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Nit Diabòlica, de Fredric Brown

(Night of the Jabberwock)
Eds. 62, col. Seleccions de la Cua de Palla
Barcelona, 1986 [1950]

Esta es una de las novelas más singulares del género policial que existen. Sólo la obra de John Franklin Bardin puede compararse, por estilo y originalidad, a La Noche del Jabberwock.
Pero primero, algo sobre Fredric Brown (así; no Frederic, ni Friedrich: Fredric). Considerado en su época un autor "menor", el tiempo lo ha situado en altos escalones en los dos géneros que cultivó, el policíaco y la ciencia ficción. Como autor de ciencia ficción, Brown se especializó en la difícil parcela del cuento ultracorto o "cuento de choque", ese que en pocos párrafos, a veces líneas, planteaba una situación resuelta con una última frase que era como un puñetazo al lector por su efecto sorpresa. Pocos relatos tan perfectos como "Pesadilla en Amarillo" (en realidad un thriller psicológico completo en apenas tres páginas con un planteamiento inquietante y un final tan sorprendente que resulta inolvidable). En el género policial, Brown ha ido ganando prestigio y, si no popularidad, sí ha convencido a los amantes del tema, que lo consideran bocado exquisito.
"Doc" Stoeger es editor y propietario del "Clarion", el único periódico de Carmel City. Buena persona, acaba de pasarse la tarde "matando" noticias (lo que en una ciudad pequeña se consideran noticias: un divorcio, un accidente, una subasta benéfica) por consideración a sus convecinos, y el desánimo tras veintitrés años de monotonía y frustración le acomete. Y sin embargo, esa misma noche...
Empieza con la fantástica visita de un personaje inverosímil, Yehudi Smith, miembro de una extraña asociación de aficionados a la obra de Lewis Carroll (del cual Stoeger es especialista), que trae una propuesta increíble. Y prosigue con una oleada de sucesos en ese pequeño y aburrido pueblo.
Descubrir esos sucesos, o su sucesión, representaría un crimen para el futuro lector, pecado que no pienso cometer. Pero hay que decir que están imbricados como los engranajes de un reloj, de una maquinaria en extremo precisa. Y que la asociación, en el título y el argumento, con Alicia en el País de las Maravillas no es para nada casual o caprichosa. En efecto, el lector tiene la impresión de verse sumergido en una especie de territorio al otro lado del espejo, un territorio extravagante, pero extravagantemente criminal.
Esta novela funciona con una rara sabiduría, precisa y milimétrica, llena de sorpresas y giros inesperados; un sentimiento de extrañeza y vértigo que, sin embargo, posee un tratamiento suave y natural que conduce al lector hasta su inesperada conclusión con mano maestra.
Esta es una de las novelas más singulares que se pueden leer, uno de esos regalos que muy rara vez se ponen en manos de un lector. Y si un regalo tiene la misión de sorprender, este lo consigue. Plenamente.

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La Taberna Fantástica, de Alfonso Sastre

En La Taberna Fantástica - Tragedia Fantástica de la Gitana Celestina
Ed. Cátedra, col. Letras Hispánicas
Madrid, 1995 [1966; estrenada en 1985]

Las obras teatrales de Alfonso Sastre no gozan ni de estreno ni representación frecuente en España. Las causas de ello van más allá de los motivos puramente literarios y teatrales, y no voy a entrar en ellos. Pero sí voy a reflejar un mohín de disgusto por ello, entre varias cosas porque Sastre es uno de los mejores dramaturgos españoles del siglo XX, y sus obras están al mismo nivel, por ejemplo, de las de esos grandes autores británicos y norteamericanos que dan un juego permanente e intenso en los escenarios de todo el mundo.
Son obras de múltiples niveles de significación, densas de contenido dentro de su aparente simplicidad argumental. También son obras muy exigentes para con sus actores, y ahí hay otra razón para su escasa presencia en los escenarios.
En el caso de La Taberna Fantástica, que se estrenó casi veinte años después de su redacción (desde entonces, Sastre ha escrito, que yo sepa, otras 22 obras; de ellas, no se han estrenado en España 19), fue interpretada por un reparto encabezado por el gran Rafael Álvarez "El Brujo", y le dio a su autor el Premio Nacional de Teatro y años de representaciones y giras.
El argumento de La Taberna Fantástica es casi trivial, en apariencia. En una taberna de un barrio marginal de Madrid aparece, borracho, Rogelio, un quinquillero huído de la Guardia Civil que ha recibido la noticia de que su madre ha muerto. A pesar de que arriesga la cárcel, ha acudido para asistir al entierro. Su estado no se lo permitirá, pero además el suceso adquirirá tintes trágicos. A la taberna acudirá la Guardia Civil, la familia de Rogelio, sus compañeros y sus amigos y rivales.
Sobre este hecho, sobre esta tragedia personal, Sastre desarrollará toda una muestra de una sociedad marginal, marginada y a la que la bienpensante ciudad mantiene segregada, casi regocijándose en ese submundo repulsivo que reafirma su superioridad.
Las frustraciones, los sueños, las vidas rotas, innobles, que realimentan su miseria por la imposibilidad de salir de la incultura y la marginación. Todo conforma un cuadro absurdo y basal, una tragedia inevitable por su propia idiosincrasia, esa que el resto de la sociedad les ha impuesto.
Tema aparte es el uso del lenguaje de argot que hace Sastre en la obra (Alfonso Sastre es autor de Lumpen, Marginación y Jerigonça), un empleo magistral que contribuye al naturalismo de una obra comprometida, arriesgada y compleja dentro de una fantástica sencillez.

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Peter Grimes, de Benjamin Britten

(Peter Grimes)
[1943-1945]

¿Una ópera? ¿Qué errabundia me lleva a comentar una ópera aquí? Bueno, la dramaturgia ¿es o no un género literario? Y si lo es, como creo, una ópera no es más que una obra teatral a la que se ha puesto música. Pero si creen que, para mantener el espíritu literario de este blog, voy a comentar únicamente el texto, olvídense. No en vano considero a Benjamin Britten el más grande compositor de mediados del siglo XX.
Para poner las cosas en su sitio, Peter Grimes tiene libreto de Montagu Slater (tenía que haber sido Christopher Isherwood, pero estaba ocupado en otros asuntos), escrito en estrecha colaboración con el compositor, y está basado en el poema narrativo "The Borough", de George Crabbe.
Er... Es curioso, pero hoy día se considera obligatorio acudir a la ópera con el argumento sabido. Esto no sólo me parece un desprecio a la parte literaria del asunto, sino una especie de imposición de la parte musical y vocal sobre la interpretativa y textual. De modo que si mis lectores prefieren escuchar esta obra sin conocer su desarrollo, sáltense este párrafo que están leyendo. El argumento es: Peter Grimes, pescador, es investigado al respecto de la muerte de su aprendiz. Pese a ser exonerado, Grimes declara que ante la ley puede ser inocente, pero que a los ojos de sus convecinos ya ha sido culpabilizado. Despreciado y aparte de todo el pueblo, sus habitantes empiezan a mostrarse abiertamente hostiles cuando a Grimes le es asignado otro aprendiz. Esta agresividad llega a su clímax cuando una turba enfurecida avanza hacia la cabaña de Grimes, el cual, para evitarla, sale por la puerta que da al acantilado. El aprendiz resbala por ese camino y se despeña. Sabedor de que el pueblo ni comprenderá ni perdonará, Grimes decide esconderse. El pueblo cree que Grimes y su aprendiz están pescando, pero cuando las olas arrastran a la costa el jersey del aprendiz, la suerte de Grimes está ya echada. Buscado por la justicia, es encontrado, medio loco, hambriento y exhausto, por Ellen (la única persona que, por amor y caridad, ha intentado comprender a Grimes y su verdad) y por Balstrode. Éste último da a Grimes una solución a sus problemas: que tome su bote, se aventure en el mar y se hunda con él. Así lo hace Peter Grimes. Conforme se pierde entre la niebal las llamadas de Ellen se ven ahogadas por los gritos de la multitud del pueblo. El alcalde y un pescador divisan en la lejanía un bote en dificultades, pero al estar demasiado lejos, se limitan a contemplar cómo se hunde.
Un pueblo no muy alejado de la realidad, donde la envidia, el odio a la diferencia y la maledicencia dominan la vida diaria. Donde sus habitantes tienen que conformarse a los usos y las actitudes del resto o... morir. Si el tratamiento literario es impresionante, la música, que no acompaña, sino que es parte indivisible de la historia, proporciona toda la serie de matices que la obra requiere; desde lo desgarrado a lo sublime, desde lo opresivo a la voz de la rebeldía. Hay pocos motivos alegres en la obra y, como no podía ser de otra manera, se refieren a los elementos que no forman parte de esa sociedad corrompida, deleznable e infernal que es obra de las porciones de maliciade cada cual que se suman en la masa cruel y degenerada.
Existen, que yo conozca, dos versiones grabadas (en CD; es posible encontrar representaciones filmadas en DVD, pero no me constan): una, de DECCA, con Peter Pears en el papel de Grimes. La otra, de Philips, protagonizada por Jon Vickers. POr diversas razones me inclino por la primera. Pero la potencia de Britten y Slater son tales que, si están bien cantadas e interpretadas, todos los Peter Grimes que en el mundo se hacen constituyen momentos en los que se puede sentir la grandeza.

Pero les voy a dejar con una degustación, aunque mínima, de esta obra. Uno de los interludios marinos de la ópera, Sunday Morning, de Peter Grimes.

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Benito Cereno, de Herman Melville

(Benito Cereno)
Salvat Eds. y Alianza Ed., col. Biblioteca Básica Salvat de Libros RTV
Madrid, 1970 [1856]
Prólogo de Juan Benet

En 1799, el buque del capitán Amasa Delano, fondeado para hacer aguada en la isla de Santa María, en el extremo sur de Chile, divisa la llegada de un barco de vela desconocido.
Pronto los indicios de la maniobra de ese velero revelan que se halla en evidentes dificultades. Impelido por la solidaridad de los hombres de la mar, Delano se presta a echar una mano, y se acerca a ese buque:
«Observada desde más cerca, la nave, cuando pudo vérsela distintamente encaramada en la cresta de las olas plomizas, con jirones de niebla envolviéndola aquí y allá con sus retazos, surgió igual que un monasterio encalado después de una terrible tormenta, como asomado a algún sombrío precipicio pirenaico. No fue, empero, una simple semejanza fantástica la que, por un momento, hizo creer al capitán Delano que delante de él tenía nada menos que un buque cargado de monjes. En la nebulosa distancia, parecía realmente que a las amuradas se hubiera asomado una multitud de negros capuchos, mientras que, entrevistas a intervalos a través de las portas abiertas, distinguíanse confusamente otras errantes y sombrías figuras, como las de frailes negros deambulando por los claustros.
»Ya más cerca cambió aquel aspecto y se aclaró cuál era la verdadera índole del barco. Tratábase de un mercante español de primer rango que, entre otras valiosas mercancías, llevaba un cargamento de esclavos negros desde un puerto colonial a otro [...]
»Difícil era discernir si el barco aquel llevaba un mascarón de proa o sólo un sencillo espolón, ya que lo impedían las lonas que cubrían aquella parte, al objeto de resgurdarla de los trabajos de restauración, o con el fin de ocultar decorosamente su lastimosa condición. A lo largo de la parte de proa de una suerte de pedestal situado bajo las lonas, toscamente pintada o escrita con tiza, a guisa de broma marinera, se leía esta frase: "Seguid a vuestro jefe". Y poco más lejos, sobre la deslustrada empavesada del buque, estaba grabado en solemnes mayúsculas, en otro tiempo doradas, el nombre de la nave: "Santo Domingo". Cada letra aparecía corroída por los goterones de orín caídos desde los pernos de cobre, y sobre aquel nombre, como fúnebres yerbas, oscilaban negros festones de viscosas algas que, al ritmo propio de un coche de muertos, seguían los balanceos del casco del navío.»
Tras estas y otras atmosféricas descripciones, el capitán Delano sube a bordo para hallarse frente a un hombre devastado, el capitán Benito Cereno, amorosamente cuidado por su criado negro Babo.
El capitán español relatará a Delano, no sin renuencia, la serie de desastres que se han abatido sobre el Santo Domingo y le han obligado a emplear como tripulación de fortuna a los esclavos negros, su propia dotación mermada por la enfermedad y las galernas.
Sin embargo, hay detalles extraños a bordo, que desconciertan a Delano, que inspiran inquietud al lecto. Como si una historia no explicada se desarrollase ante nuestros ojos.
Dice Juan Benet en su magnífico prólogo: "Se trata de un relato marinero ─de los que tan pródiga es la literatura en inglés─ en el cual no falta nada indispensable. la aventura, la acción guerrera, el rigor y la crueldad de la vida a bordo, el exotismo de los países lejanos y desiertos, y sobre todo... el misterio. No conozco la narración original de Delano y, por consiguiente, no puedo afirmar la existencia o no del misterio en ella [...] pero dudo mucho de que lograra hacer el milagro de mantener la tensión hasta el final, para lograr lo cual Melville recurre a todos los procedimientos de que es dueño un maestro de la ficción".
En efecto, Melville consigue mantener esa tensión, y nuestra inquietud, hasta el final de la narración. No voy a cometer la torpeza de privarles descubrir cuál es el enigma del Santo Domingo. Pero créanme cuando les digo que se hallarán frente a un argumento inolvidable relatado con la maestría de un genio que, si fue ignorado en su tiempo, no puede sino sernos imprescindible hoy: Herman Melville.

