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Los Buenos Servicios, de Julio Cortázar

Nos hallamos ante un relato que bien pudiera haber escrito Guy de Maupassant en su época en la que reflejaba la decadencia de la burguesía, con su mirada sobre las excentricidades y excesos de esta clase francesa, si no fuera porque Maupassant probablemente se hubiera centrado en las salas nobles y trasladado el protagonismo a uno de estos ricos, espectadores de un hecho inusitado.
Cortázar, en cambio, fiel a sí mismo, traslada el protagonismo a la servidumbre, en concreto a esta madame Francinet que entrará, en un primer momento, a una sociedad acostumbrada a pagar por sus caprichos y después a verse envuelta en una situación que, en resumen, lo que declara es que todo puede ser suplido si se paga lo suficiente. Lo social y la dialéctica humana siempre han estado muy presentes en las ficciones de Julio Cortázar.
Por hacer un resumen esquemático (el relato completo lo pueden leer en el enlace al pie de esta reseña), madame Francinet, sirvienta que se gana la vida como criada de bajo nivel, es contratada por una noche con la tarea encomendada de cuidar a los muchos perros (malcriados y molestos para los dueños de la casa, salvo para hacer unas monerías simpáticas a horas convenidas; el paralelismo entre estos perros (animales de compañía) y niños (animales de exhibición) es claro, pero no es lo fundamental del relato). Una tarea que hace como quien cuida de los hijos propios, es decir, sin hacer caso de las mil aprensiones de una clase no acostumbrada a tratar con ellos cotidianamente. Uno tiene la impresión de que los perros, por una vez, pueden ser realmente ellos y disfrutar de una velada agradable. El caso es que la señora Francinet, sin hacer nada especial, resulta un éxito en su tarea.
Aquí se produce un intervalo necesario, pero no imprescindible. Acabadas sus funciones, Francinet es abandonada en la cocina a la espera de su paga, envuelta por la indiferencia, salvo por monsieur Bébé quien, en una muestra que es vista como una excentricidad por sus iguales, charla un rato con ella y la invita a unas copas.
La definitiva vuelta de tuerca sucede un tiempo después, cuando uno de los anfitriones de esa fiesta, contando con los buenos servicios que prestó con los perros, acude a contratarla de nuevo, pero esta vez para una tarea distinta. Monsieur Bébé ha muerto, y no tiene familia. la propuesta es que, por una cierta cantidad, madame Francinet represente el papel de doliente tía, tal vez madre del difunto, y así supla una carencia de lo que (suponemos que suponen) tiene que tener todo funeral que se precie.
Hay también en el relato unas geometrías entre los personajes de los ricos, que insinúan historias y motivaciones entre sí y con Bébé, pero lo fundamental es, dejando aparte la historia tal cual la narra Cortázar, este subtexto social evidente. Madame Francinet es necesaria para cumplir un ritual (en realidad no, pero pudiendo comprar su concurso, ¿para qué privarse?); un ritual que, bien ejecutado por Francinet, no sólo cubrirá una necesidad, sino que incluso será catalizador de los sentimientos de los concurrentes (y así, por un precio módico, se sentirán mejores). Esta actitud, todo se puede conseguir con dinero, y su inmediata conclusión, para eso está la clase baja, para suplirnos en las tareas que no queremos, no sabemos o no podemos hacer, es omnipresente. Y no es menor que sepamos que, una vez utilizada, madame Francinet será ignorada cuando se la aparcó en la cocina la primera vez.
Los adjetivos se agotan con Cortázar. Hay que leer este relato para ver lo magistralmente trazado que está, su economía de medios, su unión de elementos de por sí intrascendentes que juntos forman toda una crítica a una sociedad, a la vez que componen una transgresión con todo aspecto de plausibilidad. 

En Los Relatos 1. Ritos
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Barcelona, 19763 [1959]

Publicado originalmente en Las Armas Secretas

Texto de Los Buenos Servicios


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El Manto Negro, de Bruce Beresford

SESIÓN MATINAL

(Black Robe); 1991

Director: Bruce Beresford; Guión: Brian Moore, basado en su propia novela; Intérpretes: Lothaire Bluteau (Laforgue), Aden Young (Daniel), Sandrine Holt (Annuka), August Schellenberg (Chomina), Tantoo Cardinal (Esposa de Chomina), Frank Wilson (Padre Jerome); Dir. de fotografía: Peter James; Música: Georges Delerue; Diseño de producción: Herbert Pinter; Montaje: Tim Welburn.

Una película que, relatando una peripecia individual, se puede decir que es más bien una obra coral, una serie de cuadros animados que consiguen trasladarnos con toda viveza al Quebec del siglo XVII, a principios de la colonización francesa.
Un sacerdote (de ahí el título de el manto negro) es enviado a la misión más alejada del Canadá, y la película no es sino el relato de su viaje, de sus dudas espirituales y del choque de culturas que supone su encuentro con los nativos americanos, volubles en sus alianzas, firmes en sus enemistades. Pero eso, como ya he apuntado, no es lo más importante.
Un festín de imágenes, realizadas con una dirección espléndida y complementadas con un diseño de producción meticuloso y cuidado para producir una sensación de veracidad pocas veces visto en pantalla. Si a eso le añadimos que la historia que narra contribuye a mantener el interés, tendremos una película excepcional, de las que pocas veces se producen, una que debería ser mostrada en las clases de historia de todos los institutos por su reflejo fiel de una época y sus mentalidades.

Tráiler:



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Jazz Porque Sí: Timo Lassy en Helsinki + Freddie Hubbard en Varsovia

Hoy tendremos, en primer lugar, un concierto del quinteto de Timo Lassy, saxofonista finés que, sin entrar en aventuras experimentales, toca un buen jazz pleno de swing y con intervenciones plenamente originales. Escucharemos: Shooting Dice; Teddy the Sweeper; It Could Be Better; Creole Stew; Touch Red; The Good Life; Just One of Those Things; y Where's the Man.
En suma, una buena muestra de jazz actual, muy bien interpretado y de gran estilo.
Después nos desplazaremos a Varsovia para escuchar a uno de los mejores trompetistas de la segunda mitad del siglo XX, Freddie Hubbard. No es ocioso que fuera un Messenger. Art Blakey no escogía a nadie sin talento, y todos los músicos que entraron en el grupo salieron mejores y casi siempre camino del estrellato. En el caso de Hubbard fue así, y su sonido, técnica e inspiración fueron de los mejores que se pudieron encontar en el mundo de la trompeta, y ha quedado con toda justicia así reflejado en los anales y las enciclopedias de jazz. Le escucharemos a quinteto, con Freddie a la trompeta y fiscorno, Donald Braden al saxo tenor, Ronnie Mathews al piano,Jeff Chamber al contrabajo y Ralph Penland a la batería.
El primer tema será un homenaje a Miles Davis, más evidente por cuanto que Hubbard lo interpreta con la sordina Harmon, un complemento instrumental que casi ha quedado como sinónimo de Miles Davis; la pieza es el archiconocido All Blues; luego, nos adentraremos en el ritmo tropical con Bolivia; e, incompleto, empezaremos a escuchar otro homenaje, esta vez a John Coltrane, con el tema Dear John, creado sobre las armonías de Giant Steps.
Suficiente buena música para comprobar ese sonido nítido y precioso que producía la trompeta de Freddie Hubbard, así como sus virtuosismos y su imaginación improvisadora que le convertía en uno de los trompetistas más capaces de llenar una sala con su sonido y su música.
Como siempre, presten atención a los comentarios del Cifu, y que disfruten.


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El Señor Jones, de Edith Wharton

Edith Wharton es, sin duda alguna, la gran escritora de cuentos de fantasmas clásicos del siglo XX. Sus historias son originales, sus fantasmas, como han señalado varios estudiosos, no tienen miedo de mostrarse a la luz del día, y no siempre tiene que mostrarlos para que sean efectivos; su influencia se deja notar con incluso mayor potencia.
El relato que nos ocupa tiene todos los pronunciamientos clásicos del género: la herencia de una propiedad recibida por un familiar remoto que no ha conocido la historia de la familia, Una capilla en la que se encuentra una tumba con una lápida enigmática. Un cuadro que hace presagiar que la mujer que está ahí representada no tardará en recorrer los pasadizos en forma espectral... pero no. Una servidumbre que muestra todas las inquietudes y temores del nosotros-sabemos-cosas-que-la-señora-desconoce-y-preferiría-no-conocer.
Y sin embargo, Wharton no compone un relato de fantasmas al uso. Esa propiedad está regida por una especie de mayordomo de la familia, el señor Jones; pero éste se manifiesta esquivo en mostrarse, y de hecho, la protagonista no lo verá jamás. En teoría, porque se halla enfermo y no desea ver a nadie, siendo de avanzadísima edad.
Pero el señor Jones dirige la casa, aun desde su lecho (dondequiera que éste se encuentre, y ya estoy dando demasiadas pistas sobre el final), y así hay una habitación en la que es mejor no entrar, un despacho con los papeles de la familia cuya llave se ha perdido misteriosamente, y toda otra serie de pequeñas tiranías o insubordinaciones que obstaculizan de continuo la toma de posesión plena de la casa por parte de la protagonista. Los intermediarios en la comunicación entre el señor Jones y la dueña de la casa, las sirvientas, cada vez se muestran más nerviosas.
Wharton construye el relato desde la cotidianeidad y va incluyendo poco a poco elementos psicológicos que lo hacen cada vez más inquietante, hasta que estalla el final, ciertamente esperado, pero inusual en la literatura de fantasmas. Como todos sus relatos, la prosa en la que está escrito es cuidada y medida, y va destinada a reforzar el objetivo final. Y, en suma, es uno más de esos relatos que Edith Wharton escribía y que de inmediato llamaban la atención por sobresalientes dentro de un género que a veces se ha mostrado mecánico y repetitivo. No hay tal cosa en sus historias, sino un sello distintivo que las hace disfrutables incluso hoy.

