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Extraños Eones, de Emilio Bueso

Lo que hace unas décadas era impensable se ha producido: un español ha escrito una novela del ciclo de los Mitos de Cthulhu, y no sólo es buena, sino que tiene momentos de auténtica brillantez.
Es innegable el sorprendente fenómeno de que en este país cada vez se escribe mejor (sorprendente si vemos el empeño que ponen los diversos ministros de educación en conseguir que no salga de la escuela ni un solo lector formado), y en el caso de la literatura de terror, y más particularmente en la de los Mitos, es importante que así sea, en un género en el que el paso de la inquietud al ridículo es muy corto. Emilio Bueso tiene estilo literario; no es que siempre me guste ese estilo, y le pierde una metáfora o un juego de palabras, pero trasciende una afición a jugar con el lenguaje, y la voluntad de no renunciar a la expresión literaria para explicar una historia.
Y respecto a la trama que narra, también se aparta lo bastante de los estereotipos cthulhulianos como para acertar. Es cierto que Egipto es uno de los lugares lovecraftianos por excelencia, pero Bueso no se conforma con la iconografía tradicional; la acción  se sitúa casi en exclusiva en una necrópolis, pero en una que es a la vez antigua y moderna, El' Arafa, la ciudad de los muertos, «un camposanto de ocho kilómetros de longitud y mil quinientos años de antigüedad. El complejo está compuesto por siete necrópolis contiguas en las que se integran toda suerte de tumbas, mausoleos y panteones, muchos de los cuales llevan tiempo ocupados y se han convertido en infraviviendas».
Porque tampoco los protagonistas son los archiconocidos investigadores de la Miskatonic o el desgraciado extranjero que cae en el lugar de extrañeza lovecraftiano (y, de hecho, el episodio barcelonés no es que moleste, pero podría suprimirse con toda tranquilidad); quienes son los actores de esta tragedia terrorífica son los homies, los niños de la calle cairotas.
Bueso escribe sobre lo que conoce, habiendo pasado tiempo viviendo en El Cairo, y no como turista (y si Lovecraft ha sido reivindicado literariamente es porque fue un excepcional escritor realista en lo que a los paisajes de Nueva Inglaterra se refiere), y ese anclaje en la realidad es algo fundamental en el género, como bien saben los buenos escritores de terror, Stephen King o Ramsey Campbell, por ejemplo. Pero también consigue algo excepcional, y es ser un fantasista que se permite proporcionar una visión alucinada y brillante en su expresión y descripción de las Cortes del Caos, y del más esquivo y contradictorio de los dioses lovecraftianos, Azathoth, el caos idiota. Es un pasaje digno de figurar en todas las antologías de los Mitos, y Bueso es quizá el único escritor que ha osado enfrentarse a ese indefinible ser y salir victorioso en el empeño.
Extraños Eones marca la esperanza de que, por fin, los Mitos de Cthulhu sea bien tratados y escritos en nuestro país, después de tantos años pasados desde Joan Perucho y su Amb la Tècnica de Lovecraft. Es también una tarjeta de presentación de un autor que, a poco que quiera, puede convertirse en una realidad literaria, de género o no, de la más alta calidad.
Queda el tema pendiente de hacer de España un lugar cthulhuliano, pero ese es otro tema que no es responsabilidad de Emilio Bueso. Por el momento, sean muy bienvenidos estos Extraños Eones.

Valdemar, col. Insomnia
Madrid, 2014 [2014]

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El Gran Frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann

Hay que empezar diciendo que, después del tour de force que representó Don de Lenguas, ya entendía que volver a reproducir la brillantez de ambientación y trasfondo social de la España franquista de los años cincuenta era difícil, de manera que estaba dispuesto a un cierto bajón en la serie. El Gran Frío no es una mala novela, en absoluto. Funciona muy bien como un "quién lo hizo", está bien estructurada, y mantiene el interés. Sin embargo, hay grandes errores de concepto.
(El resumen de contraportada de Siruela es muy decente, de manera que para los detalles de argumento consulten el enlace al pie.)
Ana Martí ha dejado "La Vanguardia" y ahora es reportera de "El Caso", un paso acertado y hasta lógico. En esta investigación, Martí se traslada del ambiente urbano a un pueblo de la sierra del Maestrazgo, con lo que todo lo que tenía Ana Martí de activa y de trasladarse a los distintos niveles de una ciudad queda suprimido, y se ve recluida en un lugar pequeño y casi inmovilizada en una sola casa, lo cual es un grave error que priva de mucho de la personalidad de la protagonista (por cierto, y a pesar de llamarse "el gran frío", la novela no consigue transmitir esa sensación; hombres más recios que Ana Martí han probado el frío turolense y el recuerdo les ha perseguido toda la vida). Este enclaustramiento perjudica el ritmo y deja una impresión de pasividad por parte de la protagonista.
Que sea un ambiente rural no tendría que ser un inconveniente (Jim Thompson hizo una obra maestra con 1.280 Almas, por ejemplo), pero es que el pueblo que nos pintan las autoras tiene todos los estereotipos de la época: un cacique, un alcalde pesetero, un cura trepa, un maestro (algo) rojeras, un guardia civil bruto y un tonto del pueblo. Falta el médico altruista, pero es que el pueblo no tiene. Todos a la vez. Si alguien aduce que conoció un pueblo que era así y también tenía a todos estos tipos, le responderé que la realidad no siempre funciona bien en la ficción. Tener semejante catálogo de tópicos reunido no hace sino proporcionar a la novela un trazo grueso y poco sutil.
Hay un par de incongruencias argumentales, que no desvelaré para no perjudicar a los lectores que deseen leer esta novela, pero déjenme hacer notar a las autoras que el guardia civil puede tomarse un gran trabajo para mantener bajo llave en el cuartelillo todas las armas de fuego del pueblo, pero en el mundo rural, para matar, no se requiere una escopeta: cualquiera tiene a su disposición una panoplia de hoces, guadañas, horcas, azadones afilados como un cuchillo, etcétera.
Todos estos errores lastran una novela que hubiera deseado que fuera tan brillante como la que inició la serie. Esperemos que los aciertos, como el cambio de periódico de Ana o su ruptura sentimental (el enamoramiento de Ana no era uno de los momentos más lucidos de Don de Lenguas, precisamente) sean aprovechados en una tercera novela que espero con ilusión. Al fin y al cabo, equivocarse es el mejor medio de aprendizaje que existe.

Eds. Siruela, col. Nuevos Tiempos, serie Policiaca
Madrid, 2014 [2014]
Serie periodista Ana Martí nº 2

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Los Santos Inocentes, de Miguel Delibes


El prodigio de la escritura de Miguel Delibes fue que, usando un registro culto, integró el habla popular en su literatura sin que aquella abandonara su origen, pero trascendiéndola hasta lograr un producto literario cien por cien, que podía competir con las obras de los escritores más refinados y siempre salir victorioso en la competencia.
Esta escritura, que por una parte le aproximaba al público y por otra lo trataba de forma adulta y literaria, logró ese triunfo a base de convencimiento en lo que se escribía; sin renunciar a las audacias estilísticas, por otra parte, como en esta obra, en la que se omite la dialogación tradicional castellana para, en cambio, convertir los diálogos y enunciaciones en integrantes (aunque destacados) del texto: ni guiones ni comillas, sino sangrados, pero siempre en continuidad con el texto precedente y posterior. Al público, que muchas veces es más sabio que la crítica, no le importó, y comprendió enseguida al autor y su texto.
Los Santos Inocentes, que goza de una excelente adaptación fílmica de Mario Camus (con lo que los detalles de su argumento casi son prescindibles), trata de la explotación del pobre por el rico. Una explotación que venía de hechos sociológicamente probados, como eran los producidos en los cortijos y grandes latifundios de España hasta finales del siglo XX (y que no es seguro que hayan desaparecido del todo). Pero, aparte una denuncia particular, en la novela de Delibes alcanza mayor entidad algo más universal, como el hecho de que esta explotación de produce mediante la alienación de los siervos, casi esclavos, hasta reducirlos, si no a objetos, sí al estatus de animales.
Si se cree que esta alienación es económica, Delibes nos muestra una y otra vez que no, que va más allá, incluso llegando a la religión, como cuando Nieves quiere hacer la (primera) Comunión, pretensión que es recibida con el asombro de quien escucha a una sierva querer cobrar un sueldo (o, ya puestos, a Oliver Twist pedir algo más de gachas). Todo en la novela gira sobre la dignidad humana y cómo se ningunea. Cómo, generación tras generación, una clase se ha esforzado y conseguido imbuir en los siervos la conformidad, la servidumbre y hasta el contento por ser lo que son.
Cuando el señor dice: «las ideas de esta gente, se obstinan en que se les trate como a personas y eso no puede ser», expresa una filosofía invariable, como es la de la casta de "personas", los amos y sus iguales, y la de los animales, entre los que están los campesinos y los sirvientes. De ahí al desprecio absoluto por su existencia, un desprecio que está a punto de lisiar de por vida a Paco el Bajo, o a privar de lo único que tiene al inocentón Azarías, su milana, no hay ni tan siquiera un paso. No lo hay porque en este mundo estratificado, para alienar a los pobres, el primero que tiene que creer que son objetos, animales, es el alienador.
Una de las obras mayores de Delibes, si es que alguna menor tiene, la potencia de esta novela radica, justamente, en que no es una anécdota lo que se cuenta, sino una filosofía que parece inmanente en el mundo, la de la opresión del rico y su esfuerzo (tal vez el único que realiza) para mantener las cosas como están, en un estado de servidumbre permanente a "los otros"; quienes, además, deben mostrarse agradecidos.

