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Una Mujer en Berlín, anónima

(Eine Frau in Berlin)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 20054 [1954]
Introducción de Hans Magnus Enzensberger
Epílogo de Kurt W. Marek (C. W. Ceram)

Este libro son las "Anotaciones de diario escritas antre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945" por una mujer en Berlín, es decir, desde poco antes de la caída de la ciudad en poder de los rusos hasta el establecimiento de las zonas de ocupación aliadas. Respecto a la autoría, como dice Ceram en su epílogo, "que la autora desee permanecer en el anonimato es algo que cualquier lector del libro entenderá sin necesidad de explicación".
Si el frente de guerra, e incluso la victoria, es un mundo masculino, el frente de la derrota es, en cambio, un mundo casi totalmente femenino. Son ellas las combatientes por la supervivencia y las luchadoras frente al ocupante, una lucha que, frente a las violaciones y los abusos, salvo en contadísimos casos, perdieron irremisiblemente.
Su autora era periodista, y eso hace de su relato uno tremendamente objetivo. Apenas hay lugar para los sentimientos aquí. Y es, en efecto, una narración realizada con una gran frialdad, lo que para nada resta valor a lo narrado, antes bien, lo realza en su brutalidad y realismo. No es tampoco un relato solipsista; no nos hallamos ante una mujer encerrada en sí misma, sus necesidades y sus temores, sino frente a una mujer de mundo que sigue conservando su curiosidad por lo que le rodea y sus dotes de relación con los demás, por mucho que esta relación, tanto con sus vecinos berlineses como con los ocupantes rusos acabe más en el homo homini lupus que en la solidaridad o la piedad.
Y hay otra cosa que llama poderosamente la atención: este es un diario de apenas dos meses, un diario de trescientas páginas impresas. No es que sea mucho texto: es que fueron demasiados acontecimientos, demasiadas luchas por unas astillas de madera, por el racionamiento, por obtener un simulacro de normalidad, por evitar la violación, por la supervivencia física y emocional, todos concentrados, demasiado concentrados en muy poco tiempo, en algo que asemeja una pesadilla densa, excesiva para cualquiera que la haya tenido que sufrir.
Los libros de historia se detienen cuando acaban las batallas o las guerras; casi nunca caen en la cuenta y en el relato de que se sigue librando un combate, ilegal, criminal y casi siempre impune, contra la población civil. Por ello este testimonio de Una Mujer en Berlín es doblemente valioso.

Portada y sinopsis

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Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

(Fahrenheit 451)
Ed. Plaza & Janés, col. Rotativa
Barcelona, 1974 [1953]

Dentro del campo de la ciencia-ficción, Ray Bradbury empezó muy pronto a descollar como algo único. Y es que la visión poética del universo no suele casar bien con un género, al menos en la época en que Bradbury empezó en él, que se pretendía tecnificado y científico. Por eso Bradbury, ya desde su época macabra que le llevó a ser editado por Arkham House, se encontró cultivando una parcela peculiar y propia, la de la ciencia-ficción humanística. Sobre todo con los relatos que componen Crónicas Marcianas, en los que los cohetes, por ejemplo, no son tanto vehículos como resplandores evocativos de un mundo nuevo y de uno que se deja atrás.
Sigue siendo cierto incluso en la distopía que es Fahrenheit 451, en sí la quintaesencia del género al proponer una situación posible en el futuro y ver qué sucede. Sin embargo, cuando ya en la primera página encontramos frases como: «Quería, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, parecidos a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.»
O los títulos de las respectivas partes del libro, "Era estupendo quemar", "La criba y la arena" y "Fuego vivo". Cuando nos encontramos ante esto, sabemos que no vamos a leer una novela puramente factual.
En un cierto futuro, los libros han sido desechados e ilegalizados; el cuerpo de bomberos (que, dicen, jamás se dedicó a apagar incendios) es el encargado de gestionar las delaciones y los comportamientos asociales (pasear a pie; hablar con los vecinos; no ver lo suficiente la televisión) y de descubrir y quemar los alijos de libros, junto a las casas que los alojan.
En este contexto, Montag, un bombero consciente y contento de su trabajo, llega a la lectura mediante el vacío vital en el que está inmerso cotidianamente. Y se convertirá en prófugo después de ser delatado por su esposa, para ser él mismo un libro viviente y preservarlo así de la destrucción.
Dice mucho de Bradbury lo fresca que se ha conservado esta novela; lo bien argumentada filosóficamente que está y que más allá de basarse en una premisa extemporánea, el universo que nos presenta es terriblemente plausible:
«La realidad es que no anduvimos muy bien hasta que la fotografía se implantó. Después, las películas, a principios del siglo XX. Radio. Televisión. Las cosas empezaron a adquirir masa. [...] Y como tenían masa, se hicieron más sencillas. En cierta época, los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho. Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de codos y de bocas. Población doble, triple, cuádruple. Films y radios, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar uniformidad. ¿Me sigues? [...] En el siglo XX, acelera la cámara. Los libros, más breves, condensaciones. Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco. [...] Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas en un diccionario. Claro está, exagero. Los diccionarios únicamente servían para buscar referencias. Pero eran muchos los que sólo sabían de Hamlet (estoy seguro de que conocerás el título, Montag. Es probable que, para usted, sólo constituya una especie de rumor, Mrs. Montag), sólo sabían, como digo, de Hamlet lo que había en una condensación de una página en un libro que afirmaba: Ahora, podrá leer por fin todos los clásicos. Manténgase al mismo nivel que sus vecinos. ¿Te das cuenta? Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más. [...] Selecciones de selecciones. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! [...] La fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de valioso tiempo. [...] "Quiero ser feliz", dice la gente. Bueno, ¿no lo son? [...] A la gente de color no le gusta El Pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La Cabaña del Tío Tom. A quemarlo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. Serenidad, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador.»

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Un Cec amb una Pistola, de Chester Himes

(Blind Man with a Pistol)
Eds. 62, col. Seleccions de la Cua de Palla
Barcelona, 1995 [1969]
Serie Coffin Ed Johnson y Gravedigger Jones nº 8

En Un Ciego con una Pistola (podría haber leído la versión castellana pero, francamente, la traducción es horrible), Himes se desencadena. Por supuesto, hay un crimen, y es eel que hará posible el sempiterno deambular de sus protagonistas, los policías de Harlem "Ataúd" Ed Johnson y "Enterrador" Jones, pero eso es una cotidianeidad tan normal que apenas tiene importancia. Tan poca que Himes ni se molesta ya en resolverlo. En cambio, Himes tiene gran cuidado en mostrarnos el caos en marcha en Harlem y, por extensión, en toda la parte negroamericana de los Estados Unidos. Dice Himes: «Un amigo mío, Phil LOmax, me explicó la historia de un ciego con una pistola que, en el metro, disparó a un hombre que le había dado una bofetada y mató a un inocente que leía pacíficamente el periódico en el otro lado del pasillo. Pense, caramba, es tal como las noticias de hoy día, los disturbios en los guetos, la guerra de Vietnam, las conductas masoquistas del Oriente Medio. Y después pensé en algunos de nuestros líderes alborotadores que instigan a los hermanos de raza vulnerables para que se hagan matar y se me ocurrió que toda violencia desorganizada es como un ciego con una pistola».
En este caso (y además del ciego con la pistola, que también aparece en la novela), la violencia desorganizada surge de tres marchas simultáneas que acaban encontrándose en un punto de Harlem; la de los adoradores del "amor fraterno", la de un grupo religioso de seguidores del "Jesús Negro", y la de los manifestantes del "Poder Negro". Una estúpida intervención de la policía blanca acabará desencadenando el enfrentamiento entre sí de estas tres manifestaciones y la violencia y el saqueo.
A falta de leer la inconclusa y final novela de la serie, Plan B (que sigue en el limbo editorial después de una única y fugaz edición en España, destino que comparten casi todas las obras de Himes, por demás), en la que el autor mataba a sus protagonistas, nada menos que el habitualmente reflexivo Enterrador Jones disparando a Ataúd Johnson antes de ser asesinado él mismo en un clima de apocalíptica revuelta racial total, llegamos a la conclusión de esta serie, un auténtico fresco del conflicto racial en Estados Unidos. Si su tono final pesimista (y de revuelta abierta) hoy parece irreal no es porque Himes fuera mal profeta, porque Himes no pretendía ser adivino. Chester Himes, en sus novelas, se limitó a denunciar un clima moral que pudo desembocar en aquello que temía que sucediera. Tuvo que hacerse un gran esfuerzo por parte de las autoridades y la sociedad civil para revertir la situación y hacer que Harlem, por ejemplo, dejara de ser un gueto para convertirse en el pacífico barrio que los que visitan y viven hoy en Nueva York dicen que es. Pero, insisto, el esfuerzo fue enorme. Y de no haberse hecho, Un Ciego con una Pistola o Plan B serían tal vez más crónica que ficción.
En El Avispón Negro, James Sallis se permite introducir un fragmento de conferencia de Chester HImes. Sallis es biógrafo (tal vez el biógrafo definitivo) de Chester Himes, de modo que no es ocioso que destaque estas palabras. Habla Chester Himes:
«Si al fondear en busca de la verdad, ya como escritor, como es mi caso, o simplemente como individuos que reconsideramos nuestras experiencias, si al fondear en busca de la verdad se nos revela la existencia en la personalidad del negro de la manía homicida, la lujuria, un patético sentimiento de inferioridad, arrogancia, odio, miedo y despecho, debemos admitir que es la consecuencia de la opresión sobre la personalidad humana. Porque estos son los horrores cotidianos, las realidades cotidianas, las experiencias cotidianas, la vida misma de los hombres y mujeres negros de América».

Portada y sinopsis de la edición castellana

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El Tesoro de Sierra Madre, de John Huston

SESIÓN MATINAL

(The Treasure of Sierra Madre); 1948

Director: John Huston; Guión: John Huston, basado en la novela de Bern Traven; Intérpretes: Humphrey Bogart (Dobbs), Walter Huston (Howard), Tim Holt (Curtin), Alfonso Bedoya (Gold Hat), John Huston (Americano del traje blanco en Tampico), Bruce Bennett (Cody), Barton MacLane (McCormick); Dir. de fotografía: Ted McCord; Dirección musical: Leo F. Forbstein; Música: Max Steiner.

