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L'Héritage Schirmer, de Eric Ambler

La Herencia Schirmer no es uno de los grandes títulos de Eric Ambler, pero lo escaso y disperso de lo editado en nuestro país de uno de los grandes autores, a la vez, del género negro, el thriller y la novela de espionaje hace que echarle mano a cualquier novela de Ambler merezca la pena.
De forma sorpresiva, Ambler nos lleva a las guerras napoleónicas en el prólogo a esta historia. Un sargento de los dragones de Ansbach, Franz Schirmer, planifica con cuidado su deserción tras la batalla de Eylau. Así lo hace y, pasados los años y en respuesta a las variadas alianzas y cambios de titularidad de los pequeños estados alemanes, ya establecido como comerciante y temeroso de ser acusado de deserción por Prusia, Schirmer cambia su apellido por el de Schneider. Su hijo Hans recibirá ese apellido al ser bautizado; pero su hijo Karl seguirá llevando el de Schirmer.
Todo ello resurge a finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay en los Estados Unidos la cuantiosa herencia de Amelia Schneider-Johnson, muerta en 1938, que sigue sin ser cobrada y sin reclamar. Mejor dicho, hay un reclamante, el estado de Pennsylvania. Por diversos motivos, el bufete de abogados que administraba los bienes de la difunta decide realizar un último intento para localizar un heredero legítimo e incontestable para esta fortuna, y esta tarea recae en George Carey.
Ambler nos lleva entonces a una investigación que recorre Europa en busca de una quimera: un heredero que puede que no exista, o uno que, sin saberlo Carey, sí exista pero lleve el apellido Schirmer.
Ambler, en la época en la que escribió esta novela, ya había establecido los postulados del thriller  moderno, a saber, el alejamiento de la artificiosidad y los ambientes elitistas para trasladarse a lugares más reales y, en ocasiones, más sórdidos, de manera que La Herencia Schirmer no representa ninguna revolución, sino un ejercicio bien planteado y ejecutado del desvelamiento de un enigma mientras las miserias de la historia reciente europea pasan por sus páginas.
Podríamos leerla como un policíaco más, pero Ambler, incluso en sus obras menores, no se conformaba con la mera escritura de explotación. Aun en estas novelas no podía dejar de trazar unos personajes creíbles y con psicología y carácter propios, y siempre representa un placer leer una novela en la que estas características se desarrollan, con respeto para el lector y por dignidad del autor. Es posible que La Herencia Schirmer no sea una de las obras maestras de Ambler, pero es seguro que sigue siendo mejor que muchas de las novelas que se publicaban (y se publican) en el género negro-criminal, y una obra que consigue atrapar ya desde su inicio en la Prusia napoleónica hasta llegar a la frontera greco-albanesa en 1948.

(The Schirmer Inheritance)
Les Editions Mondiales / Del Duca
París, 1975 [1953]


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Dinero de Ida y Vuelta, de Donald E. Westlake

En esta compilación, Ed McBain se propuso hacer justicia a la más olvidada hija de la literatura, la novelette, ese formato que no es ni un relato largo ni una novela corta, sino que cae entre medio de las dos; eso provoca que su publicación en revistas sea imposible, y como libro independiente, difícil.
De hecho, algún escritor ha remarcado que, cuando a la vista del proyecto terminado, había dado a luz a una novelette, le entraban sudores fríos. Estaría obligado a hacer encaje de bolillos para encajarla en una colección de relatos, o de lo contrario ese texto no vería jamás la publicación.
McBain, con buen criterio, llamó a los mejores escritores del género negro-criminal (y a algunos que lo trascienden) para pedirles exactamente una de esas hijas desgraciadas.
La primera con la que nos encontramos es Dinero de Ida y Vuelta, del gran maestro de la variante humorística del género negro, Donald Westlake. Y en ella tenemos el gusto de reencontrarnos con uno de sus personajes fetiche, John Dortmunder, siempre acompañado de su amigo Andy Kelp. Dortmunder, uno de los ladrones más geniales de la literatura policial, pero también uno de los criminales con más mala suerte. Sus robos, siempre impecablemente trazados y a toda prueba, acaban por tropezar con algún imponderable que impide que se haga con el botín de su vida, que le permitiría retirarse, y se tenga que conformar con algunas migajas para ir tirando hasta su próximo y genial plan. Muy frustrante para Dortmunder, pero muy satisfactorio para el lector, quien observa con regocijo cómo esos imponderables tienen un componente cómico, y convierten a Dortmunder en un personaje fatalista, incluso cuando las cosas parecen ir a la perfección.
En el robo que nos ocupa (Dortmunder y latrocinio son sinónimos), Dortmunder, Kelp y el organizador tienen que entrar en una imprenta y pasar una noche imprimiendo billetes de banco. No dólares estadounidenses, por supuesto, sino siapas de una imaginaria república sudamericana. Una divisa innegociable fuera del país de origen, donde, con algún contacto, se podría vender por la mitad de su valor nominal en buenos dólares.
Todos los ingredientes de Westlake están ahí: el humor, el plan genial y su ejecución perfecta y el inconveniente que da el toque imprevisto y de intriga a la situación, a la vez que propicia momentos de comicidad.
Y es un placer reencontrarse con un autor que siempre ha merecido mejor suerte de la que ha tenido en nuestro país. Para corroborarlos, sólo tienen que leer este texto, junto a la presentación que de Westlake hace Ed McBain, en la que no exagera ni un ápice.

(Walking Around Money)
En Transgresiones I
Roca Ed., col. Lettera
Barcelona, 2007 [2005]
Compilación e Introducción de Ed McBain


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El Huracán, de James Lee Burke

Rutina habitual para el detective Dave Robicheaux, de la policía del condado de Nueva Iberia. Lo habitual también para Otis Baylor, detective privado de Nueva Orleans. Ambos buscan sospechosos, transgresores de la libertad condicional, realizan tareas burocráticas, mueven papeleo y contactos. Pero lo hacen con el ceño fruncido de preocupación.
Porque el huracán Katrina se acerca.
Claro que en esta novela hay tramas criminales, y que se entrecruzan, pero no son sino circunstancias de un hecho que hace casi imposible investigarlas, de un hecho que convierte la vida en un caos en el que las prioridades son otras, en el que todo queda entre paréntesis.
Porque, en realidad, el personaje principal es una Nueva Orleans devastada, reducida a un cementerio al aire libre, a una anarquía violenta, a un inmenso campo de refugiados. Una ciudad destruida, perdida tal vez para siempre su personalidad, asesinada por un huracán y víctima de un homicidio voluntario como es la componenda de la prevención y la directa corrupción económica de la reconstrucción.
Es difícil encontrar en la narrativa negro-criminal norteamericana de hoy (salvo gloriosas excepciones) historias que imbriquen la realidad social de la trama. Burke podría haber situado un caso en el ambiente caótico del Nueva Orleans post-Katrina, era tentador, pero poco o nada hubiera significado, más allá del mero entretenimiento. Por fortuna, el autor sabe y reconoce que el auténtico trauma es el sufrimiento de la ciudad, no unos crímenes que serían notas a pie de pa´gina de una historia repleta de asesinatos y saqueos. El mérito es idear crímenes que expliquen este martirio por causas naturales primero y después por la acción del hombre. Adquieren entonces un simbolismo fatalista, una dimensión colectiva, y no es menor la suspensión de la legalidad durante la catástrofe y la recuperación paulatina y trabajosa de ésta a posteriori.
La vida sigue, nos dice Burke. Pero también nos dice que la vida no será jamás como antes. Y en la purga de esta transformación, el precio a pagar ha sido contado en vidas inocentes y culpables, en transformaciones individuales sufridas durante un hecho en el que el ser humano tuvo la oportunidad de sacar lo mejor y lo peor de su interior, en un libre albedrío que no puede ser visto de forma maniquea. Hay diferencias entre un saqueador de comida, uno de una televisión de plasma y uno dispuesto a matar por su botín, pero esas diferencias tienen que ver con sus circunstancias personales, con su origen social, con los símbolos de riqueza que se nos imponen y la filosofía de vida que es el paradigma de nuestra sociedad.

