El Sec i l'Humit, de Jonathan Littell

(Le Sec et l'Humide. Une Brève Incursion en Territoire Fasciste)
Quaderns Crema, col. Assaig
Barcelona, 2009 [2008]
Postfacio de Klaus Theweleit

En el postfacio que Klaus Theweleit (y que, a mi juicio, hubiera sido más clarificador como prólogo) escribe a este Lo Seco y lo Húmedo, enuncia la tesis que le llevó a escribir Männerphantasien [Fantasías Masculinas]: «el intento de describir el fascismo, y más concretamente el nazismo alemán, no como el aborto de una "ideología" espantosa, sino presentándolo, partiendo de la relación hombre-mujer en la historia europea, como una manera violenta de establecer la realidad. [...] El estado fascista como una realidad producida por el cuerpo de quien yo denomino el hombre soldado. [...] Littell encuentra en Degrelle ─[...] aun protagonista de otra cultura─ casi los mismos comportamientos y grupos léxicos ordenados en torno al pánico ante la "disolución de los límites corporales". Suciedad, fango, pantano, mocos y caldo para designar el "comunismo" como "marea roja", el miedo a todo aquello que disuelve los cuerpos, a la mujer erótica, a la denominada Flintenweib ("la mujer escopeta"), a la cual el soldado masculino opone la "virginal enfermera blanca", así como la verticalidad de su presencia en el mundo, su coraza corporal endurecida, indisoluble.»
Theweleit y Littell explicitan en mayor detalle esta hipótesis, nacida de «cuando de mis investigaciones resultó que las respuestas freudianas no explicaban de manera satisfactoria la obsesión por el exterminio que tenían los nazis y su generación de asesinos, me vi obligado a continuar adelante; entre otras fue importante la ayuda que me proporcionó la "antipsiquiatría" francesa, Deleuze, Guattari». [Theweleit]
Así pues, nos hallamos ante un texto que analiza un aspecto que últimamente ha llamado la atención tanto de historiadores como de escritores, como es el discurso nazi-fascista. Entendiendo como discurso no el de los mítines (aunque, me apresuro a remarcar, existen identidades psicológicamente importantes entre éstos y el lenguaje expositivo privado), sino el parlamento que emplean los fascistas en sus expresiones privadas, expositivas, asertivas o autojustificativas.
Lo hace mediante el análisis de las obras de un fascista después nazi, no alemán sino belga francófono, trepa y arribista, hasta tal punto que fue consciente de escoger el poder o su apariencia aunque no tuviera ningún futuro antes que renunciar a él. Leon Degrelle, jefe del partido rexista, comandante de la Legión Valona, después integrada en las Waffen-SS.
Si alguien piensa que este aspecto, el del lenguaje, es trivial, el libro de Littell desmiente esta impresión. Toda ideología, sobre todo las totalitarias, formula un lenguaje propio, y llama la atención cómo cualquier dictador o aspirante a serlo formula también este lenguaje y una serie de expresiones repetidas como si fueran mantras, que se convierten en tópicos que parecen risibles, pero que combinados con el adecuado populismo, se tornan mensajes psicológicamente, si no potentes, sí conformantes de una realidad.
No se trata de un libro divertido, por descontado, ni tan siquiera uno cuyo tema se haga atractivo, pero necesario e incisivo en su análisis, puesto que apenas tenemos base real que analizar para intentar comprender los mecanismos psicológicos que mueven a unos torturadores y exterminadores que parecen situarse más allá de la razón y que, sin embargo, mediante este análisis del discurso, podemos aprehender.
Me gustaría resaltar un aspecto que Littell no señala. Degrelle, como los miembros de los freikorps analizados por Theweleit, como máximo pueden ser definidos como listos, pero no como inteligentes. Una persona inteligente puede modular su discurso, disimularlo o revestirlo de razones (verdaderas o falsas), pero sobre todo es capaz de autoanalizarse y ejercer una autocrítica que mediatiza su discurso y lo hace, a la vez, más adaptable a otras personas no afines a su ideología y menos autoexplicativo psicológicamente. No obstante, cuando quien asume este discurso es alguien como Degrelle, esos conceptos ideológicos y autojustificativos surgen sin ambages, porque necesita creer en ellos, casi literalmente, y porque cree que las imágenes que emplea son ciertas. Por así decirlo, el inconsciente fluye incontrolado. Por eso este libro, al tratar de Degrelle, un tipo al que le calaron argumentos ideológicos muy superiores a los que hubiera podido crear él, acierta. Porque Degrelle asumió estos argumentos hasta crear con ellos una Weltanschauung. Su discurso, consciente e inconscientemente, es la esencia del discurso nazi.
Y por eso este análisis es esclarecedor, no sobre el personaje, sino sobre la ideología.
Littell ha dado en el calvo con este libro, y pone una piedra más en la deconstrucción de ese discurso y, por ende, del discurso dictatorial.

Sinopsis

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