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La Invención del Pasado, de Miguel-Anxo Murado

Con el subtítulo de Verdad y Ficción en la Historia de España, la tesis que presenta este libro es que la Historia, con mayúscula, es materia sospechosa dependiendo de quién la escriba; que puede perpetuarse gracias a fuentes dudosas o sencillamente falsas cuando se dan por ciertas (por tradición, por falsificación, por error...) sin verificarlas; y sobre todo, más que sospechosa cuando se emplea para explicar el presente o predecir el futuro.
Es una tesis con la que no puedo estar más de acuerdo, sobre todo habiendo padecido una enseñanza elemental (en todos los sentidos) de la Historia según un modelo franquista.
Para los que nos gusta leer libros de Historia, es cosa conocida que ésta es una prostituta que, no es que se venda al mejor postor, sino que es chuleada por el primero que pasa para sus fines personales, principalmente políticos. Los ejemplos que podría aportar son muchos: Verbigracia, en pleno debate soberanista, la afirmación de que España tiene una existencia de quinientos años, argumento esgrimido por políticos, ya que apenas queda un historiador que afirme semejante mentira sin sonrojarse; ciertas cifras sobre la población europea en el Renacimiento que no me acaban de cuadrar (pero que son inmutables puesto que debieron ser escritas en piedra por un "indiscutible" historiador, en base a fuentes cuya precisión podría muy bien ponerse en duda); o que una catedrática haya puesto negro sobre blanco que la chimenea no se inventó hasta el siglo XVIII, cosa que me deja pasmado ante toda una serie de pinturas renacentistas preguntándome qué son esas torrecillas en los tejados (y lo malo de este ejemplo no es el error en el libro; lo preocupante es que es muy probable que semejante majadería se haya enseñado en clase a sucesivas promociones de estudiantes, que la propalarán y le darán carta de naturaleza).
Si yo, un profano, puedo presentar esta panoplia (compuesta de estas y otras mixtificaciones), si uno se dedica a investigar a fondo, como lo ha hecho Miguel-Anxo Murado, entonces la exposición de monstruos históricos se agiganta y se hace preocupante.
Ya no se trata de que el apóstol Santiago no pusiera el pie en Galicia ni en su vida ni en su muerte; se trata, por ejemplo, de que las últimas tesis sobre la conquista musulmana de la península indican que, más que una cuestión militar y de sometimiento, fue tema de prédica y conversión. Que Isabel de Castilla jamás estuvo en la rendición de Granada (y, de hecho, a quien entregó las llaves Boabdil fue al conde de Tendilla). Que Castilla no existió como reino independiente hasta el siglo XII, y no en el XI, o en el IX como algunos manuales indicaban. O que los documentos de abolengo que daban antigüedad y entidad a reinos son, simplemente, falsos y creados precisamente para proporcionar esa pátina de legitimidad que da lo vetusto.
Quede claro, este no es un libro de anécdotas o una colección de errores a ser desmentidos; hay toda una reflexión y teorización sobre el papel de la Historia y sobre el necesario escepticismo a la hora de admitir verdades sin rechistar, verdades que pueden ser mentiras. Los ejemplos abundan, precisamente para demostrar la necesidad de ese espíritu crítico y la desconfianza ante relatos míticos o semimíticos que tienen o tuvieron una clara intención política. Y esa reflexión es lo mejor del libro.
Pero precisamente porque es necesario un espíritu crítico ante cualquier afirmación histórica, representa una pequeña mancha que Murado se haya dejado embaucar por una de esas afirmaciones. En efecto, las lanzas del cuadro de Velázquez no son tales, sino picas; pero la afirmación de que «la picas [sic] habían sido sustituidas tiempo atrás por los arcabuces» y por tanto Velázquez las incluye como «arma de caballero, menos moderna y por tanto más noble» es una verdad a medias, que es la peor de las mentiras. En efecto, los ejércitos se habían convertido a la pólvora tiempo atrás, pero los arcabuceros y mosqueteros eran muy vulnerables a la caballería e inútiles en el combate cuerpo a cuerpo (de ahí la invención de la bayoneta en la segunda mitad del siglo XVII), con lo que necesitaban la protección de los piqueros (cuyo número se fue reduciendo paulatinamente, pero no desaparecieron), que además, si nos ponemos cínicos, servían de carne de cañón poco especializada y protectora para unos soldados cuyo entrenamiento era especializado: si una bala alcanzaba a un piquero en lugar de a un arcabucero, pues para eso estaba. Los testimonios contemporáneos sobre el uso de piqueros son numerosos, como sabe la historiografía militar. Y, además, a un noble jamás se le hubiera visto empuñar una pica, arma del pueblo llano y muy llano, y darle una como arma a un noble hubiera sido ofenderlo; y eran nobles pero no tontos: la caballería de la época estaba armada de pistolas y pedreñales, cuando no de arcabuces ligeros, amén de espadas.
En cualquier caso, este pequeño borrón no desmerece la tesis de Murado. Antes bien, la refuerza en la necesidad de desconfiar de cualquier afirmación que no esté bien fundamentada. En ese espíritu es en el que este libro resulta sobresaliente.

Debate / Penguin Random House
Barcelona, 20133 [2013]

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Vivos en el Averno Nazi, de Montserrat Llor

La vida es inexorable y, año a año, las de los últimos supervivientes de los campos de exterminio nazis se van extinguiendo. Antes de que la novelística tome un relevo que, como decía Jorge Semprún, es inevitable y necesario para que la historia del Holocausto no caiga en el olvido, se ha hecho perentorio que los testimonios de aquellos que pasaron ese infierno en vida de los campos queden registrados; por muchos motivos.
En el caso de los republicanos españoles que fueron internados principalmente en Mauthausen (aunque los hubo en Buchenwald, en Ravensbrück, en Ebensee, en Auschwitz, en Redl-Zipf...), el testimonio es especialmente doloroso, puesto que fueron supervivientes que, después de pasar por el horror, tuvieron además que sufrir el exilio forzoso, puesto que en la España de Franco no es que no quisieran saber nada de ellos, sino que tal vez querían saber demasiado de ellos, y para mal. (Y, de paso, y para los ideólogos de la dictadura, no todos los internados eran "peligrosos rojos"; Lázaro Nates Gallo tenía 16 años cuando era refugiado en Francia, y su único "delito", que lo llevó a Mauthausen, fue ser español fuera de España. Ni las autoridades nazis ni las franquistas movieron un dedo por él.)
Montserrat Llor, por motivos personales (su abuelo fue deportado, y su final exacto sigue sin saberse), ha realizado un espléndido trabajo recogiendo estos testimonios, en algunos casos el último que pudieron prestar, ya que fallecieron antes de la publicación del libro; veinte supervivientes que narran lo que es imposible narrar, un horror tan descomunal que desafía la comprensión. Pero puesto que no es posible racionalizar el exterminio, sí por lo menos es posible enumerar los hechos, trazar la geografía del Holocausto, relatar el día a día del infierno en la tierra que eran los campos.
Por muchos motivos, como ya hemos dicho. No sólo para conocer los detalles inusuales, imposibles se saber sin un testimonio directo (Segundo Espallargues, "Paulino", que boxeaba por algo más que la victoria, puesto que, si perdía, su destino probable fuera el crematorio; Marcelino Bilbao, superviviente de los experimentos médicos nazis; Lázaro Nates, que trabajó en la granja de animales de los SS), sino para que, narración a narración, el cuadro se haga completo. Porque hay una enorme coherencia en todos los testimonios. Descontadas las circunstancias de cada uno, todos los relatos coinciden (no sólo los de este libro, sino todos los que se han ido recogiendo) en su descripción de la vida en los campos, en la metodología y sistemática del exterminio (y tomen nota los negacionistas), en la identificación independiente de los guardianes y sus acciones.
Es también un acto de desagravio escucharlos y leerlos. No somos responsables de lo que sucedió, pero sí lo somos de que no vuelva a ocurrir, y eso pasa por escuchar lo que los supervivientes tienen que contar. Y, después de su sufrimiento, quizá su única recompensa sea esa, tener a alguien que les escuche y dé sentido al sinsentido que tuvieron que pasar. Es algo que, por humanidad, no podemos negarles.
Finalmente, entre otros muchos motivos, para conocer que incluso la maquinaria nazi no pudo liquidar, o no del todo, la solidaridad entre los presos. En unos lugares donde mirar por el otro podía comportar la extinción de uno mismo, esos actos solidarios se dieron una y otra vez, y los que se relatan en este libro, muy numerosos, proporcionan cierta esperanza en el género humano dentro de la mayor deshumanización que éste ha sufrido.
Montserrat Llor ha conseguido el tono justo para este libro: dejándoles narrar sin limitaciones, ha logrado una obra testimonial valiosa, pero también hay en su posición de entrevistadora y oyente un respeto y cariño, una humanidad, que es muy necesaria y de agradecer al tratar con las víctimas de los campos de exterminio.
Tan necesaria como lo son los testimonios que se recogen. Por el pasado y para el futuro.