(The Tin Roof Blowdown)
RBA Libros, serie Negra
Barcelona, 2009 [2007]

Portada y sinopsis


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El Gran Frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann

Hay que empezar diciendo que, después del tour de force que representó Don de Lenguas, ya entendía que volver a reproducir la brillantez de ambientación y trasfondo social de la España franquista de los años cincuenta era difícil, de manera que estaba dispuesto a un cierto bajón en la serie. El Gran Frío no es una mala novela, en absoluto. Funciona muy bien como un "quién lo hizo", está bien estructurada, y mantiene el interés. Sin embargo, hay grandes errores de concepto.
(El resumen de contraportada de Siruela es muy decente, de manera que para los detalles de argumento consulten el enlace al pie.)
Ana Martí ha dejado "La Vanguardia" y ahora es reportera de "El Caso", un paso acertado y hasta lógico. En esta investigación, Martí se traslada del ambiente urbano a un pueblo de la sierra del Maestrazgo, con lo que todo lo que tenía Ana Martí de activa y de trasladarse a los distintos niveles de una ciudad queda suprimido, y se ve recluida en un lugar pequeño y casi inmovilizada en una sola casa, lo cual es un grave error que priva de mucho de la personalidad de la protagonista (por cierto, y a pesar de llamarse "el gran frío", la novela no consigue transmitir esa sensación; hombres más recios que Ana Martí han probado el frío turolense y el recuerdo les ha perseguido toda la vida). Este enclaustramiento perjudica el ritmo y deja una impresión de pasividad por parte de la protagonista.
Que sea un ambiente rural no tendría que ser un inconveniente (Jim Thompson hizo una obra maestra con 1.280 Almas, por ejemplo), pero es que el pueblo que nos pintan las autoras tiene todos los estereotipos de la época: un cacique, un alcalde pesetero, un cura trepa, un maestro (algo) rojeras, un guardia civil bruto y un tonto del pueblo. Falta el médico altruista, pero es que el pueblo no tiene. Todos a la vez. Si alguien aduce que conoció un pueblo que era así y también tenía a todos estos tipos, le responderé que la realidad no siempre funciona bien en la ficción. Tener semejante catálogo de tópicos reunido no hace sino proporcionar a la novela un trazo grueso y poco sutil.
Hay un par de incongruencias argumentales, que no desvelaré para no perjudicar a los lectores que deseen leer esta novela, pero déjenme hacer notar a las autoras que el guardia civil puede tomarse un gran trabajo para mantener bajo llave en el cuartelillo todas las armas de fuego del pueblo, pero en el mundo rural, para matar, no se requiere una escopeta: cualquiera tiene a su disposición una panoplia de hoces, guadañas, horcas, azadones afilados como un cuchillo, etcétera.
Todos estos errores lastran una novela que hubiera deseado que fuera tan brillante como la que inició la serie. Esperemos que los aciertos, como el cambio de periódico de Ana o su ruptura sentimental (el enamoramiento de Ana no era uno de los momentos más lucidos de Don de Lenguas, precisamente) sean aprovechados en una tercera novela que espero con ilusión. Al fin y al cabo, equivocarse es el mejor medio de aprendizaje que existe.

Eds. Siruela, col. Nuevos Tiempos, serie Policiaca
Madrid, 2014 [2014]
Serie periodista Ana Martí nº 2

Portada y sinopsis


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La Máscara de Dimitrios, de Eric Ambler

Cuando un autor recibe elogios de su contemporáneo Graham Greene, que fue candidato al Nobel de literatura, y pasados muchos años John Le Carré, el mejor de entre los mejores de la literatura de espionaje, declara que "Ambler es la fuente de la que todos bebemos", quiere decir que el lector no va a encontrarse con un autor más, con un mero artesano.
Ambler explica en sus memorias que los thrillers de su primera época como escritor, los años veinte y treinta, le aburrían. Le parecían mecánicos, repetitivos, acartonados, con personajes estereotipados, sin personalidad y de un tiempo pasado. Lo que hizo en su obra fue introducir los ambientes sórdidos, la cotidianeidad, el mundo contemporáneo en lugar de refugiarse en la época victoriana o eduardiana, la falibilidad en las acciones y, sobre todo, dotó a sus personajes, tanto los protagonistas como los villanos (y en ocasiones, ambos coincidían), de personalidad y matices (de humanidad, si se quiere), haciéndolos dudar, temer, errar, amar u odiar; no hallarán en la obra de Ambler un personaje lineal o simple, y estas convoluciones de los caracteres convirtieron sus novelas en tan realistas como para resultar cercanas al lector.
Existe un consenso general en que La Máscara de Dimitrios es la mejor de sus novelas, y ciertamente es una fama justificada; incluso se pueden trazar sus influencias en obras como El Tercer Hombre. Desde luego, metió de un puntapié al thriller en la modernidad.
Latimer, escritor de novelas policíacas (de esas con mayordomo y té a las cinco, y hay una buena dosis de ironía sobre el género de la época en ello), es llamado en Istanbul por el coronel Haki, del servicio secreto turco, justamente porque es un aficionado lector de sus novelas. Por casualidad, estando en el despacho del coronel, se recibe la noticia del hallazgo del cadáver de Dimitrios Makropoulos, un criminal, en palabras de Haki, de «historia incompleta, sin valor artístico, sin investigaciones, sin sospechosos ni móviles ocultos, pura sordidez». Y Latimer se siente tentado de investigar la historia de ese criminal, tal vez el primero auténtico que encuentra en su vida, aunque sea en forma de cadáver.
Jugando con la complicidad y la inteligencia del lector (y es notable el respeto de Ambler por sus lectores), sabemos muy bien que la investigación que Latimer empieza, tratando de seguir y completar la historia, tiene el truco de que el cadáver rescatado en el Bósforo no es en realidad el de Dimitrios, y que éste aparecerá tarde o temprano, pero eso es precisamente una de las virtudes de la novela: Dimitrios se constituye en presencia ominosa, constante en su ausencia pero amenazante en su posible aparición. Latimer investiga los crímenes brutales de Dimitrios en Esmirna, sus intrigas y espionaje en los Balcanes, su actividad de gran criminal en Italia y Francia. Poco a poco, se va delimitando lo que era un mero espectro, una sombra, hasta ir formando la imagen de un hombre despiadado, manipulador e inteligente, un criminal sin escrúpulos, cuya aparición, precisamente por haber estado ausente durante tantas páginas, no es sino un clímax de emociones y de peligro, un encuentro entre el ingenuo e inofensivo Latimer y el implacable y letal Dimitrios.
Hay que decirlo bien alto: escrita en 1939, esta no es una novela que no tuviera más mérito que el de marcar un hito en su época. Leída hoy sigue conservando toda su potencia, su estructura pulcra, su ritmo perfecto, su ambientación realista y sus personajes creíbles. Es la obra maestra de Ambler, pero sigue siendo una de las mejores novelas del género, una referencia de pasado, de presente y, setenta y cinco años después de escrita, se puede afirmar que también de futuro. 

(The Mask of Dimitrios)
Edhasa, col. Pocket
Barcelona, 2004 [1939]

Existe reedición en RBA

Portada y sinopsis


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La Chica del Tambor, de John Le Carré

Una de las novelas más impopulares, ya en su día, de John Le Carré, La Chica del Tambor se veía perjudicada por tratar el tema palestino-israelí, que en la época estaba tan radicalizado en las opiniones como para no contentar a los partidarios de ningún bando, con lo que el rechazo fue casi completo. Hoy no es que hayan cambiado demasiado las cosas, con lo que puede afirmarse que pasarán muchos años antes de reivindicar en su justa medida esta novela, si es que algún día puede hacerse (es decir, si es que algún día puede resolverse el conflicto palestino).
Lo cierto es que, si se lee con cierto distanciamiento y bajo los parámetros de la literatura de espionaje, la novela es ejemplar.
Los servicios secretos israelíes quieren poner fin a los atentados que realiza un grupúsculo palestino, y para ello necesitan infiltrar a un agente que permita llegar hasta el cabecilla para, asesinándolo, desarticular la organización.
Novela ejemplar porque representa la mejor descripción del proceso de lavado de cerebro que es necesario para que este agente cumpla su papel sin que pueda ser descubierto, un proceso que implica la práctica anulación de la propia personalidad hasta llegar a pensar, actuar y vivir según la cobertura que se le proporciona, en este caso la de la amante del neutralizado (es decir, asesinado) hermano  del cabecilla.
Charlie, una insignificante actriz inglesa izquierdista, es la elegida para este cometido. Como siempre en Le Carré, por fortuna para los lectores, los sentimientos de los protagonistas son importantes, y en ese binomio del funcionamiento de los servicios secretos y las dudas e inseguridades de Charlie, así como los dilemas entre la fidelidad al servicio y el amor que empieza a sentir Joseph, su enlace con los israelíes, se complementan para proporcionar el valor humano, desesperado, desencantado, prescindible en el gran juego del espionaje, que marca el estilo de Le Carré y le hace trascender a la mera novela de acción o entretenimiento.
Por supuesto, el tema era muy sucio por ambas partes. No era posible ni simpatizar con los terroristas ni con un servicio secreto que antepone sus fines a todo lo demás. Era sin duda el mensaje que Le Carré quería transmitir, pero con el tema palestino-israelí tocó en hueso. Aun hoy, insisto, es difícil mantener una postura, si no ecuánime, sí equidistante entre ambas políticas y, según parece, si uno no está a favor de una de ellas es que está en contra. O eso nos quieren hacer creer tanto Israel como Palestina.
Todo ello enmascaró una novela realmente notable, a reivindicar dentro de la producción de John Le Carré, y que es plenamente coherente con ella en su pesimismo fundamental sobre las cloacas de los estados y el desprecio que éstos tienen de las personas.

