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Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal, de John Berendt

(Midnight in the Garden of the Good & Evil)
Grijalbo Mondadori, col. Literatura
Barcelona, 19982 [1994]

Traer esta novela (¿Novela? Algunos críticos americanos la han definido como una muestra de los que se ha venido en llamar faction, una contracción de fact y fiction, hecho real y ficción) conlleva el riesgo de que muchos de ustedes hayan visto la magnífica película de Clint Eastwood del mismo título y piensen que con eso ya tienen bastante como para hacerse una idea del contenido de este libro.
La verdad es que la película, en un magnífico ejemplo de cómo los caminos del cine y la literatura no sólo difieren, sino que deben diferir, relata (de forma muy cambiada y más dramática, pero eso no es un defecto cinematográfico) uno de los hechos, ciertamente principal en el libro, pero que no ocupa ni mucho menos el objetivo qu e Berendt se había marcado al escribirlo.
El hecho que película y novela cuentan es la muerte por disparos de un chapero y posible amante de Jim Williams, propietario de la Mercer House, una de las casas más señoriales de Savannah, y anticuario que, sin embargo, no pertenece a la aristocracia local.
Esta historia, como percibieron los guionistas, es potente y justifica toda una filmación, así como una novela. Pero el objetivo de Berendt, y uno que cumple con creces, es otro. Berendt no se enamoró de la ciudad de Savannah, pero sí quedó fascinado por ella. Tanto como para vivir, durante ocho años, a caballo de la ciudad sureña y Nueva York. A partir de esa experiencia, Berendt nos asegura, y hay sobradas pruebas de que es así, que todo lo que relata es real. Puede que haya cambiado los nombres y apariencia física de alguien, pero el resto (y es mucho) es completamente real.
Y Berendt empieza una composición cuyo objetivo es transmitirnos esa fascinación por Savannah, la ciudad más bonita de todo el Sur y probablemente una de las más hermosas de todos los Estados Unidos. No sólo la ciudad se hará personaje y protagonista, sino que parece marcar el carácter de todos los que viven en ella. Un centro histórico increíble, con veintiuna plazas, mansiones restauradas que conservan todo el sabor del sur... pero sobre todo unas gentes que viven en esa ciudad y que en el fondo ansían que nada de ella cambie, ni para mejor ni para peor. En ese protagonismo, difícil de lograr con palabras, Berendt tiene que hallar personajes, y los encuentra con suma facilidad; puede ser discutible que esas personas (el Joe Odom que parece vivir en una fiesta continua, debiendo dinero a todos pero también apreciado por todo el mundo; el hombre que se pasea por las calles con moscas atadas; un tipo que pasea un perro inexistente; la misma Lady Chablis, un transexual que se interpretó a sí misma en la película, etc.) sean las que puedan representar a una ciudad. Pero lo que es innegable es que el cómo son admitidas esas personas por el resto de habitantes de Savannah sí muestra un carácter peculiar, uno igualmente conservador en el sentido de que esas personas son gente de Savannah y por tanto, asunto de Savannah.
Berendt sigue la estela de la ficción que Truman Capote inauguró con su A Sangre Fría, la de narrar hechos reales mediante el instrumento novelístico. Es meritorio, porque consigue transmitir un cuadro enorme, variado y completo, pero es más meritorio todavía porque consigue la rareza de convertir a toda una ciudad, en abstracto, en protagonista absoluto. No de otra cosa trata este libro. De un personaje que ha moldeado su carácter a lo largo de los siglos y que ha moldeado a su vez a las personas que lo habitan.
En esta instancia, lo mejor que puede el lector es dejarse fascinar por lo que el autor cuenta de una ciudad bella e increíble, pero intensamente real como es Savannah.

