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Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges

Los continuadores, discípulos, émulos, etc., rara vez consiguen superar a los maestros. Salvo que el émulo se llame Jorge Luis Borges, claro. ¿Quién si no hubiera podido escribir un relato lovecraftiano sin parecerse a Lovecraft y dotado de entidad propia?
Porque Tlön, Uqbar, Orbis Tertius es un cuento lovecraftiano, aunque no de los Mitos de Cthulhu. Esta afirmación puede que escandalice a algunos. Pero no hay que olvidar que Borges tenía en alta consideración a Lovecraft. Tal vez no en su literalidad, pero sí en algunos conceptos creados o perfeccionados por el genio de Providence, y que se hallan en este Tlön: La existencia de libros prohibidos o improbables, que a veces son imposibles en sí mismos y otras son pervasivos de una realidad ignota y paralela; la existencia de esta misma realidad y la posibilidad de que invada o superponga la nuestra; la misma cosmicidad que implica este último concepto. Y la inclusión como personajes de otros escritores reales, el círculo de Lovecraft en un caso, Bioy, Amorim, Martínez Estrada y otros en el caso de Borges.
Pero, duerman tranquilos los escandalizados, Borges fue el más metafísico de los escritores de ficción y, aunque supo intuir todo lo que conllevaba la ficción lovecraftiana, también percibió que era un punto de partida apto para recibir sucesivas vueltas de tuerca que abandonaran lo truculento y se adentraran en lo metafísico cósmico (si es que lo cósmico no es truculento, pero esa es otra cuestión).
Así, de inicio, nos encontramos con el libro existente, sí, pero secreto. Un volumen de una enciclopedia perfectamente normal que en su normalidad termina con el artículo sobre Upsala pero, en el ejemplar poseído por Bioy Casares (¿un ejemplar único en este mundo, quizá?) prosigue con la entrada "Uqbar", una tierra inexistente pero fascinante. Entonces viene el descubrimiento de esta tierra que no existe pero está registrada en todos sus aspectos, posible creación colectiva de ficción o (inquietante hipótesis) creación destinada a adquirir tal carta de naturaleza como para convertirse en existente.
Borges entonces entra en la desmesura, cuando no en la humorada metafísica, como él mismo reconoce con ironía: «sin otra escisión que algunas metáforas y que una especie de resumen burlón que ahora resulta frívolo». Es cuando Borges juega y pone a prueba nuestro espíritu lúdico con grandes temas, como cuando relata la paradoja de las nueve monedas, perdidas y encontradas, y la incongruencia de discutir si las nueve son las mismas o distintas, de si la igualdad es identidad. Claro que las nueve son las mismas, se encuentren cuando se encuentren, y claro que son distintas si son halladas en otro lugar distinto del de la pérdida, pero lo que deja a nuestro arbitrio es descubrir el chiste: en realidad, lo que los sabios de Uqbar discuten es si las monedas del relato son las mismas, no unas hipotéticas monedas reales. No se preocupen: en universidades y concilios medievales y renacentistas se discutieron cosas más sofísticas que esta.
Y va apilando cosmos sobre cosmos, irrealidad sobre realidad, hasta que (como encontraría Stanislaw Lem, inspirado sin duda por Borges), el mapa coincida o se superponga con el territorio y entonces eso que llamamos Tlön, o Uqbar, u Orbis Tertius, pase, no a suplantar la realidad, sino a ser la realidad.
hay muchos niveles de lectura en este relato. Se puede leer como una fantasía desbocada pero racional (una rara avis en el género); como un relato humorístico, cuyo humor se basa en la ontología, en la Historia, la Filosofía; como una disquisición sobre el conocimiento y su hallazgo y creación. Como (algo que Borges no había previsto) un relato de realidad cuántica.
En cualquier caso, fue Borges, un escritor que ya físicamente parecía que su mirada estuviera eternamente fijada en el espacio interior, que sus hombros soportaran el peso del cosmos, cuyo hablar se asemejara al del profeta de otras realidades, fue Borges, decía, quien pudo ser capaz de escribir este relato. Y tal vez nadie más pudiera.

En Ficciones
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19719 [1956]

Texto de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius

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La Quinta Mujer, de Henning Mankell

En cuanto a autores negrocriminales escandinavos, de los cuales hemos acabado por tener en castellano la nómina completa, ninguno ha superado en calidad y visión a Henning Mankell.
Fue el primero en establecer una serie policíaca profundamente intimista, en la cual los pensamientos de su protagonista, el inspector de policía Kurt Wallander, eran tan importantes como la acción que se desplegaba narrativamente; fue también un autor que hizo que su personaje envejeciera paulatinamente con la serie, y que el lector percibiera ese envejecimiento, lo que le daba un toque realista y algo fatalista que se mantuvo hasta su cierre, cuando Wallander se ve aquejado de Alzheimer y el propio autor, tomando la palabra, dice a sus lectores que, a partir de entonces, la intimidad de Wallander ya sólo es del personaje.
Con estas características en mente, en La Quinta Mujer, sexta novela en la serie, encontramos un momento crucial en la vida de Wallander: su padre muere, dejando un vacío que apenas había empezado a llenar con una relación más cercana con él; su hija insinúa que no le desagradaría hacerse policía; y con su novia letona, Baiba, las relaciones siguen siendo intensas pero a la vez alejadas, no sólo por la distancia, sino por el cansancio que su oficio de investigador conlleva, y que no le deja tiempo para establecer con firmeza una relación que debería decidirse pidiendo a Baiba que se trasladara a vivir con él a Escania. Sí, amigos, la vida de Wallander no es ni más fácil ni más compleja que otras, sencillamente Mankell nos transmite una vida con visos de realidad.
Además, han empezado a surgir unos asesinatos en la zona extraordinariamente violentos, de una violencia escenificada para los policías que los descubren, como una especie de venganza ejecutada privadamente pero mostrada en público. Y cuyas víctimas no tienen ninguna relación entre sí. En suma, se trata de un asesino en serie. ero un asesino que, intuye Wallander, debe tener alguna motivación, que no consiguen descubrir y que sería la clave de todo.
Si a la tensión de la investigación criminal y al reencuentro con un personaje que se nos hace familiar y querido conforme leemos la serie (y es muy recomendable leerla en orden), añadimos que siempre Mankell ha reflejado con maestría el desconcierto de una sociedad que se vio conmocionada por el asesinato de Olof Palme y que, con el transcurrir de los años, ha descubierto consternada que su paraíso de bienestar no lo era tanto, que la violencia es creciente, que Suecia tiene problemas que jamás hubieran podido imaginar que llegaran allí, comprenderán que Mankell sea el mejor autor del género que existe en Escandinavia. No sólo escribe bien, no sólo sus tramas son impecables, sino que las reflexiones de su protagonista sobre su vida y la sociedad son tan imprescindibles como provechosas para cualquiera que las lea. Eso convierte a la serie Wallander en una pieza obligada en la literatura negra contemporánea.

(Den Femte Kvinnan)
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 200012 [1996]
Serie Inspector Kurt Wallander nº6

Portada y sinopsis

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Atrapado en el Tiempo, de Harold Ramis

SESIÓN MATINAL 

(Groundhog Day); 1993

Director: Harold Ramis; Guión: Harold Ramis y Danny Rubin; Intérpretes: Bill Murray (Phil), Andie MacDowell (Rita), Chris Elliott (Larry), Stephen Tobolowsky (Ned); Dir. de fotografía: John Bailey; Montaje: Pembroke J. Herring; Diseño de producción: David Nichols; Música: George Fenton.