(The Little Drummer Girl)
Ed. Planeta, col. Best Sellers
Barcelona, 1984 [1983]

Existe reedición en DeBolsillo

Portada y sinopsis

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La Barchetta di Cristallo, de Augusto De Angelis

De Angelis (1888-1944) no llegó a ver el desarrollo del género policiaco italiano posterior a la Segunda Guerra Mundial. Tras los acontecimientos del armisticio italiano del 8 de septiembre, un encuentro con los fascistas de la República de Salò le resultó fatal. Una muerte prematura que ha impedido que sea conocido en el exterior, y poco en Italia.
Tenía curiosidad por leer esta La Barquita de Cristal, por varios motivos. la época en la que fue escrita (1936) todavía no había visto la explosión internacional de los modos de la novela negra americana, y por tanto el género seguía anclado en los usos de la novela-problema. Por otra parte, era una novela escrita en pleno fascismo, con un policía estatal como protagonista, y había que ver cómo se desarrollaba la investigación respecto a su entorno.
La lectura ha deparado varias sorpresas. La carga política es inexistente, cosa lógica si se piensa que en la Italia fascista se ejercía una censura férrea (e, incidentalmente, los regímenes fascistas simpatizaban poco con el género policíaco; en Italia ya se había cerrado por orden gubernamental la colección más famosa del país, la gialla Mondadori); pero en cuanto a la carga intelectual, puesta en contexto, la rebeldía se hace evidente. El protagonista, el comisario De Vincenzi, tiene inquietudes poéticas. Se interesa por la psicología freudiana, que estaba anatemizada por el régimen, y, en suma, no es el policía conformista que uno podría esperar.
Respecto a su estilo narrativo, podríamos decir que es un intermedio entre la novela-problema y el paso posterior que dio el género policial. Es probable que De Angelis hubiera leído a Simenon y sus Maigrets, no lo sé. Pero sí es perceptible que su forma de atacar la investigación es la de indagar en la psicología de los personajes. Poco análisis de cenizas de cigarrillo y mucho de intentar entender las motivaciones de los implicados marcan el método de su comisario.
La trama, en cambio, es clásica: un asesinato, un objeto misterioso (la barca de cristal del título), un ambiente pretendidamente selecto, todo ello entronca con las ficciones de Poirot, Philo vance y otros detectives de la época. Lógico si pensamos que el marco mental del público al que iba destinada la novela era ese. Pero, insisto, hay diferencias. De Vincenzi no es un detective de salón. Se mueve, indaga, a veces queriendo hacer dos cosas a la vez, siempre priorizando la que debe hacerse, procediendo con paciencia, entrevistándose con los sospechosos y los que ya sabe inocentes, tratándolos con dureza a veces, con amabilidad otras, con conmiseración cuando percibe que son pobres fantoches que quieren aparentar ser más de lo que son.
En suma una novela más que interesante, que prefigura la ficción policial moderna y se muestra crítica con los usos de la antigua, y escrita con gran estilo y buen lenguaje. Una obra de un escritor que bien pudiera haber sido, por lo menos, un enlace entre el folletín giallo y el surgir de Sciascia, un enlace que se truncó, como tantas otras cosas, por una guerra y el matonismo fascista.

Sellerio Ed., col. La Memoria
Palermo, 2004 [1936]
Nota de Beppe Benvenuto

Portada y sinopsis de la edición italiana

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El Joc dels Miralls, de Andrea Camilleri

En Juego de Espejos a Salvo Montalbano se le multiplican los enigmas. Una bomba que estalla en un lugar donde no hay nada que pueda destruirse, comportamiento mafioso pero poco mafioso, lo cual tiene desconcertada a toda la comisaría; y, además, a su vistosa vecina alguien le ha averiado el automóvil a conciencia, en lo que parece un asunto de venganza por amoríos, aunque no cuadren en esta hipótesis muchos elementos. Por no hablar de cuando el fiel Fazio descubre, redondo y nítido, un agujero de bala en el automóvil de Montalbano, señal de que se está acercando demasiado a algo. Pero, ¿a qué?
Todos los enigmas tienen solución, si se saben leer según unas claves, y éstas son las del carácter siciliano, con sus códigos de honor y autoprotección. Este sigue siendo el punto fuerte de las historias de Montalbano; que no se trate sólo de casos policiales, sino que para resolverlos se necesite entrar en la idiosincrasia siciliana. Algo que, desde el principio, ha sido marca de la casa, un arraigo y comprensión de la tierra y sus gentes que permite ese rasgo de genio y de naturalidad que tiene Salvo Montalbano. Una característica difícil de encontrar en la novela negra contemporánea.
Hasta tal punto es así que, a diferencia de otras novelas de la serie, que podían basarse en hechos sucedidos pero modificados y adaptados, ésta era completamente inventada... hasta que, poco después de escrita y antes de publicarse, lo que se relata en Juego de Espejos sucedió. Puede que la realidad esté rindiendo homenaje a Camilleri.
Siempre es un placer reencontrarse con unos personajes que ya son familiares y queridos, sin duda la comisaría más peculiar de Sicilia, pero también la que mejor comprende a sus conciudadanos a uno y otro lado de la ley. Y seguir las peripecias vitales de un Salvo Montalbano que va notando el paso de los años, pero que finalmente ha salido del bache en el que, pensando que estaba acabado, se había metido. Ha resurgido creyéndose y siendo valioso y útil para la sociedad en la que vive y en ese nuevo impulso se ha crecido y domina los casos en los que se ve inmerso.
Todo lo cual tiene una cierta resonancia a personaje mítico, ¿no es cierto? Pues en ese valor es el que me gusta reconocer a Montalbano.

(Il Gioco degli Specchi)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2014 [2011]
Trad. de Pau Vidal
Serie Comisario Montalbano nº 24

Portada y sinopsis de la edición castellana


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Andrea Camilleri
Un nou cas de Montalbano, el comissari sicilià més famós de la història

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El Complot Mongol, de Rafael Bernal

Reputada como la novela que inauguró el género negro en México, y avalada por un elogioso comentario de Domingo Villar, El Complot Mongol es, ciertamente, una original y autóctona novela hard-boiled que se lee con gusto, con una sonrisa a veces, y que no desmerece a sus hermanas estadounidenses.
Filiberto García es un detective privado que ocasionalmente trabaja para la policía mexicana. Pero, no nos engañemos, lo emplean para hacer el trabajo sucio, y éste consiste en investigar asuntos lo bastante turbios como para que unas muertes oportunas y que no sean achacables a los organismos oficiales resulten más que convenientes. Tampoco es que esto le reporte ni prestigio ni agradecimiento; Filiberto es un hombre tosco, que nació en las calles y en las calles parece destinado a morir. Sin estudios, sin clase. Una anomalía en el México cuyo "milagro" se desmoronaría el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco, con la masacre de estudiantes que pedían cambios democráticos, un México que tenía "la podredumbre del régimen y el ascenso de una clase política dispuesta a ejercer la violencia sin mancharse las manos" (del prólogo de Yuri Herrera); un México, como dice el autor, «De mucho licenciado para acá y licenciado para allá [...] Antes se necesitaban huevos y ora se necesita título. Y se necesita estar bien parado con el grupo y andar de cobero. Sin todo eso la experiencia vale una pura y dos con sal. Nosotros estamos edificando México, y los viejos para el hoyo. Usted para esto no sirve. Usted sólo sirve para hacer muertos, muertos pinches, de segunda. Y mientras, México progresa. Ya va muy adelante. Usted es de la pelea pasada [...] Que lo guarden por allí, donde no se vea, hasta que lo volvamos a necesitar. Hasta que haya que hacer otro muerto».
En este estado de cosas y ánimo, a García lo mandan llamar para que investigue un complot chino que pretende asesinar al presidente de los Estados Unidos en una próxima visita oficial, o eso afirma un rumor que el KGB ha hecho llegar al gobierno mexicano. De manera que Filiberto tendrá que colaborar con un agente ruso y uno del FBI, ante los que ocupa el puesto de desgraciado local, en unas pesquisas por entre la comunidad china en la capital, que García conoce muy bien. Salvo que el desgraciado local no lo es tanto, conoce mejor el terreno y las gentes, y lo del complot magnicida no le cuadra por ninguna parte.
Filiberto es todo un carácter. Es cínico, es duro, es despiadado y no le importa matar, pero en el mundo entre dos aguas en el que se mueve, entre el gobierno y los bajos fondos, es alguien que va por derecho, que asume su propia miseria y que, en comparación con los que ordenan matar desde un despacho, es casi una figura moral. Que tiene su corazoncito, y éste es Martita, la muchacha china que vive en casa del señor Liu y que despierta en él una ternura como nunca ha experimentado, para su propio asombro.
Rafael Bernal logró traspasar todas las características de la novela negra hard-boiled a su historia, sin renunciar a ninguna de las características que la hacen local (es decir, auténtica). Su personaje central es alguien con el que es imposible simpatizar, pero entendemos que no es tanto producto de una elección personal como resultado del mundo en el que ha estado inmerso desde su nacimiento, y frente a los todavía más cínicos personajes que lo rodean, es imposible no empatizar con él. Al fin y al cabo, sabe quién es y a qué se dedica, pero no es un hipócrita que pretende ser mejor de lo que es en realidad, a diferencia de todos los que le mandan y mangonean y cuyo mundo es de rosas y perfume. ¡Pinche mundo!, que diría Filiberto García.