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Joyeux Anniversaire! (I)

Firma invitada: LUIS MORENO VILLAMEDIANA

Hace unos días, el joven belga Louis Brun-Villemoyenne, alias Tintín, cumplió ochenta años. En realidad ése no es su nombre, pero debería serlo; al fin y al cabo “Louis” viene de hluot, gloria, y weg o wig, batalla, y así se llaman los combatien­tes gloriosos y los guerreros ilustres, como él. Tampoco es tan joven: esa sucesión de semanas y meses debe traerle un susto a quien haga el recuento. No es difícil imaginarse el cansancio de Tintín ni su confusión al tratar de recordar todos los paisajes, todas las aventuras, todos los malhechores que ha encontrado desde aquel 10 de enero de 1929. Lo admirable, dice uno, es que en ese tiempo apenas se le haya alterado el peinado —tercamente rubio, tercamente soberbio en la pollina. En su viaje inicial al país de los soviets, el fulano llevaba sobre la frente un asomo, algo torpe, de ese estilo, lo que demuestra que tanto su dibujante como su coiffeuse terminaron por aprender mejor sus labores. La silueta que le conocemos es un poco más reciente, pero la manera de sortear los riesgos prácticamente es idéntica, como si desde la travesía preliminar Tintín supiera cuáles son los movimientos necesarios para esquivar las balas, quitarle el revólver al gángster, demolerlo y llevarlo a prisión. La suya es una maña bastante prematura. Podría concluirse que ese dominio del cuerpo y su entorno es una forma casi congénita de las artes marciales, una adaptación darwiniana a los peligros de una profesión raras veces ejercida —quién puede dudar que Tintín sea más reportaje que corresponsal.
De niño no fui fan de esa historieta; no sé cuántas pude leer en esa época, no recuerdo ninguna. Para mí, la infancia es el dominio de otros personajes, más sentimentales o cizañeros, muchos de Walt Disney. No debo lamentarlo: no me convertí en un adolescente, primero, y en un adulto, después, positivista; no creo en la perdición acelerada por unos hábitos primarios, convertidos en inevitables antecedentes de una posible depravación contemporánea; no comulgo enteramente con la noción de lastres inconscientes. Supongo que aquellos fervores se pueden recordar sin subordinación. Tintín me llegó tarde, es cierto, con su aire de extraña película muda repleta de lenguaje. Nunca he probado a nada más mirar esos libros, con la omisión de los recuadros que anuncian los hallazgos de la conversación y las noticias. Tampoco voy a hacerlo. Para mí es ahora suficiente esa observación marginal, la hipótesis de un nexo con los desafueros que filmaran, años antes, otro Louis, Louis Feuillade —un Louis más real— y el supremo Fritz Lang. Es una relación que se funda, por ejemplo, en la perfección de los cronómetros: la coincidencia que sigue a algún evento está medida como si fuera en verdad un acto de gracia, meditado y definido, oscuramente, por el dios de una policía cavernícola. La salvación es así de rebuscada y feliz. Es la coincidencia de Buster Keaton, pongamos, y no la de Paul Auster: es gestual, no metafísica. Cuando uno piensa que el destino de Tintín tiene que ser la muerte, aparecen Milou o los detectives tontos o el capitán borracho y lo inevitable se vuelve lo evitado. Es una paradoja montada con la coreografía de una comedia en serie; sin música, eso sí.
Igualmente unen los libros de Tintín a aquellos filmes la incongruencia de su amplitud y su economía narrativa. Los bandoleros de Les vampires de Feuillade se desplazan por todo París y los suburbios con el convencimiento de que el mal requiere la ocupación de cada distrito disponible. Los crímenes ocurren en las habitaciones de la pequeña burguesía, en estaciones de tren y en campanarios de provincia, en las bodegas de las vinaterías, en antros desertados, en bares populares y residencias veraniegas. Esa complejidad resalta el crecimiento de una sociedad que celebra lo moderno y a la vez advierte sobre sus infortunios. Allí existen sin el asombro de la novedad el teléfono y el servicio de mudanzas, pero con ellos, también, la transmisión de códigos de guarida a guarida y las trampas del desalojo súbito. Pero todo se cuenta con la disposición y la urgencia de un condenado a muerte, entre cada fragmento hay una dependencia de causa y efecto casi desprovista de torceduras o incisos. El escenario de Tintín es más completo. Sus itinerarios requieren la organización de marchas transatlánticas, de agentes de viaje que no llegamos a ver pero actúan, el concurso de aeroplanos, ferrocarriles, camiones, bicicletas… La variedad en esa obra es más temeraria que en sus antecedentes cinematográficos. Las transgresiones que le toca enmendar a Tintín ya se han metastaseado; su planeta es orgánico y ha sido corrompido impíamente. Tintín es un héroe global, el primer advenimiento, quizá, de un ciudadano que no precisa carnet de identidad porque toda nación lo admite como indígena. A pesar de su eventual racismo y de su fenotipo, el periodista belga es una galería de costumbres arrogadas y exhibidas como originarias. Y también notamos en sus expediciones la procesión de imágenes que se suceden sin mayores desvíos, con la dialéctica de lo imprescindible, de la acción y el reflejo. La vastedad del mundo y sus desventuras se relata con premura y confianza en el ahorro, de ahí que antes de acabar de leer la primera página de un libro de Tintín sepamos que alguna estafa o infracción lo acecha. Es la ventaja de entrar a un universo que ha olvidado su inauguración en el paraíso.

© 2009 Luis Moreno Villamediana, todos los derechos reservados.

Esta entrada apareció originalmente en el blog Humor Vagabundo, el 14 de Enero de 2009

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La Música y Edgar Allan Poe

La influencia de E. A. Poe en la literatura, como está al alcance de cualquiera con mínimo interés, ha sido inmensa. Baudelaire y Lovecraft, por citar dos ejemplos dispares (o no tanto). En Poe se cristalizó un simbolismo que resultó definitivo para la literatura. Como dice Juan Benet, «No se trataba de un cambio radical respecto a las letras que le precedieron, pero sí de la expresión de una insatisfacción derivada de un concepto de la literatura "nacida en la duda y sin otro rumbo que la incertidumbre" [...] Todo tema literario es en sí un símbolo, aunque lo sea de sí mismo, y afirmar que como tales funcionan los sujetos literarios de los escritores de aquella generación, no es añadir mucho. Cabe decir que el primer dato que diferencia a los simbolistas de los escritores precedentes consiste tanto en la posibilidad de una multivalencia del significado como en el carácter implícito del mismo que se puede añadir al simplemente explícito.»
Esta multivalencia ha atraído tanto al cine como a la música. Obviando las asociaciones cinematográficas, la música ha encontrado en Poe un punto referente. Raro, sin embargo, que la música llamada "culta" no tenga en su repertorio trasposiciones de la obra de Poe, y en cambio sí la música pop o rock.
El "Anabel Lee" de Radio Futura, por poner un ejemplo autóctono. O dos casos de discos dedicados de forma íntegra al genio de Nueva Inglaterra.
Lou Reed, ese poeta canalla (que tal vez por serlo tiene más puntos de contacto con Poe de lo que parece) ha realizado su particular homenaje a Poe en su disco The Raven.
He aquí su particular recuento y catálogo de las historias de Edgar Allan Poe, "no precisamente el chico de la puerta de al lado":



O The Alan Parson's Project, que en lo que se denominó rock sinfónico, recorrió los Cuentos de Misterio e Imaginación [Tales of Mistery and Imagination] con mezcla, en su tiempo, de barroquismo e innovación.
Véase, por ejemplo, su The Cask of Amontillado [El Barril de Amontillado]:



Hay que destacar que los músicos no siempre han recurrido a la literalidad. Se han inspirado y producido sus propias variantes. Simbolismo y multivalencia, de nuevo.
Pero finalizaremos con este The Raven [El Cuervo], de Lou Reed, recitado (no se le puede llamar canto) por Willem Dafoe:

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El Corazón Delator, de Edgar Allan Poe

(The Tell-Tale Heart)
En Cuentos/1
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 1980 [1843, 1845]
Prólogo, traducción y notas de Julio Cortázar
o
En El Gato Negro y Otros Cuentos
Eds. Generales, col. Tus Libros
Madrid, 1983 [1843, 1845]
Introducción de Juan y Constantino Bértolo Cadenas
Ilustraciones de Harry Clarke y Arthur Rackham

«Me es imposible decir cómo se me metió por primera vez la idea en la cabeza; pero, una vez dentro, me obsesionaba día y noche. ¿Propósito? Ninguno. ¿Pasión? Descartada. Yo quería al viejo. Nunca me había hecho daño. Nunca me había insultado. Su oro no me atraía. Creo que fue su ojo. ¡Sí, eso fue!»
En este instante preciso, en este exacto lugar, Edgar Allan Poe puso, no los cimientos (que ya habían sido puestos por él y otros autores con anterioridad), sino la piedra angular sobre la cual se iba a construir el género de terror y buena parte de la literatura general moderna.
El protagonista de El Corazón Delator nos sugiere que le llamemos loco, porque de lo contrario, no existiría otra explicación para su crimen y su motivación. Aún así, el lector queda con la inquietante sensación de que incluso la locura no alcanza a explicar los hechos y el proceso mental de su protagonista.
Jamás antes se había escrito un relato en el que el mal, puro y sin paliativos, sin motivaciones racionales, hubiera quedado tan en evidencia.
Pero además, con anterioridad, prácticamente todos los cuentos de terror escritos provenían de una maldad extrínseca. Ser atacado por un vampiro, por un hombre-lobo, visitado por un fantasma, tiene su equivalente moral a ser alcanzado por un rayo. Aún cuando ese ataque esté desencadenado por las acciones del atacado, la misma noción del castigo implica una respuesta externa, un equilibrio de fuerzas entre el bien y el mal. No así en El Corazón Delator, donde los hechos descritos, y su conclusión, no provienen más que de una maldad única, irracional e inexplicable, que surge del propio interior, del protagonista. Sin causa, ni aparente ni real.
Este es un cuento, en su brevedad, perfecto. El protagonista ejerce fascinación por su minuciosidad ¿patológica?; por su maldad sin finalidad y sin principio. Su ejecución, su lenguaje, su conclusión, todo en él es preciso, tocado por el genio que fue el maestro, el pionero, el precursor, el imprescindible Edgar Allan Poe.

