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Cielo de Plomo, de Ben Pastor

Frente de Ucrania, 1943. El comandante de caballería y oficial de inteligencia Martin Bora interroga al prisionero general ruso Platonov sin éxito, cuando inesperadamente, en el mismo sector, el general "Khan" Tibyetskij deserta al bando alemán con el último modelo de tanque T-34 y la promesa de hacer importantes revelaciones. Esto ya puede ser una casualidad sospechosa, pero las casualidades se vuelven inverosímiles cuando en el intervalo de pocas horas Platonov muere de un ataque al corazón y Tibyetskij es envenenado. Son demasiadas coincidencias, si tenemos en cuenta que ambos generales se conocían y que habían operado juntos precisamente por esa zona durante la Revolución. Una zona que contiene el bosque de Krasny Yar, donde se producen misteriosas desapariciones que aterrorizan a la población local.
Pastor mueve la trama de forma creíble y con mano segura, y no desdeña tanto la vida privada de su investigador como el desencanto posterior al desastre de Stalingrado y la visión de un mundo nazi desde la primera línea del frente.
Pero lo que interesa resaltar aquí es el hecho de Pastor, probablemente, es la que mejor realiza este subgénero del policíaco que ha surgido en torno a los "detectives" de la Alemania nazi, un género prefigurado hace años por La Noche de los Generales de Hans Hellmut Kirst.
Y es que a Ben Pastor le va el riesgo. No sitúa su acción en la preguerra o en la retaguardia, sino en primera línea de combate, lugar ciertamente difícil para ejercer una investigación criminal.
También, y muy destacablemente, no proporciona características redimentes a su personaje Martin Bora. No es un completo nazi, pero no es alguien opuesto al régimen hitleriano: voluntario en la guerra de España, militar "junker" de carrera, dispuesto a cumplir con su deber hasta las últimas consecuencias, no es una figura con la que se pueda empatizar políticamente; si bien disgustado por los modos y los desprecios de la ley de los nazis, su lealtad está fuera de dudas; sus modos de conquistador, aunque no tan brutales, son evidentes. No es una mala opción. Antinazis, lo que se dice antinazis, hubo muy pocos entre los alemanes, de manera que es más honesto, más real, tener como figura central a un militar / investigador más representativo de la Alemania de la época que no al "alemán bueno" (y con un comportamiento más coherente que el kripo Bernie Gunther, de Philip Kerr, que es un antinazi que en ocasiones parece aquejado del síndrome de Estocolmo, algo desconcertante para el lector).
Martin Bora no es un hombre bueno. Pero tal vez en un hombre justo, o intenta serlo. Habrá que ver su evolución según se desarrollen los acontecimientos, pero según lo leído, eso será un placer en la mejor serie de detectives de la Segunda Guerra Mundial hasta el  momento.

(Tin Sky)
Alianza Ed., col. Alianza Negra
Madrid, 2014 [2013]
Serie Comandante Martin Bora nº 2

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Cine y Jazz, de Carlos Aguilar

Libro necesario, dado que la relación entre esta música del siglo XX y el cine ha sido intensa desde el principio: incluso antes de que el cinematógrafo aprendiera a hablar, ya se acompañaba de un pianista que, en su forma paradigmática, improvisaba sobre las imágenes con piezas en ragtime, stride y sincopadas, más jazz que otra cosa; no digamos cuando la banda sonora se hizo realidad, y todo un género literario / cinematográfico encontró su reflejo anímico y musical perfecto en las composiciones de Ellington, Benny Carter, Chet Baker y tantos otros.
Cuando una obra de este tipo se plantea en forma de diccionario enciclopédico (como también es el caso del libro más famoso de Aguilar, Guía del Cine; exhaustivo en el cine español, discutible en el anglosajón), se espera el completismo, y ahí me declaro incapaz de juzgar, aunque, ya que el autor se mete en el imposible mundo del documental, echo en falta ya de primeras Michel Petrucciani, de Michael Radford; sobre todo encuentro a faltar entradas temáticas, como la relación del jazz con el cine policíaco y negro, o la presencia cinematográfica de los clubes, un lugar de desarrollo de la acción como pocos han habido en el cine.
Por lo demás, las características típicas de Carlos Aguilar están presentes: poco o ningún resumen argumental y mucha valoración personal (a la que tiene completo derecho). Pero, centrándonos en lo positivo, hay que remarcar un inmenso trabajo realizado desvelando algo que, por lo general, no aparece ni en los títulos de crédito, como son los nombres de los músicos que tocan realmente en la película (a veces en persona, a veces doblando a actores, otras sólo en la banda sonora) y que proporciona auténticas sorpresas, o las entradas biográficas de los jazzmen, específicamente redactadas en relación al cine.
Por supuesto, un listado de películas (algunas (o muchas) difíciles de ver) que puede hacer de su visionado una experiencia nueva en cuanto a lo programático de su música; y dentro de ese listado, un apreciable número de películas europeas, incluyendo españolas, en lo que supone una reivindicación de los "otros" jazz fuera del ámbito anglosajón.
Como guinda, una infografía realmente valiosa, consistente no sólo en fotogramas, carteles de películas y portadas de discos, sino en imágenes curiosas de actores y músicos, encuentros inusitados (por ejemplo, la cubierta, que muestra a Ella Fitzgerald en conversación con Marilyn Monroe) e instantáneas de rodaje.
En suma, un libro que llena un vacío que era necesario cubrir y que estimula tanto la cinefilia como la audición jazzística. 

Cátedra / Grupo Anaya, col. Signo e Imagen
Madrid, 2013 [2013]

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Kiss Kiss Bang Bang, de Shane Black

SESIÓN MATINAL 

(Kiss Kiss Bang Bang); 2005

Director: Shane Black; Guión: Shane Black, basado en la novela Bodies Are Where You Find Them, de Brett Halliday; Intérpretes: Robert Downey Jr (Harry Lockhart), Val Kilmer (Gay Perry), Michelle Monaghan (Harmony Faith Lane), Corbin Bernsen (Harlan Dexter); Dir. de fotografía: Michael Barrett; Música: John Ottman; Títulos de crédito: Stephen Schuster.

En el cine actual se echan de menos las películas inteligentes. Sobre todo, las comedias inteligentes. Kiss Kiss Bang Bang es una comedia que no renuncia a la trama de intriga, lo cual ya es algo poco frecuente, pero además se trata de un filme realizado con cariño, con clase e incluso con brillantez en todos los aspectos (no se pierdan los títulos de crédito de inicio).
Claro homenaje a las historias de Raymond Chandler (los capítulos en los que se divide la película llevan títulos de obras de Chandler), resumir la historia es prácticamente imposible, como por otra parte sucedía ya con las obras del maestro. Pero también como en el caso de Chandler, lo importante no son tanto los detalles como la atmósfera.
Y esa atmósfera consigue ser un noir actual, con toques clásicos, detalles paródicos al respecto de los clichés del género, la presencia de un detective gay que la crítica ha definido como el único auténtico y cuya orientación sexual es significativa para la trama, momentos de tensión, buen suspense, y toques de homenaje al cine clásico que hacen las delicias del espectador.
Un acierto completo de Shane Black, que se implicó mucho en el proyecto hasta que pudo realizarlo, obteniendo buenas críticas y buena audiencia todo lo cual merecía. Una joya.

