0 comentarios

Jazz Porque Sí: Louis Armstrong en el Crescendo Club

El más grande de todos los clásicos y el músico al que se le debe todo lo que el jazz es. En esta ocasión, y antes de pasar al concierto en el Crescendo Club, escucharemos algunas piezas grabadas en estudio con sus All Stars: Louis a la trompeta y a esos peculiares vocales y scats, el estupendo clarinetista Barney Bigard, el no menos estupendo trombonista Trummy Young, al que les recomiendo escuchen con atención, porque han habido muy pocos trombonistas de su categoría; el pianista Billy Kyle, una delicia; Arvell Shaw al contrabajo; Barrett Deems a la batería; y Velma Middleton en algunos vocales, que, como veremos, no sólo tienen una calidad inmensa, sino un humor prodigios, haciendo intercambios procaces con Louis Armstrong.
En esta sesión de estudio, Armstrong grabó piezas compuestas por el gran W. C. Handy, empezando por Old Miss; Chantez-le Bas, con vocales de Louis y el trombón potente de Trummy; Hesitating Blues, con un dúo de Velma Middleton y Armstrong; y Atlanta Blues, con vocal de Louis.
En 1954, que es cuando se grabaron estas piezas, Armstrong ya había dicho todo lo que se tenía que decir en cuestión de innovación. Las piezas tocadas por Satchmo eran conocidas y nadie podía esperar nada nuevo en ellas. Sin embargo, estaba en una forma espléndida. Su trompeta, reconocible a la primera nota, sigue teniendo ese sonido imperial, dominador, con una técnica inimitable e incluso sorprendente, porque Louis estuvo siempre a la altura del genio que era y siempre, siempre, dio al público lo que éste esperaba... y un poco más.Si alguien tiene dudas, que escuche estas interpretaciones, y verá cómo a los pocos segundos empieza a disfrutar con la música de un genio único, enormísimo cronopio, como lo llamó Julio Cortázar.
En el Crescendo se escuchará When You're Smiling; It Ain't What You Do, composición de Trummy Young en la que éste realiza el vocal y tiene un solo prodigioso de trombón; Lover Come Back to Me, con vocal de Velma Middleton; Don't Fence Me In, con intercambios vocales entre Velma y Louis, una pieza divertidísima; y el clásico Basin Street Blues, con intervención vocal de Armstrong.
Presten atención a los comentarios del Cifu, como siempre, y disfruten con la música del auténtico creador del jazz, Louis Armstrong.


1 comentarios

Muerto en Resaca, de Ambrose Bierce

Durante la guerra de Secesión, el mejor soldado de una brigada es el teniente Herman Brayle. Alto, de más de 1,90, no sólo es un oficial de estado mayor eficiente, sino que, a diferencia del resto de soldados y oficiales, tiene la manía suicida de quedarse expuesto al fuego, sea cual sea la circunstancia. Su altura y el ir montado a caballo todavía le hacen más reconocible y blanco más fácil. Ya ha sobrevivido a unas cuantas acciones en las que el que no haya muerto puede considerarse un milagro. Y, sin embargo, no se vanagloria de ello, no se cree más valiente que los demás, no lo hace para acumular méritos.
Este es el postulado del relato de Ambrose Bierce Muerto en Resaca, una pequeña joya del género de cuentos de guerra, y uno cuyas resonancias se perciben incluso hoy. El relato lo pueden leer en los enlaces al pie de esta entrada, pero fíjense sobre todo en este párrafo, teñido de esa ironía que caracterizaba a Bierce:
«En tales circunstancias, la vida de un oficial del estado mayor de brigada no es precisamente "una vida feliz", sobre todo a causa de la precaria duración y de las emocionantes alternativas a que se halla expuesta. De un lugar más o menos seguro ─lo que no impide que, para un civil, desde allí sólo pueda escapar a la muerte "por milagro"─ pueden ordenarle que lleve un mensaje al coronel de un regimiento que ocupa la primera fila, personaje poco visible en aquel momento y que no es fácil encontrar [...]. En un caso así, es costumbre hundir la cabeza entre los hombros y galopar a todo lo que da el caballo, porque el mensajero se ha convertido en un objeto del más vivo interés para varios millares de admirados tiradores. A la vuelta... Bueno, no suele volverse.»
Es un estilo irónico, crudo y sin embargo altamente moderno, como podría haberse escrito en el siglo XXI.
Pero el relato tiene una profundidad mayor a la mera anécdota de porqué alguien mostró una conducta tan singular durante el combate y resultó (el título no deja lugar a especulaciones durante el relato) muerto en Resaca, uno de los muchos lugares que vieron grandes combates durante la guerra civil. Y es la responsabilidad de todos aquellos que, sin tener idea de lo que es la guerra, imponen sus ideas sobre la valentía y el comportamiento heroico a aquellos que sí van a ella. Una vez se descubre cuál es el motivo del heroísmo del teniente Herman Brayle, la ironía se vuleve doloroso, pero además se vuelve criminal, en ese final absolutamente perfecto que Bierce desata en este cuento maestro.

(Killed at Resaca)
En Cuentos de Soldados y Civiles
Eds. Orión, col. Pruebas de galera
Buenos Aires, 1975 [1877]
Trad. y prólogo de José Bianco

Texto en castellano de Muerto en Resaca
Texto en inglés de Killed at Resaca

0 comentarios

Un Gramo de Odio, de Frantz Delplanque

Un asesino a sueldo, Jon Ayaramandi (vasco, por más señas), decide retirarse. Para ello, consigue una "pensión" de jubilación de su jefe convenciéndole de que tiene escrito un relato detallado de los treinta asesinatos cometidos por encargo, garantizándose así un seguro contra "accidentes". Sin embargo, su descanso dura poco. Un día, en una casa vecina, escucha unos gritos pidiendo auxilio. Allí encuentra a un hombre violando a una chica, Perle. Tras añadir uno más a la lista de sus cadáveres, entra en connivencia con la mujer, y se convierte en una especie de abuelo para la niña nacida de esa relación forzada. Todo parece haber vuelto a la normalidad, pero un día, en el pueblo, encuentra casualmente a Burger, otro asesino a sueldo, y poco después el novio de su protegida Perle desaparece, con toda probabilidad para siempre. Todos los indicios y un testimonio casual apuntan a un trabajo realizado por Burger. Perle, la hija de ésta y él mismo pueden ser considerados testigos incómodos de una operación en teoría limpia, de manera que Jon tiene que volver a tomar las armas y retornar a un mundo del que creía se había librado para siempre.
Frantz Delplanque compone un thriller efectivo (aunque con algunas vacilaciones de estructura), en el que su protagonista, uno de los mejores en su oficio, ve enturbiadas sus capacidades por el amor y las circunstancias personales. Bien escrito, repleto de referencias musicales y flashbacks de Jon, esta novela se convierte en una de aquellas historias trepidantes en las que la acción se hace motor de la lectura y las motivaciones de cada uno de convierten en épica.
Aunque no es poco, no esperen una novela social, ni de tesis demasiado intrincadas. La primacía es la acción tensa que domina esta historia de venganzas en las que nadie lo sabe todo sobre los demás y todo el mundo miente u oculta alguna cosa.
Es lícito. La novela de puro entretenimiento tiene su lugar en el mercado, e incluso es necesaria, de tanto en tanto, la evasión pura. Lo difícil es hacerla bien, y Delplanque, pese a que tiene algunos fallos de ordenación de lo escrito, que en alguna ocasión perjudican el ritmo de la novela, se desenvuelve con facilidad y nos narra una historia plausible que cumple con lo que pretende, que es el entretenimiento del lector.

(Du Son sur les Murs)
Santillana / Alfaguara, col. Alfaguara Negra
Madrid, 2013 [2011]

Portada y sinopsis

4 comentarios

El Ídolo de las Cícladas, de Julio Cortázar

En principio, este relato de Cortázar parece que trate sobre un tema tan antiguo como es el del triángulo amoroso. Somoza no es un arqueólogo, pero está excavando en una isla griega, donde descubre un ídolo antiguo. Y Morand y Thérèse son sus amigos, los que han contemplado el descubrimiento, pero se percibe con claridad que Somoza está enamorado de Thérèse. Hasta aquí, todo se enmarca dentro de la tensión de un triángulo que puede o no ser posible, de una pareja que puede romperse mientras se forma otra.
Sin embargo, en los relatos de Cortázar nada es tan sencillo ni lineal. Por fortuna. El relato pueden ustedes leerlo en el enlace que figura al pie de la reseña. Una vez hecho, habrán notado que la aproximación de Somoza a la estatua del ídolo no es la de un arqueólogo, ni tan siquiera la de un admirador del arte. Su acercamiento a ella es intuitivo, poético podríamos decir. Hace réplicas del ídolo, lo acaricia, entra en contacto con él. De hecho, el mismo Somoza declara que quiere alcanzar una comprensión de la finalidad que tenía el ídolo no por suposición, sino por comunión con él.
Y ahí tenemos un enalce entre los dos temas. Porque ya he dicho que la historia del triángulo amoroso es tan antigua como el mundo, y el nexo de unión entre el hombre antiguo y el moderno bien puede ser representado por una estatuilla que retrotrae a aquellos que se acercan a ella a unas épocas menos civilizadas y más brutales. Cuando Morand toma el relevo de Somoza como oficiante, el ritual está completo, y no nos queda más que imaginar si lo que espera a Thérèse es un castigo ejercido por Morand por su atracción por Somoza o bien la consumación de un sacrificio exigido por un ídolo que, finalmente, ha resurgido a la luz tras siglos de estar enterrado.
Los relatos de Cortázar tienen múltiples niveles de significado, y el psicoanalítico sería en este caso perfectamente aplicable, aunque hay otros muchos que pueden darse en este cuento intrigante pero enormemente tenso, obra de la pluma de un maestro.

En Los Relatos 1 Ritos
Alianza Ed., col. El libro de bolsillo
Madrid, 19763 [1956]

Aparecido originalmente en Final del Juego

Texto de El Ídolo de las Cícladas

0 comentarios

La Vida Privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL 

(The Private Life of Sherlock Holmes); 1970

Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder, I. A. L. Diamond; Intérpretes: Robert Stephens (Sherlock Holmes), Colin Blakely (Dr Watson), Genevieve Page (Gabrielle Valladon), Clive Revill (Rogozhin), Christopher Lee (Mycroft Holmes), Catherine Lacey (mujer en silla de ruedas), Stanley Holloway (enterrador); Dir. de fotografía: Christopher Challis; Música: Miklos Rozsa; Dir. artístico: Alexander Trauner.

