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Dalí Parlat, de Lluís Permanyer

Si, como dice el propio Salvador Dalí en este Dalí Hablado, "como pintor no soy bueno, pero como payaso, ¡soy mucho mejor que Chaplin!", comprenderán que, se diga lo que se diga, además de los libros que recogen la obra plástica, indiscutiblemente fundamental en la historia del arte, aquellas manifestaciones visuales o verbales que Dalí desgranaba revisten un interés indudable.
Aparte payasadas y excesos, que eran una especie de mercadotecnia genial que hacía que su figura fuera omnipresente en el mundo del arte, nadie puede mantener un interés fuera de su obra sólo con excentricidades. De manera que hay que destacar que Salvador Dalí era un autodidacta polímata que se interesaba por casi todo y cuyos conocimientos siempre sorprendían a interlocutores y entrevistadores.
Lluís Permanyer, uno de los hombres más cultos que recorren (y por muchos años más lo haga) las calles de Barcelona, tuvo la oportunidad de entrevistarlo en tres ocasiones, y estas tres entrevistas que se recogen en este libro (que incluye una conversación en registro sonoro) denotan que hubo desde el principio entendimiento y simpatía entre ambos, lo cual redundó en una apertura y profundidad mayores por parte de Dalí. No abandona del todo el Dalí espectáculo, pero sí que aparece con claridad el Dalí intelectual.
Por tanto tenemos un primer encuentro en el que Dalí tenía que responder al cuestionario Proust, pero además de estas respuestas, necesariamente escuetas, también está reflejado el relato de ese encuentro entre Permanyer y Dalí, y la conversación que surgió entre ambos.
La segunda conversación es sobre el Dalí desde sus inicios a la actualidad, y el pintor se muestra extraordinariamente abierto y sincero en lo que se refiere a sus relaciones y a la narración de su vida.
La tercera, extraordinariamente interesante, es sobre el erotismo en la obra de Dalí, que es una constante importantísima dentro de su pintura, y en el transcurso de la conversación se desgranan tanto el método daliniano de tratar las imágenes freudianas como las propias influencias del erotismo del pintor dentro de su obra.
Pero en las tres conversaciones percibimos esas ganas de expresarse, de hablar con alguien al que considera lo bastante inteligente como para que pueda entenderlo, y en esa sinceridad y voluntad de explicar su vida y obra recae el gran mérito de este librito, que puede competir con muchas biografías en su conocimiento del pintor y los detalles que relacionan su vida y su obra. Mérito sin duda de Lluís Permanyer, que siempre ha lamentado no haber podido entrevistarlo más veces. A la vista de este Dalí Parlat, nosotros también.

Quaderns Crema, col. D'un Dia a l'Altre
Barcelona, 2004 [2004]

Portada i sinopsi


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Historia del Arte. Últimas Tendencias, de Lourdes Cirlot

