descubrimos un efecto sutil de técnica narrativa empleado por Maugham: Todo lo que se ha dicho anteriormente, todas las afirmaciones satisfechas del taipan, sufren una retractación una a una conforme le va invadiendo la inquietud primero, la inseguridad después y finalmente el miedo. En su último monólogo interior, no quiere, bajo ningún concepto, morir en China, y desea fervorosamente volver a Inglaterra.
Es un efecto bien curioso, y hay que fijarse en él para descubrirlo en su gradualidad, pero es un efecto potente, porque sirve para ir incrementando la sensación de inseguridad del protagonista. Y una lección de buena construcción literaria. Además, Maugham, enfrentado ante la escritura de una historia de fantasmas, no se limitó a lo más manido, sino que introdujo el lugar fantasma, en este caso una tumba que sólo un hombre, el taipan, ha podido ver.

(Taipan)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II 
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1922]
Ed. de Michael Cox y R. A. Gilbert


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La Chica del Tambor, de John Le Carré

Una de las novelas más impopulares, ya en su día, de John Le Carré, La Chica del Tambor se veía perjudicada por tratar el tema palestino-israelí, que en la época estaba tan radicalizado en las opiniones como para no contentar a los partidarios de ningún bando, con lo que el rechazo fue casi completo. Hoy no es que hayan cambiado demasiado las cosas, con lo que puede afirmarse que pasarán muchos años antes de reivindicar en su justa medida esta novela, si es que algún día puede hacerse (es decir, si es que algún día puede resolverse el conflicto palestino).
Lo cierto es que, si se lee con cierto distanciamiento y bajo los parámetros de la literatura de espionaje, la novela es ejemplar.
Los servicios secretos israelíes quieren poner fin a los atentados que realiza un grupúsculo palestino, y para ello necesitan infiltrar a un agente que permita llegar hasta el cabecilla para, asesinándolo, desarticular la organización.
Novela ejemplar porque representa la mejor descripción del proceso de lavado de cerebro que es necesario para que este agente cumpla su papel sin que pueda ser descubierto, un proceso que implica la práctica anulación de la propia personalidad hasta llegar a pensar, actuar y vivir según la cobertura que se le proporciona, en este caso la de la amante del neutralizado (es decir, asesinado) hermano  del cabecilla.
Charlie, una insignificante actriz inglesa izquierdista, es la elegida para este cometido. Como siempre en Le Carré, por fortuna para los lectores, los sentimientos de los protagonistas son importantes, y en ese binomio del funcionamiento de los servicios secretos y las dudas e inseguridades de Charlie, así como los dilemas entre la fidelidad al servicio y el amor que empieza a sentir Joseph, su enlace con los israelíes, se complementan para proporcionar el valor humano, desesperado, desencantado, prescindible en el gran juego del espionaje, que marca el estilo de Le Carré y le hace trascender a la mera novela de acción o entretenimiento.
Por supuesto, el tema era muy sucio por ambas partes. No era posible ni simpatizar con los terroristas ni con un servicio secreto que antepone sus fines a todo lo demás. Era sin duda el mensaje que Le Carré quería transmitir, pero con el tema palestino-israelí tocó en hueso. Aun hoy, insisto, es difícil mantener una postura, si no ecuánime, sí equidistante entre ambas políticas y, según parece, si uno no está a favor de una de ellas es que está en contra. O eso nos quieren hacer creer tanto Israel como Palestina.
Todo ello enmascaró una novela realmente notable, a reivindicar dentro de la producción de John Le Carré, y que es plenamente coherente con ella en su pesimismo fundamental sobre las cloacas de los estados y el desprecio que éstos tienen de las personas.

(The Little Drummer Girl)
Ed. Planeta, col. Best Sellers
Barcelona, 1984 [1983]

Existe reedición en DeBolsillo

Portada y sinopsis

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La Verdadera Historia de Anthony Ffryar, de Arthur Gray