Una película que siempre ha desatado controversias. No acaba de gustar a los amantes del cine de Billy Wilder, que la encuentran poco sarcástica, poco ácida; y provoca desconfianza en los aficionados al detective de ficción por excelencia, que ven cómo se toma ciertas libertades desmitificadoras con el personaje.
El caso es que esta película tenía que contener cuatro historias, pero se quedaron en dos. La primera es una pieza satírico / cómica sobre Sherlock Holmes y su misoginia, y la segunda un caso holmesiano que podría bien ser uno de los canónicos debidos a la pluma de Conan Doyle, si no fuera porque es creación exclusiva de Wilder y Diamond.
Esta mezcla no satisface a ambas facciones de aficionados. Y, ciertamente, puede desorientar al espectador. Lo que primero se plantea como una sátira absoluta del personaje enfrentado a la realidad (Holmes incluso se queja de que Watson haya incrementado en dos pulgadas su estatura) de pronto pasa al terreno más absoluto de la ficción holmesiana.
Sin embargo, y tomada en sí misma, se trata de una película muy notable. No sólo el apartado desmitificador del filme está bien trazado, sino que éste, junto con el caso que sigue, son en extremo respetuosos con el personaje. Casi podríamos decir que son tratados con cariño, con humor a veces (el mismo Conan Doyle tenía esos ramalazos en sus historias), cierto, pero con un afecto que puede extrañar en los que están acostumbrados a la mordacidad de Wilder. Y el caso que se plantea es tremendamente canónico, perfectamente interpretado por Stephens y Blakely como Holmes y Watson, rodeados de la cohorte habitual: la señora Hudson, Mycroft Holmes (interpretado por un sorprendente Christopher Lee), y la clienta enigmática que pone en marcha a un Holmes abatido por la falta de casos que representen un desafío.
Todo ello compone una película que merece mejor opinión y mayor prestigio, y que puede enseñar bastantes cosas sobre cómo tratar a los personajes holmesianos con originalidad pero sin perderles el respeto.

Tráiler:

0 comentarios

Jazz Porque Sí: Abdullah Ibrahim en Tampere + Woody Herman en el Basin Street West

En primer lugar, tendremos, más que un concierto, un recital (por el tono reflexivo e intimista que pervade en toda la actuación) de una leyenda viva del jazz, Abdullah Ibrahim, conocido antes de su conversión al Islam con el nombre de Dollar Brand. Multiinstrumentista, capaz de tocar, por ejemplo, el saxo soprano, la flauta, el violonchelo, o cantar, aquí le tendremos al piano en trío, acompañado de unos profesionales estupendos, Larry bartley al contrabajo y Rod Youngs a la batería. Su origen sudafricano se refleja en un estilo percusivo, y en su interés en trasladar (o retornarlos) los ritmos africanos al jazz, algo que se percibe en muchos momentos de este concierto. Sin interrupción entre temas, se escuchará The Mountain; District 6; Nisa; Duke 88; Sotho Blue; Eleventh Hour; For Coltrane; y Blues for a Hip King. Y, en lo que pudo ser una propina (y bien larga, por cierto, lo cual le clasifica como músico generoso), Mindif.
Si, después de este precioso recital de piano, se han quedado con ganas de escuchar algo más movido, no se preocupen. Conmemorando los 25 años de la muerte del gran director de orquesta Woody Herman, el Cifu nos ofrece en la segunda parte del programa un concierto en directo en el club Basin Street West.
Las orquestas de Woody Herman fueron unas de las más rítmicas (infernalmente rítmicas, podríamos decir, y si no esperen a escuchar un par de piezas de este concierto) de toda la historia del jazz. Al mismo tiempo, fueron un vivero de grandes músicos, de manera que siempre mantuvieron una calidad altísima en su música. En la composición de hoy destaca el saxo tenor Sal Nistico, pero no sólo él. Presten atención al Cifu cuando comente la composición de la banda, y verán que hay nombres que han pasado por derecho propio a la historia del jazz. Se escuchará El Toro Grande; Days of Wine and Roses, a un ritmo inusitado para esta pieza; Caldonia, a una velocidad casi extenuante, increíble; Wailing in the Woodshed; The Good Earth; The Sidewalks of Cuba; y Apple Honey.
Un doble programa muy variado, pero de una calidad indiscutible. Les insisto en los comentarios del Cifu, que les pondrán en situación mejor de lo que yo pueda hacer. Que disfruten.

1 comentarios

Tatuaje, de Roald Dahl

He aquí un relato que, por lo menos en sus tres cuartas partes, tiene una ternura inusual en los cuentos de Roald Dahl. Pueden leer el relato en los enlaces que figuran al pie de esta entrada, y para animarles a hacelo les diré que se incia con un hombre casi un mendigo que, caminando por las calles de París, se detiene ante el escaparate de una galería de arte. Ahí puede ver un cuadro que le resulta familiar por su estilo; y, en efecto, ve que es obra de Soutine, al que define como "mi pequeño calmuco", un joven artista con el que vivía mientras se ganaba la vida como tatuador.
Un día, tras una jornada de trabajo afortunada, el hombre regresa a casa dispuesto a celebrarlo con varias botellas de vino, y, tras algunas copas en buena compañía de su esposa y el artista, el tatuador propone enseñarle en dos minutos su arte a Soutine y que éste tatúe una pintura suya en la espalda del hombre.
Cuando entra el extatuador en la galería, el disgusto es notable, pero se transforma en asombro cuando, ante los intentos de echarle, el hombre afirma que él también posee un auténtico Soutine, y se quita la camisa para demostrarlo. Y ràpidamente recibe una oferta por él.
Insisto en que todo lo que ha sucedido hasta ahora tiene una ternura inusual en Dahl: la inocencia y amistad entre el tatuador y Soutine, la compañonía entre ambos dos y la esposa del hombre (que sirve de modelo para el tatuaje), la emoción al reencontrar la pintura de su amigo que, aunque muerto, ha alcanzado el reconocimiento, etc. Sin embargo, no sería Roald dahl si no tuviera este relato un final inquietante, que se deja a la imaginación del lector, pero que suscita en la mente de éste las más macabras resonancias.
Un relato, como siempre en su autor, inimitable (aunque han existido imitaciones del mismo, por supuesto no tan logradas), y que sigue siendo una delicia intemporal para el lector.

(Skin)
En Relatos de los Inesperado
Argos Vergara
Barcelona, 1980 [1979]

Texto en castellano de Tatuaje
Texto en inglés de Skin

0 comentarios

Cuervos, de John Connolly

Con una serie bien establecida a sus espaldas, en esta novela se aparca momentáneamente el destino, que se teme funesto, que acompaña al detective Charlie Parker para centrarse casi en exclusiva en uno de sus casos y apenas en su vida personal.
Sin embargo, Parker sigue siendo lo que los ingleses denominan un "imán de lo extraño", de modo que lo que nos encontramos es una caso policial, sí, pero con esa intrusión de lo psíquico, de las almas dolientes, en la historia; una característica que ya es marca de la casa y que, precisamente, da su carácter distintivo a estas peculiares novelas negras que Connolly nos regala.
Una niña ha desaparecido en el pueblo de Pastor's Bay, en Maine, y todo el protocolo federal, estatal y local se ha puesto en marcha temiendo un secuestro por motivos pedófilos. Coincidiendo con esto, uno de los habitantes de este pueblo ha contratado mediante una abogada los servicios de Parker. ha empezado a recibir fotos anónimas que lo retrotraen a un pasado terrible. Y es que Randall Haight, cuando era menor de edad, asesinó en compañía de un amigo a una menor en Dakota del Norte. Juzgado como adulto y condenado a dieciocho años de prisión, a su salida se le proporcionó una nueva identidad para darle una oportunidad de emprender otra vida limpia de un estigma que podía condenarle a algo peor que la cárcel. Ahora, alguien parece haber descubierto su nueva identidad y amenaza con hacerla pública en el peor lugar posible, en uno en el que será el sospechoso principal del secuestro de la joven Anna Kore.
Sin embargo, Parker sospecha que hay algo más en esta historia. Tiene la impresión de que Haight miente en su versión de lo sucedido en Dakota, y de su auténtico papel en la hecho. Y él mismo empieza a recibir mensajes por teléfono que acusan al jefe de policía local. Y entre los agentes del FBI asignados al caso hay uno que, en principio, no debería estar allí, puesto que se ocupa en la lucha contra el crimen organizado.
Pese a que el dilema del destino de Parker, y que es uno de los atractivos de la serie, queda soslayado por le momento (aunque el intenso pathos que acompaña al personaje sigue muy presente), el caso está tan bien trazado y su desarrollo es tan logrado que Cuervos sigue siendo una de las mejores opciones dentro de la novela negra actual. Sigue tratando del mal, y aunque nos ea tan absoluto como en otras novelas, la presencia de unos cuervos más que ominosos como testigos de las acciones de Parker hacen suponer que este episodio puede tener sus repercusiones futuras en el enfrentamiento que Charlie Parker mantiene con los representantes en la tierra de ese mal absoluto.
Hemos destacado ya otras veces el logro que representa el que Connolly revitalice un subgénero tan agotado y difunto como el del detective psíquico. Eso se debe a aplicar los modelos de la novela negra moderna al género del investigador de lo sobrenatural, pero también a introducir un intenso realismo en los paisajes y en los personajes, así como en captar a la perfección la atmósfera que pervade Nueva Inglaterra, una entre el gótico puritano tradicional y los devenires de la sociedad contemporánea, en este caso la crisis económica actual. Y el introducir un elemento social, pero a la vez humano y profundamente doliente del sufrimiento que se abate sobre las gentes; un sufrimiento que se deposita en los hombros de Parker, un personaje como no hay otro en la novela negra moderna.

