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El Fuego y la Palabra, de Richard Brooks

SESIÓN MATINAL

(Elmer Gantry); 1960

Director: Richard Brooks; Guión: Richard Brooks, basado en la novela de Sinclair Lewis; Intérpretes: Burt Lancaster (Elmer Gantry), Jean Simmons (Hermana Sharon Falconer, nacida Katie Jones), Arthur Kennedy (Jim Lefferts), Shirley Jones (Lulu Bains), Dean Jagger (William L. Morgan), Edward Andrews (George F. Babbitt), Patti Page (Hermana Rachel), John McIntire (Rev. John Pengilly); Dir. de fotografía: John Alton; Música: André Previn; Dir. Artística: Edward Carrere.

Se pueden decir muchas cosas sobre la sociedad norteamericana, pero no se puede negar que dentro de todas sus contradicciones, las industrias culturales gozan de una admirable libertad para expresar sus opiniones. Tal vez no existe país en el mundo que tenga tanto respeto por la libertad religiosa (no del todo, de acuerdo; habría mucho que decir sobre las religiones no cristianas y sobre el ateísmo. Pero permítanme esta leve simplificación hoy); pero dentro de este clima liberal en cuestiones de fe, la cinematografía no ha tenido empacho en denunciar a los estafadores religiosos y otros chanchullos del mismo estilo.
En este caso se trata de denunciar los engaños de Elmer Gantry, un evangelista de los años veinte (invención del novelista Sinclair Lewis, pero símbolo y arquetipo de la miríada de estafadores que proliferan y pululan por la sociedad americana). Por supuesto, al estilo Hollywood, es decir, incorporando un melodrama al argumento. Pero así hacen las cosa y, reconozcámoslo, muchas veces lo hacen muy bien.
Es mérito del director/guionista que esta película interese tanto como lo hace, con un equilibro logrado entre la tensión dramática y la denuncia de la comercialización religiosa, entre el argumento, la narrativa, y la fe y sus trampas.
Efecto al que contribuyen e uncrementan unas magníficas interpretaciones por parte de Burt Lancaster y Shirley Jones, por encima de la media, y del resto del cuerpo actoral encabezado por Jean Simmons.
Una película sin fecha de caducidad, disfrutable hoy tanto como hace cincuenta años.

Tráiler:

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L'Home Inquiet, de Henning Mankell

(Den Orolige Mannen)
Tusquets Eds., col. L'Ull de Vidre
Barcelona, 2009 [2009]
Serie Kurt Wallander nº y 11

Esta El Hombre Inquieto es la última (y definitiva) novela de la serie Kurt Wallander. Mankell no mata a su protagonista, pero sí deja perfectamente claro que el resto de su vida, trágica o feliz, le pertenece, ya sí, sólo al personaje.
En consonancia con la característica que ha presidido siempre las novelas de la serie, en las que Kurt Wallander envejecía poco a poco, se desencantaba cada vez más y reflexionaba sobre su pasado y en cómo sería su futuro, este capítulo final es muy introspectivo, un repaso de las vivencias y circunstancias de la vida de Wallander, un continuo desfile de fantasmas (los de su padre, los de su matrimonio) y una liquidación vital de sus amigos y amores, junto con unas pocas alegrías contradictorias en sí mismas (Wallander ha tenido una nieta, un hecho que comprende una esperanza en su vida, pero uno que también conlleva una constatación de su vejez). Como tal, no es en absoluto una novela alegre, pero sí una novela necesaria y consecuente con el carácter del personaje.
No es que el argumento sea lo de menos, porque implica directamente a Wallander, pero sí que esta novela es la que más tiene que ver con la vida del inspector de todas las que ha escrito Mankell. Su consuegro, Håkan von Enke, oficial de alto rango de la armada sueca, desaparece en el transcurso de un paseo por el bosque, y pocos días después lo hace la esposa de von Enke, que es hallada asesinada con posterioridad. Todo ello después de una conversación entre von Enke y Wallander en la que el marino se refiere al hecho que se ha convertido en la obsesión de su vida: en los años 80, se detectó una intrusión de submarinos en las aguas territoriales suecas, y justo cuando se tenía rodeado a uno de estos submarinos fantasma y a punto de forzarlo a emerger se recibieron órdenes de abandonar esa caza y dirigirse a un punto en el que no había nada. Esta posible traición, infiltración de un topo entre los mandos militares suecos, preside todas las investigaciones que Wallander, a título semioficial, realizará, hasta que éste descubra, no toda la verdad, pero sí una parte.
Las grandes virtudes de Mankell han sido numerosas, y no se han basado jamás en un exotismo que puede resultar atractivo pero que, en el fondo, si no va acompañado de otras cosas, resulta vacuo. Su protagonista, ya lo hemos dicho, envejece, no se prolonga en el tiempo como un ser inmutable (e irreal); siempre ha acompañado sus argumentos con cuestiones sociales ante las que tomar partido (la cuestión báltica; el racismo, etc.); y Mankell fue tal vez el primero que analizó y puso en evidencia la liquidación del sueño que supuso la sociedad sueca, en apariencia un paraíso, en realidad una ficción que se materializó durante un largo tiempo pero que ha acabado por perderse. Estas cualidades siguen estando en esta novela.
Y si bien tenemos que decir adiós a un personaje (y es mérito del autor que esto nos duela a los lectores), sí comprendemos que no podía ser de otra manera, y que Mankell (tal vez tan harto y cansado como Wallander) lo hace poniendo un colofón que resume una trayectoria vital y un recorrido sociológico por la Suecia contemporánea. No habrán más novelas de Wallander, pero las lecciones que Mankell ha enseñado de cómo hay que tratar el policíaco y sus personajes hoy día siguen estando ahí. Y no son lecciones menores.

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Magos, Gurús y Sabios. Una Explicación Sencilla de lo Inexplicable, de Henri Broch

(Gourous, Sorciers et Savants)
Ed. Gedisa, serie Extensión Científica
Barcelona, 2007 [2006]
Prólogo de Georges Charpak, premio Nobel de Física

Zahoríes, extralucidez, astrología, misticismos, "poderes" sobrenaturales y otros misterios llenan estas páginas. Pero lo hacen al lado de su correspondiente refutación científica. No sólo teórica, sino experimental. Experimental con los mismos sujetos que pretenden tener esos poderes y cualidades.
Y no en experimentaciones específicas, sino empleando las habituales para conformar algo que se ha demostrado la herramienta única y válida de verificación, como es el método científico.
No es un ataque contra los poderes psíquicos, sino una refutación de los posibles casos que "demostrarían" y que, puestos a prueba bajo un ambiente de rigor experimental, lo único que demuestran es tener una explicación prosaica y natural.
En efecto, la superstición, la voluntad de creer en lo sobrenatural, es muy fuerte. Pero, una vez proporcionada la adecuada demostración de lo que realmente sucede con estos fenómenos, uno queda encantado, porque la ciencia, aplicada con rigor, puede llegar a ser más maravillosa que la creencia en supercherías.
Los ejemplos son numerosos: ¿Han pensado en qué carta astral puede tener un lapón, cuyo aspecto de cielo es tan escaso en constelaciones que debería, según la astrología tradicional, ser un hombre sin cualidades?
Vean con sus ojos el ridículo de los fabricantes de las cartas Zener, que para corregir un defecto en el reverso de estas cartas, las hicieron todavía más proclives a la trampa. Conozcan a un hombre que produce en su casa, y sin intervenciones sobrenaturales de ningún tipo, sábanas santas perfectamente plausibles, y con los mismos defectos y cualidades que la de Turín. Prevénganse contra los males de nuestra sociedad informatizada: el efecto cerebro, el efecto bola de nieve, el efecto escalada y el efecto riachuelos. Un ejemplo: "En 1963, el argumento de autoridad implacable para legitimar la tesis de la llegada de los extraterrestres a la Tierra en la antigüedad es el «profesor» Alexandre Kazantsev. En 1966 [...] nos hablan del «físico» Kazantsev. En 1969 [...] nos informa que Kazantsev ha «recibido honores por parte de la ciencia rusa». En 1970 [...] «sabio soviético Kazantsev». En 1971 [...] nos presenta a Kazantsev como un «auténtico sabio ruso y profesor». En 1974, Kazantsev se convierte en «escritor y sabio». En 1998, las ediciones Atlas presentan a Kazantsev como «sabio ruso, miembro de la Academia de las ciencias de Moscú». Sin embargo, en 1962, podíamos leer que «Alexandre Kazantsev [...] no es un sabio. Es un conocido escritor soviético de ciencia ficción [...] nacido en 1906 en Aknolinsk en Kazajstán. Cursó estudios técnicos superiores y trabajó como ingeniero mecánico. Empezó a publicar sus primeras obras en 1939.» ¡Dicho de otro modo, «el auténtico sabio ruso y profesor» no es ni sabio, ni ruso, ni profesor!"
Suficiente.

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Perfil Asesino, de John Connolly

(The Killing Kind)
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2005 [2001]
Serie Charlie Parker nº 3

Les he comentado ya un par de veces (Los Hombres de la Guadaña y The Unquiet/Los Atormentados) la originalísima obra de John Connolly, que ha conseguido crear una obra única, evolucionada a partir de varios géneros. También les he dicho que Connolly merecía todo mi respeto al haber conseguido lo que ya pocas veces pueden provocarme obras tanto fílmicas como literarias, como es esa frisson, esa inquietud que hace que un lector se encoja instintivamente en la butaca mientras está leyendo.
Pues bien, esta Perfil Asesino es la que provoca esa sensación con más fuerza. Y lo hace desde las primeras páginas, siguiendo la máxima de Cecil B. De Mille de "empezar con un terremoto y seguir para arriba", con un tono mesurado y expositivo que, de repente, desemboca en una escena de pesadilla.
La trama central es el hallazgo de una fosa que descubre un asesinato masivo ocurrido en la década de los 60. Todos los miembros de la comunidad baptista de Aroostook desaparecieron sin dejar rastro, y ahora sus cadáveres han salido a la luz. Este hecho, y el que alguien investigue la historia de esa comunidad, provoca una serie de muertes. Charlie "Bird" Parker, un detective que recurrentemente en sus novelas intenta alejarse de los crímenes de sangre, dará el apaso adelante en la investigación, imbuido por el sentido de responsabilidad hacia las víctimas, que han desaparecido de este mundo, pero se hacen muy presentes en sus sueños.
Connolly ha desarrollado un híbrido de novela negra, detective psíquico y novela de terror, aprovechando los modelos de estos géneros pero evolucionándolos y adaptándolos, insisto, de una forma única. Charlie Parker hereda la tradición del detective psíquico, que tiene visiones del más allá y es sensitivo hacia las personas que han sufrido muertes trágicas e inmerecidas, pero no emplea agua bendita, ni grimorios, sino unas pistolas muy reales. Porque los malvados de las novelas de Connolly son, en efecto, encarnaciones más cercanas al Mal absoluto que a otra cosa, pero muy humanos. Si bien se mueven en una frontera nebulosa entre lo real y lo sobrenatural, son vulnerables (aunque difíciles de matar, por supuesto). El mérito de Connolly es encajar una narración verista, enclavada en los escenarios del estado de Maine, dentro del modelo hard-boiled y reconvertirla en auténticos horrores naturales y sobrenaturales que, extremos como son, no son nunca ridículos ni caricaturescos. Cuando uno cierra una novela de Connolly, sale de ella habiendo pasado por escenarios naturales, por situaciones posibles y con la inquietente sensación de que esos personajes que encarnan el Mal, si bien no son frecuentes, son perfectamente plausibles.

