Elogio del escritor poco agradecido

Entre los absurdos que esta sociedad posmoderna crea (los presentadores de televisión que vociferan lo obvio ("Y ahora, ¡publicidad!"), automóviles que alcanzan los 300 km/h cuando el límite máximo son 120, cruceros de placer que se enorgullecen de que no verás el mar ni por casualidad durante toda la travesía, servicios de "atención" al cliente atendidos por máquinas) hay tres que han alcanzado una inflación ridícula.
Uno de ellos son los títulos de crédito. Según datos de The Observer Book of Film, en 1922, Nosferatu acreditaba 16 personas; en 2003, Matrix Revolutions le daba las gracias a 701. El Señor de los Anillos: el Retorno del Rey tenía unos créditos de cierre de nueve minutos y 33 segundos, e incluía el reconocimiento al artista maquillador de caballos. Los récords eran Once Upon a Time in the West (1968) y Superman (1978), con doce minutos de créditos, aproximadamente una décima parte de la duración de la película. Pero en 2006 el director Kevin Smith puso una lista de sus amigos en MySpace (163.070) en los títulos de crédito de Clerks II; por una vez la infame costumbre de las salas de cortar la proyección en los títulos no sólo tenía justificación, sino mi aplauso más sentido y caluroso.
Los otros dos fenómenos están emparentados entre sí. Terror de realizadores y aburrimiento del público, los discursos de agradecimiento de premios se alargan hasta lo que parece el infinito, agradecen a toda una retahíla de personajes obvios o desconocidos, familiares muertos o vivos e incluso a maridos o esposas de los que se divorciarán antes de tres meses. De porqué alguien que tiene la oportunidad de lucirse diciendo algo inteligente y brillante la desperdicia en un espectáculo indigno y vulgar propio de fiesta escolar es un misterio, pero por lo menos cabe justificarlo por la emoción del premio e incluso por la sospechosa sensación que puede atenazarles de que es por esta vez y no más (aunque uno supone que volverían a decir las mismas vulgaridades al año siguiente). Sin embargo, ante la frialdad del papel o la pantalla en blanco, sin haber ganado nada todavía, ¿por qué tener esta conducta?
Hace un tiempo estaba acabando una novela. Ya me sorprendió ver que el ritmo era muy acelerado en comparación con las páginas restantes, pero... El caso es que la novela terminó y todavía quedaban páginas por leer. Esperando un epílogo, volví la hoja. Y me hallé ante los agradecimientos. Seis páginas de gente a la que el libro le debía algo. Si cada nombre citado había dado impulso como mínimo a una página de la novela, más de un tercio de la misma no era propiedad del autor.
Lo que empezó como una nota breve de gratitud a alguien que había descubierto los arcanos, por lo general profesionales, de algo incluido en la novela, se ha convertido en un exceso verbal de peloteo a todo aquello que se mueve en el ámbito del autor. El nadir de semejante costumbre (y lo que ha motivado esta, digamos, expansión por mi parte) me lo he encontrado hace dos días en Muerte Prematura, de Peter James: Después de agradecer a 16 policías y 6 forenses, patólogos y similares, 8 misceláneos, 27 editores y agentes (!), y antes de hacerlo con su esposa (a la que dedica también el libro, por cierto), y a los lectores (¡de nada!), James escribe, y cito textualmente: «Gracias como siempre a mis fieles perros Bertie y Phoebe, que siempre parecen presentir cuándo necesito salir a pasear..., pero que aún no han aprendido a prepararme un martini...» Ja, ja.
Para acabar de irritar a los lectores, y puesto que nadie parece interesado en leer semejantes memeces, la última costumbre editorial parece ser trasladar los agradecimientos del final al inicio del libro.
Es evidente que este hábito terminará cuando uno de los agradecidos "sin cuya ayuda este libro no hubiera sido posible" se plante en un juzgado y exija su parte de los beneficios... y la consiga. Mientras llega ese momento sublime, déjenme elogiar a esos autores discretos que, llegados al caso de demostrar amor o agradecimiento, se limitan a dedicar el libro explicando o no los motivos; a aquellos autores decentes que, si tienen que agradecer la ayuda recibida, lo hacen mediante un ejemplar firmado y dedicado de puño y letra (y a ser posible entregado en mano y con invitación a una copa). A esos autores elegantes que entienden que el agradecimiento es más sincero cuanto más personal y privado que no el incluir a alguien en una letanía de nombres que sólo son una molestia para el lector y un formalismo vacío.
A todos ellos mi agradecimiento por su contención y respeto.
Y en cuanto al perro, señor James, dele una galleta. Estará más contento.

btemplates

8 comentarios:

Juan Pablo Cozzi dijo...

