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Maigret si Diverte, de Georges Simenon

(Maigret s'Amuse)
Adelphi Edizioni, col. Le Inchieste di Maigret
Milán, 2006 [1957]

En la anterior ocasión en que he hablado del comisario Maigret (El Inspector Cadáver) les comenté que sus casos eran tan similares por su método de trabajo que sería difícil que volviera a comentar otro. No es que fuera que leído uno leídos todos, sino que para el comentarista se hace difícil señalar una y otra vez las virtudes y los defectos de Simenon sin un uso intensivo del diccionario de sinónimos para reproducir lo que, en definitiva, sería la misma reseña.
Varío mi postura hoy porque, en este caso de Maigret, Georges Simenon se permite hacer que su comisario se tome unas vacaciones en las que resuelve un caso sin ejercer de policía y sin usar los instrumentos de que dispone habitualmente. Como quien dice, sin moverse del sillón de casa.
Es un tour de force que aquellos autores con detectives de larga serie han practicado desde siempre. Conan Doyle lo hizo con Holmes, Agatha Christie con Poirot. De hecho, y en esencia, Edgar Allan Poe ya lo había hecho con Auguste Dupin en El Misterio de Marie Roget.
La honestidad del narrador se pone a prueba en estos casos. Es necesario que el detective en cuestión siga fiel a sus métodos pero no tenga acceso directo a las fuentes de investigación. Es también imprescindible que el escritor no recurra a un deus ex machina surgido de la nada, lo que sería una trampa intolerable. Así lo hace Simenon, empleando la percepción que Maigret tiene de las personalidades, operando sólo con las actitudes y acciones de los implicados que le llegan por la prensa, actuando, como remarca una y otra vez, como uno de esos detectives aficionados de café a los que tanto odia y constriñéndose a no apelar a sus fuentes, ni a su prestigio, ni a su cargo. De hecho, dando pistas a la policía mediante anónimos.
Por supuesto, lo consigue. Y el autor respeta la personalidad de su personaje. Como siempre en estos casos, si esta honestidad se mantiene, entonces el lector queda gratificado. Que es lo que sucede con este Maigret se Divierte. Y, cabe agregar, el lector también.

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Los Siete Samurais, de Akira Kurosawa

SESIÓN MATINAL

(Shichinin no Samurai)
1954
Director: Akira Kurosawa; Guión: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni; Intérpretes: Takashi Shimura (Kambei Shimada), Toshiro Mifune (Kikuchiyo), Yoshio Inaba (Gorobei Katayama), Seiji Miyaguchi (Kyuzo), Minoru Chiaki (Heihachi Hayashida), Daisuke Kato (Shichiroji), Isao Kimura (Katsushiro Okamoto), Keiko Tsushima (Shino), Yukiko Shimazaki (Esposa de Rikichi), Kamatari Fujiwara (Manzo, padre de Shino), Yoshio Kosugi (Mosuke), Bokuzen Hidari (Yohei), Yoshio Tsuchiya (Rikichi); Música: Fumio Hayasaka; Dir. Fotografía: Asakazu Nakai; Montaje: Akira Kurosawa; Dir. Artística: So Matsuyama.

Si ustedes no han visto Los Siete Samurais, pero han visto Los Siete Magníficos (que aparecerá por aquí también) tendrán una idea muy exacta de lo que es esta película. Pero les recomiendo que vean Los Siete Samurais. Porque esta obra maestra de la épica tiene tantas cosas destacables que uno, en verdad, no sabe de cine hasta que ha visto este filme.
La historia: Un pueblo japonés del siglo XVI contrata a siete samurais para librarse del acoso y pillaje de unos bandidos. Esta presunta simpleza abre, sin embargo, unas puertas innumerables: el sentido del heroísmo, de quiénes son los héroes. Del honor del guerrero. De la redención de la violencia mediante la justicia. Y unas cuantas cosas más.
Una dirección magistral, un movimiento de cámara estético y magnífico, una fotografía impresionante, actuaciones grandiosas... todo en esta película es estudiable y, no obstante, es necesario contemplarla unitariamente.
El tráiler que les propongo es notable. No sólo una acumulación de fragmentos sino una miniépica de la gran épica que es Los Siete Samurais

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Revolución en el Jardín, de Jorge Ibargüengoitia

Ed. Reino de Redonda
Barcelona, 2008 [1972-1997]
Prólogo y edición de Juan Villoro

Esta selección de las crónicas de Jorge Ibargüengoitia no es mala forma de acercarse a un autor que ha influenciado el policiaco, el fantástico y la literatura en general, no sólo de México, sino la hispana.
Y no es mala forma porque la crónica permite una variedad de formatos necesaria y benditamente breves (lo que pone al descubierto bondades y defectos con gran rapidez) que muestran las virtudes tanto del narrador como del periodista: la anécdota se eleva a relato literario, el hecho a reflexión, la vivencia a filosofía, el exabrupto a postura vital. En el caso de Ibargüengoitia, con un sentido irónico y humorístico muy, pero que muy notables.
Por ejemplo, y buena prueba, es este inicio de "El Lenguaje de las Piedras":
«Se me podrá acusar de tratar sólo con una minoría selecta, pero hasta la fecha no he conocido ningún mexicano que tenga esperanza ─y menos, que tenga ganas─ de que sus huesos acaben en la Rotonda de los Hombres Ilustres.»
Este "y menos, que tenga ganas" por sí mismo dice mucho de la vis irónica que preside la literatura de Ibargüengoitia.
Partiendo a veces de un mexicanismo que con extrema rapidez se hace universal, no es de extrañar que fuera escritor incómodo para todos. Forúnculos embarazosos para las ideologías, suelen ser estos autores los pioneros en gritar que el rey va desnudo, siempre con cierta sorna. Desde los tiempos de la Grecia clásica este tipo de escritores han sido universalmente odiados, menos por los lectores, que suelen pasárselo en grande con ellos y quienes les conceden carta blanca para cantar verdades y mostrar reveses de trama, siempre con gracia.
Ibargüengoitia era de estos. Véase si no el texto "Humorista: Agítese antes de Usarse", donde se define a sí mismo y lo que hace con absoluta precisión:
«Hay quien afirma, y yo estoy de acuerdo, que el sentido del humor es una concha, una defensa que nos permite percibir ciertas cosas horribles que no podemos remediar, sin necesidad de deformarlas ni de morirnos de rabia impotente.
»Esta característica del humor como sedante es la ruina del autor como aguijón. Por esto creo que, si no voy a conmover a las masas ni a obrar maravillas, me conviene bajar un escalón y pensar que si no voy a cambiar el mundo, cuando menos puedo demostrar que no todo aquí es drama.»
Pero aquí Ibargüengoitia se equivocaba. En realidad, no bajaba un escalón, sino que lo subía.

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L'Alienista, de Joaquim Maria Machado de Assis

(O Alienista)
Quaderns Crema, col. Mínima de Butxaca
Barcelona, 1996 [1882]

No es mi costumbre, pero en este caso el resumen de contraportada es particularmente esclarecedor, de modo que ahí van algunas de las cosas que dice: "El doctor Simão Bacamarte «el más grande de los médicos de Brasil, de Portugal y de las Españas» decide fundar en Itaguaí una institución sin precedentes locales: una casa de locos. El entusiasmo inicial de la gente de Itaguaí deja paso muy pronto a la sorpresa, cuando el médico empieza a encerrar a personas sanas, y se alzan las primeras suspicacias. A medida que va encerrando más, aumenta la indignación, y finalmente estalla una revuelta popular. [...] Tiene un desenlace, como reconoce el propio autor «de atanta envergadura y tan inesperado que se merecería al menos diez capítulos: pero me contento con uno, que será la coronación del relato y uno de los más bellos ejemplos de convicción científica y abnegación humana»".
Este cuento largo delirante, que avanza con una lógica aplastante de situación absurda a otra más absurda todavía, no deja de producir carcajadas en el lector. Desde la estupefacción divertida de las primeras acciones del doctor pasando por un crescendo de lo que él considera locura hasta un falso clímax en el que, cuando tiene ya encerradas a cuatro quintas partes de la población, decide que, evidencia numérica aplastante, la normalidad es la locura y que lo que hay que hacer es encerrar a los auténticos enfermos, que son esa minoría de personas en apariencia sensatas.
Pero si creen que es la única vuelta de tuerca de esta narración, están equivocados.
Divertidísimo, sorprendente, ágil, corrosivo, este cuento es además un ensayo, escrito desde la primera línea de lo que los ingleses llaman "tongue in cheek", es decir, de forma satírica, sobre la definición de locura y de la medida de la normalidad humana, a la vez que satiriza el comportamiento social que, en su casi totalidad, puede definirse como demente.
Machado de Assis fue el gran nombre de las letras brasileras en el siglo XIX. Escribió de todo, en todos los géneros y en todos los tonos. En el del humor, este El Alienista es un triunfo inmortal, una joya de la corrosión, la ironía y, en definitiva, de la inteligencia narrativa.

Portada y sinopsis de la edición castellana

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L'Inspector Fa Tard, de Manuel de Pedrolo

Eds. de la Magrana, col. La Negra
Barcelona, 19883 [1953]

Una de las características de la novela negra siempre ha sido la de servir de retrato de la sociedad de una época. Un retrato siempre más anímico, moral y social que otra cosa. De hecho, más que la resolución criminal, esa ha sido su principal virtud.
En la época en que esta obra fue escrita, hubo una pequeña eclosión de películas negrocriminales realizadas en Barcelona. Fuera de sus argumentos, sencillos y bienpensantes (y constreñidos por la censura de la época), aunque por su solo planteamiento ya representaban una mínima, inocente si quieren, subversión, su visionado actual resulta más ilustrativo sobre la Barcelona de esa época que cualquier retrospectiva. Porque, por supuesto, su temática no las ceñía a los barrios nobles de Pedralbes o el Ensanche, ni a los fastos del Congreso Eucarístico, sino que descendían a la zona portuaria, al Barrio Chino barcelonés (en donde no hubo nunca un chino), a los barrios obreros de La Sagrera o de La Bordeta.
Esta novela [El Inspector Llega Tarde], leída hoy, sirve (muy involuntariamente, pero da igual) de fresco de portada de la Barcelona de los años cincuenta, y de adecuado reflejo de su clima social.
El argumento es mínimo: se ha producido un robo de nóminas en una fábrica, teóricamente cuando la caja estaba guardada por el protagonista, Claudi Miserachs. ¿Ha sido él? ¿Han robado otros? ¿desde dentro o desde fuera? El caso es que un par de días después, Miserachs empieza a ser seguido y a recibir llamadas telefónicas amenazadoras. La sencillez definitiva de este argumento no es óbice para que sea mantenido en pie por el suspense creado alrededor de la situación por Pedrolo, y que leída hoy esta novela sigue siendo válida y extrañamente moderna para su época.
Manuel de Pedrolo, Premi d'Honor de les Lletres Catalanes, el máximo galardón al que puede aspirar un escritor en esta lengua, fue, además de un novelista de calidad (pese a ser enormemente prolífico), introductor de los géneros en la literatura catalana (en ciencia-ficción, Mecanoscrit del Segon Orígen; en la novela negra, numerosos ejemplos de los cuales sólo es uno esta novela), y lo hizo con una tremenda contemporaneidad y modernidad. En la época en que en España lo más policíaco eran las historias de Plinio, de García Pavón, Pedrolo introdujo la novela negra catalana según los modelos del hard-boiled americanos y del polar francés. Todo ello las hacen hoy tremendamente contemporáneas, escritas con un estilo fresco y propio y disfrutables por derecho propio como modelos de escritura y de tratamiento de los temas. El año que viene se conmemora el vigésimo aniversario de su muerte. Esperemos que esto lleve una recuperación de su obra. Todos aprenderemos de ella.

