Moby Dick, de Herman Melville

(Moby Dick, or The Whale)
Edebé, col. Nómadas del Tiempo
Barcelona, 2006 [1851]

A estas alturas, no sé qué se puede decir de Moby Dick (lacónicamente subtitulada o la Ballena) que pueda sonar a nuevo. Baste mencionar que quien no la haya leído descubrirá una obra maestra; quien la relea quedará preso de nuevo por ella, incapaz de abandonarla hasta el final.
No hay en la literatura otra obra que se mereciera que su autor pudiera escribir con toda justicia que iba a glosar una historia como lo hacían los antiguos griegos. Melville, por modestia sin duda (porque Moby Dick está escrita desde una extraña modestia que no hace sino engrandecer el estilo del relato), no declaró esa pretensión, pero en muchas ocasiones esta novela es comparable a las grandes épicas.
Pero Moby Dick es mucho más que una epopeya. Epítome de novela de aventuras; arquetipo de la novela marinera; gran novela de experiencia; novela, más que fantástica, feérica; novela naturalista total; científica incluso; hasta puede considerarse una alegoría religiosa.
Escenas tremendas en sus páginas, con una fuerza inusitada: la del doblón clavado en el palo mayor; la del juramento de los arponeros; la de la caza del leviatán; las profecías sobre el destino del barco y su misión; la fundición del arpón.
Personajes enormes: los tres oficiales del Pequod, un corifeo asombrado y fatalista, representación del mundo atrapado en una gesta infernal; los tres héroes épicos, los arponeros Queequeg, Daggoo y Tashtego; el enigmático y fatal Fedallah; el negrito Pip, fantasma en vida. Por encima de todos, dominador absoluto, dictador enajenado, maníaco obsesivo y diabólico, Ahab, personificación de la venganza y del desafío prometeico de cazar a la ballena de las ballenas, en una intención más parecida a retar a los dioses que a capturar un animal.
No sé si es necesario un resumen argumental. Ismael se enrola en una expedición ballenera en el Pequod, mandado por el capitán Ahab, a quien Moby Dick, el gran cachalote blanco, le arrancó una pierna, que ha sustituido, significativamente, por una de marfil tallada de la mandíbula de un cachalote. Pronto se verá que Ahab pone su experiencia y sus conocimientos en la pesca de la ballena, pero no sus sentidos y determinación. Éstos los dedica en exclusiva al auténtico propósito de su expedición: encontrar a Moby Dick y vengarse. Un encuentro que se producirá, para desolación de todos.
Más allá de la sinopsis, quien lea Moby Dick se verá desconcertado. Porque esta novela tiene una estructura inusual. Única, genial e inimitable. Empieza relatando la historia de Ismael, el narrador, y de cómo se embarca en el Pequod. Nada hay de extraordinario, o que se diferencie de otras novelas marineras. Melville nos introduce en el mundo de la mar y los balleneros de forma sabia, pero en absoluto trasluce las dimensiones que adquirirá su novela hasta que (en el capítulo 19) un extraño personaje realiza una profecía que introduce la inquietud en el lector. Sigue con este ritmo pausado hasta que presenta a Ahab (hasta entonces sólo mencionado de forma enigmática). Es una presentación terrible, magnífica, como si de un personaje salido del infierno se tratara. En un crescendo prometeico, Ahab irá condicionando la vida de a bordo hasta que (en el capítulo 39), en una especie de aquelarre marino, en una escena cumbre de la literatura, Ahab clavará una onza de oro en el palo mayor y forzará a la tripulación a un juramento que mostrará la dimensión de sus ansias de venganza.
Y entonces, en un escamoteo genial, Melville lo hará desaparecer de escena casi en su totalidad. Como un gran cocinero que promete un postre excepcional, y mientras tanto va sirviendo platos exquisitos, el autor cederá el protagonismo a asuntos en apariencia triviales (la caza de la ballena, la vida a bordo), pero sobre todo a la ballena. No a Moby Dick, sino a los cetáceos en general. No es un desvío ocioso, puesto que nos pondrá en su justa medida a ese adversario poderoso, al leviatán de los mares, mientras por estas escenas falsamente inocuas planea omnipresente la inminencia inevitable del encuentro entre el vengador y su objetivo.
Cuando Ahab reaparece es para convertirse en una figura dominante, una de representación del destino más allá de toda remisión. El lector no puede sino someterse a la fascinación de la pesadilla de Ahab y el torbellino en que se convierte su encuentro con la ballena blanca.
Hay otro hecho remarcable en la novela. Empieza como la historia de Ismael, después con la de los tripulantes del Pequod, la de su capitán y la de los cetáceos. Cuando Ahab vuelve a aparecer en escena, omnímodo y fatal, todos estos personajes se disuelven progresivamente conforme el Pequod y sus tripulantes se convierten en meros instrumentos de la obsesión de su capitán. Ahab y su némesis pasada y futura adquieren aspectos titánicos y universales, absorbiendo las vidas y voluntades que giran a su alrededor, hasta la inevitable conclusión del enfrentamiento entre el vengador y su leviatán blanco.
No es de extrañar que el narrador inicie su relato de esta experiencia con la declaración, desesperada y fatalista, tras verse involucrado con dos diablos del mar, de recuperar su propia identidad: «Llamadme Ismael».