Buena adaptación de una novela de Bern Traven, que se beneficia del toque de John Huston en la dirección y de algunas interpretaciones por encima de lo correcto, destacando la de Walter Huston, el patriarca de una saga familiar dedicada al cine.
Tres (después cuatro) gringos en México, arruinados y prácticamente desechos en una sociedad extraña para ellos, se deslumbran por un yacimiento aurífero que, por una vez en esta clase de historias, existe. Tras hacerse ricos en el yacimiento, tras pasar fatigas y penalidades y sufrir el trastorno que siempre provoca la fiebre del oro en su frágil asociación, tendrán que hacer frente al ataque de unos bandidos, sólo para llegar a un final sorpresa de lo más desolador.
Lo que destaca tanto en la novela como en el filme es el sentimiento de miseria y de fatalismo; el aislamiento y las tensiones entre tres hombres solos en un ambiente hostil. Y sobre todo, el hecho de que la vida es una especie de rueda de la fortuna cruel y despiadada, en la que acciones nimias tienen consecuencias terribles.
Un ejercicio equilibrado de estudio psicológico y de película de aventuras que explora el universo de unos caracteres arquetípicos, como son los eternos perdedores.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Centenario del Nacimiento de Django Reinhardt - Concierto de la DR Big Band con Adrien Moignard

Un descubrimiento excepcional.
Django Reinhardt se sitúa entre los mejores guitarristas de jazz, si no el mejor, que jamás hayan existido. Desde luego, fue el epítome de la guitarra en el jazz durante los años 30 y 40, sobre todo su etapa con su Quintet Hot Club de France. No sólo tenía una técnica excepcional, que reaprendió cuando un incendio en su caravana le privó del uso del meñique y el anular de la mano izquierda, surgiendo después mejor guitarrista que antes; poseía un swing tremendo, un dominio del tempo inverosímil (existe una grabación de "Old Man River" con Stéphane Grappelli tocada a un ritmo infernal impecable); una capacidad para las baladas y composiciones lentas absolutamente sentida (como lo demuestra su propia composición "Nuages", un apieza inmortal); y un sonido propio, la guitarra manouche, que ha sido imitada pero nunca superada.
¿Hasta hoy? Porque el descubrimiento no es la música de Django Reinhardt, harto conocida (pregúntenle al Woody Allen de "Acordes y Desacuerdos"), sino Adrien Moignard.
Seguro que no es un descubrimiento particularmente nuevo. Seguro que en los medios especializados, Moignard ya habría sido recibido con todos los honores. Pero para los que no leemos revistas especializadas, que el Cifu nos lo haya mostrado significa señalar a alguien al que vale la pena prestar mucha, muchísima atención, sobre todo después de lo que van a oír.
He escuchado a muchos imitadores, epígonos, seguidores, de Django. Pero cuando oí los primeros compases a la guitarra de este concierto, el libro que tenía entre las manos se me cayó al suelo. Era Django. Después, descubrí que no, que era Moignard, pero que no era una imitación de Django. Sencillamente era un guitarrista que había entendido tan bien la música de Django Reinhardt y que tenía tal técnica y calidad que, por fin, había un sucesor digno de tal nombre en la guitarra manouche. Con estilo propio, aviso; en el estilo de Django, pero con ideas propias, como lo demuestra este concierto y una pieza en especial, el "Impressions" de John Coltrane, algo que Reinhardt no pudo tocar jamás porque ya había muerto, pero que, de haberlo tocado, hubiera podido sonar tal como Moignard lo interpreta.
El futuro de este chaval veinteañero es inmenso. Para empezar, tiene dos dedos más para los acordes que Django; tiene estilo; tiene la herencia de Reinhardt pero también todo lo que ha venido después; tiene técnica y talento para derrochar.
Tal vez les interese saber algo más de él. En esta página tienen una entrevista y algunos fragmentos de sus interpretaciones. Es tímido y simpático. Y un gitarrista enorme.
Gracias al Cifu y su programa Jazz Porque Sí por el descubrimiento y a Rádio Clásica de Radio Nacional de España por ponerlo al alcance del público en sus podcasts.
El programa se completa con grabaciones en recuerdo del espléndido pianista Ronnie Matthews, que no es poca cosa.

Centenario del nacimiento del gran guitarrista Django Reinhardt (Jazz porque Sí)

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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La Pista de Sorra, de Andrea Camilleri

(La Pista di Sabbia)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2010 [2007]
Traducción de Pau Vidal
Serie Comisario Salvo Montalbano nº 16

Conforme avanza la serie de Salvo Montalbano, el peso novelístico va recayendo cada vez más sobre las circunstancias vitales del comisario más que sobre la trama policial. Así, y tras la crisis vital y personal que sufría en La Vampa d'Agosto, un Salvo Montalbano que creía estar acabado profesionalmente y se consideraba despreciable como persona encuentra la oportunidad de demostrarse capaz de resolver un crimen con la brillantez y heterodoxia que acostumbra.
Una mañana, al despertarse (porque todas las novelas de Montalbano, salvo la primera, se inician cuando se despierta en su cama) descubre frente a su casa de Marinella el cadáver de un caballo. Todavía más: mientras él y sus subordinados están siguiendo la pista de por dónde ha venido la pobre bestia, el cadáver desaparece. Esa misma mañana, Rachele Esterman, amazona de rompe y rasga, llega a la comisaría de Vigata para denunciar la desparición de su caballo. Dos más dos deberían sumar cuatro, pero hay detalles lo bastante extraños como para sospechar que el hecho no es tan sencillo.
Montalbano sigue siendo el personaje de la literatura policial más sólidamente enraizado en el territorio y las gentes que le rodean, y ese es su gran mérito. Los casos pueden ser enrevesados, pero la ecología siciliana es un sistema cuasi cerrado que funciona con una precisión matemática. Entenderlo significa descubrir sus anomalías que se desarrollan en casos criminales atípicos, y saber quién no se mueve a su ritmo es tener el indicio de quién es el criminal. Sólo Montalbano está tan inmerso en este biotopo como para vencer en él, y Andrea Camilleri ha comprendido este método y lo desarrolla con una maestría que repite novela tras novela.

Portada y sinopsis de la edición castellana
Portada i sinopsi de l'edició catalana

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Mi Mujer de Cabellera de Fuego de Madera, de André Breton

(Ma Femme à la Chevelure de Feu de Bois)
En La Unión Libre (L'Union Libre)
Poemas, vol. I
Visor Libros, col. Poesía
Madrid, 19933 [1931]

Mi mujer de cabellera de fuego de madera
De pensamientos de relámpagos de calor
De cintura de reloj de arena
Mi mujer de cintura de nutria entre los dientes del tigre
Mi mujer de boca de escarapela y de ramo de estrellas de última magnitud
De dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca
De lengua de ámbar y de vidrio frotadas
Mi mujer de lengua de hostia apuñalada
De lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
De lengua de piedra increíble
Mi mujer de pestañas de palotes de escritura infantil
De cejas de borde de nido de golondrina
Mi mujer de sienes de pizarra de techo de invernadero
Y de vaho que empaña los cristales
Mi mujer de hombros de champaña
Y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo
Mi mujer de muñecas de cerillas
Mi mujer de dedos de azar y de as de corazones
De dedos de heno cortado
Mi mujer de axilas de marta y de haya
De noche de San Juan
De ligustro y de nido de escalares
De brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de mezcla del trigo y del molino
Mi mujer de piernas de cohete
De movimientos de relojería y de desesperación
Mi mujer de pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer de pies de iniciales
De pies de manojos de llaves de pies de calafates que beben
Mi mujer de cebada no perlada
Mi mujer de garganta de Valle de oro
De cita en el lecho mismo del torrente
De pechos de noche
Mi mujer de pechos de topera marina
Mi mujer de pechos de crisol de rubíes
De pechos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer de vientre de despliegue de abanico de los días
De vientre de garra gigante
Mi mujer de espalda de pájaro que huye vertical
De espalda de azogue
De espalda de luz
De nuca de canto rodado y de tiza mojada
Y de caída de un vaso en el que acaba de beberse
Mi mujer de caderas de barquilla
De caderas de lucerna y de plumas de flecha
Y de tronco de plumas de pavo real blanco
De balanza insensible
Mi mujer de nalgas de gres y de amianto
Mi mujer de nalgas de espalda de cisne
Mi mujer de nalgas de primavera
De sexo de gladiolo
Mi mujer de sexo de yacimiento de oro y de ornitorrinco
Mi mujer de sexo de alga y de bombones antiguos
Mi mujer de sexo de espejo
Mi mujer de ojos llenos de lágrimas
De ojos de panoplia violeta y de aguja imantada
Mi mujer de ojos de sabana
Mi mujer de ojos de agua para beber en prisión
Mi mujer de ojos de madera siempre bajo el hacha
De ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego

De André Breton se recuerda que fue el autor de manifiestos surrealistas y que acabó peleado con medio movimiento y ridiculizado por autores y artistas del más diverso pelaje. Se olvida que fue poeta. Tal vez no se le lea mucho. Creo que por lo que antecede deberían cambiar de opinión.
Apenas voy a comentar este poema. Lo publico porque me gusta, porque hoy es hoy y porque me parece una de las aproximaciones a la mujer amada más directas, salvajes y bellas jamás escritas. Si quieren ver surrealismo o escritura automática en alguno de sus versos, adelante, son ustedes muy libres. Pero yo no voy a destripar este poema.

