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El Gran Carnaval, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL 

(Ace in the Hole / The Big Carnival); 1951

Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder, Lester Samuels, Walter Neumann; Intérpretes: Kirk Douglas (Chuck Tatum), Jan Sterling (Lorraine), Porter Hall (Boot), Bob Arthur (Herbie), Richard Benedict (Leo), Ray Teal (Sheriff), Frank Cady (Federber); Dir. de fotografía: Charles B. Lang Jr; Música: Hugo Friedhofer.

La maestría de Wilder para la comedia ha oscurecido en cierta manera sus tremendas dotes para cualquier otro tipo de lenguaje fílmico, y muchas veces hay que recordar que es también el director de Días sin Huella o El Crepúsculo de los Dioses.
Una de las menos recordadas películas del maestro es El Gran Carnaval que, sin embargo, si no es una obra maestra se le aproxima bastante.
El muy pagado de sí mismo periodista Chuck Tatum desembarca, sin un céntimo en el bolsillo, en la localidad de Albuquerque, Nuevo México. Haciendo lo que mejor sabe hacer, es decir, venderse, convence al director del periódico local para que le contrate como reportero. Todo va bien, pero un día se presenta una tentación demasiado fuerte ante él: un hombre ha quedado atrapado en una cueva. Algo de interés local, con su tensión durante el rescate y todos los demás componentes humanos de la historia, pero Tatum decide que esa historia puede ser su salto a la fama, y empieza a darle una cobertura sensacionalista, convenciendo a medios de ámbito nacional para que le "compren" la historia. Que, por descontado, cubre en exclusiva. Y llega el punto del dilema. Las labores de rescate avanzan y pronto el desdichado Leo podrá salir a la superficie. Y entonces decide retrasar los trabajos de auxilio...
Que Wilder sea un genio del humor no debería ocultar a nadie que usa de una clase de humor que es ácido hasta llegar a la corrosión. Aquí, desprovista del elemento jocoso, la acidez se muestra rampante en una película que arremete contra todo. Cierto es que arrasa con cierto tipo de prensa y de periodistas, pero también incide, y mucho, en que si ese tipo de prensa existe es porque alguien está dispuesto a comprarla. Las multitudes acudiendo al lugar donde el desgraciado Leo está enterrado en vida como si estuvieran en una fiesta dicen mucho del ser humano y de sus actitudes ante la vida y la desgracia ajena.
Todo ello en un film que supone un lujo de cinematografía y dirección, con un Kirk Douglas (¿Quién dijo que Douglas era un mal actor?) insuperable en la interpretación de un guión que, como siempre en Wilder, rebosa ironía y crítica social.

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Perdición, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL

(Double Indemnity); 1944

Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder, Raymond Chandler, basado en la novela de James M. Cain; Intérpretes: Fred MacMurray (Walter Neff), Barbara Stanwyck (Phyllis Dietrichson), Edward G. Robinson (Barton Keyes), Tom Powers (Mr Dietrichson), Porter Hall (Mr Jackson), Jean Heather (Lola Dietrichson), Byron Barr (Nino Zachetti), Richard Gaines (Edward S. Norton Jr); Dir. de fotografía: John Seitz; Música: Miklos Rozsa.

