Steven Spielberg: El Inconformista Soñador

Firma invitada: SUSANA RIZO

SESIÓN MATINAL

Este jovencito ─jovencito, sí─ judío de mirada avispada y mayor talento es a quien muchos de nosotros debemos el cine de una época. Le debemos también que nos lo pensemos dos veces antes de zambullirnos en el agua, o que escudriñemos el cielo en busca de luces de colorines sin identificar. Sus películas son iconos. Sus bandas sonoras, de la mano muchas de ellas de John Williams, también. Ha puesto de moda hasta frases (recuerden la célebre “necesitará un barco mayor”, frase usada a raíz de Tiburón para referirse a cualquier situación que entrañara dificultades difíciles de superar). Además tiene la virtud de no dejarse anquilosar ni perder la capacidad para seguir sorprendiéndonos. Para muchos de nosotros es un símbolo, como para otros tal vez lo sea el cine de John Ford, y es que con Spielberg todo es posible, porque todo lo que toca lo convierte en magia.

¿Qué es lo que hace que recordemos esas escenas, y que otras películas del mismo género nos parezcan meras imitaciones que rozan el ridículo? pues su fórmula, que es lo que marca diferencia. Los ingredientes: sentido del humor agudo, capacidad de establecer con el espectador empatía y meterlo en escena, sentido de la acción trepidante, capacidad para crear intriga y suspense, imaginación y fantasía arraigadas a la realidad. Y un pilar temático tan antiguo como el mundo, a saber, el enfrentamiento entre el bien y el mal, con el casi ─casi─ siempre triunfalismo de valores como el amor, la bondad o la amistad.

Definiendo un estilo: “No me gusta seguir la corriente, sino marcar la pauta”
Steven Allan Spielberg nació en Cincinnati (Ohio). Hijo de un ingeniero y una concertista de piano, tuvo una infancia en movimiento, con varios traslados, aunque gran parte de la su infancia transcurrió en los suburbios de Haddonfield (Nueva Jersey) y Scottsdale (Arizona). Fue un niño tímido ─¡qué extraña característica en un genio!─, introvertido ─otra extraña característica─, y un estudiante mediocre ─también─. La separación de sus padres supuso un duro golpe. De pequeño le gustaba ver las series de ciencia ficción de los años 50 y los dibujos animados de la TV. Hizo sus primeras películas caseras tras requisar la cámara de su padre ─una kodak de 8 milímetros─, y mientras sus tres hermanas se dedicaban a vender las entradas por el vecindario. Pasaba la mayor parte de su tiempo rodando cortos pero no conseguía buenas notas y ello le impidió estudiar su vocación ─el cine─ en la Universidad del Sur de California en Los Ángeles, así que finalmente lo hizo en el Colegio Estatal de Long Beach. En esos años, Spielberg fue aprendiendo de algunos directores de cine, que se acabaron convirtiendo en modelos y referentes para su cine. Éstos fueron A. Hitchcock, W. Disney, J. Ford, S. Kubrick, A. Kurosawa, D. Lean, R. Walsh, y F. Capra.

Sabía lo que quería y lo persiguió. Lo provocó, más bien, y fue gracias a una pequeña travesura, o una osadía, según se mire: durante una excursión organizada a los estudios de la Universal, Spielberg se escondió en el lavabo hasta que se marchó todo el mundo, y allí se quedó, deambulando por sus instalaciones durante todo el día siguiente. El entonces responsable de la biblioteca, Chuck Silvers, lo descubrió y le cayó en gracia. Le concedió un pase y el joven cineasta pasó todo el verano tomando nota de cómo trabajaban los grandes. Incluido el mago de suspense, Hitchcock.

A partir de ahí, se encadenaron las cosas y todo sucedió deprisa. En 1969 rueda Amblin, un corto que llamó la atención de un capitoste de la Universal, Sid Sheimberg, y se le empezaron a abrir todas las puertas, comenzando por la realización de sketches para series de TV, concretamente la entonces afamada Night Gallery, donde ya se topó con actores de la talla de Joan Crawford, y siguieron otros encargos para la TV, siendo destacado el primer episodio de la celebérrima Colombo. Y así fue cómo empezó a moverse con soltura por ese mundillo, dándose a conocer, hasta que en 1971, solo dos años después de aquella encerrona en el lavabo, llevaría a cabo su primera adaptación de un relato para la gran pantalla. Muchos de ustedes ya saben que les estoy hablando de aquel anticipo del Tiburón que fue El Diablo Sobre Ruedas. Nada más estrenarse en la gran pantalla, Spielberg ya fue muy bien acogido por el gran público y pudo ver un atisbo de lo que sería su arrollador éxito del futuro.