Ed. Crítica, col. Clásicos y Modernos
Madrid, 20056 [1981]
Edición de Domingo Ródenas
y otras múltiples ediciones en castellano


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El Váter de Onetti, de Juan Tallón

Supe de Juan Tallón escuchando sus intervenciones en el programa radiofónico "A Vivir que Son Dos Días", que de inmediato me provocaron una agudización de los sentidos del tipo que se produce cuando oyes algo genial pero efímero; algo que tienes que escuchar con atención, porque merece la pena retenerlo en la memoria.
Por suerte, también escribe en "La Lamentable" (enlace en la columna de la derecha) y en Descartemos el Revólver, que hacen de Tallón y su peculiar visión de la realidad algo más permanente. Y, por suerte también, hubiera sido una desgracia que Juan Tallón no fuera escritor y no hubiera estado publicado. Lo es y lo está, y su ficción sigue teniendo los mismos límites que su obra radiofónica (es decir, ninguno) y la misma brillantez. El Váter de Onetti es lo primero, a mi saber, que se traduce al castellano.
Tallón es, como buen periodista, hombre de frase corta, a concepto por cada una, y rotunda, a mazazo de realidad por frase. Eso está presente también en su ficción, en la que gusta de retratar a un personaje protagonista llamado Juan Tallón, no necesariamente, o tal vez sí, el autor. Vean si no el inicio de esta novela:
«Toda mudanza lleva consigo una desgracia desesperada por salir. Nadie piensa nunca que desencadenará una reacción inesperada que acarreará su ruina. Por eso, a lo largo de nuestra existencia nos mudamos, poco conscientes del peligro que corremos, buscando la mejor etapa de nuestra vida. No importa que el cambio de domicilio evolucione favorablemente. La desgracia va dentro. De nada sirve que, en apariencia, todo vaya bien. El cambio, desde los días del Génesis, le llega al individuo siempre en lo mejor, cuando menos preparado se encuentra. El momento álgido se verifica como el instante previo a la ruina. Siempre pasa lo que sucede.»
El Váter de Onetti es la historia de una mudanza emprendida por ese Juan Tallón, desde Galicia a Madrid, de periodista a redactor de discursos y notas de prensa para el ministro de Justicia. También es la historia de la obsesión que le sobreviene por los vecinos del quinto derecha, que planean una atraco a un banco para darse la gran vida. Y, no menos importante, es también la reflexión que sobre el mundo y la vida hace el autor.
En estos tres niveles de significación, hábilmente entrelazados y que probablemente no estarían completos si no coexistieran, el lector deambula, entre abrumado y estupefacto, por la vida de Tallón, que también, en parte, es la nuestra. Siempre queda capacidad para la sorpresa en esta visión ácida, cínica y fatalista del mundo que nos rodea, en el que la vida no es justa y en el que todo puede empeorar.
Pero junto a las tramas, la magia reside en el estilo de Tallón, breve, seco, denso como el uranio enriquecido, el necesario para referir la ferocidad del mundo en que vivimos y el preciso para, con buenas dosis de humor negro, salvarnos apenas de la desesperación absoluta. No en vano, «Un lector auténtico no deja de ser alguien desesperado. El lector tiene que ser tan suicida como el autor».

(O Váter de Onetti)
Edhasa, col. Tusitala
Barcelona, 2013 [2013]
Traducción del autor

Portada y sinopsis

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Don de Lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann

Mariona Sobrerroca, una joven viuda de la alta burguesía barcelonesa, ha sido asesinada. Faltan pocas semanas para la celebración del Congreso Eucarístico, un gran escaparate propagandístico para el régimen franquista, y el fiscal Grau quiere que la resolución del crimen sea rápida, clara y eficiente, de modo que pone al frente de la investigación al inspector Isidro Castro; quiere, además, que se informe sin equívocos y sin deslices políticamente comprometidos, y así concede al periódico La Vanguardia la exclusiva de las informaciones, y Ana Martí, que ha hecho sus primeras armas como cronista de sociedad, recibe su primera investigación de sucesos en un caso que hay que tratar con guantes de seda y en el que hay que irse con mucho cuidado con lo que se dice y lo que se insinúa.
Pronto la hipótesis primera, la de un robo que acabó en homicidio, y que es adoptada con celeridad por la policía, se empieza a tambalear. Todo apunta a que Mariona tenía un amante o un enamorado, y para analizar unas cartas de amor encontradas en su casa, Ana recure a su prima, filóloga depurada por el franquismo, Beatriz Noguer. El caso no es en absoluto lo que parece, y puede tener unas implicaciones que comprometen a personajes significados del régimen.
Esto es un esbozo de una trama cuidada, coherente y bien dispuesta, que las autoras resuelven con mano segura y un buen hacer sobresaliente.
Lo cual ya sería bastante, pero esta novela alcanza una relevancia especial gracias a un esfuerzo por reflejar una época y una ciudad como pocos se han realizado.
No viví la Barcelona del Congreso Eucarístico; mis recuerdos se remontan a unos pocos años después, pero la España franquista, si por algo se caracterizó, fue por un inmovilismo y una vulgaridad que la hacía casi inmutable, de manera que desde el primer momento he tenido la impresión de pasearme a través de estas páginas por la Barcelona mediocre, gris, sucia y triste de mi infancia. No sólo he reconocido las calles, los locales, los lugares, sino la atmósfera de la vida cotidiana, los tics de los barceloneses, el día a día de una sociedad nacional-católica que bajo un manto de beatería ocultaba una corrupción inherente a un régimen autoritario, una hipocresía de burguesía rica y provinciana, la vida controlada de unas clases bajas siempre bajo sospecha. En suma, que me he visto inmerso en el lugar en el que transcurrió mi vida, sin que se hayan obviado detalles ni omitido sensaciones.
Es fácil trufar una novela de postales, lugares reconocibles. Lo difícil es componer un todo coherente emocional, anímico e histórico que refleje la época y su espíritu. Ribas y Hofmann lo consiguen, y junto a la trama, escriben una novela de las más notables que he leído, no sólo en el plano negrocriminal, sino en el sentido histórico. Es algo más que un viaje sentimental; es un documento social, y eso es algo tan difícil de conseguir que no puedo menos que desear que esta novela alcance el reconocimiento que merece, y que quede como una de las grandes novelas sobre Barcelona.

Eds. Siruela, col. Nuevos Tiempos, serie Policiaca
Madrid, 20133 [2013]

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Riña de Gatos. Madrid 1936, de Eduardo Mendoza

Por una vez, en lo que podríamos denominar producción "seria" (no es que sus novelas humorísticas estén escritas con menos seriedad, pero de alguna manera hay que distinguir estas dos claras corrientes narrativas de su autor) de Eduardo Mendoza, éste se aparta de Barcelona y da el salto a Madrid. Un Madrid de los tiempos inmediatamente anteriores al alzamiento militar, y un Madrid que ya comentaremos más tarde en esta reseña; en esta traslación Mendoza demuestra lo capaz que es de captar la esencia y la atmósfera de una ciudad.
Hay un consenso general en que Mendoza ha escrito la mejor novela sobre Barcelona (La Ciudad de los Prodigios); que sea capaz de reproducir esta vitalidad con Madrid sólo dice que es uno de los pocos autores que entienden a las urbes como personajes y sabe cómo tratarlas. Sus cafés, bares, tascas y figones, sus calles y su arquitectura son tan importantes en la novela como los personajes mismos, tal vez porque es a través de estos lugares como éstos consiguen modular su expresión y sus actitudes.
Anthony Whitelands llega a Madrid para cumplir un trabajo para el que está perfectamente cualificado: autenticar y tasar un cuadro que una familia aristocrática pretende vender para así asegurarse un pied à terre en el extranjero, en vista de la inminente revolución bolchevique que se cree va a estallar.
Sin embargo, muy pronto Anthony se convierte en centro de conspiraciones. La casa de los aristócratas es frecuentada por el marqués de Estella, que Anthony ni reconoce ni tiene porqué conocer, salvo cuando la Dirección general de Seguridad, que se interesa por sus movimientos en España, le informa que se trata de José Antonio Primo de Rivera, jefe del principal partido fascista español. Y es que ese cuadro bien puede ser que esté destinado a financiar la compra de armas para la Falange. Algo que también interesa a la embajada británica, a los soviéticos y a quién sabe más, si llegan a enterarse de la operación.
Todos los sucesos que narra Mendoza son imaginarios, una mera fábula; una aventura sin más, si ustedes quieren, puesta en contexto histórico. Pero justamente ese contexto es importante, porque más allá de las vicisitudes de Anthony (que es un poco tontaina y apenas se entera de nada), Mendoza nos da un retrato perfecto del clima previo a la Guerra Civil, por boca y descripciones de personajes como Azaña, José Antonio, Franco, Mola o Queipo de Llano, entre otros y sin olvidar a la gente de la calle. Un clima de río revuelto en el que calmar las aguas ya parece imposible y, en cambio, hay muchos pescadores dispuestos a pescar a manos llenas.
Hay un fino sentido del humor que recorre la novela (menos extremo que en sus escritos humorísticos, pero el tema no daba para la farsa), lógico si tenemos en cuenta que Anthony es un ingenuo en una situación que no controla (como la inmensa mayoría de los españoles, por otra parte), pero este humor conjura buena parte de la solemnidad y la trascendencia que impregnan (muchas veces de manera rimbombante) las novelas que han surgido sobre la Guerra Civil. En mi opinión, ya era hora que fuera así; como bueno es que José Antonio se convierta en personaje hasta simpático en lo cercano y desquiciado en lo ideológico, sin que se le demonice, como también acostumbran las novelas al uso, más en blanco y negro (o rojo y azul) de lo que se debiera para, de una vez, discurrir con normalidad por este período histórico.
Tal vez la de Mendoza no sea la novela sobre la Guerra Civil, pero sí que proporciona buenas pistas para adivinar cómo se escribirá. Con algo más de normalidad y naturalidad, con más respeto por los protagonistas anónimos, de cualquier bando. Con algo de humor, tragicómico sin duda, pero más real que la solemnidad perenne.
Pero creo que estas lecciones no van a calar; todavía hay demasiadas ansias por subirse a un pedestal para narrar la Guerra Civil española. Algo que Mendoza no quiere y se niega a hacer, por fortuna.

Ed. Planeta, col. Autores Españoles e Iberoamericanos
Barcelona, 2010 [2010]

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Espionaje, aventuras y amor en el Madrid previo a la guerra civil.