Libros del Asteroide
Barcelona, 2013 [1969]
Prólogo de Yuri Herrera
Posfacio de Élmer Mendoza

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The Gutting of Couffignal, de Dashiell Hammett

Si hay que diferenciar en algo a los dos maestros de la novela negra, Chandler y Hammett, habría que señalar que Chandler suele moverse en un microcosmos cerrado, viciado por sus propios protagonistas, mientras que a menudo Dashiell Hammett es más expansivo, y no se limita a un caso cerrado, sino que los espacios por donde se mueve su protagonista son amplios, diversos, y las gentes con las que se relaciona numerosas.
Es así en El Saqueo de Couffignal, un relato protagonizado por el Agente de la Continental, en la que lo encontramos en una isla elitista, poblada de mansiones de ricos, custodiando los regalos de boda de uno de estos poderosos. Una misión tan anodina como las que de seguro enfrentó Hammett en su época de agente de la Pinkerton.
Acostumbrados como estamos a los modelos de género, esperamos un robo, un crimen inusitado que ponga en marcha al Continental Op, pero lo esperamos dentro de los muros de la mansión y dentro de los límites de la gente que más o menos se halla presente en la fiesta. Pero no. Lo que Hammett nos brinda es un asalto en toda regla a la isla, organizado casi militarmente, con ametralladoras tableteando por las calles, en el que los ladrones vuelan el puente que comunica la isla con tierra firme, y se dedican a asaltar sistemáticamente todo lo que encuentran, empezando por el banco y la joyería, y se espera que pasen a la acción en breve en las mansiones.
Como sorpresa, es de las buenas, más que nada porque no estamos acostumbrados a ver a detectives privados en los menesteres de organizar una defensa armada y, a la vez, tomarse un tiempo de respiro para pensar en lo que está sucediendo. Porque las cosas no son lo que parecen, y siempre queda la posibilidad de que este asalto audaz sea producto de una maquinación "desde dentro".
Lo que caracterizó a los detectives de los años treinta fue la acción. No la violencia, aunque Hammett no nos la ahorra, sino el hecho de que la prosa en la que escribían se hizo dinámica. Los personajes andan, se desplazan, gesticulan, hacen muecas o sonríen sardónicamente, pero siempre están en acción, y el autor siempre describe estas acciones. Este fue el principal elemento estilístico que caracterizó al hard-boiled, en su escritura, y que revitalizó el género. Acción entendida como imagen en movimiento, pensamiento dinámico y una velocidad que se asemejaba a la que la sociedad exhibía en su vida normal.
El lector asiste, en un relato tan denso en acción como una novela, a toda una serie de movimientos que le llevan, minuciosamente, no de un lugar a otro, sino de una situación a unas conclusiones. 
Por supuesto, el resto de elementos del género está ahí, no en vano Hammett fue el cofundador de la novela negra, y el Agente de la Continental es tan duro como el mejor de los duros: Cuando dispara a una mujer, le dice: «¡Debería haber sabido que lo haría! ─mi voz sonaba dura y salvaje y como la de un extraño a mis oídos─ ¿Acaso no me vio robar una muleta a un cojo?»


En The Big Knockover and Other Stories
Penguin Books
Londres, 19694 [1925]
Introducción de Lillian Hellman

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Cielo de Plomo, de Ben Pastor

Frente de Ucrania, 1943. El comandante de caballería y oficial de inteligencia Martin Bora interroga al prisionero general ruso Platonov sin éxito, cuando inesperadamente, en el mismo sector, el general "Khan" Tibyetskij deserta al bando alemán con el último modelo de tanque T-34 y la promesa de hacer importantes revelaciones. Esto ya puede ser una casualidad sospechosa, pero las casualidades se vuelven inverosímiles cuando en el intervalo de pocas horas Platonov muere de un ataque al corazón y Tibyetskij es envenenado. Son demasiadas coincidencias, si tenemos en cuenta que ambos generales se conocían y que habían operado juntos precisamente por esa zona durante la Revolución. Una zona que contiene el bosque de Krasny Yar, donde se producen misteriosas desapariciones que aterrorizan a la población local.
Pastor mueve la trama de forma creíble y con mano segura, y no desdeña tanto la vida privada de su investigador como el desencanto posterior al desastre de Stalingrado y la visión de un mundo nazi desde la primera línea del frente.
Pero lo que interesa resaltar aquí es el hecho de Pastor, probablemente, es la que mejor realiza este subgénero del policíaco que ha surgido en torno a los "detectives" de la Alemania nazi, un género prefigurado hace años por La Noche de los Generales de Hans Hellmut Kirst.
Y es que a Ben Pastor le va el riesgo. No sitúa su acción en la preguerra o en la retaguardia, sino en primera línea de combate, lugar ciertamente difícil para ejercer una investigación criminal.
También, y muy destacablemente, no proporciona características redimentes a su personaje Martin Bora. No es un completo nazi, pero no es alguien opuesto al régimen hitleriano: voluntario en la guerra de España, militar "junker" de carrera, dispuesto a cumplir con su deber hasta las últimas consecuencias, no es una figura con la que se pueda empatizar políticamente; si bien disgustado por los modos y los desprecios de la ley de los nazis, su lealtad está fuera de dudas; sus modos de conquistador, aunque no tan brutales, son evidentes. No es una mala opción. Antinazis, lo que se dice antinazis, hubo muy pocos entre los alemanes, de manera que es más honesto, más real, tener como figura central a un militar / investigador más representativo de la Alemania de la época que no al "alemán bueno" (y con un comportamiento más coherente que el kripo Bernie Gunther, de Philip Kerr, que es un antinazi que en ocasiones parece aquejado del síndrome de Estocolmo, algo desconcertante para el lector).
Martin Bora no es un hombre bueno. Pero tal vez es un hombre justo, o intenta serlo. Habrá que ver su evolución según se desarrollen los acontecimientos, pero según lo leído, eso será un placer en la mejor serie de detectives de la Segunda Guerra Mundial hasta el  momento.

(Tin Sky)
Alianza Ed., col. Alianza Negra
Madrid, 2014 [2013]
Serie Comandante Martin Bora nº 2

Portada y sinopsis

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Los Corruptores, de Jorge Zepeda Patterson

Primera novela de Jorge Zepeda, se trata, más que de una novela negro-criminal, de un thriller político mexicano (a veces demasiado mexicano, para nosotros los foráneos, pero vaya, nos las vamos apañando a poco que se conozca la historia general reciente de México).
Tomás, un periodista que ha ido desencantándose de su profesión y de sí mismo, se despierta un día encontrando que en su crónica del día anterior ha publicado una bomba informativa, apenas sin darse cuenta. En su información sobre el secuestro y posterior asesinato de la actriz Pamela Dosantos ha incluido una referencia a una pista policial que le fue dicha, un poco al desgaire, una pista que conduce directamente al secretario de Gobernación, Salazar, de quien Pamela era amante.
El tema es serio; el secretario puede tomárselo a mal y Tomás puede acabar muerto en una zanja, de modo que recurre a sus amigos de la infancia, Los Azules, que han seguido carreras diferentes, en la política y en la enseñanza, y que se conjuran para minimizar los riesgos que la información publicada pueda acarrearle a Tomás.
Es evidente que la información era una trampa, una pista plantada para desprestigiar a Salazar y que Tomás, con esa desgana que le ha quedado con los años de desencanto, no comprobó antes de publicarla.
El caso es peliagudo, puesto que Pamela Dosantos fue amante de una buena serie de políticos, y hay mucha gente que se podría sentir amenazada por sus confidencias, si es que dejó alguna registrada.
Sin contar conque la misma Pamela tiene familiares en el cártel de Sinaloa...
Como pueden, ver, no es una novela de resolución simple y lineal (los thrillers rara vez lo son), pero Zepeda se las agencia para llevar la trama paso a paso y con claridad hasta su conclusión.
La virtud de esta novela, sin embargo, no reside tanto en el argumento criminal como en poner sobre el tapete la atmósfera moral de la clase política mexicana, inmersa en juegos de poder y corrupción que llevan décadas perpetuándose. Zepeda es periodista, y en la nota final afirma que la trama se queda corta con respecto a lo que realmente sucede en México. Dice que ha cambiado los nombres y los lugares, pero los escándalos de corrupción reflejados en esta novela prácticamente están sacados de la realidad. Y uno se queda con la sospecha de que podría haber incluido más si hubiese querido, pero cuatrocientas páginas dan para lo que dan.
Los personajes de Los Azules están bien elegidos: Tomás, un periodista político desengañado, Amelia, la líder de un partido de la oposición, Jaime, un cerebro en cuestiones de inteligencia y seguridad política, y alguien que aspira a convertirse en la eminencia gris de México, y Mario, el profesor universitario voluntarioso y humano, componen un grupo al que les une la amistad, pero en el que las dependencias políticas y personales de sus vidas no les hacen actuar linealmente, y por tanto proporcionan un valor añadido a la tensión de la novela.
En suma, una narración bien estructurada y que, pese a algunos fallos de primera novela, es una buena incursión en un género poco visto en latinoamérica, como es el de la componenda dentro de los círculos reales de poder político y económico.