Y ese éxito no tardó mucho en llegar, porque las maneras que apuntó desde el primer momento, y tras algún que otro experimento, con Loca Evasión un poco menos afortunado, enseguida llegaron Tiburón ─tremendo éxito de taquilla─, la originalísima y cómica 1941, la ópera kubrickiana Encuentros en la Tercera Fase y la aventura con mayúsculas de la era moderna, que el cine clásico había dejado en listón tan alto, Indiana Jones (I, II, y III; dejemos la IV de lado). Con los Indianas de Spielberg nace un estilo de marca propia, que otros han intentado imitar con bastante poca fortuna e ínfima calidad. La infancia, tema recurrente en su obra, se cubre de magia con aquel entrañable homenaje que supuso ET. Pero no sólo de fantasía y aventuras trepidantes vive el hombre. Este genio sabe entrar en otros campos que a veces no encajan con el encasillamiento de eterno director de entretenimiento. El efectismo lo logra a veces economizando medios, con obras maestras y más personales que en su día pasaron más desapercibidas, porque tal vez no coincidían con sus esquemas habituales. Ahí quedan las sentimentales y melodramáticas El Color Púrpura, Always y Amistad, o la obra maestra (bellísima) El Imperio del Sol. Esta última película es justamente la que marcó un punto de inflexión en su carrera y vimos la cara de un Spielberg con muchos otros registros. Dejaba patente una lucidez mucho menos esperanzada y cruda. Una visión de la infancia ausente de inocencia. Demasiado trágica, incluso. Pero no queda duda de que cuando Spielberg arriesga, le sale bien.

La ciencia-ficción es uno de sus lugares predilectos. Acaso aquellas películas y series que veía de pequeño tuvieron mucho que ver. En honor a aquella mítica serie The Twilight Zone dirigió uno de los episodios de En los Límites de la Realidad y más adelante Cuentos Asombrosos. Y retomó el género más adelante en sendos homenajes a los grandes clásicos, anteriormente novelas, con La Guerra de los Mundos e Inteligencia Artificial. Esta última, realizada por sugerencia de su amigo Stanley Kubrick, quien durante mucho tiempo deseó dirigir el film, pero finalmente le pasó el testigo a Spielberg.

Lo sobrenatural tiene su lugar en el cine de Spielberg, especialmente en los Indianas, pero hay un título en concreto que se alza protagonista absoluto y da la impresión de que aquellos célebres sustos no han perdido hoy en día todo su potencial. Con Poltergeist de nuevo nació una frase para el recuerdo “ya están aquí”, y la tele con niebla para algunos llegó a ser amenazante.

Fuera de esos terrenos en los que Spielberg se mueve como pez en el agua, hay otros trabajos en que evidencia su gran capacidad como narrador y su interés en explicar historias que conmuevan con temas serios y comprometidos. Así, entran en su cine los conflictos bélicos y los conflictos personales. Con Munich o Salvar al Soldado Ryan, ambas de una crudeza considerable, mostró en determinadas escenas una violencia frontal e inusual incluso en el cine, y ya no digamos en su cine. La soledad y la humanidad ante todo priman en La Terminal o la búsqueda de arraigo familiar que hay tras la cara cómica de la espléndida Atrápame Si Puedes. Y detrás, casi siempre, un final de marca con esa “esperanza spilbergiana”.

Cuando experimenta con el drama usa uno de sus temas predilectos: el Holocausto, abordado varias veces a lo largo de su carrera (El Holocausto Szemei, Los últimos días, Supervivientes del Holocausto). Tratar de contar lo que no se puede contar era una tarea difícil, pero lo consiguió a través de esta historia que se convirtió en uno de sus mayores éxitos, poniendo de acuerdo a casi toda la crítica: la obra maestra La Lista de Schindler, quizás su obra más personal. No sólo es una historia fascinante. Es una película hermosa, sin dejar de maquillar la cara más perversa del ser humano, con una cadencia y una fotografía impecables. De hecho, aquí la luz habla, se convierte en un personaje más.

En ocasiones ha querido experimentar aprovechando por un lado su casi asegurado éxito, pues ya tenía un nombre. El mundo perdido se hizo más real que nunca con Parque Jurásico. Con ésta, y tal vez como productor de Gremlins y Regreso al Futuro, también taquillazos en su día, desplegó hasta límites insospechados lo que su imaginación le pedía en ese momento, sacando partido de los prodigios de las nuevas tecnologías. Se trataba de nuevo de llevar a la gran pantalla algo de magia y mucho entretenimiento. Demasiado tentador. Aunque en este caso tal vez se granjeó escaso respaldo por parte de la crítica, y es ahí donde desde algunos sectores lo encasillaron en una mainstream poco pensante, y su público se volvió mayoritariamente infantil.

Además de los títulos citados, en los que trabaja como director, merece mención a parte su extensa e impresionante labor como productor. Y cabe destacar la alianza con el otro monstruo del género ciencia-ficción o fantasía, George Lucas, con el que comparte su predilección por los marcianos.

