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L'Agent Confidencial, de Graham Greene

(The Confidential Agent)
Eds. de La Magrana, col. La Negra
Barcelona, 1993 [1938]

En una anterior reseña me dedicaba a reivindicar el papel de John Le Carré como renovador del género de espionaje y gran narrador, escapando de la sombra del gran Greene, que había puesto las bases literarias de la novela del juego sucio por excelencia.
Establecidos ya los méritos de Le Carré, sería injusto tirar a la papelera la ingente obra de Graham Greene y no reconocer sus logros en el establecimiento de un género. Méritos no sólo argumentales, sino literarios, morales y humanos.
La trama de El Agente Confidencial es paradigmática de la obra de Greene: Un agente de la república española, en plena Guerra Civil, y al que sólo se identifica con la inicial D., es enviado a Inglaterra por su gobierno para conseguir carbón, imprescindible para el esfuerzo de guerra. Por desgracia, coincide con un agente homólogo del gobierno franquista con la misma misión. Éste, con mejores contactos y más recursos humanos y materiales, consigue robar las cartas credenciales, de presentación y documentos de D., enviándolo directamente a un calvario personal por el cumplimiento de su misión y su propia supervivencia.
Hasta aquí la novela no se aleja de un policíaco o una aventura "normal". Lo paradigmático en Greene es la tortura del protagonista, su abandono (hasta sus correligionarios desconfían de él), su soledad apenas paliada por una chica conocida durante el viaje a Inglaterra, su desamparo. En muchas ocasiones el lector tiene la sensación de que todo es inútil, de que D. haría mejor en abandonar, pero a Greene no le interesa tanto la misión como mostrarnos la entereza moral de su protagonista.
Lastradas por los finales felices (la conclusión de la versión fílmica de El Tercer Hombre parece ser una excepción, y sospecho que se debe más a Orson Welles o Carol Reed; en la novela, Greene se empeña: el chico consigue a la chica, suenan violines de fondo y cantan los pajaritos, metafóricamente hablando), las novelas de Greene, sin embargo, tienen mucho más de lo que su sinopsis muestra. El lector que busque aventura e inmersión en el sucio mundo de los servicios secretos quedará satisfecho. Pero nociones como deber, moral, integridad, expiación (Greene era católico inglés, un hecho que por lo general aboca a la militancia) y conflicto personal siempre se hallan presentes. Esos conceptos elevan las historias de Graham Greene por encima del pasatiempo, y las hacen necesarias.

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El Pont de San Luis Rey, de Thornton Wilder

(The Bridge of San Luis Rey)
Enciclopèdia Catalana/Proa
Barcelona, 2004 [1927]

El 20 de julio de 1714, un antiguo puente colgante inca cede y cinco personas que lo atravesaban mueren al precipitarse al abismo. Este suceso conmueve profundamente a la sociedad peruana, y particularmente al hermano Junípero, testigo ocular del hecho: «Cualquier otra persona se habría dicho con secreta alegría: "En diez minutos, ¡yo también...!" Pero fue otro el pensamiento que tuvo el hermano Junípero: "¿Por qué les ha pasado esto a estas cinco personas?" Si en el universo existía algún plan, si había algún patrón en la vida humana, sin duda podía ser descubierto misteriosamente oculto en aquellas vidas cortadas en seco. O bien vivimos por casualidad y morimos por casualidad, o vivimos según un plan y morimos según un plan. Y, en ese instante, el hermano Junípero tomó la resolución de descubrir la vida secreta de esas cinco personas, que en ese momento caían por el aire, y determinar la razón por la cual abandonaban este mundo.»
Y es así como Wilder empieza unos retratos de esos viajeros, y haciéndolo, elabora una altísima literatura, llena de matices y percepción, profundamente humana. Puede que el hecho de que la caída del puente, planeando omnipresente en los destinos de los retratados, sea el cebo que mantenga nuestra atención, pero pronto se ve sustituido por la fascinación que estas personas ejercerán en el lector. Como el hermano Junípero, intentaremos descubrir el nexo común en todos ellos, y ese nexo existe, pero Wilder consigue que el destino no sea más importante que el viaje.
Es muy raro hallar en la literatura obras que puedan ser recomendadas sin hacer distinciones entre lectores, obras que tienen una inmanencia y unos valores capaces de interesar y conmover a las personas de cualquier época y predisposición. El Puente de San Luis Rey es, creo, una de esas pocas obras.
Sus recursos literarios, su prosa exacta y medida, sus situaciones realistas o extrañas, sus diálogos sabiamente mesurados y dosificados, su ritmo y su planteamiento son todos de gran mérito y alcance. Pero lo que permanece, lo que conmueve al lector, es la tremenda humanidad que trasciende al texto y nos toca en nuestro interior más profundo.

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Sobre la Psicología de la Incompetencia Militar, de Norman F. Dixon

(On the Psychology of Military Incompetence)
Ed. Anagrama, col. Argumentos
Barcelona, 2001 [1976]

Este es un libro fundamental, piedra angular de la polemología (aquí en España, erróneamente, tomada como la ciencia de la discusión; en otros países, más civilizados, la ciencia que analiza los conflictos), que inauguró el estudio de la incompetencia en un campo capaz de causar un enorme sufrimiento al ser humano.
La guerra es consustancial a la humanidad, mal que nos pese. Y si esta actividad es productora de sufrimiento y penalidad, y su ciencia es la de la obtención de objetivos minimizando el sufrimiento y penalidades, la incompetencia es un aspecto fundamental que entorpece la obtención de los objetivos, aumentando, de forma desmesurada e inútil, los padecimientos y aflicciones. En una magnitud irreparable, porque toda vida humana sacrificada por el aparente capricho de unas decisiones que parecen irracionales se convierte en el colmo de la inhumanidad.
Dixon, en un análisis no exento de humor, desvela que la incompetencia militar puede identificarse y, mediante su estudio por la psicología, depurarse.
El libro está dividido en dos partes. En la primera, Dixon pone ejemplos de crasa incompetencia militar: Crimea, la guerra de los bóer, las campañas coloniales inglesas en India y Afganistán, la guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial, el sitio de Kut, Singapur y Arnhem. Por numerosos que puedan parecer, la lista podría ampliarse considerablemente: los Dardanelos, Stalingrado, Pearl Harbor, Borodino, Waterloo, Vietnam, las Malvinas (por ambos bandos)... Lo curioso es que con posterioridad al estudio de Dixon, se han seguido produciendo casos de incompetencia flagrante. Y por las mismas causas que Dixon identifica.
En la segunda parte, la más extensa, y con un lúcido análisis, Dixon identifica la incompetencia, encuentra las causas de la misma y localiza el pecado original de porqué según qué generales llegaron hasta la posición en la que, sin el menor desdoro, pudieron provocar pequeñas o grandes catástrofes militares de resultado irrevocable para los recursos y los hombres que estuvieron implicados.
Es admirable que alguien se planteara la cuestión de que estos desastres no eran fruto de la casualidad o la mala suerte. Igualmente admirable es la argumentación que emplea para prevenir que incompetentes lleguen a tener el mando de operaciones en las que causar unos daños que, a pesar o quizás precisamente por estar inmersos en la actividad más destructiva de la humanidad, son en toda cuestión superfluos.
Como ejemplo de esta irracionalidad, que no puede atribuirse únicamente a la ignorancia o la estupidez, valga un epítome de la incompetencia; en la guerra de los bóer, la infame batalla de Spion Kop, en el análisis de Dixon:
«Fue entonces cuando el simple retraso y la falta de eficacia dieron paso a algo más cercano a la locura. Bajo la creciente tensión de la inactividad, una curiosa folie à deux pareció cernirse sobre Buller y su subordinado. Los hechos son, por orden cronológico, los siguientes:
»1. Un reconocimiento realizado por la caballería dirigida por Lord Dundonald comprobó que en el territorio que había al otro lado del río se encontraba una clara línea de avance para la fuerza de Warren.
»2. Warren se enfureció cuando supo que Dundonald había utilizado su caballería para efectuar el reconocimiento.
»3. En parte debido a su obsesión por su convoy de equipaje personal, y en parte por culpa de la no pedida y mal recibida información proporcionada por Dundonald, Warren rechazó el movimiento que se le proponía y optó en cambio por un avance directo a través de las sierras de Tabanyama, que se encontraban directamente frente a él. Por desgracia, esa zona no había sido reconocida.
»4. Fue entonces cuando Buller empezó a decir que el comportamiento de Warren era "carente de objeto y falto de resolución". A pesar de ello se negó a asumir el mando.
»5. El asalto a la sierra de Tabanyama por parte de Warren estuvo lejos de ser un éxito. Ello fue debido a que encontró a los bóer bien atrincherados en una segunda cresta cuya existencia ignoraba. Pero siguió negándose a avanzar por el flanco y dejar atrás las posiciones de los bóer.
»6. Buller, que estaba más inquieto a cada momento, cabalgó hasta la zona para criticar y dar consejos a Warren, pero ni siquiera entonces llegó a dar órdenes.
»7. La mirada de Warren se fijó entonces en la prominencia cónica constituida por Spion Kop. Inmediatamente comprendió que era necesario capturar esa colina. Buller estuvo muy de acuerdo, y ello a pesar de que ninguno de los dos generales había pensado anteriormente seguir esa línea de acción. Tampoco, naturalmente, habían imaginado siquiera qué consecuencias podía tener esta nueva actitud.
»8. La tarea de atacar lo que ha sido calificado de "una montaña desconocida, en una noche oscura, contra un enemigo decidido y de fuerza desconocida", fue entregada al general Talbot-Coke. Los "méritos" que le convertían en el hombre más a propósito para la empresa eran que acababa de llegar y se veía aquejado de cojera de una de sus piernas. Pero, cuando menos, su ignorancia acerca de la cumbre de Spion Kop, su forma y su extensión o su adecuación para su defensa, no era superior a la de los demás generales. Ninguno de ellos se preguntó porqué los bóer no habían instalado allí cañón alguno, ni se les ocurrió tampoco que a los bóer pudiera molestarles que los británicos la ocuparan. Por esta razón no se puso en práctica ninguna táctica de distracción del enemigo.
»Así, mientras los generales se quedaban al pie de la colina, los soldados recibieron órdenes de ascender la fuerte pendiente y, de este modo, penetraron en una niebla poco menos espesa que la que afectaba la mente de sus comandantes. Cuando, con una visibilidad casi nula, creyeron haber alcanzado la cumbre, la fuerza asaltante se detuvo y, tras felicitarse por la completa ausencia de enemigos, plantó la bandera británica y trató de atrincherarse. Digo "trató" porque la cumbre era aproximadamente igual al resto de la colina, roca pura. Nadie les había advertido de este hecho. Decidieron utilizar sacos de arena pero entonces se dieron cuenta de que nadie se había acordado de subirlos. Mientras la niebla se iba disipando hicieron lo que pudieron por crear defensas con pedazos de rocas y terrones, conscientes desde luego de la escasa protección que iba a proporcionarles aquella difícil construcción.
»Si aquello les dio que pensar, más motivos iban a tener pronto, pues, al mejorar de nuevo la visibilidad, hicieron un poco tranquilizador descubrimiento. No se encontraban donde creían encontrarse. En lugar de la cumbre, lo que habían ocupado era una pequeñísima altiplanicie situada algo por debajo de la cumbre: 1.700 hombres amontonados en una extensión de 350 por 450 metros, y sobre ellos, rodeándoles por tres lados, los bóer. El enemigo abrió fuego. En pocos minutos el suelo quedó cubierto de cadáveres, muchos de ellos con los agujeros de las balas en un lado de la cabeza o del cuerpo. Debido a que carecían totalmente de defensas para sus cabezas, las pérdidas causadas por la metralla fueron todavía mayores. Atrapados en aquella desesperada posición, sin directrices de sus mandos superiores y en ausencia de su general, doscientos Fusileros de Lancashire dejaron sus armas y se rindieron a los bóer. Su puesto fue ocupado por refuerzos enviados desde abajo.
»Mientras, Warren y Buller no hacían nada por ayudar a sus tropas. Horrorizados por lo que estaba ocurriendo en el monte, Warren, que en su mejor momento llegaba a ser supino, entró en una especie de trance que fue calificado de parálisis. Sólo una vez trató de intervenir en el curso de los acontecimientos. Fue para ordenar que su batería de cañones navales dejara de bombardear las posiciones que los bóer ocupaban en un pico vecino. Lo hizo creyendo, equivocadamente, que las tropas que estaban siendo bombardeadas eran británicas. A pesar de contar con un equipo para ello, no había establecido contacto telegráfico con sus tropas de Spion Kop. Si lo hubiera hecho, este caro error no habría ocurrido.
»En cuanto a por qué un general al mando de las tropas dejó deliberadamente de utilizar la principal fuente de información que tenía en aquel momento, es decir, los hombres de sus filas que se encontraban en primera línea, uno no puede contestar sino diciendo que, a uno u otro nivel, no quería enterarse de nada. Esta hipótesis, el hecho de que Warren utilizara el mecanismo psicológico conocido por denegación, es confirmado por otro curioso incidente. Un corresponsal de guerra que había sido testigo de los horrendos acontecimientos de la cumbre, corrió monte abajo para contárselo todo al general. Pero éste, en lugar de recibir esta información, desde luego no pedida, con gratitud, se puso furioso y ordenó que el periodista fuera arrestado por su insolencia. El corresponsal de guerra en cuestión era Winston Churchill.
»Pero el comportamiento de Warren, como hemos dicho, no era sino parte solamente de una folie à deux. El del comandante en jefe, Buller, fue igualmente extraordinario. El papel del jefe supremo de las fuerzas británicas en Sudáfrica consistió en resistir violentamente las sugerencias de sus subordinados que le instaban a lanzar un ataque contra las posiciones desde las que los bóer lanzaban sus bombas ininterrumpidamente contra los soldados británicos. Buller llegó incluso a hacer retroceder a las tropas que habían llegado a alcanzar las cumbres dominadas por el enemigo. Si se les hubiera permitido seguir adelante, la matanza de tropas británicas se hubiera reducido notablemente.
»Al llegar la noche, los que seguían vivos después del constante bombardeo y fuego de rifles, decidieron pedir autorización para retirarse. Por desgracia, sus líneas de comunicación volvían a funcionar mal, esta vez porque no les habían dado suficiente petróleo para sus lámparas de señales. El mantenimiento de comunicaciones con su propio ejército no era el fuerte de Warren. Pero sí dio órdenes al general Talbot-Coke para que subiera a la montaña y regresara con noticias. Sin embargo, una vez más hizo los mayores esfuerzos posibles para conseguir no oír lo peor. Para empezar, eligió como mensajero a un tullido que no conocía el país; pero, por si acaso triunfaba en su empeño de ascender y descender de la montaña, Warren adoptó una nueva precaución de última hora: cambiar su cuartel general de sitio. Como lo hizo durante la ausencia de Talbot-Coke, y sin decir palabra a nadie, consiguió conservar su ignorancia.
»Así terminó la batalla.»

