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Baudelaire por Gautier. Gautier por Baudelaire

Hubiera sido divertido que estas "dos biografías románticas" hubiesen sido escritas como un juego, como queriendo poner ante cada uno de los poetas un espejo en el que se vieran reflejados en la mente del otro. Pero no.
Gautier escribió esta biografía poética tras la muerte de Baudelaire, mientras que éste hacía su escrito desde la admiración y como introducción a una obra de un escritor consagrado.
Sin embargo, sí existe algo de este juego de espejos que apuntábamos. Románticos ambos, no obstante no habían escritores más dispares, pero el aprecio mutuo que se profesan es evidente, en lo que no puede entenderse más que como la facultad de ambos para reconocer el genio literario.
A un nivel necesario y básico, ambos textos cumplen su función de estimular la lectura de los biografiados, no en vano Gautier le otorga "el más honroso título" que puede tener un literato, y Baudelaire, a su vez, lo denomina "un perfecto hombre de letras". Pero el segundo nivel es el de la lectura después de que el lector haya pasado por la obra. Ambos escritores se analizan, descubren los matices del otro, ponen en valor sus logros frente al resto de escritores de su generación; si no hay envidia, sí por lo menos hay una atención fija en los lugares a los que cada uno hubiera querido llegar y que fueron conquistados por el otro.
Hay, incluso, otro nivel más. Puesto que se conocieron y frecuentaron, estos textos suponen una mínima crónica del ambiente literario de una Francia (y, por extensión, de Europa) enormemente vital en sus manifestaciones literarias y repleta de "ismos". En este relato de encuentros descubrimos el París de los salones, las diferentes opiniones y debates que se producían y las afinidades y rivalidades que se daban.
Es una lástima que estos textos se escribieran antes del surgimiento del psicoanálisis, que hubiera proporcionado con sus teorías otra herramienta de interpretación a ambos escritores y que seguro hubieran desarrollado con brillantez. Sin embargo, la aguda percepción poética que tenían el uno del otro suple con creces eso que no puede ni denominarse carencia. Desde poéticas diferentes, claro, pero eso es lo que hace a estas biografías interesantes. Como he dicho antes, la grandeza de ambos fue la de reconocer el genio y admirarlo sin paliativos y sin mezquindad. Que ese genio era auténtico lo prueba la persistencia de la obra de Baudelaire y Gautier casi siglo y medio después.

Nostromo / Mauricio d'Ors Ed.
Madrid, 1974 [1868]


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"No lo Comprendo, No lo Comprendo". Conversaciones con Akira Kurosawa

Y quienes conversan con él son Nagisa Oshima, Gabriel García Márquez y Donald Richie, ni más ni menos. En diferentes registros, Richie haciendo un repaso película a película hasta Yojimbo, de 1961, Oshima entablando la conversación de un "joven Turco" que sin embargo reconoce los méritos del maestro al que entrevista y García Márquez en una charla de iguales, de creador a creados. Estos diferentes puntos de vista proporcionan una visión global sobre el cine y la idea que de él tiene un cineasta reconocido internacionalmente  pero incomprendido durante mucho tiempo en su país.
A Kurosawa se le llamaba "el emperador", no precisamente como un elogio, sino insinuando cierto carácter tiránico. En el transcurso de estas conversaciones queda claro que lo que pasaba por autoritarismo era en realidad un conocimiento intenso de todas las técnicas cinematográficas. Resulta que, antes de la guerra, la productora Toho en la que estaba como aprendiz de ayudante de dirección Kurosawa emprendió un programa educativo en el que todos los cineastas en período de aprendizaje tenían que pasar por todos los departamentos, desde carpintería hasta guión, y aprender cualquier aspecto técnico. Los especialistas posteriores creyeron que Kurosawa se metía en lo que era su dominio. En realidad, probablemente Kurosawa dominaba mejor que ellos sus técnicas, o por lo menos sabía cómo enlazarlas mejor con la totalidad de la producción.
De todas maneras, lo más importante de este libro es la visión que del cine tenía Kurosawa y las muy claras ideas de cómo superar una actitud anticuada que existía en Japón sobre cómo filmar los distintos temas.
Esa filosofía, que le hizo ser poco apreciado en su patria, supuso un paso enorme para la cinematografía nipona, y es seguro que, con mayor o menor talento, que eso no es controlable, el cine japonés actual es heredero de esta visión que Kurosawa, junto a Ozu, Mizoguchi y otros, con penas y trabajos, imprimieron a sus películas.
En unas conversaciones inteligentes, imprescindibles para comprender de verdad la historia de la cinematografía japonesa, y tremendamente valiosas para conocer el pensamiento del director, el habitualmente huraño Kurosawa revela sus opiniones sobre el trabajo creativo y sobre lo que el cine aporta al respecto de la comprensión de la vida y el ser humano. Descubrimos, no las ideas de Kurosawa (irreductible y tenaz, éstas se encuentran es su cine), sino el proceso creativo de un genio, uno de los pocos que ha sido capaz de tender un puente entre culturas muy diferentes, y hacerlo con brillantez y una personalidad arrolladora.

(artículos de Film Quarterly, Akira Kurosawa: My Life in Cinema y Los Angeles Times Calendar)
Confluencias Ed., col. Conversaciones
Almería, 2014 [1960, 1993 y 1991]
Introducción de Donald Richie

Portada y sinopsis


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Vivos en el Averno Nazi, de Montserrat Llor

La vida es inexorable y, año a año, las de los últimos supervivientes de los campos de exterminio nazis se van extinguiendo. Antes de que la novelística tome un relevo que, como decía Jorge Semprún, es inevitable y necesario para que la historia del Holocausto no caiga en el olvido, se ha hecho perentorio que los testimonios de aquellos que pasaron ese infierno en vida de los campos queden registrados; por muchos motivos.
En el caso de los republicanos españoles que fueron internados principalmente en Mauthausen (aunque los hubo en Buchenwald, en Ravensbrück, en Ebensee, en Auschwitz, en Redl-Zipf...), el testimonio es especialmente doloroso, puesto que fueron supervivientes que, después de pasar por el horror, tuvieron además que sufrir el exilio forzoso, puesto que en la España de Franco no es que no quisieran saber nada de ellos, sino que tal vez querían saber demasiado de ellos, y para mal. (Y, de paso, y para los ideólogos de la dictadura, no todos los internados eran "peligrosos rojos"; Lázaro Nates Gallo tenía 16 años cuando era refugiado en Francia, y su único "delito", que lo llevó a Mauthausen, fue ser español fuera de España. Ni las autoridades nazis ni las franquistas movieron un dedo por él.)
Montserrat Llor, por motivos personales (su abuelo fue deportado, y su final exacto sigue sin saberse), ha realizado un espléndido trabajo recogiendo estos testimonios, en algunos casos el último que pudieron prestar, ya que fallecieron antes de la publicación del libro; veinte supervivientes que narran lo que es imposible narrar, un horror tan descomunal que desafía la comprensión. Pero puesto que no es posible racionalizar el exterminio, sí por lo menos es posible enumerar los hechos, trazar la geografía del Holocausto, relatar el día a día del infierno en la tierra que eran los campos.
Por muchos motivos, como ya hemos dicho. No sólo para conocer los detalles inusuales, imposibles se saber sin un testimonio directo (Segundo Espallargues, "Paulino", que boxeaba por algo más que la victoria, puesto que, si perdía, su destino probable fuera el crematorio; Marcelino Bilbao, superviviente de los experimentos médicos nazis; Lázaro Nates, que trabajó en la granja de animales de los SS), sino para que, narración a narración, el cuadro se haga completo. Porque hay una enorme coherencia en todos los testimonios. Descontadas las circunstancias de cada uno, todos los relatos coinciden (no sólo los de este libro, sino todos los que se han ido recogiendo) en su descripción de la vida en los campos, en la metodología y sistemática del exterminio (y tomen nota los negacionistas), en la identificación independiente de los guardianes y sus acciones.
Es también un acto de desagravio escucharlos y leerlos. No somos responsables de lo que sucedió, pero sí lo somos de que no vuelva a ocurrir, y eso pasa por escuchar lo que los supervivientes tienen que contar. Y, después de su sufrimiento, quizá su única recompensa sea esa, tener a alguien que les escuche y dé sentido al sinsentido que tuvieron que pasar. Es algo que, por humanidad, no podemos negarles.
Finalmente, entre otros muchos motivos, para conocer que incluso la maquinaria nazi no pudo liquidar, o no del todo, la solidaridad entre los presos. En unos lugares donde mirar por el otro podía comportar la extinción de uno mismo, esos actos solidarios se dieron una y otra vez, y los que se relatan en este libro, muy numerosos, proporcionan cierta esperanza en el género humano dentro de la mayor deshumanización que éste ha sufrido.
Montserrat Llor ha conseguido el tono justo para este libro: dejándoles narrar sin limitaciones, ha logrado una obra testimonial valiosa, pero también hay en su posición de entrevistadora y oyente un respeto y cariño, una humanidad, que es muy necesaria y de agradecer al tratar con las víctimas de los campos de exterminio.
Tan necesaria como lo son los testimonios que se recogen. Por el pasado y para el futuro.