No es difícil percibir en muchas de sus películas una sensación de búsqueda, en el sentido que los personajes casi siempre buscan escapar de ciertas rutinas, siguen determinados ideales casi infantiles a veces. Sus personajes son libres, y huyen de la estrechez de miras y de las normas. La interrupción de lo cotidiano, de la rutina ─lo extraordinario, por tanto─ es casi una constante en el cine de Spielberg. Asistimos a la transformación a nivel personal de los protagonistas, como si hubiera un antes y un después a lo largo de la misma película. Por eso tal vez Spielberg ha echado mano de actores con registros interpretativos altamente expresivos, con los que además, ha repetido. Tom Hanks, Richard Dreyfuss y Tom Cruise están en su lista de favoritos. Y en otras ha recurrido a caras poco conocidas para otorgar mayor credibilidad. Sus elecciones en este sentido son cuidadosas, perfilando personalidades con las pueda identificarse su público.

Otro tema de fondo recurrente, especialmente cuando los niños son protagonistas, es la falta de armonía familiar, acaso sea esto una reminiscencia de la propia falta de estabilidad durante su infancia. Y tiene otras obsesiones, como la vida después de la muerte, el esoterismo, la magia y la religión. Spielberg además domina la técnica de crear momentos de tensión en todos los géneros que ha abordado. Entre el derroche de imaginación, la música que usa, el sentido de la acción trepidante, el uso de los silencios en el momento oportuno, la técnica de sugerir sin mostrar… y que encima se conoce a la perfección las normas de los que inventaron el suspense, consigue que no se pueda apartar la vista de la pantalla y que te quedes pensando “qué va a pasar ahora”. Y que de vez en cuando te de unos buenos sustos. Podríamos decir que es un maestro para crear “el momento” o “la escena”. Cómo, en caso contrario, podría estar grabada en la retina de tantos espectadores la escena del perfil en sombra de Elliot y ET en bicicleta recortándose contra una luna inmensa. O aquel primer ataque desgarrador de tiburón cuando todos habíamos salido a nadar con aquella chica a la luz de la luna. Eso ya es historia.

Impossible is nothing
Tal podría ser su lema. Porque Spielberg tiene la varita para activar los resortes emocionales y conectar con los sueños infantiles y las fantasías de los mayores que siguen siendo un poco niños. Hacerse amigo de un extra-terrestre encantador o ser arqueólogo? ¡Por qué no!. Hay mucho espacio para la esperanza en su cine, mucho happy end. ¿Manipulador? Puede, quién no lo es en arte. Todo arte es artificio. Si lo haces bien, mereces un diez. Spielberg es un cineasta con fino olfato para saber dónde se esconde un buen proyecto, capaz de convertir una novela de mediana repercusión en un éxito sin precedentes trasladada a la pantalla.

Sin embargo, Spielberg ha sido menoscabado por parte de ciertos sectores de la crítica que se concentran más en el potencial mercantilista que han tenido sus películas. Pero lo que en realidad subyace es una sutileza magistral en un discurso narrativo sincero con su público a la hora de mostrar su visión del mundo, sus inquietudes, su imaginación. Sencillamente, y según sus propias palabras, “hago películas que como espectador me gustaría ver”. Quiere entretener, esa es la norma. Sus cuentos, son aptos para todos los públicos, y que nadie se equivoque: me refiero a un público inteligente y que puede ser exigente como el que más.

Cuando Spielberg llegó, el cine-espectáculo ya estaba inventado por directores como Cecil B. deMille, y el listón estaba muy alto. Siempre he pensado que Spielberg intuyó que él podía ─debía, si me apuran─ aportar su propia visión de lo que él había asimilado del cine de su infancia y juventud, con las películas de monstruos y extraterrestres, fantasía y ciencia ficción, géneros éstos en los que se ha desenvuelto con gran soltura. Lo que vemos en pantalla son en parte sus propios anhelos, pero da la casualidad, bien calculada por otra parte, que coinciden con los anhelos de muchas personas, y ahí nació el vínculo. Y creo que él sabía que funcionaría. Lo que la vida limitaba, el cine lo hacía posible. Con aquellos sueños, aventuras, e historias bonitas, nos hizo desear estar allí. Pero también con temores, y fantasmas, desde el privilegio de sentirse “a salvo” sentado en la butaca. Un engranaje perfecto entre puesta en escena, elección cuidadosa de actores, argumentos atractivos, y su sello. Y como lema, entretener a su público sin menoscabar su capacidad analítica, como espectador no pasivo, sino activo y pensante. Su sello, su firma, se fue moldeando con los años y conforme maduraba se atrevió a meterse en otros terrenos más oscuros. Cambió ─cuando quiso, porque es ante todo un artista libre que sigue sus propias normas e instintos─, la luminosidad a la que nos tenía acostumbrados por la lucidez que sólo pueden darte las experiencias dolorosas. La seguridad en el riesgo a veces solo la concede el talento y eso se lo pueden permitir solo unos pocos. Los que de verdad tienen talento.

© 2009, Susana Rizo. Todos los derechos reservados.

Trailer de El Imperio del Sol:

btemplates

16 comentarios:

Asterión dijo...

Más allá del afán mercantilista que se le puede criticar, y que muchas veces se le cobra, lo que sucede con Spielberg es que siempre es "políticamente correcto", y el arte, sencillamente, no puede ni debe serlo.

