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Dinero de Ida y Vuelta, de Donald E. Westlake

En esta compilación, Ed McBain se propuso hacer justicia a la más olvidada hija de la literatura, la novelette, ese formato que no es ni un relato largo ni una novela corta, sino que cae entre medio de las dos; eso provoca que su publicación en revistas sea imposible, y como libro independiente, difícil.
De hecho, algún escritor ha remarcado que, cuando a la vista del proyecto terminado, había dado a luz a una novelette, le entraban sudores fríos. Estaría obligado a hacer encaje de bolillos para encajarla en una colección de relatos, o de lo contrario ese texto no vería jamás la publicación.
McBain, con buen criterio, llamó a los mejores escritores del género negro-criminal (y a algunos que lo trascienden) para pedirles exactamente una de esas hijas desgraciadas.
La primera con la que nos encontramos es Dinero de Ida y Vuelta, del gran maestro de la variante humorística del género negro, Donald Westlake. Y en ella tenemos el gusto de reencontrarnos con uno de sus personajes fetiche, John Dortmunder, siempre acompañado de su amigo Andy Kelp. Dortmunder, uno de los ladrones más geniales de la literatura policial, pero también uno de los criminales con más mala suerte. Sus robos, siempre impecablemente trazados y a toda prueba, acaban por tropezar con algún imponderable que impide que se haga con el botín de su vida, que le permitiría retirarse, y se tenga que conformar con algunas migajas para ir tirando hasta su próximo y genial plan. Muy frustrante para Dortmunder, pero muy satisfactorio para el lector, quien observa con regocijo cómo esos imponderables tienen un componente cómico, y convierten a Dortmunder en un personaje fatalista, incluso cuando las cosas parecen ir a la perfección.
En el robo que nos ocupa (Dortmunder y latrocinio son sinónimos), Dortmunder, Kelp y el organizador tienen que entrar en una imprenta y pasar una noche imprimiendo billetes de banco. No dólares estadounidenses, por supuesto, sino siapas de una imaginaria república sudamericana. Una divisa innegociable fuera del país de origen, donde, con algún contacto, se podría vender por la mitad de su valor nominal en buenos dólares.
Todos los ingredientes de Westlake están ahí: el humor, el plan genial y su ejecución perfecta y el inconveniente que da el toque imprevisto y de intriga a la situación, a la vez que propicia momentos de comicidad.
Y es un placer reencontrarse con un autor que siempre ha merecido mejor suerte de la que ha tenido en nuestro país. Para corroborarlos, sólo tienen que leer este texto, junto a la presentación que de Westlake hace Ed McBain, en la que no exagera ni un ápice.

(Walking Around Money)
En Transgresiones I
Roca Ed., col. Lettera
Barcelona, 2007 [2005]
Compilación e Introducción de Ed McBain


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El Doctor Saul Ascher, de Heinrich Heine

En primer lugar, decir que el tal doctor Saul Ascher existió realmente. Y Heine lo conoció. De si eran amigos o no, y de si los postulados filosóficos que defendía Ascher hicieron tanta gracia a Heine como para hacerle figurar en un relato en el que el doctor es levemente ridiculizado, eso ya lo ignoro.
El caso es que Heine escribió este pequeño relato de fantasmas como parte de su Viaje por el Harz,y lo hizo en tono humorístico y casi desmitificador. Si tenemos en cuenta que Heine ha sido considerado el último de los románticos alemanes, y al mismo tiempo el que puso fin a esa corriente literaria (y de vida), esta desrromantización de la historia de fantasmas tradicional centroeuropea, que hacía furor por aquel entonces (de hecho, Heine cita en este relato a los Cuentos Alemanes de Varnhagen von Ense, otro contemporáneo, que está leyendo poco antes de la aparición del doctor Ascher).
Bueno, el relato, en su brevedad, poco secretos tiene en su trama. Un doctor que defiende que la mente es el principio más elevado, cree que los fantasmas no pueden existir, y está empeñado en demostrar este principio racionalmente. Un día anuncian a Heine que ha muerto, pero poco después el buen doctor se aparece a Heine para seguir la conversación... El resto, en los enlaces que figuran al pie de esta reseña.
Lo que hace Heine con el cuento de fantasmas tradicional es despojarlo de truculencia, insinuar que los fantasmas no son más temibles que los seres que pululaban en carne y hueso en su anterior vida terrenal y, desde luego, ironizar sobre todas las filosofías que, por mucho que la mente sea el principio más elevado, no se basan en la experiencia ni en el mundo real y objetivo.
No era poca cosa en la Alemania romántica, cuyos modelos se trasladaron a la España de décadas posteriores, y que defendía el tenebrismo, el malditismo y, sobre todo, la figura romántica del espectro condenado.

Fragmento de Die Harzreise 
En Relatos de Miedo
Ed. Bruguera, col. Club Joven
Barcelona, 1982 [1826]

Texto en castellano de El Doctor Saul Ascher
Texto completo en alemán de Die Harzreise


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La Suerte de Jim, de Kingsley Amis

Comentando la obra de su hijo Martin Amis ya dijimos que la sátira corría por sus venas como parte de la herencia familiar.
La más famosa sátira de Kingsley Amis es La Suerte de Jim, pero lo cierto es que no se había traducido jamás al castellano. Tal vez se la viera como una novela demasiado inglesa, y tal vez como demasiado dependiente de una cierta época de la historia inglesa. Es muy posible que este fuera el principal inconveniente, y que para ser comprendida del todo necesitara de una introducción a la época y la sociedad inglesas (de la que sigue careciendo). Porque lo cierto es que, aparte de la historia directa del Jim Dixon del título, esta novela puede ser leída como una metáfora de la Inglaterra del momento, como una crítica feroz de un carácter inglés empeñado en mirarse al ombligo sumergido en los ritos de un pasado ya desvanecido.
Veamos, en 1953 Gran Bretaña acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial (entendida como algo que se prolongó más allá de 1945 en las restricciones materiales e incluso alimenticias), un conflicto en el que había entrado como potencia mundial y del que había salido como un cero a la izquierda en el plano internacional. La descolonización avanzaba a toda máquina; en 1948 se habían perdido la India y Pakistán. Gran Bretaña era una isla extraña que vivía del cambio de la guardia, las ceremonias de la monarquía, las regatas de Oxford y Cambridge y los uniformes y ritos de escuelas y universidades, unas reliquias ciertamente pintorescas, pero en el fondo curiosidades inoperantes en un mundo en el que el sistema de valores había cambiado irremisiblemente. Lejos en el futuro estaban la aparición de los Beatles, Carnaby Street y el Swinging London, que serían los nuevos iconos británicos.
Jim Dixon es un mediocre profesor de historia en una provinciana universidad de provincias (y no es una redundancia). Su presente y su futuro están claros: como se le ocurra destacar académicamente por encima del rector perderá su trabajo. Como resulte demasiado popular entre los alumnos, perderá su trabajo. Como resulte demasiado inútil y se dedique a la buena vida académica, perderá su trabajo. Como surja un escándalo en su vida privada, perderá su trabajo. La mediocridad es su meta, y así tiene que ser, colateralmente, para así proporcionar una educación mediocre a sus alumnos, que así saldrán preparados para enfrentarse  a una vida en la que pasar por la universidad es un signo de distinción, no algo que les haga mejores. Y así, pasa su vida en aburridos conciertos y jornadas culturales universitarias, relacionándose con el mundillo de la facultad, tan mediocre y esnob como la universidad misma y, para acabar de complicarle la vida, manteniendo una especie de noviazgo con Margaret, histérica que lo mantiene comprometido mediante el intento de suicidio que tuvo al romperse una relación anterior con otro hombre, pero que con Jim mantiene tan sólo una apariencia de compromiso sin, desde luego, sexo (y ni tan siquiera demasiadas familiaridades).
Pero Jim no es así. Tiene que sobrevivir y necesita el empleo, pero aún así hay una rebeldía soterrada en él, y empezará a surgir cuando aparezca Christine, la acompañante del muy lechuguino hijo pintor del rector.
Puesta la novela en contexto, la sátira, tanto la directa como la metafórica, es feroz. La cumbre viene cuando Jim tiene que dar una conferencia sobre la "Vieja Inglaterra" necesariamente elogiosa con los viejo valores, cuando lo que le pide el cuerpo es decir (y lo dirá) que «la verdad sobre la vieja y alegre Inglaterra es que fue el periodo menos alegre de nuestra historia. Sólo los aficionados a la cerámica artesanal, a la agricultura orgánica, a la flauta de pico, al esperanto...»
En 1953, Kingsley Amis estaba hasta el gorro de la vieja Inglaterra; probablemente tan harto como lo estaban las generaciones jóvenes de ingleses, embutidos en una sociedad vagamente victoriana, con una brecha social entre la clase "alta" y la "obrera" y otra generacional, forzados a ritos decimonónicos (o anteriores) y a valores de metrópolis colonial (sin colonias). Una sociedad que miraba con profunda desconfianza toda innovación, todo cambio.
Kingsley Amis fue de los primeros, con esta novela, en pegar una patada a esa arcaica estructura social. No la derribó, pero sí hizo notar el polvillo de carcoma que de ella se desprendía, y prefiguró la reacción de una nueva Inglaterra en esta novela genial e incisiva.