Ed. Crítica / Planeta, col. Contrastes
Barcelona, 20142 [2014]
Prólogo de Josep Fontana

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«Un libro emocionante y un documento extraordinario sobre el Mal del mundo, pero también sobre el Bien, sobre la increíble capacidad de supervivencia de los humanos». Rosa Montero

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El Imperio Otomano 1300-1650, de Colin Imber

El estado de la cuestión sobre el tema de este libro lo expresa el propio autor en la introducción al mismo: «Escribir una historia general del Imperio otomano es una empresa temeraria que necesita justificación. Una historia general requiere una base sólida de libros y artículos que abarquen todos los aspectos del tema, y una tradición de debate que le dé forma y dirección. Ésas son cosas que el historiador de Europa occidental puede dar por sentadas. Pero, para un otomanista, la situación es diferente. No es que no existan libros y artículos sobre el Imperio otomano, sino más bien que son más escasos y su calidad, más variable. Además, puesto que son relativamente pocos los que trabajan en este campo, los resultados de investigación tienden a existir aisladamente, con la consecuencia de que el tema en su conjunto adolece de coherencia. Por el mismo motivo, se hace difícil hablar de debates en la historia otomana o percibir una dirección general en la que avanza este campo. Los historiadores del Imperio otomano comprueban enseguida que las preguntas principales no sólo no han obtenido respuesta, sino que además las más de las veces ni siquiera se han planteado.»
No es que el autor quiera hacerle el trabajo a este reseñista, pero casi. Aquel que se interesa por la historia de este período se encuentra con que el Imperio otomano es un completo enigma. Lo cual no deja de ser sorprendente si tenemos en cuenta que estamos hablando de una potencia mundial de la época, que se extendía desde Crimea al bayato de Argel y desde Hungría al Imperio Persa, por no hablar de su influencia en territorios de la India, Malasia e Indonesia; cuya capital, Estambul, probablemente tenía un millón de habitantes.
La imagen que se nos da de esta potencia es la de un estado decididamente feudal , es decir, anacrónico según todas las teorías políticas renacentistas; y cuya figura típica de sus soldados (en una representación más bien eurocéntrica) era la del jenízaro, un soldado de infantería vestido pintureramente armado de espada, lanza y arco y flechas. ¿Eran estos los soldados que pusieron cerco a Viena no una, sino dos veces, en una época en la que el soldado más significado en todos los ejércitos era el mosquetero? La respuesta es que no, por descontado, y que el legado que nos llega sobre el Imperio otomano tiene más de propaganda que de objetivo. Se puede aducir que el Imperio turco no fue doblegado porque las potencias europeas jamás llegaron a aliarse con eficiencia para hacerlo, y algo de razón hay en este argumento, pero resulta difícil de creer que un estado tan "atrasado" venciera, una y otra vez, y pusiera en jaque a los estados "modernos" consiguiendo unas conquistas en Europa que permanecieron hasta el siglo XIX.
La realidad es muy distinta, y hay que alabar el esfuerzo de síntesis que ha realizado Colin Imber en esta historia otomana. No sólo resuelve esas dudas y nos permite entrar en los entresijos del poder otomano, sino que tiene tiempo y espacio para poner en orden cosas como la flota, el ejército, la legislación, la organización provincial, la estructura del palacio o el reclutamiento de funcionarios y soldados. Y lo hace con una claridad que resulta tanto más de agradecer cuanto se mueve en terra incognita para los lectores occidentales.
No sé si pueden haber historias del Imperio otomano mejores. Lo que sí sé es que en este momento no hay ninguna más accesible, y por tanto tendríamos que conformarnos con ella. Pero después de leer este libro, uno tiene la impresión de que Imber ha acertado, de que esta historia sí puede ser una magnífica introducción a un enigma histórico y cultural, de que esta historia vale la pena para estudiosos y curiosos en general.
[Signo de los tiempos, e irónicamente con lo anteriormente expuesto, este libro está descatalogado, con lo cual el lector español queda a merced de los ejemplares restantes en bibliotecas y en las librerías de segunda mano. Los otomanistas españoles, si alguno hay, van a tener que pasar una nueva travesía del desierto en cuanto a buenas referencias sobre el tema en castellano. Y aprender, además de turco y árabe, inglés.]

(The Ottoman Empire)
Javier Vergara Ed. / Eds. B, col. Biografía e Historia
Barcelona, 2004 [2002]


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The Monuments Men, de Robert M. Edsel

Durante la Segunda Guerra Mundial se produjo el mayor expolio y destrucción de obras de arte de la historia. La destrucción puede ser tildada de inevitable, con muchas dudas respecto a algunas acciones, que podrían haber sido evitadas sin que los argumentos sobre el ahorro de vidas humanas o el de acortar la guerra fueran fundamentales (el caso clásico es el de la abadía de Monte Cassino, que ni estaba ocupada por los alemanes ni su destrucción facilitó la toma de la posición, antes bien, la dificultó). El expolio, en cambio, fue producto de una rapiña planificada y voraz, tanto por el estado nazi como por los individuos que medraron en él, y la magnitud de lo robado fue enorme.
Si creen que la historia del hallazgo y preservación de estas horas se hizo gracias a que el G. I. Joe, el Tommy o el Poilu de repente hallaban un retablo y se quedaban extasiados ante su belleza, se equivocan. Los soldados y sus mandos inmediatos ciertamente estuvieron atentos a estos hallazgos, pero fue gracias a que, por parte de los Aliados, se constituyó una unidad específica destinada a encontrar, recuperar y preservar estas obras de arte, los Monuments Men. Este libro narra la historia de esos hombres, una historia única, puesto que jamás ha vuelto a organizarse una unidad semejante (y probablemente gracias a ello se ha producido el gran robo de arte de los museos de Iraq, por ejemplo).
Lo primero que sorprende es la escasez de personal, los pocos hombres con que contaba esa unidad. Y si hubo escasez de tropas, quiere decir que hubo escasez de medios, por no hablar de escasez de voluntades, al menos en sus inicios; tanto que lo prodigioso es que se rescatara tanto por tan pocos.
La tarea que tuvieron que acometer fue titánica. Tenían que designar monumentos a preservar durante el desembarco y el avance aliado. Tenían que catalogar lo robado de los museos; tenían que ocuparse de lo robado a coleccionistas privados; tenían que interrogar a funcionarios y prisioneros de guerra para intentar averiguar el paradero de los sustraído. Una vez en Alemania, tenían que encontrar estos depósitos de arte, y además de lo expoliado, también tenían que ocuparse de lo que pertenecía legítimamente a Alemania, y conservarlo para el futuro.
En ocasiones, tuvieron que hacerlo bajo el fuego, en primera línea. En otras, contrarreloj ante la amenaza de que pusiese en marcha el "Decreto Nerón" de Hitler de no dejar nada en pie, devolviendo a Alemania a la Edad Media. Cuando encontraban alijos, su preocupación revertía a los daños que hubieran podido sufrir las obras de arte en las condiciones de conservación precarias que existían en las minas de sal o carbón en las que estaban almacenados.
Es una historia fascinante, y si bien podía haber sido mejor narrada (un problema de estructura del libro, que dificulta un tanto la fluidez de la narración), es un relato que tenía que ser difundido. No en vano buena parte de lo que hoy contemplamos en los museos fue rescatado por esos hombres. Sólo en la mina de Altaussee se hallaron 6.557 pinturas, 230 dibujos y acuarelas, 954 grabados, 137 esculturas, 122 tapices y 1.900 cajones de libros o similares, entre otras cosas. Ese patrimonio rescatado se lo debemos a ellos, que fueron sus albaceas en tiempos de guerra, y que lo legaron para que lo disfrutásemos y, a ser posible, para que aprendiésemos más cómo hacer la paz y no la guerra.

(The Monuments Men)
Eds. Destino, col. Imago Mundi
Barcelona, 2012 [2009]

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La fascinante aventura de los guerreros del arte que impidieron el expolio cultural nazi.

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Cervantes en Barcelona, de Martín de Riquer

IN MEMORIAM: Martí de Riquer (1914-2013) 

Martín de Riquer fue un lujo para nuestra cultura que, por desgracia, no tendrá reemplazo fácil, si es que alguna vez lo tiene. Medievalista excelso, investigador definitivo del Tirant lo Blanch, experto en poesía trobadoresca y uno de los cervantistas más ilustres y esclarecedores que han existido, su erudición y sabiduría fueron incomparables, prodigiosas. Pero, capaz de todo, siempre expuso sus argumentos con autoridad, documentación y criterio, pero de manera clara y hasta amena, lo que le hizo trascender el mundo académico y alcanzar un segmento de público mucho mayor del que se acostumbra en campos que, a veces, amenazan con una aridez que se reserva a los especialistas.
En este estilo, expresivo, apasionado y razonable, este ensayo Cervantes en Barcelona trata de la supuesta estancia del autor de El Quijote en la Ciudad Condal, algo que sólo es conjetura, a pesar de la muy popular costumbre barcelonesa de señalar la casa del Paseo de Colón, nº 2, como "la casa de Cervantes".
Que Cervantes viviera en Barcelona una temporada es algo probable. Pero, como tantas cosas del mundo cervantino, otro asunto es probarlo o, si esto no es posible, dar argumentos que hagan posible esa probabilidad.
Los biógrafos suelen datar esa estancia en 1569, cuando huía de Madrid hacia Italia. Martín de Riquer, con un análisis minucioso de los episodios catalanes de Las Dos Doncellas y la segunda parte del Quijote, traslada (y demuestra) esta estancia a 1610, cuando debió seguir al Conde de Lemos en busca de patrocinio (algo muy normal en la época) y, sí, probablemente en la casa que la tradición le atribuye, o en todo caso en una muy cercana.
Dominador absoluto de todo aquello que se ha escrito y descubierto sobre Cervantes, Martín de Riquer pasa por todas las posibilidades y descarta los imposibles, y entonces acumula referencias hasta encontrar fecha, época y lugar en el que la estancia de Cervantes se produjo.
Todo ello, insisto, en una prosa clara, inteligente, legible y amena, algo difícil de encontrar en el campo de la exégesis literaria. Y para los que crean que discutir si Cervantes estuvo o no en Barcelona es como tratar del sexo de los ángeles, les diré que para llegar a esta conclusión Riquer realiza un auténtico paseo por la Barcelona de la época y su vida cotidiana. Al fin y al cabo, y aunque la estancia fuera breve, lo que sorprende es que Cervantes fuera tan perceptivo como para recorrer sus calles y conocer sus gentes, situarse tan bien en la geografía y entablar contacto íntimo con la vida y preocupaciones de la ciudad; todo lo cual queda reflejado en El Quijote. Pero, como señala Martí de Riquer, tampoco es de extrañar. Barcelona adoraba la primera parte del Quijote (y siempre ha sido ciudad cervantina), y la acogida que debió dispensar a su autor debió halagarle sobremanera, tanto como para motivar los elogios que dedica a la ciudad en la segunda parte. En este estado de cosas (y para fastidiar a Avellaneda, autor de ese Quijote falso que tanto molestó a Cervantes) decidió que Don Quijote y Sancho no fueran a Zaragoza sino a Barcelona.
El historiador desearía conocer y tener documentados todos los hechos. Sin embargo, esto nos hubiese privado de este paseo delicioso que Martí de Riquer nos invita a realizar en este ensayo. Más allá de la sabiduría ya reconocida, la pérdida de Martí de Riquer nos ha privado de verla perpetuada. Descanse en paz.