Tráiler:


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Jazz Porque Sí: Django Reinhardt Mayo 1942

Seguimos con el genial guitarrista gitano y su discografía, que esta vez nos lleva, en plena guerra mundial, a Bélgica, con la muy buena big band de Stan Brenders. O más bien gran orquesta, ya que incluye una sección de cuerda.
Verán, cuando escucho que un músico de jazz está acompañado de violines (orquestados, claro; Grappelli y sus colegas son otra cosa) me echo a temblar. Muchos han tenido esa tentación, y muy pocos han logrado que el resultado fuera satisfactorio. Por suerte, Brenders, que debió ser músico notable, opta por la discreción en el acompañamiento. Y así, tendremos un Nuages antológico, una de las mejores interpretaciones de Django de este tema inmortal; escucharemos después Djangologie, con un buen arreglo destinado a acompañar a Django que, como siempre, está pletórico; Ya sin violines, sino con una banda más típicamente swing, tendremos Éclats de Cuivre; Django Rag, que recuerda, como dice el Cifu, al Tiger Rag, y donde Django hace diabluras con la guitarra; Dynamisme; Tons d'Ébène, donde se demuestra que Reinhardt era capaz de imprimir su sello personal a cualquier composición; y Chez Moi à Six Heures. Una buena sesión con una muy buena banda y en la que Django estuvo a sus anchas como protagonista bien acompañado.
Ya en 1943, Django volverá a grabar con su reformado Quinteto del Hot Club de Francia, aumentado con un segundo clarinetista. La composición del grupo era Gérard Lévéque y André Lluis a los clarinetes, Eugène Vees a la guitarra rítmica, Jean Storne al contrabajo y Gaston Leonard a la batería. Escucharemos Douce Ambiance, de nuevo una demostración de la guitarra de Django; y atentos a esta versión de Manoir de Mes Rêves, una de las mejores de las que Reinhardt grabó: su guitarra está en la cima de lirismo e imaginación; Oui, un tema bien rítmico; y Cavalerie, con un cierto aire entre oriental y flamenco, muy original. Luego, ya sin Lluis tendremos un Fleur d'Ennui, con un trasfondo caribeño, que remite a la imagen de la pereza y el aburrimiento, pero eso sí, rodeado de las flores de las islas. En todos estos temas el Quintet está muy sobrio, acompañando y exponiendo sin más, y es Django el que tiene el mando y realiza las intervenciones y solos que quiere. Con todo el respeto para esos músicos, casi mejor. Porque Reinhardt está en un forma espléndida, y su guitarra siempre te deja queriendo más.
Atentos a las explicaciones de Cifu, como siempre, y que disfruten.


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Jaume Vallcorba

IN MEMORIAM Jaume Vallcorba (1949-2014) 

No se trata de recordar las conversaciones que mantuve con él (de una altura intelectual, porque él siempre era un intelectual, hasta en lo lúdico, intensísimas), ni de elogiar la obra hecha, que de eso ya se han encargado otros, y todos los que le conocieron tienen su momento memorable con Jaume Vallcorba.
Se trata de que, tal vez en la inmediata conmoción de su desaparición, todavía no se ha instalado la desolación de lo que nos depara el futuro sin él.
Porque, hay que repetirlo, Vallcorba era un editor único. No sé cuánto de su sueldo como catedrático metió en sus editoriales para mantener vivo, contra viento y marea, su catálogo. Sé lo que le importaban las ventas, pero no tanto por la ganancia económica como por la satisfacción de haber dado a conocer a un autor u obra. Me repitió una y otra vez que él editaba lo que le gustaba, y hay que agradecerle que le gustaran tantas cosas y que su vida hubiera sido tan intensa como para conocer y apreciar no sólo lo fundamental sino lo que por lo general pasa desapercibido en el mundo de la cultura. Pocos editores podían presumir de haber entrado, con clase y criterio, en tantas literaturas foráneas de las que apenas nada se sabía aquí y nada significaban para los "prescriptores" culturales. Pocos recuperaron tantas obras olvidadas. Pocos se empeñaron con tanta intensidad en la renovación de la literatura catalana.
La pregunta es: ¿Cómo será el futuro sin él?
Y la respuesta, me temo, es pesimista. Se ha destacado que Vallcorba había logrado lo que pocos editores consiguen, a saber: que si no sabías qué leer, podías siempre tomar un libro de Quaderns Crema o de Acantilado, el que fuera, y, más allá de que gustara o no, reconocer que ese libro tenía un valor. Lo que pasa es que en el noventa por ciento de los casos, además, gustaba lo leído.
¿Existe el editor independiente que seguirá los pasos de Vallcorba? ¿Que será insobornable en sus gustos, que se empeñará hasta las cejas por publicar; sobre todo, que mantendrá en el mercado lo publicado?
Me temo que no. Ya no se trata tan sólo de encontrar a alguien tan culto, tan conocedor de la cultura en todas sus facetas, con tan buen gusto y que sepa editar tan bien, cosa que es improbable, aunque posible. Se trata de encontrar a alguien que no tire la toalla ante las dificultades, y que se empecine en editar con criterio y confiando en que, a la larga, tus lectores serán tus amigos a través de los libros.

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La Invención del Pasado, de Miguel-Anxo Murado

Con el subtítulo de Verdad y Ficción en la Historia de España, la tesis que presenta este libro es que la Historia, con mayúscula, es materia sospechosa dependiendo de quién la escriba; que puede perpetuarse gracias a fuentes dudosas o sencillamente falsas cuando se dan por ciertas (por tradición, por falsificación, por error...) sin verificarlas; y sobre todo, más que sospechosa cuando se emplea para explicar el presente o predecir el futuro.
Es una tesis con la que no puedo estar más de acuerdo, sobre todo habiendo padecido una enseñanza elemental (en todos los sentidos) de la Historia según un modelo franquista.
Para los que nos gusta leer libros de Historia, es cosa conocida que ésta es una prostituta que, no es que se venda al mejor postor, sino que es chuleada por el primero que pasa para sus fines personales, principalmente políticos. Los ejemplos que podría aportar son muchos: Verbigracia, en pleno debate soberanista, la afirmación de que España tiene una existencia de quinientos años, argumento esgrimido por políticos, ya que apenas queda un historiador que afirme semejante mentira sin sonrojarse; ciertas cifras sobre la población europea en el Renacimiento que no me acaban de cuadrar (pero que son inmutables puesto que debieron ser escritas en piedra por un "indiscutible" historiador, en base a fuentes cuya precisión podría muy bien ponerse en duda); o que una catedrática haya puesto negro sobre blanco que la chimenea no se inventó hasta el siglo XVIII, cosa que me deja pasmado ante toda una serie de pinturas renacentistas preguntándome qué son esas torrecillas en los tejados (y lo malo de este ejemplo no es el error en el libro; lo preocupante es que es muy probable que semejante majadería se haya enseñado en clase a sucesivas promociones de estudiantes, que la propalarán y le darán carta de naturaleza).
Si yo, un profano, puedo presentar esta panoplia (compuesta de estas y otras mixtificaciones), si uno se dedica a investigar a fondo, como lo ha hecho Miguel-Anxo Murado, entonces la exposición de monstruos históricos se agiganta y se hace preocupante.
Ya no se trata de que el apóstol Santiago no pusiera el pie en Galicia ni en su vida ni en su muerte; se trata, por ejemplo, de que las últimas tesis sobre la conquista musulmana de la península indican que, más que una cuestión militar y de sometimiento, fue tema de prédica y conversión. Que Isabel de Castilla jamás estuvo en la rendición de Granada (y, de hecho, a quien entregó las llaves Boabdil fue al conde de Tendilla). Que Castilla no existió como reino independiente hasta el siglo XII, y no en el XI, o en el IX como algunos manuales indicaban. O que los documentos de abolengo que daban antigüedad y entidad a reinos son, simplemente, falsos y creados precisamente para proporcionar esa pátina de legitimidad que da lo vetusto.
Quede claro, este no es un libro de anécdotas o una colección de errores a ser desmentidos; hay toda una reflexión y teorización sobre el papel de la Historia y sobre el necesario escepticismo a la hora de admitir verdades sin rechistar, verdades que pueden ser mentiras. Los ejemplos abundan, precisamente para demostrar la necesidad de ese espíritu crítico y la desconfianza ante relatos míticos o semimíticos que tienen o tuvieron una clara intención política. Y esa reflexión es lo mejor del libro.
Pero precisamente porque es necesario un espíritu crítico ante cualquier afirmación histórica, representa una pequeña mancha que Murado se haya dejado embaucar por una de esas afirmaciones. En efecto, las lanzas del cuadro de Velázquez no son tales, sino picas; pero la afirmación de que «la picas [sic] habían sido sustituidas tiempo atrás por los arcabuces» y por tanto Velázquez las incluye como «arma de caballero, menos moderna y por tanto más noble» es una verdad a medias, que es la peor de las mentiras. En efecto, los ejércitos se habían convertido a la pólvora tiempo atrás, pero los arcabuceros y mosqueteros eran muy vulnerables a la caballería e inútiles en el combate cuerpo a cuerpo (de ahí la invención de la bayoneta en la segunda mitad del siglo XVII), con lo que necesitaban la protección de los piqueros (cuyo número se fue reduciendo paulatinamente, pero no desaparecieron), que además, si nos ponemos cínicos, servían de carne de cañón poco especializada y protectora para unos soldados cuyo entrenamiento era especializado: si una bala alcanzaba a un piquero en lugar de a un arcabucero, pues para eso estaba. Los testimonios contemporáneos sobre el uso de piqueros son numerosos, como sabe la historiografía militar. Y, además, a un noble jamás se le hubiera visto empuñar una pica, arma del pueblo llano y muy llano, y darle una como arma a un noble hubiera sido ofenderlo; y eran nobles pero no tontos: la caballería de la época estaba armada de pistolas y pedreñales, cuando no de arcabuces ligeros, amén de espadas.
En cualquier caso, este pequeño borrón no desmerece la tesis de Murado. Antes bien, la refuerza en la necesidad de desconfiar de cualquier afirmación que no esté bien fundamentada. En ese espíritu es en el que este libro resulta sobresaliente.

