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L'Amant, de Harold Pinter

(The Lover)
En Harold Pinter Essencial
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2005 [1963]

In memoriam: HAROLD PINTER (1930-2008)

Aunque sólo fuera por haber escrito el guión de La Huella (Sleuth, 1972; dirigida por Joseph Leo Mankiewicz; interpretada por Laurence Olivier y Michael Caine), sería justo recordar aquí la desaparición de un gran autor. Olivier, escritor de novelas de misterio, convoca a Caine, amante de su mujer, a su mansión y le somete a un cruel juego de humillación. La historia más vieja del mundo. ¡Ja! Ese texto se convierte en toda una fascinante tesis sobre la venganza y sus límites, la dignidad, el matrimonio, la sociedad contemporánea contrastada con otra ya periclitada y la lucha de clases.
En El Amante, Pinter desarrolla una situación de pareja: Un matrimonio nos informa, con toda naturalidad y en la primera escena, que ambos tienen respectivos amantes. La historia más vieja del mundo. ¡Ja!
De inmediato, descubrimos que estos amantes no son sino ellos mismos transformados en las fantasías del otro. En este entremezclar de fantasías, frustraciones y deseos insatisfechos y reprimidos, la tensión irá subiendo de tono, hasta llegar a un final inesperado en el que la vida de ambos sufrirá unas transformaciones tan radicales como las de las personalidades que asumen, en teoría para complacer al otro.
Es una pequeña obra maestra del teatro de cámara, maravillosa por au concisión y profundidad, intensa y cambiante en su brevedad.
Pinter desarrolló toda su carrera, principalmente en el teatro y las artes escénicas, con brillantez y una incisiva mirada sobre las relaciones humanas, como pocos autores han sabido hacer.
En su vida pública, además, mantuvo una altura y valentía moral irreductibles propias, no de los grandes autores, sino de los grandes hombres. Descanse en paz.

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El Llarg Viatge, de Jorge Semprún

(Le Grand Voyage)
Ed. Empúries, col. Narrativa
Barcelona, 1991 [1963]

«De repente, mientras los veo andar por este camino, como si fuera una cosa tan sencilla, me doy cuenta de que estoy dentro y ellos están fuera. Me impregna una profunda tristeza física. Yo estoy dentro, hace meses que estoy dentro, y los otros están fuera. No es sólo el hecho de que ellos son libres, tendríamos que hablar durante mucho tiempo, de esto. Es simplemente que ellos están fuera, que para ellos hay caminos, árboles a lo largo de los senderos, frutas en los frutales, uvas en las viñas. Ellos están fuera, sencillamente, y yo en cambio estoy dentro. No es bien el hecho de poder ir allá donde quieras, nunca eres completamente libre de ir donde quieras. Yo nunca he sido libre de ir donde quería. He sido libre de ir donde hacía falta que fuera, y hacía falta que fuera en este tren, porque hacía falta que hiciera las cosas que me han llevado a este tren. Era libre de ir en este tren, completamente libre, y aproveché esa libertad. Estoy, en este tren. Estoy libremente, porque habría podido no estar. O sea que no es esto. Es una sensación física: estás dentro. Hay el fuera y el dentro, y yo estoy dentro. Es una sensación física que te viene como una oleada, nada más.»
El Largo Viaje cuenta el viaje de un grupo de deportados franceses desde París al campo de trabajo de Buchenwald en 1943. Es una novela porque tiene una estructura novelística, pero un somero vistazo a la biografía de su autor basta para saber que es una novela compuesta de episodios biográficos.
En una serie concurrente y obsesiva de flashbacks y flashforwards, Semprún nos evocará los recuerdos de la resistencia, del campo de Buchenwald, de la ocupación, de la miseria de la guerra, de la posguerra, pero sobre todo del abuso del ser humano por parte de sus semejantes, siempre volviendo a ese interminable largo viaje en un vagón de mercancías lleno de hombres hacinados, en una noche interminable, una noche en la que da igual que amanezca, siempre es una noche que no acabará nunca.
Semprún ha declarado que, mientras a Primo Levi escribir sobre los campos de exterminio le salvó la vida, a él le dieron ganas de suicidarse. El mismo autor se refiere a esta novela dentro del texto: "De todas maneras, mi libro lo acabaré porque se ha de acabar, pero ya sé que no vale nada. Todavía no ha llegado la hora de poder explicar el viaje, todavía he de esperar, he de olvidar realmente el viaje, después tal vez lo podré explicar."
Es un texto claustrofóbico, ominoso, pero imprescindible. En él, extrañamente, se mezclan los recuerdos de la vileza y la solidaridad, la compasión y el odio. No estoy seguro de que este libro tuviera una finalidad, ni tan siquiera para su autor. Tal vez sólo sea una invitación, un "ven y mira" cómo fue. Todo es perplejidad, todo es interrogarse sobre el ser humano. Y hasta dónde puede llegar:
«─¿Por qué quieres visitar esta casa exactamente?
─¿Habéis visto cómo está situada? ─les digo.
Miran la casa y después se vuelven para mirar el campo.
─¡Dios mío! ─salta Haroux─. Hay que decir que estaban en primera fila.
[...]
Entro en la sala de estar y es precisamente eso lo que me esperaba. Pero no, si he de ser sincero he de decir que, aún esperando esto, esperaba que fuera diferente. Era una esperanza insensata, por supuesto, porque a menos que borrase el campo, a menos que lo tachase del paisaje, no podía ser de ninguna otra manera. Me acerco a las ventanas de la sala de estar y veo el campo. Veo, en el encuadre de una de las ventanas, la chimenea cuadrada del crematorio. Y miro. Quería verlo, lo veo. Querría ser un muerto, pero lo veo, estoy vivo y lo veo.
La mujer de cabellos grises, detrás mío, habla:
Eine gemülitche Stube, nicht wahr? [¿Una habitación confortable, verdad?]
Me vuelvo, pero no llego a verla, no llego a fijar su imagen, ni a fijar la imagen de esta habitación. ¿Cómo se puede traducir «gemülitch»? Intento aferrarme a este pequeño problema real, pero no llego, resbalo sobre este pequeño problema real, resbalo en la pesadilla algodonosa y cortante donde se alza, justo en el encuadre de una de las ventanas, la chimenea del crematorio. Si Hans estuviera aquí, en mi lugar, ¿cuál sería su reacción? Seguramente no se dejaría hundir en esta pesadilla.
─De noche ─pregunto─, ¿estaban en esta habitación?
Me mira.
─Sí ─dice─, estamos en esta habitación.
─¿Hace mucho tiempo que viven aquí? ─pregunto.
─¡Oh, sí! ─dice─. Desde hace muchísimo tiempo.
─De noche ─le pregunto, pero la verdad es que no es un pregunta, porque no puede haber la menor duda─, de noche, cuando las llamas iban más arriba de la chimenea del crematorio, ¿veían las llamas del crematorio?
De repente se sobresalta y se pone una mano en el cuello. Recula un paso y ahora tiene miedo. Hasta ahora no había tenido miedo, pero ahora tiene miedo.
─Mis dos hijos ─dice─, mis dos hijos han muerto en la guerra.
Me tira los cadáveres de sus dos hijos como carnaza, se protege tras los cuerpos inanimados de sus dos hijos muertos en la guerra. Intenta hacerme creer que todos los sufrimientos son iguales, que todas las muertes tienen el mismo peso. Al peso de todos mis compañeros muertos, al peso de sus cenizas, opone el peso de su propio sufrimiento. Pero no todas las muertes tienen el mismo peso, claro que no. Ningún cadáver del ejército alemán pesará jamás este peso de humo de uno de mis compañeros muertos.»

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El Jorobado, de Paul Féval

(Le Bossu)
Ed. Bruguera, col. Historias
Barcelona, 1958 [1858]
Una de las grandes novelas de aventuras de capa y espada de todos los tiempos, El Jorobado (que en España ha tenido un baile de títulos de lo más variopinto: El Jorobado, El Jorobado de Lagardere, Enrique de Lagardere, El Juramento de Lagardere, La Venganza de Lagardere, etc.) recoge y amplía todos los tópicos del género: los duelos, las intrigas, el villano, la historia de amor, la venganza, la justicia más allá de la muerte y el honor. También es origen de un tema singular que después ha sido empleado en múltiples novelas (por ejemplo, en El Maestro de Esgrima, de Arturo Pérez-Reverte), como es la estocada secreta, en este caso la famosa "estocada de Nevers".
Veamos si podemos dar un resumen que no desvele demasiado y a la vez sea esclarecedor. Felipe de Nevers, noble sin tacha y espadachín extraordinario, ha logrado vencer la clausura que ha impuesto el Marqués de Caylus a su hija Aurora y se ha casado en secreto con ella, teniendo una hija de esta unión. Pero el mejor amigo del de Nevers, Felipe de Mantua, príncipe de Gonzaga, abriga negros planes para su amigo: matarlo, hacer desaparecer a la hija y casarse con Aurora de Caylus para así hacerse con las herencias tanto de Caylus como de Nevers. Sin embargo, el caballero Enrique de Lagardere, una de las primeras espadas de Francia, enterado de la conspiración, da un paso adelante, rescata a la hija de Nevers y los papaeles que prueban su identidad y naciemiento, lucha junto a Nevers en el combate que le costará la vida a éste y Nevers le hace prometer, in articulo mortis, proteger a su hija y vengarle. Diecinueve años más tarde, Lagardere y Aurora de Nevers regresan a París para evitar que Gonzaga, que ha removido cielo y tierra en busca de la hija desaparecida que se interpone entre él y la herencia de Nevers, después de casrse con Aurora de Caylus, realice su última jugada. El plan de Gonzaga es presentar a una suplantadora y hacerla reconocer como hija de Nevers. Lagardere, proscrito y sabedor de lo que puede suceder si Gonzaga y sus secuaces le ponen la mano encima, concurre a París bajo el disfraz de Esopo, el jorobado.
Todo esto que acabo de contar es el resumen de las 35 primeras páginas. La novela tiene 255. Pueden imaginarse que lo que sigue va in crecendo de intrigas, emboscadas, ardides y situaciones límite.
Es este ritmo y los personajes lo que la convierten en un clásico de las novelas de aventuras. Es un feliz encuentro de talento narrativo y emociones argumentales. Fue, es y será una de esas novelas que han marcado época y establecido los cánones del género. Como la estocada de Nevers.