Una historia de fantasmas bien estructurada, con tintes de novela histórica, La Verdadera Historia de Anthony Ffryar fue escrita por Arthur Gray, escritor del que no sé nada más que los títulos de sus obras y que pertenecía al círculo de M. R. James, lo cual se nota en el ambiente universitario de este relato.
Tiene lugar en el Oxford del siglo XVI, y el autor nos advierte, con cierta sorna, que los detalles del tal Anthony Ffryar son tan escasos como para cubrir sólo un par de líneas, pero que sin duda hubiera podido ser el hombre más importante del mundo.
Profesor universitario pero no clérigo, alquimista científico y no místico, Anthony Ffryar se dedicó a encontrar el magisterium, el elixir de curación universal.
Gray procede paso a paso, creando una atmósfera muy alejada de lo fantástico y muy cercana a lo histórico: la época de la gran reforma anglicana, la misteriosa, incluso hoy día, "enfermedad del sudor" que azotó Inglaterra en diversas oleadas a principios de siglo y después desapareció, el ambiente universitario. Todo ello confiere verosimilitud al relato, y guía al lector a través de la pequeña vida de Ffryar hasta que lo fantasmagórico irrumpe, casi inadvertido, sin estruendo, hasta llevarnos a un funeral que se demuestra digno de las mejores historias de M. R. James.
Lástima que no goce de suficiente popularidad como para que se reediten sus Tedious Tales of Granta and Gramarye, escritos bajo el pseudónimo de "Ingolphus", y cuyo irónico título hace presagiar que siguen los pasos de este excelente La Verdadera Historia de Anthony Ffryar.

(The True History of Anthony Ffryar)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II 
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1919]
Ed. de Michael Cox y R. A. Gilbert



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Los Huesos con los Huesos, de E. G. Swain

Como decía Rafael Llopis, del horror al humor hay un paso muy corto. Cuando les pondero lo bien que aguantan el paso del tiempo ciertas historias de fantasmas clásicas no es por señalar algo baladí, sino porque los paradigmas de los lectores de distintas épocas son diferentes, y lo que antaño pudo producir escalofríos hoy día puede que sólo provoque una sonrisa, o incluso una carcajada cruel.
E. G. Swain, que fue contemporáneo y colega del gran M. R. James, y amigo invitado a las sesiones de lectura de cuentos de fantasmas que éste organizaba, es un caso claro, al menos en este relato, de que el tiempo no trata a toda la literatura por igual. De hecho, cuando acabé su lectura, me invadió la duda de si Swain no habría querido hacer un relato de fantasmas ironizando sobre los modos del género. Pero nada de lo que he encontrado sobre él me invita a pensar que así fuera.
La primera carcajada me sobrevino cuando, tras la consabida preparación a la historia que es de rigor en todos los relatos clásicos del género, el vicario entra en la biblioteca y descubre que la vela y las cerillas no están en su sitio, cuando alarga el brazo la caja de cerillas aparece de forma inexplicable en su mano. Semejante recurso ha sido tan utilizado que ya sólo sirve como refrente humorístico, pero tal vez en la época tuviera su efecto, no lo sé. Pero cuando más dudé de la seriedad del relato es cuando, como volumen revelador de grandes secretos, abierto de forma misteriosa en el atril de esa biblioteca antigua y ominosa, el libro que iba a ser central del relato era El Jardinero Integral. Estuve y todavía estoy tentado de incorporarlo, en la sección de horticultura, en el corpus que forman otros libros malditos de la literatura de terror; ya saben, El Necronomicón, De Vermis Mysteriis, etc.
La historia es lo de menos. Es un cuento de fantasmas clásico, muy incidental y corto, sin grandes aparatajes ni grandes misterios.Y si rompo hoy mi costumbre de no comentar obras que no me hayan gustado (y esta no me ha disgustado, tomada como una pieza humorística, claro está) es porque este relato nos brinda una lección sobre el género y sus modos, así como sobre la buena y mala escritura. Estoy dispuesto a conceder a Los Huesos con los Huesos el beneficio de la duda: es posible que fuera uno de esos relatos escritos tongue-in-cheek, como dicen los ingleses, con intención irónica. Si es así, hay que reconocer que cumple su función y que es apreciable en su humor. Pero, de lo contrario, entonces hay que leer este cuento para entender la grandeza de lo que hicieron gentes como M. R. James, E. F. Benson y otros, cuyos relatos de fantasmas, por mucho que pase el tiempo, siguen teniendo un vigor y una salud admirables.

(Bone to His Bone)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1912]
Ed. de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de Bone to His Bone

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En la Carretera de Brighton, de Richard Middleton

El relato es tan breve, la sorpresa final tan definitiva y el argumento tan lineal (pero en absoluto simple, o tonto), que es muy difícil hacer cualquier comentario. Lean En la Carretera de Brighton en los enlaces que figuran al pie de esta entrada, y después juzguen si tengo o no razón.
Sólo decir que Middleton es uno de esos autores imprescindibles en cualquier antología de cuentos de fantasmas , aunque sólo sea porque es el autor de El Barco Fantasma / The Ghost Ship, un clásico señalado y alabado por todos los estudiosos y autores del género. Javier Marías incluyó uno de sus relatos en su antología Cuentos Únicos, supongo que en este caso no porque fuera un autor de un solo relato, sino porque precisamente su ficción llama la atención por su personalidad. Nada menos que Arthur Machen, Edgar Jepson y John Gawswoth mantuvieron viva su memoria tras el suicidio de Middleton, editando su obra póstumamente y dandole dignidad y dimensión, y corre la leyenda que su encuentro con Raymond Chandler fue la causa de que éste se dedicara a la escritura. Poeta vocacional y melancólico como era, probablemente sufriría al saber que sus historias de fantasmas son las que perviven, más que sus poemas. Pero habría que decir al bueno de Richard que en sus relatos se respira una atmósfera tan poética y melancólica que, en realidad, su poesía sí ha llegado hasta nosotros.