Acantilado / Quaderns Crema, col. Cuadernos del Acantilado
Barcelona, 2005 [1989]
Publicado anteriormente como parte de Para Leer a Cervantes

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Historia de las Tierras y los Lugares Legendarios, dirigida por Umberto Eco

Como lleva haciendo desde hace un tiempo, Umberto Eco ha dirigido (no escrito, aunque algunos textos son fácilmente reconocibles como suyos) este libro que combina la iconografía con la cita literaria y el ensayo. Es un esquema que ya ha seguido en Historia de la Belleza, Historia de la Fealdad y El Vértigo de las Listas.
Hay que aclarar que no se refiere a lugares inventados, o de novela, o de cualquier otra forma de ficción. No, lo que nos trae Umberto Eco y su equipo son aquellos lugares que la gente ha creído que existían y que en muchas ocasiones han sido buscados con ahínco; o que existieron y por alguna circunstancia hemos perdido su rastro.
Pasearemos por tanto por la Tierra Plana y las Antípodas; las tierras de la Biblia; aquellas relatadas por Homero en La Odisea, así como las Siete Maravillas del Mundo; las tierras del Preste Juan; el Paraíso Terrenal y el más materialista pero igualmente paradisíaco El Dorado; Atlántida, Mu y Lemuria; Última Thule e Hiperbórea; Los lugares donde descansa el Santo Grial; la localización de Alamut y la sede de los hashishin; el país de Jauja; las islas de Utopía; la Terra Australis Incognita, que tan evasiva se mostró durante siglos. El interior de la Tierra y Agartha; para acabar con una invención moderna, pero en la que mucha gente cree: Rennes-le-Château como lugar mágico (porque el lugar en sí está localizado, claro, pero sus criptas del tesoro y otras majaderías escritas por Dan Brown no).
Ciertamente se podría criticar estos libros como cortados por un mismo patrón; ciertamente, se podría aducir que no son más que una variante de esos libros de mesilla de café que pueblan los estantes de libros de regalo de las librerías. Sin embargo, hay un hecho distintivo en todos ellos, y es que todos tienen la virtud de incitar a la curiosidad del lector. Y en este aspecto la combinación de fuentes literarias, recursos iconográficos y texto de acompañamiento es especialmente acertada. Una cosa es leer sobre, pongamos, la tierra del Preste Juan y otra tener a la vista cómo la percibían sus contemporáneos y cuáles fueron los textos que causaron la curiosidad de aquéllos que fueron en su busca.
Sobre todo, este libro es un viaje a un mundo perdido en sí mismo, el del planeta Tierra cuando todavía tenía lugares que eran terra incognita, que excitaban la fantasía (y a veces la locura) de los seres humanos. Hoy, que tenemos cartografiado y a vista de satélite en nuestro ordenador todo el globo, puede ser que esta otra cartografía fantástica nos reconcilie con nuestra imaginación.

(Storia delle Terre e dei Luoghi Leggendari)
Ed. Lumen / Random House Mondadori
Barcelona, 2013 [2013]

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La Marcha de la Locura. De Troya a Vietnam, de Barbara W. Tuchman

Barbara Tuchman alcanzó justa fama y el premio Pulitzer con su fenomenal Los Cañones de Agosto, donde exponía con claridad absoluta los estadios iniciales de la Primera Guerra Mundial, amén de escribir una de las páginas más bellas de la historiografía al respecto de la desaparición del mundo decimonónico y la violenta entrada en otro paradigma global.
Con ese hito, que le permitió superar reticencias y discriminaciones más bien malintencionadas (y bastante machistas, todo hay que decirlo), Tuchman desarrolló una obra ensayística en el campo de la historia que merece mucho la pena.
La Marcha de la Locura trata sobre la insensatez en el gobierno. Aunque no en todos los casos, esa tozudería irracional, esa locura, suele acabar en conflicto armado, con nefastas consecuencias, lo cual emparenta este libro con Sobre la Psicología de la Incompetencia Militar, de Norman F. Dixon, con el que comparte parte del análisis psicológico de esa insensatez. Tuchman declara que hay muchos casos de incompetencia militar que ayudan a esa insensatez de gobierno, pero que no son el objeto de este libro, lo cual sugiere la inquietante noción de que en política, la incompetencia se da por supuesta y que hay un grado más allá, una inspiración filosófica por así decirlo, que raya en la locura y que causa (más) incompetencia.
En la introducción, Tuchman proporciona ejemplos de estas situaciones, tan numerosas como inquietantes: las invasiones de Rusia de Carlos XII, Napoleón y Hitler; Moctezuma y su inacción ante las tropas de Cortés; la tozudería de Chiang Kai-shek en su construcción nacional de una nueva China; la carrera desaforada del crecimiento económico (y recordemos que esto se escribía en 1984); la aventura de la Armada Invencible; la caída del Imperio Romano; la del zarismo en Rusia. El lector puede, seguro, aportar muchos más ejemplos. 
Las causas las cifra la autora, solas o en su combinación, en la tiranía u opresión, la ambición excesiva, la incompetencia o decadencia y la insensatez o perversidad. Se centra en ésta última, y pone cuatro ejemplos que analizar: la Guerra de Troya, los papas renacentistas y la secesión protestante, la pérdida de las colonias británicas en América y la Guerra de Vietnam.
La parte dedicada a la Guerra de Troya es la más breve (al fin y al cabo, las fuentes son escasas y son lo que son; tampoco es que se pueda dar una gran fiabilidad histórica a Homero, Virgilio o Arctino de Mileto), pero es pertinente porque su ejemplo es palmario de actitudes políticas posteriores. Cuando el ejército aqueo se desvanece de la noche a la mañana dejando sólo un gigantesco caballo de madera, únicamente se puede calificar de locura introducir esa figura en la ciudad, no registrarlo ni comprobar su interior y despreciar todos los avisos acerca de una estratagema de los griegos para traspasar las murallas de Ilión.
Pero, ¿cómo se puede calificar las continuas actitudes y legislaciones que irritaban más y más a los ciudadanos de Nueva Inglaterra y la continua negativa a llegar a un acuerdo que los convirtiera en lo que ya eran salvo de iure, es decir, buenos súbditos del rey Jorge III?
¿Cómo explicar la espiral de autocomplacencia en el poder y desprecio de la espiritualidad que llevó a los papas renacentistas a ignorar los reiterados avisos de que o limpiaban su propia casa u otros lo harían por ellos?
¿Cómo comprender que administraciones republicanas y demócratas se empeñaran en una guerra no declarada, con un objetivo imposible de conseguir, teniendo en cuenta además el precedente del fiasco francés en Indochina? Un empeño que dinamitó la sociedad estadounidense y se llevó por delante el patriotismo, la confianza en el gobierno y causó un síndrome de inferioridad que provocó una escalada en la prepotencia de la política exterior norteamericana, que ha causado reticencias y desconfianzas en aliados, neutrales y enemigos desde entonces y, en definitiva, una pérdida de prestigio irremediable respecto de los Estados Unidos como líder mundial.
Pues Tuchman da el primer paso para explicar eso y trazar líneas de contacto comunes que puedan dilucidar los porqués de conductas en apariencia caprichosas y en definitiva inhumanas precisamente por demasiado humanas. En ese aspecto, el libro abre un campo, si no nuevo, sí apasionante, como es el de buscar los motivos reales de la política. La autora declara que, por lo general, los historiadores suelen buscar con tanto ahínco la racionalidad en la Historia que tienden a no creer que los gobernantes puedan comportarse irracionalmente. Y acierta en esa tesis porque, si lo miramos bien, la historia del gobierno de la humanidad consiste en una continua evolución y búsqueda de instrumentos para desterrar la irracionalidad de la gobernanza. Señalar con los ejemplos mostrados que todavía no se ha alcanzado ese punto y que los sistemas son falibles no es sino aportar un enfoque nuevo y fundamental tanto a la historiografía como a la filosofía política.