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Winchester '73, de Anthony Mann

SESIÓN MATINAL

Director: Anthony Mann; Guión: Robert L. Richards y Borden Chase, basado en una historia de Stuart N. Lake; Intérpretes: James Stewart (Lin McAdam), Shelley Winters (Lola Manners), Dan Duryea (Waco Johnnie Dean), Stephen McNally (Dutch Henry Brown), Millard Mitchell (High Spade Frankie Wilson), Charles Drake (Steve Miller), John McIntire (Joe Lamont), Will Geer (Wyatt Earp), Jay C. Flippen (Sargento Wilkes), Rock Hudson (Young Bull), John Alexander (Jack Riker), Steve Brodie (Wesley), James Millican (Wheeler), Abner Biberman (Latigo Means), Tony Curtis (Doan), James Best (Crater); Dir. de fotografía: William H. Daniels; Montaje: Edward Curtiss; Dir. artística: Bernard Herzbrun y Nathan Juran.

La épica del western ha tenido su centro en aquellos hombres que conformaron el imaginario del espíritu de frontera. En esta película, además se incorpora a la épica los objetos que la hicieron posible, en este caso el rifle de repetición Winchester modelo (mítico) 73.
James Stewart busca al asesino de su padre. Gana un rifle Winchester, que es robado por McNally. Pasa a manos de McIntire, después a los indios, más tarde a la caballería, a Charles Drake, a Dan Duryea y, de nuevo, a McNally, el asesino al que busca Stewart. Y en consecuencia, al enfrentamiento entre ambos. Este viaje del objeto es aprovechado para moverse por todo el ámbito del Far West y sus caracteres y arquetipos.
Con esta estructura, no inusual, pero útil, esta historia es llevada con mano impecable por Anthony Mann y un gran trabajo actoral. Una joya artesanal que representa una sorpresa en su primera visión y un placer en las posteriores.
Por primera vez, un actor (Stewart) sacrificaba parte de su sueldo a cambio de un porcentaje de los beneficios, algo que le salió muy bien y una costumbre que se generalizó a partir de entonces.
Pueden ver a Tony Curtis y Rock Hudson en papeles secundarios.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Duke Ellington at Newport

¿Por qué jazz? La respuesta en el título de esta entrada. ¿De la mano de quién? ¡Ah! Esa es otra cuestión. Cuando era más joven (más joven que ahora, ja, ja) me atraía el jazz, lo había escuchado, un poco caóticamente, con la ventaja de tener un grande en nómina del país, como era Tete Montoliu, con la desventaja de una discografía escasa y cara, que uno no sabía bien por donde coger.
Reconozcámoslo, el jazz es una música difícil que sólo se puede apreciar realmente escuchándola, y escuchando mucho jazz. Pero discriminar y ordenar lo que se debe escuchar no es fácil: dixieland, Nueva Orleans, Chicago, Costa Este, Oeste, swing, be bop, hard bop, etc. Demasiadas tendencias dentro de una misma música como para aclararse, y más en un género que, muy a menudo, se compone de instantes geniales, irrepetibles, y no depende de las composiciones sino de la interpretación, y esa en un momento dado.
En ese contexto, una noche y en la ya hace tiempo desaparecida Antena 3 de Radio, topé con Juan Claudio Cifuentes, Cifu para los amigos, es decir, todos sus oyentes. A partir de ahí las cosas sufrieron un cambio significativo. Puede que el Cifu no sea la persona que más sabe de jazz de España. Pero es seguro que es una de las tres personas que más saben, aunque desconozco quiénes pueden ser las otras dos. Siempre ha dejado que la música hablara por sí misma. Pero esa parquedad en palabras iba acompañada de una brillantez en la exposición y la explicación que la convertían en particularmente valiosa. Con el cierre de la emisora, le perdí la pista. Y ahora, ¿veinte? años después, casi por casualidad, lo redescubrí en Radio Clásica de Radio Nacional de España, haciendo su programa, claro que sí, llamado como siempre, Jazz Porque Sí. Sigue como siempre, es decir, instructivo, estimulante, magistral.
Y además, la emisora tenía servicio de podcast. De inmediato, pensé en rendirle homenaje. Yo a este tío le debía algo. Y, al fin y al cabo, el 40% de mis lectores son de fuera de España, con lo que no habrían tenido ocasión de escucharlo jamás. Y el Cifu merece ser escuchado tanto como sea posible.
Ahora bien, tenía que ser algo digno y grande. A esperar pues algo monumental. No tuve que esperar mucho. El Cifu nos brindó dos programas sobre un concierto mítico: el de Duke Ellington en el festival de jazz de Newport de 1956. Ya que el reproductor de medios que propone RNE no funciona en Blogger [nota del 7 de mayo de 2010: ahora SÍ funciona, de modo que ahí tienen el reproductor "oficial"], hice un aprendizaje acelerado de inclusión de música en blogs. Y mientras tanto, veía con desesperación que la segunda parte del concierto emitida no aparecía en el podcast. ¿Sería necesario que esperase a otro momento genial en la historia del jazz?
Por fortuna, y ya en octubre, el Cifu se puso ante el micrófono para anunciar que, a petición popular, iba a componer un programa con los momentos culminantes de ese concierto: la Newport Jazz Festival Suite (1.Festival Junction; 2.Blues to Be There; 3.Newport Up) y los potentes, inconmensurables, irrepetibles, geniales Diminuendo in Blue-Crescendo in Blue, con esa auténtica gesta de Paul Gonsalves en una improvisación de 27 chorus de 12 compases cada uno y con una banda particularmente inspirada empujando detrás.
Y aquí lo tienen.
El Cifu se lo explicará mejor que yo.
No dejen de pulsar esa tecla del play.


Jazz porqué sí 30/10/09


Aunque no descarto hacer más incursiones de este tipo e incluir aquí otros programas de Jazz Porque Sí, aquellos que quieran acudir aa escuchar y escoger de entre la amplia selección de nombres que Juan Claudio Cifuentes ha puesto en antena, pueden clicar en este enlace y servirse a su gusto. No quedarán defraudados.

Nota del 25 de mayo de 2010:
El Cifu no abandona jamás a sus polluelos. Atendiendo peticiones y reclamaciones, en el programa dominical de dos horas se marcó la reemisión completa de los programas dedicados al concierto de Newport de Duke Ellington y, claro, con el concierto completo.
De modo que, para aquellos que tengan prisa, dejo el enlace al programa resumen, pero les recomiendo vivamente que escuchen la versión completa. El concierto y las explicaciones del Cifu lo valen.


Programa especial: Duke Ellington en el Festival de Newport de 1956 (Jazz porque Sí)

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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Tan Fuerte, Tan Cerca, de Jonathan Safran Foer

(Extremely Loud & Incredibly Close)
Random House Mondadori/Ed. Lumen, col. Narrativa
Barcelona, 2005 [2005]
Ilustraciones de Debra Meltzer, Christopher Moisan y Anne Chalmers

A estas alturas de blog, confío en que me permitan ponerme sentimental. Sentimental y no sentimentaloide, dos campos separados por una línea tan fina que es muy difícil no rebasarla.
Tan Fuerte, Tan Cerca es la historia de Oskar Schell, un niño de nueve años, muy sensible, que perdió a su padre el 11 de septiembre de 2001 en las Torres Gemelas de Nueva York. Un día rompe un jarrón y dentro encuentra un sobre con la palabra "Black" escrita en él y una llave en su interior. ¿Podría ser este objeto una especie de legado de su padre? ¿Un secreto? ¿La primera pista de una búsqueda? Es posible, o así lo cree Oskar, y así es como empezará una aventura por Nueva York, buscando entrevistarse con todos los Black de la guía telefónica, persiguiendo un sueño.
Esto es terreno peligroso, como ya he dicho. Uno en el que es fácil caer en el lamento, la manipulación del lector, la imposición de la piedad y el dolor. Nada de eso hay en esta novela. Lo que hay es una historia iniciática, en un ambiente maravilloso con la historia de la familia de Oskar envolviendo a esta su aventura y su pérdida.
Foer consigue emocionar, trazar la ruta sentimental de la pérdida del padre de Oskar y sus relaciones con su madre, su abuela, su desconocido abuelo y las personas que conformarán un retrato de un Nueva York conmovido pero en marcha, de buenas gentes (o que lo son momentáneamente ante las circunstancias de Oskar, no nos engañemos). Un libro repleto de historias, porque la ciudad es diecinueve millones de historias, bien trazado, estructurado, tierno pero sin concesiones, muy bien escrito y muy bien fundamentado.
¿Quieren la prueba del nueve de la literatura? Muy bien, aquí está: es la segunda vez que leo este libro. La primera me encantó. Es esta posterior lectura, Foer ha reproducido esos sentimientos y sensaciones. Y, pese a conocer el final, el cuerpo de esta novela me ha vuelto a interesar por sus historias y sus detalles. Tener un libro así en el estante es ir más allá del puro consumo de una historia. Significa tener algo de la humanidad entre dos cubiertas de cartón. Y si puede volver a apelar a los sentimientos, eso quiere decir que puede hacerlo porque son auténticos.

Portada y sinopsis

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La Treva, de Primo Levi

(La Tregua)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 1997 [1958]

La Tregua, segundo volumen de lo que se ha venido a denominar "Trilogía de Auschwitz" (el primero, Si Esto Es un Hombre; y el tercero Los Hundidos y los Salvados) ocupa, dentro de esta historia del horror del Holocausto, el relato de los sucedido desde la liberación del campo de exterminio de Auschwitz (o, para ser precisos, desde el abandono precipitado de los guardias SS del campo ante el avance de las tropas rusas) hasta la definitiva repatriación de los supervivientes a sus hogares, un hecho que se prolongó sus buenos diez meses, un tiempo incomprensible y de una duración que se puede definir como casi intolerable. Una especie de cautiverio adicional si no fuera por el hecho de que había desaparecido la finalidad última de los campos, como era el exterminio de sus internos.
En Si Esto Es un Hombre, Primo Levi nos sumía en la desolación del horror absoluto. En La Tregua, lo que permea en el lector es un sentimiento de alivio. Es lógico, puesto que, frente a la desesperanza, los ya exprisioneros se enfrentaban y vivían la libertad.
Pero no la liberación. Pese a ese sentimiento de renacer, el peso de lo vivido seguía acompañando a los supervivientes. Interiormente, muchos seguían siendo prisioneros, y lo serían el resto de sus vidas.
Este es un libro extraño, lleno de contradicciones, las mismas que acompañaron a los liberados más las del mundo que los contemplaba, que tampoco podía comprenderlos, ni su situación actual ni aquellas circunstancias por las que habían pasado. El mundo (es algo común en los relatos de los supervivientes de los campos) no sabía muy bien qué hacer con ellos. Eso creó situaciones intolerables. Internamiento en nuevos campos (de refugiados, los llamaríamos hoy; pero, ¿refugiados de qué?). Cierto, sin la amenaza que planeó siempre en los de exterminio, pero campos al fin y al cabo. No hubo, más que al final, y de forma muy somera, una devolución de la dignidad perdida. O un simulacro de devolución, tan siquiera.
Todo esto no está en el relato de Levi. Éste se limita a narrar hechos. Pero el lector queda con esa impresión de que algo se tenía que haber hecho y no se hizo, o no lo bastante. Levi no llora. Pero lo que trasciende es que los vencedores tampoco cumplieron. Los supervivientes les eran incómodos. Incluso, a veces, da la impresión de que los consideraban superfluos. De muertos en vida a supernumerarios de la vida. Puede argüírse que es un paso significativo. No lo creo así.
Y, por tanto, el tono puede ser de alivio. Pero no deja de ser una historia trágica, más incómoda de lo que parece, más vergonzosa para nosotros de lo que debiera.