FIRMA INVITADA: Susana Rizo

Uno puede plantarse ante “Verde sobre morado” de Rothko, o delante de “New York City 3” de Mondrian y hacerse muchas preguntas. Entre ellas si el artista le está tomando el pelo al espectador con esas tiras adhesivas que crean líneas, eso sí, perfectamente paralelas y perpendiculares, o superponiendo dos colores ─verde y marrón─ y llamar a un cuadro así, por muy bien combinado que esté el cuadrado verde, sobre el cuadrado morado. Y es lícito, de hecho, hacérselas.
Hace bastante tiempo, la que ahora les escribe a ustedes trabajó tratando de explicar al público qué significaban esas obras. Por qué se habían concebido así. Por qué tenían tanto valor. Qué representaban, en el caso de que representasen algo. Y en caso contrario, qué técnica había usado el artista para hacer su obra. Trataba, en definitiva, de explicar lo que tenían delante. Pero sobretodo, lo que consideraba fundamental para que el espectador no se me escapase en digresiones a menudo inútiles (yo misma lo reconozco), era tratar de que conectase, que no le fuera indiferente. Tenía recursos para ello. Uno que no fallaba era contar cosas sobre la vida de esos artistas. Manías y peculiaridades de cada uno (como algunos de ellos eran bastante excéntricos, la fórmula rara vez fallaba). También solía explicar el momento en que nació el estilo pictórico o escultórico que representaban, la circunstancia histórica, política o social que pudieron influir a tal o cual artista para hacer obras que si bien pudieran tener un resultado estético, también pueden tenerlo dudoso en cuanto a la dificultad en la ejecución.
Si tenía que explicar el “Papel arrugado con macha de tinta” de Tàpies, se supone que iba implícito en mi oficio el sentir alguna clase de reverencia porque, simplemente,  se trataba de un Tàpies. Pero a mi me sucedió una cosa. Yo no la sentía. Y no la transmitía al público que tenía delante. Es más, llegué a decirles que quizá Tàpies se reía de todos nosotros (poco después de aquello, justo después de ver expuesto un burro disecado colgando del techo, dejé mi trabajo de guía en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona) y que cada uno de nosotros estaba haciendo arte cada vez que, por ejemplo, se le caía un huevo al suelo. “Huevo estrellado en el suelo, nº 3”. “Juzguen ustedes mismos”, les decía. Y ante su cara de perplejidad, yo sonreía. ¿Cómo demonios iba a decir que había arte en una pared repleta de cucarachas de plástico, que ojo, seguramente valían un dineral, de Jaume Plensa? Díganmelo. Cómo demonios.
Pero me voy por las ramas.
Hubo algo que me salvó aquellos años para entender y conseguir todos esos recursos de los cuales les hablo y que, en ocasiones, dejaba encandilado a mí público. Y a mí, satisfecha por el trabajo bien hecho. Para tratar de entender no todo, porque era imposible. Pero sí una parte. Y eso que me salvó fueron los recuerdos que conservaba de mi último año en la facultad de Historia del Arte, con una de las mejores profesoras que he tenido. Doña Lourdes Cirlot. El libro que escribió, y que es del que os voy a hablar, “Últimas tendencias de arte”, fue mi guía. El lugar donde iba a encontrar respuestas, referencias. Pues allí, en ese libro, está todo.
El libro abarca el periodo de las segundas Vanguardias  (1942-1968) hasta las denominadas Tendencias Posmodernas (1968 hasta nuestros días). Desde el Informalismo, pasando por expresionismo abstracto, el Pop Art, Minimalismo, Arte cinético, happening, Arte Conceptual, Arte Póvera, hiperrealismo, neoexpresionismo germano, transvanguardia italiana hasta llega  a las últimas tendencias en pintura y escultura en Estados Unidos, Reino Unido y España. 
Se trata de un libro crítico. Muy detallado, ilustrado y muy bien explicado, fácil de leer, fácil de comprender. Con una introducción sobre la etapa en la que se gesta cada movimiento, los significados de cada uno de ellos, las técnicas que se usaban, base ideológica, representantes, análisis de sus principales obras, documentación tratada con esmero. 
