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Snuff, de Terry Pratchett

In Memoriam: TERRY PRATCHETT (1948-2015)

Ha sido una época muy dura. No en lo estrictamente personal, pero a un nivel íntimo, sí ha estado muy difícil de superar.
Terry Pratchett ha muerto. Su defunción coincidió con otra (que ya les detallaré) a los pocos días que acumularon una especie de furia, lo cual me parece una buena actitud respecto a la desaparición de nuestro mundo de aquellos a los que aprecias; y una mala respecto a la muerte propia, y eso fue una lección magistral más de entre las muchas que nos legó Pratchett.
Empecemos por decir que yo conocí a Terry Pratchett. En su primera visita a Barcelona, le llevé a ver los lugares que quería conocer. Sí, le he invitado a unas rondas (no alcohólicas; era abstemio. Como Sam Vimes, reflexionarán algunos. En efecto, como Sam Vimes) y él me invitó a unas rondas. No es momento de anécdotas, pero sí puedo decir que hablamos sobre el humor en la literatura y sobre mil cosas más. Lo que aprendí en estas charlas no tiene precio, y adquieren más valor teniendo en cuenta que fueron muy breves. De haber tenido más tiempo para hablar, ustedes habrían tenido a un bloguero mucho más sabio.
Llegamos al meollo del asunto. Fui uno de los primeros en decir que Pratchett era el mejor autor de literatura humorística del mundo, punto. No el mejor humorista de la fantasía, o del género, o inglés, sino el mejor en el humor escrito en todas las consideraciones. Con el paso de los años, esa opinión, para nada exageración, ha venido siendo corroborada por críticos de todo tipo. No se recibe fácilmente un espaldarazo de literatura por parte del Times. O de Antonia S. Byatt. No cuando uno es "sólo" un escritor de "fantasías" o de "humoradas".
Pratchett ha sido un campeón sin querer serlo (que son los mejores héroes, por si no lo intuían) en que la ciencia ficción y la fantasía trascendieran las barreras que las limitaban a unos guetos de incultos o lectores de novelitas de evasión, según aquellos que sostenían unos prejuicios que parecían inamovibles, por mucho que Eco les advirtiera que el templo de la alta cultura elitista se les desplomaría sobre sus cabezas.
Un doctor en ciencias puede leer a Pratchett. Un doctor en humanidades (o letras, como se les llamaba en la antigüedad hace veinte años), puede leer a Pratchett. Cualquiera encontrará una sorpresa constante por la carga de erudición que sus obras conllevan.
Por la enorme dosis de sentido común que hacen que sus lectores entiendan el mundo de una manera nueva. Y, permítanme decirlo, mejor.
Lo de hablar de Snuff es sólo un pretexto, pero es un pretexto magnífico. Porque, de nuevo, Terry Pratchett se pone del lado de los despreciados, de los parias del mundo. Del Mundodisco, claro; o sea de nuestro mundo. El hecho de que una de sus últimas novelas fuera aquella en que ese Sam Vimes, comandante de la Guardia de Ankh-Morpork, que tan rápidamente fue asimilado a un personaje tan dudoso como Harry el Sucio (algo que de seguro molestó a Pratchett); que en Snuff ese personaje se convirtiera en el defensor de la especie más despreciada, más vilipendiada y más alienada de todo el Mundodisco, no es casual. Sam Vimes considera que los trasgos merecen ser vilipendiados, despreciados y alienados. Pero que tienen derecho a la justicia, es decir, tienen los mismos derechos que el resto de las mundodiscales, y permítanme el neologismo por analogía con la humanidad (si es que esa fuera la única especie inteligente en la Tierra, ja, ja.). Pratchett no ahorra en detalles que hacen de los trasgos algo ¿asqueroso? Pues claro. Todos somos asquerosos para los otros, por si no se habían enterado.
Lo grande de Terry Pratchett no es que en sus obras practicara la tolerancia. Lo enorme es que, al final y todo contado y debatido, es que predicaba la simpatía hacia el otro. Y eso es algo a lo que muchos oenegistas no han llegado, ni aspiran a llegar.
Todo esto no lo aprendí en unas conversaciones, aunque me allanaron mucho el camino. Esas conversaciones me ayudaron a entender su obra. Pero lo que sí aprendí fue a apreciar y querer a una persona que, no por sabida su enfermedad y su más que segura muerte, no voy a dejar de echar de menos. Porque no habrán más obras de Pratchett. Y porque no podré invitarle a ninguna otra ronda.

Snuff
Random House Mondadori
Barcelona, 2013 [2011]

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L'Héritage Schirmer, de Eric Ambler

La Herencia Schirmer no es uno de los grandes títulos de Eric Ambler, pero lo escaso y disperso de lo editado en nuestro país de uno de los grandes autores, a la vez, del género negro, el thriller y la novela de espionaje hace que echarle mano a cualquier novela de Ambler merezca la pena.
De forma sorpresiva, Ambler nos lleva a las guerras napoleónicas en el prólogo a esta historia. Un sargento de los dragones de Ansbach, Franz Schirmer, planifica con cuidado su deserción tras la batalla de Eylau. Así lo hace y, pasados los años y en respuesta a las variadas alianzas y cambios de titularidad de los pequeños estados alemanes, ya establecido como comerciante y temeroso de ser acusado de deserción por Prusia, Schirmer cambia su apellido por el de Schneider. Su hijo Hans recibirá ese apellido al ser bautizado; pero su hijo Karl seguirá llevando el de Schirmer.
Todo ello resurge a finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay en los Estados Unidos la cuantiosa herencia de Amelia Schneider-Johnson, muerta en 1938, que sigue sin ser cobrada y sin reclamar. Mejor dicho, hay un reclamante, el estado de Pennsylvania. Por diversos motivos, el bufete de abogados que administraba los bienes de la difunta decide realizar un último intento para localizar un heredero legítimo e incontestable para esta fortuna, y esta tarea recae en George Carey.
Ambler nos lleva entonces a una investigación que recorre Europa en busca de una quimera: un heredero que puede que no exista, o uno que, sin saberlo Carey, sí exista pero lleve el apellido Schirmer.
Ambler, en la época en la que escribió esta novela, ya había establecido los postulados del thriller  moderno, a saber, el alejamiento de la artificiosidad y los ambientes elitistas para trasladarse a lugares más reales y, en ocasiones, más sórdidos, de manera que La Herencia Schirmer no representa ninguna revolución, sino un ejercicio bien planteado y ejecutado del desvelamiento de un enigma mientras las miserias de la historia reciente europea pasan por sus páginas.
Podríamos leerla como un policíaco más, pero Ambler, incluso en sus obras menores, no se conformaba con la mera escritura de explotación. Aun en estas novelas no podía dejar de trazar unos personajes creíbles y con psicología y carácter propios, y siempre representa un placer leer una novela en la que estas características se desarrollan, con respeto para el lector y por dignidad del autor. Es posible que La Herencia Schirmer no sea una de las obras maestras de Ambler, pero es seguro que sigue siendo mejor que muchas de las novelas que se publicaban (y se publican) en el género negro-criminal, y una obra que consigue atrapar ya desde su inicio en la Prusia napoleónica hasta llegar a la frontera greco-albanesa en 1948.