Portada
Otros testimonios sobre los campos nazis: Si Esto Es un Hombre, de Primo Levi, La Escritura o la Vida, de Jorge Semprún y El Largo Viaje, de Jorge Semprún

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La Dama de Picas, de Alexander S. Pushkin

(Pikovaya dama /Пиковая дама)
En Novel·les i Contes
Eds. 62, col. Les Millors Obres de la Literatura Universal
Barcelona, 1981 [1834]

Pushkin, además de ser el modernizador de la lengua rusa, es el máximo exponente del romanticismo en este idioma. Y, como buen romántico, no podía dejar de tener en su haber una historia fantástica. Y una, para los cánones de la época, endiabladamente buena.
Hermann es un hombre morigerado, cuya máxima pasión son los juegos de cartas, pero a los que no apuesta porque "no está en disposición de malversar lo que tiene justo para vivir con la esperanza de ganar más de lo que necesita". Sin embargo, cuando escucha que uno de sus compañeros tiene una abuela que obtuvo un secreto del Conde de Saint-Germain para ganar a los naipes (un secreto que, por supuesto, insinúa unas implicaciones y consecuencias diabólicas), se obsesiona por obtener esas tres cartas que le permitirán esquivar el azar y alcanzar unas ganancias fabulosas.
Y para ello, maquinará una ignominia de tal calibre que el lector quedará satisfecho cuando ese recurso infalible se vuelva en su contra, en una venganza que, literalmente, proviene del más allá.
Extrañamente alejado del cuento de horror ruso, casi siempre enraizado en la leyenda campesina (El Viy; La Familia Vurdalak), no obstante consigue, por lenguaje y ambiente, un fantástico propiamente ruso, por primera vez urbano, que anticipa las historias de Gógol, y que incorpora con éxito la ironía y temas que cristalizarán en los grandes autores rusos posteriores.
Por lenguaje y recursos, esta Dama de Picas es una pequeña joya del relato de fantasmas de todos los tiempos.

Portada y sinopsis

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Ven y Mira, de Elem Klimov

SESIÓN MATINAL

(Idi i Smotri)
1985
Director: Elem Klimov; Guión: Ales Adamovich y Elem Klimov; Basado en historias de Ales Adamovich; Música: Oleg Yanchenko; Dir. Fotografía: Aleksei Rodionov; Montaje: Valeriya Belova; Dirección artística: Viktor Petrov; Vestuario: Eleonora Semyonova; Intérpretes: Aleksei Kravchenko (Florya Gaishun); Olga Mironova (Glasha); Liubomiras Lauciavicius (Kosach); Vladas Bagdonas; Jüri Lumiste; Viktor Lorents; Kazimir Rabetsky; Yevgueni Tilicheyev; Aleksandr Berda; G. Velts; V. Vasilyev; Igor Gnevashev; Vasili Domrachyov; G. Yelkin; Ye. Kryzhanovsky; N. Lisichenok; Vladimir Manayev; Takhir Matyullin; Piotr Merkuryev; Valentin Mishatkin; G. Matytsky; Yevgeniya Polyakova; Anatoli Slivnikov; Georgi Strokov; Tatyana Shestakova; Oleg Shapko.

Esta obra maestra de Elem Klimov es la historia de un muchacho, casi un niño, que se incorpora a los partisanos en Bielorrusia durante la Segunda Guerra Mundial. En un enfrentamiento queda separado del grupo e intenta regresar a su pueblo acompañado de una muchacha. Sabrá entonces que los alemanes han organizado una masacre y han asesinado a todo el pueblo.
Una película de diversos niveles: iniciación a la edad adulta, o la necesidad y brutalidad de este rito de paso en situación de guerra; historia del heroísmo forzado por la historia, tan común en la cinematografía soviética; pero, sobre todo, una visión descarnada de las atrocidades de la guerra en general y del nazismo en particular.
Esta película formula desde su título, a la vez, una petición al espectador y una promesa. Y cumple con creces esta última.
El espectador sentado en su butaca mira y ante sus ojos indefensos desfilan escenas de una masacre sin paliativos, de un realismo absoluto (y, para los que dudan, sobre hechos basados en cientos de episodios que se produjeron en realidad). Su fuerza es tal que, apenas sin diálogos, con la pura fuerza de sus imágenes, nos sentimos abrumados, y es muy posible que salgamos de su visionado con un aturdimiento difícil de describir. Las historias de iniciación y de heroísmo son necesarias en este film para que no se convierta en un pseudodocumental. Sin embargo, su auténtica fuerza gira en torno a esta realidad reflejada, a esta brutalidad real.
Un trabajo actoral inmenso, una selección de actores minuciosa, un manejo de cámara marca de la casa del cine soviético, cuidada, técnica y bella a la vez, es posiblemente la mejor película realizada jamás sobre los crímenes del nazismo, el mejor alegato antibelicista, un poema desesperado realizado sobre una situación brutal, una obra maestra total.

Tráiler (interesantísimo y bello a su vez):

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El Ojo del Grillo, de James Sallis

(Eye of the Cricket)
Julieta Lionetti/Poliedro
Barcelona, 2004 [1997]

Esta novela me llamó la atención por varias cosas. La primera fue que Harlan Ellison definiera a su autor como "una mente y un talento de dimensiones inusuales". Si siguen regularmente este blog sabrán que tengo un gran respeto por la ficción y las opiniones de Ellison, desconocido como es en España y valorado por su independencia y originalidad en los Estados Unidos. La segunda es que, como la biografía de solapa informa, Sallis es un experto en la historia del jazz. Rebuscando en mi memoria, comprobé que era en efecto así. No es sólo un experto local, por muy amplia e influyente que sea esta localidad, sino que ha traspasado fronteras. Esto y el hecho de que "jazz" y "novela negra" van muy unidos hace este dato interesante. La tercera es que sea el autor de la que se considera la biografía definitiva de Chester Himes, un autor de la novela negra negra (hoy se diría "novela negra afroamericana") peculiarísimo y complejo, tanto por su vida como por su obra.
La novela tiene otros intereses en sí misma. El argumento, muy chandlerianamente (Raymond Chandler es un referente en esta novela, si no en su estilo, sí en la forma de encarar la narración), es casi lo de menos. Lew Griffin es escritor, profesor universitario por temporadas (de literatura clásica, francesa e inglesa) y, de forma más ocasional todavía, detective. Afincado en Nueva Orleans, esta ficción está enclavada de manera inextricable con el carácter y las genes de esta ciudad, de forma que es, a la vez, un homenaje y una representación social y física de una población fascinante por muchos motivos.
e trata de una novela extrañamente introspectiva, en la que Griffin se enfrenta a sus propios fantasmas y a su reflejo en la sociedad que le rodea. Sufriente y preocupado en una sociedad entre impotente e indiferente, Griffin tendrá que recaer hasta lo más bajo para poder resurgir de una inmovilidad atenazante que, cómoda como pueda parecer, no es sino una anestesia frente a lo que le rodea y a lo que le ha convertido en lo que es. En resumen, tiene que caer para poder levantarse como un hombre nuevo.
Esta introspección es lo que hace grande a esta novela, y no los casos que pueda resolver Griffin, tanto más cuando estos casos no son sino unos indicadores, unas banderas de señales que marcan las carencias de una sociedad.
Esta historia personal, narrada de forma peculiar, con una estructura original que nos anticipa cosas, retrocede de repente y en ocasiones se avanza a la historia, es una de esas novelas de género que trascienden a éste y conforman una épica personal y, a la vez, un compromiso con el ser humano.

Portada y sinopsis

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Yo También Sabría Hacerlo. Entender el Arte Moderno, de Christian Saehrendt y Steen T. Kittl

(Das Kahnn Ich Auch!)
Eds. RobinBook/Ma Non Troppo, col. Arte
Barcelona, 2009 [2007]

Por desgracia para todos, y según la tesis de los autores, la conclusión parece ser que no hay mucho que entender. O demasiado, según se mire. El paseo por el que nos llevan es uno que más se asemeja al parquet de una sofisticada, irritante, materialista y muchas veces vacua bolsa que al terreno de los sentimientos o la técnica.
Así, el tono de este libro no puede dejar de ser irónico (una ironía que no siempre queda bien trasladada en la traducción, de la que hablaré después). Y es aquí donde esto se convierte en un auténtico manual de cómo sobrevivir a lo que rodea al mundo artístico: las exposiciones, las performances, las galerías, los museos, los galeristas, los marchantes, los coleccionistas, los públicos respectivos y los propios artistas. Sea usted mismo, nos dice, enfréntese a la obra, interróguela e interróguese a sí mismo, y procure sobrevivir y salir indemne de este envoltorio económico y egotístico, más parecido a un mercadillo que a otra cosa.
La conclusión que queda es que nadie puede decir hoy día qué es arte, mientras éste sólo se mida por parámetros económicos.
Conclusión ciertamente pesimista, pero en la que todavía queda un rayo de esperanza. Las más grandes obras artísticas de todos los tiempos no es seguro que hayan sobrevivido. No podemos tener esa constancia. Nos conformamos con lo que nos ha llegado y ha sido consagrado por el tiempo y la experiencia. ¿Qué le queda pues al espectador del arte contemporáneo?: «¡Todo tiene un carácter efímero y pasajero! Eso es algo que tranquiliza e inquieta al mismo tiempo, pues la sociedad contemporánea también tiene algo de efímero y pasajero. Sólo existe una oportunidad para ella y tal oportunidad reside en la tolerancia que manifestemos. ¿Cuándo veremos este arte si no lo hacemos ahora?»
Puesto que no tenemos juicios previos que sepamos van a ser perdurables, nos dicen, creemos nuestros propios juicios. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿cómo ver este arte contemporáneo? Puede resultar iluminador este ejemplo:
«Las visitas a los museos programadas para pacientes con Alzheimer constituyen, con toda seguridad, un enfrentamiento poco común con el arte. El MoMA ofrece este servicio desde hace algún tiempo. "El arte es multidimensional y afecta a diversas zonas del cerebro, tanto las dañadas como las intactas", explica uno de los neurólogos implicados. Los pacientes buscan en la tienda de regalos sus postales preferidas y se dirigen en grupo a ver el original.
»La capacidad intelectual de los afectados está perdida sin remedio pero, a través del efecto emocional causado por las obras de arte, se pueden despertar sensaciones y asociaciones. En estas rondas suelen ser muy apreciados los motivos figurativos y narrativos, pero se prefieren las obras de arte con contenidos dramáticos y emocionales. Liberados de una forma de pensar lógica y funcional, los participantes del Meet me at MoMA se dedican a una observación del arte liberada de prejuicios. La vivencia obtenida con las obras de arte y el hecho de hablar sobre ellas llevan consigo una mejora de la calidad de vida y de la vitalidad de los enfermos, aun cuando a estos pacientes se les haya olvidado todo al cabo de unos pocos minutos. Seamos sensatos: ¿A quién no le ocurre lo mismo al visitar un museo, a pesar de que no padezca Alzheimer?»
Me parece una postura de contemplación tan buena como la que más, si no mejor.

[Horrorosa traducción la de este libro. Mi conocimiento del alemán no es tan extenso como para afirmarlo con rotundidad, pero creo que la traductora (cuyo nombre dejaré piadosamente en el olvido) tiene graves problemas con la lengua de origen o, lo que sería peor, con la de destino. Sólo así cabría explicarse que unos autores que se expresan de forma lúcida y coherente, de repente caigan en frases incomprensibles. Incomprensibles porque no significan nada y, sobre todo (y de ahí nace la sospecha) porque en nada se relacionan semánticamente con la precedente. Tenga o no problemas con el alemán, lo que es seguro es que tiene además problemas serios con el inglés, amén de un gravísimo problema en el uso del diccionario. Después de finalizada la lectura, tengo la impresión de que no se ha acabado de trasladar el tono del original (lo que es grave), se han traducido a la buena de dios algunas frases, que han perdido su sentido (más grave todavía) y, visto lo anterior, si esto es lo que se ha percibido, pueden imaginarse lo que se ha disimulado bajo apariencia coherente, pero que vaya usted a saber qué decía en origen (y esto sería escalofriante).]