Portada y sinopsis

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La Escritura o la Vida, de Jorge Semprún

(L'Écriture ou la Vie)
Ed. Tusquets, col. Andanzas
Barcelona, 1995 [1994]

Firma Invitada: SUSANA RIZO

La mirada. Hace muchos años en apenas 10 minutos de filmación en blanco y negro contemplé por primera vez “la mirada”. Tras este primer impacto he procurado buscar respuestas en los relatos de los deportados supervivientes de los campos. Quise conocer más, y anduve entre los desolados barracones de Birkenau; traté de buscar esas respuestas. El problema es que no las había. Ni tampoco palabras para describir el horror. Tan sólo existe la mirada. Semprún arranca su relato con el recuerdo de esa única referencia: su propia mirada, el día de la liberación del campo de Buchenwald, y “la mirada descompuesta, llena de espanto” de los tres oficiales con uniforme británico que le contemplan.

“¿A qué me remite la mirada horrorizada...? ¿A qué horror, a qué locura?”

La fortuna me puso hace unos meses ante esta obra maestra de Jorge Semprún, La Escritura o la Vida, y me preguntó por qué me resistía a acabarla. Hoy sé que es por la profundidad de este relato. Detrás de ese navegar entre los recuerdos de forma aparentemente desordenada y fragmentaria en los tres momentos en que se centra la novela ─antes, durante y después de Buchenwald─ y a menudo a través de la poesía, Semprún proporciona una más que sincera y profunda reflexión sobre la naturaleza humana, sobre sus miserias y grandezas. Y sobre la existencia en sí. Es éste un recorrido tan duro como imprescindible.

En 1943 Jorge Semprún fue detenido en París y deportado al campo nazi de Buchenwald donde permaneció recluido durante 18 meses como preso político por su vinculación con la red de resistencia antinazi Jean-Marie Action y el partido comunista. El 11 de abril de 1945 el III Ejército del general Patton liberó el campo y la vida que Semprún no creía posible tras esa larga muerte en Buchenwald, fue. Tenía 22 años.

Curiosidad, estar sano y saber alemán; todo lo demás es azar. Así definió Primo Levi el conjunto de factores que determinaron su supervivencia en Auschwitz. Semprún recuerda que en efecto reunía todas esas condiciones y también su resistencia vital durante el tiempo que permaneció en Buchenwald, y sin embargo, tras la liberación se ve incapaz de proyectarse en el futuro. “Así como la escritura liberaba a Primo Levi del pasado, a mi me hundía en la muerte.”

Poco después de aquello Semprún se enfrentó a una dualidad: los recuerdos y la vida insaciable que pugnaba por salir. Pero no podía haber vida sin recuerdos y tampoco con ellos porque le abocaban directamente a la experiencia de la muerte. Tuvo que elegir: o la escritura, y ello implicaba dejar de vivir para volver a morir en Buchenwald, o la vida, y ello implicaba el olvido. En torno a esta elección y lo que supuso esa decisión a lo largo de su vida está construido este ensayo. Todas las elipsis temporales, los saltos, y las asociaciones. Y debajo de todo esto hay una profunda reflexión, de hecho de las más intensas y brillantes que he visto en vida en torno a la desolación, la soledad, la muerte y en definitiva, una experiencia invivible como ésta. Tal y como él mismo define: "He tenido un idea … la sensación de no haberme librado de la muerte, sino de haberla atravesado … de haberla recorrido de punta a punta."

“Una duda me asalta desde el primer momento: ¿pero se puede contar? ¿podrá contarse alguna vez?”

Semprún accede a pasar por el tremendo ejercicio de instalarse en el recuerdo de la muerte, dejar de vivir, y ofrecernos a través de su elección final, la escritura ─la memoria─, el conocimiento y la lucidez. El escritor afronta el mal radical de Kant ─das radikal böse─ sin detalles, sin excesos, sin recreaciones efectistas. Le bastan insinuaciones sutiles. Le basta la ausencia del canto de los pájaros. Le basta evocar la nieve de sus recuerdos, de sus sueños. El humo eterno del crematorio de la colina de Ettersberg. El extraño olor insólito. La intensidad del canto de la oración del Kaddish.

Hay en esta novela muchos momentos sublimes: el primer encuentro con los tres oficiales; el final de sus compañeros de campo Maurice Halbwachs o Diego Morales; su visita a Weimar acompañado por el teniente Rosenfeld ─en realidad se llamaba Rosenberg y era un judío alemán que se expatrió en los años treinta para alistarse en el ejército de los EEUU y luchar contra el fascismo de su país─. Momentos tan sublimes como el sorprendente desenlace. A través de las numerosas referencias literarias poéticas, en francés y alemán en su mayoría, nuestro escritor conduce literalmente al sobrecogimiento en determinadas escenas.

“No poseo nada salvo mi muerte, mi experiencia de la muerte, para decir mi vida, para expresarla. Tengo que fabricar vida con tanta muerte. Y la mejor manera de conseguirlo es la escritura. Sólo puedo vivir asumiendo esta muerte mediante la escritura, pero la escritura me prohíbe literalmente vivir.”

Recorremos La Escritura o la Vida en tres fases. La primera colmada de recuerdos y episodios de su vida anteriores a su detención y los momentos inmediatamente posteriores a su liberación del campo. En la segunda irrumpe la vida y esa felicidad siempre frágil, en la que contribuyeron las mujeres que le devolvieron a la vida, la música y la fuerza de la literatura. Surge en esta fase la idea de la escritura, pero tras tomar conciencia de que la vida es más un sueño, una ilusión, y la realidad es el tiempo que transcurrió en Buchenwald, la abandona porque le conduce al suicidio. La política fue en esos años la terapia del olvido, pues le ofrecía la posibilidad de un futuro, le proyectaba al provenir. Y finalmente una tercera fase: la escritura. En 1963, coincidiendo con su ruptura con el partido comunista y abandono de la política, Semprún inició su recorrido por la creación literaria y rompió el silencio que durante largos años había mantenido. La decisión de escribir este libro surge el 11 de abril de 1987, el mismo día que Primo Levi se quitó la vida. El mismo día que cuarenta y dos años antes fue liberado Buchenwald. “Este libro era fruto de una alucinación de mi memoria, el 11 de abril de 1987.”

“Yo lo vi” (Francisco de Goya)
“No sabíais porque no queríais saber. Sois responsables aunque no culpables.” (Teniente Rosenberg, III Ejército del general Patton)

Pudiera sentir el lector cierta reticencia a sumergirse en tanto dolor y descubrir los recodos más oscuros del alma humana, Sin embargo es necesario recorrer este camino por una razón muy simple: porque no hay que olvidar. Parece que Semprún encierra en el fondo ansias de pasar el testigo a otros. Que lean lo inenarrable, y traten de imaginar siquiera de lejos lo que debió ser aquello, lo que supuso. Por compartir su dolor, poder entenderlo. Ponerse a su lado, y mirar con sus ojos.

“Un día soleado de invierno, en diciembre de 1945, me encontré ante la tesitura de tener que escoger entre la escritura o la vida. Quien tenía que escoger era yo, yo solo.”

“La literatura tan sólo es posible tras una primera ascesis mediante la cual el individuo transforma y asimila sus recuerdos dolorosos, al mismo tiempo que construye su personalidad.”

No se encontrará el lector ante una reconstrucción de lo que fue el día a día en el campo de Buchenwald. Para eso ya están otros relatos. Semprún pretende ofrecer una visión de conjunto, no un “desahogo de hechos”. Por ello, la impresión es que la memoria vaga a través de estas páginas; los recuerdos vienen y van, creando en ocasiones la sensación de cierta dispersión, con frecuentes saltos temporales que delatan, tal vez, la dificultad misma de enfrentarse a este relato. El propio Semprún reconoce que los recuerdos se le situaban antes y después de Buchenwald, pero nunca dentro: “Enseguida me pierdo en los meandros de la memoria. Meandros nebulosos, para colmo”. Cuando Semprún parece desmoronarse al recordar, es como si su propia memoria tratara de escapar. “A veces un dolor agudo como la punta de un estilete me había asestado un golpe en el corazón.”

“Nadie puede ponerse en tu lugar, pensaba yo, ni siquiera imaginar tu lugar, tu arraigo en la nada, tu mortaja en el cielo, tu singularidad mortífera. Nadie puede imaginar… tu cansancio de la vida, tu avidez de vivir.”

"Llegaría un día, relativamente cercano, en el que ya no quedaría ningún superviviente de Buchenwald. Ya nadie sería capaz de decir, con palabras surgidas de la memoria carnal y no de una reconstrucción retórica, lo que habrán sido el hambre, el sueño, la angustia, la presencia cegadora de Mal absoluto. Ya nadie tendría en su alma y en su cerebro, indeleble, el olor a carne quemada de los hornos crematorios."

"... Y si no se apropian de esa memoria los novelistas, o los poetas, ¿cómo va a continuar?"

Jorge Semprún declaró en una ocasión que no es preciso haber estado dentro para comprender, y que era necesario que la literatura se apropiara de esa memoria, que los jóvenes novelistas de hoy y mañana, con sensibilidad y talento, reconstruyeran esas historias para que entraran a formar parte de la memoria colectiva. Ese es su deseo. El poder de la literatura es lo que puede salvar esta memoria de la muerte, más incluso que los propios libros de historia.

Cuando anduve tras las respuestas me paré frente la entrada del gran complejo de exterminio que fue Auschwitz-Birkenau. Había una frase encabezando una lista absolutamente interminable de deportados y la triste historia de aquel lugar, rezaba lo siguiente: “Aquellos pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”. Estoy muy de acuerdo con esa máxima.

Este escritor e intelectual sublime de vida intensa y comprometida y cultura extraordinaria sacrifica parte de su vida para entregarnos la memoria. Esta es la historia de una elección. La escritura, opción final, es lo que nos permite hoy acceder de obras tan necesarias como “El Largo Viaje” o “Aquel domingo”. Esta obra es una reflexión sobre esa decisión. El lector podrá elegir entre abrir los ojos o cerrarlos. Entre la memoria o el olvido.



MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente,
vino hacia él un hombre
y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate hermano!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

César Vallejo
© 2009, Susana Rizo, todos los derechos reservados.

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Historia de la Fealdad, a cargo de Umberto Eco

(Storia della Brutezza)
Ed. Lumen
Barcelona, 2007 [2007]