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El Silencio de los Corderos, de Thomas Harris

(The Silence of the Lambs)
Ultramar Editores
Barcelona, 1990 [1988]

¿Habrá alguien que no haya visto la película? Y el problema es que si la han visto, no hay ninguna necesidad de leer la novela, porque se trata de una de las mejores y fieles adaptaciones fílmicas producidas jamás.
Sin embargo, ya hace unos días comenté El Dragón Rojo, primera aparición literaria del Dr Hannibal (the Cannibal) Lecter, y este personaje se merece un vistazo.
En primer lugar porque se ha convertido en un icono popular, algo muy difícil de conseguir, de los 90, como Freddy Krueger lo fue de los 80, el maníaco de Halloween de los 70 y el Drácula de Christopher Lee lo fue de los 60.
En segundo, porque hay diferencias significativas entre el Lecter de El Dragón Rojo y el de esta novela. Sigue siendo cínico, intrínsecamente malvado, sutilmente manipulador, vocacionalmente asesino y con una mente criminal; brillante, pero criminal.
Sin embargo, esa especie de relación paterno-filial (menos marcada en la novela que en la película) que se establece entre Lecter y la agente Starling (esto era antes de que Harris empezara a desbarrar con esa tontería titulada Hannibal) hace que se cree una corriente de simpatía hacia el psicópata doctor.
El público parece desear que Lecter escape de las manos del estúpido doctor Chilton, culpable de soberbia, incompetencia e idiotez, pero que no ha matado (ni mucho menos comido) a nadie. Esta corriente de simpatía persiste a pesar de que, para conseguir sus fines de venganza, Hannibal Lecter deje un rastro de cadáveres en los simpáticos (más marcada esta simpatía en la novela que en la película) policías y los inocentes enfermeros. Incluso aunque exista la certeza de que en su camino Lecter va a dejar atrás más muertos que el terremoto de San Francisco.
Los que menosprecian el género de terror harían bien en considerar bajo esta luz tanto película como novela, no para examinar un personaje extralimitado y de ficción, sino para mirarnos a nosotros mismos. El experimento puede resultar fascinante.

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Quel Petit Vélo à Guidon Chromé au Fond de la Cour?, de Georges Perec

En Romans & Récits
Le Livre de Poche, col. La Pochothèque
Varese, 2002 [1966]
Edición de Bernard Magné

Leí a Georges Perec mucho antes de saber que era escritor. Se trataba de una entrevista en Science & Vie sobre el juego japonés del Go. Que recuerde una entrevista en lengua extranjera sobre un juego que no he practicado jamás es significativo, y quiere decir que trascendía la mera anécdota y el propio tema para convertirse en algo más. Es muy difícil definir la genialidad, pero una de sus constantes, en mi opinión, parece ser la capacidad del genio para hablar de cualquier cosa y convertirla en algo original e interesante.
Tal vez, también, me llamara la atención su aspecto. Un rostro enmarcado por un cabello encrespado y una perilla indescriptible, pero sobre todo una cara bondadosa y con una mirada de niño feliz que disfruta de la vida como un juego. En esa entrevista, Perec mostraba que no había dejado de jugar jamás, a lo que fuera, y se tenía la impresión de que después de entrevistado iría de nuevo a jugar, y si era a algo nuevo, mejor. No es de extrañar que recibiera de la vida un juego que ésta pone a todos a nuestra disposición, pero que a él le debió encantar. El inmenso e interminable juguete del lenguaje que puesto en sus manos le iba a convertir en un narrador prodigioso.
¿Aquél Pequeño Velomotor con Manillar Cromado en el Fondo del Patio? es un divertimento, una tontería entre la novela corta (por sus páginas) y el relato (por su extensión), un cuento épico en prosa adornado con diversas flores y ornamentos retóricos, empleados con finalidades satíricas, humorísticas y paródicas. Su tema, sin embargo, es muy serio. Un soldado va a ser enviado a la guerra de Argelia y sus compañeros se conjuran para idear un método para que obtenga la baja médica. El adjetivo de "épico" ya da idea del tono humorístico, y no obstante Perec, narrador sabio, consigue no ocultar el drama bajo el humor. Un divertimento, una tontería, pero en absoluto tonta; un ejercicio de estilo con todas las formas de la retórica, pero no sólo un ejercicio. Los subtextos están en toda obra para quienes quieran buscarlos y hallarlos. El secreto de la buena narración es que estén ahí sin molestar a la narración principal y sin quitarle protagonismo a esa narración.
Y Georges Perec no es escritor que haga nada superfluo. Y así, por ejemplo, riendo, riendo, uno percibe unas curiosas reiteraciones o fijaciones en el texto con los números once (cuenten las palabras del título) y cuarenta y tres. Es misión del comentarista el descubrirnos la fecha del 11 de febrero de 1943, cuando el padre de Georges Perec "murió por la Patria".