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Johann Mouse, de Fred Quimby

SESIÓN MATINAL

(Johann Mouse); 1952

Directores: Joseph Barbera y William Hanna. Intérpretes: Hans Conried (narrador).

Hubo una época en la que, en los cines, incluso los de estreno, se pasaba mucho más que una película: un noticiario, tráilers y un corto animado.
Creados, contra lo que les pueda parecer a aquellos que no han caminado entre los dinosaurios como yo, específicamente para la pantalla grande, han tenido categoría propia entre los premios de la Academia, y se han realizado obras maestras de concisión, comicidad y nivel artístico.
La que les presento hoy, Óscar en su categoría, consigue en sus escasos 8 minutos hacer una miniatura cómica, una joya animada. Sobre todo, representa una muestra genial de un género que ya no existe, ni en formato ni en tñécnica.
Y, además, me permite presentarles y homenajear a dos geniales "intérpretes" de la historia del cine: Tom y Jerry.
La historia es simple: A Jerry, el ratón que vive en casa del compositor Johann Strauss, le gusta bailar al son de los valses y Tom, para atraerlo, aprende a tocar el piano.
El resto, hay que verlo. Aprovechen, porque no sé hasta cuándo estará disponible:


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Trilogía Africana, de Alan Moorehead

(African Trilogy)
Inédita Eds., col. Historia Inédita
Barcelona, 2008 [1944]

En primer lugar, una pregunta: ¿de dónde sale esta traducción? Porque, cuando en una nota, en pleno 2008, uno se encuentre esta aclaración sobre "doce chelines": "unas cincuenta pesetas al cambio de entonces; unas cien al actual", cuando llevamos más de siete años manejándonos con el euro, huele a chamusquina. Espero que, en euros o en pesetas, el traductor de "entonces" o "actual" haya visto algo de dinero por su labor.
Bueno, poniéndonos en harina, el australiano Alan Moorehead fue corresponsal de guerra por el bando británico durante todo el escenario bélico de la Segunda Guerra Mundial en África. De hecho, su relato tiene tanto brío y tanto color local que esta Trilogía Africana (que también incluye la sangrienta campaña de Siria, británicos y franceses libres contra la Francia de Vichy, y un interludio en la India, en la que hay que recordar que ya se movían los independentistas indios: Gandhi, Nehru y los musulmanes) alcanzó cotas legendarias en su tema.
No hay que engañarse aquí. Moorehead es británico (de la Commonwealth británica, pero británico de adscripción), y su relato histórico está fuertemente desequilibrado en favor del bando aliado, tanto como para llegar al extremo de la propaganda. Tanto como para tener la impresión de que Rommel (al que jamás se denomina como "el zorro del desierto", un apelativo que empleaban los propios soldados británicos para desesperación de los mandos de la propaganda inglesa), que Rommel, decía, dé la impresión en el texto de ser un general mediocre que tuvo algo de suerte, y en cambio los generales británicos fueran todos unos genios que, ya ve usted, tuvieron algún momento de mala suerte.
En fin. Moorehead no es historiados, ni falta que le hace, y por fortuna sus opiniones sobre la guerra son fácilmente descartables y disociables de lo que conforma esta trilogía como testimonio valioso: el día a día, la vida de los soldados en el desierto, la guerra a pie de batalla y el discurrir del tiempo en los momentos de descanso en las inmediaciones del frente. Es decir, las crónicas cotidianas del corresponsal que realmente estuvo allí. En este aspecto, Moorehead se convierte en gigante y retrata a los hombres y situaciones de manera magistral. Qué comen, cómo pasan el tiempo, cómo sus permisos, cómo combaten, a qué aspiran, cómo se relacionan con su material, con el enemigo y, sobre todo, con el desierto, ese medio que adquiere entidad propia, hasta convertirse en un personaje más.
En esta perspicacia, visión incisiva, retrato preciso y descripción acertada, Moorehead compone un panorama potente, realista, emocionante a veces, casi un homenaje a los hombres que combatieron en ese escenario. En este relato de alguien que estuvo allí y compartió las vicisitudes del VIII Ejército, las idas y venidas forzadas por éste y por el Afrika Korps, es donde reconocemos la grandeza del testimonio, que se vuelve imprescindible, grandioso y vívido, y se puede afirmar que no se tiene idea de lo que representó esta campaña hasta que no se ha pasado por el relato de Moorehead.

Portada

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Historia Mundial de los Desastres. Crónicas de Guerras, Terremotos, Inundaciones y Epidemias, de John Withington

(A Disastrous History of the World. Chronicles of War, Earthquakes, Plague and Flood)
Turner Publicaciones, col. Noema
Madrid, 2009 [2008]

¿Comprenden ustedes porqué los británicos son tan increíbles? Hacer un libro contando nada menos que erupciones volcánicas, terremotos, maremotos y tsunamis, inundaciones, tormentas, otros fenómenos climatológicos extremos, epidemias, hambrunas, guerras e invasiones, crímenes de estado, rebeliones, motines y terrorismo, incendios, explosiones y envenenamientos masivos, estampidas, derrumbes y ataques de pánico masivos, naufragios, accidentes de tren, accidentes de avión y otros desastres de transporte, sólo se les podía ocurrir a ellos. Podrían haberlo titulado "Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis" y se hubieran quedado cortos. Pero también es cierto que sólo ellos podían hacerlo, como acostumbran, con tanto panache y tanta documentación.
Si creen que es un ejercicio morboso el reunir todas estas mortalidades, tengo que responderles que el ser humano es particularmente olvidadizo en cuestión de catástrofes. La ayuda inmediata puede movilizarse, pero no es seguro que nuestra atención se centre en el lugar hasta sus últimas consecuencias. Haití [en el momento en que escribía esta reseña] acaba de ser devastado por un terremoto, pero no hace tantos años que Haití fue noticia. La situación de Haití es peor que antes del terremoto, pero la situación haitiana antes del sismo ya era peor que años atrás. ¿Quién puede decir con propiedad qué les ha sucedido a los afectados por la erupción del Nevado del Ruiz? Por ejemplo.
Y el caso es que la historia de la humanidad también está conformada por los desastres que hemos sufrido, naturales o no. Como dice el texto, nada más iniciarse: «El suceso que más cerca ha estado de aniquilar a la raza humana tuvo lugar hace más de 74.000 años: la erupción de un volcán en Sumatra dejó la población mundial, que rondaba el millón de personas, reducida a diez mil individuos.» La contraportada nos indica: «al final de tanto horror, una idea vigorizante: que el ser humano, hasta hoy, ha salido siempre adelante.»
Laudable idea, y prefiero siempre a los optimistas. Pero también nos deja otra idea, y es que la humanidad es muy frágil, muy vulnerable. Si no podemos evitar las catástrofes naturales, por lo menos no nos pongamos al borde de la extinción nosotros mismos.

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El Mandarín, de José Maria Eça de Queirós

(O Mandarim)
Libros del Zorro Rojo/Instituto Português do Livro e das Bibliotecas/Ministério da Cultura de Portugal/Ministerio de Cultura, col. Especiales de la Biblioteca del Faro
Barcelona, 2007 [1880]
Ilustraciones de Alberto Cedrón

En la literatura europea, el tema del exotismo, en concreto del Oriente, que tuvo su reflejo en las artes plásticas con las japoneserías del Art Nouveau, fue uno de gran calado, y no faltan muestras de estas incursiones en las culturas lejanas por parte de los prohombres de la literatura.
En este contexto se inscribe el relato largo de Eça de Queirós, combinado con el misterio fáustico y la fábula moral. Teodoro es un mediocre funcionario lisboeta, que malvive en una pensión, con apenas un poco de dinero sobrante para tabaco y unos pocos libros de viejo. Es en uno de estos donde topa con un párrafo inquietante: «En lo más remoto de la China existe un mandarín más rico que todos los reyes que refieren la Fábula o la Historia. Nada conoces de él, ni el nombre, ni el rostro, ni la seda con que se viste. Para que tú heredes sus infinitos caudales, basta que hagas sonar esa campanilla, puesta a tu lado sobre un libro. Él exhalará apenas un suspiro en los confines de Mongolia. Entonces será un cadáver, y tú verás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres un hombre mortal, ¿harás sonar la campanilla?»
Asustado en un principio, aparece en su habitación «un individuo corpulento, vestido totalmente de negro, con sombrero alto y guantes también negros, las manos gravemente apoyadas en el puño de un paraguas. No tenía nada de fantástico. Parecía tan contemporáneo, tan corriente, tan de clase media como si viniese de mi repartición...»
Esta aparición diabólica (pero tan sin alharacas, reminiscente del mejor Max Beerbohm) convence a Teodoro para que haga sonar la campanilla. Y, en efecto, el protagonista se convertirá en el hombre más rico de Lisboa de la noche a la mañana, y empezará a comportarse como tal. Con un pero: el cuerpo exánime del mandarín se convertirá en aparición recurrente sobre su cama, recordándole el origen de sus riquezas. Acometido por los remordimientos, viajará a China para reparar el agravio para con la familia del mandarín, y para hacer el bien con esos millones que considera fruto del asesinato. Algo en lo que fracasará, volviendo a Lisboa, renunciando a la riqueza, descubriendo la hipocresía de los que antes le halagaban y ahora lo desprecian por pobretón y manirroto, con lo que, encolerizado, volverá a su vida de potentado.
Es un final bien diferente al que la ética protestante impone por lo general a estas historias (aunque me callo los últimos párrafos de este relato, geniales), pero no sólo esto es remarcable en esta obra. De la calidad literaria pueden haber tenido prueba en ese conciso párrafo que he citado. Pero es también una historia abierta, en el sentido de ¿quién tocará la nueva campanilla por la que morirá Teodoro? ¿Y quién sabe cuántos lectores, cuando leyeron ese párrafo en el libro de Eça de Queirós, no echaron de menos esa campanilla en la mesilla de noche?
En esta obra de apenas 80 páginas las implicaciones, los significados y los niveles se multiplican de forma prodigiosa para conformar una curiosidad que es mucho más que un relato exótico, sino que constituye todo un tratado sobre la tentación, la hipocresía, la responsabilidad, la expiación, la condena y, en resumen, el ser humano.

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En Compañía de Lobos, de Neil Jordan

SESIÓN MATINAL

(The Company of Wolves); 1984

Director: Neil Jordan; Guión: Angela Carter y Neil Jordan, sobre relatos de Angela Carter; Intérpretes: Angela Lansbury (Abuelita), David Warner (Padre), Graham Crowden (Viejo sacerdote), Brian Glover (Padre del muchacho amoroso), Sarah Patterson (Rosaleen), Micha Bergese (Cazador), Stephen Rea (Joven Novio), Tusse Silberg (Madre), Kathryn Pogson (Joven Novia); Dir. de fotografía: Bryan Loftus; Música: George Fenton; Efectos especiales de maquillaje: Christopher Tucker; Dir. de producción: Anton Furst.