Portada y sinopsis
Entrevista con John Berendt (en inglés) al respecto de Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal
Web oficial de Lady Chablis
Página web de la Casa Museo Mercer

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En las Antípodas, de Bill Bryson

(Down Under)
RBA Libros / Suma de Letras, col. Punto de Lectura
Madrid, 2002 [2000]

Bill Bryson es un tipo curioso. Es autor de un bestseller inesperado, Una Breve Historia de Casi Todo, inesperado porque no es usual que un libro sobre ciencia alcance las listas de superventas; ha escrito una de las más exactas biografías de Shakespeare, asunto doblemente meritorio porque consigue ser amena y clara con tan sólo lo que sabemos realmente sobre Shakespeare, que es poquísimo; ha escrito un libro que es una mirada a la América de su infancia y otro que es una mirada contrastada por su condición de americano "regresado" a su país tras dos décadas viviendo en Gran Bretaña. Pero su fama inicial la obtuvo gracias a sus libros de viajes.
Que no son guías, ni listas de imprescindibles, sino que siguen el modelo que Bruce Chatwin favoreció y que se ha convertido en un estándar de este tipo de literatura, como es el de combinar la experiencia personal al tiempo que se relaciona el territorio visitado con la pequeña y la gran historia del mismo.
En las Antípodas (un título puramente para España; cualquier otro país hispanohablante tiene sus antípodas en otra parte) trata de Australia, y resulta fascinante tanto por el país en sí como por cómo lo describe Bryson. «De vez en cuando [Australia] nos manda alguna cosa útil ─ópalos, lana merina, Errol Flynn, el bumerán─ pero nada de lo que no podamos prescindir. Más que nada, Australia no se porta mal. Es estable, pacífica y buena. No tiene golpes de estado, sobrepesca abusiva o simpáticos déspotas armados, no cultiva coca en cantidades provocativas ni se dedica a arrollar a otros de una forma presuntuosa o impresentable. Pero aun reconociéndolo, resulta curiosa nuestra falta de interés por los asuntos australianos. [...] En otras partes del mundo las noticias [sobre Australia] pueden ser más abundantes, pero con la diferencia, eso sí, de que nadie se las lee. A los australianos no les hace ninguna gracia que el mundo exterior les preste tan poca atención, y no puedo culparles. Es un país en el que suceden cosas interesantes, y muchas.»
Y a partir de aquí Bryson se dedica a contarnos no sólo las cosas que suceden en Australia, sino las que sucedieron. Y créanme, son interesantes. Tal vez por ser tan desconocida, Australia se nos descubre como una caja de sorpresas, un territorio en el que cada pedazo de tierra tiene una historia que contar. Sin embargo, no sólo estas historias componen el atractivo de este libro. Está además la propia experiencia de Bryson, su visión personal, sus charlas con la gente, su apreciación de extranjero y su contraste con la visión de los australianos. Eso hace una lectura divertidísima, sorprendente e instructiva. Pero, por mucho que Bryson tenga no poco mérito en ello, es la protagonista la que nos atrae, hasta tomarle auténtico cariño, y la protagonista es Australia.
«Australia es el sexto país más grande del mundo y la isla más extensa. Es la única isla que es al mismo tiempo un continente, y el único continente que también es un país. Fue el primer continente conquistado desde el mar, y el último. Es la única nación que empezó como una prisión.
»Es el hogar del ser vivo más grande de la Tierra, la Gran Barrera Australiana, y del monolito más famoso e impresionante, Ayers Rock (o Uluru, si utilizamos un nombre aborigen más respetuoso, y ahora oficial). Tiene más cosas que pueden matarte que ningún otro lugar. Las diez serpientes más venenosas del mundo son australianas. Estos cinco animales: la araña de tela de embudo, la medusa cofre, el pulpo de anillos azules, la garrapata paralizadora y el pez piedra son los más letales de su especie en el mundo. Es un país en que el gusano más peludo puede dejarte seco con su venenoso pinchazo, donde los moluscos no sólo pican sino que a veces te persiguen. Si recoges una inocua caracola de la playa de Queensland, como suelen hacer los incautos turistas, descubrirás que el animalito que hay dentro no es sólo sorprendentemente veloz e irritable, sino muy venenoso. Si no te pican ni muerden mortalmente de forma inesperada, se te puede zampar un tiburón o un cocodrilo, unas irresistibles corrientes te arrastrarán mar adentro o morirás implacablemente abrasado en el asfixiante outback. Es un lugar duro.
»Y antiguo. Hace 60 millones de años, desde la formación de la Gran Cordillera Divisoria, que Australia guarda silencio geológicamente hablando, lo que le ha permitido conservar muchas de las cosas más atávicas descubiertas en la Tierra. En un momento indeterminado de su remoto pasado ─quizá hace 45.000 años, quizá 60.000 pero sin duda antes de que hubiera humanos modernos en las Américas o en Europa─, fue invadida pacíficamente por unas gentes profundamente inescrutables, los aborígenes, que no tienen un parentesco racial o lingüístico claro con sus vecinos de la región, y cuya presencia en Australia puede explicarse sólo postulando que fueron quienes inventaron el oficio de la navegación oceánica al menos treinta mil años antes que nadie emprendiera otro éxodo, y después olvidaran o abandonaran casi todo lo que habían aprendido, pues pocas veces volvieron a hacerse a la mar.
»Es una gesta tan singular y extraordinaria, tan imposible de entender, que los libros de historia la ventilan en un par de párrafos, y pasan a la segunda invasión, más explicable: la que empieza con la llegada del capitán James Cook y su esforzada nave de la marina británica Endeavour a Botany Bay en 1770. No importa que el capitán Cook no descubriera Australia y que ni siquiera fuera capitán en el momento de su visita. Para casi todo el mundo, incluidos muchos australianos, es entonces cuando comienza la historia.
»El mundo que esos primeros caballeros ingleses descubrieron estaba curiosamente invertido ─las estaciones al revés, las constelaciones cabeza abajo─ y no se parecía a nada de lo que habían visto antes, ni siquiera en latitudes cercanas del Pacífico. Sus seres vivos parecían haber evolucionado sin haberse leído el manual. El más característico de ellos no corría, trotaba o galopaba, sino que daba saltos, como bota una pelota. El continente hervía de una vida inverosímil. [...]
»En resumen, no había otro lugar igual en el mundo y sigue sin haberlo. [...]
»Seguro que veis por donde voy. Este es un país que está al mismo tiempo asombrosamente vacío y sin embargo repleto de cosas interesantes, atávicas, cosas que no son fáciles de explicar. Cosas que todavía están por descubrir.
»Creedme, es un lugar muy interesante.»