Portada y sinopsis

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Il Campo del Vasaio, de Andrea Camilleri

Sellerio Editore, col. La Memoria
Palermo, 2008 [2008]
Serie Comisario Montalbano, nº17

Dentro de la evolución natural de este protagonista genial de Camilleri que es el comisario Salvo Montalbano, al que los años le van pesando, en este El Campo del Alfarero, Montalbano se enfrenta probablemente al problema más difícil de su historia, no como intriga policial (que a Montalbano no es que le traiga sin cuidado, pero que para él es secundaria), sino porque tiene que asumir una crisis como es la de la traición de la amistad.
En un campo de creta, material empleado en la fabricación de vasijas y que remitirá a la historia de Judas del evangelio según san Mateo, es encontrado un cadáver, asesinado de un tiro en la nuca y después despedazado en treinta trozos. Todo parece apuntar a un crimen mafioso, según la peculiar semiología que estos grupos han desarrollado en sus crímenes, pero las cosas no son tan fáciles.
Y, además, su vicecomisario y amigo Domenico Augello no hace sino reclamarle con insistencia la dirección de la investigación de este crimen. Un Augello cambiado, crispado, agresivo con sus compañeros, nervioso, desconocido en suma.
A medio plazo, Montalbano intuirá que Augello puede estar liado con la viuda del muerto, y que ésta puede tener que ver en el crimen mucho más de lo que aparenta. Frente a esta traición, a esta ruptura de la confianza y de la amistad, Montalbano reaccionará como esperamos de él. ¿Quién no ha traicionado a alguien en su vida? ¿Quién no ha mentido? Por tanto, lo hará todo para que el escándalo no salpique a Augello. No dudará en llegar a un compromiso entre la resolución del crimen y el mantenimiento y la justificación de la amistad. En dar una segunda oportunidad a Mimì.
Jamás habíamos visto a un Montalbano tan afectado emocionalmente, tan cansado a veces, tan vulnerable en otras y, sin embargo, tan claro en su percepción de lo que consisten los auténticos valores personales. En este aspecto, jamás Camilleri había desnudado tanto a su personaje, jamás nos lo había puesto en una situación tan difícil y nunca antes nos lo había acercado tanto. Camilleri, que nunca ha hecho novelas policiales al uso, jamás se había desentendido tanto de la trama criminal para dejarnos claro que escribe sobre vidas y no sobre muertes.

Portada y sinopsis (en italiano)
Página web de la serie de televisión "Comisario Montalbano" (en italiano)

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Cautivos del Mal, de Vincente Minnelli

SESIÓN MATINAL

(The Bad and the Beautiful)
1952

Director: Vincente Minnelli; Guión: Charles Schnee, basado en una historia de George Bradshaw; Intérpretes: Lana Turner (Georgia Larisson), Kirk Douglas (Jonathan Shields), Walter Pidgeon (Harry Pebbel), Dick Powell (James Lee Bartlow), Barry Sullivan (Fred Amiel), Gloria Grahame (Rosemary Bartlow), Gilbert Roland (Víctor 'Gaucho' Ribera), Leo G. Carroll (Henry Whitfield), Vanessa Brown (Kay Amiel), Paul Stewart (Syd Murphy), Sammy White (Gus), Elaine Stewart (Lila), Ivan Triesault (Von Ellstein); Música: David Raksin; Dir. de Fotografía: Robert Surtees; Montaje: Conrad A. Nervig; Dir. Artística: Edward Carfagno y Cedric Gibbons; Sonido: Douglas Shearer.

Aunque no son escasas, las películas sobre el cine constituyen una minoría. Esta es una de las más críticas, a la vez que épicas (con una épica sucia, todo hay que decirlo), con el sistema de producción de Hollywood. Una actriz (Turner), un guionista (Powell) y un director (Sullivan) dejan claro, mediante flashbacks de sus historias personales, porqué no volverán a rodar una película con el magnate del cine Douglas. Estas historias conforman un relato de cómo este productor salió de la serie B para rodar películas de gran presupuesto, siempre al servicio de su arte (¿o de su egolatría?) aunque ello signifique incluso destrozar vidas. De entre un repertorio de grandes interpretaciones, destaca en particular la de Kirk Douglas, en una actuación ambivalente y enérgica que, a la vez que le hace un personaje repulsivo, no podemos dejar de admirar por su entrega, su visión titánica del cine como algo superior a la vida, su tenacidad ante las dificultades, su impulso para conseguir levantar un imperio, no para enriquecerse (al principio del filme, está casi arruinado) sino para hacer mejores películas.
Un film más que notable en muchos aspectos: dirección, interpretación, fotografía, guión, dirección artística, no es tan conocido como otros grandes títulos, pero sin duda merece una reivindicación.

Tráiler:

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El Extranjero, de Albert Camus

(L'Étranger)
Eds. Orbis/Ed. Origen, col. Historia Universal de la Literatura
Barcelona, 1982 [1947]

Meursault (un francés nacido y residente en Argel) acude al funeral de su madre, a la que apenas le unía nada, puesto que nada tenían que decirse. Al día siguiente, se une a una chica, María, sin ningún proyecto de futuro, sólo por una vaga atracción inmediata. El lunes va al trabajo, donde rechaza un ascenso y el traslado a París, declarando que tal cambio le es indiferente. Conoce a Raimundo, al que hace un favor, no por nada en especial, sino por una especie de apatía de la que se deja llevar. Un fin de semana, María y Meursault van a la casa de la playa de un amigo de Raimundo. Allí, unos argelinos se enfrentan con Raimundo. En un paseo posterior, Meursault se encuentra con uno de estos árabes, que muestra una navaja. Meursault, a su vez, empuña una pistola y lo mata.
La segunda parte de la novela es el arresto, proceso y condena a muerte de Meursault. Éste espera que se juzguen las circunstancias de esta muerte, pero en lo que se hallará inmerso es en un juicio a su propia vida; incluso menos: su vida aparente, en relación con los demás. Y esta será rechazada, extrañada, despreciada por su falta de implicación en la sociedad, por su rechazo al fingimiento o al disimulo. Uno casi diría que se le condenará a muerte por haberse tomado un café con leche en el velatorio de su madre.
A todo esto Meursault se muestra indiferente. De hecho, su actitud vital es la indiferencia.
Novela existencialista, Meursault no es por sí mismo, sino por lo que hace. El propio protagonista acabará comprendiendo, sorprendiéndose y aceptando esto: «Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio». Él quiere seguir siendo él, pero eso es un callejón sin salida, puesto que no será considerado como tal, sino por las acciones, y por lo que los demás piensen de esas acciones.
Alegato contra la pena de muerte, en defensa del individuo y de sus características, ataque contra la hipocresía social, que es parte integrante de la sociedad, pesimista hasta las últimas consecuencias, en tanto nadie es libre de los demás, en tanto la indiferencia de Meursault es inadmisible para sus congéneres, esta novela enigmática y terrible como su mismo protagonista es una deconstrucción de la violencia que esta sociedad ejerce contra el individuo y su mundo propio, en paz o en conflicto consigo mismo, pero en cualquier caso inadmisible si uno se sitúa frente a los demás como extraño, como extranjero.

Portada y sinopsis

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Tot Està Il·luminat, de Jonathan Safran Foer

(Everything Is Illuminated)
Ed. Columna
Barcelona, 2002 [2002]

Esta Todo Está Iluminado ha sido comentada como un texto "divertido", que hace "reír sin parar", "hilarante". En la época en que se publicaban estos comentarios se debía tener una gran necesidad de humor (o no haber acabado de leer la novela) como para darlos.
Es cierto que la novela se inicia (y prosigue) en clave humorística, con el relato de un improbable intérprete ucranio que ha acompañado a un escritor judío americano, llamado casualmente Jonathan Safran Foer, en su búsqueda de Augustine, la mujer que salvó a su abuelo del exterminio nazi y que, en último término, permitió la propia existencia del personaje Foer. Pero el humor, como la ginebra, es licor que combina bien con muchas cosas, y pronto nos encontramos con que la combinación de este libro es con la tragedia y la ternura.
Es una novela de estructura peculiar, a tres niveles, que sin embargo se enlazan entre sí: las cartas que Álex, el intérprete ucranio, remite a Foer a América, volviendo atrás a esa expedición y adelante a la actualidad; el relato de la búsqueda, escrito también por Álex; y la historia de ese pueblo y antepasados buscados, escrita (con sólo su imaginación como base) por Foer.
En efecto, nada queda del pueblo de Trachimbrod y de sus habitantes; ni un resto, y entonces Foer reconstruye la historia de la nada, con fantasía, imaginación y un sentido mítico que, no obstante, no está exento de ironía y desesperación.
Con esta estructura, una sinopsis no significa apenas nada y para casi nada sirve. Baste decir que es necesario buscar el pasado, pero más necesario es superarlo. Y que buscarlo puede hacernos más auténticos a nosotros mismos.
Esta es la primera novela de Foer, y como tal tiene algunos altibajos. Pero en su realismo mágico (o sea, la combinación triple del mismo: realismo; magia; y realismo más magia), su humor, su ternura y su incisiva visión de los seres humanos la hacen primer estandarte de un autor muy a considerar.
En este tipo de novelas se perciben los grandes rasgos del narrador, y no es uno menor el conseguir que cada lector tenga una visión personal del texto, un fragmento propio de él. Leer a Foer no deja indiferente y nos reconcilia un poco con nuestros vecinos los seres humanos.

Portada

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La Clau, de Junichiro Tanizaki

(Kagi)
eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2002 [1956]

A sus treinta años de vida conyugal, una pareja escribe sus diarios respectivos con la peculiaridad de que ambos desean o estimulan que el otro los lea y así poder "conversar" sobre sus apetencias e incomprensiones sexuales.
Partiendo de estos textos, simultáneos pero que parecen tan separados como la propia pareja, Tanizaki traza en esta La Llave una novela diabólica.
Diabólica en su mismo planteamiento: esa imposibilidad de comunicación directa que lleva al subterfugio de la comunicación pseudoepistolar; diabólica en la creencia de que el ámbito privado mutuo será violado sistemáticamente por el otro; diabólica por la propia ficción que se nos representa de la estructura familiar y conyugal que nos dejan estos diarios. Diabólica hasta llegar a lo criminal.
Diabólica, como no podía ser menos en un escritor reflexivo, por la misma naturaleza de la narración puesto que, en efecto, aunque sean diarios íntimos, ¿pueden ser veraces?
Tanizaki efectúa una deconstrucción del matrimonio y de la sinceridad en él tan completa que el panorama no es desolador sino desolado. En el transcurso de la narración encontraremos la historia de una violación continua, no sólo sexual, sino de los individuos en todos los aspectos, en la que los celos o el deseo adúltero serán lo más suave anímicamente que suceda a los protagonistas.
Los escritores japoneses a veces dan la impresión de conocer a la perfección lo que constituye la pornografía sin caer jamás en los exabruptos y groserías de ésta. Porque lo que nos relata Tanizaki es una situación familiar tan extrema en su sordidez que no puede calificarse más que como pornográfica. Eso sí, escrita con una elegancia, una sensibilidad y una contención que no pueden sino ser arte narrativo. Pero la historia de esta pareja es tan terrible amorosa y psicológicamente que, sin siquiera tener necesidad de referirse al sexo, se puede describir como aberrante. Todos los implicados dicen amar, pero uno se pregunta si el amor es realmente eso que creen que es.
Pero si no lo es, ¿qué es entonces el amor?
Descarnada, desconcertante, profundísima, de una ironía terrible, Tanizaki ha escrito una obra maestra sobre las relaciones de pareja, una historia que nadie quisiera vivir pero que es posible reconocer en el mundo real.

Portada y sinopsis

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El Apartamento, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL

(The Apartment)
1960
Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder e I. A. L. Diamond; Intérpretes: Jack Lemmon (C. C. Baxter), Shirley MacLaine (Fran Kubelik), Fred MacMurray (Jeff D. Sheldrake), Ray Walston (Joe Dobisch), Jack Kruschen (Dr. Dreyfuss), David Lewis (Al Kirkeby), Hope Holiday (Mrs. Margie MacDougall), Joan Shawlee (Sylvia), Naomi Stevens (Mrs. Mildred Dreyfuss), Johnny Seven (Karl Matuschka), Joyce Jameson (la rubia), Willard Waterman (Mr. Vanderhoff), David White (Mr. Eichelberger), Edie Adams (Miss Olsen); Música: Adolph Deutsch; Dir. de Fotografía: Joseph LaShelle; Montaje: Daniel Mandell; Dir. Artística: Alexandre Trauner; Decorados: Edward G. Boyle; Vestuario: Forrest T. Butler e Irene Caine.