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El Dragón Rojo, de Thomas Harris

(Red Dragon)
Random House Mondadori/DeBolsillo
Barcelona, 2003 [1981]

Vamos a hacer abstracción de unas cuantas cosas. Estamos en 1981, ¿correcto? No se ha publicado El Silencio de los Corderos, ni se ha realizado la película, ni se han entregado los cinco Oscars que obtuvo, ni ustedes han leído esa novela ni, sobre todo, han visto esa película. ¿Correcto? Correcto.
Thomas Harris, tras una novela de moderado éxito, Domingo Negro (también llevada al cine), se centra en un caso de asesino psicopático y en su persecución por parte del FBI. En concreto, los esfuerzos de los agentes Jack Crawford y Will Graham para neutralizar a un asesino ritual, que mata en noches de luna llena a familias enteras, incluidos animales domésticos; sus rituales incluyen extrañas firmas con trozos de espejo y con marcas de dentelladas, de carácter sexual, en el cadáver de la esposa.
Hay elementos notables en esta historia de terror: es heredera de esa dividida personalidad que fue el Dr Jekyll y Mr Hyde, que ya había evolucionado modernamente en Psicosis, de Robert Bloch/Alfred Hitchcock, y la descripción de la motivación y evolución de la psicopatología del Dragón Rojo es remarcable. Prefigura las exhaustivas investigaciones del FBI, que han sido adoptadas por la ficción de hoy día (como, por ejemplo, CSI). La personalidad de un exagente reincorporado al servicio, Will Graham, muy capaz de empatizar con el asesino y las víctimas, por este hecho ejerce una fascinación intensa. Y la presencia de un personaje secundario, el doctor Hannibal Lecter, un socíópata encarcelado sin ninguna característica redimente que precisamente por su inteligencia se sitúa, no más allá del bien y del mal, sino adentrado totalmente en el mal.
Dentro del género, estas cualidades sumadas forman un conjunto que rara vez se da y, por ello, Harris se ha ganado un puesto honorífico en la literatura de terror.

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El Sastre de Panamá, de John Le Carré

(The Tailor of Panama)
Plaza & Janés, col. Ave Fénix, Serie Mayor
Barcelona, 1997 [1996]

La carrera literaria de John Le Carré ha ido siempre lastrada por la sombra de Graham Greene, el primer gran autor que escribió (y casi fundó) en el género de la novela de espionaje. No importa lo que Le Carré haya hecho, no importan los espías surgidos del frío o el comedido y realista Smiley. No importa que, si tenemos que citar a un autor que sintetice la Guerra Fría, su nombre acuda de inmediato a la mente. Siempre, en las críticas, en las historias de la literatura, en las referencias al género, siempre aparece Greene tapando a Le Carré.
Es una injusticia palmaria. Admiro a Graham Greene como escritor y como autor de mérito en cuanto a trama y estilo. Pero en cuestión de realismo, Le Carré es mejor. Entre otras cosas, porque no estropea sus novelas con finales felices tan inverosímiles y metidos con calzador que consiguen no ya desconcertarme, sino irritarme.
Le Carré admira igualmente a Greene. Pero (y esto es sólo elucubración mía), supongo que ya debía estar harto de estar a la sombra permanente del cuasi premio Nobel. Y donde Greene escribió Nuestro Hombre en La Habana, Le Carré escribió El Sastre de Panamá. Tal vez para demostrar hasta dónde se podía llegar con la misma historia.
Porque el argumento es casi el original de Graham Greene: Los servicios secretos de un país se acercan a un individuo inofensivo y le convierten en espía en un país latinoamericano. El espía es un fracaso total, pero por diferentes motivaciones, empieza a inventar información y remitirla a sus jefes; información cada vez más fantasiosa, cada vez más embrollada, cada vez más peligrosa, hasta que los acontecimientos escapan de las manos del protagonista y desembocan en el inevitable...
¿Final feliz? Sí en el caso de Greene. En la novela de Le Carré, lo que es inevitable es la catástrofe. ¿Por qué? Porque el mundo no es de color de rosa. El mundo real es gris, mezquino y sobre todo despiadado, y los servicios secretos son ese mundo combinado con la suciedad y sordidez de lo subterráneo.
En su realismo, Le Carré sale vencedor. ¿Y en el estilo narrativo? Tomen ustedes un ejemplo del inicio de esta novela: "Cuando Osnard irrumpió en el establecimiento, Pendel [el sastre del título] era una persona. Cuando se marchó, Pendel no era ya el mismo".
Pocas veces se ha expresado con tanta concisión el toque maldito de la corrupción del individuo.

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El Asombroso Viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve
Barcelona, 2008 [2008]

Eduardo Mendoza es un practicante asiduo de la literatura humorística con estilo propio, que combina el humor suave con el absurdo y la sátira de costumbres, siempre empleando un lenguaje falsamente grandilocuente (puesto que es sólo un recurso estilístico, y no un defecto).
En este caso se trata de la historia del ciudadano romano del título que, en un viaje en busca de manantiales milagrosos (y que tienen un efecto desastroso en su organismo, y desagradable para quienes le rodean), se ve envuelto en una intriga policial en Palestina. El rico Epulón ha sido asesinado en Nazaret, y el principal sospechoso, un tal José, será ejecutado en cuanto él mismo acabe de fabricarse su propia cruz. Su hijo, Jesús, encarga a Pomponio que investigue el crimen y pruebe la inocencia del carpintero.
El recuerdo de la Vida de Brian es inevitable, y algo de eso hay, pero ahí se detiene la semejanza y Mendoza ejerce su magisterio de forma independiente y habitual en él, es decir, con gracia.
Se ha dicho que con esta novela Mendoza carga contra ciertas novelas hoy muy en boga (del tipo Código Da Vinci), y es cierto, pero también satiriza las novelas de detectives históricas (como las aventuras de Marco Didio Falco, una serie que ha acabado por morir de éxito), las novelas históricas en general, la historia sagrada y la novela detectivesca tradicional. Todo ello, como acostumbra, con una erudición más que notable, un empleo del lenguaje rico y original y un sentido del humor envidiable.
Como siempre, se pueden establecer gradaciones entre las novelas de Mendoza, y ésta no figura entre las excepcionales, cierto, pero Eduardo Mendoza cumple siempre lo que promete: se trata de una novela divertida, y el lector la recorre con una sonrisa en los labios y unas cuantas y sinceras carcajadas (a diferencia de otras llenas de promesas incumplidas, como esa pretendida novela de humor de William Boyd, Un Buen Hombre en África). Por eso, y por la escasez crónica que tiene el género humorístico en nuestro país, una novela de Mendoza siempre es una buena noticia.

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Esclavos de la Libertad. Los Archivos Literarios del KGB, Vol. I, de Vitali Shentalinski

(Rabi Svobodi v Literaturnij Arjivaj KGB)
Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Serie Biografías, Memorias y Testimonios
Barcelona, 2006 [1993]

Hace pocas semanas comentaba el texto de Coetzee Contra la Censura, uno de los pocos libros que analizan el bosque de la prohibición; hoy llevo a su atención un libro que estudia algunos de los árboles de la censura y la represión en el ámbito soviético. A veces las cosas vienen así de rodadas.
De hecho, el libro trata de unos cuantos de esos árboles, por no decir muchos.
El propósito del autor fue el de descender al infierno de los archivos de la Lubianka para descubrir manuscritos y documentos requisados por las autoridades y que podrían muy bien no haber salido jamás a la luz. En este aspecto el libro cumple. Poemas inéditos, el diario personal de Mijaíl Bulgákov, capítulos y novelas enteras de Andréi Platónov, etc., aparecen confiscados en esos malditos archivos, y es de esperar que algún día aparecerán editados (en esta obra se nos ofrecen algunos extractos).
Pero, como no podía ser de otro modo, los documentos de las instrucciones y procesos contra los escritores también aparecen, como demostración de la persecución, la manipulación, la arbitrariedad y, sobre todo, la omnipresencia del pensamiento único estatal. Isaak Bábel, Mijaíl Bulgákov, Borís Pilniak, Ósip Mandelshtam, Nikolái Kliúyev, Andrei Platonov, Maksim Gorki, entre otros, son los autores que se tratan. Fusilados, silenciados, deportados, puestos en campos de concentración, aislados o asesinados sin más, los destinos de estos escritores pasaron todos por el cauce de la Cheka, después OGPU, después NKVD, después KGB. Nunca para bien, y casi todos bajo las contradictorias indicaciones "Estrictamente confidencial" y "Conservar a perpetuidad".
No es que los documentos extraídos resuelvan todos los enigmas. El caso de Mandelstam y su "Oda a Stalin" sigue difiriendo según las versiones; Coetzee apunta a que el autor fue forzado a escribirla; Shentalinski declara que Mandelstam la escribió voluntariamente en un intento de congraciarse con el Estado. Aparece el diario de Bulgákov, pero los escasos fragmentos que aparecen en el libro (junto con las cartas ya publicadas en Cartas a Stalin, Ed. Grijalbo), poco hacen por aclarar porqué Stalin decidió dejarlo en una relativa paz silenciada, sin hacer nada contra él, físicamente, pero amordazado y convertido en un exiliado literario en su patria, lo que en definitiva llevó al escritor a la muerte, esta vez sí física, después de haber sufrido la muerte civil.
Pocos regímenes han desarrollado una ideología tal como para ideologizar también el arte y la literatura en todas sus formas de expresión. Sólo el nazi y el soviético, que yo recuerde. Gracias a este libro vemos cómo, además, el régimen soviético no escatimó esfuerzos ni recursos para reprimir y suprimir no ya las expresiones que quedaran fuera de la ideología, sino las intenciones y omisiones de los escritores y artistas.
Sin embargo, este libro tiene defectos y excesos. Defectos básicos: ¿Por qué no transcribir íntegramente una conversación entre Stalin y Pasternak en lugar de extractarla? Y excesos de todo tipo. Estilísticos ("¡Repiquetea ya, máquina de escribir! ¡No enmudezcas, mi férreo ruiseñor!"); de fondo: al lector no le interesa para nada, o muy poco, las objeciones que recibiera el autor al respecto de su trabajo de investigación, máxime cuando no representaron un obstáculo real y no impidieron ni frenaron su trabajo. Y excesos de forma: "Si [Tólstoi] hubiera vivido durante los años del gobierno bolchevique, es seguro que no habría podido evitar la espada represiva de la Checa". Es posible, incluso probable. Pero la frase sobra.
Si este libro se lee contra la planilla teórica del texto de Coetzee, el lector se verá considerablemente iluminado sobre el hecho de la represión soviética en la literatura. Leído en solitario, el lector echará en falta información previa y más documentación de la aportada (que se insinúa que existe) y, sobre todo, una investigación colateral de los hechos.
Con todo, es lo que hay, y bienvenidos sean los documentos descubiertos, que nos relatan las tragedias de unos escritores que fueron asesinados, de una u otra manera, por necesidades o caprichos de Estado.

