Joyeux Anniversaire! (I)

Firma invitada: LUIS MORENO VILLAMEDIANA

Hace unos días, el joven belga Louis Brun-Villemoyenne, alias Tintín, cumplió ochenta años. En realidad ése no es su nombre, pero debería serlo; al fin y al cabo “Louis” viene de hluot, gloria, y weg o wig, batalla, y así se llaman los combatien­tes gloriosos y los guerreros ilustres, como él. Tampoco es tan joven: esa sucesión de semanas y meses debe traerle un susto a quien haga el recuento. No es difícil imaginarse el cansancio de Tintín ni su confusión al tratar de recordar todos los paisajes, todas las aventuras, todos los malhechores que ha encontrado desde aquel 10 de enero de 1929. Lo admirable, dice uno, es que en ese tiempo apenas se le haya alterado el peinado —tercamente rubio, tercamente soberbio en la pollina. En su viaje inicial al país de los soviets, el fulano llevaba sobre la frente un asomo, algo torpe, de ese estilo, lo que demuestra que tanto su dibujante como su coiffeuse terminaron por aprender mejor sus labores. La silueta que le conocemos es un poco más reciente, pero la manera de sortear los riesgos prácticamente es idéntica, como si desde la travesía preliminar Tintín supiera cuáles son los movimientos necesarios para esquivar las balas, quitarle el revólver al gángster, demolerlo y llevarlo a prisión. La suya es una maña bastante prematura. Podría concluirse que ese dominio del cuerpo y su entorno es una forma casi congénita de las artes marciales, una adaptación darwiniana a los peligros de una profesión raras veces ejercida —quién puede dudar que Tintín sea más reportaje que corresponsal.
De niño no fui fan de esa historieta; no sé cuántas pude leer en esa época, no recuerdo ninguna. Para mí, la infancia es el dominio de otros personajes, más sentimentales o cizañeros, muchos de Walt Disney. No debo lamentarlo: no me convertí en un adolescente, primero, y en un adulto, después, positivista; no creo en la perdición acelerada por unos hábitos primarios, convertidos en inevitables antecedentes de una posible depravación contemporánea; no comulgo enteramente con la noción de lastres inconscientes. Supongo que aquellos fervores se pueden recordar sin subordinación. Tintín me llegó tarde, es cierto, con su aire de extraña película muda repleta de lenguaje. Nunca he probado a nada más mirar esos libros, con la omisión de los recuadros que anuncian los hallazgos de la conversación y las noticias. Tampoco voy a hacerlo. Para mí es ahora suficiente esa observación marginal, la hipótesis de un nexo con los desafueros que filmaran, años antes, otro Louis, Louis Feuillade —un Louis más real— y el supremo Fritz Lang. Es una relación que se funda, por ejemplo, en la perfección de los cronómetros: la coincidencia que sigue a algún evento está medida como si fuera en verdad un acto de gracia, meditado y definido, oscuramente, por el dios de una policía cavernícola. La salvación es así de rebuscada y feliz. Es la coincidencia de Buster Keaton, pongamos, y no la de Paul Auster: es gestual, no metafísica. Cuando uno piensa que el destino de Tintín tiene que ser la muerte, aparecen Milou o los detectives tontos o el capitán borracho y lo inevitable se vuelve lo evitado. Es una paradoja montada con la coreografía de una comedia en serie; sin música, eso sí.
Igualmente unen los libros de Tintín a aquellos filmes la incongruencia de su amplitud y su economía narrativa. Los bandoleros de Les vampires de Feuillade se desplazan por todo París y los suburbios con el convencimiento de que el mal requiere la ocupación de cada distrito disponible. Los crímenes ocurren en las habitaciones de la pequeña burguesía, en estaciones de tren y en campanarios de provincia, en las bodegas de las vinaterías, en antros desertados, en bares populares y residencias veraniegas. Esa complejidad resalta el crecimiento de una sociedad que celebra lo moderno y a la vez advierte sobre sus infortunios. Allí existen sin el asombro de la novedad el teléfono y el servicio de mudanzas, pero con ellos, también, la transmisión de códigos de guarida a guarida y las trampas del desalojo súbito. Pero todo se cuenta con la disposición y la urgencia de un condenado a muerte, entre cada fragmento hay una dependencia de causa y efecto casi desprovista de torceduras o incisos. El escenario de Tintín es más completo. Sus itinerarios requieren la organización de marchas transatlánticas, de agentes de viaje que no llegamos a ver pero actúan, el concurso de aeroplanos, ferrocarriles, camiones, bicicletas… La variedad en esa obra es más temeraria que en sus antecedentes cinematográficos. Las transgresiones que le toca enmendar a Tintín ya se han metastaseado; su planeta es orgánico y ha sido corrompido impíamente. Tintín es un héroe global, el primer advenimiento, quizá, de un ciudadano que no precisa carnet de identidad porque toda nación lo admite como indígena. A pesar de su eventual racismo y de su fenotipo, el periodista belga es una galería de costumbres arrogadas y exhibidas como originarias. Y también notamos en sus expediciones la procesión de imágenes que se suceden sin mayores desvíos, con la dialéctica de lo imprescindible, de la acción y el reflejo. La vastedad del mundo y sus desventuras se relata con premura y confianza en el ahorro, de ahí que antes de acabar de leer la primera página de un libro de Tintín sepamos que alguna estafa o infracción lo acecha. Es la ventaja de entrar a un universo que ha olvidado su inauguración en el paraíso.

© 2009 Luis Moreno Villamediana, todos los derechos reservados.

Esta entrada apareció originalmente en el blog Humor Vagabundo, el 14 de Enero de 2009

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8 comentarios:

Lluís Salvador dijo...

Luis Moreno Villamediana, autor de este artículo (que tendrá segunda parte) se define a sí mismo como:
"Venezolano. Virgo. (Nota del Autor: Ha publicado los libros de poemas “Mares que restan” (1992), “Cantares digestos” (1996), “Manual para los días críticos” (2001), “En defensa del desgaste” (2008)) (Otra nota del Autor: Al Autor le parece ridículo que algunos críticos hayan hablado de “la muerte del Autor”. Nada más falso; el Autor está muy vivo y piensa seguir así hasta el final de sus días.)"
Aparte de ello, es mantenedor del blog Humor Vagabundo, y coautor del blog 500 Ejemplares.
El motivo por el que su artículo sobre Tintín me cautivó fue porque se trata de una reflexión no desprovista de una suave melancolía sobre el personaje, pero a la vez desmitificadora; es decir, con una objetividad subjetiva (que me encanta particularmente). Y, por descontado, como en todas mis firmas invitadas, con un discurso que, para serles francos, envidio.

Asterión dijo...

Lluís, Lluís: siempre he dicho que Internet sirve para puros engaños, y te has dejado embaucar por tu tocayo. Realmente no tengo buenas referencias de este joven escritor venezolano (nótese que digo joven para rebajar sus méritos, que no sé si tenga; no para rebajar su edad, que ya es mucha).

Ahora no estoy seguro de que sea buena idea seguir visitando este sitio, porque deja mucho que desear.

Además, hablar de un personaje de tiras cómicas no es de “intelectuales y poetas verdaderos”, es de gente sin oficio, dedicada a tocar las maracas y que no atiende consejos de su abuelita.

Anónimo dijo...

Anónimo costarricense:

Asterión, se te nota la envidia por no poder escribir tu artículo con esa soltura y calidad de este respetable señor Villamediana.

Lluís, me parece muy bien que tengás a Luis como firma invitada, y concuerdo con lo que decís sobre él.

Anónimo dijo...

Anónimo venezolano:

Era vecino de Luis, en Maracaibo, y cuando jugábamos fútbol, si perdía estallaba la pelota, o se la llevaba cuando era de él.

Y es cierto, no escuchaba los consejos de su familia, por eso ahora es poeta y solo anda con malas juntas.

Carolina dijo...

Ya vinieron las malas juntas a embonchicharle la casa a Lluís Salvador. Ten paciencia Lluís porque lo que viene son comentarios maliciosos, y agradece que el cuatrero debe estar demasiado ebrio en Caracas, celebrando el bautizo de su novela, porque de lo contrario ya estaría en este lugar azuzando al resto de este grupo de mal portados.
Gracias al anónimo de Maracaibo he logrado dar con mi afinidad con el Villamediana: cuando era niña y perdía en el juego de Damas, agarraba el tablero con todo y fichas y me iba no sin antes soltar la odiosa expresión: "el juego es mío".

Víctor dijo...

Lluis:

Excelente selección de la prosa de Luis.

Te hago saber que Luis Moreno Villamediana siempre ha sido una persona respetuosa. Su comportamiento en los partidos de fútbol que perdía, se debió a su admiración por Aaron Nimzovich, ajedrecista que una vez perdió una partida y lanzó el rey contra la pared. A Luis le pareció que lo temperamental le luciría bien y adoptó la pose.

Lo de Carolina en el juego de damas era, en cambio, simple berrinche, y lo aprendió en la escuela, donde todavía esperan que devuelva los 182 tableros que se llevó para no dejar evidencia de su pésima habilidad con las fichas.

Lluís Salvador dijo...

Hola a todos:
Bien, no sé sobre el comportamiento de Luis en su infancia y primeros pasos hacia la madurez, pero lo que sí estoy viendo es que comparecer por aquí, no ha comparecido (a menos... pero no, no sería capaz de firmar anónimamente para halagarse, o incluso, curiosa y sutil estrategia, denostarse para así provocar el halago).
De modo que el fuerte lo defiendo yo...
Gustavo, Gustavo... Es posible que me haya dejado embaucar como ingenuo y cándido que soy... Sin embargo, y debido a estas características y a esa honestidad que me caracteriza, no tendré en cuenta tus palabras y seguiré adelante con mi proyecto (todavía no anunciado, sigo trabajando en la sombra, mwaah-ha-ha!) de enredarte... digo... pedirte una colaboración a ti. Estoy seguro de que eso compensará las deficiencias de calidad que hayas encontrado en el blog (jejeje). Sobre todo si eres budista y crees en el Karma. Un admirador de Paz como tú debería tenerlo en cuenta y no dejarme cargar a solas con esta colaboración de Luis y equilibrar el registro estocástico o cómo se llame.

Anónimo costarricense: ¿A que sí que es buena la colaboración? De gustibus non disputandum, pero ya me hubiera gustado haberla escrito yo (ahora que Asterión no nos oye; debe estar obnubilado pensando en qué le voy a pedir y sobre todo en la profunda emoción de publicar en este blog).

Anónimo venezolano:
Bueno, ¿y qué iba a hacer si la pelota era suya? Yo también me la hubiese llevado, ganando o perdiendo, o si no no iba a ganar mi familia para balones... En cuando a estallarla, depende de quién fuera la pelota, podría constituir una prueba de valor físico y moral.
Y en cuanto a ir con malas compañías y no escuchar los consejos familiares... no he conocido poeta que lo sea por recomendación familiar. Y de hecho creo que para ser poeta hay que juntarse con malas compañías. (Y hacer otras cosas, pero no quiero que este blog sea señalado como de contenido inadecuado, de modo que las obviaré. Pueden haber niños leyendo [¡qué tontería esta! ¡niños leyendo! ahora me he hecho gracia]

Carolina: suerte que tú siempre aportas juicio al debate. Pero, una curiosidad nacida epistemológicamente de lo anterior: ¿cuando ganabas regalabas el tablero? En todo caso es una buena afinidad esta, aunque no sé cómo resolverán las disputas entre sí cuando hay un perdedor...

Víctor: ¡Cuánta razón tenía Nimzovich, ese creador de defensas! El reglamento del ajedrez indica que se puede tirar el rey, pero no indica en ninguna parte las obligaciones de cómo hacerlo. De modo que, de perdidos al río (o al balón para casa), mejor hacerlo con elegancia y estrépito que no de forma rastrera y ruin.
182 tableros... En realidad, no creo que fuera así. Debía ser un pretexto, lo de perder la partida, para embaldosar a base de parqué escaqueado una habitación... Bueno, con 182, un apartamento, mínimo...

Anónimo dijo...

Gracias Lluís por añadir este homenaje a Tintín y de paso gracias a Luis Moreno Villamediana. El personaje creado por Hergé que para mí ya forma parte de la Literatura con mayúsculas.

Un saludo,

Susana