El caso de El Día de la Marmota (nadie, absolutamente nadie, la llama por el título que le adjudicaron en España, Atrapado en el Tiempo, lo cual demuestra que hay distribuidores que se creen muy listos y que el público no es tan idiota como piensan estos distribuidores) es uno de aquellos en los que una película, por razones absolutamente irracionales, se convierte en un éxito transgeneracional.
Veamos: el director, Harold Ramis, es alguien que poco más ha hecho en cine, y que antes de esta película su mayor mérito era haber sido guionista de Los Cazafantasmas, que tampoco es para tirar cohetes; Bill Murray es un actor capaz de lo mejor y de lo peor, y aunque aquí está inspirado, tampoco es que sea una actuación de las que se ponen como modelo en las escuelas de interpretación; Andie MacDowell... Bueno, Andie MacDowell pasaba por esta película como pasó por todo el cien en el que estuvo, camino de su carrera como anunciadora de cosméticos; los secundarios están bien, pero hemos visto actuaciones parecidas en centenares de comedias. Entonces, ¿qué es lo que hace a esta película especial?
La respuesta puede ser tal vez la historia. En la idea original de Danny Rubin que se llevó a guión hay una desvergüenza encomiable en no proporcionar una respuesta racional a lo que le sucede a Phil, y la moral de la historia, de la condena a repetir una y otra vez el mismo día a un meteorólogo egoísta y desagradable, no es una moraleja insulsa y lanzada a la cara del espectador, sino que es una de aquellas más implícita que explícita, lo cual es de agradecer.
Y el hecho de que las posibilidades que daba esta repetición continua de los hecho, con las variantes que aporta el personaje principal, da un juego tremendo. Es cierto que funciona mejor cuando la película adopta un tono gamberro y jovial, pero eso no desmerece que, escena a escena, el espectador desea saber qué más le va a pasar al desdichado Phil, o qué nueva travesura se le va a ocurrir, o si conseguirá alguna vez salir de este círculo infernal en el que se ha convertido el día de la Marmota.
Sea por lo que sea, es una fábula que se contempla agradablemente, y que de tanto en tanto se puede revisar sin cansarse. Tal vez no haya nada racional en su éxito, y mejor sea así. Tal vez la mejor lección que nos transmite El Día de la Marmota es que un gramo de bendita locura es necesaria para hacer buenas películas.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Lionel Hampton en Düsseldorf

El Cifu nos propone hoy un concierto en celebración del centenario del nacimiento del primer gran vibrafonista de la historia del jazz, Lionel Hampton.
Acompañado de su banda, que siempre tenía buenos músicos (aquí podemos escuchar en la sección de trompetas a Nat Adderley, por ejemplo), en un concierto en Düsseldorf, Hampton hará lo que hizo siempre y le ganó el favor del público: tocar con una energía desmesurada, con un swing implacable y con un gusto más que notable, amén de una técnica y velocidad irreprochables y una capacidad improvisativa descomunal.
Escucharemos Intro + How High the Moon; Stardust; Lover Man; Midnight Sun; Our Love Is Here to Stay; The Nearness of You; Vibe Boogie + Fliyin' Home, en la que era la sintonía personal de Hampton, y en la que éste se pasa a la batería. Porque era un gran baterista también. De hecho, en el concierto de aniversario del grande que dio la orquesta de Benny Goodman en el Carnegie Hall, él era el que hacía de "Gene Krupa" a los tambores.
Atentos a los comentarios del Cifu, que les ilustrarán sobre los componentes de la orquesta y los solistas, amén de la carrera musical de Lionel Hampton, y que disfruten.

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Suena el Teléfono, de R. Edison Page y Kenneth Jay

Antes de entrar en el cuento en sí, vamos a hablar un poco de seudónimos; porque el de R. Edison Page es el de un novelista algo más conocido (aunque igualmente desconocido por el gran público), Edgar Jepson. Sin embargo, y según Javier Marías, la cosa se pone más interesante con Kenneth Jay, "autoridad radiofónica y cuentista, colabora con frecuencia en boletines de radio. Su hogar está en Amersham". Nada se sabe de este individuo, pero Marías nos indica, con buen criterio a mi parecer, que en Amersham vivía Arthur Machen, y que es raro encontrar dos escritores en una población de menos de diez mil habitantes. Y, añado yo, que uno sea frecuentado por Edgar Jepson y Machen y Jay no se conozcan. De manera que, aun sin total seguridad, podríamos decir que probablemente este relato ha sido coautorado por Machen.
Características suyas tiene. Es un relato muy directo, muy enigmático, y bien podría haber sido, si no escrito, sí inspirado por una idea del maestro.
Un párroco y un médico están en una casa. Lo infrecuente es que se trata de los funcionarios civiles de la prisión que han asistido al ahorcamiento de Blagstock, que hasta el último momento defendió su inocencia, y afirmó haber sido acusado injustamente por Deakin. El capellán, sin embargo, está hecho un manojo de nervios. Contribuye a ello la noche tormentosa, pero el sacerdote se muestra inquieto por otra razón. De repente el teléfono parece sonar. No hay nadie al otro lado de la línea, sin embargo.
De hecho, la inquietud del capellán proviene en que, desde que ahorcaron a Blagstock, ha recibido una llamada fantasma cada noche, a la misma hora, en la que el que hablaba sólo decía las palabras "voy a cargarme a Deakin".
El doctor está convencido de que la tensión ha sido demasiado y de que el sacerdote sufre alucinaciones auditivas, de modo que le propone una temporada de reposo. A lo cual el capellán accede... si el médico accede a su vez a responder a la llamada que se producirá al día siguiente.
El resto del relato lo dejaré en la sombra, para no destrozarlo a aquellos que quieran leerlo. Decir sólo que tiene un final sorprendente, y que el relato es notable no sólo por cómo está construida la atmósfera y se mueve la dualidad de escepticismo / creencia, sino por su utilización de un medio mecánico en la transmisión del horror, como es el teléfono. Algo que nos parece normal hoy día, pero no lo era en absoluto en la literatura de terror de principios de siglo.