(The Burning Soul)
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2012 [2011]
Serie detective Charlie "Bird" Parker nº 10

Portada y sinopsis

0 comentarios

Ahi, Paloma, de Rosetta Loy

Ay, Paloma es una novela en la que las vivencias de su autora se confunden con la narrativa. En el verano de 1943, un grupo de adolescentes pasa las vacaciones en un pueblo de montaña, Brusson. Vacaciones o bien un alejamiento de las miserias de la guerra, que los bombardeos aliados ya han empezado a verter de forma más directa sobre la población italiana.
En un principio, no vemos más que a este grupo de adolescentes haciendo lo que todos los de su edad hacen en semejante situación: sus reuniones, sus juegos, sus charlas, los incipientes amores de verano que se forman, acompañados siempre por las notas de la canción "Ahi Paloma" que suena en un gramófono, sus incertidumbres y sus temores en una edad de cambios.
Sin embargo, la llegada de la fecha de la caída de Mussolini y el armisticio con los aliados, la traición o no traición de Italia para con los alemanes y, en resumen, la creación de un nuevo orden de cosas, acelerará el crecimiento de estos jóvenes, metiéndolos, casi de un empellón, en la edad adulta.
Rosetta Loy, que vivió esa época precisamente a esa edad (con lo que es difícil discernir lo fabulado de lo vivido), elige para esta obra una estructura evocativa, más que narrativa. Lo que describe son escenas, pequeños cuadros casi de costumbres, que representan más postales de una época que no una narración lineal de los protagonistas. Son pequeñas situaciones, algunas anodinas y otras dramáticas, pero que ayudan a poner en situación una época de forma atmosférica. La razón para esto es, sencillamente, que estas cosas sucedieron. La autora no busca una novela de tesis o de testimonio, sino una representación del ambiente que la gente de su generación respiró y vivió por aquel entonces, y cómo las pequeñas decisiones de la adolescencia fueron sustituidas por las grandes decisiones de la edad adulta, tal vez sin que estuviesen preparados para ello (uno de los veraneantes se alista con los camisas negras de la República de Salò; otro es delatado como judío a las SS; otro se une a los partisanos).
En un texto enormemente breve, Loy nos proporciona este tiempo vivido, esta atmósfera y este cmbio a la fuerza que afectó a una generación, de forma extraordinariamente natural, sin grandes fuegos de artificio, pero sin escatimar ninguno de los dramas que sucedieron en una época convulsa.

Einaudi Ed., col. I Coralli
Milán, 2000 [2000]

Portada y sinopsis de la edición italiana

0 comentarios

El Hombre del Brazo de Oro, de Otto Preminger

SESIÓN MATINAL 

(The Man with the Golden Arm); 1956

Director: Otto Preminger; Guión: Walter Newman, Lewis Meltzer, basado en la novela de Nelson Algren; Intérpretes: Frank Sinatra (Frankie Machine), Kim Novak (Molly), Eleanor Parker (Zosch Machine), Darren McGavin (Louie), Arnold Stang (Sparrow), Robert Strauss (Schwiefka), John Conte (Drunky), Doro Merande (Vi), George E. Stone (Sam Markette); Dir. de fotografía: Sam Leavitt; Música: Elmer Bernstein; Diseño de producción: Joe Wright; Títulos de crédito: Saul Bass.

Vista hoy, esta película resulta un poco ingenua. Sin embargo, fue la primera en el que se trataba el tema de la drogadicción de forma abierta, y uno de esos filmes que representaron un golpe al agonizante código Hays de autocensura del cine americano.
La historia de Frankie Machine, un jugador de póker (el mejor manejando la banca en las timbs clandestinas) que vuelve del sanatorio donde se ha desintoxicado por orden judicial, resuelto a no volver a caer en la heroína y con una nueva vocación a cuestas, la de ser batería en una gran orquesta (incidentalmente, el que dobla a Sinatra en la batería es el gran percusionista Shelly Manne), es una más que tópica. De hecho, las circunstancias personales de Machine, ligado a una esposa presuntamente inválida por culpa suya, mientras se debate en la atracción por Molly (Kim Novak), hacen que la película tenga más un tono de melodrama que otra cosa.
Sin embargo, y con todos estos peros, la película sigue siendo apreciable hoy en día. ¿Por qué? Tal vez porque, como dijo Leslie Halliwell después de enumerar defectos, "Sinatra está bien; y la película es diferente..."
Es tal cual lo dice, en la oscilación entre el melodrama, el noir americano y el drama a secas, Frank Sinatra, que ya estaba buscando salir de papeles estereotipados, hace una gran interpretación, y la música de Elmer bernstein confiere a este filme una atmósfera peculiar. En suma, una película histórica que ha envejecido algo, pero que todavía conserva suficientes valores como para que su visionado sea una experiencia satisfactoria hoy.

Tráiler:

0 comentarios

Jazz Porque Sí: Modern Jazz Quartet en Suecia

Prepárense a tener una velada con el grupo más elegante y sofisticado de toda la historia del jazz, el Modern Jazz Quartet.
Definidos de múltiples maneras, como el puente entre la música clásica y el jazz (una definición correcta, pero incompleta), como jazz de cámara (cosa que muchas veces es cierta), y criticados por su falta de swing (una falsedad catedralicia), no ha habido otro grupo que haya podido entrar con tanta facilidad en los auditorios y complacer a tantos públicos diferentes. Y respecto a lo de su swing, gente que los ha entendido mejor ha hablado de swing implícito o subyacente (el Cifu, en una expresión que me encanta, habla de "swing en voz baja"); en realidad, el swing está presente en toda la música producida por el MJQ. Sin embargo, muchas veces se procede por relevos: es marcado por el batería, pero después queda a cargo del contrabajo, o del pianista; e incluso, algunas veces, se detiene... para reaparecer después. Esta desaparición no implica la inexistencia. Su mera presencia espaciada ya marca un ritmo propio de la música, pero también la dota de un swing. Peculiar, eso sí. Pero swing al fin y al cabo.
En fin, dejándonos de polémicas, pasemos a lo que importa de verdad, como es la música y los músicos. En la época de este concierto (mejor dicho, de los conciertos) en Suecia, el MJQ estaba formado por sus dos cabezas de filas, John Lewis al piano y Milt Jackson al vibráfonio, y del estupendísimo contrabajista Percy Heath y el batería Connie Kaye, que no elogio porque de ello se encargan, con justicia, las enciclopedias del género.
Y el repertorio es el siguiente:
En primer lugar, ese tema bandera del grupo, Django; despue´s vendrán Bluesology; I Should Care; La Ronde; I Remember Clifford; Festival Sketch; Vendôme; y Odds Against Tomorrow. Pero sigan leyendo.


En la segunda parte del concierto tendremos: Pyramid; It Don't Mean a Thing (y comprobarán que el swing del MJQ existe, aparte de escuchar una muy peculiar versión de este tema); Skating in Central Park; The Cylinder; 'Round About Midnight; Bag's Groove; y I'll Remember April.
 Espero que disfruten de este peculiar grupo de jazz, que combina la elegancia con una música impecable, y presten atención a las explicaciones del Cifu, que les dirá más cosas que yo (y más sensatas) sobre esta institución única del jazz.

0 comentarios

Así Niego a Beelzy, de John Collier

Como bien señala Javier Marías en la introducción a este relato, John Collier puede ser considerado "un digno heredero de Poe, O. Henry y Saki". Su devoción por lo fantástico está fuera de duda, su estilo de choque, sorprendente y vivaz, es reminiscente del de O. Henry, y su humor virado al negro lo asemejan a Saki.
Así Niego a Beelzy es su cuento más famoso, citado una y otra vez en las bibliografías de lo fantástico, incluido en innumerables antologías y reunido en todas las colecciones de su autor.
Es un relato delicioso, sorprendente y fresco. Para los que leen inglés, pueden hallarlo en el enlace que figura al pie de esta entrada. Para los que no, les anticipo que es un cuento en apariencia típico de niño que tiene un amigo imaginario.Pero sucede que también tiene un padre. En apariencia moderno, uno de esos que fingen ser el mejor amigo de su hijo, que se siente complacido cuando (a imposición suya), el "pequeño Simon" le llama "Simon grande". En suma, y gracias a la prosa de Collier, sospechamos que es un fracaso como padre, y desde luego no el mejor amigo del pequeño.
Algo que se demuestra cuando, interrogado el niño sobre lo que ha estado haciendo por la tarde, responde que ha estado jugando con el señor Beelzy. A lo cual, el padre responde intentando que el niño entre en razón y racionalismo y reconozca que se trata de un producto de su imaginación infantil. Por supuesto, el pequeño Simon se niega, lo que enfurece al padre, quien lo envía escaleras arriba con la promesa de una azotaina (la pedagogía moderna está muy bien cuando funciona, pero al parecer Simon grande es partidario de la vieja escuela cuando van mal dadas).
Del final, sólo les anticipo (puesto que es casi evidente desde el título) que "Beelzy" bien podría ser una forma familiar de "Belcebú".
El relato, condensado, breve, pero en extremo medido, es una maravilla. Con pequeños trazos, los personajes quedan definidos en sus papeles, la situación marcada con rapidez, la tensión creciente párrafo a párrafo, y el final, tan divertido, irónico e inquietante como los de los grandes maestros a los que nos hemos referido anteriormente, es demoledor.
Es una lástima que John Collier no sea más conocido, ya no en España, sino globalmente. Sus relatos pueblan las antologías, pero parecen ser considerados obras únicas (y de ahí la inclusión en la colección de la que lo he tomado para hacer la reseña). Sin embargo, su humor y fantasía son de los mejores del género, y bien merecerían sus obras mejor edición.

(Thus I Refute Beelzy)
En Cuentos Únicos
Ed. Siruela, col. El Ojo sin Párpado
Madrid, 1989 [1941]
Selección, edición y prólogo de Javier Marías