Portada

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Moby Dick, de Herman Melville

(Moby Dick, or The Whale)
Edebé, col. Nómadas del Tiempo
Barcelona, 2006 [1851]

A estas alturas, no sé qué se puede decir de Moby Dick (lacónicamente subtitulada o la Ballena) que pueda sonar a nuevo. Baste mencionar que quien no la haya leído descubrirá una obra maestra; quien la relea quedará preso de nuevo por ella, incapaz de abandonarla hasta el final.
No hay en la literatura otra obra que se mereciera que su autor pudiera escribir con toda justicia que iba a glosar una historia como lo hacían los antiguos griegos. Melville, por modestia sin duda (porque Moby Dick está escrita desde una extraña modestia que no hace sino engrandecer el estilo del relato), no declaró esa pretensión, pero en muchas ocasiones esta novela es comparable a las grandes épicas.
Pero Moby Dick es mucho más que una epopeya. Epítome de novela de aventuras; arquetipo de la novela marinera; gran novela de experiencia; novela, más que fantástica, feérica; novela naturalista total; científica incluso; hasta puede considerarse una alegoría religiosa.
Escenas tremendas en sus páginas, con una fuerza inusitada: la del doblón clavado en el palo mayor; la del juramento de los arponeros; la de la caza del leviatán; las profecías sobre el destino del barco y su misión; la fundición del arpón.
Personajes enormes: los tres oficiales del Pequod, un corifeo asombrado y fatalista, representación del mundo atrapado en una gesta infernal; los tres héroes épicos, los arponeros Queequeg, Daggoo y Tashtego; el enigmático y fatal Fedallah; el negrito Pip, fantasma en vida. Por encima de todos, dominador absoluto, dictador enajenado, maníaco obsesivo y diabólico, Ahab, personificación de la venganza y del desafío prometeico de cazar a la ballena de las ballenas, en una intención más parecida a retar a los dioses que a capturar un animal.
No sé si es necesario un resumen argumental. Ismael se enrola en una expedición ballenera en el Pequod, mandado por el capitán Ahab, a quien Moby Dick, el gran cachalote blanco, le arrancó una pierna, que ha sustituido, significativamente, por una de marfil tallada de la mandíbula de un cachalote. Pronto se verá que Ahab pone su experiencia y sus conocimientos en la pesca de la ballena, pero no sus sentidos y determinación. Éstos los dedica en exclusiva al auténtico propósito de su expedición: encontrar a Moby Dick y vengarse. Un encuentro que se producirá, para desolación de todos.
Más allá de la sinopsis, quien lea Moby Dick se verá desconcertado. Porque esta novela tiene una estructura inusual. Única, genial e inimitable. Empieza relatando la historia de Ismael, el narrador, y de cómo se embarca en el Pequod. Nada hay de extraordinario, o que se diferencie de otras novelas marineras. Melville nos introduce en el mundo de la mar y los balleneros de forma sabia, pero en absoluto trasluce las dimensiones que adquirirá su novela hasta que (en el capítulo 19) un extraño personaje realiza una profecía que introduce la inquietud en el lector. Sigue con este ritmo pausado hasta que presenta a Ahab (hasta entonces sólo mencionado de forma enigmática). Es una presentación terrible, magnífica, como si de un personaje salido del infierno se tratara. En un crescendo prometeico, Ahab irá condicionando la vida de a bordo hasta que (en el capítulo 39), en una especie de aquelarre marino, en una escena cumbre de la literatura, Ahab clavará una onza de oro en el palo mayor y forzará a la tripulación a un juramento que mostrará la dimensión de sus ansias de venganza.
Y entonces, en un escamoteo genial, Melville lo hará desaparecer de escena casi en su totalidad. Como un gran cocinero que promete un postre excepcional, y mientras tanto va sirviendo platos exquisitos, el autor cederá el protagonismo a asuntos en apariencia triviales (la caza de la ballena, la vida a bordo), pero sobre todo a la ballena. No a Moby Dick, sino a los cetáceos en general. No es un desvío ocioso, puesto que nos pondrá en su justa medida a ese adversario poderoso, al leviatán de los mares, mientras por estas escenas falsamente inocuas planea omnipresente la inminencia inevitable del encuentro entre el vengador y su objetivo.
Cuando Ahab reaparece es para convertirse en una figura dominante, una de representación del destino más allá de toda remisión. El lector no puede sino someterse a la fascinación de la pesadilla de Ahab y el torbellino en que se convierte su encuentro con la ballena blanca.
Hay otro hecho remarcable en la novela. Empieza como la historia de Ismael, después con la de los tripulantes del Pequod, la de su capitán y la de los cetáceos. Cuando Ahab vuelve a aparecer en escena, omnímodo y fatal, todos estos personajes se disuelven progresivamente conforme el Pequod y sus tripulantes se convierten en meros instrumentos de la obsesión de su capitán. Ahab y su némesis pasada y futura adquieren aspectos titánicos y universales, absorbiendo las vidas y voluntades que giran a su alrededor, hasta la inevitable conclusión del enfrentamiento entre el vengador y su leviatán blanco.
No es de extrañar que el narrador inicie su relato de esta experiencia con la declaración, desesperada y fatalista, tras verse involucrado con dos diablos del mar, de recuperar su propia identidad: «Llamadme Ismael».

Portada y ¿sinopsis o humorada?

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Anàbasis, L'Expedició dels Deu Mil, de Jenofonte

(Anabasis)
Fund. Bernat Metge, col. Escriptors Grecs - Texte i Traducció
Barcelona, 1968 [~390 a. de C.]

«Después de que los estrategas fueron presos y los lócagos y los soldados que habían ido con ellos fueron muertos, los griegos se hallaron en una gran confusión, pensando que estaban a las puertas del Rey, que por todos lados los rodeaban muchas tribus y ciudades enemigas, que nadie más les iba a parar mercado, que distaban de Grecia no menos de diez mil estadios, que no tenían guía para el camino hacia la patria; que los habían traicionado hasta los bárbaros que habían hecho la expedición con Ciro; que se habían quedado solos, sin un solo jinete que les apoyara. Así pues, era evidente que, vencedores, no matarían a nadie, y, vencidos, ninguno de ellos quedaría con vida.» (Libro III)
Este es el punto de inflexión de la Anábasis, y lo que ha hecho famosa la odisea de Jenofonte y sus diez mil soldados.
Se trata de la historia de unos mercenarios griegos contratados por Ciro (no Ciro el Grande) para combatir y derrocar a su hermano Artajerjes, rey de Persia. Tras la batalla de Cunaxa, en la que Ciro fue derrotado y muerto, los griegos fueron la única formación del ejército derrotado que se mantuvo en buen orden y preparada para ejercer una resistencia desesperada, aunque formidable. Ahí se vieron ante la disyuntiva de rendirse (y muy probablemente ser pasados por las armas) o presentar batalla e intentar escapar.
Es entonces cuando Jenofonte asciende a uno de los mandos conjuntos de los diez mil soldados griegos, y decide que morir por morir, mejor hacerlo en pie y camino a casa. En medio de Asia Menor, junto al Éufrates, los Diez Mil emprenden los que Arturo Pérez-Reverte ha denominado indirectamente "la mayor evasión militar de la Historia".
La obra tiene tres partes definidas: la primera, la expedición de Ciro el Joven, que culminará en la desastrosa batalla de Cunaxa. La segunda, la propia marcha de los griegos por Asia hasta llegar al Ponto (el mar Negro). La tercera, la historia de los pillajes y chantajes hasta llegar finalmente a Grecia y su disolución como ejército operativo.
La mejor, por supuesto, es la segunda. Rodeados de enemigos, atravesando ríos, pasando montañas entre el frío y la nieve, sufriendo el hambre, cruzando siempre territorio hostil, la gesta de los griegos adquiere magnitudes épicas hasta culminar en la famosa escena en la que, arrojando las armas, los griegos corren hacia la playa gritando: "¡Thalassa! ¡Thalassa!" (¡El mar! ¡El mar!).
Es una curiosa epopeya en la que la épica reside en la gesta en sí y no en los individuos que la protagonizan: mercenarios rastreros, avariciosos y crueles. Chaqueteros atentos siempre al mejor postor que, sin embargo, llegado el momento, hicieron lo que nadie ha vuelto a hacer jamás; que un continuador de Jenofonte resumió con una aparente simplicidad: "El total del recorrido, tanto de la ida como de la vuelta, es de doscientas quince etapas, mil ciento cincuenta parasangas, treinta y cuatro mil seiscientos cincuenta estadios [6.652 Km]. La duración, de ida y vuelta, un año y tres meses".

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La Flecha Negra, de Robert Louis Stevenson

(The Black Arrow)
Ed. Bruguera, col. Historias
Barcelona, 1958 [1883]

En el contexto de la Guerra de las Rosas, una misteriosa banda de proscritos amenaza vengarse de los déspotas que han ejercido un poder inicuo sobre el pueblo, matándolos mediante una flecha negra. Richard Shelton, joven noble tutelado por sir Daniel (quién asesinó a su padre, un hecho que el aguerrido Richard desconoce), en cumplimiento de una misión, se encuentra con John Matcham, que huye del cautiverio a que lo tiene sometido sir Daniel. En realidad, Matcham es Joanna Sedley, disfrazada.
Sin reconocer la auténtica naturaleza de la joven, sin embargo Richard se siente atraído por ella. Cuando se revela la realidad, Richard emprenderá su propia guerra para liberar a Joanna, una guerra que se verá inextricablemente ligada a su propia historia y a las innumerables felonías cometidas por sir Daniel y sus secuaces. Tras una muy shakespeariana intervención del por el momento rey Ricardo III, la pareja tendrá un final feliz tras muchas penalidades.
Es un argumento tan típico que apenas merece comentario. No se esperen subtextos alegóricos ni mensajes más allá de la propia aventura o los valores de la moral tradicional: la honradez, la nobleza, la rectitud y el amor. Cada obra es hija de sus tiempos y de su autor, y los tiempos eran los victorianos y el autor un moralista (un moralista ciertamente extraño, si miramos La Isla del Tesoro, pero esa es otra historia).
Lo que salva a la novela y la ha hecho un clásico del género es su ritmo y su narración. Es una novela de aventuras constantes, con intrigas que se cruzan y entrecruzan, y la narración conduce con toda fluidez la trama hasta su conclusión.
Si ustedes a veces echan de menos las grandes aventuras, no tanto del tipo Errol Flynn sino más bien las de Burt Lancaster, permítanse unas horas de puro entretenimiento con esta novela. En eso, no quedarán defraudados.

Portada y sinopsis

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Un As en la Manga, de Annie Proulx

(That Old Ace in the Hole)
Tusquets Editores, col. Andanzas
Barcelona, 2005 [2002]

A Bob Dollar le encargan que vaya de incógnito a una región del norte de Texas para encontrar terrenos aptos para la instalación de forma masiva de granjas de cerdos. Bob es un tipo peculiar (y esa historia tendrán que leerla ustedes en el libro), y una de sus peculiaridades es ser una persona sensible. Le gusta escuchar, y su personalidad se ve atraída por la belleza (uno diría por la belleza perdida) del territorio que está pisando, por las historias de la gente que lo ganó en los lejanos tiempos de los pioneros, por la misma gente que, en decadencia o no, todavía mantiene una simbiosis con ese mundo. Un mundo que, como dice la contraportada, Bob pretende llenar de granjas porcinas.
Es esta una novela compuesta de historias: las que conforman la personalidad de Bob Dollar, las de las gentes que habitan el panhandle de Texas, las de los que llegaron allí en un principio y las del propio territorio.
Y se trata de un territorio que conjura todos los mitos del Salvaje Oeste y de la colonización pionera de los Estados Unidos.
Ya he remarcado antes [Atando Cabos] el aprecio que tiene Annie Proulx por la exageración como medio para destacar personajes, actitudes e ideas. En este caso es, más que los personajes, el propio territorio el que es exagerado, con unas proporciones casi míticas, que contagian a los protagonistas.
Es también una novela que plantea la cuestión de qué estamos haciendo, no ya con el mundo, sino con la parte de éste en el que vivimos. De si este supuesto progreso es tal o si, en realidad, los males que nos aquejan no los habremos provocado nosotros, por ambición, inconsciencia y por perder el respeto a la tierra, que es como perder el respeto por nosotros mismos.
Las virtudes de Proulx como escritora son inmensas: historias que absorben, una sabia distribución del ritmo narrativo, una comicidad oportuna y que se adhiere a la historia en lugar de ser un chiste aislado, personajes creíbles, lenguaje adecuado y versátil.
Un placer de novela, para leer y pensar, una gran obra de una gran narradora americana.

