Una breve historia del género policial

A veces me preguntan qué es lo que se tiene que leer para comprender la evolución del género policíaco, lo más imprescindible para ello. Es delicado responder, porque cuando se empieza a enumerar autores, de inmediato uno lleva a otro, y así la lista se hace interminable. De modo que, sin querer ser exhaustivo y comprendiendo que en la relación que sigue faltarán obras y autores, intentaré proporcionar una lista básica y razonada que hará que el lector transite por este género desde sus inicios a la actualidad.

Precursores
Más o menos por la misma época, y en un ejemplo claro de descubrimiento paralelo, dos autores alejados geográfica y estilísticamente escribían aquello que puede definirse como las primeras obras del género. Por un lado, Honoré de Balzac con Un Asunto Tenebroso: más novela histórica que otra cosa, pero importante porque por primera vez un policía y su método de trabajo ocupaban una parte importante de una obra literaria.
Y, por otro, Edgar Allan Poe, que con Los Crímenes de la Calle Morgue, La Carta Robada y El Misterio de Marie Roget ponía realmente las bases de la narración policial, incluyendo el enigma, el investigador, el método deductivo e inductivo y la solución sorprendente. Elementales como son estos relatos, contienen todos los elementos que han conformado el género, de manera que Poe puede considerarse padre (y lo ha sido de tantas cosas) de la novela criminal.

Los detectives
Con estas bases establecidas, la aparición del personaje investigador era un paso lógico: alguien de inteligencia excepcional dispuesto a enfrentarse a los enigmas más blindados e "irresolubles" que el crimen pudiera proporcionar.
Epítome de este consultor criminal es Sherlock Holmes, debido a la pluma de Sir Arthur Conan Doyle. Su fuerza radica en la construcción de un personaje único, excepcional, lo bastante exéntrico como para ser atractivo literariamente, lo bastante inteligente como para ser admirable. Cualquiera de sus novelas, pero sobre todo sus colecciones de cuentos, son recomendables, y se mantienen con una frescura y originalidad que no siempre ha acompañado a otros investigadores.
Hay otros investigadores famosos de la literatura, que aprovechan o no las características de Holmes. Entre ellos podemos citar a Rouletabille (El Misterio del Cuarto Amarillo), de Gaston Leroux.

Los villanos
Ya Conan Doyle había creado la figura del archicriminal, tan querida después por los cómics de superhéroes y por las películas de James Bond, en la persona del profesor Moriarty. De hecho, hay un axioma que dice que un personaje es tanto más potente como poderoso es su enemigo, de manera que el hecho de que estos criminales pasaran a protagonizar las novelas de misterio y crímenes era un paso lógico. Sin embargo, la aparición de personajes tales como Arsène Lupin (Aventuras de Arsenio Lupin), de Maurice Leblanc, sólo marcó un leve decantamiento hacia el mal: en realidad, Lupin es una fuerza benéfica, que ayuda a resolver crímenes, aunque sea él mismo un ladrón.
Otro es el caso de A. J. Raffles, de E. W. Hornung (quien, por cierto, era cuñado de Arthur Conan Doyle). Raffles es también un ladrón de guante blanco, pero es un cínico social, y el hecho de que sus historias tuvieran tanto éxito se debe a una combinación de exotismo de clase alta y a un personaje atractivo por ese mismo cinismo, tan aristocrático, británico en suma.
Pero hubo cada vez más villanos en la literatura, y de entre ellos, y ya sin características redimibles, destaca Fu Manchú, "el Peligro Amarillo", debido a la pluma de Sax Rohmer. Producto de una época ya pasada, es cierto que veía todos sus planes frustrados por el investigador Denis Nayland Smith, pero quien era el motor de la serie era el malvado oriental, con sus tramas enrevesadas, sus inmensos recursos, su corte de esbirros y su peculiar forma de expresarse.

