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Los Bajíos, de Wilfrid Ewart

En realidad, nada hay que justifique a nivel argumental la inclusión de este relato en una antología de cuentos fantásticos, salvo la muy leve razón de tener una última frase que indica: «Aún más terrible y real, mi pesadilla recrea el mortal silencio que se hizo después: el rítmico batir del oleaje, los mástiles desarbolados saliendo por encima de las aguas, y los rostros sonrientes de los ahogados, con la vista clavada en la superficie desde el verde fondo del mar.»
Eso y, claro, la enorme tentación que representaba incluir la narración de un autor olvidado que, sin embargo, está tan bien escrita que es ese estilo el que convierte en notable una historia que sólo sería una anécdota marinera sin más.
En efecto, como apunta Javier Marías en su introducción al relato, Ewart, muerto a los treinta años, recibió elogios de John Gawsworth, T. E. Lawrence, llamado de Arabia, y, last but not least, de Arthur Conan Doyle ("Habría llegado a lo más alto"). El relato se inicia con una descripción de un paisaje de la costa. ¿Sin más? No tanto. Estas presentaciones, que por lo general me cargan, en este caso está tan bien escrita, con tanto estilo y viveza, que introduce al lector en el terreno de tal manera que parece hallarse en ese dique que remata en un barco abandonado. Salvo este elemento, nada hay argumental, sólo un cuadro, una marina revuelta y brumosa; es un gran logro, que pocos autores son capaces de alcanzar.
A partir de la llegada a esa goleta varada, un mero derrelicto, la historia, sencilla pero a la vez terrible, se despliega: la goleta, cuando regresaba a casa, tuvo a bordo el nacimiento del hijo del capitán. En ese ambiente festivo, el capitán dio permiso para beber a la salud de su vástago y su esposa; pronto la tripulación se transformó en una banda indisciplinada y berreante. Nadie se apercibió de los primeros signos de la galerna, nadie advirtió la vía de agua que los embates del mar había causado. Ante el escoramiento de la nave, sólo el primer oficial reaccionó y, un poco por milagro, consiguió rescatar al recién nacido y llegar a tierra, ambos ilesos mientras el barco y la tripulación se iban a pique. Son estos dos, marino y huérfano, quienes encuentra el narrador en la cabina de la nave, relatando, como hacen siempre, una y otra vez, la historia de la goleta Wildflowetr.
No hay más, y esta historia (que el propio autor califica en el texto de "corriente y vulgar") necesita y es narrada de tal manera que pasa de superficial a atmosférica, delicada, literaria.
Hay que escribir muy bien para hacer eso, y Los Bajíos puede representar la confirmación del elogio de Conan Doyle que, leído lo leído, queda justificado por completo.

(The Flats)
En Cuentos Únicos
Eds. Siruela, col. El Ojo sin Párpado
Madrid, 1989 [pub. 1937]
Sel. y prólogo de Javier Marías


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La Lotería en Babilonia, de Jorge Luis Borges

Estamos ante uno de esos cuentos metafísicos de Borges que, tal vez más que el resto de su producción, dieron a su autor el carácter diferente y diferencial con respecto a cualquier otro, y que influyeron grandemente en la literatura mundial; prefigurando el realismo mágico y lanzando conceptos que resuenan, por ejemplo, en el Gigamesh o el De Imposibilitate Vitae de Stanislaw Lem, la riqueza de su argumento, su densidad temática que trasciende lo terreno para situarse en lo cósmico proporcionaba una variedad tal de sentimientos respecto al ser humano situado frente a lo universal que esa fuente se mostrado inagotable.
«Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles.» Así se inicia este cuento, que nos promete una historia individual de triunfo y desgracia y, en cambio, pronto se convierte en una de insignificancia frente al azar del mundo. Porque estas vivencias del narrador no son fruto de su elección. En Babilonia, nos explica, la institución de la lotería cayó en la indiferencia popular hasta que, en un golpe maestro, se instauró junto a los premios unas multas. A partir de ahí se sustituyó el dinero por castigos, y el de los premios por circunstancias personales ventajosas. De ahí a ordenar que todas las vidas de los babilonios fueran regidas, de una u otra manera, por el acierto de su suerte o por la indiferencia de lo no premiado, había un paso muy corto. «También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Éufrates un zafiro de Taprobana; otro, que desde el techo de una torre se suelte un pájaro; otro, que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena de los innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles.»
«Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar.» Semejante frase anticipa la sospecha que se hace certeza unos párrafos después, es decir, «Alguna [conjetura] abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas [...]. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá
Y así, con este último paso lógico, resumen tal vez de toda teología y teogonía que pueda existir, nosotros, lectores, quedamos convertidos en babilonios, con nuestras vidas regidas por un azar impersonal que conforma nuestras existencias, haya o no una Compañía de lotería que lo determina o bien un dios que juegue o no a los dados.
La magnitud de lo realizado por Borges en unas pocas páginas es enorme; en un cuento cuya ironía suaviza el vértigo de contemplar lo irracional y azaroso de nuestra existencia, Borges nos lleva desde lo más concreto e individual a un universo donde, reconozcámoslo, la decisión al azar de lo más trivial determinan un encuentro o un desencuentro, un accidente o la prolongación de la vida, el amor o el aborrecimiento. Unas vidas, en suma, enfrentadas a la enormidad de un universo (un sorteo universal, podríamos decir) que determina unos destinos que creemos falsamente controlar. Casi diríamos que nos pone frente al horror cósmico que, paradójicamente, son nuestras vidas concretas.

En Ficciones
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19719 [1941]

Texto en castellano de La Lotería en Babilonia

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Vuelo Nocturno, de Antoine de Saint-Exupéry

No sé ustedes, pero yo cada vez estoy más harto de El Principito y tengo más ganas de "el otro" Saint-Exupéry. Esto no es responsabilidad del texto en sí, sino más bien de la sobreutilización que se ha producido de ese cuento infantil: citado a troche y moche, por lo general a destiempo o inoportunamente, sobresantificado (y uno sospecha que esta mitificación proviene de una única lectura en la infancia, o incluso de una fragmentaria y ajena) y sobre todo mencionado por lo general con una expresión de arrobo o con un énfasis que bordea la histeria. No es un fenómeno nuevo, y ya Umberto Eco apuntaba que la sobreutilización o vulgarización de una obra maestra podía llevar a su degradación cultural y a una banalización tal que su valor cultural y literario se viera comprometido. El caso es que El Principito es incomentable. Las reacciones a cualquier comentario, en un sentido u otro, son demasiado viscerales, y se puede decir que ya la obra no se pertenece a sí misma, sino que es propiedad de aquellos que la citan (bien o mal) e incluso de las empresas que la han empleado como reclamo publicitario.
Si la consideración de El Principito fuera menos irracional, necesariamente el resto de la obra de Saint-Exupéry gozaría de una edición y difusión mucho mayor de la que tiene. No es así, y es una lástima, porque entonces los lectores descubrirían a un autor peculiar, basado en la experiencia, que tiene unas lecturas diferentes (y que podrían matizar aquello que se dice en y de El Principito), y enormemente interesante.
Vuelo Nocturno se sitúa en los primeros tiempos de la aviación, cuando el correo aéreo empezaba su andadura desde Tierra de Fuego, Chile y Paraguay hasta Buenos Aires y de ahí a Brasil y Europa, con la necesidad de competir con el resto de medios de transporte, lo cual obligaba a los pilotos a realizar arriesgados vuelos nocturnos.
Y, principalmente, es una obra que trata de la soledad: la de los pilotos en el aire,  veces sin comunicación con tierra; la de las mujeres de los pilotos, que esperan y esperan, y para las que un retraso transforma lo cotidiano en angustioso; y sobre todo la soledad del responsable de la compañía, anclado en tierra, conocedor de todo pero también sometido a la incertidumbre, y sobre esa misma soledad que representa tomar decisiones, a veces crueles, a veces despiadadas, siempre poniendo por delante la línea, los horarios y el servicio. Una soledad acrecentada cuando uno de los aviones desaparece en medio de una tormenta, un accidente que se cronometra y se marca por el límite de combustible, la frontera entre la esperanza y la tragedia.
El propio autor ocupó esa posición de responsabilidad para la compañía Latécoère en 1920, y por tanto la narración tiene ese verismo extremo que la convierte, paradójicamente, en dramática por su cotidianeidad. Todo ello sin que el accidente sea mostrado, cosa que indica a las claras que Saint-Exupéry no busca tanto el drama fácil como el espíritu de aquellos que se mueven en ese mundo de los vuelos nocturnos. Un mundo de incomparable belleza, el que mira al cielo en una época en la que volar era una aventura, una exploración, una entrada en un territorio virgen. Frente a esa soledad que se convierte en comunión con un cielo estrellado (que parece más cerca del piloto y de su exclusiva propiedad), el autor traza también la soledad de la espera y la soledad del mando y la responsabilidad que seguro que él sintió, y la hace protagonista de un texto que trasciende a su historia para convertirse en una aproximación al ser humano abandonado a sí mismo.