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En Busca del Unicornio, de Juan Eslava Galán

En Premios Planeta 1985-1987
Ed. Planeta
Barcelona, 1994 [1987]

Juan de Olid, joven caballero al servicio del Condestable de Castilla, recibe el encargo del rey Enrique IV de llegarse al África para buscar el cuerno del unicornio, que tiene que curar los problemas de impotencia del rey de Castilla.
Iniciará así un periplo de veintiún años en el que Olid y sus ballesteros atravesarán el continente africano, desde el puerto marroquí de Safí hasta el mozambiqueño de Sofala, en una aventura llena de penalidades y peripecias, algunas trágicas y otras grotescas. Será esta una aventura con un continuo juego de espejos entre la superstición, las ilusiones y la realidad. Así Olid será representante del poder de un rey impotente; el choque de la realidad y fealdad del rinoceronte frente al mito del caballo astado; la ingenuidad del mito del dominio de la bestia por parte de una virgen contra la feroz evidencia en la sabana africana.
Pero, sobre todo, es un cruel juego de ajedrez, en el que Olid, peón que se cree caballo o alfil, no hace sino marchar adelante en la esperanza de coronar la última casilla, para descubrir que su rey abandonó la partida tiempo atrás. Fundamentalmente, revelarse que en realidad, la partida se jugaba en otra parte y que su esfuerzo era no sólo irrisorio, sino inútil. Una novela de perdedores, con aquella épica misérrima que se revela inútil dentro de los sueños absurdos de los monarcas.
Una novela muy apreciable, escrita en primera persona y empleando el castellano antiguo (hasta cierto punto; siempre hay que transigir ante la legibilidad). Bien documentada históricamente, y y que por encima de todo transmite la idea de que, si bien la historia no sucedió, o no sucedió así, esa aventura pudiera haber sucedido; que es uno de los fundamentos de la literatura.

Portada y sinopsis

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La Entrada Nº 100

Es imposible resistirse a los llamados "números redondos". Siete meses después de iniciado este blog, llego a esta cifra significativa. Y, por fortuna, ni empecé solo ni he llegado a esta etapa en solitario.
Ahí a su derecha tienen ustedes una lista de blogs, les insisto, que representan lo mejor que he encontrado en este mundillo. Calidad intrínseca aparte, que la tienen, en ellos sobre todo encontrarán buena gente.

Sá y su Gemelo, que está en el origen de esta excentricidad y con el que aprendí qué era un blog y que en la fría pantalla hay también calidez y reflexión.

Miss Missing y su Sensus Amoris, donde siempre me he sentido como en el salón de mi casa.

Dani y el blog del Club de Lectura de Ciencia de la mejor biblioteca, a mi gusto, de Barcelona, con el que hemos recorrido el proceloso camino de los bloggers, probando y errando, siempre teniendo presentes a los lectores, fueran uno o mil.

Carmen y su Saborearte, o la gastronomía hecha cuento. El espíritu de Vázquez Montalbán, Camilleri y tantos otros planea por sus entradas.

Magalí y su Rayuela Cosmicómica, alguien que ama más a Cortázar que yo, y ya es decir, y que me descubre nuevos libros o me recuerda viejas lecturas; y me hace jugar al arte.

Verónika y sus Almas Grises y los Caballitos Persas, o la literatura con bendita pasión y una poetisa impresionante.

Andrómeda, siempre con un comentario exacto y preciso surgido de su Tintero. No hay mejor deseo para ella que todo el tiempo necesario y más para que lea y comente todo lo que su entusiasmo requiere.

Bárbara y su Fermé la Bouche, persona generosa que regala visiones de libros y almas en pintura.

Gustavo, en su Casa de Asterión, teórico terrible, polemista tenaz, con un sentido del humor y bonhomía que trasciende su aspecto feroz y hace inevitable el aprecio y el cariño.

Milserifas y sus millares (ojalá) de serifas, fino comentarista, atento siempre al libro como cosa total, idea, objeto, arte.

Javier, que no deja que permanezcamos en su Zaguán, sino que nos invita a sus lecturas, y con el que comparto muchas veces autores y temas gratos.

El binomio que compone con gusto y acierto (salvo un par de errores, como son dos entradas mías que no sé porqué se empeñaron en publicar) 500 Ejemplares. 300 se ha convertido en símbolo de la resistencia espartana. Los 500, de defensa de la literatura y la palabra libre.

Carolina y sus Tejados sin Gatos (y su casa llena de ellos), que regala relatos y percepciones. No se espera menos de su generosidad, inmensa.

Germán y su Signo Roto, presto a descubrirnos poetas y a bien razonarlos. Al elogiarle un poema de Cardenal que reseñó, me envió otros poemas, para mi lectura y disfrute. ¿Qué se puede decir ante esto?

Luis y su Humor Vagabundo, siempre incisivo en el análisis y siempre presto a recibir de buen humor y con amabilidad extrema a sus visitantes. En sus vagabundeos he asistido a la mejor tertulia literaria de mis últimos diez años.

Madoguna, y su Brújula que nos orienta en lecturas muchas veces desconocidas para mí y que pasan a formar parte de mis proyectos de lectura.

Jordi Nadal, que jamás me ha revelado su secreto para multiplicar el tiempo y leer, leer y leer...

En fin, Blanca y el Gusanillo de los Libros que todos tenemos, Camilo, que pone el Ojo en la Paja,
Teresa en Metrópolis, Amparo, Cristina, Juan, Mónica y Provi reforzando el Fondo de Catálogo, Carlos, Juan Carlos, Ferran, Jaume y Chema que mantienen el Libro Abierto, Sonia, Maria, Ramon, Silvia y Carolina y sus Históricas, o Elena, Perdida entre libros.

Las firmas invitadas, Dani González, Susana y Luis Moreno Villamediana, y otras que vendrán. Es un auténtico privilegio tenerlas aquí, y sus reseñas no hacen sino elevar el nivel de este blog.

Los seguidores, que son como esos socios o mecenas que mantienen museos e instituciones, como se dice, "más allá del deber". Muchos ya han sido citados por sus blogs. Otros, Magda, Olivia, Emiliano, el Hada, Juliett y Adán, están ahí. Ver los rostros o avatares de todos ellos al abrir la página hace que uno se sienta acompañado y que el viaje valga la pena.

Los que comentan. Existe la soledad frente a la pantalla en blanco, pero también la soledad frente al texto publicado. Cuando alguien pierde un minuto o diez de su tiempo para realizar un comentario hace que esa pantalla sea menos fría, y añade valor a mis tonterías.

Los lectores. Los hay, aunque sea difícil percibirlos. Comenten o no, para ellos se hace esto, y por ellos no es tiempo perdido. No puedo sino agrdecerles su paciencia y comprometerme con ellos para mejorar.

Este blog no surgió como un acto egocéntrico, ni mucho menos por el convencimiento de que tenía una verdad que transmitir. Hubieron personas, sin duda generosas, que me lo sugirieron y me animaron. Ahí empezó, con dudas y con el deseo de transmitir amor por los libros y la literatura, y convencido de que habían otros que lo harían mucho mejor que yo.
Y así sigo, con los mismos convencimientos, deseos y dudas, pero también con el conocimiento y las lecciones que he podido adquirir de todos los anteriormente citados. Gracias a este blog he encontrado amistad, humor, camaradería, respeto, conocimiento, sabiduría y bondad. No es poco; en absoluto es poco. Pero, sobre todo, he hallado generosidad. La auténtica, porque ni un sólo céntimo se mueve aquí, y sin embargo puedo afirmar que he recibido mucho más de lo que he dado. Siempre he estado convencido de que existe más gente buena en el mundo que mezquina. Conocerla, conocer a esta buena gente antes citada, sin embargo, es un raro privilegio que me hace mucho mejor. Gracias a todos.

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K2, de Javier García Sánchez

Ed. Planeta, col. Autores Españoles e Iberoamericanos
Barcelona, 2006 [2006]

En primer lugar tengo que decir que Javier García Sánchez es amigo mío. Buen amigo. ¿Puede habérseles pasado por la cabeza que este hecho motive una especial benevolencia o el simple peloteo por mi parte? La respuesta es que a un amigo no se le hace eso, no se le engaña. Aquí sólo se comentan obras que me gustan, de modo que Javier o no Javier, si figura aquí su K2 es por el puro mérito literario. Como máximo, conozco bien el modo de trabajar y escribir del autor, pero eso no tiene porqué influir en el resultado final.
Javier García Sánchez, por si alguien lo duda, es un hombre literario integral e íntegro, y para comprobarlo sólo tienen que repasar su bibliografía. Pero también constituye un caso único en las letras españolas por el hecho de ser el autor de las dos únicas novelas deportivas que pueden calificarse como gran literatura, El Alpe d'Huez (que algún día les comentaré) y K2. No ha sido sin problemas. Desprecio, ostracismo y mala intención, porqué no decirlo, por parte de la crítica y el mundillo literario. Al parecer, el hombre literario, con o sin atributos, para cierto sector que se considera en las alturas espirituales, el único deporte que debe hacer es levantamiento de libros. No quiero imaginar lo que le hubiesen hecho a Píndaro.
El K2, para aquellos no informados del hecho, es la segunda montaña más alta del mundo, 8.616 metros, la más difícil de escalar, la más difícil de sobrevivir, la Montaña de las Montañas [y gracias a Susana por la información previa, y la pasión, que me dio pistas al respecto de lo que siente cualquier escalador ante la montaña más bella del mundo].
No es una novela de épica, no es una novela unidimensional. Javier García Sánchez es hombre literario integral. Hay una gesta, como es la ascensión y la renuncia, hay sufrimiento, hay descripciones bellas, tremendas, terribles. Esa integridad literaria implica que puede haber poesía y literatura en la montaña, que el K2 puede ser el espejo del que se dedica a su ascensión, que la persona puede ser también el reflejo del propio K2. Es gloria y derrota. Gloria amarga y derrota redentora. Hay una historia de amor. Con la montaña, un extraño amor-odio; con una mujer, no como sustitución de la montaña, sino como enseñanza y salvación ante la ambición y la locura. Hay un martirologio alpinista que deviene homenaje al poder omnímodo de la montaña de montañas, siempre celosa de su propia integridad. Hay dudas y una continua interrogación sobre el alpinismo, lo que fue y en lo que se ha convertido. Pero sobre todo hay experiencia, una de transformación, porque si es verdad que la montaña te transforma, del K2 nadie sale indemne en esa metamorfosis.
¿Una historia de amor? Sí, y puede extrañar esa intrusión inusitada en una historia que es de un deporte y una montaña. Paciencia. Esa historia está realmente imbricada en la experiencia del protagonista y su K2, y (mérito de García Sánchez) pronto ambas cordadas se unen en un todo inextricable y necesario para la narración.
¿Es posible que alguien espere una epopeya gloriosa? En pleno siglo XXI, ya es imposible y hasta ridículo describir la guerra como algo puramente heroico. Hubiera sido igualmente anacrónico y falaz describir el alpinismo como una gloriosa ascensión a la cumbre. La misma tecnología nos ha alienado de la épica. Ya no es posible matar con honor y ya casi es imposible admirar a quienes ascienden con más panoplia y equipo que el astronauta medio, cuando no a hombros de sherpas. Javier García Sánchez emplea todos y cada uno de los recursos para mirar el K2 y a su protagonista desde todos los ángulos posibles. Hay épica, pero es la de la propia montaña, el hombre solo y su transformación psicológica, mental, espiritual inclusive. Es la épica del sufrimiento, de la expiación, de la culpa, de la renuncia y de la temeridad. La del respeto a la montaña. Un temor reverencial que no es sino el amor y la adoración a una diosa terrible y despiadada, pero por la que es imposible no sentir fascinación.