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Cervantes en Barcelona, de Martín de Riquer

IN MEMORIAM: Martí de Riquer (1914-2013) 

Martín de Riquer fue un lujo para nuestra cultura que, por desgracia, no tendrá reemplazo fácil, si es que alguna vez lo tiene. Medievalista excelso, investigador definitivo del Tirant lo Blanch, experto en poesía trobadoresca y uno de los cervantistas más ilustres y esclarecedores que han existido, su erudición y sabiduría fueron incomparables, prodigiosas. Pero, capaz de todo, siempre expuso sus argumentos con autoridad, documentación y criterio, pero de manera clara y hasta amena, lo que le hizo trascender el mundo académico y alcanzar un segmento de público mucho mayor del que se acostumbra en campos que, a veces, amenazan con una aridez que se reserva a los especialistas.
En este estilo, expresivo, apasionado y razonable, este ensayo Cervantes en Barcelona trata de la supuesta estancia del autor de El Quijote en la Ciudad Condal, algo que sólo es conjetura, a pesar de la muy popular costumbre barcelonesa de señalar la casa del Paseo de Colón, nº 2, como "la casa de Cervantes".
Que Cervantes viviera en Barcelona una temporada es algo probable. Pero, como tantas cosas del mundo cervantino, otro asunto es probarlo o, si esto no es posible, dar argumentos que hagan posible esa probabilidad.
Los biógrafos suelen datar esa estancia en 1569, cuando huía de Madrid hacia Italia. Martín de Riquer, con un análisis minucioso de los episodios catalanes de Las Dos Doncellas y la segunda parte del Quijote, traslada (y demuestra) esta estancia a 1610, cuando debió seguir al Conde de Lemos en busca de patrocinio (algo muy normal en la época) y, sí, probablemente en la casa que la tradición le atribuye, o en todo caso en una muy cercana.
Dominador absoluto de todo aquello que se ha escrito y descubierto sobre Cervantes, Martín de Riquer pasa por todas las posibilidades y descarta los imposibles, y entonces acumula referencias hasta encontrar fecha, época y lugar en el que la estancia de Cervantes se produjo.
Todo ello, insisto, en una prosa clara, inteligente, legible y amena, algo difícil de encontrar en el campo de la exégesis literaria. Y para los que crean que discutir si Cervantes estuvo o no en Barcelona es como tratar del sexo de los ángeles, les diré que para llegar a esta conclusión Riquer realiza un auténtico paseo por la Barcelona de la época y su vida cotidiana. Al fin y al cabo, y aunque la estancia fuera breve, lo que sorprende es que Cervantes fuera tan perceptivo como para recorrer sus calles y conocer sus gentes, situarse tan bien en la geografía y entablar contacto íntimo con la vida y preocupaciones de la ciudad; todo lo cual queda reflejado en El Quijote. Pero, como señala Martí de Riquer, tampoco es de extrañar. Barcelona adoraba la primera parte del Quijote (y siempre ha sido ciudad cervantina), y la acogida que debió dispensar a su autor debió halagarle sobremanera, tanto como para motivar los elogios que dedica a la ciudad en la segunda parte. En este estado de cosas (y para fastidiar a Avellaneda, autor de ese Quijote falso que tanto molestó a Cervantes) decidió que Don Quijote y Sancho no fueran a Zaragoza sino a Barcelona.
El historiador desearía conocer y tener documentados todos los hechos. Sin embargo, esto nos hubiese privado de este paseo delicioso que Martí de Riquer nos invita a realizar en este ensayo. Más allá de la sabiduría ya reconocida, la pérdida de Martí de Riquer nos ha privado de verla perpetuada. Descanse en paz.

Acantilado / Quaderns Crema, col. Cuadernos del Acantilado
Barcelona, 2005 [1989]
Publicado anteriormente como parte de Para Leer a Cervantes

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El Beso, de Gustavo Adolfo Bécquer

A Bécquer, uno de los santos patrones del romanticismo español, sus Rimas, sobre todo aquella de "Volverán las oscuras golondrinas...", le han hecho mucho daño. Han sido tan sobreutilizadas que, como dice Umberto Eco, han pasado a degradarse incluso en su valor intrínseco. Y eso ha provocado que se hayan ridiculizado, parodiado y denigrado hasta la extenuación. Y si hablamos de su obra en prosa, ha sufrido otra de las peores maldiciones que la obra de un escritor puede sufrir, como es la lectura obligatoria en colegios; no hay nada peor que leer un libro porque te lo ordenan.
Una lástima, porque en concreto sus Leyendas no tienen nada que envidiar a los mejores relatos fantásticos por ejemplo británicos, que tanta fama tienen.
En la que les presentamos hoy (y que pueden leer o bien escuchar en el enlace al pie de esta reseña), Bécquer entra de lleno en ese universal de la mitología y lo fantástico como es la escultura viviente, y demostrando de dónde toma la inspiración, en el mismo relato se refiere al mito de Pigmalión y Galatea (no el de Polifemo y Galatea, que es completamente distinto).
Un poco por aprovechar la fama de revolucionarios republicanos y ateos de la que gozaron las tropas napoleónicas y un poco porque viene muy bien para explicar qué hacen y porqué unos soldados en un convento religioso, sitúa la época en la Guerra de la Independencia la acción del relato, y su localización geográfica en Toledo. En un recurso muy querido por los escritores de la época, y muy utilizado desde entonces, el lugar preciso de la acción es imaginario, aunque Bécquer se preocupa de proporcionar espacios reales (la plaza Zocodover, el Alcázar, el monasterio de San Juan de los Reyes) para incrementar la verosimilitud de la historia.
Y en cuanto a su desarrollo, típico del romanticismo, es magistral: empieza por crear un ambiente fantasmagórico que acompañe a la percepción, luego pasa al cuartelero para explicar la belleza extrema de la estatua orante y la compañía de la del esposo de la muerta, nos introduce luego en una atmósfera de transgresión de los valores humanos y el desafío a lo sobrenatural, todo ello sin que haya un solo pasaje que podamos denominar terrorífico, para reservarse esa intervención sobrenatural en un final sorpresivo e impactante, lleno de fuerza.
No sé si alguno de ustedes tuvo que sufrir la lectura de este relato en tiempos escolares, pero mi recomendación es que le den una oportunidad por el puro placer de su lectura. Estoy seguro de que lo disfrutarán mucho más. 

En Leyendas
Ed. Bruguera, col. Club Joven
Barcelona, 1982 [1863]

Texto y lectura en audio de El Beso


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El Enredo de la Bolsa y la Vida, de Eduardo Mendoza

En esta ocasión, las aventuras del loquito innominado que protagoniza las hilarantes aventuras que Mendoza escribe con menos frecuencia de la que desearíamos sus lectores, le llevan a la Barcelona de mediada la crisis económica (si es que 2012 era el punto medio de la crisis, que está por ver). Su búsqueda de un antiguo compañero de manicomio, tan mal atracador como el protagonista es mal detective, le hará recorrer una ciudad poblada de bares vacíos y llena de turistas, con bazares chinos que han reemplazado todo el comercio tradicional y estatuas vivientes, músicos ambulantes y pizzeros sin seguro como principales trabajos.
Desde que Mendoza excarceló del manicomio al protagonista, sus aventuras ya no son las salidas de un Don Quijote contemporáneo que contemplara los cambios de la ciudad con un estupor asombrado y una admiración desconcertada, sino incursiones en un mundo real que más bien parece de locos y en el que mejor no permanecer mucho tiempo, so pena de volverse tan idiota como las gentes que lo pueblan.
Si bien se ha perdido un toque de ingenuidad a lo Cándido, se ha ganado en ferocidad en la sátira que, mediante la bendita exageración, se vuelve retrato y paisaje, sin que se pueda decir que se aleja de la realidad.
«Era admirable ver cómo aquellos potentados, tan duramente golpeados por la crisis financiera como acababa de saber leyendo un trozo de periódico, seguían manteniendo la apariencia de derroche y jolgorio con el único fin de no sembrar el desaliento en los mercados bursátiles.» Se lo crean o no, con otras palabras, claro, este mensaje se transmitió en su momento a la sociedad, diciendo que había que mantener el nivel de consumo para no "enfriar" la economía y porque si guardábamos el dinero iba a ser peor. Bueno, pues esa es la clarividencia de Mendoza en su visión novelística del mundo. Con conceptos de origen tan demenciales como este, que Mendoza consiga darles una vuelta de tuerca más hacia la sátira es prodigioso. Claro que a ello ayuda ese lenguaje, cervantino y refinado, que el narrador prodiga y que convierte en humorístico el mundo, amén de emparentarlo con la novela picaresca y la sátira del Siglo de Oro. Es una combinación única y en extremo eficaz, que muestra no sólo maestría literaria sino también una creatividad desbordante (los nombres de establecimientos y personajes son antológicos, por ejemplo).
Pero sobre todo es su visión del mundo la que es extraordinaria. De una sociedad que creemos normal y en realidad es más majareta que los antiguos internos del manicomio. Un sistema social que está para que lo encierren, y a nosotros nos den una cura de reposo y un gramo de cordura. Reírse con las novelas de Mendoza es muy sano; en definitiva, es reírnos de nosotros mismos, y nada es mejor para el espíritu que eso.

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve
Barcelona, 20125 [2012]
Serie del loquito detective nº 4

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Una sátira genial, como las que sólo Eduardo Mendoza sabe hacer.