(On the Brighton Road)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II 
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [pub. 1912]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en castellano de En la Carretera de Brighton
Texto en inglés de On the Brighton Road

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La Confesión de Charles Linkworth, de E. F. Benson

Edward Frederick Benson fue un novelista de éxito en su tiempo, y como tal, siguiendo una tradición mejor representada por Oscar Wilde, se dedicó a brillar socialmente. Prácticamente olvidadas hoy las novelas que le reportaron fama y dinero en su época, permanece en la memoria colectiva de la literatura mundial por sus relatos de fantasmas, que eran vistos por él como un divertimento y que, en cambio, son vistos por los lectores actuales como auténticas piezas maestras de construcción, atmósfera y efecto.
La Confesión de Charles Linkworth es una de estas historias modélicas. Se inicia con la historia de un crimen, y de cómo su autor, Charles Linkworth, fue condenado a morir en la horca. Por muy simple que sea esta historia, Conan Doyle hubiera estado orgulloso de cómo Benson la trazaba, con precisión y brevedad, para ilustración de lo que seguirá.
Porque la sentencia se cumple, pero la soga del ahorcamiento no se encuentra por ninguna parte. Bien, es un detalle menor. El médico de la cárcel, un profesional que se dedica a ello para poder estudiar a los tipos criminales, realiza la autopsia del cadáver, confirma la muerte por rotura de la espina dorsal y remite al finado Charles Linkworth al cementerio.
La historia la pueden leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña. Sucede que el doctor recibe una llamada telefónica. De sonido bastante fantasmal en su timbrazo, y de contenido inexistente, salvo una respiración anhelante.
Supongo que se imaginan lo que viene después, ¿no? Pero lo que nunca adivinarán es el arte con el que Benson hace avanzar la historia, su manejo de la tensión narrativa («¿Desea una prueba? Pues la tendrá») y cómo incluso, cuando ya parece dicho todo, Benson se permite una pequeña vuelta de tuerca final, para mayor efecto de la historia.
Todo ello hubiera sido excepcional, si no fuera porque Benson lo hizo una y otra vez, escribiendo un conjunto de relatos que pueden clasificarse, junto a los de M. R. James, como las mejores narraciones de fantasmas escritas jamás.

(The Confession of Charles Linkworth)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1912]
Edición de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de The Confession of Charles Linkworth
Texto en castellano de La Confesión de Charles Linkworth

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No Mires Abajo, de William Sansom

