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El Cas d'en Barney Panofsky, de Mordecai Richler

Lamento no haber leído nada de Mordecai Richler hasta el momento. Juzgando por este El Cas d'en Barney Panofsky [La Versión de Barney en castellano], es un autor que merece mucho la pena, y del que antes sólo tenía noticia por la existencia de una adaptación cinematográfica de The Apprenticeship of Duddy Kravitz.
Este libro está estructurado en forma de unas memorias que Barney Panofsky lega a sus hijos para su publicación sin modificar, en las que explica su vida, o más bien su versión de su vida. Barney es un judío canadiense que estuvo en el París de la bohemia norteamericana. Mientras que sus amigos de allí han descollado en el mundo artístico, de una u otra manera, Barney en cambio sólo ha logrado desarrollar el don que tiene para hacer dinero con sus negocios, y así es propietario de una productora de televisión, y millonario.
El libro se divide en tres partes (con un postfacio de "Michael Panofsky" uno de los hijos de Barney), que corresponden a las tres esposas que Barney ha tenido en su vida. Clara, la esposa de París, que se suicidó (¿Podía Barney haber impedido ese suicidio? Tal vez sí, tal vez no) y póstumamente se convirtió en una poetisa e ilustradora feminista de renombre mundial; la segunda Señora Panofsky, una hija de la clase alta con la que Barney pretendió sentar cabeza, inútilmente; y Miriam, el gran amor de Barney, a la que conoció, enamorándose de ella, el mismo día de su boda con la segunda Señora Panofsky (a la que sólo una vez se cita por su nombre propio en el libro), y que ansía volver a tener a su lado.
Por otra parte, en la historia de Barney hay un episodio oscuro, ya que Barney puede ser un asesino, y de su mejor amigo en la época de París, nada menos. Declarado inocente por el jurado, ante la inexistencia de un cadáver que mostrar, este hecho ha convertido a Panofsky en un paria social, sin embargo.
Barney es un hombre vital, iconoclasta, contradictorio, violento, intelectual, dotado para los negocios, malicioso y hasta malvado, buena persona y buen padre, celoso, comprensivo e intransigente. Todo ello está presente en la narración que Barney hace de sí mismo, en la que cuenta toda la verdad sobre sí mismo. ¿O no?
La respuesta de porqué semejante cúmulo de características que parecen incompatibles entre sí la encontramos casi al final del libro: «Barney Panofsky se aferraba a dos convicciones íntimas: que la vida era absurda, y que nadie acaba nunca de entender a nadie del todo».
Y es en esta aparente imposibilidad narrativa (explicar, entender del todo a un personaje, es decir, a un ser humano, sea éste real o inventado) en la que recae el desafío que Richler, con valor, ha afrontado en esta novela. Si sale triunfador de la empresa es porque, como lectores y como humanos, comprendemos intuitivamente que nadie es totalmente aprehensible para el prójimo, que las contradicciones de cada persona le hacen ser, precisamente, quien es.
Richler realiza este retrato de un hombre y su época con humor, con sagacidad y con un estilo literario sorprendente, fresco y envidiable. Leída esta novela, supongo que toda su obra forma parte de un territorio que el propio Richler se ha creado, ya que tanto Duddy Kravitz como Solomon Gursky, protagonistas de The Apprenticeship of Duddy Kravitz y de Solomon Gursky Was Here, aparecen como personajes circunstanciales en la vida de Barney Panofsky. Y esta "versión de Barney" es tan atractiva que el lector tiene muchas ganas de conocer de manera directa a estos otros caballeros, y al resto de personajes que les acompañan. Más vale tarde que nunca, descubrir a Mordecai Richler es un placer que les recomiendo vivamente.