(Lucky Jim)
Eds. Destino, col. Áncora y Delfín
Barcelona, 2007 [1953]
Trad. de José Manuel Benítez Ariza

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A través de sus enredos y desventuras, Kingsley Amis traza una sátira brillante de la vida inglesa con una ironía finísima e hilarante.

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El Hombre que Vendió Cuerda a los Gnomos, de Idris Seabright

Hay que hacer dos precisiones: Idris Seabright es el pseudónimo de la escritora Margaret St. Clair, que no es que sea muy conocida en España, pero algo más que su nombre de pluma; es autora de El Signo de Labrys, una curiosa novela fantástica en la que introducía elementos folklóricos y de la magia wicca (estamos hablando de los años sesenta, de manera que esto era bastante raro, antes de la explosión del Wicca como complemento de la New Age). Nunca pretendió publicar en revistas o editoriales de la corriente principal literaria, y defendía las novelas de género diciendo que tenían menos tapujos y eran más frescas en su aproximación a la cultura popular y tradicional en sus aspectos más oscuros y que tenían cierta cualidad de balada que se evitaba en la literatura más convencional.
La segunda precisión es que, pese al denodado desconcierto del traductor de la época, que debió considerar que era una errata o un capricho, no se trata en este cuento de gnomos, sino de gnolls o gnoles, criatura fantástica ficticia creada por Lord Dunsany y que ha pasado a integrar el bestiario fantástico anglosajón. Terry Pratchett los hace aparecer en la novela Jingo. La descripción académica es la de un ser parecido a una hiena humanoide, aunque cada autor, al parecer, les atribuye las características que quiere.
Lo que me ha gustado de este relato es ese desparpajo encomiable que tienen algunos autores fantásticos para introducir lo extraño con toda naturalidad y sin disculparse por ello, El argumento y todo el cuento, que es muy breve, apenas seis páginas, es muy convencional en el sentido de las historias infantiles, aunque en este caso esté destinado claramente a un público adulto, con su toque irónico. Un hombre, representante de cordelería, decide hacer el negocio que le encumbrará a la cima de las ventas, y es venderles cuerdas a los gnoles. Para ello, se dirige a lo más profundo del bosque, y allí, tras largo deambular, por fin encuentra la casa de uno. Lo que sigue es una completa demostración de las cualidades de un vendedor a puerta fría, pese a las dificultades de comunicación que hay entre el ser sobrenatural y el prosaico vendedor, pero parece que por fin llegan a entenderse y a formalizar un acuerdo.
Por descontado, los problemas de comunicación con otra cultura y el no saber cuándo detenerse en una transacción ponen las cosas muy difíciles, trágicamente complicadas para nuestro comerciante en cuanto pretende tener como pago los ojos de repuesto del gnoll.
Estas historias no sirven para otra cosa que para despertar una sonrisa en el lector, hacerle pasar un buen rato y emular por unos instantes el ambiente de cuentos extemporáneos que se solían explicar en las tabernas en los tiempos anteriores a la televisión. No hay profundidad ni caracterización, ni los necesita. Sencillamente trabajan con lo que se ha dado en llamar bizarro y entretener. No es poca cosa, se lo aseguro.

(The Man Who Sold Rope to the Gnoles)
En Cuentos que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1951]


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Lionel Asbo. El Estado de Inglaterra, de Martin Amis

Lionel Asbo, el personaje central de esta novela, en realidad no se apellidaba así. En un giro que los lectores británicos pueden captar casi de inmediato, ASBO son las siglas de Anti Social Behaviour Order, Orden contra el Comportamiento Antisocial. Lionel Pepperdine cambió de apellido legalmente cuando obtuvo una de esas interdicciones a tan temprana edad como para marcar un récord nacional de precocidad, un hecho del que se siente particularmente orgulloso.
Lionel Asbo es el tío de Desmond Pepperdine, quien, huérfano, tiene a Lionel como figura paterna, o más bien antipaterna. Desmond, inmerso en el mundo de Diston Town, un barrio marginal de Londres, es inteligente, sensible y sensato. Su método para salir de la marginalidad que impera en su ciudad, en su familia y en su casa es simple: escuchar atentamente los consejos que su criminal tío le imparte y hacer todo lo contrario. Resulta un milagro, pero Desmond puede así convertirse en un buen estudiante, después en universitario y enamorarse y vivir con Dawn sin tener que recurrir a la delincuencia a la que parecía predestinado.
Un día, a Lionel, que reparte su vida al cincuenta por ciento en meterse en problemas y en pagarlos en la cárcel, le tocan 140 millones de libras en la lotería. Y se opera el cambio. ¿En Lionel? No por cierto. Lionel sigue siendo la mezcla de hooligan y desaprensivo que siempre ha sido, aunque ahora lo es con dinero de sobra y cierta desorientación sobre el mundo que le rodea. No, el cambio se opera en el resto del mundo. La prensa y la sociedad le desprecia como el "botarate con suerte" que es, pero eso no es más que la expresión de una insana envidia. Por lo demás, Lionel está en la cresta de la ola, y sus comportamientos gamberriles son vistos como las excentricidades de un nuevo rico de clase baja. Además de reírle las gracias, el dinero abre puertas, el dinero lo compra todo (o casi); el dinero no le hace respetable, pero sí respetado. Y Desmond, que nada quiere de esta fortuna y que tiene cierto cariño por su antipadre, intenta seguir su vida sin que Lionel le transforme.
Hay muchas más cosas y circunstancias en esta novela; Amis no es un narrador que se aferre sólo a una idea, y por eso el lector encontrará varias subtramas más, perfectamente integradas. Pero en cuanto al objeto principal de esta novela, la frase "Estado de Inglaterra" no se refiere, por supuesto, al concepto de estado como nación, sino al estado de cosas del país. Desde antes de nacer incluso, puesto que su padre, Kingsley Amis, fue también un excelente narrador que puso en solfa la sociedad del Reino Unido en sus novelas, Martin Amis, decía, desde siempre ha ejercido una sátira de la sociedad británica, con un humor tan ácido que resulta corrosivo.
Y en esta novela lo que hace es pasar revista a los modelos de popularidad y poder que predominan en el Reino Unido. La adoración de la prensa por el gamberrismo y los excesos, siempre que vayan acompañados de dinero. El pozo sin fondo de iniquidad que representan los barrios bajos y deprimidos, en los que se priman modos de comportamiento. la asunción de ese modelo de inglés, bebedor, juerguista, gamberro, inculto por elección, mal hablado y delincuente marginal que no sólo es visto como normal, sino con un punto de orgullo y de gracia.
Esta es una novela humorística. Extrema, delirante a veces. Pero tan convincente en sus ambientes que siempre sobrevuela en el lector la impresión de que es pavorosamente real. No hay más que leer los tabloides ingleses para acentuar esta impresión.

