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El Bonobo y los Diez Mandamientos, de Frans de Waal

Frans de Waal es uno de los mejores primatólogos del mundo. Además, es un divulgador excelente, capaz de transmitir conocimiento con claridad, amenidad y rigor. Como ya sucedía con El Mono que Llevamos Dentro, de Waal nos dice que es imposible conocer cuál era el comportamiento del hombre (el primate más caótico de todos) en los albores de su existencia como tal, pero sí es posible contemplar a nuestros parientes más cercanos y suponer que ciertos comportamientos que muestran no están muy alejados de los que debimos manifestar cuando empezamos a crearnos nuestro propio atajo evolutivo mediante la tecnología.
Así, de lo que trata este libro, como anuncia su subtítulo, En Busca de la Ética Entre los Primates, es de si la moral proviene de una estructura artificial (la religión) o si es natural y no necesariamente ligada a la fe y a las normas que, supuestamente dictadas por un dios, algunos pretenden que son el paso distintivo entre la humanidad y el resto de primates. (Por cierto, sobre el título y su traducción hablaré más tarde.)
De Waal no es un ateo militante de los que últimamente han surgido y que parecen dedicados a la causa de erradicar las creencias de los demás. Pero no cree que el constructo moral sea algo dado, más bien opina que la religión se limita a poner en letra algunos principio básicos que los primates (nosotros incluidos) ejercemos de por sí.
«Puede que sea cosa mía, pero me inquietan las personas cuyo sistema de creencias es lo único que se interpone entre ellas y un comportamiento repulsivo [...] ¿Alguien cree realmente que nuestros ancestros carecían de normas sociales antes de que hubiera religiones? ¿Es que nunca asistían a los necesitados, ni se quejaban de un trato injusto? Los seres humanos deben haberse preocupado por el funcionamiento de sus comunidades mucho antes de que surgieran las religiones actuales, que sólo tienen un par de milenios de antigüedad. Esta escala temporal no impresiona a los biólogos.»
No es que esté en contra de la religión. Los primates y otros simios muestran sentimientos: solidaridad, empatía, compasión, sentimiento de pérdida por la muerte de un semejante, y así nos lo mostrará en ejemplos que se repiten constantemente en las comunidades de primates, pero de Waal valora el papel de la religión en tanto aporta un soporte moral, que tiene mucho de justificación, premio y castigo, con el cual nos nos exhorta a ejercer esas emociones empáticas.
De Waal corre riesgos enormes. Ser atacado por los ateos, por ser demasiado tibio y tolerante, y ser atacado por los fundamentalistas religiosos, que casi siempre dicen que el ser humano es intrínsecamente malvado y así lo sería si no fuera porque hay un dios que vigila y que nos da normas de conducta, etc. Ante todo esto sólo cabe oponer el discurso de la razón y la prueba. Como cuando, en el capítulo "Diez Mandamientos Son Demasiados", nos hace notar que «la mayoría de mandamientos no tienen nada que ver con la moralidad, sino con el respeto. En los primeros cinco mandamientos, Dios insiste en la lealtad exclusiva [...] y en el respeto a los mayores. Sólo después pasa a los mandamientos tipo "no harás tal cosa" que todos conocemos». Y que son lo bastante universales como para no necesitar ser dictados por nadie. «Las leyes morales son meras aproximaciones, quizá metáforas, de cómo deberíamos comportarnos». «No fue Dios quien nos introdujo en la moralidad, sino que más bien fue al revés. Dios se introdujo para ayudarnos a vivir tal como nos parecería que deberíamos, confirmando el dicho de Voltaire sobre la necesidad de inventarlo. Aquí viene también a colación la cuestión que Sócrates le planteó a Eutifrón: si una acción es moral porque le gusta a los dioses, o le gusta a los dioses porque es moral. El propósito de Dios no es otro que lo segundo. Le hemos dotado de la capacidad de mantenernos en la misma vereda recta y estrecha por la que hemos venido caminando desde que vivíamos en pequeñas bandas».
Unas bandas como las de los primates, a los que recurre una y otra vez, no sólo para mostrarnos que nuestra definición de inteligencia debe revisarse, sino para señalar lo parecidos que somos, fisiológicamente, pero también en sentimientos y actitudes con respecto al prójimo.
En cuanto al título del libro, verán que en el original se llama "El bonobo y el ateo. En busca del humanismo entre los primates". Cómo el "ateo" se ha transformado en "los diez mandamientos" y "humanismo" en "ética" es algo que merecería explicación. Más que nada porque son cambios, declaraciones, que incluso parecen tener un sentido político. Jorge Wagensberg, director de la colección, y por tanto supuesto responsable, y que no es conocido precisamente por guardar silencio, hubiera debido dar razones a este cambio en el propio libro. A falta de ello, espero que algún día esas explicaciones sean dadas y que los lectores en castellano de uno de los mejores libros científicos que existen puedan saber a qué atenerse.