(Mister Jones) 
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1930]
Edición de Michael Cox y R. A. Gilbert


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Dinero de Ida y Vuelta, de Donald E. Westlake

En esta compilación, Ed McBain se propuso hacer justicia a la más olvidada hija de la literatura, la novelette, ese formato que no es ni un relato largo ni una novela corta, sino que cae entre medio de las dos; eso provoca que su publicación en revistas sea imposible, y como libro independiente, difícil.
De hecho, algún escritor ha remarcado que, cuando a la vista del proyecto terminado, había dado a luz a una novelette, le entraban sudores fríos. Estaría obligado a hacer encaje de bolillos para encajarla en una colección de relatos, o de lo contrario ese texto no vería jamás la publicación.
McBain, con buen criterio, llamó a los mejores escritores del género negro-criminal (y a algunos que lo trascienden) para pedirles exactamente una de esas hijas desgraciadas.
La primera con la que nos encontramos es Dinero de Ida y Vuelta, del gran maestro de la variante humorística del género negro, Donald Westlake. Y en ella tenemos el gusto de reencontrarnos con uno de sus personajes fetiche, John Dortmunder, siempre acompañado de su amigo Andy Kelp. Dortmunder, uno de los ladrones más geniales de la literatura policial, pero también uno de los criminales con más mala suerte. Sus robos, siempre impecablemente trazados y a toda prueba, acaban por tropezar con algún imponderable que impide que se haga con el botín de su vida, que le permitiría retirarse, y se tenga que conformar con algunas migajas para ir tirando hasta su próximo y genial plan. Muy frustrante para Dortmunder, pero muy satisfactorio para el lector, quien observa con regocijo cómo esos imponderables tienen un componente cómico, y convierten a Dortmunder en un personaje fatalista, incluso cuando las cosas parecen ir a la perfección.
En el robo que nos ocupa (Dortmunder y latrocinio son sinónimos), Dortmunder, Kelp y el organizador tienen que entrar en una imprenta y pasar una noche imprimiendo billetes de banco. No dólares estadounidenses, por supuesto, sino siapas de una imaginaria república sudamericana. Una divisa innegociable fuera del país de origen, donde, con algún contacto, se podría vender por la mitad de su valor nominal en buenos dólares.
Todos los ingredientes de Westlake están ahí: el humor, el plan genial y su ejecución perfecta y el inconveniente que da el toque imprevisto y de intriga a la situación, a la vez que propicia momentos de comicidad.
Y es un placer reencontrarse con un autor que siempre ha merecido mejor suerte de la que ha tenido en nuestro país. Para corroborarlos, sólo tienen que leer este texto, junto a la presentación que de Westlake hace Ed McBain, en la que no exagera ni un ápice.

(Walking Around Money)
En Transgresiones I
Roca Ed., col. Lettera
Barcelona, 2007 [2005]
Compilación e Introducción de Ed McBain


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Marco Polo, de Maria Bellonci

Maria Bellonci está reconocida como una de las mejores novelistas históricas de Italia.
Sin embargo, Marco Polo no nos va a permitir evaluar todas las virtudes de la escritora. Porque se trata de una "video-novel", como dicen los italianos, es decir, una novelización de la serie homónima producida por la RAI, que sólo recuerdo vaga y fragmentariamente, probablemente porque en su paso en España yo estaba en el servicio militar (y ahí tienen un inconveniente más de la mili obligatoria).
En estos casos, la discriminación es clara: Los diálogos son debidos a los guionistas, y puede que los monólogos interiores también. Los paisajes quedan al albur de lo que haya filmado el director. Y donde la novelista puede poner su arte es en las descripciones y en parte de los pensamientos de los protagonistas. De manera que la estimación que podemos hacer de la escritura de Bellonci es sólo parcial y basada en estas formas narrativas. Por otra parte, la serie, que era de prestigio, provocó que la RAI buscara a una autora reconocida para dignificar el producto, y además Maria Bellonci había estudiado Il Milione de Marco Polo intensamente.
En esos aspectos en que podemos reconocer a la Bellonci, la novela es brillante. Hay que decir que su mayor acierto es el de fijarse en el personaje y no en las historias que contó, de manera que no estamos ante una rendición modernizada de El Libro de las Maravillas, sino ante la mirada sobre el marco Polo que viajó y estuvo en contacto con otras culturas, con lo que esta mirada se hace más introspectiva y, por supuesto, más fabuladora, más novelística. Escrita en un lenguaje sencillo, la novela se hace agradable, y los fragmentos descriptivos tienen una fuerte potencia visual para el lector (aún sin haber visto la serie). Pero, insisto, lo que se nos cuenta es una novela histórica sobre un personaje que existió, no una crónica sobre lo que hizo o dejó de hacer; por ejemplo, la Gran Muralla ante la que Polo se maravilla tanto en la novela, no es ni mencionada en El Libro de las Maravillas. Probablemente, porque Marco Polo la vio, pero no le dio importancia. La escala de valores era muy diferente a la actual.
Con todo, tenemos una novela histórica agradable y llevadera, que nos introduce al mundo del exotismo y de choque cultural que debió representar la peripecia de unos venecianos en la corte del Gran Kan.

Rizzoli Libri, col. BUR Contemporanea
Milán, 2004 [1982]

Sinopsis de la edición italiana


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La Bataille du Rail, de René Clément

SESIÓN MATINAL

(La Bataille du Rail); 1945

Director: René Clément; Guión: René Clément; Intérpretes: Salina (Alemán), Daurand (Ferroviario), Lozach (Ferroviario), Tony Laurent (Camargue); Dir. de fotografía: Henri Alekan; Música: Yves Baudrier.

Rodada inmediatamente después del final de la Segunda Guerra Mundial, La Batalla de los Raíles es una ficción de aspecto documental que rinde homenaje a los ferroviarios miembros de la resistencia que sabotearon las comunicaciones, proporcionaron valiosas informaciones y, en general, asumieron una posición de vanguardia en el frente interior, algo que les costó la vida en muchas ocasiones.
Tal vez haya envejecido un poco con respecto a la época de su estreno, pero sigue siendo una película enormemente valiosa en cuanto a documento, y un modelo a seguir para filmes posteriores que trataron el tema. Por descontado, René Clément está espléndido en la dirección, y pese a lo precario de la producción (al fin y al cabo, era plena posguerra), sigue siendo un documento de época impresionante.

Tráiler:



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Jazz Porque Sí: Fumio Itabashi en Tokyo

Fumio Itabashi, uno de los principales pianistas de jazz japoneses del momento, nos va a brindar un espléndido concierto a trío, junto a Takashi Seo al contrabajo e Ittetsu Takemura a la batería.
Se acusa a los músicos de jazz japoneses de ser fríos y esquemáticos. Me falta jazz japonés para poder decir si es cierto o no, pero seguro que esto no se aplica a la música de Itabashi. Y, por otra parte, puede ser un tópico, hasta malicioso si quieren, porque lo cierto es que cuando los músicos japoneses toman el escenario, son temibles. Poseedores de una técnica disciplinada y llevada al máximo de perfeccionismo, a poco que descuellen en otras cuestiones musicales no tienen nada que envidiar a sus colegas americanos o europeos.
Escucharemos cuatro piezas, y me perdonarán que no pueda darles los títulos exactos de las mismas. Mi conocimiento del japonés es casi nulo, no he podido encontrar referencias exactas de los temas, y antes de escribir barbaridades, prefiero que se queden con la enunciación que de ellos hace el Cifu. Sólo decir que el primero es 2013 Prayer, el segundo el estándar Fascinating Rhythm y el cuarto probablemente Ahh! Lidate-Mura, que es una aldea japonesa. Caso de equivocarme, pido disculpas.
El resto del programa se completa con grabaciones de Charles Mingus, Dadid, o Dave, "Fathead" Newman y el organista Jimmy Smith, que no son poca cosa.
Atentos como siempre a los comentarios del Cifu, y que disfruten de un pianista con una técnica perfecta y un concepto musical y armónico tremendamente original y plenamente jazzístico.