(The March of Folly. From Troy to Vietnam)
RBA Libros, col. RBA Historia
Barcelona, 2013 [1984]

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París Después de la Liberación: 1944-1949, de Antony Beevor y Artemis Cooper

Resulta sorprendente encontrar al mejor representante actual de la historiografía militar como es Antony Beevor tratando un tema de "paz" como este. Sin embargo, hay una explicación; Artemis Cooper, esposa de Beevor, es nieta de Duff Cooper, el primer embajador británico en París después de la liberación, y sus documentos privados, así como los de la familia, constituían una base formidable para empezar a elaborar una historia del período.
Pero de Beevor y Cooper no se podía esperar una mera elaboración de esta fuente documental, forzosamente incompleta, de manera que, con la minuciosidad y el cuidado que les caracterizan, han realizado entrevistas y movido fondos documentales e históricos hasta componer una visión de conjunto detallada y completa del tema.
Los grandes hechos muchas veces ocultan a los aparentemente menores. La Liberación de París es uno de ellos. Entra la División de Leclerc en la ciudad, llegan los americanos, De Gaulle pronuncia un par de discursos, et voilà, todo arreglado: París recupera la normalidad, la prosperidad y la vitalidad anteriores a la guerra, o más. Las cosas son algo diferentes en realidad. Cierto que hubo un período de euforia, pero de inmediato lo siguió una etapa de gran incertidumbre. Hubo hastío del nuevo ejército "invasor", el americano; hubo una lucha por el poder en la que el partido comunista francés llegó a sabotear incluso las ayudas del Plan Marshall a Francia; hubo una época de depuración de colaboracionistas y petainistas, con juicios que fueron poco menos que una farsa y con omisiones notables de depurados. Sobre todo, hubo una profunda crisis económica y de producción, que condenó al frío y al hambre a la población francesa, tipificada en la parisina.
Beevor, como acostumbra, lo trata todo, desde lo más político y diplomático a lo más cotidiano, y no extraña encontrar, al lado de capítulos como "Comunistas en el gobierno", otros como "La sed de novedades" o "El apogeo de Saint-Germain-des-Prés", sobre la vida intelectual de París, sus clubes nocturnos y el jazz o la chanson.
Desde la anormalidad de la ocupación a la recuperación económica, cinco largos años transcurrieron, en los cuales París fue un campo de batalla diplomático y político, un lugar de turismo para los aliados y de miseria y mercado negro para los parisinos, de alta excitación artística e intelectual y de luchas, rencillas y censuras entre estos intelectuales por motivos ideológicos. De revancha por la colaboración y de olvido hastiado en busca de una vida normal.
Sobre todo, además de historiar el período, hay que tener en cuenta que todo lo sucedido en estos cinco años marcó el devenir posterior de Francia y sus instituciones políticas, así como de su situación en el mundo. Y si se puede sacar esta conclusión es gracias a que Beevor y Cooper han escrito un texto claro, fundamental y ameno en el que los conceptos básicos destacan por sí, apoyados por los hechos, y el carácter social queda retratado en esta obra fundamental.

(Paris after the Liberation: 1944-1949)
Crítica, col. Memoria Crítica
Barcelona, 20033 [1994]
Trad. de David León Gómez

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La agitada historia de Francia durante los años posteriores al dominio nazi

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La Batalla de Creta, de Antony Beevor

Beevor es, sin lugar a dudas, quien ha puesto la historia militar de nuevo en el sitio que le corresponde, después de haber estado relegada a una especie de limbo cuando otras modas historiográficas, principalmente la historia económica, se erigían en las grandes explicadoras de los hechos históricos.
Sin embargo, o ha hecho como debía hacerse, no por imposición sino como integración. En efecto, Beevor no defiende la militar como la panacea para explicar la Historia; lo que dice es que es un elemento más a tener en cuenta, sobre todo cuando se trata de hablar de guerras (irónicamente, habían historias de la Segunda Guerra Mundial que no hablaban ni una sola vez de movimientos militares), y por tanto no renuncia a la historia económica, social, política, etc., cuando se trata de explicar hechos.
Así, cuando Beevor nos propone una historia de la batalla de Creta (y de la resistencia en la Creta ocupada, como dice el título original), no se limitará a las meras cuestiones del combate y sus movimientos.
Digamos que a Hitler le convenía una Grecia neutral, pero no hizo gran cosa para impedir que Mussolini se embarcara en la desastrosa campaña de invasión desde Albania. Pero, una vez metido en campaña, Creta tenía que ser conquistada. Su posición era ideal para la instalación de bases aéreas que pudiesen atacar los pozos de petróleo rumanos de Ploesti, que le eran vitales. Menor era su interés en Creta como primer salto hacia la conquista de Egipto, pero aún así la posesión de la isla sería una amenaza permanente para los ingleses.
De manera que invasión tenía que haber, pero lo auténticamente nuevo fue que se trató de la primera invasión aerotransportada de la historia.
Creta, en este aspecto, ha sido escuela táctica y estratégica de cómo no se deben hacer las cosas. No en vano la isla fue llamada "el cementerio de los paracaidistas alemanes". Si los ingleses no ganaron la batalla fue por una combinación de incompetencia, mala información y poca voluntad. El caso es que Creta quedó en manos alemanas y Hitler jamás volvió a usar los paracaidistas en operaciones a gran escala.
Lo que hace Beevor es llevarnos desde la invasión de Grecia a la liberación de Creta con esa escritura genial que ha demostrado una y otra vez, y que va desde lo más general a lo más detallista en una sabia combinación de grandes temas con anécdotas que permiten humanizar todo lo que se está leyendo.
Pero, por valiosa que sea la narrativa que nos depara Beevor sobre la conquista de Creta, ésta ya era de sobras conocida; lo que añade interés a este libro es la feroz resistencia cretense que se produjo tras la ocupación alemana, y ahí Beevor ha trabajado con fuentes de primera mano para darnos una historia tanto de la resistencia cretense como de los infiltrados ingleses en la isla, que trabajaron codo con codo con los partisanos.
Una historia poco contada, pero que en manos de Beevor se convierte en un documento imprescindible para la historiografía moderna de la Segunda Guerra Mundial.

(Crete, the Battle and the Resistance)
Ed. Crítica
Barcelona, 20023 [1991]


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La Civilización del Renacimiento en Europa 1450-1620, de John Hale

De vez en cuando, en la ensayística surge una obra tan clara, tan diáfana, tan espectacularmente fundamental que se convierte de inmediato en referencia. Es el caso de este ensayo histórico, y pocas veces he leído obras que puedan definirse a la vez como imprescindibles y deliciosas de leer.
Desde su inicio, "El Descubrimiento de Europa", el lector se apercibe de que el autor no habla del pasado de un continente. Lo que hizo el Renacimiento fue descubrirnos qué éramos respecto a nuestra civilización. Sin ser el único período fundamental (las épocas clásicas greco-romanas y la Revolución Francesa acuden con rapidez a la mente como conformadoras de un estilo de vida que constituye nuestra herencia cultural), sí fue el primero en el que definimos cuestiones como civilización y civilidad, más allá de la pertenencia a un país o una región; en suma, es la época en la que encontramos una serie de valores que perviven en nuestros tiempos y nos hacen europeos y por extensión y exportación, occidentales.
Lo que sorprenderá es que Hale no se limita a discursear sobre una serie de conceptos abstractos, por muy ciertos que sean. Una civilización se define por su pensamiento, pero éste no sirve para nada si no se traslada a la vida cotidiana, en lo que llamamos civilidad (y es la primera vez, con el surgimiento potente de una clase media, que asuntos como la civitas, lo civil y lo civilizado se unen), y Hale desciende a lo concreto con una naturalidad y lógica pasmosa. La dieta, la alfabetización y la valoración del libro y la cultura, los buenos modales, la evolución de la investigación científica, la prestigiación del comercio, la medicina y la enfermedad, el sexo, la guerra, la paz, la visión del mundo, la aparición del turismo, la recuperación de valores clásicos y su evolución, los cambios de relación interclasista, los nuevos pactos sociales, los festejos, la religión (en una época que vio Reform y Contrarreforma), la mendicidad y la responsabilidad social, cualquier cosa que puedan imaginar la hallarán en este libro, que así se convierte en el mejor estudio de la vida cotidiana de la época, pero siempre viendo que estos usos y hábitos evolucionados conforman una sociedad que hereda conceptos, pero los renueva y transforma. Y en esa visión detallada nos podemos reconocer y contemplar, hallando más similitudes que diferencias. Hale bien puede proclamar: «Cualquiera que sea la forma en la que la posterioridad describa a este siglo y medio, bien de forma selectiva, como "el Renacimiento", bien con la fórmula genérica y neutral de la "fase inicial de la Edad Moderna" de la historia europea, para sus contemporáneos era, en suma, y por supuesto, "nuestra época"». Y también la nuestra, podría añadir sin equivocarse.
Quiero destacar que es un libro apasionante. La forma en la que está escrito lleva al lector de un tema a otro no sólo con esa fórmula a menudo denostada de la "amenidad", sino con el auténtico interés y la naturalidad y suavidad que sólo posee un discurso bien estructurado, claro e inteligible. Constantemente recurriendo a detalles pictóricos e iconográficos, los hombres y mujeres, las costumbres y la vida de estos europeos renacentistas se vuelven vivas ante nuestros ojos, en lo que podemos calificar de auténtica inmersión en la época.
No aparecen a menudo obras como esta, y de ahí que los historiadores la hayan calificado como excepcional. Pero, dentro de su especial significación y claridad de mente, hay que destacar que nadie puede tomar el modelo de este libro y escribir sobre este u otro tema sin más. Llegar a esta obra maestra llevó toda una vida de investigación y erudición a John Hale (murió en 1999, tres años después de la publicación de este libro). Una vida excepcionalmente bien empleada, y que por fortuna podemos disfrutar en un legado brillante como es La Civilización del Renacimiento en Europa.