Ed. Crítica / Planeta, col. Contrastes
Barcelona, 20142 [2014]
Prólogo de Josep Fontana

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«Un libro emocionante y un documento extraordinario sobre el Mal del mundo, pero también sobre el Bien, sobre la increíble capacidad de supervivencia de los humanos». Rosa Montero

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Dalí Parlat, de Lluís Permanyer

Si, como dice el propio Salvador Dalí en este Dalí Hablado, "como pintor no soy bueno, pero como payaso, ¡soy mucho mejor que Chaplin!", comprenderán que, se diga lo que se diga, además de los libros que recogen la obra plástica, indiscutiblemente fundamental en la historia del arte, aquellas manifestaciones visuales o verbales que Dalí desgranaba revisten un interés indudable.
Aparte payasadas y excesos, que eran una especie de mercadotecnia genial que hacía que su figura fuera omnipresente en el mundo del arte, nadie puede mantener un interés fuera de su obra sólo con excentricidades. De manera que hay que destacar que Salvador Dalí era un autodidacta polímata que se interesaba por casi todo y cuyos conocimientos siempre sorprendían a interlocutores y entrevistadores.
Lluís Permanyer, uno de los hombres más cultos que recorren (y por muchos años más lo haga) las calles de Barcelona, tuvo la oportunidad de entrevistarlo en tres ocasiones, y estas tres entrevistas que se recogen en este libro (que incluye una conversación en registro sonoro) denotan que hubo desde el principio entendimiento y simpatía entre ambos, lo cual redundó en una apertura y profundidad mayores por parte de Dalí. No abandona del todo el Dalí espectáculo, pero sí que aparece con claridad el Dalí intelectual.
Por tanto tenemos un primer encuentro en el que Dalí tenía que responder al cuestionario Proust, pero además de estas respuestas, necesariamente escuetas, también está reflejado el relato de ese encuentro entre Permanyer y Dalí, y la conversación que surgió entre ambos.
La segunda conversación es sobre el Dalí desde sus inicios a la actualidad, y el pintor se muestra extraordinariamente abierto y sincero en lo que se refiere a sus relaciones y a la narración de su vida.
La tercera, extraordinariamente interesante, es sobre el erotismo en la obra de Dalí, que es una constante importantísima dentro de su pintura, y en el transcurso de la conversación se desgranan tanto el método daliniano de tratar las imágenes freudianas como las propias influencias del erotismo del pintor dentro de su obra.
Pero en las tres conversaciones percibimos esas ganas de expresarse, de hablar con alguien al que considera lo bastante inteligente como para que pueda entenderlo, y en esa sinceridad y voluntad de explicar su vida y obra recae el gran mérito de este librito, que puede competir con muchas biografías en su conocimiento del pintor y los detalles que relacionan su vida y su obra. Mérito sin duda de Lluís Permanyer, que siempre ha lamentado no haber podido entrevistarlo más veces. A la vista de este Dalí Parlat, nosotros también.

Quaderns Crema, col. D'un Dia a l'Altre
Barcelona, 2004 [2004]

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Las Estrellas de Hollywood, de Peter Bogdanovich

Para los aficionados al cine, el nombre de Peter Bogdanovich es de sobras conocido. Es uno de los directores más cinéfilos que existen (Targets; La Última Película; Qué Me Pasa, Doctor; Luna de Papel o Nickelodeon son algunos títulos en los que el cine es homenajeado directamente o tiene parte importante en el desarrollo fílmico), además de ser un activo colaborador en la conservación de películas clásicas y en diversas organizaciones cinematográficas estadounidenses.
Pues bien, Bogdanovich, que ha conocido a mucha gente del cine, se ha dedicado a reunir sus retratos y conversaciones en dos libros. El primero, Quién Diablos la Hizo, estaba dedicado a directores, y este segundo, que en original se llama Quién Infiernos Actuaba en Ella, a los actores.
Hay que decir que, de todos los actores y actrices de los que se habla, sólo a uno Bogdanovich no lo conoció en persona (Humphrey Bogart); del resto, si fue una visión cercana pero fugaz, el autor no proporciona su impresión sobre el artista y sus filmes, y si el contacto fue más continuado y personal, nos acerca al personaje mediante las conversaciones que tuvieron.
No es un libro de cotilleos, aunque la vida privada de las grandes estrellas es muchas veces imposible de separar de su carrera en la pantalla; más bien Bogdanovich se decanta por el análisis interpretativo, el cómo estos actores llegaron a ser lo que fueron en cuanto a intérpretes, mezclado con un afecto reverencial hacia ellos. Al fin y al cabo, todos, absolutamente todos, han marcado época en la historia del cine. Unos más y otros menos, cierto, pero ninguno puede ser calificado de menor.
Así es como este libro se hace atractivo en tanto nos descubre detalles poco conocidos sobre el arte de la interpretación y sobre el mundo de la industria de Hollywood, y a la vez nos devuelve a una época en la que las estrellas poblaban las pantallas y era perfectamente común ir al cine a ver la última película de tal o cual actor o actriz; y muy probablemente también, sabiendo qué ibas a encontrarte, aunque hubo actores que siempre dieron sorpresas, como Cary Grant o Montgomery Clift. En suma, un libro relajante y cinéfilo, hecho para disfrutar y con la mejor visión que puede tener uno de los buenos directores americanos sobre las grandes estrellas del cine.
Pero, antes de dejar el libro, y liberando de responsabilidad a Bogdanovich, hay otras cosas bastante desagradables en la edición española. El libro original de Bogdanovich no lleva fotografías; las que en la edición de lujo (hay otra de bolsillo, con menos aparataje gráfico) pueblan el libro forman parte del archivo editorial. Dejando aparte de que, para encarecer el precio, no hay como incluir material gráfico por el que no se ha pagado, el esmero con el que se incluye no ha sido demasiado grande: pies de foto erróneos (o inexistentes) e incluso fotografías giradas (tan evidentes como para poder ver el título de un libro en imagen especular); una traducción infame, en la que a veces hay problemas para saber qué se está expresando (y, créanme, he escuchado muchas veces hablar a Bogdanovich, una de las personas con mayor claridad de expresión que corren en el medio), y la irritante manía de poner todos los títulos de películas en castellano (bueno, no siempre. Incluso en esto no hay coherencia), hacen que el mérito de Peter Bogdanovich sea doble. Ha tenido que interesarme mucho lo que contaba como para soportar la tortura de esta edición. Si ustedes leen en inglés, ya saben cuál es mi recomendación.

(Who the Hell's in It)
T&B Editores
Madrid, 2009 [2004]

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Recuerdos de Mi Vida, de Santiago Ramón y Cajal

FIRMA INVITADA: Eduardo Garrido

A menudo me convenzo de cuanto debemos aprender de mucha gente nos ha precedido en la historia, muy especialmente de aquellos seres que por su inusual inteligencia, talento y empeño dejan una huella indeleble para el resto de generaciones. Santiago Ramón y Cajal representa a la ciencia y al humanismo, llevados al más alto nivel universal.
Recientemente, he tenido el placer de volver a saborear el libro autobiográfico del doctor Santiago Ramón y Cajal titulado Recuerdos de Mi Vida, aunque en esta ocasión ha sido la obra completa publicada íntegramente en una edición impecable. La primera parte, titulada "Mi Infancia y Juventud", ya la había leído durante mi propia mocedad y aquel curioso personaje me cautivó o, al menos, la forma como el autor relató los inicios de su vida, tal vez fuera una similitud de rasgos de carácter y aficiones que yo mismo tenía en esos momentos. El segundo tomo, "Historia de Mi Labor Científica", se trata de la continuación de aquel primer libro y vio la luz en 1917, cuando nuestro sabio universal tenía 65 años de edad y frisaba su jubilación de la cátedra de medicina de Madrid, la cual ejerció sin tregua durante tres décadas en una acogedora aula de bancada de madera ubicada en la vieja Facultad de San Carlos. Ambos textos se editaron conjuntamente en 1923, en vida de Cajal, según fue su propia voluntad, pero dicha obra biográfica no había vuelto a editarse íntegramente hasta este siglo XXI.
Recuerdos de mi vida es un excitante hilo biográfico, un amplio trayecto plagado de lecciones vitales, de consejos, moralejas, sentencias y conclusiones que Ramón y Cajal formuló con atino. Su lectura supone un auténtico deleite y parece no haber párrafo del que uno pueda prescindir. Como colofón, el autor quiso incluir una sección con las reseñas de las publicaciones científicas nacionales e internacionales realizadas por él o por sus discípulos más allegados, la prestigiosa escuela neurológica denominada Cajaliana. Dicha escuela nació en el que puede considerarse el primer laboratorio de investigaciones biológicas que existió en nuestro país, el cual estuvo emplazado durante bastantes años en un pequeño edificio de la Glorieta de Atocha, en la ciudad de Madrid. Imagino fácilmente a aquel hombre serio y discreto, de rasgos inteligentes y mirada impactante, caminado con su abrigo y sombrero oscuros, recorriendo algo encorvado el escaso trecho que distaba entre su casa de la calle Alfonso XII y dicho laboratorio o la Facultad. En otras ocasiones, merodeando sigiloso y taciturno por las librerías o los cafés preferidos de su barrio.
Ramón y Cajal gozó de una mente privilegiada y una voluntad férrea. Patente es su magna obra científica, pero también demostró un especial talento en diferentes artes como la fotografía, el dibujo, la pintura y la escritura, habilidades que cultivó desde bien joven. Gracias a ello, su legado y paso por la vida nos ha llegado con absoluto detalle, hecho que no ha sucedido, lamentablemente, con muchas otras celebridades de esa época. Cajal dibujó delicada y profusamente sus hallazgos histológicos, pero no olvidó fotografiar su entorno más próximo y gracias a sus múltiples autorretratos nos permiten observar hoy la transformación del aspecto de Cajal a lo largo de los años, dejándonos entrever como vivió sus logros y desdichas en cada etapa concreta. Admirables son las audaces hipótesis neurofisiológicas formuladas por él, absolutamente vigentes y por las que obtuvo los mejores premios y condecoraciones, entre ellos el Nobel de Medicina y Fisiología en 1906. Pero, no por menos conocidas, lo fueron, asimismo, sus innovaciones sobre el fonógrafo y el método fotográfico en color, sus observaciones sobre las ensoñaciones, la hipnosis, la conducta de las hormigas o su vehemente afición hacia la astronomía y el ajedrez. Escribió, además, extraordinarios cuentos, así como libros sobre consejos para el investigador o de tintes filosóficos, ensayo y reflexiones sobre la vida. Cabe destacar, igualmente, que durante su larga etapa en Madrid, tras su estancia de formación médica en Zaragoza y como catedrático también en Valencia y Barcelona, Cajal consiguió ensamblar un extraordinario equipo de científicos y promulgar su iniciativa y apoyo incondicional a la formación de jóvenes talentos españoles junto a los mejores científicos mundiales del momento. Aquel embrión acabó consolidándose, logró avanzar, representando hoy en día los modernos institutos y centros de investigación de nuestro país y las becas destinadas a la formación biomédica en el extranjero. Abruma el hecho de imaginar como un sólo ser humano, reconocido autodidacta y fraguado en remotas tierras aragonesas del faldón Pirenaico, pudo acometer tan ingente y variada tarea, a pesar de haber trabajado con el máximo ardor hasta el final.
Don Santiago Ramón y Cajal llegó a vivir 82 años, pese a que su salud fue achacosa desde el inicio de la madurez como consecuencia de enfermedades sufridas previamente. No obstante, es posible que su pertinaz acción científica se justifique, en parte, por ello. Cajal fue un amante de la Naturaleza, un observador inquieto, un explorador tenaz, un defensor de la verdad, en definitiva, un aventurero obsesionado en dejar plasmadas sus experiencias, así como sus hallazgos científicos, con la mayor realidad. El creador indiscutible de la “teoría de la neurona”, quien sabe si se hubiese convertido en un transeúnte infatigable, un viajero a la vieja usanza con lápices, óleos y cámara fotográfica en ristre, sus aficiones más precoces, un médico enamorado de paisajes y culturas lejanas. Así apuntaba desde su indómita niñez y juventud, cuando su referente eran los libros de Julio Verne o las vivencias de Robinson Crusoe. El jovencillo Santiago dejaba volar la imaginación rastreando con verdadera curiosidad los ríos, cañadas y cerros de la tierra montañesa donde se crió, Petilla, Larrés, Ayerbe o Jaca. Tal incansable entusiasmo errante y movido por un deseo irrefrenable de conocer nuevos paisajes, soñados en sus lecturas de infancia, le condujo a obtener unas oposiciones del cuerpo de sanidad militar. Tras un periplo castrense por tierras catalanas, es destinado al frente de la guerra de Cuba, donde contrajo graves dolencias y cuyas secuelas siempre arrastró. Su gran fortaleza física, adquirida desde niño vagando solitario por la montaña o ejercitando la gimnasia, quedó absolutamente mermada y con irreparables secuelas. No obstante, hasta qué punto ese infortunio del destino pudo terciar en el arranque de otra larga y fascinante aventura, esta vez a través de la óptica de un microscopio, y que derivó en un deambular por territorios ignotos a través de la tupida e ínfima pero mayor compleja selva que ha creado la naturaleza, el tejido nervioso. Cajal permaneció en su amada Naturaleza desde su laboratorio.
Aconsejo el conocimiento de la biografía de este ser único y difícilmente repetible, pues Ramón y Cajal nos descubrió sin fisuras lo más íntimo de su ser, sus relaciones familiares y de amistad, sus éxitos y adversidades, su amor por la montaña y la naturaleza, su predilección por la vida sencilla, su erudición y su obra. Durante casi mil páginas y con una escritura exquisita y diáfana, el autor nos pasea de forma elegante por su intensa existencia, desde retozos por sus añoradas tierras montañesas hasta geniales flirteos científicos arrebatando misterios hasta entonces guardados en las entrañas del mundo.