Este blog, entre las muchas deudas que tiene, debe unos recuerdos a Angela Carter, una autora inteligentísima que desapareció demasiado pronto pero que hizo durante su vida un ejercicio militante y literario de análisis del papel de la mujer, de los cuentos de hadas y de sus implicaciones sociales y psicológicas.
Esta En Compañía de Lobos no es más que los sueños de una joven, sobre lobos y hombres lobos, pasados por el tamiz de esos en apariencia inocentes cuentos infantiles, sobre todo Caperucita Roja. Por descontado, nada es lo que parece, ni tan siquiera en literatura infantil, la más clara, pero también la más tenebrosa de las literaturas.
Definida como fantasía adulta, tiene más de adulta que de fantasía, salvo que ésta se considere (como ha sucedido siempre en el análisis fílmico/literario) como una alegoría o una catarsis, una especie de aviso para niñas y jóvenes no de los peligros de caminar sola por el bosque, sino del peligro que representa el hombre como lobo siempre al acecho de la inocencia de las niñas/mujeres. Perdonen lo simplista de esta reducción argumental. En realidad, el simbolismo es menos evidente, aunque claro, y está tratado de una forma más profunda. Tanto como para merecer la pena el visionado de esta película a la vez tesis y narración.
Llena de cualidades fílmicas, con un maquillaje innovador y una fotografía soberbia, sigue siendo una de las películas más inteligentes y razonadas, a la vez que visualmente impactantes, que se puedan encontrar sobre este tema.
Pido excusas por la mala imagen de este tráiler (que tiene todo el aspecto de ser obra de un fan). Es lo que hay. Pero lo que hay da buenas pistas sobre el film.


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Blandir la Espada. Historia de los Gladiadores, Mosqueteros, Samurai, Espadachines y Campeones Olímpicos, de Richard Cohen

(By the Sword. A History of Gladiators, Musketeers, Samurai, Swashbucklers, and Olympic Champions)
Eds. Destino, col. Imago Mundi
Barcelona, 2003 [2002]
Trad. de Patricia Antón

Les he hablado alguna vez del prodigio de detalle que suele acompañar los ensayos anglosajones, traten los temas que traten, y este no es una excepción. Richard Cohen, que además de director editorial fue campeón de esgrima, ha realizado una investigación exhaustiva sobre el manejo de la espada a lo largo de todas las épocas, y la ha puesto por escrito de forma amena y ágil, conformando una lectura apasionante.
Sólo como detalle y prueba de su minuciosidad podemos citar que ha llegado hasta a mencionar el origen y evolución de los palos y figuras de la baraja, tanto española como francesa.
Pero el texto va más allá de la colección de anécdotas y curiosidades. No se trata sólo de una historia del arama en sí, ni un estudio sobre la evolución de su manejo. En el decurso de esta obra, Cohen se mete en la historia, la literatura, el cine, la moda, el feminismo, la sociología, el deporte, etc. Esto en cuanto a las ramas mayores del conocimiento. Puestos en la especialización, entrará en el duelo, las iniciaciones estudiantiles alemanas, las trampas, las academias, los estilos, el nazismo, fascismo y antisemitismo, el negocio de la esgrima, los panoramas nacionales o la estocada secreta. Amén de lo que anuncia el título: los principales esgrimistas de todos los tiempos, fueran de la cultura o el período que fueran.
Estos estudios, por esa tradición anglosajona que les comentaba, suelen estar apoyados por una bibliografía y fuentes descomunales que, sin embargo, jamás ahogan el texto. Y así, suelen componerse ensayos que, si no puede hablarse de "definitivos", sí se erigen en piedras miliares de los temas que tratan.
Cohen, en esta tradición, devuelve al lector el placer de leer ensayos, y esta historia de la esgrima y de la espada constituye uno de los libros más amenos, interesantes e informativos que existen. Uno de que uno se atrevería a afirmar que captará la atención de cualquier lector que se acerque a él, por poco interés que enga en el tema.

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Antología Poética, de Ángel González

Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19823 [1956-1977]
Selección del autor
Introducción de Luis Izquierdo

Ángel González fue uno de esos poetas fundamentales que pasaron por la vida siendo un nombre reconocido pero al que apenas los cuatro locos que leen poesía (quiero decir que verdaderamente leen poesía) apreciaban en su justo valor, que era inmenso. Hombre, más que tímido, discreto, incluso su rostro era poco conocido, tal vez porque a él no le gustaban las alharacas de la promoción, la popularidad y los medios. Que aún así descollara en el panorama poético español dice mucho de su poesía.

De Áspero Mundo [1956]

Cumpleaños
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

Es muy difícil escoger entre sus poemas. Habrán que gusten más que otros, como siempre, pero, o bien por calidad natural o bien por autocrítica, Ángel González no publicó nunca un mal verso, o incluso mediocre. En los tres que selecciono aquí puede darse la impresión de que era un poeta personal, que se miraba a sí mismo. De entre sus temas, éste era uno, pero en absoluto único. Desde lo social a lo universal, todo en el mundo fue su tema.

De Sin Esperanza, con Conocimiento [1961]

Crisis
Lo ideal en estos casos
sería morirse de muerte natural,
hacer un gesto agrio,
estirarse
definitivamente,
y marchar con cuidado
para que nadie pueda
darse por ofendido.
Pero ello no es posible
sin contar con Dios Padre
─y los restantes.
Por eso
─frío en la calle, tedio
en los que pasan─
permanezco en mi sitio, y vivo
─corazón asediado por el llanto─
mi hora la terrible:
la que aún no ha sonado.

Pero les ruego presten atención a que en sus poemas personales, Ángel González se reexaminó a sí mismo constante, críticamente. No fue poeta que hubiera hallado una fórmula magistral y se ciñera a ella, aferrado a lo fácil, apegado al funcionalismo. Siempre innovando, siempre evolucionando, fue uno de esos poetas del que se lamenta su desaparición no por lo creado, que ya era inmenso, insisto, sino por lo que le quedaba por escribir.
Me considero honrado por haber podido expresarle mi aprecio en vida, y privilegiado por el hecho de que me frecuentara de tanto en tanto. Hoy, los homenajes le sobran, pero el recuerdo jamás.

De Grado Elemental [1962]

Nada Es lo Mismo
La lágrima fue dicha

Olvidemos
el llanto
y empecemos de nuevo,
con paciencia,
observando las cosas
hasta hallar la menuda diferencia
que las separa
de su realidad de ayer
y que define
el transcurso del tiempo y su eficacia.

¿A qué llorar por el caído
fruto
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?

No es bueno repetir lo que está dicho.
Después de haber hablado,
de haber vertido lágrimas,
silencio y sonreíd:

nada es lo mismo.
Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.

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Perder Es Cuestión de Método, de Santiago Gamboa

Ed. Grijalbo Mondadori, col. Literatura
Barcelona, 1997 [1997]

Cundo un país se ve inmerso de manera prolongada en el tiempo en una situación distorsionadora, esta tiende a invadir todos los medios, salvo los puramente evasivos. Es por tanto un fenómeno infrecuente, por ejemplo, que en esta novela el colombiano Santiago Gamboa evite (aunque lo mencione) el tema de las FARC, la guerrilla y el narcotráfico y se centre, en cambio, en la corrupción inmobiliaria.
El protagonista en este caso no es un detective, sino un periodista, Víctor Silanpa (en un ¿homenaje? al premio Nobel de literatura finlandés; por cierto, algún día alguien debería hacer algún estudio que relacionara estos investigadores no policiales con sus respectivas sociedades). Claro que investiga no estrictamente por prurito profesional. De hecho, Silanpa recibe los avisos de crímenes directamente de la policía, que entonces se sienta a esperar a que el periodista les haga el trabajo de investigación. Un convenio beneficioso para ambas partes, pero uno que dice mucho del clima moral existente.
Culta, innovadora, bien escrita, con dosis de ironía y humor excelentes, la novela trasciende al género, muy a la Vázquez Montalbán, incluyendo las incursiones culinarias, para sumergirse en política, en la componenda y el espectro de la clase dominante y triunfadora de un país, que vive, en la práctica, en otro mundo, uno diría que en otra nación. Todo alrededor de unas escrituras sobre unos terrenos que pueden proporcionar unos beneficios millonarios. Tantos, que permiten gastos extra, como el asesinato.
Sin esta ironía que persiste en el relato, nos hallaríamos frente a un policíaco más, muy bien escrito, eso sí. Pero el humor, como no me cansaré de repetir, suele ser un buen instrumento para poner a la vista cualquier miseria, moral, política o social. Gamboa lo ha comprendido a la perfección y así, riendo, riendo, nos llevará de la mano hacia una conclusión y una comprensión que se otra manera sería deprimente (pero real) y que así planteada es cómicamente desoladora.

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À Bout de Souffle / Al Final de la Escapada, de Jean-Luc Godard

SESIÓN MATINAL

(À Bout de Souffle); 1960

Director: Jean-Luc Godard; Guión: Jean-Luc Godard sobre argumento de François Truffaut; Intérpretes: Jean-Paul Belmondo (Michel Poiccard), Jean Seberg (Patricia Franchini), Daniel Boulanger (Inspector de policía Vital), Jean-Pierre Melville (Parvulesco), Jean-Luc Godard (un informador); Dir. Fotografía: Raoul Coutard; Música: Martial Solal; Montaje: Cécile Decugis.

Titulada en España Al Final de la Escapada, todo el mundo la conoce, sin embargo, por su original. À Bout de Souffle no inauguró la Nouvelle Vague francesa, pero sí fue un´filme que se convirtió en representativo de la misma. No es tampoco que sus técnicas fueran inéditas hasta la fecha, pero sí su acumulación en una sola película, lo que la hizo una cinta rompedora y que mostraba un nuevo método de contar una historia.
El argumento es simple en apariencia: Belmondo es un ladrón de coches que ha matado a un policía y es perseguido por ello. En esta escapada en la que intenta salir del país, cae en una relación con Jean Seberg, hasta que ésta lo delata y es muerto. Ya sin aliento (de ahí el título original y su traducción al inglés, Breathless) pronuncia una de las frases, bien acusadora, bien resignada, más incomprensibles (y homenajeadas) de la historia del cine.
Repleta de referencias visuales y fílmicas (la película está dedicada a la productora Monogram), es una historia sincopada y seminal sobre el cine negro, sus ambientes y clichés, empleados, homenajeados, pero nunca copiados; y sobre todo, sobre la soledad definitiva del individuo; del error que representa fiarse de alguien que no sea uno mismo. Lo que es una parábola no sólo aplicable al mundo del crimen.
Curioso tráiler este, compuesto de una sucesión de elementos, presentes en la película, que insinúan más que explican la trama. Sin duda tan original como es el propio cine de Godard, no siempre satisfactorio pero sí interesante por lo irreductible siempre, por lo fallido otras, porque sus aciertos, cuando acierta, no son en absoluto menores. Como en esta película.