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En la Patagonia, de Bruce Chatwin

(In Patagonia)
Muchnik Editores, col. Personalia
Barcelona, 1997 [1977]

Se ha dado a Bruce Chatwin el mérito de haber revolucionado la literatura de viajes. En realidad, su mérito (y no es poco) es haber aplicado la técnica del nuevo periodismo a dicha literatura. Ya saben, se trata de hacer una incursión en el tema de forma más personal y cercana, y centrarse, más que en el tema básico, en la periferia inmediata del mismo.
Por tanto, el viaje a la Patagonia propuesto por Chatwin no es un recorrido por la geografía, la gran historia, la flora y la fauna o la etnografía. Chatwin busca la pequeña historia, los detalles que, como gusta decir a los historiadores, constituyen las notas a pie de página de los libros, pero que han hecho de una tierra lo que es, o los hechos que han sido ineludiblemente moldeados por esa tierra.
Supongo que todos los territorios del planeta tienen semejante historia, si uno se preocupa en buscarla, pero saber hallarla, llegar hasta el fondo de la misma, documentarse antes, durante y después del viaje y, por supuesto, saber explicarla es lo que no está al alcance de todos.
Así, nos encontraremos con los tremendos animales prehistóricos y el paso por Tierra de Fuego de Darwin; con la historia del hombre que se autoproclamó rey de Araucania y Patagonia (lo que no gustó en absoluto a los gobiernos argentino y chileno); con la numerosa colonia galesa de Patagonia, independentistas que huían del gobierno de su majestad británica; las andanzas en Patagonia de Butch Cassidy y Sundance Kid, que fueron muertos (o no) en esa región; con otros bandidos gringos; con los orígenes del término "Patagonia" y las relaciones de los blancos con los indígenas; con las revueltas y revoluciones anarquistas; la vida y hazañas (que darían para tres novelas) del capitán Charles Milward, que llegó a ser el cónsul más austral del Imperio Británico; o con la historia del penal de Ushuaia (ya que estamos, la ciudad más austral del mundo).
Y más, muchas más.
No he estado en la Patagonia. No me es posible comprobar las bondades de este libro in situ. Pero, si no es verdad, está muy bien contado. Estoy un poco harto de ciertos documentales y libros de viajes que se basan en tomar el cuaderno o la cámara al hombro alegremente y anotar y filmar lo que se ponga por delante. Sea verdad o no. Porque, por muy delante de una cámara que esté, ese hecho no da sacralidada la entrevista o la declaración.
La auténtica veracidad está en la documentación previa, la búsqueda en el lugar y la documentación posterior. Sólo así se enriquece el documento, y sólo así se elimina el material dudoso o falaz. Sólo así se alimenta la verdad. O la veracidad.
Chatwin fue un gran narrador prematuramente desaparecido. Su nombre todavía resuena en la literatura moderna como alguien que hizo algo grande. Pero cada vez resuena menos. Esto ya no es ley de vida, sino ley de mercado. Por tanto, bien está que se le recuerde antes de que caiga en el olvido que NO se merece.
Porque, leído En la Patagonia, no sólo he quedado entretenido por sus historias, sino que he salido de su lectura algo más sabio. Es muy de agradecer.

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Eche Veinte Centavos en la Ranura, de Raúl González Tuñón

En mi juventud, una canción que escuché por la radio me dejó fascinado. Como de costumbre, nadie dijo qué es lo que había sonado en aquella ocasión, de modo que no pude poner ni nombre ni filiación a una de las letras más hipnóticas y literarias, más decadentes y bohemias, trágicas e irónicas que había podido escuchar.
Años más tarde, el misterio se desveló: se trataba del Cuarteto Cedrón, cantando Eche Veinte Centavos en la Ranura. Una canción que se hallaba en un disco doble que compartía el cuarteto con Paco Ibáñez. Trabajo perdido. El vinilo agonizaba, la industria se reformulaba a sí misma, los tiempos ya no eran los de antes, imposible encontrar el disco, ni la canción.
El mundo marcha y, un servidor, más viejo, menos bohemio pero más tecnológico, ha podido rastrear gracias a la red esa canción, y enterarse de unas cuantas cosas. Por ejemplo, que interpretación al margen, se trata de un poema de Raúl González Tuñón. Que en España se desconozca a este hombre me parece una de esas injusticias que tienen que ser reparadas cuanto antes. Me gustaría que le echaran un vistazo al poema (y que escucharan esa versión que tanto me eludió). Por mi parte, pretendo leer todo lo que pueda de González Tuñón. Y yo de ustedes haría lo mismo.

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes, y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refresco.
Pero sobre todo mujeres
para los hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.

No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-trálala,
rima en tu viejo corazón.

Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.

Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
de vida miliunanochesca.
¡Qué lindo es ir a ver la mujer,
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire...

Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo...
¡Qué lindo es ir a ver la mujer,
la mujer más gorda del mundo!

Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

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Buenos Presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman

(Good Omens)
Norma Ed., col. Brainstorming
Barcelona, 2002 [1990]

Terry Pratchett es el último maestro del humor inglés (y el no inglés) en la literatura. Algunos dirían que es un maestro del humor en la fantasía, pero con las muchas novelas que tiene publicadas sobre el Mundodisco, Pratchett ha tenido ocasión de poner en solfa absolutamente todo, desde la religión a Papá Noel, pasando por la prensa, el turismo, el machismo y la sociedad contemporánea en general, de modo que la etiqueta, si no sobra, sí es un pretexto que no coarta para nada la sátira.
Neil Gaiman es más conocido por ser guionista de cómics, y es el único escritor que ha ganado un World Fantasy Award al mejor relato por un guión de la serie Sandman, en concreto una trasposición de El Sueño de una Noche de Verano.
Según declaración de Pratchett, la contribución de cada cual a esta novela es de Terry 75%, Gaiman 25%. Sea como fuere, esta colaboración fue en todo sentido positiva (más positiva en inglés que en castellano, pero ese es otro asunto).
El argumento es sencillo, y si han visto La Profecía (este libro debiera haberse traducido como Buenas Profecías, pero ese es otro asunto), debería sonarles: El Anticristo ha nacido, y cuando alcance la tierna (pero maliciosa) edad de once años, va a convocar el Armagedón, provocar el Apocalipsis, llamar a la Gran Batalla. Por desgracia para ambas potencias (el Bien y el Mal, ¿cuáles si no?), el cambio de niños que debiera haberle convertido en hijo del agregado cultural norteamericano, por pura incompetencia, se ha ido al cuerno y el Anticristo se ha convertido en el nada vulgar hijo de un vulgar contable de la Inglaterra rural. De modo que Crowley, un demonio con clase, incomprendido por sus arcaicos colegas, y Azirafel, un ángel demasiado compasivo como para que le guste destruir el mundo para salvarlo, no tienen ni idea de dónde está. Da igual. Los que tienen que saberlo, es decir, la Muerte, la Guerra, el Hambre y la Polución (la Peste se jubiló con la llegada de los antibióticos) saben perfectamente dónde dirigirse. Pero Crowley y Azirafel, que lo han hablado muchas veces, están dispuestos a darle a la humanidad una segunda oportunidad, aun a pesar de sus jefes respectivos. No es que lo merezcamos, pero cualquier cosa es preferible a un Infierno o un Cielo eternos.
Para ello, los autores emplean todos los recursos: el juego de palabras, el slapstick, la comedia, la farsa, el homenaje literario y fílmico, la parodia, la sátira, el humor a lo Monty Python, el de la comedia americana, el chaplinesco y el de los Hermanos Marx. Entre otros. Unos detalles:

"Shadwell odiaba a todos los que eran del sur y, por inferencia, se hallaba situado en el Polo Norte".

"Junto con la garantía estándar del ordenador que especificaba que si la máquina 1) no funcionaba, 2) no hacía lo que decían los anuncios, 3) electrocutaba a la vecindad, 4) y de hecho no estaba en absoluto en el interior del caro embalaje cuando lo abrías, esto era expresamente, absolutamente, implícitamente y en ningún caso culpa, falta o responsabilidad del fabricante, que el comprador podía considerarse afortunado de que se le permitiera dar su dinero al fabricante, y que cualquier intento de tratar el objeto por el que se había pagado como propiedad del comprador resultaría en la atención de hombres muy serios con maletines amenazadores y relojes de pulsera muy delgados. Crowley se había quedado impresionado con estas garantías, y había enviado un puñado Abajo para el departamento que redactaba los contratos con las Almas Inmortales, con una nota amarilla pegada que sólo decía: «Aprended, mamones»."

"Crowley figuraba en las listas negras del Infierno. No es que el Infierno tuviera otras."

"Dios no juega a los dados con el universo: juega un juego inefable de Su propia invención, que puede ser comparado, desde la perspectiva de cualquiera de los otros jugadores (es decir, de todo el mundo), a estar involucrado en una embrollada y compleja variante del póquer en una habitación a oscuras, con cartas en blanco, por apuestas infinitas, con un Banquero que no te explica las reglas, y que sonríe todo el tiempo".

"Los patos de St James's Park están tan acostumbrados a ser alimentados por agentes secretos que se reúnen allí clandestinamente que han desarrollado su propia reacción pavloviana. Ponga a un pato de St James's Park en una jaula de laboratorio y muéstrele una foto de dos hombres, uno por lo general llevando un abrigo con cuello de piel, el otro algo oscuro y con bufanda, y mirará hacia arriba con aire expectante".

"El Kappamaki, un barco de investigación ballenera, investigaba acerca de la pregunta: ¿Cuántas ballenas se pueden cazar en una semana?"

"─"Entonces, ¿sois Ángeles del Infierno? ─preguntó el motorista─ ¿De qué capítulo sois?
─APOCALIPSIS, CAPÍTULO SEIS ─respondió la Muerte".

Y muchos otros momentos más...

Peculiar traducción, o sea, un tanto pijotera, o sea, rayana, o sea, en ocasiones en la inepcia. En fin, es lo que hay. Incluso así traducida la novela es muy divertida, de modo que imagínense su fuerza. Que lo pasen bien.