(Lionel Asbo. State of England)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 2014 [2012]

Portada y sinopsis


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No le Oigo, Señor, de Avram Davidson

Ya saben la veneración que este blog tiene por las historias de Avram Davidson, un autor al que sus colegas respetaban y admiraban y que nunca, sin embargo, alcanzó la popularidad que se merecía. Sus relatos son ingeniosos, imprevistos, cultos, sorprendentes y, en muchas ocasiones, humorísticos o irónicos.
En el caso del que nos ocupa hoy, es todo eso, y en su brevedad ofrece una historia que puede ser tildada de ciencia ficción, pero que más bien es una fantasía grotesca, muy en el estilo de las que gustaba de escribir.
Milo Anderson es un canalla, un estafador, un ladrón, y finalmente ha llegado al final de la cuerda. Sus trapicheos han hecho que el dinero obtenido con malas artes se haya esfumado, y en cambio las deudas que ha contraído no. Ahora espera la llegada de algún agente (cualquier agente de los muchos que le persiguen) que le obligue a pagar el préstamo, si no puede con dinero con la vida.
Y mientras busca en vano en esa casa algún cachivache que vender para apaciguar algo a sus acreedores, topa con un trasto robado, lo mismo que todo lo que antes contenía la casa, a un viejo coleccionista de arte y objetos raros.
Lo que esa cajita, una vez abierta, revela ser es un teléfono primitivo, muy anterior a la invención de Bell (sí, sí, me apresuro a añadir que hay fuertes dudas de que Bell no robara la idea y el aparato mismo, pero por el momento me ceñiré al tópico escolar). Pero es un teléfono muy peculiar. Sólo se puede hablar con los abonados que figuran en un listado anejo, y lo malo es que sólo se puede mantener una sola conversación con ellos. El primero de la lista es Washington, Geo., Gent., hacendado, Mt. Vernon, número Patriot 1-7-7-0. Y sí, se trata de George Washington.
Milo intenta ejercer sus artes de emabaucador con uno tras otro de los abonados, sin éxito. Hasta que, en el límite de plazo, y con el último de los listados, el abonado le envía por fin algo que puede mitigar su situación. El último abonado es el general Benedict Arnold, West Point 1-7-8-0. Claro que lo que le envía Arnold difícilmente va a satisfacer las necesidades de Milo...
El único óbice a este relato es que es necesario tener conocimientos de historia estadounidense, en particular de la Guerra de Independencia Americana, para captar todo el sentido. Pero es un inconveniente menor. Una consulta rápida a wikipedia permitirá al lector descubrir con rapidez que Arnold no es precisamente el personaje más preciado de la historia de los Estados Unidos. Podríamos decir que, en manos de Davidson, los canallas se han puesto en comunicación.
Por lo demás, un relato que empieza con una base profundamente realista se va exacerbando cada vez más hasta convertirse en una fantasía tremenda y genial, de lo más original e inesperada que se pueda encontrar.
Los lectores de Avram Davidson, sin embargo, no nos extrañamos. Es lo que este autor solía regalar a su público.

(I Do Not Hear You, Sir)
En Cuentos que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 1978 [1957]


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Dinero Embrujado, de John Collier

John Collier merecería ser mejor conocido por el público lector español. Si existió un Roald Dahl, cáustico y sorpresivo, es probablemente porque Collier mantuvo la llama de ese tipo de relato. Su producción no se limitó a esas historias extraordinarias, sin embargo, y entró en lo sobrenatural, lo terrorífico, la fantasía, la distopía, etc. Siempre con una gran clase. Prueba de ello es que haya sido ensalzado por Anthony Burgess, Ray Bradbury, Neil Gaiman o Paul Theroux.
El relato Dinero Embrujado es tremendamente original, y es casi imposible de clasificar: no es de terror, aunque se evoca el horror del asesinato colectivo; no es sobrenatural, aunque algunos de sus pasajes tienen una imaginería tal; no es un policíaco, aunque haya un crimen; es, sí, un relato de humor, pero de un humor negro. Pero lo más notable de todo es que su motor narrativo es financiero. Entendámonos, muchas historias tienen como móvil el dinero, pero muy pocas tienen como argumento central los mecanismos financieros en sí. Y, para rematar el tema, cuando encuentren un relato cuyo título es parte integrante de la narración, algo que la complementa y matiza, presten atención a su autor. Es señal de narrador meticuloso y conocedor de su oficio, cuando menos. Es el caso de este cuento.
En un pueblo perdido de los Pirineos Orientales aparece de repente un loco. Un loco, claro está, para los habitantes del pueblo. En realidad se trata de un pintor, que queda fascinado por lo desolador del paisaje, por la luz, por los árboles escasos. Claro, todo esto los habitantes lo consideran una locura: tierra miserable, sol abrasador y pocos árboles raquíticos. El caso es que el pintor quiere alquilar una casa, pero allí las casas no se alquilan, se compran y venden. Muy bien, entonces el pintor comprará una casa. Y lo hará, a precio prohibitivo, pero lo hará. Y cuando llega la hora de pagarla, el forastero saca un librito, arranca una hoja y se la tiende al aldeano, diciéndole que es tan bueno como el dinero en efectivo.
En el pueblo nadie sabe ni leer ni escribir, y mucho menos conocen un cheque bancario, que es lo que efectivamente ha entregado el pintor. Para pasmo del pueblerino, cuando viaja a Perpiñán para cobrar el cheque en el banco, al cabo de una semana le entregan el dinero.
A partir de aquí todo lo que se explique del relato es romper su magia, de modo que si no quieren quedarse sin la sorpresa, lean el cuento en alguna de sus ediciones y dejen de leer esta reseña salvo en su último párrafo.
Por supuesto, la mente humana nunca descansa, y lo que los aldeanos saben es que ese artista tiene todo un libro lleno de esas hojas que valen treinta mil francos cada una. ¿Y quién conoce al pintor? ¿Y quién sabe que está en el pueblo? La conclusión lógica y el reparto del botín siguen. Entonces es cuando se desata una auténtica fiebre financiera, inflacionaria y consumista en el pueblo. Usando los cheques (en blanco y sin firmar) como moneda corriente entre los habitantes, empieza a moverse el dinero, a ampliar negocios, a adquirir lujos. Pero claro, un día u otro ese dinero tendrá que "exportarse" fuera del pueblo... El final del relato es brillante en su contención, pero también en lo grotesco de su imaginería.
Es un relato brillante, inusitado, realizado con unos instrumentos que nadie, a mi conocimiento, había empleado hasta entonces, un cuento único en su clase, y uno que da una muy buena referencia de quién fue el gran narrador llamado John Collier.