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El Francotirador Paciente, de Arturo Pérez-Reverte

FIRMA INVITADA: Susana Rizo

Tras cerrar la última página de la novela, sé que es un lugar al que volveré, más tarde o más temprano. En sus renglones hay matices que viajan más allá de las palabras y he llenado sus hojas de subrayados para seguir leyendo los pensamientos de Sniper, el protagonista de esta novela. Todos aquellos que creen que el arte está íntimamente relacionado con la vida y sus reglas del juego, van a encontrar un referente en este libro. En cada página un apunte, una frase resaltada, digna de releer. Y quien nos lleva hasta él y a su manera de pensar es la enigmática Alejandra Varela, apodada Lex, la otra protagonista de esta historia. Todo está narrado desde su punto de vista, y desde sus recuerdos. Una mujer infranqueable en sus silencios y fatigas, de fuerte personalidad y gran inteligencia. Ella es el alter ego de Sniper. Como él, Lex es otro francotirador paciente que perdió por el camino algo en lo que creía. Y hay ciertas cosas que no quedan impunes. Existe un precio a pagar y nadie está exento de ser observado por el azar paciente e imprevisible. De que éste te ponga en su punto de mira, y dispare.
Lex, especialista en arte contemporáneo y en la búsqueda de personas y libros, es contratada por un importante editor para encontrar a Sniper, uno de los grafiteros más famosos del mundo, con el fin de proponerle hacer un catálogo y una exposición retrospectiva de su obra. El problema es que la identidad de Sniper es un misterio, así como el lugar donde reside. La única certeza es que le protegen cientos de personas, cómplices, incapaces de desvelar su identidad, por la admiración y respeto que le profesan. Pero hay otros que le buscan para eliminarlo de la faz de la tierra. Los mensajes que lanza Sniper, o que lanzan sus seguidores en su nombre, son portada de noticias por su envergadura, su extremada originalidad, brutalidad, y especialmente por la peligrosidad y audacia que entraña el llevar a cabo esos grafitis, conocidos como “intervenciones”. Algunas de éstas incluso se saldan con la muerte de quienes las ejecutan. Lex emprende casi una persecución que le llevará desde Portugal a Italia, pasando por Lisboa, Verona, Roma y, finalmente, Nápoles. Y no está sola en esta búsqueda.

Con esta novela nos adentramos en el mundo del arte, del grafiti concretamente, con sus luces y sombras, sus aspectos más criticables y loables, incluyendo un recorrido por su historia, sus escritores y su razón de ser. Hay de hecho una gran crítica hacia la impostura del arte moderno, o de una parte de éste. Pero parece la excusa para presentarnos, de nuevo, un concepto sumamente revertiano: el de la geometría del Universo inconmovible que sonríe a todos, paciente. Según palabras del propio autor “sólo la lúcida y fría observación de la realidad histórica del hombre permite entender. Y en ese proceso es fundamental el arte”. De hecho, en mi opinión, se trata del tercer ajuste de cuentas que el autor hace en su vida literaria: Territorio Comanche, El pintor de Batallas, y ahora El Francotirador Paciente. Puentes, Instantáneas y Pinturas que tienen consecuencias.

Personalmente veo aquí un guiño al “Duelo a garrotazos”, esa esencia grafitera que Goya plasmó magistralmente en una de las paredes de su casa de la Quinta del Sordo. Sobre este pintor dijo Ortega y Gasset “No es verosímil que nadie, después de haber contemplado una buena porción de su obra al menos, se sienta ante ella indiferente. En cambio, es muy posible que a algunos Goya les irrite. Pero esta irritación no es cualquiera. Posee un peculiar cariz. Va disparada contra el artista, pero da un culatazo sobre quien la siente, dejándole preocupado respecto a si mismo. Esto es lo peculiar de Goya”. Y creo que también es lo peculiar de nuestro misterioso Sniper.

Arturo Pérez-Reverte consigue una estética especial presentándonos este mundo de luchadores callejeros, que tienen sus propios códigos y normas, algo que en el tablero del “Territorio Reverte” es muy valorado. El arte existe no solo para iluminar y deslumbrar, sino también porque a veces es cuanto queda para poder expresarse. El grafiti es otra manifestación artística, más libre y abierta, que quizá ha existido desde el principio de los tiempos para expresar no sabemos muy bien qué sentimientos o anhelos, como aquellos grafitis descubiertos en 1868 por el hidalgo y arqueólogo don Marcelino de Sautuola y su hija María en las oquedades de Altamira. Un arte subliminal, subversivo y misterioso que a veces roza la frontera con el vandalismo y otras traspasa la de la genialidad. Todos hemos sentido eso, y en momentos muy recientes. Muchas de las mismas pancartas del 15-M eran puro arte callejero. Y resulta absolutamente gráfico el recuerdo de aquel escrito del Sniper Alley en Sarajevo “Welcome to Hell”. El grafiti reclama el derecho a escribir y, como le escuché una vez expresar a don Arturo, a “sentirse joven en la víspera de la batalla”. Algo que en la novela se denomina “experimentar los treinta segundos sobre Tokio”. La estética también la logra con una ambientación impecable, el uso del lenguaje, bronco, moderno y de tribu, propio de los escritores de grafiti con su jerga específica, y, desde luego, con los personajes que desfilan como secundarios –editores, empresarios, sicarios– que de tan bien dibujados parecen sacados de un cómic de Hergé.

Es ésta una obra reflexiva, intrépida, que atrapa hasta la médula gracias a la pericia de su prosa conducida por Lex a lo largo de interesantísimos diálogos a medida que ella se va acercando a su objetivo. Todo ello ambientado en tiempo presente, con referencias a sucesos actuales, recientes y desgraciadamente familiares (la gran crisis económica). Para los protagonistas de esta historia es un tiempo lleno de recuerdos y, tal vez, de remordimientos. De cuentas pendientes. Como en mayo del 68, la ciudad se ha convertido en un campo de batalla y los desafíos de Sniper son estallidos de lúcida ira cuya onda expansiva provoca inquietud. Al final actúa como lo hacían los espejos deformantes de Valle-Inclán, sin piedad. Su aparente falta de escrúpulos y vanidad desconciertan, y, a pesar de todo,un ejército entero le responde, y le respalda. Lex es quien va a intentar entender, interrogándole, como hiciera Markovic con Faulques en El Pintor de Batallas.

No obstante, existe aquí un breve espacio para los restos de aquello que se salva y perdura. La inocencia destruida por esas mismas implacables normas del juego que Sniper quiere probar. Hay una poética en ese recuerdo, con la forma de una firma en la pared que se desvanece en el tiempo. Mientras cada cual naufraga a su manera –ninguna de las acciones que se lleven a cabo en esta persecución quedará impune– ese recuerdo permanece intacto. A salvo.

El Francotirador Paciente es una obra que recomiendo encarecidamente. Es audaz, emocionante y posee un ritmo que va subiendo de intensidad progresivamente, hasta conseguir el clímax cortando y dejando en vilo al lector justo en el momento oportuno. Existe un inteligente dominio escénico y la narración resulta tan tremendamente visual como acostumbra lograr la maestría de Arturo Pérez-Reverte, que si permiten el atrevimiento, yo definiría como el Spielberg de las letras hispánicas.

Ed. Alfaguara
Madrid, 2013 [2013]

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Moby Dick. La Atracción del Abismo, varios autores

La fórmula no es nueva, pero cuando está bien realizada es impagable. Y este libro está perfectamente realizado.
La fórmula es la de reunir a una serie de autores, ilustradores y artistas alrededor de una obra o de un escritor y así componer un volumen que sirva tanto de homenaje como de celebración. En el caso de Moby Dick, el homenaje y la celebración son importantes, pero también lo es desvelar los secretos de una obra que es más conocida que leída.
En efecto, y este es uno de los grandes misterios de la obra cumbre de Melville, todo el mundo conoce la existencia de una ballena blanca, todo el mundo sabe quién es el capitán Ahab y más o menos una gran mayoría sabe cómo hay que llamar a su protagonista ("Llamadme Ismael", dice la primera frase del libro), pero leerlo, lo que se dice leerlo, pocos lo han leído. Y una buena parte de los que lo han hecho han pasado por una versión recortada, condensada o editada. Al fin y al cabo, Moby Dick es un libro extraordinario, pero también único en su estructura narrativa, que sigue desconcertando al lector.
En todo caso, estos homenajes cumplen una doble función, y es la de acercar a posibles lectores a la obra y a los que, como yo y los autores la han leído, regocijarnos en una comunión con otros que aman la obra de Melville y evocar visualmente los pasajes de la novela.
En el aspecto visual, este libro invita a la contemplación pausada y detallada. No sólo los artistas son variados, sino que las ilustraciones, cuidadosamente seleccionadas, son excelentes.
En cuanto a los contribuyentes de textos, por supuesto, la calidad varía. Los hay notabilísimos, si bien conocidos, como los de Muñoz Molina o Pérez-Reverte (da igual, leerlos en conjunción con los demás que los acompañan les da una nueva dimensión), otros que representan una aportación refrescante, como los de José Luis Garci sobre Ray Bradbury, que fue el guionista de la versión fílmica de John Huston, o el de Constantino Bértolo sobre la edición ilustrada por Rockwell Kent. Otros son informativos, como el que nos recuerda que parte de la película ya citada se rodó en las Canarias, o el de Raúl Guerra Garrido sobre el tamaño de Moby Dick. Otros muchos se dedican a cubrir cualquier aspecto de Melville y su obra cumbre, incluyendo las adaptaciones cinematográficas, los ilustradores de los libros o las novelas gráficas que han surgidos sobre y alrededor de la novela de la ballena blanca. Más un capítulo final de miscelánea y curiosidades que descubre festivales, lecturas de la obra en internet (Moby Dick Big Read, patrocinado por ese aficionado absoluto y genial que es Philip Hoare) y otras muchas cosas.
En fin, pasar por este libro es un auténtico placer para aquellos enamorados de Moby Dick; además, espero que cree muchos lectores; la obra de Melville lo merece. 


Ilarión Eds. y Asoc. Cultural Graphiclassic
Madrid, 2013

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La Carta Esférica, de Arturo Pérez-Reverte

FIRMA INVITADA: Susana Rizo

Quien ahora emprende esta reseña tiene ante sí un ejemplar de La Carta Esférica dedicado por su autor. Sabe que Arturo Pérez-Reverte tal vez escogería esta aventura como el lugar donde perderse alguna vez. Y por ello, antes de empezar, siente respeto. Se trata de su novena novela y es la favorita de esta lectora que ha hecho una segunda lectura tratando su libro con delicadeza, como si de un tesoro se tratara. Contempla con cierta nostalgia las inequívocas líneas de la vida que se han grabado en su lomo y cubierta, recordando las sensaciones que tuvo la primera vez, cuando no podía dejar de leerla. Y capta nuevos matices.

