Conversaciones con un Verdugo. En la Celda del Teniente General de la SS Jürgen Stroop, de Kazimierz Moczarski

(Rozmowy z Katem)
Alba Ed., col. Trayectos, serie Supervivencias
Barcelona, 2008 [1992; redacción: 1968-1974]
Trad. de Katarzyna Olszewska Sonnenberg y Sergio Trigán

Hay libros que merecen mejor suerte de la que tienen y una comprensión más detallada de lo que representan. Este es uno de ellos.
Jürgen Stroop fue el responsable de la liquidación del gueto de Varsovia, una operación (que era definida como la "Gran Acción en Varsovia") que provocó, por lo bajo, 56.000 víctimas y, en términos más reales, unas 71.000. Es una lástima que el libro no incluya un par de fotografías de su protagonista que siempre me han resultado fascinantes: aquella en la que se ve a Stroop, rodeado de unos SS con aspecto de gorilas algunos, de asesinos aventajados otros, con un elemento que bien puede ser de la Gestapo o la SD en primer término, frente a un par de habitantes del gueto; y otra en la que Stroop contempla el incendio del gueto. En ambas, pero sobre todo en la primera, la mirada de Stroop, fría, indiferente, va más allá de sus pretensiones de que la "Acción" era una operación puramente militar.
El caso es que, de lejos, uno supone que a Stroop, traspasado por los aliados occidentales a los polacos para que fuera juzgado, y recluido en la cárcel de Mokótow, le fue enviado Moczarski para que se entrevistara con él por alguna razón (como ya había sucedido con el psicólogo estadounidense que habló con los procesados de Nuremberg). Pero no, no, no. Moczarski no era un historiados o periodista que estuviera allí para recoger nada, y menos las justificaciones de Stroop. Moczarski, que había sido resistente del Ejército Nacional Polaco, que incluso había planeado un atentado contra Stroop, no fue un visitante ocasional. Reprimido por el estalinismo, fue encarcelado en Mokotów (y condenado a diez años de reclusión, después reducidos a cinco; revisado el juicio, condenado a muerte; finalmente le fue conmutada la pena y liberado tras once años de cárcel) y enviado a convivir, en una extraña situación que no puede entenderse más que como un castigo adicional, con Stroop y el teniente de la policía SS Gustav Schielke. Allí pasó cerca de nueve meses, día a día y noche tras noche.
Ya comenté, hablando de Lo Seco y lo Húmedo, de Jonathan Littell, la incapacidad de los individuos poco inteligentes de modular su discurso dependiendo del interlocutor. Stroop era individuo de pocas luces (reconocido en los propios informes que la SS hizo sobre e´l) que medró precisamente por eso y por su capacidad de obediencia, por su creencia en el "orden" a cualquier precio. En sus manifestaciones ideológicas abona la teoría de la banalidad del mal formulada por Hannah Arendt, recitando de carrerilla las nociones (tan trabajosamente aprendidas) de los cursillo de adoctrinamiento nazis. Pero en cuanto a los hechos concretos (y criminales), Stroop proporciona unas justificaciones pero, mirando al compañero de celda y entendiendo que no se halla ante el tribunal ni frente a un confidente de los fiscales, acaba relatando la realidad, una verdad justificada en su ideología y no matizada, brutal en la mayoría de casos.
Esto es una visión del criminal nazi totalmente inédita. Una exposición sin ambages, arrogante y que encuentra su hogar en conceptos como la "fuerza" y el "orden". Por supuesto, mucho más real que las actas de sus procesos, en los que Stroop, tonto pero no idiota, recurrió a la obediencia debida, al desconocimiento y a echar las culpas a sus subordinados.
Hemos mencionado la banalidad, y ésta es palmaria. Stroop es un hombre de educación elemental (que él pretende superior), un trepa obsesionado por el lujo y los signos de riqueza y jerarquía; un especímen que halló su medio natural en el sistema interclasista y de meritoriaje despiadado del nazismo. Ni tan siquiera puede aducirse, como en el caso de algunos jerarcas SS, su valentía como soldado. jamás participó en un combate auténticamente militar. Si llegó a general de la SS fue, como se le describe en un informe para Himmler, por ser «el típico soldado acostumbrado a obedecer órdenes. para ser un líder político le falta un poco de visión y de sensibilidad. Stroop aparenta ser más de lo que es. Pero ¡es un buen tipo!».
Hay un contrapunto enigmático en este libro, como es la presencia de Schielke, policía integrado a posteriori en las SS; ¿nazi? sí, cuando todos, según sus palabras, "éramos nazis". ¿El alemán medio de la época? Probablemente sí, un archivero que fue cómplice necesario, de grado o por fuerza, pero que calló y que no hizo nada por oponerse a las órdenes que recibía. Su figura queda diluida frente a los dos interlocutores principales, pero su autocrítica, aunque después de la guerra, provoca ciertamente reflexiones.
En cualquier caso, las ocasiones de escuchar el relato auténtico de los verdugos (y no autojustificaciones como las de Höss, o arrogancias en los santuarios de huida, como las de Degrelle o Skorzeny) son escasísimas. Los negacionistas aducen siempre que estos relatos fueron obtenidos bajo coacción o incluso bajo tortura. Un vistazo a las conversaciones entre Moczarski, Stroop y Schielke, en la intimidad de una celda y el "compañerismo" entre prisioneros, basta para desmontar estos intentos criminales de borrar la memoria del nazismo.

Portada y sinopsis

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