(The Schirmer Inheritance)
Les Editions Mondiales / Del Duca
París, 1975 [1953]


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Extraños Eones, de Emilio Bueso

Lo que hace unas décadas era impensable se ha producido: un español ha escrito una novela del ciclo de los Mitos de Cthulhu, y no sólo es buena, sino que tiene momentos de auténtica brillantez.
Es innegable el sorprendente fenómeno de que en este país cada vez se escribe mejor (sorprendente si vemos el empeño que ponen los diversos ministros de educación en conseguir que no salga de la escuela ni un solo lector formado), y en el caso de la literatura de terror, y más particularmente en la de los Mitos, es importante que así sea, en un género en el que el paso de la inquietud al ridículo es muy corto. Emilio Bueso tiene estilo literario; no es que siempre me guste ese estilo, y le pierde una metáfora o un juego de palabras, pero trasciende una afición a jugar con el lenguaje, y la voluntad de no renunciar a la expresión literaria para explicar una historia.
Y respecto a la trama que narra, también se aparta lo bastante de los estereotipos cthulhulianos como para acertar. Es cierto que Egipto es uno de los lugares lovecraftianos por excelencia, pero Bueso no se conforma con la iconografía tradicional; la acción  se sitúa casi en exclusiva en una necrópolis, pero en una que es a la vez antigua y moderna, El' Arafa, la ciudad de los muertos, «un camposanto de ocho kilómetros de longitud y mil quinientos años de antigüedad. El complejo está compuesto por siete necrópolis contiguas en las que se integran toda suerte de tumbas, mausoleos y panteones, muchos de los cuales llevan tiempo ocupados y se han convertido en infraviviendas».
Porque tampoco los protagonistas son los archiconocidos investigadores de la Miskatonic o el desgraciado extranjero que cae en el lugar de extrañeza lovecraftiano (y, de hecho, el episodio barcelonés no es que moleste, pero podría suprimirse con toda tranquilidad); quienes son los actores de esta tragedia terrorífica son los homies, los niños de la calle cairotas.
Bueso escribe sobre lo que conoce, habiendo pasado tiempo viviendo en El Cairo, y no como turista (y si Lovecraft ha sido reivindicado literariamente es porque fue un excepcional escritor realista en lo que a los paisajes de Nueva Inglaterra se refiere), y ese anclaje en la realidad es algo fundamental en el género, como bien saben los buenos escritores de terror, Stephen King o Ramsey Campbell, por ejemplo. Pero también consigue algo excepcional, y es ser un fantasista que se permite proporcionar una visión alucinada y brillante en su expresión y descripción de las Cortes del Caos, y del más esquivo y contradictorio de los dioses lovecraftianos, Azathoth, el caos idiota. Es un pasaje digno de figurar en todas las antologías de los Mitos, y Bueso es quizá el único escritor que ha osado enfrentarse a ese indefinible ser y salir victorioso en el empeño.
Extraños Eones marca la esperanza de que, por fin, los Mitos de Cthulhu sea bien tratados y escritos en nuestro país, después de tantos años pasados desde Joan Perucho y su Amb la Tècnica de Lovecraft. Es también una tarjeta de presentación de un autor que, a poco que quiera, puede convertirse en una realidad literaria, de género o no, de la más alta calidad.
Queda el tema pendiente de hacer de España un lugar cthulhuliano, pero ese es otro tema que no es responsabilidad de Emilio Bueso. Por el momento, sean muy bienvenidos estos Extraños Eones.

Valdemar, col. Insomnia
Madrid, 2014 [2014]

Portada y sinopsis


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Los Buenos Servicios, de Julio Cortázar

Nos hallamos ante un relato que bien pudiera haber escrito Guy de Maupassant en su época en la que reflejaba la decadencia de la burguesía, con su mirada sobre las excentricidades y excesos de esta clase francesa, si no fuera porque Maupassant probablemente se hubiera centrado en las salas nobles y trasladado el protagonismo a uno de estos ricos, espectadores de un hecho inusitado.
Cortázar, en cambio, fiel a sí mismo, traslada el protagonismo a la servidumbre, en concreto a esta madame Francinet que entrará, en un primer momento, a una sociedad acostumbrada a pagar por sus caprichos y después a verse envuelta en una situación que, en resumen, lo que declara es que todo puede ser suplido si se paga lo suficiente. Lo social y la dialéctica humana siempre han estado muy presentes en las ficciones de Julio Cortázar.
Por hacer un resumen esquemático (el relato completo lo pueden leer en el enlace al pie de esta reseña), madame Francinet, sirvienta que se gana la vida como criada de bajo nivel, es contratada por una noche con la tarea encomendada de cuidar a los muchos perros (malcriados y molestos para los dueños de la casa, salvo para hacer unas monerías simpáticas a horas convenidas; el paralelismo entre estos perros (animales de compañía) y niños (animales de exhibición) es claro, pero no es lo fundamental del relato). Una tarea que hace como quien cuida de los hijos propios, es decir, sin hacer caso de las mil aprensiones de una clase no acostumbrada a tratar con ellos cotidianamente. Uno tiene la impresión de que los perros, por una vez, pueden ser realmente ellos y disfrutar de una velada agradable. El caso es que la señora Francinet, sin hacer nada especial, resulta un éxito en su tarea.
Aquí se produce un intervalo necesario, pero no imprescindible. Acabadas sus funciones, Francinet es abandonada en la cocina a la espera de su paga, envuelta por la indiferencia, salvo por monsieur Bébé quien, en una muestra que es vista como una excentricidad por sus iguales, charla un rato con ella y la invita a unas copas.
La definitiva vuelta de tuerca sucede un tiempo después, cuando uno de los anfitriones de esa fiesta, contando con los buenos servicios que prestó con los perros, acude a contratarla de nuevo, pero esta vez para una tarea distinta. Monsieur Bébé ha muerto, y no tiene familia. la propuesta es que, por una cierta cantidad, madame Francinet represente el papel de doliente tía, tal vez madre del difunto, y así supla una carencia de lo que (suponemos que suponen) tiene que tener todo funeral que se precie.
Hay también en el relato unas geometrías entre los personajes de los ricos, que insinúan historias y motivaciones entre sí y con Bébé, pero lo fundamental es, dejando aparte la historia tal cual la narra Cortázar, este subtexto social evidente. Madame Francinet es necesaria para cumplir un ritual (en realidad no, pero pudiendo comprar su concurso, ¿para qué privarse?); un ritual que, bien ejecutado por Francinet, no sólo cubrirá una necesidad, sino que incluso será catalizador de los sentimientos de los concurrentes (y así, por un precio módico, se sentirán mejores). Esta actitud, todo se puede conseguir con dinero, y su inmediata conclusión, para eso está la clase baja, para suplirnos en las tareas que no queremos, no sabemos o no podemos hacer, es omnipresente. Y no es menor que sepamos que, una vez utilizada, madame Francinet será ignorada cuando se la aparcó en la cocina la primera vez.
Los adjetivos se agotan con Cortázar. Hay que leer este relato para ver lo magistralmente trazado que está, su economía de medios, su unión de elementos de por sí intrascendentes que juntos forman toda una crítica a una sociedad, a la vez que componen una transgresión con todo aspecto de plausibilidad. 