(Vol de Nuit)
Anaya, col. Tus Libros
Madrid, 19822 [1931]
Prefacio de André Gide
Apéndice y notas de Emilio Pascual 

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Malas Calles, de Martin Scorsese

SESIÓN MATINAL 

(Mean Streets); 1973

Director: Martin Scorsese; Guión: Martin Scorsese y Mardik Martin; Intérpretes: Harvey Keitel (Charlie), Robert de Niro (Johnny Boy), David Proval (Tony), Amy Robinson (Teresa), Richard Romanus (Michael); Dir. de fotografía: Norman Gerard.

Con apenas argumento, sólo llevado por el tenue hilo conductor del personaje de Johnny Boy, interpretado por de Niro, y desde luego sin desenlace definitivo, esta película es de aquellas que o se aman o se odian. Ciertamente no es de visionado fácil, porque no sigue los postulados narrativos habituales en el cine. Sin embargo, y ya desde su inicio, la intención de Scorsese queda clara: en el centro de la pantalla, rodeada de los títulos de crédito iniciales, aparece una filmación en súper 8 de aspecto casero (e, incidentalmente, ver a Harvey Keitel actuando mal, es decir, muy bien, en esa filmación, mostrando la rigidez típica de los no actores cuando están siendo filmados, es de un mérito enorme), que nos muestra las escenas típicas de estas películas domésticas: encuentros celebraciones, bromas, etc.
Lo que Scorsese nos dice es que su película va a ser ni más ni menos que eso, una filmación de la vida diaria de la que podríamos definir como clase media baja de la delincuencia en el Little Italy de Nueva York. En este aspecto, la decisión de quitar peso a la historia se justifica, pasando a ser la película un documental emocional (ya que no puede serlo real) de la vida en las calles del barrio italiano y sus gentes en los años setenta.
De ahí que a veces se incluyan escenas filmadas en plena calle, sin preparación, y que toda la película, con su manejo de cámara a veces al hombro y su fotografía algo granulada (menos en una escena en la que se sale de Little Italy, lo cual refuerza esa tesis fílmica), adquiera ese tono de testimonio.
Se trata de una película muy poco moralista y, sin embargo, altamente moral: la descripción de las vidas de los protagonistas pasa, inevitablemente, por su estilo de vida que ha sido conformado por una pertenencia a un barrio, a una familia y, en resumen, a una tradición de la que no pueden sustraerse, una especie de ley particular que les domina. Únicamente Johnny Boy está al margen de este dominio, y lo está porque se nos insinúa que está medio loco; lo bastante como para arriesgarse a morir en su desprecio a la convención.
No es, desde luego una película agradable, ni fácil, pero sí, en sus propios términos, es una película necesaria y que marca mucho de lo que su director ha realizado después. Por eso es imprescindible para entender la filmografía de Scorsese.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Thelonious Monk 14-15 Mayo 1957

Habíamos escuchado en el programa anterior a Thelonious Monk haciendo una insólita colaboración como Jazz Messenger en el mítico grupo fundado por Art Blakey y Horace Silver. Todavía nos quedan por escuchar las tomas alternativas, que contienen solos por supuesto diferentes y tan geniales como los de las tomas que salieron publicadas en disco. Les recuerdo la composición de los Messengers en esa ocasión: Thelonious Monk al piano, Bill Hardman a la trompeta, Johnny Griffin al saxo tenor, Spanky de Brest al contrabajo y Art Blakey a la batería. Las tomas alternativas en cuestión son las de Evidence, basado en las armonías de Just You Just Me, un tema muy del gusto de Monk y, si me lo permiten, mío; Blue Monk, y ojo al solo que se marca el gran Johnny Griffin; y I Mean You, y de nuevo presten atención al solo de Monk, porque, si en la toma "buena" estaba espléndido, en esta no lo está menos.
Entonces iremos de nuevo al estudio con Monk como líder de una formación "ampliada", y qué formación: Monk al piano, John Coltrane al saxo tenor, Wilbur Ware al contrabajo, Ray Copeland, un músico muy fino, a la trompeta, Art Blakey a la batería, y ya saben la química que exoistía entre Blakey y Monk, Coleman Hawkins al saxo tenor, mano a mano con Coltrane y sin desmerecer, y el gran Gigi Gryce al saxo alto.
Lo primero que se escuchará es la primera toma de Crepuscule with Nellie, que tiene una historia detrás que el Cifu les explicará mejor que yo; y, de resultas de esta historia, y con Monk ausente, el resto del grupo, para aprovechar la sesión, se marca una improvisación de trece minutos sobre un blues de Gigi Gryce, Blues for Tomorrow, que es tan buena que si siguieran por otros trece minutos no pasaría nada, y los músicos felices.
Atentos a las explicaciones del Cifu, con mayor razón en esta segunda sesión, y que disfruten con la música del gran genio del jazz Thelonious Monk.