El mejor ejemplo es "La lista de Schindler". En esa película, Spilberg tenía en sus manos una obra maestra, y la echó a perder por su manía lacrimógena que nadie se traga de Schindler llorando por lo que pudo haber hecho, y el colmo, la escena de esos abuelitos multicolores que dura como diez minutos.

Ciertamente, en una serie de aspectos, tanto Spielberg como Lucas definieron varios elementos de una época, un estilo y demás, pero estética y éticamente, siempre al servicio de ideologías estrechas y de miras cortas, como lo es la cosmovisión de los estadounidenses como nación.

Saludos.

Anónimo dijo...

Hola Asterión. Una cosa: ¿crees que Spielberg fue políticamente correcto en Munich, o en El Imperio del Sol? yo pienso que un artista es libre de experimentar con lo que quiera, y que debe ser ante todo honesto consigo mismo. No sé si Spielberg habrá querido ser correcto con determinadas ideologías, a mí me parece que ha sido fiel a sus propias ideologías, lo que no quita que el hombre sea inteligente y hábil -que lo es- para "conquistar" por decirlo de alguna manera, mucha audiencia. Pero tiene todo el mérito y creo que se lo merece.

En cuanto lo que comentas de la Lista de Schindler, ese es un argumento que he escuchado muchas veces. Yo pienso que por qué no iba a ser creíble ese Oskar que se derrumba al final, y eso que reconozco que no es la escena que más me gusta de la película, pues quizás es un poco excesiva. Schindler fue una persona al parecer muy ambigua en su vida real, y en la película Spielberg consigue transmitirlo, en mi opinión. ¿Obraba Schindler por sus propios intereses o por salvar a los demás? pues yo creo que por las dos cosas, lo que sucede es que el personaje sufre una evolución y al final se decanta por lo que se decanta....

Ya seguiremos si quieres.

Un saludo!

Susana

Asterión dijo...

Aquí seguimos, Susana, siempre en buena lid, jeje:

El problema de Schindler llorando y lamentándose no tiene nada que ver con el Schindler "real". De hecho, el arte no tiene nada que ver con la "realidad". Es decir, más allá de que sus llanto fuera fundado o no, se trata de la ubicación estratégica en la película, que a fuerza de falta de mayores metáforas para conmover, opta por la vía fácil, la del mártir, la del hombre entregado, del cual nadie va a dudar. Ahí no hay matices, solamente manipulación formal.

Saludos.

Anónimo dijo...

Sigamos, Asterión. Veo que el final de Schindler es tal vez lo que más reticencias despierta en la película, e insisto que es la parte que menos me gusta, pelín excesiva y teatral. Pienso que durante toda la película el tema del dolor y el horror del holocausto está tratado con suma elegancia y delicadeza.

Desde el momento en que se toma esa historia el artista buscará unos objetivos y tratará de conducir al espectador hacia los mismos, luego podríamos hablar de manipulación desde el primer momento, no? no creo que sea un recurso negativo ni el cine, ni en cualquier arte. La vida es bella, por ejemplo, es una fábula, trata de hacer que creamos en una esperanza que era imposible en ese lugar. Es un cuento. Eso también es manipulación (por cierto, Semprún nunca ha podido acabar de ver esa película).

A mí no me importa que “manipulen” en el sentido que den con la tecla para conectar con las emociones. Luego yo sé cuáles son las fronteras y en qué partes ha sabido hacerlo con sutileza y maestría. No es en esa escena en la que yo casi saco pañuelo: en cambio sí lo hice cuando aquella fila de judíos anónimos entra en la cámara de gas, mientras los oficiales les sonríen. O cuando ellas regresan de Auschwitch tras aquel error burocrático, en silencio, con las cabezas rapadas. O me quito el sombrero con los juegos de cámara al inicio de la película. Las selecciones con música de fondo del campo de Paszow. Los niños cantando aquella canción y llevados a un lugar sin destino en aquel camión mientras las madres corren tras ellos llenas de desesperación. O la matanza bestial del ghetto de Cracovia, y la música de Mozart sonando al piano mientras un hombre es acribillado a tiros en las escaleras. Helen Hirsh aterrorizada y sin saber qué contestarle al psicópata de Amon Goeth. Las miradas de los actores, los fundidos de la cámara… me conmueve esa perfección formal, con la luz hablando por sí misma. Ahí es donde digo, ole tus huevos Spielberg, Maestro (discúlpame la expresión).

Spielberg nos ha contando una historia y al final quiere llegar a una verdad y mostrar al Schindler que tomó de la realidad. Nos muestra una persona que es vulnerable, que alberga buenas intenciones, y que de repente se da cuenta que podría haber hecho algo más. La guerra ha terminado, él ha cambiado, les ha tomado cariño a sus judíos, aunque al principio parece obrar egoístamente. Fíjate en qué momento pierde él los papeles: cuando le entregan ese anillo hecho con el oro de la muela de alguien (decían algo como “gracias, señor Derek”). Ellos no tienen nada, y le dan ese anillo con la inscripción (quien salva una vida, salva un millón), y justo en ese momento él ve a la gente a la que ha salvado la vida. Spielberg no quiere dejar dudas al final sobre su personaje. A mí me resulta creíble. No sé si es un final fácil, pero tengo claro que la película en sí es difícil. Asterión, ¿qué final le habrías puesto tú?