(Witch's Money)
En Cuentos Que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1939]

Reeditado en español en el libro Fiesta en una Botella, de Ed. Contraseña


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El Enredo de la Bolsa y la Vida, de Eduardo Mendoza

En esta ocasión, las aventuras del loquito innominado que protagoniza las hilarantes aventuras que Mendoza escribe con menos frecuencia de la que desearíamos sus lectores, le llevan a la Barcelona de mediada la crisis económica (si es que 2012 era el punto medio de la crisis, que está por ver). Su búsqueda de un antiguo compañero de manicomio, tan mal atracador como el protagonista es mal detective, le hará recorrer una ciudad poblada de bares vacíos y llena de turistas, con bazares chinos que han reemplazado todo el comercio tradicional y estatuas vivientes, músicos ambulantes y pizzeros sin seguro como principales trabajos.
Desde que Mendoza excarceló del manicomio al protagonista, sus aventuras ya no son las salidas de un Don Quijote contemporáneo que contemplara los cambios de la ciudad con un estupor asombrado y una admiración desconcertada, sino incursiones en un mundo real que más bien parece de locos y en el que mejor no permanecer mucho tiempo, so pena de volverse tan idiota como las gentes que lo pueblan.
Si bien se ha perdido un toque de ingenuidad a lo Cándido, se ha ganado en ferocidad en la sátira que, mediante la bendita exageración, se vuelve retrato y paisaje, sin que se pueda decir que se aleja de la realidad.
«Era admirable ver cómo aquellos potentados, tan duramente golpeados por la crisis financiera como acababa de saber leyendo un trozo de periódico, seguían manteniendo la apariencia de derroche y jolgorio con el único fin de no sembrar el desaliento en los mercados bursátiles.» Se lo crean o no, con otras palabras, claro, este mensaje se transmitió en su momento a la sociedad, diciendo que había que mantener el nivel de consumo para no "enfriar" la economía y porque si guardábamos el dinero iba a ser peor. Bueno, pues esa es la clarividencia de Mendoza en su visión novelística del mundo. Con conceptos de origen tan demenciales como este, que Mendoza consiga darles una vuelta de tuerca más hacia la sátira es prodigioso. Claro que a ello ayuda ese lenguaje, cervantino y refinado, que el narrador prodiga y que convierte en humorístico el mundo, amén de emparentarlo con la novela picaresca y la sátira del Siglo de Oro. Es una combinación única y en extremo eficaz, que muestra no sólo maestría literaria sino también una creatividad desbordante (los nombres de establecimientos y personajes son antológicos, por ejemplo).
Pero sobre todo es su visión del mundo la que es extraordinaria. De una sociedad que creemos normal y en realidad es más majareta que los antiguos internos del manicomio. Un sistema social que está para que lo encierren, y a nosotros nos den una cura de reposo y un gramo de cordura. Reírse con las novelas de Mendoza es muy sano; en definitiva, es reírnos de nosotros mismos, y nada es mejor para el espíritu que eso.

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve
Barcelona, 20125 [2012]
Serie del loquito detective nº 4

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Una sátira genial, como las que sólo Eduardo Mendoza sabe hacer.

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La Concessione del Telefono, de Andrea Camilleri

La Concesión del Teléfono es una de esas novelas enclavadas en el territorio mítico de Vigata (que es y no es Porto Empedocle) con las que Camilleri abandona a su comisario Montalbano para llevarnos a la Sicilia histórica, aquella que tal vez ha conformado la Sicilia de hoy.
Camilleri suele usar la sorna, ese humor irónico que era favorito del padre de todos los escritores sicilianos, Pirandello, y que Sciascia, por ejemplo, empleó a conciencia. En este caso, la historia relatada parte de un equívoco: Pippo Genuardi escribe insistentes cartas al prefecto pidiendo la concesión de una línea telefónica (estamos en 1892, cuando una línea telefónica particular era poco menos que una extravagancia); no importa la insistencia, no importa que Pippo equivoque el destinatario, que en lugar de ser el prefecto debería ser la Administración de Correos y Telégrafos. Lo que importa es que en lugar de llamarlo Marascianno, Pippo escribe "Parascianno", cosa que el prefecto toma como una afrenta personal. Y le echa encima a los carabineros, pidiendo que le informen de la orientación política de Pippo; sugiriendo, claro está, que al más mínimo indicio, cierto o falso, de desafección, Pippo pase a residir en la cárcel.
A partir de esta anécdota ínfima, Camilleri logra un cuadro sobre la Sicilia de la época, desde los prefectos "extranjeros" que no comprenden nada de Sicilia, hasta la mafia y sus imbricaciones (el auténtico poder sobre el territorio) y el carácter siciliano en general, con consecuencias nefastas para Pippo, quien tampoco es un dechado de virtudes que digamos.
hay la tendencia de calificar a Camilleri como un escritor que, psé, escribe policiacos o bien escribe bufonadas. Esta apreciación pasa por alto no sólo la auténtica dimensión del Camilleri escritor, con un dominio del italiano y sus dialectos como pocos han logrado, sino que omite el análisis profundo que, riendo riendo, hace de Sicilia.
En esta novela tenemos una exposición más que lúcida sobre el uso del lenguaje; la costumbre siciliana de la media palabra, de la metáfora en apariencia inocente, de lo no dicho pero implícito... que los que son sicilianos dominan a la perfección. De ahí la costumbre de, cuando no queda más remedio, se diga "¿Puedo hablarle 'papale papale'?" o "¿a la latina?", indicando que, muy a disgusto de quien habla, se van a decir las cosas claras y sin circunloquios.
Prueba de ello es la división de la novela en "cosas escritas" y "cosas dichas". Con lo escrito vemos la fachada de las cosas, en su mayoría inocentes, coherentes, racionales. Pero no sabemos apenas nada. Es con las cosas dichas (y muchas más veces no dichas pero insinuadas) cuando descubrimos la auténtica historia que hay detrás. Sobre todo, hay una recurrencia: quien habla claro, o no es creído o lo paga caro. Quien calla, o habla en acertijos, en cambio, tiene las líneas de comunicación abiertas y una vida más larga por delante. La verdad, en Sicilia, no sólo es desagradable sino que parece de mal gusto, algo que emplear únicamente con los niños o con los tontos.
La Concesión del Teléfono es una novela divertida, a veces hilarante, una historia de equívocos sobre equívocos que desembocan en tragicomedia, pero también una historia de Sicilia a nivel de la gente que la puebla. No en vano, como quien no quiere la cosa, Camilleri de permite decir, a través de uno de sus personajes: «¡Pienso en este pobre yerno mío, atrapado en medio del Estado y la mafia!» «Genuardi no es el único, si eso le sirve de consuelo. Tres cuartas partes de los sicilianos están atrapados entre el Estado y la mafia.»

Sellerio Editore, col. La Memoria
Palermo, 199828 [1998]

Exitste edición castellana en Eds. Destino

Portada y sinopsis de la edición italiana

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La solicitud de una línea telefónica en un pequeño pueblo siciliano desencadena una divertida serie de peripecias burocráticas, malentendidos y maniobras. Una visión a la vez cómica, realista y amarga de la sociedad siciliana.