En Los Relatos 1. Ritos
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Barcelona, 19763 [1959]

Publicado originalmente en Las Armas Secretas

Texto de Los Buenos Servicios


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El Señor Jones, de Edith Wharton

Edith Wharton es, sin duda alguna, la gran escritora de cuentos de fantasmas clásicos del siglo XX. Sus historias son originales, sus fantasmas, como han señalado varios estudiosos, no tienen miedo de mostrarse a la luz del día, y no siempre tiene que mostrarlos para que sean efectivos; su influencia se deja notar con incluso mayor potencia.
El relato que nos ocupa tiene todos los pronunciamientos clásicos del género: la herencia de una propiedad recibida por un familiar remoto que no ha conocido la historia de la familia, Una capilla en la que se encuentra una tumba con una lápida enigmática. Un cuadro que hace presagiar que la mujer que está ahí representada no tardará en recorrer los pasadizos en forma espectral... pero no. Una servidumbre que muestra todas las inquietudes y temores del nosotros-sabemos-cosas-que-la-señora-desconoce-y-preferiría-no-conocer.
Y sin embargo, Wharton no compone un relato de fantasmas al uso. Esa propiedad está regida por una especie de mayordomo de la familia, el señor Jones; pero éste se manifiesta esquivo en mostrarse, y de hecho, la protagonista no lo verá jamás. En teoría, porque se halla enfermo y no desea ver a nadie, siendo de avanzadísima edad.
Pero el señor Jones dirige la casa, aun desde su lecho (dondequiera que éste se encuentre, y ya estoy dando demasiadas pistas sobre el final), y así hay una habitación en la que es mejor no entrar, un despacho con los papeles de la familia cuya llave se ha perdido misteriosamente, y toda otra serie de pequeñas tiranías o insubordinaciones que obstaculizan de continuo la toma de posesión plena de la casa por parte de la protagonista. Los intermediarios en la comunicación entre el señor Jones y la dueña de la casa, las sirvientas, cada vez se muestran más nerviosas.
Wharton construye el relato desde la cotidianeidad y va incluyendo poco a poco elementos psicológicos que lo hacen cada vez más inquietante, hasta que estalla el final, ciertamente esperado, pero inusual en la literatura de fantasmas. Como todos sus relatos, la prosa en la que está escrito es cuidada y medida, y va destinada a reforzar el objetivo final. Y, en suma, es uno más de esos relatos que Edith Wharton escribía y que de inmediato llamaban la atención por sobresalientes dentro de un género que a veces se ha mostrado mecánico y repetitivo. No hay tal cosa en sus historias, sino un sello distintivo que las hace disfrutables incluso hoy.

(Mister Jones) 
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1930]
Edición de Michael Cox y R. A. Gilbert


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Dinero de Ida y Vuelta, de Donald E. Westlake

En esta compilación, Ed McBain se propuso hacer justicia a la más olvidada hija de la literatura, la novelette, ese formato que no es ni un relato largo ni una novela corta, sino que cae entre medio de las dos; eso provoca que su publicación en revistas sea imposible, y como libro independiente, difícil.
De hecho, algún escritor ha remarcado que, cuando a la vista del proyecto terminado, había dado a luz a una novelette, le entraban sudores fríos. Estaría obligado a hacer encaje de bolillos para encajarla en una colección de relatos, o de lo contrario ese texto no vería jamás la publicación.
McBain, con buen criterio, llamó a los mejores escritores del género negro-criminal (y a algunos que lo trascienden) para pedirles exactamente una de esas hijas desgraciadas.
La primera con la que nos encontramos es Dinero de Ida y Vuelta, del gran maestro de la variante humorística del género negro, Donald Westlake. Y en ella tenemos el gusto de reencontrarnos con uno de sus personajes fetiche, John Dortmunder, siempre acompañado de su amigo Andy Kelp. Dortmunder, uno de los ladrones más geniales de la literatura policial, pero también uno de los criminales con más mala suerte. Sus robos, siempre impecablemente trazados y a toda prueba, acaban por tropezar con algún imponderable que impide que se haga con el botín de su vida, que le permitiría retirarse, y se tenga que conformar con algunas migajas para ir tirando hasta su próximo y genial plan. Muy frustrante para Dortmunder, pero muy satisfactorio para el lector, quien observa con regocijo cómo esos imponderables tienen un componente cómico, y convierten a Dortmunder en un personaje fatalista, incluso cuando las cosas parecen ir a la perfección.
En el robo que nos ocupa (Dortmunder y latrocinio son sinónimos), Dortmunder, Kelp y el organizador tienen que entrar en una imprenta y pasar una noche imprimiendo billetes de banco. No dólares estadounidenses, por supuesto, sino siapas de una imaginaria república sudamericana. Una divisa innegociable fuera del país de origen, donde, con algún contacto, se podría vender por la mitad de su valor nominal en buenos dólares.
Todos los ingredientes de Westlake están ahí: el humor, el plan genial y su ejecución perfecta y el inconveniente que da el toque imprevisto y de intriga a la situación, a la vez que propicia momentos de comicidad.
Y es un placer reencontrarse con un autor que siempre ha merecido mejor suerte de la que ha tenido en nuestro país. Para corroborarlos, sólo tienen que leer este texto, junto a la presentación que de Westlake hace Ed McBain, en la que no exagera ni un ápice.

(Walking Around Money)
En Transgresiones I
Roca Ed., col. Lettera
Barcelona, 2007 [2005]
Compilación e Introducción de Ed McBain


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Marco Polo, de Maria Bellonci

Maria Bellonci está reconocida como una de las mejores novelistas históricas de Italia.
Sin embargo, Marco Polo no nos va a permitir evaluar todas las virtudes de la escritora. Porque se trata de una "video-novel", como dicen los italianos, es decir, una novelización de la serie homónima producida por la RAI, que sólo recuerdo vaga y fragmentariamente, probablemente porque en su paso en España yo estaba en el servicio militar (y ahí tienen un inconveniente más de la mili obligatoria).
En estos casos, la discriminación es clara: Los diálogos son debidos a los guionistas, y puede que los monólogos interiores también. Los paisajes quedan al albur de lo que haya filmado el director. Y donde la novelista puede poner su arte es en las descripciones y en parte de los pensamientos de los protagonistas. De manera que la estimación que podemos hacer de la escritura de Bellonci es sólo parcial y basada en estas formas narrativas. Por otra parte, la serie, que era de prestigio, provocó que la RAI buscara a una autora reconocida para dignificar el producto, y además Maria Bellonci había estudiado Il Milione de Marco Polo intensamente.
En esos aspectos en que podemos reconocer a la Bellonci, la novela es brillante. Hay que decir que su mayor acierto es el de fijarse en el personaje y no en las historias que contó, de manera que no estamos ante una rendición modernizada de El Libro de las Maravillas, sino ante la mirada sobre el marco Polo que viajó y estuvo en contacto con otras culturas, con lo que esta mirada se hace más introspectiva y, por supuesto, más fabuladora, más novelística. Escrita en un lenguaje sencillo, la novela se hace agradable, y los fragmentos descriptivos tienen una fuerte potencia visual para el lector (aún sin haber visto la serie). Pero, insisto, lo que se nos cuenta es una novela histórica sobre un personaje que existió, no una crónica sobre lo que hizo o dejó de hacer; por ejemplo, la Gran Muralla ante la que Polo se maravilla tanto en la novela, no es ni mencionada en El Libro de las Maravillas. Probablemente, porque Marco Polo la vio, pero no le dio importancia. La escala de valores era muy diferente a la actual.
Con todo, tenemos una novela histórica agradable y llevadera, que nos introduce al mundo del exotismo y de choque cultural que debió representar la peripecia de unos venecianos en la corte del Gran Kan.

