(A Toy for Juliette)
En Visiones Peligrosas I (Dangerous Visions)
Ed. Martínez Roca, col. SuperFicción
Barcelona, 1983 [1967]
Robert Bloch, autor de Psicosis (una novela discreta que dio origen a un clásico cinematográfico, pero que contenía una vuelta de tuerca en la literatura de terror de la época, es decir, el asesino psicopático), escribió también un relato famoso en el mundo anglosajón, Suyo Afectísimo, Jack el Destripador (Yours Truly, Jack the Ripper), que representaba un aggiornamento de una de esas figuras que conforman el pozo mítico colectivo que todos compartimos y conocemos aun sin haber hecho el menor esfuerzo por leer, ver u oír los detalles particulares de ese personaje. Cuando hablamos de Jack el Destripador, todos sabemos a quién nos estamos refiriendo.
Al serle pedido un relato para la antología Visiones Peligrosas, en esta petición se formuló específicamente que incluyera esta figura.
Acostumbrado a trabajar con símbolos extremos, Bloch decidió llevar la figura de Jack a un futuro lejano y confrontar a este sádico "¿justiciero?" con un símbolo sadiano, una Juliette heredera del personaje creado por el que algunos denominan "el divino marqués".
Dar un resumen de un cuento de siete páginas sería criminal. Baste por tanto lo apuntado, y señalar que es una adecuada exploración de hasta dónde y cuándo los límites del placer erótico se convierten en patología y en la perversión del concepto de que si el paraíso de un sádico es la compañía de un masoquista, el infierno bien puede ser el encuentro entre dos sádicos. No es mal bagaje para un relato de esta extensión y muestra bien que el cuento de terror (que muchas veces es alegórico por naturaleza) constituye un óptimo vehículo de exploración de las particularidades humanas, por extremas (o precisamente por serlo) que estas sean.
lunes 6 de julio de 2009
Un Juguete para Juliette, de Robert Bloch
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viernes 3 de julio de 2009
Una Humilde Propuesta, de Jonathan Swift
(A Modest Proposal for Preventing the Children of Poor from Being a Burthen to Their Parents or the Country, and for Making Them Beneficial to the Publick)
En Una Humilde Propuesta... y Otros Escritos
Alianza Editorial, col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 2002 [1729]
En el siglo XVIII, las extravagancias satíricas (porque el siglo XVIII fue un gran siglo para la sátira, uno en el cual nació la caricatura política, por ejemplo) disfrazadas de gran ensayo fueron comunes; una de las mejores e inmortales fue la archiconocida (pero tal vez no tan leída como parece) Del Asesinato Considerado Como una de las Bellas Artes, de Thomas De Quincey; es un género que ha caído en declive, aunque hemos ya visto unas gloriosas excepciones en el Allegro Ma Non Troppo de Carlo M. Cipolla. Digna y merecedora del podio en igualdad con el texto de De Quincey es esta Humilde Propuesta del fabulador y filósofo Swift.
Debido a la hambruna y miseria que azotaba Irlanda en la época, Swift propone, humildemente «que un niño sano y bien amamantado constituye, a la edad de un año, un manjar de lo más delicioso, nutritivo y saludable, tanto estofado o asado como cocido o hervido, y no albergo ninguna duda de que estaría igualmente bueno en una fricassée o un ragoût.» para «que dejen de ser una carga para sus padres o para la parroquia, no necesiten comida ni ropa durante el resto de sus vidas y, muy al contrario, puedan contribuir a la alimentación y en parte a la vestimenta de muchos miles.»
Semejante y extemporánea proposición es expuesta con toda la apariencia de seriedad, punto a punto, de tal manera que ante una suma tan atinada y razonable de argumentos, uno no puede dejar de pensar que, si la sociedad ha creado este estado de cosas, no dejaría de ser plausible esta propuesta. Como mínimo, sería coherente, como nos recuerda el propio Swift: «Reconozco que esta comida será algo cara, y por tanto muy apropiada para los terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parece que tienen todo el derecho sobre los hijos».
Es esta frase, entre otras, la que sitúa el punto de la sátira, que es gargantuesca (el padre de todas las sátiras del XVIII parece ser, con toda justicia, Rabelais), que obliga a la carcajada en muchos momentos, pero que por ello mismo desnuda todas las vergüenzas de la sociedad contemporánea. Con todas las risas que la acompañan, Swift traza un cuadro más auténtico y veraz de la época que cualquier informe, estudio o historia pudiera realizar.
En esta época políticamente correcta, esta humilde propuesta parece, repito, extemporánea. También lo pareció entonces. Pero esa extemporaneidad sirvió entonces y sirve ahora a un propósito: mejor que pensemos en poner remedio a esa situación. Porque la alternativa es reírnos. Reírnos hasta morir.