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Tortilla Flat, de John Steinbeck

(Tortilla Flat)
Ed. Cruïlla, col. Club
Barcelona, 1996 [1935]

Esta novela, en su día, representó una osadía formal que iba más allá del mero artificio. En efecto, se trata de la trasposición del estilo y temas de la novela artúrica al pueblo de Tortilla Flat, un suburbio miserable de la ciudad de Monterey (USA).
El experimento es chocante pero altamente satisfactorio. Los personajes, Danny y sus amigos, asimilables con facilidad a un Arturo y sus nobles caballeros, son gente que se mueve a sus anchas en estos bajos fondos de la marginalidad, el pequeño delito y la miseria.
Más allá del escándalo que pudiera suponer en 1935, el ambiente es notable porque sí es posible conseguir la épica y el heroísmo con un material moralmente sospechoso (sospechoso desde el punto de vista penal, por supuesto). El relato de estas gestas va creciendo en tono hasta pasar de irónico a conmovedor, y sin duda gran parte del escándalo puede atribuirse a que las hazañas de los personajes llegan a producir una innegable simpatía en el lector.
Steinbeck fue un conocedor profundo de la leyendda artúrica (y si sus Hechos del Rey Arturo y Sus Nobles Caballeros no es todo lo lograda que pudiera, ello se debe al hecho de que se trata de una obra inacabada), y el dominio del tono narrativo es genial. Los personajes hablan con prosopopeya y solemnidad; se comportan como auténticos héroes, falibles pero tocados por el espíritu de la caballería; sus hazañas no desmerecen a las de la Tabla Redonda; y en conjunto, proporcionan al lector motivos de reflexión así como una visión nueva e irónica de la realidad. Un ejemplo del tono que se puede encontrar en la novela:
«─Dijo a Cornelia [a la que se ha regalado como presente de amor un cerdito]: "No hay nada mejor que tener un cerdo: come de todo, es una bonita mascota, y se hace querer. Y cuando crece le cambia el carácter, se vuelve malo y malcarado, lo dejas de querer, un día te muerde, y tú te enfadas, lo matas y te lo comes".
»Los amigos asintieron con seriedad y Pilon dijo:
»─A veces diría que Emilio no tiene un pelo de tonto. Mira cuántas satisfacciones ha conseguido de este cerdo: afecto, amor, venganza y alimento. Algún día he de hablar con Emilio...»
Es una pincelada. Pero no se puede resumir el final, glorioso y épico, de esta novela. Un final triste, también. Como el de la disolución de la Tabla Redonda.

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Sin Blanca en París y Londres, de George Orwell

(Down and Out in Paris and London)
Eds. Destino, col. Destinolibro
Barcelona, 1972 [1933]

Esto no es una novela. Se trata de un libro durísimo (el primero que Orwell publicó) que relata las vivencias padecidas por el propio Orwell cuando las circunstancias le llevaron a un grado de pobreza tal que tuvo que luchar, día a día, por conseguir un mínimo nivel de supervivencia.
Albergues para mendigos o la supervivencia a la intemperie, la vida del clochard, homeless o sin techo, como quieran llamarle. La explotación laboral en un mercado negro de trabajo, las estafas de la ayuda social o la caridad, la persecución policial, con sus mil trampas y subterfugios destinados al único objetivo de apartar de la vista, de esconder, a aquellos que no disponen de medios de subsistencia. No fuera a ser que las "personas de bien" se los encontraran a la salida de un restaurante. Escuchemos a Orwell:
«Vale la pena decir algo sobre la posición social de los mendigos, porque cuando los has tratado y has visto que son seres humanos normales y corrientes, es inevitable que te llame la atención la curiosa actitud que la sociedad adopta respecto a todos ellos. A lo que parece, la gente cree que hay una diferencia esencial entre los mendigos y los hombres "que trabajan". Son una raza aparte, marginados, como los delincuentes y las prostitutas. Los trabajadores "trabajan", los mendigos no "trabajan"; son parásitos, son inútiles, por naturaleza. Se da por supuesto que un mendigo no se "gana" la vida igual que un albañil o un crítico literario se "ganan" la suya. Es una simple excrecencia social, tolerada porque vivimos en una era humana, pero esencialmente despreciable.
»Ahora, si nos fijamos bien se ve que no hay ninguna diferencia esencial entre los medios de vida de un mendigo y los de un montón de gente respetable. Los mendigos no trabajan, se dice; pero, entonces, ¿qué es trabajar? Un peón trabaja haciendo servir el pico. Un contable trabaja sumando cifras. Un mendigo trabaja estando en la calle llueva o nieve, víctima de las varices, contrayendo bronquitis crónicas, etc. Es un oficio como cualquier otro; completamente inútil, claro, pero muchos oficios reputados también son completamente inútiles. Además, como tipo social un mendigo es muy comparable al resto de la gente. Es honesto comparado con los vendedores de la mayoría de especialidades médicas, altruista comparado con el propietario de cualquier semanario, amable comparado con un vendedor de productos a plazos; en resumen, un parásito, pero un parásito bastante inofensivo. Casi nunca saca de la comunidad otra cosa que los medios ralos para subsistir y, cosa que según nuestro código ético lo tendría que justificar, lo paga con creces a través del sufrimiento. No creo que un mendigo tenga nada de especial que lo tenga que situar en una clase diferente del resto de personas, nada que dé derecho a la mayoría de hombres de hoy en día a despreciarlo.
»Entonces surge la pregunta: ¿por qué se desprecia a los mendigos? (ya que es evidente que se los desprecia universalmente). Creo que es por la simple razón de que no consiguen ganarse bien la vida. En la práctica a nadie le importa si un trabajo es útil o inútil, productivo o parasitario; la única cosa que se exige es que sea rentable. Detrás de todo lo que se habla hoy día sobre energía, eficiencia, servicio social, etcétera, ¿qué hay sino la idea de "ganar dinero, ganarlo legalmente y ganar mucho"? El dinero se ha convertido en la gran prueba de la virtud. Los mendigos no superan esta prueba, y por tanto se los desprecia.»
Dentro de estas vivencias, de esta caída en la miseria y el desprecio, lo que siempre nos acompaña como un fantasma es la sensación de que esto le pasó a George Orwell, ese autor que iba a escribir 1984, Rebelión en la Granja y otros libros de valía. La idea de que esto le sucedió a una persona por encima de los valores que consideramos mínimos. Nadie le preguntó qué sabía hacer, nadie movió un dedo por situarle según sus capacidades, y tuvo suerte de que un amigo le pudo conseguir un empleo decente al final. No es, por supuesto, el único caso. La moral es que la pobreza está cerca de cualquiera, no importa lo que haya hecho, para qué valga o si es alguien excepcional, si tiene estudios o no o si su situación es sobrevenida o voluntaria. La miseria lo cubre todo y su pátina se vuelve desprecio y marginación.
La sensación de que lo normal es que se reciba el extrañamiento. Lo milagroso, lo excepcional, no es que Orwell estuviera en la misera, sino que lograra salir de ella. No es algo como para sentirse orgullosos, socialmente hablando.
Y esto le sucede, lo hacemos, a los que tenemos al lado. Imagínense lo que les sucede a los pobres, lo que le hacemos a los pobres de otros países.
Las últimas palabras de este libro son quizá un primer paso que dar en cambiar nuestra forma de pensar. Aplíquenlas al vecino y al extraño, al compatriota y al extranjero:
«De todas maneras, puedo apuntar una o dos cosas que sin duda he aprendido después de vivir sin blanca. No volveré a pensar jamás que todos los vagabundos son un hatajo de borrachos facinerosos, ni esperaré que ningún mendigo se sienta agradecido cuando le dé un penique, ni tampoco me sorprenderá la falta de energía de un hombre que no tiene trabajo, ni me inscribiré en el Ejército de Salvación, ni empeñaré la ropa, ni rechazaré un folleto de propaganda, ni comeré a gusto en un restaurante de lujo. Por algo se empieza.»





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Històries Naturals, de Jules Renard

(Histoires Naturelles)
Eds. de 1984
Barcelona, 1999 [1896; 1909; 1926]
Ilustraciones de Henri de Toulouse-Lautrec

Jules Renard (1864-1910), autor más próximo al modernismo que al naturalismo, escritor directo («una descripción que pasa de las diez palabras ya no es visible»), compuso estos 84 retazos de animales y la vida campestre, de estilos variados que van desde la descripción aguda, la fábula recontada o transformada, la personalización, la alegoría, la metáfora hasta (los más) los poemas en prosa.
Con una brevedad que aumenta el efecto de cada uno de los textos, Renard muestra una singular perspicacia en sus escritos, que constituyen una auténtica delicia para el lector. En su conjunto, forman una singular obra de amor, que evocará la nostalgia de la vida en el campo, la necesaria contemplación de la vida natural no como algo ajeno sino como un gran fresco en el que integrarse y (para el lector moderno) la melancolía de un mundo en trance de desaparición, de una campiña que cada vez más se parece a un desierto creado por el hombre o a un arrabal ciudadano que civilizamos sin piedad y que, con el paso del tiempo, conformará un recordatorio de un jardín (tal vez no paradisíaco, pero sí natural) del que no dejaremos rastro.
Como ejemplos de esta prosa, valgan estos:

La Lagartija:
«Hija espontánea de la piedra hendida en la que me apoyo, se me encarama al hombro. Ha pensado que yo prolongaba la pared porque estoy inmóvil y porque llevo un sobretodo de color mural. Esto halaga, no obstante.»

La Lagartija II:
«La Pared: No sé qué escalofrío me recorre la espalda.
»La Lagartija: Soy yo.»

La Serpiente:
«La diezmillonésima parte de un cuadrante de meridiano terrestre.»

El Saltamontes:
«¿Acaso es el gendarme de los insectos?
Todo el día salta y se afana en persecución de invisibles furtivos que no atrapa jamás.
No lo detienen ni las hierbas más altas.
No le da miedo nada, porque tiene botas de siete leguas, un cuello de toro, la frente genial, el vientre de una carena de barco, alas de celuloide, cuernos diabólicos y un gran sable detrás.
Como no se pueden atesorar las virtudes de un gendarme sin poseer sus vicios, todo hay que decirlo, la langosta masca tabaco.
Si miento, persíguelo con tus dedos, juega con él a las cuatro esquinas y, cuando lo hayas cazado, entre dos saltos, sobre una hoja de alfalfa, obsérvale la boca: por entre las terribles mandíbulas, secreta un jugo negruzco de nicotina.
Pero ya no lo tienes. El arrebato de saltar se lo lleva. El monstruo verde se te escapa con un brusco golpe de genio y, frágil, desmontable, te deja en la mano un muslito.»