(Barney's Version)
Ed. Quaderns Crema, col. Biblioteca Mínima
Barcelona, 20132 [1997]
Trad. de Xavier Pàmies

Existe edición castellana en Editorial Sexto Piso

Portada i sinopsi de l'edició catalana
Portada y sinopsis de la edición castellana

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Penélope y las Doce Criadas, de Margaret Atwood

La estupenda escritora Margaret Atwood, que siempre ha mantenido un punto de vista feminista en sus obras, con esta "Penelopíada" (que así se llama en original el libro) adopta una postura todavía más combatiente, en concreto sobre la narración masculina que la literatura ha ejercido desde la antigüedad hasta muy recientemente.
Si la Ilíada es un ejemplo palmario de ello, con una guerra de diez años de duración provocada por una mujer frívola, casquivana, voluble y adúltera (y, bien analizado el personaje literario, en apariencia más tonta que un cazo), postura que, por supuesto, ha sido revisada por los historiadores, pero cuyas causas reales se ocultan en el relato mitológico que nos llega, en la Odisea aparece un personaje femenino más consistente, sí, pero igualmente inmerso en una narratividad masculina.
Lo que hace Atwood es (reconocido por ella en los agradecimientos) aplicar el método que Robert Graves usa en la narración histórica. Por poner un ejemplo, en la Ilíada, Aquiles se retira del combate por una disputa sobre la propiedad de una esclava, con gran catástrofe por la falta del héroe en la batalla; lo que en realidad toca las narices a los aqueos no es que Aquiles no combata, sino que si él no lucha, tampoco lo hacen los mirmidones que lo acompañan, que debían ser unos 6.000.
Con este método desmitificador más el cambio del punto de vista narrativo, puesto en la voz y los ojos de la sufrida y sufriente Penélope, Margaret Atwood narra la Odisea desde Ítaca, describiendo a un Ulises que pasa diez años vagando por el Mediterráneo acostándose con diosas (en la versión mítica) o con madamas de burdel (en la versión sin adornar), es decir, un personaje totalmente libre y despreocupado en un mundo totalmente masculino, mientras Penélope tiene que administrar el reino, la casa, defender su virtud (virtud impuesta por ese mismo mundo) y trazar complicados juegos diplomáticos para evitar que los pretendientes tomen por la fuerza lo que no pueden conseguir por métodos "legítimos" (y lo que tomarían no es tanto a Penélope, mujer ya madura y, ciertamente, poco espectacular, sino el botín de riquezas de la isla-reino). Todo ello aguantando además a un adolescente Telémaco, dispuesto en cuanto pueda a hacer valer sus derechos y convertirse en gobernante en lugar y ausencia de su padre, algo que puede llevar al desastre.
Y, en el libro, con la perenne presencia de un hecho que, incluso en la Odisea original, tiene muy poca o ninguna justificación: el que Odiseo, a su regreso, ahorcase a las doce criadas de su palacio por el mero hecho de haberse acostado con los pretendientes, vulnerando (nos dice Atwood) el derecho de propiedad que Ulises tiene sobre ellas, es decir, que no obtuvieran su permiso para ser violadas, en suma, por esos pretendientes.
Por supuesto, sin que esto se trate con un cierto sentido del humor este libro se convertiría en un latazo impresionante, como lo suelen ser los panfletos. Por fortuna, Margaret Atwood conoce muy bien su oficio, y sabe que sin humor esta historia perdería transmisibilidad. De manera que este punto de vista, combativo como debe ser, también posee una intensa ironía, que hace que el mensaje se transmita con plena eficacia y ponga de relieve el intenso contraste entre el mundo femenino maniatado pero capaz y reivindicable y el masculino cerril, unidireccional y basado en la fuerza bruta. Penélope ya era, según Homero, un personaje inusual; pero por la misma gestalt de la época, quedaba marginado, incompleto y constreñido a un papel pasivo dentro del rol que se esperaba de ella. Lo que se alaba en la Odisea es la fidelidad de Penélope. Lo que se oculta es la inteligencia de mantener durante años en jaque a toda una horda de brutos dispuestos a arrasar un reino. Se ensalzan los trucos del embaucador Odiseo. Queda disimulada la astucia de una mujer, no en el tejer y destejer un sudario, sino en administrar y gobernar día a día un reino mientras su marido, peligros aparte, está de parranda con Circe.
Margaret Atwood proporciona una lectura, no contra la Odisea, sino distinta de esa misma Odisea, complementaria. De ahí el título. Si Odisea es la historia de Odiseo, Penelopíada es la de Penélope. Una visión que, en manos menos capaces, hubiera sido un pastiche intragable, un fárrago pedantesco. En las de Atwood, se revela como una historia nueva y ágil, divertida y trascendente.