Rizzoli Libri, col. BUR Contemporanea
Milán, 2004 [1982]

Sinopsis de la edición italiana


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La Barba del Viejo, de H. Russell Wakefield

Si miran las etiquetas con los autores que se han comentado en este blog, verán que Herbert Russell Wakefield no es un desconocido. No es intencionado. Sucede que , indefectiblemente, cada vez que me topo con una de sus historias de fantasmas, descubro algún punto original, una claridad narrativa o un tema inusitado.
De manera que los elogios que pueda dar a este autor, el último de los grandes de la literatura inglesa de fantasmas, ya serían redundantes.
En La Barba del Viejo tenemos el caso de una joven que empieza a tener pesadillas recurrentes en las que se ve involucrada con el cadáver de un viejo de barba larga y gris. Si creen que esto es inocente, deberían leer la descripción que del sueño nos da Wakefield: es realmente entre inquietante y repulsiva, y pocas veces se ha hecho tanto con tan poco en la literatura de terror.
Estos sueños derivan en alucinaciones, y por supuesto el tema se agrava hasta temer por la salud mental de la joven. La explicación viene al final del relato, y es entonces cuando el cuento de fantasmas adquiere todo su pathos de terror, pero de una forma originalísima, puesto que, si se trata de una maldición, ha escogido muy bien a quien atacar, es decir, al punto más débil.
En un relato con tanta implicación de lo onírico, la psicología freudiana no podía sino mostrarse, y Wakefield emplea, si no los postulados del viejo Sigmund, sí la incertidumbre que en el año 1929, cuando fue escrito el relato, provocaban los significados de los sueños que apenas se habían popularizado como simbólicos y puerta de acceso a otro mundo. En esta base racional, el autor se asienta firmemente para darnos una sensación de seguridad sobre el mundo real pero, a la vez, para prepararnos para la entrada a otro mundo terrorífico que no logramos aprehender.
Herbert Russell Wakefield lleva el relato con pulso firme, con ritmo excelso y con conclusiones que ciertamente lo convierten en una de esas historias que perduran en el tiempo.

(Old Man's Beard)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1929]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert


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El Huracán, de James Lee Burke

Rutina habitual para el detective Dave Robicheaux, de la policía del condado de Nueva Iberia. Lo habitual también para Otis Baylor, detective privado de Nueva Orleans. Ambos buscan sospechosos, transgresores de la libertad condicional, realizan tareas burocráticas, mueven papeleo y contactos. Pero lo hacen con el ceño fruncido de preocupación.
Porque el huracán Katrina se acerca.
Claro que en esta novela hay tramas criminales, y que se entrecruzan, pero no son sino circunstancias de un hecho que hace casi imposible investigarlas, de un hecho que convierte la vida en un caos en el que las prioridades son otras, en el que todo queda entre paréntesis.
Porque, en realidad, el personaje principal es una Nueva Orleans devastada, reducida a un cementerio al aire libre, a una anarquía violenta, a un inmenso campo de refugiados. Una ciudad destruida, perdida tal vez para siempre su personalidad, asesinada por un huracán y víctima de un homicidio voluntario como es la componenda de la prevención y la directa corrupción económica de la reconstrucción.
Es difícil encontrar en la narrativa negro-criminal norteamericana de hoy (salvo gloriosas excepciones) historias que imbriquen la realidad social de la trama. Burke podría haber situado un caso en el ambiente caótico del Nueva Orleans post-Katrina, era tentador, pero poco o nada hubiera significado, más allá del mero entretenimiento. Por fortuna, el autor sabe y reconoce que el auténtico trauma es el sufrimiento de la ciudad, no unos crímenes que serían notas a pie de pa´gina de una historia repleta de asesinatos y saqueos. El mérito es idear crímenes que expliquen este martirio por causas naturales primero y después por la acción del hombre. Adquieren entonces un simbolismo fatalista, una dimensión colectiva, y no es menor la suspensión de la legalidad durante la catástrofe y la recuperación paulatina y trabajosa de ésta a posteriori.
La vida sigue, nos dice Burke. Pero también nos dice que la vida no será jamás como antes. Y en la purga de esta transformación, el precio a pagar ha sido contado en vidas inocentes y culpables, en transformaciones individuales sufridas durante un hecho en el que el ser humano tuvo la oportunidad de sacar lo mejor y lo peor de su interior, en un libre albedrío que no puede ser visto de forma maniquea. Hay diferencias entre un saqueador de comida, uno de una televisión de plasma y uno dispuesto a matar por su botín, pero esas diferencias tienen que ver con sus circunstancias personales, con su origen social, con los símbolos de riqueza que se nos imponen y la filosofía de vida que es el paradigma de nuestra sociedad.

(The Tin Roof Blowdown)
RBA Libros, serie Negra
Barcelona, 2009 [2007]

Portada y sinopsis


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Fullcircle, de John Buchan

¿Es posible escribir una historia de fantasmas sin fantasma? Bueno, en caso que se quiera estafar al lector, creándole expectativas de terror y angustia cuya causa no se muestra, desde luego, pero también es posible escribir semejantes historias sin necesariamente mostrar el elemento perturbador, sino sus efectos, y hay varias muestras de ese tipo de relatos, de los cuales este Fullcircle (círculo vicioso, círculo cerrado) es una de sus mejores muestras.
El relato completo pueden leerlo en los enlaces que figuran al pie de esta reseña.
Para que se produzca ese milagro del relato de fantasmas sin espectro, necesariamente tiene que adoptarse un tono más pausado y calmado; cualquier pirotecnia sería caer en ese engaño que les citaba. Aquí, una casa tiene el protagonismo y el papel de catalizador, pero no por ello se trata de un relato de casa encantada o de "mal lugar"; los que narran pasan sus buenos ratos en ella sin que la casa se muestre invasora o atacante. Más bien, lo que se muestra es seductora como obra de Sir Christopher Wren que es (un guiño a la leyenda que acompañó al genial arquitecto inglés, que siempre tuvo un punto macabro y ocultista).
El caso es que la transformación de sus moradores a la que asistimos es, a la vez, insidiosa y pacífica. Los vemos convertirse de esos crédulos y combativos divulgadores de las paraciencias y de cualquier tipo de sistema social avanzado que aparezca, por estrambótico que sea (podríamos denominarlos, sin ánimo peyorativo, los friquis de principio del siglo XX) en personas apacibles, hogareñas y que aprecian la vida en lo que vale en su pasar diario, presididas sus existencias por ese intrigante retrato del primer morador de la casa con su irónica sonrisa, y que es uno de los motores del cuento, a la vez que una imagen que permanece en el ambiente. Todo ello da un relato de fantasmas benéfico, escrito de forma detallista y pausada, pero que no es ninguna tontería, gracias a sus detalles y a su buena estructura temporal. Un cuento del que uno sale con una sonrisa en los labios, pero también con la satisfacción de no haber sido engañado. Ha asistido a una historia de fantasmas sin terror, en efecto, pero con un fantasma bien tangible.
John Buchan no es un desconocido para los lectores, aunque nadie se acuerde de él. Es el autor de una de las novelas que dio origen a una de las mejores películas de Alfred Hitchcock en su etapa inglesa, Los 39 Escalones, y en ella ya se percibían las características que pueblan este relato: buen ritmo, algo de humor y un gran sentido narrativo.

