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Esclavos de la Libertad. Los Archivos Literarios del KGB, Vol. I, de Vitali Shentalinski

(Rabi Svobodi v Literaturnij Arjivaj KGB)
Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Serie Biografías, Memorias y Testimonios
Barcelona, 2006 [1993]

Hace pocas semanas comentaba el texto de Coetzee Contra la Censura, uno de los pocos libros que analizan el bosque de la prohibición; hoy llevo a su atención un libro que estudia algunos de los árboles de la censura y la represión en el ámbito soviético. A veces las cosas vienen así de rodadas.
De hecho, el libro trata de unos cuantos de esos árboles, por no decir muchos.
El propósito del autor fue el de descender al infierno de los archivos de la Lubianka para descubrir manuscritos y documentos requisados por las autoridades y que podrían muy bien no haber salido jamás a la luz. En este aspecto el libro cumple. Poemas inéditos, el diario personal de Mijaíl Bulgákov, capítulos y novelas enteras de Andréi Platónov, etc., aparecen confiscados en esos malditos archivos, y es de esperar que algún día aparecerán editados (en esta obra se nos ofrecen algunos extractos).
Pero, como no podía ser de otro modo, los documentos de las instrucciones y procesos contra los escritores también aparecen, como demostración de la persecución, la manipulación, la arbitrariedad y, sobre todo, la omnipresencia del pensamiento único estatal. Isaak Bábel, Mijaíl Bulgákov, Borís Pilniak, Ósip Mandelshtam, Nikolái Kliúyev, Andrei Platonov, Maksim Gorki, entre otros, son los autores que se tratan. Fusilados, silenciados, deportados, puestos en campos de concentración, aislados o asesinados sin más, los destinos de estos escritores pasaron todos por el cauce de la Cheka, después OGPU, después NKVD, después KGB. Nunca para bien, y casi todos bajo las contradictorias indicaciones "Estrictamente confidencial" y "Conservar a perpetuidad".
No es que los documentos extraídos resuelvan todos los enigmas. El caso de Mandelstam y su "Oda a Stalin" sigue difiriendo según las versiones; Coetzee apunta a que el autor fue forzado a escribirla; Shentalinski declara que Mandelstam la escribió voluntariamente en un intento de congraciarse con el Estado. Aparece el diario de Bulgákov, pero los escasos fragmentos que aparecen en el libro (junto con las cartas ya publicadas en Cartas a Stalin, Ed. Grijalbo), poco hacen por aclarar porqué Stalin decidió dejarlo en una relativa paz silenciada, sin hacer nada contra él, físicamente, pero amordazado y convertido en un exiliado literario en su patria, lo que en definitiva llevó al escritor a la muerte, esta vez sí física, después de haber sufrido la muerte civil.
Pocos regímenes han desarrollado una ideología tal como para ideologizar también el arte y la literatura en todas sus formas de expresión. Sólo el nazi y el soviético, que yo recuerde. Gracias a este libro vemos cómo, además, el régimen soviético no escatimó esfuerzos ni recursos para reprimir y suprimir no ya las expresiones que quedaran fuera de la ideología, sino las intenciones y omisiones de los escritores y artistas.
Sin embargo, este libro tiene defectos y excesos. Defectos básicos: ¿Por qué no transcribir íntegramente una conversación entre Stalin y Pasternak en lugar de extractarla? Y excesos de todo tipo. Estilísticos ("¡Repiquetea ya, máquina de escribir! ¡No enmudezcas, mi férreo ruiseñor!"); de fondo: al lector no le interesa para nada, o muy poco, las objeciones que recibiera el autor al respecto de su trabajo de investigación, máxime cuando no representaron un obstáculo real y no impidieron ni frenaron su trabajo. Y excesos de forma: "Si [Tólstoi] hubiera vivido durante los años del gobierno bolchevique, es seguro que no habría podido evitar la espada represiva de la Checa". Es posible, incluso probable. Pero la frase sobra.
Si este libro se lee contra la planilla teórica del texto de Coetzee, el lector se verá considerablemente iluminado sobre el hecho de la represión soviética en la literatura. Leído en solitario, el lector echará en falta información previa y más documentación de la aportada (que se insinúa que existe) y, sobre todo, una investigación colateral de los hechos.
Con todo, es lo que hay, y bienvenidos sean los documentos descubiertos, que nos relatan las tragedias de unos escritores que fueron asesinados, de una u otra manera, por necesidades o caprichos de Estado.

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En la Patagonia, de Bruce Chatwin

(In Patagonia)
Muchnik Editores, col. Personalia
Barcelona, 1997 [1977]

Se ha dado a Bruce Chatwin el mérito de haber revolucionado la literatura de viajes. En realidad, su mérito (y no es poco) es haber aplicado la técnica del nuevo periodismo a dicha literatura. Ya saben, se trata de hacer una incursión en el tema de forma más personal y cercana, y centrarse, más que en el tema básico, en la periferia inmediata del mismo.
Por tanto, el viaje a la Patagonia propuesto por Chatwin no es un recorrido por la geografía, la gran historia, la flora y la fauna o la etnografía. Chatwin busca la pequeña historia, los detalles que, como gusta decir a los historiadores, constituyen las notas a pie de página de los libros, pero que han hecho de una tierra lo que es, o los hechos que han sido ineludiblemente moldeados por esa tierra.
Supongo que todos los territorios del planeta tienen semejante historia, si uno se preocupa en buscarla, pero saber hallarla, llegar hasta el fondo de la misma, documentarse antes, durante y después del viaje y, por supuesto, saber explicarla es lo que no está al alcance de todos.
Así, nos encontraremos con los tremendos animales prehistóricos y el paso por Tierra de Fuego de Darwin; con la historia del hombre que se autoproclamó rey de Araucania y Patagonia (lo que no gustó en absoluto a los gobiernos argentino y chileno); con la numerosa colonia galesa de Patagonia, independentistas que huían del gobierno de su majestad británica; las andanzas en Patagonia de Butch Cassidy y Sundance Kid, que fueron muertos (o no) en esa región; con otros bandidos gringos; con los orígenes del término "Patagonia" y las relaciones de los blancos con los indígenas; con las revueltas y revoluciones anarquistas; la vida y hazañas (que darían para tres novelas) del capitán Charles Milward, que llegó a ser el cónsul más austral del Imperio Británico; o con la historia del penal de Ushuaia (ya que estamos, la ciudad más austral del mundo).
Y más, muchas más.
No he estado en la Patagonia. No me es posible comprobar las bondades de este libro in situ. Pero, si no es verdad, está muy bien contado. Estoy un poco harto de ciertos documentales y libros de viajes que se basan en tomar el cuaderno o la cámara al hombro alegremente y anotar y filmar lo que se ponga por delante. Sea verdad o no. Porque, por muy delante de una cámara que esté, ese hecho no da sacralidada la entrevista o la declaración.
La auténtica veracidad está en la documentación previa, la búsqueda en el lugar y la documentación posterior. Sólo así se enriquece el documento, y sólo así se elimina el material dudoso o falaz. Sólo así se alimenta la verdad. O la veracidad.
Chatwin fue un gran narrador prematuramente desaparecido. Su nombre todavía resuena en la literatura moderna como alguien que hizo algo grande. Pero cada vez resuena menos. Esto ya no es ley de vida, sino ley de mercado. Por tanto, bien está que se le recuerde antes de que caiga en el olvido que NO se merece.
Porque, leído En la Patagonia, no sólo he quedado entretenido por sus historias, sino que he salido de su lectura algo más sabio. Es muy de agradecer.

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Eche Veinte Centavos en la Ranura, de Raúl González Tuñón

En mi juventud, una canción que escuché por la radio me dejó fascinado. Como de costumbre, nadie dijo qué es lo que había sonado en aquella ocasión, de modo que no pude poner ni nombre ni filiación a una de las letras más hipnóticas y literarias, más decadentes y bohemias, trágicas e irónicas que había podido escuchar.
Años más tarde, el misterio se desveló: se trataba del Cuarteto Cedrón, cantando Eche Veinte Centavos en la Ranura. Una canción que se hallaba en un disco doble que compartía el cuarteto con Paco Ibáñez. Trabajo perdido. El vinilo agonizaba, la industria se reformulaba a sí misma, los tiempos ya no eran los de antes, imposible encontrar el disco, ni la canción.
El mundo marcha y, un servidor, más viejo, menos bohemio pero más tecnológico, ha podido rastrear gracias a la red esa canción, y enterarse de unas cuantas cosas. Por ejemplo, que interpretación al margen, se trata de un poema de Raúl González Tuñón. Que en España se desconozca a este hombre me parece una de esas injusticias que tienen que ser reparadas cuanto antes. Me gustaría que le echaran un vistazo al poema (y que escucharan esa versión que tanto me eludió). Por mi parte, pretendo leer todo lo que pueda de González Tuñón. Y yo de ustedes haría lo mismo.

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes, y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refresco.
Pero sobre todo mujeres
para los hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.

No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-trálala,
rima en tu viejo corazón.

Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.

Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
de vida miliunanochesca.
¡Qué lindo es ir a ver la mujer,
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire...

Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo...
¡Qué lindo es ir a ver la mujer,
la mujer más gorda del mundo!

Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

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Buenos Presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman

(Good Omens)
Norma Ed., col. Brainstorming
Barcelona, 2002 [1990]

Terry Pratchett es el último maestro del humor inglés (y el no inglés) en la literatura. Algunos dirían que es un maestro del humor en la fantasía, pero con las muchas novelas que tiene publicadas sobre el Mundodisco, Pratchett ha tenido ocasión de poner en solfa absolutamente todo, desde la religión a Papá Noel, pasando por la prensa, el turismo, el machismo y la sociedad contemporánea en general, de modo que la etiqueta, si no sobra, sí es un pretexto que no coarta para nada la sátira.
Neil Gaiman es más conocido por ser guionista de cómics, y es el único escritor que ha ganado un World Fantasy Award al mejor relato por un guión de la serie Sandman, en concreto una trasposición de El Sueño de una Noche de Verano.
Según declaración de Pratchett, la contribución de cada cual a esta novela es de Terry 75%, Gaiman 25%. Sea como fuere, esta colaboración fue en todo sentido positiva (más positiva en inglés que en castellano, pero ese es otro asunto).
El argumento es sencillo, y si han visto La Profecía (este libro debiera haberse traducido como Buenas Profecías, pero ese es otro asunto), debería sonarles: El Anticristo ha nacido, y cuando alcance la tierna (pero maliciosa) edad de once años, va a convocar el Armagedón, provocar el Apocalipsis, llamar a la Gran Batalla. Por desgracia para ambas potencias (el Bien y el Mal, ¿cuáles si no?), el cambio de niños que debiera haberle convertido en hijo del agregado cultural norteamericano, por pura incompetencia, se ha ido al cuerno y el Anticristo se ha convertido en el nada vulgar hijo de un vulgar contable de la Inglaterra rural. De modo que Crowley, un demonio con clase, incomprendido por sus arcaicos colegas, y Azirafel, un ángel demasiado compasivo como para que le guste destruir el mundo para salvarlo, no tienen ni idea de dónde está. Da igual. Los que tienen que saberlo, es decir, la Muerte, la Guerra, el Hambre y la Polución (la Peste se jubiló con la llegada de los antibióticos) saben perfectamente dónde dirigirse. Pero Crowley y Azirafel, que lo han hablado muchas veces, están dispuestos a darle a la humanidad una segunda oportunidad, aun a pesar de sus jefes respectivos. No es que lo merezcamos, pero cualquier cosa es preferible a un Infierno o un Cielo eternos.
Para ello, los autores emplean todos los recursos: el juego de palabras, el slapstick, la comedia, la farsa, el homenaje literario y fílmico, la parodia, la sátira, el humor a lo Monty Python, el de la comedia americana, el chaplinesco y el de los Hermanos Marx. Entre otros. Unos detalles:

"Shadwell odiaba a todos los que eran del sur y, por inferencia, se hallaba situado en el Polo Norte".