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Historias de Roma, de Enric González

RBA Libros
Barcelona, 20102 [2010]

El género, no del libro de viajes, sino del relato personal de una estancia o un periplo por una tierra extranjera y, por tanto, exótica en el segundo sentido de la palabra, es decir, chocante, es uno que tiene gran tradición. No menor entre los precedentes, y más importante de lo que parece, fue el díptico de Jerome Klapka Jerome, Tres Ingleses en una Barca (sin Contar el Perro) y Tres Ingleses en Alemania; si bien Jerome decantaba la esencia de su relato hacia el humor, no obviaba estos contrastes que se producen entre el viajero y lo viajado. En el caso de Historias de Roma este último aspecto es el dominante, pero por suerte Enric González no olvida la ironía del viajero, que no se trasluce en chovinismo, sino en la sonrisa que provoca comprobar que, todavía y a pesar de la globalización, tenemos cosas que nos hacen diferentes aún siendo similares. Y que en los diversos lugares hay pequeñas historias que merece la pena conocer y que no relatan las guías de viajes.
Enric González es hijo de Francisco González Ledesma, lo cual no tiene nada que ver con las bondades literarias o periodísticas, pero imprime carácter. También es periodista, ha sido corresponsal de El País en Londres, París, Nueva York, Washington, Roma y actualmente en Jerusalén (con algunas escapadas a Egipto, para presenciar la caída de Mubarak). También interviene en una minitertulia radiofónica los lunes en Ràdio Barcelona, junto a Josep Martí Gómez, y si la denomino minitertulia es porque siempre me sabe a poco: sin desdeñar el rigor, la denuncia y el dato objetivo, el buen humor y la fina ironía la presiden. Como nadie es perfecto, es aficionado del R. C. D. Espanyol. Viene a cuento esta afirmación porque es autor de Historias del Calcio, que es uno de esos escasos textos literario-periodísticos sobre el fútbol que merecen la pena leerse. Y ha escrito también Historias de Londres e Historias de Nueva York, en el mismo espíritu que estas de Roma.
Historias de Roma se inicia así: «En casa, es decir, en Palazzo Massimo, teníamos capilla. Y campanario. Eso me impresionaba. Me hacía sentir importante, como un cardenal o un torero. Cada 16 de marzo sonaban las campanas para conmemorar un milagro ocurrido tiempo atrás en el palacio. El de Palazzo Massimo, conviene subrayarlo de antemano, fue un milagro extraordinariamente sutil. El 16 de marzo de 1583, en una de las estancias, murió el joven Paolo Massimo. La familia fue a buscar a Felipe Neri, al que llamaban, con las explosivas labiales del romanesco, Pippo bbono, para que resucitase al chico. El futuro santo salpicó el cadáver con agua bendita e hiso sus invocaciones, hasta que el joven Paolo abrió los ojos, recobró la vida y se incorporó en el lecho. ¿Saben qué dijo el resucitado? Que muchas gracias, pero que prefería volver a morirse. Ese milagro tan ambiguo, tan abierto a interpretaciones, podría ser una parábola sobre Roma: viva y muerta, esforzada e indolente, teatral e indescifrable.»
¿La han notado? Esa ironía benéfica es omnipresente en todo el libro. Pero también pueden percibir otra cosa, como es la mirada de alguien que no transita por los lugares, sino que va más allá, profundiza y se interroga: Sobre la historia y el carácter de los romanos, sobre la política, sobre el fútbol, sobre la gastronomía,sobre la mamma, sobre la burocracia y la cultura, sobre todo, en fin.
La gran cualidad de este libroes su profundidad amical, en absoluto despreciativa o con aires de superioridad, sino proveniente de alguien que recorre los lugares y las gentes con una sana y escéptica curiosidad. Su gran defecto es que es demasiado corto; como con todo lo de Enric González, uno se queda con ganas de más.