Esta película pasa por ser una comedia. En realidad, pocos filmes hay tan amargos como este. La historia de C. C. Baxter, que presta su apartamento para citas extramaritales de sus jefes a cambio de la promoción laboral ya sería patética en sí, pero además Billy Wilder compuso esta historia con el gran creador de amargura de todos los tiempos, el amor; ese sentimiento que trae miseria y desolación sin que siquiera conlleve una felicidad compensatoria. En una ausencia más que intencionada, esta película carece de final feliz. Sólo unos grandes interrogantes sobre el futuro que son más inquietantes que complacientes.
Jack Lemmon demuestra una vez más ser un grandísimo actor capaz de pasar en un instante de la comedia a la tragedia. Shirley MacLaine jamás estuvo tan preciosa, casi como una muñeca de porcelana, ni Fed MacMurray tan cínico.
No se dejen engañar por lo impresionante de la oficina: es un efecto óptico. Y presten atención a la puesta en solfa que hacen Wilder y Diamond, autores del guión, del sitema empresarial americano.
Una obra maestra en todos los sentidos.

Tráiler:

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Tigre Blanco, de Aravind Adiga

(The White Tiger)
Ara Llibres/Amsterdam Llibres
Badalona (Barcelona), 2008 [2006]

Que el humor tiene una función reflexiva aparte de su objetivo primario, es evidente. Esta El Tigre Blanco es una de esas obras cuya función subyacente es descubrirnos las contradicciones ridículas de una sociedad hacia la que la mirada del mundo muestra una satisfacción miope y redimente cuando se centra en el progreso y suprime cualquier pregunta a cómo es posible que ese progreso extremo se haga entre una miseria económica y social que parece no importar nada a esos mismos observadores.
Esta novela toma la grotesca estructura de unas cartas que un empresario indio dirige al primer ministro chino, al parecer intrigado en cómo es que su pueblo no produce emprendedores y en cambio la India los tiene a patadas. Claro está que el protagonista, Balram, el Tigre Blanco del título, ha llegado a ser emprendedor de éxito gracias a una obtención de capital inicial de setecientas mil rupias mediante el proceso criminal de asesinar a su jefe y robarle esa cantidad destinada al soborno de un ministro. Procedimiento que, en el fondo, no es más criminal que toda la estructura empresarial-capitalista de la India, aunque ciertamente algo más grosero.
En estas cartas Balram desgranará su vida desde su nacimiento en un pueblo miserable hasta su establecimiento como empresario en bangalore. En una forma expresiva bien conocida, como es la del ingenuo buen salvaje, volteriana en suma, Adiga no sólo nos cuenta la historia de su protagonista sino, en su representación, nos descubre las características de la sociedad india. El hecho de hacerlo con tono humorístico no hace sino poner todavía más de relieve los absurdos y los engaños de esa sociedad.
Adiga lo que pone en cuestión es el inmenso engaño que representa el supuesto contrato social de esa sociedad. Esa relación paternalista entre los amos y los sirvientes, basada en la declaración de que si estos últimos "se portan bien" llegarán a ser "parte de la familia" y que, por supuesto, no quiere decir más que los amos tendrán criados que son poco más que esclavos y que a cambio, vivirán de las muy escasas migajas que sus amos quieran darles, algo que es mucho más que el común de la población india puede disfrutar. Y mucho menos de lo que un ser humano se merece. Por supuesto, nos dice Adiga, este contrato social está falsificado, porque nunca serán parte de esa familia, algo que horrorizaría a los amos.
Por tanto, cuando llega la escena del asesinato, no podemos sino simpatizar con Balram, que no se convierte en asesino, sino en revolucionario social. Aunque sea la revolución de un solo hombre.
«Un día fui un chófer que tenía un amo, pero ahora soy amo de chóferes. No los trato como a criados; yo no doy bofetadas, ni grito a nadie, y tampoco me burlo de ellos. No les insulto diciendo que son mi "familia". Ellos son mis empleados y yo soy su jefe, tan sencillo como esto.»
Ganadora del premio Booker, esta es una novela divertidísima con una gran carga detrás. Una carga de profundidad.

Portada y sinopsis

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Ferdydurke, de Witold Gombrowicz

(Ferdydurke)
Quaderns Crema, col. Biblioteca Mínima
Barcelona, 1998 [1937]
Trad. de Anna Rubió y Jerzy Sławomirski

¿Surrealismo? ¿Abstracto? ¿Dadá? El lector tiene la impresión de que Ferdydurke es todo esto sin encuadrarse en ningún movimiento, alcanzando sus objetivos (que los tiene) sin adscribirse a ningún esquema formal concreto. Si creemos lo que Sławomirski tiene que decir, esta novela nació del orgullo herido de un joven autor humillado por la crítica incompetente y tenía que ser, de entrada, un ensayo sobre la falacia de los criterios estéticos que se suelen aplicar a la literatura. Pronto, sin embargo, se convirtió en una alegoría divertidísima.
¿Alegoría de qué? Pues de la posición del individuo frente a la sociedad que lo quiere con determinadas actitudes, todas, más que infantiles, infantilizadas; poses que en el fondo son ridículas, arbitrarias, pero que por su mera puerilidad uniformizan, dominan, domestican al individuo y su creatividad.
Sławomirski define la obra de Gombrowicz como existencialista, en el existencialismo que hubiera podido ser si no se hubiera infiltrado en él los postulados marxistas.
Pero, en el fondo, todo ello no es sino un mero intento reduccionista de justificar lo que no se justifica más que por sí mismo, de probar a encajar una obra en algún ismo, en una tradición. El hecho es que Ferdydurke no se parece a nada ni se puede encuadrar en ningún sitio, por mucho que algunos de sus recursos fueran o hayan sido utilizados por alguna tendencia artística.
Es inútil describir el argumento de Ferdydurke. Como buena alegoría (y hay que apresurarse a decir que, aunque el género ha sido denostado hasta su desaparición, ésta es una alegoría imprescindible en su forma: no hubiera sido posible ejecutar el discurso de Ferdydurke de otra manera), como buena alegoría, decía, su función simbólica es multiforme y, pese a transmitir unos conceptos claros, estos son variables y alcanzan diversos niveles dependiendo de múltiples factores, no siendo el menos importante aquel que el propio lector aporte en su interacción con la obra. Como buen símbolo, se retrotrae a sí misma y se convierte en símbolo incluso de sí y de novela de novelas, de su autor y de la creación literaria.
Es una obra en la que nada es azaroso, una en la que saltarse un párrafo significa perderse algo, obviar un concepto, prescindir de una actitud, sustraerse a una pequeña declaración de principios que ayuda a conformar una mayor. Ferdydurke, pese a todo, es una alegoría divertida pero profunda, un discurso sobre el arte, la creación, las modas, el conformismo, la rebeldía, la originalidad, la sociedad.
Pocas novelas llevan carga semejante, y muy pocas la llevan con tanta elegancia, naturalidad, valentía y transgresión.
Unas palabras sobre la traducción. He leído esta vez la versión catalana, traducida directamente del polaco. La versión castellana tiene una historia famosa detrás, que consiste en que, durante la estancia de Gombrowicz en Buenos Aires, un grupo de escritores hispanoamericanos, encabezados por el cubano Virgilio Piñera (y no Pineira, como dice Gombrowicz en sus diarios) iniciaron una curiosa labor de traducción. Los hipanoamericanos no sabían polaco. Gombrowicz, apenas el castellano. Sobre esta "traducción" oral de Gombrowicz, los hispanos (cuyo número fue creciendo, convirtiéndose en un auténtico círculo de aficionados) compusieron la versión castellana. Para hacer corta una larga historia, Ferdydurke se tradujo, sí, pero en una versión que presenta unas diferencias tan grandes con la original (sin dejar de ser una versión autorizada y casi reescrita por el propio Gombrowicz) que constituye en realidad otro libro. Semejante pero distinto. Otro pero el mismo. Mis recuerdos comparativos entre ambas versiones son lo bastante nítidos como para decir que leído uno no se ha leído el otro. Dicho esto, no hay motivo para preferir una versión por encima de la otra. Ambas son obras de Gombrowicz, ambas son buenas que leer, pese a (o precisamente porque) no ser obras diferentes.

Portada y sinopsis de la edición catalana
Portada y sinopsis de la edición castellana

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El Sistema Periódico, de Primo Levi

(El Sistema Periòdico)
Eds. 62/El Aleph Editores, col. Modernos y Clásicos de El Aleph
Barcelona, 20042 [1975]
Trad. de Carmen Martín Gaite

Si uno lo piensa bien, los elementos constitutivos de la materia deben relacionarse por fuerza con el ser humano. Otra cosa es encontrar esta relación y ponerla en evidencia por escrito y de forma literaria. Si Primo Levi pudo encontrar poesía en una experiencia tan terrible como su estancia en Auschwitz (relatada en Si Esto Es un Hombre, La Tregua y Los Hundidos y los Salvados) sin renunciar ni a un ápice de la vivencia, de la tragedia y del horror, es que puede hacerlo todo en literatura. De ello es testimonio este El Sistema Periódico.
Desde la historia de un átomo de carbono que se convierte en protagonista de la creación literaria hasta el Argón, un gas inerte que se hace metáfora de los mismo antepasados de Levi, las historias de este libro encuentran hombres con características físico-químicas y elementos químicos casi humanos, a gente que por circunstancias vitales se ha relacionado con la química y cuyos fragmentos vitales quedan así ineludiblemente unidos a unos átomos fríos y alejados sólo en apariencia.
¿Metáfora? ¿Alegoría? A veces, pero no sólo eso. Hay un par de historias de ficción, una mayoría de autobiográficas, que trascienden la mera anécdota o el propósito inicial para explicarnos algo del ser humano, de la historia del mundo, de los sentimientos o del absurdo vital.
Cuando uno se sumerje en su lectura, la sorpresa y el interés superan al mismo elemento químico de origen y nos llevan a una singularidad no forzada, a unas historias poéticas a veces, llenas de humor otras, introspectivas, agudas y maravillosas siempre.
El hecho de que fuera químico llevó a Levi a escribir estas historias. El hecho de que fuera un escritor genial hizo de esta circunstancia vital arte que podía ser contado, que podía transmutarse, como si fuera alquimia, de su Mercurio, Cromo, Cerio, Níquel... de origen en un oro literario imprescindible e inolvidable.

Portada y sinopsis

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Stop Making Sense, de Jonathan Demme y Talking Heads

SESIÓN MATINAL

Stop Making Sense
(1984)
Director: Jonathan Demme. Guión: Jonathan Demme y Talking Heads. Intérpretes: Talking Heads (David Byrne, Tina Weymouth, Chris Frantz, Jerry Harrison); Bernie Worrell; Alex Weir; Steve Scales; Lynn Mabry; Edna Holt. Director de Fotografía: Jordan Cronenweth. Montaje: Lisa Day.

No es porque me gusten los Talking Heads (que me gustan). Es porque de entre todos los conciertos filmados este es uno de los mejores, si no el mejor. Ausencia de efectos especiales. Dirección imaginativa. Montaje espléndido. Diseño de un concierto para que, pese a estar conformado por canciones muy distintas, mantenga una línea de continuidad tan importante como para resultar una obra unitaria.
Los movimientos espasmódicos de David Byrne, la coreografía del grupo, la escenografía austera, todo en él camina entre la desmesura, la contención y la elegancia, pero manteniendo una extraña relación que hace que el espectador del video o del film (necesaria y claramente disociado del del concierto) no contemple una actuación sino que viva una historia en la que se pregunta y es preguntado muchas veces; en que entra en simbiosis con el lenguaje fílmico, visual y musical. Uno no sale de su visión habiendo presenciado una actuación musical sino habiendo tenido una experiencia.
Mucho más que un concierto de rock, mucho más que una película sobre unos tipos que tocan en un escenario. Algo en lo que el espectador se interroga lo que está viviendo, y en que se le interroga sobre lo que oye. Si eso no es arte, entonces ¿qué es arte?