Para alguien que ha pasado su vida frente un mar añejo por donde desfilaron los compositores de una parte de la Historia, imaginando qué hay más allá de la línea del horizonte donde la vista humana no da más de si, esta es la novela perfecta. Pero ojo, no hay que amar necesariamente el mar para que te enganche la lectura de esta obra, porque aquí hay mucha tela. Basta con pisar tierra firme y haberse dejado llevar alguna vez por algún sueño. Aquí está condensado todo el universo revertiano. Está él mismo, o su mirada.

La situación
Reverte nos tiene acostumbrados a una ambientación impecable. Visual. Desde el primer segundo mete al lector en situación con un barrido de cámara sobre el escenario hasta centrar la atención en el elemento central de la composición. Principio y final unidos, como las grandes sinfonías. Y una historia en medio: un marinero desterrado de su mar (más acertado sería decir “desmarinado”), obligado a permanecer en tierra por tocar fondo durante su guardia, conoce a una misteriosa mujer que se hace con un valioso atlas marítimo del S XVIII en una subasta. Cuesta imaginar un escenario mejor: el mar, un velero, un tesoro de un galeón antiguo, un hombre y una mujer. La historia de una búsqueda. Amor, tal vez; aunque difícil y peligroso.

“voy a contarte una historia de naufragios y barcos perdidos”

El lector que inicia La Carta Esférica se embarca en dos aventuras: la búsqueda del secreto que oculta un pecio del siglo XVIII, y la búsqueda que emprende el hombre sobre la mujer, aún sabiendo que en la derrota que inicia a bordo de su particular “Isla Negra” la carta de navegación le advierte de imprecisiones en los levantamientos. Ambas aventuras discurren en paralelo, cediéndose el pulso mutuo en equilibrio casi perfecto. Y digo "casi" porque esa tensión emocional que hay entre Tánger y Coy cautiva rotundamente al espectador, mientras el enigma del pecio constituye el telón de fondo. El poder de la presencia del barco fantasma es el que la mujer le otorga en su obsesión por encontrarlo.
Cada uno tiene su ambición en esta historia: Tánger Soto, la mujer, busca un tesoro, y tal vez recuperar algo de su infancia perdida, la que le devuelve momentáneamente la sonrisa espontánea y sincera. Manuel Coy, el hombre, busca poder contar una a una las pecas de Tánger, y descifrar así los misterios que hay detrás de la enigmática mujer. El catedrático Lucio Gamboa que hace su oportuna aparición “en el penúltimo acto de la escena”, y que al mismo tiempo asume el papel de narrador, conduce al clímax de la historia. Pedro el piloto, un viejo amigo leal y honrado, lo contempla todo desde fuera. Los malos, prototípicos y cortados por los patrones de “malos a la antigua” son Nino Palermo y Horacio Kiskoros. Matones sin cerebro y tipos inteligentes y ambiciosos. De la mano de todos ellos Reverte nos va metiendo en una historia que ya hemos visto antes.

Él
“Ojalá encuentre pronto un buen barco.”
“Quiza llegaste a esa isla demasiado tarde."

Sintonía. Esto es lo que sintió esta lectora con dicho personaje. Se agradece que su visión del mundo sea simple y honesta. Admira su capacidad de ser consecuente y de aceptar su destino. Se puso en su lugar. Ismael-Coy. “Llamadme Ismael”. “Cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso….entiendo que es hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda” (H. Melville Moby Dick. Capítulo Primero: Espejismos). Este marinero de Cartagena que de joven sacaba ánforas del mediterráneo y que sólo lee novelas en las que sale el mar, es rudo, algo torpe de maneras, sincero y tímido, y tiene la lucidez de su creador, aunque no tan explícita en actos o palabras como en pensamientos. La lucidez que me atrevería a afirmar que parte de la mirada particular del autor hacia el mundo en general y hacia el mar en particular. Esa añoranza que a veces es desgarradora. Y esa certeza que “la tierra firme pudre a la seres humanos” y “el único lugar habitable se encuentra a diez millas de la costa más próxima”.

Ella
“Todas las mujeres inteligentes que conozco, han querido ser Justine alguna vez”
“Te mentiré y te traicionaré”

He tratado de acercarme a esta mujer y no he podido. He querido desvelar sus secretos y me ha pasado lo mismo que a Coy. El barco fantasma y su tesoro en cuestión pierden protagonismo cuando ella sale a escena. Y ella casi siempre está en escena. Nos hallamos ante la mujer revertiana por antonomasia, a saber, la misteriosa, interesante y ciertamente ambiciosa rubia pecosa de cabellos asimétricos y perfil duro, Tánger Soto. Como ya le ocurrió a Teresa Mendoza, luchará con armas de hombres en un mundo de hombres y llegará hasta las últimas consecuencias por conseguir su sueño. No en vano lleva en sus genes un padre militar.
Una mujer complicada, o tal vez una mujer sencilla que vive situaciones complicadas. Hermética. Con sombras. Con un mundo interior que sólo a ratos se consigue entrever. Me atrevería a afirmar que ni siquiera su creador ha desvelado sus secretos. Tal vez no fuera ése el objetivo. Es mejor que algunas cosas sean tan simples o tan secretas como aparentan ser. La parte vulnerable de ella: un viejo trofeo infantil, una foto, una colección de los libros de Tintín y un perro labrador. Pero no juega limpio.
En ese ejercicio de intentar penetrar en el universo de la mujer, de esta mujer en particular, bien merece la pena detenerse a analizar con atención lo que hay detrás de los silencios y los detalles. La intensidad aumenta a medida que avanza la lectura y cautiva gracias la sabiduría de la prosa suelta y limpia de Reverte. Ella posee la clave de tantas respuestas anheladas. La mujer. Pachamama. La diosa madre-tierra. La Venus de Willendorf. Tánger es todas las mujeres en una, pero no negaré que a esta lectora tal afirmación aplicada a Tánger en concreto le produce cierto escepticismo. No pone en duda las capacidades que don Arturo le atribuye, y su dominio de la situación. Pero Tánger posee su propia mirada.

4 º y 51 minutos de Longitud Este. 37 º y 32 minutos de Latitud Norte
Tiene que haber una excusa. El entorno perfecto para la aventura. Y la excusa no podría ser mejor: Siglo XVIII. En tiempos del reinado de Carlos III el bergantín Dei Gloria procedente de la Habana, propiedad de la Compañía de Jesús, es abordado por el corsario Chergui y se hunde frente las costas de Cartagena. Es portador de un secreto, una intriga de estado. Y un tesoro. Con ello Reverte nos regala para mayor atractivo un episodio de nuestra Historia y plantea la intriga con su característico ingenio. Siempre hay un ingrediente en las novelas de don Arturo que invita al lector a preguntarse cuánto hay de cierto en esta historia. Lo mismo que en Alatriste, cuando te preguntas si existió de verdad el héroe.

Las referencias
“Los tesoros no existen”

Las referencias a la literatura clásica ─Homero─ y del mar son frecuentes en La Carta Esférica. Reverte sonríe cómplice a los clásicos que desfilan página tras página otorgando una sensación de familiaridad, haciéndote sentir como en casa.
Esta novela tiene el sabor de las aventuras de toda la vida. Stevenson, el Halcón Maltes, el Conde de Montecristo…Y Hergé. Algún pasaje que no desvelaré recuerda a un episodio concreto de "En busca del Unicornio". También hallamos guiños al cine negro y referencias musicales, porque esta novela tiene banda sonora. Es el jazz, el insolente jazz.

No me cabe duda de que esta novela va a encantar al lector, y permítanme un consejo: esto no es Mellville, ni es Homero. Es 100 % Reverte. Así que déjense llevar, vayan desgajándola poco a poco y desvelando sus secretos. La Carta Esférica es una novela fascinante. Con personalidad y vida propias y sabor a las novelas de antes. Un justo homenaje al mar, a un mar antiguo colmado de Historia donde aún hay tesoros por descubrir. Abrir las páginas de esta novela es abrir las puertas de misterios tan antiguos como los que esconden en los corazones de los hombres y las mujeres o bajo el fondo del mar. Y tal vez se cumpla la LCDSR: Ley de Cuando la Descubras Seguro que Repites.

“…Soñando con tiempos en los que aún era posible buscar de ese modo un barco donde enrolarse, y existían islas lejanas que daban asilo a un hombre: justas repúblicas que nada sabían de suspensiones por dos años, y a las que nunca llegaban citaciones de tribunales navales ni órdenes de captura.”


Ed. Alfaguara
Madrid, 2000 [2000]

Portada y sinopsis



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La Decisió de Brandes, de Eduard Márquez

En La Decisión de Brandes, tras ser expuesto como pintor de "arte degenerado", y en su autoexilio en París, Brandes (una especie de alter ego de Georges Braque) recibe la visita de uno de los conquistadores alemanes de Francia, un auxiliar del mariscal hermann Göring, quien le propone ni más ni menos que un chantaje: «Tú eliges. Recuperar tus cuadros y tus trastos a cambio del Cranach. Tú eliges».
Porque Brandes es poseedor de un Lucas Cranach, y Hermann Göring es un reputado "coleccionista" de arte clásico, que consigue sin reparar en los métodos empleados.
Así empieza esta novela que es un cúmulo de cosas. Narrada como un monólogo interior por un Brandes a punto de morir, se compone de una serie de continuos flashbacks en los que el pintor rememora toda su vida, las influencias paternas, las mujeres que han pasado por su vida, el arte, la política y la historia, todos los elementos que, de una u otra manera, le hicieron el hombre y el artista que fue y que es, y siempre volviendo al eje sobre el que gira la historia, ese "tú eliges" que parece el resumen de una vida, el punto dentral de una persona que se vio forzada a escoger entre conservar una valiosa posesión o recuperar su obra, que es como decir su vida pasada.
En este trayecto intelectual y emocional, en el que no hay sino recuerdos (y la respuesta a ese dilema, que se da en las últimas páginas del libro), no es sino un continuo recorrido por la ética del artista, por lo que es un ser humano, y la llegada al punto esencial del mismo, aquel en el que debe negarse a ser arrebatado de su dignidad, el último ápice que le queda y que es lo que le hace ser Brandes, o someterse al capricho del poder y, recuperando su obra, perder todo lo demás.
Ese es el punto central, el plantearse dónde reside el último átomo del individuo, dónde se sitúa la residencia final, ese castillo interior, cuál es la finalidad del artista y lo que debe ser en su obra y sin ella.
Si ese Cranach existió o no en la realidad, es indiferente. La historia surge, verosímil, de un cúmulo de experiencias que sí sucedieron durante el nazismo. Expolios en forma de boteines de guerra, saquesos de museos y galerías, intimidación a marchantes y artistas, falsas compras o robos muy reales efectuados a gente vulnerable, judíos, católicos, izquierdistas, todos aquellos que tuvieran algo que el poder deseaba a cambio de una promesa de supervivencia que, en muchos casos, se probó falsa.
Hace años que Eduard Márquez se ha consolidado como uno de los mejores valores de las narrativas española y catalana. Siempre preocupado por esa frágil estructura que llamamos ser humano y que tan a menudo la sociedad o los individuos se afanan en destruir, La Decisión de Brandes es una historia introspectiva que nos interroga sobre el punto de nuestra última resistencia, sobre el límite en el que, como Bartleby, nuestra respuesta sería el "preferiría no hacerlo", ese punto en el que se sitúa nustra dignidad.