"Junto con la garantía estándar del ordenador que especificaba que si la máquina 1) no funcionaba, 2) no hacía lo que decían los anuncios, 3) electrocutaba a la vecindad, 4) y de hecho no estaba en absoluto en el interior del caro embalaje cuando lo abrías, esto era expresamente, absolutamente, implícitamente y en ningún caso culpa, falta o responsabilidad del fabricante, que el comprador podía considerarse afortunado de que se le permitiera dar su dinero al fabricante, y que cualquier intento de tratar el objeto por el que se había pagado como propiedad del comprador resultaría en la atención de hombres muy serios con maletines amenazadores y relojes de pulsera muy delgados. Crowley se había quedado impresionado con estas garantías, y había enviado un puñado Abajo para el departamento que redactaba los contratos con las Almas Inmortales, con una nota amarilla pegada que sólo decía: «Aprended, mamones»."

"Crowley figuraba en las listas negras del Infierno. No es que el Infierno tuviera otras."

"Dios no juega a los dados con el universo: juega un juego inefable de Su propia invención, que puede ser comparado, desde la perspectiva de cualquiera de los otros jugadores (es decir, de todo el mundo), a estar involucrado en una embrollada y compleja variante del póquer en una habitación a oscuras, con cartas en blanco, por apuestas infinitas, con un Banquero que no te explica las reglas, y que sonríe todo el tiempo".

"Los patos de St James's Park están tan acostumbrados a ser alimentados por agentes secretos que se reúnen allí clandestinamente que han desarrollado su propia reacción pavloviana. Ponga a un pato de St James's Park en una jaula de laboratorio y muéstrele una foto de dos hombres, uno por lo general llevando un abrigo con cuello de piel, el otro algo oscuro y con bufanda, y mirará hacia arriba con aire expectante".

"El Kappamaki, un barco de investigación ballenera, investigaba acerca de la pregunta: ¿Cuántas ballenas se pueden cazar en una semana?"

"─"Entonces, ¿sois Ángeles del Infierno? ─preguntó el motorista─ ¿De qué capítulo sois?
─APOCALIPSIS, CAPÍTULO SEIS ─respondió la Muerte".

Y muchos otros momentos más...

Peculiar traducción, o sea, un tanto pijotera, o sea, rayana, o sea, en ocasiones en la inepcia. En fin, es lo que hay. Incluso así traducida la novela es muy divertida, de modo que imagínense su fuerza. Que lo pasen bien.

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Tortilla Flat, de John Steinbeck

(Tortilla Flat)
Ed. Cruïlla, col. Club
Barcelona, 1996 [1935]

Esta novela, en su día, representó una osadía formal que iba más allá del mero artificio. En efecto, se trata de la trasposición del estilo y temas de la novela artúrica al pueblo de Tortilla Flat, un suburbio miserable de la ciudad de Monterey (USA).
El experimento es chocante pero altamente satisfactorio. Los personajes, Danny y sus amigos, asimilables con facilidad a un Arturo y sus nobles caballeros, son gente que se mueve a sus anchas en estos bajos fondos de la marginalidad, el pequeño delito y la miseria.
Más allá del escándalo que pudiera suponer en 1935, el ambiente es notable porque sí es posible conseguir la épica y el heroísmo con un material moralmente sospechoso (sospechoso desde el punto de vista penal, por supuesto). El relato de estas gestas va creciendo en tono hasta pasar de irónico a conmovedor, y sin duda gran parte del escándalo puede atribuirse a que las hazañas de los personajes llegan a producir una innegable simpatía en el lector.
Steinbeck fue un conocedor profundo de la leyendda artúrica (y si sus Hechos del Rey Arturo y Sus Nobles Caballeros no es todo lo lograda que pudiera, ello se debe al hecho de que se trata de una obra inacabada), y el dominio del tono narrativo es genial. Los personajes hablan con prosopopeya y solemnidad; se comportan como auténticos héroes, falibles pero tocados por el espíritu de la caballería; sus hazañas no desmerecen a las de la Tabla Redonda; y en conjunto, proporcionan al lector motivos de reflexión así como una visión nueva e irónica de la realidad. Un ejemplo del tono que se puede encontrar en la novela:
«─Dijo a Cornelia [a la que se ha regalado como presente de amor un cerdito]: "No hay nada mejor que tener un cerdo: come de todo, es una bonita mascota, y se hace querer. Y cuando crece le cambia el carácter, se vuelve malo y malcarado, lo dejas de querer, un día te muerde, y tú te enfadas, lo matas y te lo comes".
»Los amigos asintieron con seriedad y Pilon dijo:
»─A veces diría que Emilio no tiene un pelo de tonto. Mira cuántas satisfacciones ha conseguido de este cerdo: afecto, amor, venganza y alimento. Algún día he de hablar con Emilio...»
Es una pincelada. Pero no se puede resumir el final, glorioso y épico, de esta novela. Un final triste, también. Como el de la disolución de la Tabla Redonda.

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Sin Blanca en París y Londres, de George Orwell

(Down and Out in Paris and London)
Eds. Destino, col. Destinolibro
Barcelona, 1972 [1933]

Esto no es una novela. Se trata de un libro durísimo (el primero que Orwell publicó) que relata las vivencias padecidas por el propio Orwell cuando las circunstancias le llevaron a un grado de pobreza tal que tuvo que luchar, día a día, por conseguir un mínimo nivel de supervivencia.
Albergues para mendigos o la supervivencia a la intemperie, la vida del clochard, homeless o sin techo, como quieran llamarle. La explotación laboral en un mercado negro de trabajo, las estafas de la ayuda social o la caridad, la persecución policial, con sus mil trampas y subterfugios destinados al único objetivo de apartar de la vista, de esconder, a aquellos que no disponen de medios de subsistencia. No fuera a ser que las "personas de bien" se los encontraran a la salida de un restaurante. Escuchemos a Orwell:
«Vale la pena decir algo sobre la posición social de los mendigos, porque cuando los has tratado y has visto que son seres humanos normales y corrientes, es inevitable que te llame la atención la curiosa actitud que la sociedad adopta respecto a todos ellos. A lo que parece, la gente cree que hay una diferencia esencial entre los mendigos y los hombres "que trabajan". Son una raza aparte, marginados, como los delincuentes y las prostitutas. Los trabajadores "trabajan", los mendigos no "trabajan"; son parásitos, son inútiles, por naturaleza. Se da por supuesto que un mendigo no se "gana" la vida igual que un albañil o un crítico literario se "ganan" la suya. Es una simple excrecencia social, tolerada porque vivimos en una era humana, pero esencialmente despreciable.
»Ahora, si nos fijamos bien se ve que no hay ninguna diferencia esencial entre los medios de vida de un mendigo y los de un montón de gente respetable. Los mendigos no trabajan, se dice; pero, entonces, ¿qué es trabajar? Un peón trabaja haciendo servir el pico. Un contable trabaja sumando cifras. Un mendigo trabaja estando en la calle llueva o nieve, víctima de las varices, contrayendo bronquitis crónicas, etc. Es un oficio como cualquier otro; completamente inútil, claro, pero muchos oficios reputados también son completamente inútiles. Además, como tipo social un mendigo es muy comparable al resto de la gente. Es honesto comparado con los vendedores de la mayoría de especialidades médicas, altruista comparado con el propietario de cualquier semanario, amable comparado con un vendedor de productos a plazos; en resumen, un parásito, pero un parásito bastante inofensivo. Casi nunca saca de la comunidad otra cosa que los medios ralos para subsistir y, cosa que según nuestro código ético lo tendría que justificar, lo paga con creces a través del sufrimiento. No creo que un mendigo tenga nada de especial que lo tenga que situar en una clase diferente del resto de personas, nada que dé derecho a la mayoría de hombres de hoy en día a despreciarlo.
»Entonces surge la pregunta: ¿por qué se desprecia a los mendigos? (ya que es evidente que se los desprecia universalmente). Creo que es por la simple razón de que no consiguen ganarse bien la vida. En la práctica a nadie le importa si un trabajo es útil o inútil, productivo o parasitario; la única cosa que se exige es que sea rentable. Detrás de todo lo que se habla hoy día sobre energía, eficiencia, servicio social, etcétera, ¿qué hay sino la idea de "ganar dinero, ganarlo legalmente y ganar mucho"? El dinero se ha convertido en la gran prueba de la virtud. Los mendigos no superan esta prueba, y por tanto se los desprecia.»
Dentro de estas vivencias, de esta caída en la miseria y el desprecio, lo que siempre nos acompaña como un fantasma es la sensación de que esto le pasó a George Orwell, ese autor que iba a escribir 1984, Rebelión en la Granja y otros libros de valía. La idea de que esto le sucedió a una persona por encima de los valores que consideramos mínimos. Nadie le preguntó qué sabía hacer, nadie movió un dedo por situarle según sus capacidades, y tuvo suerte de que un amigo le pudo conseguir un empleo decente al final. No es, por supuesto, el único caso. La moral es que la pobreza está cerca de cualquiera, no importa lo que haya hecho, para qué valga o si es alguien excepcional, si tiene estudios o no o si su situación es sobrevenida o voluntaria. La miseria lo cubre todo y su pátina se vuelve desprecio y marginación.
La sensación de que lo normal es que se reciba el extrañamiento. Lo milagroso, lo excepcional, no es que Orwell estuviera en la misera, sino que lograra salir de ella. No es algo como para sentirse orgullosos, socialmente hablando.
Y esto le sucede, lo hacemos, a los que tenemos al lado. Imagínense lo que les sucede a los pobres, lo que le hacemos a los pobres de otros países.
Las últimas palabras de este libro son quizá un primer paso que dar en cambiar nuestra forma de pensar. Aplíquenlas al vecino y al extraño, al compatriota y al extranjero:
«De todas maneras, puedo apuntar una o dos cosas que sin duda he aprendido después de vivir sin blanca. No volveré a pensar jamás que todos los vagabundos son un hatajo de borrachos facinerosos, ni esperaré que ningún mendigo se sienta agradecido cuando le dé un penique, ni tampoco me sorprenderá la falta de energía de un hombre que no tiene trabajo, ni me inscribiré en el Ejército de Salvación, ni empeñaré la ropa, ni rechazaré un folleto de propaganda, ni comeré a gusto en un restaurante de lujo. Por algo se empieza.»





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Històries Naturals, de Jules Renard

(Histoires Naturelles)
Eds. de 1984
Barcelona, 1999 [1896; 1909; 1926]
Ilustraciones de Henri de Toulouse-Lautrec

Jules Renard (1864-1910), autor más próximo al modernismo que al naturalismo, escritor directo («una descripción que pasa de las diez palabras ya no es visible»), compuso estos 84 retazos de animales y la vida campestre, de estilos variados que van desde la descripción aguda, la fábula recontada o transformada, la personalización, la alegoría, la metáfora hasta (los más) los poemas en prosa.
Con una brevedad que aumenta el efecto de cada uno de los textos, Renard muestra una singular perspicacia en sus escritos, que constituyen una auténtica delicia para el lector. En su conjunto, forman una singular obra de amor, que evocará la nostalgia de la vida en el campo, la necesaria contemplación de la vida natural no como algo ajeno sino como un gran fresco en el que integrarse y (para el lector moderno) la melancolía de un mundo en trance de desaparición, de una campiña que cada vez más se parece a un desierto creado por el hombre o a un arrabal ciudadano que civilizamos sin piedad y que, con el paso del tiempo, conformará un recordatorio de un jardín (tal vez no paradisíaco, pero sí natural) del que no dejaremos rastro.
Como ejemplos de esta prosa, valgan estos:

La Lagartija:
«Hija espontánea de la piedra hendida en la que me apoyo, se me encarama al hombro. Ha pensado que yo prolongaba la pared porque estoy inmóvil y porque llevo un sobretodo de color mural. Esto halaga, no obstante.»