Portada y sinopsis
En Una Humilde Propuesta... y Otros Escritos
Alianza Editorial, col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 2002 [1729]
En el siglo XVIII, las extravagancias satíricas (porque el siglo XVIII fue un gran siglo para la sátira, uno en el cual nació la caricatura política, por ejemplo) disfrazadas de gran ensayo fueron comunes; una de las mejores e inmortales fue la archiconocida (pero tal vez no tan leída como parece) Del Asesinato Considerado Como una de las Bellas Artes, de Thomas De Quincey; es un género que ha caído en declive, aunque hemos ya visto unas gloriosas excepciones en el Allegro Ma Non Troppo de Carlo M. Cipolla. Digna y merecedora del podio en igualdad con el texto de De Quincey es esta Humilde Propuesta del fabulador y filósofo Swift.
Debido a la hambruna y miseria que azotaba Irlanda en la época, Swift propone, humildemente «que un niño sano y bien amamantado constituye, a la edad de un año, un manjar de lo más delicioso, nutritivo y saludable, tanto estofado o asado como cocido o hervido, y no albergo ninguna duda de que estaría igualmente bueno en una fricassée o un ragoût.» para «que dejen de ser una carga para sus padres o para la parroquia, no necesiten comida ni ropa durante el resto de sus vidas y, muy al contrario, puedan contribuir a la alimentación y en parte a la vestimenta de muchos miles.»
Semejante y extemporánea proposición es expuesta con toda la apariencia de seriedad, punto a punto, de tal manera que ante una suma tan atinada y razonable de argumentos, uno no puede dejar de pensar que, si la sociedad ha creado este estado de cosas, no dejaría de ser plausible esta propuesta. Como mínimo, sería coherente, como nos recuerda el propio Swift: «Reconozco que esta comida será algo cara, y por tanto muy apropiada para los terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parece que tienen todo el derecho sobre los hijos».
Es esta frase, entre otras, la que sitúa el punto de la sátira, que es gargantuesca (el padre de todas las sátiras del XVIII parece ser, con toda justicia, Rabelais), que obliga a la carcajada en muchos momentos, pero que por ello mismo desnuda todas las vergüenzas de la sociedad contemporánea. Con todas las risas que la acompañan, Swift traza un cuadro más auténtico y veraz de la época que cualquier informe, estudio o historia pudiera realizar.
En esta época políticamente correcta, esta humilde propuesta parece, repito, extemporánea. También lo pareció entonces. Pero esa extemporaneidad sirvió entonces y sirve ahora a un propósito: mejor que pensemos en poner remedio a esa situación. Porque la alternativa es reírnos. Reírnos hasta morir.
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miércoles 1 de julio de 2009
La Guerra de la Independencia, de Miguel Artola
Ed. Espasa Calpe, col. Fórum
Madrid, 2007 [2007]
Las editoriales cada vez me sorprenden más. En este caso, el resumen de contraportada no es una exposición de lo que encontraremos en el libro, sino un resumen de la propia Guerra de la Independencia: desde la primera frase "La presencia de las tropas francesas provocó la revuelta del Dos de Mayo [...]", a la última, "Wellington volvió a España y necesitó dos años para conseguir que los franceses abandonaran la Península", no suena sino a la exposición (un poco mecánica y desganada) en dieciséis líneas que pudiera haber dado un alumno en un examen oral a la pregunta "hábleme sobre la Guerra de la Independencia". De si esto es producto de un redactor incapaz de discernir las virtudes que pueda tener el texto de Miguel Artola o bien de uno al que el tema le importaba un bledo y se limitó (tal parece) a copiar un texto de una enciclopedia de bolsillo o de un texto escolar, lo desconocemos. En todo caso, producto de la desgana o la incompetencia, semejante texto constituiría para mí motivo de despido fulminante. Mejor hubiera sido dejar la contraportada en blanco.
En fin. De las virtudes de Artola no cabe dudar. Han sido probadas en una trayectoria larga y en textos fundamentales. Pero uno sale de este libro con la impresión de que le hubieran sido necesarias otras cien páginas para explayarse a gusto. En efecto, el contenido parece excesivamente condensado a veces, amontonado en otras, y se echa en falta, entre otras cosas, una descripción de las campañas de Suchet (por infructuosas que fueran, a la larga) por Valencia. En cualquier caso, tiene y retiene, y Artola puede trazar la historia de los hechos conducentes a aquello que los ingleses llaman la Guerra Peninsular con claridad y aprovechando para esbozar tesis y desmentir errores sobre un conflicto que, en demasiadas ocasiones, ha sido manipulado por intereses espúreos.
Digamos también que el mejor capítulo es el dedicado a la guerra de guerrillas, y que en muy pocas ocasiones se ha expuesto con tanta claridad y definición las condiciones, requisitos y ejecución de ese auténtico hecho diferencial dentro de las Guerras Napoleónicas.
Con todos los condicionantes que lo limitan, es un texto que vale la pena leer si uno quiere acercarse al tema.
