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Z, de Costa-Gavras

SESIÓN MATINAL

(Z); 1968

Director: Costa-Gavras; Guión: Costa-Gavras y Jorge Semprún, basado en la novela de Vassilis Vassilikos; Intérpretes: Jean-Louis Trintignant (el juez de instrucción), Jacques Perrin (el fotoperiodista), Yves Montand (Z un diputado de la oposición), François Périer (el procurador), Irene Papas (Helène, esposa de Z), Charles Denner (Manuel, un abogado del partido de Z); Dir. de fotografía: Raoul Coutard; Música: Mikis Theodorakis.

Un parlamentario opositor griego es asesinado en un mítin. La policía hace todos los esfuerzos para hacer pasar el hecho por un accidente, pero un juez y un periodista investigan para establecer la verdad.
Raro ejemplo de película de reivindicación política que funciona con agilidad, como si fuera un thriller (hecho que le hizo ganar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa), esta supeditación de la tesis a la cinematografía no hace sino reforzar aquella.
Con el trasfondo del régimen de los coroneles griegos, desnuda los entresijos de las dictaduras, pone en su justo término el valor de la palabra, la resistencia y la información; y lo hace sin lanzar un mítin al espectador, antes bien, mediante un guión inteligente y una dirección acertada, demuestra la eficacia del método narrativo cinematográfico para mostrar hechos dramáticos y política y humanísticamente trascendentes.
Destaca también por su estructura autocontingente: no es necesario tener posición política previa, ni información histórica anterior; esta historia relatada posee en sí misma todos los elementos para ser comprendida. Y eso es buen cine.

Tráiler:

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La Escritura o la Vida, de Jorge Semprún

(L'Écriture ou la Vie)
Ed. Tusquets, col. Andanzas
Barcelona, 1995 [1994]

Firma Invitada: SUSANA RIZO

La mirada. Hace muchos años en apenas 10 minutos de filmación en blanco y negro contemplé por primera vez “la mirada”. Tras este primer impacto he procurado buscar respuestas en los relatos de los deportados supervivientes de los campos. Quise conocer más, y anduve entre los desolados barracones de Birkenau; traté de buscar esas respuestas. El problema es que no las había. Ni tampoco palabras para describir el horror. Tan sólo existe la mirada. Semprún arranca su relato con el recuerdo de esa única referencia: su propia mirada, el día de la liberación del campo de Buchenwald, y “la mirada descompuesta, llena de espanto” de los tres oficiales con uniforme británico que le contemplan.

“¿A qué me remite la mirada horrorizada...? ¿A qué horror, a qué locura?”

La fortuna me puso hace unos meses ante esta obra maestra de Jorge Semprún, La Escritura o la Vida, y me preguntó por qué me resistía a acabarla. Hoy sé que es por la profundidad de este relato. Detrás de ese navegar entre los recuerdos de forma aparentemente desordenada y fragmentaria en los tres momentos en que se centra la novela ─antes, durante y después de Buchenwald─ y a menudo a través de la poesía, Semprún proporciona una más que sincera y profunda reflexión sobre la naturaleza humana, sobre sus miserias y grandezas. Y sobre la existencia en sí. Es éste un recorrido tan duro como imprescindible.

En 1943 Jorge Semprún fue detenido en París y deportado al campo nazi de Buchenwald donde permaneció recluido durante 18 meses como preso político por su vinculación con la red de resistencia antinazi Jean-Marie Action y el partido comunista. El 11 de abril de 1945 el III Ejército del general Patton liberó el campo y la vida que Semprún no creía posible tras esa larga muerte en Buchenwald, fue. Tenía 22 años.

Curiosidad, estar sano y saber alemán; todo lo demás es azar. Así definió Primo Levi el conjunto de factores que determinaron su supervivencia en Auschwitz. Semprún recuerda que en efecto reunía todas esas condiciones y también su resistencia vital durante el tiempo que permaneció en Buchenwald, y sin embargo, tras la liberación se ve incapaz de proyectarse en el futuro. “Así como la escritura liberaba a Primo Levi del pasado, a mi me hundía en la muerte.”