Una obra maestra bajo todos los puntos de vista, se considera que esta película es la iniciadora del género fílmico que se ha venido denominando como film noir.
Al respecto, hay que decir que aunque se habla mucho del noir, nadie ha sabido todavía explicarme en qué consiste, y así veo cómo la etiqueta se aplica a melodramas muy oscuros, a historias de gángsters muy claras, y, en general, a todo aquello que contiene un cierto toque criminal y urbano estadounidense. Aunque también se ha puesto la etiqueta en historias de frontera y en historias rurales.
En los extras a Perdición, un crítico lo define como "Lo hice por dinero, y lo hice por la chica. No conseguí el dinero, y no conseguí a la chica. ¡Eso es puro film noir!" Es emplear una frase de la película para definir todo un género, pero es una frase que el Raymond Chandler guionista parafrasea de sí mismo y, francamente, poco o nada aclara sobre el tema.
Tal vez la respuesta es que no la hay, y que el noir americano es más una atmósfera, un estado de ánimo, que otra cosa.
En cualquier caso, si hay elementos que componen esta clase de películas criminales, surgidas de la novela hard boiled de autores como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James M. Cain y otros, esta película los reune en su mayoría.
La historia de su concepción es legendaria, y ha dado bastante que hablar: de cómo Chandler y Wilder se odiaban durante la redacción del guión (la leyenda de que Wilder lo escribió todo y Chandler sólo firmó y cobró es, sin embargo, maliciosamente falsa: los diálogos son típicamente chandlerianos, y muy poca gente en es época podía escribirlos, salvo el propio Chandler); y sin embargo, o precisamente por esa animadversión, surgió un guión inatacable, duro, correoso, descarnado a la vez que emotivo.
El protagonista es un tipo normal (nada menos que un agente de seguros), pero, en la mejor tradición de la novela negra, nos va a caer simpático aun cuando caiga en el delito. Esa difuminación del blanco y negro moral para entrar en una gama de grises enorme es algo que rompió moldes en literatura, y se ha instaurado ya como una tendencia en el género criminal.
Tal vez por la herencia centroeuropea de Wilder, la figura de la femme fatale es extraordinaria, potente, poderosa y a la vez, como tiene que ser, atrayente. Atrayente hasta la perdición del título castellano.
Y, aunque es más dudoso adscribir eso a una tradición, podría bien ser que la fotografía estuviera inspirada por el expresionismo alemán. Dudoso, porque el excelente John Seitz, sí utiliza motivos de luces y sombras para dar expresión a la escena, pero no tiene porqué ser herencia directa del movimiento alemán, y más a una inteligencia propia de un gran director de fotografía.
¿Qué más se puede decir? Que MacMurray, Stanwyck y Robinson están prodigiosos en sus interpretaciones. Que la fotografía, como ya hemos dicho, habla por sí misma en muchas escenas; que la dirección de Wilder, y sus elecciones (la peluca rubia de Stanwyck, que hace daño a los ojos, no es sino un faro para señalarnos que es una mentirosa total) son tan sabias que difícilmente podrían rodarse de otra manera. Tal vez por eso, y en un alarde de masoquismo, en la edición especial en DVD se incluye el remake para televisión realizado décadas después. El guión es el mismo, la duración similar, los actores son decentes, y sin embargo, todo suena a poco creíble. ¿Por qué? Porque está rodada a la luz de un luminoso sol, entre otras cosas, y porque carece de atmósfera que acompañe a esas frases chandlerianas. Sí, tal vez el noir no es más que un estado de ánimo. Que Wilder expresó con una maestría incomparable.

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Traidor en el Infierno, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL 

(Stalag 17); 1953

Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder, Edwin Blum, basado en la obra de teatro de Donald Bevan y Edmund Trzinski; Intérpretes: William Holden (Sargento J. J. Sefton), Don Taylor (Teniente James Dunbar), Otto Preminger (Coronel von Scherbach), Robert Strauss (Sargento Stanislaus "Animal" Kuzawa), Harvey Lembeck (Sargento Harry Shapiro), Richard Erdman (Sargento "Hoffy" Hoffman), Peter Graves (Sargento Price), Neville Brand (Duke), Sig Rumann (Sargento Johann Sebastian Schulz); Dir. de fotografía: Ernest Laszlo; Música: Franz Waxman.