La Lagartija II:
«La Pared: No sé qué escalofrío me recorre la espalda.
»La Lagartija: Soy yo.»

La Serpiente:
«La diezmillonésima parte de un cuadrante de meridiano terrestre.»

El Saltamontes:
«¿Acaso es el gendarme de los insectos?
Todo el día salta y se afana en persecución de invisibles furtivos que no atrapa jamás.
No lo detienen ni las hierbas más altas.
No le da miedo nada, porque tiene botas de siete leguas, un cuello de toro, la frente genial, el vientre de una carena de barco, alas de celuloide, cuernos diabólicos y un gran sable detrás.
Como no se pueden atesorar las virtudes de un gendarme sin poseer sus vicios, todo hay que decirlo, la langosta masca tabaco.
Si miento, persíguelo con tus dedos, juega con él a las cuatro esquinas y, cuando lo hayas cazado, entre dos saltos, sobre una hoja de alfalfa, obsérvale la boca: por entre las terribles mandíbulas, secreta un jugo negruzco de nicotina.
Pero ya no lo tienes. El arrebato de saltar se lo lleva. El monstruo verde se te escapa con un brusco golpe de genio y, frágil, desmontable, te deja en la mano un muslito.»

El Martín Pescador:
«No han picado, esta tarde, pero me llevo a casa una rara emoción. Mientras pescaba caña en mano, ha venido a posarse sobre ella un martín pescador.
Ningún otro de nuestros pájaros brilla tanto.
Parecía una gran flor azul al extremo de un largo tallo. La caña se doblaba bajo su peso. Yo no respiraba, lleno de orgullo porque un martín pescador me tomara por un árbol.
Y estoy seguro de que no ha emprendido el vuelo por miedo, sino que debía pensar que no hacía otra cosa que pasar de una rama a otra.»

La Luciérnaga:
«¡Una gota de luna entre la hierba!»

La Pulga:
«Un grano de tabaco con resorte.»

El Ciervo:
«Entré en el bosque por un extremo del camino, cuando él llegaba por el otro.
Pensé primero que alguna persona forastera avanzaba con una planta en la cabeza.
Después distinguí el arbolito enano, de ramas separadas y sin hohas.
Por último apareció a ojos vista el ciervo y los dos nos detuvimos.
Yo le dije:
─Acércate. No tengas miedo. Si llevo escopeta, es por apariencia, para imitar a los hombres que se toman en serio. No la hago servir jamás, y dejo los cartuchos en el cajón.
El ciervo escuchaba y olía mis palabras. En cuanto hube callado, no dudó ni un momento: sus piernas se movieron como tallos que un aliento de viento cruza y descruza. Huyó.
─¡Qué lástima! ─le grité─. Ya soñaba con que hacíamos camino juntos. Yo te ofrecía, de mi mano, las hierbas que te gustan, y tú, con andar de paseo, me llevabas la escopeta de través sobre tu ramaje.»

Renard ha sido influencia (y por su concisión y perspicaci, benéfica) para innumerables escritores: entre los más cercanos, Joan Perucho, Sagarra, Josep Pla, Eugeni D'Ors, y entre los foráneos, André Gide, Somerset Maugham...
Estos relatos, en francés, pueden escucharse aquí.
Toulouse-Lautrec realizó para el libro unas primorosas ilustraciones.
Y este es uno de esos libros con banda sonora: En 1906, Maurice Ravel compuso cinco "Historias Naturales" sobre las de Renard: El Pavo Real, El Grillo, El Cisne, El Martín Pescador y La Pintada.

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L'Home que Va Confondre la Seva Dona amb un Barret, de Oliver Sacks

(The Man Who Mistook His Wife for a Hat)
Ed. Enciclopèdia Catalana/Proa, col. Proa Butxaca
Barcelona, 2004 [1985]

Con El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero sucedió una cosa curiosa. Publicada en castellano, empezó una serie de recomendaciones boca de lector a oreja de lector que hicieron que fuera adquiriendo unas ventas consistentes, hasta el punto que, puesto que los lectores acudían a las secciones de literatura en su búsqueda, algunas librerías optaran por tenerlo expuesto en dos lugares: en la sección de medicina/psicología (su lugar natural) y en la sección de narrativa.
¿Confusión? ¿desconocimiento? Creo más bien en una intuición razonable del público. Este libro constituye en la descripción de una serie de casos neurológicos extremos, tan extravagantes o llamativos que parecen ir más allá de la ciencia y adentrarse en la ficción. Si consideramos que Peter Brook escribió una obra de teatro, y Michael Nyman una ópera en un acto sobre el caso que da título al libro, podemos decir que el público (como casi siempre) tenía razón.
La carga científica del libro es ligera. No es reprochable. Se trata de un libro más para motivar a la reflexión que para la práctica clínica o la exposición congresual. Tampoco sostiene tesis ni aporta discursos. No me molesta. No le pido a los libros que necesariamente abonen modos de pensamiento ni ofrezcan moralejas. En este caso, cada lector tiene la capacidad de pensar y encontrar lo que quiera. Es seguro que algunos no verán más allá de la exhibición de fenómenos que podría constituir el libro, mientras que otros rememorarán casos, tal vez no tan extremos, que hayan conocido.
Pero, más allá de la curiosidad o el conocimiento de que tales cosas pueden suceder (el hombre del título realmente confunde a su esposa con un sombrero; la mujer que oye piezas musicales, fieles al original, de forma continua; los pacientes con síndromes de Tourette, repletos de tics; los miembros "fantasmas" de los amputados; la anciana que, por una neurosífilis, recupera el ánimo juvenil y el gusto por el flirteo [y si les suena, pues, en efecto; este caso, casi palabra por palabra, fue una trama secundaria de un episodio de la serie House]; el hombre con amnesia inmediata que reinventa la realidad y a sí mismo continuamente; el hombre que se "detuvo" en 1945; y muchos otros), más allá de eso, a mí me motiva pensar, en primer lugar, en lo tenue de la frontera entre la función y la disfunción (y téngase en cuenta que hablamos de casos neurológicos, no psiquiátricos; no son producto de causas externa, traumas o dificultades de relacionarse con el mundo "real" o "cuerdo", o producto de un declive cada vez mayor, sino de causas químicas, fisiológicas, que suelen presentarse como cae un relámpago); son personas "normales", con una mente "normal", pero las dolencias que sufren comportan de inmediato el rechazo y la incomprensión sociales.
Y también hacen que sienta una intensa pena (no lástima, ni compasión caritativa) por ellos. Por unas vidas plenas y saludables que se ven destrozadas de repente por una dolencia que les impide seguir con esas vidas y les relega a la categoría de "mochales" o "majaretas", sin importar que fueran (¡sean!) excelentes músicos, eficientes ejecutivas de publicidad o magníficos obreros de la construcción.
En este sentimiento, permítaseme que me aparte de los libros por unos momentos (este blog tiene carácter errabundo, no lo olviden). Sacks nos relata dolencias y casos que han incapacitado, destrozado vidas. En los mejores casos han podido adaptarse, pero tendrán que vivir siempre con el rechazo o medicarse de por vida. Son dolencias que no querríamos para nadie.
¿Pueden existir dolencias que representen una bendición, que sean admirables? Sí; esos seres que son capaces de hacer cosas que ni siquiera soñamos se llaman savants o, según la desafortunada expresión popular, "sabios idiotas". Sacks trata unos pocos de esos casos en su libro. Pero, a veces, y sobre todo en el ensayo, una imagen puede valer todavía más que las palabras. Hace pocos años vi una serie documental de televisión que trataba sobre ellos, Beautiful Minds, en tres capítulos. Lamentablemente, sólo corren por internet unos fragmentos, y los tres episodios completos en http://www.teachers.tv/, pero sólo para uso en el Reino Unido. Se los recomiendo vivamente, si tienen la oportunidad. No trata a esas personas como fenómenos de feria, sino como lo que son: las joyas de la disfunción, el límite a lo que puede llegar el ser humano, salvo porque a ese límite, por razones que desconocemos, lo acompañan maldiciones igualmente terribles: autismo, incapacidad de relación, imposibilidad de realizar acciones que todos damos por hechas. Si ven esos documentales sentirán admiración, pero también cariño y comprensión por esos seres humanos.
Así debe ser. Pero tengamos también ese cariño y esa comprensión por aquellos que padecen la maldición sin tener a cambio nada que les atraiga la simpatía de los demás.

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Mientras Escribo, de Stephen King

(On Writing)
Plaza & Janés
Barcelona, 2001 [2000]

¡Qué manía esta de cambiar títulos! El original dice "Sobre el Escribir", aunque podría traducirse como "Sobre la Escritura".
No se trata de ficción, sino de un manual para escritores, presentes y futuros. He leído unos cuantos métodos de escritura creativa publicados en España. Cosa curiosa, escritos por gente a la que no conozco de nada. A pesar de sus títulos, rimbombantes, llenos de promesas incumplidas, bien podrían titularse "Cómo Redactar" (los mejores), "Cómo aconsejar sobre escribir sin haber publicado jamás", "Cómo escribir, publicar y no ser leído, como es mi caso" o "Cómo conseguir que te paguen por un libro inútil (este)". O también "Cómo hacer un manual con una colección de obviedades" (los peores): sepa ortografía, cuide la gramática, divida el texto de tanto en tanto en eso que llaman párrafos. Los mayores logros de todos ellos son que sí han hecho escritores a alguien: a sus autores.
Stephen King es una persona inteligente (muy inteligente), conocedor de su oficio y, sobre todo, un tipo honesto. No escribe esto por necesidad, ni por la fama, ni por el dinero, sino con una sincera voluntad de ayudar y desde una experiencia meditada, con éxito y con un sano valor altruista.
¿Es sólo un manual para escribir best-sellers al estilo King? No. El autor (¿les he dicho ya que es inteligente?) destila los principios de la buena escritura, estructura y argumentación desligándolos de cualquier género o estilo. Repite una y otra vez: "Escribe sobre lo que sepas". Y si no sabes pero te apetece, documéntate y entonces escribe. Por citar textualmente: "No hay ninguna necesidad, ninguna en absoluto, de escribir encorsetadamente y con una óptica conservadora, como no la hay de escribir prosa experimental y no lineal [...]. Tienes a tu disposición tanto lo tradicional como lo moderno. ¡Como si te apetece escribir al revés! Pero, tomes el camino que tomes, siempre llega el momento de evaluar la calidad de lo que se ha escrito. Me parecería mal que cruzara la puerta del estudio un cuento o novela de cuya legibilidad no estuviera seguro el autor. No se puede gustar en todo momento a todos los lectores, ni siquiera a una parte, pero por favor, esfuérzate en gustar a veces a un sector del público. Creo que lo dijo William Shakespeare".
El libro está estructurado en varias partes: "Currículum Vitae", que cuenta unos pocos episodios que marcaron la vocación y carrera de escritor del autor, "Qué es escribir" (pues eso), "Caja de Herramientas", sobre las que emplea (tiene que emplear) cualquier escritor, "Escribir", sobre cómo encarar (con las anteriores herramientas) el proceso creativo, de publicación y de profesionalización del escritor, una "Postdata: Vivir" y unas coletillas: un ejemplo de primera redacción y de primera revisión y una lista de libros que King leyó y le gustaron en los cuatro años precedentes a la escritura del libro (96 títulos, de todos los estilos).
Es un libro ameno, que habla de tú al lector y que casi no deja piedra por remover de los procesos creativos. Un libro abierto, además, con muy pocas reglas de oro y muchos consejos que ayudan, más que dirigen, al futuro autor. Un libro honesto.
Traducción vacilante y descangayada (por no decir mala) la de la edición española. Y nunca el tema de un libro mereció mejor suerte en su tratamiento del lenguaje.