(The Bonobo and the Atheist. In Search of Humanism Among the Primates)
Tusquets Eds., col. Metatemas
Barcelona, 2014 [2013]
Trad. de Ambrosio García Leal

Portada y sinopsis
Vídeo de la conferencia de Frans de Waal Do Animals Have Morals?


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Fútbol contra el Enemigo, de Simon Kuper

No se asusten. Sé que el 80 por ciento de la literatura futbolística adolece de una falta de calidad que muchas veces representa un insulto para la inteligencia del lector, aunque por fortuna eso empieza a cambiar. Sin embargo, cuando un libro viene recomendado por Nick Hornby, ese autor que con su libro Fiebre en las Gradas [Fever Pitch] hizo que leer un libro sobre fútbol representase una experiencia literaria para el aficionado a ese deporte y para el que no, cuando un libro tiene esa recomendación, repito, merece que se le preste atención.
Este libro defiende la tesis de que el fútbol es un arma política y, como demuestra, un arma que en ocasiones ha alcanzado una tremenda potencia en el objetivo de moldear la opinión pública y predisponerla hacia ciertas actitudes políticas. No es que el fútbol sea manipulable, sino que es un instrumento, a veces, para la manipulación; en otras, el fútbol se ha convertido en el lugar de expresión de actitudes políticas que no podían ser explicitadas en ningún otro sitio. El caso es que la unión de deporte y política es una que puede resultar más o menos evidente para aquellos que la hayan vivido a cierta distancia (por ejemplo, el Mundial de Argentina), pero lo que sorprende es la frecuencia y la extensión planetaria con la que este fenómeno se produce.
Así, Kuper se dedicó a perseguir estas uniones allá donde se producían, en un trabajo de campo cuyo resultado, una vez leído, recuerda más a la corresponsalía de guerra en su estilo de escritura (en definitiva, al auténtico estilo periodístico de investigación) que a la crónica deportiva.
La explosión de xenofobia antialemana que se produjo en Holanda con motivo de los enfrentamientos entre sus selecciones; la historia de un disidente futbolístico en la DDR perseguido por la Stasi por apoyar a un equipo de Berlín occidental; el fútbol como expresión nacionalista en las repúblicas bálticas; las connivencias del poder y los equipos de fútbol en la Rusia soviética y en la Ucrania postsoviética; el Barça y la expresión antifranquista y nacionalista; el honor africano en sus respectivas selecciones; el factor de cohesión nacional del deporte en la Sudáfrica de poco después de la abolición del apartheid; el ya citado Mundial de Argentina y cómo la dictadura militar lo manipuló para conseguir un aval externo a su política; el fútbol visto como reivindicación social en Brasil; la Old Firm, es decir, los enfrentamientos entre el Glasgow Rangers unionista y el Celtic de Glasgow "un equipo irlandés que juega en una liga extranjera"; el fútbol en Croacia, donde sus aficionados más radicales formaron el núcleo primigenio del nuevo ejército croata; y el fútbol en Oriente Medio y el Islam, con diversas connotaciones políticas y sociales.
Como vemos, los ejemplos son demasiado numerosos como para pasar el fenómeno por alto o desdeñarlo como una cuestión marginal. Kuper, que se muestra como un periodista de alto estilo, mejor profesionalidad y de mente lúcida, fue, vio, habló con todos los que pudo al respecto y sacó conclusiones. Si se hubiese limitado a un artículo, este libro no sería nada; tomado en conjunto, es un estudio que va más allá, mucho más allá, del deporte, para entrar en lo que los historiadores gustan ahora de denominar "pequeña historia". Pero historia al fin. Y a veces, no tan pequeña.
Leer este estudio es un placer, guste el fútbol o no. Curiosamente, los momentos más flojos del ensayo de Kuper se producen cuando únicamente habla de fútbol, cosa lógica si pensamos que este deporte sigue teniendo adscripciones personales, a un club, selección o estilo de juego, y que el resto es de poco interés para el aficionado. Pero cuando retoma el pulso de las implicaciones sociológicas e históricas, Kuper vuelve a describir y estudiar experiencias y hechos que no tienen desperdicio.
El autor ha revisado y ampliado muy poco esta edición con respecto a la de 1995; es una lástima, pero hay que decir que revisarla le hubiese llevado otro año de estudios de campo, algo que probablemente no quería hacer. Pero este libro es la simiente de algo. Probablemente no sea Kuper, pero todo buen periodista debería tomar nota de lo que dice Kuper, y realizar esa revisión por sí mismo. Una cosa es segura: después de este libro, la visión del fútbol como fenómeno social no fue la misma. Y el ensayo histórico adquiría un libro imprescindible.