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La Pasión de Multitudes, de Rodrigo Fresán

En Historia Argentina
Ed. Anagrama, col. Otra Vuelta de Tuerca
Barcelona, 2009 [2008]


Como se le comentó al autor desde la apariciónen 1991 de Historia Argentina, ¿cómo era posible que en un libro así titulado no hubiera ninguna historia sobre fútbol? La Pasión de Multitudes es ese cuento, y es excepcional no sólo porque trate de fútbol, que ya es cosa rara.
El relato se inicia in medias res, y su principio solipsista no puede sino evocar a Peter handke, pero de inmediato el protagonista sale de sí mismo para recordar a su familia, un lugar de la memoria en el que expresa el deseo de permanecer. ¿Qué está sucediendo? No lo sabemos. Estamos en la mente del protagonista, sabemos que es portero de fútbol, suponemos que está ante un penalty. Nos enteramos por sus recuerdos que a él nunca le gustó el fútbol, que su triunfo como arquero es del todo inesperado. Sabemos que es el héroe de los partidos en El Colosal, también llamado La Chocolatera.
A partir de ahí seguimos la marcha del pensamiento del protagonista, de sus aspiraciones anteriores, que han quedado en nada hasta convertirse, en forma que intuimos casual, en portero de fútbol. Y entonces, en una brutal vuelta de tuerca, descubrimos la realidad; que los campos de fútbol lo fueron de concentración, que se celebraban partidos entre presos y entre éstos y sus carceleros. Y que hay un penalty que no se puede atajar.
Sin embargo, hay que decir que este no es un cuento de choque. No es importante el detalle revelador y revelado en el momento oportuno, por más que represente una bofetada para el elector, que poco puede esperárselo. Lo importante es la contención de Fresán en el relato, que nos lleva de manera implacable y con maestría hasta el momento del descubrimiento de que hay realidades que se superponen a otras. En este estilo, firme y trazado, es donde el cuento alcanza su totalidad. Porque cualquier parte es relatable, pero no será comprensible sino en el todo.
Me gustaría decir algo sobre Historia Argentina, el libro de relatos que contiene este cuento. Mi costumbre es tratar a los relatos como entidades literarias per se, salvo que la compilación que los agrupa tenga un hilo conductor o relacional que justifique el considerar la colección como un todo. Historia Argentina es uno de esos libros de relatos que podría haber sido tratado de esta manera, con sus personajes que entran y salen de sus narraciones y entrecruzan sus historias en diversos relatos (muy a la manera de Kurt Vonnegut, un autor particularmente querido por Fresán). Sin embargo, y dudando hasta el último momento, he considerado que estos relatos convergentes divergen tanto en su trayectoria como para hacer de una síntesis de todos ellos algo burdo, enrevesado en tan poco espacio y, sobre todo, incompleto. Pero les recomiendo encarecidamente su lectura. Los hay de todos los registros (y mejores y peores, claro) pero todos juntos forman un mosaico admirable.

Portada y sinopsis de Historia Argentina

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Yo Confieso, de Alfred Hitchcock

SESIÓN MATINAL

(I Confess); 1953

Director: Alfred Hitchcock; Guión: George Tabori y William Archibald, basado en la obra teatral de Paul Anthelme; Intérpretes: Montgomery Clift (Padre Michael William Logan), Anne Baxter (Ruth Grandfort), Brian Aherne (Willy Robertson), Karl Malden (Inspector Larrue), Dolly Haas (Alma Keller), O. E. Hasse (Otto Keller); Dir. de fotografía: Robert Burks; Música: Dimitri Tiomkin.

Un sacerdote católico no puede decir a la policía quién ha cometido un asesinato por tener este conocimiento bajo secreto de confesión, y eso aunque el principal sospechoso sea él. Este supuesto se parece a uno de tantos argumentos de telefilmes que tanto abundan hoy. Sin embargo, el toque del maestro se deja sentir: no hallarán un telefilme que, con este argumento, no sea vulgar; pasado por las manos de Hitchcock, el tema adquiere cuerpo.
Es evidente que se trata de una de las obras menores de Hitchcock, pero la perspectiva histórica nos ha mostrado que, en comparación con lo que se rueda hoy en día, una obra menor suya se eleva a la categoría de magistral.
Detalles: la muy buena utilización de los exteriores de Quebec, donde fue rodada. Interpretaciones correctas, sobre todo porque los actores están bien escogidos para sus papeles. Y un sentido fatalista que pervade toda la película y que sólo es responsabilidad del director.
Las historias críticas del cine son fundamentalmente ecuánimes en sus juicios, pero carecen de perspectiva global y temporal. Si están cansados de aburrirse (o irritarse) con pretendidas películas de suspense contemporáneas, les sugiero que vuelvan a cualquiera de los filmes de Hitchcock, aunque sean los menores. La satisfacción está garantizada.

Tráiler:

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A Confederacy of Dunces, de John Kennedy Toole

Grove Press
Nueva York, 198045 [196?]
Prólogo de Walker Percy

De La Conjura de los Necios, casi un emblema para toda una generación, se puede decir que es única. En primer lugar por las circunstancias de su publicación: la madre que lleva la obra de su hijo fallecido, en una mala copia al carbón, a editores hasta que uno de ellos la lee y queda encantado; un morbo al que se añade el hecho de que, en la novela, se hable de una peculiar relación entre un hijo y su madre. Uno puede insistir una y otra vez en que una cosa son los personajes de ficción y otra las personas reales; en el pensamiento común será recurrente la identificación (y Freud y Jung se reirán a carcajadas de todos nosotros en el café vienés de la rueda de las transmigraciones, tanto por las pretensiones de unos como por la malicia de otros, claro). En segundo, por lo misterioso de su autor; es falso que de los muertos no se pueda decir nada que no sea bueno. De los muertos se puede decir, y se dice, de todo. Y, nuevo proceso de identificación, el protagonista es un genio incomprendido, etc.
En seguida, se han establecido comparaciones desmesuradas. Sigue siendo un latiguillo común comparar cualquier novela sonriente o absurda con La Conjura de los Necios. Es como decir que un pato se parece a un ornitorrinco. Tienen elementos comunes, pero así como La Conjura de los Necios es una extraña novela heterogénea que, sorprendentemente, funciona, otras novelas no son más que vulgares patos, en muchos casos mareados o simplemente cojos.
El hecho es que La Conjura de los Necios ocupa un nicho habitado sólo por ella, y la explicación de porqué esto es así es difícil. No es que no beba de tradiciones y sea completamente nueva y original. La influencia del Quijote es clara y directa, en el sentido de que trata de un loco inmerso en un mundo cuerdo que, en realidad, está tanto o más loco que él. Si Reilly, el protagonista, carece de Sancho Panza que le acompañe es porque Toole decidió que ambos no se encontrasen más que por unos breves momentos, porque este personaje existe: el negro Burma Jones, probablemente el carácter más fascinante de esta novela, al menos en su relectura. Si las influencias de Cervantes son evidentes, las rabelesianas son palmarias; todo en Ignatius Reilly es excesivo: su físico, sus costumbres, su apetito, su visión macrocósmica de su propio microcosmos, su habitación, su salud, su carácter, su prosa y su verbo. Incluso, y arriesgándonos algo, podríamos hallar algo de Bulgákov (o de Flann O'Brien), por lo menos en la comisaría de policía.
El caso es que, insisto, funciona. Y ese es su gran mérito, porque en esta novela no se puede empatizar con nadie. El zafio, rastrero, mentiroso y aprovechado Ignatius Reilly se merece con justicia tres cuartas partes de los reproches que su zafia, rastrera, mentirosa y aprovechada madre le dedica. Los únicos personajes redimibles (salvo Burma, insisto, todo un carácter) son marginales en la narración.
Y, en efecto, Reilly sufre una auténtica conjura contra él, y de la peor especie, como son las conjuras bienintencionadas, que pretendes alienarlo del undo para que así la locura normal, la necedad, siga su transcurso normal y necio.
Pero las aventuras que se relatan son tan extemporáneas (como las de Don Quijote), que la novela es divertida, por lo menos en su primera lectura. Releída, lo es menos.
Releída, lo que uno percibe es lo opresivo que debió resultar Nueva Orleans, no para Reilly, sino para el propio Toole (en contraste, por ejemplo, con la Nueva Orleans de las novelas de James Sallis, descarnada, brutalmente realista en sus miserias, pero contemplada con afecto) y que hace que la redención de Reilly, aportada por su estrafalaria novia, Myrna Minkoff, sea la del traslado a Nueva York, la tierra de los genios locos y patria de las locuras. Releída, se percibe lo angustioso de la visión utilitaria de la cultura, la incomprensión hacia esta por sí misma; la contemplación de una sociedad y personajes vulgares y provincianos, que asumen sus defectos como tradiciones de las que sentirse orgullosos en un mundo lineal y cuadriculado. Hay un hubris de la sociedad "normal" neorleanesa incesante en esta novela, y es uno con el que Toole no se sentía a gusto, hasta el punto de hacer de ella ─el novelista siempre se venga─ una venganza permanente.
Léanla, si no lo han hecho. Pasarán un rato muy divertido. Y reléanla si ya han pasado por ella. Encontrarán cosas que no sospechaban en su primera lectura. Por eso es única.

Portada y sinopsis de la edición castellana
Portada y sinopsis de la edición estadounidense
Ignatius' Ghost, blog que hace un recorrido fotográfico por las localizaciones de la novela

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La Vida de los Piratas, edición de Stuart Robertson

(The Pirate's Pocket-Book)
Ed. Crítica, col. Tiempo de Historia
Barcelona, 2010 [2008]

Editado por Stuart Robertson, porque en realidad este libro es, en efcto, la vida de los piratas «Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores», algo que ya se había intentado hacer con The Pirates Own Book, publicado por Dover Books (y que se puede encontrar en este enlace del Proyecto Gutenberg).
Por descontado, libros de divulgación sobre la piratería hay muchos, pero uno que se refiera, para los diversos temas, a la propia voz de los protagonistas, añade un sabor especial a la cuestión.
Anotado y precisado lo justo para hacer comprensibles los testimonios y poner en situación los temas, pasa por lo habitual en estos casos, como son las andanzas de los piratas más famosos, la bandera pirata, la historia de los bucaneros, etc. y por los aspectos menos conocidos, como la vida de los piratas en tierra, la cirugía a bordo, lo que hay de verdad en el pirata con un loro al hombro, la vestimenta, la justicia y los motines a bordo, la alimentación y la bebida, ron principalmente (ahí va la receta de una de las bebidas piratas favoritas, el ponche de ron: una parte ácida (zumo de limón o lima o naranja), dos partes dulces (azúcar blanco o moreno o sirope), tres fuertes (ron) y cuatro suaves (agua); puede aromatizarse con especias, como la nuez moscada, y servirse frío o caliente).
Que está bien documentado, tratándose de un libro de testimonios, es innegable. Que esta selección es buena lo muestra que cubra todo este espectro de la vida de los filibusteros, con amenidad y rigor. Por su composición, un libro imprescindible para el estudio y comprensión de la Edad de Oro de la piratería.