"A cargo de". Quede claro, por tanto, que esto no es un libro de Umberto Eco, aunque la mano del maestro se reconozca en gran parte del texto que configura, aproximadamente, una cuarta parte del volumen.
En realidad, sería más acertado hablar de una "Antología de la Fealdad Humana". El libro se compone de un texto teórico y analítico que acompaña el corpus principal de la obra, que es una extensa selección de imágenes, del mundo clásico hasta nuestros días, y una selección de textos literarios y de otro tipo, que ejemplifican el tema tratado a través de los tiempos.
Este es un libro singular por el tema que trata. Yo, que me considero feo (pero con un alma resplandeciente; tampoco vamos aquí a flagelarnos), lo he leído con interés. Y cierta admiración. Porque, a diferencia de la belleza (que tiene un volumen gemelo realizado por las mismas manos) la fealdad nunca ha gozado de cánones tan establecidos y representaciones arquetípicas, y la conclusión es que la fealdad no puede ser sino vista históricamente de forma oblicua, mediante objetos y representaciones de seres estrambóticos, imaginarios u odiosos, como el diablo, las brujas, los monstruos de terras incógnitas o las caricaturas. La otra dificultad con respecto a lo feo es la imposibilidad de entrar en las mentes de las diversas épocas, con lo que no podemos sino intuir las reacciones ante los diversos rasgos que podrían, en un momento dado, definir la fealdad.
El recorrido es completídimo: la contradicción de la belleza en el dolor de Cristo; el infierno y el diablo; la tradición antifeminista; la bruja; la redención romántica de lo feo; lo siniestro; la fealdad industrial; el decadentismo; la fealdad ajena; lo kitsch y lo camp, etc. Hasta llegar a "Lo feo hoy", adecuado corolario a algo que ha sido un concepto cambiante y a menudo definido por contraste:
«En un cuento de Zola (Les Repoussoirs, 1891), un tal Durandeau se da cuenta de que, cuando se ve pasear juntas a dos mujeres, una de las cuales es ostentosamente fea, todo el mundo por contraste encuentra bella a la otra. De modo que decide comerciar con la fealdad y monta una agencia que permite a las señoras alquilar una compañera fea para salir juntas y poner así de relieve sus propias gracias, aunque a veces la clienta resulta más fea que cualquier compañera que se le proponga, pero no descubre hasta entonces su escasa belleza. El momento del reclutamiento y la forma en que se le dice a la mujer fea por qué y para qué se la contrata son terribles, pero más terrible es aún el sufrimiento de las elegidas que, tras haber pasado un día elegantemente vestidas y haber asistido al teatro o a un restaurante de lujo en compañía de una señora de la alta sociedad, regresan por la noche a su soledad y se encuentran frente a un espejo que les recuerda la terrible verdad.»
Es un ejemplo de la minuciosidad con la que se ha enfocado el tema y es este un libro total, hecho de mirada, de reflexión y viaje a lo literario, en un esfuerzo, si no exhaustivo, sí completo en su comprensión.
«Se nos repite por doquier que hoy se convive con modelos opuestos porque la oposición feo/bello ya no tiene valor estético: feo y bello serían dos opciones posibles que hay que vivir de forma neutra. Así parecen confirmarlo muchos comportamientos juveniles. El cine, la televisión y las revistas, la publicidad y la moda proponen modelos de belleza que no son tan diferentes de los antiguos, de modo que podríamos imaginar los rostros de Brad Pitt o de Sharon Stone, de George Clooney o de Nicole Kidman retratados por un pintor renacentista. Pero los mismos jóvenes que se identifican con estos ideales (estéticos o sexuales) se quedan luego extasiados ante cantantes de rock cuyos rasgos un hombre del Renacimiento consideraría repelentes. Y esos mismos jóvenes a menudo se maquillan, se tatúan, se perforan las carnes con agujas con el objetivo de parecerse más a Marilyn Manson que a Marilyn Monroe. [...] Ni los jóvenes ni los ancianos parecen vivir estas contradicciones de forma dramática. El esteta de finales del siglo XIX, que privilegiaba la belleza cadavérica como gesto de desafío y de rechazo del gusto de la mayoría, sabía que estaba cultivando lo que Baudelaire había llamado "flores del mal". Elegía lo horrendo precisamente porque había decidido elegir una opción que lo situara por encima de la masa de los bienpensantes. En cambio, los jóvenes que exhiben una piel ilustrada o el cabello azul tieso lo hacen para sentirse parecidos a los otros, y sus padres, que van al cine a ver escenas que tiempo atrás sólo se podrían ver en los anfiteatros anatómicos, actúan así porque così fan tutti

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De Perros Que Saben Que Sus Amos Están Camino de Casa, de Rupert Sheldrake

Dogs That Know When Their Owners Are Coming Home)
Eds. Paidós, col. Contextos
Barcelona, 2001 [1999]

De Perros Que Saben Que Sus Amos Están Camino de Casa y Otras Facultades Inexplicables de los Animales es un libro singular por tratar un tema casi inédito en el campo de la ciencia.
«Kate Laufer, comadrona y trabajadora social de Solbergmoen, en Noruega, tiene un horario laboral extraño y regresa a su casa siempre de manera inesperada. Sin embargo, cuando Walter, su marido, está en casa, la recibe con una taza de té recién hecho. ¿Qué explica este misterioso sentido del tiempo de Walter? Pues el terrier de la familia, Tiki: "Esté donde esté y haga lo que haga ─dice el doctor Laufer─, cuando Tiki se lanza a la ventana y se queda en el antepecho, sé que mi mujer está de camino a casa".
»Siempre que suena el teléfono en la casa de un conocido profesor de la Universidad de Californi en Berkeley, su mujer sabe si en el otro extremo de la línea está su marido. ¿Cómo? Porque Wishkins, el gato de la familia, se lanza al teléfono y manotea sobre el receptor. "Muchas veces consigue descolgarlo y emite algunos maullidos, claramente audibles para mi marido, al otro lado de la línea ─dice la señora─. Pero si llama cualquiera otra persona, Wishkins no se inmuta".»
Estos y otros muchos ejemplos son los que llamaron la atención del doctor Sheldrake, ampliamente reconocidos en la tradición popular y el hecho de que la ciencia no hubiera entrado a estudiarlos a fondo.
Hay muchas variantes a estudiar sobre estos fenómenos en apariencia inexplicables: animales que curan, captación de intenciones, animales que encuentran a su gente a grandes distancias, presentimientos de seísmos, etc.
La ciencia consiste justamente en el intento de proporcionar respuestas razonable, razonadas y demostradas empíricamente a todos los enigmas del universo. Estas facultades animales parecían tener poca importancia con toda probabilidad porque su utilidad era mínima y sólo constituían una mera curiosidad, llamativa pero poco aplicable a la vida diaria.
Sin embargo, y con posterioridad a los estudios de Sheldrake (que se ha convertido en pionero en este campo), la ciencia ha cambiado de actitud. Todavía no se comprende el porqué de estas facultades, pero ya se están empleando con éxito perros en la detección de diabetes, e incluso de cáncer.
Nos hallamos ante varios enigmas, de difícil estudio y todavía más difícil explicación. Sheldrake es partidario de la percepción extrasensorial y de lo que él denomina "campo mórfico". En esto, permitirán que me muestre escéptico y les transmita mi escepticismo. Es, me parece a mí, la explicación más fácil, y tendrán que pasar muchas cosas y haber algo más que estadísticas para convencerme. Pero tampoco voy a echarla por tierra, ni reírme de ella. Los hechos relatados existen y son comprobables y, a falta de otras hipótesis válidas, en mi opinión Sheldrake tiene todo el derecho a trabajar sobre ella. Y acertar o equivocarse, si es el caso. Cosas más fantásticas (pero demostradas y demostrables) nos explica la mecánica cuántica.
Este libro no es sencillamente un recopilatorio de anécdotas, sino también un resumen de los estudios estadísticos y empíricos llevados a cabo por Sheldrake y su equipo. Por tanto, tiene un componente de lectura fácil y otro que puede atragantársele al lector no científico. Con todo, el tema y los casos son lo bastante llamativos y extremos como para estimular nuestra curiosidad. Y mirar con nuevo respeto a los animales que nos acompañan.
Los lectores interesados en las investigaciones del doctor Sheldrake pueden consultar su página web: http://www.sheldrake.org/



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El Club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte

Ed. Alfaguara
Madrid, 1993 [1993]

El Club Dumas (subtitulada o la Sombra de Richelieu) marcó todo un acontecimiento en las letras españolas cuando apareció. Releída hoy (y les confieso que es la ¿sexta? ¿séptima? vez que lo hago), sigo considerándola una novela prodigiosa, que constituye la piedra angular de toda la ficción posterior de su autor. Las novelas anteriores conformaban los cimientos, más que prometedores, de su escritura. Sus novelas de Alatriste son la excursión voluntaria de Pérez-Reverte al siglo más prodigioso y desgraciado a la vez de la historia de España, pero con El Club Dumas, Pérez-Reverte se hizo grande.
No es cuestión de ventas, que otros escritores no le han perdonado. Allá ellos. No es tampoco que gracias a esta novela (más El Maestro de Esgrima y La Tabla de Flandes) le cayera encima la poco deseada etiqueta de maestro de la intriga. Quienes leímos El Húsar ya intuíamos que había mucho más fondo en su ficción que la mera trama.
El Club Dumas es una novela perfecta. Lucas Corso es un mercenario de la especie cazadora de libros de bibliófilo. La historia se inicia cuando recibe el encargo de autenticar un supuesto capítulo de Los Tres Mosqueteros redactado de puño y letra de Alejandro Dumas y su colaborador Auguste Maquet, y que procede de la colección de un editor millonario que, días después de venderlo se ¿suicidó? Casi simultáneamente, Varo Borja, rapaz bibliófilo, lo contrata para revisar y comparar los tres ejemplares existentes en el mundo de "Las Nueve Puertas", un texto demonológico del siglo XVII del que, según declaración postrera del impresor (postrera antes de pasar por la hoguera de la Inquisición), sólo queda un ejemplar superviviente. Dos de los existentes, por tanto, son falsos. ¿O no?
De inmediato, Corso empezará a sufrir la persecución de un hombre moreno y con una cicatriz en la cara, al que bautizará, como no puede ser de otra manera, como Rochefort. Y se verá inmerso en una conspiración que parece salida de las mismas manos del cardenal Richelieu. Una conspiración que puede alcanzar tintes diabólicos.
No se paren aquí y lean la novela. Este esbozo no es sino un pálido reflejo de la hábil y bien trazada trama que encontrarán.
Pero las virtudes que la adornan no se detienen en un argumento imparable, lleno de sorpresas y, sin embargo, lógico. Es una novela excelentemente escrita, con un dominio del lenguaje infrecuente. Es un homenaje y a la vez un paseo por la novela popular del siglo XIX. Es una obra tremendamente literaria, pero que no es elitista ni segrega al lector. Es una novela que reflaxiona sobre los temas de la lectura y la escritura, pero sin imponerlos al texto principal. Es, por tanto, una novela honesta, fruto de un escritor íntegro y sobre todo respetuoso para con el lector.
Pero también es un juego. Un juego que, en cierto momento, la trama y el autor proponen al lector. Y eso sí que es raro. Y más raro todavía, que el autor juegue no con el lector, sino junto al lector.
Acepten el juego y lean El Club Dumas. hay pocas obras en la literatura tan apasionantes y apasionadas. Tan cómplices y a la vez tan prominentes. Sobre todo, hay poquísimas novelas hoy en día que tratan con tanto respeto e inteligencia al lector.

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El País de los Ciegos, de Herbert George Wells

(The Country of the Blind)
En Los Ojos de Davidson (The Remarkable Case of Davidson's Eyes)
Eds. Atalanta, col. Ars Brevis
Vilaür (Gerona), 2006 [1904; 1939]

«Casi a quinientos kilómetros del Chimborazo y a más de ciento cincuenta de las nieves del Cotopaxi, en las extensiones más agrestes de los Andes ecuatorianos, donde las rocas erosionadas por las heladas y el sol se alzan en enormes pináculos y precipicios por encima de la nieve, hubo en otro tiempo un misterioso valle entre montañas llamado el País de los Ciegos. Era una tierra legendaria, y hasta hace muy poco la gente dudaba de que fuera algo más que una fábula. Cuenta la historia que hace muchos años aquel valle aún estaba lo bastante abierto al mundo como para que los hombres, desafiando las incesantes avalanchas, pudieran trepar entre terribles desfiladeros y superar el paso helado que permitía alcanzar sus serenos prados; y hasta allí, en efecto, llegaron y se instalaron una o varias familias de mestizos peruanos que huían de la codicia y de la tiranía de un gobernante español. Luego se produjo el tremendo cataclismo de Mindobamba, cuando la noche reinó en Quito durante diecisiete días, el agua hirvió en Yaguachi y en el mar todos los peces flotaron muertos hasta la altura de Guayaquil; por todas partes a lo largo de las laderas del Pacífico se produjeron corrimientos de tierras, veloces deshielos y repentinas inundaciones, y el deslizamiento de un lado de la vieja cima Arauca hizo que se derrumbara con estrépito y que, al parecer, cerrase para siempre el País de los Ciegos a la curiosidad de otros seres humanos.»
Este es el inicio de uno de los mejores cuentos fantásticos escritos jamás. Planteada la cuestión de esta tierra olvidada por el tiempo y los hombres, de este territorio evolucionado cultural y físicamente aparte del resto del mundo, sigue el choque y el drama.
Núñez, un andinista, llegará por mor de una serie de casualidades al País de los Ciegos, y después de comprobar la idiosincrasia de sus habitantes, un soniquete se instalará permanentemente en su cerebro: "En el país de los ciegos, el tuerto es rey".
Pronto descubrirá que semejantes aspiraciones de dominio y poder van a chocar con la realidad. No sólo nada podrá contra la comunidad, sino que metido dentro de ella será un loco torpe y desmañado, un hereje, un niño tonto. Ni siquiera esa teórica ventaja de la visión será tal ("─Pero yo veo." "─Ese verbo no existe.").
En esta magnífica edición se nos brindan los dos finales existentes, el original de 1904 y el escrito por Wells para la edición de 1939. Yo me quedaría, como Wells, con este último, pero sólo porque es más extenso.
Las virtudes, más allá del argumento, son muchas. El cuento está impregnado de es que se ha definido como "lo siniestro", lo inquietante, sin ser estrictamente un relato de terror. Sus implicaciones antropológicas, sociológicas y culturales son muchas, pero no están instaladas en un cuento moral o de tesis. Una fina ironía flota por la narración, sabia y literariamente construida.
Es un relato inimitable, único, poco conocido, por desgracia, en español. Una mala fortuna que espero que esta edición remedie de una vez por todas.