Ed. Crítica, col. Clásicos de la Ciencia y la Tecnología
Barcelona, 2006 [primera edición Madrid, 1923]
Ed. de Juan Fernández Santarén


Este texto fue publicado en el Diario del Alto Aragón el 26 de abril de 2012
© 2013 Eduardo Garrido

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Santiago Ramón y Cajal

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Autobiografía, de G. K. Chesterton

A su muerte, el autor más genial de su generación, Gilbert Keith Chesterton, dejó esta autobiografía notabilísima, y que es un lujo leer.
Más que pasar por sus peripecias vitales (aunque las hay, y tratadas con un fino humor), o por su obra, que está muy ausente de este texto, siento el parecer del autor que esa obra (El Hombre que Fue Jueves, El Napoleón de Notting Hill...) era menor y prescindible, Chesterton se centra en los acontecimientos y personajes políticos, intelectuales, periodísticos y religiosos (la religión fue un componente muy importante en la vida de GKC, sobre todo en sus últimos estadios) que le tocó conocer.
Lo cual no animaría precisamente a la lectura de este libro si consideramos que no sólo nos caen muy lejos en el tiempo, sino que no somos ingleses y apenas conocemos a los protagonistas de la época.
Pero ahí es donde el genio de Chesterton se muestra superior a la mera brillantez de cualquier biógrafo o historiador. Porque, en efecto, si Chesterton se limitara a opinar sobre una situación concreta, este libro tendría un interés y valor limitados. Sin embargo, lo que Chesterton hace es un alarde de abstracción filosófica y cuando, por ejemplo, analiza un hecho periodístico, ese pensamiento genial sabe dirigirse a lo absoluto del hecho, con lo que resulta una reflexión clara y nítida sobre el periodismo en general; y el lector queda sorprendido. Porque lo que decía Chesterton a principios del siglo XX sobre hechos de principios del siglo XX es perfectamente aplicable a los problemas del periodismo hoy en día. Y me atrevería a decir que a aquellos que surjan en el futuro.
Es una rara cualidad, y el lector avanza de tema en tema obteniendo lecciones vitales imperecederas que no son producto de la casualidad, sino de una reflexión crítica, lúcida y universal por parte de una mente que sólo puede definirse como privilegiada. Y el lector se sorprende, a la vez, de lo poco que hemos cambiado mientras en apariencia hemos avanzado un largo trecho.
En esta biografía tan poco usual, nos encontramos con el nacionalismo, el imperialismo, la política y la ciudadanía, el papel del periodismo, la ética empresarial, la guerra y la paz y una miríada de temas m´s. Las reflexiones de Chesterton no son ecos pasados de una época ya desvanecida, sino una exposición de una ética universal e intemporal que rinde homenaje al ser humano, falible pero decente, y a su progresión hacia la justicia y el humanismo. 


(The Autobiography)
Quaderns Crema / Acantilado, col. El Acantilado
Barcelona, 2003 [1936]
Trad. y notas de Olivia de Miguel

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Londres, una Biografía, de Peter Ackroyd

Puede parecer inusitado que la historia de una ciudad reciba un tratamiento biográfico, pero Ackroyd considera (con justicia) que hay ciertas ciudades, y Londres es un ejemplo evidente, que parecen tener vida propia, y por tanto deben tratarse como seres vivos. No sólo eso (pues este texto no es un apunte zoológico), sino que además poseen personalidad. De modo que la historia no basta, hay que buscar su expresión, sus gestos, su vida cotidiana, las peculiaridades que la distinguen. De ahí que la biografíe.
No es el único en ver a la capital británica de esta manera. Desde que Wren, en el inicio de la construcción de su catedral de San Pablo, encontrara una piedra con la inscripción Resurgam (resurgiré) y la pusiera en el centro de su creación, muchos son los que han visto a Londres como un organismo. Con su sistema circulatorio, sus pulmones, su cerebro, sus brazos y piernas. A veces comportándose como un Moloch que engullía todo lo que a ella llegaba, a veces como la emperatriz de la que todo surgía, siempre conservando unas peculiaridades que la hacían única. Londres, en todas las épocas, ha sido un polo de atracción del que, una vez llegado el forastero, era difícil escapar. Tal vez sus habitantes huyeran a la periferia, pero nunca abandonaban la ciudad del todo, como cuando en las evacuaciones durante la Segunda Guerra Mundial la mitad de la población desplazada volvía a estar en Londres al cabo de seis meses.
Ackroyd, en las mil y pico páginas de este libro, lo trata absolutamente todo. Su gran y su pequeña historia. El Londres de los cafés (y, en consecuencia, el Londres de la agitación intelectual y política), el ligado al Támesis, el del teatro, el de las ejecuciones, el de las prisiones, el de los hospitales y manicomios. Sus acentos y lenguajes, sus inmigrantes, pronto londinenses, sus fiestas, su niebla y su smog, su incesante ruido y su silencio, tan raro de encontrar y tan absoluto entonces (doy fe de ello).
También sus habitantes, que, fueran romanos, sajones, normandos, anglos o británicos, siempre han sido más londinenses que otra cosa, en cualquier época y en cualquier circunstancia.
El Londres mágico y alquimista, el Londres religioso y profano, y siempre ha habido más de profano que de pío; el Londres gobernado nunca se ha sabido bien por quién, tal vez por el mismo Londres (hasta finales del siglo XX no ha tenido alcalde efectivo). El Londres que ha resistido incendio tras incendio, plaga tras plaga, el Blitz de la Luftwaffe y el de las V-1 y V-2, y que resumía entonces la situación por boca de Winston Churchill con un flemático "business, as usual" [negocios, como de costumbre].
¿Por qué un no londinense tendría que leer este libro? Tal vez porque Londres es consustancial al mundo, porque la conocemos bien aun sin haberla visitado. Quien haya leído a Dickens, quien se haya adentrado en la niebla con Sherlock Holmes, quien haya considerado los escenarios de Shakespeare o quien haya visto el imperio victoriano a través de sus casacas escarlata, tiene ya un conocimiento de Londres, aunque no sepa qué coherencias unen todas esas épocas y situaciones. Este es el libro para descubrirlas.
Peter Ackroyd, lo repito una vez más y no me cansaré de hacerlo, es un espléndido novelista que, además, no se sabe por qué impulso, es también un magnífico biógrafo. Sólo lo que ha tenido que leer para escribir este libro es abrumador. Lo que ha andado impresiona todavía más, sobre todo si se tiene en cuenta que ya en 1750 no bastaba una vida para recorrer todas y cada una de las calles de Londres. Pero además está la escritura, la sistematización de lo leído, la cita justa y la claridad de pensamiento. En eso, Ackroyd llega a una cota infrecuente y escribe un libro bello, lúcido y apasionante, tanto como la vida de una ciudad.