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Against the Day, de Thomas Pynchon

Jonathan Cape/Random House
Londres, 2006 [2006]

Novelón (como acostumbra) de largo alcance y extensión, en buena/mala hora me puse a leer la última obra de Thomas Pynchon. Buena porque, aunque leer a Pynchon es un placer que debe desarrollarse con la práctica, como comer caracoles o sushi, en mala hora porque es imposible resumir una novela de Pynchon, como así admiten sus editores. Disculparán ustedes la dispersión y lo vago de los pensamientos que siguen.
Empecemos por lo obvio. Pynchon es autor de obra escasa (pero extensa), y tiene justa fama como novelista irreductible. Menos conocido físicamente que Salinger, mantiene el anonimato hasta el máximo extremo. Sin duda esto le habrá privado de premios (sólo tiene el National Book Award) y de una importante serie de ingresos extra. A lo que parece, le importa un rábano (a menos que algún día nos enteremos de que también publica novelas con seudónimo, y esto sería una de aquellas bromas definitivas que sin duda le encantarían).
Pynchon o el anarquismo ilustrado. Pynchon o la paranoia necesaria. Pynchon contra el estado. Pynchon contra las verdades supuestamente evidentes. Y todo con una sonrisa irónica en los labios y en las palabras.
Against the Day tiene lugar en el mundo del cambio del siglo XIX al XX. Es un mundo alternativo al nuestro, pero no demasiado, si uno se para a pensarlo. Es la época donde empezaba a intuirse la guerra inminente por la energía y los recursos. Cuando se formularon , en una auténtica y estrambótica revolución científica, las teorías más disparatadas: la Tierra Hueca, la hipótesis del Éter, el control aéreo mediante dirigibles, la utilización del magnetismo como fuente de energía, etc. En la novela de Pynchon, todas son ciertas.
¿Ciencia-ficción? Sí, pero empleada como una fábula colosal para mirar una época de nuestro planeta más crucial de lo que parece.
¿Discurso político? Por supuesto, pero no un panfleto. La técnica de Pynchon consiste en decirnos que no se van a contar grandes verdades en frases grandilocuentes , sino que se describirán pequeñas verdades que, todas juntas, pueden conformar un cuadro monstruoso en el que estamos metidos, con una gran dosisi de engaño por parte de los grandes poderes oligárquicos.
¿Es Pynchon un paranoico? Sí y no. Sí porque la experiencia nos dice que en muchas ocasiones los gobiernos no nos han explicado TODA la verdad sobre TODAS sus acciones, de modo que la moraleja es que cierta paranoia, cierto escepticismo si ustedes quieren, son necesarios. No, porque Pynchon no aboga porque esta paranoia sea la rectora de nuestras vidas.
¿Es Pynchon un anarquista? Sí. Pero ilustrado. Lo que dice Pynchon no es que sea necesario dinamitarlo todo (aunque en la novela la dinamita es casi un personaje más; cosas de la época), pero sí una cierta insumisión. Contra la pretensión de que nos convirtamos en borregos y digamos a todo amén, defiende que cada cual vaya a pastar fuera del rebaño si así lo desea.
La novela de Pynchon está repleta de personajes. No es una novela coral. Para serlo, tendría que reunirse esa multitud en un lugar, y eso no sucede. La técnica de Pynchon es contarnos pequeñas historias, personaje a personaje. En un momento dado, un personaje se encuentra con otro y componen una variante argumental. Es como un tapiz: se tienen una serie de fibras, teñidas estrambóticamente, que sueltas nada significan o significan la misma fibra en sí. Es cuando se entrecruzan (cuando se forma la trama) de una determinada manera cuando se forma la imagen completa. Y esa imagen no es un retato, sino todo un mundo. Es prodigioso.
Podemos preguntar si esos innúmero personajes son necesarios. No sólo necesarios, sino imprescindibles, porque sus historias no sólo son utilitarias a efectos generales, sino a nivel particular. Cada una de ellas es una narración en sí misma. Gran narrador, Pynchon emplea todos sus recursos con sabiduría. Esos personajes interesan, y son únicos en su género, suscitando sobre todo curiosidad por su suerte.
¿Es posible obviar algo del texto? Con rotundidad, no. Against the Day tiene 1.085 páginas, pero saltarse un párrafo es perder un detalle de la trama o un rasgo del personaje.
Y, finalmente, el tono. Muchas veces es irónico, cómico en ocasiones, como si asistiéramos a una farsa o a una comedia de situación. No se engañen. La ironía o la comicidad no empañan lo que se nos quiere contar; y entonces, con naturalidad, se pasa al drama. Pocos escritores tienen este dominio de las situaciones. Porque es fácil pasar de lo trágico a lo cómico (y a veces algunos escritores lo logran muy a pesar suyo), pero en extremo difícil hacerlo a la inversa.
Es difícil adquirir el gusto por Thomas Pynchon. Al principio no hace más que presentarnos muchos personajes, dispares, que parece que no tienen nada que ver entre sí, pero que finalmente convergen y se entrecruzan para formar un tapiz prodigioso, repleto en detalles y delicadezas. Es difícil adquirir el gusto por Thomas Pynchon, pero es un esfuerzo que rinde beneficios al ciento por ciento.

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Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce

(The Devil's Dictionary)
Ediciones del Dragón/col. Biblioteca del Dragón
Madrid, 1986 [1911]
Trad de Rodolfo Walsh

Vamos a ponernos cínicos [ Cínico: Miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como debieran ser. Los escitas acostumbraban a arrancar los ojos a los cínicos para mejorarles la visión].
Ambrose Bierce, llamado "Bitter" (Amargo) Bierce, personaje que inspiró al Gringo Viejo, excombatiente de la Guerra de Secesión, gran cultivador del relato fantástico y de la narrativa en general, de la fábula postesópica, gran pilar, junto a Mark Twain, del primer periodismo norteamericano, maestro del humor negro, tuvo la ocurrencia de compilar definiciones demoledoras, crueles, cínicas, reales, cargando contra todo lo que se moviera o no. Reflexivo, pesimista (¿realista?), que cien años después el 99% de estas definiciones se mantengan vigentes es la mayor demostración de lo poco que hemos cambiado. O la mayor vergüenza de la humanidad.
Unas degustaciones:
Genealogía: Estudio de nuestra filiación hasta llegar a un antepasado que no tuvo interés en averiguar la suya.
Aborígenes: Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.
Absoluto: Independiente, irresponsable. Una monarquía absoluta es aquella en que el soberano hace lo que le place, siempre que él plazca a los asesinos. No quedan muchas: la mayoría han sido reemplazadas por monarquías limitadas, donde el poder del soberano para hacer el mal (y el bien) está muy restringido; o por repúblicas, donde gobierna el azar.
Ignorante: Persona desprovista de ciertos conocimientos que usted posee, y sabedora de otras cosas que usted ignora.
Justicia: Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.
Alá: El Supremo Ser Mahometano, por oposición al Supremo Ser Cristiano, Judío, etc.
Aire: Sustancia nutritiva con la que la generosa Providencia engorda a los pobres.
Amistad: Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.
Responsabilidad: Carga desmontable que se traspasa fácilmente a las espaldas de Dios, el Destino, la Fortuna, la Suerte, o el vecino. Los aficionados a la astrología suelen descargarla en una estrella.
Favor: Breve prólogo a diez volúmenes de exacción.
Africano: Negro que vota por nuestro partido.
Litigante: Persona que está por entregar la piel con la esperanza de conservar los huesos.
Aplauso: El eco de una tontería. Monedas con que el populacho recompensa a quienes lo hacen reír y lo devoran.
Erudición: Polvillo que cae de un libro a un cráneo vacío.
Después de esta breve muestra de cómo no dejar títere con cabeza, si desean saber más, lean el resto del Diccionario del Diablo. Y para terminar, conózcanse a sí mismos:
Hombre: Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.
¿Escrito en 1911, o en 2008?

[Lean el texto completo del Diccionario del Diablo en inglés, gracias al Proyecto Gutenberg, en este enlace]

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Contra la Censura. Ensayos sobre la Pasión por Silenciar, de J. M. Coetzee

(Giving Offense: Essays on Censorship)
Random House Mondadori/Debate
Barcelona, 2007 [1996]

En primer lugar, precisemos que el título original es levemente diferente de la traducción castellana. Vendría a decir: "Ofendiendo: Ensayos sobre la Censura". NI contra nada, ni pasiones desatadas por silenciar. Comprendo que la traducción castellana es más rotunda, más comercial, pero ¿es necesario corregir a un premio Nobel y a su editor estadounidense [la Universidad de Chicago]? ¿Y por dos veces?
Sin duda, en este país, se tiene la impresión generalizada de que la censura es cosa del pasado y asociada a regímenes autoritarios. A poco más de un año del secuestro de una revista en España (satírica, además; ni todas las democracias han podido salvaguardar el animus jocandi cuando se refiere a ciertas personas, al parecer siendo el mensaje, "con respecto a ciertas cosas, ni en broma"); después del debate europeo (de los ¡oh tan civilizados! europeos) sobre las caricaturas de Mahoma, sólo se puede llegar a la conclusión de que aquí se puede hablar de todo... menos de lo que no se puede hablar. La principal conclusión de políticos y analistas fue que una cierta "autocontención" por parte de los autores era deseable. "Autocontención" si lo miran bien, verán que lo que quiere decir a las claras es "autocensura", un concepto que, como demuestra Coetzee, es el fin último de la censura, siendo la máxima aspiración de esta el quedar como una estructura residual y casi autodestruída, habiendo conseguido que el papel de censor lo interpreten los propios autores.
Así pues, la censura, institucional o no, sigue existiendo, en España, en Europa, en las sociedades "civilizadas" y, por supuesto, en las autoritarias, semiautoritarias y en transición.
Hay muy poco escrito sobre la censura, ensayos sobre su naturaleza, claro está. Y sólo recuerdo uno sobre la censura en el franquismo, donde se reseñaba (entre otras cosas) la mutilación y censura de un discurso del propio Franco. Mirando la bibliografía que acompaña el texto de Coetzee, esta escasez parece ser internacional.
Por desgracia, sólo un tercio del libro, aproximadamente, está dedicado a estudiar la censura en abstracto. Los otros dos terccios se dedican a casos concretos: la censura a la pornografía en El Amante de Lady Chatterley; la censura soviética (Osip Mandelstam, Solzhenitsin, Zbigniew Herbert); la censura del apartheid sudafricáno. Son ejemplos ilustrativos y muy interesantes (y sobre el apartheid es casi seguro que es lo primero que se publica en español), donde se dicen cosas valiosas, pero el excesivo detalle siempre tiene el riesgo de fijarse en el roble y perder de vista el robledal.
Pero, y remarcando de nuevo que esos ejemplos son impresionantes en su análisis y pueden constituir la base de estudios futuros, Coetzee hace, en un análisis abstracto y caracteriológico de la censura, una labor fundamental, que descubre las contradicciones y esencias de una actividad que no sólo es enfermiza, redentorista y autodestructiva, sino que lleva en sí misma las semillas de su propio ridículo.
Por escasez de libros semejantes y lucidez de pensamiento, es este un libro imprescindible para comprender esa manía por imponer preceptos y (de)formar mentalidades.

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Aviso, o vamos a bajar el ritmo...