(The Civilization of Europe in the Renaissance)
Crítica / Grijalbo Mondadori, Serie Mayor
Barcelona, 1996 [1993]


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Un Escritor en Guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945, de Vasili Grossman

Aquellos que hayan leído Vida y Destino, una obra que, a medida que pasa el tiempo, más se consolida como la obra maestra de la literatura rusa de la segunda mitad del siglo XX (y que les recomiendo vivamente), pueden haberse preguntado cómo es que Grossman pudo trazar un retrato tan exacto de la población rusa en guerra, no sólo la extrapolable de su vida corriente, sino la de los soldados combatientes en Stalingrado, y cómo pudo transmitir su vida en combate con tanta viveza.
La respuesta de que fue corresponsal de guerra no es suficiente. Hubieron otros corresponsales, y no tuvieron la misma profundidad de visión. El genio literario de Grossman aporta pistas, pero no sobre el nivel de extremo detalle que reflejó en su obra.
Leyendo este libro, que Beevor y Vinogradova han elaborado con las propias palabras de Grossman (en su obra literaria, pero sobre todo en sus artículos y, más importante, en sus cuadernos de notas) queda claro que Grossman no sólo fue corresponsal de guerra, sino un excepcional corresponsal de guerra.
Grossman fue un periodista "empotrado" en las unidades combatientes, mucho antes de que se inventara el término, pero no radica ahí su secreto. Lo cierto es que se dedicó en cuerpo y alma a su trabajo, y en él se mostró tan brillante que los militares se sorprendían de que gente normalmente taciturna se prestase a hablar con él durante horas. Y sorprendió a sus superiores (a veces causando cierta inquietud) que los soldados de todos los frentes consideraran que era el único que les retrataba fielmente a ellos y a la guerra.
Grossman estuvo en esta tarea desde la invasión alemana (cuando fue rechazado para el ejército por motivos físicos) hasta la caída de Berlín. Estuvo en lo más crudo de la batalla de Stalingrado (aunque, amargamente para él, fue relevado poco antes del triunfo soviético), y se separó muy pocas veces del frente de combate (un par de ellas por lo que hoy llamaríamos estrés postraumático o fatiga de combate, principalmente tras descubrir Treblinka y lo que se había hecho allí).
Pero el interés de Grossman no estaba en los grandes movimientos militares. Donde mejor se nos revela es en el retrato del hombre común, y su visión es enormemente perceptiva. No ahorra en sus notas la repulsión que le produjo el comportamiento del Ejército Rojo con la población alemana, algo que le podía haber costado muy caro (como mantener esos cuadernos de notas, por otra parte: estaban prohibidos todo tipo de diarios y anotaciones, y si bien el primer motivo para ello hubiera podido ser el contraespionaje, la NKVD juzgó sumarísimamente a aquellos que los tenían, aunque no contuvieran información militar), y aunque procede con precaución en sus anotaciones, no deja de haber una crítica velada hacia el estalinismo y, sobre todo, ante el desperdicio de vidas humanas que produjeron las políticas de "ataque Continuo" y "ni un paso atrás" promulgadas por el mismo Stalin.
En suma, tenemos un monumento del género, y un detallado y humano relato de la cotidianeidad de la vida en guerra, con imágenes emotivas y tremendas, con anécdotas y humoradas a veces. Siempre, con el sacrificio de unas gentes por una causa, en lo que se intuye un heroísmo más auténtico que el oficial.
Todo ello le sirvió a Grossman de bien poco. De mucho, si consideramos que fue el material de base para su obra maestra literaria, pero en cuanto a su vida, no le reportó ningún beneficio. No fue bien visto que un judío fuera el mejor corresponsal, el más cercano a los soldados. Cuando la época del sacrificio personal pasó, Grossman fue apartado, en beneficio de escritores más afines a los grandes hombres conductores de tropas, por encima de todos ellos Stalin. A la larga, fue censurado por las autoridades literarias y políticas y, sin ser condenado (algo que no sucedió hasta la desestalinización debido a su Vida y Destino), nunca gozó del favor del régimen, ni tuvo jamás un privilegio ni especial ni común. Sus artículos de guerra eran los mejores, pero había una nota incómoda en ellos (a pesar de que eran modificados por el director del periódico para su publicación) respecto a la ideología dominante. Había demasiada humanidad y poco socialismo, demasiada individualidad (de los soldados) y poco pensamiento colectivo. Y, tal vez peor, eran tan buenos que podían resultar influyentes para los lectores, algo que era muy sospechoso para un poder cuyo objetivo era controlar, precisamente, pensamientos y acciones de sus ciudadanos.

(A Writer at War. Vasily Grossman with the Red Army 1941-1945)
Ed. Crítica, col. Memoria Crítica
Barcelona, 20062 [2005]
Edición de Antony Beevor y Luba Vinogradova

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Los cuadernos de la Segunda Guerra Mundial del escritor ruso.

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La Guerra Civil Española, de Antony Beevor

Es llamativo constatar que las mejores historias de la Guerra Civil han sido escritas por extranjeros. Los historiadores españoles se han mostrado muy capaces estudiando aspectos concretos del conflicto, pero en lo que se refiere a proporcionar una visión de conjunto, al parecer carecen del adecuado distanciamiento en sus puntos de vista. Esto sucede más de setenta años después, y ciertamente es descorazonador; si después de todo este tiempo los españoles parecen no haber superado del todo la división civil que se produjo, es que el trauma fue tremendo, y que ni los años de democracia parecen haber restañado definitivamente las heridas.
Mientras tanto, por fortuna, existen historiadores de mérito que se ocupan del tema, y así Beevor ha podido escribir una de las mejores historias que existen del conflicto. Y lo ha hecho por segunda vez.
La apertura de los archivos de Moscú y los trabajos de historiadores españoles sobre diversos aspectos de la guerra y la posguerra obligaban a la reformulación de lo ya sabido, y Beevor nos advierte que este texto no se trata de una mera revisión de lo ya publicado en 1982, sino de una nueva redacción, con cambios importantes que modificaban incluso las conclusiones. ¿Se trata, pues, de una obra definitiva? Beevor se apresura a decirnos que no, y que los nuevos documentos, más que resolver preguntas, plantean otras nuevas. Por chocante que pueda parecer, todavía hay cosas por descubrir sobre la Guerra Civil, y (esto es opinión mía) las actitudes de algunos gobiernos según su color no facilitan precisamente las cosas.
Pero se va avanzando, y todo este material, antiguo y nuevo, exhaustivamente tratado por un historiador como Antony Beevor, que se ha mostrado una y otra vez capaz de sintetizarlo, cuidando el detalle sin perder de vista lo general, este material, decía, va sumándose para formar una idea de conjunto esclarecedora.
El conflicto no era inevitable, pero sí alcanzó una abstracción ideológica que lo convirtió en un horror tal que difícilmente puede ser olvidado, mucho menos perdonado. El juego de patio de armas que ejercieron con toda efectividad alemanes, con incompetencia italianos y con desaprovechamiento la Unión Soviética hizo que la consecución de la paz no tuviera importancia a nivel internacional, sino que resultara necesaria una victoria. La política de No Intervención de las democracias europeas tal vez no condenó a la República, pero sí hizo que ésta se abocara hacia el único aliado militar que le quedaba, la URSS, de modo que radicalizó todavía más el conflicto y lo convirtió en una disyuntiva dialéctica intolerable: o la victoria de una dictadura fascista o el triunfo del comunismo. En el campo militar, la incompetencia de los jefes republicanos fue tal que se puede afirmar que ellos fueron quienes perdieron la guerra. El resultado final fue un régimen personal conseguido gracias a las maniobras de Franco, que erradicó la oposición interna, la externa y la enemiga mediante una represión brutal y prolongada en el tiempo, convirtiendo España en una "cárcel abierta" llena de corrupción y miseria.
Estas son algunas de las conclusiones de Beevor, y para llegar a ellas ha recorrido desde los antecedentes a la posguerra, consultando y leyendo de todo, dando credibilidad a lo que lo merece y desmintiendo leyendas, para escribir la que, hasta nuevo aviso, es la mejor historia sobre la Guerra Civil que se haya realizado.

(The Battle for Spain: The Spanish Civil War 1936-39)
Ed. Crítica
Barcelona, 2005 [2005]
Trad. de Gonzalo Pontón

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Recuérdalo Tú y Recuérdalo a Otros. Historia Oral de la Guerra Civil Española, de Ronald Fraser

Las historias orales, un fenómeno relativamente nuevo en la historiografía, tienen su precedente en las memorias y libros de recuerdos que han menudeado desde la aparición de la imprenta. Sin embargo, su valor era muy discutido, porque el historiador, con buen criterio, no podía dar por válidos testimonios no corroborados como mínimo por otra fuente, de manera que siempre se trataban esas manifestaciones con la máxime prevención.
No obstante, el género tuvo su reivindicación cuando fue posible entrevistar a esas fuentes diversas y componer con ellas, si no un cuadro exacto, sí aproximativo a los hechos. De manera que los historiadores se han apresurado a redactar estas historias orales, antes de que la muerte les prive de su testimonio y, por lo común, pasado el tiempo suficiente como para que las pasiones se hayan calmado y la objetividad gane el suficiente terreno.
Pero los inconvenientes de antaño persisten, y este libro es una buena prueba de ello. No porque esté mal hecho, o tenga poco valor. No, lo que sucede es que hay muchos sucesos en los que las versiones difieren en su literalidad, aunque se mantienen en el concepto general; y, por otra parte, porque a pesar del tiempo transcurrido, esa necesaria objetividad todavía no ha llegado plenamente. ¿Por qué? Si se me permite una opinión algo arriesgada, yo diría que porque la Guerra Civil no terminó en 1939, ni tan siquiera en los años sesenta, sino que el régimen franquista representó una prolongación, incruenta a partir de cierto punto, pero siempre amenazante, de ese conflicto civil. Es difícil dejar lugar a la reflexión serena cuando un gobierno invoca, año tras año, ser el defensor de la moral y el orden contra una buena parte de su ciudadanía, en el interior o en el exilio, y recuerda una y otra vez la "amenaza roja". Era una cuestión vital para la pervivencia del propio régimen, la justificación de su existencia. Y, por parte del otro bando, el mismo fenómeno se producía; por un lado el percibir haber sido derrotado, que esa sociedad española franquista no era la suya; por otro, la objetividad se gana con la enunciación del discurso y el debate sobre el mismo, y ese discurso era reprimido, activa y pasivamente, por la certeza de que enunciarlo era peligroso. De manera que no es de extrañar que esta historia oral se sitúe ideológicamente, todavía, en el conflicto.
Aún así, los testimonios son valiosos. El autor reconoce explícitamente que las versiones pueden ser discordantes, de manera que los hechos ciertos tendrán que buscarse en otra parte. Pero insiste (y acierta) en que, cuando menos, proporcionan un testimonio del clima moral que se vivió durante la Guerra Civil.
El libro se ordena alrededor de varios hechos puntuales, no todos los sucedidos en la guerra (por ejemplo, echo de menos testimonios sobre el alzamiento en la flota), intercalados con episodios completos narrados por uno de los protagonistas, y por relatos de militancias, con mucho los testimonios más ideológicos.
Es un libro, por tanto, que no sustituye a una historia de la guerra civil; se trata más bien de un complemento necesario a la misma. Particularmente emotivos son los testimonios sobre el bombardeo de Guernica. Los del bando republicano, sí, pero también los de los partidarios de los nacionales, que muestran su malestar por ese bombardeo indiscriminado de la población civil (que ellos mismos sufrieron), pero que optaron por el silencio, considerándolo un mal menor (o mayor) necesario para la victoria de los sublevados.
Si este capítulo es indicativo del talante de este libro y del clima moral que se vivió durante el episodio, también es una metáfora de lo que fue la Guerra Civil: una situación en la que las posturas llegaron a ser tan irreconciliables que todos se prestaron a justificar las atrocidades de su propio bando.