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Una Noche en Vagón-Cama, de Bret Harte

Francis Bret Harte, conocido en el mundo de la publicación simplemente como Bret Harte, fue uno de los primeros maestros americanos en el periodismo y la narración de frontera. En concreto, es recordado por sus relatos sobre la vida en la California de los pioneros, y su estilo fue inspiración para Mark Twain (quien, sin embargo, desconfiaba de la veracidad de sus relatos de frontera) o Ambrose Bierce, que llevó al extremo el humor y el espíritu satírico que Bret Harte destilaba en su prosa y en su poesía.
En el relato Una Noche en Vagón-Cama (que tuvo edición en España en la colección Austral), Bret Harte empieza con una diatriba contra los viajes en ferrocarril, los restaurantes de estación y todo aquello que hace en teoría agradable un viaje y en realidad es una tortura. Y entonces, enmarcado en este contexto de monotonía y aburrimiento, suben al tren dos pasajeros, que empiezan a relatar cómo se produjo un altercado en un funeral. Todo se inició con un contratista de funerales que introdujo perfecciones en su arte, en concreto el dar a los cadáveres a los que arreglaba la última sonrisa, la de la "resignación del cristiano".
La historia se va desarrollando, lenta y pausadamente, aunque nosotros, lectores, no estamos al corriente del contexto, y finalmente se llega al punto en el que, embalsamado el señor Wilkins, alguien a quien difícilmente se le vería sonreir en vida, y habiendo contratado su viuda esa beatífica sonrisa de quien entra en el reino de los cielos, entra en el salón de la funeraria un amigo del difunto, un médico de Chicago. Y, con sólo echar un vistazo al muerto, se encara con la viuda, preguntando por la causa de la muerte. Cuando ésta dice que de tisis, el médico estalla, declarando que esa sonrisa antinatural que luce el muerto es el risus sardonicus del envenenado por estricnina.
Y entonces llega la estación de ambos interlocutores, que descioenden del tren mientras el resto de viajeros que hasta el momento disimulaban, intentan que cuenten el final del asunto.
En su ambientación, diálogos e incluso en este final inconcluso, que sin embargo es consecuente con los viajes en ferrocarril que antes ha criticado, Bret Harte nos proporciona un esbozo humorístico tanto del viaje en sí como de una historia extrema cuyo final sólo podemos conjeturar, aunque lo supongamos.

(A Night in Bed Wagon)
En Entre la Frontera y el Patíbulo. Humoristas Norteamericanos
Ed. Tiempo Nuevo, col. Insignia
Caracas, 1972 [?]

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El Príncipe de la Niebla, de Martin Mosebach

Lerner es un joven periodista, con ambiciones, al que su puesto en un periódico berlinés le viene pequeño, sobre todo porque sólo le encargan que cubra las noticias de incendios. Hasta que un día entra en su vida la señora Hanhaus, exuberante, vital, acostumbrada a imponer su voluntad al asalto.
Ella le convence, o más bien lo fuerza, a embarcarse en una aventura estrambótica: con el pretexto de buscar a un explorador polar perdido, el periódico le financiará una expedición, cuyo objetivo primordial, en cambio, será poner pie en la ártica Isla del Oso, posible depositaria de grandes depósitos de carbón de hulla, delimitar un perímetro y reivindicarla para el Imperio Alemán y, ya de paso, para la fantasma Sociedad de la Isla del Oso, formada por la señora Hanhaus y, posiblemente, por el joven Lerner, aunque de esto no puede estar seguro.
Semejante extravagancia, que al parecer está basada en un hecho real, le sirve a Mosebach para relatar, con fino humor, una historia demencial del aventurerismo colonial, que tanto rendimiento dio a los británicos; puesto que ellos (en uno de los mejores pasajes del libro) dominan esta clase de peripecias por el mundo, es necesario que los alemanes se trasladen al Ártico. Claro que en el Ártico están los rusos, concretamente un buque acorazado que llega poco después de que lo haga Lerner.
Las peripecias diplomáticas, empresariales y políticas de esta singular experiencia de colonialismo son narradas en el libro, pero sobre todo, lo que importa son dos personajes, uno mayor que la vida, la aventurera, estafadora y chantajista señora Hanhaus, y el joven Lerner, al que la vida parece empeñada en frustrar cualquiera de sus ilusiones y convertirlo en un fracasado, y que finalmente encontrará su lugar de la forma más inesperada.
La propia excentricidad de la empresa anima a seguir leyendo esta interesante novela, que sin embargo se encalla algo en su parte central; pero son sobretodo las desventuras de Lerner y el desparpajo y descaro de Hanhaus, una dama que jamás mira atrás en sus acciones, las que constituyen el patrimonio de un retrato de época perfectamente logrado, en el que lo colonial y exótico se aunaba con lo imperial y nacionalista. Sin perder nunca de vista el rendimiento económico, claro.
En suma, una novela agradable que trata un período poco habitual en la literatura y lo hace con humor y buen criterio.

(Der Nebelfürst)
Acantilado / Quaderns Crema, col. Narrativa
Barcelona, 2012 [2001]

Portada y sinopsis

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Periodismo en Tennessee, de Mark Twain

Uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana moderna, Mark Twain fue también un humorista de mérito, tanto en su vertiente cómica sin más como en la vena satírica.
En el relato que hoy les presento, y que pueden leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña, nos encontramos a un periodista que, necesitado de reposo y tranquilidad, va a Tennessee para encontrarla. Nada más lejos de la realidad. Su primer trabajo, encontrar errores y omisiones en los periódicos hermanos, es denostado por su director. Los periódicos no son hermanos, sino enemigos. Y feroces, porque de inmediato se suceden una serie de atentados, duelos y peleas a cuchillo entre el director y miembros de la competencia o lectores descontentos con lo que se ha dicho en el periódico de ellos, incidentes en los que el que peor parado sale es nuestro joven reportero.
Aparte Bret Harte, que fue el padre de todos, los que llevaron la literatura y la sátira de esta época a su máxima expresión fueron Twain y Ambrose Bierce. En el relato que nos ocupa la sátira es feroz, y cabe preguntarse si, siendo como era Mark Twain periodista, es tan exagerada como parece de la realidad. Al fin y al cabo, tanto Bierce como Twain también empezaron a dar forma a la mitología del Salvaje Oeste, una mitología cruda, si se quiere, pero que tiene ciertas resonancias con la épica clásica, pero tampoco hay que olvidar que en la época el espíritu de frontera estaba muy presente, la cultura de las armas era universal y la ley era algo que se iba formando conforme llegaba la civilización. De manera que no sería de extrañar que, en un estado donde las pasiones siempre han figurado a flor de piel, los supuestos agravios sobre el papel se resolvieran de forma violenta.
En cualquier caso, y teniendo en cuenta estas connotaciones mitológicas del Oeste americano, y la importancia de la prensa local en la época (mito o no, la mayoría de westerns tienen en sus pueblos de mala muerte la oficina de un periódico local), se trata de uno de los relatos más satíricamente feroces de Twain, y uno de los más divertidos, una delicia para el lector, que puede disfrutarlo con plenitud viendo la escalada de violencia extemporánea que se desarrolla en sus páginas.

(Journalism in Tennessee)
En Entre la Frontera y el Patíbulo. Humoristas Norteamericanos
Ed. Tiempo Nuevo, col. Insignia
Caracas, 1972 [1871]

Texto en castellano de El Periodismo en Tennessee
Texto en inglés de Journalism in Tennessee

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La Patente, de Luigi Pirandello

