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Ahi, Paloma, de Rosetta Loy

Ay, Paloma es una novela en la que las vivencias de su autora se confunden con la narrativa. En el verano de 1943, un grupo de adolescentes pasa las vacaciones en un pueblo de montaña, Brusson. Vacaciones o bien un alejamiento de las miserias de la guerra, que los bombardeos aliados ya han empezado a verter de forma más directa sobre la población italiana.
En un principio, no vemos más que a este grupo de adolescentes haciendo lo que todos los de su edad hacen en semejante situación: sus reuniones, sus juegos, sus charlas, los incipientes amores de verano que se forman, acompañados siempre por las notas de la canción "Ahi Paloma" que suena en un gramófono, sus incertidumbres y sus temores en una edad de cambios.
Sin embargo, la llegada de la fecha de la caída de Mussolini y el armisticio con los aliados, la traición o no traición de Italia para con los alemanes y, en resumen, la creación de un nuevo orden de cosas, acelerará el crecimiento de estos jóvenes, metiéndolos, casi de un empellón, en la edad adulta.
Rosetta Loy, que vivió esa época precisamente a esa edad (con lo que es difícil discernir lo fabulado de lo vivido), elige para esta obra una estructura evocativa, más que narrativa. Lo que describe son escenas, pequeños cuadros casi de costumbres, que representan más postales de una época que no una narración lineal de los protagonistas. Son pequeñas situaciones, algunas anodinas y otras dramáticas, pero que ayudan a poner en situación una época de forma atmosférica. La razón para esto es, sencillamente, que estas cosas sucedieron. La autora no busca una novela de tesis o de testimonio, sino una representación del ambiente que la gente de su generación respiró y vivió por aquel entonces, y cómo las pequeñas decisiones de la adolescencia fueron sustituidas por las grandes decisiones de la edad adulta, tal vez sin que estuviesen preparados para ello (uno de los veraneantes se alista con los camisas negras de la República de Salò; otro es delatado como judío a las SS; otro se une a los partisanos).
En un texto enormemente breve, Loy nos proporciona este tiempo vivido, esta atmósfera y este cmbio a la fuerza que afectó a una generación, de forma extraordinariamente natural, sin grandes fuegos de artificio, pero sin escatimar ninguno de los dramas que sucedieron en una época convulsa.

Einaudi Ed., col. I Coralli
Milán, 2000 [2000]

Portada y sinopsis de la edición italiana

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Le Strade di Polvere, de Rosetta Loy

Giulio Einaudi Ed., col. ET Scrittori
Turín, 19959 [1987]

Rosetta Loy no era una recién llegada a la literatura cuando en 1987 produjo una obra maestra absoluta como es esta Le Strade di Polvere [Los Caminos de Tierra, pero también pueden ser Los Caminos de Polvo].
Estructurada en forma clásica de saga familiar, al novela relata la práctica fundación de la hacienda familiar en el Monferrato por el Gran Masten, y su paso por tres generaciones, iniciándose con el Pidrèn, a su vuelta de las guerras revolucionarias y napoleónicas, hasta las historias de los bisnietos del Gran Masten, ya en los primeros tiempos de la Italia unificada. Esto como telón de fondo. Pero estas historias personales y familiares describen algo más, como es la transformación del campo italiano a lo largo de los años, en una estructura que recuerda a veces el Novecento de Bertolucci, desde las aspiraciones del patriarca de la familia a convertirse en un particolare, un hombre con tierras propias, que pueda sentar a su familia en el banco de al lado de la familia aristocrática de la región en la iglesia del pueblo; al desarrollo de los nuevos usos agrarios; el desplazamiento de la aristocracia y su sustitución por la pequeña burguesía del campo; y, finalmente, el abandono de las últimas generaciones para emigrar a la burguesía urbana, un abandono agrario representativo del despoblamiento rural y la creación de un nuevo paradigma social. Y a la vez, una historia no sólo de la familia, sino también de la casa que se enraiza en esas tierras, como si fuera un personaje más.
Pero si podemos hablar de obra maestra no es por la trama, por muy atractiva que sea, que lo es. Lo que deslumbra de esta novela es la seguridad con la que está escrita, el absoluto dominio de la técnica y el tempo narrativo, la precisión con la que Rosetta Loy nos hace transitar por la historia.
Nada es superfluo en esta novela, todo sirve para un fin, no hay ningún cabo suelto en la historia.
Narrada en un estilo naturalista, con algunas intrusiones del fantástico, Loy nos presenta personajes de los que no pretende nada, salvo mostrarlos. No hay hagiografías en este libro: los personajes son como son, con sus vicios y sus virtudes, sin que se pretenda hacerlos simpáticos o antipáticos. Lo son, una u otra cosa, en ocasiones, pero siempre en coherencia con su personalidad, y eso hace que resulten vivos, tanto que tienen más visos de ser reales que algunas personas reales.
Loy se permite anticiparnos lo que sucederá, pero eso no nos importa, porque el lector percibe que no es tanto qué sucederá cuanto cómo sucederá. Es una capacidad notable en un escritor y sólo al alcance de quien sabe que aquello que está escribiendo está dominado y que, sin prepotencia pero con convencimiento, sabe también que interesará al lector.
Son cualidades excepcionales. Si no me creen, busquen escritores capaces de hacerlo y surgirán sólo un puñado de ellos. En este convencimiento y maestría (que debe haber requerido un trabajo inmenso, que sin embargo no se trasluce en la extraordinaria suavidad del desarrollo), una escritora puede edificar cualquier cosa. Y hacernos disfrutar con ella.

Portada y sinopsis de la edición italiana