En su día, esta película fue presentada como una comedia desternillante, una especie de película de los Hermanos Marx situada en un campo de prisioneros alemán. En realidad, se trata más bien de una tragicomedia. El elemento jocoso era de esperar en un guionista y director como Billy Wilder, capaz de hacer comedia de cualquier elemento trágico que se le plantara por delante, pero tengo que decir que, en mi opinión, esa presentación como una película hilarante perjudicó más que benefició a la película (y probablemente Wilder no tuvo nada que ver en ello; son los departamentos de publicidad y mercadotecnia los que se creen más listos que nadie).
Si la ven, descubrirán que están ante una de las grandes películas sobre campos de prisioneros (compartiendo primacía con La Gran Evasión), en tanto que obra coral; otra cosa sería el mismo género a nivel individual, en el cual no hay duda de que la palma se la lleva La Gran Ilusión.
El argumento es típico: en un barracón de prisioneros ocupado únicamente por sargentos, Sefton es un emprendedor: negocia con los alemanes, con quien se le ponga por delante, y obtiene beneficios en el campo que le hacen la vida más agradable, la dieta más variada e incluso alguna visita ocasional al barracón de las prisioneras rusas. No tiene la menor intención de jugarse la piel en una fuga, y no la tiene incluso aunque pudiera tener éxito. Para que volvieran a meterlo en una unidad militar a combatir en otro lado, prefiere esperar el fin de la guerra sentado en su camastro.
En este orden de cosas, el fracaso sucesivo de los intentos de evasión, y el hecho de que los alemanes parecen saber lo que sucede en el barracón antes que alguno de sus ocupantes es motivo de sospechas, y el cabeza de turco más evidente (tal vez demasiado evidente para lo que el sentido común determina, pero los prisioneros son impulsivos) es Sefton. Tras recibir una paliza de sus compañeros, Sefton acaba de adquirir un objetivo en su vida: descubrir al auténtico traidor.
Que Wilder es un gran director no es decir nada nuevo; que incluso era mejor guionista que director, hasta cierto punto, tampoco. El tempo de esta película está perfectamente calculado para que sucedan cosas en el momento en que han de suceder, para que la tensión se acumule, y  para que los momentos de comedia (que la hay, y mucha, llevados adelante sobre todo por un Robert Strauss como "Animal" espléndido, y por el nunca bien ponderado Sig Rumann) se intercalen con los de tragedia aliviando al espectador y preparándolo para una nueva carga de incertidumbre y de riesgo en pantalla. Una ambientación cuidada y una interpretación individual y colectiva más que correcta hacen el resto, y todo junto suma una película que roza lo genial.

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La Vida Privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL 

(The Private Life of Sherlock Holmes); 1970

Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder, I. A. L. Diamond; Intérpretes: Robert Stephens (Sherlock Holmes), Colin Blakely (Dr Watson), Genevieve Page (Gabrielle Valladon), Clive Revill (Rogozhin), Christopher Lee (Mycroft Holmes), Catherine Lacey (mujer en silla de ruedas), Stanley Holloway (enterrador); Dir. de fotografía: Christopher Challis; Música: Miklos Rozsa; Dir. artístico: Alexander Trauner.

Una película que siempre ha desatado controversias. No acaba de gustar a los amantes del cine de Billy Wilder, que la encuentran poco sarcástica, poco ácida; y provoca desconfianza en los aficionados al detective de ficción por excelencia, que ven cómo se toma ciertas libertades desmitificadoras con el personaje.
El caso es que esta película tenía que contener cuatro historias, pero se quedaron en dos. La primera es una pieza satírico / cómica sobre Sherlock Holmes y su misoginia, y la segunda un caso holmesiano que podría bien ser uno de los canónicos debidos a la pluma de Conan Doyle, si no fuera porque es creación exclusiva de Wilder y Diamond.
Esta mezcla no satisface a ambas facciones de aficionados. Y, ciertamente, puede desorientar al espectador. Lo que primero se plantea como una sátira absoluta del personaje enfrentado a la realidad (Holmes incluso se queja de que Watson haya incrementado en dos pulgadas su estatura) de pronto pasa al terreno más absoluto de la ficción holmesiana.
Sin embargo, y tomada en sí misma, se trata de una película muy notable. No sólo el apartado desmitificador del filme está bien trazado, sino que éste, junto con el caso que sigue, son en extremo respetuosos con el personaje. Casi podríamos decir que son tratados con cariño, con humor a veces (el mismo Conan Doyle tenía esos ramalazos en sus historias), cierto, pero con un afecto que puede extrañar en los que están acostumbrados a la mordacidad de Wilder. Y el caso que se plantea es tremendamente canónico, perfectamente interpretado por Stephens y Blakely como Holmes y Watson, rodeados de la cohorte habitual: la señora Hudson, Mycroft Holmes (interpretado por un sorprendente Christopher Lee), y la clienta enigmática que pone en marcha a un Holmes abatido por la falta de casos que representen un desafío.
Todo ello compone una película que merece mejor opinión y mayor prestigio, y que puede enseñar bastantes cosas sobre cómo tratar a los personajes holmesianos con originalidad pero sin perderles el respeto.