Un relato delicioso, en el que Pirandello nos muestra a un juez, algo insatisfecho con su trabajo, dudar sobre un litigio que tiene sobre la mesa: la demanda contra dos jóvenes que ha interpuesto un hombre, quien los acusa de haberle hecho el signo de los cuernos a su paso por la calle, porque lo estiman un jettatore, un aojador, alguien que echa el mal de ojo.
Es conocido por todos el aspecto siniestro del litigante, de manera que la burla o el gesto es natural en los transeúntes. Con todo, llevarlo a los tribunales le parece al juez excesivo, e intenta buscar una solución amistosa entre las partes. No obstante, en su despacho se presenta el Chiàrchiaro, el presunto aojador, con un aspecto todavía más terrible: levita negra y larga, gafas gruesas, barba en cepillo; en suma, todas las características arquetípicas del jettatore. Cuando el juez lo interpela, Chiàrchiaro declara que el juez es su enemigo, pues pretende privarlo de lo que ahor constituye su existencia, como es la declaración oficial de que es un jettatore, un aojador hecho y derecho, con declaración judicial incluida, que tiene que formalizarse mediante la absolución de los jóvenes y la declaración de que no estaban haciendo más que lo debido, es decir, intentar protegerse del mal de ojo.
El juez está estupefacto, con su mundo ordenado vuelto del revés, pero Chiàrchiaro le explica que es su mundo el que se vino abajo cuando, justamente por su aspecto, fue echado de su trabajo como escribiente, no puede ganarse el pan, sus hijas no se casarán con nadie puesto que nadie querrá emparentar con un aojador y, en suma, su vida está por completo arruinada. Pero con la patente, ¡ah!, con la patente... con ella podría situarse ante las casas de juego, y cobrar por irse de la puerta. Con ella podría encontrar un modo de vida. Y por eso ha decidido acrecentar su aspecto en el oficio al que ha sido condenado.
Este cuento, ciertamente humorístico, se vuelve genial cuando Pirandello, por boca de Chiàrchiaro, describe su tragedia, motivada por su aspecto, y entonces Pirandello deja fluir la ternura que nos provoca este personaje inverosímil a pesar suyo, este monstruo creado por la superstición y por los demás, que sin embargo es un ser humano. Cualquier otro autor se hubiera detenido en el chiste. Luigi Pirandello aprovechó para, una vez más, poner en tela de juicio la identidad de cada uno de los seres humanos, un tema recurrente en su obra, y para darnos el lado humano de una astracanada popular. No está al alcance de cualquiera hacer esto. Pero Pirandello lo consiguió una y otra vez, mostrándose maestro siempre.

(La Patente) 
[1911]
Texto en italiano de La Patente

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La Subida al Cielo, de Roald Dahl

Cuando se emprende la lectura de estos cuentos, entre crueles e irónicos, que conforman los Relatos de lo Inesperado de Roald Dahl, uno nunca deja de sorprenderse de cómo la situación más trivial puede desembocar en una historia inquietante y, si su tratamiento no fuera irónico o humorístico, hasta malsana.
En el caso de La Subida al Cielo, que pueden ustedes leer en los enlaces que figuran al pie de esta entrada, nos encontramos ante un matrimonio muy normal y corriente. Bien, quizá sean más adinerados de lo común, puesto que viven en una casa privada de tres pisos con ascensor y tienen chófer y servicio, pero para lo que nos interesa, es decir, el matrimonio y su convivencia en sí, normal y corriente.
Claro que la mujer tiene una obsesión, una manía, una de esas fijaciones inofensivas que son hasta vulgares: un pánico a perder el avión, el tren, el barco. Todos conocemos personas así; se despiertan horas antes de lo razonable para llegar a tiempo a la estación, y una vez allí, con todo el tiempo del mundo que matar están en el andén o la sala de espera, comprobando una y otra vez si tienen los billetes, la tabla de horarios y quién sabe qué otros motivos de angustia más. Claro que en este caso su marido parece tomárselo con mucha filosofía, casi demasiada, tanta que su esposa llega a creer que lo hace a propósito para mortificarla: tomarse su tiempo, resolver cosas a última hora, etc.
El drama llegará cuando la mujer se vaya de viaje a París a conocer a sus nietos, y en ese choque de personalidades habrá una tragedia. ¿O es un asesinato?
Lamento no poder descubrirles más de la trama, porque este relato está tan bien construido que cualquier otro adelanto sería desvelar la sorpresa final, absolutamente demoledora. Pero sí déjenme decir una vez más lo buen observador que era Roald Dahl del comportamiento humano. Porque la convivencia matrimonial suele transformarse en un soportarse mutuamente, y Dahl sabe muy bien que del amor al odio hay un paso muy corto. Como también sabe que, en una convivencia diaria, las menudencias, los detalles ínfimos, adquieren carácter de ofensa con el tiempo y el desamor. ¿Como para llegar al crimen? Bueno, la literatura es exageración... pero no tanto. Consulten a la policía o al criminólogo local, y descubrirán un buen puñado de casos en los que se ha llegado a actos mayores por cosas que parecían muy menores. En todo caso, Roald Dahl, conocedor de la mente humana, nos brinda una vez más un espléndido cuento cruel, una historia inusitada, incluso una advertencia irónica sobre los peligros de la convivencia doméstica.

(The Way Up to Heaven)
En Relatos de lo Inesperado
Ed. Argos Vergara
Barcelona, 1980 [1954]

Texto en castellano de La Subida al Cielo
Texto en inglés y castellano de The Way Up to Heaven

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Aflicciones del Hombre Humano, de Robert Sheckley

En los años cincuenta la ciencia ficción se desarrollaba primordialmente en revistas (un fenómeno que apenas hemos conocido en España) y en forma de relato corto. Los escritores del género se ganaban la vida con los pocos dólares que ganaban de esta manera y, por tanto, era cuestión de los editores de esas revistas el impedir que les colocasen malos relatos (o por lo menos, que no les colocasen tantos, porque la revista tenía que salir con contenido cada mes). No obstante, y por raras conjunciones de talento de los escritores, sagacidad de los editores, y otras circunstancias más o menos afortunadas, surgían auténticas joyas.
Robert Sheckley fue uno de esos escritores que tenían talento y, una característica no muy común, un gran sentido del humor. Tal vez por esa crianza en revistas, apenas cultivó la novela, y lo que recuerdan los aficionados son sus relatos.
Quede clara una cosa: son relatos de consumo, sin mayor trascendencia que la de explicar una historia y hacerlo bien, entreteniendo al lector. Pero en ese hacerlo bien radica la diferencia. Alicciones del Hombre Humano es uno de esos relatos que lo hacen muy bien, y ha quedado en el afecto y la memoria de los aficionados del género que lo han leído.
Un hombre que ha comprado un planetoide a ciegas (y ha tenido suerte: hay algo de mineral para explotar y una tenue atmósfera) empieza, con el tiempo, a sufrir lo que su robot-capataz Gunga-Sam (una referencia al poema de Kipling Gunga-Din, y, en realidad, el auténtico protagonista de la historia) denomina las "aflicciones del Hombre Humano". En suma, que necesita una compañera. El minero decide encargarla por correo, decidiéndose, con espíritu práctico, por una novia de frontera. Y sin embargo, le envían un modelo de lujo. El error es subsanable, pero con tiempo, de manera que la novia equivocada (vigilada por un robot dueña-sacerdote) debe quedarse un tiempo en la colonia. Donde, por supuesto, su mano se dejará sentir en la vida de todos.
El final, como el argumento anterior, es más o menos previsible, pero en este relato no importa tanto la historia como el tono en el que está contada. Con un humor ligero y con un estilo directo, este cuento se desarrolla ante el lector como si fuera una historia oral narrada ante el fuego. A lo cual contribuyen los personajes robots. Porque Gunga-Sam, que ha sido fabricado sin alma para que así los autómatas no padezcan la angustia, es sin embargo un robot sagaz, el mejor servidor de su amo (más Jeeves que Tío Tom, eso sí), y con su peculiar lenguaje y su filosofía sobre el mundo del Hombre Humano (por contraposición, uno supone, al Hombre Robot), le da un sabor nuevo a una historia en teoría conocida, y contribuye muy poderosamente a la potencia del relato.