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Annapurna. Primer 8.000, de Maurice Herzog

(Annapurna. Premier 8.000)
Ed. Juventud
Barcelona, 1991 [1953]

Este es un libro de exploración, en un estilo comparable a los viajes de Speke, de Stanley o de Cook. Es, sin embargo, una exploración singular, porque el territorio explorado ha estado siempre a la vista del hombre. De hecho, ese territorio ha estado tan a la vista, y ha sido tan evidente que no había sido hollado jamás, que hacía inevitable que ejerciera su fascinación a los habitantes de este planeta.
Sorprende y extraña que, hasta el 3 de junio de 1950, jamás un ser humano hubiera coronado una cumbre de más de 8.000 metros de altura (o puede que sí, pero nadie que hubiera podido llegar ahí había vuelto con vida). Sin embargo, así es. Todas las expediciones anteriores al Himalaya o al Karakorum habían terminado desistiendo o en desastre.
En ese año de 1950, una expedición francesa capitaneada por Herzog se plantó en el valle de Tukucha, en Nepal, para intentar el asalto bien al Dhaulagiri, bien al Annapurna. Este es el relato en primera persona de esa expedición.
Los primeros capítulos, dedicados a la preparación y primeros pasos de la expedición, recuerdan, como he dicho, a los de las grandes exploraciones del siglo XIX, pero destilando una confianza en el material y los hombres contemporáneos de un tremendo optimismo. No tarda el libro en cambiar de estilo. Cuando los componentes de la expedición inician el reconocimiento de las posibles vías de ataque a las cumbres, retroceden también a esa época: los mapas cartográficos de los que disponen son producto de una mente ebria, de un espíritu fantasioso o de un geógrafo aquejado de horror vacui: no tienen nada que ver con las estribaciones y aristas del Dhaula o el Annapurna; valles inexistentes, murallas de cumbre infranqueables que aparecen donde no debiera haberlas, aristas que han cambiado de posición o que han surgido de la nada. Se hallan, como Colón en su día, frente a terra incognita.
Esta auténtica exploración de descubrimiento provocará un retraso intolerable. Dice mucho del valor y la eficiencia de esos alpinistas el que encuentren una vía practicable y decidan acomenter el Annapurna con la época del monzón acercándose peligrosamente. La época de tormentas a más de 7.000 metros no es algo para tomarse a la ligera.
El ataque será impecable. Pero ominoso: "Un inmenso abismo me separa del mundo. Me muevo en un dominio diferente, desierto, sin vida. Un dominio fantástico en el que la presencia del hombre no está prevista, ni quizá deseada. Desafiamos una prohibición, afrontamos una negativa, y, sin embargo, subimos sin ningún temor. La famosa escala de Santa Teresa de Ávila me viene al pensamiento. Unos dedos se aferran a mi corazón..."
No sin razón. Herzog y Lachenal coronarán el Annapurna, pero casi de inmediato se desatará, como una maldición, el infierno.
Será un descenso terrible, horroroso, en un relato vívido, casi literario por su crudeza y realismo. Gran parte de los expedicionarios saldrán mutilados, perdiendo dedos de manos y pies, soportando aludes, sufrimientos más allá de la resistencia humana. En muchos momentos, los miembros de la expedición perderán todo deseo de seguir viviendo. He léido pocas cosas semejantes.
Cómo debió ser la experiencia para que Herzog saliera completamente transformado de allí. Y sufrió esa iluminación, que bien podría haberlo llevado a la locura, de forma benéfica, y ahí resulta la gran lección de la montaña, comprendida bien por Maurice Herzog: hay que respetar a las cumbres, hay que entenderlas y hay que hacer de la montaña parte de la vida, no tu vida parte de la montaña.
«Metido en mi camilla, pienso en esta aventura que está terminando, en esta victoria inesperada. Siempre se habla del ideal como de un fin al que se tiende siempre sin alcanzarlo nunca.
»El Annapurna, para todos nosotros, es un ideal realizado; en nuestra juventud no nos absorbían los relatos imaginarios ni los sangrientos combates que las guerras modernas ofrecen a la imaginación de los niños. La montaña fue para nosotros un campo de batalla natural en el que, jugando en las fronteras de la vida y la muerte, buscábamos la libertad que oscuramente anhelábamos y que necesitábamos tanto como el pan.
»El Annapurna, hacia el que hubiéramos ido todos con las manos vacías, es un tesoro sobre el cual viviremos... Con esta realización, una página se dobla... Una nueva vida empieza.
»Hay otros Annapurna en la vida de los hombres...»

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L'Amant, de Harold Pinter

(The Lover)
En Harold Pinter Essencial
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2005 [1963]

In memoriam: HAROLD PINTER (1930-2008)

Aunque sólo fuera por haber escrito el guión de La Huella (Sleuth, 1972; dirigida por Joseph Leo Mankiewicz; interpretada por Laurence Olivier y Michael Caine), sería justo recordar aquí la desaparición de un gran autor. Olivier, escritor de novelas de misterio, convoca a Caine, amante de su mujer, a su mansión y le somete a un cruel juego de humillación. La historia más vieja del mundo. ¡Ja! Ese texto se convierte en toda una fascinante tesis sobre la venganza y sus límites, la dignidad, el matrimonio, la sociedad contemporánea contrastada con otra ya periclitada y la lucha de clases.
En El Amante, Pinter desarrolla una situación de pareja: Un matrimonio nos informa, con toda naturalidad y en la primera escena, que ambos tienen respectivos amantes. La historia más vieja del mundo. ¡Ja!
De inmediato, descubrimos que estos amantes no son sino ellos mismos transformados en las fantasías del otro. En este entremezclar de fantasías, frustraciones y deseos insatisfechos y reprimidos, la tensión irá subiendo de tono, hasta llegar a un final inesperado en el que la vida de ambos sufrirá unas transformaciones tan radicales como las de las personalidades que asumen, en teoría para complacer al otro.
Es una pequeña obra maestra del teatro de cámara, maravillosa por au concisión y profundidad, intensa y cambiante en su brevedad.
Pinter desarrolló toda su carrera, principalmente en el teatro y las artes escénicas, con brillantez y una incisiva mirada sobre las relaciones humanas, como pocos autores han sabido hacer.
En su vida pública, además, mantuvo una altura y valentía moral irreductibles propias, no de los grandes autores, sino de los grandes hombres. Descanse en paz.

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El Llarg Viatge, de Jorge Semprún

(Le Grand Voyage)
Ed. Empúries, col. Narrativa
Barcelona, 1991 [1963]

«De repente, mientras los veo andar por este camino, como si fuera una cosa tan sencilla, me doy cuenta de que estoy dentro y ellos están fuera. Me impregna una profunda tristeza física. Yo estoy dentro, hace meses que estoy dentro, y los otros están fuera. No es sólo el hecho de que ellos son libres, tendríamos que hablar durante mucho tiempo, de esto. Es simplemente que ellos están fuera, que para ellos hay caminos, árboles a lo largo de los senderos, frutas en los frutales, uvas en las viñas. Ellos están fuera, sencillamente, y yo en cambio estoy dentro. No es bien el hecho de poder ir allá donde quieras, nunca eres completamente libre de ir donde quieras. Yo nunca he sido libre de ir donde quería. He sido libre de ir donde hacía falta que fuera, y hacía falta que fuera en este tren, porque hacía falta que hiciera las cosas que me han llevado a este tren. Era libre de ir en este tren, completamente libre, y aproveché esa libertad. Estoy, en este tren. Estoy libremente, porque habría podido no estar. O sea que no es esto. Es una sensación física: estás dentro. Hay el fuera y el dentro, y yo estoy dentro. Es una sensación física que te viene como una oleada, nada más.»
El Largo Viaje cuenta el viaje de un grupo de deportados franceses desde París al campo de trabajo de Buchenwald en 1943. Es una novela porque tiene una estructura novelística, pero un somero vistazo a la biografía de su autor basta para saber que es una novela compuesta de episodios biográficos.
En una serie concurrente y obsesiva de flashbacks y flashforwards, Semprún nos evocará los recuerdos de la resistencia, del campo de Buchenwald, de la ocupación, de la miseria de la guerra, de la posguerra, pero sobre todo del abuso del ser humano por parte de sus semejantes, siempre volviendo a ese interminable largo viaje en un vagón de mercancías lleno de hombres hacinados, en una noche interminable, una noche en la que da igual que amanezca, siempre es una noche que no acabará nunca.
Semprún ha declarado que, mientras a Primo Levi escribir sobre los campos de exterminio le salvó la vida, a él le dieron ganas de suicidarse. El mismo autor se refiere a esta novela dentro del texto: "De todas maneras, mi libro lo acabaré porque se ha de acabar, pero ya sé que no vale nada. Todavía no ha llegado la hora de poder explicar el viaje, todavía he de esperar, he de olvidar realmente el viaje, después tal vez lo podré explicar."
Es un texto claustrofóbico, ominoso, pero imprescindible. En él, extrañamente, se mezclan los recuerdos de la vileza y la solidaridad, la compasión y el odio. No estoy seguro de que este libro tuviera una finalidad, ni tan siquiera para su autor. Tal vez sólo sea una invitación, un "ven y mira" cómo fue. Todo es perplejidad, todo es interrogarse sobre el ser humano. Y hasta dónde puede llegar:
«─¿Por qué quieres visitar esta casa exactamente?
─¿Habéis visto cómo está situada? ─les digo.
Miran la casa y después se vuelven para mirar el campo.
─¡Dios mío! ─salta Haroux─. Hay que decir que estaban en primera fila.
[...]
Entro en la sala de estar y es precisamente eso lo que me esperaba. Pero no, si he de ser sincero he de decir que, aún esperando esto, esperaba que fuera diferente. Era una esperanza insensata, por supuesto, porque a menos que borrase el campo, a menos que lo tachase del paisaje, no podía ser de ninguna otra manera. Me acerco a las ventanas de la sala de estar y veo el campo. Veo, en el encuadre de una de las ventanas, la chimenea cuadrada del crematorio. Y miro. Quería verlo, lo veo. Querría ser un muerto, pero lo veo, estoy vivo y lo veo.
La mujer de cabellos grises, detrás mío, habla:
Eine gemülitche Stube, nicht wahr? [¿Una habitación confortable, verdad?]
Me vuelvo, pero no llego a verla, no llego a fijar su imagen, ni a fijar la imagen de esta habitación. ¿Cómo se puede traducir «gemülitch»? Intento aferrarme a este pequeño problema real, pero no llego, resbalo sobre este pequeño problema real, resbalo en la pesadilla algodonosa y cortante donde se alza, justo en el encuadre de una de las ventanas, la chimenea del crematorio. Si Hans estuviera aquí, en mi lugar, ¿cuál sería su reacción? Seguramente no se dejaría hundir en esta pesadilla.
─De noche ─pregunto─, ¿estaban en esta habitación?
Me mira.
─Sí ─dice─, estamos en esta habitación.
─¿Hace mucho tiempo que viven aquí? ─pregunto.
─¡Oh, sí! ─dice─. Desde hace muchísimo tiempo.
─De noche ─le pregunto, pero la verdad es que no es un pregunta, porque no puede haber la menor duda─, de noche, cuando las llamas iban más arriba de la chimenea del crematorio, ¿veían las llamas del crematorio?
De repente se sobresalta y se pone una mano en el cuello. Recula un paso y ahora tiene miedo. Hasta ahora no había tenido miedo, pero ahora tiene miedo.
─Mis dos hijos ─dice─, mis dos hijos han muerto en la guerra.
Me tira los cadáveres de sus dos hijos como carnaza, se protege tras los cuerpos inanimados de sus dos hijos muertos en la guerra. Intenta hacerme creer que todos los sufrimientos son iguales, que todas las muertes tienen el mismo peso. Al peso de todos mis compañeros muertos, al peso de sus cenizas, opone el peso de su propio sufrimiento. Pero no todas las muertes tienen el mismo peso, claro que no. Ningún cadáver del ejército alemán pesará jamás este peso de humo de uno de mis compañeros muertos.»