Ed. Empúries, col. Narrativa
Barcelona, 2006 [2005]

Existe edición castellana publicada por Alianza Editorial

Portada y sinopsis de la edición castellana
Portada i sinopsi de l'edició catalana

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Patio de Armas, de Ignacio Aldecoa

En apariencia un cuento de experiencia escolar, en apariencia una mera anécdota con apenas principio y sin ningún final, en apariencia muchas cosas inocentes; en realidad, un relato intensísimo, condensado, sobre la atmósfera que se vivió durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra (y, respecto del sistema educativo, la no tan inmediata); un relato que no tiene principio porque éste lo conocemos todos, y que no tiene final porque todavía se estaba desarrollando cuando se publicó, en una confrontación más o menos velada entre vencedores y vencidos; un cuento repleto de cosas que son inocentes sólo en apariencia, pero cuyo retrato de la realidad es tan descarnado que se vuelve casi subversivo.
El texto completo lo pueden leer en el enlace al pie de esta reseña. Vale la pena, insisto, porque hay todo un universo encerrado en este relato breve.
La atmósfera es tremenda. Para los que no somos de la generación de la guerra pero vivimos el franquismo, nos suena familiar, porque esa educación religiosa, estricta, pacata y mediocre, llena de una autoridad y unas buenas formas que rozaban lo sádico, se perpetuó en los años y se hizo cotidiana. Sin embargo, de pronto, aparece un soldado alemán vigilando las motocicletas guardadas en el cobertizo del colegio, y entramos de golpe en la Guerra Civil, en el frente norte, en las operaciones de la Legión Cóndor, y en una educación y un colegio que ya está conformado a una mediocridad tal, en un mundo gris tan sucio que sobrecoge. Y allí nos encontramos , en poquísimos párrafos, con todo el miedo y la angustia de la guerra, del militarismo golpista y de la represión: los traslados de los presos, mala noticia. Los funerales militares, las noticias de la guerra apenas musitadas, el control de los profesores sobre los alumnos, la ausencia total de política, en un silencio que se hace opresivo. Los detalles ínfimos que conforman todo un universo («el huerto de los frailes, trabajado por los chicos del Tribunal de Menores»). Y la ironía del inicio y el final: «El juego de las barras es más bien un juego francés. Nuestros escolares lo juegan raramente. He aquí en qué consiste este juego: Los jugadores, divididos en dos campos, que tienen un número igual de combatientes...», una metáfora de un juego que los mayores jugaban de continuo, el juego de la guerra, y una metáfora que se transmite al título, "patio de armas", que nos muestra una vida donde todo, hasta la educación, ha sido militarizado.

En Cuentos Completos 2
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19736 [1961]

Publicado originalmente en Caballo de Pica

Texto de Patio de Armas

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Nacional II, de Jaume Perich

La prematura muerte de jaume Perich nos privó de un humorista sagaz, inteligente, satírico y lúcido. Se le echa en falta, sobre todo porque siempre fue un hombre comprometido, crítico con todo, pero sobre todo capaz de distinguir ls trampas que desde el poder, invariablemente, apuntan contra el ciudadano, relegándolo al conformismo.
Su obra no ha dejado de estar presente en algunos medio, pero estas recopilaciones que realizó en vida (Autopista, esta Nacional II, Perich-Match...) habían sido descatalogadas, aunque hoy parecen tener una mínima recuperación; sin duda este olvido se debía a la falsa impresión de que eran textos y dibujos coyunturales, producto del pasado. nada más lejos de la realidad. ¿Quieren saber cuál es la sentencia que abre este libro?
Se refiere a lo que entonces era el "Mercado Común", hoy conocido como "Unión Europea", y dice así: «A juzgar por las estadísticas, Grecia, Portugal y España podrían formar los "Encantes Comunes".» No se trata de que la historia se repita, sino de que hemos realizado un viaje de ida y vuelta, regreso a cuarenta años atrás después de unas vacaciones en la europeidad y el estado del bienestar. Pero la frase está ahí, tan veraz e incisiva hoy como lo fue en su día.
En este segundo libro, seguidor de Autopista, Perich sigue usando el modelo que satirizaba, el de Camino de José María Escrivá de Balaguer. En él encontramos sentencias ciertamente coyunturales: «En España sólo hay dos partidos autorizados: los de fútbol y los judiciales.» Puramente humorísticos: «Leí no sé dónde que la policía francesa se basaba siempre en sus investigaciones en la conocida frase: "Cherchez la femme". Los resultados obtenidos con este sistema parece que son los mismos que con otro, pero la policía francesa es la que se lo pasa mejor del mundo.» Irreverentes: «A Cervantes se le llama también "el manco de Lepanto". En su época se le llamaba "el manco 1.235 de Lepanto".» Y algunas que no desmerecerían al mejor Ambrose Bierce: «No ofende quien quiere, sino quien puede. Pero no hay que preocuparse: querer es poder.»
Todo ello proporciona una variedad de sentimientos: el de testimonio histórico de una época, el de reflexión filosófica y política, pero sobre todo el del estímulo del pensamiento mediante el humor. Pocos pueden decir eso, y esos pocos, en otros países, tienen un lugar en el respeto moral e intelectual que brindan las sociedades a sus artistas. Ojalá que con Jaume Perich se haga justicia y sus textos lleguen de nuevo al público y a la memoria colectiva. Y no olviden: «Vivimos en un mundo en el cual sólo existe una respuesta inteligente, a saber: NO.»


Ed. Laia / Eds. de Bolsillo, col. Opinión e Informe / Humor
Barcelona, 1972 [1972]
Prólogo de Manuel Ibáñez Escofet

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La Soledad del Manager, de Manuel Vázquez Montalbán

La serie del detective Pepe Carvalho tiene múltiples facetas: hay una novela experimental y surrealista como Yo Maté a Kennedy; relatos satíricos y grotescos, como los de Asesinato en Prado del Rey; y tiene novelas policíacas estándar que, junto a su trama investigativa, componen el retrato de diversas épocas de España, y que son las que, no sólo perviven mejor, sino que se revalorizan conforme pasa el tiempo. La Soledad del Manager es una de éstas.
Hay que destacarlo: Vázquez Montalbán se adelantó a su tiempo. Hoy nos resultan normales los ejercicios de novela negra social (una reiteración: la buena novela negra ya es, en mayor o menor medida, social) realizados por Camilleri, Mankell, Márkaris, Izzo, etc., pero en la época quien ejercía este ministerio sólo era Leonardo Sciascia con todas sus consecuencias y algunos autores franceses y americanos de forma muy subtextual. Vázquez Montalbán, sin ser el inventor de esta variación de la novela criminal, sí la asumió con toda naturalidad como instrumento de su pensamiento comprometido.
Es bien cierto en La Soledad del Manager. Sobre la trama del asesinato del mánager en España de una importante multinacional, asesinato que queda resuelto pero sin castigar, lo que Vázquez Montalbán nos ofrece es un retrato de la España de la transición, acabado de morir Franco y preparándose el país para el cambio político; una época con más tensiones de las que aparecen en los libros de historia de hoy día (y de ahí el valor de esta novela en señalarlas). Una época en la que se miraba con desconfianza a toda la reforma política, por un lado y por otro. En la que la diplomacia occidental contemplaba con preocupación el posible ascenso de un partido comunista español "a la italiana". Y una en la que el capital, que siempre desea orden y estabilidad, en algunos casos jugó a dos y a tres barajas subvencionando partidos y formaciones políticas antagónicas. Una época incierta, en la que el poder apalizaba manifestantes con todas las franquistas ganas mientras preparaba una democracia ordenada; una en la que la población tenía ilusiones y, a la vez, temor. Cito: «En la puerta se abren de piernas dos antidisturbios con la visera calada, la sonrisa de sorna aplastada por la mirilla de plástico. Ni avanzan ni se van. Miran y probablemente escuchan el silencio que han creado, roto por alguna tos y el toque de los vasos abandonados sobre los veladores de mármol. El niño se echa a llorar. Los antidisturbios se marchan.» Esta escena. o su facsímil, la he vivido personalmente.
Vázquez Montalbán, grafómano impenitente, a veces pecaba de descuido o de prisas en sus textos. La Soledad del Manager es una de sus mejores novelas. Es equilibrada, la trama se relaciona con la época y ambas interactúan con eficiencia. El retrato social es incisivo, claro, revelador. Una de las especialidades del autor, el elenco, la enumeración de objetos o de tipos humanos, está presente y en pocas palabras retrata una sociedad o un ambiente. Y los paseos de Carvalho por una Barcelona que fue y que está desapareciendo siguen siendo más ejemplares que cualquier guía turística, más estimulantes que un relato de viajes, más valiosos que un libro de historia.