Poco después de aquello Semprún se enfrentó a una dualidad: los recuerdos y la vida insaciable que pugnaba por salir. Pero no podía haber vida sin recuerdos y tampoco con ellos porque le abocaban directamente a la experiencia de la muerte. Tuvo que elegir: o la escritura, y ello implicaba dejar de vivir para volver a morir en Buchenwald, o la vida, y ello implicaba el olvido. En torno a esta elección y lo que supuso esa decisión a lo largo de su vida está construido este ensayo. Todas las elipsis temporales, los saltos, y las asociaciones. Y debajo de todo esto hay una profunda reflexión, de hecho de las más intensas y brillantes que he visto en vida en torno a la desolación, la soledad, la muerte y en definitiva, una experiencia invivible como ésta. Tal y como él mismo define: "He tenido un idea … la sensación de no haberme librado de la muerte, sino de haberla atravesado … de haberla recorrido de punta a punta."

“Una duda me asalta desde el primer momento: ¿pero se puede contar? ¿podrá contarse alguna vez?”

Semprún accede a pasar por el tremendo ejercicio de instalarse en el recuerdo de la muerte, dejar de vivir, y ofrecernos a través de su elección final, la escritura ─la memoria─, el conocimiento y la lucidez. El escritor afronta el mal radical de Kant ─das radikal böse─ sin detalles, sin excesos, sin recreaciones efectistas. Le bastan insinuaciones sutiles. Le basta la ausencia del canto de los pájaros. Le basta evocar la nieve de sus recuerdos, de sus sueños. El humo eterno del crematorio de la colina de Ettersberg. El extraño olor insólito. La intensidad del canto de la oración del Kaddish.

Hay en esta novela muchos momentos sublimes: el primer encuentro con los tres oficiales; el final de sus compañeros de campo Maurice Halbwachs o Diego Morales; su visita a Weimar acompañado por el teniente Rosenfeld ─en realidad se llamaba Rosenberg y era un judío alemán que se expatrió en los años treinta para alistarse en el ejército de los EEUU y luchar contra el fascismo de su país─. Momentos tan sublimes como el sorprendente desenlace. A través de las numerosas referencias literarias poéticas, en francés y alemán en su mayoría, nuestro escritor conduce literalmente al sobrecogimiento en determinadas escenas.

“No poseo nada salvo mi muerte, mi experiencia de la muerte, para decir mi vida, para expresarla. Tengo que fabricar vida con tanta muerte. Y la mejor manera de conseguirlo es la escritura. Sólo puedo vivir asumiendo esta muerte mediante la escritura, pero la escritura me prohíbe literalmente vivir.”

Recorremos La Escritura o la Vida en tres fases. La primera colmada de recuerdos y episodios de su vida anteriores a su detención y los momentos inmediatamente posteriores a su liberación del campo. En la segunda irrumpe la vida y esa felicidad siempre frágil, en la que contribuyeron las mujeres que le devolvieron a la vida, la música y la fuerza de la literatura. Surge en esta fase la idea de la escritura, pero tras tomar conciencia de que la vida es más un sueño, una ilusión, y la realidad es el tiempo que transcurrió en Buchenwald, la abandona porque le conduce al suicidio. La política fue en esos años la terapia del olvido, pues le ofrecía la posibilidad de un futuro, le proyectaba al provenir. Y finalmente una tercera fase: la escritura. En 1963, coincidiendo con su ruptura con el partido comunista y abandono de la política, Semprún inició su recorrido por la creación literaria y rompió el silencio que durante largos años había mantenido. La decisión de escribir este libro surge el 11 de abril de 1987, el mismo día que Primo Levi se quitó la vida. El mismo día que cuarenta y dos años antes fue liberado Buchenwald. “Este libro era fruto de una alucinación de mi memoria, el 11 de abril de 1987.”

“Yo lo vi” (Francisco de Goya)
“No sabíais porque no queríais saber. Sois responsables aunque no culpables.” (Teniente Rosenberg, III Ejército del general Patton)

Pudiera sentir el lector cierta reticencia a sumergirse en tanto dolor y descubrir los recodos más oscuros del alma humana, Sin embargo es necesario recorrer este camino por una razón muy simple: porque no hay que olvidar. Parece que Semprún encierra en el fondo ansias de pasar el testigo a otros. Que lean lo inenarrable, y traten de imaginar siquiera de lejos lo que debió ser aquello, lo que supuso. Por compartir su dolor, poder entenderlo. Ponerse a su lado, y mirar con sus ojos.

“Un día soleado de invierno, en diciembre de 1945, me encontré ante la tesitura de tener que escoger entre la escritura o la vida. Quien tenía que escoger era yo, yo solo.”

“La literatura tan sólo es posible tras una primera ascesis mediante la cual el individuo transforma y asimila sus recuerdos dolorosos, al mismo tiempo que construye su personalidad.”