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El Jorobado, de Paul Féval

(Le Bossu)
Ed. Bruguera, col. Historias
Barcelona, 1958 [1858]
Una de las grandes novelas de aventuras de capa y espada de todos los tiempos, El Jorobado (que en España ha tenido un baile de títulos de lo más variopinto: El Jorobado, El Jorobado de Lagardere, Enrique de Lagardere, El Juramento de Lagardere, La Venganza de Lagardere, etc.) recoge y amplía todos los tópicos del género: los duelos, las intrigas, el villano, la historia de amor, la venganza, la justicia más allá de la muerte y el honor. También es origen de un tema singular que después ha sido empleado en múltiples novelas (por ejemplo, en El Maestro de Esgrima, de Arturo Pérez-Reverte), como es la estocada secreta, en este caso la famosa "estocada de Nevers".
Veamos si podemos dar un resumen que no desvele demasiado y a la vez sea esclarecedor. Felipe de Nevers, noble sin tacha y espadachín extraordinario, ha logrado vencer la clausura que ha impuesto el Marqués de Caylus a su hija Aurora y se ha casado en secreto con ella, teniendo una hija de esta unión. Pero el mejor amigo del de Nevers, Felipe de Mantua, príncipe de Gonzaga, abriga negros planes para su amigo: matarlo, hacer desaparecer a la hija y casarse con Aurora de Caylus para así hacerse con las herencias tanto de Caylus como de Nevers. Sin embargo, el caballero Enrique de Lagardere, una de las primeras espadas de Francia, enterado de la conspiración, da un paso adelante, rescata a la hija de Nevers y los papaeles que prueban su identidad y naciemiento, lucha junto a Nevers en el combate que le costará la vida a éste y Nevers le hace prometer, in articulo mortis, proteger a su hija y vengarle. Diecinueve años más tarde, Lagardere y Aurora de Nevers regresan a París para evitar que Gonzaga, que ha removido cielo y tierra en busca de la hija desaparecida que se interpone entre él y la herencia de Nevers, después de casrse con Aurora de Caylus, realice su última jugada. El plan de Gonzaga es presentar a una suplantadora y hacerla reconocer como hija de Nevers. Lagardere, proscrito y sabedor de lo que puede suceder si Gonzaga y sus secuaces le ponen la mano encima, concurre a París bajo el disfraz de Esopo, el jorobado.
Todo esto que acabo de contar es el resumen de las 35 primeras páginas. La novela tiene 255. Pueden imaginarse que lo que sigue va in crecendo de intrigas, emboscadas, ardides y situaciones límite.
Es este ritmo y los personajes lo que la convierten en un clásico de las novelas de aventuras. Es un feliz encuentro de talento narrativo y emociones argumentales. Fue, es y será una de esas novelas que han marcado época y establecido los cánones del género. Como la estocada de Nevers.

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Moby Dick, de Herman Melville

(Moby Dick, or The Whale)
Edebé, col. Nómadas del Tiempo
Barcelona, 2006 [1851]

A estas alturas, no sé qué se puede decir de Moby Dick (lacónicamente subtitulada o la Ballena) que pueda sonar a nuevo. Baste mencionar que quien no la haya leído descubrirá una obra maestra; quien la relea quedará preso de nuevo por ella, incapaz de abandonarla hasta el final.
No hay en la literatura otra obra que se mereciera que su autor pudiera escribir con toda justicia que iba a glosar una historia como lo hacían los antiguos griegos. Melville, por modestia sin duda (porque Moby Dick está escrita desde una extraña modestia que no hace sino engrandecer el estilo del relato), no declaró esa pretensión, pero en muchas ocasiones esta novela es comparable a las grandes épicas.
Pero Moby Dick es mucho más que una epopeya. Epítome de novela de aventuras; arquetipo de la novela marinera; gran novela de experiencia; novela, más que fantástica, feérica; novela naturalista total; científica incluso; hasta puede considerarse una alegoría religiosa.
Escenas tremendas en sus páginas, con una fuerza inusitada: la del doblón clavado en el palo mayor; la del juramento de los arponeros; la de la caza del leviatán; las profecías sobre el destino del barco y su misión; la fundición del arpón.
Personajes enormes: los tres oficiales del Pequod, un corifeo asombrado y fatalista, representación del mundo atrapado en una gesta infernal; los tres héroes épicos, los arponeros Queequeg, Daggoo y Tashtego; el enigmático y fatal Fedallah; el negrito Pip, fantasma en vida. Por encima de todos, dominador absoluto, dictador enajenado, maníaco obsesivo y diabólico, Ahab, personificación de la venganza y del desafío prometeico de cazar a la ballena de las ballenas, en una intención más parecida a retar a los dioses que a capturar un animal.
No sé si es necesario un resumen argumental. Ismael se enrola en una expedición ballenera en el Pequod, mandado por el capitán Ahab, a quien Moby Dick, el gran cachalote blanco, le arrancó una pierna, que ha sustituido, significativamente, por una de marfil tallada de la mandíbula de un cachalote. Pronto se verá que Ahab pone su experiencia y sus conocimientos en la pesca de la ballena, pero no sus sentidos y determinación. Éstos los dedica en exclusiva al auténtico propósito de su expedición: encontrar a Moby Dick y vengarse. Un encuentro que se producirá, para desolación de todos.
Más allá de la sinopsis, quien lea Moby Dick se verá desconcertado. Porque esta novela tiene una estructura inusual. Única, genial e inimitable. Empieza relatando la historia de Ismael, el narrador, y de cómo se embarca en el Pequod. Nada hay de extraordinario, o que se diferencie de otras novelas marineras. Melville nos introduce en el mundo de la mar y los balleneros de forma sabia, pero en absoluto trasluce las dimensiones que adquirirá su novela hasta que (en el capítulo 19) un extraño personaje realiza una profecía que introduce la inquietud en el lector. Sigue con este ritmo pausado hasta que presenta a Ahab (hasta entonces sólo mencionado de forma enigmática). Es una presentación terrible, magnífica, como si de un personaje salido del infierno se tratara. En un crescendo prometeico, Ahab irá condicionando la vida de a bordo hasta que (en el capítulo 39), en una especie de aquelarre marino, en una escena cumbre de la literatura, Ahab clavará una onza de oro en el palo mayor y forzará a la tripulación a un juramento que mostrará la dimensión de sus ansias de venganza.
Y entonces, en un escamoteo genial, Melville lo hará desaparecer de escena casi en su totalidad. Como un gran cocinero que promete un postre excepcional, y mientras tanto va sirviendo platos exquisitos, el autor cederá el protagonismo a asuntos en apariencia triviales (la caza de la ballena, la vida a bordo), pero sobre todo a la ballena. No a Moby Dick, sino a los cetáceos en general. No es un desvío ocioso, puesto que nos pondrá en su justa medida a ese adversario poderoso, al leviatán de los mares, mientras por estas escenas falsamente inocuas planea omnipresente la inminencia inevitable del encuentro entre el vengador y su objetivo.
Cuando Ahab reaparece es para convertirse en una figura dominante, una de representación del destino más allá de toda remisión. El lector no puede sino someterse a la fascinación de la pesadilla de Ahab y el torbellino en que se convierte su encuentro con la ballena blanca.
Hay otro hecho remarcable en la novela. Empieza como la historia de Ismael, después con la de los tripulantes del Pequod, la de su capitán y la de los cetáceos. Cuando Ahab vuelve a aparecer en escena, omnímodo y fatal, todos estos personajes se disuelven progresivamente conforme el Pequod y sus tripulantes se convierten en meros instrumentos de la obsesión de su capitán. Ahab y su némesis pasada y futura adquieren aspectos titánicos y universales, absorbiendo las vidas y voluntades que giran a su alrededor, hasta la inevitable conclusión del enfrentamiento entre el vengador y su leviatán blanco.
No es de extrañar que el narrador inicie su relato de esta experiencia con la declaración, desesperada y fatalista, tras verse involucrado con dos diablos del mar, de recuperar su propia identidad: «Llamadme Ismael».

Portada y ¿sinopsis o humorada?

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Anàbasis, L'Expedició dels Deu Mil, de Jenofonte

(Anabasis)
Fund. Bernat Metge, col. Escriptors Grecs - Texte i Traducció
Barcelona, 1968 [~390 a. de C.]

«Después de que los estrategas fueron presos y los lócagos y los soldados que habían ido con ellos fueron muertos, los griegos se hallaron en una gran confusión, pensando que estaban a las puertas del Rey, que por todos lados los rodeaban muchas tribus y ciudades enemigas, que nadie más les iba a parar mercado, que distaban de Grecia no menos de diez mil estadios, que no tenían guía para el camino hacia la patria; que los habían traicionado hasta los bárbaros que habían hecho la expedición con Ciro; que se habían quedado solos, sin un solo jinete que les apoyara. Así pues, era evidente que, vencedores, no matarían a nadie, y, vencidos, ninguno de ellos quedaría con vida.» (Libro III)
Este es el punto de inflexión de la Anábasis, y lo que ha hecho famosa la odisea de Jenofonte y sus diez mil soldados.
Se trata de la historia de unos mercenarios griegos contratados por Ciro (no Ciro el Grande) para combatir y derrocar a su hermano Artajerjes, rey de Persia. Tras la batalla de Cunaxa, en la que Ciro fue derrotado y muerto, los griegos fueron la única formación del ejército derrotado que se mantuvo en buen orden y preparada para ejercer una resistencia desesperada, aunque formidable. Ahí se vieron ante la disyuntiva de rendirse (y muy probablemente ser pasados por las armas) o presentar batalla e intentar escapar.
Es entonces cuando Jenofonte asciende a uno de los mandos conjuntos de los diez mil soldados griegos, y decide que morir por morir, mejor hacerlo en pie y camino a casa. En medio de Asia Menor, junto al Éufrates, los Diez Mil emprenden los que Arturo Pérez-Reverte ha denominado indirectamente "la mayor evasión militar de la Historia".
La obra tiene tres partes definidas: la primera, la expedición de Ciro el Joven, que culminará en la desastrosa batalla de Cunaxa. La segunda, la propia marcha de los griegos por Asia hasta llegar al Ponto (el mar Negro). La tercera, la historia de los pillajes y chantajes hasta llegar finalmente a Grecia y su disolución como ejército operativo.
La mejor, por supuesto, es la segunda. Rodeados de enemigos, atravesando ríos, pasando montañas entre el frío y la nieve, sufriendo el hambre, cruzando siempre territorio hostil, la gesta de los griegos adquiere magnitudes épicas hasta culminar en la famosa escena en la que, arrojando las armas, los griegos corren hacia la playa gritando: "¡Thalassa! ¡Thalassa!" (¡El mar! ¡El mar!).
Es una curiosa epopeya en la que la épica reside en la gesta en sí y no en los individuos que la protagonizan: mercenarios rastreros, avariciosos y crueles. Chaqueteros atentos siempre al mejor postor que, sin embargo, llegado el momento, hicieron lo que nadie ha vuelto a hacer jamás; que un continuador de Jenofonte resumió con una aparente simplicidad: "El total del recorrido, tanto de la ida como de la vuelta, es de doscientas quince etapas, mil ciento cincuenta parasangas, treinta y cuatro mil seiscientos cincuenta estadios [6.652 Km]. La duración, de ida y vuelta, un año y tres meses".