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La Barba del Viejo, de H. Russell Wakefield

Si miran las etiquetas con los autores que se han comentado en este blog, verán que Herbert Russell Wakefield no es un desconocido. No es intencionado. Sucede que , indefectiblemente, cada vez que me topo con una de sus historias de fantasmas, descubro algún punto original, una claridad narrativa o un tema inusitado.
De manera que los elogios que pueda dar a este autor, el último de los grandes de la literatura inglesa de fantasmas, ya serían redundantes.
En La Barba del Viejo tenemos el caso de una joven que empieza a tener pesadillas recurrentes en las que se ve involucrada con el cadáver de un viejo de barba larga y gris. Si creen que esto es inocente, deberían leer la descripción que del sueño nos da Wakefield: es realmente entre inquietante y repulsiva, y pocas veces se ha hecho tanto con tan poco en la literatura de terror.
Estos sueños derivan en alucinaciones, y por supuesto el tema se agrava hasta temer por la salud mental de la joven. La explicación viene al final del relato, y es entonces cuando el cuento de fantasmas adquiere todo su pathos de terror, pero de una forma originalísima, puesto que, si se trata de una maldición, ha escogido muy bien a quien atacar, es decir, al punto más débil.
En un relato con tanta implicación de lo onírico, la psicología freudiana no podía sino mostrarse, y Wakefield emplea, si no los postulados del viejo Sigmund, sí la incertidumbre que en el año 1929, cuando fue escrito el relato, provocaban los significados de los sueños que apenas se habían popularizado como simbólicos y puerta de acceso a otro mundo. En esta base racional, el autor se asienta firmemente para darnos una sensación de seguridad sobre el mundo real pero, a la vez, para prepararnos para la entrada a otro mundo terrorífico que no logramos aprehender.
Herbert Russell Wakefield lleva el relato con pulso firme, con ritmo excelso y con conclusiones que ciertamente lo convierten en una de esas historias que perduran en el tiempo.

(Old Man's Beard)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1929]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert


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Ara Sí que Toca!, de Francesc-Marc Álvaro

Por razones obvias, este Ara Sí que Toca! [¡Ahora Sí Toca!], subtitulado Jordi Pujol, el Pujolisme i els Succesors [Jordi Pujol, el Pujolismo y los Sucesores], ha adquirido un renovado interés.
Francesc-Marc Álvaro es un periodista inteligente y sagaz, lo que se denomina un "periodista de raza"; sus columnas sobre política (o sobre la sociedad en general) son siempre interesantes, a veces más por lo que insinúan que por lo que puede contar (en el terreno en el que se mueve Álvaro, las declaraciones off the record, anónimas o cuyos autores desmentirían lo dicho si se publicaba que ellos eran la fuente, son habituales); es también uno de los que mejor se mueven en el ámbito político catalán, y es independiente, cosa que no es tan frecuente como debería.
Sé que el caso Jordi Pujol y su confesión de delito fiscal cansa, indigna, tal vez incluso desconcierta a algunos. Sus derivadas son imprevisibles, y la verdad sobre el caso, esquiva.
Pujol ha sido en Cataluña un icono, un sistema de gobierno, una presencia, un padre de la patria (y a veces parecía padre, madre y padrinos), un símbolo y casi un mito. Unos pocos siempre tuvimos cierta prevención hacia él, sobre todo desde que el caso Banca Catalana tenía todo el aspecto de ser, mirado desapasionadamente, constitutivo de, por lo menos, mala administración (para los que no estén al corriente, esa fue la primera ocasión en la que Jordi Pujol se envolvió en la bandera diciendo que quien le atacaba a él, atacaba a Cataluña. Y le salió bien; de hecho, le salió de fábula). Pero con los años, con resignación u orgullo, según el color político, se convirtió en figura referencial de la realidad y sociedad catalanas.
Por todo ello, y hoy que cae el mito y Pujol confiesa haber defraudado a Hacienda, con cara de haber cometido una falta disculpable y nimia, como si eso no tuviese implicaciones políticas, el texto de Álvaro adquiere nueva dimensión. Ya en 2003 (y antes, aunque con mayor discreción) Álvaro se atrevía a pasear por las zonas oscuras del pujolismo, y el capítulo "El mejor equipo de su vida", sobre la familia des presidente, es particularmente revelador. Hoy, como mínimo, dos de sus hijos están siendo investigados. Álvaro cuenta de ellos ciertos tejemanejes políticos y económicos de aspecto turbio. Lo que trasluce es que hubo una voluntad, si no de encubrimiento, sí de no investigar a fondo, y no es de extrañar: si Jordi Pujol ha ejercido el poder en Cataluña como un patriarca, no podía ser de otra manera que ejerciera de patriarca en el seno de su familia (auxiliado y tal vez inducido por su esposa, Marta Ferrusola, quien, según cita Álvaro "es la protectora oficial de la familia [...], la cabeza pensante del clan y la mejor organizadora").
Con el paso del tiempo y de los sucesos ocurridos, vemos que el análisis de este libro se acerca mucho a la realidad. Este paternalismo lo ejerció siempre, ya fuera en la acción de gobierno como en la de partido, incluyendo la elección de sucesor (o el descabalgamiento de candidatos a la sucesión). Como un monarca, Jordi Pujol se creó una posición por encima del bien y del mal como encarnación de Cataluña, y desde allí actuó en consecuencia en todos los ámbitos. Por supuesto, semejante actitud es hasta cierto punto legítima, pero poco sana en democracia, como se puede ver. Si se defiende el derecho de un hijo a contratar con la administración que uno preside, no podrás negar esa opción a tus correligionarios. Y si ejerces el poder de forma personal e individual, lo que declaras es que los miembros de tu partido pueden hacer lo mismo en sus ámbitos de influencia.
Esperemos que estas trastiendas salgan a la luz. Y que Francesc-Marc Álvaro nos las cuente.

Edicions 62, col. No Ficció
Barcelona, 2003 [2003]

Portada i sinopsi


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El Huracán, de James Lee Burke

Rutina habitual para el detective Dave Robicheaux, de la policía del condado de Nueva Iberia. Lo habitual también para Otis Baylor, detective privado de Nueva Orleans. Ambos buscan sospechosos, transgresores de la libertad condicional, realizan tareas burocráticas, mueven papeleo y contactos. Pero lo hacen con el ceño fruncido de preocupación.
Porque el huracán Katrina se acerca.
Claro que en esta novela hay tramas criminales, y que se entrecruzan, pero no son sino circunstancias de un hecho que hace casi imposible investigarlas, de un hecho que convierte la vida en un caos en el que las prioridades son otras, en el que todo queda entre paréntesis.
Porque, en realidad, el personaje principal es una Nueva Orleans devastada, reducida a un cementerio al aire libre, a una anarquía violenta, a un inmenso campo de refugiados. Una ciudad destruida, perdida tal vez para siempre su personalidad, asesinada por un huracán y víctima de un homicidio voluntario como es la componenda de la prevención y la directa corrupción económica de la reconstrucción.
Es difícil encontrar en la narrativa negro-criminal norteamericana de hoy (salvo gloriosas excepciones) historias que imbriquen la realidad social de la trama. Burke podría haber situado un caso en el ambiente caótico del Nueva Orleans post-Katrina, era tentador, pero poco o nada hubiera significado, más allá del mero entretenimiento. Por fortuna, el autor sabe y reconoce que el auténtico trauma es el sufrimiento de la ciudad, no unos crímenes que serían notas a pie de pa´gina de una historia repleta de asesinatos y saqueos. El mérito es idear crímenes que expliquen este martirio por causas naturales primero y después por la acción del hombre. Adquieren entonces un simbolismo fatalista, una dimensión colectiva, y no es menor la suspensión de la legalidad durante la catástrofe y la recuperación paulatina y trabajosa de ésta a posteriori.
La vida sigue, nos dice Burke. Pero también nos dice que la vida no será jamás como antes. Y en la purga de esta transformación, el precio a pagar ha sido contado en vidas inocentes y culpables, en transformaciones individuales sufridas durante un hecho en el que el ser humano tuvo la oportunidad de sacar lo mejor y lo peor de su interior, en un libre albedrío que no puede ser visto de forma maniquea. Hay diferencias entre un saqueador de comida, uno de una televisión de plasma y uno dispuesto a matar por su botín, pero esas diferencias tienen que ver con sus circunstancias personales, con su origen social, con los símbolos de riqueza que se nos imponen y la filosofía de vida que es el paradigma de nuestra sociedad.

(The Tin Roof Blowdown)
RBA Libros, serie Negra
Barcelona, 2009 [2007]

Portada y sinopsis


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Cassos, de Philippe Carrèse

SESIÓN MATINAL

(Cassos); 2012

Director: Philippe Carrèse; Guión: Philippe Carrèse; Intérpretes: Didier Bénureau (Marc), Simon Astier (Toulouse), Agnès Soral (Mathilde), Marie Kremer (Chloé), Féodor Atkine (el hombre severo); Dir. de fotografía: Serge Dell'Amico; Música: Bruno Carrèse.

A España no llega ni la cuarta parte del cine francés que se produce. Y quien elige qué debe llegar tiene criterios muy peculiares: porqué se estrenan comedias étnicas de franceses del norte y del sur que una vez dobladas pierden casi toda su gracia es un misterio, como lo es que, en cambio, esta comedia no traspase fronteras.
Marc es un calzonazos. Desde el primer fotograma de la película. Está dominado por su mujer, que además le pone los cuernos sin disimulo. Y Marc, que es un tímido agente de seguros de provincias, está harto. Por motivos de trabajo, conoce a un gran delincuente, quien puede proporcionarle acceso a un asesino profesional y al dinero negro para pagarlo. Para ello, Marc sólo tiene que acompañar a uno de los miembros de su organización en un sencillo golpe a una joyería.
El contraste entre el delincuente profesional y el apocado e incompetente Marc está servido, y eso ya es motivo para unas situaciones de comicidad. Pero, además, los acontecimientos de la noche hacen que Marc realice un cursillo intensivo de criminalidad. Mal que bien, se convierte en un ser distinto, de una seguridad contrastante con su aspecto. Como dice el lema de la película, "Todos llevamos a un asesino en nuestro interior. O no". 
No es que el argumento sea demasiado nuevo, pero en una pequeña película como esta, las situaciones son inesperadas, la comicidad garantizada, el ritmo vivo y activo y, sobre todo, las interpretaciones de Didier Bénureau y de Simon Astier, magistrales.