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Leviatán o la Ballena, de Philip Hoare

(Leviathan or, the Whale)
Ático de los Libros
Barcelona, 2010 [2009]

Este es un libro peculiar. No es un estudio sobre Moby Dick, aunque la obra de Melville, con su extensa disertación sobre las ballenas, es omnipresente. No es una biografía de Herman Melville, aunque los hechos vitales del autor norteamericano son tratados en detalle y extensión, sobre todo en lo que se refiere a sus tratos con los balleneros y las influencias que le llevaron a Moby Dick. No es un libro de historia, aunque lleva en su interior toda la cronología de la pesquería de ballenas a lo largo de los siglos. No es un panfleto ecologista, aunque la defensa de estas especies en franco peligro de extinción es clara. No es un tratado de biología, aunque por pura necesidad (y por espectacularidad) la investigación científica de las ballenas tiene que ser tratada, ya que fueron y siguen siendo un enigma apasionante. No es un relato personal, pero desde que Hoare se fascinó con las ballenas el contacto con ellas ha sido constante, y así se refleja en la obra.
No es nada de esto y lo es todo a la vez, y con semejante variedad temática (y la estilística que comporta) lo difícil era componer una obra tan fascinante como es esta. Bebe, y se nota, de la pasión personal y la gran tradición historiográfica británica, una combinación que ha producido tradicionalmente resultados felices.
Pasión, pero también estímulo de la curiosidad. Moby Dick puede ser un arquetipo literario, pero es un arquetipo que reúne una fascinación milenaria, fruto de la enormidad y lo desmesurado de las dimensiones; de lo numinoso, incluso, encarnación práctica del mysterium tremendum que llevó a la denominación, trasladada consecuentemente al título, de Leviatán; de lo bíblico (arquetipo productor de arquetipos), pues pocos hay que, incluso sin haber leído la Biblia, no conozcan la historia de Jonás. Arquetipo de la dureza del mar, pues no había riesgo mayor, aparte la marina de guerra, que salir a la ballena. Y, por fin, y cuando hemos conseguido comprender mejor a estos animales, una alegoría de la brutalidad humana, y un llamado a la piedad, pues estos primos lejanos del hombre son percibidos hoy como especies benéficas e inofensivas, una visión que se desvanece de nuestros océanos gracias a nosotros  para dejar, ¿qué si no un gran vacío más evidente todavía por su tamaño?
Todo ello está narrado con energía, con seguridad, con paso firme, con ritmo, con erudición, con amenidad. Con sentimiento, además. Es algo difícil de lograr, y es incluso posible que sólo sea producto de una feliz casualidad que es provocada por esa pasión imprescindible. En todo caso son casualidades felices e inesperadas que cuando surgen suponen una alegría inmensa para el lector, que no puede por menos que sentirse agradecido por el hecho de que existan personas como Philip Hoare, que componen estas obras inusuales y geniales por el puro gusto de hacerlas.