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He Aquí el Hombre, de Michael Moorcock

Michael Moorcock es uno de esos escritores rebeldes, experimentales, innovadores en la forma y en el fondo, que tuvieron que refugiarse bajo la etiqueta de la ciencia ficción en los años sesenta, setenta y principios de los ochenta, cuando en realidad eran literatos de propio derecho, algo que algunos, Moorcock entre ellos, ha podido demostrar dentro de la corriente general literaria poco después de esa fecha.
En el caso de He Aquí el Hombre, formalmente (¿cómo podría ser de otra manera?) ciencia ficción [Nota: esta reseña se refiere al relato, o más bien novela corta, de 1966; Moorcock amplió y profundizó el cuento para convertirlo en una novela del mismo título en 1970] el protagonista, Karl Glogauer, psicólogo jungiano frustrado, aficionado (como lo era el propio Jung) al ocultismo y lo paranormal, casi obsesionado por la persistencia, origen y significación del cristianismo, tiene la oportunidad de realizar un viaje temporal gracias a una máquina que ha construido un cliente de su librería ocultista. L emplea para desplazarse a la Palestina de la época de Cristo, con la intención de advertir a Jesús de su destino. Allí es recogido por una tribu esenia capitaneada por Juan el Bautista, y ya tiene dificultades para negar que es el enviado (los restos de la máquina y las ropas que llevaba no hacen sino corroborar su origen sobrenatural).
Viajando hasta Nazaret, descubre horrorizado a la familia de José el carpintero, de la estirpe de David, y en concreto a Jesús, un muchacho afecto de idiotismo. Consternado y moviéndose entre el pathos de la magnitud histórica y sus propias dudas, Glogauer empieza a tomar el lugar que la historia reservaba al nazareno hasta llegar a provocar su propia crucifixión.
El argumento no era nuevo ni siquiera en 1966, pero, moviéndose en la ciencia ficción más basal, se limitaba a la advertencia a Cristo de lo que le esperaba y a la bondadosa reconvención de éste al viajero temporal.
Moorcock, en cambio, va mucho más allá, y hay que destacar que en las setenta y pocas páginas de He Aquí el Hombre, introduce más sociología, psicología, teología, historia y erudición en general que algunos autores han puesto con posterioridad en el mismo tema en cuatro mil páginas. Y, por descontado, con gran calidad literaria. Un texto así no puede sostenerse por el escándalo que pueda provocar, sino que requiere una base más sólida, y esa es la enormidad de los mitos, y la curiosa paradoja de que mediante la desmitificación de los mismos (al fin y al cabo, Moorcock es especialista en antihéroes), se pueda reconstruir esa realidad mítica con la misma potencia, aunque con diversa visión.

(Behold the Man)
En El Libro de los Mártires
Producciones Editoriales, col. Star Books
Barcelona, 1980 [1966]

Texto en castellano de He Aquí el Hombre

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Alta Fidelidad, de Nick Hornby

El caso de Nick Hornby es singular. Sus libros obtienen un éxito inmenso, tratan temas inusitados, a veces desagradables, lo hacen sin tapujos y sin embargo consiguen emocionar. Es una mezcla muy arriesgada, y no obstante Hornby consigue equilibrarla y hacer que el lector se interese por la vida de los personajes y las circunstancias que describe en sus novelas. Así, en Fiebre en las Gradas, conseguía una de las pocas y grandes novelas sobre fútbol, aptas para que la leyese cualquiera; en Cómo Ser Bueno, una historia que en un principio podía parecer lacrimógena se convertía en humana y agradable.
El secreto tal vez radica en que todo lo que cuenta Hornby está firmemente basado en la realidad: sus personajes, sus ambientes, los detalles con que llena sus novelas, todo es perfectamente real, creíble. Si sus situaciones pueden no serlo tanto es porque se trata de novelas, al fin y al cabo; pero mediante el verismo de todo lo que envuelve a estas situaciones, el lector entra en la historia y se mete de cabeza en ella.
Con Alta Fidelidad, Hornby nos introduce en la vida de Rob, propietario de una tienda de discos que malvive en uno de los barrios de Londres, en la que sólo vende lo que le gusta, y en la que trabajan dos personajes tan extraños y peculiares que bien podría llamarsela tienda de locos. A esta vida en apariencia insatisfecha no contribuye el hecho de que su compañera, Laura, acaba de abandonarle.
A partir de aquí entramos en la espiral de dudas que acometen a Rob al respecto de su vida sentimental, y al repaso de ésta a lo largo de su vida, unas relaciones amorosas que parecen marcadas por los abandonos de las mujeres a las que ha querido.
¿Verdad que esto parece manido, incluso vulgar? Pues Hornby lo transforma en una obra de rara sensibilidad. Trufada de listas ("las cinco mejores...") y de títulos de canciones, asistimos a una mirada sobre el miedo a comprometerse y los traumas de unas relaciones malentendidas, en las que las personas tienden a subvalorarse. Todo ello sin apenas darnos cuenta y con unos toques de comedia que ayudan a llegar hasta el final y dejan un buen regusto al lector.
Si consideran a Hornby un optimista, pues bueno, sí, lo es. Hay de todo en la literatura. Pero les aseguro que lo que no es Nick Hornby es mal escritor. Pruébenlo y ya me dirán si tengo razón o no.

(High Fidelity)
Punto de Lectura
Madrid, 2000 [1995]

Existe reedición en Ed. Anagrama
Portada y sinopsis

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El Compromís, de Sergei Dovlatov

Sergei Dovlatov, que fue "invitado" a irse de la Unión Soviética después de haber estado en la cárcel, haber sido guardián de campo de prisioneros, desempeñado un sinnúmero de oficios y haberse mostrado siempre irremediablemente crítico e irónico con el sistema soviético, también fue periodista.
En Estonia, nada menos. Si cito el lugar es porque, a las dificultades de escribir en la prensa soviética sin acabar represaliado, en Estonia se unían las sensibilidades de un pueblo cuyas vicisitudes no han sido precisamente bien vistas desde Moscú, lo cual añadía un riesgo más al oficio.
Dovlatov narra en esatas páginas esas vicisitudes, esos compromisos que tuvo que aceptar para seguir ganándose unos rublos a cambio de escribir la literatura periodística que consumían los ciudadanos en el día a día, es decir, algo tan parecido a la realidad como un cuento de hadas.
Pero, ya se sabe, a Dovlatov la irreverencia le salía por los poros, de manera que su destino fue, por muchos compromisos que aceptara, o negociara, y pese a ser considerado el mejor escritor de la redacción, el despido y la sugerencia de que hiciera "prensa obrera", es decir, que se pusiera a trabajar en una fábrica y escribiera sus vivencias dentro de las normas del estajanovismo. Dovlatov narra estos artículos particularmente alejados de la realidad, y los contrapone a cómo fueron escritos y a la misma realidad que se ocultaba tras esas auténticas piezas de ficción resultantes.
El resultado es, a veces, incongruente, a veces insólito, casi siempre humorístico, en esa clase de risa que es la que se expresa por no llorar. Como por ejemplo el artículo escrito para celebrar el nacimiento del ciudadano número 400.000 de Tallinn. Bueno, en primer lugar no era el número 400.000. La población de la capital era una estimación. En segundo, que ese bebé nacería "casualmente" la víspera del aniversario de la liberación de Tallinn (la víspera y no el mismo día, preferiblemente a las doce de la noche, para dar tiempo a la publicación). Tercero, el bebé será sano. Cuarto, se llamará Lembit, por un héroe del pueblo; porque, por supuesto, una niña no es apropiada.
Dovlatov se presenta en la clínica, y allí empieza su particular via crucis kafkiano con el director de la misma. El primer nacido que reúne las características es, digamos, de color chocolate, hijo de una obrera y un estudiante etíope en la escuela naval, marxista, eso sí. No vale. El segundo, hijo de un poeta laureado, tampoco, ya que el poeta laureado es judío. El tercero va de perlas, pero para que le ponga semejante nombre al niño se necesitarán unos cuantos rublos y un mucho de vodka.
Y así con muchas otras historias. Hay que destacar la resignación que se entrevé en la población ante un estado de cosas que, en realidad, es un juego de fingimientos perpetuo, aquel de "hago ver que soy un buen comunista" y el de las autoridades que hacen ver que se lo creen. Y el humor, esa ironía que destilan los escritos de Dovlatov, que permite ver los absurdos de no tanto unas situaciones como de todo un sistema.