Tráiler



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Jazz Porque Sí: Django Reinhardt 1944

Si la música de Django siempre fue feliz, a partir de 1944 tenía motivos adicionales para serlo. París había sido liberado, y, entre otras muchas opresiones de mayor importancia, el jazz se quitaba de encima la censura nazi y la sospecha continua.
No es de extrañar, pues, que la orquesta de Noël Chiboust interpretara una composición llamada Welcome, en dos partes (en la segunda está Django), lo que suena a bienvenida de unas tropas americanas e inglesas esperadas con ilusión desde hacía tiempo.
Y después de esta pieza, nos encontraremos de nuevo con "Django's Music", esa interpretación de la música de Django, más algún estándar orquestado por él, con orquesta e intervenciones solistas a cargo del guitarrista manouche. Escucharemos I Can Give You Anything but Love y Artillerie Lourde.
Con sonido deficiente, y en directo, tendremos a Django Reinhardt et son Orchestre en una competición concurso entre bandas, interpretando, de nuevo, Artillerie Lourde y Good Morning Blues.
Y entonces, como resalta el Cifu, habra una sesión de grabación en la que Django debió sentirse en el séptimo cielo: los músicos americanos de una banda queriendo tocar con él. Por motivos que el Cifu les detallará, los componentes de este grupo debieron quedar en el anonimato, aunque después se han descubierto, destacando el pianista Mel Powell, que figura en las enciclopedias y que no es ningún cualquiera en el manejo del piano. El caso es que Django está en su salsa, interpretando How High the Moon; If Dreams Come True; Hallelujah; y Stompin' at the Savoy. Los yanquis debieron quedarse sorprendidos de que no sólo fuera un solista excelente, sino un rítmico excepcional. Pero es que Django era así de genio.
Atentos a los comentarios del Cifu, y que disfruten.


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Fullcircle, de John Buchan

¿Es posible escribir una historia de fantasmas sin fantasma? Bueno, en caso que se quiera estafar al lector, creándole expectativas de terror y angustia cuya causa no se muestra, desde luego, pero también es posible escribir semejantes historias sin necesariamente mostrar el elemento perturbador, sino sus efectos, y hay varias muestras de ese tipo de relatos, de los cuales este Fullcircle (círculo vicioso, círculo cerrado) es una de sus mejores muestras.
El relato completo pueden leerlo en los enlaces que figuran al pie de esta reseña.
Para que se produzca ese milagro del relato de fantasmas sin espectro, necesariamente tiene que adoptarse un tono más pausado y calmado; cualquier pirotecnia sería caer en ese engaño que les citaba. Aquí, una casa tiene el protagonismo y el papel de catalizador, pero no por ello se trata de un relato de casa encantada o de "mal lugar"; los que narran pasan sus buenos ratos en ella sin que la casa se muestre invasora o atacante. Más bien, lo que se muestra es seductora como obra de Sir Christopher Wren que es (un guiño a la leyenda que acompañó al genial arquitecto inglés, que siempre tuvo un punto macabro y ocultista).
El caso es que la transformación de sus moradores a la que asistimos es, a la vez, insidiosa y pacífica. Los vemos convertirse de esos crédulos y combativos divulgadores de las paraciencias y de cualquier tipo de sistema social avanzado que aparezca, por estrambótico que sea (podríamos denominarlos, sin ánimo peyorativo, los friquis de principio del siglo XX) en personas apacibles, hogareñas y que aprecian la vida en lo que vale en su pasar diario, presididas sus existencias por ese intrigante retrato del primer morador de la casa con su irónica sonrisa, y que es uno de los motores del cuento, a la vez que una imagen que permanece en el ambiente. Todo ello da un relato de fantasmas benéfico, escrito de forma detallista y pausada, pero que no es ninguna tontería, gracias a sus detalles y a su buena estructura temporal. Un cuento del que uno sale con una sonrisa en los labios, pero también con la satisfacción de no haber sido engañado. Ha asistido a una historia de fantasmas sin terror, en efecto, pero con un fantasma bien tangible.
John Buchan no es un desconocido para los lectores, aunque nadie se acuerde de él. Es el autor de una de las novelas que dio origen a una de las mejores películas de Alfred Hitchcock en su etapa inglesa, Los 39 Escalones, y en ella ya se percibían las características que pueblan este relato: buen ritmo, algo de humor y un gran sentido narrativo.

(Fullcircle)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1928]

Texto en castellano de Fullcircle
Texto en inglés de Fullcircle


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La Leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth

He aquí la historia de un milagro. Pero uno tan inusitado, callejero y contemporáneo que es un milagro laico. Y no sólo argumental, sino también literario, porque Joseph Roth consiguió, con una extrema brevedad, escribir una obra maestra.
En quince jornadas (es decir, capítulos), veremos el peregrinar por la vida de Andreas Kartak, clochard parisino, que en un encuentro fortuito recibe doscientos francos de un desconocido. Sabedor que no los podrá devolver jamás, Andreas se resiste a aceptarlos, pero el desconocido le pide que si tiene que devolverlos a alguien lo haga a santa Teresita de Lisieux, en la iglesia de Santa María de Batignolles.
En ese deambular, una y otra vez Andreas se acercará a la iglesia con los doscientos francos adeudados, y una y otra vez será desviado de su propósito: por antiguas amantes, por antiguos amigos. Pero sucesivos milagros se suceden: en cuanto su bolsillo se vacía, de una u otra manera vuelve a tener dinero.
Y entre copas de vino y sucesos maravillosos, Andreas también va recuperando la conciencia de su vida anterior y encontrándose con su vida pasada, mientras Roth nos lleva a descubrirnos no tanto la vida como la integridad y bondad de ese santo laico, un santo bebedor e imposible, que obtendrá una muerte dulcísima y emocionante para el lector.
Pocas veces se ha escrito un libro así, con tanta maestría, en el que la naturalidad se combina con lo maravilloso y las situaciones que parecen insolubles desarrollan caminos inesperados que fascinan al lector.
Se ha exagerado, creo, en encontrar paralelismos entre esta obra y la vida de Roth, que era alcohólico y que también tuvo una muerte parecida a la de Andreas. Es evidente que en la literatura de la experiencia Roth sacó buenas lecciones de sus momentos de embriaguez para trasladarlas al papel, pero habiendo leído muchas más obras del autor austríaco me apresuro a afirmar que su talento no tenía porqué basarse en supuestas experiencias o en los hechos vividos en primera persona. La imaginación y estilo que derrocha en esta obra no tiene nada que ver con la biografía y mucho con el talento.
Hay muy pocos libros que causen que el lector desee prolongar en el tiempo su lectura, que no acaben jamás. Joseph Roth induce a esa sensación, y si bien la novela termina, su efecto perdura en el lector dejándole en la memoria una historia imborrable.

(Die Legende vom Heiligen Trinker)
Ed. Anagrama, col. Panorama de Narrativas
Barcelona, 2006 [1939]

Portada y sinopsis


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El Gran Frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann

Hay que empezar diciendo que, después del tour de force que representó Don de Lenguas, ya entendía que volver a reproducir la brillantez de ambientación y trasfondo social de la España franquista de los años cincuenta era difícil, de manera que estaba dispuesto a un cierto bajón en la serie. El Gran Frío no es una mala novela, en absoluto. Funciona muy bien como un "quién lo hizo", está bien estructurada, y mantiene el interés. Sin embargo, hay grandes errores de concepto.
(El resumen de contraportada de Siruela es muy decente, de manera que para los detalles de argumento consulten el enlace al pie.)
Ana Martí ha dejado "La Vanguardia" y ahora es reportera de "El Caso", un paso acertado y hasta lógico. En esta investigación, Martí se traslada del ambiente urbano a un pueblo de la sierra del Maestrazgo, con lo que todo lo que tenía Ana Martí de activa y de trasladarse a los distintos niveles de una ciudad queda suprimido, y se ve recluida en un lugar pequeño y casi inmovilizada en una sola casa, lo cual es un grave error que priva de mucho de la personalidad de la protagonista (por cierto, y a pesar de llamarse "el gran frío", la novela no consigue transmitir esa sensación; hombres más recios que Ana Martí han probado el frío turolense y el recuerdo les ha perseguido toda la vida). Este enclaustramiento perjudica el ritmo y deja una impresión de pasividad por parte de la protagonista.
Que sea un ambiente rural no tendría que ser un inconveniente (Jim Thompson hizo una obra maestra con 1.280 Almas, por ejemplo), pero es que el pueblo que nos pintan las autoras tiene todos los estereotipos de la época: un cacique, un alcalde pesetero, un cura trepa, un maestro (algo) rojeras, un guardia civil bruto y un tonto del pueblo. Falta el médico altruista, pero es que el pueblo no tiene. Todos a la vez. Si alguien aduce que conoció un pueblo que era así y también tenía a todos estos tipos, le responderé que la realidad no siempre funciona bien en la ficción. Tener semejante catálogo de tópicos reunido no hace sino proporcionar a la novela un trazo grueso y poco sutil.
Hay un par de incongruencias argumentales, que no desvelaré para no perjudicar a los lectores que deseen leer esta novela, pero déjenme hacer notar a las autoras que el guardia civil puede tomarse un gran trabajo para mantener bajo llave en el cuartelillo todas las armas de fuego del pueblo, pero en el mundo rural, para matar, no se requiere una escopeta: cualquiera tiene a su disposición una panoplia de hoces, guadañas, horcas, azadones afilados como un cuchillo, etcétera.
Todos estos errores lastran una novela que hubiera deseado que fuera tan brillante como la que inició la serie. Esperemos que los aciertos, como el cambio de periódico de Ana o su ruptura sentimental (el enamoramiento de Ana no era uno de los momentos más lucidos de Don de Lenguas, precisamente) sean aprovechados en una tercera novela que espero con ilusión. Al fin y al cabo, equivocarse es el mejor medio de aprendizaje que existe.