Portada y sinopsis

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¡Pues Vaya! Lo Mejor de Wodehouse, de P. G. Wodehouse

(What Ho! The Best of P. G. Wodehouse)
Ed. Anagrama, col, Panorama de Narrativas
Barcelona, 2004 [1915-1975]
Introducción de Stephen Fry

Durante meses me he estado rompiendo la cabeza pensando qué libro de Wodehouse podía presentarles aquí con la esperanza de darles a conocer un gran genio del humor inglés. Al final, y frente a la imposiblidad de decidirme entre mis muchos favoritos del maestro, llegué a la conclusión (como supongo que hizo Jorge Herralde) de reseñar esta antología que puede servir como gran menú de degustación y que les permitirá pasar por la amplia variedad de personajes de este autor. Con la admonición, eso sí, de que si ven un libro de Wodehouse se lancen sobre él. Adquiéranlo, pídanlo prestado, alquílenlo, descárguenselo de internet si saben inglés (en Proyecto Gutenberg hay unas cuantas obras suyas), pero léanlo. Porque vale la pena.
El principal motivo de escoger esta antología es, aparte la variedad, porque lleva una concisa pero definitiva introducción de Stephen Fry (que tuvo el privilegio de interpretar al genial mayordomo Jeeves en una serie británica; el actor que encarnaba a su entrañable y catastrófico señor Bertie Wooster era Hugh Laurie, hoy más conocido como el Dr. Gregory House). En esta introducción se trazan todas las claves esenciales del maestro.
Hace un tiempo, una persona a la que recomendé una novela de Wodehouse volvió quejosa: «Sí, muy divertida, ¡pero es que no tiene nada que ver con la realidad!» «Felicidades ─repuse─. Acabas de sacar de la literatura a Alicia en el País de las Maravillas y a toda la obra de Kafka. Entre otras.» «Quiero decir, que sólo sirve para reír.» «Felicidades. Acabas de expulsar de la literatura todas las comedias de Shakespeare. Entre otras.» Y así se marchó, convencido de que la vida es trascendente en todo momento, y a mí convencido de que era (ustedes disculpen) un perfecto soplador de vidrio. Me pregunté si alguna vez condescendería a bajar al mundo de los mortales y explicar un chiste, o a jugar con su hijo de tres años por el mero hecho de reír juntos. Probablemente no. Se dedicaría a enseñarle trigonometría.
El mundo de Wodehouse no existe ya, si es que alguna vez existió, cosa que dudo. Es un mundo de enredos, de comedia musical sin música, de las grandes comedias de Hollywood. La película que más se parece a lo que Wodehouse nos explica es Bringing Up Baby (aquí titulada "La Fiera de Mi Niña"), y quienes mejor podrían encarnar, por ejemplo, a ese lechuguino entrañable que es Bertram Wooster hubiera sido Cary Grant; y a su sutil, inteligente, levemente cínico y siempre discreto mayordomo Jeeves, siempre he imaginado al gran George Sanders. Las chicas de Wodehouse serían todas esas enormes actrices de la edad de oro de Hollywood, las Carole Lombard, Katharine Hepburn o Rosalind Russell.
Es un humor totalmente blanco y sin más pretensiones que el propio humor. Pero a una edad en la que no había entrado en la adolescencia, Wodehouse me permitió iniciarme en el humor inteligente.
Todo está al servicio de la diversión del lector: sus personajes estrambóticos; las situaciones embrolladas; la serie de catástrofes que se amontonan para formar un conjunto descomunal de comicidad; su lenguaje; el gag sabiamente introducido. Al respecto del título de la antología, que proviene de Adelante, Jeeves:
«─¡Pues vaya! ─dije.
─¡Pues vaya! ─dijo Motty.
─¡Pues vaya! ¡Pues vaya!
─¡Pues vaya! ¡Pues vaya! ¡Pues vaya!
Después de lo cual pareció bastante difícil proseguir la conversación.»

Hay algo en lo que Fry y Laurie se muestran de acuerdo: lo difícil que es llevar a la pantalla un humor que depende en gran medida del juego escrito. Es posible, pero algo (mucho) se pierde en el traslado:
«─¿Sir Jasper Finch-Farrowmere? ─preguntó Wilfred.
─ffinch-ffarrowmere ─corrigió el visitante, al detectar las mayúsculas con su sensible oído.»

Es una situación que depende únicamente del lenguaje escrito, y es imposible llevarlo a la expresión oral sin alterar su precisa concisión.
Pero no sólo hay juegos verbales.
«A diferencia del bacalao macho, que una vez convertido en padre de tres millones quinientos mil bacaladitos, decide animosamente quererlos a todos, el aristócrata de nuestros tiempos se da cuenta de que su hijo menor es un perfecto incordio.»

«El pueblo de Market Blandings es uno de esos poblados adormecidos que el progreso moderno no ha podido tocar... La iglesia es normanda, y la inteligencia de la mayoría de los nativos paleozoica.»

«Como detective eres un desastre. No podrías detectar un bombo en una cabina telefónica.»

«La fascinación de la caza como deporte depende casi por entero de si estás en el lado apropiado o no del arma.»

«A la edad de once años o así, las mujeres adquieren una maestría y capacidad para manejar las situaciones difíciles que un hombre, si es afortunado, consigue tener a los setenta y tantos.»

«¿Ha visto alguien un crítico dramático a la luz del día? Por supuesto que no. Salen de noche, para hacer el mal.»

«Cualquiera puede embaucarme. Si estuviera en un monasterio trapense, lo primero que sucedería sería que algún transeúnte me induciría a hacer alguna espantosa idiotez contra mi mejor juicio por medio del lenguaje de los sordomudos.»

«Un joven con oscuros círculos bajo sus ojos se apoyaba contra una máquina tragaperras. Un enterrador que pasara en ese momento hubiera mirado a este joven con atención, oliendo el negocio. Y lo mismo hubiera hecho un buitre.»

«No importa lo devotamente que una chica pueda adorar al hombre de su elección, siempre llega la ocasión en la que siente un irresistible impulso de cogerlo y darle un pescozón.»

«Atila el Huno podría haber roto su compromiso con ella, pero sólo Atila el Huno, y sólo si hubiera estado en uno de sus mejores días.»

«─Supón que tu tía Dahlia leyera una mañana en el periódico que ibas a ser fusilado al amanecer.
─Imposible, jamás me levanto tan temprano.»

«Demostró de nuevo que la mitad del mundo no sabe cómo viven las otras tres cuartas partes.»

Como dice Fry, "Si ustedes son inmunes a este tipo de humor, entonces, es probable que sólo estén hechos para las traiciones, las estratagemas y las rapiñas. No analicen su luminosa perfección. Limítense a gozar de su cordialidad y esplendor. Como Jeeves, Wodehouse es un caso aparte y analizarlo, en su último término, no sirve de nada".
Cada aficionado a Wodehouse tiene su personaje favorito, y en esta antología tendrán ocasión de hallarlos a todos. Los míos son (tal vez porque fueron los primeros que descubrí) Jeeves y Wooster. Jamás olvidaré ese glorioso final de una de sus novelas, en la que, tras la acostumbrada catástrofe, Bertie Wooster se ve amenazado por la cólera de su tía Agatha, y Jeeves, siempre solícito, le propone aceptar la invitación de un crucero por el Mediterráneo, que era la opción vacacional preferida desde el principio del discreto mayordomo.
«─¿De modo que un crucero, eh, Jeeves? ─dijo Bertie, sombrío.
─Sí, señor.
El pensamiento de tía Agatha con millas de agua de por medio empezó a animar su mente.
─El viento en las velas, la espuma del mar en la proa y todo eso, ¿no, Jeeves?
─Sí, señor.
─¡Ohé, ohé, ohé, Jeeves!
─Sí, señor.
─Y aún diría más: ¡Ohé, ohé, ohé, y una botella de ron!
─Sí, señor. Ahora mismo se la traigo.»

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El Desdén, con el Desdén, de Agustín Moreto

Ed. Castalia, col. Clásicos Castalia
Madrid, 1971 [1654]
Edición de Francisco Rico

Esta obra de teatro clásico, en resumen de Ignacio de Luzán, trata de "Carlos, Conde de Urgel, enamorado de Diana, princesa en extremo esquiva y enemiga de amores y de casamiento, juzgando imposible empresa el vencer su esquivez por los medios regulares de amor y rendimiento, elige el de fingir indiferencia y desamor, y con esta traza logra su intento, pues Diana, rendida al fingido desdén de Carlos, se da a partido y le da la mano de esposa".
Pocas cosas se pueden añadir a la magnífica edición, como acostumbra, de Francisco Rico, uno de los más amenos, a la vez que rigurosos, anotadores y estudiosos de las letras clásicas hispanas.
Goza esta comedia de una exacta simetría en su título (que, lo confieso, es lo primero que me atrajo de ella), una especie de palíndromo semántico que conlleva una aparente contradicción.
Pero además, Moreto da relevancia al bufón ("la figura de donaire", como se definía en la época al gracioso de la obra) y así el papel de Polilla se convierte en uno de los más agradecidos. Los temas de la mujer esquiva o "varonil" (en el sentido de dedicarse al estudio y la filosofía y aborrecer el papel social que tiene asignado en la época de esposa y madre), por descontado ridiculizado y frustrado por la obra, ya que las costumbres y paradigmas de su tiempo no hubieran permitido otra cosa. Aunque su misma aparición como tema en las letras del Siglo de Oro algo barrunta que alguna realidad, poca o mucha, podría tener.
Se trata de una comedia de ingenio, y sus diálogos en verso cumplen por ingeniosos. Es evidente que no es una de las grandes de la época; ese puesto se reserva a las obras de Lope y Calderón. Pero por formas y ejecución es una de las comedias que merecen perdurar.
Como siempre en el caso de los clásicos, la paciencia es uno de los requisitos para su lectura. En este caso se ve acompañada por una edición de aquellas que gustan: las que informan e ilustran en vez de agobiar y distraer la atención.

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Si Esto Es un Hombre, de Primo Levi

(Se Questo È un Uomo)
Muchnik Eds., col. Personalia
Barcelona, 1995 [1958, 1976]

A principios de 1944, y con la connivencia del régimen mussoliniano de la república de Salò, los alemanes deportaron a los judíos italianos bajo su control a los campos de exterminio nazis situados en el este de Europa. Entre los deportados estaba Primo Levi, y esta es su historia de cómo llegó a Monowitz, una de las "delegaciones" de Auschwitz; de su estancia allí; y de cómo, gracias a una concatenación de circunstancias, pudo sobrevivir.
La concatenación de circunstancias no es baladí, ni una serie de elecciones, de acciones, sino de casualidades. Una especie de macabra lotería que marcó la diferencia entre vivir y morir. Porque el destino último de los depotados era morir. El cómo era accesorio. Quien entraba en el Lager sólo podía salir de él de una manera, si quieren representada por la terrible frase de los propios prisioneros: "por la chimenea". Por su propio pie, jamás. Sólo una serie de improbabilidades y opciones casuales permitió la supervivencia. Lo normal, la norma, el destino, la certeza estadística era la muerte.
Pero esto, presente como está (y no puede ser de otra manera), no es el cuerpo principal del relato de Levi. Tampoco es una historia de los campos de exterminio, ni un ensayo sobre el holocausto. Primo Levi testimonia sólo (y no es poco) las cosas que sufrió y vio, los hechos de los que tuvo experiencia directa.
La vida (más bien la muerte en vida) en el Lager. El día a día, su organización, su estructura, sus jerarquías, sus trampas diabólicas en lo que conformaba una macabra ecuación: la suma de factores, el trabajo extenuante, la mala alimentación, el maltrato, el fomento de la competencia entre los presos, las enfermedades, las normas absurdas pero milimétricamente trazadas, dan como resultado que, si puedes evitar esas trampas, sobrevives un día más. Hasta que, por reiteración, una de esas variables, alcanzará a su tiempo un valor insoportable, y ya no habrá mañana.
Este es un texto bello. ¿Bello? ¿Cómo puede ser bella una descripción de lo más terrible que ha ideado la humanidad, el exterminio sistematizado? Sencillamente porque la palabra tiene que analizar el hecho, pero al convertirse en el escalpelo que disecciona la realidad del Lager, no puede sustraer de este despiece la propia voluntad, la mente y pensamiento del sufriente. No puede alcanzarse sino con metáforas, imágenes, sentimientos. Metáforas terribles.
El relato de alguien ajeno hubiera podido ser más global. Más historicista. Más completo. Pero la enumeración del involucrado no puede sino evocar los pequeños milagros de la supervivencia ante el propio destino marcado. De la lucha por el minuto, la hora, el día. No puede, si el sentimiento es vívido, sino poseer una belleza sobrecogedora, opresiva.
Tras la lectura, no podemos sino pensar que todos fuimos en parte exterminados en Auschwitz, y que todos fuimos en parte exterminadores. Que asesinamos a Dios en Auschwitz. Que, más aún, aniquilamos nuestra propia humanidad en Auschwitz. Que el ser humano, más que en el Jardín del Edén, protagonizó la Caída en un campo de exterminio. Escribe el propio Primo Levi:

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Otros testimonios sobre los campos nazis: La Escritura o la Vida, de Jorge Semprún y El Largo Viaje, de Jorge Semprún.