Texto en inglés de Thus I Refute Beelzy

0 comentarios

Exercicis d'Estil, de Raymond Queneau

Este libro poliédrico es un monumento perenne de la literatura, de la metaliteratura, del humor, del juego y del aprendizaje de la escritura. Semejante cúmulo de niveles de significado y de utilidad es producto de un autor como no ha habido otro, Raymond Queneau. Narrador sobresaliente, fundador del Ouvrage de Litterature Potentielle (Oulipo) y poseedor de una fina ironía, siempre fue defensor de la literatura como juego, pero un juego muy serio. Serio, pero no desprovisto de humor, puesto que el humor también es cosa seria y, como saben aquellos que lo hayan intentado, difícil de producir.
Ejercicios de Estilo parte de una base narrativa intrascendente, ridícula: En el autobús S, en una hora punta. Un hombre de unos veintiséis años, sombrero blando con cordón en lugar de cinta, cuello demasiado largo como si se lo hubieses estirado. La gente va bajando. El hombre en cuestión se enfada con un vecino. Se queja de que le dé empujones cada vez que pasa alguien. Tono llorón que quiere pasar por pícaro. Cuando ve un asiento libre, se abalanza a él.
Al cabo de dos horas, me lo encuentro en la Cour de Rome, frente a la estación de Saint-Lazare. Está con un amigo que le dice: "Tendrías que hacerte poner un botón suplementario en el abrigo". Le indica dónde (en el escote) y porqué.
Estas son las "Anotaciones" de inicio de unas variaciones casi matemáticas que recuentan esta misma historia en diferentes estilos: en análisis lógico, en pretérito indefinido, telegráfico, espectral, filosófico, desenvuelto, en forma de soneto, macarrónico, metafísico, en aféresis, y así hasta noventa y ocho variantes, desde las más ínfimas a las más delirantes.
Y aquí empiezan los diversos niveles de significación de este libro. Hay que destacar que, en la época, existía un postulado literario que decía que el tema marcaba su forma narrativa, y que este axioma podía ser variado muy pocas veces; por ejemplo, que la vida de un guerrero sólo podía contarse de forma elegíaca o épica. Pese a que este orden de cosas ya había sido subvertido en algunas ocasiones (por ejemplo, por James Joyce en su Ulises), esto era así y, si no, no era buena literatura.
Queneau realiza un ensayo profundamente subversivo. Lo que declara es que cualquier cosa puede narrarse de cualquier manera, cambiando (o no) su intención narrativa, pero sin variar ni un ápice el hecho relatado. Ejercicios de Estilo se convierte en un libro programático, pues, y su programa es abrir la literatura a una modernidad absoluta en la que todo es narrable, todo es maleable y todo es relativizable, hasta la misma forma literaria. Un vistazo a los estantes literarios mostrará que esto ha sido, desde hace ya más de medio siglo, una realidad que ha revitalizado la narrativa. Los autores que pueden servir de ejemplo a esta subversión (que hoy resulta normal), relacionados o no con el Oulipo, pueden ser Perec, Italo Calvino o Julio Cortázar. Y, a partir de ahí, a cualquier autor que considere que la forma es ya una narración en sí misma, independientemente de lo narrado, como por ejemplo Raymond Carver o Thomas Pynchon.
Otros logros, tal vez menos trascendentes pero igualmente importantes, son el hecho de que Ejercicios de Estilo sea uno de los libros ineludibles como material didáctico para entender la literatura y para practicarla.
O, leído por sí mismo, el inmenso humor y fantasía que representa girar cada página y hallar la sorpresa de una historia ya sabida pero narrada de forma tan diferente que se renueva a sí misma.
O, tal vez más importante, el comprender que la literatura es un juego, un ejercicio constante de mentiras narradas, de constructos del autor que, mediante esas construcciones, quiere llevarnos a un lugar, hacernos sentir algo determinado. Hacernos entender que la obra literaria trasciende a su historia e incluso a su narrativa, que es poliforme e infinita, que todas sus variantes, incluyendo al lector en ellas, multiplican la historia y la hacen ilimitada, descomunal.

(Exercices de Style)
Quaderns Crema, col. Mínima de Butxaca
Barcelona, 19893 [1947]
Traducción y presentación de Annie Bats y Ramon Lladó

Existe edición castellana en Eds. Cátedra

Portada i sinopsi de l'edició catalana
Portada de la edición castellana

0 comentarios

Los Samuráis, de Jonathan Clements

Un tema de estas características evoca tantas leyendas y mitos que es difícil de tratar con objetividad. De hecho, incluso aunque se intente tratar con rigor histórico el tema es complicado, pues siempre se llega a textos antiguos que son más cantos realizados por los vencedores que no auténticas fuentes imparciales. Y a eso se suma toda la imaginería que las películas, los cómics, los dibujos animados y quién sabe qué más han añadido al tema, sin contar con la propia mitificación occidental de la figura (y una mitificación japonesa de la misma, que también existe).
Sin embargo, Clements es un autor que se ha dedicado intensamente al estudio de las civilizaciones orientales, y eso le proporciona una documentación en las fuentes originales y un poso cultural que le permite tratar el asunto de los samuráis con toda seriedad.
Pero, además, una historia de esta casta guerrera no puede separarse de la historia general del Japón. Al fin y al cabo, y desde sus primeros inicios, los samuráis fueron los instrumentos ejecutores de las políticas de sus señores.
Y aquí hay un problema añadido. La historia medieval del japón, si alguna vez han intentado pasar por ella, es un auténtico infierno. Los señores feudales japoneses vivían inmersos en un mundo de alianzas y contraalianzas, un mundo en el que no falataba, muchas veces, el doble juego y la traición dentro del mismo clan. Un intento de compilar esa historia es una interminable serie de nombres y de clanes entremezclados entre sí, con unas relaciones tan circunstanciales y, a la vez, tan rígidas, que en la mayoría de los casos acaban desembocando en un dolor de cabeza para aquel que se adentra en estas luchas.
Bien, pues a la cultura y conocimiento de Clements debemos añadir que se las apaña muy bien para desentrañar este monumental embrollo de la política feudal japonesa y, si no ponerla en claro del todo (el propio Clements reconoce la dificultad), sí aclararla lo suficiente como para convertir este libro en el único manual de historia japonesa que trata el período de manera comprensible y, a la vez, no simplísticamente. Es un gran mérito, créanme; doy fe personalemnet de la dificultad que eso conlleva.
Lo cierto es que esta casta guerrera y los señores a los que sirvió dominaron la historia japonesa durante más de ochocientos años, llegando a su final cuando el emperador del Japón, durante la restauración Meiji, en 1869, instauró un ejército regular nacional y desposeyó a los samuráis del derecho a portar armas.
Clements observa a estos guerreros durante toda su existencia, y los ve cambiar, analiza sus contradicciones y desmonta muchos mitos, incluyendo la ficción del Bushido, un texto popularizado en occidente (e, irónicamente, en Japón a través de las traducciones occidentales) que, en realidad, no es sino una ficción creada a posteriori, una creación de un código de conductas del samurái que no existía antes de 1900.
Son estos detalles, más una completa visión histórica y detalladas referencias a obras, ya históricas o literarias, la que hacen de este libro el texto definitivo sobre la historia de unos guerreros más legendarios que otra cosa, pero que podemos percibir en su realidad en las páginas de este texto histórico.

(A Brief History of the Samurai)
Ed. Crítica
Barcelona, 2010 [2010]

Portada y sinopsis (en inglés) en la web del autor

0 comentarios

El Caserón de las Sombras, de James Whale

SESIÓN MATINAL 

(The Old Dark House); 1932

Director: James Whale; Guión: Benn W. Levy y R. C. Sherriff, basado en la novela Benighted, de J. B. Priestley; Intérpretes: Melvyn Douglas (Penderel), Charles Laughton (Sir William Porterhouse), Raymond Massey (Philip Waverton), Boris Karloff (Morgan), Ernest Thesiger (Horace Femm), Eva Moore (Rebecca Femm), Gloria Stuart (Margaret Waverton), Lilian Bond (Gladys), Brember Wills (Saul Femm), Elspeth Dudgeon (como John Dudgeon) (Sir Roderick Femm); Dir. de fotografía: Arthur Edeson; Dir. artística: Charles D. Hall.

Hay equilibrios que son un milagro. En el caso de El Caserón de las Sombras, cuando alguien la contempla con espíritu analítico (no lo hagan, por favor; por lo menos la primera vez, déjense llevar) se sorprende de las muchas veces que está a punto de caer o en el ridículo o en la incoherencia, y se sorprende todavía más cuando sale airosa de estas situaciones.
Porque esta película no es una de simple terror como puede anunciar el título (e intenta presentar el tráiler que les incluyo); en realidad es una comedia macabra, algo que se ha hecho muy pocas veces con éxito en el cine.
Una noche tormentosa (y oscura, sí), unos viajeros buscan refugio en un caserón. Se trata de una partida de lo más alegre, y lo que encuentra en su interior es a la familia Femm, con Horace que es un prófugo, su religiosa e inquietante hermana, un patriarca familiar de 102 años que permanece en cama y vive en permanente terror, un vástago loco encerrado en una habitación del piso superior, y, para redondear el cuadro, a Boris Karloff como mayordomo, asunto ya inquietante cuando el bueno de Morgan (Karloff) está sobrio, pero que se vuelve en extremo peligrosa cuando está bebido y decide remediar su profuinda soledad con una de las bellezas de nuestros alegres viajeros.
Todo lo cual es muy clásico, y si me apuran, hasta estereotipado. Lo prodigioso es que funciona. Tanto en su vertiente humorística como en su vertiente macabra y terrorífica. Es algo misterioso, y se debe, si es que se pueden explicar estos milagros, a la combinación del genio de James Whale, una producción, la de la Universal, que en el campo del terror estaba en su cima, y a unas interpretaciones magníficas.
The Old dark House no es una curiosidad de tiempos pasados. Es una obra maestra que sigue teniendo su encanto original incluso hoy, y que reserva una grata sorpresa para aquel que se acerca a ella esperando ver una pieza arqueológica y se encuentra con una comedia sorprendente enmarcada en un ambiente terrorífico de los mejores que sehan puesto en pantalla.

Tráiler:

0 comentarios

Jazz Porque Sí: Thelonious Monk Mayo 1957

Hoy encontramos a Thelonious Monk como "simple" Messenger. Es, por supuesto, una broma. Pero me hace una particular ilusión esta sesión de grabación por la que se puede decir que el genio Monk formó parte de mi grupo de jazz favorito (aunque más que una formación, y bajo la dirección de "Papá" Blakey, era a veces una auténtica escuela), los Jazz Messengers.
La razón de este encuentro no era otra que la `profunda amistad y admiración entre Art Blakey y Thelonious Monk. De estos sentimientos suelen salir grandes cosas, y esta sesión es cien por cien feliz.
Aparte  Blakey a la batería y Monk al piano, los Messengers de ese momento eran el estupendísimo Johnny Griffin al saxo tenor, el trompetista Bill Hardman, no muy bueno en ese momento, pero que cumple; y no sólo cumple en un tema, como veremos. Y Spanky De Brest al contrabajo, con un gran sonido y excelentes solos.
Escucharemos Evidence, en el que les ruego se fijen en lo que Blakey hace por detrás de las interpretaciones de sus compañeros; y su solo es mágico. In Walked Bud,una de las composiciones de Monk, dedicada a Bud Powell, que más me gusta; Blue Monk, en la que Johnny Griffin muestra a las claras el porqué ha quedado como uno de los grandes nombres del jazz; I Mean You, que figura como una de las mejores interpretaciones de Hardman en las enciclopedias; y es que Blakey "olía" a los buenos músicos. Como explica el Cifu, posteriormente Bill Hardman se convirtió en un trompetista más que bueno. Rhythm-a-Ning, en el que Monk se muestra descomunal acompañando por detrás al resto de músicos; y un tema de Griffin (todos los anteriores eran de Monk), Purple Shades; por supuesto, Johnny Griffin, en su propia composición, está inmenso.
En suma, una sesión de gran calidad, con muy buena música condensada en seis temas, y que merece la pena disfrutarse. Atentos, como siempre, a las explicaciones del Cifu, siempre imprescindibles.