Igual nos pasamos así un montón de posts. Yo es que pienso que es una obra maestra, es mi opinión personal. No me ha manipulado: me ha emocionado en muchos aspectos. Las cosas fueron como fueron, y no hubo cabida para historias bonitas allí, en el Holocausto, lo sé. Pero el cine está en parte para inventar lo que no existió.

Respecto el tema, hay otros trabajos buenísimos (shoah, sin ir más lejos) igual la has visto.


Bueno, un saludín, y nada, si quieres seguimos ;)

Y gracias por comentar, por cierto!

Susana

Lluís Salvador dijo...

Hola a ambos, Asterión y Susana:

Bueno, brevemente en el primer punto: lo que tenía que decir de Susana Rizo lo dije en los comentarios a su primera colaboración en este blog, que siempre tengo que agradecer,
La Escritura o la Vida, de Jorge Semprún
Pueden aprovechar y ller su reseña/artículo.

Y ahora, como espectador privilegiado, tengo derecho a echar mi cuarto a espadas sobre el tema.
Gustavo, ¿realmente el arte no puede ser políticamente correcto? Otra cosa es si debe serlo, y esa es una postura ideológica, un terreno pantanoso en el que hallaríamos puntos de contacto, pero ¿no puede? Yo diría que el arte políticamente correcto puede existir, y no por ser políticamente correcto deja de ser arte. Las películas de Frank Capra, por ejemplo. O, en otro orden de cosas, El Acorazado Potemkin. O, por mencionar la mayor contradicción que he hallado en el arte, Triumph des Willens, El Triunfo de la Voluntad de Leni Riefenstahl. No puedo (y ya me gustaría, no creas) decir que esta película no es arte (como no puedo decir que la obra de Eisenstein no es arte), por muy repulsivo que sea su mensaje. Un mensaje, no hay que olvidarlo, en todos los casos, adecuado y políticamente correcto en su época y para los esquemas mentales y sociopolíticos de su época. Lo políticamente correcto es algo muy móvil dentro de los esquemas de la sociedad y, justamente, los que nos ocupamos de la literatura o el cine tenemos esa misión de identificar los paradigmas de pensamiento de las épocas en las que se producían las obras y enclavarlas y explicarlas (y, hasta cierto punto, justificarlas) en su época, definiendo su enclave en esa sociedad. El arte o lo que constituye arte no tiene nada que ver con esto. No es correcto hablar de algo que no es arte por ser políticamente correcto, como no es posible hablar de arte "degenerado". Observa esta curiosa expresión semántica, arte degenerado. Arte al fin y al cabo, de una manera u otra, ¿verdad?
Blogger no me permite más por el momento. Ahora vengo

Lluís Salvador dijo...

Hola de nuevo.
Segundo, y ya sabía que hacer un artículo sobre Spielberg en su totalidad, incluyendo La Lista de Schindler, sería como mentarte la bicha, déjame establecer una serie de puntos, ya que no estoy como defensor del artículo, sino como comentarista de a pie. Me cae simpático Spielberg, por varios motivos. Por formar parte del terceto (junto con Lucas y, creo, Coppola) que se reunieron y permitieron que Kurosawa pudiera seguir rodando. Y gracias a ellos hemos podido disfrutar de Los Sueños de Akira Kurosawa, una prodigiosa película de un director prodigioso. Porque el género de la aventura no sería igual (y otra cosa es la última parte y las imitaciones que surgieron, algunas de ellas muy dignas) si no se hubieran realizado, puestos a ser elitistas, la primera y la tercera de las sagas de Indy. Porque todavía recuerdo cómo me llevó mi tío a ver Tiburón, y recuerdo perfectamente el estar inclinado hacia adelante en mi butaca y retroceder sobresaltado ante la primera aparición del bicho (que, aunque tiene nombre, tanto está emparentado con "La Cosa Sin Nombre" uno de los arquetipos básicos del cine de terror). Como, ya un poco más mayorcito, me quedé en casa viendo una película que había adquirido carcteres de leyenda en el género, como era Duel. Y que ya prefiguraba ese tiburón, y esa cosa sin nombre. Recuerdo haber sido crítico con ET. Pero también recuerdo que Spielberg era alguien que no se conformaba con lo que se podía obtener barato. Se empeñó y consiguió escenas maravillosas. ¡Qué caramba! recuerdo a mi héroe entre héroes de la cinematografía, François Truffaut, interpretando su papel en Encuentros en la Tercera Fase. Algo debía de tener ese tipo Spielberg para que un tipo como François le diera el espaldarazo de intervenir en su película.
Todo esto viene porque el artículo de Susana trata del cine de Spielberg y no sólo de una película. Y ahora pasaré a comentar La Lista de Schindler, y a entrar en el debate. Pero el número de caracteres de los comentarios es limitado, y no quiero rebasarlos.
Hasta ahora y un saludo cordialísimo a los dos!

