100 Enigmes que la Ciència (Encara) No Ha Resolt, de Daniel Closa i Autet

Cossetània Edicions, col. De Cent en Cent
Valls (Tarragona), 2008 [2008]

Si el anterior libro que comentamos de Daniel Closa, 100 Mites de la Ciència, se dedicaba a proporcionar respuestas a los más diversos temas, desde leyendas urbanas a desinformaciones científicas, este 100 Enigmas que la Ciencia (Todavía) No Ha Resuelto, en cambio, se dedica a formular preguntas.
Claro que no son preguntas cualesquiera. Es más, uno podría decir que se trata de las preguntas. Algunas de ellas tenemos esperanzas de que sean contestadas en nuestra vida, como qué son los rayos en bola, cómo se forman los priones o cuáles son los límites para la energía solar. Otras, en cambio, son formuladas con la seguridad de que alguna respuesta deben tener, pero que es improbable que la conozcamos en el plazo vital de nuestra especie, como la voltereta de Urano, el origen del Universo o el aspecto de los dinosaurios.
En cualquier caso, el mensaje que Closa nos propone es claro: la ciencia avanza gracias a la curiosidad humana, y la curiosidad se manifiesta haciéndose preguntas.
Y las preguntas llevan a hacer conjeturas o hipótesis. Closa nos plantea estos enigmas, formula estas preguntas y expone las posibles hipótesis; tal vez más importante, explica porqué es necesario preguntarse por estos hechos. Por ejemplo, porqué la vida ha escogido mayoritariamente construir proteínas levógiras. Desde las cuestiones enormes como conocer cómo funcionan los ritmos de la vida (porqué el bambú florece una vez cada siete, trece o más años, por ejemplo; no es baladí entender un mecanismo que tiene que ser adaptativo) a las en apariencia más triviales, como porqué bostezamos.
Puede parecer frustrante leer un libro que sólo aporta enigmas y ninguna respuesta concreta y certificada, pero los enigmas son también apasionantes a su manera, estimulantes; y el ser estimulado por la curiosidad es algo que nos hace humanos.

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