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Il Sentiero dei Nidi di Ragno, de Italo Calvino

Arnoldo Mondadori Editore, col. Oscar opere di Italo Calvino
Milán, 199334 [1947; corregida 1964]
Presentación del autor

El Sendero de los Nidos de Araña es la primera novela de Italo Calvino. Muy diferente a sus obras posteriores (aunque con destellos de de aquello en que se convertiría su autor), es una historia íntimamente ligada a la trayectoria vital del escritor, que había pasado por las filas de la Resistencia italiana en los últimos estadios de la Segunda Guerra Mundial.
Se trata de la historia de Pin, adolescente barriobajero y procaz, hermano de una prostituta, que sigue siendo un niño en el fondo pero al que la guerra ha abocado al mundo adulto, que todavía no lo admite como suyo. Pin prácticamente se verá forzado a robar la pistola de un marino alemán, en un claro paralelo de prueba de iniciación que, además, es una canallada y una cobardía por parte de los hombres de la taberna del pueblo. Este hecho le llevará a prisión, de donde escapará y logrará unirse, como pinche de cocina, a un grupo de la Resistencia. A partir de ahí, la novela deviene un retrato, más bien antiheroico (un efecto buscado por el propio Calvino), pero no desprovisto de épica, de ese grupo, y la culminación de la historia de Pin, que no voy a revelar porque es sorpresiva, brillante y propia de un gran narrador.
Esta edición italiana se beneficia de una presentación del autor (desconozco si está presente en la edición castellana), escrita años después de publicada la novela, que es una de las mejores obras literarias de Calvino: inteligente, incisiva, irónica, ilustrativa y juguetona como sus grandes novelas. Quienes la lean quedarán más enterados de qué y cómo quería escribir Calvino este Sendero de los Nidos de Araña. A mí me queda sólo por decir que esta obra puede ser desigual, pero que las malas páginas de Calvino todavía se elevan con mérito propio sobre la mayoría de la literatura que se produce actualmente. Y que tiene, para compensar, momentos únicos de la altísima literatura a la que nos tiene acostumbrados y que ya prefiguraban, en ese año 1947, lo que iba a ser Calvino como escritor.
Puede que sea una obra realista (neorrealista incluso, aunque el propio Calvino explica que el neorrealismo no fue una escuela) pero en su estructura compone algo más allá. No puede hablarse de "neorrealismo fantástico", pero casi. Puede que esté basado en la experiencia vital, pero al escoger protagonistas, más que antiheroicos, vulgares hasta resultar odiosos, Calvino se distancia de la autobiografía y de la hagiografía. No hay combates en esta novela, sólo ruidos de combates en la distancia; sólo la vida cotidian, y sin embargo ésta es violenta. Curiosamente, los cadáveres que son vistos son los de italianos muertos por italianos, con lo que Calvino insinúa que la historia no fue sólo la de una resistencia contra el ocupante, sino también una cruel guerra civil, y una que se libró sin piedad.
Y hay algo que Calvino no dice en su introducción, y que sólo insinúa en el texto, y es que este Sendero de los Nidos de Araña es una trasposición, enormemente imaginativa, rabiosamente moderna, enormemente bien hecha, del Kim de Rudyard Kipling. Incluso los nombres de los protagonistas "Pin" y "Kim" mantienen una similar eufonía. A mí siempre me ha gustado Kipling. Y esta versión de Calvino, también.

Portada y sinopsis de la edición castellana

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Politics, de Adam Thirlwell

Fourth Estate/Harper Collins Publishers
Nueva York, 2003 [2003]

Después les cuento cómo he llegado a leer este libro. Es una historia curiosa. Pero ahora vamos a la novela en sí.
El maravilloso y sorprendente sistema de catalogación de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos clasifica esta novela como: 1. Triángulos (relaciones interpersonales)-Ficción. 2. Londres (Inglaterra)-Ficción. Con permiso de los bibliotecarios, la novela pasa en Londres (y en Venecia), pero no es que la ciudad tenga un papel tan preponderante. Y sí, es la historia de un triángulo amoroso, pero reducirlo a esto es excesivo. O, mejor dicho, es una simplificación excesiva.
Un triángulo, en efecto, y por tanto las referencias a Jules et Jim son numerosas (aunque sólo uno de los personajes la haya visto, y no uno de los vértices de un triángulo entre los protagonistas, Moshe, Nana y Anjali, que siempre oscila entre el isósceles y el escaleno y prácticamente nunca se sitúa como equilátero). Pero en realidad, y como dice el autor, «Este libro no trata de sexo. No. Trata sobre la bondad. Esta historia es sobre ser bueno. En este libro, mis personajes tienen sexo, mis personajes hacen de todo, por razones morales».
Por descontado, el sexo es omnipresente en esta novela. Pero cuando el autor se centra no tanto en lo que hacen sus personajes sino en lo que piensan sus personajes mientras hacen el amor (y piensan sobre todo en el otro), cuando un escritor subdivide este acto sexual en fragmentos diminutos de pensamientos, razones e intenciones dentro de este mismo acto, no podemos en puridad referirnos a esta novela como sexual, mucho menos obscena. Psicológica, tal vez. Sentimental, en tanto que analiza los sentimientos más que las sensaciones.
Es una historia sobre las inseguridades de los implicados, sobre lo difícil que es comunicarse con la pareja, sobre los malentendidos que se crean por estas dificultades de comunicación. Si el llegar a un triángulo que ninguno de los tres desea y que a ninguno de los tres satisface les parece extremo, contestaré que puede parecerlo, pero que historias más vulgares (como rupturas de pareja o, peor todavía, formaciones de pareja) se dan cada día y adolecen de los mismos malentendidos y confusiones. Es deber de la (buena) literatura ser extrema para captar nuestra atención.
Tenemos aquí una novela que es sexual pero sin serlo, una que efectúa una deconstrucción exhaustiva del amor y las ganas que tienen los enamorados de complacer a la pareja (y no sólo sexual, sino anímica y emocionalmente), de las frustraciones consigo mismo y de cómo influyen en las relaciones de pareja. De la voluntad de dar (a veces más de lo que el otro espera o desea). Por lo que nos hallamos ante una novela que trata de la bondad, de la amabilidad en el amor. Escrita con ritmo, interés y percepción. Y momentos muy brillantes.
Es una historia sobre el altruismo en el amor, también. Sobre todo, es eso. Sobre la moral que es comportarse como Rick en la escena final de Casablanca. Y lo conmovedor que es tener esta actitud. Y sin embargo...
«Era benevolente, decirle a Nana que fuera egoísta. A veces no puedes ser altruista. A veces, creo, es demasiado autodestructivo. Quizá esto parece blasfemo, tal vez ofende su propia moralidad personal. Pero tengo razón.
»Este libro es universal. Lo he dicho desde el principio. Porque es universal, es ambiguo. Tiene algo para cada persona. Y la ambigüedad final es esta.
»Obviamente estoy de parte de Papa. Obviamente admiro su generosidad y amor. Creo en la generosidad. Pero no sólo estoy de parte de Papa. También estoy de parte de Nana. Porque puedo entender la amabilidad. Es una cosa maravillosa.
»Pero, ¿qué hay en verdad de malo en el egoísmo? A veces el egoísmo es también moral.»

[¿Y cómo he llegado a leer esta novela? Estaba un día curioseando en los estantes de narrativa en inglés de la biblioteca cuando eché un vistazo a este Politics. Es una edición peculiar. Sin resumen de sobrecubierta ni solapas, ni siquiera el título en cubierta, sólo en el lomo. Bello libro, no obstante. Lo abrí buscando, no sé, una nota biográfica, una referencia a "otras obras publicadas por el autor", una anotación sobre algún premio recibido, qué sé yo. Llegué a la portada del libro y allí, bajo el Politics A Novel, y por encima del nombre del autor, había una firma que rezaba: "Adam Thirlwell". Es evidente que cualquier tarado puede ir a una biblioteca y, clandestina o abiertamente, agarrar Guerra y Paz y firmar en la portada "León Tolstoi". Hay gente para todo. Pero, por experiencia personal y profesional, sé reconocer cuándo una firma de escritor, sobre todo de uno acostumbrado a firmar ejemplares, tiene aspecto genuino. Ésta lo tenía. Consulté a los bibliotecarios. No sabían nada y no constaba que Mr Thirlwell hubiese sido invitado jamás a impartir doctrina ni opiniones allí. Podía ser uno de los ejemplares que se firman a ciegas en las librerías anglosajonas, y que se venden a un precio algo más elevado, pero conociendo la avidez de los libreros estadounidenses, lo dudaba. Recurrí a internet. Thirlwell es periodista, y tiene una columna en el New Statesman. Y, en efecto, en una de ellas describía una visita suya a Barcelona.
Pueden existir centenares de explicaciones a cómo esta firma ha llegado a ese ejemplar de ese estante. Pero prefiero pensar que Thirlwell estuvo allí. Que vio, complacido o sorprendido, su libro. Y que lo firmó, dejando ese regalo para que lo encontrara un lector. Como así le sucedió a su seguro servidor.]

Portada y sinopsis (o eso dicen) en inglés

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El Factor Humà. Nelson Mandela i el Partit de Rugbi que Va Construir una Nació, de John Carlin

(Playing the Enemy. Nelson Mandela and the Game that Made a Nation)
Eds. La Campana
Barcelona, 2009 [2008]

Si se echa la vista atrás, el siglo XX no es uno de los que pueda sentirse particularmente orgullosa la Historia. Es probable que los hayan habido peores, pero lo dudo. No obstante, al lado de una guerra que iba a acabar con todas las guerras, a la que sucedió otra que la convirtió en un juego de niños, a las miserias de la descolonización, que culminaron con cinismo el colonialismo del siglo anterior, a la inexistencia de un solo día de paz en el mundo, a la guerra fría y su desvirtuación de facto de la democracia y la libertad, al lado de todas las catástrofes y desequilibrios, hay destellos deslumbrantes de grandeza. Cosas que no hubiera esperado ver jamás en mi vida.
El fin del apartheid en Sudáfrica fue una de ellas. O tal vez sí hubiera esperado verlo. Pero no de la manera en que se produjo, sin una guerra civil que parecía inevitable. Con una ausencia de revancha tan notable.
Este libro cuenta la historia de cómo fue posible.
A John Carlin lo hemos disfrutado en España, en colaboraciones en la sección internacional de El País, en artículos deportivos en los que demostraba una calidad casi literaria inusual en un género dominado por la carencia de estilo, de cultura y hasta de ortografía, y en intervenciones radiofónicas mesuradas, inteligentes y de voz cantarina a la que colabora ese acento inglés que le acompaña y que, extrañamente, le proporciona cierta autoridad.
También fue corresponsal en la República Sudafricana durante seis años. Pero esto es lo de menos, porque no se trata tanto de lo que viera en su estancia (aunque el deslumbramiento y la emoción que le debió provocar han hecho que lo pueda transmitir en este texto) sino que Carlin ha realizado un magnífico trabajo de periodista, entrevistándose con todos los protagonistas, ordenando los testimonios y presentándolos como un todo coherente.
Este libro se titula El Factor Humano. Nelson Mandela y el Partido de Rugby que Construyó una Nación, y no es una exageración. Sudáfrica vivió las tensiones de un momento de cambio planetario (la caída del muro de Berlín y del comunismo) que en la práctica dejaban al país como el paria del mundo en cuestión de derechos humanos fundamentales. Lo insostenible de esta situación, tanto exterior como interiormente, fue el motor que motivó la excarcelación de Mandela y el llegar a un acuerdo para la liquidación del sistema de apartheid. Eso ya era notable, pero para nada era todo. La nueva constitución fue votada sólo por una minoría de la población blanca; se hablaba de la constitución de un estado afrikáner blanco segregado del resto de la república. Mandela parecía detener los instintos de sus seguidores, y resistía con serenidad los intentos de desestabilización, plasmados en asesinatos de líderes negros, de blancos "traidores" y de figuras del poder blanco. Pero faltando Mandela, o a un desliz de éste, el eslógan "Un colono, una bala" o su contrario, la kaffirskietpiekniek, la cacería de kaffirs (negros, en sentido despectivo) se hubieran desencadenado. Viljoen, el líder blanco, decía «Estaba angustiado, muy angustiado. Se habían dicho muchas cosas positivas, ¿pero dónde estaba la prueba definitiva que yo podía mostrar a mi pueblo?»
Como dice Carlin, "la prueba era que Mandela demostrase que el pueblo de Viljoen era también su pueblo; que extendiese su abrazo afectuoso más allá de Constand Viljoen, John Reinders, Niël Barnard y Kobie Coetsee hasta abarcar a todos los afrikaners. El consejero legal de Mandela e íntimo confidente en la oficina presidencial, un abogado blanco llamado Nicholas Haysom, que había sido encarcelado tres veces durante los años de la lucha contra el apartheid, definía la misión muy convenientemente en términos épicos.
"«Lo llamamos la construcción de una nación. Hay una cita de garibaldi que lo ejemplifica con gran elocuencia. Cuando cumplió con su misión militar, Garibaldi dijo: 'Ya hemos creado Italia, ahora hemos de crear italianos'. El reto que Mandela afrontaba era mucho más complicado que el de Garibaldi. Italia estaba dividida pero era homogénea. En 1994 Sudáfrica era un país dividido histórica, cultural, racialmente y de muchas otras maneras diferentes.»"
Lo consiguió un partido de rugby, la final del Campeonato del Mundo de 1995. Si les parece increíble, bien, pero el hecho es que fue así y así sucedió. Quedan las hemerotecas para demostrarlo.
Pero si creen que fue fácil, es que les faltan datos. El rugby era el deporte de los blancos, era símbolo de la opresión, un instrumento más del apartheid. Los negros no jugaban al rugby, sino al fútbol. Y cuando asistían o veían un partido de los Sprigboks, la selección sudafricana, era para animar al equipo contrario y abuchear a los odiados portadores de la camiseta verde. Como símbolo era tan ajeno y odiado como la bandera tricolor, el Die Stem (el himno afrikáner) o la prisión de Robben Island.
Aquí voy a dejarlo, no por robarles un final que ya conocen, sino porque John Carlin ha conseguido, sin apartarse de sus fuentes, testimonios y hechos, componer un relato emocionante de cómo fue eso posible, cómo se construyó una nación, cómo unos jugadores blancos cantaron el doble himno sudafricano, cómo los blancos sintieron que "su" deporte era apoyado y celebrado, de manera que ya no era suyo sino de todos. Cómo, casi de un golpe, la normalidad se instauró en una nación.
¡Qué maravillosa es esta historia! Y qué luminoso puede ser a veces el ser humano, capaz de lo más abyecto y de lo más sublime. Todavía sonrío y me emociono pensando que si he podido ver este episodio de la Historia, tal vez queda esperanza para todos. Doy las gracias a quienes lo hicieron posible, y a John Carlin por relatarlo tan, tan bien.