Diario Público, col. Vázquez Montalbán
Barcelona, 2009 [1977]
Serie Pepe carvalho, nº 3

Edición original en Ed. Planeta 

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¿Un ajuste de cuentas sexual?

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La Humilde Vida de Sebastián Zafra, de Ignacio Aldecoa

Dentro de la producción de Ignacio Aldecoa, este relato es uno de los más naturalistas. Se inicia con la visión de un niño jugando, el Sebastián Zafra del título, y en esa visión no tenemos ninguna indicación de que sea diferente de cualquier otro niño que haya crecido en el entorno rural de la posguerra española; un efecto sin duda deseado por el autor.
Pero, paulatinamente, nos vamos introduciendo en la vida que rodea a este muchacho. Gitano, de los gitanos de los puentes; con un padre en la cárcel y a cargo de su tío, un hombre que trabaja en lo que puede; con la España del racionamiento y de la presencia de la autoridad y lo militar en la vida cotidiana; a la ventura de la caridad. En suma, una de esas visiones realistas de España de las que Ignacio Aldecoa era maestro en poner en literatura.
Y esta descripción de ese mundo se extiende tres cuartas partes del relato, hasta que hallamos a Sebastián Zafra ya adulto, teórico holgazán, chatarrero, bebedor, cuando con su primo sale al monte a buscar hierro, el metal que haya quedado de las maniobras de artillería que se acaban de hacer.
El paso a este nuevo escenario no extraña en absoluto. ¿Qué vida podía esperar el humilde Sebastián Zafra habiendo nacido y crecido en la pobreza, en la casi marginación? En este aspecto, Aldecoa no hace sino proporcionar un final que acentúa el dramatismo de una vida que parece desperdiciada, pero que nos queda la impresión de que podría no haberse desarrollado así, a poco que alguien se hubiera puesto en serio a resolver las causas de esa miseria.
Y, como siempre, todo esto está contado con esa prosa milimétrica, ajustada, de vocabulario preciso y necesario, que no obvia, sin embargo, una belleza de imágenes como pocos autores han podido reflejar en sus escritos. Un autor que demostró, una y otra vez, en lo rural y en lo urbano, en lo social y en lo costumbrista, que era un maestro de la narración. 

En Cuentos Completos 2
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19736 [1955]

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El Tango de la Guardia Vieja, de Arturo Pérez-Reverte

FIRMA INVITADA: Susana Rizo

Reflexiones en torno a El Tango
La última novela de Arturo Pérez-Reverte nace en un barco con un tango y muere cuarenta años más tarde en tierra firme, en el otro lado del mundo, con una partida de ajedrez.
El Tango de la Guardia Vieja cuenta la peculiar historia de amor que viven un hombre y una mujer que casualmente ‘coinciden sobre la Tierra’ ─como reza la cita de Joseph Conrad que encabeza la novela─ a lo largo de tres momentos del siglo XX (años 20, 30 y 60) en cuatro escenarios distintos: un barco (el Cap Polonio), Buenos Aires, Niza y Sorrento.
Calificar de "peculiar" su relación no se debe tanto a que él sea un pirata y un ladrón de guante blanco y ella, una dama de alta cuna, sino a que él es un digno caballero ─aunque se apropie de cuanto no es suyo, sean palabras u objetos─ y a que ella posee una impecable presencia que no es óbice para que explore sus límites físicos y abra puertas a lo que el narrador ha convenido en llamar “lugares impropios”.
Ella tiene una apariencia real bajo la cual esconde secretos. Y él, una apariencia robada bajo la cual también esconde sus secretos. Se conocen bailando en los elegantes salones del Cap Polonio, en el transcurso del viaje que ella, Mercedes Inzunza (Mecha), y su marido, el famoso compositor Armando de Troeye, hacen con la finalidad de encontrar en Buenos Aires inspiración para componer un tango. No uno cualquiera: El Tango que da nombre a la novela. A partir de ese momento nuestro protagonista masculino, el bailarín mundano Max Costa, se convierte en el anzuelo, en el “catalizador” del matrimonio De Troeye para adentrarse en los orígenes del tango, en los lugares peligrosos y marginales donde nació esta música.
Mecha y Max se reencuentran casualmente 10 años después en Niza, donde él se ve involuntariamente envuelto en un asunto relacionado con el espionaje, siendo la guerra civil española y el ambiente prebélico en Europa el telón de fondo que condiciona el segundo movimiento de este tango.
Treinta años después, y de nuevo de forma casual, ambos vuelven a verse, esta vez  en Sorrento, donde se celebra un campeonato de ajedrez, tercer movimiento, y final, de este tango. 
Los encuentros casuales van madurando esta historia entre Max y Mecha, y los acontecimientos se aceleran de una forma extraordinaria y frenética, mezclando de una forma audaz y técnicamente perfecta los tres tiempos en que se mueve la obra, que dejan literalmente enganchado al lector a la novela. Cada vez más rápido. Perfectamente sincronizado, hasta solaparse del todo, siendo el tango el punto de encuentro y desencuentro.

Nuevo estilo
Arturo Pérez-Reverte se consolidó como un gran escritor hace mucho. Desde aquel impactante e inolvidable Territorio Comanche que nos convirtió a muchos en seguidores de su obra. Revertianos. Y tiene en su haber unas cuantas obras que considero maestras. Tan sólo por nombrar cuatro, la citada Territorio Comanche, la saga de Alatriste, El Maestro de Esgrima o La Carta Esférica (por la cual guardo una gran estima personal). En su vigésimo novena novela, el escritor cartagenero se nos descubre más maduro, con ganas de explorar un nuevo terreno en el que la mujer va a tener mucho que ver. Una mujer inteligente y serena que, al igual que sucedía con Tánger Soto en La Carta Esférica, posee algunos secretos, lugares donde nadie ha entrado. Según Reverte, el hombre que gana su mirada puede dar por satisfecha su propia vida, pues ya habrá valido la pena.
Con El Tango de la Guardia Vieja, Arturo Pérez-Reverte deja atrás conflictos bélicos, que aquí son sólo telón de fondo. Los enigmas y los asuntos de espionaje son la excusa para hacer que coincidan estos dos seres cuyo tango se interrumpe dos veces por circunstancias adversas, y otra por capricho.
Pero el autor no sólo penetra en una relación pasional entre un hombre y una mujer, terreno al que no nos tenía acostumbrados, sino que también nos enseña y presenta de forma impecable un mundo perdido que agoniza en el mismo libro conforme éste avanza. Maneras, elegancia y códigos que se tenían, fueras soldado, marqués o ladrón. Se trata de una ambiciosa construcción para recrear y recuperar ese mundo a través de infinidad de detalles. Una auténtica obra de orfebrería barroca con un trabajo ingente detrás, preciosista e impecable. Todos esos detalles van creando imágenes, de manera que es posible visualizarlo. Y escucharlo, pues es un mundo que tiene su propia banda sonora. Retrocede también en el lenguaje. No hay una sola palabra fuera de sitio, de su contexto. El cinematógrafo, por citar un ejemplo, se llama cinematógrafo.

No sólo una historia de amor
En El Tango de la Guardia Vieja la narración atrapa, la técnica perfecta de Pérez-Reverte para crear ambientación, los diálogos, las tramas hacen que la lectura se vuelva frenética a ratos, especialmente hacia la mitad de la novela, con el asunto en Niza con esos peligrosos espías rondando a Max (el personaje de Mostaza pone la carne de gallina) y hacia el final, con la no menos apasionante partida de ajedrez en Sorrento.
Pero tengo un problema. Y no sé cómo explicarlo. Yo volvería a leer El Tango de la Guardia Vieja porque sin duda es una de las novelas que más me han gustado de Arturo Pérez-Reverte. El engranaje en su conjunto me parece perfecto, pero el tema central de la obra, que es la historia de amor entre Max y Mecha, desde mi punto de vista subjetivo se ha quedado a medio camino y no he conseguido creérmelo, salvo al final. Demasiados quiebros. Demasiadas paradas. Su tango es amargo. Esta es más bien una historia de desamor que, de tan imposible, no sucede. O si sucede, he tenido la poca fortuna de no haberlo sabido ver. Su historia de amor, en cualquier caso, no concuerda con la que yo me había imaginado. No se buscan, se encuentran por casualidad dos veces más en su vida tras su primer encuentro, aquel en que ella le concede el honor de cederle su espacio y de mirarle. Ambos funcionan bien por separado, lo cual me lleva a pensar que esta historia fragmentada en tres encuentros casuales es la única que podían haber tenido. Si hubieran seguido juntos hubieran perdido lo que tuvieron. En el fondo, no son tan diferentes. Se mueven en terrenos peligrosos cuando lo desean aunque sus motivos sean diferentes. La frialdad de Mecha y su actitud aparentemente displicente, lejos de atraerme me han provocado cierta distancia. Me faltan aristas en este personaje, niveles de profundidad para poder llegar a la verdad, entrar en la mirada de Mecha. Me parece menos terrenal que Teresa Mendoza (La Reina del Sur), o Lolita Palma (El Asedio). En cierto modo me recuerda a Tánger Soto (La Carta Esférica) por el hermetismo. Aunque en Tánger su lado oscuro es peligroso porque en su ambición puede arrasar con todo, y en Mecha va por otros derroteros. Le gusta experimentar con su cuerpo. Con Max no me ha costado tanto acercarme. Además, casi siempre tengo su punto de vista y eso me ha ayudado a ver mejor a través de sus ojos. Es un tipo que ha sabido desenvolverse con soltura por el mundo usando sus armas. Un amante de la aventura que al final de su recorrido asume con honestidad las cartas menos afortunadas que le reparten.
Gracias a Max he podido ver a Mecha de otra manera, pues él es el único que creo que es capaz de poner su mundo del revés. Personalmente me han despistado esas apariencias tan trabajadas en las que se basan justamente sus papeles en los mundos en los que viven. Asumo que son muy importantes. Pero aunque la novela me ha atrapado como pocas, yo buscaba un estremecimiento con la pareja de baile que no ha terminado de llegar, con la excepción de su tercer reencuentro, cuando envejecen: es ahí cuando afortunadamente esa distancia se fue acortando. Lo que no terminaba de funcionar lo salvan esos gestos finales, como cuando él se lleva el pañuelo de ella, o el hecho de que la última aventura de Max se la dedique a ella, y no a él mismo. En mi opinión ahí está el retrato más brillante y franco de ambos. Al cabo, ella, a pesar de su casi etérea presencia, se derrumba ante la presencia de ese hombre. Su pareja de baile. Es más, diría que en un momento ella parece necesitarle más que él a ella. Bailaron un tango, qué duda cabe, tal vez desacompasado por los tiempos y las circunstancias. Es cuando empiezan a rebajar la intensidad de su baile cuando se dan cuenta de que lo fue, o mejor dicho, de que pudo haber sido.
Lanzo una pregunta ¿Por qué ellas siempre acaban pidiendo misiones suicidas a sus hombres?