(London: The Biography)
Edhasa
Barcelona, 2002 [2000]

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Dickens. El Observador Solitario, de Peter Ackroyd

Peter Ackroyd, que debería ser candidato al premio Nobel de literatura, si no lo es ya, no sólo es un excelente novelista, aunque se prodigue poco, sino que además ha recogido el testigo de la excelente tradición biográfica británica y la ha llevado a la modernidad.
Sus biografías, tratándose de un novelista que escribe sobre otros, tienen ese toque altamente literario que las convierte en unos ejercicios de lectura altamente gratificantes, pero además se trata de un biógrafo irreductible que, en esa tradición de la que les hablaba, se documenta hasta el límite, no da una cosa por cierta hasta no haberla comprobado o corroborado por distintas fuentes y mantiene estrictamente fuera de sus textos las habladurías, los rumores y las leyendas. En todos los casos de su actividad en este género poco agradecido y laborioso, se ha señalado que Ackroyd trazaba una biografía que se convertía en fundamental para entender la historia del personaje tratado. Puede que otros datos nuevos vengan después a completarla, pero la base era la que Ackroyd había dispuesto.
Sucede lo mismo con esta biografía de Charles Dickens, que fue saludada con alegría por los medios literarios ingleses, puesto que se esperaba (y con razón) que la biografía de, probablemente, el escritor ingés más importante desde Shakespeare sería un acontecimiento.
Hay que decir algo antes de empezar. Estamos hablando de la biografía de un escritor, no de un aventurero o un explorador. Aunque Dickens tuvo su cierta dosis de escándalo, sobre todo por la separación de su mujer y los rumores que la acompañaron (y que quedan dilucidados como falsos en esta biografía, al menos con un 99 por ciento de seguridad), su vida fue una de creación literaria y de desarrollo de sus escritos en conferencias, giras y lecturas. Está claro que tuvo una infancia desgraciada, y que consideró a la familia en la que había crecido como una carga indeseada; está claro también que pasó unos tiempos miserables realizando trabajo infantil en una fábrica de betún, y que luchó desesperadamente por obtener una educación y salir adelante. Todo eso es cierto. Pero no podemos hablar de una vida vistosa ni rutilante.
La verdadera vida de Dickens está en su obra, y eso Ackroyd lo ha comprendido muy bien. En esta biografía el tiempo lo marcan, más que los acontecimientos, las creaciones de Dickens, porque el autor intuye, y acierta, que la vida de Dickens puede seguirse y encontrarse en sus escritos. Dilucidar lo que hay de biográfico en ellos ha sido una tarea titánica (aunque sólo sea porque hay que conocer muy bien las obras de Dickens para hacerlo), y relacionar el resto con las ideas y los tiempos contemporáneos a su autor ha sido el gran mérito de Ackroyd.
Como Peter Ackroyd dice: «"La vida es el resultado de una suma de naderías." Llegados a este punto, las palabras de David Copperfield cobran todo su sentido, porque, sin lugar a dudas, es en las "naderías" de la propia vida de Dickens donde hemos descubierto el origen y la dimensión real de sus obras, que definen su grandeza. Nada de pequeñeces, pues, sino de desencadenantes. [...] Que una coincidencia, un comentario casual o un encuentro inesperado bastan para cambiar la vida de un hombre. Que el resultado de toda una vida de esfuerzo puede irse al traste por una inopinada sucesión de acontecimientos, pero no se trata sólo de un recurso novelístico. Es una forma de desentrañar la naturaleza íntima del mundo, un elemento que no es posible pasar por alto cuando de una biografía se trata. Ir de la mano de Dickens día tras día, sin perder de vista lo que hace y cómo lo hace, observando cómo las circunstancias de su vida conforman su ficción igual que ésta altera el curso de su vida. [...] Contemplar a Dickens bajo esta luz es hacer de su biografía un verdadero instrumento de conocimiento. sin olvidar nunca que la grandeza de su obra quizá resida en que nada tenga que ver con lo que nos sale al paso en la vida.»
Esto es lo que Ackroyd se propuso hacer, entender al hombre a través de su obra y entender la obra a través del hombre, y mediante ambos, comprender su época y sus gentes. Es lo que hace brillantemente en la biografía de un escritor del que, a su muerte, «obreros esforzados, hombres y mujeres por igual, lloraban su pérdida como la de un ser querido, porque sabiendo hasta qué punto los había entendido, sentían su desaparición como la pérdida de uno de los suyos».

(Dickens)
Edhasa
Barcelona, 20112 [1990]

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¿Está Usted de Broma, Sr. Feynman?, de Richard P. Feynman

(Surely You're Joking, Mr Feynman - Adventures of a Curious Character)
Alianza Ed.
Madrid, 19872 [1985]

Aventuras de un curioso personaje tal como fueron referidas a Ralph Leighton. Conste. Sin embargo, y a diferencia de algunas memorias ful, esta colección de historias y anécdotas fueron referidas y grabadas. Como tuve la suerte de oír hablar a Feynman, puedo asegurar que se trata de una transcripción, de modo que mi agradecimiento a Leighton por ello, pero la voz que se escucha en este libro es la del propio Richard P. Feynman.
Feynman fue, en efecto, un tipo curioso (en ambos sentidos de la palabra). Lejos del tópico de científico despistado y del absorto desconectado del mundo, tal vez la imagen que más le cuadre es la del científico tarambana.
Estando como profesor universitario en Río de Janeiro, Feynman se interesó por la música brasilera, y empezó a tocar la frigideira en una escuela de samba, por cierto con éxito notable. El camarero de su hotel, que desconocía este hecho, se desvivía por el científico (lo cual ya dice algo sobre la personalidad de éste):
«─Señor Feynman, esta noche va a haber una cosa que seguro le va a encantar. ¡Es típico brasileiro: un desfile de las escuelas de samba, justo delante del hotel! ¡Y la música es muy buena! ¡Tiene usted que oírla! [...]
»Estuvo muy insistente, y como yo no hacía más que decirle que no creía que pudiera quedarme a verlo, se fue desilusionado.
»Esa tarde me puse mis ropas viejas y salí por el sótano, como de costumbre. Nos disfrazamos en la urbanización y comenzamos a desfilar por la Avenida Atlántica: cien griegos brasileños en papel-maché, y yo allá, al final, dándole a la frigideira. [...]
»Estábamos llegando al hotel Miramar, donde yo me hospedaba. La gente se había subido a sillas y mesas, aquello estaba atestado, el gentío era enorme. Allá íbamos tocando, la cosa como a cien, cuando nuestra banda comienza a pasar por delante del hotel. De pronto veo a uno de los camareros disparado por el aire, señalándome con el brazo, y por encima de aquel inmenso follón le oigo gritar: "¡O PROFESSOR!
Valga como ejemplo.
Este libro divertidísimo está plagado de historias semejantes; Feynman el reventador de cajas fuertes, Feynman declarado deficiente mental por el ejército americano, Feynman hablando con Einstein, Von Neumann y Pauli...
Pero un Premio Nobel de Física (por supuesto, eso no es garantía de nado, salvo de ser muy bueno en física) no llega a eso tocando la frigideira o los bongós, y Feynman, tarambana y festivo, fue un cerebro de primer orden, que tiene cosas que contar en primera persona sobre la historia de la física nuclear a mediados del siglo XX, y opiniones que expresar sobre la vida, los métodos educativos, el progreso científico, el mundo de hoy y miles de temas más.
En este aspecto, leeremos un libro ciertamente inusual. Compuesto de diversión y reflexión a partes iguales, narrado por un tipo con una curiosidad inmensa por saber cómo funciona el universo y por qué nos comportamos como lo hacemos. Precisamente narrado por alguien que supo pasar por la vida sin aislarse, sin quedar absorto por ese espejismo que es el conocimiento con mayúscula, antes bien, sabiendo que la vida, con sus golpes y sus alegrías, merece la pena vivirse e intentar, viviéndola, hacerla mejor para nuestros semejantes y para nosotros mismos.