(Blood of Spain. THe Experience of Civil War, 1936-1939)
Ed. Crítica, col. Obras Mayores
Barcelona, 2001 [1979]

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El Día D. La Batalla de Normandía, de Antony Beevor

Confieso que el efecto deslumbrante que me produjo leer La Segunda Guerra Mundial ha provocado que preste atención al resto de la obra de Antony Beevor.
En El Día D se hallan todas las virtudes que descubrí en la historia de la Segunda Guerra Mundial que les he citado. Una documentación exhaustiva, tanto de grandes fuentes como de testimonios directos o incidentales, una ordenación interna minuciosa, en la que se desgranan todos los temas importantes, pero también los pequeños que, de una u otra manera, estuvieron presentes en el hecho histórico (el sufrimiento de los habitantes de Normandía por los bombardeos; el humor, negro las más de las veces, en el campo de batalla; el heroísmo individual y el sufrimiento del soldado; las tensiones entre las fuerzas de la resistencia francesa, etc.). Y, aun prestando atención detallada a los grandes hechos, un saber descender al nivel individual y mostrar compasión por las víctimas.
Que la invasión del Día D (llamada por los franceses "El Desembarco", claro; para ellos representaba todo lo contrario a una invasión) fue una de las pocas batallas auténticamente decisivas del conflicto está fuera de discusión. Incluso, y gracias al cine (El Día Más Largo; Salvar al Soldado Ryan), se tiene una visión y conocimiento general bastante exactos, cosa rara tratándose de la Historia pasada por Hollywood. A pesar de ello, muchos aspectos de detalle no han trascendido lo bastante.
El libro de Beevor abarca desde los preliminares de la invasión hasta la liberación de París, que es lo que podemos considerar la campaña de Normandía, más que tratar del desembarco y la consolidación de las cabezas de playa. Así, desde el engaño de la Operación Fortitude, que mantuvo en los alemanes la incertidumbre de dónde se produciría la "auténtica" invasión, hasta la rebeldía de Leclerc y De Gaulle, que reinstauraron la República Francesa partiendo de los hechos consumados, y muy a pesar de Eisenhower y Churchill, que abogaban por una administración aliada, todos los temas son llevados con cuidado, detalle y brillantez por Beevor.
Los más desconocidos son el martirio de Normandía por los bombardeos aliados (unos 15.000 muertos civiles, muchos más que las bajas aliadas en las playas del desembarco); la ineptitud casi psicopática del mariscal Montgomery; la dureza del combate en el terreno infernal del bocage; la incidencia del atentado contra Hitler en las operaciones militares; el efecto devastador para la moral alemana de la superioridad aérea aliada; o la labor de apoyo a los aliados por parte de las FFI (Fuerzas Francesas del Interior, una parte de la Resistencia).
La visión de Beevor es desmitificadora: Normandía no fue la operación perfecta que a veces se ha querido presentar. Pero también es justa: a pesar de los errores, a pesar de los imponderables, la importancia del desembarco es innegable, y su posible fracaso o postergación hubiera sido una catástrofe. Pero su visión es también humana, y hay un poso de admiración, comprensión y compasión por los soldados y civiles. Se suele olvidar que los grandes hechos son protagonizados por personas. Y si hay respeto por la valentía, también hay respeto por el civil obligado a vestir el uniforme, por el hombre falible, por el civil obligado a sufrir. Beevor es historiador, pero no es un historiador frío. Tal vez en eso reside el secreto de su brillantez.

(D-Day. The Battle for Normandy)
Ed. Crítica, col. Memoria Crítica
Barcelona, 20092 [2009]

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«Una poderosa narración de la batalla de Normandía difícilmente superable.» Max Hastings, Sunday Times.

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Crimea, de Orlando Figes

La guerra de Crimea ha quedado en la mente del público como una gran colección de mitos (la muy heroica y estúpida Carga de la Brigada Ligera; la muy humanitaria intervención de Florence Nightingale) y como una colección de ejemplos de cómo no hay que llevar una campaña militar (sobre todo, por parte británica, incompetencias tales que pueden leerse como paradigmáticas en, por ejemplo, Sobre la Psicología de la Incompetencia Militar). Puede que también conozcan que fue la primera guerra en la que hubo corresponsales de prensa, en la que se realizaron fotografías, en la que se empleó con éxito el ferrocarril como elemento estratégico y aquella en la que el vapor empezó a imponerse a la navegación a vela. Con esto se tiene la idea de una guerra extrañamente antigua en la que se introducían elementos "modernos". Si se investiga un poco, se descubre lo profundo de esta contradicción: frente a la superioridad de los rifles Minié, que hicieron trizas no sólo las formaciones rusas sino todo el sistema táctico heredado de las guerras napoleónicas, se descubren cenas de oficiales "de visita" en las líneas enemigas, confraternización de la tropa durante los permisos y las treguas e incluso propuestas de resolución de enfrentamientos mediante combate singular a espada.
Pero de las causas y consecuencias de esta guerra, apenas se tiene conocimiento general. Por no saberse, ni tan siquiera es un hecho comúnmente conocido que franceses e ingleses eran aliados; que esta alianza era en defensa de Turquía y que en ella también entró Piamonte-Cerdeña como medio para situarse como interlocutor válido en el panorama internacional en su pretensión de unificar Italia.
Todavía más desconocido es el hecho de que fue, en principio y en el fondo, una guerra religiosa. Rusia tenía la pretensión de erigirse como protectora de los cristianos en Tierra Santa, como adalid de la Iglesia Ortodoxa, y por tal motivo promovió la autonomía de Grecia y, en general, ejerció una presión sostenida sobre el Imperio Otomano al respecto de la cuestión religiosa en Jerusalén, la autonomía / independencia de los principados balcánicos y, sobre todo, dando alas al movimiento paneslavista. El suyo fue un error de gran magnitud. Ante el temor de una desmembración de Turquía que pudiera desmoronar el equilibrio europeo, entró en conflicto con el Imperio Otomano, al que se sumó Gran Bretaña ante el temor de que Rusia pudiera establecer algún tipo de influencia en Medio Oriente y para mantener su primacía en Europa, Francia para reverdecer glorias imperiales y entrar de nuevo en el juego de las grandes potencias, y se ganó la desconfianza de Austria y Prusia.
El resultado fue una guerra que, en teoría, no sirvió para nada, salvo para causar unas muertes desmesuradas, más del 80% de ellas debidas a enfermedades. En la práctica, sin embargo, las consecuencias fueron que Rusia volvió sus ojos a Oriente, a los territorios caucásicos, dejó sin resolver las cuestiones balcánicas, poniendo las simientes de futuros conflictos que se prolongaron hasta finales del siglo XX, Gran Bretaña cambió su visión militar y pasó a tener un ejército nacional, en el que los soldados resultaron reivindicados frente a los oficiales, y Francia ejerció una política colonial intensa en el norte de África y Oriente Medio.
Todo ello es explicado magníficamente por Orlando Figes en este ensayo histórico en el que la teoría histórica avanza de la mano del testimonio personal de soldados y civiles, no siendo el menor de los primeros el de León Tolstoy, que vivió la campaña y la retrazó para escribir Guerra y Paz. Documentado hasta la extenuación, como es costumbre en los ensayos británicos, pero sobre todo con la virtud de enlazar datos, hechos y testimonios para ofrecer un todo comprensible y coherente de un conflicto que tuvo más consecuencias de las que aparenta y que se convirtió en la gran prueba de guerras posteriores, como la Primera Guerra Mundial. 