(The Penelopiad)
Eds. Salamandra, col. Mitos Universales
Barcelona, 2005 [2005]
Trad. de Gemma Rovira Ortega

Portada y sinopsis

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The Soft Whisper of Midnight Snow, de Charles de Lint

Los es critores anglosajones descubrieron hace tiempo que los elementos que son centrales en el realismo mágico latinoamericano son perfectamente extrapolables a cualquier otra ficción y resultan igualmente útiles.
El canadiense (en realidad nacido en Holanda, pero desde hace muchos años viviendo y trabajando en canadá) Charles de Lint fue uno de los autores que adoptó este postulado con más fervor, y prácticamente toda su ficción se mueve en un contexto moderno, pero utilizando los elementos mágicos principalmente surgidos de la tradición popular (de la que Canadá, con su trasfondo indígena, va sobrado).
El Suave Sussurro de la Nieve de Medianoche es uno de estos relatos.
Una pareja, la pareja perfecta a ojos de todo el mundo, está construyéndose una casa en uno de los parajes que son frecuentes en canadá: cercano al pueblo, pero inmerso en la naturaleza salvaje. Una casa que ya tiene los cimientos y que promete ser antológica, puesto que será fruto de la unión de un arquitecto y una pintora. Pero sucede que un día, sin ninguna explicación, el arquitecto desaparece. No sin dejar rastro, puesto que vacía la cuenta comunitaria. Sencillamente, no ha dado ningún tipo de explicación y se ha evaporado de la faz de la tierra y, sobre todo, de la vida de Tomi.
El período que sigue es sombrío. Viviendo en soledad en la cabaña cercana a los cimientos, todas las dudas del mundo se hacen presentes en la mente de la mujer.
Lo que es más, empieza a tener "visitantes nocturnos", unas presencias oníricas que en forma de sombra pueblan sus noches. O no tan oníricas, puesto que a veces encuentra algún rastro de su presencia: una pluma de cuervo, algo de nieve...
Un día, conduciendo a casa desde el pueblo en medio de una ventisca, Tomi sufre eun accidente. Sale del automóvil y empieza a caminar, pero el cansancio o el shock la vencen, y se despierta frente a lo que el lector puede identificar como un auténtico chamán: un indio con toda la regalía del hechicero, que la contempla fijamente y que es identificable con la silueta de sus sueños. Allí, Tomi recibe una mínima revelación sobre el arte del dibujo, al que hay que insuflar vida. Pero en realidad, esta escena puede que haya sido una visión. Puesto que quien ha encontrado a Tomi en la carretera y la ha llevado a casa ha sido el conductor de la quitanieves, eso sí, habiéndola visto por fortuna de pie antes de que se cayera. ¿O no se ha caído y lo que ha visto el conductor era la visión del chamán? Poco importa. Tomi ha recuperado las ganas de expresarse con su arte y comprende que el secreto está en insuflar vida a sus dibujos, algo que sólo puede hacer si hay vida dentro de ella.
Por descontado, este resumen puede sonar banal, pero la imaginería de de Lint es algo a tener en cuenta. Tanto da si el relato es realmente fantasía o no. En cualquier caso el resultado es el mismo, y Tomi puede contar con una presencia benéfica, sea ésta fruto de su imaginación o real, una presencia que la ayuda a tomar la decisión correcta. hemos hablado de imaginería, y no es menor para la construcción de este realto: unos cimientos de un edificio que ya se están viento recuperados por la vegetación, las nevadas desolaciones del Canadá, la presencia intangible de algo más que el clima, una especie de espíritu de la nieve o del viento, una sensación que cualquiera puede experimentar en paisajes similares, todo ello está aprovechado para su efecto y para transmitirnos los estados de ánimo de la protagonista.
No conozco demasiado más de Charles de Lint, y habría que ver cómo se desenvuelve en la novela, pero su comprensión de cómo funciona el mecanismo de intrusión de la fantasía en la realidad es total, y promete grandes logros.