(Football Against the Enemy)
Contraediciones
Barcelona, 2012 [1994, 2012]
Prólogo de Santiago Segurola

Portada y sinopsis

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Cose di Cosa Nostra, de Giovanni Falcone

Por si no lo recuerdan, Giovanni Falcone fue uno de esos jueces antimafia italianos que fue saludado unánimemente como un hombre de valor de hierro por enfrentarse a lo que parecía una lucha a muerte. En su caso, lo fue.
Pese a que en este libro Falcone dice que el ritual asesino de la mafia se ha exagerado, y que ya no es la lupara el arma ritual, sino que se emplea el kalashnikov, pese a que Falcone decía que la mafia emplea el pragmatismo y no la semántica en sus crímenes, en su caso la mafia habó, y muy alto. La carga que hizo volar su coche estaba compuesta de 500 kilos de explosivo. Semejante overkill, semejante sobrepotencia de destrucción, no era sino un anuncio para futuros jueces e investigadores, pero también una declaración de lo mucho que Falcone había incordiado a la mafia y del temor que les había causado.
Este libro recoge lo fundamental de una serie de entrevistas, o más bien reflexiones que se hace el propio Falcone, sobre la mafia. Ni personalismos, ni un panegírico de él mismo, ni un ápice de propaganda sobre lo peligroso de su cometido. Leyendo este libro, uno saca la impresión, en primer lugar, de encontrarse con un legado impresionante, en tanto constituye un manual de uso para cualquier antimafioso, y en segundo lugar, de hallarse ante una persona íntegra, un auténtico juez de estado, en un país, Sicilia, en el que tanta falta hace que el Estado se ocupe de sus asuntos.
Porque esta es una de las conclusiones más destacadas de este libro. La mafia no es un sustituto del estado, sino un estado paralelo que en primer lugar ocupa los nichos en los que el estado no entra y en segundo, si los ocupa, procura infiltrarse en ellos y subvertirlos para sus propios fines. Falcone aboga por una intervención radical, y no sólo policial: es necesario dar esperanzas y educación, porque mediante estas dos cosas el miedo desaparecerá.
En su recorrido por los entresijos de Cosa Nostra, nos encontramos con alguien que ha tenido intuiciones geniales, pero cuyas intuiciones han venido fruto de la comprensión del carácter siciliano y de sus gentes. Los centenares de horas que pasó interrogando a "arrepentidos" dieron un fruto inmenso, como fue el de conocer en profundidad los entresijos de una organización criminal que no responde a más normas que la suya. Interrogatorios que fueron realizados, como destaca una y otra vez, con el "máximo respeto", porque los mafiosos son, todos, "hombres de honor". No es un síndrome de Estocolmo. A un perteneciente a Cosa Nostra se le debe tratar con respeto, porque mediante la humillación sólo se conseguirá el silencio y el rencor. A cambio del respeto, el mafioso arrepentido responderá con la verdad. Tal vez no toda, tal vez no expresada de una forma clara, pero difícilmente mentirá. Es su carácter, y es un carácter que se les imbuye desde la entrada en la organización, tal vez desde antes.
El recorrido no es simplemente caracteriológico u organizativo. Conexiones con el extranjero, las familias internas de la mafia, las relaciones entre sus miembros, y las de la organización con el territorio, los elementos externos, el código de honor, todo es tratado de manera límpida y clara, en lo que quizá era el primer análisis en profundidad que se realizaba de Cosa Nostra, y que se desarrolla ante nuestros ojos como un relato fascinante y valeroso, mesurado y conciso, mérito de un hombre que se dejó la vida en luchar contra un cáncer que corroe su isla de nacimiento.