Eds. Destino, col. Áncora y Delfín
Barcelona, 2013 [2013]

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Un thriller poderoso y valiente sobre el crimen y la corrpución política a través de las vidas de cuatro amigos que siguen desde niños un código de lealtad.

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Un Primo Listo, de Richard Wormser

Hay que aclarar que el primo al que se refiere el título no es el de la familia, sino el incauto, el inocente que cae en las redes de una estafa o una acción delictiva.
Y que este relato de Richard Wormser, uno de esos autores prolíficos y que se ganó la vida escribiendo relatos en las revistas pulp, amén de novelizaciones de series de televisión, no es sino un desarrollo del conocido tema "no te fíes de las aguas mansas".
Un comercial de material de escritorio recorre el barrio en busca de clientes. Es un tipo feliz con su trabajo, con una familia a la que quiere, un poco de sana ambición de progresar en la vida y un mucho de educación y buenas maneras. Sorprendido por la lluvia, entra en un bar, donde pide un whisky escocés, y allí empezarán sus problemas. Tanto el dueño del bar como los escasos clientes parecen contemplarlo como una diversión. Le sirven un whisky infecto, le gastan bromas pesadas, le quitan la cartera. Henry Croft todo lo aguanta, intentando no meterse en un lío mayor, pero lo que no sabe es que ya está involucrado en él.
Esos indeseables lo van a utilizar para entrar en el domicilio de un industrial y así robar la paga de la empresa. Amenazado él y su familia por los matones, no tiene más remedio que acceder, si bien de forma reluctante.
Pero sucede que el único realmente perjudicado es él. Al fin y al cabo, el dinero del robo puede estar asegurado, pero el que le han robado a él, producto de las ventas del día, provoca que en la empresa lo castiguen quitándole su zona de ventas; su esposa ha pasado por un susto terrible, se ha tenido que justificar ante la policía, y todavía pende sobre él la amenaza de represalias contra su familia si se va de la lengua. En suma, su vida, que era tranquila y ordenada, se está desmoronando poco a poco. El día en que su hijo tiene que quedarse en cama con fiebre no puede más y estalla. Toma un revólver y vuleve al bar en el que encontró a los indeseables. Pero esta vez no irá como un tranquilo viajante de comercio.
El relato es directo, claro y sin más florituras, como acostumbran estos cuentos. Si algo distingue éste de los más rutinarios es la acumulación de tensión psicológica que hace de Henry Croft pasar de la mansedumbre a la violencia, a convertirse en más duro que los propios matones, a responder con sus mismas armas y a volver a ganarse su autoestima. No está mal para un modesto relato, y es también prueba de que en esas revistas populares podía haber mucho escrito rutinario, pero también una serie de artesanos que, cuando menos, prestaban atención a los detalles en bien de sus lectores,. Una lección que no todos los autores "mayores" siguen.

(Smart Sucker)
En Cuentos que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1957]


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Don de Lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann

Mariona Sobrerroca, una joven viuda de la alta burguesía barcelonesa, ha sido asesinada. Faltan pocas semanas para la celebración del Congreso Eucarístico, un gran escaparate propagandístico para el régimen franquista, y el fiscal Grau quiere que la resolución del crimen sea rápida, clara y eficiente, de modo que pone al frente de la investigación al inspector Isidro Castro; quiere, además, que se informe sin equívocos y sin deslices políticamente comprometidos, y así concede al periódico La Vanguardia la exclusiva de las informaciones, y Ana Martí, que ha hecho sus primeras armas como cronista de sociedad, recibe su primera investigación de sucesos en un caso que hay que tratar con guantes de seda y en el que hay que irse con mucho cuidado con lo que se dice y lo que se insinúa.
Pronto la hipótesis primera, la de un robo que acabó en homicidio, y que es adoptada con celeridad por la policía, se empieza a tambalear. Todo apunta a que Mariona tenía un amante o un enamorado, y para analizar unas cartas de amor encontradas en su casa, Ana recure a su prima, filóloga depurada por el franquismo, Beatriz Noguer. El caso no es en absoluto lo que parece, y puede tener unas implicaciones que comprometen a personajes significados del régimen.
Esto es un esbozo de una trama cuidada, coherente y bien dispuesta, que las autoras resuelven con mano segura y un buen hacer sobresaliente.
Lo cual ya sería bastante, pero esta novela alcanza una relevancia especial gracias a un esfuerzo por reflejar una época y una ciudad como pocos se han realizado.
No viví la Barcelona del Congreso Eucarístico; mis recuerdos se remontan a unos pocos años después, pero la España franquista, si por algo se caracterizó, fue por un inmovilismo y una vulgaridad que la hacía casi inmutable, de manera que desde el primer momento he tenido la impresión de pasearme a través de estas páginas por la Barcelona mediocre, gris, sucia y triste de mi infancia. No sólo he reconocido las calles, los locales, los lugares, sino la atmósfera de la vida cotidiana, los tics de los barceloneses, el día a día de una sociedad nacional-católica que bajo un manto de beatería ocultaba una corrupción inherente a un régimen autoritario, una hipocresía de burguesía rica y provinciana, la vida controlada de unas clases bajas siempre bajo sospecha. En suma, que me he visto inmerso en el lugar en el que transcurrió mi vida, sin que se hayan obviado detalles ni omitido sensaciones.
Es fácil trufar una novela de postales, lugares reconocibles. Lo difícil es componer un todo coherente emocional, anímico e histórico que refleje la época y su espíritu. Ribas y Hofmann lo consiguen, y junto a la trama, escriben una novela de las más notables que he leído, no sólo en el plano negrocriminal, sino en el sentido histórico. Es algo más que un viaje sentimental; es un documento social, y eso es algo tan difícil de conseguir que no puedo menos que desear que esta novela alcance el reconocimiento que merece, y que quede como una de las grandes novelas sobre Barcelona.

Eds. Siruela, col. Nuevos Tiempos, serie Policiaca
Madrid, 20133 [2013]

Portada y sinopsis


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El Enredo de la Bolsa y la Vida, de Eduardo Mendoza