(Компромисс / Kompromiss)
Labreu Eds., col. La intrusa
Barcelona, 2011 [1981]

Existe edición castellana en Ikusager Ediciones

Portada i sinopsi de l'edició catalana

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La Carta, de William Wyler

SESIÓN MATINAL 

(The Letter); 1940

Director: William Wyler; Guión: Howard Koch, basado en el relato de W. Somerset Maugham; Intérpretes: Bette Davis (Leslie Crosbie), Herbert Marshall (Robert Crosbie), James Stephenson (Howard Joyce), Sen Yung (On Chi Seng), Frieda Inescort (Dorothy Joyce), Gale Sondergaard (Sra. Hammond), Bruce Lester (John Withers), Tetsu Komai (Sirviente); Dir. de fotografía: Tony Gaudio; Música: Max Steiner; Montaje: Warren Low.

En esta película nos hallamos en el terreno del más puro melodrama. Y del mejor melodrama, tal y como se entendía en los años cuarenta, la gran época de este género. En una plantación de la península malaya se escucha un disparo. Lo siguiente que vemos es a un hombre salir por la puerta tambaleándose y a Bette Davis detrás suyo, empuñando un revólver, que descarga una y otra vez sobre el cuerpo del infortunado; así, con ensañamiento y frialdad. Avisado el abogado amigo de la familia y el delegado de policía, la mujer da su versión de los hechos: con el marido fuera de casa, Hammond, teóricamente amigo, se presentó furtivamente en la plantación y empezó a hacer la corte a Leslie, intentando después forzarla, hasta que la mujer se libró de él y, hallando una pistola, se defendió hasta matarlo.
Poca cosa, según el abogado. Ningún jurado condenará a Leslie tras escuchar esta versión, que es acvalada por varias circunstancias, de la mala fe de Hammond y la defensa propia de la mujer.
Sin embargo, y a la espera del juicio, llega a oídos del abogado Joyce la existencia de una carta escrita por Leslie a Hammond ese mismo día, en el que lo invitaba a venir a la plantación, y que cambia por completo la perspectiva del caso.
Es puro melodrama lo que sigue... Los esfuerzos de Joyce para convencer al abogado de que hay que recuperar esa carta, los escrúpulos de éste en ocultar una prueba; y el marido... que está en la inopia.
Y para que estos argumentos, por lo general absurdos o tan extremos que rayan en lo increíble, funcionen, es necesario que estén fílmicamente tratados con una profesionalidad que pone a prueba la credulidad del espectador. Y en la obra maestra que es La Carta, esta profesionalidad la proporcionan las grandes interpretaciones de Herbert Marshall, James Stephenson, Sen Yung y, sobre todo, una Bette Davis grandiosa, perfecta, en toda una lección de registros dramáticos. Además de un tratamiento fílmico por parte del director William Wyler, en una auténtica lección de cine, con un manejo de la cámara y el encuadre tan sutil y profundo que proporciona significado propio a las escenas, añadiendo un significado visual a los diálogos y a los gestos de los personajes. Si a ello añadimos la fotografía del genial Tony Gaudio y la música de Max Steiner, tenemos una obra maestra del cine sin reservas, sea cual sea el género de que se trate.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Louis Armstrong en el Crescendo Club

El más grande de todos los clásicos y el músico al que se le debe todo lo que el jazz es. En esta ocasión, y antes de pasar al concierto en el Crescendo Club, escucharemos algunas piezas grabadas en estudio con sus All Stars: Louis a la trompeta y a esos peculiares vocales y scats, el estupendo clarinetista Barney Bigard, el no menos estupendo trombonista Trummy Young, al que les recomiendo escuchen con atención, porque han habido muy pocos trombonistas de su categoría; el pianista Billy Kyle, una delicia; Arvell Shaw al contrabajo; Barrett Deems a la batería; y Velma Middleton en algunos vocales, que, como veremos, no sólo tienen una calidad inmensa, sino un humor prodigios, haciendo intercambios procaces con Louis Armstrong.
En esta sesión de estudio, Armstrong grabó piezas compuestas por el gran W. C. Handy, empezando por Old Miss; Chantez-le Bas, con vocales de Louis y el trombón potente de Trummy; Hesitating Blues, con un dúo de Velma Middleton y Armstrong; y Atlanta Blues, con vocal de Louis.
En 1954, que es cuando se grabaron estas piezas, Armstrong ya había dicho todo lo que se tenía que decir en cuestión de innovación. Las piezas tocadas por Satchmo eran conocidas y nadie podía esperar nada nuevo en ellas. Sin embargo, estaba en una forma espléndida. Su trompeta, reconocible a la primera nota, sigue teniendo ese sonido imperial, dominador, con una técnica inimitable e incluso sorprendente, porque Louis estuvo siempre a la altura del genio que era y siempre, siempre, dio al público lo que éste esperaba... y un poco más.Si alguien tiene dudas, que escuche estas interpretaciones, y verá cómo a los pocos segundos empieza a disfrutar con la música de un genio único, enormísimo cronopio, como lo llamó Julio Cortázar.
En el Crescendo se escuchará When You're Smiling; It Ain't What You Do, composición de Trummy Young en la que éste realiza el vocal y tiene un solo prodigioso de trombón; Lover Come Back to Me, con vocal de Velma Middleton; Don't Fence Me In, con intercambios vocales entre Velma y Louis, una pieza divertidísima; y el clásico Basin Street Blues, con intervención vocal de Armstrong.
Presten atención a los comentarios del Cifu, como siempre, y disfruten con la música del auténtico creador del jazz, Louis Armstrong.


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Muerto en Resaca, de Ambrose Bierce

Durante la guerra de Secesión, el mejor soldado de una brigada es el teniente Herman Brayle. Alto, de más de 1,90, no sólo es un oficial de estado mayor eficiente, sino que, a diferencia del resto de soldados y oficiales, tiene la manía suicida de quedarse expuesto al fuego, sea cual sea la circunstancia. Su altura y el ir montado a caballo todavía le hacen más reconocible y blanco más fácil. Ya ha sobrevivido a unas cuantas acciones en las que el que no haya muerto puede considerarse un milagro. Y, sin embargo, no se vanagloria de ello, no se cree más valiente que los demás, no lo hace para acumular méritos.
Este es el postulado del relato de Ambrose Bierce Muerto en Resaca, una pequeña joya del género de cuentos de guerra, y uno cuyas resonancias se perciben incluso hoy. El relato lo pueden leer en los enlaces al pie de esta entrada, pero fíjense sobre todo en este párrafo, teñido de esa ironía que caracterizaba a Bierce:
«En tales circunstancias, la vida de un oficial del estado mayor de brigada no es precisamente "una vida feliz", sobre todo a causa de la precaria duración y de las emocionantes alternativas a que se halla expuesta. De un lugar más o menos seguro ─lo que no impide que, para un civil, desde allí sólo pueda escapar a la muerte "por milagro"─ pueden ordenarle que lleve un mensaje al coronel de un regimiento que ocupa la primera fila, personaje poco visible en aquel momento y que no es fácil encontrar [...]. En un caso así, es costumbre hundir la cabeza entre los hombros y galopar a todo lo que da el caballo, porque el mensajero se ha convertido en un objeto del más vivo interés para varios millares de admirados tiradores. A la vuelta... Bueno, no suele volverse.»
Es un estilo irónico, crudo y sin embargo altamente moderno, como podría haberse escrito en el siglo XXI.
Pero el relato tiene una profundidad mayor a la mera anécdota de porqué alguien mostró una conducta tan singular durante el combate y resultó (el título no deja lugar a especulaciones durante el relato) muerto en Resaca, uno de los muchos lugares que vieron grandes combates durante la guerra civil. Y es la responsabilidad de todos aquellos que, sin tener idea de lo que es la guerra, imponen sus ideas sobre la valentía y el comportamiento heroico a aquellos que sí van a ella. Una vez se descubre cuál es el motivo del heroísmo del teniente Herman Brayle, la ironía se vuleve doloroso, pero además se vuelve criminal, en ese final absolutamente perfecto que Bierce desata en este cuento maestro.

