L'Isola dell'Angelo Caduto, de Carlo Lucarelli

Einaudi, col. Tascabili Stile Libero
Turín, 20015 [1999]

Carlo Lucarelli, dentro de lo prolífico de su obra, tiene una tendencia a centrarse, dentro de un policiaco que podríamos definir como histórico-social, en un repaso de las fases de la historia reciente de Italia. Si las novelas del comisario de Luca eran un retrato de la época de la República de Salò, la transición a la República y la inmediata posguerra, esta La Isla del Ángel Caído, un título simbólico donde los haya, se centra directamente en la Italia fascista.
En una isla que es una colonia penal, desembarca un comisario de policía destinado allí por tener demasiado amor a la legalidad. Este presidio está servido por los camisas negras del partido fascista, con los que procura mantener las mínimas relaciones.
Un tiempo después, aparece el cadáver de un miliciano fascista, en teoría ahogado en el mar, en realidad estrangulado. Un cadáver a los que seguirán otros, de diversas extracciones sociales. Y frente al impulso de llegar al fondo del asunto está la renuencia de los fascistas a permutar lo "accidental" de estas muertes por los asesinatos que realmente son. Un impulso contrarrestado además por el estado anímico de su esposa, que languidece en la isla; que sólo recupera un hálito de vitalidad ante el anuncio de un posible traslado a tierra firme. Un traslado que se pondría en peligro si se enfrentase con todos los poderes que prefieren mantener las cosas como están.
No es sólo a la esposa del protagonista para quien le resulta opresiva la desolación de esta isla en definitiva del diablo, un apelativo que no sólo se refiere a su condición de colonia penal. El mismo lector, y es mérito de Lucarelli, siente esa opresión. Si su descripción y efecto están magistralmente logrados, transmitiendo una sensación de alienación e irrealidad, por un lado, de tiempo suspendido por otro, y de ambiente mefítico no tanto para la salud física como para la mental, esto no pasa de ser recurso de buen escritor, pero además es símbolo de una Italia (o de cualquier país sometido a una dictadura totalitaria, que siempre aspira a sobreponer su versión de la realidad a los hechos) secuestrada y forzada al conformismo y al silencio; obligada, en suma, a vivir en una ficción.
Y el mismo comisario es símbolo del ciudadano pasivo, ni fascista ni antifascista, que se ha hallado en una situación que no ha buscado pero tampoco ha hecho nada por evitar, y que entonces tiene que decirse a sí mismo: "cuidado" a cada acción que deba hacer. Un símbolo de todos aquellos que, en una época, tuvieron que elegir entre su conciencia y la conveniencia. No muchos eligieron lo primero. Y la gran mayoría no eran ciudadanos "principales", sino comunes y corrientes.
Esa fue y es la tragedia de las dictaduras: la supeditación de las conciencias de los individuos. Y eso es lo que Lucarelli, disfrazado de autor policíaco, cuenta de forma magistral.

Portada y sinopsis de la edición italiana

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