No se encontrará el lector ante una reconstrucción de lo que fue el día a día en el campo de Buchenwald. Para eso ya están otros relatos. Semprún pretende ofrecer una visión de conjunto, no un “desahogo de hechos”. Por ello, la impresión es que la memoria vaga a través de estas páginas; los recuerdos vienen y van, creando en ocasiones la sensación de cierta dispersión, con frecuentes saltos temporales que delatan, tal vez, la dificultad misma de enfrentarse a este relato. El propio Semprún reconoce que los recuerdos se le situaban antes y después de Buchenwald, pero nunca dentro: “Enseguida me pierdo en los meandros de la memoria. Meandros nebulosos, para colmo”. Cuando Semprún parece desmoronarse al recordar, es como si su propia memoria tratara de escapar. “A veces un dolor agudo como la punta de un estilete me había asestado un golpe en el corazón.”

“Nadie puede ponerse en tu lugar, pensaba yo, ni siquiera imaginar tu lugar, tu arraigo en la nada, tu mortaja en el cielo, tu singularidad mortífera. Nadie puede imaginar… tu cansancio de la vida, tu avidez de vivir.”

"Llegaría un día, relativamente cercano, en el que ya no quedaría ningún superviviente de Buchenwald. Ya nadie sería capaz de decir, con palabras surgidas de la memoria carnal y no de una reconstrucción retórica, lo que habrán sido el hambre, el sueño, la angustia, la presencia cegadora de Mal absoluto. Ya nadie tendría en su alma y en su cerebro, indeleble, el olor a carne quemada de los hornos crematorios."

"... Y si no se apropian de esa memoria los novelistas, o los poetas, ¿cómo va a continuar?"

Jorge Semprún declaró en una ocasión que no es preciso haber estado dentro para comprender, y que era necesario que la literatura se apropiara de esa memoria, que los jóvenes novelistas de hoy y mañana, con sensibilidad y talento, reconstruyeran esas historias para que entraran a formar parte de la memoria colectiva. Ese es su deseo. El poder de la literatura es lo que puede salvar esta memoria de la muerte, más incluso que los propios libros de historia.

Cuando anduve tras las respuestas me paré frente la entrada del gran complejo de exterminio que fue Auschwitz-Birkenau. Había una frase encabezando una lista absolutamente interminable de deportados y la triste historia de aquel lugar, rezaba lo siguiente: “Aquellos pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”. Estoy muy de acuerdo con esa máxima.

Este escritor e intelectual sublime de vida intensa y comprometida y cultura extraordinaria sacrifica parte de su vida para entregarnos la memoria. Esta es la historia de una elección. La escritura, opción final, es lo que nos permite hoy acceder de obras tan necesarias como “El Largo Viaje” o “Aquel domingo”. Esta obra es una reflexión sobre esa decisión. El lector podrá elegir entre abrir los ojos o cerrarlos. Entre la memoria o el olvido.



MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente,
vino hacia él un hombre
y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate hermano!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

César Vallejo
© 2009, Susana Rizo, todos los derechos reservados.

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El Llarg Viatge, de Jorge Semprún

(Le Grand Voyage)
Ed. Empúries, col. Narrativa
Barcelona, 1991 [1963]