Eds. Siruela, col. Nuevos Tiempos, serie Policiaca
Madrid, 2014 [2014]
Serie periodista Ana Martí nº 2

Portada y sinopsis


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Fargo, de Joel y Ethan Coen

SESIÓN MATINAL 

(Fargo); 1996

Director: Joel Coen; Guión: Joel y Ethan Coen; Intérpretes: William H. Macy (Jerry Lundegaard), Steve Buscemi (Carl Showalter), Peter Stormare (Gaear Grimsrud), Frances McDormand (Marge Gunderson), Harve Presnell (Wade Gustafson); Dir. de fotografía: Roger Deakins; Diseño de producción: Rick Heinrichs; Música: Carter Burwell.

Los hermanos Coen ya llevaban a cuesta una carrera meteórica como renovadores de las historias cinematográficas cuando irrumpieron con Fargo, una película que logró lo imposible: superar en ciertos aspectos a Muerte entre las Flores en cuanto a film negro-criminal y combinar la historia con una elevada dosis de humor negro, lo que la dotó de una originalidad como no se había visto antes.
La historia de un secuestro "desde dentro", es decir, promovido por un marido necesitado de dinero en el que dos rufianes secuestran a su esposa para que así el suegro pague el rescate es ya sórdida de por sí; en cuanto vemos a quienes lo van a ejecutar, sabemos que el desastre está asegurado. A todo ello se contrapone la investigación realizada por una policía que representa un ataque directo a todo tópico machista que exista en el género y fuera de él. No sólo es mujer, sino que está embarazada, además de mostrarse en apariencia como una persona apocada: las apariencias engañan, porque sí es mujer, embarazada y apocada, pero en absoluto un carácter débil (una interpretación magistral de Frances McDormand).
Un escenario deslumbrante por la nieve y unos personajes que son unos absolutos desgraciados, salvo Frances McDormand, que sabe muy bien conformarse con un mundo bueno, conociendo como conoce el otro, componen lo que en otras manos hubiera derivado en una comedieta de situación insoportable, o en un desastre absoluto. Los Coen convirtieron la historia en un asombro para el espectador, que va de sorpresa en sorpresa, viendo cómo los protagonistas ejecutan una chapuza tras otra, y sin embargo teniendo la impresión de que todo lo que sucede en pantalla es perfectamente plausible. Y Preguntándose cuándo pondrán el límite a ese humor negrísimo conforme la trama avanza. La respuesta es que no lo ponen jamás, y esta película constituye la mirada más sardónica que hay a la vida americana y sus defectos.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Lennie Tristano en The Confucius

Tendremos hoy la actuación de uno de los genios pianísticos más famosos del jazz, Lennie Tristano. Ciego desde los nueve años, multiinstrumentista, riguroso en todo, fue un precursor de lo que se denominaría free jazz, pero no se preocupen: Tristano hubiese corrido a gorrazos a algunos que dicen practicar ese estilo, y además fue un grandísimo estudioso de la armonía, de manera que la cuestión armónica está garantizada, aunque la sorpresa también.
Porque, en su época, Tristano no se parecía a ningún otro. El Cifu les hablará del amor de Tristano por Bach: en algunos pasajes, esto se nota, si se escucha con atención. Pero la música que interpretó, aunque pueda sonar poco al uso, resulta fascinante por su concepto innovador y su continua renovación, incluso en la misma interpretación.
Lo tenemos en formación de cuarteto, acompañado de músicos excelentes, todos y cada uno de ellos: Lee Konitz al saxo alto, Gene Ramey al contrabajo y Art Taylor a la batería.
Escucharemos, salvo dos estándares, composiciones de Tristano: April, sobre las armonías de I Remember April; Confucius Blues; Lennie-Bird, sobre las armonías de How High the Moon (y algo sobre la rearmonización que Charlie Parker hizo de ellas en Ornithology); el estándar These Foolish Things; 317 East 32nd Street, sobre las armonías de Out of Nowhere; e, incompleto, All the Things You Are.
Les aseguro que prestar atención a Lennie Tristano es adentrarse en un jazz poco convencional pero bellísimo, como también les dirá el Cifu. Atrévanse y disfruten.


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Un Visitante de las Antípodas, de L. P. Hartley

Leslie Poles Hartley, conocido principalmente por el gran público por El Mensajero, novela sobre la cual Joseph Losey realizó una famosa película, cultivó el género del relato de fantasmas con aprovechamiento y originalidad, recibiendo elogios (tal vez un poco tardíos) como uno de los más originales autores.
En apariencia, el relato de fantasmas que les presento hoy (y que aquellos que lean inglés pueden consultar en el enlace que figura al pie de la reseña) es muy convencional. Un hombre llega a Inglaterra después de hacer fortuna en las antípodas. En paralelo, otro hombre sube a un autobús, un hombre ciertamente macabro, siniestro, rígido, y no sólo mentalmente.
Poco a poco, de forma sutil, ambas historias se van entrecruzando. El rico es demasiado expansivo y demasiado feliz de estar en Inglaterra como para que sea trigo limpio, el extranjero demasiado mecánico como para no tener una obsesión. No es necesario decir qué sucederá en el encuentro a aquellos que estén habituados al género de fantasmas.
Sin embargo, hay detalles distintivos que hacen de este cuento algo único y que lo distinguen de las otras ficciones de la época. Su imaginería por ejemplo, esos detalles que son imágenes inusitadas que se quedan en la mente del lector y que preparan cuidadosamente la atmósfera del relato. Pocos pueden olvidar esa rigidez del "visitante", y pocos su manera de proceder, fría, ominosa.
Por otro, la conversación entre el camarero y el potentado, sobre la ley y la regla, y sobre la justicia que al final puede alcanzar a todos, una anticipación del final pero que sitúa al lector en contexto.
Y unas vivas imágenes de unos juegos infantiles que alcanzan dimensión psicológica, anunciando la condenación cruel del protagonista.
Todo ello procede por acumulación, dando una dimensión barrocamente psicológica a la vez que enormemente moderna en su devenir violento y extremo.
Poco se ha editado de Hartley en España. Una lástima, puesto que el resto de sus relatos responden maravillosamente a las expectativas de modernidad y de profundidad dentro del género, y constituyen unos de los mejores ejemplos de construcción narrativa.

(A Visitor from Down Under)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1926]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de A Visitor from Down Under



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La Máscara de Dimitrios, de Eric Ambler

Cuando un autor recibe elogios de su contemporáneo Graham Greene, que fue candidato al Nobel de literatura, y pasados muchos años John Le Carré, el mejor de entre los mejores de la literatura de espionaje, declara que "Ambler es la fuente de la que todos bebemos", quiere decir que el lector no va a encontrarse con un autor más, con un mero artesano.
Ambler explica en sus memorias que los thrillers de su primera época como escritor, los años veinte y treinta, le aburrían. Le parecían mecánicos, repetitivos, acartonados, con personajes estereotipados, sin personalidad y de un tiempo pasado. Lo que hizo en su obra fue introducir los ambientes sórdidos, la cotidianeidad, el mundo contemporáneo en lugar de refugiarse en la época victoriana o eduardiana, la falibilidad en las acciones y, sobre todo, dotó a sus personajes, tanto los protagonistas como los villanos (y en ocasiones, ambos coincidían), de personalidad y matices (de humanidad, si se quiere), haciéndolos dudar, temer, errar, amar u odiar; no hallarán en la obra de Ambler un personaje lineal o simple, y estas convoluciones de los caracteres convirtieron sus novelas en tan realistas como para resultar cercanas al lector.
Existe un consenso general en que La Máscara de Dimitrios es la mejor de sus novelas, y ciertamente es una fama justificada; incluso se pueden trazar sus influencias en obras como El Tercer Hombre. Desde luego, metió de un puntapié al thriller en la modernidad.
Latimer, escritor de novelas policíacas (de esas con mayordomo y té a las cinco, y hay una buena dosis de ironía sobre el género de la época en ello), es llamado en Istanbul por el coronel Haki, del servicio secreto turco, justamente porque es un aficionado lector de sus novelas. Por casualidad, estando en el despacho del coronel, se recibe la noticia del hallazgo del cadáver de Dimitrios Makropoulos, un criminal, en palabras de Haki, de «historia incompleta, sin valor artístico, sin investigaciones, sin sospechosos ni móviles ocultos, pura sordidez». Y Latimer se siente tentado de investigar la historia de ese criminal, tal vez el primero auténtico que encuentra en su vida, aunque sea en forma de cadáver.
Jugando con la complicidad y la inteligencia del lector (y es notable el respeto de Ambler por sus lectores), sabemos muy bien que la investigación que Latimer empieza, tratando de seguir y completar la historia, tiene el truco de que el cadáver rescatado en el Bósforo no es en realidad el de Dimitrios, y que éste aparecerá tarde o temprano, pero eso es precisamente una de las virtudes de la novela: Dimitrios se constituye en presencia ominosa, constante en su ausencia pero amenazante en su posible aparición. Latimer investiga los crímenes brutales de Dimitrios en Esmirna, sus intrigas y espionaje en los Balcanes, su actividad de gran criminal en Italia y Francia. Poco a poco, se va delimitando lo que era un mero espectro, una sombra, hasta ir formando la imagen de un hombre despiadado, manipulador e inteligente, un criminal sin escrúpulos, cuya aparición, precisamente por haber estado ausente durante tantas páginas, no es sino un clímax de emociones y de peligro, un encuentro entre el ingenuo e inofensivo Latimer y el implacable y letal Dimitrios.
Hay que decirlo bien alto: escrita en 1939, esta no es una novela que no tuviera más mérito que el de marcar un hito en su época. Leída hoy sigue conservando toda su potencia, su estructura pulcra, su ritmo perfecto, su ambientación realista y sus personajes creíbles. Es la obra maestra de Ambler, pero sigue siendo una de las mejores novelas del género, una referencia de pasado, de presente y, setenta y cinco años después de escrita, se puede afirmar que también de futuro. 