Trailer:

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La Trista Mort del Noi Ostra, de Tim Burton

(The Melancholy Death of Oyster Boy & Other Stories)
Angle Editorial, col. El Far
Barcelona, 20072 [1997]
Ed. Bilingüe.
Versión de Miquel Desclot

Existe edición castellana en Ed. Anagrama:
La Melancólica Muerte de Chico Ostra

Como ya vimos al hablar de Edward Gorey, la tradición macabra-infantil no tiene sus inicios en Tim Burton, sino que es algo que se remonta a mucho tiempo atrás. Y en consecuencia, que cualquiera que descubriera a Gorey después de a Burton percibiría claramente que esa había sido una influencia poderosa en la ficción de este último.
Esa influencia no es en ningún lugar más evidente que en este libro.
Esta Melancólica Muerte de Chico Ostra es una compilación de historias en verso e ilustradas que harán las delicias de aquellos que cultivan este peculiar campo que es la ficción macabra infantil, a medio camino entre el nonsense y el terror, entre la fantasía y el cuento clásico infantil, entre la poesía jocosa y el cautionary tale. Amores de bastón y Cerilla, El niño con clavos en los ojos, La niña de muchos ojos, Chicomancha, La niña vudú, El Bebé Ancla, son unas cuantas de estas historias bien compuestas y rimadas, extravagantemente originales, macabras y desconcertantes, que sin embargo, y es también característico de este tipo de ficción, son simpáticas en el tratamiento de sus personajes.
Lo que nos dicen, en suma, es que lo macabro, lo extraño, forma parte de nosotros, y que en esta humanidad esencial de los personajes, por muy diferentes que sean de nuestras convenciones, también nos reconocemos. Es una constante de la ficción de Tim Burton, el redefinir estos límites de la humanidad de manera que sean más incluyentes (y, por tanto, más humanos).
¿Perciben la paradoja? Pero no es una paradoja nociva, al contrario. El mundo de la fantasía es más rico y más humano que la vida real. ¿Quién tiene la culpa de que esto sea así? Pues nosotros mismos.
Absténganse de su lectura las personas incapaces de suspender durante algún tiempo su incredulidad, y los indeseables de este mundo en general, en particular los banqueros. A todos ellos, mis condolencias por su desgracia.

Portada y sinopsis
Portada y sinopsis de la edición castellana

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Els Grans Viatges de Zheng He, edición de Dolors Folch

Museu Marítim de Barcelona/Angle Editorial
Barcelona, 2008 [2008]
Versión catalana, castellana e inglesa.

«En el primer tercio del siglo XV, grandes barcos chinos, enviados por el emperador Yongle y mandados por el eunuco Zheng He, recorrieron mares y océanos de forma continuada durante treinta años, anclando las naves desde Malasia y Java hasta las costas de Arabia y África. Zheng He convirtió el océano Índico en un mar chino hasta que, a su muerte, la enorme flota, formada por 255 grandes barcos y tripulada por 27.500 personas, desapareció para siempre.»
Este es el enunciado de la exposición de la cual este libro (que incluye, además del original catalán, las versiones castellana e inglesa) es catálogo y algo más.
Curiosamente, se sabe muy poco sobre Los Grandes Viajes de Zheng He, así como sobre su protagonista, de modo que ya la sola reunión de datos sobre ellos ha representado un tour de force descomunal, resuelto con una maestría y rigor que sorprende y encandila.
Asombran, sobre todo, las cifras de las expediciones: las distancias, la velocidad de crucero, las singladuras, las tripulaciones, el tamaño de los barcos (de hasta nueve mástiles).
Más allá de esto, sorprende también el contacto de culturas y el sincretismo (muy propio de la cultura china) con las religiones islámicas, nestorianas, maniqueas, etc.
En un libro compuesto por los capítulos "Los Mares de Zheng He", "Qué se Sabe y qué no se sabe de los Barcos de Zheng He", "Zheng He y la Importación de Productos y Animales Exóticos hacia China" y "Yongle, un Nuevo Modelo de Mecenazgo Imperial", los autores consiguen una auténtica inmersión en el mundo chino de la época, en una exposición clara y completa que va más allá de la mera anécdota y que se vuelve apasionante no sólo para el sinólogo sino para el público en general.
Como dice Dolors Folch, «Lo que sí podemos afirmar es que los viajes de los portugueses cambiaron el mundo y los de Zheng He no lo hicieron: y finalmente es el motivo por el cual unos tuvieron continuidad y los otros no».
Todo lo cual es cierto. Pero no es óbice para que la historia de estos viajes sea apasionante, asombrosa y demostrativa de la capacidad china, aunque ésta se quedara en poco más que una demostración de fuerza llevada a cabo durante treinta años; la grandeza de imaginar, en el siglo XV, una flota de un cuarto de millar de barcos apareciendo frente a las costas de tierras tan lejanas convierte esa visión en algo descomunal que no puede por menos de intrigar y provocar el asombro.

Portada i sinopsi (en català)
Portada y sinopsis, así como enlace al Museo Marítimo de Barcelona

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Campo de Amapolas Blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal

Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2008 [2008]
Epílogo de Luis Landero

El caso de Gonzalo Hidalgo Bayal (nacido en 1950) es el de un escritor publicado en pequeñas editoriales, pasando prácticamente desapercibido, que es descubierto por la crítica (en este caso, el aval de Rafael Conte, sin dudar el crítico más influyente de España) y recibe su consagración definitiva en su publicación por una gran editorial como es Tusquets.
Hay que decir que no es un escritor perfecto (casi nadie lo es) y que, aparte el deslumbramiento lógico que produce su obra, en ocasiones tiene preferencia por la adjetivación culterana y que en, esta obra en concreto, se deja llevar por un espíritu didáctico (es profesor de instituto) en el último capítulo y explica el sentido de lo que ha escrito con anterioridad, algo que no era necesario y que podía haberse ahorrado perfectamente en beneficio de la novela.
Pero, no obstante, lo que nos cuenta y cómo lo cuenta es lo bastante interesante como para justificar que esta miniatura, más cuento largo que novela corta, no pueda abandonarse hasta el final.
La historia es la de la amistad entre el narrador y H, a quien conoce en su estancia en el colegio de los padres hervacianos y a quienes les une un principio de rebeldía, que en el caso de H no abandonará el resto de su vida, que se convertirá en una búsqueda continua de la felicidad. Esta búsqueda hará que H pase por todos los estadios de una postura vital, por una parte marcada por la rebeldía, por otra por una huida de la vulgaridad que le hacen renunciar a la poesía, a la pintura, a la filosofía y, en último extremo, probablemente, a la vida.
Como sucede con Odile, de Raymond Queneau, esta es la historia de un desconcierto, de una imposibilidad de adaptación al mundo, de una negación a integrarse en él, de un acorralamiento progresivo en una originalidad que no acaba de satisfacer a H. Como señala el autor en palabras de Leopardi, ¿Para qué empeñarse en paraísos si la felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla?
La historia de H es una necesariamente trágica, en su propia búsqueda de algo que no existe o que es improbable que exista. Pero en este sentido la novela es adecuadamente ambigua. Frente a la tragedia casi inescapable de H hay también un sentimiento de admiración por él, por su libertad, aunque sea una libertad falsa y, en definitiva, no más que un callejón sin salida. Admiración sobre todo por el contraste crado con un cierto hastío de las vidas "normales", en el caso de la del padre de H una vulgar y vacía, en la del narrador una vida "conformada", domesticada, levemente inquietante. Así, lo que podía haber sido un cuento moralista y conservador se convierte en una pregunta, un interrogarse sobre la vida que llevamos y sobre nuestro propio conformismo y la dictadura vital que nuestra sociedad nos impone. Una miniatura precisa, de gran estilo formal y con gran carga temática.

Portada y sinopsis

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Blade Runner, de Ridley Scott

SESIÓN MATINAL

Director: Ridley Scott; Guión: Hampton Fancher y David Webb Peoples, basado en la novela "Do Androids Dream of Electric Sheep?", de Philip K. Dick; Voz en Off: Roland Kibbee; Intérpretes: Harrison Ford (Rick Deckard), Rutger Hauer (Roy Batty), Sean Young (Rachael), Edward James Olmos (Gaff), M. Emmet Walsh (Bryant), Daryl Hannah (Pris), William Sanderson (J.F. Sebastian), Brion James (Leon Kowalski), Joe Turkel (Dr. Eldon Tyrell), Joanna Cassidy (Zhora), James Hong (Hannibal Chew), Morgan Paull (Holden), Kevin Thompson (Bear), John Edward Allen (Kaiser), Hy Pyke (Taffey Lewis), Kimiko Hiroshige (vendedora camboyana), Bob Okazaki (Howie Lee), Carolyn DeMirjian (vendedora), Ben Astar (Abdul Ben Hassan); Música: Vangelis; Dir. de Fotografía: Jordan Cronenweth; Diseño de Producción: Lawrence G. Paull; Dir. Artística: David L. Snyder; Decorados: Linda DeScenna, Leslie Frankenheimer, Tom Roysden y Peg Cummings; Vestuario: Michael Kaplan, Charles Knode y Jean Giraud (Gir); Maquillaje de Joanna Cassidy: Bridget O'Neill; Maquillaje: Marvin G. Westmore; Maquillaje prostético: John Chambers.

Pocas películas tuvieron un estreno tan discreto como esta, y pocas han resultado tan influyentes, sobre todo estéticamente, como Blade Runner.
El ambiente oscuro, la contradicción que surge del aprovechamiento de lo ya conocido convertido en decadente (más que el edificio Bradbury podemos hablar de la comisatía de Los Ángeles) conviviendo con una modernidad que, en conjunto, se nos hace extraña. La estética abigarrada y contrastante de la vestimenta, la perenne lluvia (en la hoy soleada California, no lo olvidemos). Todo ello ha sido repetido, aprovechado y reproducido, casi hasta la saciedad, en producciones posteriores.
Basada, pero no de forma literal, en un ya clásico de Philip K. Dick, ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?/Do Androids Dream in Electric Sheep?, aprovecha todos los temas dickianos de la misma (aunque a veces no quedan bien explicados: «─Descubre que su hijo colecciona mariposas. Las tiene clavadas en una caja. ─Lo llevaría al psiquiatra.» FRase incomprensible en el film que en la novela queda justificada: los animales han desaparecido casi totalmente del planeta, con lo que matarlos se ha convertido en tabú. Un concepto muy potente en una historia que, en resumen, va de un hombre que asesina a replicantes como si fueran... animales), sin embargo esta película va más allá para centrarse en los límites que definen la humanidad.
Sabrán que hay diversas versiones: la estrenada, la versión del director, el montaje definitivo del director, la versión restaurada. Miren, estas versiones ponen acento en una u otra cuestión. Ridley Scott puede insistir en lo suyo, pero yo le diría que se tranquilice. Todas valen la pena verse y, salvo por detalles y acentuaciones llevan el mismo mensaje. Una con final feliz y otras sin, unas acentuando la ambigüedad de Deckard como ser humano/replicante y las otra no. Da igual. El corpus principal de todas es lo bastante explícito como para resultar comprensible. Y, si bien no es perfecta, si roza en muchos momentos y conceptos la maestría.