Lluís Salvador dijo...

De nuevo aquí.
La Lista de Schindler. Gustavo, me gusta tan poco como a ti ese final documental (que sobra, se mire por donde se mire) y esa escena del llanto de Oskar Schindler. Casualidades de la vida, pasaron la lista por televisión hace un par de semanas, y su nueva visión no es que me hiciera rectificar mis apreciaciones, pero sí fijarme en unos cuantos detalles.
Sigo pensando que a Oskar Schindler no le estrecharía la mano. Sigo considerándolo un personaje ambiguo, arribista y trepa, y sigo creyendo que, con perdón era más un cabroncete que no una persona tocada por fin por el dedo de la humanidad (yo, es que soy muy raro: fui uno de los que bramaban a la puerta del cine después de ver El Último Emperador de Bertolucci; cuando todos consideraban que esa era una película bellísima, yo estaba de acuerdo, era una película bellísima, pero una biopic sobre un tipo que, como mínimo, era un impresentable, y hasta más que probablemente un criminal de guerra). En esta revisión hubo una escena muy reveladora para mí: es cuando la chica va a pedir una entrevista a Oskar Schindler para salvar a sus padres. Pide la entrevista, aparece Schindler en lo alto de la escalera, la mira y acto seguido niega la entrevista. Vuelve maquillada, con un vestido más provocativo, aparece Schindler y le concede la entrevista. Quienes recuerden la escena saben cómo transcurre. Lo importante aquí es que, aunque no se la lleve a la cama, la chica ya se ha prostituido. Para mover a piedad a Schindler, de una manera u otra hay que pagar.
Hay otros detalles de este estilo. Schindler compra judíos para salvarlos pero, ¿está quizás comprando su propia salvación con este gesto? Sobre todo, cuando los paga con unos reichsmarks que el propio Schindler sabe que no le servirán para nada a corto o medio plazo (hay una ausencia notable en la película de Spielberg, una ausencia demasiado ambigua, te lo reconozco; no hay una referencia a cuándo pasan las cosas. No me refiero a la fecha, sino a dejarnos claro el pre y postStalingrado, por ejemplo, el punto de inflexión en la mentalidad alemana). Otra cosa es, si como dice la película, quien salva una vida salva el Mundo. Es un mensaje posible, con el que se puede estar de acuerdo o no.

(Interrupción de nuevo, sorry)

Lluís Salvador dijo...

Hola de nuevo.
Pero siguen estando estos detalles que me llevan a ciertas dudas.
Voy a plantear algo que puede ser una elucubración.
Spielberg lee una novela sobre el personaje de Oskar Schindler. Le gusta. La contrata para su paso a filme. Convendrás conmigo que para buscar matices y hallarlos se necesita un gran escritor detrás de un texto. En este caso se trata de un texto histórico novelado, probablemente no más que una relación de hechos comprobados con algo más de buena voluntad. Los matices que no se pueden percibir en el texto (que no he leído) pueden surgir a la luz cuando se reelaboran e interpretan actoralmente, cuando son pasados por el cedazo de un guión y una interpretación. Creo que Spielberg se da cuenta de que está filmando la "gesta" de un tipo, como mínimo ambiguo, posiblemente canalla, tal vez criminal demasiado inteligente. Spielberg es honesto, y deja esto como está. Pero las apuestas ya son muy altas. Spielberg es judío, conoce o se ha entrevistado con supervivientes del campo de Oskar Schindler, y se decide a incluir ese testimonio como una especie de "bueno, si ellos fueron los que le conocieron, que sean ellos quien le juzguen".
Como postura puede ser discutible. Cinematográficamente, sobra. Pero, si lo que hemos visto antes es un Schindler que camina entre la posible (y digo sólo posible) humanidad y el cinismo, la visión puede quedar equilibrada. No hay elementos dulcificadores en la visión que tenemos de Schindler si lo consideramos como loo que en definitiva fue: alguien que estuvo en la cresta de la ola del nazismo y que salió indemne de él.
Y llegamos a la escena del llanto. Ya digo que la he acabado de volver a ver hace poco. Hay algo que me chirría. Es demasiado histriónica. Tanto que puede llegar a ser la última muestra de ambigüedad del personaje. ¿Estamos ante una manifestación sincera de Schindler o ante el último fingimiento de un cínico en el momento de su más dura prueba?
No sé dar la respuesta. Pero también me cuesta creer que alguien que ha sido tan transgresor y políticamente incorrecto como Spielberg en Salvar al Soldado Ryan permitiera una actuación así, tan exagerada, tan poco controlada, tan extremada, tan irreal, a sabiendas. Tengo esa duda. Y no sé si la resolveré.
Un saludo a ambos y, de corazón, perdonad mi prolijidad y espero que sigáis dialogando. Lo mío sólo ha sido, como ya he dicho, un cuarto (largo y farragoso) a espadas.