En colaboración con Marcelle Padovani
RCS Rizzoli Libri, col. BUR Saggi
Milán, 199111 [1991]
Existe edición castellana publicada por Eds. Barataria

Portada y sinopsis de la edición italiana
Portada y sinopsis de la edición castellana

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Sin Blanca en París y Londres, de George Orwell

(Down and Out in Paris and London)
Eds. Destino, col. Destinolibro
Barcelona, 1972 [1933]

Esto no es una novela. Se trata de un libro durísimo (el primero que Orwell publicó) que relata las vivencias padecidas por el propio Orwell cuando las circunstancias le llevaron a un grado de pobreza tal que tuvo que luchar, día a día, por conseguir un mínimo nivel de supervivencia.
Albergues para mendigos o la supervivencia a la intemperie, la vida del clochard, homeless o sin techo, como quieran llamarle. La explotación laboral en un mercado negro de trabajo, las estafas de la ayuda social o la caridad, la persecución policial, con sus mil trampas y subterfugios destinados al único objetivo de apartar de la vista, de esconder, a aquellos que no disponen de medios de subsistencia. No fuera a ser que las "personas de bien" se los encontraran a la salida de un restaurante. Escuchemos a Orwell:
«Vale la pena decir algo sobre la posición social de los mendigos, porque cuando los has tratado y has visto que son seres humanos normales y corrientes, es inevitable que te llame la atención la curiosa actitud que la sociedad adopta respecto a todos ellos. A lo que parece, la gente cree que hay una diferencia esencial entre los mendigos y los hombres "que trabajan". Son una raza aparte, marginados, como los delincuentes y las prostitutas. Los trabajadores "trabajan", los mendigos no "trabajan"; son parásitos, son inútiles, por naturaleza. Se da por supuesto que un mendigo no se "gana" la vida igual que un albañil o un crítico literario se "ganan" la suya. Es una simple excrecencia social, tolerada porque vivimos en una era humana, pero esencialmente despreciable.
»Ahora, si nos fijamos bien se ve que no hay ninguna diferencia esencial entre los medios de vida de un mendigo y los de un montón de gente respetable. Los mendigos no trabajan, se dice; pero, entonces, ¿qué es trabajar? Un peón trabaja haciendo servir el pico. Un contable trabaja sumando cifras. Un mendigo trabaja estando en la calle llueva o nieve, víctima de las varices, contrayendo bronquitis crónicas, etc. Es un oficio como cualquier otro; completamente inútil, claro, pero muchos oficios reputados también son completamente inútiles. Además, como tipo social un mendigo es muy comparable al resto de la gente. Es honesto comparado con los vendedores de la mayoría de especialidades médicas, altruista comparado con el propietario de cualquier semanario, amable comparado con un vendedor de productos a plazos; en resumen, un parásito, pero un parásito bastante inofensivo. Casi nunca saca de la comunidad otra cosa que los medios ralos para subsistir y, cosa que según nuestro código ético lo tendría que justificar, lo paga con creces a través del sufrimiento. No creo que un mendigo tenga nada de especial que lo tenga que situar en una clase diferente del resto de personas, nada que dé derecho a la mayoría de hombres de hoy en día a despreciarlo.
»Entonces surge la pregunta: ¿por qué se desprecia a los mendigos? (ya que es evidente que se los desprecia universalmente). Creo que es por la simple razón de que no consiguen ganarse bien la vida. En la práctica a nadie le importa si un trabajo es útil o inútil, productivo o parasitario; la única cosa que se exige es que sea rentable. Detrás de todo lo que se habla hoy día sobre energía, eficiencia, servicio social, etcétera, ¿qué hay sino la idea de "ganar dinero, ganarlo legalmente y ganar mucho"? El dinero se ha convertido en la gran prueba de la virtud. Los mendigos no superan esta prueba, y por tanto se los desprecia.»
Dentro de estas vivencias, de esta caída en la miseria y el desprecio, lo que siempre nos acompaña como un fantasma es la sensación de que esto le pasó a George Orwell, ese autor que iba a escribir 1984, Rebelión en la Granja y otros libros de valía. La idea de que esto le sucedió a una persona por encima de los valores que consideramos mínimos. Nadie le preguntó qué sabía hacer, nadie movió un dedo por situarle según sus capacidades, y tuvo suerte de que un amigo le pudo conseguir un empleo decente al final. No es, por supuesto, el único caso. La moral es que la pobreza está cerca de cualquiera, no importa lo que haya hecho, para qué valga o si es alguien excepcional, si tiene estudios o no o si su situación es sobrevenida o voluntaria. La miseria lo cubre todo y su pátina se vuelve desprecio y marginación.
La sensación de que lo normal es que se reciba el extrañamiento. Lo milagroso, lo excepcional, no es que Orwell estuviera en la misera, sino que lograra salir de ella. No es algo como para sentirse orgullosos, socialmente hablando.
Y esto le sucede, lo hacemos, a los que tenemos al lado. Imagínense lo que les sucede a los pobres, lo que le hacemos a los pobres de otros países.
Las últimas palabras de este libro son quizá un primer paso que dar en cambiar nuestra forma de pensar. Aplíquenlas al vecino y al extraño, al compatriota y al extranjero:
«De todas maneras, puedo apuntar una o dos cosas que sin duda he aprendido después de vivir sin blanca. No volveré a pensar jamás que todos los vagabundos son un hatajo de borrachos facinerosos, ni esperaré que ningún mendigo se sienta agradecido cuando le dé un penique, ni tampoco me sorprenderá la falta de energía de un hombre que no tiene trabajo, ni me inscribiré en el Ejército de Salvación, ni empeñaré la ropa, ni rechazaré un folleto de propaganda, ni comeré a gusto en un restaurante de lujo. Por algo se empieza.»