Debate / Penguin Random House
Barcelona, 20133 [2013]

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Máscara, de Stanisław Lem

Estamos ante una colección de relatos, inéditos en castellano, que van desde 1957 a 1996. Pese a su necesaria variedad y a la extensión temporal de su escritura, es curioso observar, sobre todo en los cuentos más primerizos, cómo se apuntan y tratan ya los temas que serán recurrentes en la ficción posterior de Lem.
Así, hay varios relatos que tratan sobre la imposibilidad de entender (no digamos ya comunicarse) a una inteligencia extraterrestre (La Rata en el Laberinto; Invasión); incluso hay una prefiguración de los dobles de humanos creados por esa inteligencia, que son parte fundamental de la relación que en Solaris se establecerá entre los tripulantes de la estación y el planeta sentiente.
El Amigo trata de la autocreación de un supercomputador, un ente omnisciente más cercano a dios que al ser humano.
La Invasión de Aldebarán es un relato con trato humorístico sobre una invasión extraterrestre que fracasa precisamente por ese abismo de desconocimiento que esos seres muestran respecto a la humanidad.
La Fórmula de Lymphater, que venía precedido de una anotación que lo adscribía a "las memorias de Ijon Tichy" y así lo incorporaba a los geniales relatos de Diarios de las Estrellas, trata del definitivo paso evolutivo del ser humano hacia otra especie nueva, por supuesto una máquina cuyo alcance de pensamiento sea tal que sólo nos vea como un antepasado lejano y primitivo.
Un programa informático que redacta las noticias basándose en las notas de teletipo y que es capaz de predecirlas Ciento Treinta y Siete Segundos antes de que se produzcan, con las implicaciones (militares, cómo no) que ello conlleva.
El Acertijo, un relato que se enmarca dentro de las Fábulas de Robots, y en el que se discute sobre la herejía de suponer que los paliduchos (es decir, los humanos) fueran los creadores de la especie robótica.
Y así hasta trece relatos que no por quedar inéditos son productos menores de la producción de Lem.
Stanislaw Lem ha sido uno de los mejores autores de ciencia-ficción europeos. Y, al respecto de la ciencia-ficción hard, es decir, la puramente científica, probablemente el mejor del mundo. En el sentido de que sus relatos son científicos hasta resultar inatacables, pero también van más allá de la ciencia, hasta incorporar la filosofía. Poquísimas veces el género incorporó con tanta coherencia el método científico, lo metacientífico y la metafísica en un todo que nos situaba en el universo y nos definía, en la insignificancia frente a la inmensidad, tal vez, pero también trazaba límites precisos de lo que somos y, sobre todo, de lo que no podemos ser. Leer los relatos de Lem es leer a una especie de Borges que, más allá de sentirse abrumado por el cosmos, se empecinara en llevarnos hasta el límite de las verdades que sobre éste podemos conocer. En ocasiones no es un viaje fácil, y Lem nos exige el esfuerzo de razonar junto a él y aportar nuestro pensamiento al suyo, pero en cualquier caso ese viaje vale la pena. No hay escritor (y me atrevería a decir que no hay filósofo) que haya llegado tan lejos, sin concesiones de ningún tipo, en relacionarnos con el cosmos y situarnos en nuestro pequeño destello de vida y conocimiento que representamos en una escala temporal infinita.

(Maska)
Impedimenta
Madrid, 2013 [1957-1996]
Trad. de Joanna Orzechowska

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The Dove, de George Coe y Anthony Lover

SESIÓN MATINAL 

(The Dove); 1968

Directores: George Coe, Anthony Lover; Guión: Sidney Davis; Intérpretes: David Zirlin (chófer), George Coe (Viktor), Pamela Burrell (Inga).

Ingmar Bergman ha dado obras maestras al cine; sin embargo, cuando no ha estado particularmente inspirado, hemos tenido que soportar esos manierismos y forma de hacer tan suyas en películas que nos han aburrido hasta el sopor.
Pues sobre esos manierismos está construido este hilarante corto de quince minutos, La Paloma, apto sólo para aquellos que tengan conocimiento de las obras principales del maestro sueco, en especial El Séptimo Sello, Fresas Salvajes y El Manantial de la Doncella, pero no sólo; al fin y al cabo los manierismos de Bergman son comunes a toda su filmografía.
Completo hasta estar hablado en "suecoski", una especie de inglés vikinguizado, con sus subtítulos (qué sería de una película de Bergman sin subtitular) y con su estrambótico premio remarcado al inicio (qué sería de una película de Bergman sin premio) el caracol de oro, constituye un paseo satírico por los modos de hacer de un cineasta que ha sido el maestro de la lentitud y del pensamiento hecho imagen y símbolo. Se puede ver a una joven Madeline Kahn en su primer papel, prefigurando ya sus dotes para la comedia.

Aquí está esta pequeña joya desconocida en versión completa. Que ustedes lo pasen bien.


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Jazz Porque Sí: Duke Ellington - Suites Peer Gynt

Antes de entrar en la paráfrasis jazzística que Ellington y Strayhorn hicieron de la obra de Edvard Grieg, quedaban por escuchar un par de temas que Ellington grabó en una reunión fabulosa con el gigante del saxo tenor de todos los tiempos, Coleman Hawkins. El primero, Self-portrait of the Bean, composición de Ellington especialmente dedicada a "Bean", es decir, a Hawkins, es una balada espléndida en la que Hawk demuestra todo su talento, que era inmenso, para la interpretación. Y después tenemos un Solitude igualmente memorable, a grupo pequeño, con Hawkins al tenor, Ray Nance al violín, Duke Ellington al piano, Aaron Bell al contrabajo y Sam Woodyard a la batería.
Entonces escucharemos la versión jazz que Ellington y Strayhorn hicieron de las suites Peer Gynt, una obra capital y de las más escuchadas de la música clásica, con la que, nada más escucharla comprendemos la reivindicación que se hace de Ellington como el músico de jazz que, a puro genio, introdujo el jazz en las salas de conciertos. Sin afectación, conservando su lenguaje peculiar (eso que se denomina Ellingtonia), y con un sentido musical y armónico que complementa y enriquece, más que canibalizar, la obra de Grieg. Es un ejercicio saludable que escuchen ambas versiones, la clásica de Grieg y la de Ellington, no para comparar, sino para ver los matices que dan al jazz su sabor y que transfieren acentos própios, pero en absoluto menores.
Las partes que componen estas suites son: Morning Mood; Anitra's Dance; Solveig's Song; Ase's Death; e In the Hall of the Mountain King. Una maravilla.
Y empezaremos a escuchar la suite, esta vez compuesta por Ellington, Thursday, con las piezas Misfit Blues e, incompleta, Schwiphty.
Como siempre, presten atención a los comentarios del Cifu, y que disfruten de la delicada música de Duke Ellington.