(Killed at Resaca)
En Cuentos de Soldados y Civiles
Eds. Orión, col. Pruebas de galera
Buenos Aires, 1975 [1877]
Trad. y prólogo de José Bianco

Texto en castellano de Muerto en Resaca
Texto en inglés de Killed at Resaca

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Un Gramo de Odio, de Frantz Delplanque

Un asesino a sueldo, Jon Ayaramandi (vasco, por más señas), decide retirarse. Para ello, consigue una "pensión" de jubilación de su jefe convenciéndole de que tiene escrito un relato detallado de los treinta asesinatos cometidos por encargo, garantizándose así un seguro contra "accidentes". Sin embargo, su descanso dura poco. Un día, en una casa vecina, escucha unos gritos pidiendo auxilio. Allí encuentra a un hombre violando a una chica, Perle. Tras añadir uno más a la lista de sus cadáveres, entra en connivencia con la mujer, y se convierte en una especie de abuelo para la niña nacida de esa relación forzada. Todo parece haber vuelto a la normalidad, pero un día, en el pueblo, encuentra casualmente a Burger, otro asesino a sueldo, y poco después el novio de su protegida Perle desaparece, con toda probabilidad para siempre. Todos los indicios y un testimonio casual apuntan a un trabajo realizado por Burger. Perle, la hija de ésta y él mismo pueden ser considerados testigos incómodos de una operación en teoría limpia, de manera que Jon tiene que volver a tomar las armas y retornar a un mundo del que creía se había librado para siempre.
Frantz Delplanque compone un thriller efectivo (aunque con algunas vacilaciones de estructura), en el que su protagonista, uno de los mejores en su oficio, ve enturbiadas sus capacidades por el amor y las circunstancias personales. Bien escrito, repleto de referencias musicales y flashbacks de Jon, esta novela se convierte en una de aquellas historias trepidantes en las que la acción se hace motor de la lectura y las motivaciones de cada uno de convierten en épica.
Aunque no es poco, no esperen una novela social, ni de tesis demasiado intrincadas. La primacía es la acción tensa que domina esta historia de venganzas en las que nadie lo sabe todo sobre los demás y todo el mundo miente u oculta alguna cosa.
Es lícito. La novela de puro entretenimiento tiene su lugar en el mercado, e incluso es necesaria, de tanto en tanto, la evasión pura. Lo difícil es hacerla bien, y Delplanque, pese a que tiene algunos fallos de ordenación de lo escrito, que en alguna ocasión perjudican el ritmo de la novela, se desenvuelve con facilidad y nos narra una historia plausible que cumple con lo que pretende, que es el entretenimiento del lector.

(Du Son sur les Murs)
Santillana / Alfaguara, col. Alfaguara Negra
Madrid, 2013 [2011]

Portada y sinopsis

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El Ídolo de las Cícladas, de Julio Cortázar

En principio, este relato de Cortázar parece que trate sobre un tema tan antiguo como es el del triángulo amoroso. Somoza no es un arqueólogo, pero está excavando en una isla griega, donde descubre un ídolo antiguo. Y Morand y Thérèse son sus amigos, los que han contemplado el descubrimiento, pero se percibe con claridad que Somoza está enamorado de Thérèse. Hasta aquí, todo se enmarca dentro de la tensión de un triángulo que puede o no ser posible, de una pareja que puede romperse mientras se forma otra.
Sin embargo, en los relatos de Cortázar nada es tan sencillo ni lineal. Por fortuna. El relato pueden ustedes leerlo en el enlace que figura al pie de la reseña. Una vez hecho, habrán notado que la aproximación de Somoza a la estatua del ídolo no es la de un arqueólogo, ni tan siquiera la de un admirador del arte. Su acercamiento a ella es intuitivo, poético podríamos decir. Hace réplicas del ídolo, lo acaricia, entra en contacto con él. De hecho, el mismo Somoza declara que quiere alcanzar una comprensión de la finalidad que tenía el ídolo no por suposición, sino por comunión con él.
Y ahí tenemos un enalce entre los dos temas. Porque ya he dicho que la historia del triángulo amoroso es tan antigua como el mundo, y el nexo de unión entre el hombre antiguo y el moderno bien puede ser representado por una estatuilla que retrotrae a aquellos que se acercan a ella a unas épocas menos civilizadas y más brutales. Cuando Morand toma el relevo de Somoza como oficiante, el ritual está completo, y no nos queda más que imaginar si lo que espera a Thérèse es un castigo ejercido por Morand por su atracción por Somoza o bien la consumación de un sacrificio exigido por un ídolo que, finalmente, ha resurgido a la luz tras siglos de estar enterrado.
Los relatos de Cortázar tienen múltiples niveles de significado, y el psicoanalítico sería en este caso perfectamente aplicable, aunque hay otros muchos que pueden darse en este cuento intrigante pero enormemente tenso, obra de la pluma de un maestro.

En Los Relatos 1 Ritos
Alianza Ed., col. El libro de bolsillo
Madrid, 19763 [1956]

Aparecido originalmente en Final del Juego

Texto de El Ídolo de las Cícladas

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La Vida Privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder

SESIÓN MATINAL 

(The Private Life of Sherlock Holmes); 1970

Director: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder, I. A. L. Diamond; Intérpretes: Robert Stephens (Sherlock Holmes), Colin Blakely (Dr Watson), Genevieve Page (Gabrielle Valladon), Clive Revill (Rogozhin), Christopher Lee (Mycroft Holmes), Catherine Lacey (mujer en silla de ruedas), Stanley Holloway (enterrador); Dir. de fotografía: Christopher Challis; Música: Miklos Rozsa; Dir. artístico: Alexander Trauner.

Una película que siempre ha desatado controversias. No acaba de gustar a los amantes del cine de Billy Wilder, que la encuentran poco sarcástica, poco ácida; y provoca desconfianza en los aficionados al detective de ficción por excelencia, que ven cómo se toma ciertas libertades desmitificadoras con el personaje.
El caso es que esta película tenía que contener cuatro historias, pero se quedaron en dos. La primera es una pieza satírico / cómica sobre Sherlock Holmes y su misoginia, y la segunda un caso holmesiano que podría bien ser uno de los canónicos debidos a la pluma de Conan Doyle, si no fuera porque es creación exclusiva de Wilder y Diamond.
Esta mezcla no satisface a ambas facciones de aficionados. Y, ciertamente, puede desorientar al espectador. Lo que primero se plantea como una sátira absoluta del personaje enfrentado a la realidad (Holmes incluso se queja de que Watson haya incrementado en dos pulgadas su estatura) de pronto pasa al terreno más absoluto de la ficción holmesiana.
Sin embargo, y tomada en sí misma, se trata de una película muy notable. No sólo el apartado desmitificador del filme está bien trazado, sino que éste, junto con el caso que sigue, son en extremo respetuosos con el personaje. Casi podríamos decir que son tratados con cariño, con humor a veces (el mismo Conan Doyle tenía esos ramalazos en sus historias), cierto, pero con un afecto que puede extrañar en los que están acostumbrados a la mordacidad de Wilder. Y el caso que se plantea es tremendamente canónico, perfectamente interpretado por Stephens y Blakely como Holmes y Watson, rodeados de la cohorte habitual: la señora Hudson, Mycroft Holmes (interpretado por un sorprendente Christopher Lee), y la clienta enigmática que pone en marcha a un Holmes abatido por la falta de casos que representen un desafío.
Todo ello compone una película que merece mejor opinión y mayor prestigio, y que puede enseñar bastantes cosas sobre cómo tratar a los personajes holmesianos con originalidad pero sin perderles el respeto.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Abdullah Ibrahim en Tampere + Woody Herman en el Basin Street West