Han transcurrido treinta largos años desde que el que escribe leyó el primer elogio a la obra de William Sansom hasta que por fin he podido leer algo suyo; gracias a la editorial La Bestia Equilátera (que, por cierto, tiene un catálogo más que interesante), a la que deseo la mejor de las suertes con este y otros autores; todas las editoriales intentan vender. No todas intentan vender obras de calidad.
En primer lugar, hay que destacar lo único de la ficción de Sansom. Los nombres de Kafka, Roald Dahl y otros muchos pueden acudir a la mente ante las situaciones que estos relatos plantean, pero es de inmediato perceptible que Sansom tiene una voz propia que hace que ese territorio pueda ser común, pero su tratamiento sea totalmente personal, con un estilo maestro en su desarrollo, y los elogios de contraportada de Elizabeth Bowen, Anthony Burgess o Eudora Welty sean totalmente justificados.
Sansom nos introduce siempre en una situación inusual o extrema, y entonces nos lleva al borde de un abismo en el que se acentúa la sensación de vértigo, a veces físico, pero siempre psicológico.
Porque Sansom sabe muy bien que la mente puede ser nuestro peor enemigo. Cualquier persona con un físico privilegiado puede estar sometida a una parálisis irracional, inusitada, provocada por la negativa de nuestro cerebro a seguir avanzando, trepando, a reaccionar ante una situación. En algunos de los relatos que componen este libro, este hecho desesperante y angustioso se produce precisamente cuando más necesita el protagonista tener un mayor control de sus acciones: No poder ni subir ni descender de una esclaera (La Escalera Vertical); un bombero montado a horcajadas sobre un muro que amenaza desplomarse (Los Testigos). En una ocasión, esta inmovilidad resulta beneficiosa (La Pared), pero no menos angustiante.
Otros relatos son de corte más genérico, como La Sábana Larga, en la que en una sociedad imaginaria unos presos se ven obligados a competir por equipos para dejar por completo seca una sábana, en un sistema penal de pesadilla en el que no hay rdención posible. Pansovic y las Arañas, en el cual una fobia resulta más que incapacitante. Tentaciones Varias, en las que Sansom entra en la mente y la lógica existente en la locura de un asesino en serie. Tuti Frutti, en donde la felicidad se convierte en el peor enemigo del hombre.
Todos los cuentos son variaciones sobre cómo, en los momentos de mayor necesidad, esa parte de nosotros que nos controla se vuelve ajena, parasitaria, en nuestro enemigo, en el más fuerte de los obstáculos. Pero para ello William Sansom tiene que ejercer su maestría con una minuciosidad tremenda, gradual y convincente, que describa paso a paso cómo esta mente reacciona, se autojustifica, se contradice, se encoge y se ensancha. Y emplear una imaginería inusitada, a veces totalmente realista, otras tan metafórica como la de un kafka. En cualquier caso, en este viaje hacia lo terrorífico, lo desesperado o lo inusitado, el lector se encuentra tan paralizado como los protagonistas, pues no puede dejar de leer. Fascinado, tiene que seguir a Sansom confiando en que el final no sea tan irremediable, irreversible como su mente parece augurar.

(Anthology of William Sansom)
La Bestia Equilátera
Buenos Aires, 2012 [varios]

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Rose Rose, de Barry Pain

Un pintor está trabajando con una modelo, Rose Rose, espléndida en su trabajo salvo por el detalle de que suele llegar tarde. Se despide de ella hasta el día siguiente, y se sorprende al ver que la chica ha cumplido su palabra y está ya en el estudio a la hora fijada. Trabaja intensamente y durante largo tiempo, hasta que, cuando decide tomarse un tiempo de descanso, nota que la modelo ya no está ahí. Entonces lee en el periódico que Rose Rose murió atropellada el día anterior.
hasta aquí el cuento de fantasmas clásico entre los clásicos de la literatura inglesa. Lo que distingue a éste de los demás es su continuación. Sin que volvamos a encontrarnos en presencia de Sefton, el protagonista, inmerso en su trabajo, sólo podemos inferir de lo que se nos relata que la modelo sigue acudiendo espectralmente a posar para su inacabable "Afrodita". Semejante estado de cosas, lo sabemos los buenos lectores del género, no puede traer nada bueno, y así veremos, en una última frase final, que todo tiene su precio, incluso terminar una obra de arte más allá de lo que la naturaleza permite.
Se trata de un relato muy breve pero muy intenso, una de esas historias que hacían furor durante el cambio de siglo porque podían ser leídas y entonces relatadas a los amigos en toda su extensión sin ocupar demasiado tiempo y en cambio manteniendo todo su efecto. Porque lo tiene, y la combinación de arte, piedad por la modelo y la maldición de la obra inacabada resulta en una atmósfera tierna y evocadora, no demasiado corriente en los relatos de fantasmas, pero que sin embargo posee un sentido ominoso que le proporciona un adecuado sentido de tragedia.

(Rose Rose)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa vol. II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1911]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de Rose Rose en Stories in Grey

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La Suerte de Jim, de Kingsley Amis