El Martín Pescador:
«No han picado, esta tarde, pero me llevo a casa una rara emoción. Mientras pescaba caña en mano, ha venido a posarse sobre ella un martín pescador.
Ningún otro de nuestros pájaros brilla tanto.
Parecía una gran flor azul al extremo de un largo tallo. La caña se doblaba bajo su peso. Yo no respiraba, lleno de orgullo porque un martín pescador me tomara por un árbol.
Y estoy seguro de que no ha emprendido el vuelo por miedo, sino que debía pensar que no hacía otra cosa que pasar de una rama a otra.»

La Luciérnaga:
«¡Una gota de luna entre la hierba!»

La Pulga:
«Un grano de tabaco con resorte.»

El Ciervo:
«Entré en el bosque por un extremo del camino, cuando él llegaba por el otro.
Pensé primero que alguna persona forastera avanzaba con una planta en la cabeza.
Después distinguí el arbolito enano, de ramas separadas y sin hohas.
Por último apareció a ojos vista el ciervo y los dos nos detuvimos.
Yo le dije:
─Acércate. No tengas miedo. Si llevo escopeta, es por apariencia, para imitar a los hombres que se toman en serio. No la hago servir jamás, y dejo los cartuchos en el cajón.
El ciervo escuchaba y olía mis palabras. En cuanto hube callado, no dudó ni un momento: sus piernas se movieron como tallos que un aliento de viento cruza y descruza. Huyó.
─¡Qué lástima! ─le grité─. Ya soñaba con que hacíamos camino juntos. Yo te ofrecía, de mi mano, las hierbas que te gustan, y tú, con andar de paseo, me llevabas la escopeta de través sobre tu ramaje.»

Renard ha sido influencia (y por su concisión y perspicaci, benéfica) para innumerables escritores: entre los más cercanos, Joan Perucho, Sagarra, Josep Pla, Eugeni D'Ors, y entre los foráneos, André Gide, Somerset Maugham...
Estos relatos, en francés, pueden escucharse aquí.
Toulouse-Lautrec realizó para el libro unas primorosas ilustraciones.
Y este es uno de esos libros con banda sonora: En 1906, Maurice Ravel compuso cinco "Historias Naturales" sobre las de Renard: El Pavo Real, El Grillo, El Cisne, El Martín Pescador y La Pintada.

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L'Home que Va Confondre la Seva Dona amb un Barret, de Oliver Sacks

(The Man Who Mistook His Wife for a Hat)
Ed. Enciclopèdia Catalana/Proa, col. Proa Butxaca
Barcelona, 2004 [1985]

Con El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero sucedió una cosa curiosa. Publicada en castellano, empezó una serie de recomendaciones boca de lector a oreja de lector que hicieron que fuera adquiriendo unas ventas consistentes, hasta el punto que, puesto que los lectores acudían a las secciones de literatura en su búsqueda, algunas librerías optaran por tenerlo expuesto en dos lugares: en la sección de medicina/psicología (su lugar natural) y en la sección de narrativa.
¿Confusión? ¿desconocimiento? Creo más bien en una intuición razonable del público. Este libro constituye en la descripción de una serie de casos neurológicos extremos, tan extravagantes o llamativos que parecen ir más allá de la ciencia y adentrarse en la ficción. Si consideramos que Peter Brook escribió una obra de teatro, y Michael Nyman una ópera en un acto sobre el caso que da título al libro, podemos decir que el público (como casi siempre) tenía razón.
La carga científica del libro es ligera. No es reprochable. Se trata de un libro más para motivar a la reflexión que para la práctica clínica o la exposición congresual. Tampoco sostiene tesis ni aporta discursos. No me molesta. No le pido a los libros que necesariamente abonen modos de pensamiento ni ofrezcan moralejas. En este caso, cada lector tiene la capacidad de pensar y encontrar lo que quiera. Es seguro que algunos no verán más allá de la exhibición de fenómenos que podría constituir el libro, mientras que otros rememorarán casos, tal vez no tan extremos, que hayan conocido.
Pero, más allá de la curiosidad o el conocimiento de que tales cosas pueden suceder (el hombre del título realmente confunde a su esposa con un sombrero; la mujer que oye piezas musicales, fieles al original, de forma continua; los pacientes con síndromes de Tourette, repletos de tics; los miembros "fantasmas" de los amputados; la anciana que, por una neurosífilis, recupera el ánimo juvenil y el gusto por el flirteo [y si les suena, pues, en efecto; este caso, casi palabra por palabra, fue una trama secundaria de un episodio de la serie House]; el hombre con amnesia inmediata que reinventa la realidad y a sí mismo continuamente; el hombre que se "detuvo" en 1945; y muchos otros), más allá de eso, a mí me motiva pensar, en primer lugar, en lo tenue de la frontera entre la función y la disfunción (y téngase en cuenta que hablamos de casos neurológicos, no psiquiátricos; no son producto de causas externa, traumas o dificultades de relacionarse con el mundo "real" o "cuerdo", o producto de un declive cada vez mayor, sino de causas químicas, fisiológicas, que suelen presentarse como cae un relámpago); son personas "normales", con una mente "normal", pero las dolencias que sufren comportan de inmediato el rechazo y la incomprensión sociales.
Y también hacen que sienta una intensa pena (no lástima, ni compasión caritativa) por ellos. Por unas vidas plenas y saludables que se ven destrozadas de repente por una dolencia que les impide seguir con esas vidas y les relega a la categoría de "mochales" o "majaretas", sin importar que fueran (¡sean!) excelentes músicos, eficientes ejecutivas de publicidad o magníficos obreros de la construcción.
En este sentimiento, permítaseme que me aparte de los libros por unos momentos (este blog tiene carácter errabundo, no lo olviden). Sacks nos relata dolencias y casos que han incapacitado, destrozado vidas. En los mejores casos han podido adaptarse, pero tendrán que vivir siempre con el rechazo o medicarse de por vida. Son dolencias que no querríamos para nadie.
¿Pueden existir dolencias que representen una bendición, que sean admirables? Sí; esos seres que son capaces de hacer cosas que ni siquiera soñamos se llaman savants o, según la desafortunada expresión popular, "sabios idiotas". Sacks trata unos pocos de esos casos en su libro. Pero, a veces, y sobre todo en el ensayo, una imagen puede valer todavía más que las palabras. Hace pocos años vi una serie documental de televisión que trataba sobre ellos, Beautiful Minds, en tres capítulos. Lamentablemente, sólo corren por internet unos fragmentos, y los tres episodios completos en http://www.teachers.tv/, pero sólo para uso en el Reino Unido. Se los recomiendo vivamente, si tienen la oportunidad. No trata a esas personas como fenómenos de feria, sino como lo que son: las joyas de la disfunción, el límite a lo que puede llegar el ser humano, salvo porque a ese límite, por razones que desconocemos, lo acompañan maldiciones igualmente terribles: autismo, incapacidad de relación, imposibilidad de realizar acciones que todos damos por hechas. Si ven esos documentales sentirán admiración, pero también cariño y comprensión por esos seres humanos.
Así debe ser. Pero tengamos también ese cariño y esa comprensión por aquellos que padecen la maldición sin tener a cambio nada que les atraiga la simpatía de los demás.

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Mientras Escribo, de Stephen King

(On Writing)
Plaza & Janés
Barcelona, 2001 [2000]

¡Qué manía esta de cambiar títulos! El original dice "Sobre el Escribir", aunque podría traducirse como "Sobre la Escritura".
No se trata de ficción, sino de un manual para escritores, presentes y futuros. He leído unos cuantos métodos de escritura creativa publicados en España. Cosa curiosa, escritos por gente a la que no conozco de nada. A pesar de sus títulos, rimbombantes, llenos de promesas incumplidas, bien podrían titularse "Cómo Redactar" (los mejores), "Cómo aconsejar sobre escribir sin haber publicado jamás", "Cómo escribir, publicar y no ser leído, como es mi caso" o "Cómo conseguir que te paguen por un libro inútil (este)". O también "Cómo hacer un manual con una colección de obviedades" (los peores): sepa ortografía, cuide la gramática, divida el texto de tanto en tanto en eso que llaman párrafos. Los mayores logros de todos ellos son que sí han hecho escritores a alguien: a sus autores.
Stephen King es una persona inteligente (muy inteligente), conocedor de su oficio y, sobre todo, un tipo honesto. No escribe esto por necesidad, ni por la fama, ni por el dinero, sino con una sincera voluntad de ayudar y desde una experiencia meditada, con éxito y con un sano valor altruista.
¿Es sólo un manual para escribir best-sellers al estilo King? No. El autor (¿les he dicho ya que es inteligente?) destila los principios de la buena escritura, estructura y argumentación desligándolos de cualquier género o estilo. Repite una y otra vez: "Escribe sobre lo que sepas". Y si no sabes pero te apetece, documéntate y entonces escribe. Por citar textualmente: "No hay ninguna necesidad, ninguna en absoluto, de escribir encorsetadamente y con una óptica conservadora, como no la hay de escribir prosa experimental y no lineal [...]. Tienes a tu disposición tanto lo tradicional como lo moderno. ¡Como si te apetece escribir al revés! Pero, tomes el camino que tomes, siempre llega el momento de evaluar la calidad de lo que se ha escrito. Me parecería mal que cruzara la puerta del estudio un cuento o novela de cuya legibilidad no estuviera seguro el autor. No se puede gustar en todo momento a todos los lectores, ni siquiera a una parte, pero por favor, esfuérzate en gustar a veces a un sector del público. Creo que lo dijo William Shakespeare".
El libro está estructurado en varias partes: "Currículum Vitae", que cuenta unos pocos episodios que marcaron la vocación y carrera de escritor del autor, "Qué es escribir" (pues eso), "Caja de Herramientas", sobre las que emplea (tiene que emplear) cualquier escritor, "Escribir", sobre cómo encarar (con las anteriores herramientas) el proceso creativo, de publicación y de profesionalización del escritor, una "Postdata: Vivir" y unas coletillas: un ejemplo de primera redacción y de primera revisión y una lista de libros que King leyó y le gustaron en los cuatro años precedentes a la escritura del libro (96 títulos, de todos los estilos).
Es un libro ameno, que habla de tú al lector y que casi no deja piedra por remover de los procesos creativos. Un libro abierto, además, con muy pocas reglas de oro y muchos consejos que ayudan, más que dirigen, al futuro autor. Un libro honesto.
Traducción vacilante y descangayada (por no decir mala) la de la edición española. Y nunca el tema de un libro mereció mejor suerte en su tratamiento del lenguaje.

