El Sastre de Panamá, de John Le Carré

(The Tailor of Panama)
Plaza & Janés, col. Ave Fénix, Serie Mayor
Barcelona, 1997 [1996]

La carrera literaria de John Le Carré ha ido siempre lastrada por la sombra de Graham Greene, el primer gran autor que escribió (y casi fundó) en el género de la novela de espionaje. No importa lo que Le Carré haya hecho, no importan los espías surgidos del frío o el comedido y realista Smiley. No importa que, si tenemos que citar a un autor que sintetice la Guerra Fría, su nombre acuda de inmediato a la mente. Siempre, en las críticas, en las historias de la literatura, en las referencias al género, siempre aparece Greene tapando a Le Carré.
Es una injusticia palmaria. Admiro a Graham Greene como escritor y como autor de mérito en cuanto a trama y estilo. Pero en cuestión de realismo, Le Carré es mejor. Entre otras cosas, porque no estropea sus novelas con finales felices tan inverosímiles y metidos con calzador que consiguen no ya desconcertarme, sino irritarme.
Le Carré admira igualmente a Greene. Pero (y esto es sólo elucubración mía), supongo que ya debía estar harto de estar a la sombra permanente del cuasi premio Nobel. Y donde Greene escribió Nuestro Hombre en La Habana, Le Carré escribió El Sastre de Panamá. Tal vez para demostrar hasta dónde se podía llegar con la misma historia.
Porque el argumento es casi el original de Graham Greene: Los servicios secretos de un país se acercan a un individuo inofensivo y le convierten en espía en un país latinoamericano. El espía es un fracaso total, pero por diferentes motivaciones, empieza a inventar información y remitirla a sus jefes; información cada vez más fantasiosa, cada vez más embrollada, cada vez más peligrosa, hasta que los acontecimientos escapan de las manos del protagonista y desembocan en el inevitable...
¿Final feliz? Sí en el caso de Greene. En la novela de Le Carré, lo que es inevitable es la catástrofe. ¿Por qué? Porque el mundo no es de color de rosa. El mundo real es gris, mezquino y sobre todo despiadado, y los servicios secretos son ese mundo combinado con la suciedad y sordidez de lo subterráneo.
En su realismo, Le Carré sale vencedor. ¿Y en el estilo narrativo? Tomen ustedes un ejemplo del inicio de esta novela: "Cuando Osnard irrumpió en el establecimiento, Pendel [el sastre del título] era una persona. Cuando se marchó, Pendel no era ya el mismo".
Pocas veces se ha expresado con tanta concisión el toque maldito de la corrupción del individuo.

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5 comentarios:

Andrómeda dijo...

Nunca he leído a Le Carré y Greene está muy lejano en mi memoria como para que pueda comentar algo concreto, aunque tengo la impresión de que es un gran escritor. Hace poco compré "Nuestro hombre en La Habana".
Curiosamente no tenía la misma idea acerca de Le Carré (aunque no lo haya leído). Debe ser por lo que tan bien has explicado.

Gracias, acabas de despertar mi curiosidad (ya de por sí ilimitada), prestaré especial atención a la construcción de los finales de estas novelas.

¡Saludos!!

Andrómeda dijo...

Perdón creo que quedó algo confuso mi mensaje. Me refería que no tenía la idea de que Le carré fuera un buen escritor.

Lluís Salvador dijo...

Hola, Andrómeda:
Ya te había entendido... :)
Pues sí, Le Carré es un gran escritor. Primero, porque posee una obra coherente y de calidad. Su serie de Smiley (Asesinato de Calidad; Llamada para el Muerto; El Espía que Surgió del Frío; El Espejo de los Espías; Calderero, Sastre, Soldado, Espía [conocida también como El Topo]; El Honorable Colegial; La Gente de Smiley; y El Peregrino Secreto), muestra un análisis de personajes poco frecuente. Y constituye (salvo las dos primeras) una auténtica historia de la Guerra Fría. Una novela como El Topo, con muy poca acción y una intriga que es elemental, no se soportaría si su autor no dominara la introspección, la caracterización y trascendiera del mero argumento.
Pero, si hemos de hablar de literatura, la herramienta de ésta es el lenguaje, y aquí, Le Carré ha conseguido algo al alcance de pocos. La jerga de sus novelas, inventada por él, ha pasado al lenguaje más o menos común. Y así, ya hablamos de "topo" por infiltrado; "faroleros" por los servicios de vigilancia y supervisión; "comadrejas" para la contraespía electrónica; "cazadores de cabelleras" para los servicios ejecutivos y ejecutores; los "primos" por los americanos, etc.
Incluso hay en su haber la creación de un argot funcionarial británico, irónico y mordaz, ejemplificado en la manera de denominarse entre sí los homólogos de los distintos ministerios: "mi hermano en Cristo", entre otros muchos ejemplos.
Bueno, me he adelantado, porque pienso, de una u otra manera, comentar todas o algunas de las obras de la serie Smiley, pero, como siempre, escribo demasiado... :)
¡Un saludo!

Andrómeda dijo...

No hombre, no te preocupes por escribir demasiado, por mí encantada (me has dado toda una cátedra sobre Le Carré...) :)
Así que es muy introspectivo e innovador, eso me gusta.

Gracias, ¡saludos!

Lluís Salvador dijo...

Hola, Andrómeda:
Pues gracias. Me olvidaba decir algo, sobre Le Carré: es además un escritor comprometido, por los temas que trata...
Un saludo!