(Fullcircle)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1928]

Texto en castellano de Fullcircle
Texto en inglés de Fullcircle


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La Leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth

He aquí la historia de un milagro. Pero uno tan inusitado, callejero y contemporáneo que es un milagro laico. Y no sólo argumental, sino también literario, porque Joseph Roth consiguió, con una extrema brevedad, escribir una obra maestra.
En quince jornadas (es decir, capítulos), veremos el peregrinar por la vida de Andreas Kartak, clochard parisino, que en un encuentro fortuito recibe doscientos francos de un desconocido. Sabedor que no los podrá devolver jamás, Andreas se resiste a aceptarlos, pero el desconocido le pide que si tiene que devolverlos a alguien lo haga a santa Teresita de Lisieux, en la iglesia de Santa María de Batignolles.
En ese deambular, una y otra vez Andreas se acercará a la iglesia con los doscientos francos adeudados, y una y otra vez será desviado de su propósito: por antiguas amantes, por antiguos amigos. Pero sucesivos milagros se suceden: en cuanto su bolsillo se vacía, de una u otra manera vuelve a tener dinero.
Y entre copas de vino y sucesos maravillosos, Andreas también va recuperando la conciencia de su vida anterior y encontrándose con su vida pasada, mientras Roth nos lleva a descubrirnos no tanto la vida como la integridad y bondad de ese santo laico, un santo bebedor e imposible, que obtendrá una muerte dulcísima y emocionante para el lector.
Pocas veces se ha escrito un libro así, con tanta maestría, en el que la naturalidad se combina con lo maravilloso y las situaciones que parecen insolubles desarrollan caminos inesperados que fascinan al lector.
Se ha exagerado, creo, en encontrar paralelismos entre esta obra y la vida de Roth, que era alcohólico y que también tuvo una muerte parecida a la de Andreas. Es evidente que en la literatura de la experiencia Roth sacó buenas lecciones de sus momentos de embriaguez para trasladarlas al papel, pero habiendo leído muchas más obras del autor austríaco me apresuro a afirmar que su talento no tenía porqué basarse en supuestas experiencias o en los hechos vividos en primera persona. La imaginación y estilo que derrocha en esta obra no tiene nada que ver con la biografía y mucho con el talento.
Hay muy pocos libros que causen que el lector desee prolongar en el tiempo su lectura, que no acaben jamás. Joseph Roth induce a esa sensación, y si bien la novela termina, su efecto perdura en el lector dejándole en la memoria una historia imborrable.

(Die Legende vom Heiligen Trinker)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 2006 [1939]

Portada y sinopsis


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El Gran Frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann

Hay que empezar diciendo que, después del tour de force que representó Don de Lenguas, ya entendía que volver a reproducir la brillantez de ambientación y trasfondo social de la España franquista de los años cincuenta era difícil, de manera que estaba dispuesto a un cierto bajón en la serie. El Gran Frío no es una mala novela, en absoluto. Funciona muy bien como un "quién lo hizo", está bien estructurada, y mantiene el interés. Sin embargo, hay grandes errores de concepto.
(El resumen de contraportada de Siruela es muy decente, de manera que para los detalles de argumento consulten el enlace al pie.)
Ana Martí ha dejado "La Vanguardia" y ahora es reportera de "El Caso", un paso acertado y hasta lógico. En esta investigación, Martí se traslada del ambiente urbano a un pueblo de la sierra del Maestrazgo, con lo que todo lo que tenía Ana Martí de activa y de trasladarse a los distintos niveles de una ciudad queda suprimido, y se ve recluida en un lugar pequeño y casi inmovilizada en una sola casa, lo cual es un grave error que priva de mucho de la personalidad de la protagonista (por cierto, y a pesar de llamarse "el gran frío", la novela no consigue transmitir esa sensación; hombres más recios que Ana Martí han probado el frío turolense y el recuerdo les ha perseguido toda la vida). Este enclaustramiento perjudica el ritmo y deja una impresión de pasividad por parte de la protagonista.
Que sea un ambiente rural no tendría que ser un inconveniente (Jim Thompson hizo una obra maestra con 1.280 Almas, por ejemplo), pero es que el pueblo que nos pintan las autoras tiene todos los estereotipos de la época: un cacique, un alcalde pesetero, un cura trepa, un maestro (algo) rojeras, un guardia civil bruto y un tonto del pueblo. Falta el médico altruista, pero es que el pueblo no tiene. Todos a la vez. Si alguien aduce que conoció un pueblo que era así y también tenía a todos estos tipos, le responderé que la realidad no siempre funciona bien en la ficción. Tener semejante catálogo de tópicos reunido no hace sino proporcionar a la novela un trazo grueso y poco sutil.
Hay un par de incongruencias argumentales, que no desvelaré para no perjudicar a los lectores que deseen leer esta novela, pero déjenme hacer notar a las autoras que el guardia civil puede tomarse un gran trabajo para mantener bajo llave en el cuartelillo todas las armas de fuego del pueblo, pero en el mundo rural, para matar, no se requiere una escopeta: cualquiera tiene a su disposición una panoplia de hoces, guadañas, horcas, azadones afilados como un cuchillo, etcétera.
Todos estos errores lastran una novela que hubiera deseado que fuera tan brillante como la que inició la serie. Esperemos que los aciertos, como el cambio de periódico de Ana o su ruptura sentimental (el enamoramiento de Ana no era uno de los momentos más lucidos de Don de Lenguas, precisamente) sean aprovechados en una tercera novela que espero con ilusión. Al fin y al cabo, equivocarse es el mejor medio de aprendizaje que existe.

Eds. Siruela, col. Nuevos Tiempos, serie Policiaca
Madrid, 2014 [2014]
Serie periodista Ana Martí nº 2

Portada y sinopsis


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Un Visitante de las Antípodas, de L. P. Hartley

Leslie Poles Hartley, conocido principalmente por el gran público por El Mensajero, novela sobre la cual Joseph Losey realizó una famosa película, cultivó el género del relato de fantasmas con aprovechamiento y originalidad, recibiendo elogios (tal vez un poco tardíos) como uno de los más originales autores.
En apariencia, el relato de fantasmas que les presento hoy (y que aquellos que lean inglés pueden consultar en el enlace que figura al pie de la reseña) es muy convencional. Un hombre llega a Inglaterra después de hacer fortuna en las antípodas. En paralelo, otro hombre sube a un autobús, un hombre ciertamente macabro, siniestro, rígido, y no sólo mentalmente.
Poco a poco, de forma sutil, ambas historias se van entrecruzando. El rico es demasiado expansivo y demasiado feliz de estar en Inglaterra como para que sea trigo limpio, el extranjero demasiado mecánico como para no tener una obsesión. No es necesario decir qué sucederá en el encuentro a aquellos que estén habituados al género de fantasmas.
Sin embargo, hay detalles distintivos que hacen de este cuento algo único y que lo distinguen de las otras ficciones de la época. Su imaginería por ejemplo, esos detalles que son imágenes inusitadas que se quedan en la mente del lector y que preparan cuidadosamente la atmósfera del relato. Pocos pueden olvidar esa rigidez del "visitante", y pocos su manera de proceder, fría, ominosa.
Por otro, la conversación entre el camarero y el potentado, sobre la ley y la regla, y sobre la justicia que al final puede alcanzar a todos, una anticipación del final pero que sitúa al lector en contexto.
Y unas vivas imágenes de unos juegos infantiles que alcanzan dimensión psicológica, anunciando la condenación cruel del protagonista.
Todo ello procede por acumulación, dando una dimensión barrocamente psicológica a la vez que enormemente moderna en su devenir violento y extremo.
Poco se ha editado de Hartley en España. Una lástima, puesto que el resto de sus relatos responden maravillosamente a las expectativas de modernidad y de profundidad dentro del género, y constituyen unos de los mejores ejemplos de construcción narrativa.