Madrid, 2007 [2007]
Las editoriales cada vez me sorprenden más. En este caso, el resumen de contraportada no es una exposición de lo que encontraremos en el libro, sino un resumen de la propia Guerra de la Independencia: desde la primera frase "La presencia de las tropas francesas provocó la revuelta del Dos de Mayo [...]", a la última, "Wellington volvió a España y necesitó dos años para conseguir que los franceses abandonaran la Península", no suena sino a la exposición (un poco mecánica y desganada) en dieciséis líneas que pudiera haber dado un alumno en un examen oral a la pregunta "hábleme sobre la Guerra de la Independencia". De si esto es producto de un redactor incapaz de discernir las virtudes que pueda tener el texto de Miguel Artola o bien de uno al que el tema le importaba un bledo y se limitó (tal parece) a copiar un texto de una enciclopedia de bolsillo o de un texto escolar, lo desconocemos. En todo caso, producto de la desgana o la incompetencia, semejante texto constituiría para mí motivo de despido fulminante. Mejor hubiera sido dejar la contraportada en blanco.
En fin. De las virtudes de Artola no cabe dudar. Han sido probadas en una trayectoria larga y en textos fundamentales. Pero uno sale de este libro con la impresión de que le hubieran sido necesarias otras cien páginas para explayarse a gusto. En efecto, el contenido parece excesivamente condensado a veces, amontonado en otras, y se echa en falta, entre otras cosas, una descripción de las campañas de Suchet (por infructuosas que fueran, a la larga) por Valencia. En cualquier caso, tiene y retiene, y Artola puede trazar la historia de los hechos conducentes a aquello que los ingleses llaman la Guerra Peninsular con claridad y aprovechando para esbozar tesis y desmentir errores sobre un conflicto que, en demasiadas ocasiones, ha sido manipulado por intereses espúreos.
Digamos también que el mejor capítulo es el dedicado a la guerra de guerrillas, y que en muy pocas ocasiones se ha expuesto con tanta claridad y definición las condiciones, requisitos y ejecución de ese auténtico hecho diferencial dentro de las Guerras Napoleónicas.
Con todos los condicionantes que lo limitan, es un texto que vale la pena leer si uno quiere acercarse al tema.
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lunes 29 de junio de 2009
Il Tailleur Grigio, de Andrea Camilleri
Arnoldo Mondadori Editore, col. Scrittori Italiani e Stranieri
Milán, 2008 [2008]
Il Tailleur Grigio (El Traje Chaqueta Gris) arranca en el primer día de la jubilación del protagonista, un alto empleado de banca. En ese día repasa y quema las tres cartas anónimas que ha recibido durante su carrera: una amenaza de la mafia, un intento de coaccionarle en un caso de corrupción y un anónimo que le avisa de la infidelidad de su segunda esposa, Adele. (Es decir, los tres temas recurrentes de la sociedad siciliana: mafia, corrupción y cuernos.)
Adele, treinta años menor que el protagonista, es el centro de esta novela, por más que sólo la veamos a través de los ojos y los recuerdos de su marido.
A través de esas percepciones asistimos a la historia de una putrefacción, un cáncer que se va extendiendo poco a poco, como el cáncer que acometerá al marido, y que si estaba latente o enquistado con anterioridad, empieza a desarrollarse conforme la mirada del protagonista se centra en su esposa.
Este traje chaqueta gris es un símbolo, una prenda que Adele sólo se pone cuando un hecho luctuoso va a tener lugar o se ha producido. La solapa del libro intenta convencernos de que Adele es una de estas dark ladies (sic), una femme fatale. Creo que es sacar las cosas de madre. Adele tiene su personalidad, desde luego, pero esta no pasa por ser la de una viuda negra.
También la solapa enuncia con marcada solemnidad que esta es la más femenina (y la más francesa) de las novelas de Camilleri. Tonterías. El hombre que ha redactado este texto (porque tiene que ser un hombre, y además uno aquejado de machismo) o no ha leído la novela o miente con descaro. Porque si una conclusión se puede extraer de la novela, es que es imposible par un hombre conocer la personalidad de una mujer (o por lo menos, la de Adele). Tanto más, si los esfuerzos de comprensión son tardíos, cuando antes eran casi inexistentes. El protagonista de esta novela dijo amén siempre, y jamás intentó comprender lo que sucedía, hablar con su esposa, entenderla. Y cuando lo intenta, ese esfuerzo está destinado al fracaso por esa misma actitud, que sólo puede llevar a la destrucción.
Las mujeres de Camilleri siempre han sido un enigma para mí. Han estado presentes (aunque en muchas de sus novelas tienen papeles secundarios o inexistentes), pero Camilleri siempre ha dado la impresión de mantenerse al margen, de ser consciente de su incomprensión. En este aspecto, esta novela es atípica en su producción, y transmite un mensaje en parte muy frío: es inevitable sentir lástima por el marido, que en el fondo es un desgraciado infeliz, pero yo, por mi parte, no puedo decantarme por la antipatía por Adele, si leo su carácter tal y como lo esboza Camilleri.