Portada y sinopsis
Entrevista con Richard P. Feynman en el programa The Pleasure of Finding Things Out, de la BBC Horizon/PBS Nova

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Leviatán o la Ballena, de Philip Hoare

(Leviathan or, the Whale)
Ático de los Libros
Barcelona, 2010 [2009]

Este es un libro peculiar. No es un estudio sobre Moby Dick, aunque la obra de Melville, con su extensa disertación sobre las ballenas, es omnipresente. No es una biografía de Herman Melville, aunque los hechos vitales del autor norteamericano son tratados en detalle y extensión, sobre todo en lo que se refiere a sus tratos con los balleneros y las influencias que le llevaron a Moby Dick. No es un libro de historia, aunque lleva en su interior toda la cronología de la pesquería de ballenas a lo largo de los siglos. No es un panfleto ecologista, aunque la defensa de estas especies en franco peligro de extinción es clara. No es un tratado de biología, aunque por pura necesidad (y por espectacularidad) la investigación científica de las ballenas tiene que ser tratada, ya que fueron y siguen siendo un enigma apasionante. No es un relato personal, pero desde que Hoare se fascinó con las ballenas el contacto con ellas ha sido constante, y así se refleja en la obra.
No es nada de esto y lo es todo a la vez, y con semejante variedad temática (y la estilística que comporta) lo difícil era componer una obra tan fascinante como es esta. Bebe, y se nota, de la pasión personal y la gran tradición historiográfica británica, una combinación que ha producido tradicionalmente resultados felices.
Pasión, pero también estímulo de la curiosidad. Moby Dick puede ser un arquetipo literario, pero es un arquetipo que reúne una fascinación milenaria, fruto de la enormidad y lo desmesurado de las dimensiones; de lo numinoso, incluso, encarnación práctica del mysterium tremendum que llevó a la denominación, trasladada consecuentemente al título, de Leviatán; de lo bíblico (arquetipo productor de arquetipos), pues pocos hay que, incluso sin haber leído la Biblia, no conozcan la historia de Jonás. Arquetipo de la dureza del mar, pues no había riesgo mayor, aparte la marina de guerra, que salir a la ballena. Y, por fin, y cuando hemos conseguido comprender mejor a estos animales, una alegoría de la brutalidad humana, y un llamado a la piedad, pues estos primos lejanos del hombre son percibidos hoy como especies benéficas e inofensivas, una visión que se desvanece de nuestros océanos gracias a nosotros  para dejar, ¿qué si no un gran vacío más evidente todavía por su tamaño?
Todo ello está narrado con energía, con seguridad, con paso firme, con ritmo, con erudición, con amenidad. Con sentimiento, además. Es algo difícil de lograr, y es incluso posible que sólo sea producto de una feliz casualidad que es provocada por esa pasión imprescindible. En todo caso son casualidades felices e inesperadas que cuando surgen suponen una alegría inmensa para el lector, que no puede por menos que sentirse agradecido por el hecho de que existan personas como Philip Hoare, que componen estas obras inusuales y geniales por el puro gusto de hacerlas.

Portada y sinopsis

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Hitler, 1936-1945, de Ian Kershaw

(Hitler: 1936-1945. Nemesis)
Eds. Península, col. Atalaya
Barcelona, 20003 [2000]

Los dos volúmenes que conforman esta biografía hecha por Ian Kershaw han sido definidos por gente con más autoridad que la mía como "definitivos". Tienen toda la razón.
El género biográfico en torno a Hitler es difícil por varios motivos. Uno es la discriminación del material, en la cual la búsqueda de la coherencia puede ser un obstáculo para la misma objetividad. El partir de premisas puede hacer que se opte por ciertos documentos con preferencia a otros, y esto es tanto más cierto en el caso de Hitler, no una persona contradictoria en sí, pero alguien "contaminado" por demasiados testimonios que lo conocieron realizados a posterior con intenciones, muchas veces, autoexculpatorias y que iban destinadas a convertir a Hitler en un chivo expiatorio. La imagen de Hitler como un monstruo es correcta; la de Hitler como único responsable, no. En estos casos, la discriminación se vuelve difícil.
En segundo lugar, la cantidad de estos testimonios e interpelaciones es exorbitante y ello vuelve a dificultar la tarea del biógrafo. Tanto, que es necesario realizar la biografía de uno de los personajes más claves del siglo XX ex novo, partiendo de cero; pero eso quiere decir una labor ingente, descomunal.
Tercero, es necesario tener en cuenta los nuevos documentos que han surgido con la "liberación" de los archivos de la Europa del este, que todavía no han acabado de analizarse.
Cuarto, ha surgido la polémica de si el nazismo es historiografiable o no, de si hay que considerar esta época como un período más de la historia de Europa y de Alemania o bien como un período excepcional con reglas propias que lograron subvertir o no la realidad alemana. Es fácil ver que una u otra postura conllevan una carga ideológica (aunque sea mínima) que puede desequilibrar cualquier análisis histórico-biográfico.
Quinto, siempre existe la posibilidad de ser "secuestrado" por el personaje. Sumergirse en su vida, en sus hechos, conlleva el riesgo de buscar una racionalidad en los actos que a veces no existe, en una especie de justificación del personaje. Que Hitler sea fundamentalmente odioso no disminuye ese riesgo. Y buena prueba de ello fueron las actitudes de gente que estuvo en la cercanía de Adolf Hitler y sólo se desengañó cuando consideraron su suicidio en el búnker un acto de cobardía y deslealtad al pueblo alemán; siguieron "engañados" por el personaje incluso en medio del caos en el que estaban inmersos y del que Hitler era directamente responsable.
Kershaw supera estas dificultades de modo brillante. Con más de 170 páginas de notas (en texto corrido: las 4.550 notas hubiesen dado para un volumen aparte), uno queda con la impresión de que la investigación documentada ha sido de las más intensas jamás realizadas, y todas las palabras de los protagonistas, orales y escritas, están referenciadas; y valoradas cuando son dudosas y contradictorias con otros testimonios.
También es impresionante la investigación que se ha debido realizar sobre los testimonios y su fiabilidad, aplicando con rigor el método historiográfico.
Pero sobretodo es la ecuanimidad que Kernshaw se ha aplicado a sí mismo. No se ha dejado secuestrar por el personaje, pero él mismo reconoce que durante años ha vivido a la sombra de Hitler, alguien que le resulta detestable. Pero como dice Kernshaw, «esa condena me ayuda muy poco a entender porqué millones de alemanes [...] hallasen atractivo tanto de lo que Hitler significaba. [...] Mi tarea [...] ha sido, pues, no entregarme a disquisiciones morales sobre el problema del mal en un personaje histórico, sino intentar explicar el dominio que Hitler ejerció sobre una sociedad que acabó purgando un precio tan alto por el apoyo que le prestó. [...] Explicar: cómo Hitler pudo ejercer el poder absoluto que se le había permitido adquirir; cómo los más poderosos del país se ataron aún más a una forma sumamente personalizada de gobierno aclamada por millones y excepcional en el estado moderno, hasta que fueron ya incapaces de desprenderse de la voluntad de un hombre que estaba arrastrándoles inequívocamente por el camino que llevaba a la destrucción; y cómo los ciudadanos de este estado moderno se hicieron cómplices en una guerra genocida de un carácter desconocido hasta entonces por la humanidad, que condujo a un asesinato en masa patrocinado por el estado a una escala nunca vista, una destrucción continental y la devastación final de su propio país».
Después de leer esta biografía, sólo podemos decirle a Kernshaw: objetivo cumplido.

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Shakespeare, de Bill Bryson

(Shakespeare)
RBA Libros, col. RBA divulgación
Barcelona, 2009 [2007]

Olvídense de fárragos pesados y voluminosos, compuestos por lo general de conjeturas (muchas veces traídas por los pelos) y de interminables y exhaustivos análisis de todas y cada una de las obras de William Shakespeare.
Si quieren realmente conocer lo que sabemos sobre la vida del Bardo de Stratford, aplíquense en la lectura de estas breves y ágiles 183 páginas. Como dice el propio Bryson: «La idea que sustenta este libro es sencilla: se trata de determinar qué puede saberse de Shakespeare sin recurrir a la especulación.
»De ahí que sea tan delgado.»
Y lo prodigioso (o no tanto, conociendo la época) es que fehacientemente sepamos tan poco sobre un framaturgo y actor que alcanzó cierta notoriedad en su tiempo. Pero tal vez en aquella época fuera más importante la obra que el hombre. O tal vez Shakespeare fuera muy discreto. ¿Ven? ya estoy yo mismo especulando. De hecho, no sabemos siquiera cómo se escribe su nombre. De las seis firmas que dejó y se conservan no ha dos que coincidas: "Will Shaksp", "William Shakespe", "Wm Shakspe", "William Shaspere", "Willm Shakspere" y "William Shakspeare".
Lo que sí sabemos es un dato escalofriante. De las 3.000 obras de teatro que se estima fueron puestas en escena en Londres desde que Shakespeare nació hasta 1642, hay un 80% de las que sólo se conoce el título. No han sobrevivido más de unas 230 piezas de la época, incluidas las 38 del propio Shakespeare, que por sí solas constituyen un 15%. (Fenómeno que no es único de Inglaterra. No hace más de diez años que Lola Beccaria descubrió un inédito de Lope de Vega, El Otomano Famoso.)
En cualquier caso, lo que realmente sabemos de Shakespeare no da para 183 páginas, sino tan sólo para dos cuartillas. Pero Bryson (autor de Una Breve Historia de Casi Todo) cumple con estos datos y la adecuada introducción de los usos y costumbres de la época, a su historia y a las obras de William, componiendo una visión centrada en el poeta pero ilustrativa de su mundo.
El resultado es brillante. Es un libro realmente divertido y ágil, a la vez que exacto (conozco la época y el tema, y puedo dar fe), inmensamente documentado, y aunque Shakespeare siga siendo un misterio, por lo menos nos ayuda a centrarlo y a evitar las leyendas y conjeturas que se han creado respecto a él.
¡Ah! Y si tienen alguna duda de si Shakespeare era realmente el autor de las obras de William Shakespeare, lean el último capítulo de este libro. No he encontrado mejor refutación a todas las leyendas, urbanas o no, sobre la autoría shakespeariana.