El inclemente e inmisericorde. Perder la luz. Perder la sombra.
El paso del tiempo. Este es, a mi parecer, otro de los grandes temas de El Tango de la Guardia Vieja. Una vez escuché al maestro Reverte pronunciar estas palabras “Creo que es algo grande que a los 61 años aún tenga ganas de seguir, de hacer un nuevo asalto y recorrer nuevos caminos literarios”…“Sólo se es joven antes de entrar en combate; después, ya has envejecido”. Y sin embargo a veces existe la posibilidad de emprender un nuevo asalto, iniciar por azares de la vida y el destino una nueva aventura que le devuelva a uno la sombra.. “Camina ligero, desenvuelto. Con el mismo paso elástico y seguro de años atrás, cuando el mundo era todavía una ventura peligrosa y fascinante: un desafío continúo a su temple, astucia e inteligencia”. Me aventuraré a decir que es el propio Reverte el que ha experimentado esta sensación al escribir El Tango de la Guardia Vieja.
La novela evoluciona en el tiempo, y uno de sus principales atractivos es ver cómo cambian los dos personajes, Max y Mecha, a lo largo de todos esos años. De una juventud temeraria, a una madurez calmada, no exenta de ciertos reproches y añoranzas de lo que ambos fueron: “Todavía se encuentra ocupado rebelándose en sus adentros contra la desmesurada injusticia de orden físico. De ningún modo, concluye con furia impotente. Alguien debería responder de semejante desconsideración. De tan intolerable atropello.”
El tango que bailan Max y Mecha no es sólo un baile, es una manera de moverse por el mundo, asumiendo eso tan revertiano que son “las reglas del juego”. Aquí no hay término medio. O bailas, o contemplas. Asumir dichas reglas es también comprender que ese tango tiene un final, y que no siempre se será joven. Max y Mecha maduran y envejecen a lo largo de los años en que dura su baile. Cuanto perdieron y ganaron está ahí, en esa mirada final. Aceptarlo con naturalidad y serenidad es haber ganado la partida. No en vano el nombre del Tango que compuso Armando de Troeye es De la Guardia Vieja.
Esas manchas en el dorso de las manos a las que el autor se refiere en varias ocasiones cuando describe a la pareja adulta. Las arrugas. Y los achaques, que lo cambian casi todo, pero otorgan para compensar una cierta placidez, especialmente cuando se han hecho los viajes que se quería hacer. Siempre quedarán trenes que se perdieron. Pero una vida quizá no es, al cabo, lo que pudo haber sido, sino lo que fue. Y el deseo de aquello no vivido quizá es lo que enriquece lo que sí se ha vivido.

Ed. Alfaguara
Madrid, 2012 [2012]

Portada y sinopsis

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El Silbo de la Lechuza, de Ignacio Aldecoa

En una pequeña ciudad de provincias española, unas mujeres cotillean todo, absolutamente todo lo que sucede. E intervienen en las vidas de los demás, haciéndolas imposibles y, en realidad, dominando toda la vida de la ciudad, o por lo menos la vida que a ellas les parece que se sale de "sus" cánones. Pero no crean que son unas cotillas cualquiera. Son de esas que tienen un espejo retrovisor atornillado en la baranda del balcón, y que usan magnetófono. De hecho, ellas mismas se denominan "la organización".
Frente a esta tiranía, algunos tratan de resistir, pero en vano. Todo lo que hacen puede ser contrarrestado por estas mujeres (que, simbólicamente, Aldecoa denomina «el aquelarre de la calle Libertad, número 4, piso primero izquierda).
El Silbo de la Lechuza es un relato sorprendente, en primer lugar porque parece alejarse de los temas habituales de Aldecoa, y segundo porque su tratamiento es humorístico, cómico, como de sainete. Aunque en realidad, y conforme avanza la historia, los tintes viran a lo tragicómico. Sin embargo, hay un párrafo final. Y ese párrafo modifica toda la intención de lo expuesto anteriormente. En ese párrafo, en el que se expresa la continuidad, la futilidad y, por fin, la inevitabilidad de la muerte, Aldecoa transforma el relato humorístico en una sátira feroz de las costumbres provincianas (y no tanto, hay insinuaciones de que lo que se relata podría haberse trasladado a una gran capital), de la inutilidad de una clase media establecida en el franquismo y que tiene como diversión espiar a sus vecinos y evitar ser espiados; sin pensar, sin razonar, sólo por poseer una tenue sensación de control. Control de qué... Pues de las vidas de los demás. Si bien podría entenderse esto como una metáfora del propio franquismo, la situación es demasiado ridícula, demasiado burda como para que no creamos que en realidad el punto de mira se pone más bien en una clase social demasiado ociosa, e inútil en su ocio.
Aldecoa siempre escribió en el borde de lo permitido (y tuvo sus problemas con la censura), y siempre tuvo que lidiar con metáforas e intenciones que debían entreverse, leerse entre líneas, más que declararse. En este relato divertido, sorprendente, no dejó de incluir una sátira feroz que añade valor hitórico y de compromiso a un relato ya de por sí maestro.

En Cuentos Completos 2
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19736 [1965]


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La Marca del Meridiano, de Lorenzo Silva

Antes de pasar al aspecto literario de esta obra, tengo que decir alguna cosa en el terreno personal, y por tanto, subjetivo; aquellos que deseen saltarse estas observaciones, vayan directamente al párrafo que empieza con el título de la novela. Ustedes disculpen.
Desde hace tiempo que me reconcomía no haber comentado ninguna novela de Lorenzo Silva. En primer lugar, porque me cae muy bien como persona. Le he escuchado en entrevistas e intervenciones, no siempre sobre literatura, y me parece un hombre inteligente, culto, interesante y con discurso, al que además añade la percepción que tengo de él como buena persona. En segundo, porque es un muy buen escritor. Por ejemplo, en La Flaqueza del Bolchevique (una novela, por demás, que no me convence demasiado) fue capaz de escribir unas pocas páginas antológicas sobre las clases laborales que sólo por ellas justificaban la adquisición de la novela. Y en cuanto a su serie policial, tiene tantas virtudes como para ser considerado el mejor autor del género actualmente en España. Pero, y no sé si por debilidad de la trama, por perspicacia personal o por casualidad, le descubría el "malo" a las pocas páginas de planteado el caso. Siempre me ha quedado la duda de si era algo que me sucedía a mí (insisto, no porque sea más listo que nadie; bien podían ser unas intuiciones afortunadas) o porque, bien trazado como estaba el resto, Silva no atinaba con la trama.
La Marca del Meridiano elude esta disyuntiva, puesto que no hay un único culpable. Un ex comisario y maestro en las artes policiales de Bevilacqua ha sido asesinado en Logroño. No sólo asesinado, sino torturado de forma brutal antes, de tal manera que más parece asunto de banda organizada o venganza que un crimen impremeditado.
Sin embargo, y después del análisis de las llamadas del móvil de la víctima, se recibe la notificación de que uno de los números de ese registro está ya intervenido, nada menos que por la unidad de asuntos internos. El caso puede tener unas ramificaciones de corrupción policial que torturan a Bevilacqua y su memoria del antiguo mentor.
Desde el inicio de la serie, Silva ha mostrado grandes bondades en estas novelas policiales. Su verismo, por ejemplo, que las emparenta con la novela de procedimiento policial. Su arraigo en la sociedad contemporánea; por ejemplo, en esta nos encontramos en la España de la crisis, con unos cuerpos policiales sometidos a recortes y congelaciones de sueldos y medios, y con el consiguiente ambiente de desencanto y crisis de valores subsiguiente a la época en la que se disfrutaba de una falsa opulencia y se vivía en la cultura del enriquecimiento fácil. Pero sobre todo acertó desde el principio en el trazo de personajes, de manera primordial en los dos principales, el ahora brigada Bevilacqua y la sargento Chamorro. No sólo tienen un lenguaje particular con el que se entienden en el trabajo, ni que forman una pareja en extremo eficiente en la persecución del crimen, sino también hay una tensión sexual no resuelta subyacente entre ellos como pocas veces se ha escrito (o, más bien, se ha escrito entre líneas), una que los hace (en ocasiones él, a veces ella) aproximarse el uno al otro hasta rozar la frontera de la intimidad, sin que esta línea se cruce jamás (hasta el momento, claro). No es un motivo menor, ni de poco mérito: puede parecer morboso, pero el lector tiene un motivo adicional para seguir sus aventuras, más allá del caso que investiguen. Que no den el paso no defrauda, sino que añade expectación a la siguiente novela de la serie. Y el mérito es que es muy difícil escribir eso en su justeza. Siempre corres el riesgo de quedar corto o de pasarte, y en cambio Silva lo resuelve con gran estilo.
Lorenzo Silva es autor de estas aventuras no sólo policiales y, por lo que le he apuntado antes, pueden entender que su obra no sólo destaca por el género: lenguaje, psicología de personajes, retrato social y reflexión sociológica son elementos que se conjugan para hacer una de las mejores series, si no la mejor, del género criminal en España.

Ed. Planeta, col. Autores Españoles e Iberoamericanos
Barcelona, 2012 [2012]
Serie Bevilacqua y Chamorro nº 7

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Ganador del Premio Planeta 2012.