No sé si Andrea Camilleri comprende a las mujeres. Pero lo que nos dice es que es necesario intentar entenderlas. Algo que el marido de Adele no hizo sino tarde y mal. Así le fue, agonizante ante alguien a quien acabó odiando y que vestía un traje chaqueta gris.
Portada y sinopsis
Milán, 2008 [2008]
Il Tailleur Grigio (El Traje Chaqueta Gris) arranca en el primer día de la jubilación del protagonista, un alto empleado de banca. En ese día repasa y quema las tres cartas anónimas que ha recibido durante su carrera: una amenaza de la mafia, un intento de coaccionarle en un caso de corrupción y un anónimo que le avisa de la infidelidad de su segunda esposa, Adele. (Es decir, los tres temas recurrentes de la sociedad siciliana: mafia, corrupción y cuernos.)
Adele, treinta años menor que el protagonista, es el centro de esta novela, por más que sólo la veamos a través de los ojos y los recuerdos de su marido.
A través de esas percepciones asistimos a la historia de una putrefacción, un cáncer que se va extendiendo poco a poco, como el cáncer que acometerá al marido, y que si estaba latente o enquistado con anterioridad, empieza a desarrollarse conforme la mirada del protagonista se centra en su esposa.
Este traje chaqueta gris es un símbolo, una prenda que Adele sólo se pone cuando un hecho luctuoso va a tener lugar o se ha producido. La solapa del libro intenta convencernos de que Adele es una de estas dark ladies (sic), una femme fatale. Creo que es sacar las cosas de madre. Adele tiene su personalidad, desde luego, pero esta no pasa por ser la de una viuda negra.
También la solapa enuncia con marcada solemnidad que esta es la más femenina (y la más francesa) de las novelas de Camilleri. Tonterías. El hombre que ha redactado este texto (porque tiene que ser un hombre, y además uno aquejado de machismo) o no ha leído la novela o miente con descaro. Porque si una conclusión se puede extraer de la novela, es que es imposible par un hombre conocer la personalidad de una mujer (o por lo menos, la de Adele). Tanto más, si los esfuerzos de comprensión son tardíos, cuando antes eran casi inexistentes. El protagonista de esta novela dijo amén siempre, y jamás intentó comprender lo que sucedía, hablar con su esposa, entenderla. Y cuando lo intenta, ese esfuerzo está destinado al fracaso por esa misma actitud, que sólo puede llevar a la destrucción.
Las mujeres de Camilleri siempre han sido un enigma para mí. Han estado presentes (aunque en muchas de sus novelas tienen papeles secundarios o inexistentes), pero Camilleri siempre ha dado la impresión de mantenerse al margen, de ser consciente de su incomprensión. En este aspecto, esta novela es atípica en su producción, y transmite un mensaje en parte muy frío: es inevitable sentir lástima por el marido, que en el fondo es un desgraciado infeliz, pero yo, por mi parte, no puedo decantarme por la antipatía por Adele, si leo su carácter tal y como lo esboza Camilleri.
No sé si Andrea Camilleri comprende a las mujeres. Pero lo que nos dice es que es necesario intentar entenderlas. Algo que el marido de Adele no hizo sino tarde y mal. Así le fue, agonizante ante alguien a quien acabó odiando y que vestía un traje chaqueta gris.
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viernes 26 de junio de 2009
Capitanes de la Arena, de Jorge Amado
(Capitães da Areia)
Alianza Editorial, col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 1989 [1937]
Esta novela trata de los niños abandonados de Salvador de Bahia, que se agrupan en bandas, la más conocida de las cuales es la de los Capitanes de la Arena.
La novela conforma una serie de cuadros sobre la vida que se ven forzados a llevar estos desheredados de la sociedad, centrándose de forma principal en su jefe, Pedro el Bala, quien por puro milagro se redimirá de su condición para convertirse en revolucionario, si a esto puede llamarse redención y no una consecuencia moral (tal vez la única salida moral) a su situación marginal y forzadamente delincuente.
Sobrecoge, más que la miseria moral y la ruina social y económica de estos (no hay que olvidarlo) niños forzados a ser adultos, crueles adultos antes de tiempo, la indiferencia de una sociedad que sólo se preocupa de ellos para encerrarlos en reformatorios asesinos o pasarlos por la máquina social de picar carne humana destinada a aquellos que no se resignen a una posición inamovible de escoria al servicio de la sociedad bienpensante.
Amado no nos ahorra ninguna descripción de esta miseria moral y social, pero sabiendo a la perfección dónde yacen los derechos y las obligaciones de cada cual. Quien no conoce más que la miseria, la supervivencia a toda costa y la delincuencia no tendrá más remedio que delinquir. En cambio, aquellos que tienen los medios para modificar esta situación de base son culpables por inacción, por mantener estas condiciones intolerables, y por preservar como si de un privilegio se tratara este este statu quo.