En primer lugar, tendremos, más que un concierto, un recital (por el tono reflexivo e intimista que pervade en toda la actuación) de una leyenda viva del jazz, Abdullah Ibrahim, conocido antes de su conversión al Islam con el nombre de Dollar Brand. Multiinstrumentista, capaz de tocar, por ejemplo, el saxo soprano, la flauta, el violonchelo, o cantar, aquí le tendremos al piano en trío, acompañado de unos profesionales estupendos, Larry bartley al contrabajo y Rod Youngs a la batería. Su origen sudafricano se refleja en un estilo percusivo, y en su interés en trasladar (o retornarlos) los ritmos africanos al jazz, algo que se percibe en muchos momentos de este concierto. Sin interrupción entre temas, se escuchará The Mountain; District 6; Nisa; Duke 88; Sotho Blue; Eleventh Hour; For Coltrane; y Blues for a Hip King. Y, en lo que pudo ser una propina (y bien larga, por cierto, lo cual le clasifica como músico generoso), Mindif.
Si, después de este precioso recital de piano, se han quedado con ganas de escuchar algo más movido, no se preocupen. Conmemorando los 25 años de la muerte del gran director de orquesta Woody Herman, el Cifu nos ofrece en la segunda parte del programa un concierto en directo en el club Basin Street West.
Las orquestas de Woody Herman fueron unas de las más rítmicas (infernalmente rítmicas, podríamos decir, y si no esperen a escuchar un par de piezas de este concierto) de toda la historia del jazz. Al mismo tiempo, fueron un vivero de grandes músicos, de manera que siempre mantuvieron una calidad altísima en su música. En la composición de hoy destaca el saxo tenor Sal Nistico, pero no sólo él. Presten atención al Cifu cuando comente la composición de la banda, y verán que hay nombres que han pasado por derecho propio a la historia del jazz. Se escuchará El Toro Grande; Days of Wine and Roses, a un ritmo inusitado para esta pieza; Caldonia, a una velocidad casi extenuante, increíble; Wailing in the Woodshed; The Good Earth; The Sidewalks of Cuba; y Apple Honey.
Un doble programa muy variado, pero de una calidad indiscutible. Les insisto en los comentarios del Cifu, que les pondrán en situación mejor de lo que yo pueda hacer. Que disfruten.

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Tatuaje, de Roald Dahl

He aquí un relato que, por lo menos en sus tres cuartas partes, tiene una ternura inusual en los cuentos de Roald Dahl. Pueden leer el relato en los enlaces que figuran al pie de esta entrada, y para animarles a hacelo les diré que se incia con un hombre casi un mendigo que, caminando por las calles de París, se detiene ante el escaparate de una galería de arte. Ahí puede ver un cuadro que le resulta familiar por su estilo; y, en efecto, ve que es obra de Soutine, al que define como "mi pequeño calmuco", un joven artista con el que vivía mientras se ganaba la vida como tatuador.
Un día, tras una jornada de trabajo afortunada, el hombre regresa a casa dispuesto a celebrarlo con varias botellas de vino, y, tras algunas copas en buena compañía de su esposa y el artista, el tatuador propone enseñarle en dos minutos su arte a Soutine y que éste tatúe una pintura suya en la espalda del hombre.
Cuando entra el extatuador en la galería, el disgusto es notable, pero se transforma en asombro cuando, ante los intentos de echarle, el hombre afirma que él también posee un auténtico Soutine, y se quita la camisa para demostrarlo. Y ràpidamente recibe una oferta por él.
Insisto en que todo lo que ha sucedido hasta ahora tiene una ternura inusual en Dahl: la inocencia y amistad entre el tatuador y Soutine, la compañonía entre ambos dos y la esposa del hombre (que sirve de modelo para el tatuaje), la emoción al reencontrar la pintura de su amigo que, aunque muerto, ha alcanzado el reconocimiento, etc. Sin embargo, no sería Roald dahl si no tuviera este relato un final inquietante, que se deja a la imaginación del lector, pero que suscita en la mente de éste las más macabras resonancias.
Un relato, como siempre en su autor, inimitable (aunque han existido imitaciones del mismo, por supuesto no tan logradas), y que sigue siendo una delicia intemporal para el lector.

(Skin)
En Relatos de los Inesperado
Argos Vergara
Barcelona, 1980 [1979]

Texto en castellano de Tatuaje
Texto en inglés de Skin

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Cuervos, de John Connolly

Con una serie bien establecida a sus espaldas, en esta novela se aparca momentáneamente el destino, que se teme funesto, que acompaña al detective Charlie Parker para centrarse casi en exclusiva en uno de sus casos y apenas en su vida personal.
Sin embargo, Parker sigue siendo lo que los ingleses denominan un "imán de lo extraño", de modo que lo que nos encontramos es una caso policial, sí, pero con esa intrusión de lo psíquico, de las almas dolientes, en la historia; una característica que ya es marca de la casa y que, precisamente, da su carácter distintivo a estas peculiares novelas negras que Connolly nos regala.
Una niña ha desaparecido en el pueblo de Pastor's Bay, en Maine, y todo el protocolo federal, estatal y local se ha puesto en marcha temiendo un secuestro por motivos pedófilos. Coincidiendo con esto, uno de los habitantes de este pueblo ha contratado mediante una abogada los servicios de Parker. ha empezado a recibir fotos anónimas que lo retrotraen a un pasado terrible. Y es que Randall Haight, cuando era menor de edad, asesinó en compañía de un amigo a una menor en Dakota del Norte. Juzgado como adulto y condenado a dieciocho años de prisión, a su salida se le proporcionó una nueva identidad para darle una oportunidad de emprender otra vida limpia de un estigma que podía condenarle a algo peor que la cárcel. Ahora, alguien parece haber descubierto su nueva identidad y amenaza con hacerla pública en el peor lugar posible, en uno en el que será el sospechoso principal del secuestro de la joven Anna Kore.
Sin embargo, Parker sospecha que hay algo más en esta historia. Tiene la impresión de que Haight miente en su versión de lo sucedido en Dakota, y de su auténtico papel en la hecho. Y él mismo empieza a recibir mensajes por teléfono que acusan al jefe de policía local. Y entre los agentes del FBI asignados al caso hay uno que, en principio, no debería estar allí, puesto que se ocupa en la lucha contra el crimen organizado.
Pese a que el dilema del destino de Parker, y que es uno de los atractivos de la serie, queda soslayado por le momento (aunque el intenso pathos que acompaña al personaje sigue muy presente), el caso está tan bien trazado y su desarrollo es tan logrado que Cuervos sigue siendo una de las mejores opciones dentro de la novela negra actual. Sigue tratando del mal, y aunque nos ea tan absoluto como en otras novelas, la presencia de unos cuervos más que ominosos como testigos de las acciones de Parker hacen suponer que este episodio puede tener sus repercusiones futuras en el enfrentamiento que Charlie Parker mantiene con los representantes en la tierra de ese mal absoluto.
Hemos destacado ya otras veces el logro que representa el que Connolly revitalice un subgénero tan agotado y difunto como el del detective psíquico. Eso se debe a aplicar los modelos de la novela negra moderna al género del investigador de lo sobrenatural, pero también a introducir un intenso realismo en los paisajes y en los personajes, así como en captar a la perfección la atmósfera que pervade Nueva Inglaterra, una entre el gótico puritano tradicional y los devenires de la sociedad contemporánea, en este caso la crisis económica actual. Y el introducir un elemento social, pero a la vez humano y profundamente doliente del sufrimiento que se abate sobre las gentes; un sufrimiento que se deposita en los hombros de Parker, un personaje como no hay otro en la novela negra moderna.

