Malvados, de John Connolly

Nos hallamos en Maine, Nueva Inglaterra, cosa habitual con Connolly; existe un personaje que es encarnación de un mal extremo, usual también en el autor; y un combate urgente para que no triunfe, lo que también es recurrente. ero el protagonista no es el habitual detective Charlie "Bird" Parker. Aunque aparece fugazmente en una escena, lo que nos indica que nos hallamos en su territorio y que, pese a no ser él el personaje central, sí que estamos en una historia que puede ser incluida en el canon de este inusual detective.
Es una ampliación de foco que es fácilmente comprensible. Esta historia debía ser protagonizada por otros. De lo contrario, gran parte de lo que la compone hubiera perdido sentido. Por otra parte, esta expansión contribuye de por sí a la creación de un territorio mítico, y a un propósito cuasi geográfico en el que entraré más adelante.
La historia es una a la que Connolly nos tiene acostumbrados: En 1693, una pequeña isla de Maine fue tomada al asalto por una banda de asesinos que exterminaron a la población. Hoy día, un asesino y su banda se dirige hacia allí con un motivo concreto, pero con la misma falta de escrúpulos a la hora de matar a quien sea. Frente a ellos sólo están una policía en prácticas y un policía nacido en la isla, un gigante llamado Joe Dupree. Y una presencia en la isla, dispuesta a purgarse de cualquier otra presencia malvada que ponga los pies en ella.
No por conocido el tema deja Connolly de dominarlo con la maestría habitual. Sus personajes son una maravilla de trazo, el mal encarnado es expresado con una viveza que pocos autores han sabido encontrar, y las situaciones siguen poniendo los pelos de punta sin apartarse de un realismo extremo (aunque pervadido por lo sobrenatural) que son su auténtica marca de fábrica.
Con todo, hay un fenómeno que descolla cada vez más en la ficción de Connolly, y es un realismo en los paisajes y las gentes que es un mérito añadido. No es algo nuevo, ni tan siquiera en la ficción terrorífica. Ya se dijo de Lovecraft que había representado en sus historias el paisaje y carácter de Nueva Inglaterra como pocos. Y Stephen King recibe la consideración de se un escritor de la cotidianeidad y de la gente "normal" que pueblan sus historias, sobre todo las del Maine en el que vive. Connolly hace lo mismo. Sea en las nevadas extensiones fronterizas con Canadá, sea en la urbana y en crisis Portland o, como en este caso, en esas poblaciones isleñas, que dependen de los ferries para sus comunicaciones y la vida; unos isleños que, por serlo, todavía tienen un carácter más extremo de sociedad cerrada, reclusiva y peculiar. En todos estos paisajes el autor va trazando una geografía y unos caracteres de sus gentes que conforman un espacio realista sobre el que basar unas historias casi telúricas. Como Hawthorne, Lovecraft y King sabían bien, esta base real proporciona un apoyo descomunal que hace creíble lo fantástico. Connolly lo sabe también, y se ha convertido en el peculiar retratista de esta región en nuestros tiempos. Esta ambientación verista y perfecta le permite construir sus historias de tal manera que ese mal que describe hunde sus raíces en un terreno abonado para su crecimiento, un territorio repleto de religiones indias, de represiones puritanas, de secretos reprimidos, de venganzas antiguas, de violencia fronteriza y de odios largo tiempo almacenados.
Es algo que debería estar al alcance de cualquiera, pero es Connolly quien mejor lo ha entendido y puesto en sus novelas y quien, una y otra vez, da en el clavo con maestría.

(Bad Men)
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2013 [2003]

Portada y sinopsis

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