Bueno, superadas las cincuenta entradas, lo que quiere decir que se ha llegado a la cincuentena de libros comentados en dos meses y medio, que no está mal, ha llegado la hora de moderarnos un poco en el ritmo. Primero, porque el objetivo de dar un poco de cuerpo al blog está cumplido. Segundo, por darles a ustedes un respiro; son ustedes bienvenidos las veces que quieran y cuando deseen, pero no quiero forzar a que una presencia casi diaria les hastíe. Tercero, porque hasta yo soy humano, y merezco leer ciertos tochitos de libros con algo más de tranquilidad (por no hablar de los libros que no comento, por mediocres y malos, y que me entorpecen la lectura de los buenos).
De modo que cuenten ustedes con dos entradas a la semana, los martes y los jueves.
Como ven, tampoco es una reducción tan drástica.
Gracias.

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Els Evangelis Apòcrifs, Vol. I, al cuidado de Armand Puig i Tàrrech

Raval Edicions/Proa
Barcelona, 2008 [>s. I d.C.]

No es mi intención analizar aquí los Evangelios Apócrifos de forma teológica, ni por su influencia religiosa; John Milton lanzó su famosa sentencia "No leerás la Biblia por su prosa", pero no es tampoco mi cometido decir cómo y de qué manera tiene que leer uno la Biblia, los Apócrifos, el Corán o cualquier otro de los textos sagrados de las diversas religiones. Es, naturalmente, asunto de conciencia e individual.
Hay un convencimiento (promovido últimamente por ciertas novelas) de que estos Evangelios Apócrifos han sido difíciles de encontrar y leer, como si fueran editados de forma clandestina, hereje y subversiva. No tal. Es evidente que la Iglesia católica, y las Iglesias cristianas en general, no han promocionado activamente su lectura, pero una editorial católica (estructuralmente católica, quiero decir) como la Biblioteca de Autores Cristianos los ha tenido siempre en su catálogo. Si comento esta edición en catalán es por ser la más reciente, y la que incorpora los hallazgos que en este campo se han producido en los últimos años. [este primer volumen consiste en los no-gnósticos, mientras el segundo se dedica a los evangelios gnósticos, incluyendo el recientemente encontrado y traducido Evangelio de Judas].
Con los Apócrifos ha sucedido una cosa curiosa. No han sido considerados canónicos, pero las diversas Iglesias han encontrado en ellos detalles que han incorporado al relato de la vida de Jesús. ¿Quiénes eran los Reyes Magos? ¿Cómo se llamaban los dos ladrones? ¿De dónde sale el nombre de Longinos? Historias de la infancia de Jesús que no aparecen en la Biblia canónica me han sido explicadas en clase de Historia Sagrada, y tienen su origen en estos apócrifos.
Fue poco antes de terminar de leer este volumen que recordé que Jorge Luis Borges los había incluido en su "Biblioteca Personal". He aquí algo de lo que decía al respecto: "Este libro no contradice a los evangelios del canon. Narra con extrañas variaciones la misma biografía. Nos revela milagros inesperados. Nos dice que a la edad de cinco años Jesús modeló con arcilla unos gorriones que, ante el estupor de los niños que jugaban con él, alzaron el vuelo y se perdieron en el aire cantando. Le atribuye asimismo crueles milagros, propios de un niño todopoderoso que no ha alcanzado todavía el uso de la razón. Para el Antiguo Testamento, el Infierno (Sheol) es la sepultura; para los tercetos de la Comedia, un sistema de cárceles subterráneas, de topografía precisa; en este libro es un personaje soberbio que dialoga con Satanás, Príncipe de la Muerte, y que glorifica al Señor.
"Junto a los libros canónicos del Nuevo Testamento estos Evangelios Apócrifos, olvidados durante tantos siglos y recuperados ahora, fueron los instrumentos más antiguos de la doctrina de Jesús".

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Aciago Encuentro en Lankhmar, de Fritz Leiber

(Ill Met in Lankhmar)
En Espadas y Demonios (Swords and Deviltry)
Ed. Martínez Roca, col. Fantasy
Barcelona, 1985 [1970]

Existe una especie de pozo mítico en el cual se incorporan arquetipos y personajes que, por un extraño mecanismo de la mente humana, son conocidos y reconocidos incluso por aquellos que no han leído las historias de las que surgen o las películas que los presentan. Así, ese extraño fenómeno se produce con el vampiro o Drácula, el monstruo de Frankenstein (que en el pozo mítico adquiere el nombre de su creador), el sheriff que lucha en solitario, Jekyll & Hyde, el Pirata del Caribe, etc.
Entre ellos se halla el guerrero bárbaro, en general, y si vamos a poner nombre al arquetipo, llamémosle Conan el Bárbaro. Surgido de las epopeyas griegas (el arquetipo, no Conan; éste es la quintaesencia arquetípica, obra de Robert E. Howard) y antes incluso (si admitimos cierta influencia babilónica), sus atributos, criticables o no, son los del mucho músculo y poco cerebro, una moral primitiva entre el bien y el mal sin matices, un imprescindible vagabundear, la tendencia a solventar situaciones de manera expeditiva, el ansia de gloria por esta en sí, desprecio por las sofisticaciones y, cómo no, un machismo extremo (existe también otro personaje convertido en arquetípico, la princesa guerrera, menos potente, porque la cultura humana ha incorporado el feminismo hace muy poco tiempo y porque la cultura, en general, lleva un largo recorrido de machismo; su característica culminante, aparte de una mayor sofisticación que su contrapartida masculina, parece ser la patada en la entrepierna del incauto macho que se le cruza por delante).
Todo esto conlleva un rechazo extremo por parte de la intelectualidad. Es, como decíamos, un personaje poco refinado. Y la cultura parece consistir en el abandono, la superación, la sublimación y la sustitución de ciertas pulsiones basales. Pero sigue siendo una crítica que muestra impotencia, porque por mucho que el ser humano se refine, esas pulsiones siguen teniendo su importancia, aun residual, y sólo hay que mirar al mundo que nos rodea para comprender que es así. De modo que desdeñar la fantasía heroica , brutal como pueda ser, es una actitud que debería revisarse. Desdéñese, sí, pero conózcase antes. Porque es una faceta a estudiar del ser humano.
Sin embargo, el problema del bárbaro es que es repetitivo por naturaleza, y con un comportamiento más predecible que el de un toro bravo ante un trapo rojo.
De modo que era sólo cuestión de tiempo que alguien recogiera el arquetipo y lo desmontara y modificara para, conservando sus características, llevarlo más allá, hasta la inteligencia. ¿Y si el "bárbaro" fuera alguien refinado y capaz de razonar? ¿Y si el astuto personaje (ese Ulises que comparte campamento con toda la serie de brutos aqueos) adquiriera las habilidades y ferocidad guerreras que se le suponen al bárbaro? Ese alguien fue Fritz Leiber.
Dejemos hablar al propio Leiber: "Saga de Fafhrd [pronúnciese Fáferd] y el Ratonero Gris, los dos espadachines más grandes que jamás han existido en éste o en cualquier otro universo real o de ficción, maestros del acero más hábiles incluso que Cyrano de Bergerac, Scar Gordon, Conan, John Carter, D'Artagnan, Brandoch Daha y Anra Devadoris. Dos camaradas de la muerte y los sombríos comediantes para toda la eternidad, vigorosos, pendencieros, buenos bebedores, imaginativos, románticos, groseros, ladrones, sardónicos, festivos, siempre buscando aventuras a través del ancho mundo, condenados a toparse sin cesar con los enemigos más mortíferos, los adversarios más crueles, las muchachas más deliciosas y los brujos más horrendos, bestias sobrenaturales y otros personajes".
Es una buena, ¡qué digo!, es una excelente definición de los personajes, y déjenme añadir solamente, para marcar distancias, que el bárbaro norteño Fafhrd es también un bardo culto y refinado, y que el astuto Ratonero, aprendiz (y fracaso) de mago, tiene un punto de fanfarronería y extravagancia que están a punto de costarle muy caro en ocasiones. Con todo, y tal vez por sus debilidades y contrastes, son dos de los personajes más deliciosos de la narrativa fantástica (y de la otra).
Aciago Encuentro en Lankhmar, uno de los cuentos más premiados de la historia de la fantasía y la ciencia-ficción, es el encuentro definitivo entre ambos personajes, un encuentro que forjará una de las alianzas más potentes de la épica, y representa también la presentación de la muy fascinante ciudad de Lankhmar. Para conocer, sin desvelar, el argumento, no hay más que dirigirse al índice del libro (los índices de Leiber merecen ser leídos): "El segundo y decisivo encuentro de Fafhrd y el Ratonero Gris, en el que se cuenta algo de los males de la interminable niebla nocturna y el latrocinio organizado, de la ebriedad y vanidad de hombres y muchachas queridos y de las laberínticas maravillas y horrores de la Ciudad de los Ciento cuarenta mil Humos".
Con todo, una experiencia inolvidable.

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Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo

Ed. Espasa-Calpe, col. Austral
Madrid, 1975 [1575]

El tema de la conquista de México por Cortés ha adquirido unos tintes históricos que van desde la reformulación a la revisión, pasando por posiciones indigenistas, reivindicativas (en uno u otro sentido) e incluso revanchistas.
No voy a entrar en ello. Mi opinión es que la Historia es la que es, y aunque reconozco que es una prostituta que se vende al mejor postor (y éste suele ser el vencedor), me complacen los estudios que describen realidades y me irritan los que incitan al ajuste de cuentas, inspirados no tanto en el hecho histórico como en el sentimiento patriótico (y, como dijo no sé quién, el patriotismo es el refugio de los canallas). Si, como español, tuviera que prestar atención a antiguos agravios reales o supuestos, estaría enemistado con los romanos, los cartagineses, los godos, los árabes, los franceses, los ingleses, los holandeses, los estadounidenses y los propios españoles, entre otros. Como catalán, además, podría ampliar la lista hasta tener que increpar a medio mundo.
Por tanto, les ruego tengan en cuenta que una crónica escrita por un contemporáneo (y soldado a las órdenes) de Hernán Cortés no es sino la obra de alguien que estaba inmerso en una época con otros valores e ideas que sólo podemos intuir, y que puede ser leída a varios niveles:
Como crónica histórica, y en eso es valiosa por ser testimonio de primera mano. Como escrito de hombre de su tiempo, y hay que tener en cuenta que tenía justificaciones históricas, morales y religiosas para la conquista. Esto es inevitable, y si no justifica los hechos según la moral, porque esta es cambiante, sí lo hace personalmente. La estructura política, legal y moral era la que era, y Bernal se movía de acorde a esos valores.
También puede leerse como la visión de un observador de los hechos; y como soldado. Quisiera detenerme en estos dos últimos puntos.
Díaz del Castillo escribió su Historia Verdadera... en respuesta a la crónica de Francisco López de Gómara, que encontró llena de defectos, omisiones e inexactitudes. La de Gómara fue tomada durante siglos por crónica oficial, y eso nos da idea de cómo se escribe la Historia, y sobre todo de quién la escribe. Del Castillo, por estar presente y ser observador, pudo corregir esos errores, y ahí nos encontramos con lo que insiste una y otra vez: esto sucedió así, yo estaba allí, y esto sucedió asá, yo no estaba, pero me lo contó Tal y después Cual me lo volvió a contar de la misma manera. Lo que veo lo digo, y lo que no veo, pídanles cuentas a quienes así me lo contaron o hallen otros, si existen, que lo cuenten de otra manera. A esto se le llama, más que verdad, veracidad, y se ha comparado la obra de Bernal con otra crónica monumental, la de Ramon Muntaner sobre la expedición de catalanes y aragoneses a Oriente.
Como soldado, sabemos perfectamente donde estamos, es decir, en uno de los bandos, pero, como suele suceder entre los que pasan penalidades sobre el terreno y el campo de batalla, su visión de las cosas es más ecuánime que la del observador casual. Hay elogios no sólo a los aliados tlaxcalteños y totonacas, sino a los propios aztecas, enemigos valerosos y gente magnífica en todos los aspectos salvo en los sacrificios humanos y su religión. Hay que buscar a Alonso de Ercilla autor del último gran poema épico español , La Araucana, en principal elogio de los enemigos araucanos, para encontrar respeto semejante en una obra de la época.
Hay algo innegable en esta Historia, y es lo que promete: la verdad del soldado y del observador, y eso trasciende el texto. Lo que cuenta Bernal es totalmente creíble, cómo lo cuenta lo convierte en legible y ameno. La prosa de Bernal es casi la de una novela de aventuras.
Magnificada una y mil veces, principalmente obviando la participación indígena en apoyo de los conquistadores, la hazaña de Cortés puede someterse a mil y una revisiones. Pero sigue produciendo cierto vértigo la osadía de quinientos desgraciados que decidieron un día no volver atrás, dirigirse o a la muerte o a la gloria. Una aventura que les trae con todos sus detalles Bernal Díaz del Castillo.