Para todos aquellos que estén leyendo esto, sean aficionados, no se pierden una bienal en Venecia, o un ARCO en Madrid, este libro del que les hablo, es la guía. Absolutamente fundamental, pues pocas veces he visto en un libro tan breve, todas y cada una de las tendencias y movimientos que nacieron poco después de la segunda guerra mundial, hasta nuestros días, tan bien explicados, con los principales representantes de cada estilo, dentro de las numerosísimas tendencias que experimentó el arte después del movimiento expresionista germano. La frontera entre lo que es arte, y no lo es, es frágil en el arte contemporáneo pues otros son los que han decidido que algo sea considerado digno de admiración y de subastarse y exhibirse bajo un precio desorbitado, o que sea, literalmente, desechado, olvidado. No es el tiempo quien le pone un precio y un valor a una obra. Es la crítica. Alguien con credibilidad dijo que algo era bueno. Y de ahí, a la fama. Como la bañera oxidada de Beuys expuesta como un objeto de culto.
Ya lo dice la propia profesora en su libro. El eslogan de “Todo vale” hizo que se cayera en un peligro real en la posmodernidad del arte. Adelgazó las fronteras. Hubo tanta diversificación que resultó difícil establecer una pauta, diferenciar corrientes.  A veces ese mismo lema llevó a los artistas a pecar de falta de originalidad.
Recuerdo una instalación de Boltanski que consistía en cientos de cajas de metal apiladas formando una especie de caja enorme que se podía recorrer a través de un estrechísimo pasillo. Imagino lo que muchos espectadores pensarían al ver eso. Pero si yo les cuento a ustedes que esas cajas son un recuerdo del holocausto, que si tu entras dentro sentirás casi asfixia (así es cómo funcionaba esa instalación de hecho, había que recorrerla por dentro) y sentías clavarse en tu nuca las miradas de todas la fotografías de fallecidos sen campos de concentración al entrar allí, la cosa cambiaba. No eran cajas apiladas. Era un atentado a la tranquilidad en la que creemos vivir y estar a salvo.
Y esas cábalas me hallaba yo precisamente el otro día, paseando por el Thyssen, y contemplando un cuadro de Van Gogh que me parece estéticamente precioso por su combinación de colores, la textura que se llega a percibir. Yo allí veía arte. Y decidí que al final era muy sencillo. Hay cosas que son innegablemente buenas. Porque hay una técnica, un esfuerzo. Porque hay una perfección objetiva. No hay un azar. Y en el arte contemporáneo sucede que una obra le puede llegar a uno, o no llegar. Es subjetiva. Es un me gusta, o no me gusta.
Es algo que te remueve por dentro. Algo de lo que sigues hablando, o en lo que sigues pensando. Y no tiene por qué haberte generado buenas sensaciones. Goya no las generaba. Era una patada en mitad del alma “esto es lo verdadero”, decía él , que no tiene por qué coincidir con lo que a uno le gusta mirar. Las venus de Tiziano son ensoñaciones. Los garrotazos de Goya, reales. Quizá lo peor que le podría suceder a una obra de arte es la indiferencia del espectador.
No digo que sea necesario leer este libro para entrar en una galería de arte moderno. Porque de lo que se trata aquí es de contemplar sin prejuicios y dejar que fluya. Lo que no llega por los sentidos, a veces puede llegar a ser comprendido si se sitúan en su preciso contexto.  Entonces y solo entonces (especialmente si lo desligas de las instituciones siempre tan preocupadas por quedar bien y salir en las fotos, los poderes fácticos y monetarios que hay allí involucrados creando un teatro más falso que los duros a tres pesetas de Pla) puedes llegar a sentir en algún momento la magia de los neones de Merz. Las telas tristes y roídas del Arte Póvera de Italia. El baile que hay en las pinceladas de Sonia Delaunay. Los irresistibles colores vivos del Rothko. O la fuerza del dripping de Pollock. Puedes llegar a sentir la lluvia del “Temps de pluja” de Barceló.
Para todos aquellos que quieran saber más, entender el por qué de ciertas obras, acérquense a uno de esos informadores de sala (les aseguro que la mayoría de ellos lo están deseando). O háganse con este sencillo, más que interesante y práctico libro. Especialmente para los estudiantes de arte resulta sencillamente imprescindible. Cirlot tenía, y tiene, el don de transmitir y hacer que lo que pasaba desapercibido pudiera ser valorado, observado y considerado con otros ojos. La mirada limpia, y libre, para no negar primero. Hablo de esa mirada que solo poseemos de niños, y luego perdemos. Eso es lo que me enseñó. Y esa capacidad que tenía como profesora, está recogida en este libro. Incluso para alguien agnóstico como yo que pone en duda una gran parte del arte realizado después de los fauvistas, se convirtió aquellos años en libro de cabecera. 