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Stuart Robertson


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Galápagos, de Kurt Vonnegut

(Galápagos)
Ed. Planeta/Eds. Minotauro, col. Clásicos
Barcelona, 2009 [1985]

Pese a que en las obras de Vonnegut las cosas no suelen ser lo que parecen, esta Galápagos sí va sobre las islas Galápagos y sobre la evolución.
Relatada por Leon Trout, hijo del recurrente personaje escritor de ciencia ficción Kilgore Trout, convertido en fantasma, un millón de años después de una gran catástrofe (incidentalmente, esta gran catástrofe es un colapso financiero mundial junto a una enfermedad que inhibe la reproducción), catástrofe que elimina casi por completo a la raza humana de la faz de la Tierra, describe cómo los últimos supervivientes llegan, en un crucero desngelado, a las islas Galápagos y así se convierten en el núcleo de la nueva humanidad (que, un millón de años después, es algo muy diferente de lo que conocemos).
Vonnegut siempre emprende un viaje de ida y vuelta desde lo universal a lo individual y de regreso a lo universal, aunque nunca regrese al mismo punto del que partió. Así, de la descripción del mundo y su reflejo en Guayaquil, donde se alojan los pocos participantes en ese crucero, descendemos hacia las vidas de cada uno, y de esas vidas, anodinas y particulares, volveremos a la historia de la humanidad, consecuente con sus caracteres pero que, con sus defectos, serán el punto de renacimiento de ésta.
La omnipresente ironía suave de Vonnegut sigue señalándonos lo estúpido de nuestra sociedad y de nosotros mismos; lo absurdo de nuestro comportamiento y de nuestras convenciones, y nuestra fragilidad humana en lo efímero de nuestras vidas, en las que lo mejor a lo que podríamos aspirar es a tener un poco de amabilidad para con nuestros semejantes.
Hay otro punto, sin embargo, distintivo de esta novela. Hemos dicho que es una novela evolucionista; de hecho, darwinista, y este factor está perfectamente reflejado en la misma: desde la supervivencia accidental de unos genes, que pueden desarrollarse si encuentran un ambiente favorable, a la supervivencia de los genes más aptos, están incluidos en el texto. En este aspecto, Galápagos es una de las pocas novelas que tratan el tema como hay que hacerlo, es decir, sin dejarse llevar por él y supeditándolo a lo literario; pero tampoco evitándolo.
Como siempre, un placer de lectura proporcionado por un autor único.

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Luna Nueva, de Howard Hawks

SESIÓN MATINAL

(His Girl Friday); 1940

Director: Howard Hawks; Guión: Charles Lederer, basado en la obra The Front Page de Charles MacArthur y Ben Hecht; Intérpretes: Rosalind Russell (Hildy Johnson), Cary Grant (Walter Burns), Ralph Bellamy (Bruce Baldwin), Gene Lockhart (Sheriff Hartwell), Porter Hall (Murphy), Ernest Truex (Bensinger), Cliff Edwards (Endicott), Clarence Kolb (Alcalde), Roscoe Karns (McCue), Frank Jenks (Wilson), Abner Biberman (Louie), Frank Orth (Duffy), John Qualen (Earl Williams), Helen Mack (Mollie Malloy), Billy Gilbert (Joe Pettibone), Alma Kruger (Sra. Baldwin); Dir. de fotografía: Joseph Walker; Dirección musical: Morris Stoloff; Música: Sydney Cutner.

La primera vez que se rodó este argumento (The Front Page, 1931) funcionaba; Hawks hizo Luna Nueva y no sólo siguió funcionando, sino que hizo esta obra maestra; en 1974 Billy Wilder lo hizo funcionar de nuevo (Primera Plana); y en 1988 se volvió a roday y, aunque más débilmente, siguió funcionando. De modo que loor y gloria a Charles Lederer, autor del guión, y a MacArthur y Ben Hecht, que lo eran de la obra teatral.
Y en cuanto a esta versión, la mejor de todas (lo que demuestra que no todos los remakes tienen que ser menores que el original), Hawks realiza una película con un ritmo endiablado, una de las más trepidantes de la historia del cine (tal vez junto a Uno, Dos, Tres de Wilder), que salta a velocidad de vértigo de situación en situación, de agudeza en agudeza, y con unos movimientos de cámara magistrales y unas actuaciones, tanto principales como secundarias, de libro. Un Cary Grant inconmensurable, en el papel que mejor le cuadraba, el del simpático bribón, y una Rosalind Russell espléndida. El papel le llegó después de haber sido rechazado por Jean Arthur, Ginger Rogers, Claudette Colbert e Irene Dunne, pero la Russell está maravillosa: guspísima, atrevida, mordaz en un mundo masculino, ingeniosa, cínica y tierna en los momentos en que debe estarlo, compone un monumento interpretativo.
Una de las mejores comedias, con toques de humor negro, jamás rodadas, Luna Nueva es una obra maestra del cine.

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Una Part del Tot, de Steve Toltz

(A Fraction of the Whole)
Eds. La Campana, col. Tocs
Barcelona, 2010 [2008]

Repetidamente anunciada como fruto de un gran talento cómico, muy divertida, llena de humor y semejante a La Conjura de los Necios (una comparación como mínimo arriesgada), Una Parte del Todo posee, en efecto, un gran sentido del humor en muchos pasajes de sus 761 páginas. Pero claro, el lector que se deje llevar por este torrente de gracias anunciadas esperando una obra desopilante puede quedar más bien desconcertado cuando topa con pasajes como este que habla de un suicida: «¿Por qué deseamos que las personas que queremos vuelvan a la vida si eran tan claramente desgraciadas? ¿Tanto las odiábamos?»
Y claro, es que para vender algo en esta época y sociedad nuestras, anunciar que contiene la menor trascendencia se considera poco rentable. Hoy El Quijote probablemente sería anunciado como "comparable a los mejores Monty Python", Crimen y Castigo como "una sátira sutil para el lector más inteligente" y el cine de Bergman como algo que "ridiculiza a las personas que se toman la vida demasiado en serio". Si no eres chispeante, amigo mío, no eres comercial, y por tanto eres un paria.
Entrando en asuntos de mayor ecuanimidad y enjundia literaria, digamos que Una Parte del Todo ha sido finalista del Booker y el Guardian, que, aun sin ganarlos, no es poca cosa. Las razones por las que no los ganó pueden intuirse en los defectos de las primeras novelas y que suelen ser comunes, como extenderse demasiado en ciertos pasajes, alargarse en algunas situaciones. Por lo demás, y salvados estos momentos en que el lector tiene derecho a impacientarse, la novela es más que decente, y merece la pena leerla (sobre todo porque con este inicio prometedor, habrá que seguir a Steve Toltz).
¿Y de qué va Una Parte del Todo? Con 761 páginas, se puede decir que va de la vida, el universo y todo lo demás. Pero, intentando concretar, podemos decir que es la historia de un padre, su hijo y el tío de éste y hermano de aquél. El difunto tío es el delincuente más famoso de Australia (y por tanto, un personaje querido y admirado; los australianos, según parece, son así). El padre ha tenido que soportar toda la vida la sombra de este hermano, que le robó la fama, la novia, el reconocimiento y la vida propia. Conforme a la rebelión que esto le provoca se convierte en un misántropo feroz; y la historia de su hijo, que recibe la carga de tener semejante excentricidad de padre e intentar llevar una vida normal mientras procura por todos los medios no parecerse a él. Divertido, ¿verdad? Bueno, más de lo que parece, sobre todo por el tono irónico que muchas veces destila esta novela. Y tampoco es tan abstracta y cerrada como este resumen, necesariamente breve, pueda aparentar. Es la historia de un círculo cerrado, pero abierto al mundo. Una historia sobre individualidad y rebeldía, sobre la carga de la familia y sobre el estereotipo social que conlleva, todo ello desarrollado con imaginación y buen gusto literario, con sus momentos divertidos y sus instantes de ternura y sentimiento. Una buena novela de un autor a seguir.

Portada y sinopsis de la edición catalana

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No Sólo Hitler. La Alemania Nazi entre la Coacción y el Consenso, de Robert Gellately

(Backing Hitler. Consent and Coercion in Nazi Germany)
Ed. Crítica, col. Memoria Crítica
Barcelona, 20023 [2001]

De nuevo. El título original dice: Respaldando a Hitler. Consentimiento y Coerción en la Alemania Nazi. Que es algo distinto a como lo han titulado aquí. Pase lo de intentar una frase "de impacto" para el título, pero, ¿por qué cambiar el subtítulo? Es irritante esta manía de suplir al autor.
Bueno, Gellately pretende con este libro responder a la pregunta de qué cantidad y qué tipo de información recibía el público alemán durante el Tercer Reich, y proviene del hecho de haber encontrado en una de las fichas de la Gestapo un recorte de un reportaje de sobre un caso denunciado. Esto era contradictorio con la idea de que la mayor parte del terror nazi se había llevado en secreto.
En este aspecto, el libro tiene un éxito relativo. Es cierto que los alemanes fueron conscientes de vivir en un estado policial. Es cierto que este estado estuvo basado en la delación, y Gellately demuestra numéricamente que las acciones iniciadas por la Gestapo dueron muy pocas, siendo las más denuncias y delaciones, interesadas o no, realizadas por ciudadanos alemanes contra terceras personas. Y es cierto que en muchas ocasiones la prensa actuó mostrando el resultado de las delaciones; y que en muchas otras los elementos del estado nazi no se privaron de realizar ejecuciones públicas, y de dejar los cadáveres expuestos durante días.
Todo lo cual no es nuevo, o lo es relativamente. Viene a confirmar cosas que se intuían o sabían, pero tampoco aclara nada sobre el tema de base del libro, es decir, cuánto y qué sabían los alemanes.
Pero hay dos capítulos que sí contienen materia nueva y pertinente. El primero está dedicado a la justicia policial. En efecto, hubo una acción repetida y continuada por parte de las autoridades nazis en suplir, objetar y corregir la actuación judicial, autorizando a los elementos policiales a desdeñar las sentencias de los tribunales, corregirlas o aumentarlas (o, sencillamente, pasar por encima de ellas), manteniendo el confinamiento en campos de concentración cuando la sentencia expiraba o cuando era absolutoria, y en algunos casos aplicando penas de muerte no judicializadas.
El segundo tema es completamente nuevo y mucho más indicativo, y es el sistema de subcampos. Se sabía que Auschwitz-Birkenau tenía unos campos satélite, pero se daba por supuesto que eran "delegaciones" en industrias ad hoc o instalaciones productivas similares. Sin embargo, el descubrimiento radica en estos subcampos instalados en lugares públicos en el centro de ciudades, con prisioneros mantenidos allí para trabajar, pero tratados, en todo dalvo las cámaras de gas, como si estuvieran en el Lager, incluyendo ejecuciones mediante tiro en la nuca de forma arbitraria y pública. Y las cifras son asombrosas: Dachau llegó a crear 197 subcampos; Sachsenhausen, 74; Buchenwald, 129; FlossenBürg, 97; Mauthausen, 62; Ravensbrück, 45; Neuengamme, 90; Gross-Rosen, 118; Mittelbau-Dora, 32; Auschwitz (sin Birkenau), 50; Majdanek, 14. Algunos de ellos en ciudades como Braunschweig, Dessau, Dusseldorf, Essen, Leipzig y Weimar.
Es significativo. Porque la leyenda de que del sistema de campos sólo tenían noticia los pobladores de zonas cercanas a los campos principales se desvanece de un plumazo. Cuando menos las condiciones de trabajo, alimentación y alojamiento de los campos eran cosa pública para todos, amén del trato y la "justicia" que aplicaban los guardianes. Y cualquier trato humanitario hacia los prisioneros por parte de la ciudadanía estaba severamente castigado.
Es significativo que 70 años después sigamos descubriendo cosas nuevas sobre la arquitectura del horror. La vergüenza no puede convertirse en silencio, y el conocimiento tiene que convertirse en memoria. Ya no para que no se repita, sino para que no se niegue lo que sucedió.