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Rose Rose, de Barry Pain

Un pintor está trabajando con una modelo, Rose Rose, espléndida en su trabajo salvo por el detalle de que suele llegar tarde. Se despide de ella hasta el día siguiente, y se sorprende al ver que la chica ha cumplido su palabra y está ya en el estudio a la hora fijada. Trabaja intensamente y durante largo tiempo, hasta que, cuando decide tomarse un tiempo de descanso, nota que la modelo ya no está ahí. Entonces lee en el periódico que Rose Rose murió atropellada el día anterior.
hasta aquí el cuento de fantasmas clásico entre los clásicos de la literatura inglesa. Lo que distingue a éste de los demás es su continuación. Sin que volvamos a encontrarnos en presencia de Sefton, el protagonista, inmerso en su trabajo, sólo podemos inferir de lo que se nos relata que la modelo sigue acudiendo espectralmente a posar para su inacabable "Afrodita". Semejante estado de cosas, lo sabemos los buenos lectores del género, no puede traer nada bueno, y así veremos, en una última frase final, que todo tiene su precio, incluso terminar una obra de arte más allá de lo que la naturaleza permite.
Se trata de un relato muy breve pero muy intenso, una de esas historias que hacían furor durante el cambio de siglo porque podían ser leídas y entonces relatadas a los amigos en toda su extensión sin ocupar demasiado tiempo y en cambio manteniendo todo su efecto. Porque lo tiene, y la combinación de arte, piedad por la modelo y la maldición de la obra inacabada resulta en una atmósfera tierna y evocadora, no demasiado corriente en los relatos de fantasmas, pero que sin embargo posee un sentido ominoso que le proporciona un adecuado sentido de tragedia.

(Rose Rose)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa vol. II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1911]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de Rose Rose en Stories in Grey

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Homeless, de Pau Vidal

La ciudad es un paisaje cambiante de lugares y gentes. Pero, como es evidente, este paisaje mutable tiene una serie de referentes que le confieren entidad propia, más allá de los monumentos en sí.
Los barceloneses lo sabemos muy bien, y más ahora cuando, si alguien no lo remedia, y después de décadas de contemplación de las musarañas por parte de los gobiernos municipales, van a desaparecer una escalofriante cantidad de comercios emblemáticos, sustituidos por monstruosidades clónicas de hamburgueserías, tiendas de moda, hoteles de nuevo cuño o quién sabe qué.
Pero el fenómeno no es nuevo, y así como existe un catálogo del patrimonio arquitectónico de Barcelona, también se podría hacer un catálogo de lugares desaparecidos, y cuya presencia ya sólo es la del fantasma en la memoria de los ciudadanos, en viejas fotografías, en relatos de ancianos.
En esencia es, en parte o en todo, lo que Pau Vidal ha hecho en estos seis relatos y un poema: recuperar la memoria de siete lugares que tuvieron su lugar en el paisaje y la gestalt de los barceloneses. Historias diversas y variadas, que pueden narrar las inventadas peripecias de gentes ligadas a un lugar (señalado en el mapa que figura en las guardas) que se desvaneció pero que sigue teniendo presencia en la memoria colectiva de la ciudad: el edificio de la calle Princesa en forma de cuña, semejante a la proa de un barco; el Chalet del Moro del pasaje de la Pau; los alrededores del Gran Teatro del Liceo; el bar Pay-Pay de la calle Sant Pau; la Casa de la Misericòrdia; la comisaría de la calle de les Tàpies; o los chiringuitos y tinglados de la Barceloneta. Desaparecidos físicamente a veces, y otras transformados de tal manera que ya son otra cosa.
Por ejemplo, en El Fantasma de l'Òpera, Vidal describe de forma sangrante la vergüenza que fue la remodelación que supuso la reconstrucción del Liceu, que para añadir cinismo se vendió como un beneficio para el barrio. Sólo quien ha comido en el desaparecido Ideal, como yo hacía, puede entender que era preferible ese sabor y decoración de principios de  siglo XX a los intereses de la gran burguesía amante de la ostentación (que no de la ópera), y simpatizar con ese fantasma (al fin y al cabo todos los expropiados son, de alguna manera, fantasmas) que quiere volver a quemar el teatro.
O cuando en Orfes Orfes nos relata la auténtica vida de los orfelinatos de la ciudad. O en Polis al Cabaret, que nos narra en tono jocundo la historia de la delincuencia en el barrio chino y, por extensión, en Barcelona. O el no menos irónico El Xalet del Moro, que nos muestra que la prostitución no ha sido ni es cosa marginal, y porque si hay prostitutas es porque existen clientes anónimos o ilustres de los de cargo y abolengo. Y así todas las historias de este libro.
En especial Bye, Bye, Pay-Pay, que a través de un desfile de clientes de una farmacia, más interesados en hablar que no en remediar sus males, traza una geografía sentimental y vivencial de todo un barrio a través de los tiempos.
La nostalgia es mala cosa, porque nunca (o casi) cualquier tiempo pasado fue mejor, pero el carácter de una ciudad se forma mediante las pequeñas historias, y para ser narradas o provocar su narración son necesarios los hitos que las catalizan. Cada vez que desaparece un lugar se borra memoria y se pierde carácter.
Contra eso clama literariamente Pau Vidal en unos relatos vivaces, humorísticos e incisivos, sin la menor nostalgia sino con el convencimiento de que la memoria es un patrimonio más importante que el turismo, los monumentos de las guías o la supuesta modernidad. Porque lo que distingue a Barcelona de Catalunya en Miniatura, aparte la escala, con los barceloneses y su carácter. Y ese se forma con el poso de los años y los lugares, buenos o malos, y no a base de piqueta y construcción.

Ed. Empúries, col. Narrativa
Barcelona, 2003 [2003]


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Algo de Tu Sangre, de Theodore Sturgeon