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Colección de Arena, de Italo Calvino

(Collezione di Sabbia)
Eds. Siruela, col. Libros del Tiempo
Madrid, 1998 [1974-1984]

Los textos reunidos en este volumen son diversos artículos aparecidos en la prensa en el transcurso de varios años y agrupados según unas afinidades temáticas (Exposiciones-exploraciones, sobre heterogéneas exposiciones, artísticas o no, que son estimulantes para la reflexión; El Rayo en la Mirada, sobre temas que relatan historias pero no lo hacen con palabras; Exploración de lo Fantástico, sobre asuntos de nuestro mundo pero que trascienden hasta llegar a lo irreal; La Forma del Tiempo, apuntes de viajes).
Pero, como no puede ser de otra manera, la mirada de Calvino es una que va más allá del objeto o el hecho observado, de modo que no nos hallamos ante la mera crónica periodística, antes bien, la poiesis de Calvino transforma el objeto y lo lleva a su propio terreno, convirtiéndolo en literatura, a menudo tanto o más sugerente que sus propios relatos.
¿Cómo si no enfrentarse a este texto del artículo que da título al libro sobre una colección expuesta de frasquitos con diversas muestras de arena recogidas en diversas partes del mundo?: «El verdadero diario secreto que hay que descifrar está aquí, entre estas muestras de playas y de desiertos bajo vidrio. [...] De regreso de un viaje añade nuevos frascos a los otros en fila, y de pronto advierte que sin el índigo del mar el brillo de aquella playa de conchilla desmenuzada se ha perdido; que del calor húmedo del uadi no ha quedado nada en la arena recogida; que, lejos de México, la arena mezclada con lava del volcán Paricutín es un polvo negro que parece salido de la boca de la chimenea. Trata de devolver a la memoria las sensaciones de aquella playa, aquel olor de bosque, aquel ardimiento, pero es como sacudir ese poco de arena en el fondo del frasco rotulado. [...] Y sin embargo, el que ha tenido la constancia de llevar adelante durante años esa colección sabía lo que hacía, sabía a dónde quería llegar: tal vez justamente a alejar de su persona el estrépito de las sensaciones deformantes y agresivas, el viento confuso de lo vivido, y a guardar finalmente la sustancia arenosa de todas las cosas, tocar la estructura silícea de la existencia.»
La prosa de Calvino siempre ha ejercido una atracción inevitable, no sólo por su belleza, sino porque se trata de una escritura en extremo cordial, una invitación permanente al lector a sumergirse en un mundo, real o inventado, creación de su autor pero precisamente abierto a todos.
Una invitación a la que es difícil resistirse, y que una vez aceptada se convierte en una experiencia difícilmente comparable.

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Els Viatges, de Ibn Battuta

(Rihlat Ibn Battuta)
Enciclopèdia Catalana/Proa, col. A Tot Vent
Barcelona, 2005 [1355]
Trad., ed. y prólogo de Margarida Castells y Manuel Forcano