(The Burning Soul)
Tusquets Eds., col. Andanzas
Barcelona, 2012 [2011]
Serie detective Charlie "Bird" Parker nº 10

Portada y sinopsis

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Ahi, Paloma, de Rosetta Loy

Ay, Paloma es una novela en la que las vivencias de su autora se confunden con la narrativa. En el verano de 1943, un grupo de adolescentes pasa las vacaciones en un pueblo de montaña, Brusson. Vacaciones o bien un alejamiento de las miserias de la guerra, que los bombardeos aliados ya han empezado a verter de forma más directa sobre la población italiana.
En un principio, no vemos más que a este grupo de adolescentes haciendo lo que todos los de su edad hacen en semejante situación: sus reuniones, sus juegos, sus charlas, los incipientes amores de verano que se forman, acompañados siempre por las notas de la canción "Ahi Paloma" que suena en un gramófono, sus incertidumbres y sus temores en una edad de cambios.
Sin embargo, la llegada de la fecha de la caída de Mussolini y el armisticio con los aliados, la traición o no traición de Italia para con los alemanes y, en resumen, la creación de un nuevo orden de cosas, acelerará el crecimiento de estos jóvenes, metiéndolos, casi de un empellón, en la edad adulta.
Rosetta Loy, que vivió esa época precisamente a esa edad (con lo que es difícil discernir lo fabulado de lo vivido), elige para esta obra una estructura evocativa, más que narrativa. Lo que describe son escenas, pequeños cuadros casi de costumbres, que representan más postales de una época que no una narración lineal de los protagonistas. Son pequeñas situaciones, algunas anodinas y otras dramáticas, pero que ayudan a poner en situación una época de forma atmosférica. La razón para esto es, sencillamente, que estas cosas sucedieron. La autora no busca una novela de tesis o de testimonio, sino una representación del ambiente que la gente de su generación respiró y vivió por aquel entonces, y cómo las pequeñas decisiones de la adolescencia fueron sustituidas por las grandes decisiones de la edad adulta, tal vez sin que estuviesen preparados para ello (uno de los veraneantes se alista con los camisas negras de la República de Salò; otro es delatado como judío a las SS; otro se une a los partisanos).
En un texto enormemente breve, Loy nos proporciona este tiempo vivido, esta atmósfera y este cmbio a la fuerza que afectó a una generación, de forma extraordinariamente natural, sin grandes fuegos de artificio, pero sin escatimar ninguno de los dramas que sucedieron en una época convulsa.

Einaudi Ed., col. I Coralli
Milán, 2000 [2000]

Portada y sinopsis de la edición italiana

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El Hombre del Brazo de Oro, de Otto Preminger

SESIÓN MATINAL 

(The Man with the Golden Arm); 1956

Director: Otto Preminger; Guión: Walter Newman, Lewis Meltzer, basado en la novela de Nelson Algren; Intérpretes: Frank Sinatra (Frankie Machine), Kim Novak (Molly), Eleanor Parker (Zosch Machine), Darren McGavin (Louie), Arnold Stang (Sparrow), Robert Strauss (Schwiefka), John Conte (Drunky), Doro Merande (Vi), George E. Stone (Sam Markette); Dir. de fotografía: Sam Leavitt; Música: Elmer Bernstein; Diseño de producción: Joe Wright; Títulos de crédito: Saul Bass.

Vista hoy, esta película resulta un poco ingenua. Sin embargo, fue la primera en el que se trataba el tema de la drogadicción de forma abierta, y uno de esos filmes que representaron un golpe al agonizante código Hays de autocensura del cine americano.
La historia de Frankie Machine, un jugador de póker (el mejor manejando la banca en las timbs clandestinas) que vuelve del sanatorio donde se ha desintoxicado por orden judicial, resuelto a no volver a caer en la heroína y con una nueva vocación a cuestas, la de ser batería en una gran orquesta (incidentalmente, el que dobla a Sinatra en la batería es el gran percusionista Shelly Manne), es una más que tópica. De hecho, las circunstancias personales de Machine, ligado a una esposa presuntamente inválida por culpa suya, mientras se debate en la atracción por Molly (Kim Novak), hacen que la película tenga más un tono de melodrama que otra cosa.
Sin embargo, y con todos estos peros, la película sigue siendo apreciable hoy en día. ¿Por qué? Tal vez porque, como dijo Leslie Halliwell después de enumerar defectos, "Sinatra está bien; y la película es diferente..."
Es tal cual lo dice, en la oscilación entre el melodrama, el noir americano y el drama a secas, Frank Sinatra, que ya estaba buscando salir de papeles estereotipados, hace una gran interpretación, y la música de Elmer bernstein confiere a este filme una atmósfera peculiar. En suma, una película histórica que ha envejecido algo, pero que todavía conserva suficientes valores como para que su visionado sea una experiencia satisfactoria hoy.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Modern Jazz Quartet en Suecia

Prepárense a tener una velada con el grupo más elegante y sofisticado de toda la historia del jazz, el Modern Jazz Quartet.
Definidos de múltiples maneras, como el puente entre la música clásica y el jazz (una definición correcta, pero incompleta), como jazz de cámara (cosa que muchas veces es cierta), y criticados por su falta de swing (una falsedad catedralicia), no ha habido otro grupo que haya podido entrar con tanta facilidad en los auditorios y complacer a tantos públicos diferentes. Y respecto a lo de su swing, gente que los ha entendido mejor ha hablado de swing implícito o subyacente (el Cifu, en una expresión que me encanta, habla de "swing en voz baja"); en realidad, el swing está presente en toda la música producida por el MJQ. Sin embargo, muchas veces se procede por relevos: es marcado por el batería, pero después queda a cargo del contrabajo, o del pianista; e incluso, algunas veces, se detiene... para reaparecer después. Esta desaparición no implica la inexistencia. Su mera presencia espaciada ya marca un ritmo propio de la música, pero también la dota de un swing. Peculiar, eso sí. Pero swing al fin y al cabo.
En fin, dejándonos de polémicas, pasemos a lo que importa de verdad, como es la música y los músicos. En la época de este concierto (mejor dicho, de los conciertos) en Suecia, el MJQ estaba formado por sus dos cabezas de filas, John Lewis al piano y Milt Jackson al vibráfonio, y del estupendísimo contrabajista Percy Heath y el batería Connie Kaye, que no elogio porque de ello se encargan, con justicia, las enciclopedias del género.
Y el repertorio es el siguiente:
En primer lugar, ese tema bandera del grupo, Django; despue´s vendrán Bluesology; I Should Care; La Ronde; I Remember Clifford; Festival Sketch; Vendôme; y Odds Against Tomorrow. Pero sigan leyendo.