La primera edición de esta obra, de 1937, fue requisada y quemada en la plaza pública. Con todas las contradicciones que conlleva siempre la censura, esta vez actuó con coherencia. Era necesario destruir una obra no por revolucionaria, sino porque avergonzaba a toda una sociedad y un sistema.
Esa sociedad avalaba los relatos como los de Corazón, de Edmundo de Amicis, en los que el mensaje para los niños desheredados y los marginales era muy claro: quédate donde estás, sé bueno, sé dócil y puede que tengas tu recompensa y una vida feliz. Y si no la tienes, no te preocupes, estarás a un paso de la santidad y la vida eterna. Capitanes de la Arena es su reverso, un reverso en el que la realidad constituía una bofetada demasiado insoportable para una sociedad que siempre ha preferido permanecer en la bendita inopia y crearse justificaciones para los males que la aquejan. Aun habiéndolos creado ella misma.
Si socialmente esta novela es demoledora, literariamente es impresionante. Por su realismo, pero también por sus descripciones, el trazado de sus personajes, el ritmo, las situaciones, el trasfondo histórico brasileño y de la ciudad bahiana y los recursos que prenden al lector a la prosa de uno de los mejores narradores brasileños.
Portada
Alianza Editorial, col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 1989 [1937]
Esta novela trata de los niños abandonados de Salvador de Bahia, que se agrupan en bandas, la más conocida de las cuales es la de los Capitanes de la Arena.
La novela conforma una serie de cuadros sobre la vida que se ven forzados a llevar estos desheredados de la sociedad, centrándose de forma principal en su jefe, Pedro el Bala, quien por puro milagro se redimirá de su condición para convertirse en revolucionario, si a esto puede llamarse redención y no una consecuencia moral (tal vez la única salida moral) a su situación marginal y forzadamente delincuente.
Sobrecoge, más que la miseria moral y la ruina social y económica de estos (no hay que olvidarlo) niños forzados a ser adultos, crueles adultos antes de tiempo, la indiferencia de una sociedad que sólo se preocupa de ellos para encerrarlos en reformatorios asesinos o pasarlos por la máquina social de picar carne humana destinada a aquellos que no se resignen a una posición inamovible de escoria al servicio de la sociedad bienpensante.
Amado no nos ahorra ninguna descripción de esta miseria moral y social, pero sabiendo a la perfección dónde yacen los derechos y las obligaciones de cada cual. Quien no conoce más que la miseria, la supervivencia a toda costa y la delincuencia no tendrá más remedio que delinquir. En cambio, aquellos que tienen los medios para modificar esta situación de base son culpables por inacción, por mantener estas condiciones intolerables, y por preservar como si de un privilegio se tratara este este statu quo.
La primera edición de esta obra, de 1937, fue requisada y quemada en la plaza pública. Con todas las contradicciones que conlleva siempre la censura, esta vez actuó con coherencia. Era necesario destruir una obra no por revolucionaria, sino porque avergonzaba a toda una sociedad y un sistema.
Esa sociedad avalaba los relatos como los de Corazón, de Edmundo de Amicis, en los que el mensaje para los niños desheredados y los marginales era muy claro: quédate donde estás, sé bueno, sé dócil y puede que tengas tu recompensa y una vida feliz. Y si no la tienes, no te preocupes, estarás a un paso de la santidad y la vida eterna. Capitanes de la Arena es su reverso, un reverso en el que la realidad constituía una bofetada demasiado insoportable para una sociedad que siempre ha preferido permanecer en la bendita inopia y crearse justificaciones para los males que la aquejan. Aun habiéndolos creado ella misma.
Si socialmente esta novela es demoledora, literariamente es impresionante. Por su realismo, pero también por sus descripciones, el trazado de sus personajes, el ritmo, las situaciones, el trasfondo histórico brasileño y de la ciudad bahiana y los recursos que prenden al lector a la prosa de uno de los mejores narradores brasileños.
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miércoles 24 de junio de 2009
El Consejo de Egipto, de Leonardo Sciascia
(Il Consiglio d'Egitto)
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 1988 [1963]
Esta es la historia de una impostura, como dice la contraportada. El descubrimiento de un texto árabe servirá al abate Vella para pergeñar una estafa de marca mayor: «─Una vida del profeta ─dijo─, nada sobre Sicilia. Una vida del profeta como muchas otras.
»Fray Giuseppe Vella se volvió hacia monseñor Airoldi con la cara resplandeciente.
»─Su excelencia dice que se trata de un precioso códice: no existen otros similares incluso en sus países. Aquí se narra la conquista de Sicilia, los hechos de los tiempos de la dominación...»
Y así Vella pondrá en marcha su particular farsa, que se convertirá en una conmoción. En una Sicilia del siglo XVIII a la que llegan aires de la Revolución Francesa, Vella empieza a fabular con una sociedad en la que los descendientes de aquellos protonobles de la ocupación sarracena han obtenido sus privilegios, y sobre todo sus posesiones, sin justificación ninguna: «─Teme que el Consejo de Egipto traiga a la luz algún dato que perturbe la normal percepción de sus rentas. De modo que me ha pedido que os pregunte...