(The Mask of Dimitrios)
Edhasa, col. Pocket
Barcelona, 2004 [1939]

Existe reedición en RBA

Portada y sinopsis


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Barri Perdut, de Patrick Modiano

En cuanto se supo de la concesión del premio Nobel de literatura a Patrick Modiano, los medios echaron mano de tópico y declararon lo de siempre, a saber: Que los miembros de la academia sueca se pasan el año meditando a qué escritor desconocido pueden premiar para así tocar las narices a los periodistas culturales. Eso es confundir la ignorancia propia con el mundo real, y no es de extrañar que después (salvo honrosas excepciones) salga lo que sale en las revistas literarias.
Lo cierto es que Modiano ha tenido una edición constante e inmediata en España (como demuestra el libro que comento) y, sin ser un superventas, sí tuvo y tiene su público.
Se ha premiado a un novelista. Quiero decir que, por mucho que tenga estilo propio, el fuerte de Modiano es estructurar una historia de tal manera que interese, que intrigue, que permita al lector entrar y conocer el pensamiento y la psicología de los protagonistas, y que mediante sus historias muestre diversas épocas y lugares de París. Porque se ha apuntado (esta vez, con razón) que París es un protagonista más de las novelas de Modiano. No sólo es cierto, sino que es posible recorrer cada una de sus historias como si de una guía de viajes se tratara.
Sorprende de Barrio Perdido que su tono general sea casi el de una novela policiaca. Casi, porque llega a un punto donde el enigma criminal deja de ser importante para trasladarse a la vida interior (y anterior) del protagonista.
Ambrose Guise es un autor de novelas policiacas que vuelve a París para resolver unos contratos de edición, después de veinte años de ausencia de Francia. Una ausencia que se remonta a cuando se llamaba Jean Dekker y su vida se desarrollaba alrededor de un grupo bohemio y rico que era parte de una Francia que se desvanecía. Un drama criminal forzó su huida de de París y de una vida que era una forma de autodestrucción.
Modiano recupera en esta novela un paisaje del París de los años cincuenta, un París que permanece en pie pero cuya vida se extinguió y cambió a otra cosa. A través de Ambrose / Jean asistimos a una vida que se abocaba a la nada, a un proceso de negación y finalmente a un regreso necesario para, por fin, realizar la catarsis que permitir´el olvido y el emprender una nueva vida.
Modiano nos lleva a través de los enigmas que representan sus personajes, sostenuiendo nuestro interés en este recorrido simbólico y emocional; un viaje interior y exterior que nos habla de asumir y superar el propio pasado.

(Quartier Perdu)
Columna Eds.
Barcelona, 1985 [1984]

Existe edición castellana en editorial Cabaret Voltaire
Portada y sinopsis de la edición castellana


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Glengarry Glen Ross, de James Foley

SESIÓN MATINAL 

(Glengarry Glen Ross); 1992

Director: James Foley; Guión: David Mamet, basado en su propia obra teatral; Intérpretes: Al Pacino (Ricky Roma), Jack Lemmon (Shelley Levene), Alec Baldwin (Blake), Ed Harris (Dave Moss), Alan Arkin (George Aaronow), Kevin Spacey (John Williamson), Jonathan Pryce (James Lingk); Dir. de fotografía: Juan Ruiz Anchía; Música: James Newton Howard; Diseño de producción: Jane Musky; Montaje: Howard Smith.

Procedente de su propia obra de teatro, David Mamet escribió un guión impresionante, una película con ocasiones de lucimiento para todos los actores intervinientes y una que, si bien tiene un mensaje amargo, queda en el recuerdo por la intensidad de sus interpretaciones y la elevada calidad de los actores, destacando sobre todo Al Pacino y Jack Lemmon.
Sorprende que en 1992 David Mamet ya se mostrara crítico con la sociedad capitalista neoliberal que preconizaba el beneficio a toda costa, sin que importaran un bledo las personas. O tal vez no sorprenda tanto, conociendo a Mamet y su inteligencia.
El caso es que la película es demoledora. Una serie de comerciales de bienes raíces tienen que lograr, en un solo día, vender las parcelas que tienen asignadas. Los dos que queden últimos en esta carrera serán despedidos. Y así asistimos a toda la serie de dramas personales de los comerciales, que necesitan el trabajo por motivos muy humanos que a la empresa les trae sin cuidado, y a cómo esta necesidad les convierte a su vez, en un juego perverso, en los más despiadados tiburones de la venta, dispuestos a endosarles unas parcelas que son poco más que basura a quien sea, por los medios que sean.
Saltando de personaje en personaje, y casi rodada a tiempo real, el ambiente se hace claustrofóbico, la expresión coral se vuelve frenética, la agresividad individual no hace sino aumentar y la tensión se vuelve insoportable.
En una conjunción perfecta de drama y crítica social, esta película queda como la más fuerte y reveladora crítica a un mundo empresarial que ha perdido toda su humanidad para convertirse en una maquinaria de engaño y destrucción. Una joya.

Tráiler:



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Jazz Porque Sí: Thelonious Monk en el Town Hall de Nueva York

En el anterior programa dedicado a Thelonious Monk habíamos empezado a escuchar el concierto que éste, acompañado de nueve músicos más, realizó en febrero de 1959. Habíamos escuchado un par de temas y comprobado que, por la composición instrumental del grupo, con Donald Byrd a la trompeta, Eddie Bert al trombón, Robert Northern al corno francés, Jay McAllister a la tuba, Phil Woods al saxo alto, Charlie Rouse al saxo tenor, Pepper Adams al saxo barítono, Sam Jones al contrabajo y Art Taylor a la batería, además del piano de Monk, habíamos comprobado, decía, que la sonoridad era muy atractiva, muy singular, un auténtico gozo de instrumentación. A ello no era ajeno el arreglista del concierto, un pianista llamado Hall F. Overton que consiguió más fama mediante sus instrumentaciones que como intérprete. El trabajo que realizó fue espléndido, y no es de extrañar que figure destacado en todas las discografías de Overton, amén de representar una de las mejores formas de introducirse en la aparentemente difícil música de Thelonious Monk.
Escucharemos en esta ocasión Monk's Mood; Little Rootie Tootie; Off Minor; Crepuscule with Nellie (y, si todo el concierto es estupendo, esta balada representa la corona de la actuación); y un bis de Little Rootie Tootie, repetido por motivos que el Cifu les explicará.
Como siempre, no se pierdan los comentarios del Cifu, que siempre aportan datos y conocimiento. Disfruten de la música.