Se ha escrito que "leer una historia de Theodore Sturgeon es encontrar personajes que preocupan al lector, personajes que uno ama u odia, que comprende íntimamente o que sencillamente no puede aprehender. Leer una obra de fantasía de Sturgeon es encontrar a esta gente metida o lanzada a una situación donde la lógica no funciona, donde el corazón y el alma importan más que el pensamiento y la razón".
Todo ello es cierto en el caso de Algo de Tu Sangre, una novela única y que sigue siendo desconcertante más de cincuenta años después de su publicación.
Demasiado larga para ser una novela corta o relato, y demasiado corta para ser una novela-novela, Some of Your Blood cayó de inmediato en la incómoda categoría de "novelette", lo cual, combinado con lo extemporáneo de su tema y lo difícil de su encasillamiento, hacen que siga siendo complicada de obtener, incluso en inglés, y por tanto me temo que esta reseña deberá revelar más de lo que quisiera sobre el punto de inflexión de su trama. Sin embargo, y aun cuando ese giro es importante, la belleza de su construcción es tal que vale la pena su lectura y pagar el precio que se pida por obtenerla.
En teoría, se trata de una novela de vampiros, pero no hay nada sobrenatural en ella; el protagonista, como se verá, será un asesino psicopático, pero tampoco su temática encaja en los esquemas de la narración terrorífica al uso. De hecho, si el protagonista no hubiera cometido esos crímenes, la narración hubiera quedado con toda su fuerza, y el protagonista como un potencial violento contra la vida humana. Si se publicó en los medios de ciencia-ficción, fantasía y terror es porque su autor ya tenía puesta esa etiqueta, pero como narración debería encuadrarse en la narrativa general (los géneros han sido a menudo refugio de autores que, por prejuicio o por mala evaluación de su calidad, han sido muy superiores a lo que las así llamadas "literaturas populares" o de masas se supone que tenían que ofrecer; Philip K. Dick, J. G. Ballard y el propio Sturgeon, entre otros muchos, son buena muestra de ello).
Y es indudable que el prestigio de Sturgeon hizo que esta novela se publicase, por muy literaria que fuese. No sólo tenía los inconvenientes de su extensión y su indefinición temática, sino que la clave de bóveda de su argumento era capaz de poner nervioso a cualquier editor de 1961, y sospecho que a algunos de hoy día.
Lo que leeremos, tras una intimación al lector, tratado así como un merodeador furtivo que se introduce en el despacho de un psiquiatra y descubre los expedientes más secretos, es un caso clínico, el de "George Smith", el caso de un soldado tratado en tiempo de guerra. Justo cuando la correspondencia privada de los soldados pasaba censura militar.
Una de las cartas de George llamó la atención del censor, quien la remitió al comandante de la unidad. Éste llamó a su presencia al soldado y, tras una breve conversación, George agredió al comandante.
El asunto es incómodo. La correspondencia privada de un soldado ha sido violada, puesto que nada militarmente censurable habñia en esa carta, y el ponerla en manos del comandante ya constituía un delito. Por otra parte, la agresión a un oficial superior no puede desdeñarse. Además, el comandante en cuestión ha fallecido en acto de servicio. Lo que se propone y pide al psiquiatra militar es un período de evaluación lo más breve posible y el licenciamiento honorable por causas médicas, y así cerrar el asunto sin escándalos.
Como primera medida, y por hacer algo, el doctor Phil le da una libreta y bolígrafos a George y le pide que escriba la historia de su vida, y eso es lo que leemos a continuación.
George es hijo de una familia desestructurada; sin apenas educación, se hizo experto en la caza con trampas hasta que la orfandad, la pobreza y la pequeña delincuencia le llevaron a una institución benéfica. Allí aprendió un oficio y volvió a su tierra, donde conoció a una chica. Cuando ésta queda embarazada, George se alista en el ejército.
Todo George, en tercera persona, está ahí; toda su historia, incluyendo sus arrebatos en los cuales sólo la caza y la disposición de las trampas parecen calmarle. Sin embargo, a Phil le llama la atención algo de este relato. Todo está ahí, pero hay algunos huecos, algunas lagunas que hacen de George un caso más complejo de lo previsto, tanto más cuando la famosa carta se ha perdido y se desconoce su contenido. De modo que empieza a hacerle pruebas, y éstas van desvelando una personalidad ciertamente compleja, conocedora del bien y del mal, pero que no parece tener conciencia de la concatenación mal-castigo, sin duda por haber sido maltratado continuamente en su infancia. Y también parece desconocer sentimientos tales como «la compasión ante un animal agonizante, remilgos hacia el dolor, la sangre, el daño o la injusticia». Todo ello es muy inquietante, y puede derivar en una psicopatía.
Sobre todo si tenemos en cuenta las lagunas de la narración, donde faltan las descripciones de sus sentimientos y acciones durante sus arrebatos de cólera.
A ello se une la actitud de George hacia el sexo, aparentemente normal por su inocencia e ingenuidad, pero en el fondo inmadura y enfermiza, junto a la falta de datos sobre su relación con Anna, la única que ha tenido en su vida, y que fue instigada por ella.
Hasta aquí no hemos salido de la narración convencional, realista, psicológica. Ningún género se halla en el que poner esta novela. A partir de entonces podría ser considerada una narración policial, puesto que George es un posible asesino, salvo que no hay ningún policía, fiscal o juez investigador, sino sólo un médico que duda mucho de que George pueda ser considerado responsable en el sentido judicial del término, y por tanto tampoco acaba de encajar en el modelo de género. Hay que esplicar porqué entra en el género vampírico, y eso exige explicar el punto de inflexión que hace esta novela única. De manera que lo que sigue es un spoiler, con lo cual harán bien en saltárselo e ir directamente al último párrafo si no quieren perder el elemento de choque y descubrimiento que encierra.
George, impelido por la constante frase de su pequeña madre de que dar a luz un gigante como él fue como "si le hubiese chupado toda su sangre", empezó a beber la sangre de sus presas cuando se sentía particularmente vacío o trastornado. Y la relación con Anna, a la que adora (y ella a él) no era la de un coito normal, que a George le disgusta; primero insinuado y después con precisión, digamos que las relaciones entre ambos se producían cada veintiocho días, aproximadamente. Supongo a los lectores familiarizados con el ciclo lunar que explica tanto el título como el contenido de la famosa carta.
Nadie se ha atrevido a tanto en el género vampírico. Hace pocos días veía Thirst, película de vampiros, violenta, posmoderna y neo-noir, de Park Chan-wook, y probablemente la que con más crudeza y menos romanticismo se ha acercado a la sucia realidad que es el alimentarse de sangre humana. En un momento, casi creí que Chan-wook iba a atreverse a dar el paso y atacar el tabú, cuando ya llevaba atropellados unos cuantos, pero no. De manera que, a mi conocimiento, la novela de Sturgeon sigue siendo la única que se ha metido en la cuestión. Y lo ha hecho con una rara sensibilidad: la compasión hacia George existe, y predomina siempre la humanidad sobre la truculencia, que apenas tiene importancia en el relato. Algo que era marca de su autor, por otra parte, llamado "el poeta de la ciencia-ficción". Es una novela bellamente construida, además, que plantea un enigma que es pronto sustituído por otr, como es la mente de George y cómo ha llegado a ser así, y la resolución de estos enigmas es tan clara como elegante. ¿Qué es lo que hay que hacer con George? También aquí Sturgeon es delicado y se abstiene de juzgar. Es el lector, ese lector furtivo que ha leído un expediente cuidadosamente escondido, quien puede, en un alarde metaliterario, construir en su mente el final de esta novela única y magistral.

(Some of Your Blood)
En Cuentos Que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1961]

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Johnny Guitar, de Nicholas Ray

SESIÓN MATINAL 

(Johnny Guitar); 1953

Director: Nicholas Ray; Guión: Philip Yordan, basado en la novela de Roy Chanslor; Intérpretes: Joan Crawford (Vienna), Mercedes McCambridge (Emma Small), Sterling Hayden (Johnny "Guitar" Logan), Ernest Borgnine (Bart Lonergan), Ward Bond (John McIvers), John Carradine (Viejo Tom), Scott Brady (Dancin' Kid); Dir. de fotografía: Harry Stradling; Música: Victor Young.