Comentando la obra de su hijo Martin Amis ya dijimos que la sátira corría por sus venas como parte de la herencia familiar.
La más famosa sátira de Kingsley Amis es La Suerte de Jim, pero lo cierto es que no se había traducido jamás al castellano. Tal vez se la viera como una novela demasiado inglesa, y tal vez como demasiado dependiente de una cierta época de la historia inglesa. Es muy posible que este fuera el principal inconveniente, y que para ser comprendida del todo necesitara de una introducción a la época y la sociedad inglesas (de la que sigue careciendo). Porque lo cierto es que, aparte de la historia directa del Jim Dixon del título, esta novela puede ser leída como una metáfora de la Inglaterra del momento, como una crítica feroz de un carácter inglés empeñado en mirarse al ombligo sumergido en los ritos de un pasado ya desvanecido.
Veamos, en 1953 Gran Bretaña acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial (entendida como algo que se prolongó más allá de 1945 en las restricciones materiales e incluso alimenticias), un conflicto en el que había entrado como potencia mundial y del que había salido como un cero a la izquierda en el plano internacional. La descolonización avanzaba a toda máquina; en 1948 se habían perdido la India y Pakistán. Gran Bretaña era una isla extraña que vivía del cambio de la guardia, las ceremonias de la monarquía, las regatas de Oxford y Cambridge y los uniformes y ritos de escuelas y universidades, unas reliquias ciertamente pintorescas, pero en el fondo curiosidades inoperantes en un mundo en el que el sistema de valores había cambiado irremisiblemente. Lejos en el futuro estaban la aparición de los Beatles, Carnaby Street y el Swinging London, que serían los nuevos iconos británicos.
Jim Dixon es un mediocre profesor de historia en una provinciana universidad de provincias (y no es una redundancia). Su presente y su futuro están claros: como se le ocurra destacar académicamente por encima del rector perderá su trabajo. Como resulte demasiado popular entre los alumnos, perderá su trabajo. Como resulte demasiado inútil y se dedique a la buena vida académica, perderá su trabajo. Como surja un escándalo en su vida privada, perderá su trabajo. La mediocridad es su meta, y así tiene que ser, colateralmente, para así proporcionar una educación mediocre a sus alumnos, que así saldrán preparados para enfrentarse  a una vida en la que pasar por la universidad es un signo de distinción, no algo que les haga mejores. Y así, pasa su vida en aburridos conciertos y jornadas culturales universitarias, relacionándose con el mundillo de la facultad, tan mediocre y esnob como la universidad misma y, para acabar de complicarle la vida, manteniendo una especie de noviazgo con Margaret, histérica que lo mantiene comprometido mediante el intento de suicidio que tuvo al romperse una relación anterior con otro hombre, pero que con Jim mantiene tan sólo una apariencia de compromiso sin, desde luego, sexo (y ni tan siquiera demasiadas familiaridades).
Pero Jim no es así. Tiene que sobrevivir y necesita el empleo, pero aún así hay una rebeldía soterrada en él, y empezará a surgir cuando aparezca Christine, la acompañante del muy lechuguino hijo pintor del rector.
Puesta la novela en contexto, la sátira, tanto la directa como la metafórica, es feroz. La cumbre viene cuando Jim tiene que dar una conferencia sobre la "Vieja Inglaterra" necesariamente elogiosa con los viejo valores, cuando lo que le pide el cuerpo es decir (y lo dirá) que «la verdad sobre la vieja y alegre Inglaterra es que fue el periodo menos alegre de nuestra historia. Sólo los aficionados a la cerámica artesanal, a la agricultura orgánica, a la flauta de pico, al esperanto...»
En 1953, Kingsley Amis estaba hasta el gorro de la vieja Inglaterra; probablemente tan harto como lo estaban las generaciones jóvenes de ingleses, embutidos en una sociedad vagamente victoriana, con una brecha social entre la clase "alta" y la "obrera" y otra generacional, forzados a ritos decimonónicos (o anteriores) y a valores de metrópolis colonial (sin colonias). Una sociedad que miraba con profunda desconfianza toda innovación, todo cambio.
Kingsley Amis fue de los primeros, con esta novela, en pegar una patada a esa arcaica estructura social. No la derribó, pero sí hizo notar el polvillo de carcoma que de ella se desprendía, y prefiguró la reacción de una nueva Inglaterra en esta novela genial e incisiva.

(Lucky Jim)
Eds. Destino, col. Áncora y Delfín
Barcelona, 2007 [1953]
Trad. de José Manuel Benítez Ariza

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A través de sus enredos y desventuras, Kingsley Amis traza una sátira brillante de la vida inglesa con una ironía finísima e hilarante.

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Lionel Asbo. El Estado de Inglaterra, de Martin Amis