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La Flecha Negra, de Robert Louis Stevenson

(The Black Arrow)
Ed. Bruguera, col. Historias
Barcelona, 1958 [1883]

En el contexto de la Guerra de las Rosas, una misteriosa banda de proscritos amenaza vengarse de los déspotas que han ejercido un poder inicuo sobre el pueblo, matándolos mediante una flecha negra. Richard Shelton, joven noble tutelado por sir Daniel (quién asesinó a su padre, un hecho que el aguerrido Richard desconoce), en cumplimiento de una misión, se encuentra con John Matcham, que huye del cautiverio a que lo tiene sometido sir Daniel. En realidad, Matcham es Joanna Sedley, disfrazada.
Sin reconocer la auténtica naturaleza de la joven, sin embargo Richard se siente atraído por ella. Cuando se revela la realidad, Richard emprenderá su propia guerra para liberar a Joanna, una guerra que se verá inextricablemente ligada a su propia historia y a las innumerables felonías cometidas por sir Daniel y sus secuaces. Tras una muy shakespeariana intervención del por el momento rey Ricardo III, la pareja tendrá un final feliz tras muchas penalidades.
Es un argumento tan típico que apenas merece comentario. No se esperen subtextos alegóricos ni mensajes más allá de la propia aventura o los valores de la moral tradicional: la honradez, la nobleza, la rectitud y el amor. Cada obra es hija de sus tiempos y de su autor, y los tiempos eran los victorianos y el autor un moralista (un moralista ciertamente extraño, si miramos La Isla del Tesoro, pero esa es otra historia).
Lo que salva a la novela y la ha hecho un clásico del género es su ritmo y su narración. Es una novela de aventuras constantes, con intrigas que se cruzan y entrecruzan, y la narración conduce con toda fluidez la trama hasta su conclusión.
Si ustedes a veces echan de menos las grandes aventuras, no tanto del tipo Errol Flynn sino más bien las de Burt Lancaster, permítanse unas horas de puro entretenimiento con esta novela. En eso, no quedarán defraudados.

Portada y sinopsis

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Un As en la Manga, de Annie Proulx

(That Old Ace in the Hole)
Tusquets Editores, col. Andanzas
Barcelona, 2005 [2002]

A Bob Dollar le encargan que vaya de incógnito a una región del norte de Texas para encontrar terrenos aptos para la instalación de forma masiva de granjas de cerdos. Bob es un tipo peculiar (y esa historia tendrán que leerla ustedes en el libro), y una de sus peculiaridades es ser una persona sensible. Le gusta escuchar, y su personalidad se ve atraída por la belleza (uno diría por la belleza perdida) del territorio que está pisando, por las historias de la gente que lo ganó en los lejanos tiempos de los pioneros, por la misma gente que, en decadencia o no, todavía mantiene una simbiosis con ese mundo. Un mundo que, como dice la contraportada, Bob pretende llenar de granjas porcinas.
Es esta una novela compuesta de historias: las que conforman la personalidad de Bob Dollar, las de las gentes que habitan el panhandle de Texas, las de los que llegaron allí en un principio y las del propio territorio.
Y se trata de un territorio que conjura todos los mitos del Salvaje Oeste y de la colonización pionera de los Estados Unidos.
Ya he remarcado antes [Atando Cabos] el aprecio que tiene Annie Proulx por la exageración como medio para destacar personajes, actitudes e ideas. En este caso es, más que los personajes, el propio territorio el que es exagerado, con unas proporciones casi míticas, que contagian a los protagonistas.
Es también una novela que plantea la cuestión de qué estamos haciendo, no ya con el mundo, sino con la parte de éste en el que vivimos. De si este supuesto progreso es tal o si, en realidad, los males que nos aquejan no los habremos provocado nosotros, por ambición, inconsciencia y por perder el respeto a la tierra, que es como perder el respeto por nosotros mismos.
Las virtudes de Proulx como escritora son inmensas: historias que absorben, una sabia distribución del ritmo narrativo, una comicidad oportuna y que se adhiere a la historia en lugar de ser un chiste aislado, personajes creíbles, lenguaje adecuado y versátil.
Un placer de novela, para leer y pensar, una gran obra de una gran narradora americana.

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En Busca del Unicornio, de Juan Eslava Galán

En Premios Planeta 1985-1987
Ed. Planeta
Barcelona, 1994 [1987]

Juan de Olid, joven caballero al servicio del Condestable de Castilla, recibe el encargo del rey Enrique IV de llegarse al África para buscar el cuerno del unicornio, que tiene que curar los problemas de impotencia del rey de Castilla.
Iniciará así un periplo de veintiún años en el que Olid y sus ballesteros atravesarán el continente africano, desde el puerto marroquí de Safí hasta el mozambiqueño de Sofala, en una aventura llena de penalidades y peripecias, algunas trágicas y otras grotescas. Será esta una aventura con un continuo juego de espejos entre la superstición, las ilusiones y la realidad. Así Olid será representante del poder de un rey impotente; el choque de la realidad y fealdad del rinoceronte frente al mito del caballo astado; la ingenuidad del mito del dominio de la bestia por parte de una virgen contra la feroz evidencia en la sabana africana.
Pero, sobre todo, es un cruel juego de ajedrez, en el que Olid, peón que se cree caballo o alfil, no hace sino marchar adelante en la esperanza de coronar la última casilla, para descubrir que su rey abandonó la partida tiempo atrás. Fundamentalmente, revelarse que en realidad, la partida se jugaba en otra parte y que su esfuerzo era no sólo irrisorio, sino inútil. Una novela de perdedores, con aquella épica misérrima que se revela inútil dentro de los sueños absurdos de los monarcas.
Una novela muy apreciable, escrita en primera persona y empleando el castellano antiguo (hasta cierto punto; siempre hay que transigir ante la legibilidad). Bien documentada históricamente, y y que por encima de todo transmite la idea de que, si bien la historia no sucedió, o no sucedió así, esa aventura pudiera haber sucedido; que es uno de los fundamentos de la literatura.

Portada y sinopsis

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La Entrada Nº 100

Es imposible resistirse a los llamados "números redondos". Siete meses después de iniciado este blog, llego a esta cifra significativa. Y, por fortuna, ni empecé solo ni he llegado a esta etapa en solitario.
Ahí a su derecha tienen ustedes una lista de blogs, les insisto, que representan lo mejor que he encontrado en este mundillo. Calidad intrínseca aparte, que la tienen, en ellos sobre todo encontrarán buena gente.

Sá y su Gemelo, que está en el origen de esta excentricidad y con el que aprendí qué era un blog y que en la fría pantalla hay también calidez y reflexión.

Miss Missing y su Sensus Amoris, donde siempre me he sentido como en el salón de mi casa.

Dani y el blog del Club de Lectura de Ciencia de la mejor biblioteca, a mi gusto, de Barcelona, con el que hemos recorrido el proceloso camino de los bloggers, probando y errando, siempre teniendo presentes a los lectores, fueran uno o mil.

Carmen y su Saborearte, o la gastronomía hecha cuento. El espíritu de Vázquez Montalbán, Camilleri y tantos otros planea por sus entradas.

Magalí y su Rayuela Cosmicómica, alguien que ama más a Cortázar que yo, y ya es decir, y que me descubre nuevos libros o me recuerda viejas lecturas; y me hace jugar al arte.

Verónika y sus Almas Grises y los Caballitos Persas, o la literatura con bendita pasión y una poetisa impresionante.

Andrómeda, siempre con un comentario exacto y preciso surgido de su Tintero. No hay mejor deseo para ella que todo el tiempo necesario y más para que lea y comente todo lo que su entusiasmo requiere.

Bárbara y su Fermé la Bouche, persona generosa que regala visiones de libros y almas en pintura.

Gustavo, en su Casa de Asterión, teórico terrible, polemista tenaz, con un sentido del humor y bonhomía que trasciende su aspecto feroz y hace inevitable el aprecio y el cariño.

Milserifas y sus millares (ojalá) de serifas, fino comentarista, atento siempre al libro como cosa total, idea, objeto, arte.

Javier, que no deja que permanezcamos en su Zaguán, sino que nos invita a sus lecturas, y con el que comparto muchas veces autores y temas gratos.

El binomio que compone con gusto y acierto (salvo un par de errores, como son dos entradas mías que no sé porqué se empeñaron en publicar) 500 Ejemplares. 300 se ha convertido en símbolo de la resistencia espartana. Los 500, de defensa de la literatura y la palabra libre.

Carolina y sus Tejados sin Gatos (y su casa llena de ellos), que regala relatos y percepciones. No se espera menos de su generosidad, inmensa.

Germán y su Signo Roto, presto a descubrirnos poetas y a bien razonarlos. Al elogiarle un poema de Cardenal que reseñó, me envió otros poemas, para mi lectura y disfrute. ¿Qué se puede decir ante esto?

Luis y su Humor Vagabundo, siempre incisivo en el análisis y siempre presto a recibir de buen humor y con amabilidad extrema a sus visitantes. En sus vagabundeos he asistido a la mejor tertulia literaria de mis últimos diez años.

Madoguna, y su Brújula que nos orienta en lecturas muchas veces desconocidas para mí y que pasan a formar parte de mis proyectos de lectura.

Jordi Nadal, que jamás me ha revelado su secreto para multiplicar el tiempo y leer, leer y leer...

En fin, Blanca y el Gusanillo de los Libros que todos tenemos, Camilo, que pone el Ojo en la Paja,
Teresa en Metrópolis, Amparo, Cristina, Juan, Mónica y Provi reforzando el Fondo de Catálogo, Carlos, Juan Carlos, Ferran, Jaume y Chema que mantienen el Libro Abierto, Sonia, Maria, Ramon, Silvia y Carolina y sus Históricas, o Elena, Perdida entre libros.

Las firmas invitadas, Dani González, Susana y Luis Moreno Villamediana, y otras que vendrán. Es un auténtico privilegio tenerlas aquí, y sus reseñas no hacen sino elevar el nivel de este blog.

Los seguidores, que son como esos socios o mecenas que mantienen museos e instituciones, como se dice, "más allá del deber". Muchos ya han sido citados por sus blogs. Otros, Magda, Olivia, Emiliano, el Hada, Juliett y Adán, están ahí. Ver los rostros o avatares de todos ellos al abrir la página hace que uno se sienta acompañado y que el viaje valga la pena.

Los que comentan. Existe la soledad frente a la pantalla en blanco, pero también la soledad frente al texto publicado. Cuando alguien pierde un minuto o diez de su tiempo para realizar un comentario hace que esa pantalla sea menos fría, y añade valor a mis tonterías.

Los lectores. Los hay, aunque sea difícil percibirlos. Comenten o no, para ellos se hace esto, y por ellos no es tiempo perdido. No puedo sino agrdecerles su paciencia y comprometerme con ellos para mejorar.

Este blog no surgió como un acto egocéntrico, ni mucho menos por el convencimiento de que tenía una verdad que transmitir. Hubieron personas, sin duda generosas, que me lo sugirieron y me animaron. Ahí empezó, con dudas y con el deseo de transmitir amor por los libros y la literatura, y convencido de que habían otros que lo harían mucho mejor que yo.
Y así sigo, con los mismos convencimientos, deseos y dudas, pero también con el conocimiento y las lecciones que he podido adquirir de todos los anteriormente citados. Gracias a este blog he encontrado amistad, humor, camaradería, respeto, conocimiento, sabiduría y bondad. No es poco; en absoluto es poco. Pero, sobre todo, he hallado generosidad. La auténtica, porque ni un sólo céntimo se mueve aquí, y sin embargo puedo afirmar que he recibido mucho más de lo que he dado. Siempre he estado convencido de que existe más gente buena en el mundo que mezquina. Conocerla, conocer a esta buena gente antes citada, sin embargo, es un raro privilegio que me hace mucho mejor. Gracias a todos.