»─¿Os importa mucho?
»─La condesa, en este momento, sí. El problema de sus rentas, mucho menos.
»─Pues examinaré el texto y luego os podré decir algo. Pero creo que no tiene nada que temer. ─La sonrisa de fray Giuseppe dejó ver un relámpago de entendimiento, de complicidad, casi como si estuviese a punto de agregar: "Gracias a vos, que la recomendáis, gracias a la amistad que con vos mantengo".»
Ante este estado de cosas, y de riesgo, la desconfianza sobre el texto crece, mientras la corona se muestra satisfecha de recuperar: «─¿Y qué es lo que no ha entregado a la Corona con el Consejo de Egipto? Playas, feudos, ríos, almadrabas: posesiones todas que durante siglos ni reyes ni virreyes habían puesto en tela de juicio que nos pertenecieran.»
Pero la grandeza narrativa de Sciascia es tal que esta impostura no es sino un reflejo en el que, mutatis mutandi, puede verse la farsa de toda la sociedad siciliana y europea de la época:
«─En efecto ─dijo el abogado Di Blasi─, cada sociedad genera el tipo de impostura que, por así decir, se merece. Y nuestra sociedad, que en sí misma constituye una impostura, una impostura jurídica, literaria, humana... Sí, humana, incluso de la existencia, diría yo... Nuestra sociedad no ha hecho otra cosa que producir, de manera natural, obvia, la impostura contraria...
»─De un crimen corriente, de un delito vulgar, vos extraéis filosofía ─dijo don Saverio Zarbo.
»─Ah, no, éste no es un delito vulgar. Este es uno de aquellos hechos que contribuyen a definir una sociedad, un determinado momento histórico. En rigor, si en Sicilia, la cultura no fuese de modo más o menos consciente, una impostura, si no fuera instrumento en manos del poder de los barones, y por lo tanto mera ficción, continua ficción y falsificación de la realidad, de la historia... pues bien, en ese caso, os digo que la aventura del abate Vella hubiera sido imposible... Y aún os digo más: el abate Vella no ha incurrido en ningún crimen, sólo ha montado la parodia de un crimen, cambiando sus términos... La parodia de un crimen que en Sicilia se viene consumando desde hace siglos...»
El estilo de Sciascia está impregnado de ese humor socarrón y desencantado que parece marca siciliana de fábrica. Y es prístino, claro, transparente, y uno de los mejores ejemplos de que no es necesario alambicarse ni complicarse la vida y la dicción para tratar de temas profundos, de filosofía y de la historia, del ser humano y sus continuos espejismos y engaños.
Una pequeña obra maestra de uno de los mejores escritores del siglo XX.
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 1988 [1963]
Esta es la historia de una impostura, como dice la contraportada. El descubrimiento de un texto árabe servirá al abate Vella para pergeñar una estafa de marca mayor: «─Una vida del profeta ─dijo─, nada sobre Sicilia. Una vida del profeta como muchas otras.
»Fray Giuseppe Vella se volvió hacia monseñor Airoldi con la cara resplandeciente.
»─Su excelencia dice que se trata de un precioso códice: no existen otros similares incluso en sus países. Aquí se narra la conquista de Sicilia, los hechos de los tiempos de la dominación...»
Y así Vella pondrá en marcha su particular farsa, que se convertirá en una conmoción. En una Sicilia del siglo XVIII a la que llegan aires de la Revolución Francesa, Vella empieza a fabular con una sociedad en la que los descendientes de aquellos protonobles de la ocupación sarracena han obtenido sus privilegios, y sobre todo sus posesiones, sin justificación ninguna: «─Teme que el Consejo de Egipto traiga a la luz algún dato que perturbe la normal percepción de sus rentas. De modo que me ha pedido que os pregunte...
»─¿Os importa mucho?
»─La condesa, en este momento, sí. El problema de sus rentas, mucho menos.
»─Pues examinaré el texto y luego os podré decir algo. Pero creo que no tiene nada que temer. ─La sonrisa de fray Giuseppe dejó ver un relámpago de entendimiento, de complicidad, casi como si estuviese a punto de agregar: "Gracias a vos, que la recomendáis, gracias a la amistad que con vos mantengo".»
Ante este estado de cosas, y de riesgo, la desconfianza sobre el texto crece, mientras la corona se muestra satisfecha de recuperar: «─¿Y qué es lo que no ha entregado a la Corona con el Consejo de Egipto? Playas, feudos, ríos, almadrabas: posesiones todas que durante siglos ni reyes ni virreyes habían puesto en tela de juicio que nos pertenecieran.»
Pero la grandeza narrativa de Sciascia es tal que esta impostura no es sino un reflejo en el que, mutatis mutandi, puede verse la farsa de toda la sociedad siciliana y europea de la época:
«─En efecto ─dijo el abogado Di Blasi─, cada sociedad genera el tipo de impostura que, por así decir, se merece. Y nuestra sociedad, que en sí misma constituye una impostura, una impostura jurídica, literaria, humana... Sí, humana, incluso de la existencia, diría yo... Nuestra sociedad no ha hecho otra cosa que producir, de manera natural, obvia, la impostura contraria...