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La Zona, de Sergei Dovlatov

(Zona)
LaBreu Eds., col. La Intrusa
Barcelona, 2009 [1982]

Sergei Dovlatov, entre otras cosas, fue vigilante de un campo de trabajo soviético. Me apresuro a aclarar que se trataba de un campo de trabajo penal para delincuentes comunes y no políticos. Si eso sugiere en el lector que los internos, por tanto, se lo tenían bien merecido, diré que las condiciones inhumanas son inhumanas ya sea que los delitos o supuestos delitos que las provocan sean criminales o de opinión. El debate de cómo de afilada tiene que ser la espada de la Justicia es uno que prosigue hasta hoy, pero si el sistema penal tiene que propiciar la rehabilitación y no el mero castigo, queda claro que un sistema como el que describe Dovlatov lo único que consigue es la reincidencia.
Este libro se compone de unas partes vividas en el campo, sin apenas ilación entre sí, escenas que más parecen un collage que una estructura coherente. Una razón para esto es que Dovlatov fue "invitado" a abandonar la Unión Soviética, sin que se le permitiera llevarse sus manuscritos. Estos fueron contrabandeados (microfilmados, escritos en un papel de fumar, mediante mil otros sistemas) a Occidente. Algunas partes se perdieron. Otras no fueron utilizadas. Sin embargo, no era esto lo que preocupaba a Dovlatov. Puede que al principio quisiera realizar una obra sobre la vida en los campos, pero después el objetivo sufrió un cambio. El motivo aparente puede ser esta falta del material original y la imposibilidad de recomponerlo. Cito: «Volver a explicar las partes perdidas es una tontería. Rehacerlas es imposible. Porque lo más importante está olvidado: cómo era yo.» Pero es también probable que el objetivo inicial ocultara otro más fundamental. «No escribo retratos fisiológicos. Tampoco escribo sobre la prisión y los reclusos. Quería escribir sobre la vida y las personas. Y no quiero invitar a mis lectores a una cámara de los horrores. [...] Vuelvo a repetir que lo que me interesa es la vida, no la prisión. Y las personas, no los monstruos».
Estos cuadros anecdóticos (que, según le contaron a Dovlatov, se parecían a la técnica de Dos Passos) vienen intercalados con cartas a su editor americano, y allí es donde el autor efectúa la reflexión, en libre asociación, sobre esos cuadros, sí, pero sobre el mundo en general y sobre el calco que esos cuadros son de la vida. Y allí encontraremos unos momentos de pensamiento particularmente brillantes: «En este sentido, es extraordinariamente representativa la creación en los campos. En un campo, sin ninguna presión ni imposición, triunfa el método del realismo socialista.
»¿Ha pensado alguna vez que el arte soviético se aproxima a la magia? ¿Que recuerda a la pintura ritual y de culto de los antiguos? Si pintas un bisonte en una roca, por la noche comerás caliente.
»Los funcionarios del arte soviético razonan de la misma manera. Si se representa una cosa positiva, todos estarán bien. Pero si es negativa, será al contrario. Si se pinta una producción estajanovista, todos trabajarán bien. Etcétera. [...]
»En los campos, la historia es la misma.
»Tome la pintura de los campos. Si es un paisaje, tendrá unos colores increíblemente ardientes y andaluces. Si es una naturaleza muerta, estará colmada de calorías. »
Todo lo cual conforma un resultado fascinante e incitante a la reflexión, que sigue un lema que el mismo Dovlatov se impuso: «Según Soljenitsin, el campo es el infierno. Yo, en cambio, creo que el infierno somos nosotros.»

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Nadie Es Perfecto, de Billy Wilder con Hellmuth Karasek

(Billy Wilder. Eine Nahaufnahme von Hellmuth Karasek)
Grijalbo Mondadori
Barcelona, 2000 [1992]

Billy Wilder, un cineasta al que se recuerda como uno de los reyes de la comedia, realizó más películas dramáticas que comedias. Citado continuamente por sus frases ácidas, pocas veces se para mientes en que, por trayectoria vital, fue un testigo excepcional de la evolución del cine desde Europa, pasando por el sistema de grandes estudios, hasta prácticamente la actualidad. Reconocido por su ingenio, se olvida de lo mucho que conllevan sus películas en sus aspectos formales (la evolución del toque Lubitsch, el aprovechamiento del montaje, el establecimiento de un ritmo desenfrenado y, sin embargo, calculado).
Esto no es una biografía al uso, sino una serie de conversaciones con Karasek transcritas, ordenadas y complementadas con material biográfico y biofílmico.
Si ustedes conocen al personaje, las anécdotas les serán de sobra oídas, ya que han sido repetidas y antologizadas de continuo. Otra cosa es el método de trabajo, los aportes cinematográficos y las opiniones teóricas de alguien que fue el guionista mejor pagado de Hollywood, que ganó Oscars con películas relativamente modestas y de temática molesta (por ejemplo, Días Sin Huella/The Lost Weekend), que compuso la mejor película sobre Hollywood (El Crepúsculo de los Dioses/Sunset Boulevard) o que realizó uno de los mejores Hitchcock no rodados por Hitchcock (Testigo de Cargo/Witness for the Prosecution).
Un libro con muy pocos cotilleos y sí, en cambio, con reflexiones sobre el cine y cómo hacerlo, una historia la de Wilder que es testimonio de una época, y un libro útil por muchos conceptos si se quiere conocer cómo es el cine y cómo se hace.

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Poe. Una Vida Truncada, de Peter Ackroyd

(Poe: A Life Cut Short)
Edhasa
Barcelona, 2009 [2008]

La deuda que este blog mantiene con Peter Ackroyd espero solventarla con el tiempo. Es un novelista magnífico, un estilista de la lengua inglesa, un narrador capaz de hibridar realidad y ficción de modo que uno se sumerge en la una y cree en la otra, y un escritor que sorprende por los temas y su tratamiento.
Además, y es una peculiaridad rara en un escritor que ha sonado para el Premio Nobel, es un biógrafo de marca. De hecho, ha publicado más biografías que novelas, incluyendo la monumental y sorprendente Londres, una Biografía.
En esta faceta, es hombre mantenedor de toda una gran tradición inglesa, como es la de la documentación, dedicación, claridad, orden y, sobre todo, el ser exhaustivo en su trabajo.
La vida de Edgar Allan Poe ha estado tan imbricada con su leyenda que incluso sus anteriores biógrafos no han podido librarse de esta contaminación, y así han seguido corriendo historias inverosímiles o no tanto que se han incorporado al saber popular.
Ackroyd, con los méritos que le caracterizan, desbroza y señala estos errores, basándose en documentos, testimonios y referencias, que no arroja sobre el lector, sino que asume con toda naturalidad. Ackroyd no entra en debates con anteriores biógrafos. Escribe y describe la vida de Poe sobre estos testimonios y desmiente las falsedades, pero no polemiza. Él quiere escribir una biografía veraz, y a fe que lo logra.
Con sólo esta sencillez y veracidad, esta biografía ya se convertiría, no en definitiva, pero sí en fundamental. Pero Ackroyd da una suma importancia a los hechos, y el gran mérito de su método es que estos hechos proporcionan base para el reconocimiento del genio de Edgar Allan Poe. No nos escatimará sus defectos, pero éstos, al ser relatados, también destacarán sus virtudes. Y Poe surge de estas páginas como un ser desdichado, al que la pobreza persiguió, pero también como el mejor literato de su tiempo, reconocido, pero no lo bastante como para permitirle vivir de su genio.
Poe fue un huérfano perpetuo que, durante toda su vida buscó una familia. La tragedia es que la encontró, pero demasiado tarde:
«Tennyson lo describió como "el genio más original que ha producido América", digno de codearse con Catulo y Heine. Thomas Hardy lo consideró "el primero en desarrollar todas las posibilidades de la lengua inglesa", mientras que Yeats creía que era "ciertamente el mayor de los poetas americanos". Las obras de ciencia ficción de Julio Verne y H. G. Wells tienen contraída con él una gran deuda, y Arthur Conan Doyle rindió asimismo tributo a su dominio del género detectivesco. Nietzsche y Kafka lo honraron igualmente, vislumbrando en su triste carrera un bosquejo de sus propias almas doloridas. Fue asimismo admirado por Fiódor Dostoyevski, Joseph Conrad y James Joyce, que vieron en él la semilla de la literatura moderna. El huérfano encontró por fin a su verdadera familia.»
Por su documentación y claridad de expresión, por su belleza y concisión, por su imparcialidad y dedicación, esta es una biografía, a pesar de su brevedad, o también por ella, monumental. Nada hay definitivo en este género, pero esta biografía sí se hace básica desde el mismo momento de su publicación.

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La Escritura o la Vida, de Jorge Semprún

(L'Écriture ou la Vie)
Ed. Tusquets, col. Andanzas
Barcelona, 1995 [1994]

Firma Invitada: SUSANA RIZO

La mirada. Hace muchos años en apenas 10 minutos de filmación en blanco y negro contemplé por primera vez “la mirada”. Tras este primer impacto he procurado buscar respuestas en los relatos de los deportados supervivientes de los campos. Quise conocer más, y anduve entre los desolados barracones de Birkenau; traté de buscar esas respuestas. El problema es que no las había. Ni tampoco palabras para describir el horror. Tan sólo existe la mirada. Semprún arranca su relato con el recuerdo de esa única referencia: su propia mirada, el día de la liberación del campo de Buchenwald, y “la mirada descompuesta, llena de espanto” de los tres oficiales con uniforme británico que le contemplan.

“¿A qué me remite la mirada horrorizada...? ¿A qué horror, a qué locura?”

La fortuna me puso hace unos meses ante esta obra maestra de Jorge Semprún, La Escritura o la Vida, y me preguntó por qué me resistía a acabarla. Hoy sé que es por la profundidad de este relato. Detrás de ese navegar entre los recuerdos de forma aparentemente desordenada y fragmentaria en los tres momentos en que se centra la novela ─antes, durante y después de Buchenwald─ y a menudo a través de la poesía, Semprún proporciona una más que sincera y profunda reflexión sobre la naturaleza humana, sobre sus miserias y grandezas. Y sobre la existencia en sí. Es éste un recorrido tan duro como imprescindible.

En 1943 Jorge Semprún fue detenido en París y deportado al campo nazi de Buchenwald donde permaneció recluido durante 18 meses como preso político por su vinculación con la red de resistencia antinazi Jean-Marie Action y el partido comunista. El 11 de abril de 1945 el III Ejército del general Patton liberó el campo y la vida que Semprún no creía posible tras esa larga muerte en Buchenwald, fue. Tenía 22 años.

