The Pear-Shaped Man, de George R. R. Martin

En Demons & Dreams. The Best Fantasy and Horror 1
Legend / Century Hutchinson
Londres, 1989 [1987]
Ed. por Ellen Datlow y Terri Windling

Martin, que parece haber alcanzado la gloria (por lo menos, la gloria del best-seller) con Juego de Tronos, no es un desconocido para los aficionados al género. Supimos ya que tenía que prestársele atención cuando apareció El Sueño del Fevre (Fevre Dream), una novela de vampiros situada en el ambiente de los barcos del Mississippi. Después fuimos familiarizándonos con sus relatos, que poseen una rara imaginería al servicio del argumento.
El Hombre en Forma-de-Pera es un particular descenso a los infiernos de su protagonista, Jessie, que sufre lo que parece una admiración descarada, que entra prácticamente en el terreno del acoso, por parte del vecino del sótano del inmueble al que se acaba de mudar. Ese hombre en forma de pera, convenientemente descrito en los dos primeros párrafos del relato, obeso, extraño, recluso, que se alimenta exclusivamente de coca-cola y ganchitos de queso, provoca una repulsión casi cómica; hasta que la comicidad se pierde y sólo queda la repulsión.
El género del terror funciona a tres niveles, que varían su efecto mediante la ejecución. El horror, ese sentimiento de angustia inenarrables, que se forma en la mente del receptor catalizado por la historia; es el sentimiento más sublime, el más artístico, creado más por implicación que por declaración, como, por ejemplo, en La Pata del Mono, de W. W. Jacobs. El terror, que funciona por declaración, una historia que el receptor recibe y le hace empatizar con los efectos que provoca; y la repulsión, un hecho aberrante que, sencillamente, transgrede los límites de lo aceptado como normal y provoca rechazo.
No hay motivo para declarar que un nivel es mejor que otro, salvo en la dificultad que conlleva cada uno en su creación, siendo el horror, como ya he dicho, el más difícil, y la repulsión el más fácil.
El cuento de Martin es uno que parte de la repulsión, pero su mérito radica en no quedarse en la mera fuerza bruta del asco o lo bizarre para conseguir su efecto, sino elaborar y combinar sus elementos para llegar a su final. Como, por ejemplo, convertir unos ganchitos de queso en objetos de inquietud.

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