En Demons & Dreams. The Best Fantasy and Horror 2
Legend / Random Century
Londres, 1990 [1988]

Página web del autor Charles de Lint

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El Mundo de los Prodigios, de Robertson Davies

(World of Wonders)
Libros del Asteroide
Barcelona, 2007 [1975]
Trilogía de Deptford nº y 3

Tras la vacilación, o mala situación dentro de la trilogía, de Mantícora, Robertson Davies vuelve a recuperar el pulso narrativo en esta Mundo de Prodigios.
Hay que insistir en que no hay un orden de lectura imprescindible en esta trilogía. La tercera parte no desvela una verdad oculta qn las otras dos novelas, ni sigue un orden cronológico estricto. Las novelas de la serie muestran diversos puntos de vista sobre unos hechos comunes y cuentan las diversas historias de los tres personajes principales en un relato de una época y de una sociedad representada en ese microcosmos que es Deptford y, por extensión, ese macrocosmos que es el mundo.
El protagonista absoluto de esta novela es Magnus Eisengrim, el gran ilusionista que había sido el niño Paul Dempster que Dunstan Ramsay y Boy Staunton habían conocido en Deptford antes de que se escapara, en lo que en realidad fue un secuestro, en un espectáculo circense. Si Ramsay exponía sus hechos en forma de memorias y a Boy Staunton lo veíamos en las conversaciones psicoanalíticas de su hijo, Magnus elige la forma de confesión que proporciona subtexto a una actuación en una película.
Megalómano, soberbio, egoísta, Magnus Eisengrim tiene sus motivos, porque lo que ha tenido que pasar en la vida, particularmente en su infancia, le da pie a escupir sobre Deptford y, por extensión, sobre el resto del mundo. La historia de Magnus (o Paul, si lo prefieren, porque uno proviene de otro) es, tal vez, la que más esperaba, porque tratándose de un mago el contraste de ilusión y verdad tenía que ser omnipresente, y Davies no defrauda en esto. La sordidez de los inicios y el esplendor del triunfo están, pero también la soledad del protagonista en todo momento, un solipsismo basado en el odio al resto del mundo, un odio que, sin embargo, encontraremos casi justificable.
En su conjunto, la trilogía de Deptford es un estudio magnífico y con estilo del carácter humano, lo cual no es poco. De su variabilidad y de las diferentes maneras en que los orígenes pueden marcar el destino de las personas. Pero también es una reflexión sobre lo que constituye la verdad, algo que en suma es inaprehensible porque nunca tendremos la oportunidad de conocer (como sucede en esta serie) las verdades y los relatos de todos los implicados. Porque cada uno tiene su verdad. Y esta conforma sus vidas, sus virtudes y también sus defectos. Sus amores y sus odios.
Es una lúcida carga para una brillante trilogía.

Portada y sinopsis

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Mantícora, de Robertson Davies

(The Manticore)
Libros del Asteroide
Barcelona, 2006 [1972]
Trilogía de Deptford nº 2