»─De un crimen corriente, de un delito vulgar, vos extraéis filosofía ─dijo don Saverio Zarbo.
»─Ah, no, éste no es un delito vulgar. Este es uno de aquellos hechos que contribuyen a definir una sociedad, un determinado momento histórico. En rigor, si en Sicilia, la cultura no fuese de modo más o menos consciente, una impostura, si no fuera instrumento en manos del poder de los barones, y por lo tanto mera ficción, continua ficción y falsificación de la realidad, de la historia... pues bien, en ese caso, os digo que la aventura del abate Vella hubiera sido imposible... Y aún os digo más: el abate Vella no ha incurrido en ningún crimen, sólo ha montado la parodia de un crimen, cambiando sus términos... La parodia de un crimen que en Sicilia se viene consumando desde hace siglos...»
El estilo de Sciascia está impregnado de ese humor socarrón y desencantado que parece marca siciliana de fábrica. Y es prístino, claro, transparente, y uno de los mejores ejemplos de que no es necesario alambicarse ni complicarse la vida y la dicción para tratar de temas profundos, de filosofía y de la historia, del ser humano y sus continuos espejismos y engaños.
Una pequeña obra maestra de uno de los mejores escritores del siglo XX.
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Sciascia ·Leonardo
lunes 22 de junio de 2009
Fausto Eric, de Terry Pratchett
(Faust Eric)
Ediciones Altaya
Estella (Navarra), 2008 [1990]
Terry Pratchett es el autor humorístico más feraz y divertido de esta época. Sus obras, enclavadas en su mayoría en esa genial creación que es el Mundodisco, no se limitan a la parodia de género, sino que, como buenas obras de humor, emplean el reflejo fantástico para satirizar la imagen del mundo real, todo ello sin olvidar las virtudes de una buena historia.
En este caso, Eric quiere ser demonólogo para conseguir tres deseos. De hecho, para conseguir los tres deseos: el dominio sobre todos los reinos del mundo, la mujer más bella que haya existido jamás y vivir por toda la eternidad. Lo que quiere todo el mundo (masculino). En su descargo, diremos que Eric es un adolescente. Lo que sucede es que, en primer lugar, tendría que ser invocado el demonio adecuado. De hecho tendría que haber invocado a un demonio, en lugar de haber hecho aparecer al mago más inútil que haya existido en el multiverso: Rincewind. Y en segundo, que el universo tiene un muy sano (para él) sentido del humor, y una cierta predilección por la sutileza semántica de los deseos formulados apresuradamente.
Hemos dicho que Rincewind es un inútil. No es del todo cierto:
«Entre los talentos de Rincewind destacaba su gran habilidad para salir corriendo, que con el paso de los años había elevado al estatus de verdadera ciencia pura. No importaba si huía de algo o hacia algo con tal de que huyera. Lo que contaba era el hecho en sí de huir. Corro, luego existo. O más correctamente, corro, por tanto si hay suerte podré seguir existiendo. Pero también se le daban bien los idiomas y la geografía práctica. Sabía gritar "¡Socorro!" en catorce idiomas y pedir piedad a gritos en otros doce.»
Y respecto a la semántica de los deseos formulados, ésta llevará a Eric y Rincewind a Tezuman, «conocido por sus huertos orgánicos, su exquisita artesanía de obsidiana, plumas y jade, y sus sacrificios humanos multitudinarios», una nación que no está muy satisfecha de cómo se gobiernan las cosas; a las guerras tsorteanas, famosas por su caballo de madera; y al inicio del universo, un lugar muy aburrido en el que contemplar la perspectiva de la vida eterna.
Las grandes virtudes de Pratchett son un ritmo vivaz, un agudo sentido crítico y una aguda percepción de unas realidades ridículas que damos por supuestas y normales. Y por descontado, su sentido del humor y el dominio del absurdo. Por ejemplo:
«Mientras caminaba junto a un muro llegó a una gran puerta, que retrataba de forma artística a un grupo de prisioneros a los que en apariencia se les hacía un chequeo médico completo [nota: Desde cierta distancia, era así, en cualquier caso. De cerca, no].»
«Cualquier mago lo bastante brillante como para sobrevivir cinco minutos era también lo bastante brillante como para darse cuenta de que si había algún poder en la demonología, éste residía en los demonios. Emplearlo para tus propios propósitos sería como intentar matar ratones a golpes de serpiente de cascabel.»
«Ningún enemigo había tomado jamás Ankh-Morpork. Bueno, técnicamente lo habían hecho, muy a menudo, además; la ciudad daba la bienvenida a los invasores bárbaros y derrochadores, pero de alguna manera los desconcertados incursores descubrían, tras pocos días, que ya no eran propietarios de sus caballos, y al cabo de un par de meses ya eran sólo otro grupo minoritario con sus propios graffitis y tiendas de comida.»