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El Asesinato de John Fitzgerald Kennedy Considerado como una Carrera Automovilística en Sentido Descendente, de James G. Ballard

(The Assassination of John Fitzgerald Kennedy Considered as a Downhill Motor Race)
En Complete Short Stories
Flamingo
Londres, 2001 [1966]
[Los que deseen leer el relato en inglés, así como una versión inglesa del de Jarry, pueden hacerlo aquí]

En el post anterior les reseñaba que la obra de Alfred Jarry había tenido numerosas imitaciones, epigonismos y homenajes. En el caso de este relato Ballard, siguiendo fielmente la metodología de Jarry, no la emplea en ninguna de esas formas, sino que se aprovecha del método patafísico (que ha sido sabiamente definido como la deconstrucción de la realidad para su reconstrucción en el absurdo) como medio para construir un cuento con entidad propia, por varios motivos.
Primero, poniendo al mismo nivel de catástrofe (?) el asesinato de Kennedy y la crucifixión de Cristo.
Segundo, aprovechando el símil de competición deportiva para situar a los distintos personajes como competidores, organizadores y tramposos, con una figura a batir en una carrera.
Tercero, para plantear la pregunta definitiva que resultó en la descalificación a perpetuidad de Kennedy.
Cuarto, dándonos, como Jarry, la clave de cómo un hecho trascendente puede bien ser sólo un acto más en una comedia macabra que el ser humano se empeña en representar, nacida de sus propios temores y fracasos.
Por su brevedad, economía de medios y percepción, Ballard nos sitúa en este cuento ante una visión esperpéntica, dramática y en muchos casos ridícula del mundo en que vivimos. Una visión que, mirada con atención e inteligencia, no difiere mucho de la realidad. Una pequeña degustación de un autor al que los hechos han dado la razón en su pesimismo.

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La Crucifixión Considerada como una Carrera Ciclista en Escalada, de Alfred Jarry

(La Passion Considéré comme Course de Côte)
Le Canard Sauvage, 11-17 de abril de 1903

La traducción íntegra de este relato de Jarry es la siguiente:

Barrabás estaba inscrito, pero no se presentó.
El estárter Pilatos, sacando su cronómetro de agua o clepsidra, que le mojó las manos, a menos que simplemente hubiera escupido en ellas, dio la salida.
Jesús salió a toda velocidad.
En aquellos tiempos, según el buen cronista deportivo San Mateo, era costumbre de flagelar antes de la carrera a los ciclistas, como hacen nuestros cocheros con sus hipomotores. El látigo es a la vez un estimulante y un masaje higiénico. Así pues, Jesús, en plena forma, inició la escapada, pero rápidamente tuvo un pinchazo en un neumático. Las espinas sembradas por toda la carretera le acribillaron toda la rueda delantera.
Hoy día se puede ver la reproducción de esta auténtica corona de espinas en los escaparates de los fabricantes de bicicletas, como reclamo de sus neumáticos impinchables. Los de Jesús, unos single-tube de pista ordinarios, no eran de esa clase.
Los dos ladrones, que se entendían como si estuviesen en una fiesta, tomaron la delantera.
Es falso que hubieran clavos. Los tres representados en las imágenes son el desmontaneumáticos llamado "un minuto".
Pero es conveniente que nos refiramos primero a las caídas. Y que describamos en unas pocas palabras la máquina.
El cuadro es de invención relativamente reciente. Es en 1890 cuando vieron la luz las primeras bicicletas con cuadro. Anteriormente, el cuerpo de la máquina se componía de dos tubos soldados perpendicularmente uno al otro. Es lo que se denominaba como bicicleta de cuerpo derecho o de cruz. Así, Jesús, después de su incidente con los neumáticos, subió la montaña a pie, llevando al hombro su cuadro o, si lo prefieren, su cruz.
Hay grabados de época que reproducen fielmente esta escena, basados en fotografías. Pero parece que las carreras ciclistas, como consecuencia del accidente bien conocido que coronó de manera tan desagradable la carrera de la Pasión, y que ha puesto de actualidad el accidente similar del conde Zborowski en la escalada de la Turbie, fueron prohibidas cierto tiempo por decreto de la prefectura. Esto explica que en las revistas ilustradas, que reproducen la célebre escena, figuren bicicletas del todo fantásticas. Confundieron la cruz del cuerpo de la máquina con la otra cruz, la del manillar. Representaron a Jesús con las dos manos extendidas sobre su manillar, y hagamos notar a este propósito que Jesús corría tendido de espaldas, para disminuir la resistencia del aire.
Hagamos constar también que el cuadro o cruz de la máquina, como ciertas llantas actuales, era de madera.
Algunos han insinuado, erróneamente, que la máquina de Jesús era una "draisiana" (modelo inventado por el barón Drais de Sanerbron en 1818), instrumento bien inverosímil en una carrera de montaña, en escalada. Según los antiguos hagiógrafos ciclófilos Santa Brígida, Gregorio de Tours e Ireneo, la cruz estaba dotada de un dispositivo que ellos denominan "suppedaneum". No es necesario ser un gran filólogo para traducir: "pedal".
Justo Lipsio, Justino, Bosius y Erycius Puteanus describieron otro accesorio que todavía se encuentra, según informa Cornelius Curtius en 1634, en las cruces de Japón: un saliente de la cruz, de madera o de cuero, sobre el cual el ciclista se monta a caballo: se trata, evidentemente, del sillín.
Estas descripciones, por otro lado, no son menos fieles que la definición que dan hoy día los chinos de la bicicleta: "Pequeña mula que se conduce por las orejas y que uno hace avanzar dando golpes con los pies".
Abreviaremos el relato de la carrera en sí, relatada con todo lujo de detalles en las obras especializadas, y expuesta por la escultura y la pintura en los monumentos "ad hoc".
En la dura subida al Gólgota hay catorce curvas. Fue en la tercera en la que Jesús sufrió la primera caída. Su madre, en las tribunas, se alarmó.
El famoso entrenador Simón el Cireneo, que hubiera tenido la función, de no haber sido por el incidente de las espinas, de "tirar" delante de Jesús y cortarle el viento, cargó entonces con la máquina.
Jesús, aunque no transportaba nada, sudaba. No es cierto que una espectadora le secara el rostro, pero sí es exacto que la reportera Verónica, con su kodak, le tomó una instantánea.
La segunda caída tuvo lugar en el séptimo viraje, debido al pavimento demasiado grasiento. Jesús derrapó por tercera vez, sobre un raíl, en la décimoprimera curva.
Las mujeres de mala vida de Israel agitaron sus pañuelos en la octava.

El deplorable accidente de todos conocido tuvo lugar en la curva número doce. En ese momento, Jesús estaba esforzándose a muerte junto a los dos ladrones. Se sabe también que continuó la carrera como aviador... pero esa es una historia que se escapa de nuestro tema.
© de la traducción, Lluís Salvador, 2008

El texto original en francés lo pueden encontrar aquí

Alfred Jarry, autor genial, padre de Ubú, precursor de los surrealistas, humorista sarcástico y sangrante, inventor de la patafísica que tanto amó Julio Cortázar.
Y este texto suyo que ha sido imitado tantas veces, que puede tener todos los adjetivos que a uno se le ocurran, menos el de aburrido: irreverente, satírico, revelador, onírico, sacrílego, divertido, surrealista, idiota, ingenioso... Tal vez ejercicio de estilo, y eso nos llevaría a una genealogía que es real: Jarry es padre más o menos directo del teatro del absurdo, del surrealismo, de la OuLiPo, de Italo Calvino, Georges Pérec, Raymond Queneau, de la New Thing, de J. G. Ballard, de Michael Moorcock y de tantos otros en una genealogía que algunos definirían como infernal y de la que otros nos congratulamos.

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La Pantalla Chica, de Fernando Díaz-Plaja

Plaza & Janés, col. Testigos de España
Barcelona, 1974 [1974]

Ha caído en mis manos, un poco por casualidad, este libro, que analiza la televisión en España en una época en la que "disfrutábamos" de la presencia en pantalla de una sola cadena (la estatal), repartida en el canal 1 y en lo que algunos llamaron "el canalillo", la mayoría el UHF y hoy se ha convertido en la 2.
Hoy día "disfrutamos" de la así llamada diversidad de canales, pero puesto que, en conjunto, uno tiene la impresión que, aparte series notables (americanas en su mayoría) y otros programas (sospechosamente similares en número a los que teníamos en aquellas épocas de penurias catódicas), la calidad media de la televisión si no ha descendido, sí se ha mantenido en el bajo nivel en que estaba hace treinta años. De modo que emprendí la lectura de esta colección de artículos de prensa con la intención de ver si me quejo sólo por vicio, de si la nostalgia (¿de qué?) me imponía unas antiparras más bien reaccionarias del estilo de "todo tiempo pasado fue mejor", o si en el caso de la televisión he llegado a desarrollar un prejuicio que indica que todo lo que pasa por la pantalla plasmática, tefetera o tubícola es pura porquería. La experiencia ha sido cuando menos curiosa.
Fernando Díaz-Plaja fue, en tiempos, escritor de éxito, uno de los pocos autores que cultivó la ucronía en nuestro país, en una novela que pintaba la victoria de los republicanos en la Guerra Civil, por supuesto (los españoles somos un poco monotemáticos); sin demasiada brillantez, todo hay que decirlo. Pero también fue autor de una serie que pareció interminable, iniciada con El Español y los Siete Pecados Capitales. Este libro obtuvo unas ventas inmensas (para la época) y, dejando aparte que muchos españolitos se limitaran a leer el capítulo dedicado a la lujuria, era una visión aguda y con las adecuadas dosis de humor de la idiosincrasia del español medio, bajo y alto. De manera que uno puede fiarse de las dotes de observación de don Fernando. [También fui alumno de su hermano, el académico de número de la Real Academia Española Don Guillermo Díaz-Plaja, pero esa es otra historia].
Como suele suceder con los libros que observan "en caliente" un hecho, en este caso la televisión española de los años setenta, el texto no se aguanta hoy en día, e incluso al contemporáneo le cuesta recordar la mayoría de los programas que se citan, no digamos presentadores o corresponsales (y eso dice algo de lo efímero del medio). Y sin embargo, la observación inteligente del medio está ahí, y con ella una serie de conceptos muy apreciables, verbigracia:
"Dicen los críticos genéricos de la tv española que es de muy baja calidad. Naturalmente. Como es de baja calidad intelectual el público que la presencia. Pero esto ocurre en todas partes porque la masa, mientras no se demuestre lo contrario ─y es difícil─, será siempre «municipal y espesa»". "El peligro es que de tanto ofrecer bazofia al público, éste se ha acostumbrado a considerarlo manjar exquisito".
"Tener dos cadenas para escoger un programa es importante, tener cuatro no consigue doblar ese placer y tener doce no equivale a multiplicarlo por seis".
"La televisión no tiene razón de ser si no se ve lo que están explicando. La imagen tiene que existir siempre, y naturalmente al referirnos a imagen no hablo del torso de un señor que nos cuenta cómo va el mundo, mientras detrás, ¡oh gran concesión!, aparece un mapa".
"Algo que tampoco comprendo en la información televisiva es la cantidad de locutores que emplea. En la CBS hay un solo locutor llamado Walter Cronkite que lee absolutamente todas las noticias que a su mesa llegan, dejando paso solamente a la información desde fuera del estudio".
"«Ser uno mismo» es una frase muy empleada por actores y cantantes [...] ¿Por qué? Porque lo importantes es «ser fiel a sí mismo»".
"El famoso tiene que tener abiertas puertas y ventanas de su vida para calmar la curiosidad de los aficionados a su arte [...], a pesar de que, a veces, lancen a las ondas o a las columnas de los periódicos sus protestas... protestas que siempre son a media voz. Porque, en su manera de vivir, el peligro de que se ocupen demasiado de su vida privada es tan grave como que les olviden totalmente".
"[En] los programas concurso [...] el chico o grande que aparece ante las cámaras tiene que saber contestar, aparte de sus conocimientos. Como en meteorología, hay unos mínimos por debajo de los cuales no se puede dejar actuar a nadie".
"Tengo la impresión de que ha llegado el momento de que se prohíba la trata de niños. En la televisión especialmente".
"Lo que vale es que un grupo de españoles está compitiendo con otro de extranjeros; puestas así las cosas, evidentemente no se trata de comentar fríamente un partido sino de estar al lado de nuestros representantes como estaríamos con nuestros tercios de Flandes o con los conquistadores de América. Con la patria, ya se sabe, como con la madre, se está con razón o sin ella".
Con todo el tiempo pasado y visto lo visto, he de llegar a la conclusión de que la televisión de antes no era mejor que la de ahora. Tenía los mismos vicios. Sólo que ahora, la competencia los ha exacerbado hasta lo grotesco.