A veces, este autor ha sido definido como "El Marco Polo del Islam". No es mala comparación, pero Ibn Battuta llegó más lejos, fue a más sitios y, sobre todo, sus viajes, en cierto punto de su vida dejan de tener un sentido práctico o religioso y se realizan por la pura curiosidad de conocer otras tierras.
En este aspecto, su itinerario es impresionante: El Magreb; Egipto; Palestina y Siria; Arabia y los Santos Lugares de Medina y La Meca; Irak; Persia; Sudán; Yemen; Somalia; Zanzíbar; Omán y el Golfo Pérsico; Anatolia; Crimea; Rusia meridional; Constantinopla; Asia Central; India; las Maldivas; Ceilán; Bengala; Sudeste asiático; China; regreso a Marruecos; Al-Ándalus; Sáhara y Mali.
Es decir, que salvo los países cristianos y los confines septentrionales y meridionales del mundo conocido, Ibn Battuta lo visitó todo y lo vio todo. Con algunas salvedades, claro está.
El documento es valiosísimo por ser uno de los pocos testimonios (y, desde luego, el más detallado) que tenemos del Islam de la época. En este aspecto, el viaje de Battuta surgió del deseo de visitar todo rincón del mundo musulmán, sólo que llegado a un punto, cumplida varias veces su peregrinación a Medina y La Meca, acomete al autor ese rasgo distintivo propio del mundo moderno, el deseo del viaje por el viaje en sí.
No todo lo que cuenta Battuta (como sucede con Marco Polo y otros viajeros de la época) es exacto, y en alguna que otra ocasión habla de oídas, por no mencionar cuando los guías e intérpretes le tomaron directamente el pelo (como cuando en Constantinopla le presentaron a un emperador bizantino que había abdicado para hacerse monje; hecho cierto, pero persona equivocada: el emperador de marras había muerto dos años antes); sin embargo, aún de oídas, el testimonio directo o de segunda mano está ahí, y lo que en nuestra época de la información resulta inadmisible, como documento del siglo XIV es valiosísimo.
Es un texto, en origen, fundamentalmente religioso, de la extensión y variantes del Islam, pero no obvia las historias, algunas muy curiosas y divertidas, las leyendas y, sobre todo, la descripción geográfica y humana, las costumbres y los usos.
Leída con la adecuada paciencia que merecen las obras clásicas, esta crónica de viajes se muestra imprescindible para el historiador y para el lector curioso, apoyada en una magnífica traducción y edición.

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Annapurna. Primer 8.000, de Maurice Herzog

(Annapurna. Premier 8.000)
Ed. Juventud
Barcelona, 1991 [1953]

Este es un libro de exploración, en un estilo comparable a los viajes de Speke, de Stanley o de Cook. Es, sin embargo, una exploración singular, porque el territorio explorado ha estado siempre a la vista del hombre. De hecho, ese territorio ha estado tan a la vista, y ha sido tan evidente que no había sido hollado jamás, que hacía inevitable que ejerciera su fascinación a los habitantes de este planeta.
Sorprende y extraña que, hasta el 3 de junio de 1950, jamás un ser humano hubiera coronado una cumbre de más de 8.000 metros de altura (o puede que sí, pero nadie que hubiera podido llegar ahí había vuelto con vida). Sin embargo, así es. Todas las expediciones anteriores al Himalaya o al Karakorum habían terminado desistiendo o en desastre.
En ese año de 1950, una expedición francesa capitaneada por Herzog se plantó en el valle de Tukucha, en Nepal, para intentar el asalto bien al Dhaulagiri, bien al Annapurna. Este es el relato en primera persona de esa expedición.
Los primeros capítulos, dedicados a la preparación y primeros pasos de la expedición, recuerdan, como he dicho, a los de las grandes exploraciones del siglo XIX, pero destilando una confianza en el material y los hombres contemporáneos de un tremendo optimismo. No tarda el libro en cambiar de estilo. Cuando los componentes de la expedición inician el reconocimiento de las posibles vías de ataque a las cumbres, retroceden también a esa época: los mapas cartográficos de los que disponen son producto de una mente ebria, de un espíritu fantasioso o de un geógrafo aquejado de horror vacui: no tienen nada que ver con las estribaciones y aristas del Dhaula o el Annapurna; valles inexistentes, murallas de cumbre infranqueables que aparecen donde no debiera haberlas, aristas que han cambiado de posición o que han surgido de la nada. Se hallan, como Colón en su día, frente a terra incognita.
Esta auténtica exploración de descubrimiento provocará un retraso intolerable. Dice mucho del valor y la eficiencia de esos alpinistas el que encuentren una vía practicable y decidan acomenter el Annapurna con la época del monzón acercándose peligrosamente. La época de tormentas a más de 7.000 metros no es algo para tomarse a la ligera.
El ataque será impecable. Pero ominoso: "Un inmenso abismo me separa del mundo. Me muevo en un dominio diferente, desierto, sin vida. Un dominio fantástico en el que la presencia del hombre no está prevista, ni quizá deseada. Desafiamos una prohibición, afrontamos una negativa, y, sin embargo, subimos sin ningún temor. La famosa escala de Santa Teresa de Ávila me viene al pensamiento. Unos dedos se aferran a mi corazón..."
No sin razón. Herzog y Lachenal coronarán el Annapurna, pero casi de inmediato se desatará, como una maldición, el infierno.
Será un descenso terrible, horroroso, en un relato vívido, casi literario por su crudeza y realismo. Gran parte de los expedicionarios saldrán mutilados, perdiendo dedos de manos y pies, soportando aludes, sufrimientos más allá de la resistencia humana. En muchos momentos, los miembros de la expedición perderán todo deseo de seguir viviendo. He léido pocas cosas semejantes.
Cómo debió ser la experiencia para que Herzog saliera completamente transformado de allí. Y sufrió esa iluminación, que bien podría haberlo llevado a la locura, de forma benéfica, y ahí resulta la gran lección de la montaña, comprendida bien por Maurice Herzog: hay que respetar a las cumbres, hay que entenderlas y hay que hacer de la montaña parte de la vida, no tu vida parte de la montaña.
«Metido en mi camilla, pienso en esta aventura que está terminando, en esta victoria inesperada. Siempre se habla del ideal como de un fin al que se tiende siempre sin alcanzarlo nunca.
»El Annapurna, para todos nosotros, es un ideal realizado; en nuestra juventud no nos absorbían los relatos imaginarios ni los sangrientos combates que las guerras modernas ofrecen a la imaginación de los niños. La montaña fue para nosotros un campo de batalla natural en el que, jugando en las fronteras de la vida y la muerte, buscábamos la libertad que oscuramente anhelábamos y que necesitábamos tanto como el pan.
»El Annapurna, hacia el que hubiéramos ido todos con las manos vacías, es un tesoro sobre el cual viviremos... Con esta realización, una página se dobla... Una nueva vida empieza.
»Hay otros Annapurna en la vida de los hombres...»