Curiosidad, estar sano y saber alemán; todo lo demás es azar. Así definió Primo Levi el conjunto de factores que determinaron su supervivencia en Auschwitz. Semprún recuerda que en efecto reunía todas esas condiciones y también su resistencia vital durante el tiempo que permaneció en Buchenwald, y sin embargo, tras la liberación se ve incapaz de proyectarse en el futuro. “Así como la escritura liberaba a Primo Levi del pasado, a mi me hundía en la muerte.”

Poco después de aquello Semprún se enfrentó a una dualidad: los recuerdos y la vida insaciable que pugnaba por salir. Pero no podía haber vida sin recuerdos y tampoco con ellos porque le abocaban directamente a la experiencia de la muerte. Tuvo que elegir: o la escritura, y ello implicaba dejar de vivir para volver a morir en Buchenwald, o la vida, y ello implicaba el olvido. En torno a esta elección y lo que supuso esa decisión a lo largo de su vida está construido este ensayo. Todas las elipsis temporales, los saltos, y las asociaciones. Y debajo de todo esto hay una profunda reflexión, de hecho de las más intensas y brillantes que he visto en vida en torno a la desolación, la soledad, la muerte y en definitiva, una experiencia invivible como ésta. Tal y como él mismo define: "He tenido un idea … la sensación de no haberme librado de la muerte, sino de haberla atravesado … de haberla recorrido de punta a punta."

“Una duda me asalta desde el primer momento: ¿pero se puede contar? ¿podrá contarse alguna vez?”

Semprún accede a pasar por el tremendo ejercicio de instalarse en el recuerdo de la muerte, dejar de vivir, y ofrecernos a través de su elección final, la escritura ─la memoria─, el conocimiento y la lucidez. El escritor afronta el mal radical de Kant ─das radikal böse─ sin detalles, sin excesos, sin recreaciones efectistas. Le bastan insinuaciones sutiles. Le basta la ausencia del canto de los pájaros. Le basta evocar la nieve de sus recuerdos, de sus sueños. El humo eterno del crematorio de la colina de Ettersberg. El extraño olor insólito. La intensidad del canto de la oración del Kaddish.

Hay en esta novela muchos momentos sublimes: el primer encuentro con los tres oficiales; el final de sus compañeros de campo Maurice Halbwachs o Diego Morales; su visita a Weimar acompañado por el teniente Rosenfeld ─en realidad se llamaba Rosenberg y era un judío alemán que se expatrió en los años treinta para alistarse en el ejército de los EEUU y luchar contra el fascismo de su país─. Momentos tan sublimes como el sorprendente desenlace. A través de las numerosas referencias literarias poéticas, en francés y alemán en su mayoría, nuestro escritor conduce literalmente al sobrecogimiento en determinadas escenas.

“No poseo nada salvo mi muerte, mi experiencia de la muerte, para decir mi vida, para expresarla. Tengo que fabricar vida con tanta muerte. Y la mejor manera de conseguirlo es la escritura. Sólo puedo vivir asumiendo esta muerte mediante la escritura, pero la escritura me prohíbe literalmente vivir.”

Recorremos La Escritura o la Vida en tres fases. La primera colmada de recuerdos y episodios de su vida anteriores a su detención y los momentos inmediatamente posteriores a su liberación del campo. En la segunda irrumpe la vida y esa felicidad siempre frágil, en la que contribuyeron las mujeres que le devolvieron a la vida, la música y la fuerza de la literatura. Surge en esta fase la idea de la escritura, pero tras tomar conciencia de que la vida es más un sueño, una ilusión, y la realidad es el tiempo que transcurrió en Buchenwald, la abandona porque le conduce al suicidio. La política fue en esos años la terapia del olvido, pues le ofrecía la posibilidad de un futuro, le proyectaba al provenir. Y finalmente una tercera fase: la escritura. En 1963, coincidiendo con su ruptura con el partido comunista y abandono de la política, Semprún inició su recorrido por la creación literaria y rompió el silencio que durante largos años había mantenido. La decisión de escribir este libro surge el 11 de abril de 1987, el mismo día que Primo Levi se quitó la vida. El mismo día que cuarenta y dos años antes fue liberado Buchenwald. “Este libro era fruto de una alucinación de mi memoria, el 11 de abril de 1987.”

“Yo lo vi” (Francisco de Goya)
“No sabíais porque no queríais saber. Sois responsables aunque no culpables.” (Teniente Rosenberg, III Ejército del general Patton)

Pudiera sentir el lector cierta reticencia a sumergirse en tanto dolor y descubrir los recodos más oscuros del alma humana, Sin embargo es necesario recorrer este camino por una razón muy simple: porque no hay que olvidar. Parece que Semprún encierra en el fondo ansias de pasar el testigo a otros. Que lean lo inenarrable, y traten de imaginar siquiera de lejos lo que debió ser aquello, lo que supuso. Por compartir su dolor, poder entenderlo. Ponerse a su lado, y mirar con sus ojos.

“Un día soleado de invierno, en diciembre de 1945, me encontré ante la tesitura de tener que escoger entre la escritura o la vida. Quien tenía que escoger era yo, yo solo.”

“La literatura tan sólo es posible tras una primera ascesis mediante la cual el individuo transforma y asimila sus recuerdos dolorosos, al mismo tiempo que construye su personalidad.”

No se encontrará el lector ante una reconstrucción de lo que fue el día a día en el campo de Buchenwald. Para eso ya están otros relatos. Semprún pretende ofrecer una visión de conjunto, no un “desahogo de hechos”. Por ello, la impresión es que la memoria vaga a través de estas páginas; los recuerdos vienen y van, creando en ocasiones la sensación de cierta dispersión, con frecuentes saltos temporales que delatan, tal vez, la dificultad misma de enfrentarse a este relato. El propio Semprún reconoce que los recuerdos se le situaban antes y después de Buchenwald, pero nunca dentro: “Enseguida me pierdo en los meandros de la memoria. Meandros nebulosos, para colmo”. Cuando Semprún parece desmoronarse al recordar, es como si su propia memoria tratara de escapar. “A veces un dolor agudo como la punta de un estilete me había asestado un golpe en el corazón.”

“Nadie puede ponerse en tu lugar, pensaba yo, ni siquiera imaginar tu lugar, tu arraigo en la nada, tu mortaja en el cielo, tu singularidad mortífera. Nadie puede imaginar… tu cansancio de la vida, tu avidez de vivir.”

"Llegaría un día, relativamente cercano, en el que ya no quedaría ningún superviviente de Buchenwald. Ya nadie sería capaz de decir, con palabras surgidas de la memoria carnal y no de una reconstrucción retórica, lo que habrán sido el hambre, el sueño, la angustia, la presencia cegadora de Mal absoluto. Ya nadie tendría en su alma y en su cerebro, indeleble, el olor a carne quemada de los hornos crematorios."

"... Y si no se apropian de esa memoria los novelistas, o los poetas, ¿cómo va a continuar?"

Jorge Semprún declaró en una ocasión que no es preciso haber estado dentro para comprender, y que era necesario que la literatura se apropiara de esa memoria, que los jóvenes novelistas de hoy y mañana, con sensibilidad y talento, reconstruyeran esas historias para que entraran a formar parte de la memoria colectiva. Ese es su deseo. El poder de la literatura es lo que puede salvar esta memoria de la muerte, más incluso que los propios libros de historia.

Cuando anduve tras las respuestas me paré frente la entrada del gran complejo de exterminio que fue Auschwitz-Birkenau. Había una frase encabezando una lista absolutamente interminable de deportados y la triste historia de aquel lugar, rezaba lo siguiente: “Aquellos pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”. Estoy muy de acuerdo con esa máxima.

Este escritor e intelectual sublime de vida intensa y comprometida y cultura extraordinaria sacrifica parte de su vida para entregarnos la memoria. Esta es la historia de una elección. La escritura, opción final, es lo que nos permite hoy acceder de obras tan necesarias como “El Largo Viaje” o “Aquel domingo”. Esta obra es una reflexión sobre esa decisión. El lector podrá elegir entre abrir los ojos o cerrarlos. Entre la memoria o el olvido.



MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente,
vino hacia él un hombre
y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate hermano!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

César Vallejo
© 2009, Susana Rizo, todos los derechos reservados.