«De repente, mientras los veo andar por este camino, como si fuera una cosa tan sencilla, me doy cuenta de que estoy dentro y ellos están fuera. Me impregna una profunda tristeza física. Yo estoy dentro, hace meses que estoy dentro, y los otros están fuera. No es sólo el hecho de que ellos son libres, tendríamos que hablar durante mucho tiempo, de esto. Es simplemente que ellos están fuera, que para ellos hay caminos, árboles a lo largo de los senderos, frutas en los frutales, uvas en las viñas. Ellos están fuera, sencillamente, y yo en cambio estoy dentro. No es bien el hecho de poder ir allá donde quieras, nunca eres completamente libre de ir donde quieras. Yo nunca he sido libre de ir donde quería. He sido libre de ir donde hacía falta que fuera, y hacía falta que fuera en este tren, porque hacía falta que hiciera las cosas que me han llevado a este tren. Era libre de ir en este tren, completamente libre, y aproveché esa libertad. Estoy, en este tren. Estoy libremente, porque habría podido no estar. O sea que no es esto. Es una sensación física: estás dentro. Hay el fuera y el dentro, y yo estoy dentro. Es una sensación física que te viene como una oleada, nada más.»
El Largo Viaje cuenta el viaje de un grupo de deportados franceses desde París al campo de trabajo de Buchenwald en 1943. Es una novela porque tiene una estructura novelística, pero un somero vistazo a la biografía de su autor basta para saber que es una novela compuesta de episodios biográficos.
En una serie concurrente y obsesiva de flashbacks y flashforwards, Semprún nos evocará los recuerdos de la resistencia, del campo de Buchenwald, de la ocupación, de la miseria de la guerra, de la posguerra, pero sobre todo del abuso del ser humano por parte de sus semejantes, siempre volviendo a ese interminable largo viaje en un vagón de mercancías lleno de hombres hacinados, en una noche interminable, una noche en la que da igual que amanezca, siempre es una noche que no acabará nunca.
Semprún ha declarado que, mientras a Primo Levi escribir sobre los campos de exterminio le salvó la vida, a él le dieron ganas de suicidarse. El mismo autor se refiere a esta novela dentro del texto: "De todas maneras, mi libro lo acabaré porque se ha de acabar, pero ya sé que no vale nada. Todavía no ha llegado la hora de poder explicar el viaje, todavía he de esperar, he de olvidar realmente el viaje, después tal vez lo podré explicar."
Es un texto claustrofóbico, ominoso, pero imprescindible. En él, extrañamente, se mezclan los recuerdos de la vileza y la solidaridad, la compasión y el odio. No estoy seguro de que este libro tuviera una finalidad, ni tan siquiera para su autor. Tal vez sólo sea una invitación, un "ven y mira" cómo fue. Todo es perplejidad, todo es interrogarse sobre el ser humano. Y hasta dónde puede llegar:
«─¿Por qué quieres visitar esta casa exactamente?
─¿Habéis visto cómo está situada? ─les digo.
Miran la casa y después se vuelven para mirar el campo.
─¡Dios mío! ─salta Haroux─. Hay que decir que estaban en primera fila.
[...]
Entro en la sala de estar y es precisamente eso lo que me esperaba. Pero no, si he de ser sincero he de decir que, aún esperando esto, esperaba que fuera diferente. Era una esperanza insensata, por supuesto, porque a menos que borrase el campo, a menos que lo tachase del paisaje, no podía ser de ninguna otra manera. Me acerco a las ventanas de la sala de estar y veo el campo. Veo, en el encuadre de una de las ventanas, la chimenea cuadrada del crematorio. Y miro. Quería verlo, lo veo. Querría ser un muerto, pero lo veo, estoy vivo y lo veo.
La mujer de cabellos grises, detrás mío, habla:
Eine gemülitche Stube, nicht wahr? [¿Una habitación confortable, verdad?]
Me vuelvo, pero no llego a verla, no llego a fijar su imagen, ni a fijar la imagen de esta habitación. ¿Cómo se puede traducir «gemülitch»? Intento aferrarme a este pequeño problema real, pero no llego, resbalo sobre este pequeño problema real, resbalo en la pesadilla algodonosa y cortante donde se alza, justo en el encuadre de una de las ventanas, la chimenea del crematorio. Si Hans estuviera aquí, en mi lugar, ¿cuál sería su reacción? Seguramente no se dejaría hundir en esta pesadilla.
─De noche ─pregunto─, ¿estaban en esta habitación?
Me mira.
─Sí ─dice─, estamos en esta habitación.
─¿Hace mucho tiempo que viven aquí? ─pregunto.
─¡Oh, sí! ─dice─. Desde hace muchísimo tiempo.
─De noche ─le pregunto, pero la verdad es que no es un pregunta, porque no puede haber la menor duda─, de noche, cuando las llamas iban más arriba de la chimenea del crematorio, ¿veían las llamas del crematorio?
De repente se sobresalta y se pone una mano en el cuello. Recula un paso y ahora tiene miedo. Hasta ahora no había tenido miedo, pero ahora tiene miedo.
─Mis dos hijos ─dice─, mis dos hijos han muerto en la guerra.
Me tira los cadáveres de sus dos hijos como carnaza, se protege tras los cuerpos inanimados de sus dos hijos muertos en la guerra. Intenta hacerme creer que todos los sufrimientos son iguales, que todas las muertes tienen el mismo peso. Al peso de todos mis compañeros muertos, al peso de sus cenizas, opone el peso de su propio sufrimiento. Pero no todas las muertes tienen el mismo peso, claro que no. Ningún cadáver del ejército alemán pesará jamás este peso de humo de uno de mis compañeros muertos.»