En esta ocasión, las aventuras del loquito innominado que protagoniza las hilarantes aventuras que Mendoza escribe con menos frecuencia de la que desearíamos sus lectores, le llevan a la Barcelona de mediada la crisis económica (si es que 2012 era el punto medio de la crisis, que está por ver). Su búsqueda de un antiguo compañero de manicomio, tan mal atracador como el protagonista es mal detective, le hará recorrer una ciudad poblada de bares vacíos y llena de turistas, con bazares chinos que han reemplazado todo el comercio tradicional y estatuas vivientes, músicos ambulantes y pizzeros sin seguro como principales trabajos.
Desde que Mendoza excarceló del manicomio al protagonista, sus aventuras ya no son las salidas de un Don Quijote contemporáneo que contemplara los cambios de la ciudad con un estupor asombrado y una admiración desconcertada, sino incursiones en un mundo real que más bien parece de locos y en el que mejor no permanecer mucho tiempo, so pena de volverse tan idiota como las gentes que lo pueblan.
Si bien se ha perdido un toque de ingenuidad a lo Cándido, se ha ganado en ferocidad en la sátira que, mediante la bendita exageración, se vuelve retrato y paisaje, sin que se pueda decir que se aleja de la realidad.
«Era admirable ver cómo aquellos potentados, tan duramente golpeados por la crisis financiera como acababa de saber leyendo un trozo de periódico, seguían manteniendo la apariencia de derroche y jolgorio con el único fin de no sembrar el desaliento en los mercados bursátiles.» Se lo crean o no, con otras palabras, claro, este mensaje se transmitió en su momento a la sociedad, diciendo que había que mantener el nivel de consumo para no "enfriar" la economía y porque si guardábamos el dinero iba a ser peor. Bueno, pues esa es la clarividencia de Mendoza en su visión novelística del mundo. Con conceptos de origen tan demenciales como este, que Mendoza consiga darles una vuelta de tuerca más hacia la sátira es prodigioso. Claro que a ello ayuda ese lenguaje, cervantino y refinado, que el narrador prodiga y que convierte en humorístico el mundo, amén de emparentarlo con la novela picaresca y la sátira del Siglo de Oro. Es una combinación única y en extremo eficaz, que muestra no sólo maestría literaria sino también una creatividad desbordante (los nombres de establecimientos y personajes son antológicos, por ejemplo).
Pero sobre todo es su visión del mundo la que es extraordinaria. De una sociedad que creemos normal y en realidad es más majareta que los antiguos internos del manicomio. Un sistema social que está para que lo encierren, y a nosotros nos den una cura de reposo y un gramo de cordura. Reírse con las novelas de Mendoza es muy sano; en definitiva, es reírnos de nosotros mismos, y nada es mejor para el espíritu que eso.

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve
Barcelona, 20125 [2012]
Serie del loquito detective nº 4

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Una sátira genial, como las que sólo Eduardo Mendoza sabe hacer.

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Remor de Serps, de Agustí Vehí

IN MEMÓRIAM: Agustí Vehí (1958-2013) 

La pérdida de un escritor, sobre todo cuando es prematura (¿cuándo no lo es?) siempre es lamentable, principalmente cuando se considera la obra que queda sin escribir. En el caso de Agustí Vehí, es particularmente sentida teniendo en cuenta que se había mostrado como un escritor negrocriminal de los menos convencionales en el panorama catalán.
En Remor de Serps [Rumor de Serpientes], Vehí nos traslada al París de 1940, en las vísperas de su caída en manos alemanas. La ciudad bulle de exiliados republicanos españoles, así como de los matones que, dirigidos por Pedro Urraca (un personaje real y tristemente histórico) y amparados en la embajada española, se dedican al secuestro y asesinato de dirigentes "rojos", así como a colaborar con los quintacolumnistas y espías alemanes presentes en la ciudad.
Allí llega un comandante de la Guardia Nacional Republicana (es decir, la antigua Guardia Civil, pero la que fue leal a la República) que acaba de salir del campo de refugiados de Argelés. Harto de guerra y harto de exilio, aunque sabe que su regreso a España es imposible. Por casualidad, un funcionario de la Generalitat le pedirá ayuda, y poco después lo descubrirá asesinado.
Sintiendo un remordimiento de conciencia inherente a su pertenencia al Cuerpo (ha cometido el pecado de no prestar ayuda a quien se lo había solicitado con toda razón), se decidirá a buscar a los asesinos y hacer justicia con ellos.
No es una novela perfecta; hay demasiados encuentros casuales entre exiliados en París, y eso da la impresión de que hay más españoles que parisinos por esas calles; pero eso es un defecto menor. Vehí da muestras de lo que el género puede conseguir, y de las posibilidades que existen en lo negrocriminal a poco que se rebusque en las páginas de la historia. En este caso, la guerra sucia franquista contra los exiliados, que existió, da pie a escribir una novela que recuerda mucho a las del maestro Eric Ambler, sobre todo en su ambientación perfecta, pero en la que también se percibe la desolación del exilio, el cansancio de derrotado y la percepción de que la guerra española sólo fue un preludio de un combate mucho mayor entre el totalitarismo y las democracias.
Vehí, por desgracia, ya no nos sorprenderá más. Pero cuando escribía novelas negras convencionales, o policiacos vodevilescos, o novelas de espionaje como esta, en su variedad y estilo, ya nos decía que el género no era lineal, y que sus límites eran más amplios de lo que pensamos. No es mal legado, si se sabe aprovechar esta lección.
Se lo debemos a Agustí Vehí, que no se ciñó a un modelo y que en su originalidad y buen escribir era una de las mejores promesas del género en catalán. Descanse en paz.

Ed. Alrevés, col. Crims.cat
Barcelona, 2013 [2013]

Portada i sinopsi

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Pa, Educació, Llibertat, de Petros Márkaris

Es el año 2014. No este 2014, sino otro, un año en el que Grecia, Italia y España vuelven a sus monedas anteriores al euro y la crisis económica que ha acabado en bancarrota estatal se hace más patente. El Comisario Kostas Jaritos, como tantos otros funcionarios, recibe la noticia de que no cobrarán los próximos tres meses, y que gracias por tener trabajo. Los movimientos de solidaridad están en la calle, supliendo al propio estado, las protestas son continuas y la extrema derecha refuerza su discurso con acciones violentas.
Este es el paisaje de fondo que acompaña las investigaciones del comisario Jaritos. En teoría se trata de una novela de ciencia ficción, pero la realidad actual está tan cercana a lo narrado por Márkaris que el hecho de que en 2014 Grecia siga en el euro es irrelevante: el paisaje es lo bastante real como para ser una fotografía de la sociedad griega, y esperemos que no lo sea de Italia, España, Portugal y algunos otros países.
¿Y cuál es el crimen que le corresponde investigar a Jaritos en esta ocasión? Pues uno bien curioso. Su hija, abogada, tiene asignada la defensa de un muchacho de buena familia que ha sido detenido por traficar droga. Pero es un camello bien curioso; él mismo no la consume, de hecho ni tan siquiera fuma o bebe, no tiene necesidad de dinero en apariencia y no se le ha encontrado más droga que la que intercambiaba en el momento con el comprador.
Pero pocos días después, el padre del muchacho es asesinado. Y el asesinato va acompañado de un mensaje, "Pan, educación y libertad", el antiguo lema de los rebeldes de la Politécnica contra el régimen dictatorial de los coroneles, sólo que con el añadido de: "Pan, no tenemos".
Es evidente que puede tratarse de un asesinato por motivos políticos, y más cuando el comisario y sus hombres van descubriendo que aquella generación de jóvenes idealistas y revolucionarios lo que hicieron fue instalarse en el poder y corromperse en él, quedando como padres de la patria a salvo de toda crítica gracias a su pasado de lucha.
Hemos dicho muchas veces que la novela negra contemporánea se entiende como un termómetro de la sociedad, un reflejo de la moral de la época en la que suceden los hechos narrados. Márkaris siempre va un poco más allá, y es el más político y reivindicativo de los novelistas negrocriminales. En Pan, Educación, Libertad, la lucha que emprende Márkaris es total, en todos los frentes. Contra una Europa que ha mostrado sus garras a sus propios socios, contra los políticos actuales griegos, contra el pasado griego y sus protagonistas, contra la perversión de los ideales, contra el discurso y las acciones de la ultraderecha. ¿Y a favor de qué? De un nuevo paradigma, de una política social, de la solidaridad desde abajo, de una nueva economía.
Todo esto está expresado en la novela, como un texto entre líneas que se puede seguir mientras la trama criminal discurre. Y en tanto que reivindicación, es saludable tenerla en la novela, aunque sólo sea para que las generaciones futuras entiendan lo que sucedió en Europa recién iniciado el siglo XXI.