Portada y sinopsis
Portada y sinopsis de la edición catalana

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Time Bandits, de Terry Gilliam

SESIÓN MATINAL

(Time Bandits); 1981

Director: Terry Gilliam; Guión: Michael Palin y Terry Gilliam; Intérpretes: John Cleese (Robin Hood), Sean Connery (Agamenón), Ian Holm (Napoleón), Ralph Richardson (Dios), David Warner (Satán), Shelley Duvall (Dame Pansy), Katherine Helmond (Sra. Ogro), Michael Palin (Vincent), Peter Vaughan (Winston el Ogro), David Rappaport (Randall), Kenny Baker (Fidgit), Malcolm Dixon (Strutter), Mike Edmonds (Og), Jack Purvis (Wally), Tiny Ross (Vermin), Craig Warnock (Kevin), David Daker (Padre de Kevin), Sheila Fearn (Madre de Kevin), ; Dir de Fotografía: Peter Biziou; Música: Mike Moran; Diseño de Producción: Millie Burns.

Time Bandits, los Bandidos del Tiempo. En España, los distribuidores cambiaron el título por el de Los Héroes del Tiempo, lo cual indica una curiosa percepción sobre o bien el heroísmo o bien sobre el bandidaje.
Como no podía ser de otra manera tratándose del ex-Monty Python Terry Gilliam, esta película es una fantasía desbordante pasada por el humor. Un niño, Kevin, hijo de los padres más vulgares, anodinos y descerebrados que puedan imaginarse en la sociedad de consumo, descubre que en su propia habitación existe una puerta temporal por la que pueden colarse algunas anomalías anacrónicas. El definitivo anacronismo que llega a su cuarto es un grupo de enanos constructores y reparadores de la Creación, que están huyendo del mismísimo Dios (un impecable Ralph Richardson), al que le han robado el plano de las puertas temporales, un plano ambicionado también por Satán (un disfrutable David Warner). Entre secuestrado y seducido, los seguirá por diversas épocas y universos (que pueden intuir en la ficha de la película) hasta llegar a la confrontación final con el Mal.
Pese a ciertos altibajos, es una película enormemente divertida, con un derroche de imaginación e imaginería que la convierte en una visión sorprendente y fresca del género y del cine. Detalles a cientos: El castillo de Satán parece construido con piezas de lego (no estoy diciendo que la maqueta esté hecha con estas piezas: el castillo está construido con materiales que parecen piezas de lego a gran escala). Un curioso barco pirata que en realidad es otra cosa; golpes de guión: "¡Ah! ¡Qué mal me siento!", dice Satán; respuesta de su acólito: "¡Felicidades, amo!"; una curiosa y fascinante visión de lo que podía ser el Minotauro; el doble papel de Sean Connery, siempre valor seguro; la ironía permanente; y la crítica subyacente a un mundo, el nuestro, que aspira al aburrimiento, que es lo que consideramos normalidad. No se la pierdan.
Gran tráiler este. No sólo permite vislumbrar las virtudes de las imágenes de la película y la imaginación que las ha concebido, sino que es una humorada en sí mismo, un gag hecho con el avance de la película. En resumen, como una propina de humor. Siempre son de agradecer estos regalos.

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Memorias de un Beduino en el Congreso de los Diputados, de José Antonio Labordeta

Eds. B, col. NoFicción/Crónica
Barcelona, 20099 [2009]

José Antonio Labordeta, para quienes no estén al caso, es cantautor, luchador antifranquista (con el pasaporte retirado durante siete años), profesor de instituto, buen poeta (hermano de un gran poeta ya fallecido, Miguel Labordeta), autor de Canto a la Libertad, un poema/himno que ha resistido el paso del tiempo y las vicisitudes políticas; y de, en tono más irónico pero igualmente reivindicativo, La Canción de Severino el Sordo; por ejemplo y entre otras muchas. Y es aragonés.
Por cuestiones familiares, he llegado a conocer a las gentes de Aragón. Y aunque hay de todo, como en todas partes, buenos y malos, cuando un aragonés sale bueno suele ser recio (de carácter; el físico es lo de menos), decir las cosas claras y tener a bien mantener la palabra dada. Lo que antes se hubiera conocido como "noblote", en el buen sentido de la palabra. Respecto a la proverbial tozudez aragonesa, tengo la impresión de que no es tanto un rasgo excéntrico como uno que surge del andar, quieras que no, hacia adelante por mucho que sople el cierzo (viento incordio donde los haya) o abrase el sol monegrino.
Labordeta es de los buenos.
Este libro son las memorias de cuando fue elegido durante dos legislaturas para ir a Madrid como único representante de Chunta Aragonesista, a meterse en el a veces circo, a veces componenda, unas pocas parlamento que constituye la máxima representación popular española, el Congreso de los Diputados. Durante la mayoría absoluta de Aznar y la primera legislatura de Rodríguez Zapatero. Pronto se convirtió en un forúnculo incómodo y odioso para la derecha.
Cabe preguntarse cómo alguien, metido en el Grupo Mixto, con un turno de palabra de, máximo, cinco minutos de tanto en cuanto, único diputado de un partido marginal dentro de los juegos de mayorías que se ejercen en el Congreso, y que (como a todos los del Mixto) hubiera sido tan fácil ignorar (la cortesía parlamentaria se perdió hace mucho tiempo) o marginar, se convirtió en un personaje tan odiado por los diputados del PP.
Supongo que tiene que ver con ese decir las cosas claras. Al fin y al cabo, ya lo dijo Rafael Sabatini en una de esas geniales frases de Scaramouche: «Los señores de la derecha se indignan. Es lógico; a los señores de la derecha no les gusta la verdad».
En la paramera parlamentaria que vivimos, gentes como José Antonio Labordeta hacen falta, pertenezcan al partido que pertenezcan, por inteligencia y discurso. Y dentro de la literatura parlamentaria, hace mucho tiempo que han desaparecido estas valiosas crónicas escritas por gente con criterio y expresión (y reflejar desde aquí la añoranza por el desaparecido Lluís Carandell). De modo que estas memorias parlamentarias son doblemente útiles y necesarias. No sólo reflejan uno de los períodos más tristes de la historia de la democracia española (en la que hubo una prepotencia parlamentaria y gubernamental que tuvo su reflejo en la Guerra de Irak, el Plan Hidrológico Nacional y culminó en el interregno en el intento de engaño del 11 de marzo), sino las miserias y también unas pocas grandezas de la actividad del legislativo. Un poder que, muchas veces, parece tan alejado del pueblo como Samoa lo está de España. Que en esa cámara esté alguien del pueblo y que explique lo que sucede allí día a día no nos hace más demócratas, desde luego, pero sí nos ayuda a implicarnos en una actividad que, queramos o no, nos guste o disguste, es necesaria.

Portada y sinopsis

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Voci, de Dacia Maraini

Biblioteca Universale Rizzoli, col. Scrittori Contemporanei
Milán, 20052 [1994]

Existe edición castellana en Herce Editores.

Michela Canova vuelve a casa tras un cursillo de puesta al día y se entera entonces de que su vecina de rellano ha sido brutalmente asesinada a cuchilladas. Todavía con el trauma en la mente, recibe el encargo en la emisora de radio en la que trabaja de preparar una serie de programas sobre crímenes no resueltos (que son la mayoría) contra mujeres.
Empieza a compilar datos, pero sea por la proximidad o por la inmediatez, se implica cada vez más en la investigación del asesinato de Angela Bari.
Esta proximidad de domicilio le abrirá las puertas del entorno de Angela, y grabará y escuchará estas Voces del título, voces contradictorias sobre el carácter y la vida de de la víctima, tan contradictorias que resulta muy difícil descubrir la verdad. Todos o casi todos mienten, pero ¿por qué? Y, sobre todo, es muy probable que entre estas voces mentirosas, dolidas, asertivas, convencidas y presuntamente convincentes, esté la del asesino. Un asesino con una intensa sangre fría y una normalidad de comportamiento aparente que no es sino inquietante.
Es evidente que esta novela emplea los modelos del policiaco contemporáneo, pero va mucho más allá para convertirse en un alegato y una exposición contra la violencia hacia la mujer, sin caer sin embargo en el panfleto.
Dacia Maraini es una de las grandes escritoras italianas contemporáneas. Ha recibido casi todos los premios posibles en su tierra (esta Voces, por ejemplo, los Vitaliano Brancati, Zafferana Etnea, Città di Padova, Internazionale per la Narrativa Flaiano) y un gran reconocimiento fuera de ella (su obra más conocida es tal vez La Larga Vida de Mariana Ucrìa).
Desarrolla una narrativa impecable, comprometida, natural, con capacidades descriptivas notabilísimas, capaz de moverse en todos los ambientes sociales, y con una perspicacia psicológica en la creación de sus personajes difícilmente superable. Todas estas virtudes ayudan, y mucho, a hacer creíble una historia que en otras manos hubiese pasado a convertirse en un mero manifiesto; y en hacerla original y única sin renunciar al planteamiento de la problemática general de la violencia de género.
Y lo hizo, además, en 1994, cuando este fenómeno empezaba apenas a despuntar, pero para nada se había convertido en tema de primera página periodístico.
Dacia Maraini es una gran escritora; esto nos proporciona excelentes novelas, pero también nos da obras implicadas con la sociedad. En un mundo literario donde prima el oportunismo y la explotación, siempre será de agradecer que una escritora respete tanto la literatura como para componer relatos que saben tratar temas sociales pero conservando el lenguaje, la estructura y la dedicación literaria que los hacen permanentes en las mentes de los lectores.