No voy a decir que esta sea la película más extraña jamás producida, pero desde luego sí tiene unas connotaciones que la hacen una de las más peculiares.
En teoría, el argumento trata de una guerra entre dos mujeres en disputa para que llegue el ferrocarril al pueblo o para impedir justamente esa llegada. En teoría. En la práctica, en efecto este argumento es el que hace avanzar el filme, pero les aseguro que cuando hayan visto Johnny Guitar, al cabo de cierto tiempo les sorprenderá que, en realidad, la película trate de esto.
Porque, en realidad, si algo queda en la mente del espectador es una historia con un pathos tan enorme que todo lo que la envuelve se difumina. La guerra entre ambas mujeres es cierta (y, dicho sea de paso, las interpretaciones de las protagonistas, Joan Crawford y Mercedes McCambridge), la hacen memorable. Pero no tan sólo es por la llegada o no del ferrocarril. Hubo cierta rivalidad por Johnny, que acaba de volver al pueblo, con lo que todavía se atizan más los viejos rencores.
Y la relación de Johnny con Vienna es de las antológicas, una mezcla de amor-odio que es tan intensa que abruma al espectador; por lo general se define a esta película como un drama, pero más debería tratársela como una tragedia, en el sentido de que tiene todos los elementos clásicos griegos que la hacen de proporciones míticas.
Y con diálogos impagables:
«Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado? 
Vienna: Como a tantas mujeres como tú recuerdas. 
J: No te vayas. 
V: No me he movido. 
J: Dime algo bonito. 
V: Claro, ¿qué quieres oír?
J: Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo. 
V: Te he esperado todos estos años. 
J: Dime que hubieras muerto si no regreso. 
V: Hubiera muerto si no regresas. 
J: Dime que todavía me amas como yo te amo a ti. 
V: Todavía te amo como tú me amas. 
J (con amargura): Gracias. Muchas gracias.» 
Además de todos estos elementos, inusuales para un western y más propios de un melodrama, no hay que olvidar que es una de las pocas películas en las que las mujeres, fuertes y dominantes, son las que llevan el auténtico peso de la historia, mientras que los hombres a su alrededor son meros secundarios en su mundo. Y eso incluye también a Johnny, por mucho que sea el héroe de la historia. En realidad, quien abruma y llena la pantalla es Vienna, que rompe con todos los estereotipos de la mujer en el salvaje oeste (y en el cine de Hollywood) y se convierte en el centro de todo. 
No es de extrañar que desconcertara desde su estreno, y que los críticos hayan ido descubriendo (nada menos que en una película menor, y de un género tan denostado y trivial como el western) tantos subtextos e implicaciones psicológicas y freudianas como para convertirla en una película favorita en los cineclubes y las universidades. 
Y con razón.



Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Art Blakey en Tokyo

Es una tremenda satisfacción escuchar la música de Art Blakey. Me gustan muchos baterías, pero Blakey es mi favorito. No sólo porque sea uno de los más grandes percusionistas que ha dado el jazz, sino porque le tengo un cariño especial como persona. Su grupo emblema, los Jazz Messengers, representó una auténtica escuela para músicos con talento que empezaban. Blakey tenía un olfato finísimo para descubrirlos, enseñarles, y mucho, a tocar, y dejarlos volar en solitario. No hay ni uno solo de estos músicos que no cuente maravillas de su aprendizaje con Blakey. Pero este aprendizaje Blakey no lo realizaba en academia, sino que lo hacía día a día, en actuaciones, grabaciones y conciertos, brindándoles la oportunidad de sentirse auténticos músicos. Semejante actitud (por lo general, un gran intérprete querrá tener a unos acompañantes correctos y dignos, o tal vez a grandes figuras, pero arriesgar con unos "novatos" es ciertamente inusual) ya es de agradecer. Pero es que además los Messengers rindieron a un nivel altísimo fuera la formación que fuera. Durante décadas, fue el grupo de jazz más consistente y un seguro de buena música allá donde fueren.
Y a Art Blakey le gustaba grabar actuaciones en directo. De hecho, presumía, y nadie le ha desmentido, de que fue el primero que decidió grabar un álbum sobre una actuación en club (grabaciones de conciertos en auditorios sí habían existido antes, pero no en clubes).
De manera que tenemos a un músico con una genialidad interpretativa, un buen sentido musical, un descubridor de grandes nombres y un intérprete al que le gustaba asumir los riesgos del directo, sabiendo que éste proporciona un plus de emoción y calor, y una realimentación entre los músicos, que se estimulan con sus compaañeros de actuación y con la actitud del público.
Por todo ello, cualquier disco de Blakey vale la pena. Y por eso lo echo tanto de menos, y me satisface que el Cifu conmemore el aniversario de su muerte con este concierto que, como todo lo que hacían los Messengers, estoy seguro que va a satisfacer las exigencias tanto del aficionado como del que empieza a introducirse en el jazz.
Los Messengers de entonces eran, nada más y nada menos, que Lee Morgan a la trompeta, Wayne Shorter al saxo tenor, Bobby Timmons al piano y Jymie Merritt al contrabajo. Con Blakey a la batería, por descontado, uno de los percusionistas más distintivos de su instrumento y uno al que se reconoce de inmediato.
Interpretarán Nellie Bly; una composición de Timmons, Dat Dere, en sonde su solo de piano es bueno, biueno, bueno; la preciosa balada 'Round About Midnight, que Lee Morgan hace más preciosa todavía con su manejo excepcional del discurso a la trompeta, sin menoscabar a Shorter, por supuesto; e, incompleto pero por poco, Night in Tunisia, tema de Gillespie, pero "marca de la casa" de Art Blakey que lo interpretó una y otra vez, bordándolo siempre.
Presten atención a los comentarios del que fue amigo de Blakey, el Cifu, y estoy seguro de que disfrutarán intensamente de este concierto.


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El Doctor Saul Ascher, de Heinrich Heine

En primer lugar, decir que el tal doctor Saul Ascher existió realmente. Y Heine lo conoció. De si eran amigos o no, y de si los postulados filosóficos que defendía Ascher hicieron tanta gracia a Heine como para hacerle figurar en un relato en el que el doctor es levemente ridiculizado, eso ya lo ignoro.
El caso es que Heine escribió este pequeño relato de fantasmas como parte de su Viaje por el Harz,y lo hizo en tono humorístico y casi desmitificador. Si tenemos en cuenta que Heine ha sido considerado el último de los románticos alemanes, y al mismo tiempo el que puso fin a esa corriente literaria (y de vida), esta desrromantización de la historia de fantasmas tradicional centroeuropea, que hacía furor por aquel entonces (de hecho, Heine cita en este relato a los Cuentos Alemanes de Varnhagen von Ense, otro contemporáneo, que está leyendo poco antes de la aparición del doctor Ascher).
Bueno, el relato, en su brevedad, poco secretos tiene en su trama. Un doctor que defiende que la mente es el principio más elevado, cree que los fantasmas no pueden existir, y está empeñado en demostrar este principio racionalmente. Un día anuncian a Heine que ha muerto, pero poco después el buen doctor se aparece a Heine para seguir la conversación... El resto, en los enlaces que figuran al pie de esta reseña.
Lo que hace Heine con el cuento de fantasmas tradicional es despojarlo de truculencia, insinuar que los fantasmas no son más temibles que los seres que pululaban en carne y hueso en su anterior vida terrenal y, desde luego, ironizar sobre todas las filosofías que, por mucho que la mente sea el principio más elevado, no se basan en la experiencia ni en el mundo real y objetivo.
No era poca cosa en la Alemania romántica, cuyos modelos se trasladaron a la España de décadas posteriores, y que defendía el tenebrismo, el malditismo y, sobre todo, la figura romántica del espectro condenado.