Esta obra de Robertson Davies cuenta con partidarios y detractores. El intríngulis puede estar en aquellos que deslumbrados como yo por la primera parte de esta trilogía (El Quinto en Discordia) pasan por Mantícora y quedan defraudados en sus expectativas.
Ya dijimos que esta trilogía puede ser leída independiente e individualmente y, de hecho, en completo desorden (algo no tan cierto, como explicaré), pero el caso es que leída en su orden, este segundo volumen defrauda.
Y no porque sea una mala novela. Comparte muchas de las virtudes de lenguaje y temáticas de su hermana primera, pero resulta desconcertante. Siendo tres los personajes principales de los hechos centrales de la trilogía, y siendo la primera novela el relato de Dunstan Ramsay, la lógica espera que los otros dos volúmenes sean las historias de Boy Staunton y Magnus Eisengrim. Y no es así. Esta novela es la historia del hijo de Boy Staunton, David, quien, convencido de que su padre fue asesinado, ha acudido a Zurich a psicoanalizarse en busca de no se sabe si de la verdad, de los fantasmas que pueblan su vida o de sí mismo.
Digámoslo de una vez: como tal historia, independiente, la novela es más que buena. El lector que no tenga conocimiento de los hechos de El Quinto en Discordia no quedará defraudado. Pero ahí radica el problema: yo, como lector, reconocía en el protagonista al hijo de Boy Staunton, y su motivación para ir a Zurich a visitar a los junguianos el asesinato o suicidio relatado anteriormente. La visión oblicua de un hecho es perfectamente lícita en narrativa y la decisión de Davies de prescindir del punto de vista directo de Boy Staunton, también. Pero, en el conjunto de la trilogía, las 314 páginas (sobre un total de 367) de psicoanálisis de un personaje en principio marginal son demasiado poco referentes a lo anterior, demasiado divagantes y una digresión demasiado larga sobre el tema principal. Cuando en las últimas 50 páginas se recupera el pulso de la historia, lo que se nos cuenta es significativo, pero escaso.
Y así, llegamos a una pregunta que puede ser crucial: puesto que pueden ser leídas independientemente, ¿podría ser que, leída primero Mantícora y sólo después El Quinto en Discordia la trilogía saliera beneficiada? Invirtiendo la marcha, ¿podría Mantícora convertirse en un prólogo incitativo de los hechos de El Quinto en Discordia, en una introducción lo bastante intrigante a los personajes centrales? Mi opinión es que sí, con algunas matizaciones. En efecto, sería un esbozo de unos caracteres que conformarían una historia apasionante que después se desarrollaría, en lugar de ser una digresión oblicua sobre esa historia, pero entonces habría personajes que carecerían de una definición que se da en El Quinto en Discordia (Ramsay y Lesl) y que en Mantícora, por haber sido ya desarrollados, se da por supuesta.
No estoy descontento con la lectura de Mantícora, pero creo que esperaba más de una segunda parte. Hubiera quedado más satisfecho si la hubiera leído antes de El Quinto en Discordia.
Y queda un punto de vista, y el personaje más enigmático de todos, Magnus Eisengrim, el ilusionista que antes fue Paul Dempster. En teoría, esa historia se relata en Mundo Prodigioso, tercera novela de la trilogía. Seguiremos informando.

Portada y sinopsis

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El Cinquè en Joc, de Robertson Davies

(Fifth Business)
Libros del Asteroide
Barcelona, 2007 [1970]
Trilogía de Deptford nº 1

Hay que aclarar que El Quinto en Discordia no es parte de una trilogía que requiera ser leída completa para tener un desenlace. Es una novela por sí misma, aunque hay que precisar que cada uno de los volúmenes que componen la trilogía van dedicados a cada uno de los personajes centrales, con lo que tenemos un relato total poliédrico, pero legible por separado y no imprescindible (aunque deseable) en su totalidad.
La historia se inicia con una anécdota casi trivial pero que alargará sus consecuencias para los implicados hasta abarcar toda su vida: en una disputa infantil, Dunstan Ramsay esquiva la bola de nieve que Boy Staunton le lanza, y ésta impacta en la señora Dempster, provocándole un parto prematuro del que nacerá Paul Dempster, un niño débil que sobrevivirá por milagro, y un parto que trastornará mentalmente a la señora Dempster.
En este relato biográfico que escribe Dunstan Ramsay nos encontramos con su vida, pero también con las peripecias de los otros dos protagonistas, el rico Staunton y el huido Dempster, hasta la definitiva reunión de los tres, con trágico resultado. Y con una peculiaridad: Dunstan es "el quinto en juego", el "quinto en discordia", el personaje que, sin ser protagonista, sin ser ni el malvado o el confidente, es necesario para desencadenar acontecimientos, una especie de catalizador muchas veces involuntario.
Sin embargo, el lector puede preguntarse qué es lo que distingue a esta novela de otras muy similares, en la que la historia gira en torno a unos personajes y sus peripecias, a veces extraordinarias, pero en la mayoría de ocasiones anodinas, algo ya visto en literatura en muchísimas novelas. La respuesta es el estilo de Davies, elegante y preciso. Un estilo muy clásico, pero asumido y expresado con una naturalidad infrecuente, con un lenguaje cuidado (pero no artificioso) que busca (y encuentra) la palabra justa, sintético de expresión pero en absoluto esquemático, antes bien, pleno y amigable.
Es sólo destacar una ventaja el hecho de que la "misteriosa muerte del magnate canadiense Boy Staunton" que la contraportada tan inoportuna e incompetente nos señala (y que tiene lugar y sólo se anuncia en las últimas páginas de la novela) queda totalmente olvidada en la mente del lector, arrastrada por la historia de los protagonistas y por cómo está contada.
Con gran interés, con estilo, enormemente bien escrita, la ficción de Robertson Davies es uno de esos descubrimientos tardíos de un autor al que es necesario reivindicar como el gran narrador que demuestra ser.