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Libro de las Maravillas, de Marco Polo

(Le Devisement du Monde)
Ed. Anaya, col. Tus Libros
Apéndice y notas de Mauro Armiño
Ilustraciones: mapas, grabados y códices de los siglos XII al XVI
Madrid, 1996 [1298]

Gracias a ediciones expurgadas, abreviadas, resumidas, condensadas y reescritas, los lectores tienen una percepción errónea de este libro. De ahí que cuando se acercan a una edición fiel y completa (como es esta) queden desconcertados.
Todas esas versiones antes apuntadas han tenido como finalidad convertir los viajes de Marco Polo en una especie de novela de aventuras, primordialmente destinada al público juvenil, y después veremos porqué.
Il Milione, como fue popularmente conocido desde sus inicios este texto, es en realidad un libro de viajes, una especie de guía avant la lettre, que tuvo un éxito inmenso desde su aparición gracias a que describía provincias, ciudades, lugares y pueblos de los que en la época no se tenía sino un conocimiento lejano o disperso, cuando no eran totalmente desconocidos. No es de extrañar que, durante siglos, sus más fieles lectores fueron cartógrafos y geógrafos, amén de comerciantes y hombres de estado, por razones evidentes y eminentemente prácticas.
¿Y las aventuras, leyendas y descripciones maravillosas? Naturalmente que existen, pero se encuentran dispersas y siempre relacionadas con su lugar. Por la misma estructura de la obra, no existe un relato unificado y coherente de las peripecias de los viajeros Polo. Y sin embargo están ahí, y son espléndidas, como anuncia el título. Los editores no podían dejar pasar esta mina de oro, mezcla de leyenda y realidad, para sus colecciones de aventuras, de modo que las adaptaciones no son totalmente infieles, y no pueden desdeñarse como lectura amena o con la finalidad de conocer la obra de Polo.
El libro está organizado en forma de una especie de prólogo o primera parte en la que se relatan las peripecias de los Polo, de cómo llegaron hasta Extremo Oriente y cómo fue su regreso. El grueso de la obra es una guía, provincia a provincia y ciudad a ciudad, de todos los lugares de Asia de los que Marco Polo tuvo conocimiento. Y en esas descripciones es donde se hallan dispersas las aventuras, los hechos maravillosos, las leyendas.
Tal vez quien más comprendió la estructura y profunda finalidad del Libro de las Maravillas fue Italo Calvino en sus Las Ciudades Invisibles (que será la próxima obra reseñada en este blog). En muchas de las ciudades y provincias descritas hay una historia, una anécdota, una leyenda que compensa con creces al lector. En otras no.
Las condiciones necesarias para disfrutar de un clásico suelen ser la paciencia y una buena edición. Esta de Anaya es excelente (mapa, vocabulario histórico-geográfico, apéndice y notas) y garantiza que el lector no se perderá en la lectura, y no se verá agobiado por notas filológicas o bibliográficas. Respecto a la paciencia, sólo tengo que decir que mi recomendación es tener el Libro de las Maravillas como libro de cabecera. Leer uno o dos capítulos al día. La brevedad de los mismos garantiza una carga muy leve en tiempo y, en cambio, proporciona un beneficio enorme en conocimiento, entretenimiento, historia y aventura. Y maravillas, claro. Que es por lo que todos quedaron fascinados por este libro.