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Caos Calmo, de Sandro Veronesi

(Caos Calmo)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 2008 [2005]

Desde hace pocos meses, la prensa italiana, gracias a los éxitos de público y crítica de tres películas (Caos Calmo, Gomorra e Il Divo), está hablando de un renacimiento del cine italiano. Este fenómeno o, mejor dicho, el antifenómeno anterior tiene unas características (por otra parte extrapolables al cine español o al europeo en general) que llegaron a exasperar a esa misma crítica y público, a saber: existían buenos directores, excelentes actores, buenos presupuestos y una trama industrial decente. Y sin embargo estas películas llegan donde no alcanzaban anteriores producciones.
Descontando Gomorra e Il Divo, que se basan en una investigación tan a fondo del mundo de la Camorra que puede llegar a costarle la vida a su autor, y en una figura política tan cínica que siempre logró traspasar fronteras, la nota llamémosla discordante la constituye una obra de ficción, Caos Calmo.
Una buena película, por lo general, lleva una buena historia detrás (aunque no necesariamente viceversa). De modo que la novela de Veronesi bien se merecía una lectura.
Y vale la pena. A finales de verano, Pietro, el protagonista, salva a una desconocida de morir ahogada y al regresar a su casa se encuentra con que ha muerto la mujer con la que iba a casarse a los pocos días. Cuando llega la época de que su hija regrese al colegio, Pietro decide instalarse en su automóvil frente a la escuela de la niña, en una especie de bendita locura destinada a proteger a su hija y a combatir la sensación de pérdida. (Este resumen argumental, bastante chapucero por mi parte, se basa en el texto de contraportada. Jorge Herralde y sus chicas, como siempre, lo explican mucho mejor. Pueden leerlo íntegro aquí.)
En este punto la novela adquiere una inflexión que bien pudiera hacerse ridícula, de no mediar el adecuado talento de Veronesi: En los aledaños de la escuela y en el coche aparcado frente a la misma, Pietro adquiere la condición de un ermitaño a tiempo parcial, un loco que establece su oficina en el automóvil, una persona estrafalaria a los ojos de todo el mundo por la que, sin embargo, la gente conocida o desconocida empieza a sentir una suerte de admiración por su locura. Alguien que, conscientemente, se instala en un raro caos, uno de aspecto tranquilo y natural, un caos calmo que rebasa la extravagancia para alcanzar la fascinación.
Sabrán ustedes el alto valor que concedo a la exageración en literatura. La situación y personaje de Veronesi es exagerada, pero no hay exageración sin riesgo, no se pueden usar medias tintas, y en ese riesgo se puede caer demasiado fácilmente en el ridículo. No obstante, el autor asume estos riesgos y evita con sabiduría la moraleja fácil o el esperpento.
Convertido Pietro en una anomalía que en primera instancia deja estupefacto al mundo, luego esa misma anomalía se convierte en atracción. Bajo el pretexto de la preocupación por Pietro, éste será tomado (al asalto, en ocasiones) por confesor, por psicoanalista, incluso por bacina de los vómitos emocionales de compañeros de trabajo, familiares, etc.
Veronesi posee una rara perspicacia sobre el mundo actual y los seres que lo pueblan. Es así como la galería de personajes que nos presenta son muy plausibles, muy reales, a pesar de todas sus neurosis y complejos. O precisamente por eso, porque es muy probable que conozcamos a personas como ellas. Lo extraño es encontrar todas esas neurosis reunidas, y eso es lo que desencadena el caos de Pietro.
Como no podía ser de otra manera por la situación planteada, la novela es en muchas ocasiones cómica, pero con esa clase de humor que nos hace pensar después de haber reído.
Sandro Veronesi ha sabido componer una historia valiente, arriesgada, perceptiva y humanística, bellamente estructurada, que a veces conmueve y a veces reflexiona, pero en todos sus puntos provoca el interés y llama la atención del lector. Una novela notable.

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Viajes y Viajeros en la Europa Moderna, de Antoni Maczak

(Zycie Codzienne w Podrózach po Europie w XVI i XVII Wieku)
Eds. Omega
Barcelona, 1996 [1978]

Producto de lo mucho más estudiada que está la época medieval en Europa, se cree que el fenómeno del viaje era algo poco extendido hasta el siglo XVIII. Viajes de aprendizaje durante el Renacimiento, principalmente con objetivos artísticos y técnicos, sí, pero pocos. Y nada más. Muy al contrario, si se lee el texto del viaje de Michel de Montaigne (ampliamente mencionado pero en apariencia muy poco leído), se puede ver que el fenómeno del viaje estaba ya muy extendido en la Europa Moderna. (No con la amplitud actual, por descontado, pero sí en un grado mucho mayor del que la idea preconcebida de la persona arraigada en su terruño indica.) Montaigne viajaba para tomar las aguas, pero lo que llama la atención en este aspecto no es el viaje del propio autor, sino la multitud de viajeros que encontraba en las posadas y hostales, la existencia de guías profesionales y de una infraestructura que podríamos denominar "turística".
Otra prueba, aportada esta vez por Maczak, es el gran número de guías, itinerarios, vocabularios, léxicos y consejos para los viajeros; unos textos que, por su propia naturaleza, tienen una pervivencia difícil. Esta bibliografía (12 páginas de letra apretada) de vademécums y relatos que han sobrevivido al paso del tiempo nos muestran una Europa que por diversos motivos sentía curiosidad por aquello que estaba situado más allá de las comodidades (el viaje, por supuesto, era patrimonio de la nobleza y de una clase burguesa emergente) del propio hinterland.
Condicionados por la historiografía tradicional primero y por la marxista o económica después, no fue hasta la aparición de Carlo Ginzburg y su interés por la así llamada "Pequeña Historia" (la que podríamos denominar "historia antropológica") que los historiadores han empezado a conceder importancia a todos los aspectos en teoría menores, pero que sumados a los de la "Gran Historia" nos permiten una aproximación a la estructura mental del individuo en su época.
Maczak realiza en esta obra un trabajo por una parte titánico, por su minuciosidad, y brillante por su síntesis y concisión. Algunos de los temas que trata: Carretera y tráfico; posadas y hospitalidad; gastos de viaje; higiene; fronteras; el grupo en marcha; peligros; estudiosos de visita; arte y artistas; católicos, protestantes y reliquias; los límites de lo permisible; o turistas y medidas. En resumen, proporciona respuestas a las preguntas que todo turista, de cualquier tipo, se formula: ¿cómo y doónde cambiar moneda? ¿qué no debo hacer en tal país? ¿qué debo evitar? ¿qué visitar?, etc. Pero con una diferencia: los viajeros eran de los siglos XVI y XVII.
Lo prodigioso es que Maczak consigue un libro amenos, además de imprescindible para el historiador. Por supuesto, no es plato para un lector no interesado en la época o en la Historia, pero a poco interés que se posea, se saldrá de su lectura con una de las mejores aproximaciones a la mentalidad y características de la Europa Moderna. No es poco.

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El Maestro y Margarita, de Mijáil Bulgákov

(Macmep u Mapzapuma)
Ed. Debate, col. Literatura
Madrid, 1998 [1928-40; publ. 1966-67]
Se ha consultado también la edición rusa de
Azbuka Klassika
San Petersburgo, 2000

El Maestro y Margarita es una de las grandes obras literarias de todos los tiempos.
Y podría dejarlo aquí (y algunos dirán que debería hacerlo, ja, ja). Pero las exigencias de la reseña obligan a extenderse y completarla con datos que yo definiría como superfluos. Pero, créanme: hay que leer El Maestro y Margarita.
La narración de Bulgákov se estructura alrededor de tres historias: La visita, en una especie de gira de inspección, del diablo (Voland) a Moscú, en la cual Satanás y su séquito crearán un caos que pondrá en ridículo toda la sociedad moscovita y soviética; la historia de Poncio Pilatos y su encuentro con Joshuá Ga-Nozri, un relato menos (o más) evangélico de lo que pueda parecer; y la historia de amor de Margarita, enamorada irremisible y trágicamente del maestro, un literato que, justamente, ha escrito en su única obra la historia de Poncio Pilatos, y al que la intelligentsia literaria ha atacado de forma tan feroz que le ha llevado a la reclusión en la casa del dolor, un sanatorio mental en el que desaparecer de la vida de Margarita, en el intento de evitar nuevos sufrimientos a su amada.
Tres historias dispares pero que se imbrican en un todo absolutamente coherente y bello.
Se han dicho muchas cosas sobre Bulgákov y El Maestro y Margarita... Que debido a su formación teatral domina los diálogos y las situaciones. Que posee una aguda percepción de su sociedad. Que es una parábola sobre la historia del propio Bulgákov. Todo ello es verdad. Pero además, nos hallamos con algo más que un dramaturgo puesto a novelista, que un cuadro de costumbres satírico, que una venganza ante el impuesto ostracismo estalinista. Hay escenas potentísimas. La función en el teatro Varietés, con su curiosa inversión de papeles: el diablo Voland contemplando desde el escenario el espectáculo que le brindan los espectadores moscovitas. Las andanzas del locuaz y burlón Koróviev y su bromista y desmesurado compañero el gato (¿o no?) Popota; el siniestro demonio Asaselo. El sueño de la entrega de divisas; el vagar incoherente y surreal de Iván Nikoláyevich Desamparado; la bellísima historia de amor, más sugerente todavía por desusada; la hilarante escena de todo un edificio gubernamental cantando a coro y al unísono, en intervalos de tres minutos, "Glorioso es el mar sagrado del Baikal". Y una de las más bellas novelas históricas jamás escritas, la historia de Poncio Pilatos.
El catálogo de personajes es impresionante; y uno tiene la impresión de que todos son plausibles, todos pueden existir, ya sean ridículos, patéticos o entrañables.
No voy a hacer ninguna interpretación sobre la obra. Se me ocurren, a bote pronto, más de una veintena. Todas argumentables, y con toda probabilidad, voluntariamente incluidas por el autor.
Pero, aunque sólo sea por una vez, acérquense a la obra sólo dispuestos a sorprenderse a cada página, si la leen por vez primera. Tendré una sana envidia de ustedes, que tendrán el privilegio que otorga el descubrimiento personal de una obra maestra. Para los que la releemos, la contemplamos en su estante con cariño, con una inusitada ternura. La que reservamos a esas obras que nos han dado una sensación única.

* * *
La influencia de la obra de Bulgákov ha sido enorme. Pero tiene una curiosa: una canción de los Rolling Stones, "Simpathy for the Devil". Aquí la tienen:



Y por supuesto, webs, webs, webs: Una dedicada a El Maestro y Margarita en inglés, francés, neerlandés y ruso, muy completa; otra dedicada Bulgákov en alemán, inglés y ruso; otro dedicado obras de Bulgákov en ruso e inglés; finalmente, una deliciosa en inglés sobre curiosidades sobre El Maestro y Margarita.