Portada y sinopsis de la edición castellana
Portada i sinopsi de l'edició catalana

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Desorden Moral, de Margaret Atwood

(Moral Disorder)
Eds. B/Bruguera
Barcelona, 2007 [2006]

La literatura es lo más fácil del mundo. Tomemos la creación de un personaje, por ejemplo. Un autor puede meditarla tanto como quiera, puede asignarle características a voluntad, puede controlar sus rasgos. Puede, después, enfrentarlo a pruebas durísimas o a situaciones banales, sabiendo en todo momento cómo va a reaccionar, o sabiendo cómo va a hacer que reaccione. Incluso, si le conviene, puede volver atrás y darle la vuelta al personaje como a un calcetín. La heroína intrépida puede convertirse en vulnerable, el joven soñador en malvado. El ruin en un corazón de oro.
Ah, pero eso es la teoría. Si tan fácil es, ¿cómo es posible que hayan tantos personajes anodinos, tantos caracteres de cartón piedra, tantos monigotes de papel y tinta, tantas reacciones narrativas increíbles?
Dejando aparte el hecho de que el paso de la teoría a la práctica, etc., etc., se necesita cierta chispa narrativa (eso que los clásicos denominaban "soplo vital") para hacer que un constructo de la imaginación de un autor llegue, incólume, vivo y real, a la mente del lector. Son legión los escritores que han fracasado en esta pretensión. Margaret Atwood lleva triunfando en ello hace largo tiempo.
Me complace hablar de Margaret Atwood. No sólo por sus muchos méritos literarios, sino porque, desde la época en que Seix Barral apostó por esta desconocida escritora canadiense y publicó El Cuento de la Criada, esta autora ha mantenido consistentemente el favor del público español (no con ventas apabullantes, pero sí notables). Sin publicidad alguna. Con las críticas (por lo general, buenas) normales. Sin congresos, sin televisión, sin nada. Un pequeño milagro de los lectores, que son, como siempre, los que más saben de esto.
Desorden Moral es una serie de relatos con protagonista común, Nell, que recorren diversos episodios, algunos trascendentes, otros en apariencia triviales. Es un recurso que funciona. Se hubiesen necesitado páginas y páginas para formar una novela y contarnos lo mismo que hacen estos cuentos. Con ellas sueltas, podemos centrarnos en cada situación, manteniendo a la vez el interés y la familiaridad, pero suprimiendo los tiempos muertos y lo prescindible. Es como ver una serie de fotografías, pero sabiendo las circunstancias en las que se tomó cada una.
Ese desorden moral del título no es uno que acomete a la protagonista. Tampoco es algo enorme que sea carne de psiquiatra o de penal. Son más bien pequeños detalles de la vida diaria, pequeños sobreentendidos, que son moralmente discutibles, desprecios inconscientes, tiranías sancionadas por la costumbre, omisiones egoístas. Como cuando el compañero de Nell decide tener un gallinero para que los niños estén en contacto con los misterios de la vida. La protagonista se pregunta quién matará a las gallinas cuando sean viejas. Todo da a entender (por omisión, por inercia) que ella. Ni pensarlo, se dice de inmediato. No, esto no es el meollo de uno de los cuentos. Es sólo un detalle. Los relatos son más intensos, más trascendentes, pero en nuestras vidas los pequeños detalles se amontonan hasta provocar pequeños o grandes aludes.
Todo ello contado con una maestría sin alambicar, con un estilo suave, íntimo y prodigioso. Con personajes tan creíbles como para reconocerlos. Porque en realidad los conocemos. Los hemos encontrado en nuestras vidas. Porque las circunstancias pueden ser variadas pero en el fondo nos parecemos más de lo que creemos. Y nuestras vidas, para bien o para mal, también.
Todos tenemos la oportunidad de reconocer a personas o a nosotros mismos en algún momento de algún relato. Es mérito de Atwood el hacer que estas narraciones formen parte de nuestras vidas. O, mejor, que nosotros formemos parte de estas historias.