Lionel Asbo, el personaje central de esta novela, en realidad no se apellidaba así. En un giro que los lectores británicos pueden captar casi de inmediato, ASBO son las siglas de Anti Social Behaviour Order, Orden contra el Comportamiento Antisocial. Lionel Pepperdine cambió de apellido legalmente cuando obtuvo una de esas interdicciones a tan temprana edad como para marcar un récord nacional de precocidad, un hecho del que se siente particularmente orgulloso.
Lionel Asbo es el tío de Desmond Pepperdine, quien, huérfano, tiene a Lionel como figura paterna, o más bien antipaterna. Desmond, inmerso en el mundo de Diston Town, un barrio marginal de Londres, es inteligente, sensible y sensato. Su método para salir de la marginalidad que impera en su ciudad, en su familia y en su casa es simple: escuchar atentamente los consejos que su criminal tío le imparte y hacer todo lo contrario. Resulta un milagro, pero Desmond puede así convertirse en un buen estudiante, después en universitario y enamorarse y vivir con Dawn sin tener que recurrir a la delincuencia a la que parecía predestinado.
Un día, a Lionel, que reparte su vida al cincuenta por ciento en meterse en problemas y en pagarlos en la cárcel, le tocan 140 millones de libras en la lotería. Y se opera el cambio. ¿En Lionel? No por cierto. Lionel sigue siendo la mezcla de hooligan y desaprensivo que siempre ha sido, aunque ahora lo es con dinero de sobra y cierta desorientación sobre el mundo que le rodea. No, el cambio se opera en el resto del mundo. La prensa y la sociedad le desprecia como el "botarate con suerte" que es, pero eso no es más que la expresión de una insana envidia. Por lo demás, Lionel está en la cresta de la ola, y sus comportamientos gamberriles son vistos como las excentricidades de un nuevo rico de clase baja. Además de reírle las gracias, el dinero abre puertas, el dinero lo compra todo (o casi); el dinero no le hace respetable, pero sí respetado. Y Desmond, que nada quiere de esta fortuna y que tiene cierto cariño por su antipadre, intenta seguir su vida sin que Lionel le transforme.
Hay muchas más cosas y circunstancias en esta novela; Amis no es un narrador que se aferre sólo a una idea, y por eso el lector encontrará varias subtramas más, perfectamente integradas. Pero en cuanto al objeto principal de esta novela, la frase "Estado de Inglaterra" no se refiere, por supuesto, al concepto de estado como nación, sino al estado de cosas del país. Desde antes de nacer incluso, puesto que su padre, Kingsley Amis, fue también un excelente narrador que puso en solfa la sociedad del Reino Unido en sus novelas, Martin Amis, decía, desde siempre ha ejercido una sátira de la sociedad británica, con un humor tan ácido que resulta corrosivo.
Y en esta novela lo que hace es pasar revista a los modelos de popularidad y poder que predominan en el Reino Unido. La adoración de la prensa por el gamberrismo y los excesos, siempre que vayan acompañados de dinero. El pozo sin fondo de iniquidad que representan los barrios bajos y deprimidos, en los que se priman modos de comportamiento. la asunción de ese modelo de inglés, bebedor, juerguista, gamberro, inculto por elección, mal hablado y delincuente marginal que no sólo es visto como normal, sino con un punto de orgullo y de gracia.
Esta es una novela humorística. Extrema, delirante a veces. Pero tan convincente en sus ambientes que siempre sobrevuela en el lector la impresión de que es pavorosamente real. No hay más que leer los tabloides ingleses para acentuar esta impresión.

(Lionel Asbo. State of England)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 2014 [2012]

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Cómo Escribir Relatos Policíacos, de G. K. Chesterton

«En cierta ocasión conocí a un hombre que se quedó sinceramente horrorizado al descubrir que yo escribía relatos criminales y que incluso los leía, y el incidente siempre me ha interesado porque fue la única persona a quien he conocido que después resultó ser un criminal.» Una frase como esta, llena de ingenio, deliciosamente expresada y con más carga de fondo de la que aparenta en realidad, justificaría por sí sola la lectura de este libro. Pero estos pensamientos eran típicos de Chesterton, y una y otra vez encontraremos en estos ensayos frases de este u otro cariz que merecerían ser citadas y antologizadas. La verdad es que G. K. Chesterton no fue sólo el autor de el Padre Brown, ni tan siquiera tan sólo un literato, sino un auténtico genio que vertía, en todo lo que escribía, una filosofía, un pensamiento, una visión del mundo que nos motiva a la reflexión y nos hace más sabios.
El presente libro no es un manual de escritura, sino una colección de ensayos y artículos que tienen como elemento común el de tratar del relato policial. Sin embargo, y en el aspecto técnico, no resultarán del todo inútiles al aspirante a escritor, aunque principalmente se dirijan a la forma del relato problema o detectivesco (aun cuando Chesterton intuye que el relato policial debería evolucionar hacia lo social, una intuición magistral realizada en una época en la que la novela negra no tenía ni tan siquiera una perspectiva de existencia. Una nueva muestra de la clarividencia del autor).
«Debido a una curiosa confusión, muchos críticos modernos han pasado de la proposición de que una obra maestra puede ser impopular a la proposición de que si no es impopular no puede ser una obra maestra. Es como si dijésemos que, como un hombre inteligente puede tener un impedimento en el habla, uno no puede ser inteligente si no tartamudea.» Chesterton fue uno de los pocos partidarios en su época de los relatos de detectives, que eran denostados desde su aparición, y uno de los pocos que no se avergonzó ni de escribirlos ni de ensalzarlos. Su propia ficción pervive como un hito del género, sólo por debajo (pero muy poco por debajo) del Sherlock Holmes de Conan Doyle. Su entusiasmo puede parecer desmesurado, sobre todo cuando se refiere a obras que ya hace tiempo duermen el sueño de los justos y que no merecerían ser reeditadas, pero cuando Chesterton defendía estos relatos lo que estaba en verdad defendiendo era una forma de narrar la lucha del bien contra el mal, un vehículo para ensalzar al ser humano en lo que tiene de bueno y decente, precisamente contraponiéndolo a los puntos más bajos a los que puede llegar.
Leer estos ensayos no es adentrarse en el género criminal. Es leer una filosofía de vida y de escritura, escuchar las opiniones bien razonadas de quien fue una de las primeras mentes de su época, es escuchar una apasionada defensa del ser humano y contemplar una mirada amable y comprensiva sobre los actos de la humanidad. Siempre con una expresión literaria deslumbrante y clara, llena de humor, que sorprenderá a quienes se acerquen a él pensando encontrarse con una antigualla del cambio al siglo XX, y que será, para aquellos que ya conozcan a Chesterton, como el reencuentro con un viejo y buen amigo.