Portada y sinopsis

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Cotó a Harlem, de Chester Himes

(Cotton Comes to Harlem)
Eds. 62, col. Seleccions de la Cua de Palla
Barcelona, 1990 [1965]
Serie Coffin Ed Johnson y Gravedigger Jones nº7

La capacidad de Chester Himes de tratar de cosas muy serias mediante el humor, aunque sea negro, siempre ha estado presente en sus novelas, y esta Algodón en Harlem no es una excepción.
Al principio de la novela nos hallamos en una concentración del movimiento "Retorno a África", que ofrece a cada familia transporte gratis a África, cinco acres de tierra fértil, una mula, un arado y las semillas necesarias. Todo ello a cambio de unos módicos mil dólares.
Huele a timo, y más cuando quien está al frente es el "reverendo" O'Malley, recién salido de la prisión después de haber tenido sus más y sus menos con el sindicato del crimen, pero la policía no puede intervenir por no provocar un motín popular. Cuando son robados los ochenta y siete mil dólares de la recaudación, la sospecha es que el timo se ha consumado, pero el propio O'Malley parece ansioso por recuperar el dinero. Ataúd Johnson y Enterrador Jones sospechan que puede haber alguien que haya jugado sucio con O'Malley, que se lo tendría bien merecido, pero hay 87 familias que lo han perdido todo, hasta la esperanza.
Y, además, en pleno corazón de Harlem, se ha abierto una oficina del "Movimiento de Retorno al Sur", dirigida por un coronel de Alabama que ofrece que los negros vuelvan al sur a recolectar algodón. Las cosas están que arden en Harlem.
Himes sigue moviéndose como pez en el agua por el Harlem de las esperanzas rotas y las eternas contradicciones y, en broma o en serio, nos brindará un nuevo paseo por los sueños de una comunidad y el desolador panorama de las ambiciones de sus habitantes.
No hay héroes en las historias de Himes, porque no hay nada que lleve al heroísmo, en una comunidad donde la lucha por la mera supervivencia es continua y los ideales son limitados por el día siguiente. Es una visión pesimista, pero tener cualquier otra visión hubiera sido una claudicación ideológica insoportable, escribir una nueva Cabaña del Tío Tom que hubiera sido tan irreal como vergonzante.

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¡Qué Noche la de Aquel Día!, de Richard Lester

SESIÓN MATINAL

(A Hard Day's Night); 1964

Director: Richard Lester; Guión: Alun Owen; Intérpretes: The Beatles, Wilfrid Brambell (abuelo de Paul), Norman Rossington (Norm), Victor Spinetti (Richard, director de TV); Dir. de fotografía: Gilbert Taylor; Dirección musical: George Martin; Letra y música: The Beatles.

Fue una bocanada de aire fresco en su día, y sigue siendo una obra maestra disfrutable cien por cien. El género de cantantes en el cine adolecía de unos manierismos que lo hacían poco creíble (los casos más claros son las películas de Elvis Presley): trasladar a un cantante o grupo a una situación ficticia, hacerle representar un papel que no era el suyo, cuando el público sólo lo veía a él, y trufar entonces la película de intervenciones musicales cuya máxima paradoja es que fingían ser interpretadas por alguien que no era el cantante. Todo ello era un inmenso error.
El guionista de A Hard Day's Night recoge un principio más sencillo y creíble: los Beatles son los Beatles, que es lo que el público espera y desea, y estos Beatles, hostigados por su mánager y el abuelo de Paul, van desde Liverpool a Londres para participar en una actuación de televisión. Claro que para ello el guión tuvo el acierto de dar a cada uno de los Beatles una personalidad (George el tacaño, etc) distintiva, y que ésta fuera asumida por los implicados. Y claro, el genio de Richard Lester, que entonces estaba en su mejor momento. De estas felices coincidencias surgió una comedia divertida, un testimonio del swinging London y una película en la que todos los implicados se nota que están a gusto. Imprescindible.

Tráiler:

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El Avispón Negro, de James Sallis

(Black Hornet)
Poliedro/Julieta Lionetti
Barcelona, 2004 [1994]
Serie Lew Griffin nº3 [1 en la cronología interna]

Uno se pregunta cuánto aman los editores las obras que ellos mismos publican y en las que, en teoría, creen. Digo esto porque ya está bien que editoriales publiquen series enteras sin indicar, ni tan siquiera dar una pista de su orden interno, tanto más cuando sus personajes e historias se refieren de continuo a sucesos pasados. Después de leer cuatro novelas de Sallis, he tenido que espabilarme por mi cuenta para saber en qué desorden las había leído. La editora me podrá decir que es fácil hallar esta información por internet. Y responderé que más fácil es para ella recibirla del agente literario o, en último caso, buscarlo ella misma por internet e indicarlo en la solapa; más que nada por respeto al lector que es quien mantiene operativo el negocio. Digo yo.
En fin. El Avispón Negro es la tercera novela que Sallis escribió (o dio a publicar), pero es la primera cronológicamente hablando de su personaje Lew Griffin. Ya hemos hablado de Sallis y su serie sobre el detective a tiempo parcial Lew Griffin, que aquí no es todavía profesor de literatura sino un joven desorientado y con problemas que no sabe qué hacer con su vida.
Por lo menos a largo plazo, porque en su inmediato presente sí tiene un objetivo y es descubrir quién es el misterioso francotirador que ataca en la Nueva Orleans de los años sesenta, amenazando con elevar la temperatura del conflicto racial hasta niveles insoportables.
Los elementos que se hallan en las novelas de Sallis están aquí presentes: el tema racial, la incisiva y fascinante visión de Nueva Orleans y de sus gentes y su vida en los planos individuales y sociales.
Pero sobre todo, define los elementos que forman y conforman el universo vital de Lew Griffin: su historia, sus amigos, sus amores, sus colegas, sus lugares de referencia.
Sallis, además, posee un estilo literario muy personal y distintivo, que ya he resaltado en mi anterior comentario a El Ojo del Grillo, y este estilo original y brillante está presente en todas sus novelas, con lo que será difícil que las reseñe, porque sería reiterar los elogios y describir únicamente el argumento. Pero créanme, reseña o no, valen la pena. Individualmente, pero sobre todo en su conjunto coherente.

Portada y sinopsis

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Esplendor i Glòria de la Internacional Papanates, de Quim Monzó

Ed. Quaderns Crema, col. Biblioteca Mínima
Barcelona, 2010 [2001-2004]

Este Esplendor y Gloria de la Internacional Papanatas es el último libro de Quim Monzó por el momento, y es una compilación de los artículos o crónicas que hace, de forma casi diaria, en La Vanguardia. No es que este detalle sea importante, ya que Monzó tiene por costumbre escribir cuentos que parecen crónicas y crónicas que asemejan cuentos.
Sin embargo, en este caso hay un tenue y subterráneo hilo conductor, percibido muy bien por el autor, que por ello lo ha titulado, empleando la expresión acuñada por Jordi Barbeta, con esa referencia a la Internacional Papanatas, no-organización internacionalista, inconsciente, alógica, autocomplaciente y poseedora, creen su militantes (que lo son sin saberlo), de una Verdad, así, con mayúscula, la mayor parte de las veces demencial, siempre absurda.
Esta "amalgama entre progre y aborregada" ya lleva tiempo creándose y corriendo entre nosotros, de forma muy preocupante. Y quién se atreve a decirles algo, cuando son tan bienintencionados y sus ideales tan ideales. Quim Monzó lo hace, y además les recuerda que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno y que los ideales son muy bonitos pero que, por un caso, poner una florecilla en el cañón del fusil de un SS es pecar de suicidio voluntario por gas zyklon y de imbecilidad adquirida (que es mucho peor que la congénita).
Son esos papanatas que te felicitan efusivamente cuando tienes un hijo, te congratulan cuando tienes la parejita y, con toda seriedad, cuando tienes un tercer hijo te adoctrinan diciendo que eres un poquito insolidario, por tener un tercer hijo biológico cuando hay tantos niños por adoptar en el mundo. Son los que abogan, con toda seriedad, por los derechos de los animales. No se confundan, ¿eh? He dicho derechos, no respeto, ni amabilidad para, ni ausencia de crueldad con; derechos. Son los de la escuela inglesa que prohibe la representación de Los Tres Cerditos porque podría ofender a las minorías religiosas que no comen cerdo. Son (y esto no es un invento) los que se queman a lo bonzo, pero protegidos con ropa ignífuga. O aquel locutor que, hablando de la angustia de los animales por los petardos en la verbena de San Juan, dijo: "...sí, porque los perros y perras de esta ciudad..."
No sólo estos papanatas están presentes en esta antología. Con 116 crónicas contenidas en este libro, los temas deben ser variados en extremo. Pero sí que el fenómeno tiene un auge tan desmesurado que es imposible no toparse con él. Y entonces es cuando surge la necesidad de la ironía, y la necesidad de gente como Quim Monzó. Necesidad no sólo de su denuncia, sino de cómo la realiza: de una forma literaria impecable, con un cinismo benéfico, con un buen humor que los papanatas o bien han perdido o no han poseído jamás.