Tráiler:

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Apocalípticos e Integrados, de Umberto Eco

(Apocalittici e Integrati)
Ed. Lumen, col. Palabra en el Tiempo, Biblioteca Umberto Eco
Barcelona, 196812 [1965]

Si hay un texto ensayístico que ha consagrado a su autor de manera universal (y no sólo en el campo de la semiótica), es este Apocalípticos e Integrados, hasta el punto que, como nos recuerda el propio Eco, ha creado "un eslogan, que continúa estando en uso, a menudo sin recordar ya de dónde proviene".
Las razones por las que esto se produjo son que, en principio, definía de manera feliz las dos posturas, casi antitéticas, que siempre han conformado las actitudes culturales humanas, como son el conservadurismo y un progresismo entendido como admisión y estudio de las nuevas tendencias. Sólo que Eco iba más allá: a los conservadores los llamaba apocalípticos porque veían en las novedades, la cultura de masas y la asunción de esta cultura por parte de los medios culturales como una catástrofe, una destrucción de valores largamente establecidos y un adocenamiento de esta cultura. A los progresistas los llamaba integrados precisamente porque integraban (o mejor, eran parte material e integrante) esta "nueva" cultura de masas, reconociendo, y esto es importante, los valores que esta aportaba cuando eran, no redimibles, sino saludables, pero manteniendo el adecuado sentido crítico.
En segundo lugar, porque fue el primer ensayo que intentó sistematizar y analizar estos fenómenos de masa como si fueran parte de la cultura sin distingos, descubriendo los valores que aportaban y remarcando que eran un instrumento de reflexión tan válido como la novelística "seria", la música "culta", el cine "de autor", y las artes plásticas "clásicas". Así pues, reivindicaba el papel cultural de medios como las tiras cómicas (siempre, siempre, recuérdenlo, cuando fueran de calidad significativa en cuanto a mensaje o a lenguaje), la canción popular, la televisión, etc.
Eco, confiesa, ha tenido siempre reticencias a la reedición de estos textos, y se ha negado a actualizarlos. Son posturas comprensibles, porque en el primer caso se ha producido un cambio de visión (que bien pudo ser originado por este texto, o bien contribuir a ese cambio), cambio que ha representado una asunción más o menos normal de estos "nuevos" medios. Y en el segundo, porque el propio Eco como pionero en su estudio y análisis, corría el riesgo de ser etiquetado (estigmatizado si quieren) como pope de estas nuevas culturas de masas, y adquirir una categoría no deseada de especialista en ellas que, probablemente, no le interesaba y que, sin duda (porque el mundo cultural es terco) habría minimizado su labor en otros campos, que se ha demostrado ingente e importante.
Con lo que tenemos un libro histórico, pero que analiza una fenomenología que ya ha cambiado. Recordemos que se publicó nada menos que en 1965. Hoy día podemos leerlo como una especie de hito inicial, un "ahí empezó todo". Si sólo fuera así, no tendría más valor que el anecdótico. Sin embargo, sigue constituyendo un buen punto de partida para el análisis de fenómenos culturales nuevos que siguen surgiendo y que plantean casi los mismos problemas que aquellos de la lejana década de los sesenta.
Eco puso las bases para el análisis y definición de la highcult, la midcult y la lowcult, es decir, la alta cultura (aquella que, en teoría, es nueva y difícil, que necesita de unos prerrequisitos culturales para ser comprendida y disfrutada), por contraposición a la lowcult, la cultura de masas directa y conscientemente dirigida a éstas y sin la menor pretensión cultural. Otras características tendría la midcult, que puede estar constituida, por una parte, por posturas culturales banalizadas y «las colocan a nivel de un público perezoso, que cree gozar de valores culturales nuevos cuando en realidad no hace más que enfrentarse a un almacenamiento estético caducado ya». En resumen, propuestas falsamente "altoculturales" que lo único que buscan es una parodia de esta cultura sin arriesgarse a caer en el elitismo o, justamente, buscando la máxima popularidad. Y, por otra, productos culturales bajos o de masas que se revisten de unos artificios presuntamente culturales con objeto de huir de su vulgaridad intrínseca mediante un disfraz de respetabilidad.
A este respecto, también analiza y proporciona una definición del kitsch, que les ruego tengan presente en sus mentes, porque va a ser elemento central de una serie de reflexiones posteriores en este artículo: «El Kitsch es la obra que, para poder justificar su función estimuladora de efectos, se recubre con los despojos de otras experiencias, y se vende como arte sin reservas».
Estas categorías y definición son motivos en sí de reflexión, y más cuando el propio Eco nos descubre que no son categorías inmóviles, y pone como ejemplo Il Gattopardo, que se adscribe al nivel "alto" y que, sin embargo, se ha realizado de esta obra una difusión a nivel middle brow (y se interroga de si el éxito obtenido a nivel "medio" es signo de un deterioro del valor cultural real. La respuesta es que en ciertos casos sí). Pero también ejemplifica el caso de The Peanuts / Charlie Brown / Carlitos y Snoopy, producto lowcult destinado a ser apreciado por un vastísimo público, y que presentó capacidad de superar los límites impuestos y ser juzgado como obra de arte dotada de absoluta validez. (Eco escribía en 1965; otra hubiera sido la reflexión de ver cómo las tiras de Charlie Brown fueron perdiendo toda esencia psicológica, sociológica y todo lo que las elevaba a arte para caer en un adocenamiento y comercialidad que prosiguió hasta la muerte de su autor Schulz; un fenómeno similar pudo muy bien darse en el cómic hispano con el caso de Mafalda. Sin embargo, su autor, Quino, tal vez más honesto, tal vez más autocrítico, decidió matar la tira antes de que ésta le dominara su creatividad. Los lectores todavía no le han pagado a Quino todo el dinero que éste dejó de ganar a cambio de que Mafalda conservara su esencia artística.)
Sobre estas reflexiones, que siguen siendo válidas, más una "Anatomía del Mal Gusto" y otros artículos, igualmente pioneros y necesarios se construyó en su día un libro que sigue siendo enormemente valioso para el análisis de nuestra cultura contemporánea.
Sin duda, otros estudios han avanzado en el tema, pero son difíciles de encontrar reunidos como para constituir un texto tan capital y, sobre todo, tan clarividente sobre el tema.
Esto por lo que se refiere al texto en sí. Sin embargo, mal uso daríamos al intelecto si la reflexión propuesta por Eco nos limitara al período histórico-cultural que trata.
En efecto, nuestros tiempos, en un movimiento de péndulo que no desagradaría a Umberto Eco, han cambiado; nos hemos vuelto integrados. Tal vez demasiado.
No es que no existan apocalípticos, al contrario, existen, pero no son la norma. De hecho, pueden existir las cuatro tipologías posibles: auténticos apocalípticos, falsos apocalípticos, falsos integrados y auténticos integrados.
Las características del auténtico apocalíptico nos las proporciona el propio Eco con un ejemplo mordaz pero clarificador: el docto de Salamanca.
«El docto de Salamanca es un experto en astronomía y geografía, conoce todo lo que dicen los testimonios antiguos acerca del modelo astronómico tolemaico y tiene nociones culturales que le permiten enseñar cómo son las diversas partes del mundo, qué gentes lo habitan, qué carreteras hay que tomar para llegar a ellas. Esta suma de conocimientos permite al docto de Salamanca obtener un puesto en la Universidad homónima y ricas prebendas del Rey de España.
»De improviso, ante los doctos de Salamanca se presenta Cristóbal Colón, que sostiene nuevos conceptos [...]. Como es natural, el docto de Salamanca refuta a Colón. Colón parte igualmente y descubre América. A partir de este momento, el rostro de la Tierra aparece cambiado [...], los conceptos cuyo vendedor y divulgador autorizado era el docto ya no tienen validez alguna. [...] Entonces, al docto de Salamanca ─si quiere sobrevivir─ se le ofrecen dos alternativas: o someterse a un curso de adiestramiento para adquirir suficientes conocimientos que le permitan ser maestro de cultura y de vida en el cambiado horizonte de relaciones, o establecer las bases de una nueva ciencia que consista en sostener la negatividad moral y cultural del descubrimiento de América. En esta disciplina podría ascender a la dignidad de experto y volver a ser maestro de vida para miles de discípulos.
»América existe, es verdad, pero es malo que exista, y graves daños se seguirán de su existencia para la comunidad humana. El docto de Salamanca, erigiéndose en experto del "adónde iremos a parar", vuelve a encontrar un papel en el contexto social. [...] lo denomina, en este su nuevo papel, como "vendedor de Apocalipsis".»
Es en este "adónde iremos a parar" donde se reconoce al auténtico apocalíptico remanente en nuestra sociedad cultural. Los que tienen poder para escoger sus objetos de reflexión sólo comentan obras "puras". Los que no (los críticos cinematográficos, por el propio ritmo de producción de la industria, no pueden escoger hacer crítica sólo de ciertas películas, o estarían en el paro), alaban la "alta" producción y desdeñan y crucifican cualquier caso de cultura de masas, aun cuando éste sea sobrevenido al autor (más de un crítico empezó a abominar de Pedro Almodóvar en cuanto ganó el Oscar, y más de uno en cuanto empezó a disfrutar de éxito en taquilla). Todos, todos sin excepción, claman en algún momento que "El cine se muere", "la novelística se comercializa", "el teatro se adocena" (y los musicales son el opio teatral del pueblo) y otros disparates semejantes.
En primer lugar, no es cierto que el cine se muera. Si se refieren al cine clásico de Hollywood pueden tener razón, pero jamás había habido tal afluencia de buen cine clásico producido en otros lugares, desde Irán a Sudáfrica, desde Corea hasta el Caribe, desde el Canadá a Nueva Zelanda. Los miembros de la Academia pueden tener problemas para dar el Oscar a la mejor película de habla inglesa a un producto decente, pero en el apartado de mejor película de habla no inglesa hay una creciente competencia en cuanto a calidad.
Con respecto a la producción editorial, con una edición tan numerosa como la que se tiene es lógico que el número de basura editada crezca. Pero también lo es que crezca el número de obras innovadoras, válidas artísticamente, que se publican. El problema puede ser encontrarlas y reconocerlas, pero en esa tarea el mayor pecado lo llevan, justamente, los críticos, o bien acomodados en unos cuantos nombres, incapaces de prestar atención a editoriales pequeñas y autores desconocidos o bien enmarañados en las tramas de los grandes grupos editoriales. Etc.
Falsos apocalípticos existen, pero siempre han mantenido un perfil discreto. Son aquellos que fingen dedicarse a la "alta" cultura pero disfrutan en secreto de la middle o incluso de la low. Vamos, los que han sido sorprendidos a la salida del cine después de ver Buscando a Nemo o incluso Saw III y han puesto como excusa a los sobrinos (o, mezclando mezquindad y machismo, a la novia). Son menos beligerantes que los auténticos apocalípticos pero, provistos de la necesidad de defender su identidad secreta, cuando atacan lo hacen con virulencia. La sociedad integrada les ha abierto una puerta, de modo que su número ha disminuido considerablemente.
Falsos integrados. Son aquellos que, viendo cómo va el mundo, han intentado adaptarse y convivir con los nuevos medios de masas, los géneros, la middle y la lowcult (sin dejar de lado la alta, por supuesto). Sin embargo, y aún capaces de gozar de todas las manifestaciones culturales en todas sus gradaciones, como no entienden los modelos de los géneros y los formatos y convenciones son distintos a los de las obras para las que, muchas veces, fueron creados los instrumentos de análisis, se hacen un embrollo terrible, equivocan conceptos, confunden metáforas y, en general, pueden decir si les ha gustado una novela, película, cómic, mid o lowcult, pero no saben decir porqué ni, mucho menos, trazar con claridad si eso que acaban de ver o leer es artístico o no.
Auténticos integrados. Están en la sociedad casi ideal para ellos. Preparados para disfrutar de las manifestaciones culturales más elevadas, son capaces de reconocer y gozar de las obras producidas por medios lowcult cuando son buenas e incluso determinar, estudiar y sistematizar estas obras cuando no lo son.
Hay que hacer dos precisiones. la primera es que cuando definimos esta tipología parece que nos estemos refiriendo a críticos, estetas, estudiosos, etc. Si bien lo parece porque por opinar más o hacerlo públicamente son más visibles, es aplicable a cualquier usuario cultural que manifieste opinión.