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Against the Day, de Thomas Pynchon

Jonathan Cape/Random House
Londres, 2006 [2006]

Novelón (como acostumbra) de largo alcance y extensión, en buena/mala hora me puse a leer la última obra de Thomas Pynchon. Buena porque, aunque leer a Pynchon es un placer que debe desarrollarse con la práctica, como comer caracoles o sushi, en mala hora porque es imposible resumir una novela de Pynchon, como así admiten sus editores. Disculparán ustedes la dispersión y lo vago de los pensamientos que siguen.
Empecemos por lo obvio. Pynchon es autor de obra escasa (pero extensa), y tiene justa fama como novelista irreductible. Menos conocido físicamente que Salinger, mantiene el anonimato hasta el máximo extremo. Sin duda esto le habrá privado de premios (sólo tiene el National Book Award) y de una importante serie de ingresos extra. A lo que parece, le importa un rábano (a menos que algún día nos enteremos de que también publica novelas con seudónimo, y esto sería una de aquellas bromas definitivas que sin duda le encantarían).
Pynchon o el anarquismo ilustrado. Pynchon o la paranoia necesaria. Pynchon contra el estado. Pynchon contra las verdades supuestamente evidentes. Y todo con una sonrisa irónica en los labios y en las palabras.
Against the Day tiene lugar en el mundo del cambio del siglo XIX al XX. Es un mundo alternativo al nuestro, pero no demasiado, si uno se para a pensarlo. Es la época donde empezaba a intuirse la guerra inminente por la energía y los recursos. Cuando se formularon , en una auténtica y estrambótica revolución científica, las teorías más disparatadas: la Tierra Hueca, la hipótesis del Éter, el control aéreo mediante dirigibles, la utilización del magnetismo como fuente de energía, etc. En la novela de Pynchon, todas son ciertas.
¿Ciencia-ficción? Sí, pero empleada como una fábula colosal para mirar una época de nuestro planeta más crucial de lo que parece.
¿Discurso político? Por supuesto, pero no un panfleto. La técnica de Pynchon consiste en decirnos que no se van a contar grandes verdades en frases grandilocuentes , sino que se describirán pequeñas verdades que, todas juntas, pueden conformar un cuadro monstruoso en el que estamos metidos, con una gran dosisi de engaño por parte de los grandes poderes oligárquicos.
¿Es Pynchon un paranoico? Sí y no. Sí porque la experiencia nos dice que en muchas ocasiones los gobiernos no nos han explicado TODA la verdad sobre TODAS sus acciones, de modo que la moraleja es que cierta paranoia, cierto escepticismo si ustedes quieren, son necesarios. No, porque Pynchon no aboga porque esta paranoia sea la rectora de nuestras vidas.
¿Es Pynchon un anarquista? Sí. Pero ilustrado. Lo que dice Pynchon no es que sea necesario dinamitarlo todo (aunque en la novela la dinamita es casi un personaje más; cosas de la época), pero sí una cierta insumisión. Contra la pretensión de que nos convirtamos en borregos y digamos a todo amén, defiende que cada cual vaya a pastar fuera del rebaño si así lo desea.
La novela de Pynchon está repleta de personajes. No es una novela coral. Para serlo, tendría que reunirse esa multitud en un lugar, y eso no sucede. La técnica de Pynchon es contarnos pequeñas historias, personaje a personaje. En un momento dado, un personaje se encuentra con otro y componen una variante argumental. Es como un tapiz: se tienen una serie de fibras, teñidas estrambóticamente, que sueltas nada significan o significan la misma fibra en sí. Es cuando se entrecruzan (cuando se forma la trama) de una determinada manera cuando se forma la imagen completa. Y esa imagen no es un retato, sino todo un mundo. Es prodigioso.
Podemos preguntar si esos innúmero personajes son necesarios. No sólo necesarios, sino imprescindibles, porque sus historias no sólo son utilitarias a efectos generales, sino a nivel particular. Cada una de ellas es una narración en sí misma. Gran narrador, Pynchon emplea todos sus recursos con sabiduría. Esos personajes interesan, y son únicos en su género, suscitando sobre todo curiosidad por su suerte.
¿Es posible obviar algo del texto? Con rotundidad, no. Against the Day tiene 1.085 páginas, pero saltarse un párrafo es perder un detalle de la trama o un rasgo del personaje.
Y, finalmente, el tono. Muchas veces es irónico, cómico en ocasiones, como si asistiéramos a una farsa o a una comedia de situación. No se engañen. La ironía o la comicidad no empañan lo que se nos quiere contar; y entonces, con naturalidad, se pasa al drama. Pocos escritores tienen este dominio de las situaciones. Porque es fácil pasar de lo trágico a lo cómico (y a veces algunos escritores lo logran muy a pesar suyo), pero en extremo difícil hacerlo a la inversa.
Es difícil adquirir el gusto por Thomas Pynchon. Al principio no hace más que presentarnos muchos personajes, dispares, que parece que no tienen nada que ver entre sí, pero que finalmente convergen y se entrecruzan para formar un tapiz prodigioso, repleto en detalles y delicadezas. Es difícil adquirir el gusto por Thomas Pynchon, pero es un esfuerzo que rinde beneficios al ciento por ciento.

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Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce

(The Devil's Dictionary)
Ediciones del Dragón/col. Biblioteca del Dragón
Madrid, 1986 [1911]
Trad de Rodolfo Walsh

Vamos a ponernos cínicos [ Cínico: Miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como debieran ser. Los escitas acostumbraban a arrancar los ojos a los cínicos para mejorarles la visión].
Ambrose Bierce, llamado "Bitter" (Amargo) Bierce, personaje que inspiró al Gringo Viejo, excombatiente de la Guerra de Secesión, gran cultivador del relato fantástico y de la narrativa en general, de la fábula postesópica, gran pilar, junto a Mark Twain, del primer periodismo norteamericano, maestro del humor negro, tuvo la ocurrencia de compilar definiciones demoledoras, crueles, cínicas, reales, cargando contra todo lo que se moviera o no. Reflexivo, pesimista (¿realista?), que cien años después el 99% de estas definiciones se mantengan vigentes es la mayor demostración de lo poco que hemos cambiado. O la mayor vergüenza de la humanidad.
Unas degustaciones:
Genealogía: Estudio de nuestra filiación hasta llegar a un antepasado que no tuvo interés en averiguar la suya.
Aborígenes: Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.
Absoluto: Independiente, irresponsable. Una monarquía absoluta es aquella en que el soberano hace lo que le place, siempre que él plazca a los asesinos. No quedan muchas: la mayoría han sido reemplazadas por monarquías limitadas, donde el poder del soberano para hacer el mal (y el bien) está muy restringido; o por repúblicas, donde gobierna el azar.
Ignorante: Persona desprovista de ciertos conocimientos que usted posee, y sabedora de otras cosas que usted ignora.
Justicia: Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.
Alá: El Supremo Ser Mahometano, por oposición al Supremo Ser Cristiano, Judío, etc.
Aire: Sustancia nutritiva con la que la generosa Providencia engorda a los pobres.
Amistad: Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.
Responsabilidad: Carga desmontable que se traspasa fácilmente a las espaldas de Dios, el Destino, la Fortuna, la Suerte, o el vecino. Los aficionados a la astrología suelen descargarla en una estrella.
Favor: Breve prólogo a diez volúmenes de exacción.
Africano: Negro que vota por nuestro partido.
Litigante: Persona que está por entregar la piel con la esperanza de conservar los huesos.
Aplauso: El eco de una tontería. Monedas con que el populacho recompensa a quienes lo hacen reír y lo devoran.
Erudición: Polvillo que cae de un libro a un cráneo vacío.
Después de esta breve muestra de cómo no dejar títere con cabeza, si desean saber más, lean el resto del Diccionario del Diablo. Y para terminar, conózcanse a sí mismos:
Hombre: Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.
¿Escrito en 1911, o en 2008?

[Lean el texto completo del Diccionario del Diablo en inglés, gracias al Proyecto Gutenberg, en este enlace]

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Contra la Censura. Ensayos sobre la Pasión por Silenciar, de J. M. Coetzee

(Giving Offense: Essays on Censorship)
Random House Mondadori/Debate
Barcelona, 2007 [1996]

En primer lugar, precisemos que el título original es levemente diferente de la traducción castellana. Vendría a decir: "Ofendiendo: Ensayos sobre la Censura". NI contra nada, ni pasiones desatadas por silenciar. Comprendo que la traducción castellana es más rotunda, más comercial, pero ¿es necesario corregir a un premio Nobel y a su editor estadounidense [la Universidad de Chicago]? ¿Y por dos veces?
Sin duda, en este país, se tiene la impresión generalizada de que la censura es cosa del pasado y asociada a regímenes autoritarios. A poco más de un año del secuestro de una revista en España (satírica, además; ni todas las democracias han podido salvaguardar el animus jocandi cuando se refiere a ciertas personas, al parecer siendo el mensaje, "con respecto a ciertas cosas, ni en broma"); después del debate europeo (de los ¡oh tan civilizados! europeos) sobre las caricaturas de Mahoma, sólo se puede llegar a la conclusión de que aquí se puede hablar de todo... menos de lo que no se puede hablar. La principal conclusión de políticos y analistas fue que una cierta "autocontención" por parte de los autores era deseable. "Autocontención" si lo miran bien, verán que lo que quiere decir a las claras es "autocensura", un concepto que, como demuestra Coetzee, es el fin último de la censura, siendo la máxima aspiración de esta el quedar como una estructura residual y casi autodestruída, habiendo conseguido que el papel de censor lo interpreten los propios autores.
Así pues, la censura, institucional o no, sigue existiendo, en España, en Europa, en las sociedades "civilizadas" y, por supuesto, en las autoritarias, semiautoritarias y en transición.
Hay muy poco escrito sobre la censura, ensayos sobre su naturaleza, claro está. Y sólo recuerdo uno sobre la censura en el franquismo, donde se reseñaba (entre otras cosas) la mutilación y censura de un discurso del propio Franco. Mirando la bibliografía que acompaña el texto de Coetzee, esta escasez parece ser internacional.
Por desgracia, sólo un tercio del libro, aproximadamente, está dedicado a estudiar la censura en abstracto. Los otros dos terccios se dedican a casos concretos: la censura a la pornografía en El Amante de Lady Chatterley; la censura soviética (Osip Mandelstam, Solzhenitsin, Zbigniew Herbert); la censura del apartheid sudafricáno. Son ejemplos ilustrativos y muy interesantes (y sobre el apartheid es casi seguro que es lo primero que se publica en español), donde se dicen cosas valiosas, pero el excesivo detalle siempre tiene el riesgo de fijarse en el roble y perder de vista el robledal.
Pero, y remarcando de nuevo que esos ejemplos son impresionantes en su análisis y pueden constituir la base de estudios futuros, Coetzee hace, en un análisis abstracto y caracteriológico de la censura, una labor fundamental, que descubre las contradicciones y esencias de una actividad que no sólo es enfermiza, redentorista y autodestructiva, sino que lleva en sí misma las semillas de su propio ridículo.
Por escasez de libros semejantes y lucidez de pensamiento, es este un libro imprescindible para comprender esa manía por imponer preceptos y (de)formar mentalidades.