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Buffalo Bill Ha Muerto, de E. E. Cummings

(Antología a partir de Complete Poems 1904-1962)
Eds. Hiperión, col. Poesía Hiperión
Madrid, 1998 [1953-1962]
Trad. de José Casas

El poeta norteamericano Edward Estling Cummings representa alguien único en las letras universales. Formalmente capaz del mayor clasicismo y de la innovación más atrevida, fue menospreciado por la crítica de su tiempo y, en cambio, favorecido por los lectores. El tiempo, como suele ocurrir, ha dado la razón a estos últimos.
Es difícil comentar poesía. Si cualquier obra literaria es un convenio tácito entre autor y lector, en poesía ese convenio es todavía más personal, con lo que cualquier resultado de esa comunicación es un producto íntimo e individual. Y resulta intransferible.

La Guerre

Humanidad yo te amo
porque preferirías limpiarle las botas al
éxito a indagar de quién es el alma que cuelga de la
cadena de su reloj lo que resultaría embarazoso para ambas

partes y porque
aplaudes impávida todas
las canciones que contienen las palabras patria hogar y
madre cuando las cantan en el viejo howard

Humanidad yo te amo porque
cuando estás sin blanca empeñas tu
inteligencia para conseguir bebida y cuando
estás boyante el orgullo te

mantiene alejada de la casa de empeños y
porque constantemente estás causando
molestias pero sobre
todo en tu propia casa

Humanidad yo te amo porque
te metes de continuo el secreto de
la vida en los pantalones y olvidas
que lo has puesto allí y te sientas

sobre él
y porque siempre
estás haciendo poemas en el regazo
de la muerte Humanidad

yo te odio

A menudo imitado pero nunca igualado, la libertad poética de Cummings es tal que su misma diversidad resulta casi abrumadora. Poeta de la experiencia, del amor, del sindicalismo, de los mitos y caracteres americanos, de la crítica y la sátira, de todo lo humano, en suma. Octavio Paz dijo de él: "reconocí en sus obras esa rara alianza entre invención verbal y fatalidad pasional que distingue al poema de la fabricación literaria".

hay en el tiempo una noble y benévola proporción
junto con una generosidad increíble
(aunque la carne y la sangre le acusen de coerción
o la mente y el alma le inculpen de engaño)

su conducta no es lógica o ilógica,
su sabiduría anula la discordia y el acuerdo
─los sáharas tienen sus siglos;diez mil
de ellos son más pequeños que el momento de una rosa

hay un tiempo para reír y hay un tiempo para llorar─
para la esperanza la desesperación la paz y el deseo
─un tiempo para crecer y un tiempo para morir:
una noche para el silencio y un día para el canto

pero sobre todo(como me dicen
tus más que ojos)hay un tiempo para la eternidad

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Rock Springs, de Richard Ford

(Rock Springs)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 1990 [1987]

No había leído nada de Richard Ford. Se trata de un narrador que se ha consolidado como uno de los más aclamados del panorama actual norteamericano, ha recibido elogios (de gente tan considerable como Raymond Carver, nada menos) y que, por el puro conocimiento de su obra, tenía planes de leer tarde o temprano. De modo que, atendiendo una oportuna petición de una lectora [¿Cómo realizar una petición? Fácil. A la derecha de sus pantallas, pinchen sobre "ver todo mi perfil". En esa pantalla encontrarán una dirección de e-mail en la que realizar sus peticiones, entre otras cosas], y bajo la premisa de que un buen narrador de cuentos tiene medio camino recorrido para convertirse en buen novelista, me he adentrado en las historias de Rock Springs.
El resultado ha sido desigual. Empecemos por decir que Ford me ha interesado lo bastante (por motivos que explicaré) como para concederle el beneficio de la duda y ver qué es capaz de hacer en su trilogía de Frank Bascombe. Espero que en ella sea capaz de desarrollar una, muchas historias.
Que Raymond Carver apadrine a Richard Ford no es ocioso. Ese autor de historias mínimas y minimalistas, compuestas de pequeños detalles, halla en los relatos de Rock Springs un digno sucesor. Ford nos presenta situaciones aparentemente triviales, que desembocan en hechos a veces dramáticos, a veces anodinos, muchas veces circunstanciales. Pueden o no haber transformado a sus protagonistas, haber cambiado sus vidas. Nos atraen por su extrañeza, pero no hallamos en ellas solución de continuidad. Es como ver una o varias fotografías. Tenemos la información de esa instantánea, incluso conocemos a los protagonistas, pero no podemos ir más allá, salvo en nuestra imaginación.
Es un género que, lo reconozco, me frustra. Tiene sus ventajas, sus aplicaciones, su utilidad y su lugar en la literatura. Pero el mero hecho de su fórmula lo hace repetitivo. Y me plantearía fuertes dudas sobre las capacidades de su autor si no fuera porque Ford tiene maneras de narrador y, entre ellas, una rara virtud: en casi todas las historias que, insisto, parecen anodinas, se construye una tensión emocional y dramática casi insoportable, una sensación insuperable de que algo va a suceder, algo va a estallar. No es corriente hacer esto bien, y Richard Ford construye esa atmósfera de manera progresiva y casi imperceptible hasta transmitir la tensión al lector. Sólo por eso merece una segunda oportunidad.
¿Los argumentos? Son todo historias de perdedores. En la América interior y profunda las gentes se mueven entre la amoralidad, el adulterio, el homicidio, las vidas rotas y remendadas una y otra vez. Richard Ford parece ser fiel seguidor de una máxima que yo comparto: "Como la sociedad, así el individuo". En este aspecto, las vidas de sus personajes son como la sociedad en la que viven: misérrimas, sucias y sórdidas. Esas son las fotografías del álbum que es Rock Springs.

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Las Nieves de Antaño, de François Villon

Ed. Plaza & Janés, col. Debolsillo
Barcelona, 2000 [1456-1463]

François Villon, tal vez el primer poeta "maldito" de la historia, tiene una biografía tan apasionante y variada como su poesía. Bohemio, cortesano y villano, delincuente, bebedor, putañero, ladrón, conspirador, protegido y perseguido, condenado dos veces a la horca y salvado in extremis; quién sabe si a la tercera fue la vencida y acabó cumpliendo su propia premonición:
Yo soy François, lo cual me pesa,
nacido en París, junto al Pontoise,
y de la cuerda de una toesa
sabrá mi cuello que mi culo pesa.
Tal vez. O a lo mejor adquirió prudencia y tuvo esa buena muerte que él mismo ansiaba en los versos de "El Testamento", porque nada se sabe de él después de 1463.
Si la poesía es experiencia, a Villon le sobraba tanto la una como la otra. Y en su obra, caótica como su vida, nos regaló de todo: poemas corteses, poesías de amor, advertencias a las vanidades que el tiempo desdeña, poesía de burdel y, creo que por primera vez en la historia, poemas no tanto a la muerte como a la horca y los ajusticiados, como la inmortal "Balada de los Ahorcados":
Hermanos hombres que nos sobrevivís,
no seáis duros de corazón con nosotros,
pues, si de estos pobres compasión sentís,
Dios la tendrá más pronto de vosotros,
Nos veis aquí colgados, cinco, seis:
En cuanto a la carne que harto hemos nutrido,
hace tiempo que devorada está y podrida,
mientras los huesos se harán ceniza y polvo.
Así, de nuestro mal nadie se ría;
¡mas pedid a Dios que a todos nos absuelva!

Si a vos clamamos, hermanos, no debéis
despreciarnos, aunque fuimos ejecutados
por la justicia. No obstante bien sabéis
que no todos los hombres son sensatos.
Disculpadnos, ya que estamos difuntos,
ante el Hijo de la Virgen María,
que su gracia para nosotros no se agote,
y que del rayo infernal nos preserve.
Estamos muertos, alma no nos agita,
¡mas pedid a Dios que a todos nos absuelva!

La lluvia nos ha vaciado y lavado,
y el sol resecado y ennegrecido;
urracas, cuervos, nos han vaciado los ojos
y arrancado la barba y las cejas.
Jamás un instante permanecemos quietos;
de acá para allá, según varía el viento,
de continuo, a su antojo, nos sacude,
más picoteados de aves que un dedal.
No seáis, pues, de nuestra cofradía,
¡mas pedid a Dios que a todos nos absuelva!

Príncipe Jesús, que reinas sobre todos,
no permitas que vayamos al infierno:
Allí ya nada podemos hacer ni saldar.
Hombres, en esto no cabe burla alguna;
¡mas pedid a Dios que a todos nos absuelva!

Fundador de la poesía francesa moderna, recurro a él con frecuencia, y jamás me defrauda. Supo recorrer todos los registros como recorrió todos los senderos de la vida. Y no es extraño entonces que escribiera:
Conozco bien las moscas en la leche,
conozco por su traje al hombre,
conozco el bueno y el mal tiempo,
conozco en el manzano la manzana,
conozco el árbol por su resina,
conozco cuando todo es lo mismo,
conozco al que trabaja o huelga,
conozco todo, menos a mí mismo.

(Por descontado, cualquier traducción poética tiene las de perder frente al original. Pueden ustedes encontrar sus Obras Completas en francés aquí, cortesía de Project Gutenberg.)

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Mutantes, de Armand Marie Leroi

(Mutants)
Ed. Anagrama, col. Contraseñas
Barcelona, 2007 [2003]

Subtitulada "De la variedad genética y el cuerpo humano", esta es una obra singular. Leroi, nacido en Nueva Zelanda, de nacionalidad holandesa, licenciado en Canadá y doctorado en California, se dedica a explorar la forma humana en todos sus aspectos únicos, "desde los más grotescos a los más bellos", como dice la contraportada, para analizar cómo hemos llegado a ser lo que somos y qué sucede cuando aparece un defecto genético.
Es necesario preguntarse si es preciso explorar estas mutaciones humanas (que en épocas se definían como monstruosidades y tenían el dudoso honor de contar con una disciplina propia, la teratología), si sirve realmente de algo este catálogo de errores, deformidades y bromas macabras de la naturaleza. La respuesta es que, si sólo se limitase a ser un catálogo, una muestra, una exhibición, no sólo no sería necesario, sino de mal gusto. Pero Leroi no se limita a eso.
Hay que partir de una base: todos somos mutantes, en mayor o menor grado. Absolutamente todos. "¿Quién de nosotros posee el genoma de genomas, el genoma mediante el cual todos los demás serán juzgados? La concisa respuesta es que nadie. Desde luego, el genoma humano [...] no es estándar. [...] Todos nuestros treinta mil genes muestran al menos cierta variedad. En la generación más reciente de los habitantes del mundo, cada par base del genoma humano mutó, de media, 240 veces." Pero sólo algunas de esas mutaciones son tan extremas como para rebasar lo que, arbitrariamente, definimos como "normalidad". El meollo del asunto es que nos hallamos a las puertas de una revolución biológica (de hecho, estamos ya cruzando su umbral). Una revolución que nos va a permitir, tiempo e investigación mediante, realizar cosas prodigiosas, eliminar o corregir aspectos de la variedad genética que provocan un sufrimiento y una marginación intolerables.
Entonces, ¿es necesario estudiar estas mutaciones, estos polimorfismos? La respuesta es: rotundamente sí. Necesitamos conocerlos y estudiarlos para poder localizar y entender cómo se producen. Necesitamos a los mutantes para saber dónde, cómo y qué causan. Qué gen. Qué mecanismo. Una vez conocido, trabajaremos para evitar estas mutaciones. En este aspecto, Leroi no se limita a la mera enumeración y catálogo, sino que también nos pone al día sobre el estado de la cuestión. Informa sobre lo que sabemos y los progresos que hemos hecho, y en este aspecto el libro adquiere el carácter de una prudente esperanza que justifica plenamente el estudio.
Era muy difícil no caer en manos de la exhibición, del espíritu de carnaval de monstruosidades que caracterizó los tratados teratológicos de los siglos XVII y XVIII. Mucho más en esta época de lo políticamente correcto. Es una línea muy fina la que separa la exhibición morbosa y el análisis humanístico y científico. Por esto, también, este libro es valiente, porque muy pocos autores se hubieran atrevido a correr el riesgo de ser tachados de exhibicionistas, de morbosos. Es posible que alguien concurra a este texto en busca precisamente de eso, de la feria de carnaval. Allá ellos. Pueden estar seguros de que esa morbosidad sólo se hallará en el ojo del espectador, del lector así mentalizado.
El arte ya ha intentado varias veces esta aproximación humanística. Freaks, de Tod Browning (que aquí se tituló "La Parada de los Monstruos"; sólo que los únicos monstruos eran la gente "normal") fue pionera. Siguió El Hombre Elefante, de David Lynch (es tratado someramente en este libro: "Ahora se cree que James Merrick, conocido como «el Hombre Elefante», que falleció en 1890 a los veintiocho años, padecía el síndrome de Proteo. De ser así, entonces en cierto sentido tuvo suerte de haber llegado a esa edad"), y Eduardo Manostijeras, de Tim Burton (pero al ser un personaje producto de la imaginación, el mensaje perdía potencia). Faltaba que la ciencia diera un paso público y mostrara también su comprensión y trabajo.
Se ha definido este libro como una versión biológica de El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero, de Oliver Sacks. Es una adecuada comparación. Ambas obras comparten una visión humana fundamental de sus pacientes y las personas estudiadad. Y Leroi, además, tiende una mano a esos nuestros compañeros de humanidad. Una mano llena de esperanza.