(The Jingling Telephone)
En Cuentos Únicos
Eds. Siruela, col. El Ojo Sin Párpado
Madrid, 1989 [1936]
Edición, selección y prólogo de Javier Marías

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Después del Almuerzo, de Julio Cortázar

En uno de esos relatos en los que lo real queda deformado por una posible interferencia de lo fantástico, Cortázar nos plantea en esta ocasión un hecho de partida trivial: Después de almorzar, un muchacho tiene que llevar a pasear a su hermano pequeño. Sin embargo, una resistencia creciente se destila en el muchacho desde los primeros párrafos. Llevar a su hermano por la calle, llevarlo a la luz pública, le avergüenza, le pone en situaciones comprometidas, le resulta un suplicio. Todo lo cual sería muy cotidiano si no fuera porque Cortázar jamás explicita qué clase de deformidad, enfermedad, conducta o aspecto tiene el hermano como para que cause tal vergüenza. En ese sentido, el relato causa de inmediato una impresión ominosa, y de ahí que hable de una posible interferencia de lo fantástico (al fin y al cabo, la fantasía sobrenatural siempre se ha entendido como una defensa de la norma) en lo cotidiano.
El relato pueden leerlo en el enlace que figura al pie. Y una vez lo hayan hecho, seguro que tendrán su propia interpretación, como los críticos y estudiosos de la obra de Cortázar tienen. Y todas pueden ser válidas, porque la estructura del cuento así lo permite. Mi interpretación ominosa es válida, como lo es una interpretación realista de que el hermano pequeño es, según su palabras, un mongoloide; E incluso existen interpretaciones psicoanalíticas en las que se expresa que en realidad todo el relato es un un expresión de las incomodidades de la adolescencia del hermano mayor. Insisto en la validez de todas ellas y de algunas más que pueden formularse.
Pero hay dos hechos que quisiera destacar. El primero es que esa deformidad del hermano es lo suficientemente imperceptible como para pasar desapercibida si no se presta atención, pero lo bastante llamativa como para retener esa atención una vez vista. El comportamiento de las personas que ven esa deformidad (por llamarla de alguna manera) no es el que se presentaba en la época ante alguien aquejado, pongamos, de síndrome de Down; por ejemplo, el revisor de billetes queda un momento inmóvil ante la visión del hermano, con el billete introducido en la máquina de picar; y tras unos momentos, lo valida, como si el autor nos quisiera expresar que la humanidad del hermano ha sido refrendada, pero apenas tan sólo.
El segundo es que la visión que tenemos es siempre la del hermano mayor. Y, leído el cuento, el embarazo de éste no tiene correspondencia con el comportamiento de su hermano. Lo cual, junto con el intento de abandono (y la identificación de unidad con los padres que se produce en el pensamiento final) nos enseña que la vergüenza es algo más adquirido y propio que causado por elementos externos. En este sentido, Cortázar se adelantaba a su época, una en la que los aquejados de malformaciones genéticas eran sistemáticamente ocultados, con vergüenza de sus familiares. Al respecto, y si podemos escuchar al autor a través del relato, éste se decanta por el hermano pequeño y por su derecho a pasear, ser cuidado y tratado con cierta normalidad.
Sobre todo este es un relato sobre la norma. Lo que consideramos normal y lo que no, y sobre nuestro trazado de la línea, un trazado que muchas veces es arbitrario. Y que puede estar dictado por nuestra vergüenza, no por una causa objetiva.


En Los Relatos 1. Ritos
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19763 [1964]
Publicado originalmente en Final del Juego

Texto de Después del Almuerzo

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Red Harvest, de Dashiell Hammett

Cuando uno acaba la lectura de Cosecha Roja, entiende que el impacto y la influencia que ejerció desde su aparición fuera tan enorme. Porque esta novela es la madre de todas las guerras de gángsteres que han proliferado en la literatura y el cine desde entonces. No hay una sola de tales situaciones en las que no se pueda detectar la huella de la novela del maestro Hammett. Aparte de ser una pequeña joya sobre la manipulación del "divide y vencerás"
El protagonista, agente de la Continental, llega a Personville (llamada por todos Poisonville, algo así como "Ciudad Veneno") para proteger a un director de periódico decidido a acabar con las mafias locales; pero el mismo día de su llegada, éste es asesinado. Casi de inmediato, es convocado por Elihu Willsson, padre del muerto, padre también de la ciudad y dueño absoluto de ella, amén de propietario de un senador y de otros cargos de relevancia, que maneja como si fueran títeres. Está mortalmente asustado por lo que cree un ataque contra él a través de su hijo por parte de las bandas locales, sus asociadas hasta ahora (se equivoca, pero eso tiene poca importancia). La ciudad se le ha ido de las manos y teme que las cuatro bandas que imperan quieran desplazarlo o asesinarlo; ya no siente la ciudad como suya, y quiere limpiarla... hasta cierto punto. Digamos que a un punto en el que vuelva a ser amo y señor de ella y los rufianes vuelvan a reconocer su autoridad sin discusión.
El agente está dispuesto a limpiar la ciudad, pero no para devolvérsela a un déspota, sino para que quede libre de crimen organizado. Y, jugando con el miedo de Willsson, obtiene un contrato que le da manos libres.
Un contrato que utilizará para intrigar de tal manera que las bandas se liquiden entre sí. Es peligroso, porque el juego de la manipulación puede descubrirse en cualquier momento, y porque hacer que la gente se mate entre sí es particularmente adictivo, proporcionando una sensación de poder total.
Es cuando se inicia la acción, cuando el agente empieza a poner a unos contra otros, cuando éstos reaccionan a las supuestas provocaciones y se desatan los odios y rivalidades largamente almacenados, cuando la novela alcanza unas cotas de intensidad que han perdurado en las obras de cineastas y novelistas posteriores.
En la eterna dicotomía Hammett / Chandler, éste último es más literario, más introspectivo, mientras que Hammett es más directo. Pero entre los dos dieron el enorme paso de convertir el género policíaco en algo que dejaba de ser maniqueo para llevar a sus protagonistas a un mundo en el que el bien y el mal no están bien definidos, y en el que se tiene que actuar según la justicia, pero no forzosamente según la ley. 
El lector contemporáneo de Cosecha Roja debió quedar tan anonadado como los habitantes de Poisonville al encontrarse con una novela que entraba sin medias tintas en una ciudad corrupta hasta el fondo, en la que un defensor de la ley se mostraba como un agente provocador de una violencia que hasta el momento no se había mostrado en la literatura.
El lector actual sigue teniendo esa impresión, aunque ya la haya visto en cine y en otras novelas. Y es precisamente esa fuerza, que se ha transmitido hasta hoy y que ha tenido toda una serie de hijos, legítimos y bastardos, la que hace que, todavía, percibamos en esta novela el toque de un gran maestro

En Dashiell Hammett: The Four Great Novels
Picador / Pan Books
Londres, 1982 [1929]

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Argo, de Ben Affleck

SESIÓN MATINAL 

(Argo); 2012

Director: Ben Affleck; Guión: Chris Terrio, basado en una selección de The Master of Disguise, de Antonio J. Mendez y en un artículo de Joshuah Berman; Intérpretes: Ben Affleck (Tony Mendez), Bryan Cranston (Jack O'Donnell), Alan Arkin (Lester Siegel), John Goodman (John Chambers), Victor Garber (Ken Taylor); Dir. de fotografía: Rodrigo Prieto; Diseño de producción: Sharon Seymour; Música: Alexandre Desplat.