Portada y sinopsis de la edición castellana
Coberta i sinopsi de l'edició catalana

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Empieza el Calor, de Chester Himes

(The Heat's On)
Ed. Bruguera, col. Libro Amigo, serie Novela Negra
Barcelona, 19812 [1966]
Serie Coffin Ed Johnson y Gravedigger Jones nº6

Lo que todos los lectores de la serie de Himes se preguntan tarde o temprano, es decir, cuándo serán expedientados Ataúd Ed Johnson y Enterrador Jones por brutalidad policias, sucede en esta novela.
Claro que también suceden las otras cosas habituales en las novelas de Himes: un gigantesco negro albino de cortas luces, una sanadora por la fe anciana, filosófica y ambiciosa como una joven, un chófer heroinómano poco experto en el manejo de explosivos, un africano con turbante, un perro que más parece un león.
Un cargamento de heroína detrás del que va todo el mundo.
Y Harlem, claro.
Un Harlem en el que la vida vale muy poco y la muerte es omnipresente.
En un calor sofocante, Ataúd Johnson y Enterrador Jones tendrán que bregar con una serie de asesinatos inconexos que les desorientarán. Hasta que un par de asesinos a sueldo dejen al borde de la muerte a Enterrador Jones, y entonces será cuando Harlem conozca la furia vengativa de Ataúd Johnson.
El juego constante entre humor y tragedia, habitual en Himes, sigue aquí tan presente como en el resto de sus novelas, componiendo por contraste un cuadro verista socialmente, unas escenas inquietantes, demasiado inquietantes como para desecharlas por ficticias.
En este paseo por la serie seminal de Himes me he abstenido hasta hoy de proponerles la tesis que se trasluce en toda su obra, entre otras cosas porque prefería enumerar primero las diversas virtudes y elementos que la componen; pero ya va siendo hora de decir que toda la obra de Himes consiste en el papel del negro en la cultura americana. Rechazado o emigrado del Sur, hacinado en su gueto en el Norte, el mundo del negro es contemplado por el blanco como una sociedad propia, con sus propias reglas, un mundo aparte en el que puede suceder cualquier cosa. Y esas cosas suceden, nos dice Himes. Suceden porque mediante esa alienación, la sociedad americana ha logrado enfrentar a la sociedad negra consigo misma. Dejándolos en su propia misera, aislados y con sus propias normas en un universo cerrado, la sociedad blanca logró hacerlos llegar a un punto en que los negros empezaron a autodestruirse. Una situación insostenible. En ese contexto, con el crimen o su tentación a flor de piel (muchas veces motivado no por las ansias de poseer más, sino simplemente por las ansias de poseer algo, o de meramente sobrevivir), la actuación de los dos policías de Harlem, excesiva y brutal como es, puede entenderse como un desesperado intento, por todos los medios, por mantener un poco de orden en el caos, por mor de la supervivencia de la sociedad negra en los Estados Unidos.

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El Invisible Harvey, de Henry Koster

SESIÓN MATINAL

(Harvey); 1950

Director: Henry Koster; Guión: Mary Chase (con Oscar Brodney), basado en la obra teatral de Mary Chase; Intérpretes: James Stewart (Elwood P. Dowd), Josephine Hull (Veta Louise Simmons), Victoria Horne (Myrtle Mae Simmons), Peggy Dow (Miss Kelly, enfermera), Cecil Kellaway (Dr. Chumley), Charles Drake (Dr. Sanderson), Jesse White (Wilson, auxiliar sanitario), Nana Bryant (Hazel Chumley), Wallace Ford (Lofgren); Dir. de fotografía: William Daniels; Música: Frank Skinner.

Un borrachín tiene a un enorme conejo blanco como amigo imaginario, y su hermana intenta incapacitarlo judicialmente.
Esta película de argumento extemporáneo es la demostración palpable de que cuando se toman riesgos pero todos los implicados muestran auténtica dedicación, el riesgo asumido rinde un enorme beneficio artístico.
Partiendo de una premisa extravagante, esta película además trata sobre la bondad, la locura inofensiva, la ambición y el valor del individuo en la sociedad. basada en una obra de teatro transportada casi literalmente a la pantalla, funciona gracias a la dedicación de sus actores principales, que lograron interpretaciones grandiosas y una película llena de declaraciones memorables, como esta de Elwood/James Stewart:
«Harvey y yo tenemos cosas que hacer... nos sentamos en los bares... tomamos una copa o dos... y ponemos música de la máquina de discos. Muy pronto los rostros del resto de gente se giran hacia mí y sonríen. Dicen: "No sabemos su nombre, caballero, pero usted es un buen tipo, un buen tipo". Harvey y yo nos confortamos en estos momentos dorados. Llegamos como extraños; pronto tenemos amigos. Vienen hacia nosotros. Se sientan con nosotros. Nos hablan. Nos cuentan de las grandes y terribles cosas que han hecho y de las grandes y maravillosas cosas que van a hacer. Sus esperanzas, sus reproches. Sus amores, sus odios. Todo muy enorme, porque nunca nadie lleva nada pequeño a un par. Entonces les presento a Harvey, y él es más grandioso y enorme que nada que me puedan ofrecer. Cuando se marchan, lo hacen impresionados. La misma gente rara vez vuelve.»

Tráiler:

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Feathertop, de Nathaniel Hawthorne

(Feathertop)
En Horrorscope, Mitos Básicos del Cine de Terror, vol. 1
Edición de J. A. Molina Foix
Editorial Nostromo
Madrid, 1974 [1852]

El hubris de la Nueva Inglaterra colonial, fortísimo, desde siempre ha dejado impronta en sus literatos, y el primero de estos auténticamente enraizado allí fue Nathaniel Hawthorne. Creció en el país en el que se produjo el proceso por brujería más célebre de la historia, y es seguro que es el escritor que más cerca estuvo de quien protagonizó el suceso y de su relato, y por tanto no es de extrañar que de continuo aparezca el diablo campando por sus respetos en su ficción. Pero Hawthorne no era un folklorista. Nació en una sociedad puritana, tal vez la más puritana de toda la joven norteamérica, pero en toda su ficción, tanto la fantástica como la que no, muestra una crítica implacable hacia este puritanismo inmovilista e hipócrita.
Feathertop no es una excepción, y constituye, además de un delicioso cuento de brujas, una sátira de los usos y costumbres de la época. Vamos por partes. La Madre Rigby, una bruja tan canónica que merecería figurar en los anales de la literatura fantástica, decide fabricar un espantapájaros. El meollo del asunto es que, a pesar de los materiales de fortuna que emplea, le sale muy bien, tanto como para ser «demasiado bello para desempeñarse como espantapájaros [...] ¡Vaya, si yo he bailado con otros más feos cuando los compañeros escaseaban en nuestros aquelarres del bosque! ¿Qué sucedería si lo dejara probar suerte entre los otros hombres de paja que circulan afanosamente por el mundo sin nada adentro? [...] ¡Encontrará muchos hermanos suyos en todas las esquinas!»
Dicho y hecho. Dándole el aliento vital mediante el humo de tabaco de una pipa, Feathertop (nombre, "Cabeza de Plumas", que refleja su naturaleza, todo apariencia, nada de cerebro) es enviado al mundo con la misión de hacerse un lugar en él, y el viático con el que parte es que hable aunque no tenga nada que decir; nada coherente, al menos. «Era maravilloso ver hasta qué punto se comportaba como un ser humano. Sus ojos (porque parecía poseer un par) estaban fijos sobre la Madre Rigby, y en los momentos oportunos inclinaba o meneaba la cabeza. Tampoco le faltaban palabras apropiadas para la ocasión: "¡Vaya! ¡Por favor! ¡Le ruego que me lo cuente! ¿Es posible? ¡Quién lo habría dicho! ¡De ningún modo! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ejem!", y otras ponderables exclamaciones que demuestran que el que escucha está atento, indaga, asiente o discrepa.»
Y así entrará en el mundo. Percibido en su realidad sólo por un perro y un chiquillo, a los que nadie hace el menor caso, Feathertop se hará un lugar en la sociedad, e incluso conquistará a la hija del juez.
Aunque hay un pequeño inconveniente. Todos, al verle, pueden creer que es lo que no es, salvo una sola persona...
Feathertop es un relato irónico profundamente divertido, inefable en su sencillez y magistral en su construcción, que introduce el tema fantástico como asunto de hecho (que es como hay que hacerlo; en el género de terror y fantasía, la mejor manera de fracasar es justificar, o avergonzarse, si quieren, de lo sobrenatural); prosigue en su mejor tradición satírica y se desarrolla con una suavidad y credibilidad casi insultantes por su facilidad. Desde el primer "¡Dickon! ¡un tizón para mi pipa!" el lector queda atrapado, y sigue los pasos de Feathertop por el mundo con simpatía y, porqué no decirlo, algo de piedad por un espantapájaros que es más humano que muchos hombres.