La segunda es que todas esas tipologías no tienen nada que ver con la calidad de análisis o de pensamiento. Ser apocalíptico auténtico no tiene nada que ver con hacer buenas o malas críticas o teorías, y se pueden encontrar buenos (y malos) estudiosos en todas y cada una de las categorías. Es como ser buen o mal orador; no depende de la ideología que uno profese. Ejemplo de esto es Jordi Costa. Desde siempre se ha dedicado al estudio de la cultura de masas, y si bien puede analizar cualquier cosa con inteligencia y criterio, sigue desconcertando a algunos que realice pequeñas obras maestras socioestéticas sobre los frikis o la cultura basura. Pero su exposición de Barcelona sobre Ballard, de la que era comisario, fue probablemente la mejor realizada en décadas en la ciudad, y un ejemplo de análisis e interpretación de una obra a veces profética, y que convirtió a Barcelona si no en la más Ballardiana, sí en la más ballardista ciudad del planeta.
Compárese, en cambio, con la exposición sobre los Quinquis de los 80 (comisariada por Amanda Cuesta y Mery Cuesta), un fenómeno de delincuencia marginal y juvenil que tuvo su explosión en los años ochenta en Barcelona, y que en su época provocó el correspondiente fenómeno fílmico. Esta exposición se limita a apilar proyecciones de fragmentos de esas películas, reproducciones de prensa y a realizar un análisis, si se le puede llamar así, somero, banal y lleno de tópicos ya sabidos (y que se expresaban ya en la época en que se daba el fenómeno). Ambas exposiciones tratan temas de cultura de masas, pero definitivamente los objetivos y resultados son completamente diferentes, en el primer caso por clarividencia y en el segundo por incapacidad.
Es en esta diferencia (pero no sólo en ella) por donde quiero seguir mi argumentación. Se puede decir cualquier cosa, para bien o para mal, de los productos de cultura de masas, pero admitirlos sin análisis y sin justificación como obras de arte muestra no una sociedad integrada, sino una sociedad sin criterio de qué debe integrar y cómo hacerlo.
El problema, como siempre, está en la midcult. Más o menos caminamos sobre terreno seguro en la lowcult (aunque hay productos que sólo trascienden y se demuestran válidos artísticamente después de su "descubrimiento" por parte de un intermediario cultural válido (Blade Runner es un caso prototípico; y viceversa, hay productos "santificados" que en realidad son productos culturales muy bajos revestidos de pacotillas pseudofilosóficas o pseudoartísticas, y la serie Matrix constituiría un paradigma de ello); pero en cuanto al producto que presenta características redimentes en apariencia, sea el medio que sea empleado para su expresión, el terreno se vuelve más resbaladizo.
Esta sociedad es integrada, pero muy a menudo muestra una falta de criterio preocupante en esta integración.
Hay que decir que no me refiero ni a la producción de artículos culturales ni a su consumo. De siempre, y más ahora, el mercado ha procurado regular sus producciones según la demanda del público, de modo que el hecho del qué se produce y para quién no es tema que interese tratar hoy. Pero siempre, también, entre el productor y el destinatario han existido unos amplificadores culturales, los medios de comunicación, los críticos. En teoría con función de descubrimiento, clarificación y recomendación. Son estos los que muestran un acusado grado de confusión o un alto grado de desconcierto.
Sépase que la llegada de un circo no es noticia para ninguno de los informativos, ni los muy locales ni los regionales. Salvo si este es el Cirque du Soleil [de si el circo es un arte o no, sería un debate interesante sin duda, pero que no viene al caso ahora]. Recurrentemente, una y otra vez, cada visita de este circo es amplificada, publicitada y presentada como la dignificación del circo, su evolución definitiva y su transformación en "alto" arte.
¿Pero es así? ¿Es el Cirque du Soleil una muestra de arte highbrow? Mi respuesta es que probablemente no. Cirque no es más que, por una parte, el abandono de unos usos circenses obsoletos y, en algunos casos, chabacanos, la asunción de unos valores falsamente ecologistas y auténticamente New Age (y por tanto destinados a satisfacer paradigmas de pensamiento "modernos") y, por otra, el revestirse de un envoltorio diseñado más según los patrones de vestuario e imaginería cinematográficos y teatrales contemporáneos. Lo que nos dice Cirque du Soleil es: "mirad qué elegantes y artísticos somos: no eructamos en la mesa".
A reforzar esta opinión viene la siguiente pregunta: Sí, llega el Cirque, pero ¿cuál de ellos? Porque la estructura de este espectáculo consiste en ser una multinacional con ¿cinco? ¿seis? compañías itinerantes, producidas en serie y con una liquidación voluntaria e intencionada del producto individual y el refuerzo de la imagen de marca. No hay ningún individuo que destaque dentro del espectáculo. De hecho, aunque lo haya, es indiferente, porque la estructura empresarial ahoga en el anonimato a este individuo. Por producción, destinatario final y trampas (no hay nada, o muy poco, nuevo en el Cirque du Soleil que no pueda ser visto en otros espectáculos) esta compañía múltiple no es más que un producto midcult revestido de algunas características del kitsch. Y mientras la novedad pudiera haber sido noticia, el que se publiciten desde medios informativos las sucesivas funciones no es más que propaganda gratuita a un producto industrial.
Tómese el caso Dogma. Lars von Trier produce una serie de principios o dogmas. A partir de entonces una serie de cineastas se adhieren a estos preceptos. Y casi toda la crítica se dedica a analizar si esas películas cumplen o no con todos esos principios y no en ver si la obra es de calidad o no. Descontando el hecho de que Dogma ya está amortizado y caído (por la propia incoherencia y rigidez de sus postulados) en el olvido, es significativo ver lo huérfanos que estábamos de vanguardias como para prestar atención a una vanguardia tan tenue como esta.
En un caso, es un producto midcult que quiere vendérsenos como highcult. En el otro es un producto que puede ser de cualquier tipo pero que intenta revestirse de highcult únicamente por una serie de postulados que en ningún caso determinan por sí ese estatus.
Estos dos son ejemplos extremos de algo que intenta ser casi una estafa cultural. Lo malo es que estos intentos son recibidos y promocionados sin cuestión. En una sociedad cultural apocalíptica esto no hubiera sido así. En nuestra sociedad integrada son admitidas sin un análisis riguroso, y se conceden valores redimentes sin apenas discusión a productos muy dudosos. Y si cabe todo, quiere decirse que ese todo será confuso, tanto como para tener problemas en discriminar los valores que constituyen la auténtica highcult de nuestros tiempos.
Entendámonos, me considero un auténtico integrado (y creo que lo he demostrado en este blog), pero eso no quiere decir ni que comulgue con ruedas de molino ni que considere que el lowcult que se reviste de una cierta "respetabilidad" tenga que ser admitido sin reservas. Al contrario, muchas de estas manifestaciones culturales pueden enclavarse sin demasiados problemas en el kitsch para el consumidor medio (la estética de 300, por ejemplo; Titanic) y en otras ocasiones podrían serlo (o son sospechosos de serlo) si se las analiza con detenimiento (¿la interpretación de Heath Ledger del Joker? ¿las novelas de Stieg Larsson? ¿los documentales de Michael Moore? ¿El Niño del Pijama de Rayas?).
En cualquier caso, es función de los intermediarios culturales no fiscalizar, pero sí analizar y situar, más o menos, los productos culturales en su sitio.
Un caso claro de dimisión de esta función de análisis es el cine de Isabel Coixet. He aquí un producto que pretende (y consigue) ser admitido en la "alta" cultura, que se reviste de todas las características de ésta y que, sin embargo, no es más que un producto placebo para la clase media cultural. Entendamos bien que el cine de Coixet recibe una atención muy breve en el extranjero, algo mayor en España y mucho mayor en Cataluña. Sus películas no tienen una acogida de masas, pero sí una buena audiencia (hay mucha gente en esta sociedad integrada que por factores económicos propios de la industria cultural, puede vivir (y muy bien, por cierto) mediante la producción de artículos culturales pretendidamente high). En realidad, las películas de Coixet son sólo producciones revestidas de un esteticismo falsamente complejo (puesto que llama la atención sobre sí mismo) y que tocan unas temáticas que formalmente parecen artísticas pero que en verdad no son sino temas forzados de una banalidad pseudofilosófica. El público acude, satisface sus ansias e impresiones de estar viendo una película "culta", pero los temas de Coixet no provocan debate más allá de su visionado. Salidos del cine, a nadie le interesa seguir la argumentación. El cine de Coixet se ha convertido en un ritual de buen tono que hay que seguir "para estar dentro de la modernidad", para formar parte de la cultura. ¿Recuerdan la definición de kitsch? Para poder justificar su función estimuladora de efectos se recubre con los despojos de otras experiencias y se vende como arte sin reservas. Es lo que hace Coixet con el esteticismo y su filosofía presuntamente trascendente, y si tienen dudas al respecto de si su cine es kitsch por intención o sólo por incidencia, hay que recordar que Coixet proviene de un campo, el publicitario, en el que no se deja nada al azar. (Y, si quieren otro detalle, marginal pero importante psicológicamente, Isabel Coixet fue de las primeras en usar esas gafas estrechas y de colores que hoy son ineludibles en las ópticas: en cuanto esta fue la moda general, las cambió con rapidez a un modelo más elitista, más poco común.)
La cuestión de si el rey va desnudo o no es una de largo alcance, pero por lo menos antes se planteaba. Con Isabel Coixet, punta de un iceberg mucho mayor, ni eso.
Esta timidez de análisis (¿tal vez un complejo o una prevención ante el posible error de juicio? ¿Si por opinar con rotundidad nos podemos equivocar, mejor no opinar en absoluto?) está provocando situaciones qye van más allá de lo ridículo.
Casi toda obra de teatro que se estrena provoca una gira de su autor, director, intérpretes, por los medios (y es inescapable oírlos: pasan por todas las emisoras de radio y televisiones locales; si uno es una persona mínimamente informada los oye; si uno está mejor informado, se harta de oírlos). Pero lo que nunca se escuchará es LA pregunta. Una obra es un fracaso desde la noche misma del estreno; siete días después y con la sala vacía se escuchará a la misma gente decir las mismas cosas, pero nunca, nunca, el entrevistador preguntará: "¿A qué se debe que la gente no venga a veros?"
La información debe ser neutral, la entrevista incisiva, esto es lo que se suele enseñar. Tal vez si las entrevistas dejaran de ser masajes nos ahorraríamos cosas vergonzantes y vergonzosas como esta: Un actor ha nacido en Gambia. Preguntado: "¿Te imaginas la representación [de Terra Baixa] en Gambia?" Respuesta: "No. Muy difícil. Tendríamos que cambiar la lengua". Perogrullada que le deja a uno preguntándose por el cociente intelectual del entrevistado o bien por la conveniencia de confiar la promoción de la obra a quien va diciendo estas majaderías. Pero da igual, porque no hay reacción.
Y así, en esta sociedad integrada, ya nadie ataca las obras de Stephen King por ser de él. Pero, escriba lo que escriba, bueno o malo (y dios sabe que tiene en toda la gama), no hay el menor análisis que reconozca que, aparte de sus escritos, es una persona inteligente en todos los aspectos, y que vale la pena escuchar.
A cambio, tenemos que soportar las ruedas de prensa de Alejandro Amenábar, que puede ser un gran cineasta, pero que en cuanto uno rasca en su argumentación ante los medios descubre que su barniz cultural es levísimo y hecho de tópicos.
Pero todos los críticos e informadores, impasible el ademán. Tragando a veces condiciones draconianas y caprichos de divo, microentrevistas concedidas con una altanería impropia para escuchar las mismas banalidades.
Es muy conveniente para el acercamiento de la cultura que hablen los que la producen. Pero, ¿es necesario que hablen todos? ¿Y es necesario que repitan los que no dicen nada ni nada aportan?
En esta sociedad integrada hay un todo es válido intolerable, una falta de valentía incomprensible y un absentismo opinador por parte de los intermediarios culturales que se convierte en silencio cómplice. ¿Cómplice con qué? Pues con esos productos de medio pelo, con las pedanterías ilustradas, con modas absurdas, con vulgaridades pintadas de purpurina.
Y en esta indefinición, en este absentismo, ¿dónde está el arte? ¿Procedente del low, del mid o de la highcult, dónde está?
En efecto, ¿dónde?
Espabilándose por su cuenta, sin duda. Jamás se había subvencionado tanto y, sin embargo, había estado tan desamparado, tan confundido entre otras obras que reciben la misma o más atención.

Portada y sinopsis