(Ψωμί, Παιδεία, Ελευθερία; Psomi, Paideia, Eleftheria)
Tusquets Eds., col. L'Ull de Vidre
Barcelona, 2013 [2012]
Serie Comisario Kostas Jaritos nº 9 (Trilogía de la crisis nº 3)

Portada y sinopsis de la edición castellana
Portada i sinopsi de l'edició catalana


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The Dain Curse, de Dashiell Hammett

En La Maldición de los Dain, Hammett retomó su personaje del Agente de la Continental (protagonista de Cosecha Roja) y en esta ocasión lo puso en un papel más tradicional, encargado de investigar el robo de unos diamantes, en una trama que cada vez se complica más y que desemboca, a mitad de la novela en la maldición que los Dain llevan encima de convertirse, más pronto que tarde, en asesinos.
El agente no cree en ninguna de estas tonterías, pero Gabrielle, la hija del matrimonio que ha sufrido el robo, y que es una Dain, es altamente sugestionable, de manera que intenta protegerla tanto de las amenazas externas que como heredera puede sufrir como de su propia creencia de ser una asesina en potencia.
Resumir el argumento en detalle es imposible. La trama se estructura en tres partes, que son episodios claramente distintos en cuanto a la acción, pero cada vez los hechos se van concentrando más en sí mismos, creando nuevas ramificaciones. Sin embargo, y como sucede muchas veces con la novela negra moderna, la trama no es precisamente lo más importante.
Lo es mucho más ver cómo el Agente de la Continental, prototipo del detective privado duro y seco, va adquiriendo cuerpo, va añadiendo recursos, coopera con la policía pero no espera mucho de ella, y se mueve en cualquier ambiente con seguridad y un punto de cinismo.
Tendría que llegar Chandler con su Philip Marlowe para que la figura alcanzara su total dimensión, pero Hammett, además de crear a Sam Spade y al Continental Op, sobre todo hizo el milagro para la narrativa policial de devolverla a donde realmente pertenecía, es decir, a la realidad, y no a los salones victorianos o a las copas de delicados venenos y sutiles encajes donde se había estado desarrollando hasta entonces. Los ambientes de Hammett son realistas, sean de clase alta, media o baja, y su narrativa no sólo prefigura e inaugura un nuevo modo de narrar, realista y duro, el relato policiaco, sino que también empieza un periplo que sigue hasta hoy que es el de poner, como fondo o en primer plano, la sociedad de su tiempo; incluyendo también, aunque sólo sea insinuada, la psicología criminal, no tan alejada del hombre común y corriente como se creía.
La maldición de los Dain es todo eso, pero se mantiene además con una frescura sorprendente, como un monumento de la novela negra que es además su piedra basal.

En Dashiell Hammett. The Four Great Novels
Picador / Pan Books
Londres, 1982 [1928]



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Una breve historia del género policial

A veces me preguntan qué es lo que se tiene que leer para comprender la evolución del género policíaco, lo más imprescindible para ello. Es delicado responder, porque cuando se empieza a enumerar autores, de inmediato uno lleva a otro, y así la lista se hace interminable. De modo que, sin querer ser exhaustivo y comprendiendo que en la relación que sigue faltarán obras y autores, intentaré proporcionar una lista básica y razonada que hará que el lector transite por este género desde sus inicios a la actualidad.

Precursores
Más o menos por la misma época, y en un ejemplo claro de descubrimiento paralelo, dos autores alejados geográfica y estilísticamente escribían aquello que puede definirse como las primeras obras del género. Por un lado, Honoré de Balzac con Un Asunto Tenebroso: más novela histórica que otra cosa, pero importante porque por primera vez un policía y su método de trabajo ocupaban una parte importante de una obra literaria.
Y, por otro, Edgar Allan Poe, que con Los Crímenes de la Calle Morgue, La Carta Robada y El Misterio de Marie Roget ponía realmente las bases de la narración policial, incluyendo el enigma, el investigador, el método deductivo e inductivo y la solución sorprendente. Elementales como son estos relatos, contienen todos los elementos que han conformado el género, de manera que Poe puede considerarse padre (y lo ha sido de tantas cosas) de la novela criminal.

Los detectives
Con estas bases establecidas, la aparición del personaje investigador era un paso lógico: alguien de inteligencia excepcional dispuesto a enfrentarse a los enigmas más blindados e "irresolubles" que el crimen pudiera proporcionar.
Epítome de este consultor criminal es Sherlock Holmes, debido a la pluma de Sir Arthur Conan Doyle. Su fuerza radica en la construcción de un personaje único, excepcional, lo bastante exéntrico como para ser atractivo literariamente, lo bastante inteligente como para ser admirable. Cualquiera de sus novelas, pero sobre todo sus colecciones de cuentos, son recomendables, y se mantienen con una frescura y originalidad que no siempre ha acompañado a otros investigadores.
Hay otros investigadores famosos de la literatura, que aprovechan o no las características de Holmes. Entre ellos podemos citar a Rouletabille (El Misterio del Cuarto Amarillo), de Gaston Leroux.

Los villanos
Ya Conan Doyle había creado la figura del archicriminal, tan querida después por los cómics de superhéroes y por las películas de James Bond, en la persona del profesor Moriarty. De hecho, hay un axioma que dice que un personaje es tanto más potente como poderoso es su enemigo, de manera que el hecho de que estos criminales pasaran a protagonizar las novelas de misterio y crímenes era un paso lógico. Sin embargo, la aparición de personajes tales como Arsène Lupin (Aventuras de Arsenio Lupin), de Maurice Leblanc, sólo marcó un leve decantamiento hacia el mal: en realidad, Lupin es una fuerza benéfica, que ayuda a resolver crímenes, aunque sea él mismo un ladrón.
Otro es el caso de A. J. Raffles, de E. W. Hornung (quien, por cierto, era cuñado de Arthur Conan Doyle). Raffles es también un ladrón de guante blanco, pero es un cínico social, y el hecho de que sus historias tuvieran tanto éxito se debe a una combinación de exotismo de clase alta y a un personaje atractivo por ese mismo cinismo, tan aristocrático, británico en suma.
Pero hubo cada vez más villanos en la literatura, y de entre ellos, y ya sin características redimibles, destaca Fu Manchú, "el Peligro Amarillo", debido a la pluma de Sax Rohmer. Producto de una época ya pasada, es cierto que veía todos sus planes frustrados por el investigador Denis Nayland Smith, pero quien era el motor de la serie era el malvado oriental, con sus tramas enrevesadas, sus inmensos recursos, su corte de esbirros y su peculiar forma de expresarse.

La novela-problema 
Tal vez hayan echado en falta algunos nombres cuando hablábamos de los detectives. No se preocupen , aquí vienen. La novela movida por pura fuerza de su investigador se hizo común, tanto que lo que llegó a alcanzar el aprecio fue la dificultad de la trama, lo difícil de resolver que resultara el problema. De manera que, sin renunciar a la figura del detective con personalidad, lo que se generalizó fue una suerte de enigmas que podían o no ser resueltos gracias a los rasgos distintivos de los detectives.
En la cima de esta tendencia está Agatha Christie, con sus personajes Hercule Poirot y Miss Marple. Si miran bien su obra, descubrirán que, aparte manierismos, son intercambiables. Ambos podrían haber resuelto el mismo problema, y si no me falla la memoria, lo hicieron, o uno muy similar, en alguna ocasión. Pero son un hito en el género, y hay que pasar por ellos.
Otros detectives de nombre que se enfrentan a casos en revesados son el Padre Brown, tal vez el más original y metafísico de los detectives, creación de G. K. Chesterton; Nero Wolfe, de Rex Stout; Charlie Chan, de Earl Derr Bigger; o Perry Mason, de Erle Stanley Gardner.

El policíaco moderno / hard-boiled
El modelo del detective / misterio tradicional se agotaba rápidamente. En tiempos convulsos, como fueron los de la depresión, la revolución rusa o la Ley Seca, leer historias que pasaban en un mundo falsamente victoriano o eduardiano, repletas de ladies y lores y en las que nunca aparecía un obrero, salvo incidentalmente (y con un clasismo más que paternalista) era un alejamiento de la realidad que ya apenas servía ni tan siquiera como evasión. De manera que un puñado de autores empezaron una narración policial que se ajustaba más a la realidad circundante, y al incluir un sentido social también incluyeron en las figuras de sus protagonistas un sentido moral, a veces más ético que el de la propia ley. La denominación hard-boiled (hervido hasta quedar duro) proviene del hecho de que los protagonistas, por lo general detectives privados, son los más duros entre los duros: de lengua afilada y sarcasmo fluido, reciben golpes de continuo, que soportan lo mejor que pueden como parte de su oficio.
Los dos grandes que protagonizaron esta revolución del género fueron Dashiell Hammett (El Halcón Maltés) y Raymond Chandler con su personaje Philip Marlowe. Siguen siendo los padres de la novela negra moderna, y la deuda que se tiene con ellos es inmensa. Apenas en diez novelas entre los dos, crearon todo el imaginario del que ha bebido el género durante décadas, y cuyos elementos esenciales siguen vivos en la narrativa actual.
No hay que desdeñar lo que, en Francia, hizo Georges Simenon con su Comisario Maigret. También él se acercó a la realidad, por un camino distinto, cierto, pero en el fondo también ha contribuido a complementar esta conformación de la novela negra moderna, dando un estudio de personajes y personalidades que, en sus mejores novelas (Una Confidencia de Maigret, por ejemplo), es perfecto.
A partir de entonces, los nombres que han desarrollado la novela negra con mérito y maestría se acumulan. De entre ellos podemos destacar a Léo Malet y su personaje Nestor Burma (Niebla en el Puente de Tolbiac); James M. Cain (El Cartero Siempre Llama Dos Veces); Ross Macdonald y su personaje Lew Archer; Jim Thompson (1280 Almas); o Chester Himes y su serie protagonizada por los detectives más bestias de Harlem, Gravedigger Jones y Coffin Ed Johnson (Por Amor a Imabelle). Todos ellos tratan los problemas de su tiempo, todos ellos tienen sentido crítico, todos ellos no hacen una lucha del bien por el bien, sino del bien como valor moral. Muchos de ellos se enfrentan a una legalidad injusta en favor de los individuos.