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Contra la Censura. Ensayos sobre la Pasión por Silenciar, de J. M. Coetzee

(Giving Offense: Essays on Censorship)
Random House Mondadori/Debate
Barcelona, 2007 [1996]

En primer lugar, precisemos que el título original es levemente diferente de la traducción castellana. Vendría a decir: "Ofendiendo: Ensayos sobre la Censura". NI contra nada, ni pasiones desatadas por silenciar. Comprendo que la traducción castellana es más rotunda, más comercial, pero ¿es necesario corregir a un premio Nobel y a su editor estadounidense [la Universidad de Chicago]? ¿Y por dos veces?
Sin duda, en este país, se tiene la impresión generalizada de que la censura es cosa del pasado y asociada a regímenes autoritarios. A poco más de un año del secuestro de una revista en España (satírica, además; ni todas las democracias han podido salvaguardar el animus jocandi cuando se refiere a ciertas personas, al parecer siendo el mensaje, "con respecto a ciertas cosas, ni en broma"); después del debate europeo (de los ¡oh tan civilizados! europeos) sobre las caricaturas de Mahoma, sólo se puede llegar a la conclusión de que aquí se puede hablar de todo... menos de lo que no se puede hablar. La principal conclusión de políticos y analistas fue que una cierta "autocontención" por parte de los autores era deseable. "Autocontención" si lo miran bien, verán que lo que quiere decir a las claras es "autocensura", un concepto que, como demuestra Coetzee, es el fin último de la censura, siendo la máxima aspiración de esta el quedar como una estructura residual y casi autodestruída, habiendo conseguido que el papel de censor lo interpreten los propios autores.
Así pues, la censura, institucional o no, sigue existiendo, en España, en Europa, en las sociedades "civilizadas" y, por supuesto, en las autoritarias, semiautoritarias y en transición.
Hay muy poco escrito sobre la censura, ensayos sobre su naturaleza, claro está. Y sólo recuerdo uno sobre la censura en el franquismo, donde se reseñaba (entre otras cosas) la mutilación y censura de un discurso del propio Franco. Mirando la bibliografía que acompaña el texto de Coetzee, esta escasez parece ser internacional.
Por desgracia, sólo un tercio del libro, aproximadamente, está dedicado a estudiar la censura en abstracto. Los otros dos terccios se dedican a casos concretos: la censura a la pornografía en El Amante de Lady Chatterley; la censura soviética (Osip Mandelstam, Solzhenitsin, Zbigniew Herbert); la censura del apartheid sudafricáno. Son ejemplos ilustrativos y muy interesantes (y sobre el apartheid es casi seguro que es lo primero que se publica en español), donde se dicen cosas valiosas, pero el excesivo detalle siempre tiene el riesgo de fijarse en el roble y perder de vista el robledal.
Pero, y remarcando de nuevo que esos ejemplos son impresionantes en su análisis y pueden constituir la base de estudios futuros, Coetzee hace, en un análisis abstracto y caracteriológico de la censura, una labor fundamental, que descubre las contradicciones y esencias de una actividad que no sólo es enfermiza, redentorista y autodestructiva, sino que lleva en sí misma las semillas de su propio ridículo.
Por escasez de libros semejantes y lucidez de pensamiento, es este un libro imprescindible para comprender esa manía por imponer preceptos y (de)formar mentalidades.