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En la Patagonia, de Bruce Chatwin

(In Patagonia)
Muchnik Editores, col. Personalia
Barcelona, 1997 [1977]

Se ha dado a Bruce Chatwin el mérito de haber revolucionado la literatura de viajes. En realidad, su mérito (y no es poco) es haber aplicado la técnica del nuevo periodismo a dicha literatura. Ya saben, se trata de hacer una incursión en el tema de forma más personal y cercana, y centrarse, más que en el tema básico, en la periferia inmediata del mismo.
Por tanto, el viaje a la Patagonia propuesto por Chatwin no es un recorrido por la geografía, la gran historia, la flora y la fauna o la etnografía. Chatwin busca la pequeña historia, los detalles que, como gusta decir a los historiadores, constituyen las notas a pie de página de los libros, pero que han hecho de una tierra lo que es, o los hechos que han sido ineludiblemente moldeados por esa tierra.
Supongo que todos los territorios del planeta tienen semejante historia, si uno se preocupa en buscarla, pero saber hallarla, llegar hasta el fondo de la misma, documentarse antes, durante y después del viaje y, por supuesto, saber explicarla es lo que no está al alcance de todos.
Así, nos encontraremos con los tremendos animales prehistóricos y el paso por Tierra de Fuego de Darwin; con la historia del hombre que se autoproclamó rey de Araucania y Patagonia (lo que no gustó en absoluto a los gobiernos argentino y chileno); con la numerosa colonia galesa de Patagonia, independentistas que huían del gobierno de su majestad británica; las andanzas en Patagonia de Butch Cassidy y Sundance Kid, que fueron muertos (o no) en esa región; con otros bandidos gringos; con los orígenes del término "Patagonia" y las relaciones de los blancos con los indígenas; con las revueltas y revoluciones anarquistas; la vida y hazañas (que darían para tres novelas) del capitán Charles Milward, que llegó a ser el cónsul más austral del Imperio Británico; o con la historia del penal de Ushuaia (ya que estamos, la ciudad más austral del mundo).
Y más, muchas más.
No he estado en la Patagonia. No me es posible comprobar las bondades de este libro in situ. Pero, si no es verdad, está muy bien contado. Estoy un poco harto de ciertos documentales y libros de viajes que se basan en tomar el cuaderno o la cámara al hombro alegremente y anotar y filmar lo que se ponga por delante. Sea verdad o no. Porque, por muy delante de una cámara que esté, ese hecho no da sacralidada la entrevista o la declaración.
La auténtica veracidad está en la documentación previa, la búsqueda en el lugar y la documentación posterior. Sólo así se enriquece el documento, y sólo así se elimina el material dudoso o falaz. Sólo así se alimenta la verdad. O la veracidad.
Chatwin fue un gran narrador prematuramente desaparecido. Su nombre todavía resuena en la literatura moderna como alguien que hizo algo grande. Pero cada vez resuena menos. Esto ya no es ley de vida, sino ley de mercado. Por tanto, bien está que se le recuerde antes de que caiga en el olvido que NO se merece.
Porque, leído En la Patagonia, no sólo he quedado entretenido por sus historias, sino que he salido de su lectura algo más sabio. Es muy de agradecer.