Acantilado / Quaderns Crema
Barcelona, 2011 [varias]
Trad. de Miguel Temprano García

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El Secreto de la Botella, de Gerald Kersh

Gerald Kersh es un autor conocido sólo por un puñado de aficionados al género terrorífico. Y sin embargo, por lo menos un par de cuentos suyos figuran en todas las historias del género que se precien. Uno de ellos es El Secreto de la Botella, también publicado a veces como La Botella de Oxoxoco.
El relato tiene un inicio enigmático. En un mercadillo mexicano, un hombre compra una botella de aspecto extraño, vidriada, antigua, sin duda, pero cuya función se desconoce. Esto sólo ya es bastante como para despertar la curiosidad del lector, pero lo mejor está por llegar. Tras varios años, y redescubierta en un trastero, esta botella se rompe y deja a la vista un extraño objeto, parecido a un cigarro puro y que resulta ser un papel enrollado.
Y aquí viene lo bueno. El papel en cuestión no es sino el último escrito de Ambrose Bierce.
El "Amargo" Bierce, que este blog ama y respeta, desapareció sin dejar rastro en 1914, en plena revolución mexicana, en lo que a veces se ha interpretado como un suicidio original (meterse en una revolución y lanzar la moneda al aire de si saldrás vivo de ella o no; al parecer fue que no, aunque nadie lo sabe con certeza). Un hecho que ha causado ríos de tinta entre los escritores y estudiosos, y otra novela de mérito: Gringo Viejo, de Carlos Fuentes.
En este papel, y después de brindarnos un introito supuestamente autobiográfico en el que Kersh demuestra que había entendido muy bien la ironía de Bierce, el propio escritor relata cómo, para evitar la llegada de Villa o Zapata, compra un burro albino y se adentra en la selva de Oxoxoco, donde se encuentra con una extraña mansión, que parece alejada del tiempo pero que alberga en su interior todas las comodidades de la vida moderna. Allí es recibido por su culto propietario, quien homra al gran escritor y le brinda hospitalidad.
Con qué propósito es esta hospitalidad, lo dejaremos para el lector que se acerque a este relato. Sólo remarcar que es un final tan grotesco (en el buen sentido, es decir, en el que le daba Poe) y tan extremo que sin duda hubiera complacido al propio Bierce.

(The Secret of the Bottle)
En Cuentos Que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1957]

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Dinero Embrujado, de John Collier