(A Visitor from Down Under)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1926]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de A Visitor from Down Under



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La Máscara de Dimitrios, de Eric Ambler

Cuando un autor recibe elogios de su contemporáneo Graham Greene, que fue candidato al Nobel de literatura, y pasados muchos años John Le Carré, el mejor de entre los mejores de la literatura de espionaje, declara que "Ambler es la fuente de la que todos bebemos", quiere decir que el lector no va a encontrarse con un autor más, con un mero artesano.
Ambler explica en sus memorias que los thrillers de su primera época como escritor, los años veinte y treinta, le aburrían. Le parecían mecánicos, repetitivos, acartonados, con personajes estereotipados, sin personalidad y de un tiempo pasado. Lo que hizo en su obra fue introducir los ambientes sórdidos, la cotidianeidad, el mundo contemporáneo en lugar de refugiarse en la época victoriana o eduardiana, la falibilidad en las acciones y, sobre todo, dotó a sus personajes, tanto los protagonistas como los villanos (y en ocasiones, ambos coincidían), de personalidad y matices (de humanidad, si se quiere), haciéndolos dudar, temer, errar, amar u odiar; no hallarán en la obra de Ambler un personaje lineal o simple, y estas convoluciones de los caracteres convirtieron sus novelas en tan realistas como para resultar cercanas al lector.
Existe un consenso general en que La Máscara de Dimitrios es la mejor de sus novelas, y ciertamente es una fama justificada; incluso se pueden trazar sus influencias en obras como El Tercer Hombre. Desde luego, metió de un puntapié al thriller en la modernidad.
Latimer, escritor de novelas policíacas (de esas con mayordomo y té a las cinco, y hay una buena dosis de ironía sobre el género de la época en ello), es llamado en Istanbul por el coronel Haki, del servicio secreto turco, justamente porque es un aficionado lector de sus novelas. Por casualidad, estando en el despacho del coronel, se recibe la noticia del hallazgo del cadáver de Dimitrios Makropoulos, un criminal, en palabras de Haki, de «historia incompleta, sin valor artístico, sin investigaciones, sin sospechosos ni móviles ocultos, pura sordidez». Y Latimer se siente tentado de investigar la historia de ese criminal, tal vez el primero auténtico que encuentra en su vida, aunque sea en forma de cadáver.
Jugando con la complicidad y la inteligencia del lector (y es notable el respeto de Ambler por sus lectores), sabemos muy bien que la investigación que Latimer empieza, tratando de seguir y completar la historia, tiene el truco de que el cadáver rescatado en el Bósforo no es en realidad el de Dimitrios, y que éste aparecerá tarde o temprano, pero eso es precisamente una de las virtudes de la novela: Dimitrios se constituye en presencia ominosa, constante en su ausencia pero amenazante en su posible aparición. Latimer investiga los crímenes brutales de Dimitrios en Esmirna, sus intrigas y espionaje en los Balcanes, su actividad de gran criminal en Italia y Francia. Poco a poco, se va delimitando lo que era un mero espectro, una sombra, hasta ir formando la imagen de un hombre despiadado, manipulador e inteligente, un criminal sin escrúpulos, cuya aparición, precisamente por haber estado ausente durante tantas páginas, no es sino un clímax de emociones y de peligro, un encuentro entre el ingenuo e inofensivo Latimer y el implacable y letal Dimitrios.
Hay que decirlo bien alto: escrita en 1939, esta no es una novela que no tuviera más mérito que el de marcar un hito en su época. Leída hoy sigue conservando toda su potencia, su estructura pulcra, su ritmo perfecto, su ambientación realista y sus personajes creíbles. Es la obra maestra de Ambler, pero sigue siendo una de las mejores novelas del género, una referencia de pasado, de presente y, setenta y cinco años después de escrita, se puede afirmar que también de futuro. 

(The Mask of Dimitrios)
Edhasa, col. Pocket
Barcelona, 2004 [1939]

Existe reedición en RBA

Portada y sinopsis


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Barri Perdut, de Patrick Modiano

En cuanto se supo de la concesión del premio Nobel de literatura a Patrick Modiano, los medios echaron mano de tópico y declararon lo de siempre, a saber: Que los miembros de la academia sueca se pasan el año meditando a qué escritor desconocido pueden premiar para así tocar las narices a los periodistas culturales. Eso es confundir la ignorancia propia con el mundo real, y no es de extrañar que después (salvo honrosas excepciones) salga lo que sale en las revistas literarias.
Lo cierto es que Modiano ha tenido una edición constante e inmediata en España (como demuestra el libro que comento) y, sin ser un superventas, sí tuvo y tiene su público.
Se ha premiado a un novelista. Quiero decir que, por mucho que tenga estilo propio, el fuerte de Modiano es estructurar una historia de tal manera que interese, que intrigue, que permita al lector entrar y conocer el pensamiento y la psicología de los protagonistas, y que mediante sus historias muestre diversas épocas y lugares de París. Porque se ha apuntado (esta vez, con razón) que París es un protagonista más de las novelas de Modiano. No sólo es cierto, sino que es posible recorrer cada una de sus historias como si de una guía de viajes se tratara.
Sorprende de Barrio Perdido que su tono general sea casi el de una novela policiaca. Casi, porque llega a un punto donde el enigma criminal deja de ser importante para trasladarse a la vida interior (y anterior) del protagonista.
Ambrose Guise es un autor de novelas policiacas que vuelve a París para resolver unos contratos de edición, después de veinte años de ausencia de Francia. Una ausencia que se remonta a cuando se llamaba Jean Dekker y su vida se desarrollaba alrededor de un grupo bohemio y rico que era parte de una Francia que se desvanecía. Un drama criminal forzó su huida de de París y de una vida que era una forma de autodestrucción.
Modiano recupera en esta novela un paisaje del París de los años cincuenta, un París que permanece en pie pero cuya vida se extinguió y cambió a otra cosa. A través de Ambrose / Jean asistimos a una vida que se abocaba a la nada, a un proceso de negación y finalmente a un regreso necesario para, por fin, realizar la catarsis que permitir´el olvido y el emprender una nueva vida.
Modiano nos lleva a través de los enigmas que representan sus personajes, sostenuiendo nuestro interés en este recorrido simbólico y emocional; un viaje interior y exterior que nos habla de asumir y superar el propio pasado.