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La Víctima, de May Sinclair

May Sinclair, por desconocida que pueda resultar por estos lares, es una importante figura de las letras inglesas, la primera escritora que utilizó el término "flujo de conciencia", lo que también se denomina "monólogo interior" y lo practicó a fondo en sus obras. Eduardiana por la época, sin embargo fue una sufragista activa, voluntaria en el cuerpo de ambulancias en el frente de Flandes durante la Primera Guerra Mundial, y gran pionera de las teorías psicoanalíticas, por las que se apasionó y que influyeron en su obra. El cuento que hoy comentamos, y que sólo es uno de las historias de fantasmas que escribió y que se reunieron en Uncanny Stories, fue publicado en la revista The Criterion por T. S. Eliot.
Steven Ackroyd es un hombre violento. Demasiado violento, y proclive a dejarse llevar por sus impulsos. Cuando el primo de su prometida pretende besarla, se supone que fraternalmente, Steven le pega una paliza que lo deja medio muerto. Ha sido demasiado, y su prometida Dorsy ha empezado a temerle también, de manera que, después de pedir consejo al anciano señor Greathead, el patrón de Steven, rompe el compromiso y se marcha.
Steven cree que el detonante de esta ruptura ha sido Greathead, y su odio por él, que no era poco anteriormente, crece hasta llevar la venganza al asesinato. Un asesinato sanguinario, frío, metódico, brutal, del que May Sinclair no nos ahorra detalles (por lo menos para la época) y en cuya descripción sin duda tuvo que pesar alguna escena contemplada en los campos de batalla y hospitales de campaña de Europa.
Steven es impulsivo y violento, pero no tonto. Lo ha planeado todo al detalle, y sigue su vida normal, aunque cada vez más amargado. Y entonces... bueno, se trata de un relato de fantasmas, ¿no?
Sólo que en esta ocasión Sinclair no sigue el patrón habitual. No sigan leyendo si tienen el proyecto de leer este relato, porque no queda más remedio que explicar algún detalle.
Los relatos de fantasmas "benéficos" no son inusuales en la literatura (al fin y al cabo, los fantasmas de Navidad de Scrooge pretenden la redención de éste), pero si bien los espectros pueden tener una intención final buena, los medios que emplean siempre son terroríficos. En esta historia no. El fantasma de Greathead aparece, cierto, pero no es amenazante. A lo más terrible a lo que se enfrenta Steve es a su propia conciencia, avivada al límite de la locura por la visión del espectro (un tema psicoanalítico como pocos) y es en esta tesitura que Sinclair nos muestra que nuestra propia mente es más poderosa que cualquier otra amenaza. El final del relato lo dejaré sin desvelar.
Es seguro que desde el 1922 se han escrito relatos que tratan las apariciones fantasmagóricas de manera similar. El género tiene un campo muy estrecho, y las variantes principales ya se formularon hace mucho, pero pocos se habrán escrito con tanta intensidad psicológica, brillantez estilística y estructura narrativa tan exacta. En su época supuso una sorpresa, una elegante innovación en el género, y si bien la sorpresa es menor hoy día, la originalidad y el estilo se mantienen intactos.

(The Victim)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1922]
Edición de Michael Cox y R. A. Gilbert


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Baudelaire por Gautier. Gautier por Baudelaire

Hubiera sido divertido que estas "dos biografías románticas" hubiesen sido escritas como un juego, como queriendo poner ante cada uno de los poetas un espejo en el que se vieran reflejados en la mente del otro. Pero no.
Gautier escribió esta biografía poética tras la muerte de Baudelaire, mientras que éste hacía su escrito desde la admiración y como introducción a una obra de un escritor consagrado.
Sin embargo, sí existe algo de este juego de espejos que apuntábamos. Románticos ambos, no obstante no habían escritores más dispares, pero el aprecio mutuo que se profesan es evidente, en lo que no puede entenderse más que como la facultad de ambos para reconocer el genio literario.
A un nivel necesario y básico, ambos textos cumplen su función de estimular la lectura de los biografiados, no en vano Gautier le otorga "el más honroso título" que puede tener un literato, y Baudelaire, a su vez, lo denomina "un perfecto hombre de letras". Pero el segundo nivel es el de la lectura después de que el lector haya pasado por la obra. Ambos escritores se analizan, descubren los matices del otro, ponen en valor sus logros frente al resto de escritores de su generación; si no hay envidia, sí por lo menos hay una atención fija en los lugares a los que cada uno hubiera querido llegar y que fueron conquistados por el otro.
Hay, incluso, otro nivel más. Puesto que se conocieron y frecuentaron, estos textos suponen una mínima crónica del ambiente literario de una Francia (y, por extensión, de Europa) enormemente vital en sus manifestaciones literarias y repleta de "ismos". En este relato de encuentros descubrimos el París de los salones, las diferentes opiniones y debates que se producían y las afinidades y rivalidades que se daban.
Es una lástima que estos textos se escribieran antes del surgimiento del psicoanálisis, que hubiera proporcionado con sus teorías otra herramienta de interpretación a ambos escritores y que seguro hubieran desarrollado con brillantez. Sin embargo, la aguda percepción poética que tenían el uno del otro suple con creces eso que no puede ni denominarse carencia. Desde poéticas diferentes, claro, pero eso es lo que hace a estas biografías interesantes. Como he dicho antes, la grandeza de ambos fue la de reconocer el genio y admirarlo sin paliativos y sin mezquindad. Que ese genio era auténtico lo prueba la persistencia de la obra de Baudelaire y Gautier casi siglo y medio después.

Nostromo / Mauricio d'Ors Ed.
Madrid, 1974 [1868]


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"No lo Comprendo, No lo Comprendo". Conversaciones con Akira Kurosawa

Y quienes conversan con él son Nagisa Oshima, Gabriel García Márquez y Donald Richie, ni más ni menos. En diferentes registros, Richie haciendo un repaso película a película hasta Yojimbo, de 1961, Oshima entablando la conversación de un "joven Turco" que sin embargo reconoce los méritos del maestro al que entrevista y García Márquez en una charla de iguales, de creador a creados. Estos diferentes puntos de vista proporcionan una visión global sobre el cine y la idea que de él tiene un cineasta reconocido internacionalmente  pero incomprendido durante mucho tiempo en su país.
A Kurosawa se le llamaba "el emperador", no precisamente como un elogio, sino insinuando cierto carácter tiránico. En el transcurso de estas conversaciones queda claro que lo que pasaba por autoritarismo era en realidad un conocimiento intenso de todas las técnicas cinematográficas. Resulta que, antes de la guerra, la productora Toho en la que estaba como aprendiz de ayudante de dirección Kurosawa emprendió un programa educativo en el que todos los cineastas en período de aprendizaje tenían que pasar por todos los departamentos, desde carpintería hasta guión, y aprender cualquier aspecto técnico. Los especialistas posteriores creyeron que Kurosawa se metía en lo que era su dominio. En realidad, probablemente Kurosawa dominaba mejor que ellos sus técnicas, o por lo menos sabía cómo enlazarlas mejor con la totalidad de la producción.
De todas maneras, lo más importante de este libro es la visión que del cine tenía Kurosawa y las muy claras ideas de cómo superar una actitud anticuada que existía en Japón sobre cómo filmar los distintos temas.
Esa filosofía, que le hizo ser poco apreciado en su patria, supuso un paso enorme para la cinematografía nipona, y es seguro que, con mayor o menor talento, que eso no es controlable, el cine japonés actual es heredero de esta visión que Kurosawa, junto a Ozu, Mizoguchi y otros, con penas y trabajos, imprimieron a sus películas.
En unas conversaciones inteligentes, imprescindibles para comprender de verdad la historia de la cinematografía japonesa, y tremendamente valiosas para conocer el pensamiento del director, el habitualmente huraño Kurosawa revela sus opiniones sobre el trabajo creativo y sobre lo que el cine aporta al respecto de la comprensión de la vida y el ser humano. Descubrimos, no las ideas de Kurosawa (irreductible y tenaz, éstas se encuentran es su cine), sino el proceso creativo de un genio, uno de los pocos que ha sido capaz de tender un puente entre culturas muy diferentes, y hacerlo con brillantez y una personalidad arrolladora.

(artículos de Film Quarterly, Akira Kurosawa: My Life in Cinema y Los Angeles Times Calendar)
Confluencias Ed., col. Conversaciones
Almería, 2014 [1960, 1993 y 1991]
Introducción de Donald Richie

Portada y sinopsis


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Efectos Secundarios, de Steven Soderbergh

SESIÓN MATINAL

(Side Effects); 2013

Director:Steven Soderbergh; Guión: Scott Z. Burns; Intérpretes: Rooney Mara (Emily Taylor), Jude Law (Dr Jonathan Banks), Catherine Zeta-Jones (Dra Victoria Siebert), Channing Tatum (Martin Taylor), Ann Dowd (madre de Martin), Vinessa Shaw (Dierdre Banks), Sheila Tapia (abogada de Emily); Dir. de fotografía: Peter Andrews (Steven Soderbergh); Música: Thomas Newman; Diseño de producción: Howard Cummings.

No es una película perfecta, y su imperfección radica en que hay que tener paciencia hasta llegar al punto en el que la película realmente alcanza el punto de tensión narrativa adecuado; pero cuando esto sucede, entonces el filme remonta el vuelo de manera muy efectiva.
La trama es complicada. Por esquematizarla un poco, Emily es una mujer que lo tenía todo hasta que su marido fue detenido y encarcelado por un chanchullo económico. Ahora ha vuelto a la libertad e intenta rehacer su vida, pero Emily sufre una depresión que culmina en un intento de suicidio. El psiquiatra que la atiende en el hospital, Jonathan Banks, empieza a tratarla, y ante la falta de respuesta de otros medicamentos, le receta uno que, en principio, parece tener éxito, aunque como efecto secundario parece provocar de tanto en tanto algún ataque de sonambulismo. Es en el curso de uno de estos ataques cuando Emily mata a su marido. A partir de aquí empieza un juicio en el que el doctor Banks puede resultar muy mal parado (y su vida ya se está viendo afectada) ante la disyuntiva de que o bien Emily era plenamente consciente de lo que hacía o bien recetó un medicamento con peligrosos efectos secundarios.
Hasta aquí puedo explicar sin reventar la trama. Sólo decir que lo que empieza como un melodrama psicológico de depresión, en el punto en el que me he quedado en la explicación argumental la película da un punto de inflexión y se convierte en todo un film noir al que sólo le falta el claroscuro. Porque nada es lo que parece, y puede que la inocente Emily no lo sea tanto. ¿Problema? Pues que para llegar hasta aquí Soderbergh necesita unos excesivos sesenta minutos de los 106 totales de la película. Si se hubiese contado esta primera parte de forma más económica, el filme hubiese ganado en agilidad y no hubiese puesto a prueba la paciencia del espectador. Pero, eso sí, en cuanto se entra en el auténtico tema, se convierte en un thriller de primera categoría, con todos los pronunciamientos.