0 comentarios

Luella Miller, de Mary E. Wilkins-Freeman

Con el canon firmemente establecido por el Drácula de Bram Stoker en 1897 (y, créanme, fue una sensación en todo el mundo), la ficción vampírica buscó nuevos lugares donde establecerse. El más lógico, a su peculiar manera, fue Nueva Inglaterra, un lugar extrañamente estadounidense donde se instauró la tradición, que perdura hasta hoy, del Nuevo Gótico americano (el otro lugar donde esta tendencia encontró firme arraigo fue en los estados del Sur).
De allí era Mary Eleanor Wilkins-Freeman, escritora elogiada (y con razón) por Henry James, autora que escribió, aparte doce novelas y más de doscientos relatos, uno de los más recordados cuentos vampíricos, y uno extrañamente avanzado a su tiempo, este Luella Miller.
Sólo por seguir un poco con la tradición, el relato se inicia con una descripción del lugar, una descripción en lenguaje de 1903, pero firmemente gótica, de la casa en la que vivió la Luella Miller protagonista. No obstante, pronto la autora se centra en esta figura, delicada y bellísima, que tiene la particularidad inquietante de hacer que cualquiera que viva bajo su mismo techo no tarde en morir por consunción sanguínea. Su compañera en la escuela del pueblo en la que trabajaba como maestra, su marido, varios parientes y algunas personas que hacían el trabajo de la casa. Porque Luella Miller fue una mujer que jamás realizó un trabajo manual o, incluso, ningún trabajo en absoluto. Todo, desde preparar el desayuno a las tareas de mantener la casa, tenía que ser realizado por otras personas, ya que Luella no sabía ni preparar café.
No hay nada macabro ni morboso en la figura de Luella, si exceptuamos esta excéntrica incapacidad manual. de hecho, el relato es peculiarmente avanzado a su época, puesto que, mientras queda claro que Luella Miller es causa y efecto de la muerte de aquellos que se acercan demasiado a ella, sólo podemos definir esta curiosa maldición como una especie de vampirismo psíquico, en absoluto causado por una exacción física de la sangre de las víctimas. Lo más inquietante del relato, además de este inexplicable fenómeno, es la delicadeza, casi inocente, de Luella, y la dureza con la que es tratada por parte de la vecina que narra la historia y por los rumores que corren por el pueblo (unos rumores que, no obstante, son subrepticios; el párroco los condena como supersticiosos, una especie de expiación y reacción a la caza de brujas de Nueva Inglaterra, siempre presente en el imaginario local).
Porque ahí se halla también otra de las características del gótico de Nueva Inglaterra. En otras latitudes, tal vez el hecho concreto hubiera ocupado el centro de la narración. En este relato, sin embargo, es la censura social, la unidad y uniformidad de la comunidad la que ocupa, una y otra vez, la posición principal. El reproche que se le hace con mayor frecuencia a Luella no es que sea la causa de muerte de los que la rodean, sino que es un hecho conocido y desaprobado por todos, en el que se empeña en persistir. A los que se acercan a Luella se les advierte, se les conmina a dejar que se las apañe por sí misma (y de ahí la utilidad narrativa de la incapacidad para las tareas), que practiquen un ostracismo con ella (y, por ende, que la dejen morir, puesto que, sin gente a su alrededor, la misma Luella parece afectada por esa misma consunción).
Es una característica que, literariamente hablando, es tradicional en un modo delicioso. Incluso hoy Nueva Inglaterra tiene fama de poseer una "aristocracia" propia y un sistema social muy cerrado y vigilante de sí mismo. Proviene del establecimiento de las colonias puritanas, en las que no existían secretos y todos eran los guardianes morales y religiosos de sus hermanos, léanse vecinos. Estas costumbres, aun modificadas y reprimidas, imprimen carácter, y ese carácter se muestra con toda claridad en este relato, que por muchas razones merece su pervivencia y popularidad.

En The Penguin Book of Vampire Stories
Penguin Books
Londres, 1988 [1903]
Edición de Alan Ryan

Texto en castellano de Luella Miller, en el blog "El Espejo Gótico"
Texto en inglés de Luella Miller, en la web "Literary Gothic"

2 comentarios

La Gente de Smiley, de John Le Carré

Dentro de la serie de largo aliento que tiene a George Smiley como hilo conductor (Llamada para el Muerto; Asesinato de Calidad, un policiaco "convencional" con Smiley de protagonista; El Espía que Surgió del Frío y El Espejo de los Espías, con Smiley como personaje circunstancial) la trilogía definitiva del personaje (El Topo; El Honorable Colegial; La Gente de Smiley) es, probablemente, la cima de la ambición literaria y temática de John Le Carré.
En ella define absolutamente todo un mundo: el del Circus y el espionaje durante la guerra fría; el retrato de un mundo cambiante en el que todo conflicto ya no es "limpio", sino una lucha intestina y secreta compuesta en su mayor parte de mezquindad e inhumanidad; y sobre todo, precisa su personaje central, Smiley, y su reflejo negro, el jefe del Centro de Moscú, Karla.
En El Topo veíamos cómo debía luchar, más que contra un infiltrado soviético, contra su propio fracaso personal, y en El Honorable Colegial descubríamos a un Smiley que, puesto al frente del Circus, resultaba demoledoramente expulsado de ese mundo porque su ética ya no encajaba con una visión del mundo más cínica y despiadada de lo que Smiley estaba dispuesto a tolerar; en La Gente de Smiley tenemos la impresión de asistir a su venganza contra todo lo pasado.
Un viejo general estonio descubre que karla se ha vuelto loco: en contravención a todos los postulados de los servicios secretos, está buscando una "leyenda", una historia, un pasado creíble para una muchacha, y así poder situarla en una clínica psiquiátrica de Occidente. El general acude al Circus, pero éste lo rechaza como la reliquia in´ñutil que cree que es. Esto le cuesta la vida al general Vladimir de un disparo en la cara. Este crimen hace sonar campanas de alarma en el Circus, y se encomienda a Smiley, que había sido el enlace con la red de emigrados de Vladimir, que recoja los pedazos "sin enturbiar las aguas"; es decir, que entierre el asunto con toda discreción.
Pero Smiley siempre confió en Vladimir. Jamás éste pidió dinero, jamás vendió información. jamás intentó hacer del espionaje negocio, sino sólo una cuestión patriótica. Y, solo con sus propios medios, Smiley se las arregla para reconstruir la historia que Vladimir quería contar. Y esa historia es una oportunidad para obtener al propio Karla.
Enfrentado a esta oportunidad, el jefe de los servicios secretos británicos autorizará que Smiley realice una operación sumergida: si sale bien se le darán unas palmadas en la espalda; si mal, Smiley será tratado de espía chocho y resentido que ha emprendido una locura personal.
Y Smiley recompondrá todo su viejo equipo: Toby Esterhase, Mendel, Peter Guillam... para llevar a cabo ese chantaje definitivo, esa venganza contra Karla.
Pero, ¿es una venganza? ¿O es un fracaso personal, uno más, de Smiley? En un momento de la novela, George Smiley expresa un convencimiento ya intuido en otras novelas: que la perdición de Karla se produciría justamente por algo que Smiley no tiene, y es el fanatismo. Cuando Smiley toma conciencia de que la condenación de Karla será producto de una debilidad humana, su mundo se le caerá encima. He aquí lo impensable, Karla y Smiley hermanados, ambos combatiendo un error por ser humanos. En el caso de Smiley su debilidad por Ann, su esposa, que nubló su visión en el caso del topo Bill haydon. En el de Karla, el error que llevará a su caída.
Aquí es donde reside la grandeza como escritor de Le carré. La acción, la trama, es necesaria, pero en realidad no es lo importante. Siempre hay algo por encima, el ser humano. Y en esta faceta, Le Carré es el excelente escritor que tanto se ha tardado en reconocer que es, pero que siempre estuvo allí.
El triunfo de Smiley es en realidad un fracaso. Pero a la vez es la constatación de un cambio en el mundo que ya es irreversible, un mundo en el que conceptos como idealismo, patriotismo, incluso el concepto del "juego limpio" en el sucísimo juego de la guerra secreta, ya no tienen cabida. Un mundo en el que gente como George Smiley es el prototipo de antihéroe al que es posible respetar, la visión final que Le Carré nos transmite es en extremo pesimista, por mucho que sea real.

(Smiley's People)
Ed. Argos Vergara
Barcelona, 1979 [1979]
Serie George Smiley nº 7

Existe reedición en DeBolsillo

Portada y sinopsis

2 comentarios

Testigo de Raza. Un Negro en la Alemania Nazi, de Hans J. Massaquoi

Por desgracia, supe de la existencia de este libro leyendo el obituario de su autor, que falleció hace pocas semanas. No digo que su publicación hubiera pasado desapercibida en España, pero sí que muy probablemente haya recibido menos atención de la que merece.
Hans Jürgen Massaquoi nació en Alemania en plan República de Weimar, hijo de alemana y del hijo del cónsul general de Liberia en Hamburgo. Con el ascenso al poder del nazismo, su familia paterna volvió a Liberia, dejando a él y a su madre abandonados a sus propios recursos y, como es fácil de intuir, con una espada de Damocles suspendida sobre la cabeza del pequeño Hans.
El milagro de la supervivencia de Massaquoi en un estado racista tiene que ver mucho con el carácter alemán. El niño poseía la ciudadanía alemana, cierto, pero también era considerado una vergüenza para el estado nacionalsocialista. Pero, a diferencia de las promulgadas contra los judíos y otros grupos "antisociales", las leyes raciales no acababan de incumbirle. La existencia de negros en Alemania (y que, además, fueran ciudadanos del Reich) era tan rara que, sencillamente, Hans se convirtió en un vacío legal. Esos dos factores le salvaron la vida. De lo que no le salvaron fue de un eterno deambular, durante todo el régimen de Hitler, por una cuerda floja en la que un paso en falso, una palabra equívoca, un gesto mal interpretado, un llamar algo más la atención de lo que ya la llamaba podían conducirle a la muerte.
Massaquoi relata todo esto con una viveza y con una sencillez encomiables. También con cierto sentido del humor, que se agradece, porque el autor no magnifica su vida como si fuera una gesta, ni la convierte en un lamento. Sencillamente, Massaquoi relata. La exclusión, la discriminación, los insultos. Su propia ingenuidad, cuando pidió el ingreso en las Juventudes Hitlerianas (y fue rechazado, claro). Lo que no puede evitar Massaquoi es el subtexto que se hace evidente, por mucho que su relato sea vital y no panfletario, y es el de una vida vivida en perpetuo miedo, en la constante consciencia de estar rodeado de enemigos, reales o posibles, y ser un inferior no por nada que haya hecho sino por ser quien es.
Repito que el relato de Massaquoi no es victimista ni enfático. Y eso lo convierte también en testigo (peculiar, pero testigo) de la vida diaria en el III Reich y del comportamiento de sus gentes. No olvidemos que Hans Jürgen tuvo compañeros de escuela, maestros, vecinos, amores y compañeros de trabajo. Las historias de esas gentes son también su historia, y sin ser sociológicamente representativas, sí son válidas como testimonio directo.
Massaquoi sufrió el régimen nazi, los bombardeos aliados, el frenesí posterior a la liberación y la rendición de Alemania. Como valor añadido, también vivió una época de la política liberiana en primera persona. Todo eso conforma el relato de Hans, y todo ello proporciona un documento único.
Aunque el relato se centre en su vida hasta poco después de su llegada a los Estados Unidos, la vida de Massaquoi no se detuvo allí. Fue periodista de la revista Ebony, y entrevistó a Martin Luther King, a Joe Louis, a Muhammad Ali, a Jesse Owens; conoció a presidentes, políticos e intelectuales. Y, según parece, tuvo una vida plena y feliz.
Pero, como dice él mismo, tenía que prestar testimonio para que lo que él soportó no volviera a ocurrir. «Los que hemos sufrido la depravación en la que puede caer un país bajo un régimen dirigido por manipuladores sin escrúpulos tenemos una deuda con los demás seres humanos: la de mantener este infame espectro vivo en la mente de la población.»
Me alegra que lo haya decidido así y pueda haberlo realizado, y espero que este testimonio, que se une a tantos otros, perdure en los estantes de las librerías y en las mentes de los lectores. Descanse en paz, Hans J. Massaquoi.