(Crimea)
Edhasa, col. Ensayo Histórico
Barcelona, 2012 [2010]

Portada y sinopsis

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Los Samuráis, de Jonathan Clements

Un tema de estas características evoca tantas leyendas y mitos que es difícil de tratar con objetividad. De hecho, incluso aunque se intente tratar con rigor histórico el tema es complicado, pues siempre se llega a textos antiguos que son más cantos realizados por los vencedores que no auténticas fuentes imparciales. Y a eso se suma toda la imaginería que las películas, los cómics, los dibujos animados y quién sabe qué más han añadido al tema, sin contar con la propia mitificación occidental de la figura (y una mitificación japonesa de la misma, que también existe).
Sin embargo, Clements es un autor que se ha dedicado intensamente al estudio de las civilizaciones orientales, y eso le proporciona una documentación en las fuentes originales y un poso cultural que le permite tratar el asunto de los samuráis con toda seriedad.
Pero, además, una historia de esta casta guerrera no puede separarse de la historia general del Japón. Al fin y al cabo, y desde sus primeros inicios, los samuráis fueron los instrumentos ejecutores de las políticas de sus señores.
Y aquí hay un problema añadido. La historia medieval del japón, si alguna vez han intentado pasar por ella, es un auténtico infierno. Los señores feudales japoneses vivían inmersos en un mundo de alianzas y contraalianzas, un mundo en el que no falataba, muchas veces, el doble juego y la traición dentro del mismo clan. Un intento de compilar esa historia es una interminable serie de nombres y de clanes entremezclados entre sí, con unas relaciones tan circunstanciales y, a la vez, tan rígidas, que en la mayoría de los casos acaban desembocando en un dolor de cabeza para aquel que se adentra en estas luchas.
Bien, pues a la cultura y conocimiento de Clements debemos añadir que se las apaña muy bien para desentrañar este monumental embrollo de la política feudal japonesa y, si no ponerla en claro del todo (el propio Clements reconoce la dificultad), sí aclararla lo suficiente como para convertir este libro en el único manual de historia japonesa que trata el período de manera comprensible y, a la vez, no simplísticamente. Es un gran mérito, créanme; doy fe personalemnet de la dificultad que eso conlleva.
Lo cierto es que esta casta guerrera y los señores a los que sirvió dominaron la historia japonesa durante más de ochocientos años, llegando a su final cuando el emperador del Japón, durante la restauración Meiji, en 1869, instauró un ejército regular nacional y desposeyó a los samuráis del derecho a portar armas.
Clements observa a estos guerreros durante toda su existencia, y los ve cambiar, analiza sus contradicciones y desmonta muchos mitos, incluyendo la ficción del Bushido, un texto popularizado en occidente (e, irónicamente, en Japón a través de las traducciones occidentales) que, en realidad, no es sino una ficción creada a posteriori, una creación de un código de conductas del samurái que no existía antes de 1900.
Son estos detalles, más una completa visión histórica y detalladas referencias a obras, ya históricas o literarias, la que hacen de este libro el texto definitivo sobre la historia de unos guerreros más legendarios que otra cosa, pero que podemos percibir en su realidad en las páginas de este texto histórico.

(A Brief History of the Samurai)
Ed. Crítica
Barcelona, 2010 [2010]

Portada y sinopsis (en inglés) en la web del autor

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Testigo de Raza. Un Negro en la Alemania Nazi, de Hans J. Massaquoi

Por desgracia, supe de la existencia de este libro leyendo el obituario de su autor, que falleció hace pocas semanas. No digo que su publicación hubiera pasado desapercibida en España, pero sí que muy probablemente haya recibido menos atención de la que merece.
Hans Jürgen Massaquoi nació en Alemania en plan República de Weimar, hijo de alemana y del hijo del cónsul general de Liberia en Hamburgo. Con el ascenso al poder del nazismo, su familia paterna volvió a Liberia, dejando a él y a su madre abandonados a sus propios recursos y, como es fácil de intuir, con una espada de Damocles suspendida sobre la cabeza del pequeño Hans.
El milagro de la supervivencia de Massaquoi en un estado racista tiene que ver mucho con el carácter alemán. El niño poseía la ciudadanía alemana, cierto, pero también era considerado una vergüenza para el estado nacionalsocialista. Pero, a diferencia de las promulgadas contra los judíos y otros grupos "antisociales", las leyes raciales no acababan de incumbirle. La existencia de negros en Alemania (y que, además, fueran ciudadanos del Reich) era tan rara que, sencillamente, Hans se convirtió en un vacío legal. Esos dos factores le salvaron la vida. De lo que no le salvaron fue de un eterno deambular, durante todo el régimen de Hitler, por una cuerda floja en la que un paso en falso, una palabra equívoca, un gesto mal interpretado, un llamar algo más la atención de lo que ya la llamaba podían conducirle a la muerte.
Massaquoi relata todo esto con una viveza y con una sencillez encomiables. También con cierto sentido del humor, que se agradece, porque el autor no magnifica su vida como si fuera una gesta, ni la convierte en un lamento. Sencillamente, Massaquoi relata. La exclusión, la discriminación, los insultos. Su propia ingenuidad, cuando pidió el ingreso en las Juventudes Hitlerianas (y fue rechazado, claro). Lo que no puede evitar Massaquoi es el subtexto que se hace evidente, por mucho que su relato sea vital y no panfletario, y es el de una vida vivida en perpetuo miedo, en la constante consciencia de estar rodeado de enemigos, reales o posibles, y ser un inferior no por nada que haya hecho sino por ser quien es.
Repito que el relato de Massaquoi no es victimista ni enfático. Y eso lo convierte también en testigo (peculiar, pero testigo) de la vida diaria en el III Reich y del comportamiento de sus gentes. No olvidemos que Hans Jürgen tuvo compañeros de escuela, maestros, vecinos, amores y compañeros de trabajo. Las historias de esas gentes son también su historia, y sin ser sociológicamente representativas, sí son válidas como testimonio directo.
Massaquoi sufrió el régimen nazi, los bombardeos aliados, el frenesí posterior a la liberación y la rendición de Alemania. Como valor añadido, también vivió una época de la política liberiana en primera persona. Todo eso conforma el relato de Hans, y todo ello proporciona un documento único.
Aunque el relato se centre en su vida hasta poco después de su llegada a los Estados Unidos, la vida de Massaquoi no se detuvo allí. Fue periodista de la revista Ebony, y entrevistó a Martin Luther King, a Joe Louis, a Muhammad Ali, a Jesse Owens; conoció a presidentes, políticos e intelectuales. Y, según parece, tuvo una vida plena y feliz.
Pero, como dice él mismo, tenía que prestar testimonio para que lo que él soportó no volviera a ocurrir. «Los que hemos sufrido la depravación en la que puede caer un país bajo un régimen dirigido por manipuladores sin escrúpulos tenemos una deuda con los demás seres humanos: la de mantener este infame espectro vivo en la mente de la población.»
Me alegra que lo haya decidido así y pueda haberlo realizado, y espero que este testimonio, que se une a tantos otros, perdure en los estantes de las librerías y en las mentes de los lectores. Descanse en paz, Hans J. Massaquoi.

(Destined to Witness: Growing Up Black in Nazi Germany)
Global Rhythm, col. Papel de Liar
Barcelona, 2009 [1999]

Portada y sinopsis

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La Segunda Guerra Mundial, de Antony Beevor

Esta obra ha sido aclamada como la historia definitiva sobre la Segunda Guerra Mundial; ante semejante recepción, cabe preguntarse porqué.
En primer lugar, por su agilidad. Beevor es un autor que ha sabido conjugar la precisión, el detalle y la exactitud con un lenguaje atractivo y ligero, muy claro de exposición, que lleva ordenadamente al lector por todo el panorama cronológico del conflicto.
En segundo, por su eclecticismo. Lejos de ser una historia "de tesis", Beevor no desdeña ninguna de las fuentes y miradas sobre la segunda guerra mundial, de modo que no sólo hallamos la historiografía militar, sino también la económica, social, etc. Esto confiere a este libro una globalidad de visión que hasta el momento era difícil de hallar.
Tercero, por su historia total. Beevor no se detiene en los grandes rasgos, sino que desciende en cuanto puede a los detalles que sean significativos para explicar los grandes movimientos del conflicto. Y, encantado con esas pequeñas anécdotas (que pueblan el mundo del cine principalmente, pero que en muchos casos son reales), no se detiene en ellas, pero por lo menos las cita. Aunque sólo sea esa mención, el libro adquiere un aire de manual total, de libro de referencia en el cual situar todo lo referente a la guerra y con el que, empleándolo como herramienta, el interesado pueda acudir a cualquiera de las fuentes citadas para ampliar su conocimiento sobre un detalle en concreto.
El autor elige, aunque con dudas, iniciar el conflicto con la guerra chino-japonesa. Las fechas, ese lastre del conocimiento, marcan que la Segunda Guerra Mundial se inició con la invasión de Polonia en septiembre de 1939, pero eso significa obviar no sólo los pasos que se dieron hacia la guerra en Europa, sino el hecho de que uno de los actores principales de la misma, como fue el Japón, ya había iniciado su propia expansión años antes. Es una solución de compromiso, porque algunos autores dirimen si el inicio de la 2ª GM tuvo lugar ya en la Guerra Civil Española, o incluso antes, en la paz resultatne de la Primera Guerra Mundial. Pero, compromiso o no, Beevor no se priva de incluir los antecedentes, sean cuales sean.
Otro de los detalles que distingue a esta obra es su cuidado por los países considerados "menores". No estamos hablando sólo de esos aliados del Eje (Hungría, Rumanía, etc.) que compartieron, algunos de grado y otros por fuerza la adscripción a los totalitarismos, sino también China, un gigante en decadencia que siempre ha sido menospreciado en las historias del conflicto, pese a que tuvo una gran importancia. En este aspecto, el autor no se extiende más allá de lo necesario, pero tampoco deja de lado a estos actores menores del conflicto.
Pero no crean los lectores que estamos ante una historia deshumanizada. Beevor no admite dejar de lado el individuo, y ni por asomo pretende abogar por la guerra como algo épico y elogiable. La épica que existe en las guerras suele deberse a las personas, que se sacrifican por otras incluso a costa de sus vidas. El autor resalta con crudeza las cifras de muertos y heridos, tanto más crudas en cuanto enormes. Y no pasa por alto el sufrimiento de la población civil, el de las poblaciones ocupadas, el de los deportados y el de las víctimas del Holocausto. Incluso el de los propios combatientes, sobre todo cuando tuvieron que sacrificarse gracias a decisiones catastróficas de sus mandos.
Tal vez lo que más ilustra la insensatez y sufrimiento que representó la Segunda Guerra Mundial es la imagen que sirve de introducción a todo el libro. Un soldado coreano, que fue obligado a servir en el ejército japonés, fue capturado por los rusos y obligado a servir en su ejército; capturado a su vez por el ejército alemán y obligado a combatir como auxiliar de la Wehrmacht, y finalmente capturado por los norteamericanos en Normandía. Como dice Beevor, todavía este pobre coreano tuvo suerte, comparado con otros muchos.
En suma, esta historia de la Segunda Guerra Mundial merece los elogios que ha recibido. Es difícil que algo se le haya pasado por alto, y si es así, es tan menor que casi no constituye ni una nota a pie de página de la historia. Pero sobre todo es por su claridad y amenidad de lectura, y por su objetividad extrema en todos los campos tratados por lo que esta obra merece el lugar destacado en la historiografía básica de la Segunda Guerra Mundial.