Jajajaj Muy cierto! Estoy de acuerdo con los créditos de las películas. Ese sí es un trabajo colectivo que debe reconocerse. El teatro es más mezquino en ese sentido, hay mucha gente que trabaja para grandes o medianos directores y no aparece en ningún crédito.
Pero si Borges hubiese tenido que poner créditos a su obra, tendría que montarse otra biblioteca de Alejandría sólo a esos efectos.

Asterión dijo...

Texto muy entretenido, y muy acertado.

En la música, por lo general no se consignaba nada. A lo sumo el nombre del artista, los créditos de compisición, la compañía y sí el productor era un nombre muy grande, pues eso, su nombre. Aún para 1967 era impensable indicar el nombre de los ingenieros de sonido. Cuando Martin sugirió poner el nombre de Emerick en la portada del "Sgt. Peopper" los jefes se escandalizaron y lo vetaron. Luego fue cuestión de tiempo y empezaron a crecer las listas. Los álbumes de rock de los 80 y 90 son el mejor ejemplo. Sin embargo, luego ha venido disminuyendo esta tendencia, especialmente, de nuevo, desde Inglaterra. Para muestra los álbumes de Radiohead.

En el caso de las películas, soy de esos que se quedan hasta que terminan los créditos, pero claro, a veces son infinitos. Terrible resulta cuando espero los créditos para saber el nombre de una canción, y en el tele la letra se ve tan pequeña que de nada sirven los cinco minutos dedicados a tal labor.

Los agradecimeintos son imortantes, fundamentales, pero cuando delatan ciertos males de esa "posmoderniad" que señalás sí que estamos frente a un problema.

Y bueno, para cerrar, ¿has visto la lista de créditos del "Chinese democracy", de Guns N´ Roses?: eterna.

Saludos

Lluís Salvador dijo...

Hola, Juan Pablo:
El problema de los créditos en las películas es que están los sindicatos detrás, con lo que se está obligado a poner a la gente que ha trabajado en ella (aunque sea el chico que va a buscar los cafés). En el teatro el problema es otro, y es cierto divismo. Pero cuando menos se ha tomado la costumbre de hacer saludar a los miembros de la tramoya... Y los saludos son tan breves como el olfato indique si al público le ha gustado o no.
Pero en literatura... Aunque el ejemplo que pones de Borges es enormemente estimulante. Unos agradecimientos escritos por Borges tengo toda la impresión de que convendría leerlos a toda costa. Como siempre, todo es cuestión de brillantez intelectual. Ese tipo que agradece a 27 editores y agentes (una cifra que todavía me resulta inconcebible) carece de ella.
Un saludo cordial!

Lluís Salvador dijo...

Hola, Gustavo:
Voy a buscar de inmediato el Chinese Democracy y comprobar lo largo de la lista (no, no por masoquismo; sólo por constatar el fenómeno).
Yo también me quedo a ver los créditos. Pero si hubiera estado viendo los de Clerks II no sé si hubiera quemado el cine. (Aunque no sé para qué digo esto, si aquí en España cortan la proyección en cuanto aparece la palabra FIN, sea Clerks II o Ciudadano Kane.)
Y agradecer es algo que se ha hecho siempre: las dedicatorias, a veces enigmáticas, son algo muy personal entre el escritor y el dedicado, que se hace público con todo el sentimiento del acto importante. Pero si tienes a alguien que no es tan importante como para dedicarle el libro, tampoco tiene que serlo para figurar en la lista de agradecimientos.
Sucede que alguien hizo esto y la cosa se ha convertido en costumbre. Y ahora, o le agradeces a tu agente o quedas mal. ¡Por favor! Tu agente agradece el 15% que cobra por tu trabajo y a veces hasta el suyo que ejerce en defensa y promoción del escritor. Salvo que haya tenido que soportar al autor en esas crisis de inseguridad que acometen a los escritores (y entonces dedícale el libro, caramba!), se da por supuesto que cumple con su trabajo con eficacia y dignidad.
Estoy a la espera de que un editor ponga sus propios agradecimientos en el libro. Y el impresor. Y el fabricante de papel.
Y es que, o jugamos todos, o rompemos la baraja.
Un saludo!