Novela de procedimiento policial
Dentro de la nueva novela negra, se creó un subgénero, el de la vida cotidiana de la policía, sus métodos, sus frustraciones e incluso su vida privada. El mejor en este campo es Ed McBain, con su serie sobre la Comisaría 87, una auténtica serie coral en la que vemos envejecer (y en algún caso, morir) a sus personajes, y entendemos el cansancio que a veces les acomete la continua lucha en las calles contra el crimen y una sociedad que cada vez se hace más incomprensible y más tensa.

Transición
El detective "duro" tuvo (y tiene) un largo recorrido en el género, pero mostró ciertos signos de cansancio  finales de los cincuenta y principios de los sesenta. En aquella época empezaron a surgir voces que, aprovechando los modelos de la novela negra moderna, pretendieron transformarla o incluso desafiarla.
En el desafío encontramos a Friedrich Dürrenmatt, con su La Promesa, una auténtica antinovela negra que pretendía acabar con el género policíaco pero que, por supuesto, sólo lo estimuló, llevándolo todavía más al terreno psicológico e interior.
Patricia Highsmith, en la serie de su personaje Ripley (A Pleno Sol), hacía encaramarse al puesto protagonista no a un villano inmoral, sino a un tipo totalmente amoral, a la vez terrible y simpático, en una serie de historias subversivas para con el género, pero que están entre las mejores que haya dado el mismo.
A la vez, el recudrecimiento de la Guerra Fría, llevaba al desarrollo de un personaje que había sido apuntado ya con gran maestría por Eric Ambler (La Máscara de Dimitrios) y por Graham Greene (Nuestro Hombre en La Habana), el espía. El más literario es Greene, pero tiene la manía de lastrar sus historias, realistas, con finales felices increíbles.
Por supuesto, quien llegó a la cima del género de espionaje fue John LeCarré con su personaje George Smiley (por ejemplo, El Topo). Sus historias no sólo eran completamente realistas y plausibles, sino que descubrían la inmensa soledad y vacío del oficio más desesperado del mundo.

La novela negra contemporánea 
Poco a poco, los modelos fueron cambiando, y abandonando la lucha del investigador individual contra una pequeña injusticia o crimen, los autores descubrieron que el modelo de la novela negra se adaptaba a la perfección a la crítica social: era cercano, permitía atravesar barreras de clase y políticas, y era perfectamente cohererente con su época.
Uno de los que mejor entendió esto fue Leonardo Sciascia, que con su El Día de la Lechuza puso por primera vez sobre el tapete la cuestión de la Mafia siciliana, y lo hizo siguiendo el modelo de la novela negra.
Manuel Vázquez Montalbán, con su serie de Pepe Carvalho (salvo la primera novela Yo Maté a Kennedy, una historia surrealista y experimental), trazó a la perfección el ambiente de la Barcelona y la España de los últimos tiempos del franquismo, la Transición democrática y la España posterior.
Estos fueron los inauguradores de esta "nueva" novela negra, y en el resto del mundo pronto se descubrió que el modelo funcionaba a nivel local (y, como sucedió con las tragedias clásicas, y más en un mundo globalizado, la historia local era extrapolable a lo universal), y de ahí surgieron gentes como Henning Mankell en Suecia, con su personaje Kurt Wallander; Bernhard Schlink y su anciano detective Selb en Alemania; el muy social Petros Márkaris y el inspector Kostas Jaritos en Grecia; Yasmina Khadra, pseudónimo de Mohamed Moulessehoul con su policía Llob en la convulsa Argelia de las revueltas islamistas y la corrupción gubernamental; Andrea Camilleri y su comisario Salvo Montalbano, que observa con humor y unos peculiares compañeros los avatares de la sociedad siciliana e italiana; Ian Rankin y su inspector Rebus, fijado en la Escocia que vive los estertores del petróleo del Mar del Norte y entra en un autogobierno problemático; o Jean-Claude Izzo, con el expolicía Fabio Montale, analizando una Marsella llena de inmigración y delincuencia. Leonardo Padura y el policía Mario Conde, transitando por la Cuba castrista. Entre otros muchos.
Habrán observado que no he citado ningún escritor norteamericano. Es curioso constatar que donde nació el género sus autores han derivado a la mera novela policial de entretenimiento y al thriller más que al formato contemporáneo. Como excepción, resaltemos a Michael Connelly, con su personaje Harry Bosch, que traza un auténtico retrato de la California actual y su oscuro reflejo, Las Vegas.
Y quedan dos fenómenos por tratar dentro del género:

La novela forense
Aquella que es heredera de la de procedimiento policial, pero se basa como método investigativo en los aspectos de la policía científica. Como principal representante, citemos a Patricia Cornwell y su doctora Scarpetta.

El detective psíquico
Una variante extraña: detectives psíquicos abundaron en la década de los 30 (el más famoso y hoy justamente olvidado, fue Seabury Quinn y su personaje Jules de Grandin), pero fue un subgénero que pronto se agotó a sí mismo, en parte por lastre de la novela detectivesca tradicional y en parte por las limitaciones inherentes a su carácter sobrenatural. Sin embargo, John Connolly y su personaje Charlie "Bird" Parker han hecho el milagro de revitalizar este subgénero aplicándole el modelo de la novela negra, más que el detective a la Hercule Poirot, y haciendo se su protagonista un hombre torturado e intenso.

Espero que las omisiones no sean demasiadas, y que este breve ensayo sirva de guía para aquellos que quieran ver el género con cierta perspectiva.



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El Cazador Sordo, de James McClure

Una de las ventajas que tiene el género negro es la de ser universal, lo cual nos permite visitar diversos países, pero sobre todo captar el clima moral de las sociedades que retrata.
En el caso de El Cazador Sordo, James McClure nos lleva a la república Sudafricana en pleno apartheid. Empezando porque sus protagonistas son inusuales, un teniente de policía de la imaginaria ciudad de Trekkersburgo y un sargento bantú, trabajando en pareja, con todo lo que ello comportaba en la época, el autor no se priva de darnos detalles de cómo el gobierno sudafricano ejercía su protectorado paternal sobre la población negra a su cargo. Hablaremos de ello más tarde.
En vísperas de Navidad, en plena ola de calor, un hombre es asesinado en su casa. Lo que parece un asesinato rutinario es complicado cuando el teniente Kramer, que no cae demasiado bien al coronel sustituto de la policía local,  es enviado a investigar un accidente de tráfico, con lo que el sargento Zondi queda al cargo de arrestar al criado negro que es el principal sospechoso. Se complica porque el propio Kramer empieza a encontrar discordancias entre su investigación y la que ha realizado, en apariencia con pocas gans, su sustituto enviado por el coronel. Y sospecha que hay algo más bajo este asunto. Y no sabe lo acertado que está.
Hay muchas cosas a destacar en esta novela. La primera y litararia, aunque también ideológica, es que el sargento Zondi no es una figura decorativa, una especie de Watson que se limita a admirar a su maestro. Es un investigador de primera marca, como demuestra en esta novela. Pero, ¿se le reconocerá alguna vez? No por los estamentos policiales, y sólo de forma privada por su superior el teniente Kramer. De otra manera, la carrera de Kramer estaría acabada.
Otros detalles son más de fondo, pero igualmente importantes. Todos conocemos qué fue el apartheid, a grandes rasgos. Pero los detalles del día a día son más difíciles de percibir, y en eso la novela policíaca es ideal, ya que se mueve en los ambientes más comunes con naturalidad. Y así, veremos no sólo las diferencias de trato, sino cómo el lenguaje es creado para responder a la discriminación. Y McClure, que emigró a Gran Bretaña, sin duda porque escribir lo que escribía podía ser tipificado como delito en Sudáfrica, no ahorra la descripción de los guetos negros, así como las políticas de reasentamiento gubernamentales, con demoliciones de casas y envío a lugares de suelo rocoso, donde nada puede crecer y, se supone, la población nativa perecerá por hambre y enfermedades, lo cul además reforzará la política gubernamental de hacer creer que los negros son un conjunto de vagos e inútiles.
Insistiré siempre en que la mejor novela negra es aquella que sirve para mostrar una sociedad en un momento dado, y es satisfactorio comprobar que esto ha sido entendido, consciente o incoscientemente, por sus autores. Nos brindan así un retrato de la vida cotidiana en una determinada época y situación que es tan útil como un  tratado sociológico. Es el caso de james McClure.

(The Gooseberry Fool) 
Reino de Cordelia
Madrid, 2013 [1974]
Serie Teniente Kramer y Sargento Zondi nº 3

Portada y sinopsis