Asterión dijo...

Bueno, Lluís, ahora sí nos metiste un buen trecho, jeje... Iba yo primero a decir algo sobre el último comentario de Suzana, pero ya se me olvidó.

Solo recuerdo que algo iba a mencionar sobre "La vida es bella". Esta es precisamente, el otro ejemplo, y yo agrego "El pianista", donde un tema tan crucial, fuerte y todo lo demás, es tomado solamente para lograr el efecto fácil. "La vida..." empieza como una gran comedia, pero la segunda hora no se sostiene. Yo soy el primero que aceptaría todo como una fábula, pero es que precisamente no logra la suspensión del descreimiento. Simplemente, en el contexto en el que él lo pone, no es posible hacer lo que él hizo. Si hubiese seguido por la via de la comedia, el drama habría sido mejor, quizá. Pero bueno, Benigni no es Chaplin, aunque la Academia haya intentado elogiarlo como el que más.

Yo no juzgo a los personajes desde un punto de vista moral. Juzgo el personaje, su construcción. Spielberg no nos presenta un personaje ambiguo, nos presenta un personaje plano, que responde a un solo propósito.

Una cosa es que el autor de un texto tenga ciertos objetivos, que de todos modos no siempre consigue, y otra es que haya una agenda, consciente o inconsciente, que lo lleve a manipular.

Disponer los elementos no es manipular. Manipular es disponerlos de un modo sesgado. En las grandes obras de arte aparecen las huellas ideológicas, claro, pero matizadas de grandes complejidades y contradicciones; en las obras menores, estas huellas son evidentes, obvias...

Yo también puedo defender "La lista...", lo que me molesta es que el director no sea capaz de dejar de lado por un momento el enfoque de mercado y se haya arriesgado más. Es una hermosa película, pero estilizada, artificiosa, que no hurga en la llaga. Eso es lo "políticamente correcto". El arte debe hurgar en la llaga.

Saludos.

Anónimo dijo...

Hola de nuevo Asterión y muchas gracias Lluís por todo lo que aportas en los mensajes que has escrito!

El arte debe hurgar en la llaga, sí. Creo, como Lluís, que puede hacerlo de forma políticamente correcta. Para mí la Lista de Schindler lo hace, no con la escena final, que sí que es lo menos acertado, te doy la razón. Pero el resto de la película me llega en todos los sentidos, y el esa escena final forma parte de uno todo que no puedo, ni quiero que sea determinante quitar mérito a todo lo demás.

Saludos!

Susana

Anónimo dijo...

Asterión, una pregunta: ¿en qué sentido se podría haber arriesgado más con esta película? ¿Tal vez retratando a Schindler tal cual debió ser (un tío de dudosas buenas intenciones, aunque con buen resultado)? Spielberg sabe qué teclas tocar, es un experto en eso, sin duda. Y tiene sus fórmulas. No considero esta película como estudiada sólo y únicamente para provocar dolor de forma fácil, a costa del sufrimiento ajeno. Pero es que la realidad que nos retrata durante la película, la de los campos, la de la vida en el ghetto, o la desposesión progresiva de los derechos de los judíos en la Polonia de aquellos años, no debió de ser muy diferente. Muchas veces a Spielberg se le ataca por lo mismo, por su lado mercantilista. Y sí, la Lista fue un éxito arrollador. Pero qué tiene de malo vender –en el sentido de conectar con mucho público- un trabajo bueno? Creo que es una película con muchos, muchos matices.

La ideología que subyace en esta película yo particularmente no la veo. Lo que veo claro es quienes eran las víctimas y los verdugos de la historia, de ésta concretamente. No me cabe género de dudas. Pero ligado a ese preciso momento de la historia, jamás al momento actual. Y el Schindler de la peli está en medio de esos dos extremos.

El cine cuenta historias. Historias que pueden resultar interesantes. Y el artista puede alimentar esas historias y hacerlas grandes. A veces rescata momentos y los transforma a fin de conectar con la gente. Manipular, sesgar, esas partes sería pues algo aplicable al cine, o al arte, en general. Creo yo, vamos.


Un saludo Asterión y Lluís!

Susana

Lluís Salvador dijo...

Hola, Asterión:
Gustavo, ya te prometí en otro lado que seguiríamos con esto. No voy a seguir comentando La Lista... Tú crees que el personaje es plano y yo, en cambio, creo que es presentado ambiguamente; incluso con una ambigüedad culpable en cierto sentido. Habría que ver si también hubo influencias de las leyes antilibelo tan presentes en el mundo anglosajón, pero eso es otro tema. En cualquier caso, tienes esa visión y yo tengo otra y, como has repetido muchas veces, para nada se invalidan entre sí.
Pero en lo que sí quiero hacer hincapié es que cuando hablas de lo políticamente correcto, no estamos hablando ambos de lo mismo. Yo diría que a lo que te refieres es a que el intelectual no puede ser neutral, a que el intelectual tiene que tomar partido, una frase que ya han pronunciado tantos (y si no recuerdo mal, el propio Octavio Paz, no sé si originariamente) que sus orígenes quedan confusos.
Y es un concepto con el que estoy de acuerdo. El intelectual tiene que tomar parte. Pero tal como se expresa y se entiende, el intelectual tiene que responder a los desafíos de su tiempo, no reexaminar la historia. Hay que ver primero si Spielberg hace un ejercicio intelectual o no. No voy a entrar en ello. Pero lo que sí hace es narrar una historia. Decantarse por una versión u otra, en el caso de una historia real, puede hacerlo, y creo que lo hace, con limitaciones o sin ellas, gustando más o menos, pero lo que no puede es tergiversar a los testimonios. Por eso decía aquello de "que le juzguen los que le conocieron y los que estuvieron (so)juzgados a él".
Un muy cordial saludo!