La novela-problema 
Tal vez hayan echado en falta algunos nombres cuando hablábamos de los detectives. No se preocupen , aquí vienen. La novela movida por pura fuerza de su investigador se hizo común, tanto que lo que llegó a alcanzar el aprecio fue la dificultad de la trama, lo difícil de resolver que resultara el problema. De manera que, sin renunciar a la figura del detective con personalidad, lo que se generalizó fue una suerte de enigmas que podían o no ser resueltos gracias a los rasgos distintivos de los detectives.
En la cima de esta tendencia está Agatha Christie, con sus personajes Hercule Poirot y Miss Marple. Si miran bien su obra, descubrirán que, aparte manierismos, son intercambiables. Ambos podrían haber resuelto el mismo problema, y si no me falla la memoria, lo hicieron, o uno muy similar, en alguna ocasión. Pero son un hito en el género, y hay que pasar por ellos.
Otros detectives de nombre que se enfrentan a casos en revesados son el Padre Brown, tal vez el más original y metafísico de los detectives, creación de G. K. Chesterton; Nero Wolfe, de Rex Stout; Charlie Chan, de Earl Derr Bigger; o Perry Mason, de Erle Stanley Gardner.

El policíaco moderno / hard-boiled
El modelo del detective / misterio tradicional se agotaba rápidamente. En tiempos convulsos, como fueron los de la depresión, la revolución rusa o la Ley Seca, leer historias que pasaban en un mundo falsamente victoriano o eduardiano, repletas de ladies y lores y en las que nunca aparecía un obrero, salvo incidentalmente (y con un clasismo más que paternalista) era un alejamiento de la realidad que ya apenas servía ni tan siquiera como evasión. De manera que un puñado de autores empezaron una narración policial que se ajustaba más a la realidad circundante, y al incluir un sentido social también incluyeron en las figuras de sus protagonistas un sentido moral, a veces más ético que el de la propia ley. La denominación hard-boiled (hervido hasta quedar duro) proviene del hecho de que los protagonistas, por lo general detectives privados, son los más duros entre los duros: de lengua afilada y sarcasmo fluido, reciben golpes de continuo, que soportan lo mejor que pueden como parte de su oficio.
Los dos grandes que protagonizaron esta revolución del género fueron Dashiell Hammett (El Halcón Maltés) y Raymond Chandler con su personaje Philip Marlowe. Siguen siendo los padres de la novela negra moderna, y la deuda que se tiene con ellos es inmensa. Apenas en diez novelas entre los dos, crearon todo el imaginario del que ha bebido el género durante décadas, y cuyos elementos esenciales siguen vivos en la narrativa actual.
No hay que desdeñar lo que, en Francia, hizo Georges Simenon con su Comisario Maigret. También él se acercó a la realidad, por un camino distinto, cierto, pero en el fondo también ha contribuido a complementar esta conformación de la novela negra moderna, dando un estudio de personajes y personalidades que, en sus mejores novelas (Una Confidencia de Maigret, por ejemplo), es perfecto.
A partir de entonces, los nombres que han desarrollado la novela negra con mérito y maestría se acumulan. De entre ellos podemos destacar a Léo Malet y su personaje Nestor Burma (Niebla en el Puente de Tolbiac); James M. Cain (El Cartero Siempre Llama Dos Veces); Ross Macdonald y su personaje Lew Archer; Jim Thompson (1280 Almas); o Chester Himes y su serie protagonizada por los detectives más bestias de Harlem, Gravedigger Jones y Coffin Ed Johnson (Por Amor a Imabelle). Todos ellos tratan los problemas de su tiempo, todos ellos tienen sentido crítico, todos ellos no hacen una lucha del bien por el bien, sino del bien como valor moral. Muchos de ellos se enfrentan a una legalidad injusta en favor de los individuos.

Novela de procedimiento policial
Dentro de la nueva novela negra, se creó un subgénero, el de la vida cotidiana de la policía, sus métodos, sus frustraciones e incluso su vida privada. El mejor en este campo es Ed McBain, con su serie sobre la Comisaría 87, una auténtica serie coral en la que vemos envejecer (y en algún caso, morir) a sus personajes, y entendemos el cansancio que a veces les acomete la continua lucha en las calles contra el crimen y una sociedad que cada vez se hace más incomprensible y más tensa.