Confieso que apenas me interesa la carrera de Ben Affleck como actor, y sin embargo estoy desarrollando un marcado gusto por las películas que dirige. El porqué esta diferencia se me escapa; tal vez Affleck acepta los papeles que acepta tan sólo para ganar el dinero que le permite llevar a cabo sus proyectos como director, y el cielo sabe que no sería el primero en hacerlo, en una saga que se remonta, cuando menos, a Orson Welles.
En cualquier caso, el director Affleck muestra un marcado gusto clásico en la narratividad de sus películas y eso, en una época en la que el uso mal entendido de la cámara al hombro es una constante, es muy de agradecer.
Dicho esto, lo cierto es que me importa un bledo que la historia que cuenta Argo esté basada en un hecho real. Y más si tenemos en cuenta que, como nos informan los extras del DVD, las cosas sucedieron de forma algo diferente a lo que cuenta la película. La realidad raras veces produce productos artísticos o narrativos perfectos, y prefiero que haya una tensión en pantalla producto de la mano de un guionista que no el tedio de una espera que a lo mejor se produjo en la realidad.
Claro que, si lo vamos a mirar, la aclaración de que está basada en hechos reales es necesaria, porque ¿quién se iba a creer que en plena crisis de los rehenes de la embajada norteamericana en Irán, los servicios secretos podrían extraer a seis de sus diplomáticos mediante el artificio de convertirse en un equipo cinematográfico canadiense en busca de localizaciones para una película de ciencia ficción? Y el caso es que así fue, y si la operación ya parece increíble, el resultado no lo fue menos.
Pero en cuanto a su tratamiento en la pantalla, hay que decir que Affleck ha hecho un trabajo notable. No sólo despierta el interés desde un principio, sino que lo mantiene y aviva, y la tensión está manejada como si en un film de Hitchcock se tratase. No es que sea una película perfecta; es un pelín demasiado larga, y cojea cuando se ocupa en exceso de la vida sentimental del agente Mendez al final de la película (tal vez por estar interpretado por el propio Affleck). Pero el espectador asiste a una historia bien narrada cinematográficamente y con un estilo que ciertamente muestra un buen gusto a la hora de filmar.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Art Farmer en Kimball's East

Traemos hoy a uno de los grandes trompetistas del jazz moderno, Art Farmer, un músico de estilo único, muy cálido y lírico, como tendrán ocasión de comprobar.
En primer lugar, y antes de ir al Kimball's East de California, tendremos un par de temas de una actuación en directo en el Boomer's de Nueva York, con un acompañamiento excepcional: el propio Farmer al fiscorno, el gran Clifford Jordan al saxo tenor, el legendario Cedar Walton al piano, y los estupendos Sam Jones al contrabajo y Billy Higgins a la batería. El primer tema es Round About Midnight, y ya les decía que podrían comprobar esa musicalidad lírica de Farmer; un gran tema, con solos magistrales por parte de todos los implicados. Y el segundo es un tema a buen tiempo, Will You Still Be Mine?, de técnica prodigiosa.
Y entonces sí iremos al Boomer's East de Emeryville, donde Art Farmer se reune con el gran saxofonista Frank Morgan, y va acompañado de Lou Levy al piano, Eric Von Essen al contrabajo, y estoy muy de acuerdo con el Cifu que es un contrabajista que hubiera debido merecer más atención, y el menor de los hermanos Heath a la batería, Albert Heath.
Se escuchará Star Eyes, donde, aparte las virtudes de Farmer, comprobarán lo buen saxofonista que es Frank Morgan, un discípulo de Charlie Parker donde los haya; Embraceable You a cuarteto, sin Frank Morgan; e, incompleto, el famoso Farmer's Market, juego de palabras con el apellido de Art.
En suma, espero que les sirva para prestar atención a un gran trompetista. Atentos a los comentarios biográficos y musicales del Cifu, y que disfruten de la música.

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Placer de Clérigo, de Roald Dahl

La capacidad de Roald Dahl para introducirnos en una situación más o menos corriente y entonces dar un giro a la historia que sirviera de colofón humorístico o inquietante era extraordinaria.
En este Placer de Clérigo, nos encontramos ante un clérigo que no lo es y un placer que sólo es íntimo del protagonista, como es la codicia y el engaño. El relato lo pueden leer en el enlace que figura al pie de la entrada. Podrán ver que Dahl actúa con las cartas boca arriba y a la vista de todos. El señor Boggis no es un clérigo, es simplemente un anticuario que se disfraza de tal para realizar así un expolio a bajo precio de antigüedades en la campiña inglesa, fingiendo que lo que adquiere son meras bagatelas que apenas se puede permitir y que, desde luego, no le reportarán ningún beneficio económico, sino un pequeño y nimio placer personal.
En la construcción del relato, Dahl nos va mostrando en unas cuantas pinceladas la personalidad de Boggis. Es un estafador nato, y uno cruel y despiadado, aunque no cometa lo que se dice un crimen. Se limita al engaño, pero disfruta con ello. El lector diría que encuentra más placer en la forma en la que adquiere sus piezas que en su posesión o el dinero que gana con su venta.
Y un día encuentra un mirlo blanco. En un rincón, pintada goseramente de blanco, está una cómoda Chippendale, de la que sólo se conocían tres en existencia. Un botín de más de veinte mil libras que pretende, como es natural en él, llevarse por veinte. Y empieza su estrategia de clérigo tonto y cándido, manifestando que no tiene ningún interés por el mueble, aunque, tras mucho vacilar, puede que encuentre alguna utilidad a las patas del mismo.
La construcción de la tensión es minuciosa, y Dahl nos lleva casi de la mano hacia una conclusión que, sorprendente como es, no puede dejar de hacer florecer una sonrisa y llevarnos a pensar en sus implicaciones posteriores. Que Dahl deja a nuestra imaginación, pero que son como un segundo relato no expresado incluido en este Placer de Clérigo.

(Parson's Pleasure)
En Relatos de lo Inesperado
Argos Vergara
Barcelona, 1981 [1958]

Texto en castellano de Placer de Clérigo

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1984, de George Orwell

#BlogActionDay 

A cada año que pasa, sorprende lo mucho que el mundo real se va aproximando a la distopía de Orwell. No es una semejanza literal, por supuesto, pero sí una de concepto que se ha ido desarrollando con la técnica y el tiempo, y lo cierto es que hoy vivimos en una sociedad globalizada, con enemigos invisibles y sin una persona concreta que tome las decisiones, aunque tengamos nuestras figuras públicas que aparentan estar a nuestro servicio.
No voy a resumir el argumento de 1984, sería ocioso; sin embargo, si alguien que no la ha leído quiere hacerse una idea de su estructura narrativa y argumental, aquí les dejo un enlace que puede servirles para ello: Argumento de 1984 en wikipedia. Baste decir que, literariamente hablando, es la obra maestra que el tiempo se ha encargado de consagrar.
No obstante, y con ese mismo paso del tiempo, lo importante no parece ser la historia de Winston Smith, sino la inquietante sensación de que el mundo en el que vive es cada vez más el nuestro.
George Orwell no actuó, por descontado, como un profeta iluminado al que se le hubiese revelado un futuro terrible. 1984 fue escrito cuando ya los totalitarismos de todo signo habían mostrado sus armas: la propaganda, la fe colectiva, la alienación del individuo, el silencio criminal, el estado de guerra permanente como forma de sometimiento interior, la creación de un lenguaje eufemístico, el control del pensamiento, y tantas otras. De modo que la novela, en la época de su publicación, era sólo una vuelta de tuerca lógica a los regímenes nazis, fascistas y estalinistas; pronto se les unirían otros. Y, lo más terrible es que las democracias descubrirían que esos métodos totalitarios podían ser incorporados en la sociedad y, eso es importante, adoptados voluntariamente por ésta.
Lo que es más evidente es la omnipresencia del control. En aras de nuestra seguridad, se nos controla con cámaras. En aras de nuestra seguridad, se nos humilla en los aeropuertos, en una especie de experimento de hasta dónde estamos dispuestos a transigir. En aras de nuestra seguridad, se puede controlar nuestro correo y nuestra mensajería. No es que se haga, sino que existe la posibilidad de hacerlo. De forma arbitraria y sin control, por supuesto.
Pero hay otros eslabones de la cadena que ya se han incorporado a la realidad. Se creó una guerra fría, un estado de guerra permanente con conflictos localizados o sin ellos. Cuando se liquidó la política de bloques, surgió un mundo nuevo, incluso se habló del fin de la Historia. No tardaron mucho en aparecer nuevos proyectos de adversarios, hasta hallar un nuevo enemigo como es el terrorismo. Cuidado, el terrorismo existe. Es orwelliano que Al Qaeda fuera creación de la CIA, pero existe. Lo que es menos comprensible es la conculcación de derechos como los citados, o más genéricos, como los que se conculcan o pueden conculcar los drones.
El fin de las ideologías ha sido seguido por la implantación del Pensamiento Único. No político, puesto que la política obliga a pensar, sino económico, puesto que la economía obliga a vivir, o si no entrar en la marginalidad. Se desmontan los estados de bienestar socialdemócratas. Se anularon de forma efectiva los sindicatos, y fábricas rentables se deslocalizan (otro eufemismo). ¿Por qué? Tal vez para demostrar que se puede hacer. Se afirma sin rubor que ayudar al Tercer Mundo es una inutilidad. Mientras tanto, se explotan los recursos naturales de este tercer mundo, incluso promoviendo guerra para ello. La Guerra es la Paz, decía Orwell. Podemos hoy decir que la guerra en el Congo es nuestra paz de telefonía móvil, teléfonos móviles que, irónicamente, nos mantiene más controlados. Podríamos seguir: la separación creciente entre ricos y pobres, las trabas a la educación superior pública, la deshumanización de la educación, la primacía de la técnica, la anatemización de cualquier alternativa al neocapitalismo, que es como decir que o Amas al Gran Hermano o eres un hereje.