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Aviso, o vamos a bajar el ritmo...

Bueno, superadas las cincuenta entradas, lo que quiere decir que se ha llegado a la cincuentena de libros comentados en dos meses y medio, que no está mal, ha llegado la hora de moderarnos un poco en el ritmo. Primero, porque el objetivo de dar un poco de cuerpo al blog está cumplido. Segundo, por darles a ustedes un respiro; son ustedes bienvenidos las veces que quieran y cuando deseen, pero no quiero forzar a que una presencia casi diaria les hastíe. Tercero, porque hasta yo soy humano, y merezco leer ciertos tochitos de libros con algo más de tranquilidad (por no hablar de los libros que no comento, por mediocres y malos, y que me entorpecen la lectura de los buenos).
De modo que cuenten ustedes con dos entradas a la semana, los martes y los jueves.
Como ven, tampoco es una reducción tan drástica.
Gracias.

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Els Evangelis Apòcrifs, Vol. I, al cuidado de Armand Puig i Tàrrech

Raval Edicions/Proa
Barcelona, 2008 [>s. I d.C.]

No es mi intención analizar aquí los Evangelios Apócrifos de forma teológica, ni por su influencia religiosa; John Milton lanzó su famosa sentencia "No leerás la Biblia por su prosa", pero no es tampoco mi cometido decir cómo y de qué manera tiene que leer uno la Biblia, los Apócrifos, el Corán o cualquier otro de los textos sagrados de las diversas religiones. Es, naturalmente, asunto de conciencia e individual.
Hay un convencimiento (promovido últimamente por ciertas novelas) de que estos Evangelios Apócrifos han sido difíciles de encontrar y leer, como si fueran editados de forma clandestina, hereje y subversiva. No tal. Es evidente que la Iglesia católica, y las Iglesias cristianas en general, no han promocionado activamente su lectura, pero una editorial católica (estructuralmente católica, quiero decir) como la Biblioteca de Autores Cristianos los ha tenido siempre en su catálogo. Si comento esta edición en catalán es por ser la más reciente, y la que incorpora los hallazgos que en este campo se han producido en los últimos años. [este primer volumen consiste en los no-gnósticos, mientras el segundo se dedica a los evangelios gnósticos, incluyendo el recientemente encontrado y traducido Evangelio de Judas].
Con los Apócrifos ha sucedido una cosa curiosa. No han sido considerados canónicos, pero las diversas Iglesias han encontrado en ellos detalles que han incorporado al relato de la vida de Jesús. ¿Quiénes eran los Reyes Magos? ¿Cómo se llamaban los dos ladrones? ¿De dónde sale el nombre de Longinos? Historias de la infancia de Jesús que no aparecen en la Biblia canónica me han sido explicadas en clase de Historia Sagrada, y tienen su origen en estos apócrifos.
Fue poco antes de terminar de leer este volumen que recordé que Jorge Luis Borges los había incluido en su "Biblioteca Personal". He aquí algo de lo que decía al respecto: "Este libro no contradice a los evangelios del canon. Narra con extrañas variaciones la misma biografía. Nos revela milagros inesperados. Nos dice que a la edad de cinco años Jesús modeló con arcilla unos gorriones que, ante el estupor de los niños que jugaban con él, alzaron el vuelo y se perdieron en el aire cantando. Le atribuye asimismo crueles milagros, propios de un niño todopoderoso que no ha alcanzado todavía el uso de la razón. Para el Antiguo Testamento, el Infierno (Sheol) es la sepultura; para los tercetos de la Comedia, un sistema de cárceles subterráneas, de topografía precisa; en este libro es un personaje soberbio que dialoga con Satanás, Príncipe de la Muerte, y que glorifica al Señor.
"Junto a los libros canónicos del Nuevo Testamento estos Evangelios Apócrifos, olvidados durante tantos siglos y recuperados ahora, fueron los instrumentos más antiguos de la doctrina de Jesús".

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Aciago Encuentro en Lankhmar, de Fritz Leiber

(Ill Met in Lankhmar)
En Espadas y Demonios (Swords and Deviltry)
Ed. Martínez Roca, col. Fantasy
Barcelona, 1985 [1970]

Existe una especie de pozo mítico en el cual se incorporan arquetipos y personajes que, por un extraño mecanismo de la mente humana, son conocidos y reconocidos incluso por aquellos que no han leído las historias de las que surgen o las películas que los presentan. Así, ese extraño fenómeno se produce con el vampiro o Drácula, el monstruo de Frankenstein (que en el pozo mítico adquiere el nombre de su creador), el sheriff que lucha en solitario, Jekyll & Hyde, el Pirata del Caribe, etc.
Entre ellos se halla el guerrero bárbaro, en general, y si vamos a poner nombre al arquetipo, llamémosle Conan el Bárbaro. Surgido de las epopeyas griegas (el arquetipo, no Conan; éste es la quintaesencia arquetípica, obra de Robert E. Howard) y antes incluso (si admitimos cierta influencia babilónica), sus atributos, criticables o no, son los del mucho músculo y poco cerebro, una moral primitiva entre el bien y el mal sin matices, un imprescindible vagabundear, la tendencia a solventar situaciones de manera expeditiva, el ansia de gloria por esta en sí, desprecio por las sofisticaciones y, cómo no, un machismo extremo (existe también otro personaje convertido en arquetípico, la princesa guerrera, menos potente, porque la cultura humana ha incorporado el feminismo hace muy poco tiempo y porque la cultura, en general, lleva un largo recorrido de machismo; su característica culminante, aparte de una mayor sofisticación que su contrapartida masculina, parece ser la patada en la entrepierna del incauto macho que se le cruza por delante).
Todo esto conlleva un rechazo extremo por parte de la intelectualidad. Es, como decíamos, un personaje poco refinado. Y la cultura parece consistir en el abandono, la superación, la sublimación y la sustitución de ciertas pulsiones basales. Pero sigue siendo una crítica que muestra impotencia, porque por mucho que el ser humano se refine, esas pulsiones siguen teniendo su importancia, aun residual, y sólo hay que mirar al mundo que nos rodea para comprender que es así. De modo que desdeñar la fantasía heroica , brutal como pueda ser, es una actitud que debería revisarse. Desdéñese, sí, pero conózcase antes. Porque es una faceta a estudiar del ser humano.
Sin embargo, el problema del bárbaro es que es repetitivo por naturaleza, y con un comportamiento más predecible que el de un toro bravo ante un trapo rojo.
De modo que era sólo cuestión de tiempo que alguien recogiera el arquetipo y lo desmontara y modificara para, conservando sus características, llevarlo más allá, hasta la inteligencia. ¿Y si el "bárbaro" fuera alguien refinado y capaz de razonar? ¿Y si el astuto personaje (ese Ulises que comparte campamento con toda la serie de brutos aqueos) adquiriera las habilidades y ferocidad guerreras que se le suponen al bárbaro? Ese alguien fue Fritz Leiber.
Dejemos hablar al propio Leiber: "Saga de Fafhrd [pronúnciese Fáferd] y el Ratonero Gris, los dos espadachines más grandes que jamás han existido en éste o en cualquier otro universo real o de ficción, maestros del acero más hábiles incluso que Cyrano de Bergerac, Scar Gordon, Conan, John Carter, D'Artagnan, Brandoch Daha y Anra Devadoris. Dos camaradas de la muerte y los sombríos comediantes para toda la eternidad, vigorosos, pendencieros, buenos bebedores, imaginativos, románticos, groseros, ladrones, sardónicos, festivos, siempre buscando aventuras a través del ancho mundo, condenados a toparse sin cesar con los enemigos más mortíferos, los adversarios más crueles, las muchachas más deliciosas y los brujos más horrendos, bestias sobrenaturales y otros personajes".
Es una buena, ¡qué digo!, es una excelente definición de los personajes, y déjenme añadir solamente, para marcar distancias, que el bárbaro norteño Fafhrd es también un bardo culto y refinado, y que el astuto Ratonero, aprendiz (y fracaso) de mago, tiene un punto de fanfarronería y extravagancia que están a punto de costarle muy caro en ocasiones. Con todo, y tal vez por sus debilidades y contrastes, son dos de los personajes más deliciosos de la narrativa fantástica (y de la otra).
Aciago Encuentro en Lankhmar, uno de los cuentos más premiados de la historia de la fantasía y la ciencia-ficción, es el encuentro definitivo entre ambos personajes, un encuentro que forjará una de las alianzas más potentes de la épica, y representa también la presentación de la muy fascinante ciudad de Lankhmar. Para conocer, sin desvelar, el argumento, no hay más que dirigirse al índice del libro (los índices de Leiber merecen ser leídos): "El segundo y decisivo encuentro de Fafhrd y el Ratonero Gris, en el que se cuenta algo de los males de la interminable niebla nocturna y el latrocinio organizado, de la ebriedad y vanidad de hombres y muchachas queridos y de las laberínticas maravillas y horrores de la Ciudad de los Ciento cuarenta mil Humos".
Con todo, una experiencia inolvidable.