«─Allí hay una puerta.
»─¿Adónde va?
»─Se queda allí donde está, creo.»
«El problema es que las cosas jamás mejoran, sólo siguen iguales, pero más.»
Pratchett domina a la perfección su Mundodisco, de tal manera que, salvo El Color de la Magia y La Fantástica Luz, las dos primeras novelas de la serie, el resto de sus libros pueden ser leídos sin más equipaje que el deseo de reírse y sintonizar con un sentido del humor que es profundamente subversivo y sagaz con (uno diría contra) nuestro mundo real. Llámenlo fantasía si quieren, pero en realidad nos reímos de cosas muy reales. Por ejemplo, nuestros propios absurdos.
Ediciones Altaya
Estella (Navarra), 2008 [1990]
Terry Pratchett es el autor humorístico más feraz y divertido de esta época. Sus obras, enclavadas en su mayoría en esa genial creación que es el Mundodisco, no se limitan a la parodia de género, sino que, como buenas obras de humor, emplean el reflejo fantástico para satirizar la imagen del mundo real, todo ello sin olvidar las virtudes de una buena historia.
En este caso, Eric quiere ser demonólogo para conseguir tres deseos. De hecho, para conseguir los tres deseos: el dominio sobre todos los reinos del mundo, la mujer más bella que haya existido jamás y vivir por toda la eternidad. Lo que quiere todo el mundo (masculino). En su descargo, diremos que Eric es un adolescente. Lo que sucede es que, en primer lugar, tendría que ser invocado el demonio adecuado. De hecho tendría que haber invocado a un demonio, en lugar de haber hecho aparecer al mago más inútil que haya existido en el multiverso: Rincewind. Y en segundo, que el universo tiene un muy sano (para él) sentido del humor, y una cierta predilección por la sutileza semántica de los deseos formulados apresuradamente.
Hemos dicho que Rincewind es un inútil. No es del todo cierto:
«Entre los talentos de Rincewind destacaba su gran habilidad para salir corriendo, que con el paso de los años había elevado al estatus de verdadera ciencia pura. No importaba si huía de algo o hacia algo con tal de que huyera. Lo que contaba era el hecho en sí de huir. Corro, luego existo. O más correctamente, corro, por tanto si hay suerte podré seguir existiendo. Pero también se le daban bien los idiomas y la geografía práctica. Sabía gritar "¡Socorro!" en catorce idiomas y pedir piedad a gritos en otros doce.»
Y respecto a la semántica de los deseos formulados, ésta llevará a Eric y Rincewind a Tezuman, «conocido por sus huertos orgánicos, su exquisita artesanía de obsidiana, plumas y jade, y sus sacrificios humanos multitudinarios», una nación que no está muy satisfecha de cómo se gobiernan las cosas; a las guerras tsorteanas, famosas por su caballo de madera; y al inicio del universo, un lugar muy aburrido en el que contemplar la perspectiva de la vida eterna.
Las grandes virtudes de Pratchett son un ritmo vivaz, un agudo sentido crítico y una aguda percepción de unas realidades ridículas que damos por supuestas y normales. Y por descontado, su sentido del humor y el dominio del absurdo. Por ejemplo:
«Mientras caminaba junto a un muro llegó a una gran puerta, que retrataba de forma artística a un grupo de prisioneros a los que en apariencia se les hacía un chequeo médico completo [nota: Desde cierta distancia, era así, en cualquier caso. De cerca, no].»
«Cualquier mago lo bastante brillante como para sobrevivir cinco minutos era también lo bastante brillante como para darse cuenta de que si había algún poder en la demonología, éste residía en los demonios. Emplearlo para tus propios propósitos sería como intentar matar ratones a golpes de serpiente de cascabel.»
«Ningún enemigo había tomado jamás Ankh-Morpork. Bueno, técnicamente lo habían hecho, muy a menudo, además; la ciudad daba la bienvenida a los invasores bárbaros y derrochadores, pero de alguna manera los desconcertados incursores descubrían, tras pocos días, que ya no eran propietarios de sus caballos, y al cabo de un par de meses ya eran sólo otro grupo minoritario con sus propios graffitis y tiendas de comida.»
«─Allí hay una puerta.
»─¿Adónde va?
»─Se queda allí donde está, creo.»
«El problema es que las cosas jamás mejoran, sólo siguen iguales, pero más.»
Pratchett domina a la perfección su Mundodisco, de tal manera que, salvo El Color de la Magia y La Fantástica Luz, las dos primeras novelas de la serie, el resto de sus libros pueden ser leídos sin más equipaje que el deseo de reírse y sintonizar con un sentido del humor que es profundamente subversivo y sagaz con (uno diría contra) nuestro mundo real. Llámenlo fantasía si quieren, pero en realidad nos reímos de cosas muy reales. Por ejemplo, nuestros propios absurdos.
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