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Días sin Huella, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL

(The Lost Weekend); 1945

Director: Billy Wilder; Guión: Charles Brackett, Billy Wilder, basado en la novela de Charles Jackson; Intérpretes: Ray Milland (Don Birnam), Jane Wyman (Helen St. James), Philip Terry (Wick Birnam), Howard da Silva (Nat), Frank Faylen ("Bim" Nolan); Dir. de fotografía: John F. Seitz; Música: Miklos Rozsa; Montaje: Doane Harrison.

Pocas películas causaron tanto revuelo partiendo desde la modestia de su planteamiento, y de pocas se puede decir que son tan potentes en su argumento, interpretación y visualmente como para haber perdurado sin que hayan perdido ni una sola de las cualidades que las hicieron grandes.
Estamos hablando prácticamente de un proyecto personal de Wilder; compró el libro en una estación de trenes, lo leyó en un vuelo e hizo comprar sus derechos fílmicos de inmediato. Al parecer, la Paramount no tenía ni idea de qué estaba comprando, y cuando se enteraron de que se trataba de una historia sobre un alcohólico, la cara se les puso muy larga. Otros fueron los problemas para hallar a quien interpretara el papel principal de Don Birnam. Tras numerosas negativas por parte de muchos actores, y tras muchos titubeos por parte de Ray Milland, que entonces estaba clasificado como actor de comedia, aceptó. El papel le reportó un Oscar y una interpretación que todavía hoy es recordada como de las más impactantes de la historia del cine.
La historia es teóricamente simple, si se puede llamar así al descenso a los infiernos periódico que efectúan los alcohólicos. Los días sin huella (el fin de semana perdido del que habla el título original) son los dos días en los que veremos a Don Birnam, un escritor alcohólico, entrar en diversas etapas de ese infierno personal y arruinar su vida a pedazos, defraudando a su novia, engañando a su hermano, mendigando, empeñando su máquina de escribir (es decir, la dignidad de un escritor) sólo para obtener otro trago.
Hay que ver Días sin Huella. Precisamente porque es cine, y el buen cine no se debería poder describir con palabras. Cuando vean lo audaz de la dirección de Wilder, lo bien construido de su guión, esa espléndida fotografía de las calles de Nueva York realizada por Seitz, pero sobre todo esa interpretación de Ray Milland, flanqueado por otras actuaciones no menos geniales de Howard da Silva como el barman y Frank Faylen como el enfermero de la sala de alcóholicos, cuando vean todo eso, habrán visto lo que puede llegar a hacer el cine. Obras maestras.

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Testigo de Cargo, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL

(Witness for the Prosecution); 1957

Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder, Harry Kurnitz, basado en la obra de teatro de Agatha Christie; Intérpretes: Charles Laughton (Sir Wilfrid), Tyrone Power (Leonard Vole), Marlene Dietrich (Christine), John Williams (Brogan-Moore), Henry Daniell (Mayhew), Elsa Lanchester (Señorita Plimsoll), Norma Varden (Sra. French), Una O'Connor (Janet), Ian Wolfe (Carter); Dir. de fotografía: Russell Harlan; Música: Matty Malneck; Montaje: Daniel Mandell.

Una película que hubiera podido firmar el propio Alfred Hitchcock; pero no, es de Billy Wilder, y el caso es que parece más británica que americana o alemana, pero son esos misterios del genio que son difíciles de comprender. El argumento es el típico y se ha hecho cien veces, la mayoría con gran clase (por ejemplo, Anatomía de un Asesinato, de Otto Preminger): La esposa (Dietrich) de un acusado de asesinato (Power) que seduce emocionalmente al abogado defensor (Laughton) y le induce a error, de modo que la posibilidad de inocencia o culpabilidad queda en entredicho.
Lo importante es que, sin ser una de las grandes películas de Wilder, sí mantiene el suspense (las trampas de argumento son atribuibles a la gran tramposa del género, Agatha Christie, autora de la obra de teatro), y se proclama como una de esas películas de juicios que se revelan imprescindibles. Brilla con luz propia la interpretación de Charles Laughton, acompañado de un Tyrone Power en su registro torturado de costumbre y una Marlene Dietrich que es arquetípica de la mujer enigmática y seductora. Vista hoy, todavía gana por goleada a muchas producciones actuales de películas "de tribunales".