Fragmento de Die Harzreise 
En Relatos de Miedo
Ed. Bruguera, col. Club Joven
Barcelona, 1982 [1826]

Texto en castellano de El Doctor Saul Ascher
Texto completo en alemán de Die Harzreise


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Los Corruptores, de Jorge Zepeda Patterson

Primera novela de Jorge Zepeda, se trata, más que de una novela negro-criminal, de un thriller político mexicano (a veces demasiado mexicano, para nosotros los foráneos, pero vaya, nos las vamos apañando a poco que se conozca la historia general reciente de México).
Tomás, un periodista que ha ido desencantándose de su profesión y de sí mismo, se despierta un día encontrando que en su crónica del día anterior ha publicado una bomba informativa, apenas sin darse cuenta. En su información sobre el secuestro y posterior asesinato de la actriz Pamela Dosantos ha incluido una referencia a una pista policial que le fue dicha, un poco al desgaire, una pista que conduce directamente al secretario de Gobernación, Salazar, de quien Pamela era amante.
El tema es serio; el secretario puede tomárselo a mal y Tomás puede acabar muerto en una zanja, de modo que recurre a sus amigos de la infancia, Los Azules, que han seguido carreras diferentes, en la política y en la enseñanza, y que se conjuran para minimizar los riesgos que la información publicada pueda acarrearle a Tomás.
Es evidente que la información era una trampa, una pista plantada para desprestigiar a Salazar y que Tomás, con esa desgana que le ha quedado con los años de desencanto, no comprobó antes de publicarla.
El caso es peliagudo, puesto que Pamela Dosantos fue amante de una buena serie de políticos, y hay mucha gente que se podría sentir amenazada por sus confidencias, si es que dejó alguna registrada.
Sin contar conque la misma Pamela tiene familiares en el cártel de Sinaloa...
Como pueden, ver, no es una novela de resolución simple y lineal (los thrillers rara vez lo son), pero Zepeda se las agencia para llevar la trama paso a paso y con claridad hasta su conclusión.
La virtud de esta novela, sin embargo, no reside tanto en el argumento criminal como en poner sobre el tapete la atmósfera moral de la clase política mexicana, inmersa en juegos de poder y corrupción que llevan décadas perpetuándose. Zepeda es periodista, y en la nota final afirma que la trama se queda corta con respecto a lo que realmente sucede en México. Dice que ha cambiado los nombres y los lugares, pero los escándalos de corrupción reflejados en esta novela prácticamente están sacados de la realidad. Y uno se queda con la sospecha de que podría haber incluido más si hubiese querido, pero cuatrocientas páginas dan para lo que dan.
Los personajes de Los Azules están bien elegidos: Tomás, un periodista político desengañado, Amelia, la líder de un partido de la oposición, Jaime, un cerebro en cuestiones de inteligencia y seguridad política, y alguien que aspira a convertirse en la eminencia gris de México, y Mario, el profesor universitario voluntarioso y humano, componen un grupo al que les une la amistad, pero en el que las dependencias políticas y personales de sus vidas no les hacen actuar linealmente, y por tanto proporcionan un valor añadido a la tensión de la novela.
En suma, una narración bien estructurada y que, pese a algunos fallos de primera novela, es una buena incursión en un género poco visto en latinoamérica, como es el de la componenda dentro de los círculos reales de poder político y económico.

Eds. Destino, col. Áncora y Delfín
Barcelona, 2013 [2013]

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Un thriller poderoso y valiente sobre el crimen y la corrpución política a través de las vidas de cuatro amigos que siguen desde niños un código de lealtad.

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August, de John Edward Williams

Hace relativamente poco que hemos descubierto por estos lares la obra de John Williams (1922-1994). Estos fenómenos, que suelen ser lamentablemente póstumos, como es el caso, siempre me hacen preguntarme cuántos otros autores están esperando el golpe de fortuna que haga que sean redescubiertos y puestos en valor. Porque Williams es un narrador excelente, a juzgar por Augusto.
Esta novela, más que epistolar, documental, trata de la vida de Octavio César Augusto desde su ascenso al poder hasta su muerte, en lo que fue uno de los reinados más largos de la República Romana (república nominal, imperio factual) y más fructíferos, hasta el punto de que es su período de gobierno el que simboliza el esplendor y el poder de Roma.
Por supuesto, cuando de estos personajes se trata, es inevitable la referencia al Yo, Claudio de Robert Graves. Pero, mientras Graves optaba por la inmersión en la época de la mano de las memorias del emperador Claudio, en lo que era una entrada en los entresijos familiares y personales del círculo de poder, Williams procede por negativo.
Lo que tenemos en esta novela son fragmentos (totalmente apócrifos e inventados, nos aclara el autor) de historias, memorias, correspondencia, todos referidos al personaje central de Augusto. Únicamente en el libro tercero y último Williams permite "hablar" al propio Augusto en una larga carta a Nicolás Damasceno.
Por tanto, lo que vamos viendo desarrollarse en estas páginas es un retrato realizado con pinceladas irregulares, que contornean el personaje pero no lo precisan jamás. Una pintura que lo perfila imperfectamente, pero que no muestra al retratado.
Es de justicia señalar que Williams no pretende hacer una biografía, y por tanto este método es peculiarmente apto. Lo que el autor pretende es una reflexión sobre el poder, y en ese objetivo importan poco los remordimientos, las dudas o firmezas de quien lo ejerce, sino los efectos que ese ejercicio de poder provoca.
Secundariamente, pero muy ligado a esta intención, este aislamiento del personaje, este enigma que se construye con cada relato ajeno, viene a hablarnos de un Augusto permanentemente solo, de esa proverbial soledad del poder. Porque, por mucho que se pretenda lo contrario, amigos, familiares y aliados acaban siempre cometiendo pequeñas o grandes traiciones, y por otra parte cuanto más personal sea la relación más dolorosa resultará romperla o incluso destruirla. (Y no olvidemos que Augusto desterró de por vida a su hija, a la que jamás volvió a ver.)
«El joven, como todavía no sabe el futuro que le espera, ve la vida como una especie de aventura épica, una odisea a través de mares extraños e islas ignoradas donde ha de poner a prueba y demostrar sus poderes, al mismo tiempo que descubre su propia inmortalidad. El hombre de mediana edad que ha vivido el futuro que soñó ve la vida como una tragedia, porque ha aprendido que su fuerza, por grande que sea, no prevalecerá sobre el azar y la naturaleza, a los cuales da nombres de divinidades, y  ha aprendido que es mortal. Pero el anciano, si interpreta como debe el papel que le han asignado, sólo puede ver la vida como una comedia; sus triunfos y fracasos se mezclan, de modo que no hay ninguno que represente un motivo de orgullo o de vergüenza superior a otro, y ni es el héroe que se enfrenta a estas fuerzas ni el protagonista destruido por las fuerzas en cuestión. Cuando sólo queda una triste sombra del actor que fue, se da cuenta que ha interpretado tantos personajes que ya no es él.»
Tal vez sea así, y por eso Williams no quiere deslindarnos la personalidad de Augusto. Se limita a darnos la visión de los espectadores de la tragedia o comedia que interpretó, mientras actuaba en uno u otro papel: el de heredero de Julio César, el de amigo de Marco Antonio, mil otros.
Pero siempre los interpretó en soledad, nunca se permitió ser como era, y tal vez no hubiese resultado creíble si así hubiera sido. En cualquier caso, hubiera dado la impresión de ser humano, por tanto débil, y eso hubiera sido el final de la obra.

(Augustus)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 20132 [1972]

Existe edición castellana con el título de El Hijo de César (!) 

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John Williams
La novel·la amb què John Williams, l'obra del qual ha estat oblidada fins a la recent publicació d'Stoner, va guanyar el National Book Award l'any 1973

Portada y sinopsis de la edición castellana


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La Noche Americana, de François Truffaut

SESIÓN MATINAL 

(La Nuit Américaine); 1973

Director: François Truffaut; Guión: François Truffaut, Jean-Louis Richard, Suzanne Schiffman; Intérpretes: Jacqueline Bisset (Julie), Valentina Cortese (Severine), Jean-Pierre Aumont (Alexandre), Jean-Pierre Léaud (Alphonse), Dani (Liliane), Alexandra Stewart (Stacey), Jean Champion (Bertrand), François Truffaut (director Ferrand), David Markham (Doctor Nelson); Dir. de fotografía: Pierre-William Glenn; Música: Georges Delerue.