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The Unquiet, de John Connolly

Simon & Schuster, Inc./Atria Books
Nueva York, 2007 [2007]

En un tenderete de feria, un hombre se acerca a la atracción, a la hora de cerrar, y pide que su propietario ejerza su cometido y adivine a qué se dedica para vivir:
"─Usted causa dolor.
El extraño pareció divertirse.
─¿Es así? ─dijo.
─Usted hace daño a la gente.
─¿Ajá?
─Ha matado
[...]
El extraño sacudió la cabeza y se miró las manos, como asombrado en silencio por lo que habían revelado.
─Bien ─dijo por fin─. Reconozco que vale los cincuenta centavos de cualquiera, y no me equivoco. Esa es la historia. Esa es buena parte de la historia ─asintió para sí mismo─. Ajá ─dijo en voz baja─. Ajá.
─¿Quiere un premio? ─interpeló Dave─. Puede tomar un premio si me he equivocado [...]
─Nah ─respondió el extraño─, quédeselos. Me he entretenido. Usted me ha entretenido."
Años más tarde, ese hombre aparecerá de nuevo. Daniel Clay, un psiquiatra infantil especialiado en abusos, desapareció hace seis años. Y ese asesino empieza a acosar a la hija del doctor, obsesionado con la búsqueda de su propia hija, desaparecida por las mismas fechas. Rebecca Clay entonces recurrirá a los servicios del detectiva Charlie Parker ("Como el cantante" "Saxofonista" "¿Seguro que no era cantante?" "Seguro"). Pero Parker, como si fuera una maldición de la que no pudiera librarse, se encontrará de nuevo con algo que va más allá de la simple maldad humana, con una encarnación situada fuera de cualquier sistema legal humano.
El tema de los detectives de lo sobrenatural no es nuevo, y siempre ha gozado de éxitos parciales e incompletos. Seabury Quinn, Algernon Blackwood y tantos otros han logrado captar la atención del lector... en un principio. Después, la fórmula se ha convertido en repetitiva y, casi, en autoparódica.
Tal vez el éxito de John Connolly se base en que su personaje no es un "excéntrico", un psíquico, mentalista, parapsicólogo o similar, metido siempre en el mundo cerrado y aparte de lo sobrenatural, sino un detective normal, que se dedica a trabajos normales y aspira a una vida normal, pero que, muy a pesar suyo, se ve obligado a sufrir lo sobrenatural en su propia vida como si el hecho de haber sido tocado por la maldad en una etapa de su vida lo hubiera contaminado para siempre, le hubiera convertido sin remisión en una especie de fuerza compensatoria, pero comprendiendo que no hay nada de cruzada en ello, sino una especie de maldición.
Puede que lo que me atrae de las novelas de Connolly sea el hecho de que, trate el tema que trate, siempre tengo la curiosidad de ver hasta qué punto la vida de Charlie Parker sigue caminando hacia su destrucción anímica y personal o si, por el contrario, llegará un punto en el que Parker logrará redimirse de esta maldición que le azota y podrá por fin convertirse en una persona común y corriente. Es un hecho que en cada novela Connolly tensa la cuerda hasta el límite. En su haber hay que situar que, a pesar de ello, esa cuerda nunca llega a romperse y que jamás caiga en el ridículo o la parodia.
Pero no sólo de argumentos, por potentes que sean, vive un novelista y un personaje. Connolly trabaja con tipos que parecen increíbles, pero son a la vez plausibles. Irlandés que ha vivido en Estados Unidos un montón de años, ha hecho suya Nueva Inglaterra, una geografía que desde sus mismos inicios, desde la llegada de los Puritanos hasta los juicios de Salem, es tan infernal como el suelo de Meggido; en ese terreno, construye una atmósfera que da toda la impresión de no ser totalmente ficticia, sino muy real.
Una última advertencia. Charlie Parker se encuentra con situaciones, por lo general, que agreden a colectivos y personas por naturaleza vulnerables (en este caso, la pedofilia y el maltrato infantil), pero que no nos alcanzan como meros casos individuales, sino como temas que, en su conjunto, nos llevan más allá de la simple malicia o perversión humana, sino directamente hacia un concepto maligno que nos espanta porque vive en nosotros: esa capacidad tan humana de hacer de nuestros semejantes meros objetos en los que ejercer todas nuestras indulgentes aberraciones, toda nuestra sed de mal. No es lectura para corazones débiles.
Para los que deseen leer la serie por su orden debido (y es algo que recomiendo), este es:
-Every Dead Thing (Todo lo que muere)
-Dark Hollow (El poder de las tinieblas)
-The Killing Kind (Perfil asesino)
-The White Road (El camino blanco)
-The Black Angel (El ángel negro)
-The Unquiet (Los atormentados)

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Noticias del Mes de Mayo, de Julio Cortázar

En Último Round, vol. I
Siglo XXI Editores de España
Madrid, 1974 [1969]

Ocasiones habrá de hablar de las obras de Julio Cortázar, pero antes de que acabe el año en que se conmemora el cuadragésimo aniversario del Mayo del 68 en París, esa capital que debía tener por entonces unos veinte millones de habitantes, si hemos de creer a todos aquellos que dicen que estuvieron allí, era obligatorio visitar ese París con su mejor guía.
A mí, por edad, no me pilló el discernimiento suficiente como para entender lo que sucedía, y además estaba en una Barcelona más cercana a la de La Marge de Mandiargues que a la olímpica.
Han aparecido muchos libros conmemorando la fecha (el mejor, sin duda, el que compila los grafitos y afiches, y perdonen el galicismo, de ese mes prodigioso), pero o tienen un tono nostálgico o uno didáctico próximo al "bueno, fue una travesura estudiantil maravillosa, pero el mundo sigue, ¿no?"
Este poema de Julio Cortázar es más real, vívido y demostrativo de lo que fue esa revolución que aspiraba a ser permanente que cualquier estudio actual. También es un texto clarividente:

"Como esto durará tan sólo un día,
como esto durará tan sólo un tiempo o dos,
como esto o lo demás se acaba, le guste o no al Estado
o al Individuo (este pequeño Estado) esto se acaba porque
ya está naciendo el tiempo abierto el tiempo esponja"

Por supuesto, este "se acaba" se refería a la anterior visión de la sociedad, pero la clarividencia está en que todo tenía que acabarse, incluso esa revolución. Y acabó, como se sofocan estas cosas, con la sociedad antigua haciendo unas concesiones a la nueva. Pequeñas concesiones hechas con la intención de recuperarlas un día u otro.
Nicolás Sarkozy ha declarado públicamente que quiere liquidar los restos del Mayor del 68 (y que lo haga un personaje como Sarko nos tendría que dar que pensar). Desconocía que quedaran restos, pero parece que sí: cuando los liberales, los neoliberales, los pensadores únicos declaran que hay que liquidar restos, es que deben existir. Y todos esos personajes deben considerarlos peligrosos.

Frente al Hongo de Hidrógeno
frente a cualquier frontera geográfica/intelectual/racial/política/moral/estética
frente a la oh BELLEZA
(y los museos abiertos, por rara coincidencia, en las horas de trabajo de obreros y empleados, con la limosna generosísima del domingo gratis)
frente al oh HUMANISMO
(y dos tercios de la humanidad analfabeta)
Decreto el Estado de Dicha Permanente (Facultad de Ciencias Políticas, París)
La Imaginación Toma el Poder (Facultad de Ciencias Políticas, París)
¡Sean Breves y Crueles, Antropófagos! (Nanterre)

Son demasiadas dudas, demasiadas reacciones ante lo establecido.
Si quedan restos, y al parecer, es así, son peligrosos ¿por qué? Porque nos traen un leve recuerdo del paraíso perdido. Porque nos dicen que no vivimos en el mejor de los mundos. Porque hubo una época en la que pudimos hacerlo todo:

Yo vi la edad de oro, la sentí brotar en la ciudad como un tigre de espigas, la edad de oro no era en absoluto de oro, ni siquiera una edad: relámpago entre dos nubes de petróleo, caricia de unos pocos días entre pasado y futuro, yo vi la edad de oro, se llamaba París en mayo, no era la edad de oro pero ardía y brillaba, en cada esquina se buscaban las manos, se abrían las sonrisas, se discutían los quehaceres, se mataban dragones escolásticos, se dibujaba una silueta humana, algo nacía hacia el encuentro, algo canataba desde nuevas gargantas para nuevas memorias.

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Morpho Eugenia, de A. S. Byatt

En Ángeles e Insectos (Angels and Insects)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 1995 [1992]

Como dice la contraportada: "El héroe de Morpho Eugenia es William Adamson, un naturalista y entomólogo de treinta y cuatro años que a su regreso a Inglaterra, tras haber pasado quince días a la deriva en el mar y perderlo todo en el naufragio, acepta trabajar para sir Harold Alabaster, un caótico coleccionista de restos y excentricidades de la naturaleza. Sir Harold, además, tiene una hija tan hermosa como las mariposas que dan título a la novela, y William se enamorará y se casará con la bella Eugenia. Pero los placeres conyugales a los que aspira el inocente entomólogo quizá sean tan letales como los de los machos de ciertas especies de insectos que él ha estudiado, y el laberinto de relaciones y jerarquías familiares de los Alabaster oculta secretos perversos que William deberá desvelar para recuperar la libertad y encontrar el amor verdadero. [...] Morpho Eugenia es una perfecta novela gótica, esa fuente de placeres y estremecimientos literarios que debemos agradecer a los victorianos".
En efecto, novela gótica, pero, me apresuro a añadir, pasada por la evolución de la novela moderna. Byatt es una gran escritora, autora de obras inquietantes, cultas y apasionantes. En esta novela, de personajes y temas sabiamente elegidos, emplea el debate darwinista, la mitología clásica, la entomología, las referencias a la cultura amazónica y el estereotipo victoriano, pero de manera tan natural que conforman parte de la novela, sin imponerse al argumento, sino integrándose en él.
Su lectura evoca imágenes de Cumbres Borrascosas, de las novelas de Jane Austen, de los grandes victorianos, pero no se preocupen. Morpho Eugenia no podría haberse publicado (o escrito, tal vez) en esa época. Lo que hace Byatt es aprovechar esa eestructura narrativa, esos clichés, como la forma más adecuada para contarnos una historia sólida, una alegoría llena de misterio y tensión.