Enlace al blog El Espejo Gótico, que publica completo el cuento Feathertop

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Escritos Corsarios, de Pier Paolo Pasolini

(Scritti Corsari)
Eds. del Oriente y del Mediterráneo, col. Encuentros, serie Comunicación
Madrid, 2009 [1973-1975]
Trad. de Juan Vivanco Gefaell

Al lado del cineasta, es menos conocido el excelente Pasolini novelista, el poeta (más que bueno) y el articulista. Es esta última faceta la que se explora en este libro, concretamente los artículos de prensa publicados los años 73, 74 y 75 (justo el año de su nunca esclarecido asesinato). Una miscelánea compuesta de críticas de libros, artículos de fondo, polémicas políticas y reflexiones personales y sociales.
En estos artículos descubriremos al Pasolini que se intuye en su obra fílmica, el intelectual comprometido, polemista feroz, capaz de discutir con los grandes intelectuales de su tiempo (Eco, Sciascia, Moravia, Calvino...), pero que lo hace desde un respeto que se percibe mutuo y desde el argumento intelectual, apasionado pero no pasional.
Pero el lector se llevará una sorpresa. En efecto, Pasolini, desde el primer artículo leído, se muestra como un hombre de clarividencia excepcional. Sorprende que en el tratamiento de temas concretos de su tiempo, Pasolini se mostrara capaz de analizar y situar en el futuro la evolución social, no sólo italiana sino occidental, una evolución que tal vez pudiera intuirse en la década de los setenta, pero que Pasolini traza argumental e intelectualmente conclaridad, de tal manera que lo que está sucediendo en pleno siglo XXI Pasolini ya lo viera entonces: la disolución de las diferencias de clase, la unificación del proletariado en la pequeña burguesía, el consumismo como ideología predominante (que hizo obsoletas las ideología comunista y vaticanista) y la aculturación de las clases populares.
La imagen de Pasolini como un comunista de partido no es exacta; en estos artículos se aparta de la ortodoxia del PCI (lo que provocó no poca furia contra su persona) y la denuncia como apartada de la realidad, como anquilosada y, sobre todo, como equivocada en la comprensión de la mentalidad de sus conciudadanos. En esa irreductible calidad de pensamiento uno intuye amargamente las causas que provocaron su asesinato. Incordio de los democristianos, a los que denominaba clerical-fascistas, incómodo para los comunistas, en una época en la que el partido radical italiano apenas tomaba impuso, su asesinato resultó, si no útil, sí por lo menos conveniente para muchos. Nos queda su obra, en la que sigue incordiando después de muerto a la clase política y a la sociedad conformista. No es que sus escritos vayan a cambiar nada. Pero demuestran la necesidad que tenemos de intelectuales de este calibre, y la escasez de pensamiento independiente y crítico.

Portada, sinopsis, algunos artículos de Pasolini y reseñas del libro

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Los Hombres que No Amaban a las Mujeres, de Stieg Larsson

(Män Som Hatar Kvinnor. Millennium I)
Ed. Destino
Barcelona, 200814 [2005]
Serie Millennium nº1

Parece que el ruido mediático alrededor de Stieg Larsson amaina. De modo que puede haber llegado el momento para evaluar, sin distorsiones, las novelas de Millennium.
Pero, y respecto al ruido mediático, déjenme decir algo: No hay para tanto. Y es lo único que voy a conceder al fenómeno Larsson como tal fenómeno. Y ahora, a por la obra.
Aunque parezca extraño, es necesario hacer un resumen argumental. Se comentan, por lo general, bondades muy abstractas y detalles muy generales sobre la serie, pero, por lo que parece, se da por sentado que todo el mundo conoce el argumento. No es así. Mikael Blomkvist es un periodista de investigación empresarial y financiero que acaba de ser condenado por difamación de un conocido especulador y multimillonario sueco. Mikael sabe que ha sido engañado, que sobre una base cierta y real de estafa le tendieron posteriormente una trampa con un supuesto garganta profunda que le proporcionó información falsa, que le ha llevado a una condena a prisión, a una indemnización y multa y, lo que puede ser irreversible, a la pérdida de su credibilidad.
Es en esta situación cuando Blomkvist recibe un extraño encargo por parte de Henrik Vanger, un prominente industrial. Claro que antes de darle el encargo, Mikael ha sido investigado por una empresa de seguridad, y en concreto por una investigadora freelance, Lisbeth Salander, una personalidad enrevesada, marginal, con problemas sociales y psicológicos, pero un genio en su campo.
El encargo en cuestión es investigar la desaparición y posible asesinato de Harriet Vanger, sobrina de Henrik, hace treinta y seis años. Un caso que ha quedado por esclarecer y que obsesiona a Henrik.
Mikael descubrirá indicios que fueron pasados por alto y, con la ayuda de Salander, tendrá que enfrentarse al cerrado mundo de la familia Vanger, casi en su totalidad residente en una pequeña isla y enfrentada entre sí y a la que, a algunos de sus miembros, les hace muy poca gracia la intervención de Blomkvist.
Como novela policiaca es muy correcta, aunque algo verbosa. Sin embargo, hay que tener en cuenta que es una primera novela. Larsson es uno de esos escritores que quiere visualizarlo todo: quiere tener preparado un perfil psicológico de todos y cada uno de sus personajes, quiere tener una idea detallada de los lugares y quiere tenerlo todo en su sitio. No es un mal método, pero el mismo Larsson debería haberse dado cuenta de que todo aquello que puede ser de utilidad para el escritor no necesariamente tiene que serlo para el lector. Por tanto, muchas veces Larsson amontona detalles que nada aportan a la historia y la enlentecen (y la hinchan hasta las 665 páginas). Con todo, la impresión es positiva: la trama es atractiva, todavía más por el hecho de existir unos personajes, sobre todo el de Lisbeth Salander, potentísimo, psicológicamente activos y atractivos, que se constituyen en el motor de la historia y en objeto de curiosidad para el lector.
¿Es una gran novela? La respuesta es que no. Sobran muchas cosas y faltan muchas otras para que sea así. Sin embargo, y dentro de su género y sus limitaciones, es un policiaco notable, con un personaje potente y extremado, capaz por derecho propio de entrar en el elenco de los grandes personajes del género.

Portada y sinopsis

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El Maquinista de la General, de Buster Keaton

SESIÓN MATINAL

(The General); 1926

Director: Buster Keaton y Clyde Bruckman; Guión: Al Boasberg y Charles Smith; Intérpretes: Buster Keaton (Johnny Gray), Marion Mack (Annabelle Lee), Glen Cavander (Capitán Anderson); Dir. de fotografía: J. Deveraux Jennings y Bert Haines.

¿Qué se puede decir de una película que, sin duda, es la más perfecta en su género de gags puramente visuales? ¿Destacar sus pequeñísimos defectos? Bueno, pues muy bien: empieza con un ritmo más bien bajo en su planteamiento de la historia. ¿Tiene alguno más? Podría ser, pero son tan menores que no perjudican para nada el resultado global.
El caso es que Buster Keaton, cuando arranca en su resolución humorística de las situaciones efectúa una acumulación continua de gags, cada uno enlazado con el posterior, el siguiente más sorprendente y efectivo que el anterior. Cada uno de ellos meditado y medido, dificilísimo de concatenar y sin embargo ejecutado con una naturalidad asombrosa.
Imprevista, sorprendente, fresca, emocionante, manteniendo al espectador en vilo y provocándole la carcajada una y otra vez, una y otra vez. Este crescendo apoyado en todo lo que es posible utilizar para sostener e incrementar la tensión cómico-narrativa es un clásico inagotable, posible de visionar tantas veces como se quiera sin fatigar jamás.
Con valores de producción inmensos, visibles y perfectamente utilizados, se puede aducir que es un festival de un solo cómico. ¿Y qué? No sólo Keaton es el hombre impasible que por sí y por sus acciones provoca la comicidad. Todo está al servicio de la historia, pero junto a lo cómico tiene imágenes emblemáticas y tantos momentos insuperables que la convierten en una obra maestra única. En blanco y negro y muda. Pero nadie, jamás, superará esta película en su ejecución y resultados.

Tráiler:

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Un Matrimonio in Provincia, de Marchesa Colombi

Einaudi, col. ET Classici
Turín, 20096 [1885]
Introducción de Natalia Ginzburg

He aquí una historia que fascinó en su infancia a Natalia Ginzburg, que luchó en la edad adulta para recuperarla en la edición; un libro del que Italo Calvino ha dicho: «Desde las primeras páginas se reconoce una voz de escritora que se hace escuchar sea lo que sea lo que cuente».
No es para menos. No es tanto su argumento: típicamente decimonónica, es la historia de Denza, una muchacha que, más que enamorarse de un muchacho, se enamora de la idea del amor; perteneciente a una clase inferior, tendrá que resignarse a la suerte de un matrimonio ventajoso pero dentro de su orden; su "enamorado" es un heredero rico y gordo, casi una ridiculez de amor, pero que parece corresponder a Denza, aunque (¿calzonazos? ¿tan sujeto a las normas sociales como su enamorada?) se casará con otra.
Todo ello, con variaciones, ausencias y presencias, en parte o en todo, podría ser algo ya visto en las novelas románticas y de costumbres de la época y posteriores, y sin embargo deja sensación de frescura y de novedad.
Hay que reconocer el mérito estilístico de Colombi. Una prosa ligera, airosa, en extremo ágil, precisa, que es capaz de llevar en volandas al lector y que consigue una extrema suavidad en la narración.
Pero también un procedimiento por implicación. No es una novela social pero consigue transmitir la atmósfera opresiva de la pequeña burguesía y la vida de una ciudad de provincias. No es una novela de combate, pero refleja una realidad demasiado frecuente en el sometimiento de la mujer, y, sobre todo, la alternativa terrorífica ofrecida a las muchachas: el matrimonio a tiempo, fuera cual fuera, o quedarse para vestir santos, es decir, ser objeto de burla social. Es una novela romántica, pero matizada por un humor que evita el caer en tópicos y manierismos ridículos.
Y sí es una novela de época, porque está perfectamente reflejada en la novela.
Son cien páginas de texto que llevan una carga implícita intensa, levemente irónica (y sardónica) y que son de las más placenteras que se pueden leer.