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¿Por Qué Persisten los Dioses? Una Aproximación Científica a la Religión, de Robert A. Hinde

(Why Gods Persist. A Scientific Approach to Religion)
Eds. de Intervención Cultural/Biblioteca Buridán
Barcelona, 2008 [s. f. ]

En un comentario anterior daba las claves de cuándo se realizaría en estas notas una reseña que fuera demoledora. En ella (cosas de la vuelapluma), me olvidaba de una: aquellos ensayos que tuvieran un punto falsario, o supersticioso, o que pudieran llevar al lector a un engaño o una falacia científica. Bien, ha llegado la hora de desenvainar el cuchillo (o el bisturí) y diseccionar un libro que pretende hacer lo que anuncia en el título mediante un andamiaje de razonamientos que no es más que un cúmulo de medias verdades.
Hinde se preocupa por la persistencia que las religiones tienen en la sociedad humana. Es una preocupación lícita. Sin embargo, ya desde el principio, insinúa que la religión debe ser estudiada científicamente. Ahí su propósito ya empieza a patinar, puesto que, como sabemos, las ciencias, por lo menos las puras, basan su investigación en lo material, lo mesurable, lo matemático. Pero, hay que ser pacientes y esperar a ver sus razones.
Éstas las desarrolla en la parte central del libro, y ahí nuestra sorpresa crece: Hinde analiza la influencia de la religión (o lo religioso) en los campos psicológico, antropológico y sociológico. Por supuesto, estas ciencias (aplicadas, no puras) han estudiado siempre el fenómeno religioso en su influencia a nivel del individuo, su etnia o su sociedad, y con toda licitud.
Pero, me apresuro a remarcar, estas ciencias (aplicadas), no estudian la religión. Estudian los efectos de la religión en el individuo, la etnia y la sociedad. Que es algo muy distinto.
El ejemplo más claro que se me ocurre es el de los cultos "cargo" en el Pacífico. He ahí una religión (que pervive) de la cual conocemos a la perfección su genealogía. La llegada de los grandes pájaros de acero (los transportes y bombarderos estadounidenses de la II Guerra Mundial) que, mediante unos rituales misteriosos (el encendido de hogueras o la disposición de luces para marcar la pista de aterrizaje), la erección de un extraño altar elevado (la torre de control), hacían que los pájaros aterrizasen y los enviados de los dioses daban a los nativos productos benéficos y jamás vistos (chocolatinas, leche condensada, telas brillantes, instrumentos de metal).
Ningún antropólogo que se precie perdería un segundo en analizar la teología del "cargo", ninguno analizaría a los miembros de las fuerzas aéreas estadounidenses como "dioses". El interés es cómo surge y cómo influye esa religión. Y eso que es una de las pocas religiones en las cuales hasta se puede entrevistar y filmar a los dioses hoy en día.
¿Puede ser que nos hayamos confundido? ¿Que Hinde tenga el loable propósito de defender que las ciencias (aplicadas) de la antropología, la psicología y la sociología presten la debida atención a la religión? La respuesta es no.
Lo que intenta es que el estudió de la religión se realice desde el punto de vista biológico y etológico. En el transcurso de su argumentación, primero insinuada y después a las claras, Hinde desliza su pretensión principal: que la religión forma parte del patrimonio genético humano. Cartas boca arriba, por fin.
Este es un libro sibilino. Trabajando con medias verdades, y a veces escondiendo hechos. Todo el libro da la impresión de que el autor ha aprovechado cualquier cosa para "hacérsela venir bien" en apoyo de su tesis.
La religión es universal, dice, pancultural. Allá donde la religión ya no ejerce influencia, el ser humano ha montado otra: la burocracia estatal.
En absoluto dice qué pasa en sociedades laicas occidentales no burocráticas, como en Francia. Llegado el caso, estoy casi seguro de que Hinde invocaría a la Santísima Seguridad Social o al Sacro Subsidio de Desempleo.
Si uno no es religioso, pero le da repelús un gato negro, amigo, la religión está ahí, en su patrimonio genético. No se engañe. Es usted tan religioso como un imam o el papa.
Aquellas sociedades que abolieron la religión han vuelto a la senda (según Hinde, genética) de la creencia. A Hinde le importa un bledo que sociedades como la rusa, que llegaron a tener un 90% de ateos oficiales en sus mejores épocas, hayan vuelto a la religión, sí, pero no en la medida en la que los genes deberían impulsar, y que, si no recuerdo mal, en Rusia persiste un 50% de ateos y/o agnósticos. Da igual ese 50%, en realidad debe creer en la mafia rusa, y un capo es tan bueno como un pope, ¿no?