Germán Hernández dijo...

De Antología!!!:

"Es evidente que este hábito terminará cuando uno de los agradecidos "sin cuya ayuda este libro no hubiera sido posible" se plante en un juzgado y exija su parte de los beneficios... y la consiga."

O bien para un buen cuento de corte kafkiano.

Saludos!!!!

Por cierto, hay algunas dedicatorias particularmente notables como por ejemplo la de Jorge Guillén en su obra Cántico, recomiendo leerla...

Mannelig dijo...

Hombre, precisamente estuve leyendo la semana pasada la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams, que según su fama debía de ser el no va más. 290 páginas.

Llego a la 190 y... se acaba. ¡Anda! ¿Y el resto? Hasta la 216, epílogo panegírico sobre cómo se rodó una película basada en la historia, redactado por el productor ejecutivo. Una página adicional incluye el reparto de actores. De camino a la 286, el guionista (que no el autor de la novela) se explaya entrevistando a los protagonistas, quienes a su vez, emocionados, ofrecen largas respuestas a cuestiones como "¿qué momentos destacarías del rodaje?" Tampoco olvida entrevistarse a sí mismo. Y finalmente, la ficha técnica con los encargados del atrezzo, ayudantes de atrezzo, maquillaje, foto fija, "catering"... Justo antes del índice, unas cuantas direcciones de Internet.

Alcancé hasta la tercera página del productor ejecutivo. Y no, no pienso ver la película.

Lluís Salvador dijo...

Hola, Germán:
Será en los Estados Unidos, seguro, país de litigantes y abogados. Y entonces arderá Troya. Desaparecerán hasta las dedicatorias, no se le agradecerá nada a nadie, se harán contratos prematrimoniales en los que se especifique que cuando un escritor diga, de palabra o por escrito, que sin su esposa o esposo nada sería posible, ésta o éste no debe tomárselo al pie de la letra sino como una forma de hablar, una exageración y, además, que tampoco hay para tanto.
Y respecto a las dedicatorias, esas son el terreno lícito del autor. Puede dedicar a quien quiera, como quiera... y generalmente los grandes escritores suelen hacerlas brillantes, o sentidas, o sencillas, o poéticas. Y hasta divertidas.
Nigel Barley, en El Antropólogo Inocente, tiene una de las mejores dedicatorias que he leído jamás; dice así: "Al Jeep"
Un saludo cordial!

Lluís Salvador dijo...

Hola, Mannelig:
¡Caramba! No conocía esa edición (bastante ful, por lo que cuentas) de la Guía del Autoestopista Galáctico. Y todo eso que me he ahorrado. La cuestión es que, en el mundo de la edición, a veces parece que nos movemos en el siglo XIX pero aparentando que estamos en el siglo XXI. Si se incluyen direcciones de internet en el libro, ¿por qué entonces sobrecargar el libro, gastar papel y tinat y la paciencia del lector con la ficha técnica completísima? Para eso está, por ejemplo, IMDB. Y si no, el guionista de marras puede organizar su propia página web y allí extenderse cuanto quiera.
Otra cosa es el material complementario ese que se incluye. Con Douglas Adams criando malvas prematuramente, supongo que esta aberración no habrá sido autorizada por él. Es decir, que vuelve a ser un truco para vender el mismo producto por segunda vez, pero más caro. Un hecho no infrecuente.
Y yo tampoco he visto la película. De hecho, tal vez porque la serie del autoestopista galáctico me provoca sentimientos contradictorios. Al lado de golpes de humor y argumentales geniales, hay otros que son abismalmente malos para mi gusto, sin contar que jamás logré no ya empatizar, sino tragar a Ford Prefect. Lo cual quiere decir que debo, para encontrar los fragmentos que me encantan, pasar por demasiados trozos que me aburren o irritan. Por eso me da pereza releerlo.
Pero, eso sí: ¡Viva Marvin, el androide paranoide!
Un cordial saludo!