La Invención del Pasado, de Miguel-Anxo Murado

Con el subtítulo de Verdad y Ficción en la Historia de España, la tesis que presenta este libro es que la Historia, con mayúscula, es materia sospechosa dependiendo de quién la escriba; que puede perpetuarse gracias a fuentes dudosas o sencillamente falsas cuando se dan por ciertas (por tradición, por falsificación, por error...) sin verificarlas; y sobre todo, más que sospechosa cuando se emplea para explicar el presente o predecir el futuro.
Es una tesis con la que no puedo estar más de acuerdo, sobre todo habiendo padecido una enseñanza elemental (en todos los sentidos) de la Historia según un modelo franquista.
Para los que nos gusta leer libros de Historia, es cosa conocida que ésta es una prostituta que, no es que se venda al mejor postor, sino que es chuleada por el primero que pasa para sus fines personales, principalmente políticos. Los ejemplos que podría aportar son muchos: Verbigracia, en pleno debate soberanista, la afirmación de que España tiene una existencia de quinientos años, argumento esgrimido por políticos, ya que apenas queda un historiador que afirme semejante mentira sin sonrojarse; ciertas cifras sobre la población europea en el Renacimiento que no me acaban de cuadrar (pero que son inmutables puesto que debieron ser escritas en piedra por un "indiscutible" historiador, en base a fuentes cuya precisión podría muy bien ponerse en duda); o que una catedrática haya puesto negro sobre blanco que la chimenea no se inventó hasta el siglo XVIII, cosa que me deja pasmado ante toda una serie de pinturas renacentistas preguntándome qué son esas torrecillas en los tejados (y lo malo de este ejemplo no es el error en el libro; lo preocupante es que es muy probable que semejante majadería se haya enseñado en clase a sucesivas promociones de estudiantes, que la propalarán y le darán carta de naturaleza).
Si yo, un profano, puedo presentar esta panoplia (compuesta de estas y otras mixtificaciones), si uno se dedica a investigar a fondo, como lo ha hecho Miguel-Anxo Murado, entonces la exposición de monstruos históricos se agiganta y se hace preocupante.
Ya no se trata de que el apóstol Santiago no pusiera el pie en Galicia ni en su vida ni en su muerte; se trata, por ejemplo, de que las últimas tesis sobre la conquista musulmana de la península indican que, más que una cuestión militar y de sometimiento, fue tema de prédica y conversión. Que Isabel de Castilla jamás estuvo en la rendición de Granada (y, de hecho, a quien entregó las llaves Boabdil fue al conde de Tendilla). Que Castilla no existió como reino independiente hasta el siglo XII, y no en el XI, o en el IX como algunos manuales indicaban. O que los documentos de abolengo que daban antigüedad y entidad a reinos son, simplemente, falsos y creados precisamente para proporcionar esa pátina de legitimidad que da lo vetusto.
Quede claro, este no es un libro de anécdotas o una colección de errores a ser desmentidos; hay toda una reflexión y teorización sobre el papel de la Historia y sobre el necesario escepticismo a la hora de admitir verdades sin rechistar, verdades que pueden ser mentiras. Los ejemplos abundan, precisamente para demostrar la necesidad de ese espíritu crítico y la desconfianza ante relatos míticos o semimíticos que tienen o tuvieron una clara intención política. Y esa reflexión es lo mejor del libro.
Pero precisamente porque es necesario un espíritu crítico ante cualquier afirmación histórica, representa una pequeña mancha que Murado se haya dejado embaucar por una de esas afirmaciones. En efecto, las lanzas del cuadro de Velázquez no son tales, sino picas; pero la afirmación de que «la picas [sic] habían sido sustituidas tiempo atrás por los arcabuces» y por tanto Velázquez las incluye como «arma de caballero, menos moderna y por tanto más noble» es una verdad a medias, que es la peor de las mentiras. En efecto, los ejércitos se habían convertido a la pólvora tiempo atrás, pero los arcabuceros y mosqueteros eran muy vulnerables a la caballería e inútiles en el combate cuerpo a cuerpo (de ahí la invención de la bayoneta en la segunda mitad del siglo XVII), con lo que necesitaban la protección de los piqueros (cuyo número se fue reduciendo paulatinamente, pero no desaparecieron), que además, si nos ponemos cínicos, servían de carne de cañón poco especializada y protectora para unos soldados cuyo entrenamiento era especializado: si una bala alcanzaba a un piquero en lugar de a un arcabucero, pues para eso estaba. Los testimonios contemporáneos sobre el uso de piqueros son numerosos, como sabe la historiografía militar. Y, además, a un noble jamás se le hubiera visto empuñar una pica, arma del pueblo llano y muy llano, y darle una como arma a un noble hubiera sido ofenderlo; y eran nobles pero no tontos: la caballería de la época estaba armada de pistolas y pedreñales, cuando no de arcabuces ligeros, amén de espadas.
En cualquier caso, este pequeño borrón no desmerece la tesis de Murado. Antes bien, la refuerza en la necesidad de desconfiar de cualquier afirmación que no esté bien fundamentada. En ese espíritu es en el que este libro resulta sobresaliente.

Debate / Penguin Random House
Barcelona, 20133 [2013]

Portada y sinopsis

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