De esta película prodigiosa, que muchas veces se pone como modelo de historia del cine dentro del cine, asombran muchas cosas. En efecto, cuando el espectador empieza a adentrarse en las fricciones, amoríos y choques de personalidad que amenazan el rodaje de una película en la ciudad de Niza (un argumento melodramático como hay tantos y que sin embargo, logra proporcionar el vehículo que Truffaut quería), lo que siente es una absorción no tanto por la historia como por la geografía física y humana donde se desarrolla. Con esto no estoy diciendo que sea una película de paisaje. Al contrario, de lo que se trata es de un filme que marca su territorio en las vidas (a veces dobles, actor / personaje) de los que vemos desfilar en la película, y en sus peripecias, sentimientos y relaciones.
Probablemente sea debido a que se trata de la película rodada con mayor convicción que he visto hasta la fecha. Truffaut muestra una convicción y un pulso firme que hace que todo lo que sucede en pantalla, por mínimo que sea, nos cautive, y sólo por eso ya sería notable. Pero, además, se trata de un film que se disfruta en todos sus aspectos. Jugando, de forma lúdica, con la verdad y la mentira dentro del cine y fuera de él, el espectador que se presta al juego (y es difícil no hacerlo) entra en una dinámica de disfrute como pocas veces se ha dado en la historia del cine.

Repleta de guiños cinéfilos: el enfocar la placa de una calle por donde pasan los vehículos del rodaje, la Rue Jean Vigo; ver en el papel de representante de seguros a un tal Henry Graham, en realidad Graham Greene (Graham Greene fue, además de novelista, un crítico de cine muy notable; de los exigentes, además); contemplar al propio Trufafut hacer un homenaje a Luis Buñuel en su papel del sordo director Ferrand, etc.
Todo ello, detalles y generalidades, componen una película inolvidable, un canto de amor al cine y a los problemas que representa fuera de las salas de exhibición, al mundo que hay detrás de las películas, a la gente que las realiza y, a la vez, a los espectadores que saben disfrutarlas. Como dice el propio Ferrand: "Lo sé, existe la vida privada, pero la vida privada es deficiente para todo el mundo. Las películas son más armoniosas que la vida, Alphonse. No hay atascos en las películas, no hay tiempos muertos. Las películas avanzan como trenes, ¿entiendes? Como trenes en la noche. Las gentes como tú, como yo, lo sabes, estamos hechas para ser felices dentro del oficio del cine."

Tráiler:


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Jazz Porque Sí: Thelonious Monk y John Coltrane en el Five Spot

Nuestra habitual cita con Thelonious Monk, el programa que el Cifu nos brinda hoy es un documento excepcional. Se trata de una actuación de club, y por tanto mucho más libre y arriesgada que un concierto en auditorio o una grabación en estudio, la única registrada del cuarteto de Thelonious Monk con John Coltrane.
El sonido no es perfecto, ni mucho menos, al tratarse de una grabación amateur, pero salvo el primer tema tampoco está tan mal. Y sobre todo la música que suena es de marca mayor.
El cuarteto estaba formado por Monk al piano, John Coltrane al saxo tenor, sustituyendo por unos pocos días a Johnny Griffin, el muy respetable contrabajo de Ahmed Abdul Malik y el gran batería Roy Haynes.
Comprobarán rápidamente que, si ese era el estándar que estilaba el cuarteto en el Five Spot, era más que lógico que llenaran cada noche y que hubiera colas antológicas en la puerta. Coltrane está en un estado de gracia ex-cep-cio-nal, con unos solos desatados que poca gente, si alguien, podía hacer en la época. Y Monk se encuentra a sus anchas y hace con su música lo que le da la gana, siempre de manera genial y sorprendente.
El programa es la balada Crepuscule with Nellie; Trinkle Tinkle; In Walked Bud, buena prueba de lo que les decía, con Coltrane desmesurado, Monk haciendo diabluras, Abdul Malik marcándose una demostración de cómo usar el contrabajo sobre las armonías de Monk y Haynes haciendo un solo de libro; I Mean You; y Epistrophy para marcar el final de pase.
Lo dicho, una actuación como pocas se han registrado. Atentos a los comentarios del Cifu, y espero que disfruten de la música. 



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Diable, un Perro (Bâtard), de Jack London

Probablemente el autor que más ha tratado a los perros en su narrativa (dejando aparte perros maravilla como Lassie o Rin-Tin-Tin) haya sido Jack London. En consonancia con sus narraciones, los perros de London siempre son agrestes, y aunque su relación con los humanos suele ser homologable a la de cualquier animal doméstico, pero puesta en un ambiente de frontera con lo salvaje, ciertamente esta geografía los hace más independientes y más basales en sus reacciones. Como los humanos que conocen, por otra parte: tramperos, aventureros en el Pacífico, buscadores de oro, etc.
El caso de Diable, o Diablo (una precisión, aquí: Diable ─A Dog fue el primer título de este relato, publicado en 1902 en la revista Cosmopolitan, pero en ediciones posteriores London cambió el título, y por tanto el nombre del animal, al de Bâtard, Bastardo), decíamos pues que en el caso de Diable, la relación que le une con su amo es la de puro odio, un odio que es mutuo, por otra parte.
Diable es hijo de un lobo y de una perra esquimal, y ya de cachorro muestra que su herencia lobuna es dominante. Sin embargo, London sabe muy bien lo que nos va a relatar. Se apresura a decir que Diable bien podría haberse convertido en un perro de trineo como cualquier otro, tal vez el mejor, pero es la relación con su amo la que lo va a cambiar.
Diable muerde la mano de cualquiera que intente tocarlo, pero eso es porque desconoce lo que es una caricia, y ante esa falta de malicia no podemos precisamente juzgarlo como un mal perro (y en eso los paralelismos con los seres humanos son constantes: Diable no ha recibido nunca amor, sólo odio, y eso lo ha convertido en lo que es; de la misma manera, hay hombres así, parece decirnos). No, el odio que Diable siente está dirigido a un único ser, y es a su amo, Black Leclère.
Lo inusitado del tema es que esta relación se sostenga precisamente por ese sentimiento de odio mutuo. Leclère ha tenido ocasión de vender al perro, pero siempre ha preferido quedárselo para "poder matarlo él mismo".
London es excelente en su narración, que es intensa y que, detalle a detalle, va marcando el camino hacia una tragedia inesperada para el lector (y que no revelaré; pueden ustedes leer el relato en los enlaces que figuran al pie de esta reseña). ¿Y en cuanto a la moral? Me temo que cada lector tendrá que buscar la suya propia. Pese al odio, Diable está constreñido a comportarse como lo hace. Su único mundo ha sido el de la violencia y el del castigo, a veces injustificado, y eso le ha hecho violento y, sobre todo, ha fijado en él un odio no hacia el "jefe" de la manada (Leclère), sino que sospechamos hacia el hombre del que tal vez esperó algo alguna vez y sólo le dio dolor y humillación. Pero Leclère es alguien que escoge voluntariamente el odio, y focalizarlo en Diable. En este sentido, el hombre sería más salvaje que el pero. Pero tal vez también a Leclère el mundo le ha hecho así. Tal vez necesita de Diable, de su odio, para mantener la tensión, sentirse amenazado y en peligro continuamente, porque en el mundo en el que vive relajarse puede significar morir.
En cualquier caso, con moraleja o sin ella, el relato es arrebatador por la intensidad de los sentimientos que London sabe transmitir. Los del hombre, sí, pero no menos importantes los del propio Diable, un personaje que sólo dispone de la mímica para hacernos llegar su mensaje y que sin embargo consigue erigirse en una personaje enorme y omnipresente en su amenaza, pero también en su tragedia.

(Diable ─ A Dog)
En Amor a la Vida
Ed. Akal, col Akal Bolsillo
Madrid, 1981 [1902]

Texto en inglés de Diable - a Dog
Texto en castellano de Diable, un Perro