(Destined to Witness: Growing Up Black in Nazi Germany)
Global Rhythm, col. Papel de Liar
Barcelona, 2009 [1999]

Portada y sinopsis

0 comentarios

Delicatessen, de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro

SESIÓN MATINAL

(Delicatessen); 1990

Director: Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro; Guión: Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro; Intérpretes: Dominique Pinon (Louison), Marie-Laure Dougnac (Julie Clapet), Jean-Claude Dreyfus (Clapet), Karin Viard (Señorita Plusse), Ticky Holgado (Marcel Tapioca), Anne-Marie Pisani (Señora Tapioca), Jacques Mathou (Roger); Dir. de fotografía: Darius Khondii; Música: Charles D'Alessio; Dir. artística: Marc Caro; Montaje: Hervé Schneid.

En el año 1990, cuando absolutamente todo el cine parecía moverse por caminos ya recorridos, una pareja de jóvenes realizadores franceses sacudió la taquilla y a los espectadores con esta comedia negra y surreal, que representó una bocanada de aire fresco y originalidad en un mercado cinematográfico estancado.
Basada en un argumento postapocalíptico, la gran ventaja de sus creadores fue su desvergüenza al incorporar elementos de todo lo posible para proporcionar una atmósfera propia, que fuera tan irreal como para resultar, paradójicamente, creíble. Así, hallamos elementos de la historieta humorística (aquí en España, alguien comparó esta película a una versión desmesurada y de ciencia-ficción de "13, Rue del Percebe", de Francisco Ibáñez), una decoración entre vintage y kitsch combinada con elementos del neorrealismo; las tramas más desmesuradas de la ciencia-ficción catastrofista; una salsa surrealista abundante pero sabiamente repartida, y elementos circenses.
Por si no la han visto, sólo les adelantaré de su argumento que en un arrabal de una ciudad francesa después de un apocalipsis, una casa vive dominada por el carnicero, que es además suministrador de carne para sus inquilinos, una carne que obtiene de los conserjes que va contratando. La llegada de Louison, una persona muy especial, trastocará este orden establecido y caníbal.
Hay que resaltar esa virtud de seguir adelante con lo que a primera vista parece ridículo o increíble. Es justamente el secreto que lo convierte en admisible para el espectador. El cine puede contar cualquier historia, pero no puede avergonzarse de contarla. A partir de ahí, depende de contarla bien para que sea buena. Jeunet y Caro la contaron tan bien que es una película que puede volverse a ver múltiples veces sin que su frescura disminuya.
Las críticas a su obra posterior han sido, principalmente, que eran nuevas visitas a este mundo desmesurado e imaginativo. Es discutible que esto sea un defecto, sobre todo cuando esos mismos críticos ponen el grito en el cielo cuando los cañones de un western no les resultan familiares. En cualquier caso, lo que muy pocos ponen en duda es la novedad y el avance que supuso Delicatessen.

Tráiler:

0 comentarios

Jazz Porque Sí: Django Reinhardt Diciembre 1940

Nos reencontramos, y con gran placer, con el guitarrista único que fue Django Reinhardt. Al que le han salido muchos imitadores; hasta en el porte y el bigote le han imitado. Pero jamás llegarán a su nivel musical. Porque puede que tengan la técnica (y desde luego, dos dedos más de los que tenía Django en la mano izquierda), pero Reinhardt además tenía esa intuición natural para la música que lo hacía un compostitor formidable, un intérprete con una imaginación y un sentido musical y del ritmo impresionantes y un intuitivo musical total, capaz de sorprender siempre.
Y lo hallamos rodeado de su nuevo Quintette du Hot Club de France, compuesto por Django a la guitarra, su hermano Joseph Reinhardt a la guitarra rítmica, el estupendo Hubert Rostaing al clarinete, el contrabajista Toni Rovira y el muy notable batería Pierre Fouad. Más la adición de Alix Combelle, toda una institución en el jazz francés, como segundo clarinete y saxo tenor.
Con el Quintette, Django estaba en su salsa. No es que otras intervenciones suyas no fueran geniales, tanto como acompañante rítmico como en solista, pero el quinteto estaba preparado para tocar su tipo de jazz que ha marcado estilo y que sigue perviviendo con una salud excelente pasados los años. De manera que prepárense para disfrutar de estas grabaciones auténticamente únicas, porque todo lo que hacía Django era único.
Escucharemos Swing '41; esa preciosidad de composición que es Nuages (una versión más orquestada que la que había grabado anteriormente); Pour Vous (Exactly Like You); Fantaisie sur une Danse Norvegienne, de Edvard Grieg, una pieza de rara sensibilidad que Django (y Rostaing, no lo olvidemos) transmite a la perfección; Vendredi 13; Liebesfreud; Mabel; Petit Mensonges (Little White Lies); Les Yeux Noires; Sweet Sue Just You; el archiconocido (pero nunca fatigante) Swing de Paris; Oiseaux des Îles, un tema composición de Django bien original; y All of Me.
Como siempre, atentos a los comentarios del Cifu, y disfruten del mejor guitarrista swing hot que ha dado la historia.

0 comentarios

La Humilde Vida de Sebastián Zafra, de Ignacio Aldecoa

Dentro de la producción de Ignacio Aldecoa, este relato es uno de los más naturalistas. Se inicia con la visión de un niño jugando, el Sebastián Zafra del título, y en esa visión no tenemos ninguna indicación de que sea diferente de cualquier otro niño que haya crecido en el entorno rural de la posguerra española; un efecto sin duda deseado por el autor.
Pero, paulatinamente, nos vamos introduciendo en la vida que rodea a este muchacho. Gitano, de los gitanos de los puentes; con un padre en la cárcel y a cargo de su tío, un hombre que trabaja en lo que puede; con la España del racionamiento y de la presencia de la autoridad y lo militar en la vida cotidiana; a la ventura de la caridad. En suma, una de esas visiones realistas de España de las que Ignacio Aldecoa era maestro en poner en literatura.
Y esta descripción de ese mundo se extiende tres cuartas partes del relato, hasta que hallamos a Sebastián Zafra ya adulto, teórico holgazán, chatarrero, bebedor, cuando con su primo sale al monte a buscar hierro, el metal que haya quedado de las maniobras de artillería que se acaban de hacer.
El paso a este nuevo escenario no extraña en absoluto. ¿Qué vida podía esperar el humilde Sebastián Zafra habiendo nacido y crecido en la pobreza, en la casi marginación? En este aspecto, Aldecoa no hace sino proporcionar un final que acentúa el dramatismo de una vida que parece desperdiciada, pero que nos queda la impresión de que podría no haberse desarrollado así, a poco que alguien se hubiera puesto en serio a resolver las causas de esa miseria.
Y, como siempre, todo esto está contado con esa prosa milimétrica, ajustada, de vocabulario preciso y necesario, que no obvia, sin embargo, una belleza de imágenes como pocos autores han podido reflejar en sus escritos. Un autor que demostró, una y otra vez, en lo rural y en lo urbano, en lo social y en lo costumbrista, que era un maestro de la narración. 

En Cuentos Completos 2
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19736 [1955]

0 comentarios

1280 Almas, de Jim Thompson

Si una máxima pudiera abarcar todo el microcosmos que encierra esta novela de Jim Thompson, sería la de "cuanto más corrupta es la sociedad, más corrupto es el individuo".
Una de las mejores novelas de su autor, y desde luego una de las mejores (y más brutales) del género, en apariencia tiene un planteamiento sencillo: Nick Corey, sheriff de una pequeña población del sur de los Estados Unidos, tenido por incompetente e inocentón, y algo idiota,incapaz de detener a nadie, cuando percibe que puede tener auténtica competencia para salir reelegido, empieza una escalada demoníaca de crímenes y manipulaciones de su entorno. Esto, en apariencia.
En realidad, Corey es un típico personaje de Thompson; un auténtico psicópata, alguien que se va convenciendo de que es el enviado de Dios a este infierno terrenal para destruir a aquellos que se lo merezcan y estén a su mismo nivel de poder o más abajo (puesto que él no puede nada contra los poderosos.
Si esto puede parecer la típica novela de asesino psicopático, hay que esperar a vernos introducidos en el mundo que rodea a Corey. Una esposa manipuladora, con un "hermano" retrasado mental, posible amante de ésta; ambos, creyendo que Corey es un simplón, intentan manipularlo, cuando en realidad Corey sólo espera su momento y su conveniencia para manipularlos a ellos. Una amante, Rose, con un marido brutal, que cree que cuando éste es asesinado por Corey puede tenerlo a su merced; unos macarras de prostitutas cuyas burlas y desprecios hacia el sheriff están aumentando. Un juez venal y político. Unas autoridades superiores y vecinas a Corey que lo consideran tan imbécil como el resto de la población (y hacen mal). Y, por descontado, una población, Potts County, que duda que el letrero a la entrada del pueblo, "1.280 almas", sea cierto, puesto que incluye a los negros en esa cifra.
Todos estos elementos, que se van desvelando poco a poco ante los lectores, hacen que se dé la razón a Thompson, hablando por boca de Casey, define el lugar como el infierno en la tierra. No es que simpaticemos con el sheriff, pero casi nos extraña que no opte por enviar a todo el pueblo a la muerte. Tal vez no lo hace porque 1.280 personas son muchas. Pero ganas no le faltan. Y motivos, sospecha el lector, tampoco.
¿Cómo ha llegado Corey a esta situación, a esta estructura mental? Ya no se trata de que esté loco. Tal vez, y esa es una premisa inquietante, sea el más cuerdo de los que le rodean, y el más listo de entre ellos. El caso es que Corey se ha dejado vejar, humillar, ha adquirido la personalidad que los demás han querido atribuirle. Ya sea por venganza o por despecho (al fin y al cabo, en la campaña para la reelección le piden que se haga respetar y empiece a hacer cumplir la ley), empezará a actuar como lo hacen sus semejantes. Manipulará como ha sido manipulado. Vejará como ha sido vejado. Y como el sheriff de una localidad vecina le dice, "si te pegan una patada, lo que tienes que hacer es devolvérsela el doble de fuerte".
Thompson, un escritor duro (tal vez el más duro de los escritores del género negro clásico), irreductible, sin un solo personaje con valores redimentes, describe una sociedad absolutamente perdida, endogámica, y tan malvada a nivel individual y colectivo que crea sus propias bestias. En este caso, una bestia que lleva la estrella de la ley prendida al pecho.
Leer 1280 Almas es como recibir un mazazo en la cabeza. En ocasiones, los hechos narrados superan con creces cualquier peor suposición que nos pudiésemos hacer. Pero lo que más impresiona de esta novela es que, por extrema que sea, queda la sospecha de que un entorno como el de Pottsville es perfectamente posible.