Transición
El detective "duro" tuvo (y tiene) un largo recorrido en el género, pero mostró ciertos signos de cansancio  finales de los cincuenta y principios de los sesenta. En aquella época empezaron a surgir voces que, aprovechando los modelos de la novela negra moderna, pretendieron transformarla o incluso desafiarla.
En el desafío encontramos a Friedrich Dürrenmatt, con su La Promesa, una auténtica antinovela negra que pretendía acabar con el género policíaco pero que, por supuesto, sólo lo estimuló, llevándolo todavía más al terreno psicológico e interior.
Patricia Highsmith, en la serie de su personaje Ripley (A Pleno Sol), hacía encaramarse al puesto protagonista no a un villano inmoral, sino a un tipo totalmente amoral, a la vez terrible y simpático, en una serie de historias subversivas para con el género, pero que están entre las mejores que haya dado el mismo.
A la vez, el recudrecimiento de la Guerra Fría, llevaba al desarrollo de un personaje que había sido apuntado ya con gran maestría por Eric Ambler (La Máscara de Dimitrios) y por Graham Greene (Nuestro Hombre en La Habana), el espía. El más literario es Greene, pero tiene la manía de lastrar sus historias, realistas, con finales felices increíbles.
Por supuesto, quien llegó a la cima del género de espionaje fue John LeCarré con su personaje George Smiley (por ejemplo, El Topo). Sus historias no sólo eran completamente realistas y plausibles, sino que descubrían la inmensa soledad y vacío del oficio más desesperado del mundo.

La novela negra contemporánea 
Poco a poco, los modelos fueron cambiando, y abandonando la lucha del investigador individual contra una pequeña injusticia o crimen, los autores descubrieron que el modelo de la novela negra se adaptaba a la perfección a la crítica social: era cercano, permitía atravesar barreras de clase y políticas, y era perfectamente cohererente con su época.
Uno de los que mejor entendió esto fue Leonardo Sciascia, que con su El Día de la Lechuza puso por primera vez sobre el tapete la cuestión de la Mafia siciliana, y lo hizo siguiendo el modelo de la novela negra.
Manuel Vázquez Montalbán, con su serie de Pepe Carvalho (salvo la primera novela Yo Maté a Kennedy, una historia surrealista y experimental), trazó a la perfección el ambiente de la Barcelona y la España de los últimos tiempos del franquismo, la Transición democrática y la España posterior.
Estos fueron los inauguradores de esta "nueva" novela negra, y en el resto del mundo pronto se descubrió que el modelo funcionaba a nivel local (y, como sucedió con las tragedias clásicas, y más en un mundo globalizado, la historia local era extrapolable a lo universal), y de ahí surgieron gentes como Henning Mankell en Suecia, con su personaje Kurt Wallander; Bernhard Schlink y su anciano detective Selb en Alemania; el muy social Petros Márkaris y el inspector Kostas Jaritos en Grecia; Yasmina Khadra, pseudónimo de Mohamed Moulessehoul con su policía Llob en la convulsa Argelia de las revueltas islamistas y la corrupción gubernamental; Andrea Camilleri y su comisario Salvo Montalbano, que observa con humor y unos peculiares compañeros los avatares de la sociedad siciliana e italiana; Ian Rankin y su inspector Rebus, fijado en la Escocia que vive los estertores del petróleo del Mar del Norte y entra en un autogobierno problemático; o Jean-Claude Izzo, con el expolicía Fabio Montale, analizando una Marsella llena de inmigración y delincuencia. Leonardo Padura y el policía Mario Conde, transitando por la Cuba castrista. Entre otros muchos.
Habrán observado que no he citado ningún escritor norteamericano. Es curioso constatar que donde nació el género sus autores han derivado a la mera novela policial de entretenimiento y al thriller más que al formato contemporáneo. Como excepción, resaltemos a Michael Connelly, con su personaje Harry Bosch, que traza un auténtico retrato de la California actual y su oscuro reflejo, Las Vegas.
Y quedan dos fenómenos por tratar dentro del género:

La novela forense
Aquella que es heredera de la de procedimiento policial, pero se basa como método investigativo en los aspectos de la policía científica. Como principal representante, citemos a Patricia Cornwell y su doctora Scarpetta.

El detective psíquico
Una variante extraña: detectives psíquicos abundaron en la década de los 30 (el más famoso y hoy justamente olvidado, fue Seabury Quinn y su personaje Jules de Grandin), pero fue un subgénero que pronto se agotó a sí mismo, en parte por lastre de la novela detectivesca tradicional y en parte por las limitaciones inherentes a su carácter sobrenatural. Sin embargo, John Connolly y su personaje Charlie "Bird" Parker han hecho el milagro de revitalizar este subgénero aplicándole el modelo de la novela negra, más que el detective a la Hercule Poirot, y haciendo se su protagonista un hombre torturado e intenso.

Espero que las omisiones no sean demasiadas, y que este breve ensayo sirva de guía para aquellos que quieran ver el género con cierta perspectiva.



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