En la segunda parte del concierto tendremos: Pyramid; It Don't Mean a Thing (y comprobarán que el swing del MJQ existe, aparte de escuchar una muy peculiar versión de este tema); Skating in Central Park; The Cylinder; 'Round About Midnight; Bag's Groove; y I'll Remember April.
 Espero que disfruten de este peculiar grupo de jazz, que combina la elegancia con una música impecable, y presten atención a las explicaciones del Cifu, que les dirá más cosas que yo (y más sensatas) sobre esta institución única del jazz.

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Así Niego a Beelzy, de John Collier

Como bien señala Javier Marías en la introducción a este relato, John Collier puede ser considerado "un digno heredero de Poe, O. Henry y Saki". Su devoción por lo fantástico está fuera de duda, su estilo de choque, sorprendente y vivaz, es reminiscente del de O. Henry, y su humor virado al negro lo asemejan a Saki.
Así Niego a Beelzy es su cuento más famoso, citado una y otra vez en las bibliografías de lo fantástico, incluido en innumerables antologías y reunido en todas las colecciones de su autor.
Es un relato delicioso, sorprendente y fresco. Para los que leen inglés, pueden hallarlo en el enlace que figura al pie de esta entrada. Para los que no, les anticipo que es un cuento en apariencia típico de niño que tiene un amigo imaginario.Pero sucede que también tiene un padre. En apariencia moderno, uno de esos que fingen ser el mejor amigo de su hijo, que se siente complacido cuando (a imposición suya), el "pequeño Simon" le llama "Simon grande". En suma, y gracias a la prosa de Collier, sospechamos que es un fracaso como padre, y desde luego no el mejor amigo del pequeño.
Algo que se demuestra cuando, interrogado el niño sobre lo que ha estado haciendo por la tarde, responde que ha estado jugando con el señor Beelzy. A lo cual, el padre responde intentando que el niño entre en razón y racionalismo y reconozca que se trata de un producto de su imaginación infantil. Por supuesto, el pequeño Simon se niega, lo que enfurece al padre, quien lo envía escaleras arriba con la promesa de una azotaina (la pedagogía moderna está muy bien cuando funciona, pero al parecer Simon grande es partidario de la vieja escuela cuando van mal dadas).
Del final, sólo les anticipo (puesto que es casi evidente desde el título) que "Beelzy" bien podría ser una forma familiar de "Belcebú".
El relato, condensado, breve, pero en extremo medido, es una maravilla. Con pequeños trazos, los personajes quedan definidos en sus papeles, la situación marcada con rapidez, la tensión creciente párrafo a párrafo, y el final, tan divertido, irónico e inquietante como los de los grandes maestros a los que nos hemos referido anteriormente, es demoledor.
Es una lástima que John Collier no sea más conocido, ya no en España, sino globalmente. Sus relatos pueblan las antologías, pero parecen ser considerados obras únicas (y de ahí la inclusión en la colección de la que lo he tomado para hacer la reseña). Sin embargo, su humor y fantasía son de los mejores del género, y bien merecerían sus obras mejor edición.

(Thus I Refute Beelzy)
En Cuentos Únicos
Ed. Siruela, col. El Ojo sin Párpado
Madrid, 1989 [1941]
Selección, edición y prólogo de Javier Marías

Texto en inglés de Thus I Refute Beelzy

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Exercicis d'Estil, de Raymond Queneau

Este libro poliédrico es un monumento perenne de la literatura, de la metaliteratura, del humor, del juego y del aprendizaje de la escritura. Semejante cúmulo de niveles de significado y de utilidad es producto de un autor como no ha habido otro, Raymond Queneau. Narrador sobresaliente, fundador del Ouvrage de Litterature Potentielle (Oulipo) y poseedor de una fina ironía, siempre fue defensor de la literatura como juego, pero un juego muy serio. Serio, pero no desprovisto de humor, puesto que el humor también es cosa seria y, como saben aquellos que lo hayan intentado, difícil de producir.
Ejercicios de Estilo parte de una base narrativa intrascendente, ridícula: En el autobús S, en una hora punta. Un hombre de unos veintiséis años, sombrero blando con cordón en lugar de cinta, cuello demasiado largo como si se lo hubieses estirado. La gente va bajando. El hombre en cuestión se enfada con un vecino. Se queja de que le dé empujones cada vez que pasa alguien. Tono llorón que quiere pasar por pícaro. Cuando ve un asiento libre, se abalanza a él.
Al cabo de dos horas, me lo encuentro en la Cour de Rome, frente a la estación de Saint-Lazare. Está con un amigo que le dice: "Tendrías que hacerte poner un botón suplementario en el abrigo". Le indica dónde (en el escote) y porqué.
Estas son las "Anotaciones" de inicio de unas variaciones casi matemáticas que recuentan esta misma historia en diferentes estilos: en análisis lógico, en pretérito indefinido, telegráfico, espectral, filosófico, desenvuelto, en forma de soneto, macarrónico, metafísico, en aféresis, y así hasta noventa y ocho variantes, desde las más ínfimas a las más delirantes.
Y aquí empiezan los diversos niveles de significación de este libro. Hay que destacar que, en la época, existía un postulado literario que decía que el tema marcaba su forma narrativa, y que este axioma podía ser variado muy pocas veces; por ejemplo, que la vida de un guerrero sólo podía contarse de forma elegíaca o épica. Pese a que este orden de cosas ya había sido subvertido en algunas ocasiones (por ejemplo, por James Joyce en su Ulises), esto era así y, si no, no era buena literatura.
Queneau realiza un ensayo profundamente subversivo. Lo que declara es que cualquier cosa puede narrarse de cualquier manera, cambiando (o no) su intención narrativa, pero sin variar ni un ápice el hecho relatado. Ejercicios de Estilo se convierte en un libro programático, pues, y su programa es abrir la literatura a una modernidad absoluta en la que todo es narrable, todo es maleable y todo es relativizable, hasta la misma forma literaria. Un vistazo a los estantes literarios mostrará que esto ha sido, desde hace ya más de medio siglo, una realidad que ha revitalizado la narrativa. Los autores que pueden servir de ejemplo a esta subversión (que hoy resulta normal), relacionados o no con el Oulipo, pueden ser Perec, Italo Calvino o Julio Cortázar. Y, a partir de ahí, a cualquier autor que considere que la forma es ya una narración en sí misma, independientemente de lo narrado, como por ejemplo Raymond Carver o Thomas Pynchon.
Otros logros, tal vez menos trascendentes pero igualmente importantes, son el hecho de que Ejercicios de Estilo sea uno de los libros ineludibles como material didáctico para entender la literatura y para practicarla.
O, leído por sí mismo, el inmenso humor y fantasía que representa girar cada página y hallar la sorpresa de una historia ya sabida pero narrada de forma tan diferente que se renueva a sí misma.
O, tal vez más importante, el comprender que la literatura es un juego, un ejercicio constante de mentiras narradas, de constructos del autor que, mediante esas construcciones, quiere llevarnos a un lugar, hacernos sentir algo determinado. Hacernos entender que la obra literaria trasciende a su historia e incluso a su narrativa, que es poliforme e infinita, que todas sus variantes, incluyendo al lector en ellas, multiplican la historia y la hacen ilimitada, descomunal.

(Exercices de Style)
Quaderns Crema, col. Mínima de Butxaca
Barcelona, 19893 [1947]
Traducción y presentación de Annie Bats y Ramon Lladó

Existe edición castellana en Eds. Cátedra

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