Tráiler:


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Jazz Porque Sí: Count Basie en el Americana Hotel de Miami (II)

Vamos a tener hoy una espléndida sesión de baile (porque para eso estaban en el Americana Hotel) con la orquesta de Count Basie; una orquesta de sonido reconocible de inmediato, y tal vez la única en poder competir (nunca rivalizar) con la de Duke Ellington.
Ya he dicho varias veces que, si hay que destacar algo aparte de la indudable calidad musical colectiva y solista de sus componentes, esto sería una elegancia que parece natural pero que fue el toque distintivo y muy trabajado de la orquesta; una sincronía total, que producía unos unísonos únicos en su género, con un funcionamiento preciso, sin que para eso se perdiera nada de swing; y ese sonido que le daba sabor y que era no sólo distintivo del Conde y sus muchachos sino de toda una época. Pregúntenselo si no a Jerry Lewis, que acabó siendo amigo de Basie y que utilizó a la orquesta en muchas de sus películas.
Lo que escucharemos en este pase de madrugada en el Americana Hotel será Let's Have a Taste; el muy conocido Moten Swing; tres temas vocales a cargo de Joe Williams con el acompañamiento elegante que siempre le daba la orquesta, You're a Memory; The Comeback; y Hallelujah I Love Her So. Y entonces, como cierre, el tema de marca de Basie, One O'Clock Jump, con un invitado que se marca un estupendo solo al principio, el gran trompetista Harry Edison.
Nos trasladaremos entonces a un estudio de grabación para escuchar un disco específicamente producido para el lucimiento del vocalista Joe Williams, que demostrará sus dotes como cantante melódico y como bluesman: What Did I Win; Cherry Red; Baby Won't You Please Come Home; y el gran éxito de Williams, de nuevo interpretado, Everyday I Have the Blues.
Atentos como siempre a los comentarios del Cifu, y déjense llevar por el ritmo bailable de la orquesta de Count Basie y sus muchachos. Que lo disfruten.



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La Tercera Expedición, de Ray Bradbury

Las historias del padre absoluto de la ciencia ficción poética siguen conservando una envidiable salud, y una persistencia en la memoria que dice mucho de la imaginación del maestro.
Es el caso de La Tercera Expedición, también conocida como ¡Marte Es el Cielo!, un relato perteneciente al ciclo de las Crónicas Marcianas que impacta a quien lo lee por primera vez, y conserva su magia en las siguientes lecturas, por su mezcla íntima de géneros y su lógica interna.
Situado dentro del ciclo en "Abril de 2000" (¡Qué tiempos aquellos del optimismo en la colonización de los planetas!), la tercera expedición a Marte llega a este planeta y se encuentra frente a una visión que no pueden creer: un pueblecito, idéntico a los de la América Rural, de hecho idéntico a los del Illinois del que proceden algunos de los tripulantes del cohete.
Pero no sólo el pueblo es idéntico en su forma. También lo es en los de los más queridos recuerdos de los tripulantes, y la nostalgia de la Tierra que esto impone hace que éstos abandonen la nave para comprobar de cerca que no están soñando.
No lo hacen, aunque sí hay algo de ensueño cuando se encuentran con sus seres queridos, vivos y ansiosos de recibirlos, viviendo en las casitas de madera. Marte es el cielo, concluyen, y allí es donde van a descansar las almas de las buenas personas que conocieron. Y ellos han podido, gracias a un viaje en el espacio, descubrir esta verdad y recibir el premio de volver a ver a abuelos, padres y hermanos largamente desaparecidos.
Pero no. Marte no es el cielo, y de hecho es un infierno en el que las visiones de ensueño se convierten en la peor de las pesadillas.
Bradbury había empezado su carrera de escritor como autor levemente lovecraftiano, ciertamente autor de cuentos de terror, y cuando redactó los relatos que acabarían componiendo su ciclo marciano no se privó de incluir algunos con regustos ciertamente macabros. Aunque, y esa fue su magia, imbuyó a esos relatos, situados en un lugar muy lejano en el espacio, de una nostalgia que está presente en toda su obra, de un paraíso perdido como el de la niñez, y del contraste entre la inocencia y la realidad. Construido con ese regusto poético por las definiciones de la vida sencilla, el hecho de que suceda en un mundo en el que la colonización de Marte está teniendo lugar no hace sino potenciar todos los elementos del relato, desde la nostalgia a la extrañeza, incluyendo ese final que es uno de los más originales que jamás se han escrito en la ciencia ficción.

(The Third Expedition o Mars Is Heaven!)
En Crónicas Marcianas
Planeta DeAgostini, col. Biblioteca de Ciencia Ficción
Barcelona, 2004 [1948; revisada 1950]

Texto en inglés de Mars Is Heaven!


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Butcher's Crossing, de John Edward Williams

El inexplicable olvido en el que cayó un estupendo narrador como John Williams va siendo reparado, aunque sea póstumamente, con las reediciones de sus obras en Estados Unidos y la edición por vez primera en nuestro país.
Si con August nos encontrábamos ante una novela histórica profundamente reflexiva para con la soledad del poder, en Butcher's Crossing, en un cambio de registro que al parecer no fue inhabitual en su autor, tenemos un western antiépico, una novela de iniciación y de rito de paso que en segundo término se ocupa de desposeer a un género americano excesivamente mítico de todo lo que de heroico sobreimpuesto tiene. No hace tantos años que la vida de Buffalo Bill era, en sus diferentes versiones, un libro juvenil que ensalzaba el mito de un cazador sacrosanto que, como un nuevo Hércules, triunfó en todas las pruebas a las que se sometió. Hoy, y aun respetando la figura del mito (que sabemos fue un poco o un mucho autoconstruido), sabemos que Buffalo Bill estuvo a punto de, si no él solo, contribuir a la práctica extinción del bisonte americano (y directa o indirectamente a la hambruna de las tribus indias). Que fuera alguien producto de su tiempo no lo exime del juicio histórico, y su comportamiento ya no debería ser ejemplo para nadie.
Viene el bisonte a cuento porque de esto trata, en un nivel, esta novela. William Andrews llega a Butcher's Crossing, un poblacho semiprovisional formado alrededor de la caza de búfalos, tras abandonar Boston, donde era estudiante de leyes en Harvard. Busca el contacto con la naturaleza, la comunión con los grandes espacios y (se trasluce) la épica del pionero, sea un cazador, un trampero o un buscador de oro. Esto queda claro cuando le es ofrecido un empleo como contable en la empresa que trafica con las pieles de bisonte, y que Andrews rechaza. Es, incluso en Butcher's Crossing, un empleo demasiado civilizado, demasiado parecido a la ciudad que ha renunciado a la naturaleza y que Andrews ha abandonado.
Pero sucede que el viejo oeste da sus últimos estertores. Es inminente la llegada del ferrocarril, y lejos están los tiempos en los que los bisontes cubrían la pradera hasta donde alcanzaba la vista. Los rebaños que quedan, cada vez más escasos, son de cuarenta o cincuenta cabezas, y aun así son cazados sin piedad.
Hasta que Andrews habla con Miller, un cazador independiente, tal vez la única figura de la novela que se aproxima a lo mítico. Él ha visto un valle entre las montañas de Colorado donde pace un rebaño de bisontes de centenares, miles de ejemplares. Un valle al que sólo él sabe llegar y que con tan sólo una expedición podría hacerles ricos.
Es así como empieza un viaje hacia un mito que se hace realidad, porque ese valle y esos bisontes existen. Pero es una expedición que a la vez es antimito y negación, porque su objetivo último es despoblar de búfalos el lugar, convertirlo en otro valle más, liquidar la esencia de las historias que Miller podría contar al calor de una hoguera. La inmensa contradicción de Andrews es que, huyendo de la civilización que niega la naturaleza, se ha convertido en agente civilizador, el pionero de la destrucción de lo natural.
Pero también es un viaje iniciático. En él descubrirá el trabajo manual, el hedor, los parásitos, el sufrimiento y la muerte. Y saldrá transformado de la experiencia. No sabemos si para bien o para mal, pero sí que sospechamos que su mirada ya siempre se dirigirá hacia el oeste.
Todo ello narrado con un estilo directo pero que no elude la reflexión, que describe pero da claves a la interpretación, que narra pero que también hace pensar. Un estilo equilibrado y apasionante, que lleva de la mano al lector hasta el fin de una antiépica, hasta la comprensión de lo que existió detrás del mito.

(Butcher's Crossing)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2013 [1960]

Existe edición castellana en Ed. Lumen

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John Williams
«Un dels millors llibres que s’han escrit mai sobre la naturalesa elusiva d’Occident.» Time Out New York  

Portada y sinopsis de la edición castellana