John Collier merecería ser mejor conocido por el público lector español. Si existió un Roald Dahl, cáustico y sorpresivo, es probablemente porque Collier mantuvo la llama de ese tipo de relato. Su producción no se limitó a esas historias extraordinarias, sin embargo, y entró en lo sobrenatural, lo terrorífico, la fantasía, la distopía, etc. Siempre con una gran clase. Prueba de ello es que haya sido ensalzado por Anthony Burgess, Ray Bradbury, Neil Gaiman o Paul Theroux.
El relato Dinero Embrujado es tremendamente original, y es casi imposible de clasificar: no es de terror, aunque se evoca el horror del asesinato colectivo; no es sobrenatural, aunque algunos de sus pasajes tienen una imaginería tal; no es un policíaco, aunque haya un crimen; es, sí, un relato de humor, pero de un humor negro. Pero lo más notable de todo es que su motor narrativo es financiero. Entendámonos, muchas historias tienen como móvil el dinero, pero muy pocas tienen como argumento central los mecanismos financieros en sí. Y, para rematar el tema, cuando encuentren un relato cuyo título es parte integrante de la narración, algo que la complementa y matiza, presten atención a su autor. Es señal de narrador meticuloso y conocedor de su oficio, cuando menos. Es el caso de este cuento.
En un pueblo perdido de los Pirineos Orientales aparece de repente un loco. Un loco, claro está, para los habitantes del pueblo. En realidad se trata de un pintor, que queda fascinado por lo desolador del paisaje, por la luz, por los árboles escasos. Claro, todo esto los habitantes lo consideran una locura: tierra miserable, sol abrasador y pocos árboles raquíticos. El caso es que el pintor quiere alquilar una casa, pero allí las casas no se alquilan, se compran y venden. Muy bien, entonces el pintor comprará una casa. Y lo hará, a precio prohibitivo, pero lo hará. Y cuando llega la hora de pagarla, el forastero saca un librito, arranca una hoja y se la tiende al aldeano, diciéndole que es tan bueno como el dinero en efectivo.
En el pueblo nadie sabe ni leer ni escribir, y mucho menos conocen un cheque bancario, que es lo que efectivamente ha entregado el pintor. Para pasmo del pueblerino, cuando viaja a Perpiñán para cobrar el cheque en el banco, al cabo de una semana le entregan el dinero.
A partir de aquí todo lo que se explique del relato es romper su magia, de modo que si no quieren quedarse sin la sorpresa, lean el cuento en alguna de sus ediciones y dejen de leer esta reseña salvo en su último párrafo.
Por supuesto, la mente humana nunca descansa, y lo que los aldeanos saben es que ese artista tiene todo un libro lleno de esas hojas que valen treinta mil francos cada una. ¿Y quién conoce al pintor? ¿Y quién sabe que está en el pueblo? La conclusión lógica y el reparto del botín siguen. Entonces es cuando se desata una auténtica fiebre financiera, inflacionaria y consumista en el pueblo. Usando los cheques (en blanco y sin firmar) como moneda corriente entre los habitantes, empieza a moverse el dinero, a ampliar negocios, a adquirir lujos. Pero claro, un día u otro ese dinero tendrá que "exportarse" fuera del pueblo... El final del relato es brillante en su contención, pero también en lo grotesco de su imaginería.
Es un relato brillante, inusitado, realizado con unos instrumentos que nadie, a mi conocimiento, había empleado hasta entonces, un cuento único en su clase, y uno que da una muy buena referencia de quién fue el gran narrador llamado John Collier.

(Witch's Money)
En Cuentos Que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1939]

Reeditado en español en el libro Fiesta en una Botella, de Ed. Contraseña


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El Coche Fantasma, de Amelia B. Edwards

Amelia B. Edwards, que además de escritora fue egiptóloga (al parecer una de las pocas profesiones abiertas a las mujeres en la Inglaterra victoriana), escribió un puñado de historias de fantasmas; la que les presentamos hoy (y que pueden leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña) fue escrita para la revista de Charles Dickens, All the Year Round, y desde su recuperación en los años veinte-treinta del siglo pasado, ha pasado a ser una pieza casi imprescindible de las antologías de género.
Por descontado, esta fama viene a que prácticamente se trata, si no de un precursor, sí de un precedente de lo que sería el relato victoriano de fantasmas en todo su esplendor; no olvidemos que Montague Rhodes james, quien probablemente fue el mejor exponente de este tipo de narración, tenía dos años cuando se publicaba El Coche Fantasma.
De manera que no esperen la depuración y la sutileza narrativa que con posterioridad caracterizaría a estas historias fantasmagóricas. Lo que es importante aquí son los rasgos, los elementos y las características básicas que serán las que conformen las narraciones posteriores: la descripción del carruaje fantasma, la preparación mediante una conversación en la que se siembran dudas sobre el escepticismo ante los espectros, la narración en primera persona y como hecho vivido, la creación de una atmósfera y la plasmación de ésta en el relato. Todo ello está presente en la narración de Edwards, y todo ello estará en la receta que autores posteriores emplearán con eficacia y gusto en los mejores casos.
Lean, por tanto, este El Coche Fantasma sin prestar demasiada atención a las pequeñas incongruencias o a lo abrupto de la narración; recréense en esos elementos y en los mejores pasajes de la historia y verán surgir el esquema de la narración sobrenatural victoriana ante sus ojos.

(The Phantom Coach)
En La Eva Fantástica
Eds. Siruela, col. El Ojo Sin Párpado
Madrid, 1989 [1864]

Texto en castellano de El Coche Fantasma
Texto en inglés de The Phantom Coach