Ed. Planeta, col. Historia Universal del Arte
Barcelona, 1994


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Yo También Sabría Hacerlo. Entender el Arte Moderno, de Christian Saehrendt y Steen T. Kittl

(Das Kahnn Ich Auch!)
Eds. RobinBook/Ma Non Troppo, col. Arte
Barcelona, 2009 [2007]

Por desgracia para todos, y según la tesis de los autores, la conclusión parece ser que no hay mucho que entender. O demasiado, según se mire. El paseo por el que nos llevan es uno que más se asemeja al parquet de una sofisticada, irritante, materialista y muchas veces vacua bolsa que al terreno de los sentimientos o la técnica.
Así, el tono de este libro no puede dejar de ser irónico (una ironía que no siempre queda bien trasladada en la traducción, de la que hablaré después). Y es aquí donde esto se convierte en un auténtico manual de cómo sobrevivir a lo que rodea al mundo artístico: las exposiciones, las performances, las galerías, los museos, los galeristas, los marchantes, los coleccionistas, los públicos respectivos y los propios artistas. Sea usted mismo, nos dice, enfréntese a la obra, interróguela e interróguese a sí mismo, y procure sobrevivir y salir indemne de este envoltorio económico y egotístico, más parecido a un mercadillo que a otra cosa.
La conclusión que queda es que nadie puede decir hoy día qué es arte, mientras éste sólo se mida por parámetros económicos.
Conclusión ciertamente pesimista, pero en la que todavía queda un rayo de esperanza. Las más grandes obras artísticas de todos los tiempos no es seguro que hayan sobrevivido. No podemos tener esa constancia. Nos conformamos con lo que nos ha llegado y ha sido consagrado por el tiempo y la experiencia. ¿Qué le queda pues al espectador del arte contemporáneo?: «¡Todo tiene un carácter efímero y pasajero! Eso es algo que tranquiliza e inquieta al mismo tiempo, pues la sociedad contemporánea también tiene algo de efímero y pasajero. Sólo existe una oportunidad para ella y tal oportunidad reside en la tolerancia que manifestemos. ¿Cuándo veremos este arte si no lo hacemos ahora?»
Puesto que no tenemos juicios previos que sepamos van a ser perdurables, nos dicen, creemos nuestros propios juicios. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿cómo ver este arte contemporáneo? Puede resultar iluminador este ejemplo:
«Las visitas a los museos programadas para pacientes con Alzheimer constituyen, con toda seguridad, un enfrentamiento poco común con el arte. El MoMA ofrece este servicio desde hace algún tiempo. "El arte es multidimensional y afecta a diversas zonas del cerebro, tanto las dañadas como las intactas", explica uno de los neurólogos implicados. Los pacientes buscan en la tienda de regalos sus postales preferidas y se dirigen en grupo a ver el original.
»La capacidad intelectual de los afectados está perdida sin remedio pero, a través del efecto emocional causado por las obras de arte, se pueden despertar sensaciones y asociaciones. En estas rondas suelen ser muy apreciados los motivos figurativos y narrativos, pero se prefieren las obras de arte con contenidos dramáticos y emocionales. Liberados de una forma de pensar lógica y funcional, los participantes del Meet me at MoMA se dedican a una observación del arte liberada de prejuicios. La vivencia obtenida con las obras de arte y el hecho de hablar sobre ellas llevan consigo una mejora de la calidad de vida y de la vitalidad de los enfermos, aun cuando a estos pacientes se les haya olvidado todo al cabo de unos pocos minutos. Seamos sensatos: ¿A quién no le ocurre lo mismo al visitar un museo, a pesar de que no padezca Alzheimer?»
Me parece una postura de contemplación tan buena como la que más, si no mejor.

[Horrorosa traducción la de este libro. Mi conocimiento del alemán no es tan extenso como para afirmarlo con rotundidad, pero creo que la traductora (cuyo nombre dejaré piadosamente en el olvido) tiene graves problemas con la lengua de origen o, lo que sería peor, con la de destino. Sólo así cabría explicarse que unos autores que se expresan de forma lúcida y coherente, de repente caigan en frases incomprensibles. Incomprensibles porque no significan nada y, sobre todo (y de ahí nace la sospecha) porque en nada se relacionan semánticamente con la precedente. Tenga o no problemas con el alemán, lo que es seguro es que tiene además problemas serios con el inglés, amén de un gravísimo problema en el uso del diccionario. Después de finalizada la lectura, tengo la impresión de que no se ha acabado de trasladar el tono del original (lo que es grave), se han traducido a la buena de dios algunas frases, que han perdido su sentido (más grave todavía) y, visto lo anterior, si esto es lo que se ha percibido, pueden imaginarse lo que se ha disimulado bajo apariencia coherente, pero que vaya usted a saber qué decía en origen (y esto sería escalofriante).]