(1984)
Ed. Salvat / Alianza Ed., col. Libros RTV
Barcelona, 1970 [1949]
Prólogo de Pedro Laín Entralgo

Y múltiples ediciones en castellano
Portada y sinopsis

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El Complot de Whitechapel, de Anne Perry

El hecho de que la novela negra tome auténtico sentido en su imbricación en la sociedad no quiere decir que no se sigan escribiendo novelas detectivescas a la antigua usanza. E incluso que se escriban lo bastante bien como para que tengan un público lector fiel.
Es el caso de Anne Perry, que se ha especializado en las novelas detectivescas victorianas. Sus novelas combinan con bastante sabiduría unos elementos que las hacen de las mejores en su género, como son una inmersión muy lograda en la sociedad y costumbres victorianas, el no dejar la primacía del protagonismo a los hombres (en esta serie de Thomas Pitt, la influencia y protagonismo de su esposa, Charlotte, su tía política, Vespasia, y su criada Gracie, es tan relevante, y a veces más, que la del propio inspector de policía), combinar las peripecias de la investigación criminal con la vida privada de los protagonistas, en un ambiente romántico, y la de no limitarse a los crímenes que podríamos denominar "holmesianos", es decir, enigmas puntuales sin ninguna repercusión, sino incluir en sus investigaciones casos políticos muy relacionados con la historia real del Imperio Británico.
No sería yo un lector devorador de estas novelas, y mucho menos recomendaría leerlas continuamente (y ya hay veintiocho de esta serie), pero no me disgusta tomar una de ellas. Como digo, los elementos que las componen están sabiamente administrados, y el retrato de la sociedad victoriana es muy logrado.
En el caso de esta novela, Thomas Pitt fue llamado para investigar una muerte sospechosa, y de resultas de sus pesquisas, un noble soldado ha sido condenado a muerte. Sin embargo, en ningún momento se ha descubierto el móvil de ese asesinato, y el condenado morirá en la horca sin haber revelado una palabra. Más aún, una vez pronunciada la sentencia, Pitt es prácticamente depuesto: es trasladado a la Sección Especial, la infame fuerza policial destinada a combatir a los irlandeses rebeldes, a los anarquistas y, en general, a todos los movimientos obreros que, de por sí o por inducción de terceros, aspiran a desestabilizar la Inglaterra victoriana. Obligado a vivir en Whitechapel y a no tener contacto con su familia, el futuro profesional y económico de Pitt parece muy negro. Ante esta situación, su esposa, su criada y unos de sus subordinados, el agente Tellman, se obligan a investigar ese móvil e intentar justificar la actuación de Pitt.Y será entonces cuando descubrirán un complot para derrocar la monarquía. Todo ello junto a la alargada sombra que proyectan los asesinatos de Jack el Destripador, y que sigue conmoviendo a la sociedad.
Insisto, las novelas de Perry no son algo trascendente, pero no pueden ser desechadas como un mero divertimento. Aunque sólo sea por sus cualidades y su cuidado en el tratamiento de la ambientación y la historia victorianas, merecen la pena ser leídas, y constituyen una de las mejores opciones en este estilo clásico de la novela policial.

(The Whitechapel Conspiracy)
Random House Mondadori, col. DeBolsillo
Barcelona, 20033 [2001]
Serie Thomas y Charlotte Pitt nº 21

Portada y sinopsis

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Luna de Papel, de Peter Bogdanovich

SESIÓN MATINAL 

(Paper Moon); 1973

Director: Peter Bogdanovich; Guión: Alvin Sargent, basado en la novela Addie Pray de Joe David Brown; Intérpretes: Ryan O'Neal (Moses Pray), Tatum O'Neal (Addie / Addie Loggins), Madeline Kahn (Trixie Delight), John Hillerman (Agente Hardin / Jess Hardin); Dir. de fotografía: Laszlo Kovacs; Música: canciones y grabaciones populares de la época.

Una película simpática, la historia de un estafador de poca monta que cree utiklizar a una niña (que puede, o no, ser su hija) para sus manejos, pero la niña se demuestra superior a su mentor en el terreno de la picaresca.
Fuera de esto, una road movie en la que viviremos, con una muy buena fotografía en blanco y negro y una ambientación cuidada, la época de la Depresión americana, a la vez que percibiremos cómo se va creando un vínculo de cariño entre Moses y Addie.
Pero sobre todo, marcó el descubrimiento de, tal vez, la penúltima gran estrella interpretativa infantil, Tatum O'Neal, hija en el mundo real de su coprotagonista Ryan, y que realiza una interpretación deliciosa e intensa, auténticamente creíble y pocas veces vista en cine. Tanto ella como su padre sostienen en pie toda la historia, con momentos de humor y de ternura, y hacen de Luna de Papel una de esas películas agradables que parece que cada vez van más escasas.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Thelonious Monk 13 Agosto 1957

En el repaso de la discografía del genial compositor Thelonious Monk, nos quedaban por escuchar unas tomas alternativas de la sesión de grabación que Monk, como sideman de lujo, realizó con el estupendo saxo barítono Gerry Mulligan, acompañado por la rítmica de Monk, es decir, el contrabajista Wilbur Ware y el batería Shadow Wilson.
Descubrirán que no tienen nada que envidiar a las tomas que salieron publicadas. Se trata de Decidedly, sobre las armonías de Undecided; Straight No Chaser; y I Mean You.
Lo que sigue, que escucharemos completo en el próximo programa, es una acontecimiento discográfico. Nada menos que el descubrimiento de una actuación del cuarteto de Thelonious Monk con John Coltrane en el Carnegie Hall. Como ya habíamos visto, apenas existen temas grabados de cuando Monk y Coltrane estaban juntos. Descubrir esto, con temas largos, variados, contemportáneos, ha sido toda una revelación, y escucharemos a un Coltrane inmenso en todos los temas, además de un Monk pletórico. El batería sigue siendo Shadow Wilson, pero el contrabajista es aquí Ahmed Abdul Malik, gran especialista del instrumento.
Se escuchará Monk's Mood; Evidence; y Nutty. Como digo, Coltrane está inmenso, y ya desarrollaba esa técnica que se llamó de "capas de sonido", en la que parecía que la música se fuera desvelando a sí misma de manera continua. Y escucharemos a Monk haciento unos solos estupendos, y lo que no son solos, acompañando por detrás de la manera en la que sólo e´l podía, componiendo de fondo pequeñas piezas maestras.
Atentos como siempre a los comentarios del Cifu, y que disfruten.