(Pop 1280)
Ed. Bruguera, col. Club del Misterio
Barcelona, 1981 [1964]

Existe reedición en RBA Libros

Portada y sinopsis

0 comentarios

L'Art Francès de la Guerra, de Alexis Jenni

El Arte Francés de la Guerra, premio Goncourt 2011, muestra que algo se está moviendo en la literatura francesa. Ya era hora. No es una opinión sólo mía, sino que ha aparecido repetidas veces en suplementos culturales de diversos periódicos franceses, que los narradores franceses llevaban ya más de una década mirándose el ombligo y escribiendo sobre ello (un mal por el que la literatura española pasó; y, por otra parte, algo queda de eso en la novela de jenni, pero es que las viejas costumbres son difíciles de superar). Alexis Jenni, en esta obra indudablemente mayor,enfrenta a un joven de nuestros tiempos con un antiguo paracaidista, veterano de Indochina y Argelia, que le da lecciones de pintura. Con ello, y mediante su relación, ambas generaciones se examinan y ven sus diferencias y sus semejanzas, y con ello intentan dar coherencia al mundo en el que viven.
Se trata del viejo y conocido tema, el de poner una frente a otra a dos mundos, coexistentes pero que puede parecer que están separados por todo un abismo de preceptos morales y visiones históricas diferentes. Pero, con todo que el tema general sea antiguo, la forma de hacerlo y qué es lo que resulta de estos encuentros es lo que importa en la obra.
Y lo que surge es mucho más que las relaciones entre una y otra generación. Lo que consigue Jenni es establecer un marco en el que la historia de Francia queda explicada y en la que, gracias a ella, se consigue explicar la Francia de nuestros días. Y no sólo Francia. La novela de Jenni es tan profunda y va tanto a las raíces morales de la historia y de los hombres que lograron o se vieron forzados a hacerla que esta discusión prolongada, este aprendizaje mutuo, a veces conmovedor y a veces esclarecedor, sirve de perfecto telón moral para la sociedad global que estamos construyendo.
Se podría aducir que Jenni hace trampa. Que Salagnon no es para nada el paracaidista típico. Bien, para demostrar que Jenni se da cuenta de ello ya está el personaje de Mariani, que sí responde a todos los tópicos del hombre de acción de cualquier época, incluida la brutalidad, y que si figura en el libro no es sólo porque así el autor resuelva esa posible argucia literaria, sino porque también existe y tiene un papel en la sociedad actual.
Pero es cierto que Salagnon no es un militar típico, pero también es cierto que para explicar los horrores pasados y entender las causas de aquellos que vendrán, es necesario escuchar a alguien que los hubiera vivido en primera persona desde ambas partes, desde la del verdugo y la de la víctima, y que fuera capaz de razonar. Tal vez para explicarlo algún día al joven que tiene enfrente.
Gran novela, profunda en su reflexión, ágil en su lectura, tremenda en sus imágenes, rabiosamente actual (arranca en la Primera Guerra del Golfo y finaliza con los primeros disturbios en las banlieues),El Arte Francés de la Guerra es un obra casi maestra que no sólo nos explica el mundo, sino que nos hace actores de su transformación, y demuestra que el pasado y el presente tienen que ser interlocutores constantes para así poder crear un futuro.

(L'Art Français de la Guerre)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2012 [2012]

Existe edición castellana en RBA Libros

Portada i sinopsi de l'edició catalana
Portada y sinopsis de la edición castellana

0 comentarios

Un Día en Nueva York, de Gene Kelly y Stanley Donen

SESIÓN MATINAL 

(On the Town); 1949

Director: Gene Kelly, Stanley Donen; Guión: Betty Comden, Adolph Green y el ballet Fancy Free de Leonard Bernstein; Intérpretes: Gene Kelly (Gabey), Frank Sinatra (Chip), Jules Munshin (Ozzie), Vera-Ellen (Ivy Smith), Betty Garrett (Brunhilde Esterhazy), Ann Miller (Claire Huddesen), Tom Dugan (Oficial Tracy, coche 44), Florence Bates (Madame Dilyovska), Alice Pearce (Lucy Schmeeler); Coreografía: Gene Kelly, Stanley Donen; Dir. de fotografía: Harold Rosson; Dir. musical: Lennie Hayton, Roger Edens; Canciones: varios autores.

Con los musicales, hay que tener siempre presente que tienen sus propias reglas. De tal modo que para verlos se hace necesaria una suspensión de la incredulidad muy amplia. No hay nada más atentatorio a la lógica que ver a una serie de gente conversando tranquilamente y que, de repente, se pongan todos a cantar y bailar, con la anuencia y hasta la participación de los transeúntes.
De manera que, cuando contemplamos una comedia musical, estamos haciendo un ejercicio de suspensión de todas las normas, una aceptación de clichés y adquirimos unas expectativas distintas a las que tenemos cuando vemos cualquier otro tipo de película.
Pero siguen habiendo normas, y éstas afectan a la calidad de la película. Nada pero que ver a unos actores que bailan desganados, unas coreografías forzadas o a malos cantantes interpretando piezas que les vienen anchas.
En el caso de Un Día en Nueva York, nada de eso existe. No sólo las coreografías, la música, las interpretaciones y todo lo que compone un musical es perfecto; es que toda la película destila una vitalidad y una alegría desbordantes, un entusiasmo por todo lo que en la película aparece, sea baile, canto, interpretación o comedia. Esa vitalidad es tan contagiosa que el espectador se siente trasladado a ella, y al final se ha contagiado de la misma alegría que destila el filme (un efecto sin duda buscado por todas las comedias musicales, pero que muy pocas han sido capaces de lograr).
Gene Kelly ya estaba probando (en una escena, justamente el ballet "Un Día en Nueva York") la conjunción de ballet clásico y moderno que llevaría un par de años después a su cima en Un Americano en París.Esa concepción moderna pero que tiene un cierto aire clasicista da un toque de atemporalidad que ha hecho que esta película sea una de las joyas más preciadas del cine musical de todos los tiempos.

Tráiler:

0 comentarios

Jazz Porque Sí: Charlie Christian en directo (IV)

Seguimos repasando las grabaciones en directo del gran pionero de la guitarra moderna en jazz, Charlie Christian. Los comentarios del Cifu siempre son instructivos; en este caso, y al principio del programa, encontrarán al Cifu detallando todo un elenco de cosas que Christian experimentó en su día, y que influyeron, y de qué manera, en el jazz que estaba por venir, guitarristas o no. Y quiero remarcar de nuevo algo: puede ser que, escuchando a Christian, no encuentren nada nuevo en él ahora. Pero en su época, nadie tocaba como Charlie Christian, y muy pocos entraban en esas audacias formales y armónicas que hoy damos por supuestas. Dicho esto, vamos con la música.
En principio, con el sexteto de Benny Goodman, con el propio Benny al clarinete y Lionel Hampton al vibráfono, con las piezas The Sheik of Araby, por desgracia y por razones técnicas incompleto; Seven Come Eleven; Six Appeal, introducido por Charlie; un Honeysuckle Rose también incompleto; y AC-DC Current.
Entonces, y con ocasión de un mítin en las elecciones presidenciales de 1940, tendremos a Benny Goodman y Charlie Christian junato a Count Basie al piano más su rítmica (el Cifu, sin duda inducido por la información del disco, dice que Freddie Green está ausente; pero se puede escuchar una guitarra rítmica acústica de fondo, de manera que yo diría que el bueno de Green está allí), interpretando Gone with What Wind.
Pasamos a unas actuaciones con el septeto de Benny Goodman, que incluye al trompetista Cootie Williams y a Count Basie al piano, interpretando Benny's Bugle; un incompleto Wholly Cats; y Honeysuckle Rose.
Espero que disfruten de la guitarra del genio Charlie Christian, así como de los excelentes músicos que escucharán.

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

0 comentarios

Hombre al Agua, de Winston Churchill

No ha habido jamás un premio Nobel de literatura que se haya tomado tan a choteo como el concedido en 1953 a Winston Churchill. La primera acusación, por descontado, fue la de haberlo concedido a uno de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en una especie de pago o premio por su vida más política que literaria. La segunda explicación, más piadosa, fue justificar su concesión por la oratoria e indudable ingenio que demostraba en sus escritos políticos. La tercera, algo más cruel, fue analizar sus tres volúmenes de memorias y llegar a la conclusión de que podrían tener todo el interés para los historiadores, pero poco para los literatos.
Sin embargo, y aunque no se prodigara, Churchill escribió unos cuantos relatos puramente literarios. No son fáciles de encontrar, pero constituyen un hallazgo feliz. Por descontado, podríamos hacer el chiste de que su autor jamás podría ganar el Nobel de Literatura, pero en su estilo no están nada más.
Hombre al Agua es un relato corto. Tan corto que resumirlo es desvelar su misterio. Pueden leerlo en los enlaces que figuran al pie de esta entrada. Baste decir que es un relato de choque, pero que también funciona a un nivel psicológico más profundo, algo estimable en un relato tan breve y escrito por una personalidad que se movería más en el campo de la acción que de la escritura.