(The Second World War)
Eds. de Pasado y Presente
Barcelona, 2012 [2012]

Portada y sinopsis

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La Guerra de Vietnam. Una Historia Oral, de Christian G. Appy

La guerra de Vietnam es una de las más desconocidas de la historia a nivel del público. Esto puede parecer extraño, pero real si pensamos en ella con algo de atención. A nivel global es cierto que era noticia diaria en su época, pero se veía como un conflicto lejano cuyas motivaciones eran brumosas. No ha creado el aluvión de películas que otras guerras han provocado, y las pocas que han surgido (Boinas Verdes, Apocalypse Now, Platoon, Nacido el Cuatro de Julio, etc.) han sido o muy panfletarias (caso del filme de John Wayne) o atinadas en sus apreciaciones particulares, pero sin la visión global necesaria para entender el conflicto. Mucha gente desconoce o no relaciona el continuo que supuso la guerra de Indochina entre franceses y vietnamitas con la posterior involucración de los Estados Unidos de 1964 a 1975.
En los Estados Unidos la situación es casi la misma. Se considera un tremendo error del que mejor no hablar; una derrota causada, según un punto de vista, por unas tropas desmotivadas y antipatrióticas, una prensa beligerante con los políticos y militares, y una quinata columna izquierdista y subversiva; por otro, una derrota que a lo máximo que podía aspirar era a convertirse en un empate poco honroso. Ciertamente, como un trauma, y si es cierto que los participantes en la guerra "buena" (la Segunda Guerra Mundial) eran respetados en su conjunto, y los de la guerra de Corea a nivel individual, los excombatientes de Vietnam son despreciados, vilipendiados a veces y, en las más ocasiones, ignorados.
En este contexto polarizado, una simple historia al uso (sin que pierda utilidad) está de más. La Guerra de Vietnam, más que ninguna otra, no puede entenderse desde el punto de vista puramente histórico y militar. El aspecto sociológico es predominante, siempre, y para captarlo es necesario saber las motivaciones de todos los implicados.
En una tarea ingente, Appy ha entrevistado a quienes tuvieron que ver con el conflicto, de ambos bandos, y ha ordenado estas entrevistas en un todo coherente. Líderes de primera fila como Robert Mcnamara o Vo Nguyen Giap, soldados de ambos bandos (o de los tres bandos, si contamos como tercero al Ejército de la República de Vietnam [del Sur]), objetores de conciencia, manifestantes y activistas antibélicos, civiles norvietnamitas y survietnamitas, reporteros y corresponsales de guerra, políticos y diplomáticos, etc. hasta a una conejita de Playboy que fue a animar a las tropas (en efecto, Coppola, no se inventaba nada).
El resultado, tanto por los testimonios como por la ordenación que les comentaba, proporciona un cuadro exacto de lo que representó Vietnam en el panorama mundial y estadounidense.
Si algo queda claro, es que la guerra de Vietnam no fue un error, sino un inmenso error por parte de Estados Unidos. Puede ser que Ho Chi Minh fuera un peón del comunismo, pero las diversas administraciones USA obviaron que el tema de la independencia y la unificación de Vietnam era más poderoso que la motivación ideológica (y prueba de esto, aunque no es el tema de Appy, es que poco después de la guerra Vietnam y China mantuvieron una guerra de poca duración). Cuando Estados Unidos tuvo la oportunidad de dar un paso atrás, se embarcó en una espiral de escalada del conflicto que no hizo sino incrementar la voluntad de resistencia del Viet Cong y el descontento de la población estadounidense. Fue un conflicto que dividió a la población americana, y no es difícil ver en él el origen de la paranoia y las tentaciones totalitarias que caracterizaron a la administración Nixon y desembocaron en el caso Watergate. Fue una guerra en la que se tiraron miles de millones de dólares para nada. O mejor dicho, para destruir un país (principal e irónicamente, Vietnam de Sur) que todavía hoy padece las secuelas del conflicto. Y que causó una fractura terrible en Estados Unidos, pero también en Vietnam. Treinta años de guerra son muchos, pero los últimos diez fueron particularmente crueles para el territorio, el enemigo y hasta para los aliados de la potencia extranjera y colonial en la que se convirtieron los Estados Unidos. Todas las guerras son crueles; unas pocas son justas. La de Vietnam fue un despropósito y por eso mismo, doblemente cruel.

(The Vietnam War Remembered from All Sides)
Ed. Crítica, col. Memoria Crítica
Barcelona, 2008 [2003]

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Un Mundo en Guerra. Historia Oral de la Segunda Guerra Mundial, de Richard Holmes

La génesis de este libro son las entrevistas realizadas para la serie documental El Mundo en Guerra, producida por Thames Television, y que ya marcó un hito en su época. Por supuesto, siempre se rueda más metraje del que aparece en el producto final y, pasados los años, las entrevistas mismas y el material de las mismas que no apareció en la serie eran un magnífico material complementario por boca de los protagonistas del conflicto.
Era posible, pues, transcribirlas, reordenarlas temática y cronológicamente y ponerlas en un libro, lo que proporcionaría un valioso punto de vista historiográfico. Además, la época en la que se realizó la serie era la idónea: había pasado suficiente tiempo desde el conflicto como para que las opiniones que se vertieran hubieran sido mediatizadas, y para que los protagonistas se expresaran sin ambages. Unos años más tarde, buena parte de estos protagonistas ya habría muerto, de manera que esta entrevista colectiva hubiera resultado, si no imposible, sí cuando menos escasa o incompleta.
¿Y quiénes son estos protagonistas? Desde militares y políticos como el general Antonov, el general Mark Clark, el almirante Karl Dönitz, general Jimmy Doolittle, Anhony Eden, ministro de Asuntos Exteriores británico, capitán Mitsuo Fushida, que dirigió el ataque sobre Pearl Harbor, Adolf Gallnd, as de la aviación alemana, Ewald-Heinrich von Kleist-Schmenzin, conjurado en el plan para asesinar a Hitler, general Hasso von Manteuffel, estratega de carros de combate que se enfrentó con las tropas de Patton en Lorena, Mountbatten, jefe supremo de las fuerzas aliadas en el Sudeste Asiático, Saburo Sakai, as de la aviación japonesa, coronel James Stewart, de la fuerza aérea estadounidense (y actor, claro), Paul Tibbets, piloto del "Enola Gay", etc. 
Intelectuales como J. B. Priestley, John Kenneth Galbraith y Lawrence Durrell; supervivientes de los campos de exterminio como Primo Levi y Rita Boas-Koupmann; y guardianes de esos campos, como Richard Bock o Wilhelm Höttl, que trabajó con Adolf Eichmann.
Y los "desconocidos", claro: Noel Gardiner, soldado neozelandés del VIII Ejército, Bertie Good, cocinero de un transbordador en Dunquerque, Lenly Cotton, marine en Okinawa, Anton Bosnik, defensor de Stalingrado...
Y muchos más. Más de 250 personas que estuvieron allí y narran lo que vieron.
Por supuesto, lo que setaca en este libro es su carácter oral. No se trata de que teoricen sobre los hechos, sino de que presten testimonio. ¿Subjetivo? Por descontado, pero para eso sirve la abundancia de entrevistados diferentes sobre un mismo tema, para poder explicar las versiones y alcanzar una visión global.
Que, por muy subjetiva que sea, en la mayoría de casis suena (y se ratifica) verídica. Hay excepciones, claro. Es seguro que Adolf Galland, as de la aviación nazi, pero también participante en el bombardeo de Guernica durante la Guerra Civil Española, se calla muchas cosas. Y que el mariscal del aire británico sir Arthur harris, jefe de la Unidad de Bombardeos, exacerbe su defensa de la utilidad de bombardear objetivos civiles alemanes. O que Albert Speer, uno de los que siempre estuvieron en el círculo próximo a Hitler, se autojustifique de continuo y, más que cínicamente, se considere una víctima del "espejismo Hitler". Aunque hay que agradecer, muy tristemente, eso sí, la sinceridad de Naoki Hoshino, ideólogo fascista japonés, que no sólo no muestra arrepentimiento, sino que justifica todas las acciones de guerra del Japón.
Pero en suma, el documento es valioso. Se trate de gentes que tenían una visión de conjunto o de personas que relatan la pequeña o gran parte que del conflicto les tocó vivir, esos testimonios valen en ocasiones más que tratados enteros de historia.
Porque, más allá de las letras y las cifras, la historia está compuesta de seres humanos. Algo que conviene no olvidar.

(The World at War. THe Landmark Oral History from the Previously Unpublished Archives)
Ed. Crítica, col. Memoria Crítica
Barcelona, 2008 [2007]
Basado en la serie The World at War (The World at War Series)