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La Patente, de Luigi Pirandello

Un relato delicioso, en el que Pirandello nos muestra a un juez, algo insatisfecho con su trabajo, dudar sobre un litigio que tiene sobre la mesa: la demanda contra dos jóvenes que ha interpuesto un hombre, quien los acusa de haberle hecho el signo de los cuernos a su paso por la calle, porque lo estiman un jettatore, un aojador, alguien que echa el mal de ojo.
Es conocido por todos el aspecto siniestro del litigante, de manera que la burla o el gesto es natural en los transeúntes. Con todo, llevarlo a los tribunales le parece al juez excesivo, e intenta buscar una solución amistosa entre las partes. No obstante, en su despacho se presenta el Chiàrchiaro, el presunto aojador, con un aspecto todavía más terrible: levita negra y larga, gafas gruesas, barba en cepillo; en suma, todas las características arquetípicas del jettatore. Cuando el juez lo interpela, Chiàrchiaro declara que el juez es su enemigo, pues pretende privarlo de lo que ahor constituye su existencia, como es la declaración oficial de que es un jettatore, un aojador hecho y derecho, con declaración judicial incluida, que tiene que formalizarse mediante la absolución de los jóvenes y la declaración de que no estaban haciendo más que lo debido, es decir, intentar protegerse del mal de ojo.
El juez está estupefacto, con su mundo ordenado vuelto del revés, pero Chiàrchiaro le explica que es su mundo el que se vino abajo cuando, justamente por su aspecto, fue echado de su trabajo como escribiente, no puede ganarse el pan, sus hijas no se casarán con nadie puesto que nadie querrá emparentar con un aojador y, en suma, su vida está por completo arruinada. Pero con la patente, ¡ah!, con la patente... con ella podría situarse ante las casas de juego, y cobrar por irse de la puerta. Con ella podría encontrar un modo de vida. Y por eso ha decidido acrecentar su aspecto en el oficio al que ha sido condenado.
Este cuento, ciertamente humorístico, se vuelve genial cuando Pirandello, por boca de Chiàrchiaro, describe su tragedia, motivada por su aspecto, y entonces Pirandello deja fluir la ternura que nos provoca este personaje inverosímil a pesar suyo, este monstruo creado por la superstición y por los demás, que sin embargo es un ser humano. Cualquier otro autor se hubiera detenido en el chiste. Luigi Pirandello aprovechó para, una vez más, poner en tela de juicio la identidad de cada uno de los seres humanos, un tema recurrente en su obra, y para darnos el lado humano de una astracanada popular. No está al alcance de cualquiera hacer esto. Pero Pirandello lo consiguió una y otra vez, mostrándose maestro siempre.

(La Patente) 
[1911]
Texto en italiano de La Patente

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Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert

Tal vez no ha habido obra más controvertida en la literatura mundial. Reivindicada por muchos, entre ellos Borges, y denostada por muchos otros, esta novela inacabada plantea unos enigmas de intención y ejecución que han vertido ríos de argumentos.
La historia de dos escribientes que se encuentran por casualidad y congenian de inmediato, reciben una herencia y se retiran a vivir al campo, donde empiezan a interesarse por absolutamente todos los aspectos del conocimiento humano, cosechando en la práctica totalidad de ellos rotundos fracasos, no puede sino ser una historia humorística. Bien, así lo es El Quijote.
Y la referencia a Cervantes no es casual, ni tampoco original. Muchos escritores han comparado esta novela con la obra y los personajes quijotescos.
Ciertamente, Bouvard y Pécuchet se enfrentan a la agronomía, la jardinería, la conservería, la anatomía, la arqueología, la historia, la literatura, la hidroterapia, el espiritismo, la gimnasia, la pedagogía, la veterinaria, la filosofía y la religión con las ganas con las que el hidalgo acometía a los gigantes. Y, por supuesto, resulta que son molinos. Esos dos simplones no entienden nada de lo que leen, o lo entienden mal. O lo entienden pero lo expresan extemporáneamente, con lo que se enfrentan a sus vecinos. O lo expresan con propiedad, pero entonces causan la irritación o la envidia de esos vecinos.
Hay que tenerles una cierta simpatía para comprenderlos. Sus intenciones son puras, si bien su ingenuidad es tan grande que se dejan engañar, muchas veces por ellos mismos, y los resultados son desconcertantemente negativos.
Dicen que Flaubert quería con esta novela reunir todo el conocimiento humano en un solo volumen. Se ha argumentado que tal pretensión, al ser puesta por el autor en manos de estúpidos, era una falacia. Yo más bien me inclino a considerar que es una ironía. Si los libros no expresan con claridad el conocimiento humano de manera que Bouvard y Pécuchet no puedan entenderlos, si los personajes encuentran teorías contrapuestas y contradictorias, tal vez es porque algo falla en el conocimiento humano, y ese fallo sea la envidia que impide reconocer la bondad de las teorías del otro, o llegar a un compromiso.
La envidia está muy presente en este libro. Bouvard y Pécuchet, ingenuos como son, son estafados sistemáticamente por sus convecinos. Son envidiados cuando deben serlo; cuando, aunque sea por accidente, enuncian verdades, son criticados hasta el ostracismo. Son multados, perseguidos, en suma, son tan incomprendidos como Don Quijote. Y así como sólo la muerte salva al hidalgo, a nuestros dos personajes sólo los salva la muerte en vida, es decir, volver a ser escribientes, esta vez en su casa y sin salir al exterior ni trabajar para nadie.
Las peripecias de estas expediciones realizadas sin apenas salir de su granja son tan enormes que sólo pueden definirse como viajes. Al conocimiento humano, pero viajes al fin. A un conocimiento imperfecto, y eso es lo que descubren ambos protagonistas. Esa percepción es la subversión que propone el libro y, tal vez, convierte a Bouvard y Pécuchet en los hombres más sabios de toda su época.