Portada y ¿sinopsis o humorada?

btemplates

8 comentarios:

Olivia Güel dijo...

Magnífica reseña sobre una obra maestra. Y como no te has dejano nada por decir, sólo comentaré que la película de John Huston es una gran adaptación de Moby Dick y vale la pena verla. Sobre Melville, que es un autor genial. De él también me gustó mucho “Bartleby el escribiente” con su famosa frase “preferiría no hacerlo”, que por cierto, inspiró a Vila-matas “Bartleby y compañía”.

JOAQUIN DOLDAN dijo...

muy bueno

Hada de los tiempos dijo...

Con gran cariño, las hadas te hacemos entrega de los premios Dardo y Blog de oro. Estarán aquí esperándote para cuando quieras recogerlos. ¡¡¡Felicidades y muchos besitos desde el Bosque Antiguo!!!

mariano skan dijo...

Estupenda reseña de Moby Dick, te cuento que leí la traducción de Pezoni y de Valverde, las dos muy buenas y con anotaciones del editor. La lectura de La trilogía de New York de Auster me hizo tomar la decisión de leer de una vez por todas Moby Dick y quedé maravillado. Como decís vos, novelas sin catalogar, sin registro, única en su especie.

saludos

Lluís Salvador dijo...

Hola, Olivia:
Justamente ayer (23/2/09) pasaron el Moby Dick de John Huston por televisión. Tiene escenas, por supuesto, como no podía ser de otra manera dirigiendo quien dirige, pero sigo (ay!) quedándome con el libro. Cada día me parezco más a una rata de Hollywood...
Un saludo!

Hola, Joaquín:
Gracias por tus palabras, y bienvenido. Pasa por aquí cuando quieras y comenta lo que te plazca.
Un saludo!

Hola, Hada:
Muchas gracias a todas/os, pero no creo merecer ningún premio. No todavía, al menos. Este blog tiene todavía que crecer mucho, no en sus lectores, que más que satisfecho estoy con ellos, sino en mi propia calidad formal y temática.
Pero, insisto, muchas gracias!

Hola, Mariano, tiempo sin oírte.
Gracias por tus palabras. Verás, estoy cada vez más convencido de que las reseñas tienen más valor cuando mejores son las obras que comento. Y empiezo a estar seguro de que son más mérito del autor reseñado que no del escribidor que las reseña.
He leído la traducción de Valverde y, como dices, es espléndida. Respecto a lo único de esta novela, no puedo sino repetir que es una que desconcierta al lector, pero que en absoluto naufraga en esta estructura, sino que ella misma la hace inmortal.
Nos seguimos visitando (menos de lo que quisiera en tu Cuaderno, pero el maldito tiempo no se multiplica ni a tiros. A tiros de ciclotrón, claro).
Un saludo!

Olivia Güel dijo...

¡Uy!Esto me recuerda a una rata que se encuentra con otra que viene de la filmoteca y le pregunta
- ¿Qué tal la película?
- Pues un poco rancia, me gustó más el libro.


^_^

Andromeda dijo...

Me encantó tu reseña, Lluís. :)

Lluís Salvador dijo...

Hola, Olivia:
A ese chiste me refería justamente: "Están dos ratas de Hollywood..." :)
Un saludo!

Hola, Andrómeda:
Gracias. La verdad es que la escribí un poco fever pitch, de un tirón y dejándome llevar. Supongo que es la obra la que provoca esas sensaciones, como ya he dicho antes. Tengo la impresión de que escribo mejor cuanto mejor es lo que comento. A ver si se me pega algo... :)
Un saludo!