Portada de la edición italiana
Sitio web de la autora (en italiano)

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La Neblina del Ayer, de Leonardo Padura

Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2005 [2005]

Esta novela de Leonardo Padura, en teoría y en forma un policíaco, es en realidad un viaje por la historia social de Cuba, desde la época de la dictadura de Batista hasta la actualidad.
Empleando a su personaje Mario Conde (que provocó no pocos chistes en España, cosas de la serendipia), retirado ya de sus labores policiales y dedicado desde hace catorce años a la compraventa de libros antiguos en La Habana; Conde descubre un auténtico filón en forma de biblioteca de uno de los próceres de la sociedad cubana prerrevolucionaria, Alcides Montes de Oca. En uno de los libros encuentra un recorte de prensa que anuncia la retirada de una bolerista de físico espectacular, Violeta del Río. Un hecho que despierta ecos de un recuerdo en Conde, y es que su padre pudo estar enamorado de esta cantante. Más adelante, el asesinato del vendedor de esta biblioteca, uno de los hijos de la secretaria que ha cuidado de la casa desde que su propietario se exiliara vendrá a complicar las cosas. ¿Se puede matar por unos libros? ¿O puede que exista una historia más tenebrosa detrás?
Leonardo Padura hace un viaje sentimental por la cultura cubana y el mundo de sus libros, por la música de la isla y por las esperanzas frustradas que han ido jalonando la historia de Cuba. Y lo hace con estilo literario y con voz propia, en una narración que nos sumerge en La Habana y en sus gentes.
Porque es en el retrato de los personajes en donde el autor se muestra particularmente brillante, formando un cuadro perspicaz e incisivo de la sociedad habanera en particular y la cubana en general.
El nombre de Leonardo Padura ha ido sonando ya en los círculos literarios como el de alguien al que merece la pena seguir. A mí, que es la primera vez que me enfrento a su obra, me ha convencido plenamente como un autor que aprovecha los modelos pero huye del estereotipo, con unos planteamientos originales y con recursos estilísticos que van mucho más allá de la novela negra para adentrarse en la mejor narrativa latinoamericana contemporánea.

Portada y sinopsis

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Dark Star, de John Carpenter

SESIÓN MATINAL

(Dark Star); 1974

Director: John Carpenter; Guión: John Carpenter y Dan O'Bannon; Intérpretes: Brian Narelle (Doolittle), Dre Pahich (Talby), Carl Kuniholm (Boiler), Dan O'Bannon (Pinback), Joe Saunders (Comandante Powell), Miles Watson (Control de Misión), Cookie Knapp (Computador), Adam Beckenbaugh (Bomba #20), Nick Castle (Alienígena), Alan Sheretz (Bomba #19); Dir. de Fotografía: Douglas Knapp; Fotografía adicional: Cliff Fennemann y Dale Beldin; Música: John Carpenter; Montaje: Dan O'Bannon; Diseño de producción: Dan O'Bannon; Efectos especiales fotográficos: Dan O'Bannon; Efectos especiales: Dan O'Bannon; Consultor de efectos especiales ópticos y fotográficos: Bill Taylor; Animación: Bob Greenberg; Animación especial: John Walsh; Diseño de Nave: Ron Cobb; Miniaturas: Greg Jein y Harry Walton; Efectos de Sonido: John Brasher y Nick Spaulding.

Para valorar o simplemente ver una película, muchas veces es necesario realizar un ajuste respecto a la época y los medios con los que fue filmada. El caso más claro es el del cine mudo. En su época, un criterio de valoración objetivo era que una película muda era mejor cuantos menos rótulos tenía, señal que la mímima y la expresión eran suficientes para comprenderla. Bien, esta película fue filmada en 16 mm y con un presupuesto de 6.000 dólares; se vio que tenía posibilidades comerciales (en principio era el film/tesis de fin de carrera de Carpenter y O'Bannon) y Jack H. Harris financió su extensión de 30-45 minutos a los 83 finales y su paso ("hinchado", según el argot) de 16 a 35 mm. El presupuesto final fue la ridícula suma de 60.000 dólares. Jamás muestra esta carencia de medios.
Si esta película estuviera sólo soportada por sus efectos sería un fiasco (recuerden: esto sucedía antes de Star Wars; los efectos especiales aguantan muy mal el paso de 16 a 35 mm, etc.). Pero lo que convierte a esta cinta en una de culto y una pequeña joya es su imaginación, argumento y guión.
En el siglo XXII la tripulación de la nave "Dark Star", en una misión de larguísima duración en busca y destrucción de estrellas inestables, está cada vez más cansada y harta de esta misión, y sus componentes se han convertido en gentes alienadas y hurañas. Uno de los tripulantes no sale de la cúpula de observación. El capitán está criogenizado por una enfermedad no tratable. Otro tripulante está en guerra con la mascota alienígena de la nave, algo parecido a una pelota de playa (en realidad, una pelota de playa) con patas.
Bien, ¿no? Bueno...
Para destruir las estrellas inestables, la nave va equipada con su arsenal propio de bombas semiinteligentes. Por un fallo eléctrico, una de estas bombas, perparada para estallar en un tiempo determinado, no se desprende de la bodega de carga y se niega a desarmarse a sí misma. Ante esta situación dramática y contrarreloj, el consejo del capitán descongelado para la ocasión a su segundo es "Dialogad con ella. Habladle de filosofía".
Je, je, je.
Divertidísima, imaginativa, realizada profesionalmente, con un talento inmenso (aparte de Carpenter, que confirmó lo que se esperaba de él, está Dan O'Bannon, alguien no muy notorio pero que, cuando aparece en los títulos de crédito de una película, merece la pena verla; por ejemplo, en Alien, o en Total Recall), esta es una película sorprendente, fresca, y una de las mejores cosas que se pueden encontrar en el cine de ciencia ficción, a pesar de su modestia o precisamente por ella.
Hay películas con 6 ó 60 millones de presupuesto que dan la impresión de tener uno de 12 dólares con cuarenta centavos. Este filme de 60.000 dólares da la apariencia de que, sólo con el guión, se hubiera derrochado dinero y talento. Una joya.

Lamento decir que el tráiler es nefasto. No aprovecha apenas las posibilidades de la película: ni los diálogos filosóficos bomba/tripulantes, ni las posibilidades visuales (¿recuerdan una escena que se hecho ya tópica en el cine de género? El destructor estelar que pasa ante la cámara, interminablemente... Pues la primera vez que se concibió y rodó esta escena fue en Dark Star; en el tráiler, vergonzosamente, esta escena está acelerada, con lo que pierde toda potencia), ni las posibilidades inmensas de su guión. En fin, efectos de la comercialidad. La película es mucho mejor que el tráiler, créanme. Intenten verla (no es fácil encontrarla) y luego me comentan.


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Les Benignes, de Jonathan Littell

(Les Bienveillantes)
Quaderns Crema, col. Biblioteca Mínima
Barcelona, 20072 [2007]

Dentro de la evolución natural que la narrativa sobre el Holocausto está obligada a seguir, es sólo consecuencia lógica que se tenga que llegar a enfrentarse a la voz de los verdugos, y escribir una novela desde su punto de vista.
Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? En efecto, semejante novela tiene unos riesgos inmensos, y no es el menor el convertirse en un alegato defensivo por parte de los nazis (de los que vamos sobrados: para aquellos que gusten de semejante literatura, pues no son más que unas ficciones autoexculpatorias y, en muchos casos, miserables, existen múltiples memorias de nazis corriendo por ahí, algunas más desvergonzadas que otras) o, incluso el riesgo de hacer que el lector empatice con el verdugo narrador.
Déjenme explicarles algo. Existe, en España, un escritor bien conocido que ya hace tiempo tiene el proyecto de escribir algo similar. Cada vez que lo ha hablado con su agente, con sus editores, éstos han torcido el gesto y han intentado por todos los medios quitárselo de la cabeza. Espero que no lo hayan conseguido definitivamente, tanto más cuanto estas Las Benévolas de Littell no sólo eluden estos riesgos, sino que le han valido a su autor el Premio Goncourt. [Lo cual dice mucho de nuestro país, en donde se edita mucho, muchísimo, pero aquejado de una cobardía intrínseca que habla con claridad de la calidad de edición que tenemos.]
Hemos hablado ya de Littell y su Lo Seco y lo Húmedo, una obra seguramente surgida de la necesaria (y extensa, añado yo) documentación a la que ha tenido que recurrir para escribir esta fundamentada y realista ficción (una contradicción de términos sólo aparente). Monumental, también: 1.151 páginas (que, en la edición catalana, van complementadas con un glosario de siglas y organismos nazis, necesario y muy didáctico).
Por resumir una historia larga con brevedad, la novela se inicia cuando el protagonista, teniente de la SD (la rama de inteligencia de las SS), es destinado a un Einsatzgruppe tras la vanguardia del avance alemán en Rusia con la misión de organizar los grupos de limpieza étnica en los territorios recién conquistados por los alemanes. Por unas rencillas dentro del servicio, será enviado a Stalingrado, de donde logrará salir herido y de milagro. Con semejante hoja de servicios, será reasignado para racionalizar la fuerza de trabajo de los campos de concentración y de exterminio. Desde esta posición nos relatará la vida en la retaguardia, su percepción (muy exacta) de lo que sucede en los campos y las vicisitudes del Reich hasta su hundimiento en Berlín.
He dicho antes que la novela se inicia en Rusia. Falso. En ralidad, el relato empieza cuando el supuesto redactor de estas memorias toma la pluma desde su casa en Bélgica, salvado de toda persecución, llevando una vida que denominaríamos normal después, mucho después de la guerra.
Es evidente que hay más: una historia de la persona del narrador, psicopática (no se asusten: sigan conmigo un poco más), que es necesaria narrativamente para marcar las distancias con el pseudoensayo o el panfleto. Y ahora vamos a lo de la psicopatía. No, la tesis de Littell no es que los verdugos fueran psicópatas. De hecho, Aue, el narrador, siente piedad por los prisioneros de los campos. Una piedad pasiva y ambigua, pero piedad muy en el fondo. En este contexto, convertirlo en psicópata, en un auténtico caso clínico, no hace sino remarcar, destacar, lo normales que eran sus colegas en el exterminio. Littell desdeña la mera explicación sádica o psicológica de un golpe. Quien quiera aseverar esta explicación, nos dice, que estudie las auténticas psicopatías del individuo; así verá lo diferentes que eran con respecto a lo que ocurrió en el Holocausto.
Y hemos hablado de piedad. No crean que es redimente. En el fondo, es autoexculpatoria, sin más. Lo que dice Aue es que hacía eso porque si no lo hacía lo habría hecho otro. Lo que no dice, pero deja claro, es que si no lo hacía no ascendería dentro del mundo del Reich alemán. Antes bien, descendería. De modo que encuentra una conveniencia en hacer lo que hace aunque diga que no le gusta.
Es también de agradecer que el autor no se haya decidido por uno de los ejecutores (ni por uno de los grandes jefes) sino por un ejecutivo planificador. En estos temas es muy fácil caer en la caricatura, y eso es algo que un escritor debe evitar a toda costa. Y también porque el quid de la cuestión no está en porqué sucedió lo que sucedió en Alemania, sino porqué se permitió que sucediera. Y para que el Holocausto se llevara a cabo fue necesaria una voluntad, sí, pero también muchas connivencias, un constante mirar hacia otro lado y un perpetuo autoconvencimiento de lo que se hacía era lo correcto.
Es por ese terreno por donde pasea Littell, que ha tenido que consultar de todo para hacer que esta obra suene tan auténtica como lo hace. En Lo Seco y lo Húmedo vimos cómo había realizado un análisis preciso y exacto del lenguaje nazi-fascista. En esta novela lo ha aplicado hasta sus últimas consecuencias. Todo suena verosímil, y si algunas cosas parecen extremas, sin embargo resultan posibles (salvo, tal vez, los últimos instantes en el búnker de Berlín, pero Littell da la impresión de haber querido marcar distancias entre ficción y realidad allí).
Por todo lo visto y muchas cosas más, esta incursión en la visión del otro no puede sino definirse como un ejercicio literario mayúsculo, lleno de perspicacia, militante en favor de los asesinados, que desnuda las mentiras formuladas por tantos y tantos discursos y memorias exculpatorias. Una obra maestra.