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La Guerra del Fútbol y Otros Reportajes, de Ryszard Kapuscinski

(Wojna Futbolowa)
Ed. Anagrama, col. Crónicas
Barcelona, 2008 [1988]

El hecho de que este libro lo constituyan una serie de reportajes(desde los inicios de la independencia africana hasta la guerra etíope-somalí del Ogadén, pasando por diversos conflictos y situaciones africanas, la guerra greco-turcochipriota y un par de episodios iberoamericanos) de 1960 a 1976 y no un tema monográfico (como en El Emperador) me permite hablar sobre el propio Kapuscinski y su desaparición, que el periodismo y la conciencia mundial lamentan.
Es necesario leer a Kapuscinski. Porque es uno de los pocos que ha interpretado con inteligencia y realismo África. Porque es quien sabe reconocer las responsabilidades exacatas del primer mundo con respecto al tercero. Porque nunca pierde la visión humanista y humana del conflicto. Porque nunca toma partido si no es por el sufriente. Porque frenta a los análisis de despacho, Kapuscinski recorre el terreno de la guerra y el sufrimiento, y sabe hacia dónde mirar en busca de responsabilidades.
¿Quieren ejemplos? Ahí van dos, extractados del reportaje que da título al libro. El primero, la visión de esas personas que demasiado frecuentemente se convierten sólo en cifras:
«El moribundo tendría unos veinte años. Le habían alcanzado once balas. Si aquellas once balas se hubieran alojado en un cuerpo débil y viejo, el hombre habría dejado de existir en el acto. Pero las balas penetraron en un cuerpo joven, fuerte, recio, de modo que la muerte encontraba una tenaz resistencia. El herido yacía inconciente, ya al otro lado de la existencia, y sin embargo lo que aún le quedaba de vida libraba, obstinada, su última y desesperada batalla. [...] Todos seguían con angustioso interés aquel feroz combate, porque querían saber cuánta fuerza había en la vida y cuánta en la muerte. Todos querían saber hasta dónde la vida era capaz de luchar contra la muerte, y si una vida joven que aún existía y se negaba a rendirse conseguiría ganarle el pulso a la muerte.
»─¿Tiene alguna posibilidad de sobrevivir? ─preguntó uno de los soldados.
»─Ninguna ─respondió el enfermero, sosteniendo en lo alto una botella de suero.
»Todo el mundo se sumió en un grave silencio. Violenta y entrecortada, la respiración del herido recordaba la de un corredor de fondo después de una carrera agotadora.
»─¿Algunos de ustedes lo conocía? ─preguntó al cabo de un rato uno de los soldados.
»El corazón del herido trabajaba con todas sus fuerzas, hasta el punto de que se oían sus febriles latidos.
»─Nadie ─le contestó otro soldado.
»Por el camino subían camiones, los motores rugían. Junto al bosque, cuatro soldados cavaban un hoyo.
»─¿Es de los nuestros o es uno de ellos? ─preguntó el soldado sentado junto a la camilla.
»─No se sabe ─le respondió el enfermero tras unos instantes de silencio.
»─Es de su madre ─dijo uno de los soldados que permanecían de pie a un lado.
»─Ahora ya es de Dios ─agregó otro, pasado un rato. Se quitó la gorra y la colgó en el cañón de su fusil.
»El cuerpo del herido temblaba, víctima de violentas sacudidas. Bajo la brillante piel morena aún latían sus músculos.
»─Qué fuerte es la vida ─habló en tono lleno de asombro el soldado que se apoyaba en su fusil─. Todavía sigue en él. Todavía sigue.
»Los demás contemplaban al herido con una expresión de gravedad dibujada en sus rostros. El silencio lo envolvía todo. El moribundo respiraba cada vez más despacio; la cabeza se le caía hacia atrás. Los soldados o se sentaban inmóviles o se arrebujaban los unos contra los otros, como si quisieran conservar un resto del calor ofrecido por un fuego a punto de extinguirse en medio de un campo helado. Al final, aunque esta situación aún se prolongó durante un buen rato, alguien habló:
»─Ahora sí que ya se ha ido. La vida que le quedaba le ha abandonado.»
En el mismo reportaje sobre la Guerra del Fútbol, ese conflicto que todavía en los países "civilizados" se toma a chacota (6.000 muertos, 20.000 heridos, 50.000 desplazados en tan sólo 100 horas) como originada por un partido entre selecciones de fútbol, Kapuscinski nos aclara:
«La verdadera causa de la guerra del fútbol radicaba en lo siguiente: El Salvador, el país más pequeño de América Central, tiene la densidad de población más alta de todo el continente americano. [...] Dos tercios de la población rurtal no tienen ni un acre. En unas migraciones que se han prolongado durante años, una buena parte de este campesinado ha emigrado a Honduras, donde había grandes extensiones de tierras sin dueño. Honduras (112.000 km cuadrados) es casi seis veces mayor que El Salvador, al tiempo que tiene una población dos veces menor. [...] En los años sesenta se manifestaron los primeros síntomas de malestar entre los campesinos hondureños, que reclamaban tierras en propiedad. El gobierno proclamó un decreto de reforma agraria. Al ser un gobierno al servicio de la oligarquía terrateniente y ejecutor de la voluntad de Estados Unidos, el decreto no preveía ni la fragmentación de los latifundios ni el reparto de las tierras pertenecientes al trust americano United Fruit, que posee grandes plantaciones bananeras en el territorio de Honduras. El gobierno pretendía entregar a los campesinos hondureños las tierras ocupadas por los campesinos de El Salvador. Eso significaba que trescientos mil emigrantes salvadoreños debían regresar a su país, donde no tenían nada. A su vez el también oligárquico gobierno de El Salvador se negó a recibirlos, llevado del temor de una revuelta campesina».
Echo mucho de menos a Kapuscinski. Para ayudarnos a ver más claro. Mientras surge alguien a quien podamos considerar su sucesor, tendremos que conformarnos con lo que nos enseñó:
«SILENCIO: Las personas que escriben libros de historia dedican demasiada atención a los llamados momentos sonados y no prestan la suficiente a los períodos de silencio. Se trata de una falta de intuición, tan infalible en cualquier madre cuando se da cuenta de que de la habitación del hijo no le llega ningún ruido. [...] Corre hacia allí sabiendo que su intervención es imprescindible, corre porque siente que el mal flota en el aire. El silencio en la historia y en la política desempeña el mismo papel. Es señal de una desgracia y, a menudo, de un crimen. Es un instrumento político tan eficaz como pueden serlo el esgrimir las armas o los discursos en un mitin. Necesitan del silencio los tiranos y los ocupantes que velan para que su actuación pase inadvertida. Advirtamos con cuánto celo lo cuidaron y lo mimaron todos los colonialismos. Con qué discreción trabajó la Santa Inquisición. Con qué empeño evitó toda publicidad Leónidas Trujillo. [...]
»Sería muy interesante que alguien investigara en qué medida los sistemas mundiales de comunicación de masas trabajan al servicio de la información y hasta qué punto al servicio del silencio. ¿Qué abunda más: lo que se dice o lo que se calla? Se puede calcular con facilidad el número de personas que trabajan para la publicidad. ¿Y si se calculase el número de personas que trabajan para que las cosas se mantengan en silencio? ¿Cuál de las dos cifras sería mayor?»

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Las Ciudades Invisibles, de Italo Calvino

(Le Città Invisibili)
Ed. Minotauro
Barcelona, 1985 [1972]

Hace poco asistía en otro blog [La casa de Asterión] a un debate sobre el papel que juega la tradición literaria en la creación contemporánea. No es que quiera entrar de lleno con este texto en esa cuestión, pero sí que creo que Las Ciudades Invisibles ejemplifica bien cómo un escritor inteligente y maduro no tiene porqué renunciar a sus ancestros literarios para conseguir una obra nueva, reflexiva y totalmente contemporánea.
Italo Calvino supo entender a la perfección la estructura de El Libro de las Maravillas de Marco Polo. Éste, como ya hemos visto, no es sino una gigantesca guía de viajes en la cual las historias y características de los lugares son justamente maravillosas. Como si Marco Polo, hechizado frente a las leyendas e historias que se le relataban, no hubiera podido resistirse a incluirlos en su relato, considerándolas demasiado buenas como para escamotearlas a sus lectores. En este aspecto acertó plenamente, y su pervivencia en la literatura la asegura esa construcción imposible superpuesta al mapa real del mundo de la época.
Calvino recoge esta estructiura, pero da un paso más allá y hace a Marco Polo relatar ante Kublai Kan las maravillas de ciudades que no se muestran en los mapas, que tienen en esencia una imposibilidad fundamental, y sin embargo, una plausibilidad casi metafísica. "No es que Kublai Kan crea en todo lo que le dice Marco Polo [...], pero [...] en la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos".
Líbreme el cielo de privarles del placer de leer una sola de estas ciudades invisibles. Pero déjenme, a modo de degustación y anticipo, citar unos pocos inicios: "En Cloe, las personas que pasan por las calles no se conocen". "El que va a Bauci no consigue verla y ha llegado". "Zenobia, aunque situada en terreno seco, se levanta sobre altísimos pilotes". "La ciudad de Leonia se rehace a sí misma todos los días".
Son sólo unas pocas, y sólo sus inicios. Los porqués y los cómos los deberán leer ustedes, y en su lectura pausada encontrarán la misma maravilla que en Polo, más la extraña inteligencia e intuición de Italo Calvino. Un viaje sin fin, como bien comprende Kublai: "El atlas del Gran Kan contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas en el pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas; la Nueva Atlántida, Utopía, la Ciudad del Sol, Océana, Tamoé, Armonía, New-Lanark, Icaria. [...] Los mapas de las ciudades que amenazan en las pesadillas y en las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World".
Después de leer Las Ciudades Invisibles, uno queda sobrecogido por la exuberancia, por el derroche de la obra. Cualquier otro escritor hubiese tenido una visión de una de las ciudades y hubiera desarrollado una novela. Italo Calvino decidió regalárnoslas todas, en su impagable brevedad, para que nuestra imaginación jugara con ellas. Es privilegio de los grandes escritores el ser generosos.