(Human Man's Burden)
En Los Mejores Relatos de Ciencia Ficción
Ed. Bruguera, col. Libro Amigo
Barcelona, 19678 [1956]
Selección de Groff Conklin

Texto en castellano de Aflicciones del Hombre Humano

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Cómo se Hace un Hombre, de Richard Middleton

Una ocurrencia macabra, un cuento cruel, una fábula para adultos con sentido del humor negro, todo eso podría venir bien para definir este relato brevísimo que lleva una carga de ironía y de excentricidad tales que casi podríamos suponer que fue creado como historia de taberna, para ser explicado a un círculo de amigos cuando las barreras de aquello que separa realidad y fantasía ya no cuentan para nada.
Un hombre, «un empleaducho de oficina enclenque» se ha extraviado camino de la estación de Vauxhall. Cómo un hombre se puede perder buscando una estación que se supone conoce, por mucha niebla y calles desiertas que haya, es indicativo de una mente bastante deficiente, y de una timidez extrema, puesto que no se atreve a preguntar a nadie. Ni tampoco a llamar a una puerta; es ésta la que se abre a su paso y en el umbral se dibuja una mujer. Simmonds se siente aliviado, pues no teme a las mujeres. O, por lo menos, eso cree él. La mujer, sin hacer ningún caso de la demanda de orientación de Simmonds, le pide que le haga un favor. Y el favor es descuartizar a un hombre que yace, degollado, en una habitación.
Como pueden ver, ya hemos abandonado los límites de lo que la realidad convencional marca; donde radica, sin embargo, el mérito del relato, es en el porqué Simmonds se aviene a los deseos de la mujer, un porqué muy relacionado con la ironía que se refleja en el título.
No voy a explicar nada más sobre el cuento. Ya he insinuado bastante. Su mérito yace en este humor negro, en la coherencia de un mequetrefe que lo es en todos los aspectos de su vida, y en la inquietante pregunta de qué hará el pobre Simmonds después, cuando ya está en poder de esa mujer. Las perspectivas que se abren en su vida, por muy desgraciadas que sean para él, son enormes...

(The Making of a Man)
En Cuentos Únicos
Eds. Siruela, col. El Ojo Sin Párpado
Madrid, 1989 [pub. 1934]
Edición, prólogo y traducción de Javier Marías

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Fiebre en las Gradas, de Nick Hornby

El fútbol dentro de la literatura (y el deporte en general) es tan escaso que apenas puede llamársele género. Y en cuanto a su calidad... Bueno, digamos que los estándares no suelen estar a la altura.
Por eso es tanto más sorprendente encontrarse con un libro como Fiebre en las Gradas. Leído en su época, y releído hoy, sigue conservando su primacía en la narrativa futbolística. Y, aunque eso es difícil de afirmar, creo que puede atrapar tanto a los futboleros como a los que no lo son.
Hornby se pone en primera persona para relatar la vida de un obseso, de un hombre casi ridículo, de un hincha, en este caso del Arsenal, y que se llama Nick Hornby. No sé cuánto de autobiográfico hay en la narración, e importa poco; lo que importa es reconocer como reales ciertos comportamientos ya vistos en los aficionados al fútbol, e ir más allá del simple reconocimiento y pensar sobre ellos, sin perder por esa reflexión la agilidad, el humor y la fluidez narrativa. Es más difícil de lo que parece.
Hornby nos describe el comportamiento de alguien que rige su vida según el calendario de competición de su club. Narra un amor compulsivo y fiel, más duradero que cualquier otra cosa que suceda en la vida (Vázquez Montalbán, otro de los escritores que reflexionó sobre el mundo del fútbol, decía que una persona, en el transcurso de su vida, puede cambiar de ideología, de partido político, su sentido del voto, de religión, de pareja, renegar de su familia, cambiar de trabajo, de profesión, de estilo de vida, de nacionalidad, de domicilio, de todo lo imaginable; pero es rarísimo que cambie de fidelidad a los colores de su equipo de fútbol).
Todo lo cual está muy bien, pero Fiebre en las Gradas no es un ensayo, aunque sus reflexiones bien pudieran dar lugar a uno. Es una novela, y Hornby la hace avanzar con humor, con exageración de situaciones, con la caricatura deliberada de una persona con una manía inofensiva que rige su vida y que se examina a sí mismo admitiendo su hándicap, pero también reconociendo que esa pertenencia le hace, no sólo peculiar, sino mejor.
La exahustividad de este análisis es total. No hay aficionado en el mundo que no pueda reconocer los síntomas, las situaciones, las sensaciones. No hay alguien no aficionado que no reconozca a un conocido, a un amigo, a un marido tal vez (y sí, hay aficionadas en el libro, y un análisis de las diferencias con sus colegas masculinos).
Y leído hoy es en extremo clarividente. El hooliganismo, la evolución del fútbol, el alejamiento deliberado de los aficionados populares de los estadios para favorecer la entrada de espectadores de clase más alta y mayor poder adquisitivo, la interferencia de la televisión y sus derechos de retransmisión, la inflación desmesurada en el coste de los fichajes, la crónica mala administración de los clubes, todo aparece y, veinte años después, casi todo se ha confirmado.
Pero, más allá de lo analizable, es una novela estupenda. habiendo leído a Hornby, uno ya puede detectar un hilo conductor en toda su obra. Nick Hornby siempre habla de personajes solitarios, de personas que tienen un problema de socialización y que se refugian en una manía o afición. Y que, no obstante, son buenas personas, que quieren compartir esa afición y aspiran, en el fondo, a una vida normal en compañía de sus semejantes, compartiendo con ellos las alegrías que esa manía les produce. Hornby es un obseso por el Arsenal, pero esa obsesión, más que convertirlo en maniático, lo hace humano, peculiar, sistinto. En suma, le hace escapar de la vulgaridad, que es la peor de las soledades, porque es todavía más común que ser hincha de fútbol.

(Fever Pitch)
Eds. B, col. Tiempos Modernos
Barcelona, 1996 [1992]

Existe reedición en Ed. Anagrama
Portada y sinopsis

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Nacional II, de Jaume Perich

La prematura muerte de jaume Perich nos privó de un humorista sagaz, inteligente, satírico y lúcido. Se le echa en falta, sobre todo porque siempre fue un hombre comprometido, crítico con todo, pero sobre todo capaz de distinguir ls trampas que desde el poder, invariablemente, apuntan contra el ciudadano, relegándolo al conformismo.
Su obra no ha dejado de estar presente en algunos medio, pero estas recopilaciones que realizó en vida (Autopista, esta Nacional II, Perich-Match...) habían sido descatalogadas, aunque hoy parecen tener una mínima recuperación; sin duda este olvido se debía a la falsa impresión de que eran textos y dibujos coyunturales, producto del pasado. nada más lejos de la realidad. ¿Quieren saber cuál es la sentencia que abre este libro?
Se refiere a lo que entonces era el "Mercado Común", hoy conocido como "Unión Europea", y dice así: «A juzgar por las estadísticas, Grecia, Portugal y España podrían formar los "Encantes Comunes".» No se trata de que la historia se repita, sino de que hemos realizado un viaje de ida y vuelta, regreso a cuarenta años atrás después de unas vacaciones en la europeidad y el estado del bienestar. Pero la frase está ahí, tan veraz e incisiva hoy como lo fue en su día.
En este segundo libro, seguidor de Autopista, Perich sigue usando el modelo que satirizaba, el de Camino de José María Escrivá de Balaguer. En él encontramos sentencias ciertamente coyunturales: «En España sólo hay dos partidos autorizados: los de fútbol y los judiciales.» Puramente humorísticos: «Leí no sé dónde que la policía francesa se basaba siempre en sus investigaciones en la conocida frase: "Cherchez la femme". Los resultados obtenidos con este sistema parece que son los mismos que con otro, pero la policía francesa es la que se lo pasa mejor del mundo.» Irreverentes: «A Cervantes se le llama también "el manco de Lepanto". En su época se le llamaba "el manco 1.235 de Lepanto".» Y algunas que no desmerecerían al mejor Ambrose Bierce: «No ofende quien quiere, sino quien puede. Pero no hay que preocuparse: querer es poder.»
Todo ello proporciona una variedad de sentimientos: el de testimonio histórico de una época, el de reflexión filosófica y política, pero sobre todo el del estímulo del pensamiento mediante el humor. Pocos pueden decir eso, y esos pocos, en otros países, tienen un lugar en el respeto moral e intelectual que brindan las sociedades a sus artistas. Ojalá que con Jaume Perich se haga justicia y sus textos lleguen de nuevo al público y a la memoria colectiva. Y no olviden: «Vivimos en un mundo en el cual sólo existe una respuesta inteligente, a saber: NO.»