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Si Esto Es un Hombre, de Primo Levi

(Se Questo È un Uomo)
Muchnik Eds., col. Personalia
Barcelona, 1995 [1958, 1976]

A principios de 1944, y con la connivencia del régimen mussoliniano de la república de Salò, los alemanes deportaron a los judíos italianos bajo su control a los campos de exterminio nazis situados en el este de Europa. Entre los deportados estaba Primo Levi, y esta es su historia de cómo llegó a Monowitz, una de las "delegaciones" de Auschwitz; de su estancia allí; y de cómo, gracias a una concatenación de circunstancias, pudo sobrevivir.
La concatenación de circunstancias no es baladí, ni una serie de elecciones, de acciones, sino de casualidades. Una especie de macabra lotería que marcó la diferencia entre vivir y morir. Porque el destino último de los depotados era morir. El cómo era accesorio. Quien entraba en el Lager sólo podía salir de él de una manera, si quieren representada por la terrible frase de los propios prisioneros: "por la chimenea". Por su propio pie, jamás. Sólo una serie de improbabilidades y opciones casuales permitió la supervivencia. Lo normal, la norma, el destino, la certeza estadística era la muerte.
Pero esto, presente como está (y no puede ser de otra manera), no es el cuerpo principal del relato de Levi. Tampoco es una historia de los campos de exterminio, ni un ensayo sobre el holocausto. Primo Levi testimonia sólo (y no es poco) las cosas que sufrió y vio, los hechos de los que tuvo experiencia directa.
La vida (más bien la muerte en vida) en el Lager. El día a día, su organización, su estructura, sus jerarquías, sus trampas diabólicas en lo que conformaba una macabra ecuación: la suma de factores, el trabajo extenuante, la mala alimentación, el maltrato, el fomento de la competencia entre los presos, las enfermedades, las normas absurdas pero milimétricamente trazadas, dan como resultado que, si puedes evitar esas trampas, sobrevives un día más. Hasta que, por reiteración, una de esas variables, alcanzará a su tiempo un valor insoportable, y ya no habrá mañana.
Este es un texto bello. ¿Bello? ¿Cómo puede ser bella una descripción de lo más terrible que ha ideado la humanidad, el exterminio sistematizado? Sencillamente porque la palabra tiene que analizar el hecho, pero al convertirse en el escalpelo que disecciona la realidad del Lager, no puede sustraer de este despiece la propia voluntad, la mente y pensamiento del sufriente. No puede alcanzarse sino con metáforas, imágenes, sentimientos. Metáforas terribles.
El relato de alguien ajeno hubiera podido ser más global. Más historicista. Más completo. Pero la enumeración del involucrado no puede sino evocar los pequeños milagros de la supervivencia ante el propio destino marcado. De la lucha por el minuto, la hora, el día. No puede, si el sentimiento es vívido, sino poseer una belleza sobrecogedora, opresiva.
Tras la lectura, no podemos sino pensar que todos fuimos en parte exterminados en Auschwitz, y que todos fuimos en parte exterminadores. Que asesinamos a Dios en Auschwitz. Que, más aún, aniquilamos nuestra propia humanidad en Auschwitz. Que el ser humano, más que en el Jardín del Edén, protagonizó la Caída en un campo de exterminio. Escribe el propio Primo Levi:

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Otros testimonios sobre los campos nazis: La Escritura o la Vida, de Jorge Semprún y El Largo Viaje, de Jorge Semprún.

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El Emperador, de Ryszard Kapuscinski

(Cesarz)
Ed. Anagrama, col. Crónicas
Barcelona, 1989 [1978]

Cuando niño, dentro de mis limitados conocimientos de política internacional, había una figura conocida por mí. Por supuesto, estaban los grandes del momento: Kennedy, Jruschev, Breznev (ese hombre con unas cejas pegadas a la frente), De Gaulle, Mao, Castro, Hirohito, el único jefe de estado del Eje que había salido de rositas de la Segunda Guerra Mundial; por descontado, un tipo de voz aflautada y bajito del que era mejor no hablar como no fuera para repetir de memoria lo que decían los textos escolares sobre sus pretendidas bondades y grandezas. Cosa extraña, también tenía conocimiento de un tipo que vivía en África, era emperador y tenía el apelativo de "Negus": Haile Selassie, emperador de Etiopía, Rey de Reyes, León de Judá, Elegido de Dios, descendiente directo de Salomón, Rasta-Fari, Negus Negust. Cierto que había resistido a Mussolini y había recuperado su reino posteriormente, pero también había pasado eso en Holanda, Bélgica, Dinamarca, Noruega y otros lugares más exóticos, pero ninguno de sus jefes de estado tenía esa aureola de fama. Una aureola que era eso, porque no había otra explicación a su notoriedad. Selassie era, en todos los demás aspectos, una verdadera incógnita.
Era emperador de un país africano y, por tanto, pobre (el país). Pese a su boato, uno suponía que esquilmaba a su pueblo en consonancia a los ingresos de éste, o sea, pocos. La tranquilidad de un reinado de casi cincuenta años, el status quo internacional, el que le dejaran en paz, el que no fuera protagonistas de los habituales comunicados de prensa africanos: "Ayer, un golpe de estado militar/civil (táchese lo que no proceda) en ... (escríbase el país apropiado) fracasó/tuvo éxito (táchese, etc.); la situación es de calma/guerra civil (ya saben)".
Por tanto, cuando en 1975 un golpe de estado acabó con el reinado del Negus, mi reacción fue de sorpresa. Se daban por descontados todos los pecados originales de las administraciones africanas pobres, pero seguía quedando el hecho, la pregunta: ¿por qué después de cincuenta años? Las respuestas eran inexistentes o incomprensibles, o incoherentes. Haile Selassie seguía siendo uno de los personajes más conocidos mundialmente, pero ¿qué sabíamos en realidad de él? Nada.
Kapuscinski, un escritor que no era estrictamente un corresponsal de guerra, porque iba más allá, ni un analista político, porque tenía la buena costumbre de pisar el terreno, ni un periodista al uso porque poseía una visión penetrante que iba más allá de los hechos, se planteó en este libro responder (uno diría que responderse) a ese interrogante.
Y le fue imposible. ¿Quién era en realidad el Negus, qué pensaba, por qué actuaba de esa manera? Misterio. Haile Selassie se imbricó tanto en la estructura de poder, dominó tanto sus mecanismos, procuró rodearse de gente tan mediocre y apegada a sus privilegios, que llegó a creer (y actuar) como si Etiopía fuera consustancial a su persona, como si el país no pudiera existir sin él. Todo pasaba por sus manos, hasta los gastos más ínfimos, y no dejaba anotado nada (no sabía, o apenas, escribir). De modo que, conscientemente, él era responsable de todo, pero, al mismo tiempo, y en virtud de sus órdenes orales, consientemente de nuevo, él no era responsable de nada. Se le podía malinterpretar, se podían confundir sus deseos, podía decir que nada era verdad, que nada había dicho, que nada había ordenado, pero que todo merecía su consideración, preocupación y consuelo.
Kapuscinski, en plena revolución, se dedicó a entrevistar a los funcionarios de palacio que habían estado más cerca del Rey de Reyes. Este conjunto de visiones oblicuas resulta fascinante y, si no esclarecen el auténtico pensamiento de Selassie, sí perfilan poco a poco su figura, como delimita la luz las caras de un cristal opaco.
Sus entrevistas son increíbles: ridículas, esperpénticas, risibles, a veces (todas, en el fondo) trágicas, pero que acaban conformando un cuadro monstruoso. Y tal vez lo más grotesco es que se llega a la conclusión de que sí, que el palacio era Etiopía; pero que Etiopía no era, no podía ser, un palacio.
Pero esto es una estructura, cuyo centro y cimiento era el propio Negus. ¿Y el mismo Haile Selassie? ¿Quién, qué era? La conclusión más aproximada que se puede extraer es que era fundamentalmente un superviviente: "Y hay que reconocer, Míster Richard, que nuestro Inigualable Señor, por entonces siempre vistiendo de uniforme, unas veces el de gala, otras, el corriente, de campaña, que solía ponerse para observar las maniobras, sí se dejaba ver en los salones, donde dignatarios de mirada ausente y atemorizada yacían tumbados sobre las alfombras o sentados en los sofás, preguntándose unos a otros qué iba a ser de ellos cuando terminase la espera, y allí mismo él los consolaba, les daba ánimos, les deseaba buena suerte, los trataba con mucho cariño y consideraba su situación asunto de la máxima importancia, prometiendo ocuparse de ellos personalmente. No obstante, cuando se topaba en algún pasillo con alguna patrulla de oficiales, también a éstos les daba ánimos y deseaba buena suerte y, tras expresar su agradecimiento al ejército por su lealtad, les aseguraba que todo lo referente a las fuerzas armadas era objeto de su personal preocupación y dedicación. Oyendo esto, los de las rejas, cual serpientes venenosas, susurraban malévolamente en el oído de Su Majestad que lo que se debía hacer era colgar a los oficiales, porque eran ellos los que habían destruído el Imperio, palabras que el Bondadoso Monarca también escuchaba con mucha atención, por lo que, dando ánimos, deseando buena suerte y agradeciendo su lealtad, subrayaba que los tenía en muy alta estima. Esa infatigable actividad del Venerable Señor que tanto contribuía al bienestar general al no escatimar nunca consejos y directrices, el señor Gebre-Egzy la calificó como un éxito, al ver en ella una prueba irrefutable del dinamismo de nuestra monarquía".
Cuando llegó el final, la sorpresa de Selassie no debió ser que eso le pasara a él, sino que se encarcelara, en su persona, a toda Etiopía.

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Conan Doyle, Detective. Los Crímenes Reales que Investigó el Creador de Sherlock Holmes, de Peter Costello

Ed. Alba
col. Alba Oscura
Barcelona, 2008

La tradición biográfica británica es bien conocida, y goza de justa fama, hasta llegar, por ejemplo, a la monumental biografía, escrita por Peter Ackroyd, de... la ciudad de Londres, nada menos. De modo que, como de costumbre, nos hallamos ante un ejemplo de esa minuciosidad en lo que no es más que una biografía del aspecto "criminal" del creador del detective más famoso del mundo.
Siguiendo un antiguo hábito, esta biografía se pone de parte del biografiado, pero ese amor al detalle suple las carencias que suelen adolecer las hagiografías de los famosos. A decir verdad, el título es un poco engañoso. Uno se imagina a Conan Doyle poniéndose la capa a cuadros, pipa y lupa en mano, y saliendo a buscar pistas. Y aunque algo de eso hay, fundamentalmente lo que hizo sir Arthur fue interesarse (como no podía ser de otra manera) por los crímenes de su época, a veces a petición de los interesados, y dejar constancia por escrito de sus impresiones de los mismos.
Pero no importa. Porque el libro es un recorrido por crímenes que sucedieron en el Imperio Británico durante las épocas victoriana y eduardiana, cuyas tramas bien podrían ser casos del admirado Holmes. Y, considerando todo lo que figura en el libro, los informes policiales, las crónicas periodísticas y los escritos de Conan Doyle, esta biografía es, no sólo interesante, sino curiosa y absorbente.