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K2, de Javier García Sánchez

Ed. Planeta, col. Autores Españoles e Iberoamericanos
Barcelona, 2006 [2006]

En primer lugar tengo que decir que Javier García Sánchez es amigo mío. Buen amigo. ¿Puede habérseles pasado por la cabeza que este hecho motive una especial benevolencia o el simple peloteo por mi parte? La respuesta es que a un amigo no se le hace eso, no se le engaña. Aquí sólo se comentan obras que me gustan, de modo que Javier o no Javier, si figura aquí su K2 es por el puro mérito literario. Como máximo, conozco bien el modo de trabajar y escribir del autor, pero eso no tiene porqué influir en el resultado final.
Javier García Sánchez, por si alguien lo duda, es un hombre literario integral e íntegro, y para comprobarlo sólo tienen que repasar su bibliografía. Pero también constituye un caso único en las letras españolas por el hecho de ser el autor de las dos únicas novelas deportivas que pueden calificarse como gran literatura, El Alpe d'Huez (que algún día les comentaré) y K2. No ha sido sin problemas. Desprecio, ostracismo y mala intención, porqué no decirlo, por parte de la crítica y el mundillo literario. Al parecer, el hombre literario, con o sin atributos, para cierto sector que se considera en las alturas espirituales, el único deporte que debe hacer es levantamiento de libros. No quiero imaginar lo que le hubiesen hecho a Píndaro.
El K2, para aquellos no informados del hecho, es la segunda montaña más alta del mundo, 8.616 metros, la más difícil de escalar, la más difícil de sobrevivir, la Montaña de las Montañas [y gracias a Susana por la información previa, y la pasión, que me dio pistas al respecto de lo que siente cualquier escalador ante la montaña más bella del mundo].
No es una novela de épica, no es una novela unidimensional. Javier García Sánchez es hombre literario integral. Hay una gesta, como es la ascensión y la renuncia, hay sufrimiento, hay descripciones bellas, tremendas, terribles. Esa integridad literaria implica que puede haber poesía y literatura en la montaña, que el K2 puede ser el espejo del que se dedica a su ascensión, que la persona puede ser también el reflejo del propio K2. Es gloria y derrota. Gloria amarga y derrota redentora. Hay una historia de amor. Con la montaña, un extraño amor-odio; con una mujer, no como sustitución de la montaña, sino como enseñanza y salvación ante la ambición y la locura. Hay un martirologio alpinista que deviene homenaje al poder omnímodo de la montaña de montañas, siempre celosa de su propia integridad. Hay dudas y una continua interrogación sobre el alpinismo, lo que fue y en lo que se ha convertido. Pero sobre todo hay experiencia, una de transformación, porque si es verdad que la montaña te transforma, del K2 nadie sale indemne en esa metamorfosis.
¿Una historia de amor? Sí, y puede extrañar esa intrusión inusitada en una historia que es de un deporte y una montaña. Paciencia. Esa historia está realmente imbricada en la experiencia del protagonista y su K2, y (mérito de García Sánchez) pronto ambas cordadas se unen en un todo inextricable y necesario para la narración.
¿Es posible que alguien espere una epopeya gloriosa? En pleno siglo XXI, ya es imposible y hasta ridículo describir la guerra como algo puramente heroico. Hubiera sido igualmente anacrónico y falaz describir el alpinismo como una gloriosa ascensión a la cumbre. La misma tecnología nos ha alienado de la épica. Ya no es posible matar con honor y ya casi es imposible admirar a quienes ascienden con más panoplia y equipo que el astronauta medio, cuando no a hombros de sherpas. Javier García Sánchez emplea todos y cada uno de los recursos para mirar el K2 y a su protagonista desde todos los ángulos posibles. Hay épica, pero es la de la propia montaña, el hombre solo y su transformación psicológica, mental, espiritual inclusive. Es la épica del sufrimiento, de la expiación, de la culpa, de la renuncia y de la temeridad. La del respeto a la montaña. Un temor reverencial que no es sino el amor y la adoración a una diosa terrible y despiadada, pero por la que es imposible no sentir fascinación.

Portada y sinopsis

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¡Pues Vaya! Lo Mejor de Wodehouse, de P. G. Wodehouse

(What Ho! The Best of P. G. Wodehouse)
Ed. Anagrama, col, Panorama de Narrativas
Barcelona, 2004 [1915-1975]
Introducción de Stephen Fry

Durante meses me he estado rompiendo la cabeza pensando qué libro de Wodehouse podía presentarles aquí con la esperanza de darles a conocer un gran genio del humor inglés. Al final, y frente a la imposiblidad de decidirme entre mis muchos favoritos del maestro, llegué a la conclusión (como supongo que hizo Jorge Herralde) de reseñar esta antología que puede servir como gran menú de degustación y que les permitirá pasar por la amplia variedad de personajes de este autor. Con la admonición, eso sí, de que si ven un libro de Wodehouse se lancen sobre él. Adquiéranlo, pídanlo prestado, alquílenlo, descárguenselo de internet si saben inglés (en Proyecto Gutenberg hay unas cuantas obras suyas), pero léanlo. Porque vale la pena.
El principal motivo de escoger esta antología es, aparte la variedad, porque lleva una concisa pero definitiva introducción de Stephen Fry (que tuvo el privilegio de interpretar al genial mayordomo Jeeves en una serie británica; el actor que encarnaba a su entrañable y catastrófico señor Bertie Wooster era Hugh Laurie, hoy más conocido como el Dr. Gregory House). En esta introducción se trazan todas las claves esenciales del maestro.
Hace un tiempo, una persona a la que recomendé una novela de Wodehouse volvió quejosa: «Sí, muy divertida, ¡pero es que no tiene nada que ver con la realidad!» «Felicidades ─repuse─. Acabas de sacar de la literatura a Alicia en el País de las Maravillas y a toda la obra de Kafka. Entre otras.» «Quiero decir, que sólo sirve para reír.» «Felicidades. Acabas de expulsar de la literatura todas las comedias de Shakespeare. Entre otras.» Y así se marchó, convencido de que la vida es trascendente en todo momento, y a mí convencido de que era (ustedes disculpen) un perfecto soplador de vidrio. Me pregunté si alguna vez condescendería a bajar al mundo de los mortales y explicar un chiste, o a jugar con su hijo de tres años por el mero hecho de reír juntos. Probablemente no. Se dedicaría a enseñarle trigonometría.
El mundo de Wodehouse no existe ya, si es que alguna vez existió, cosa que dudo. Es un mundo de enredos, de comedia musical sin música, de las grandes comedias de Hollywood. La película que más se parece a lo que Wodehouse nos explica es Bringing Up Baby (aquí titulada "La Fiera de Mi Niña"), y quienes mejor podrían encarnar, por ejemplo, a ese lechuguino entrañable que es Bertram Wooster hubiera sido Cary Grant; y a su sutil, inteligente, levemente cínico y siempre discreto mayordomo Jeeves, siempre he imaginado al gran George Sanders. Las chicas de Wodehouse serían todas esas enormes actrices de la edad de oro de Hollywood, las Carole Lombard, Katharine Hepburn o Rosalind Russell.
Es un humor totalmente blanco y sin más pretensiones que el propio humor. Pero a una edad en la que no había entrado en la adolescencia, Wodehouse me permitió iniciarme en el humor inteligente.
Todo está al servicio de la diversión del lector: sus personajes estrambóticos; las situaciones embrolladas; la serie de catástrofes que se amontonan para formar un conjunto descomunal de comicidad; su lenguaje; el gag sabiamente introducido. Al respecto del título de la antología, que proviene de Adelante, Jeeves:
«─¡Pues vaya! ─dije.
─¡Pues vaya! ─dijo Motty.
─¡Pues vaya! ¡Pues vaya!
─¡Pues vaya! ¡Pues vaya! ¡Pues vaya!
Después de lo cual pareció bastante difícil proseguir la conversación.»

Hay algo en lo que Fry y Laurie se muestran de acuerdo: lo difícil que es llevar a la pantalla un humor que depende en gran medida del juego escrito. Es posible, pero algo (mucho) se pierde en el traslado:
«─¿Sir Jasper Finch-Farrowmere? ─preguntó Wilfred.
─ffinch-ffarrowmere ─corrigió el visitante, al detectar las mayúsculas con su sensible oído.»

Es una situación que depende únicamente del lenguaje escrito, y es imposible llevarlo a la expresión oral sin alterar su precisa concisión.
Pero no sólo hay juegos verbales.
«A diferencia del bacalao macho, que una vez convertido en padre de tres millones quinientos mil bacaladitos, decide animosamente quererlos a todos, el aristócrata de nuestros tiempos se da cuenta de que su hijo menor es un perfecto incordio.»

«El pueblo de Market Blandings es uno de esos poblados adormecidos que el progreso moderno no ha podido tocar... La iglesia es normanda, y la inteligencia de la mayoría de los nativos paleozoica.»

«Como detective eres un desastre. No podrías detectar un bombo en una cabina telefónica.»

«La fascinación de la caza como deporte depende casi por entero de si estás en el lado apropiado o no del arma.»

«A la edad de once años o así, las mujeres adquieren una maestría y capacidad para manejar las situaciones difíciles que un hombre, si es afortunado, consigue tener a los setenta y tantos.»

«¿Ha visto alguien un crítico dramático a la luz del día? Por supuesto que no. Salen de noche, para hacer el mal.»

«Cualquiera puede embaucarme. Si estuviera en un monasterio trapense, lo primero que sucedería sería que algún transeúnte me induciría a hacer alguna espantosa idiotez contra mi mejor juicio por medio del lenguaje de los sordomudos.»

«Un joven con oscuros círculos bajo sus ojos se apoyaba contra una máquina tragaperras. Un enterrador que pasara en ese momento hubiera mirado a este joven con atención, oliendo el negocio. Y lo mismo hubiera hecho un buitre.»

«No importa lo devotamente que una chica pueda adorar al hombre de su elección, siempre llega la ocasión en la que siente un irresistible impulso de cogerlo y darle un pescozón.»

«Atila el Huno podría haber roto su compromiso con ella, pero sólo Atila el Huno, y sólo si hubiera estado en uno de sus mejores días.»

«─Supón que tu tía Dahlia leyera una mañana en el periódico que ibas a ser fusilado al amanecer.
─Imposible, jamás me levanto tan temprano.»

«Demostró de nuevo que la mitad del mundo no sabe cómo viven las otras tres cuartas partes.»

Como dice Fry, "Si ustedes son inmunes a este tipo de humor, entonces, es probable que sólo estén hechos para las traiciones, las estratagemas y las rapiñas. No analicen su luminosa perfección. Limítense a gozar de su cordialidad y esplendor. Como Jeeves, Wodehouse es un caso aparte y analizarlo, en su último término, no sirve de nada".
Cada aficionado a Wodehouse tiene su personaje favorito, y en esta antología tendrán ocasión de hallarlos a todos. Los míos son (tal vez porque fueron los primeros que descubrí) Jeeves y Wooster. Jamás olvidaré ese glorioso final de una de sus novelas, en la que, tras la acostumbrada catástrofe, Bertie Wooster se ve amenazado por la cólera de su tía Agatha, y Jeeves, siempre solícito, le propone aceptar la invitación de un crucero por el Mediterráneo, que era la opción vacacional preferida desde el principio del discreto mayordomo.
«─¿De modo que un crucero, eh, Jeeves? ─dijo Bertie, sombrío.
─Sí, señor.
El pensamiento de tía Agatha con millas de agua de por medio empezó a animar su mente.
─El viento en las velas, la espuma del mar en la proa y todo eso, ¿no, Jeeves?
─Sí, señor.
─¡Ohé, ohé, ohé, Jeeves!
─Sí, señor.
─Y aún diría más: ¡Ohé, ohé, ohé, y una botella de ron!
─Sí, señor. Ahora mismo se la traigo.»