Portada y sinopsis

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Historia de la Fealdad, a cargo de Umberto Eco

(Storia della Brutezza)
Ed. Lumen
Barcelona, 2007 [2007]

"A cargo de". Quede claro, por tanto, que esto no es un libro de Umberto Eco, aunque la mano del maestro se reconozca en gran parte del texto que configura, aproximadamente, una cuarta parte del volumen.
En realidad, sería más acertado hablar de una "Antología de la Fealdad Humana". El libro se compone de un texto teórico y analítico que acompaña el corpus principal de la obra, que es una extensa selección de imágenes, del mundo clásico hasta nuestros días, y una selección de textos literarios y de otro tipo, que ejemplifican el tema tratado a través de los tiempos.
Este es un libro singular por el tema que trata. Yo, que me considero feo (pero con un alma resplandeciente; tampoco vamos aquí a flagelarnos), lo he leído con interés. Y cierta admiración. Porque, a diferencia de la belleza (que tiene un volumen gemelo realizado por las mismas manos) la fealdad nunca ha gozado de cánones tan establecidos y representaciones arquetípicas, y la conclusión es que la fealdad no puede ser sino vista históricamente de forma oblicua, mediante objetos y representaciones de seres estrambóticos, imaginarios u odiosos, como el diablo, las brujas, los monstruos de terras incógnitas o las caricaturas. La otra dificultad con respecto a lo feo es la imposibilidad de entrar en las mentes de las diversas épocas, con lo que no podemos sino intuir las reacciones ante los diversos rasgos que podrían, en un momento dado, definir la fealdad.
El recorrido es completídimo: la contradicción de la belleza en el dolor de Cristo; el infierno y el diablo; la tradición antifeminista; la bruja; la redención romántica de lo feo; lo siniestro; la fealdad industrial; el decadentismo; la fealdad ajena; lo kitsch y lo camp, etc. Hasta llegar a "Lo feo hoy", adecuado corolario a algo que ha sido un concepto cambiante y a menudo definido por contraste:
«En un cuento de Zola (Les Repoussoirs, 1891), un tal Durandeau se da cuenta de que, cuando se ve pasear juntas a dos mujeres, una de las cuales es ostentosamente fea, todo el mundo por contraste encuentra bella a la otra. De modo que decide comerciar con la fealdad y monta una agencia que permite a las señoras alquilar una compañera fea para salir juntas y poner así de relieve sus propias gracias, aunque a veces la clienta resulta más fea que cualquier compañera que se le proponga, pero no descubre hasta entonces su escasa belleza. El momento del reclutamiento y la forma en que se le dice a la mujer fea por qué y para qué se la contrata son terribles, pero más terrible es aún el sufrimiento de las elegidas que, tras haber pasado un día elegantemente vestidas y haber asistido al teatro o a un restaurante de lujo en compañía de una señora de la alta sociedad, regresan por la noche a su soledad y se encuentran frente a un espejo que les recuerda la terrible verdad.»
Es un ejemplo de la minuciosidad con la que se ha enfocado el tema y es este un libro total, hecho de mirada, de reflexión y viaje a lo literario, en un esfuerzo, si no exhaustivo, sí completo en su comprensión.
«Se nos repite por doquier que hoy se convive con modelos opuestos porque la oposición feo/bello ya no tiene valor estético: feo y bello serían dos opciones posibles que hay que vivir de forma neutra. Así parecen confirmarlo muchos comportamientos juveniles. El cine, la televisión y las revistas, la publicidad y la moda proponen modelos de belleza que no son tan diferentes de los antiguos, de modo que podríamos imaginar los rostros de Brad Pitt o de Sharon Stone, de George Clooney o de Nicole Kidman retratados por un pintor renacentista. Pero los mismos jóvenes que se identifican con estos ideales (estéticos o sexuales) se quedan luego extasiados ante cantantes de rock cuyos rasgos un hombre del Renacimiento consideraría repelentes. Y esos mismos jóvenes a menudo se maquillan, se tatúan, se perforan las carnes con agujas con el objetivo de parecerse más a Marilyn Manson que a Marilyn Monroe. [...] Ni los jóvenes ni los ancianos parecen vivir estas contradicciones de forma dramática. El esteta de finales del siglo XIX, que privilegiaba la belleza cadavérica como gesto de desafío y de rechazo del gusto de la mayoría, sabía que estaba cultivando lo que Baudelaire había llamado "flores del mal". Elegía lo horrendo precisamente porque había decidido elegir una opción que lo situara por encima de la masa de los bienpensantes. En cambio, los jóvenes que exhiben una piel ilustrada o el cabello azul tieso lo hacen para sentirse parecidos a los otros, y sus padres, que van al cine a ver escenas que tiempo atrás sólo se podrían ver en los anfiteatros anatómicos, actúan así porque così fan tutti

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