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Malson per Entregues, de Joan Manuel Serrat

Este tercer capítulo y último (por el momento) de canciones narrativas se nutre de la canción Pesadilla por Entregas, incluída en el álbum en catalán Material Sensible (Ariola, 1989). Con arreglos musicales del finado Josep Mª Bardagí, es una delicia escucharla. La letra original la pueden encontrar aquí. El libreto que acompaña el CD la incluye, así como su traducción al castellano. Para evitar posibles problemas de copyright, sin embargo, esta traducción es mía (sería casualidad extrema que coincidiera palabra por palabra). Disfruten de una canción que recorre el tópico policíaco pasado por la narrativa fantástica:

Aquel lunes se levantó inquieto
y desayunando comentó a su esposa
haber soñado que lo perseguía un hombre
de aspecto facineroso
armado con un .38
cazándolo a tiros por toda la ciudad,
por las azoteas y las alcantarillas,
corre que corre y aquel hombre detrás,
implacable y decidido
como un ángel de la muerte.

Asustado y ciego, tropezó,
pero antes de que el verdugo rematase la faena
él sacó un arma y con media docena
de tiros lo dejó tendido
sobre un charco de sangre.
Y de detrás de un árbol salió Pau,
un compañero de penurias de oficina,
para hundirle un cuchillo de cocina
al herido en la nuca
como quien descabella un toro.

Y el día siguiente sentado a los pies de la cama,
él le dijo lloroso, con mala cara,
que la maldita pesadilla continuaba
con él en medio de la calle
con una pistola en la mano
que todavía humeaba por el cañón;
la gente gritaba, lloraba y corría.
Él quería mover los pies y no podía.
¿Qué es lo que estaba pasando?
¿Quién cojones era aquel muerto?

Pau tampoco pudo huir. Cercados
por policías, coches y sirenas,
las manos esposadas a la espalda,
a puñetazos y empujones
se los llevaron en un furgón.
Después un rincón oscuro y una luz en los ojos
y unos hombres haciendo preguntas y amenazas
en relación a un mafioso muerto en la plaza
por dos fanáticos fieles
a diabólicos rituales.

Se despertó empapado y temblando
la noche siguiente hacia las tres y media
"Mañana sin falta iremos al psiquiatra..."
ella se dijo mientras él
le contaba sollozando
que el juez, sin haberlos escuchado,
los condenaba a dieciocho años y un día.
Pensaba que nunca más volvería
a mirarse en sus ojos
ni a mojar pan en su plato.

Por suerte Pau, camino de la prisión,
utilizando la conocida argucia
del tengo pipí y tengo la vejiga floja,
saltó en marcha del tren
y huyó en la oscuridad.
Y él se pudría en un calabozo frío
con un camello colgado que sólo reía
y un travestí con barbas que le decía:
"Cuando te acostumbres verás
que no se está tan mal".

Cuando volvieron del médico se durmió
profundamente como un bebé en el sofá
y habría podido seguir roncando hasta el día siguiente
si no lo hubiese despertado
su pobre esposa
gritando que Pau había telefoneado
"Que los de la pasma te siguen los pasos,
que no es un buen escondite la casa,
que fondeado en el puerto
nos espera un barco griego".

Cayó redondo y al recobrarse tuvo
la sensación de que el suelo se movía,
abrió los ojos y se topó con una cara
muy parecida a Charles Boyer
sonriéndole a un palmo de la nariz,
ofreciéndole una taza de café
y con voz de viejo lobo de mar le decía:
"Avez-vous bien dormi, madame, monsieur?
Dans une demi-heure nous
arriverons à Marseille.

C'est jolie la liberté,
n'est-ce pas, monsieur?
C'est jolie la liberté".

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Black Diamond Bay, de Bob Dylan

En Desire
EMI, 1975

Segundo de una serie de tres sobre canciones "narrativas".
¡Qué mal canta Bob Dylan! ¡Y qué buenas canciones hace! Esta Bahía del Diamante Negro, incluida en un disco no precisamente menor (en él está la famosa Hurricane, una canción que podría ser perfectamente otra narración musical, si no fuera porque se trata de un caso real, y he preferido centrarme más en la "ficción" musical), tiene presentación, nudo y desenlace, una miríada de personajes e historias, y además es un modelo del género, incluyendo esa un tanto satírica estrofa final.
Por supuesto, les recomiendo encarecidamente su audición. La letra en inglés la pueden hallar, por ejemplo, aquí; pero, para los no angloparlantes, lo que dice la canción es:

En lo alto de la blanca veranda
Ella lleva una corbata y un sombrero panamá
Su pasaporte muestra otro rostro
De otro tiempo y lugar
Sin parecerse en nada.
Y todos los restos de su pasado reciente
Vuelan dispersos en el viento.
Camina por el suelo de mármol
Donde una voz desde el salón de juegos le dice que entre.
Ella sonríe, camina en otra dirección
Mientras el último barco zarpa y la luna se desvanece
de la Bahía del Diamante Negro

Cuando rompe la luz de la mañana, el griego baja
Y pide una cuerda y una pluma que escriba
"Pardon, monsieur" dice el recepcionista,
cuidadosamente se quita el fez
"¿Le he escuchado bien?"
Y cuando la niebla amarilla se levanta
El griego se dirige rápido hacia el primer piso
Ella pasa junto a él en la escalera de caracol,
Tomándole por el embajador soviético.
Empieza a hablar, pero él pasa de largo
Mientras se levantan nubes de tormenta y las palmas se mecen
en la Bahía del Diamante Negro.

Un soldado se sienta bajo el ventilador
Haciendo negocios con un hombre diminuto que le vende un anillo.
El rayo cae, las luces se van
El recepcionista despierta y empieza a gritar:
"¿Pueden ver algo?"
Entonces el griego aparece en el primer piso
Descalzo con una cuerda alrededor del cuello,
Mientras un perdedor en la sala de juegos enciende una vela
y dice "Abra otra baraja"
Pero el croupier responde: "Attendez-vous, si'l vous plait"
Mientras la lluvia azota y las grullas se van
de la Bahía del Diamante Negro.

El recepcionista oyó a la mujer reír
Mientras contemplaba el desenlace y el soldado se puso rudo.
Intentó coger la mano de la mujer
Dijo: "¡Aquí hay un anillo, costó un millar!"
Ella respondió: "No es bastante"
Entonces ella corrió escaleras arriba a hacer las maletas
Mientras un coche de caballos esperaba en la acera.
Pasó junto a la puerta que el griego había cerrado
Donde un letrero escrito a mano rezaba: "No molestar"
Llamó, de todas maneras,
Mientras el sol descendía y la música sonaba
En la Bahía del Diamante Negro.

"¡Tengo que hablar rápidamente con alguien!"
Pero el griego respondió: "¡Márchese!" y dio un puntapié a la silla.
Colgó de la lámpara.
Ella gritó: "¡Ayuda, un peligro se avecina!
¡Por favor, abra la puerta!"
Entonces el volcán entró en erupción
Y la lava fluyó desde la montaña
El soldado y el hombre diminuto estaban agazapados en una esquina
Pensando en el amor prohibido
Pero el recepcionista dijo: "Pasa cada día"
Mientras las estrellas caían y los campos ardían
en la Bahía del Diamante Negro.

Conforme la isla se hundía lentamente
El perdedor finalmente hizo saltar la banca en la sala de juegos
El croupier dijo: "Es demasiado tarde ya.
Puede tomar su dinero, pero no sé cómo
lo gastará en la tumba".
El hombre diminuto mordió la oreja del soldado
Cuando el suelo se hundió y la caldera del sótano estalló.
Mientras, ella está en la terraza donde un extraño le dice:
"My darling, je vous aime beaucoup".
Ella vierte una lágrima y empieza a rezar
Mientras el incendio sigue y el humo deriva al viento
desde la Bahía del Diamante Negro.

Estaba sentado solo en casa una noche, en Los Ángeles,
Mirando al viejo Cronkite en las noticias de las siete.
Parece que hubo un terremoto que
No dejó nada salvo un sombrero panamá
Y un par de viejos zapatos griegos.
No parecía que estuviera pasando mucho más
De modo que apagué la tele y fui a coger otra cerveza
Parece como si cada vez que miras a tu alrededor
Hay otra historia de mala suerte que vas a oír.
Y no hay realmente nada que uno pueda decir.
Y, de todas formas, nunca pensé en ir
A la Bahía del Diamante Negro.

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Mackie Messer, de Bertolt Brecht y Pedro Navaja, de Rubén Blades

Inicio hoy una miniserie de tres capítulos sobre canciones que cuentan una historia. Me dirán que todas las canciones hacen eso, en mayor o menor grado, pero a lo que me refiero son a aquellas canciones que mantienen una estructura narrativa más detallada, en vez del mero esbozo o insinuación de esta historia.
La primera es Pedro Navaja, de Rubén Blades, pero puesto que esta canción es hija de la que describe a Mack el Navaja, bueno será empezar por orden:

Y el tiburón tiene dientes
Y los muestra en su rostro
Y Macheath tiene un cuchillo
Pero ese cuchillo uno no lo ve.

En un bello y azul domingo
Yace un hombre en el Strand
Y un tipo dobla la esquina
A quien llaman Mack the Knife

Y Schmul Meier sigue desaparecido
Como algunos ricachones más
Y su dinero lo tiene Mackie Messer
Al que nada pueden colgar.

Jenny Towler fue encontrada
Con un cuchillo en el pecho
Y ahí va Mack el Navaja
Que nada sabe de todo esto.

Y el gran incencio en el Soho
Siete niños y un anciano
En la multitud estuvo Mackie Messer
Al que nadie pregunta y nada sabe

Y la viuda menor de edad
Cuyo nombre todos saben
Se despertó y fue violada
Mack, ¿Cuál fue tu precio?

Y algunos están a oscuras
Y otros a la luz
Pero sólo veis los iluminados
A los de las sombras no los veis.

[Esta traducción no es una versión poética, sino la literal del original alemán]

La canción, versionada innumerables veces, fue escrita por Bertolt Brecht y musicada por Kurt Weill en 1928 para la Ópera de Cuatro Perras (o de Tres Reales; o de Cuatro Chavos). Pueden ver su letra, en alemán e inglés aquí. Y escuchar una versión aquí. Si la prefieren con mejor sonido (y más moderna), tienen esta magnífica actuación de Ute Lemper, que pueden ver y escuchar aquí.
Como ven, Mack el Navaja no cuenta una historia. Se limita a trazar un retrato de un personaje más bien siniestro. Sin embargo, Brecht no era precisamente un hombre que hiciera un solo discurso en su obra, de modo que les recomiendo que, si pueden, vean el musical. Pero, por lo que nos interesa, uno de los mensajes de la Dreigroschenoper es que cuanto más corrupta es la sociedad, más lo es el individuo.
Y eso, más o menos, es lo que también nos cuenta Rubén Blades en su historia del final de Pedro Barrios.
Es ocioso reproducir aquí la letra; la pueden encontrar aquí. Y contemplar una excelente interpretación en directo de del propio Blades (no sabemos si su apellido fue también causa de que compusiera esta canción), aquí. Bailen, pero también presten atención a la letra.