(Bouvard et Pécuchet)
Ed. Losada
Buenos Aires, 2008 [1881]

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Visado para Shanghai, de Qiu Xiaolong

El lector, cuando procede en orden con esta serie, empieza a percibir lo detallado de la visión que sobre la China contemporánea nos da Xiaolong.
No se trata sólo de una visión política, aunque el interés principal de sus novelas se centra en la convivencia, a veces difícil, entre una estructura de estado socialista con un incipiente y tal vez desenfrenado capitalismo de libre mercado. También insiste en todos los aspectos culturales chinos, y el cuadro que éstos presentan es fascinante; por decir un tópico, China es una cultura milenaria, y sus costumbres y usos no pueden ser aprehendidos de golpe. Esta cultura, a su vez, conforma a las personas, y el lector tiene a veces la impresión de hallarse en otro planeta.
Claro que para eso está Xiaolong, que va desvelando capa a capa este pensamiento diferente, estas otras costumbres; de tal manera que el lector, de forma gradual, empieza a ver el modelo subyacente en China, con capitalismo, socialismo, o sin ellos.
También, y descendiendo a asuntos más prosaicos, empieza a interesarse por la vida sentimental de Chen Cao. Un prometedor cuadro del estado que sigue soltero pero que debe pensar muy bien con quién formar una familia. Mientras tanto, asistimos a los enamoramientos que sufre y, en resumen, a la soledad fundamental que le acomete.
Por centrarnos en esta novela, en ella Chen Cao tiene que ser anfitrión y guía de una policía estadounidense, llegada a China para trasladar a la esposa de un testigo protegido que testificará en un juicio contra el principal capo de la mafia de la inmigración ilegal china en América. Un asunto delicado para Chen Cao, puesto que es una tarea más política que policial, en la que sabe que cualquier desliz puede ser el final de su carrera. Y el problema es que la esposa de ese testigo ha desaparecido en circunstancias que hacen sospechar que las tríadas, resurgidas con el capitalismo, tienen algo que ver.
No es ningún misterio que, aprovechando la presencia de un personaje occidental, Xiaolong lo empleará para desvelarnos ciertos aspectos sociales y culturales chinos que de otra manera hubieran sido difíciles de señalar, pero en eso reside la gracia, y el autor se las arregla para integrar muy bien estas explicaciones dentro de la acción.
Las novelas de Xiaolong son las mejores introducciones a un sistema contradictorio que presenta unas incógnitas y unos recelos considerables, una clave para entender hasta qué punto la sociedad china se transforma y cómo su población entiende y convive con esos cambios. No sin tensiones, y Xiaolong no ahorra tratar aspectos delicados o poco amables de una sociedad de consumo comunista. El autor puede presumir de retratar mejor el país que cualquier guía o documental. Entre otras cosas, porque su interés se centra en las gentes y no en las políticas. En suma, quien quiera entender la China de hoy hará bien en pasar por las historias de ese peculiar detective, medio policía medio poeta, que es Chen Cao.

(A Loyal Character Dancer)
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2012 [2002]
Serie Inspector jefe Chen Cao nº 2

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Perdición, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL

(Double Indemnity); 1944

Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder, Raymond Chandler, basado en la novela de James M. Cain; Intérpretes: Fred MacMurray (Walter Neff), Barbara Stanwyck (Phyllis Dietrichson), Edward G. Robinson (Barton Keyes), Tom Powers (Mr Dietrichson), Porter Hall (Mr Jackson), Jean Heather (Lola Dietrichson), Byron Barr (Nino Zachetti), Richard Gaines (Edward S. Norton Jr); Dir. de fotografía: John Seitz; Música: Miklos Rozsa.

Una obra maestra bajo todos los puntos de vista, se considera que esta película es la iniciadora del género fílmico que se ha venido denominando como film noir.
Al respecto, hay que decir que aunque se habla mucho del noir, nadie ha sabido todavía explicarme en qué consiste, y así veo cómo la etiqueta se aplica a melodramas muy oscuros, a historias de gángsters muy claras, y, en general, a todo aquello que contiene un cierto toque criminal y urbano estadounidense. Aunque también se ha puesto la etiqueta en historias de frontera y en historias rurales.
En los extras a Perdición, un crítico lo define como "Lo hice por dinero, y lo hice por la chica. No conseguí el dinero, y no conseguí a la chica. ¡Eso es puro film noir!" Es emplear una frase de la película para definir todo un género, pero es una frase que el Raymond Chandler guionista parafrasea de sí mismo y, francamente, poco o nada aclara sobre el tema.
Tal vez la respuesta es que no la hay, y que el noir americano es más una atmósfera, un estado de ánimo, que otra cosa.
En cualquier caso, si hay elementos que componen esta clase de películas criminales, surgidas de la novela hard boiled de autores como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James M. Cain y otros, esta película los reune en su mayoría.
La historia de su concepción es legendaria, y ha dado bastante que hablar: de cómo Chandler y Wilder se odiaban durante la redacción del guión (la leyenda de que Wilder lo escribió todo y Chandler sólo firmó y cobró es, sin embargo, maliciosamente falsa: los diálogos son típicamente chandlerianos, y muy poca gente en es época podía escribirlos, salvo el propio Chandler); y sin embargo, o precisamente por esa animadversión, surgió un guión inatacable, duro, correoso, descarnado a la vez que emotivo.
El protagonista es un tipo normal (nada menos que un agente de seguros), pero, en la mejor tradición de la novela negra, nos va a caer simpático aun cuando caiga en el delito. Esa difuminación del blanco y negro moral para entrar en una gama de grises enorme es algo que rompió moldes en literatura, y se ha instaurado ya como una tendencia en el género criminal.
Tal vez por la herencia centroeuropea de Wilder, la figura de la femme fatale es extraordinaria, potente, poderosa y a la vez, como tiene que ser, atrayente. Atrayente hasta la perdición del título castellano.
Y, aunque es más dudoso adscribir eso a una tradición, podría bien ser que la fotografía estuviera inspirada por el expresionismo alemán. Dudoso, porque el excelente John Seitz, sí utiliza motivos de luces y sombras para dar expresión a la escena, pero no tiene porqué ser herencia directa del movimiento alemán, y más a una inteligencia propia de un gran director de fotografía.
¿Qué más se puede decir? Que MacMurray, Stanwyck y Robinson están prodigiosos en sus interpretaciones. Que la fotografía, como ya hemos dicho, habla por sí misma en muchas escenas; que la dirección de Wilder, y sus elecciones (la peluca rubia de Stanwyck, que hace daño a los ojos, no es sino un faro para señalarnos que es una mentirosa total) son tan sabias que difícilmente podrían rodarse de otra manera. Tal vez por eso, y en un alarde de masoquismo, en la edición especial en DVD se incluye el remake para televisión realizado décadas después. El guión es el mismo, la duración similar, los actores son decentes, y sin embargo, todo suena a poco creíble. ¿Por qué? Porque está rodada a la luz de un luminoso sol, entre otras cosas, y porque carece de atmósfera que acompañe a esas frases chandlerianas. Sí, tal vez el noir no es más que un estado de ánimo. Que Wilder expresó con una maestría incomparable.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Bill Potts - Porgy and Bess