Portada y sinopsis de la edición italiana

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El Recurso del Método, de Alejo Carpentier

Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo, Biblioteca Carpentier
Madrid, 1998 [1974]

En el recorrido por la figura del dictador en la literatura hispanoamericana, hoy, de la mano de Alejo Carpentier, efectuamos una auténtica inmersión en la mente de uno de estos tiranos.
El recurso del Método del título es una frase que pronuncia el Primer magistrado protagonista de la novela: «Y habría que perseguir por tales tierras al General Hoffmann, cercarlo, sitiarlo, acorralarlo, y, al fin, ponerlo de espaldas a una pared de convento, iglesia o cementerio, y tronarlo. "¡Fuego!" No había más remedio. Era la regla del juego. Recurso del Método.» Una frase y una metodología. Una repetición metódica de la permanencia en el poder. Justamente será cuando se aparte de este método cuando pondrá la semilla de su propia destrucción.
El Recurso del Método es una obra en extremo perceptiva, muy sutil y precisa en su comprensión de la mente y tipología del dictador. Lejos Carpentier del camino fácil de la ridiculización o la burla; caer en ellas no sería un desprestigio del dictador, antes bien del pueblo dictado, que quedaría entonces situado como una masa informe a la que cualquier inculto descerebrado puede dominar. No. Lo que dice Carpentier es que los dictadores son capaces, más o menos, tanto como para llegar al poder y mantenerse en él. Y que son las dictaduras las que llevan su propia destrucción incorporada, en la permisividad de la corrupción, el desprecio por el bienestar popular y el alejamiento del poder respecto del pueblo.
La novela se inicia, para sorpresa del lector, en París, y en un ambiente que podemos definir como ilustrado. Es un extraño inicio, pero definitorio de las intenciones de Carpentier. El auténtico hogar del Primer magistrado, el único lugar donde se siente bien, donde le importa lo que piensen los demás de él, es París. Es un símbolo del alejamiento del país que gobierna, un alejamiento incluso físico pero que, por descontado, implica también el alejamiento emocional y moral. Y el Primer magistrado se nos muestra como una personalidad ilustrada. Será más adelante cuando comprendamos que esta ilustración no es más que una pátina que oculta una personalidad soez, una cultura de loro que se ha forzado a degustar y gustar, pero que ni comprende ni evoluciona, otro símbolo de su permanencia en un mundo inmóvil que, por supuesto, es irreal.
Y en esta novela extraordinaria, seguimos las peripecias vitales de este Primer Magistrado, símbolo del dictador, símbolo de su psique y de sus usos, costumbres y tipología. Con una extraña ecuanimidad de juicio. Si no fuera porque sus crímenes y crueldad son irremisibles, uno casi sentiría piedad por este hombre viejo, rebasado por todo y por todos: por sus aliados, por su familia, por sus opositores, por el mundo en marcha. Un personaje que en el fondo, es ridículo, pero lo terrible y desolador es que ese ridículo nacido de sus propias pretensiones haya forzado la miseria y la muerte a los demás.
"«Ahora, estas estatuas suyas descansarán en el fondo del mar; serán verdecidas por el salitre, abrazadas por los corales, recubiertas por la arena. Y allá por el año 2500 o 3000 las encontrará la pala de una draga, devolviéndolas a la luz. Y preguntarán las gentes, en tono de Soneto de Arvers: "¿Y quién fue ese hombre?" Y acaso no habrá quien pueda responderles. Pasará lo mismo que con las esculturas romanas de mala época que pueden verse en muchos museos: sólo se sabe de ellas que son imágenes de Un Gladiador, Un Patricio, Un Centurión. Los nombres se perdieron. En el caso suyo se dirá: "Busto, estatua, de Un Dictador. Fueron tantos y serán tantos todavía, en este hemisferio, que el nombre será lo de menos".» (Tomó un libro que descansaba sobre una mesa.) «¿Figura usted en el Pequeño Larousse? ¿No?... Pues entonces está jodido»... Y aquella tarde lloré. Lloré sobre un diccionario ─«Je sême à tout vent»─ que me ignoraba."

Portada y sinopsis

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El Gran Somni Daurat, de Chester Himes

(The Big Gold Dream)
Eds. 62, col. Seleccions de la Cua de Palla
Barcelona, 1989 [1960]
Serie Coffin Ed Johnson y Gravedigger Jones nº5

Sumergirse en una novela de Chester Himes es, no me cansaré de decirlo, entrar a dar un paseo, a veces hilarante y a veces trágico, por ese personaje con entidad propia que es harlem. Y sin embargo, esta es probablemente una de las novelas más sombrías de la serie, en parte porque su motivo principal son los sueños rotos de los protagonistas, que corren tras la oportunidad de salir de la miseria.
Siempre es difícil dar un resumen argumental de las novelas de Himes sin desvelar algo fundamental de su trama, compuesta de minúsculas piezas que encajan como en un mecanismo de relojería, pero creo que esta vez es necesario. El Dulce Profeta, por descontado más falso que un billete de dos euros, arrastra multitudes, pero lo que a él le ineteresa es aumentar su cuenta corriente, aunque sea a costa de los más necesitados. Cuando Alberta Wright le relata que ha tenido un sueño premonitotio, El Gran Sueño Dorado del título, en el que hacía tres pasteles de manzana que entonces estallaban en una lluvia de dólares y que, interpretándolo como una profecía, apostó a las tres loterías clandestinas del barrio y ganó en las tres, el Dulce Profeta, en lugar de asombrarse ante lo maravilloso de tal premonición cumplida, se las ingenia para robar los premios obtenidos, desencadenando una ola de engaños y crímenes.
Este es el corazón de la historia: treinta y seis mil dólares y todos los esfuerzos de los que rodean a Alberta (y de los no tan póximos a ella) para robárselos, perseguirlos una vez desaparecidos y establecerlos como una obsesión.
Siempre compuestas de pequeñas historias, en este caso la mezquindad corre libre por Harlem, desembocando en dramas personales, pequeños o grandes. Un espectáculo al que asisten, como testigos resignados, acostumbrados a todas las miserias, los policías "Ataúd" Johnson y "Enterrador" Jones, los tipos más duros de Harlem, quienes, cuando son acusados de no tener entrañas, responden:
«Es difícil decir quién tiene entrañas y quién no. Aquí tenemos una mujer herida y hay un asesino que todavía corre por ahí. Ella nos podría decir quién es antes de que mate a alguien más.»
Puede que no sea tan chispeantemente surreal como las anteriores novelas de la serie, pero Chester Himes sigue componiendo con El Gran Sueño Dorado el fresco de un Harlem que en todo, aun lo extravagante, parece real.

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El Gran Dictador, de Charles Chaplin

SESIÓN MATINAL

(The Great Dictator); 1940

Director: Charles Chaplin; Guión: Charles Chaplin; Intérpretes: Charles Chaplin (Hynkel/barbero judío), Paulette Godard (Hannah), Jack Oakie (Napaloni), Reginald Gardiner (Schultz), Henry Daniell (Garbitsch), Billy Gilbert (Herring), Maurice Moscovich (Mr. Jaeckel); Dir. de fotografía: Karl Struss y Rollie Totheroh; Música: Meredith Wilson; Dir. artística: J. Russell Spencer; Montaje: Willard Nico.

Revisada de continuo, El Gran Dictador ha sido objeto de polémica desde su estreno. Algunos consideran el discurso final de Chaplin al mundo un error, otros la parte fundamental de la película. Unos la consideran desigual, otros el alegato más mordaz contra la figura de Hitler y el nazismo.
Mi opinión va en esta segunda dirección (junto a To Be or Not to Be, con la que se la compara, sin que haya motivo, y de la que tendré que decir unas cuantas cosas en el futuro). Y tiendo a excusar sus errores, que los tiene. Hay que tener en cuenta unos detalles, algunos históricos, otros no. El Gran Dictador enfureció en su época, pero se obvia que esa furia provino de los que abogaban por la no intervención estadounidense en la guerra. Se trataba de una película que tomaba partido por la humanidad en lugar del pragmatismo político, y eso no gustó. Respecto al discurso final, es posible que constituya otra película, pero Chaplin, como creador situado en su época, creo que tenía todo el derecho a hacerlo. E incluso a marcar distancias entre ficción humorística y una realidad trágica.
Y en cuanto a la película anterior, una que tiene momentos tan grandes como esta no puede quedar sin reseñar en la historia del cine; y que los críticos exijan a Chaplin que siempre esté a la altura de sus momentos cumbre no es problema sino de los críticos. El encuentro entre Hynkel y Napaloni es uno de esos momentos cumbre, el ballet de Chaplin/Hynkel con el globo terráqueo es otro. Para encontrar el auténtico valor de El Gran Dictador sólo hay que imaginarse un mundo en el que estas escenas no hubieran sido creadas. Un mundo más pobre, sin duda.

Tráiler:

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Macanudo nº5, de Liniers

Random House Mondadori
Barcelona, 2009 [2007]
Edición argentina:
Eds. de la Flor
Buenos Aires, 20073 [2007]

Liniers es uno de los dibujantes más interesantes que existen actualmente en el mundo. Las razones son muchas, pero podrían resumirse en que su universo es tan extenso que parece no tener fin.
No es que no tenga personajes fijos o series internas, al contrario: El Misterioso Hombre de Negro, Lorenzo y Teresita, Oliverio la Aceituna, sus duendes, la biografía de Pablo Neruda en sus momentos poco significativos, José Luis el infeliz, los amigos imaginarios, Origami Boy, Cosas que, a lo mejor, le pasaron a Picasso, sus sempiternos pingüinos, mis favoritos Enriqueta, la niña lectora, y sus compañeros el gato Fellini y el osito de peluche Madariaga; o las verdaderas aventuras del propio Liniers. Entre otras, que no tienen porqué estar protagonizadas por personajes identificables o suceder en un entorno concreto. De hecho, pueden suceder en cualquiera de los territorios de la imaginación de Liniers, que son vastos e innúmeros. Y no siempre alejados de la realidad, sin embargo.
Con semejante panorama de temas, universos y tendencias, leer un recopilatorio de Liniers es enfrentarse con una antología sosprendente, en apariencia anárquica (bendita anarquía) pero siempre refrescante.
Desde el humor del absurdo (que no humor absurdo) hasta lo onírico, desde lo social hasta lo literario, de lo visual a lo textual ("Pero ché... Ya tendría que haber llegado. La película está por empezar. ¿Dóde está? ¡Cada vez que vamos al cine pasa lo mismo! ¿¡Dónde está este idiota!?" ─La Novia de Godot), Liniers hace y dibuja lo que quiere con un saludable derroche de imaginación y buen humor.
Un humor tremendamente inteligente, no sólo por sus referencias, innumerables en lo literario y lo artístico sino por sus propios mecanismos creativos, que le dan una libertad interpretativa que proporciona una consistencia cualitativa envidiable.
Es posible que una sola tira de Liniers no haga que la adicción surja en el lector. Poder leer progresivamente sus pequeñas obras proporciona sin embargo un extraño sentido de continuidad. Y en sus recopilatorios, como en este, uno tiene recompensas inesperadas, como "El Inquilino", una historia de cuatro páginas dedicada a, y en el estilo de, Edward Gorey. Pero sin perder las esencias de Liniers.

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