Portada y sinopsis

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El Hijo de Lagardère, de Paul Féval (hijo)

(Le Fils de Lagardère)
Ed. Mateu, col. Juvenil Cadete
Barcelona, s. f. (c. 1955?) [1893]

Dentro de la literatura folletinesca de aventuras, la ocurrencia de descendientes de los héroes queridos y apreciados por el público ha sido constante, aunque pocos de estos vástagos han sobrevivido al tiempo. El mismo Dumas practicó el sistema con su Vizconde de Bragelonne y el hijo de Athos. Otras manos apócrifas se aprovecharon de los mosqueteros y así surgió, por ejemplo, La Hija de Porthos (de Féval hijo, curiosamente). El mismo Salgari puso en escena a Yolanda, la Hija del Corsario Negro. Y así podríamos seguir, con estos émulos de sus padres a veces escritos por sus creadores y, las más, por otros escritores más vampíricos que eficaces.
Cuando menos, el recurso del hijo tiene un punto de respeto por el héroe creado por otras manos en el hecho de que le deja en paz y carga las nuevas invenciones en el hijo, bastardo o no, por poner un ejemplo, de d'Artagnan en lugar de masacrar el personaje original.
Sin embargo, en este El Hijo de Lagardère, quien retoma la saga es asimismo hijo del creador original. Un hecho notable. Para los freudianos que se están arremangando, les diré que tienen razones para alegrarse. Féval hijo explica los últimos instantes y circunstancias de la heroica muerte de Enrique de Lagardère, por ejemplo. El resto del análisis psicoanalítico se lo dejaré a ellos.
El caso es que Enrique de Lagardère dejó descendencia en forma de un hijo de tres años, que presuntamente murió o fue asesinado, aunque es más que posible que en realidad, y por motivos que quedarán claros, fuera sustituido in articulo mortis y hecho desaparecer, y que sea, justamente, el sargento "Bella-Espada" que aparece desde las primeras páginas del libro. Dejémonos de cuentos, la sutileza no es precisamente el terreno del folletín.
En cambio, lo que constituye su medio es el suspense periódico, el melodrama, la acción y la resolución final del misterio. Final y feliz, por supuesto. Suelen ser reglas que se siguen y es necesario que el lector se sitúe en ellas, así como se sitúa en otras en la contemplación de, por ejemplo, una película de dibujos animados.
Y funcionan en esta novela, como funcionaban en la de su padre. Si quieren un resumen argumental les doy uno somero: Bella-Espada es Felipe, el hijo de Lagardère y está siendo perseguido por uno de los antiguos enemigos de su padre, persecución que se extiende a su madre, a la que no conoce. En una serie de trampas y peligros, que sólo podrán ser desbaratados en el último momento y con la ayuda de los viejos camaradas de Enrique de Lagardère, Felipe encontrará su familia, su posición y el amor después de múltiples peligros y de culminar (o no) la venganza sobre el asesino de su padre.
Si les parece simplista, en efecto, lo es. Pero ¿y lo que se disfruta leyéndolo? Hay folletines y folletines. He leído, por puro completismo, algunos de los más caducos e infectos. De los que no funcionan, vaya. Pero este Hijo de Lagardère funciona. Y Paul Féval hijo no desmereció en nada a su padre.

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Nunca Enamores a un Forastero, de Ramón Díaz Eterovic

LOM Ediciones/Ed. Txalaparta
Tafalla (Navarra), 2006 [1999]

El saludable fenómeno de la novela negra autóctona está extendido por toda Latinoamérica, aunque aquí en España sólo nos lleguen breves y erráticos soplos de esta producción.
En esta novela Díaz Eterovic retoma el personaje de su detective Heredia «investigador privado, ebrio, metiche y pleitero», y lo lleva a la Punta Arenas natal del autor.
Acude a investigar unos anónimos remitidos a un antiguo amigo de universidad que está involucrado en una organización social católica, y que será asesinado al poco de su llegada. Su investigación se verá complementada cuando le encarguen buscar al culpable del asesinato de una muchacha.
Demasiados crímenes en tan poco tiempo. Pero también un ambiente en el que todavía medran aquellos que, aun cuando la dictadura pinochetistas acabó hace años, no creen que el mundo y la sociedad haya cambiado. Y, visto lo visto, puede que tengan razón.
Sé que me hago pesado, pero repito que los valores de la novela negra contemporánea consisten en reflejar el estado moral de una sociedad.
Díaz Eterovic, que conoce muy bien los modelos del género, ejecuta en esta novela un ejercicio de desarrollo de su personaje, pero también un relato de combate político, aunque su única reivindicación sea la de tener el derecho a estar desencantado, y a buscar un poco de decencia en un mundo indecente.
Escrita con ritmo, con personajes que traspasan la página, en el ambiente de la austral Punta Arenas y con situaciones creíbles, Díaz Eterovic logra una novela que no desmerece ni al género ni a la sociedad que recrea.

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Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola

(Apocalypse Now); 1979

SESIÓN MATINAL

Director: Francis Ford Coppola; Guión: John Milius y Francis Ford Coppola, basado en The Heart of Darkness, de Joseph Conrad; Intérpretes: Martin Sheen (Cap. Benjamin L. Willard), Robert Duvall (Tte. Col. Bill Kilgore), Frederic Forrest (Jay "Chef" Hicks), Marlon Brando (Coronel Walter E. Kurtz), Sam Bottoms (Lance B. Johnson), Dennis Hopper (Fotoperiodista); Dir de Fotografía: Vittorio Storaro; Música: Carmine Coppola, Francis Ford Coppola; Diseño de Producción: Dean Tavoularis.

Dentro del género bélico, la ruptura con los modelos establecidos la ejerció formalmente (y, desde este punto de vista, de forma magistral) esta película. Basada, a veces más y a veces menos, en El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, este filme deslumbró a los que no habían leído la novela conradiana, exasperó a los que esperaban una trasposición literal y desconcertó a los que entendemos que es posible captar su espíritu pero no es necesario (ni deseable) aferrarse al detalle.
Un rodaje complicado, un derroche de medios (que proporcionó la valiosa lección de que tener mucho dinero para rodar puede ser tan perjudicial como tener poco); un retraso en la producción tan descomunal que la película fue apodada como Apocalypse Later; y una en la que los excesos se notan en un desequilibrio temático y hasta formal.
Sin embargo, esta película sigue teniendo momentos tan brillantes (cada espectador tiene los suyos, que pueden o no coincidir con los de su vecino de butaca) como para justificar su visionado y su revisión.
La brillantez surge desde el inicio mismo, con Jim Morrison cantando The End sobre el fondo de un ataque de helicópteros sobre la jungla. Y sigue hacia arriba. El propio Coppola declara: "A medida que el viaje remontaba el río, la película fue menos trama para convertirse en una experiencia". Y es en este momento en el que la audiencia se divide en sus gustos (algo a lo que ayudan sobremanera los delirios mascullados de Brando/Kurtz): los que esperan más trama quedan defraudados y los que se dejan llevar creen haber llegado, al fin, a ese Corazón de las Tinieblas. Cosa que no es del todo cierta. En mi caso, mi posición es intermedia. Hay cosas interesantes en ese encuentro con Kurtz, pero el cambio de ritmo entre la primera y segunda parte es demasiado brusco, poco gradual. Y, además, el viaje no es precisamente hacia el horror, pero tampoco es un alejarse alegórico de él. En resumen, lo que transmite más Brando es ser un loco, pero no un iluminado. Haber llegado tal vez a su horror, pero no al horror absoluto. En ese aspecto, la película es un fracaso.
Pero esto no impide que, sin ser una obra maestra, sí sea una obra que marca al espectador.

Tráiler original:

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El Sec i l'Humit, de Jonathan Littell

(Le Sec et l'Humide. Une Brève Incursion en Territoire Fasciste)
Quaderns Crema, col. Assaig
Barcelona, 2009 [2008]
Postfacio de Klaus Theweleit

En el postfacio que Klaus Theweleit (y que, a mi juicio, hubiera sido más clarificador como prólogo) escribe a este Lo Seco y lo Húmedo, enuncia la tesis que le llevó a escribir Männerphantasien [Fantasías Masculinas]: «el intento de describir el fascismo, y más concretamente el nazismo alemán, no como el aborto de una "ideología" espantosa, sino presentándolo, partiendo de la relación hombre-mujer en la historia europea, como una manera violenta de establecer la realidad. [...] El estado fascista como una realidad producida por el cuerpo de quien yo denomino el hombre soldado. [...] Littell encuentra en Degrelle ─[...] aun protagonista de otra cultura─ casi los mismos comportamientos y grupos léxicos ordenados en torno al pánico ante la "disolución de los límites corporales". Suciedad, fango, pantano, mocos y caldo para designar el "comunismo" como "marea roja", el miedo a todo aquello que disuelve los cuerpos, a la mujer erótica, a la denominada Flintenweib ("la mujer escopeta"), a la cual el soldado masculino opone la "virginal enfermera blanca", así como la verticalidad de su presencia en el mundo, su coraza corporal endurecida, indisoluble.»
Theweleit y Littell explicitan en mayor detalle esta hipótesis, nacida de «cuando de mis investigaciones resultó que las respuestas freudianas no explicaban de manera satisfactoria la obsesión por el exterminio que tenían los nazis y su generación de asesinos, me vi obligado a continuar adelante; entre otras fue importante la ayuda que me proporcionó la "antipsiquiatría" francesa, Deleuze, Guattari». [Theweleit]
Así pues, nos hallamos ante un texto que analiza un aspecto que últimamente ha llamado la atención tanto de historiadores como de escritores, como es el discurso nazi-fascista. Entendiendo como discurso no el de los mítines (aunque, me apresuro a remarcar, existen identidades psicológicamente importantes entre éstos y el lenguaje expositivo privado), sino el parlamento que emplean los fascistas en sus expresiones privadas, expositivas, asertivas o autojustificativas.
Lo hace mediante el análisis de las obras de un fascista después nazi, no alemán sino belga francófono, trepa y arribista, hasta tal punto que fue consciente de escoger el poder o su apariencia aunque no tuviera ningún futuro antes que renunciar a él. Leon Degrelle, jefe del partido rexista, comandante de la Legión Valona, después integrada en las Waffen-SS.
Si alguien piensa que este aspecto, el del lenguaje, es trivial, el libro de Littell desmiente esta impresión. Toda ideología, sobre todo las totalitarias, formula un lenguaje propio, y llama la atención cómo cualquier dictador o aspirante a serlo formula también este lenguaje y una serie de expresiones repetidas como si fueran mantras, que se convierten en tópicos que parecen risibles, pero que combinados con el adecuado populismo, se tornan mensajes psicológicamente, si no potentes, sí conformantes de una realidad.
No se trata de un libro divertido, por descontado, ni tan siquiera uno cuyo tema se haga atractivo, pero necesario e incisivo en su análisis, puesto que apenas tenemos base real que analizar para intentar comprender los mecanismos psicológicos que mueven a unos torturadores y exterminadores que parecen situarse más allá de la razón y que, sin embargo, mediante este análisis del discurso, podemos aprehender.
Me gustaría resaltar un aspecto que Littell no señala. Degrelle, como los miembros de los freikorps analizados por Theweleit, como máximo pueden ser definidos como listos, pero no como inteligentes. Una persona inteligente puede modular su discurso, disimularlo o revestirlo de razones (verdaderas o falsas), pero sobre todo es capaz de autoanalizarse y ejercer una autocrítica que mediatiza su discurso y lo hace, a la vez, más adaptable a otras personas no afines a su ideología y menos autoexplicativo psicológicamente. No obstante, cuando quien asume este discurso es alguien como Degrelle, esos conceptos ideológicos y autojustificativos surgen sin ambages, porque necesita creer en ellos, casi literalmente, y porque cree que las imágenes que emplea son ciertas. Por así decirlo, el inconsciente fluye incontrolado. Por eso este libro, al tratar de Degrelle, un tipo al que le calaron argumentos ideológicos muy superiores a los que hubiera podido crear él, acierta. Porque Degrelle asumió estos argumentos hasta crear con ellos una Weltanschauung. Su discurso, consciente e inconscientemente, es la esencia del discurso nazi.
Y por eso este análisis es esclarecedor, no sobre el personaje, sino sobre la ideología.
Littell ha dado en el calvo con este libro, y pone una piedra más en la deconstrucción de ese discurso y, por ende, del discurso dictatorial.