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Libro de las Maravillas, de Marco Polo

(Le Devisement du Monde)
Ed. Anaya, col. Tus Libros
Apéndice y notas de Mauro Armiño
Ilustraciones: mapas, grabados y códices de los siglos XII al XVI
Madrid, 1996 [1298]

Gracias a ediciones expurgadas, abreviadas, resumidas, condensadas y reescritas, los lectores tienen una percepción errónea de este libro. De ahí que cuando se acercan a una edición fiel y completa (como es esta) queden desconcertados.
Todas esas versiones antes apuntadas han tenido como finalidad convertir los viajes de Marco Polo en una especie de novela de aventuras, primordialmente destinada al público juvenil, y después veremos porqué.
Il Milione, como fue popularmente conocido desde sus inicios este texto, es en realidad un libro de viajes, una especie de guía avant la lettre, que tuvo un éxito inmenso desde su aparición gracias a que describía provincias, ciudades, lugares y pueblos de los que en la época no se tenía sino un conocimiento lejano o disperso, cuando no eran totalmente desconocidos. No es de extrañar que, durante siglos, sus más fieles lectores fueron cartógrafos y geógrafos, amén de comerciantes y hombres de estado, por razones evidentes y eminentemente prácticas.
¿Y las aventuras, leyendas y descripciones maravillosas? Naturalmente que existen, pero se encuentran dispersas y siempre relacionadas con su lugar. Por la misma estructura de la obra, no existe un relato unificado y coherente de las peripecias de los viajeros Polo. Y sin embargo están ahí, y son espléndidas, como anuncia el título. Los editores no podían dejar pasar esta mina de oro, mezcla de leyenda y realidad, para sus colecciones de aventuras, de modo que las adaptaciones no son totalmente infieles, y no pueden desdeñarse como lectura amena o con la finalidad de conocer la obra de Polo.
El libro está organizado en forma de una especie de prólogo o primera parte en la que se relatan las peripecias de los Polo, de cómo llegaron hasta Extremo Oriente y cómo fue su regreso. El grueso de la obra es una guía, provincia a provincia y ciudad a ciudad, de todos los lugares de Asia de los que Marco Polo tuvo conocimiento. Y en esas descripciones es donde se hallan dispersas las aventuras, los hechos maravillosos, las leyendas.
Tal vez quien más comprendió la estructura y profunda finalidad del Libro de las Maravillas fue Italo Calvino en sus Las Ciudades Invisibles (que será la próxima obra reseñada en este blog). En muchas de las ciudades y provincias descritas hay una historia, una anécdota, una leyenda que compensa con creces al lector. En otras no.
Las condiciones necesarias para disfrutar de un clásico suelen ser la paciencia y una buena edición. Esta de Anaya es excelente (mapa, vocabulario histórico-geográfico, apéndice y notas) y garantiza que el lector no se perderá en la lectura, y no se verá agobiado por notas filológicas o bibliográficas. Respecto a la paciencia, sólo tengo que decir que mi recomendación es tener el Libro de las Maravillas como libro de cabecera. Leer uno o dos capítulos al día. La brevedad de los mismos garantiza una carga muy leve en tiempo y, en cambio, proporciona un beneficio enorme en conocimiento, entretenimiento, historia y aventura. Y maravillas, claro. Que es por lo que todos quedaron fascinados por este libro.

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La Venganza de Don Mendo, de Pedro Muñoz Seca

Ed. Espasa Calpe, col. Austral
Madrid, 1988 [1918]

El propio Muñoz Seca nos presenta esta obra teatral diciendo: "Caricatura de tragedia en cuatro jornadas, original, escrita en verso, con algún que otro ripio". Como buen hombre de su época, cumple lo que dice. Sin embargo, esta humildad en la definición no oculta que nos hallamos ante una de las piezas cómicas más afortunadas del teatro español. Astracanada, caricatura, bufonada, grotesquería con elementos de vodevil, la trama es casi lo de menos: Magdalena, amante de Don Mendo, se ve forzada muy a su gusto a casarse con otro, por lo que Mendo le estorba. Por una serie de equívocos éste será condenado a ser emparedado, destino del cual logra escapar y, enterado de que ha sido la propia Magdalena la que ha escogido su castigo, buscará venganza bajo otro nombre. Venganza que cumplirá en un final en el que, como se dice coloquialmente, muere hasta el apuntador.
No obstante, el humor casi continuo, su expresión en un verso fluido y con gracia y las diversas situaciones equívocas han provocado, aparte una popularidad que no tuvo límites, el interés de personajes tan dispares como Fernando Fernán-Gómez (que la adaptó al cine) o Paco Mir (que la resucitó en el teatro).
Buen número de españoles conocen el inicio de El Quijote (aunque cada vez menos); otros muchos son capaces de recitar fragmentos del Tenorio; bastantes recuerdan con más o menos exactitud escenas de La Venganza de Don Mendo, tales como la aventura de los Quiñones, la caza de aves con lumbre o la partida de siete y medio. No me resisto a ilustrar a mis lectores que puedan desconocer la obra con este último fragmento:

MENDO:
Hablamos... ¿Y vos qué hacéis?...
Aburrirme... Y el de Vedia
dijo: No os aburriréis;
os propongo, si queréis,
jugar a las siete y media.
MAGDALENA:
¿Y por qué marcó esa hora
tan rara? Pudo ser luego...
MENDO:
Es que tu inocencia ignora
que a más de una hora, señora,
las siete y media es un juego.
MAGDALENA:
¿Un juego?
MENDO:
Y un juego vil
que no hay que jugarle a ciegas,
pues juegas cien veces, mil...
y de las mil, ves febril
que o te pasas o no llegas.
Y el no llegar da dolor,
pues indica que mal tasas
y eres del otro deudor.
Mas ¡ay de ti si te pasas!
¡Si te pasas es peor!
MAGDALENA:
¿Y tú... don Mendo?
MENDO:
Serena
escúchame, Magdalena,
porque no fui yo... ¡no fui!
Fue el maldito cariñena
que se apoderó de mí.
Entre un vaso y otro vaso
el Barón las cartas dio;
yo vi un cinco, y dije «paso»,
el Marqués creyó otro el caso,
pidió carta... y se pasó.
El Barón dijo «plantado»;
el corazón me dio un brinco;
descubrió el naipe tapado
y era un seis, el mío era un cinco;
el Barón había ganado.
Otra y otra vez jugué,
pero nada conseguí,
quince veces me pasé,
y una vez que me planté
volví mi naipe... y perdí.
Ya mi peculio en un brete
al fin me da Vedia un siete;
le pido naipe al de Vedia,
y Vedia pone una media
sobre el mugriento tapete.
Mas otro siete él tenía
y también naipe pidió...
y negra suerte la mía,
que siete y media cantó
y me ganó en la porfía...
Mil dineros se llevó,
¡por vida de Satanás!
Y más tarde... ¡qué sé yo!
de boquilla se jugó,
y me ganó diez mil más.
¿Te haces cargo, di, amor mío?
¿Te haces cargo de mis males?
¿Ves ya por qué no sonrío?
¿Comprendes por qué este río
brota de mis lagrimales?

Una de las características de esta obra es esta aparente facilidad en el verso que, cuando es rebuscado, lo es para aprovechar su efecto cómico. Igual que esos "algunos ripios" ("y sabiendo que el de Toro / al par que Toro era Manso, / rápido como un cohete / puso cerco a la señora, / y al cabo de media hora / era ya de Alfonso siete."). Y sin embargo, Muñoz Seca muestra una familiaridad casi insultante con todos los metros y formas de la poética castellana.
Los momentos de auténtico humor son incontables. En los paisajes más tibios, es imposible abandonar la sonrisa.
Es un género ya perdido, periclitado por los nuevos tiempos y, por qué no decirlo, porque no hay talento (ni ganas) para producir obras semejantes. Hoy se producen musicales, que son la moda, y que, es curioso, también requieren cierta sabiduría poética y, en muchos casos, algo de humor. Y, en cambio, en muchas ocasiones la rima es forzada o inexistente, y el humor escaso. En esas ocasiones, vuelvo a casa y releo La Venganza de Don Mendo. Para matar el tiempo en espera de épocas o autores mejores.

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El crítico y la obra

Ya saben que no soy demasiado partidario de que los libros cedan el puesto a mis opiniones. En estos seis meses les he mortificado ya dos veces con mis tonterías, y eso es, como mínimo, una vez de más. Sin embargo, la inmediatez de la anécdota y su significado son demasiado buenos como para dejarlos pasar.
Una emisora local, Radio Barcelona, tiene la costumbre de enviar a un oyente cualquiera a una función de teatro, con la única condición de que esa misma semana ese oyente se convierta en crítico (o comentarista) de la obra frente a un miembro del elenco, el autor o el director. No voy a opinar sobre esa iniciativa.
El caso es que la obra elegida hace pocas semanas fue Garrick, de El Tricicle, una pieza de humor de un grupo que recoge éxito tras éxito desde hace años y con el que, doy fe, es muy difícil no reírse.
Pues bien, la oyente/crítica dijo que no se había reído ni una sola vez. Que todos los espectáculos anteriores de Tricicle le habían encantado, pero que este no había provocado en ella ni una carcajada. Dos o tres sonrisas, pero una risa franca, no. Ni una sola. Que le parecía que el humor empleado en esta obra "estaba desfasado".
Esto resultaba incomprensible. En una obra realizada a base de gags (más de 250 ocasiones en las que el público ríe en menos de hora y media, controladas por el propio equipo de El Tricicle) es en extremo difícil no encontrar uno que haga gracia. Por lo menos uno. Tampoco era que adoptase una posición a la contra, ya que admitía que todos los espectáculos del grupo, desde el primero hasta el penúltimo, habían tenido en ella el efecto deseado. ¿Podía ser que el hecho de ir gratis provocara una visión más clara? El ser humano es algo muy curioso, y el hecho de elegir y pagar una entrada puede forzar una reacción justificativa (como dice Enrique Pinti al respecto del turista que no se extasía ante las obras maestras del Louvre: "¡Emocionáte! ¡Emocionáte, aunque sea nomás por el precio del pasaje!"). Improbable, casi diría que imposible.
No, creo que la explicación es otra. La actitud previa a la representación. Esta oyente no iba al teatro como espectadora, predispuesta a observar desde una comodidad relativa y una actitud más o menos abierta a todo lo que sucediera en el escenario. Esta oyente estaba delegada como crítica, consciente de que debería justificar una opinión mediante un análisis. Y ahí llegamos al meollo del asunto.
Es fácil imaginar al crítico (literario o de cualquier otra disciplina) ante la obra, pero en realidad no está allí. Se halla frente a la página en blanco, ante la pantalla del ordenador, ante la plantilla de la revista o el periódico, ante el trabajo escolar o universitario. Tiene la necesidad (no: la obligación) de analizar, de diseccionar, de hallar todo lo oculto que haya en la obra. Esa angustia existencial nos remite a la infancia, a cuando la maestra nos mandaba salir a la pizarra a explicarnos sobre, pongamos, un poema. Nada de decir que es bellísimo, que ha provocado emociones, que nos ha abierto a situaciones, etc. Ni hablar. Cero. Vuelva al pupitre. Me presentará un trabajo. Suspenso. Necesita mejorar.
Desde hace largos años (o siglos), llevamos ejerciendo sobre los estudiantes de cualquier edad una metodología que prima el análisis sobre el pensamiento (paradigma de ello es la asignatura de lengua y literatura, una combinación maldita donde las haya en la que se considera a las obras literarias como una mera prolongación del análisis gramatical). Se nos enseña a buscar tropos, metáforas, voces activas y pasivas, tutti quanti. Pensar es secundario. Y, sin embargo, pensar es primordial.
Porque si se enseñara más a pensar y no tanto a analizar, la misma y primordial apreciación estética llevaría al análisis de la misma, porque la buena costumbre de pensar conlleva una curiosidad integral.
Si hubiera tenido esta enseñanza, si no se hubiera visto obligada a llevar el uniforme de crítico, esa oyente se hubiera podido reír más o menos a gusto durante el espectáculo. Y luego, pensar en porqué lo había hecho.

Perdonen la filípica, y tengan todos un feliz año nuevo.