(Quartier Perdu)
Columna Eds.
Barcelona, 1985 [1984]

Existe edición castellana en editorial Cabaret Voltaire
Portada y sinopsis de la edición castellana


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La Víctima, de May Sinclair

May Sinclair, por desconocida que pueda resultar por estos lares, es una importante figura de las letras inglesas, la primera escritora que utilizó el término "flujo de conciencia", lo que también se denomina "monólogo interior" y lo practicó a fondo en sus obras. Eduardiana por la época, sin embargo fue una sufragista activa, voluntaria en el cuerpo de ambulancias en el frente de Flandes durante la Primera Guerra Mundial, y gran pionera de las teorías psicoanalíticas, por las que se apasionó y que influyeron en su obra. El cuento que hoy comentamos, y que sólo es uno de las historias de fantasmas que escribió y que se reunieron en Uncanny Stories, fue publicado en la revista The Criterion por T. S. Eliot.
Steven Ackroyd es un hombre violento. Demasiado violento, y proclive a dejarse llevar por sus impulsos. Cuando el primo de su prometida pretende besarla, se supone que fraternalmente, Steven le pega una paliza que lo deja medio muerto. Ha sido demasiado, y su prometida Dorsy ha empezado a temerle también, de manera que, después de pedir consejo al anciano señor Greathead, el patrón de Steven, rompe el compromiso y se marcha.
Steven cree que el detonante de esta ruptura ha sido Greathead, y su odio por él, que no era poco anteriormente, crece hasta llevar la venganza al asesinato. Un asesinato sanguinario, frío, metódico, brutal, del que May Sinclair no nos ahorra detalles (por lo menos para la época) y en cuya descripción sin duda tuvo que pesar alguna escena contemplada en los campos de batalla y hospitales de campaña de Europa.
Steven es impulsivo y violento, pero no tonto. Lo ha planeado todo al detalle, y sigue su vida normal, aunque cada vez más amargado. Y entonces... bueno, se trata de un relato de fantasmas, ¿no?
Sólo que en esta ocasión Sinclair no sigue el patrón habitual. No sigan leyendo si tienen el proyecto de leer este relato, porque no queda más remedio que explicar algún detalle.
Los relatos de fantasmas "benéficos" no son inusuales en la literatura (al fin y al cabo, los fantasmas de Navidad de Scrooge pretenden la redención de éste), pero si bien los espectros pueden tener una intención final buena, los medios que emplean siempre son terroríficos. En esta historia no. El fantasma de Greathead aparece, cierto, pero no es amenazante. A lo más terrible a lo que se enfrenta Steve es a su propia conciencia, avivada al límite de la locura por la visión del espectro (un tema psicoanalítico como pocos) y es en esta tesitura que Sinclair nos muestra que nuestra propia mente es más poderosa que cualquier otra amenaza. El final del relato lo dejaré sin desvelar.
Es seguro que desde el 1922 se han escrito relatos que tratan las apariciones fantasmagóricas de manera similar. El género tiene un campo muy estrecho, y las variantes principales ya se formularon hace mucho, pero pocos se habrán escrito con tanta intensidad psicológica, brillantez estilística y estructura narrativa tan exacta. En su época supuso una sorpresa, una elegante innovación en el género, y si bien la sorpresa es menor hoy día, la originalidad y el estilo se mantienen intactos.

(The Victim)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1922]
Edición de Michael Cox y R. A. Gilbert


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Baudelaire por Gautier. Gautier por Baudelaire

Hubiera sido divertido que estas "dos biografías románticas" hubiesen sido escritas como un juego, como queriendo poner ante cada uno de los poetas un espejo en el que se vieran reflejados en la mente del otro. Pero no.
Gautier escribió esta biografía poética tras la muerte de Baudelaire, mientras que éste hacía su escrito desde la admiración y como introducción a una obra de un escritor consagrado.
Sin embargo, sí existe algo de este juego de espejos que apuntábamos. Románticos ambos, no obstante no habían escritores más dispares, pero el aprecio mutuo que se profesan es evidente, en lo que no puede entenderse más que como la facultad de ambos para reconocer el genio literario.
A un nivel necesario y básico, ambos textos cumplen su función de estimular la lectura de los biografiados, no en vano Gautier le otorga "el más honroso título" que puede tener un literato, y Baudelaire, a su vez, lo denomina "un perfecto hombre de letras". Pero el segundo nivel es el de la lectura después de que el lector haya pasado por la obra. Ambos escritores se analizan, descubren los matices del otro, ponen en valor sus logros frente al resto de escritores de su generación; si no hay envidia, sí por lo menos hay una atención fija en los lugares a los que cada uno hubiera querido llegar y que fueron conquistados por el otro.
Hay, incluso, otro nivel más. Puesto que se conocieron y frecuentaron, estos textos suponen una mínima crónica del ambiente literario de una Francia (y, por extensión, de Europa) enormemente vital en sus manifestaciones literarias y repleta de "ismos". En este relato de encuentros descubrimos el París de los salones, las diferentes opiniones y debates que se producían y las afinidades y rivalidades que se daban.
Es una lástima que estos textos se escribieran antes del surgimiento del psicoanálisis, que hubiera proporcionado con sus teorías otra herramienta de interpretación a ambos escritores y que seguro hubieran desarrollado con brillantez. Sin embargo, la aguda percepción poética que tenían el uno del otro suple con creces eso que no puede ni denominarse carencia. Desde poéticas diferentes, claro, pero eso es lo que hace a estas biografías interesantes. Como he dicho antes, la grandeza de ambos fue la de reconocer el genio y admirarlo sin paliativos y sin mezquindad. Que ese genio era auténtico lo prueba la persistencia de la obra de Baudelaire y Gautier casi siglo y medio después.

Nostromo / Mauricio d'Ors Ed.
Madrid, 1974 [1868]


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"No lo Comprendo, No lo Comprendo". Conversaciones con Akira Kurosawa

Y quienes conversan con él son Nagisa Oshima, Gabriel García Márquez y Donald Richie, ni más ni menos. En diferentes registros, Richie haciendo un repaso película a película hasta Yojimbo, de 1961, Oshima entablando la conversación de un "joven Turco" que sin embargo reconoce los méritos del maestro al que entrevista y García Márquez en una charla de iguales, de creador a creados. Estos diferentes puntos de vista proporcionan una visión global sobre el cine y la idea que de él tiene un cineasta reconocido internacionalmente  pero incomprendido durante mucho tiempo en su país.
A Kurosawa se le llamaba "el emperador", no precisamente como un elogio, sino insinuando cierto carácter tiránico. En el transcurso de estas conversaciones queda claro que lo que pasaba por autoritarismo era en realidad un conocimiento intenso de todas las técnicas cinematográficas. Resulta que, antes de la guerra, la productora Toho en la que estaba como aprendiz de ayudante de dirección Kurosawa emprendió un programa educativo en el que todos los cineastas en período de aprendizaje tenían que pasar por todos los departamentos, desde carpintería hasta guión, y aprender cualquier aspecto técnico. Los especialistas posteriores creyeron que Kurosawa se metía en lo que era su dominio. En realidad, probablemente Kurosawa dominaba mejor que ellos sus técnicas, o por lo menos sabía cómo enlazarlas mejor con la totalidad de la producción.
De todas maneras, lo más importante de este libro es la visión que del cine tenía Kurosawa y las muy claras ideas de cómo superar una actitud anticuada que existía en Japón sobre cómo filmar los distintos temas.
Esa filosofía, que le hizo ser poco apreciado en su patria, supuso un paso enorme para la cinematografía nipona, y es seguro que, con mayor o menor talento, que eso no es controlable, el cine japonés actual es heredero de esta visión que Kurosawa, junto a Ozu, Mizoguchi y otros, con penas y trabajos, imprimieron a sus películas.
En unas conversaciones inteligentes, imprescindibles para comprender de verdad la historia de la cinematografía japonesa, y tremendamente valiosas para conocer el pensamiento del director, el habitualmente huraño Kurosawa revela sus opiniones sobre el trabajo creativo y sobre lo que el cine aporta al respecto de la comprensión de la vida y el ser humano. Descubrimos, no las ideas de Kurosawa (irreductible y tenaz, éstas se encuentran es su cine), sino el proceso creativo de un genio, uno de los pocos que ha sido capaz de tender un puente entre culturas muy diferentes, y hacerlo con brillantez y una personalidad arrolladora.