Sinopsis

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L'Home que es Va Esfumar, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö

(Mannen Som Gick Upp i Rök)
Ed. Columna, col. Clàssica, serie Negra Martin Beck
Barcelona, 2009 [1966]

En las expediciones de búsqueda de autores nórdicos que puedan estimular el vaciado de los bolsillos del lector aprovechando el tirón Mankell-Stieg Larsson se ha llegado al punto de la necrofagia.
El matrimonio formado por Maj Sjöwall (n. 1935) y Per Wahlöö (1926-1975) no es un desconocido en las librerías españolas. En los estantes de los lectores sí. En la ya lejana década de los setenta se editaron algunas de sus obras, con éxito menos que escaso. Curiosamente, las mismas que hoy reciben el raro privilegio de haber sido compradas en bloque y editadas con los honores del nombre de su inspector protagonista Martin Beck.
Los esfuerzos de justificación de portadilla resultan un poco patéticos: "pretendían ser una denuncia contra las vacas sagradas de la sociedad sueca". "Permiten al lector curiosear en la sociedad sueca". Puesto que estamos hablando de novelas escritas en los años sesenta, comprenderán con rapidez que el espectro de nuestro curiosear será ciertamente limitado, tanto más cuanto no queda reflejado el gran trauma que representó en esa sociedad el asesinato de Olof Palme, un trauma que pervive hasta hoy (como testimonian las obras de Henning Mankell).
En fin. Maniobras comerciales aparte, he curioseado poco en la sociedad sueca, entre otras cosas porque esta novela se desarrolla en su mayor parte en Hungría, en Budapest. La Budapest de los años sesenta, claro (descrita como una de las capitales con menor índice de criminalidad del mundo; hoy es una de las capitales con mayor índice de criminalidad de Europa).
Un periodista sueco ha desaparecido sin dejar rastro en Budapest, y allá va el inspector Martin Beck a intentar averiguar lo que pueda y abortar un hecho que puede convertirse en una bomba de relojería política.
La novela está bien construida. Es eficaz, de personajes bien trazados y con trama sólida. Incluso puede ser que para un sueco represente un viaje, sentimental o no, hacia una época. Todo lo cual, puesto en su sitio, quiere decir que hemos (re)descubierto a unos autores dignos dentro del género. Como hay muchos en la historia de la literatura policial. Pero no llevan diéresis o circulitos sobre sus vocales.

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Aurora Boreal, de Åsa Larsson

(Solstorm)
Seix Barral, col. Biblioteca Formentor
Barcelona, 20097 [2003]

Para tranquilidad del público, y abundando en una opinión que escuché el otro día por la radio, la invasión de novela policíaca escandinava debe estar a punto de acabar, más que nada porque ya no quedarán autores que traducir. Las editoriales ya empezaron a hurgar en estos países a raíz del éxito de Mankell (recuerdo una novela noruega, con un desagradable inspector de policía que eliminaba sus neurosis con saltos en paracaídas); desde el fenómeno Larsson (ningún parentesco con la autora que tratamos hoy), se ha extraído el oro (o la pirita, llamada también "el oro de los tontos") de Noruega, Dinamarca, Finlandia y, por supuesto, Suecia. En estas expediciones depredadoras, como decía este comentarista radiofónico, ya hemos llegado hasta Islandia, de modo que tranquilos todos. Sólo queda, decía él, Groenlandia. Y, añado yo, las islas Feroe, o Føroyar si se muestran ustedes nativos (algo fácil. Hemos seguido un curso intensivo de cultura vikinga).
En fin. Respecto a esta Aurora Boreal, me he encontrado con un fenómeno infrecuente en mis lecturas. Es una obra que tiene todos los elementos necesarios para ser una buena novela, y sin embargo, el conjunto es inferior a sus partes consideradas por separado. Un caso desconcertante. La protagonista es una abogada (comercial y fiscal) que debe volver a su tierra natal para asumir la defensa de una amiga suya cuyo hermano, un iluminado cristiano que es considerado un profeta, ha sido asesinado muy ritualmente.
Enclavada en el norte de Suecia, un lugar de población escasa y dispersa (y, por supuesto, donde se conoce casi todo el mundo), con una fuerza policial voluntariosa y eficaz, personajes y situaciones son muy atractivos. Pero parece como si la construcción, elaborada con estos materiales tan fantásticos, se hubiera finalizado en una cabaña más que en un palacio.
Si algo salva a esta novela, más allá de sus elementos constitutivos, es que trata de la religiosidad en Suecia, un país tradicionalemente puritano, cuya iglesia o iglesias siempre han tenido un control social muy fuerte sobre el caarácter de la población.
Lo confieso, no volvería a leerla; pero tampoco me ha disgustado tanto hacerlo una única vez. Sin ser una mala novela, tampoco es buena, aunque no pueda calificarse de mediocre. Y si esto les parece inconcreto, lo siento. Pero es lo que hay, a mi parecer.

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Scaramouche, de George Sidney

SESIÓN MATINAL

(Scaramouche); 1952

Director: George Sidney; Guión: Ronald Millar y George Froeschel, basado en la novela de Rafael Sabatini; Intérpretes: Stewart Granger (André Moreau/Scaramouche), Mel Ferrer (Noel, Marquis de Maynes), Eleanor Parker (Lenore), Janet Leigh (Aline de Gavrillac de Bourbon), Henry Wilcoxon (Chevalier de Chabrillanne), Nina Foch (María Antonieta), Lewis Stone (Georges de Valmorin), Robert Coote (Gaston Binet), Richard Anderson (Philippe de Valmorin "Marcus Brutus"); Dir. Fotografía: Charles Rosher; Música: Victor Young; Dir. Artística: Cedric Gibbons y Hans Peters; Coreografía de combates: Jean Heremans.

Esta semana les he hablado de Scaramouche, la novela. Ya saben que las versiones difieren, para bien en ambos casos. Esta película ha sido definida como un musical sin música (o, para ser más precisos, sin canciones) y es una acertada descripción.
En glorioso (nunca mejor dicho) tecnicolor, con un vestuario esplendoroso, con un guión algo más allá del código Hays, unas interpretaciones grandiossas en su género, aprovechando lo mejor de la novela y lo mejor del lenguaje fílmico, bellamente coreografiada, esta aventura se erige como una de las más perfectas jamás filmadas, con acción, ironía, suspense e incluso algo de mensaje.
Posee el duelo a espada más espectacular y largo de la historia del cine, y sólo esa escena ya vale verla una y otra vez.





Pero no les voy a dejar en ascuas. Ese famoso duelo a espada, de seis minutos y medio, pueden verlo clicando en este enlace. Coreográfico, acrobático, real (con muy pocos dobles; Stewart Granger recibió doce puntos de sutura en una pierna) y maravilla del género (se suprimió la música para dejar sólo el sonido de las espadas y las exlamaciones y jadeos del público y los espadachines, y se instalaron micrófonos para captar el sonido de las espadas sobre el mobiliario y decorado), con unos Stewart Granger y Mel Ferrer más allá de la plena forma.

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Scaramouche, de Rafael Sabatini

(Scaramouche)
Mondadori, col. Grandes Clásicos
Barcelona, 2007 [1921]

Los mejores personajes de Sabatini son aquellos que se mueven entre dos mundos y su conflicto vital no es tanto lograr pertenecer a uno de ellos como conseguir hacerse un sitio en la vida sin renunciar a ser ellos mismos. Este es el caso de Scaramouche, su obra cumbre, y aquella en la que su protagonista, André-Louis Moreau, es un bastardo no reconocido pero con estudios de abogado que ni es noble ni es plebeyo.
Tal vez por ser lo que es, ha aprendido a contemplar con cínico distanciamiento ambas sociedades. Sin embargo, y como ocurría con el Capitán Blood, André-Louis se verá forzado por las circunstancias a tomar partido. Pero lo que hace grande a esta novela es que esas circunstancias jamás le harán renunciar a sí mismo.
El argumento debería ser conocido por todos, puesto que existe una película magistral del mismo título, pero sucede que ambas versiones difieren en ciertas cosas fundamentales. Sabiamente organizada en tres partes, La Toga, El Coturno y La Espada, André-Louis reacciona en la primera ante el asesinato de su revolucionario y seminarista amigo Vilmorin (la acción se desarrolla antes y durante la Revolución Francesa) por parte del Marqués de la Tour d'Azyr, en un duelo imposible de ganar por el aspirante a abate, prometiendo venganza y exigiendo justicia. Al serle negada ésta, abrazará la causa revolucionaria y, perseguido como sedicioso, buscará refugio y anonimato tras la máscara teatral del personaje Scaramouche, de la Comedia del Arte, un tipo "sutil y peligroso, que consigue sus propósitos tortuosamente". Un enfrentamiento frustrado con el Marqués le llevará, por casualidad, a parar en una academia de esgrima, donde se convertirá en una de las mejores espadas de Francia.
Reclamado por Danton y otros diputados de la Convención para detener la sangría que los nobles hacen a copia de duelos de los diputados del Tercer Estado, se negará en un principio hasta enterarse de que es la Tour d'Azyr el instigador de esta carnicería, con lo que aceptará al ver la posibilidad de venganza.
Más la clásica historia de amor y el descubrimiento de su historia familiar.
Scaramouche es una novela muy citable, desde su frase inicial («Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco») hasta otras muchas perlas que se encuentran en el texto. Pero es como monumento de la novela de aventuras por lo que realmente es válida. Todo lo que compone el género está quintaesenciado aquí, pero lo está con una agilidad narrativa asombrosa, unos recursos argumentales notabilísimos y un estilo impecable. Y, cosa rara, con un sentido del humor infrecuente en el género. Sólo Sabatini pudo competir con Sabatini, y han pasado los años y nadie ha podido escribir una novela que superase los logros de Scaramouche.

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