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El Crepúsculo de los Dioses, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL

(Sunset Boulevard); 1950

Director: Billy Wilder; Guión: Charles Brackett, Billy Wilder y D. M. Marshman Jr.; Intérpretes: Gloria Swanson (Norma Desmond), William Holden (Joe Gillis), Erich Von Stroheim (Max Von Mayerling), Fred Clark (Sheldrake), Nancy Olson (Betty Schaeffer), Jack Webb (Artie Green), Lloyd Gough (Morino), Cecil B. de Mille (él mismo), H. B. Warner (él mismo), Anna Q. Nilsson (ella misma), Buster Keaton (él mismo), Hedda Hopper (ella misma); Dir de fotografía: John F. Seitz; Música: Franz Waxman; Montaje: Arthur Schmidt, Doane Harrison.

Lo enorme de esta película es parecer una historia repleta de fantasmas sin que haya ninguno. O incluso con uno de verdad, si tenemos en cuenta que el protagonista empieza a narrar en flashback su historia mientras contempla cómo recuperan su cadáver de la piscina; toda una declaración programática por parte de Wilder (en un inicio que fue incluido después de un preestreno, pero cuyo predecesor también incluía un fantasma, lo que lo convierte en un recurso buscado voluntariamente). De hecho, Otis L. Guernesey Jr. escribía en el New York Herald Tribune: "Una película fascinante y macabra sobre una forma de arte que, nueva como es, ya se encuentra habitada por fantasmas".
Su argumento es muy conocido: un guionista fracasado se convierte en semigigoló y semiadulador de una antigua estrella del cine mudo en su retiro decadente. Un retiro en un mundo obsesivo y propio en el que la realidad contemporánea, cuando entra, lo hace en una forma que vuelve todavía en más espectral ese mundo.
Las cualidades del filme son innumerables: cine dentro del cine, reflexión sobre una época y un arte, sobre lo efímero de la fama, sobre el dinero y el arte, sobre la vejez y la obsesión por la inmortalidad y la juventud, sobre las mezquindades de Hollywood; un guión excelente, unas interpretaciones soberbias, una dirección maravillosa, la fotografía, la música, una película que incluye la oportunidad de ver un fragmento de La Reina Kelly (otra elección significativa) y la de contemplara  un insuperable Erich Von Stroheim dirigiendo una escena.
Una mirada cínica y descarnada, pero también afectuosa, al mundo del cine, en una película fascinante que se ha convertido en un clásico de pleno derecho del séptimo arte.

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En Bandeja de Plata, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL

(The Fortune Cookie); 1966

Director: Billy Wilder; Guión: I. A. L. Diamond y Billy Wilder; Intérpretes: Walter Matthau (Willie Gingrich), Jack Lemmon (Harry Hinkle), Ron Rich (Luther "Boom Boom" Jackson), Cliff Osmond (Purkey), Lurene Tuttle (Mother Hinkle); Dir. de fotografía: Joseph LaSelle; Música: André Previn.

El cámara deportivo Lemmon es arrollado durante un partido de fútbol americano por "Bum Bum" Jackson (Ron Rich). Walter Matthau, cuñado abogado de Lemmon, picapleitos rastrero y sin escrúpulos, convence a Lemmon para que finja tener lesiones incapacitantes y cobrar daños y perjuicios descomunales. Pero Lemmon tiene remordimientos.
Sobre esta base menos anecdótica y más clarividente y mordaz de lo que parece, Billy Wilder compone una de sus comedias ácidas. Protagonizada por una de las parejas cómicas más eficaces de la historia del cine, es Walter Matthau, sin embargo, quien mueve toda la película, efectuando todo un auténtico recital de actuación (y "comiéndose" a Lemmon, demasiado constreñido por su papel de buena persona). No se pierdan su monólogo en el bufete de los abogados de la aseguradora sobre los precedentes legales del caso, uno de los momentos más cínicamente divertidos del cine y que podría quedar en las antologías por el dominio del espacio, la gesticulación, expresividad y aprovechamiento del guión.
Una película que aporta mucho más de lo que aparenta y que, sin ser una de las obras maestras de su director, en cambio es un modelo de cómo conseguir que una comedia modesta trascienda sus propios límites.