(Man Overboard)
En Cuentos Únicos
Ed. Siruela, col. El Ojo sin párpado
Madrid, 1989 [1899]
Selección, prólogo y traducción de Javier Marías

Texto en castellano de Hombre al Agua
Texto en inglés de Man Overboard

0 comentarios

Gli Occhiali d'Oro, de Giorgio Bassani

En Los Anteojos de Oro, Bassani nos cuenta la historia de un hombre aplastado por la sociedad. Athos Fadigati es un médico otorrinolaringólogo respetado por la sociedad de Ferrara. Discreto, culto, inteligente, de buen gusto, gran profesional, amable, lo tiene todo para figurar, como lo hace, entre la mejor burguesía de la ciudad. El problema surge cuando, con el paso del tiempo, el hecho de que Fadigati siga soltero suscita cierta curiosidad. Progresivamente, la gente bienestante empieza a lanzar una mirada más atenta a las costumbres del doctor. Una mirada más susceptible, más maliciosa. Y de las acciones inocentes del médico surge el rumor, convertido en certeza por aquellos que lo difunden, de que Fadigati es homosexual.
¿Lo es o no? Para Bassani (y para los lectores) no es importante que el doctor lo haya sido o se haya convertido en tal gracias a las presiones del rumor que afirma que sí. Sea porque ha sido descubierto o porque Fadigati se ha conformado a esta realidad, lo que para el autor importa es el aplastamiento al que se somete a esta excelente persona a nivel social. Los insultos velados, las burlas más o menos declaradas, los desprecios continuos que fadigati sufre sin quejarse, el ostracismo al que se le somete en público (en privado, algunas de las personas con menos prejuicios siguen hallando en él el buen conversador y amable individuo de siempre), todo ello prefigura una historia cruel que acabará en tragedia.
Una tragedia que se precipitará cuando el paciente Fadigati, que ya ha soportado el despido del hospital en el que trabaja, el abandono de su clientela en su consulta privada y, en general, su abocamiento a una existencia marginal entre la sociedad burguesa que le correspondía y la clase baja en la que nunca ha estado, recibe un nuevo golpe que ya le resulta imposible de asumir. Porque además Fadigati es judío. Y en la Italia mussoliniana, el fascismo se prepara a declararse "unido a doble filo con el Reich" en todas sus políticas.
Bassani nos retrata a un hombre agradable, aunque débil. Tan débil como para (se nos insinúa) adaptarse a todo aquello que la sociedad quiera que él sea. No es la mejor figura para un héroe, pero es que Fadigati, como el común de las gentes, no es ningún héroe ni quiere serlo. Recalquemos que el doctor no ejerce ninguna violencia contra nadie. Y en cambio, es violentado por la sociedad hasta victimizarlo. Y no olvidemos jamás que eso que llamamos "sociedad" tiene nombres y apellidos. No es una responsabilidad que se pueda difuminar, por mucho que así se pretenda.
No olvidemos que la mirada de quien narra es importante. En este caso bassani elige a un muchacho en el umbral de hacerse adulto que relata en retrospectiva la historia del doctor Fadigati, y esa mirada es la de alguien que supera los prejuicios para ver a la persona, la de alguien que muestra su compasión (y su respeto) por un médico amable y culto cuyo único defecto fue el de no ser bastante fuerte como para soportar todo lo que la sociedad le echó encima. Es importante. Desde otro punto de vista podría resultar una historia sórdida, o un lamento patético. Desde donde Bassani escoge contarla, la mirada es humana sobre un hecho que evoca las responsabilidades que todos tenemos para con nuestros semejantes.

Arnoldo Mondadori Editore, col. Oscar Mondadori
Milán, 197021 [1958]

Portada y sinopsis de la edición italiana

2 comentarios

La Segunda Guerra Mundial, de Antony Beevor

Esta obra ha sido aclamada como la historia definitiva sobre la Segunda Guerra Mundial; ante semejante recepción, cabe preguntarse porqué.
En primer lugar, por su agilidad. Beevor es un autor que ha sabido conjugar la precisión, el detalle y la exactitud con un lenguaje atractivo y ligero, muy claro de exposición, que lleva ordenadamente al lector por todo el panorama cronológico del conflicto.
En segundo, por su eclecticismo. Lejos de ser una historia "de tesis", Beevor no desdeña ninguna de las fuentes y miradas sobre la segunda guerra mundial, de modo que no sólo hallamos la historiografía militar, sino también la económica, social, etc. Esto confiere a este libro una globalidad de visión que hasta el momento era difícil de hallar.
Tercero, por su historia total. Beevor no se detiene en los grandes rasgos, sino que desciende en cuanto puede a los detalles que sean significativos para explicar los grandes movimientos del conflicto. Y, encantado con esas pequeñas anécdotas (que pueblan el mundo del cine principalmente, pero que en muchos casos son reales), no se detiene en ellas, pero por lo menos las cita. Aunque sólo sea esa mención, el libro adquiere un aire de manual total, de libro de referencia en el cual situar todo lo referente a la guerra y con el que, empleándolo como herramienta, el interesado pueda acudir a cualquiera de las fuentes citadas para ampliar su conocimiento sobre un detalle en concreto.
El autor elige, aunque con dudas, iniciar el conflicto con la guerra chino-japonesa. Las fechas, ese lastre del conocimiento, marcan que la Segunda Guerra Mundial se inició con la invasión de Polonia en septiembre de 1939, pero eso significa obviar no sólo los pasos que se dieron hacia la guerra en Europa, sino el hecho de que uno de los actores principales de la misma, como fue el Japón, ya había iniciado su propia expansión años antes. Es una solución de compromiso, porque algunos autores dirimen si el inicio de la 2ª GM tuvo lugar ya en la Guerra Civil Española, o incluso antes, en la paz resultatne de la Primera Guerra Mundial. Pero, compromiso o no, Beevor no se priva de incluir los antecedentes, sean cuales sean.
Otro de los detalles que distingue a esta obra es su cuidado por los países considerados "menores". No estamos hablando sólo de esos aliados del Eje (Hungría, Rumanía, etc.) que compartieron, algunos de grado y otros por fuerza la adscripción a los totalitarismos, sino también China, un gigante en decadencia que siempre ha sido menospreciado en las historias del conflicto, pese a que tuvo una gran importancia. En este aspecto, el autor no se extiende más allá de lo necesario, pero tampoco deja de lado a estos actores menores del conflicto.
Pero no crean los lectores que estamos ante una historia deshumanizada. Beevor no admite dejar de lado el individuo, y ni por asomo pretende abogar por la guerra como algo épico y elogiable. La épica que existe en las guerras suele deberse a las personas, que se sacrifican por otras incluso a costa de sus vidas. El autor resalta con crudeza las cifras de muertos y heridos, tanto más crudas en cuanto enormes. Y no pasa por alto el sufrimiento de la población civil, el de las poblaciones ocupadas, el de los deportados y el de las víctimas del Holocausto. Incluso el de los propios combatientes, sobre todo cuando tuvieron que sacrificarse gracias a decisiones catastróficas de sus mandos.
Tal vez lo que más ilustra la insensatez y sufrimiento que representó la Segunda Guerra Mundial es la imagen que sirve de introducción a todo el libro. Un soldado coreano, que fue obligado a servir en el ejército japonés, fue capturado por los rusos y obligado a servir en su ejército; capturado a su vez por el ejército alemán y obligado a combatir como auxiliar de la Wehrmacht, y finalmente capturado por los norteamericanos en Normandía. Como dice Beevor, todavía este pobre coreano tuvo suerte, comparado con otros muchos.
En suma, esta historia de la Segunda Guerra Mundial merece los elogios que ha recibido. Es difícil que algo se le haya pasado por alto, y si es así, es tan menor que casi no constituye ni una nota a pie de página de la historia. Pero sobre todo es por su claridad y amenidad de lectura, y por su objetividad extrema en todos los campos tratados por lo que esta obra merece el lugar destacado en la historiografía básica de la Segunda Guerra Mundial.

(The Second World War)
Eds. de Pasado y Presente
Barcelona, 2012 [2012]

Portada y sinopsis

0 comentarios

La Escalera de Caracol, de Robert Siodmak

SESIÓN MATINAL 

(The Spiral Staircase); 1945

Director: Robert Siodmak; Guión: Mel Dinarelli, basado en la novela Some Must Watch, de Ethel Lina White; Intérpretes: Dorothy McGuire (Helen), George Brent (Profesor Warren), Kent Smith (Dr Parry), Ethel Barrymore (Sra. Warren), Rhys Williams (Sr Oates), Rhonda Fleming (Blanche), Gordon Oliver (Steve Warren), Sara Allgood (Enfermera Barker), James Bell (Policía); Dir. de fotografía: Nicholas Musuraca; Música: Roy Webb; Dir. artística: Albert S. D'Agostino y Jack Oakey.

Déjenme hacer una pequeña digresión. El oficio de actor en el cine es en extremo delicado. Si no se proporciona al actor el papel completo, se corre el riesgo de que se enfade, de que empiece a actuar con desgana, sin saber qué está representando. Sin embargo, grandes interpretaciones han resultado de esta política, como la de Cary Grant en Con la Muerte en los Talones, o la de todos los implicados en Casablanca. Pero, si das el guión completo, si el actor sabe cuál va a ser su papel durante toda la película, el riesgo es que el actor lo realice demasiado a conciencia.
Es lo que sucede en esta película, en la que, prácticamente desde su aparición, sabemos que George Brent (por otra parte un actor magnífico) es el asesino. Y no es por mala actuación; sencillamente, es porque el actor lo hace demasiado bien, inserta un pathos peculiar en su personaje, lo dota de rasgos torturados. Pero esa falta de ambigüedad hace que sepamos desde el inicio que esa tortura sólo esconde una psicopatía criminal.
Y lo bueno de esta película es que, a pesar de eso, es un placer verla. Su argumento es simple (o por lo menos, lo es ahora, después de ver múltiples asesinos psicópatas en la pantalla). En un pueblo, un asesino mata a mujeres, siempre discapacitadas físicas. Dorothy McGuire interpreta a Helen, una chica que quedó muda por un trauma sufrido en la infancia, de modo que ya sabemos quién es el siguiente objetivo del psicópata. No obstante, todo está narrado con un estilo impecable. La tensión es grande y mantenida, y hay escenas que pueden pasar con todos los honores a las antologías del género. McGuire está espléndida, así como los secundarios Ethe Barrymore y George Brent. Una gran fotografía, dirección artística y música hacen el resto, y consiguen que esta pieza de cine menor pero clásico sobreviva muy bien al paso del tiempo. Y que haya sobrevivido con ventaja a los diversos remakes que se han hecho de ella. Quédense con el original. Sabrán quién es el asesino desde el principio, pero no importa. Déjense llevar y sumérjanse en la tensión.

Tráiler: