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The Monuments Men, de Robert M. Edsel

Durante la Segunda Guerra Mundial se produjo el mayor expolio y destrucción de obras de arte de la historia. La destrucción puede ser tildada de inevitable, con muchas dudas respecto a algunas acciones, que podrían haber sido evitadas sin que los argumentos sobre el ahorro de vidas humanas o el de acortar la guerra fueran fundamentales (el caso clásico es el de la abadía de Monte Cassino, que ni estaba ocupada por los alemanes ni su destrucción facilitó la toma de la posición, antes bien, la dificultó). El expolio, en cambio, fue producto de una rapiña planificada y voraz, tanto por el estado nazi como por los individuos que medraron en él, y la magnitud de lo robado fue enorme.
Si creen que la historia del hallazgo y preservación de estas horas se hizo gracias a que el G. I. Joe, el Tommy o el Poilu de repente hallaban un retablo y se quedaban extasiados ante su belleza, se equivocan. Los soldados y sus mandos inmediatos ciertamente estuvieron atentos a estos hallazgos, pero fue gracias a que, por parte de los Aliados, se constituyó una unidad específica destinada a encontrar, recuperar y preservar estas obras de arte, los Monuments Men. Este libro narra la historia de esos hombres, una historia única, puesto que jamás ha vuelto a organizarse una unidad semejante (y probablemente gracias a ello se ha producido el gran robo de arte de los museos de Iraq, por ejemplo).
Lo primero que sorprende es la escasez de personal, los pocos hombres con que contaba esa unidad. Y si hubo escasez de tropas, quiere decir que hubo escasez de medios, por no hablar de escasez de voluntades, al menos en sus inicios; tanto que lo prodigioso es que se rescatara tanto por tan pocos.
La tarea que tuvieron que acometer fue titánica. Tenían que designar monumentos a preservar durante el desembarco y el avance aliado. Tenían que catalogar lo robado de los museos; tenían que ocuparse de lo robado a coleccionistas privados; tenían que interrogar a funcionarios y prisioneros de guerra para intentar averiguar el paradero de los sustraído. Una vez en Alemania, tenían que encontrar estos depósitos de arte, y además de lo expoliado, también tenían que ocuparse de lo que pertenecía legítimamente a Alemania, y conservarlo para el futuro.
En ocasiones, tuvieron que hacerlo bajo el fuego, en primera línea. En otras, contrarreloj ante la amenaza de que pusiese en marcha el "Decreto Nerón" de Hitler de no dejar nada en pie, devolviendo a Alemania a la Edad Media. Cuando encontraban alijos, su preocupación revertía a los daños que hubieran podido sufrir las obras de arte en las condiciones de conservación precarias que existían en las minas de sal o carbón en las que estaban almacenados.
Es una historia fascinante, y si bien podía haber sido mejor narrada (un problema de estructura del libro, que dificulta un tanto la fluidez de la narración), es un relato que tenía que ser difundido. No en vano buena parte de lo que hoy contemplamos en los museos fue rescatado por esos hombres. Sólo en la mina de Altaussee se hallaron 6.557 pinturas, 230 dibujos y acuarelas, 954 grabados, 137 esculturas, 122 tapices y 1.900 cajones de libros o similares, entre otras cosas. Ese patrimonio rescatado se lo debemos a ellos, que fueron sus albaceas en tiempos de guerra, y que lo legaron para que lo disfrutásemos y, a ser posible, para que aprendiésemos más cómo hacer la paz y no la guerra.

(The Monuments Men)
Eds. Destino, col. Imago Mundi
Barcelona, 2012 [2009]

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La fascinante aventura de los guerreros del arte que impidieron el expolio cultural nazi.

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Mille Anni Che Sto Qui, de Mariolina Venezia

Hace Mil Años que Estoy Aquí cuenta la historia de una familia de la región de Basilicata, en el sur de Italia, y a través de ella la historia del país desde la Unificación de Italia hasta la caída del muro de Berlín. Las historias de sus personajes se entreveran con los hechos históricos y así se hacen metáforas de los cambios sociales y políticos, siempre contra el fondo común de un paisaje que cambia, pero a menos velocidad de lo que lo hace la nación.
En absoluto está mal escrita; tiene historias interesantes, anécdotas divertidas y vivencias trágicas. Hay frases que tienen una especial brillantez y en suma no se le puede reprochar nada a esta narración estructurada y bien escrita.
El problema es otro. Así como en la música, desde la aparición de "I Got Rhythm", los compositores se lanzaron a hacer versiones, reversiones, perversiones, parodias, nuevas composiciones basadas en las armonías del tema, hasta llegar a un punto en el que el anuncio de una de estas nuevas versiones provocaba un gemido de sufrimiento en el público, esta estructura narrativa de la historia familiar como metáfora de la historia de un país ha tenido una sobreutilización desmesurada.
Yo, particularmente, debo haber leído un centenar de estas sagas que siguen la marcha de la historia, y ya ha llegado un punto en el que, buenas o malas, estoy cansado de este esquema repetitivo. De hecho, leyendo esta novela de Mariolina Venezia, no dejaba de imaginarme a mí mismo como miembro de un jurado ante el que desfilaban de continuo familias enteras en las que un miembro de las mismas tomaba la palabra para enunciar: "El bisabuelo era muy estricto. Pero la razón de esta rigidez era..." Y así, una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.
Desearía que fuera motivo de reflexión para los escritores, sobre todo los noveles. Sin duda es tentador aprovechar las historias familiares que se han escuchado, pero el modelo no está agotado literariamente, es que lo está físicamente. Pediría una moratoria de, no sé, cincuenta o cien años respecto de esta estructura narrativa. Hasta que resurgiera con bríos nuevos o hasta que descansara finalmente en paz. De lo contrario, tendríamos que acordar con los que claman sobre el fin de la novela que, si bien no es cierto que la novelística esté difunta, sí que las sagas familiares se arrastran por la narrativa como zombies a los que autores / houngans les insuflan una vida que no oculta la putrefacción del cadáver.

Einaudi Ed.
Turín, 200610 [2006]
Existe edición castellana publicada por Gadir Editorial 

Portada y sinopsis de la edición italiana
Portada y sinopsis de la edición castellana


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Ocho Hombres, de John Sayles

SESIÓN MATINAL 

(Eight Men Out); 1988

Director: John Sayles; Guión: John Sayles, basado en el libro de Eliot Asinof; Intérpretes: John Cusack (George "Buck" Weaver), Clifton James (Charles "Commie" Comiskey), Michael Lerner (Arnold Rothstein), Christopher Lloyd ("Sleepy" Bill Burns), John Mahoney (William "Kid" Gleason), Charlie Sheen (Oscar "Hap" Felsch), David Strathairn (Eddie Cicotte), D. B. Sweeney (Joseph "Shoeless Joe" Jackson); Dir. de fotografía: Robert Richardson; Música: Mason Daring; Diseño de producción: Nora Chavooshian; Montaje: John Tintori.

En las series mundiales de béisbol de 1919 se produjo un escándalo de compra de partidos que todavía perdura en el imaginario cultural americano. El caso es que los jugadores del White Sox de Chicago, que tenían todo para ganar a los Cincinnatti Reds en la serie de nueve partidos finales, yb por supuesto eran favoritos en las apuestas, empezaron a perder, a veces con disimulo, a veces bastante a las claras, de tal
manera que la investigación posterior que se produjo determinó que unos cuantos jugadores del equipo se habían dejado comprar por unos apostadores desaprensivos.
Esta película trata de este hecho, y John Sayles consigue un filme que combina tanto la emoción del béisbol como las diversas escenas entre bastidores, tales como la compra previa, la psicología de cada uno de los implicados y el juicio posterior.
El origen de todo fue la legendaria racanería del propietario del equipo, Comiskey, que era conocido por ser el que peor pagaba y el que descontaba del salario de los jugadores absolutamente todo. Pero lo cierto es que la película va más allá, y sobre todo presenta un fresco de los intereses que rodean al deporte, tanto por parte de los propietarios de clubes como de los apostadores que hacen negocio con ellos.
En un filme necesariamente coral, Sayles obtiene una película contenida, bien y sólidamente interpretada, impecable en el sentido de época y, a pesar de saber el final, con cierta intriga, fruto de la empatía que general con algunos de los "ocho hombres descalificados" que fueron exonerados en el juicio por los tribunales de justicia, pero condenados a no volver a jugar jamás al beísbol profesional por la Major League of Baseball.
Los apostadores, los clubes y todos los demás implicados, jamás fueron molestados, ni amonestados, ni condenados. Y la vida siguió. Salvo para esos ocho hombres, claro.
Tráiler:


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Jazz Porque Sí: Modern Jazz Quartet en Liubliana

Estamos de nuevo en una actuación en directo con el grupo más estilizado y elegante que jamás ha dado el jazz, el Modern Jazz Quartet, en su formación más representativa, con John Lewis al piano, Milt Jackson al vibráfono, Percy heath al contrabajo y Connie Kay a la batería.
Siempre que se habla del MJQ aparece la expresión "música de cámara", y lo cierto es que esa contención, la perfecta compenetración y el gusto por el barroco (debida principalmente a Lewis) hacen que parezca un grupo más de la así llamada música culta que no de un estilo expresivo y musical tan vital y asociado a los bares y vida ruidosa como es el jazz. Pero, hay que insistir, el MJQ tocaba jazz, y muy bien, como podrán escuchar. Se ha hablado de él como poseedor de swing "implícito" o "subyacente", y el Cifu prefiere hablar de swing a bajo volumen, pero swing hay, por descontado. E improvisación también. Y blues. Y... en fin, de todo menos estridencias. De manera que, como siempre digo, relájense y prepárense a escuchar una muestra sublime de un sonido aéreo y elegante, como nadie más supo interpretarlo en jazz.
Escucharemos The Little Comedy, una mini suite inspirada en personajes de la Commedia dell'Arte; The Cylinder, un tema precioso; A Social Call; How High the Moon (por supuesto, tocado con un estilo único); y Piazza di Spagna, incompleto. Pero sigan leyendo.


Seguimos con el Modern Jazz Quartet en ese concierto en Liubliana, y volveremos a escuchar The Cylinder, que no me extraña que el Cifu repita, porque es un tema fascinante; Colombine / Pulcinella; Piazza di Spagna, esta vez íntegro; y One Never Knows.
Y entonces entraremos en el estudio de la Norddeutsche Rundfunk, donde el MJQ grabó unas cuantas piezas: Vendôme; Venice; All the Things You Are; y el precioso tema composición de Milt Jackson, Bluesology.
Presten atención a los comentarios del Cifu, y que disfruten de un concierto de jazz de la máxima elegancia.


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No le Oigo, Señor, de Avram Davidson

Ya saben la veneración que este blog tiene por las historias de Avram Davidson, un autor al que sus colegas respetaban y admiraban y que nunca, sin embargo, alcanzó la popularidad que se merecía. Sus relatos son ingeniosos, imprevistos, cultos, sorprendentes y, en muchas ocasiones, humorísticos o irónicos.
En el caso del que nos ocupa hoy, es todo eso, y en su brevedad ofrece una historia que puede ser tildada de ciencia ficción, pero que más bien es una fantasía grotesca, muy en el estilo de las que gustaba de escribir.
Milo Anderson es un canalla, un estafador, un ladrón, y finalmente ha llegado al final de la cuerda. Sus trapicheos han hecho que el dinero obtenido con malas artes se haya esfumado, y en cambio las deudas que ha contraído no. Ahora espera la llegada de algún agente (cualquier agente de los muchos que le persiguen) que le obligue a pagar el préstamo, si no puede con dinero con la vida.
Y mientras busca en vano en esa casa algún cachivache que vender para apaciguar algo a sus acreedores, topa con un trasto robado, lo mismo que todo lo que antes contenía la casa, a un viejo coleccionista de arte y objetos raros.
Lo que esa cajita, una vez abierta, revela ser es un teléfono primitivo, muy anterior a la invención de Bell (sí, sí, me apresuro a añadir que hay fuertes dudas de que Bell no robara la idea y el aparato mismo, pero por el momento me ceñiré al tópico escolar). Pero es un teléfono muy peculiar. Sólo se puede hablar con los abonados que figuran en un listado anejo, y lo malo es que sólo se puede mantener una sola conversación con ellos. El primero de la lista es Washington, Geo., Gent., hacendado, Mt. Vernon, número Patriot 1-7-7-0. Y sí, se trata de George Washington.
Milo intenta ejercer sus artes de emabaucador con uno tras otro de los abonados, sin éxito. Hasta que, en el límite de plazo, y con el último de los listados, el abonado le envía por fin algo que puede mitigar su situación. El último abonado es el general Benedict Arnold, West Point 1-7-8-0. Claro que lo que le envía Arnold difícilmente va a satisfacer las necesidades de Milo...
El único óbice a este relato es que es necesario tener conocimientos de historia estadounidense, en particular de la Guerra de Independencia Americana, para captar todo el sentido. Pero es un inconveniente menor. Una consulta rápida a wikipedia permitirá al lector descubrir con rapidez que Arnold no es precisamente el personaje más preciado de la historia de los Estados Unidos. Podríamos decir que, en manos de Davidson, los canallas se han puesto en comunicación.
Por lo demás, un relato que empieza con una base profundamente realista se va exacerbando cada vez más hasta convertirse en una fantasía tremenda y genial, de lo más original e inesperada que se pueda encontrar.
Los lectores de Avram Davidson, sin embargo, no nos extrañamos. Es lo que este autor solía regalar a su público.

(I Do Not Hear You, Sir)
En Cuentos que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 1978 [1957]


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Cómo Escribir Relatos Policíacos, de G. K. Chesterton

«En cierta ocasión conocí a un hombre que se quedó sinceramente horrorizado al descubrir que yo escribía relatos criminales y que incluso los leía, y el incidente siempre me ha interesado porque fue la única persona a quien he conocido que después resultó ser un criminal.» Una frase como esta, llena de ingenio, deliciosamente expresada y con más carga de fondo de la que aparenta en realidad, justificaría por sí sola la lectura de este libro. Pero estos pensamientos eran típicos de Chesterton, y una y otra vez encontraremos en estos ensayos frases de este u otro cariz que merecerían ser citadas y antologizadas. La verdad es que G. K. Chesterton no fue sólo el autor de el Padre Brown, ni tan siquiera tan sólo un literato, sino un auténtico genio que vertía, en todo lo que escribía, una filosofía, un pensamiento, una visión del mundo que nos motiva a la reflexión y nos hace más sabios.
El presente libro no es un manual de escritura, sino una colección de ensayos y artículos que tienen como elemento común el de tratar del relato policial. Sin embargo, y en el aspecto técnico, no resultarán del todo inútiles al aspirante a escritor, aunque principalmente se dirijan a la forma del relato problema o detectivesco (aun cuando Chesterton intuye que el relato policial debería evolucionar hacia lo social, una intuición magistral realizada en una época en la que la novela negra no tenía ni tan siquiera una perspectiva de existencia. Una nueva muestra de la clarividencia del autor).
«Debido a una curiosa confusión, muchos críticos modernos han pasado de la proposición de que una obra maestra puede ser impopular a la proposición de que si no es impopular no puede ser una obra maestra. Es como si dijésemos que, como un hombre inteligente puede tener un impedimento en el habla, uno no puede ser inteligente si no tartamudea.» Chesterton fue uno de los pocos partidarios en su época de los relatos de detectives, que eran denostados desde su aparición, y uno de los pocos que no se avergonzó ni de escribirlos ni de ensalzarlos. Su propia ficción pervive como un hito del género, sólo por debajo (pero muy poco por debajo) del Sherlock Holmes de Conan Doyle. Su entusiasmo puede parecer desmesurado, sobre todo cuando se refiere a obras que ya hace tiempo duermen el sueño de los justos y que no merecerían ser reeditadas, pero cuando Chesterton defendía estos relatos lo que estaba en verdad defendiendo era una forma de narrar la lucha del bien contra el mal, un vehículo para ensalzar al ser humano en lo que tiene de bueno y decente, precisamente contraponiéndolo a los puntos más bajos a los que puede llegar.
Leer estos ensayos no es adentrarse en el género criminal. Es leer una filosofía de vida y de escritura, escuchar las opiniones bien razonadas de quien fue una de las primeras mentes de su época, es escuchar una apasionada defensa del ser humano y contemplar una mirada amable y comprensiva sobre los actos de la humanidad. Siempre con una expresión literaria deslumbrante y clara, llena de humor, que sorprenderá a quienes se acerquen a él pensando encontrarse con una antigualla del cambio al siglo XX, y que será, para aquellos que ya conozcan a Chesterton, como el reencuentro con un viejo y buen amigo.

Acantilado / Quaderns Crema
Barcelona, 2011 [varias]
Trad. de Miguel Temprano García

Portada y sinopsis


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Jefe de Estación Fallmerayer, de Joseph Roth

Joseph Roth, en apenas 57 páginas de pequeño formato y letra legible, escribe una historia mínima en apariencia; en realidad, cuando se termina de leerla y se reflexiona, hay mucho en tan poco texto.
Adam fallmerayer es un jefe de estación austríaco cuya vida, como la de los trenes cuyo paso controla, está perfectamente reglada. Se ha elevado a una posición funcionarial por encima de sus orígenes. Se casó por amor también por encima de su posición. Tiene dos hijas gemelas a las que aprendió a querer. Su vida es ordenada, estable, y nop parece desear nada más del destino.
Un día, se produce un accidente ferroviario en las cercanías, y cuando Fallmerayer acude a prestar auxilio, descubre a la condesa Walewska, rusa de los alrededores de Kiev, y queda fascinado al momento. Como precaución médica, la condesa es alejada en la vivienda de Fallmerayer en la estación, y allí la obsesión del jefe ferroviario crece.
Llega la Primera Guerra Mundial y Fallmerayer es movilizado. Destinado al frente ruso, la ocasión llega, para la que el ahora oficial del ejército se ha estado preparando a conciencia, aprendiendo ruso incluso, y se presenta en la mansión de la condesa. Ésta lo recibe al principio con turbación, pero es ganada por la inevitabilidada del amor que parece dominar a Fallmerayer. El marido de la condesa está dado por muerto en combate, Y Fallmerayer, sin un momento de duda, se hace cargo de la situación. Con la revolución rusa y la guerra, deserta del ejército, abandona sin mirar atrás a su familia y se dedica a hacer realidad el exilio de la condesa, acompañándola como marido y amante devoto.
Hasta aquí, más o menos, la mitad de la trama. Lo que nos cuenta Roth no es más que la historia de esta obsesión y la determinación de hacerla realidad. Hay que tener en cuenta que, cuando los acontecimientos llegan a su final, ni tan siquiera sabremos qué es de la vida posterior del exjefe de estación. Roth se preocupa más que de este amor loco, su consecución y su final.
Sin embargo, Roth no deja de jugar con los simbolismos y los paralelos. Una vida ordenada y metódica que cambia con una catástrofe ferroviaria, un cataclismo que tiene su igual en el ánimo de Fallmerayer. la vida, nos dice, no es previsible; igual que existen momentos caóticos, así pueden ser de caóticos los sentimientos. Y si el accidente provoca una mutación, también ésta está teñida por la locura, por la negación de todo. El ser humano no es más predecible que cualquier acontecimiento.
Este proceso de negación, de transformación, más que la historia de amor, es el motor de esta novela corta. Nos sorprende por su frialdad, por su método, por su marcha incesante hacia adelante. Fallmerayer no puede estar seguro de que la vida de acerque al lugar donde vive la condesa, ni de que esté precisamente allí, ni de que su marido haya desaparecido. Sin embargo, no deja de prepararse para ese día, con una obcecación que rayaría en la locura si no fuera por su método.
Sólo nos queda (último salto en el aire del autor) preguntarnos por cómos erá la vida de Fallmerayer una vez la historia se haya acabado y haya dilapidado (o vivido, no sé) dos vidas. 

(Stationschef Fallmerayer)
Acantilado / Quaderns Crema
Barcelona, 2008 [1933]

Portada y sinopsis


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La Dama de las Camelias, de George Cukor

SESIÓN MATINAL 

(Camille); 1937

Director: George Cukor; Guión: Frances Marion, James Hilton, Zoe Akins, basado en la novela de Alexandre Dumas; Intérpretes: Greta Garbo (Marguerite), Robert Taylor (Armand), Lionel Barrymore (Monsieur Duval), Henry Daniell (Barón de Varville), Elizabeth Allan (Nichette), Lenore Ulric (Olympe), Laura Hope Crews (Prudence), Rex O'Malley (Gaston), Jessie Ralph (Nanine), E. E. Clive (Saint Gaudens); Dir. de fotografía: William Daniels; Música: Herbert Stothart.

La historia de la cortesana que se enamora de alguien no tan rico como son los que acostumbran a mantenerla, y que tras encontrar este auténtico amor muere trágicamente de tuberculosis, un clásico universal ahora venido a menos, parecía el vehículo menos propicio para Greta Garbo. Sin embargo, esta película se sostiene gracias a ella, que llena la pantalla en cada aparición suya. No importa que a veces, esas poses de languidez, tan típicas del cine mudo y principios del sonoro (ya saben, el cuello echado para atrás para hablar con alguien, por ejemplo) distraigan la atención del espectador moderno. Lo cierto es que Garbo proporciona una sensualidad inusitada a cada plano en el que interviene. Acompañada por un elenco bastante calamitoso, a excepción de Henry Daniell, que borda un cínico y frío Barón de Varville.
Todo ello, en la exuberancia que en la Metro creían que era "estilo"; ciertamente lo fue en sus producciones, que llegaron a alcanzar tal lujo en su mobiliario y decorados, que resultaban vulgares (y esta película no es una excepción).
Una dirección tan excelente por parte de George Cukor que apenas se nota, aunque hay que fijarse en lo sutil de ese estilo de dirigir.
En fin, no una gran película, pero sí un gozo de interpretación, que fascina y obliga a seguir viendo el filme.

Tráiler:


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Jazz Porque Sí: Bob Crosby

Bob Crosby, sí; el hermano de Bing Crosby, el cantante y actor. Bueno, Bob CRosby no era tan buen cantante como su hermano, pero lo que sí un buen líder de orquesta. Con su big band o su grupo reducido, los Bobcats, hizo un jazz estilo dixieland muy alegre y bien interpretado.
Y, aunque sólo fuera por dos piezas, South Rampart Street Parade y Big Noise from Winnetka, su lugar ya estaría asegurado en la historia del jazz. South Rampart Street Parade es obligatorio en todas las discografías, y si bien tal vez no les sonará por su título, en cuanto escuchen los primeros compases lo reconocerán: ha sido usado, sobre todo en programas deportivos, intensamente. Big Noise... es un pequeño detalle de humor, y ya saben que siempre digo que el humor es consustancial al jazz, siempre que se haga con respeto a la música. Un respeto que percibirán de inmediato.
Los temas que escucharemos, en esta antológica de la orquesta de Crosby, son: Dixieland Shuffle (Riverside Blues); Royal Garden Blues; Little Rock Getaway; South Rampart Street Parade; Dogtown Blues; Panama; Wolverine Blues; The March of the Bobcats (interpretada por el grupo pequeño del mismo nombre); Big Noise from Winnetka; y I'm Free (What's New).
Presten atención a los comentarios del Cifu, y que disfruten.


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El Secreto de la Botella, de Gerald Kersh

Gerald Kersh es un autor conocido sólo por un puñado de aficionados al género terrorífico. Y sin embargo, por lo menos un par de cuentos suyos figuran en todas las historias del género que se precien. Uno de ellos es El Secreto de la Botella, también publicado a veces como La Botella de Oxoxoco.
El relato tiene un inicio enigmático. En un mercadillo mexicano, un hombre compra una botella de aspecto extraño, vidriada, antigua, sin duda, pero cuya función se desconoce. Esto sólo ya es bastante como para despertar la curiosidad del lector, pero lo mejor está por llegar. Tras varios años, y redescubierta en un trastero, esta botella se rompe y deja a la vista un extraño objeto, parecido a un cigarro puro y que resulta ser un papel enrollado.
Y aquí viene lo bueno. El papel en cuestión no es sino el último escrito de Ambrose Bierce.
El "Amargo" Bierce, que este blog ama y respeta, desapareció sin dejar rastro en 1914, en plena revolución mexicana, en lo que a veces se ha interpretado como un suicidio original (meterse en una revolución y lanzar la moneda al aire de si saldrás vivo de ella o no; al parecer fue que no, aunque nadie lo sabe con certeza). Un hecho que ha causado ríos de tinta entre los escritores y estudiosos, y otra novela de mérito: Gringo Viejo, de Carlos Fuentes.
En este papel, y después de brindarnos un introito supuestamente autobiográfico en el que Kersh demuestra que había entendido muy bien la ironía de Bierce, el propio escritor relata cómo, para evitar la llegada de Villa o Zapata, compra un burro albino y se adentra en la selva de Oxoxoco, donde se encuentra con una extraña mansión, que parece alejada del tiempo pero que alberga en su interior todas las comodidades de la vida moderna. Allí es recibido por su culto propietario, quien homra al gran escritor y le brinda hospitalidad.
Con qué propósito es esta hospitalidad, lo dejaremos para el lector que se acerque a este relato. Sólo remarcar que es un final tan grotesco (en el buen sentido, es decir, en el que le daba Poe) y tan extremo que sin duda hubiera complacido al propio Bierce.

(The Secret of the Bottle)
En Cuentos Que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1957]

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La Casa Infernal, de Richard Matheson

El tema de la casa encantada, como epítome y variante del "Mal Lugar" es un viejo favorito del género de terror. Sin embargo, cosa extraña, no existen muchas novelas centradas en este tema, por lo menos buenas. Lo cierto es que es difícil prolongar a la extensión de novela el tema, con lo que las casas malditas aparecen en nuverosos relatos y novelas cortas, pero parece que los fenómenos que concurren en esas mansiones no dan para mucho.
Con una casa encantada se puede matar de miedo al protagonista, por lo general en una noche (o hacer que salga de la mansión con el pelo blanco), o empezar a hacer trapisondas contra los incautos que entran en ella y que huyen a toda mecha, dispuestos a incrementar la fama de malignidad del edificio.
Sólo hay tres novelas de mérito que traten el tema: The Haunting of Hill House, de Shirley Jackson, con mucho la mejor y más literaria; The Amityville Horror, de Jay Anson, lastrada por la etiqueta de que no se trata de una novela, sino de un relato "real" novelizado; y La Casa Infernal, de Richard Matheson, con tal vez el añadido de The House Next Door, de Anne Rivers Siddons.
Para que esos citados incautos permanezcan el tiempo suficiente en una casa encantada, hay que encontrar un motivo para que, les guste o no, tengan que anclarse allí y soportar todo lo que la casa les quiera echar encima, a veces muy literalmente. En el caso de la novela de Matheson, la excusa la proporciona un anciano millonario, Rolf Rudolph Deutsch (¿resonancias tal vez de William Randolph Hearst y, por tanto, de Charles Foster Kane? Es muy posible), viéndolas venir, quiere estar seguro de si hay existencia más allá de la muerte, y por tanto encarga al doctor Barrett, un científico que estudia lo paranormal, pero de forma materialista (y que entrará en la casa acompañado de su esposa, como ayudante), una médium psíquica, Florence Tanner, y un médium físico y único superviviente de una antigua incursión, Benjamin Franklin Fletcher, que entren en la infame Casa Belasco, la más potente de las mansiones infernales, y diluciden el tema en una semana.
La Casa Belasco pronto se convierte en un personaje más de esta novela. Habitada en teoría por el espíritu de su demoníaco propietario, más una cohorte de servidores en el mal que murieron allí, es una presencia intangible, agazapada, que cuando se muestra tiene una potencia terrible, y eso es mérito del gran narrador Matheson.
Por supuesto, como ya hemos dicho, no sólo con fenómenos y poltergeists se puede mantener una narración semejante en tensión. Matheson entra muy pronto en la psicología de cada uno de los miembros del grupo, unidos en un objetivo pero en el fondo enfrentados, Barrett escéptico ante la permanencia de entidades psíquicas, Florence auténtica creyente en el más allá, y Fletcher asustado por lo que ya ha vivido en esa casa, de la que salió vivo de milagro, y por lo que puede hacer al grupo, con Edith Barrett como puente entre ellos.
Es una de las mejores novelas que se puedan encontrar sobre este subgénero, escrita por alguien que una y otra vez (Soy Leyenda; El Hombre Menguante) entró en el género con una inteligencia inusitada y una profundidad de argumentos que desmentían todas las leyendas de superficialidad de la moderna ficción de terror.

(Hell House)
Ed. Planeta / Minotauro
Barcelona, 2011 [1971]

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Minotauro recupera para su colección de clásicos una de las mejores novelas sobre casas encantadas del maestro del terror Richard Matheson

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Los Espías de Varsovia, de Alan Furst

Alan Furst escribe novelas de espionaje. Pero, a diferencia de las que hace John Le Carré, Furst prefiere situarse en la época "clásica", la Segunda Guerra mundial y su entorno histórico. Se evita así el desencanto de la profesión de espía, combatiente sucio en un mundo cuyos ideales son difusos, y en cambio aprovecha el período en el que luchar contra los totalitarismos fascistas, de la manera que fuese, era una forma de heroísmo.
No es que no existiera guerra sucia, entendámonos, pero si hasta el Smiley de John Le Carré hizo sus primeras armas en ese conflicto, y lo rememoraba como una era en la que la razón luchaba contra la inhumanidad, no podemos reprochar a Furst que, con todos los claroscuros que se quieran, sus protagonistas tengan una pátina romántica que parecía perdida en el género.
Hablando de romanticismo, algunos críticos sagaces han percibido muy acertadamente que en realidad, lo que Furst escribe son novelas de amor en el entorno de preguerra, un sentimiento que representa lo único luminoso en un mundo que se oscurece. Aunque es exagerado afirmar que el romance se sobreponga al espionaje, no está desencaminado. Tampoco es nuevo. Graham Greene escribía novelas de espías sólo en apariencia; en realidad, aprovechaba para escribir obras morales, sobre todo de ética cristiana, de manera que esta melange no resulta inusitada, sobre todo en un oficio en el que el fingimiento del amor es otra arma para conseguir información.
Pero todo esto son características, no valoraciones. Lo que cabe preguntarse es si, tras todo ello (que no es nuevo), esta novela merece la pena. Ya habrán observado que no he dicho nada sobre el argumento y, francamente, tanto da. Preocuparse por saber las mejoras de blindaje del cuatrolatas que era el Panzer I, cuando se conoce que los caballos de batalla serían los III y IV, es indiferente. Los grandes trabajos que el protagonista se toma para presenciar las maniobras de los tanques alemanes en la Selva Negra, cuando se sabe que los aliados no creyeron que los nazis avanzarían por las Ardenas, no provocan grandes emociones salvo las de la aventura, que sí están presentes. Lo que importa en la novela de Furst es el ambiente, la atmósfera de preguerra, la plasmación novelística de una época. Y ahí es donde Furst se luce, y por eso sus novelas se denominan como históricas de espionaje y las comparan con las del maestro Eric Ambler.
El ambiente diplomático de los años treinta, una Varsovia que oscila entre la confianza de la alianza con las potencias y la amenaza alemana, el juego de unos personajes en un mundo en paz pero que son plenamente conscientes del conflicto que se avecina, ese sentimiento de inmersión en la época es lo que hace de las novelas de Furst un apasionante viaje en el tiempo.

(The Spies of Warsaw)
Ed. Seix Barral, serie Alan Furst
Barcelona, 2009 [2008]

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Amor y espionaje en la mejor novela de Alan Furst.

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Una Giornata Particolare, de Ettore Scola

SESIÓN MATINAL 

(Una Giornata Particolare); 1977

Director: Ettore Scola; Guión: Maurizio Costanzo, Ruggero Maccari, Ettore Scola; Intérpretes: Sophia Loren (Antonietta); Marcello Mastroianni (Gabriele), John Vernon (Emanuele, marido de Antonietta), Françoise Berd (portera), Patrizia Basso (Romana), Antonio Garibaldi (Littorio), Alessandra Mussolini (Maria Luisa); Dir. de fotografía: Pasqualino de Santis; Música: Armando Trovaioli; Diseño de producción: Luciano Ricceri.

Una de las películas más conmovedoras que existen sobre la vida cotidiana durante el fascismo, esta película aúna el compromiso ideológico con la ironía, el humor y una profunda humanidad, lo cual no es extraño viniendo de Ettore Scola, un director que debería ser más famoso de lo que ya es.
El día en que Hitler llega a Roma para reunirse con Mussolini, toda la ciudad se moviliza para salir a alas calles a saludar a los dos jerarcas fascistas. Menos, en un bloque de viviendas típicamente mussoliniano, dos personas: el ama de casa Antonietta que tiene demasiado que hacer con una casa habitada por una familia numerosa, cuyo marido, mando intermedio fascista a su vez, espera aumentar para alcanzar el premio a la natalidad; y Gabriele, un locutor de radio homosexual y crítico que prepara su suicidio. Por un azar, ambos personajes se encontrarán en este bloque de pisos desierto (salvo la presencia de la portera, una metáfora de la vigilancia perpetua del régimen) y este encuentro, brevísimo, de unas pocas horas, cambiará, tal vez no sus vidas, pero sí su forma de pensar.
Scola consigue poner muchas cosas en un solo filme: la represión fascista de la homosexualidad, la represión que ejerció el fascismo sobre la mujer, la crítica a esta visión de la fémina fascista, enamorada platónicamente del Duce, y animada a que así sea, y que por otra parte sólo es vista como ama de casa y de cría. La trama de delación del régimen, y la unanimidad que éste, de grado o por fuerza, concitó.
Con unas interpretaciones magistrales por parte de La Loren y Mastroianni, es una película bellísima, plena de matices y en la que, a cada nueva visión, se puede descubrir algo nuevo.

Tráiler: Curiosamente, no he encontrado más tráiler de esta película que el holandés. Y pese a que sólo consiste en una serie de fotos fijas del filme intercaladas entre fragmentos de documantales del encuentro Hitler-Mussolini, tiene su gracia y un innegable estilo.



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Jazz Porque Sí: John Scofield en Tampere

Esta semana tenemos como protagonista a la guitarra de jazz contemporánea, de la mano de uno de los mejores exponentes de este instrumento, John Scofield. A trío, con unos músicos de excepción: el excelente baterista Bill Stewart y Steve Swallow al bajo eléctrico. Ojo a los tres, por supuesto, porque juntos forman una de las mejores pequeñas formaciones que se pueden encontrar en el jazz, pero particularmente presten atención a Swallow. Es un magnífico bajista, creador de un lenguaje en el bajo electrificado, y si consultan las discografías de jazz verán que aparece en todas ellas, y en las mejores con más de diez temas a su cargo que merecen atención, algo rarísimo en un bajo, un instrumento que siempre tiende a quedar en un segundo plano.
En cualquier caso, también descubrirán, si no lo han hecho ya, el estilo de Scofield, impecable, lleno de swing y con una coherencia de improvisación y de imaginación en los solos que va más allá de lo normal.
Escucharemos Trio Blues; Season Creep; Chicken Dog; Museum; el medley Lost and Found and In-Between / Twang, todos temas del propio Scofield; y el estándar You've Changed.
De manera que prepárense su bebida favorita, pónganse cómodos, escuchen los comentarios del Cifu, que les presentará a los integrantes del trío, y disfruten de este concierto.


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Dinero Embrujado, de John Collier

John Collier merecería ser mejor conocido por el público lector español. Si existió un Roald Dahl, cáustico y sorpresivo, es probablemente porque Collier mantuvo la llama de ese tipo de relato. Su producción no se limitó a esas historias extraordinarias, sin embargo, y entró en lo sobrenatural, lo terrorífico, la fantasía, la distopía, etc. Siempre con una gran clase. Prueba de ello es que haya sido ensalzado por Anthony Burgess, Ray Bradbury, Neil Gaiman o Paul Theroux.
El relato Dinero Embrujado es tremendamente original, y es casi imposible de clasificar: no es de terror, aunque se evoca el horror del asesinato colectivo; no es sobrenatural, aunque algunos de sus pasajes tienen una imaginería tal; no es un policíaco, aunque haya un crimen; es, sí, un relato de humor, pero de un humor negro. Pero lo más notable de todo es que su motor narrativo es financiero. Entendámonos, muchas historias tienen como móvil el dinero, pero muy pocas tienen como argumento central los mecanismos financieros en sí. Y, para rematar el tema, cuando encuentren un relato cuyo título es parte integrante de la narración, algo que la complementa y matiza, presten atención a su autor. Es señal de narrador meticuloso y conocedor de su oficio, cuando menos. Es el caso de este cuento.
En un pueblo perdido de los Pirineos Orientales aparece de repente un loco. Un loco, claro está, para los habitantes del pueblo. En realidad se trata de un pintor, que queda fascinado por lo desolador del paisaje, por la luz, por los árboles escasos. Claro, todo esto los habitantes lo consideran una locura: tierra miserable, sol abrasador y pocos árboles raquíticos. El caso es que el pintor quiere alquilar una casa, pero allí las casas no se alquilan, se compran y venden. Muy bien, entonces el pintor comprará una casa. Y lo hará, a precio prohibitivo, pero lo hará. Y cuando llega la hora de pagarla, el forastero saca un librito, arranca una hoja y se la tiende al aldeano, diciéndole que es tan bueno como el dinero en efectivo.
En el pueblo nadie sabe ni leer ni escribir, y mucho menos conocen un cheque bancario, que es lo que efectivamente ha entregado el pintor. Para pasmo del pueblerino, cuando viaja a Perpiñán para cobrar el cheque en el banco, al cabo de una semana le entregan el dinero.
A partir de aquí todo lo que se explique del relato es romper su magia, de modo que si no quieren quedarse sin la sorpresa, lean el cuento en alguna de sus ediciones y dejen de leer esta reseña salvo en su último párrafo.
Por supuesto, la mente humana nunca descansa, y lo que los aldeanos saben es que ese artista tiene todo un libro lleno de esas hojas que valen treinta mil francos cada una. ¿Y quién conoce al pintor? ¿Y quién sabe que está en el pueblo? La conclusión lógica y el reparto del botín siguen. Entonces es cuando se desata una auténtica fiebre financiera, inflacionaria y consumista en el pueblo. Usando los cheques (en blanco y sin firmar) como moneda corriente entre los habitantes, empieza a moverse el dinero, a ampliar negocios, a adquirir lujos. Pero claro, un día u otro ese dinero tendrá que "exportarse" fuera del pueblo... El final del relato es brillante en su contención, pero también en lo grotesco de su imaginería.
Es un relato brillante, inusitado, realizado con unos instrumentos que nadie, a mi conocimiento, había empleado hasta entonces, un cuento único en su clase, y uno que da una muy buena referencia de quién fue el gran narrador llamado John Collier.

(Witch's Money)
En Cuentos Que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1939]

Reeditado en español en el libro Fiesta en una Botella, de Ed. Contraseña


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Cervantes en Barcelona, de Martín de Riquer

IN MEMORIAM: Martí de Riquer (1914-2013) 

Martín de Riquer fue un lujo para nuestra cultura que, por desgracia, no tendrá reemplazo fácil, si es que alguna vez lo tiene. Medievalista excelso, investigador definitivo del Tirant lo Blanch, experto en poesía trobadoresca y uno de los cervantistas más ilustres y esclarecedores que han existido, su erudición y sabiduría fueron incomparables, prodigiosas. Pero, capaz de todo, siempre expuso sus argumentos con autoridad, documentación y criterio, pero de manera clara y hasta amena, lo que le hizo trascender el mundo académico y alcanzar un segmento de público mucho mayor del que se acostumbra en campos que, a veces, amenazan con una aridez que se reserva a los especialistas.
En este estilo, expresivo, apasionado y razonable, este ensayo Cervantes en Barcelona trata de la supuesta estancia del autor de El Quijote en la Ciudad Condal, algo que sólo es conjetura, a pesar de la muy popular costumbre barcelonesa de señalar la casa del Paseo de Colón, nº 2, como "la casa de Cervantes".
Que Cervantes viviera en Barcelona una temporada es algo probable. Pero, como tantas cosas del mundo cervantino, otro asunto es probarlo o, si esto no es posible, dar argumentos que hagan posible esa probabilidad.
Los biógrafos suelen datar esa estancia en 1569, cuando huía de Madrid hacia Italia. Martín de Riquer, con un análisis minucioso de los episodios catalanes de Las Dos Doncellas y la segunda parte del Quijote, traslada (y demuestra) esta estancia a 1610, cuando debió seguir al Conde de Lemos en busca de patrocinio (algo muy normal en la época) y, sí, probablemente en la casa que la tradición le atribuye, o en todo caso en una muy cercana.
Dominador absoluto de todo aquello que se ha escrito y descubierto sobre Cervantes, Martín de Riquer pasa por todas las posibilidades y descarta los imposibles, y entonces acumula referencias hasta encontrar fecha, época y lugar en el que la estancia de Cervantes se produjo.
Todo ello, insisto, en una prosa clara, inteligente, legible y amena, algo difícil de encontrar en el campo de la exégesis literaria. Y para los que crean que discutir si Cervantes estuvo o no en Barcelona es como tratar del sexo de los ángeles, les diré que para llegar a esta conclusión Riquer realiza un auténtico paseo por la Barcelona de la época y su vida cotidiana. Al fin y al cabo, y aunque la estancia fuera breve, lo que sorprende es que Cervantes fuera tan perceptivo como para recorrer sus calles y conocer sus gentes, situarse tan bien en la geografía y entablar contacto íntimo con la vida y preocupaciones de la ciudad; todo lo cual queda reflejado en El Quijote. Pero, como señala Martí de Riquer, tampoco es de extrañar. Barcelona adoraba la primera parte del Quijote (y siempre ha sido ciudad cervantina), y la acogida que debió dispensar a su autor debió halagarle sobremanera, tanto como para motivar los elogios que dedica a la ciudad en la segunda parte. En este estado de cosas (y para fastidiar a Avellaneda, autor de ese Quijote falso que tanto molestó a Cervantes) decidió que Don Quijote y Sancho no fueran a Zaragoza sino a Barcelona.
El historiador desearía conocer y tener documentados todos los hechos. Sin embargo, esto nos hubiese privado de este paseo delicioso que Martí de Riquer nos invita a realizar en este ensayo. Más allá de la sabiduría ya reconocida, la pérdida de Martí de Riquer nos ha privado de verla perpetuada. Descanse en paz.

Acantilado / Quaderns Crema, col. Cuadernos del Acantilado
Barcelona, 2005 [1989]
Publicado anteriormente como parte de Para Leer a Cervantes

Portada y sinopsis