Los pilotos aliados en la Segunda Guerra Mundial, imagínense, creían en gremlins. Tal es la fuerza de los genes. Aquí, tal vez comprendiendo que se ha pasado y que su argumentación podía pasar de ser un quiero y no puedo a la pura broma, Hinde se arrepiente y (muchas) páginas después precisa que los pilotos "fingían creer" en gremlins.
Todo el libro está lleno de cosas irritantes, al menos para alguien con formación científica. Hinde no realiza una sola cita entrecomillada. Emplea autoridades a troche y moche en apoyo de su tesis, pero jamás nos enteramos de las palabras exactas de su fuente. Lo cual no sólo es sospechoso, sino confuso. Uno nunca sabe cuándo habla Hinde y cuando la fuente documental. Ni si dice lo que interpreta Hinde, claro. Pero este libro es todo él una gran ceremonia de la confusión.
A los científicos que no creen en el estudio científico de la religión, Hinde los tacha de "destructivos". Es una calificación muy insidiosa. Porque, por supuesto, los que sí creen, por contraposición, tienen que ser calificados como "constructivos", palabra esta que sabemos concita las máximas simpatías.
En una prolongación de esa actitud omnipresente de tirar la piedra y esconder la mano, Hinde acusa a Konrad Lorenz de hacer "extravagantes afirmaciones". No sabemos cuáles son éstas, porque Hinde no se digna a mencionarlas, pero no creo que la bibliografía nos ayude demasiado. Sólo se cita un artículo de Lorenz, y, si mi alemán no me engaña, es sobre medio ambiente y pájaros, no sobre religión.
Hinde defiende que la religión es pancultural y genética, pero no nos engañemos. El propio autor nos aclara que, puesto que es la que más conoce, la base de sus ejemplos será la suya, es decir, la buena y vieja religión cristiana occidental. Cuando, en ocasiones, se refiere a las religiones orientales o africanas, Hinde se monta un embrollo monumental, haciendo extrapolaciones que resultarían inadmisibles para cualquier antropólogo.
Podría seguir, pero ya les he cansado bastante, y bastante me ha cansado Hinde a mí.
Capítulo aparte merecen las referencias bibliográficas. Suele ser algo que se obvia, pero que proporciona valiosas pistas sobre el fondo documental de un ensayo. Sólo un 6% son libros científicos, y un 1% de medicina; varios, 3%; textos de sociología, un 13%, de antropología, un 14%; de psicología, un 31%, igual que las fuentes sobre religión. No queda duda de que la base científica pura es mínima.
Otra cosa son estas fuentes sobre religión. Una gran cantidad provienen de una sola fuente, una revista llamada Journal of the Scientific Study of Religion, donde hallamos perlas como: "Motivos para participar en la experiencia religiosa", "Las tres caras del auténtico creyente: motivación para asistir a una iglesia fundamentalista", "Correlaciones de las experiencias místicas y diabólicas en una muestra de estudiantes femeninas universitarias", "Probando la escala de trascendencia de la muerte" y "La herencia protestante y el espíritu de posesión de armas de fuego". Entre otras. Todo esto tiene una resonancia familiar, ¿no es cierto?
Lo peor de todo no es que Hinde intente embarcar a la ciencia (a los científicos; no existe algo llamado Ciencia como una especie de superorganización) en un debate estéril, sino que este debate pueda comprometer el progreso científico.
Y que Hinde, con sus diatribas, se carga de un plumazo la fe. Cualquier estudiante de primero de teología (He ahí la ciencia de la religión, una ciencia muy peculiar, sin embargo, en la que antes de dar un paso, se tiene que pronunciar la frase "Demos por supuesto... que Dios existe"), decía, cualquier estudiante de teología sabe que Dios es inefable. Es decir, no se puede describir con palabras. Y su plan, tampoco. Decir que la religión va con los genes implica echar por el desagüe cosas como la Fe, el Libre Albedrío, y aquella famosa frase de "Dios escribe recto con renglones torcidos". He ahí la definitiva contradicción de Hinde: Al religionar la ciencia, el método científico no existiría, pero al cientificar la religión, la despojaría de toda su base, de toda su esencia.
Quiero ocuparme brevemente de la editorial española, Buridán (desconocemos si es en homenaje al filósofo occamista o a su asno). En la solapa dicen: "desde el surgimiento de nuevas disciplinas como la biología de la religión...". Hinde, por miedo, por vergüenza torera o porque no se atreve a tanto, en ningún sitio menciona una "biología de la religión". Porque es una tontería. Suponer que la religión es un ser vivo que nace, crece, se reproduce y muere es igual a suponer que existe una biología del perchero.