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El Apartamento, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL

(The Apartment)
1960
Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder e I. A. L. Diamond; Intérpretes: Jack Lemmon (C. C. Baxter), Shirley MacLaine (Fran Kubelik), Fred MacMurray (Jeff D. Sheldrake), Ray Walston (Joe Dobisch), Jack Kruschen (Dr. Dreyfuss), David Lewis (Al Kirkeby), Hope Holiday (Mrs. Margie MacDougall), Joan Shawlee (Sylvia), Naomi Stevens (Mrs. Mildred Dreyfuss), Johnny Seven (Karl Matuschka), Joyce Jameson (la rubia), Willard Waterman (Mr. Vanderhoff), David White (Mr. Eichelberger), Edie Adams (Miss Olsen); Música: Adolph Deutsch; Dir. de Fotografía: Joseph LaShelle; Montaje: Daniel Mandell; Dir. Artística: Alexandre Trauner; Decorados: Edward G. Boyle; Vestuario: Forrest T. Butler e Irene Caine.

Esta película pasa por ser una comedia. En realidad, pocos filmes hay tan amargos como este. La historia de C. C. Baxter, que presta su apartamento para citas extramaritales de sus jefes a cambio de la promoción laboral ya sería patética en sí, pero además Billy Wilder compuso esta historia con el gran creador de amargura de todos los tiempos, el amor; ese sentimiento que trae miseria y desolación sin que siquiera conlleve una felicidad compensatoria. En una ausencia más que intencionada, esta película carece de final feliz. Sólo unos grandes interrogantes sobre el futuro que son más inquietantes que complacientes.
Jack Lemmon demuestra una vez más ser un grandísimo actor capaz de pasar en un instante de la comedia a la tragedia. Shirley MacLaine jamás estuvo tan preciosa, casi como una muñeca de porcelana, ni Fed MacMurray tan cínico.
No se dejen engañar por lo impresionante de la oficina: es un efecto óptico. Y presten atención a la puesta en solfa que hacen Wilder y Diamond, autores del guión, del sitema empresarial americano.
Una obra maestra en todos los sentidos.

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Nadie Es Perfecto, de Billy Wilder con Hellmuth Karasek

(Billy Wilder. Eine Nahaufnahme von Hellmuth Karasek)
Grijalbo Mondadori
Barcelona, 2000 [1992]

Billy Wilder, un cineasta al que se recuerda como uno de los reyes de la comedia, realizó más películas dramáticas que comedias. Citado continuamente por sus frases ácidas, pocas veces se para mientes en que, por trayectoria vital, fue un testigo excepcional de la evolución del cine desde Europa, pasando por el sistema de grandes estudios, hasta prácticamente la actualidad. Reconocido por su ingenio, se olvida de lo mucho que conllevan sus películas en sus aspectos formales (la evolución del toque Lubitsch, el aprovechamiento del montaje, el establecimiento de un ritmo desenfrenado y, sin embargo, calculado).
Esto no es una biografía al uso, sino una serie de conversaciones con Karasek transcritas, ordenadas y complementadas con material biográfico y biofílmico.
Si ustedes conocen al personaje, las anécdotas les serán de sobra oídas, ya que han sido repetidas y antologizadas de continuo. Otra cosa es el método de trabajo, los aportes cinematográficos y las opiniones teóricas de alguien que fue el guionista mejor pagado de Hollywood, que ganó Oscars con películas relativamente modestas y de temática molesta (por ejemplo, Días Sin Huella/The Lost Weekend), que compuso la mejor película sobre Hollywood (El Crepúsculo de los Dioses/Sunset Boulevard) o que realizó uno de los mejores Hitchcock no rodados por Hitchcock (Testigo de Cargo/Witness for the Prosecution).
Un libro con muy pocos cotilleos y sí, en cambio, con reflexiones sobre el cine y cómo hacerlo, una historia la de Wilder que es testimonio de una época, y un libro útil por muchos conceptos si se quiere conocer cómo es el cine y cómo se hace.

Portada y sinopsis