Bill Potts fue un insigne pianista, pero un incluso mejor arreglista y compositor, de lo cual tendremos buena muestra hoy. Tocó con los grandes, y si tienen duda al respecto de su capacidad musical, les diré que Quincy Jones le pidió arreglo; que alguien que es considerado como una especie de rey sin corona del arreglo musical del jazz te pida que orquestes los temas que vas a tocar y grabar es síntoma de que nos hallamos ante un auténtico maestro.
Y lo que tenemos hoy es la recreación por parte de Potts de una obra tan popular e inmortal como es "Porgy and Bess", de Gershwin. En cuanto escuchen el primer tema reconocerán la melodía, pero les aseguro que quedarán sorprendidos por la frescura y la originalidad de esa música, de nuevo trazada por el genio de Bill Potts, alguien que, como indica el Cifu, tendría que ser mejor conocido.
Por descontado, una música no se interpreta sola, y la orquesta que hay reunida en esta grabación es una condensación de talento como pocas veces se ha dado en la historia del jazz. En ella se encuentran Harry Edison, Art farmer, Charlie Shavers, Phil Woods, Zoot Simms, Al Cohn, Bill Evans y Charlie Persip, por citar sólo algunos de los nombres más famosos.
De manera que prepárense a disfrutar de esta obra sorprendentemente recreada, y presten atención a los comentarios del Cifu.
Las piezas interpretadas son: Summertime; A Woman Is a Sometimes Thing; My Man Is Gone Now; It Takes a Long Pull to Get There; I Got Plenty o' Nuttin; Bess, You Is My Woman Now; It Ain't Necessarily So; Minor Themes Medley: A Prayer / Strawberries / Honeyman / Crabman; I Love You Porgy; Clara, Clara; y There's a Boat That's Leaving Soon for New York.


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Patio de Armas, de Ignacio Aldecoa

En apariencia un cuento de experiencia escolar, en apariencia una mera anécdota con apenas principio y sin ningún final, en apariencia muchas cosas inocentes; en realidad, un relato intensísimo, condensado, sobre la atmósfera que se vivió durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra (y, respecto del sistema educativo, la no tan inmediata); un relato que no tiene principio porque éste lo conocemos todos, y que no tiene final porque todavía se estaba desarrollando cuando se publicó, en una confrontación más o menos velada entre vencedores y vencidos; un cuento repleto de cosas que son inocentes sólo en apariencia, pero cuyo retrato de la realidad es tan descarnado que se vuelve casi subversivo.
El texto completo lo pueden leer en el enlace al pie de esta reseña. Vale la pena, insisto, porque hay todo un universo encerrado en este relato breve.
La atmósfera es tremenda. Para los que no somos de la generación de la guerra pero vivimos el franquismo, nos suena familiar, porque esa educación religiosa, estricta, pacata y mediocre, llena de una autoridad y unas buenas formas que rozaban lo sádico, se perpetuó en los años y se hizo cotidiana. Sin embargo, de pronto, aparece un soldado alemán vigilando las motocicletas guardadas en el cobertizo del colegio, y entramos de golpe en la Guerra Civil, en el frente norte, en las operaciones de la Legión Cóndor, y en una educación y un colegio que ya está conformado a una mediocridad tal, en un mundo gris tan sucio que sobrecoge. Y allí nos encontramos , en poquísimos párrafos, con todo el miedo y la angustia de la guerra, del militarismo golpista y de la represión: los traslados de los presos, mala noticia. Los funerales militares, las noticias de la guerra apenas musitadas, el control de los profesores sobre los alumnos, la ausencia total de política, en un silencio que se hace opresivo. Los detalles ínfimos que conforman todo un universo («el huerto de los frailes, trabajado por los chicos del Tribunal de Menores»). Y la ironía del inicio y el final: «El juego de las barras es más bien un juego francés. Nuestros escolares lo juegan raramente. He aquí en qué consiste este juego: Los jugadores, divididos en dos campos, que tienen un número igual de combatientes...», una metáfora de un juego que los mayores jugaban de continuo, el juego de la guerra, y una metáfora que se transmite al título, "patio de armas", que nos muestra una vida donde todo, hasta la educación, ha sido militarizado.

En Cuentos Completos 2
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19736 [1961]

Publicado originalmente en Caballo de Pica

Texto de Patio de Armas

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Las Estrellas de Hollywood, de Peter Bogdanovich

Para los aficionados al cine, el nombre de Peter Bogdanovich es de sobras conocido. Es uno de los directores más cinéfilos que existen (Targets; La Última Película; Qué Me Pasa, Doctor; Luna de Papel o Nickelodeon son algunos títulos en los que el cine es homenajeado directamente o tiene parte importante en el desarrollo fílmico), además de ser un activo colaborador en la conservación de películas clásicas y en diversas organizaciones cinematográficas estadounidenses.
Pues bien, Bogdanovich, que ha conocido a mucha gente del cine, se ha dedicado a reunir sus retratos y conversaciones en dos libros. El primero, Quién Diablos la Hizo, estaba dedicado a directores, y este segundo, que en original se llama Quién Infiernos Actuaba en Ella, a los actores.
Hay que decir que, de todos los actores y actrices de los que se habla, sólo a uno Bogdanovich no lo conoció en persona (Humphrey Bogart); del resto, si fue una visión cercana pero fugaz, el autor no proporciona su impresión sobre el artista y sus filmes, y si el contacto fue más continuado y personal, nos acerca al personaje mediante las conversaciones que tuvieron.
No es un libro de cotilleos, aunque la vida privada de las grandes estrellas es muchas veces imposible de separar de su carrera en la pantalla; más bien Bogdanovich se decanta por el análisis interpretativo, el cómo estos actores llegaron a ser lo que fueron en cuanto a intérpretes, mezclado con un afecto reverencial hacia ellos. Al fin y al cabo, todos, absolutamente todos, han marcado época en la historia del cine. Unos más y otros menos, cierto, pero ninguno puede ser calificado de menor.
Así es como este libro se hace atractivo en tanto nos descubre detalles poco conocidos sobre el arte de la interpretación y sobre el mundo de la industria de Hollywood, y a la vez nos devuelve a una época en la que las estrellas poblaban las pantallas y era perfectamente común ir al cine a ver la última película de tal o cual actor o actriz; y muy probablemente también, sabiendo qué ibas a encontrarte, aunque hubo actores que siempre dieron sorpresas, como Cary Grant o Montgomery Clift. En suma, un libro relajante y cinéfilo, hecho para disfrutar y con la mejor visión que puede tener uno de los buenos directores americanos sobre las grandes estrellas del cine.
Pero, antes de dejar el libro, y liberando de responsabilidad a Bogdanovich, hay otras cosas bastante desagradables en la edición española. El libro original de Bogdanovich no lleva fotografías; las que en la edición de lujo (hay otra de bolsillo, con menos aparataje gráfico) pueblan el libro forman parte del archivo editorial. Dejando aparte de que, para encarecer el precio, no hay como incluir material gráfico por el que no se ha pagado, el esmero con el que se incluye no ha sido demasiado grande: pies de foto erróneos (o inexistentes) e incluso fotografías giradas (tan evidentes como para poder ver el título de un libro en imagen especular); una traducción infame, en la que a veces hay problemas para saber qué se está expresando (y, créanme, he escuchado muchas veces hablar a Bogdanovich, una de las personas con mayor claridad de expresión que corren en el medio), y la irritante manía de poner todos los títulos de películas en castellano (bueno, no siempre. Incluso en esto no hay coherencia), hacen que el mérito de Peter Bogdanovich sea doble. Ha tenido que interesarme mucho lo que contaba como para soportar la tortura de esta edición. Si ustedes leen en inglés, ya saben cuál es mi recomendación.

(Who the Hell's in It)
T&B Editores
Madrid, 2009 [2004]

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