Asterión dijo...

Aquí, otra clave sería eso de "tergiversar". Todo artista, lo que hace es precisamente "tergiversar", en el sentido de que por más que quiera, su mirada no es objetiva.

Desde que hablamos, lo que estamos haciendo es interpretar, dar una visión, particular, sobre algo. Por ello, un creador, al adaptar una novela al cine, o llevar una biografía, lo que hace es dar su propia versión. Ahí, ese artista puede inocular su visión (consicente o incoscientemente), y tratar de empujar los límites de lo que su cultura acepta o no acepta. Parte de lo "políticamente correcto" es hacernos pasar por objetivo lo que a todas lueces es subejtivo.

El intelectual responde a los desafíos de su tiempo, claro, pero también claro que reexamina la historia, porque esta no es un producto acabado, es una construcción.

Seguimos, jeje... Saludos...

Lluís Salvador dijo...

Hola, Asterión:
Y seguimos, claro que sí :)
Claro que la historia es una construcción. Y que el intelectual la reexamina. Pero no puede cambiarla... Porque la historia se basa en hechos. Los vencedores la escriben, pero la suelen escribir de manera curiosa, resaltando ciertos hechos y dejando en sombra otros. El intelectual puede iluminarlos o destacar unos. Pero no puede evitar los hechos. Y si ese intelectual quiere responder con justicia ante su inteligencia, no puede evitarlos.
¿Interpretarlos? ¡Claro que sí! Pero con base.
En el caso de Spielberg (y ya sabes que coincido en lo fundamental contigo), lo que sucede es que se abstiene de esta interpretación, como digo, y deja que sean los contemporáneos los que juzguen, como ya lo hicieron. En uno de mis comentarios anteriores incluso dije que es posible que Spielberg se hubiera visto condicionado por una cosa, como es la ley antilibelo. Y a las dudas que tengo sobre la auténtica intención de su Schindler me remito a los anteriores comentarios.
Pero dejándolas aparte, de si el texto fílmico de Spielberg es ambiguo o no, no lo aclararemos porque tenemos opiniones distintas. Sí estamos de acuerdo en que está mal filmado en su parte final. Y podríamos discutir también cuándo empieza esa parte final mal filmada, si cuando se agarra la insignia de oro del partido y dice que con eso podría... o bien después, en la superflua escena del cementerio.
Un saludo!

Asterión dijo...

Aquì, lo que pondrìa un poco en duda es el caràcter de los hechos. No hay nada, absolutamente nada, que nos asegure que los hechos existen. Al menos, que existen de forma unívoca y comrpobable. Lo ùnico de lo que disponemos siempre es de versiones, traducciones de la realidad, una realidad que no existe como tal.

Claro, esto no significa que no podamos, o tengamos derecho, a juzgar o a tomar posiciones. Como seres sociales, estamos obligados a transformar el mundo a partir de esas versiones.

Saludos.

Lluís Salvador dijo...

Hola, Asterión:
Los supervivientes. Los supervivientes tienen un relato sobre Schindler. Que pueda ser deformado, parcial, ponle todas las características que quiera, de acuerdo. Pero ese relato es respetable, y ahí hay que ir con mucho cuidado, sobre todo si caminamos por el sendero histórico y no por el de la ficción.
Y claro que tenemos derecho a tomar posiciones. Pero, ¿a exigir a los demás a que tomen posición? Francamente, a veces tengo problemas incluso para exigirme eso a mí mismo, no quisiera entrar en la corte de justicia del pensamiento individual revestido con la toga de juez.
No creo que nos pongamos de acuerdo, aunque ha sido un debate muy agradable. Si hay algo que lamento (y no sólo en el caso de Spielberg, sino en general), son las posibilidades perdidas. O la pincelada o línea que sobra. O esa idea que se trasluce pero se deja perder. Me considero más plañidera de esas oportunidades perdidas que no otra cosa. Y sin embargo, y cuando una obra incita aunque sólo sea a un pequeño debate sobre la misma, algo tiene.
Dejémoslo aquí, si te parece. Ambos tenemos motivos razonables y razonados.
Estoy un poco abrumado por tu comentario sobre "mi" apocalípticos... Pero te lo contesto, seguro, a no más tardar.
Un saludo!