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Humanidad. Una Historia de las Emociones, de Stuart Walton

Ed. Taurus
Madrid, 2005

Pero, ¿de dónde sacan los británicos esta legión de ensayistas estupendos, que profundizan en temas apenas insinuados en el pasado y sacan libros que se convierten en obras de referencia fundamentales para el futuro? Cuando aquí el paradigma es el investigador humanista que revisa con talento el campo de la filosofía y acaba escribiendo manuales de autoayuda poco mejores que los del común de los charlatanes que pueblan las librerías, la cosecha ensayística anglosajona, en cambio, parece compuesta por intrépidos exploradores dispuestos a arremangarse ante una jungla impenetrable y abrir, no un camino, sino una carretera, completa con elementos de señalización y puestos de socorro.

Stuart Walton, y transcribo de la solapa, es el autor del "aclamado [?] Colocados. Una historia cultural de la intoxicación [!]". Con este bagaje (y es uno que, por lo visto en Humanidad, no me importaría leer), Walton se mete en la selva de describir porqué somos humanos y sentimos lo que sentimos. No es poco. Para ello, analiza unos sentimientos básicos: miedo, ira, asco, tristeza, celos, desprecio, vergüenza, bochorno, sorpresa y felicidad, estructurando el análisis de cada uno en tres partes: qué es ese sentimiento (por ejemplo, temer), el provocarlo (causo tristeza) y el sentirlo (tengo miedo). Cada emoción, además, comporta una cita, una definición completa del diccionario y la descripción de sus indicadores físicos según Darwin.

Es posible que Walton haya dejado piedras por remover en cada uno de los casos, pero es indudable que las que ha visto han sido, no removidas, sino estudiadas y comparadas. Un elogio recibido dice que "su erudición es abrumadora". Doy fe de ello. Pero no sólo se limita a la mera cita o a la mención pedante. Con todos los elementos de que dispone, y son muchos, Walton contruye una tesis para cada sentimiento y de esa suma extrae conclusiones nuevas.

Como, por ejemplo, hablando de los celos, dice: "lo que ocurre es que esos individuos han perdido de vista que una relación tiene que estar fundada en un equilibrio simbiótico de amor y fe". No es la única conclusión acertada que existe en el libro (y no se limita a enumerarla, sino que el lector llegará a ella junto al autor. Es una diferencia con los libros de autoayuda, que se limitan a dar aforismos que uno tiene que repetirse como si de mantras se tratasen, olvidando que la mejor forma de asimilar algo es comprenderlo). Podría citar muchas frases más, pero preferiría que acompañaran a Walton en su camino (al fin y al cabo, y siguiendo con la metáfora, él va delante haciendo el trabajo).

Y una cosa más. Cuando se habla de un libro de estas características, todo el mundo teme encontrarse con que, a mitad de párrafo, uno se ha perdido o empieza a tener un martilleante dolor de cabeza. No es el caso. Walton nos lleva desde el principio hasta la conclusión con destreza, amenidad, claridad y belleza, explicándose hasta donde tiene que hacerlo, poniendo ejemplos curiosos pero ilustrativos, pero sobre todo, hablándonos de tú a tú. Y es que todos nos emocionamos, ¿no?