(artículos de Film Quarterly, Akira Kurosawa: My Life in Cinema y Los Angeles Times Calendar)
Confluencias Ed., col. Conversaciones
Almería, 2014 [1960, 1993 y 1991]
Introducción de Donald Richie

Portada y sinopsis


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La Tercera Expedición, de Ray Bradbury

Las historias del padre absoluto de la ciencia ficción poética siguen conservando una envidiable salud, y una persistencia en la memoria que dice mucho de la imaginación del maestro.
Es el caso de La Tercera Expedición, también conocida como ¡Marte Es el Cielo!, un relato perteneciente al ciclo de las Crónicas Marcianas que impacta a quien lo lee por primera vez, y conserva su magia en las siguientes lecturas, por su mezcla íntima de géneros y su lógica interna.
Situado dentro del ciclo en "Abril de 2000" (¡Qué tiempos aquellos del optimismo en la colonización de los planetas!), la tercera expedición a Marte llega a este planeta y se encuentra frente a una visión que no pueden creer: un pueblecito, idéntico a los de la América Rural, de hecho idéntico a los del Illinois del que proceden algunos de los tripulantes del cohete.
Pero no sólo el pueblo es idéntico en su forma. También lo es en los de los más queridos recuerdos de los tripulantes, y la nostalgia de la Tierra que esto impone hace que éstos abandonen la nave para comprobar de cerca que no están soñando.
No lo hacen, aunque sí hay algo de ensueño cuando se encuentran con sus seres queridos, vivos y ansiosos de recibirlos, viviendo en las casitas de madera. Marte es el cielo, concluyen, y allí es donde van a descansar las almas de las buenas personas que conocieron. Y ellos han podido, gracias a un viaje en el espacio, descubrir esta verdad y recibir el premio de volver a ver a abuelos, padres y hermanos largamente desaparecidos.
Pero no. Marte no es el cielo, y de hecho es un infierno en el que las visiones de ensueño se convierten en la peor de las pesadillas.
Bradbury había empezado su carrera de escritor como autor levemente lovecraftiano, ciertamente autor de cuentos de terror, y cuando redactó los relatos que acabarían componiendo su ciclo marciano no se privó de incluir algunos con regustos ciertamente macabros. Aunque, y esa fue su magia, imbuyó a esos relatos, situados en un lugar muy lejano en el espacio, de una nostalgia que está presente en toda su obra, de un paraíso perdido como el de la niñez, y del contraste entre la inocencia y la realidad. Construido con ese regusto poético por las definiciones de la vida sencilla, el hecho de que suceda en un mundo en el que la colonización de Marte está teniendo lugar no hace sino potenciar todos los elementos del relato, desde la nostalgia a la extrañeza, incluyendo ese final que es uno de los más originales que jamás se han escrito en la ciencia ficción.

(The Third Expedition o Mars Is Heaven!)
En Crónicas Marcianas
Planeta DeAgostini, col. Biblioteca de Ciencia Ficción
Barcelona, 2004 [1948; revisada 1950]

Texto en inglés de Mars Is Heaven!


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Butcher's Crossing, de John Edward Williams

El inexplicable olvido en el que cayó un estupendo narrador como John Williams va siendo reparado, aunque sea póstumamente, con las reediciones de sus obras en Estados Unidos y la edición por vez primera en nuestro país.
Si con August nos encontrábamos ante una novela histórica profundamente reflexiva para con la soledad del poder, en Butcher's Crossing, en un cambio de registro que al parecer no fue inhabitual en su autor, tenemos un western antiépico, una novela de iniciación y de rito de paso que en segundo término se ocupa de desposeer a un género americano excesivamente mítico de todo lo que de heroico sobreimpuesto tiene. No hace tantos años que la vida de Buffalo Bill era, en sus diferentes versiones, un libro juvenil que ensalzaba el mito de un cazador sacrosanto que, como un nuevo Hércules, triunfó en todas las pruebas a las que se sometió. Hoy, y aun respetando la figura del mito (que sabemos fue un poco o un mucho autoconstruido), sabemos que Buffalo Bill estuvo a punto de, si no él solo, contribuir a la práctica extinción del bisonte americano (y directa o indirectamente a la hambruna de las tribus indias). Que fuera alguien producto de su tiempo no lo exime del juicio histórico, y su comportamiento ya no debería ser ejemplo para nadie.
Viene el bisonte a cuento porque de esto trata, en un nivel, esta novela. William Andrews llega a Butcher's Crossing, un poblacho semiprovisional formado alrededor de la caza de búfalos, tras abandonar Boston, donde era estudiante de leyes en Harvard. Busca el contacto con la naturaleza, la comunión con los grandes espacios y (se trasluce) la épica del pionero, sea un cazador, un trampero o un buscador de oro. Esto queda claro cuando le es ofrecido un empleo como contable en la empresa que trafica con las pieles de bisonte, y que Andrews rechaza. Es, incluso en Butcher's Crossing, un empleo demasiado civilizado, demasiado parecido a la ciudad que ha renunciado a la naturaleza y que Andrews ha abandonado.
Pero sucede que el viejo oeste da sus últimos estertores. Es inminente la llegada del ferrocarril, y lejos están los tiempos en los que los bisontes cubrían la pradera hasta donde alcanzaba la vista. Los rebaños que quedan, cada vez más escasos, son de cuarenta o cincuenta cabezas, y aun así son cazados sin piedad.
Hasta que Andrews habla con Miller, un cazador independiente, tal vez la única figura de la novela que se aproxima a lo mítico. Él ha visto un valle entre las montañas de Colorado donde pace un rebaño de bisontes de centenares, miles de ejemplares. Un valle al que sólo él sabe llegar y que con tan sólo una expedición podría hacerles ricos.
Es así como empieza un viaje hacia un mito que se hace realidad, porque ese valle y esos bisontes existen. Pero es una expedición que a la vez es antimito y negación, porque su objetivo último es despoblar de búfalos el lugar, convertirlo en otro valle más, liquidar la esencia de las historias que Miller podría contar al calor de una hoguera. La inmensa contradicción de Andrews es que, huyendo de la civilización que niega la naturaleza, se ha convertido en agente civilizador, el pionero de la destrucción de lo natural.
Pero también es un viaje iniciático. En él descubrirá el trabajo manual, el hedor, los parásitos, el sufrimiento y la muerte. Y saldrá transformado de la experiencia. No sabemos si para bien o para mal, pero sí que sospechamos que su mirada ya siempre se dirigirá hacia el oeste.
Todo ello narrado con un estilo directo pero que no elude la reflexión, que describe pero da claves a la interpretación, que narra pero que también hace pensar. Un estilo equilibrado y apasionante, que lleva de la mano al lector hasta el fin de una antiépica, hasta la comprensión de lo que existió detrás del mito.

(Butcher's Crossing)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2013 [1960]

Existe edición castellana en Ed. Lumen

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John Williams
«Un dels millors llibres que s’han escrit mai sobre la naturalesa elusiva d’Occident.» Time Out New York  

Portada y sinopsis de la edición castellana