El Emperador del Norte, de Robert Aldrich

SESIÓN MATINAL 

(Emperor of the North Pole); 1973

Director:Robert Aldrich; Guión: Christopher Knopf; Intérpretes: Lee Marvin (A Nº 1), Ernest Borgnine (Shack), Keith Carradine (Cigaret), Charles Tyner (Cracker), Malcolm Atterbury (Hogger), Elisha Cook Jr (Gray Cat); Dir de fotografía: Joseph Biroc; Música: Frank de Vol.

En la época de la Gran Depresión, los vagabundos y sin trabajo de Estados Unidos viajan como polizones en los trenes de mercancías. En todos, menos en uno: "El Emperador del Norte", donde un brutal y despótico jefe de convoy (Borgnine) tiene como orgullo el que nunca nadie haya viajado escondido en su tren, llegando a todo, incluso al homicidio, para impedirlo.
Una leyenda viva de los polizones de trenes, A Nº1 (Marvin), se enfrentará a el omnímodo y omnipotente Shack en una lucha que pronto entiende el espectador que será a muerte.
Tal vez el mayor defecto del film sea que quiera contar demasiadas cosas y no se decida por ninguna (o sólo por una, como veremos). En un inicio que puede ser perfectamente un retrato de la Norteamérica de la depresión (y que funciona bastante bien como tal, aunque se queda corta), bien podría haber evolucionado el tema en la lucha entre la América rica contra la pobre. Algo de eso hay, pero también se pierde conforme avanza la película. También podría haberse convertido en una metáfora del poder: Shack impide con una brutalidad tremenda que viaje gente en "su" tren. A bordo del mismo no hay más ley que la suya ni más método de imponerla que el representado por el martillo que cuelga de su cinturón. Todo ello reforzado por el hecho de que se trata de vagones de carga... ¿qué mal hay en que un pobre hombre viaje sobre los ejes, una forma ya miserable de viajar? En cualquier caso, la metáfora está clara: el poder desmedido y sin control, destinado a preservar un estatus, no tanto social como de autoridad. El posesivo es importante. Shack no creo que se preocupe mucho de que los vagabundos marchen en otros trenes. Pero no en el suyo (que ni siquiera es suyo; el sólo es un empleado). Para aquellos que lo intentan sólo les reserva un odio irracional.
La película podría haber explotado esta vena metafórica, y existe, pero no insiste demasiado en ella.
Por lo que finalmente se decanta es por un duelo titánico, épico, entre dos hombres. Aldrich es director del que no extraña esta violencia, como alumno aventajado de Sam Peckinpah y realizador de películas como Attack o Doce del Patíbulo. Elñ caso es que se decide por ello y en esa decisión, Aldrich nos brinda unas escenas de una violencia sublime (sé que los adjetivos son contradictorios: se trata de una violencia enormemente bien filmada y mostrada, no de un elogio de la misma), que mantiene al espectador aferrado al asiento hasta el exultante final.
El Emperador del Norte es una película impactante, demasiado dubitativa como para ser considerada una gran película, pero que en lo que finalmente se centra consigue una creación irreprochable.

Tráiler:

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