Ed. Laia / Eds. de Bolsillo, col. Opinión e Informe / Humor
Barcelona, 1972 [1972]
Prólogo de Manuel Ibáñez Escofet

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Que Empiece la Fiesta, de Niccolò Ammaniti

El devenir de los modos de la sociedad posmoderna ha propiciado una contemplación entre estupefacta y preocupada de ciertas actitudes que siempre se habían asociado a los nuevos ricos y que han sido admitidas y admiradas como si constituyeran modelos de comportamiento. Aunque siempre es difícil establecer diferencias que suelen ser tópicas (y basta echar un vistazo a lo que sucede en España con su clase política y lo que estuvo de moda denominar, muy significativamente, como "gente guapa"), ciertamente en Italia este fenómeno de la corrupción y cierto orgullo de ser corrupto, intrascendente, superfluo y vacío siempre ha tenido un aire grotesco, felliniano, que ha hecho que ese país se convirtiera en la paja (o la viga) en ojo ajeno y el hazmerreír del resto de Europa (e insisto, vigas de estas las tienen metidas hasta el nervio óptico todas las sociedades que se escandalizan de Berlusconi, de Beppe Grillo, del papa, de Tangentópolis y de tutti quanti).
La literatura, siempre vigilante, ha sabido responder con la denuncia a estas actitudes; en serio, como Sciascia, Montanelli, Camilleri o Saviano, o mediante el humor y la sátira, como esta Que Empiece la Fiesta de Ammaniti.
Como declaración de intenciones, y para recalcar que nada está libre de esta estulticia de la fama y el dinero, uno de los protagonistas es el escritor Fabrizio Ciba, un imbécil de éxito con todos los vicios del tipo que ha decidido ejercer la estafa mediática en la esfera literaria, un fenómeno más común de lo que se cree. El otro protagonista es Saverio Moneta, alias Mantos, líder de la secta satánica más ineficaz de Italia.
Y el marco en el que se desarrollan los acontecimientos es la fiesta que el especulador inmobiliario Salvatore Chiatti organiza en su finca (en pleno centro de Roma) del parque de Villa Ada, parque comprado a la municipalidad con todos los pronunciamientos de un chanchullo. Una fiesta a la que acude el "todo Italia" y cuyos momentos centrales son las cacerías del zorro a caballo, las del león con batidores y la del tigre a lomos de elefante. Una fiesta que acontecimientos imprevistos convertirán en catástrofe.
En el transcurso de esta novela, divertida e incisiva, Ammaniti se dedica a retratar la horterada, el despilfarro ostentoso y superfluo, la estulticia de los famosos, el culto a unos idiotas cuyo mérito es haber alcanzado la fama mediante méritos dudosos o inexistentes, la eterna connivencia entre política y dinero, y todas las variantes del caro oropel que deslumbra a la mayoría y que constituye, a la vez, una estafa y una burla a la ética y la decencia humana.
No nos engañemos, esto ha existido desde que el mundo es mundo, pero el hecho diferencial de nuestras sociedades actuales es que hoy se muestra en público sin vergüenza o, mejor dicho, con una desvergüenza total. Ammaniti lo sabe muy bien, y así, cuando Ciba es amenazado de chantaje por un video sexual, un amigo suyo, cirujano plástico de éxito, le dice: «El tiempo de hacer el ridículo se ha terminado, está muerto y enterrado. Los ridículos ya no existen, se han extinguido como las luciérnagas. ¿Que no los ves, a todos estos? Nos cubrimos de mierda, felices como cerdos en la cochiquera. [...] Eso que tú llamas ridículos son salpicaduras de esplendor mediático que dan lustre al personaje y que te hacen más humano y más simpático. Cuando ya no existen reglas éticas ni estéticas, los ridículos van de capa caída.» De hecho, Ammaniti resuelve bien el mayor problema que hubiera podido tener esta novela, y es que por muy ridículos ética y estéticamente que hubieran sido los personajes, jamás hubieran superado a las personas reales que vemos cada día en televisión. De modo que procede con contención y, sospecho, se limita a cambiar los nombres de una serie de mediáticos, pintándolos tal como son, ni más ni menos.
Esta novela es en parte una venganza, una catarsis frente al insulto ético y estético que representan estos impresentables, pero también una advertencia. Porque estos imbéciles, en realidad, viven de nosotros, de nuestra atención y de nuestro dinero. Y sólo nosotros podemos decirles que la fiesta se ha terminado.

(Che la Festa Cominci)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 2011 [2011]

Portada y sinopsis

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De Balística, de Juan José Arreola

Uno de los cuentos más divertidos de toda la literatura hispánica, y uno de los que mejor muestran la capacidad de su autor para incluir diversos niveles de significado en un relato.
El cuento lo pueden leer en el enlace al pie de esta reseña. En un principio genial por lo irónico con lo que vendrá después, el tono parecería entre evocativo y épico, pero pronto el alumno llegado del extranjero rompe este ambiente con su prisa, tan actual y contemporánea. Él quiere conocer los detalles sobre las amrmas de asedio romanas, las catapultas o balistas, y dejarse de florituras.
En una especie de diálogo socrático, escéptico y feroz, el maestro local empieza a desmontar una por una las ilusiones del alumno, llegando a la terrible conclusión de que el tema que mueve esfuerzos y mentes, las catapultas, es en realidad un tema vacío, puesto que no se tiene constancia de que ni una de esas armas rindiera con sus disparos una ciudad.
Lo que no quiere decir que fueran inútiles, puesto que su presencia imponente ciertamente debió inspirar tanto temor como para provocar algunas rendiciones. Pero, de su funcionamiento (si es que alguna vez llegaron a funcionar) y su utilidad práctica en el campo de batalla, nada se conoce, para desesperación del alumno.
Con estos mimbres, y gracias a una prosa magistral de Arreola, tendríamos ya eso que les he declarado al principio de esta reseña, uno de los mejores cuentos humorísticos en lengua castellana; pero hay quien ha querido ver, y con justicia según mi parecer, una alegoría en este cuento con la carrera de armamentos nucleares que estaba en su apogeo en la época en la que fue escrito. Ciertamente, la manía por las catapultas, balistas, doríbolas, etc. que nos detalla Arreola tiene algo de alocado, como la carrera nuclear. Tiene algo de inútil, como la misma utilidad de las catapultas; y tiene algo de ridículo, puesto que se trata de acumular armas para asustar más que para emplearlas, como según nuestro estimado profesor del cuento se encarga en recalcar.
Pero, si Arreola emplea la parábola con la antigua Roma para mostrarnos unas armas igual de aparatosas, caras e irracionales, quiere decir que la intención no sólo es, podríamos decir, antinuclear. En realidad va más allá y es una muestra de la idiotez que acompaña a la especie humana desde que el mundo es mundo, y su preocupación constante por pasar del hacha de piedra a la bomba nuclear en el menor lapso de tiempo posible.
Lo que no es mala carga para un pequeño relato irónico y humorístico, una pequeña obra maestra de concisión y escritura.

En Mujeres, Animales y Fantasías Mecánicas
Tusquets Eds., col. Cuadernos Marginales
Barcelona, 1972 [1952]

Texto de De Balística