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Los Samuráis, de Jonathan Clements

Un tema de estas características evoca tantas leyendas y mitos que es difícil de tratar con objetividad. De hecho, incluso aunque se intente tratar con rigor histórico el tema es complicado, pues siempre se llega a textos antiguos que son más cantos realizados por los vencedores que no auténticas fuentes imparciales. Y a eso se suma toda la imaginería que las películas, los cómics, los dibujos animados y quién sabe qué más han añadido al tema, sin contar con la propia mitificación occidental de la figura (y una mitificación japonesa de la misma, que también existe).
Sin embargo, Clements es un autor que se ha dedicado intensamente al estudio de las civilizaciones orientales, y eso le proporciona una documentación en las fuentes originales y un poso cultural que le permite tratar el asunto de los samuráis con toda seriedad.
Pero, además, una historia de esta casta guerrera no puede separarse de la historia general del Japón. Al fin y al cabo, y desde sus primeros inicios, los samuráis fueron los instrumentos ejecutores de las políticas de sus señores.
Y aquí hay un problema añadido. La historia medieval del japón, si alguna vez han intentado pasar por ella, es un auténtico infierno. Los señores feudales japoneses vivían inmersos en un mundo de alianzas y contraalianzas, un mundo en el que no falataba, muchas veces, el doble juego y la traición dentro del mismo clan. Un intento de compilar esa historia es una interminable serie de nombres y de clanes entremezclados entre sí, con unas relaciones tan circunstanciales y, a la vez, tan rígidas, que en la mayoría de los casos acaban desembocando en un dolor de cabeza para aquel que se adentra en estas luchas.
Bien, pues a la cultura y conocimiento de Clements debemos añadir que se las apaña muy bien para desentrañar este monumental embrollo de la política feudal japonesa y, si no ponerla en claro del todo (el propio Clements reconoce la dificultad), sí aclararla lo suficiente como para convertir este libro en el único manual de historia japonesa que trata el período de manera comprensible y, a la vez, no simplísticamente. Es un gran mérito, créanme; doy fe personalemnet de la dificultad que eso conlleva.
Lo cierto es que esta casta guerrera y los señores a los que sirvió dominaron la historia japonesa durante más de ochocientos años, llegando a su final cuando el emperador del Japón, durante la restauración Meiji, en 1869, instauró un ejército regular nacional y desposeyó a los samuráis del derecho a portar armas.
Clements observa a estos guerreros durante toda su existencia, y los ve cambiar, analiza sus contradicciones y desmonta muchos mitos, incluyendo la ficción del Bushido, un texto popularizado en occidente (e, irónicamente, en Japón a través de las traducciones occidentales) que, en realidad, no es sino una ficción creada a posteriori, una creación de un código de conductas del samurái que no existía antes de 1900.
Son estos detalles, más una completa visión histórica y detalladas referencias a obras, ya históricas o literarias, la que hacen de este libro el texto definitivo sobre la historia de unos guerreros más legendarios que otra cosa, pero que podemos percibir en su realidad en las páginas de este texto histórico.

(A Brief History of the Samurai)
Ed. Crítica
Barcelona, 2010 [2010]

Portada y sinopsis (en inglés) en la web del autor

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El Caserón de las Sombras, de James Whale

SESIÓN MATINAL 

(The Old Dark House); 1932

Director: James Whale; Guión: Benn W. Levy y R. C. Sherriff, basado en la novela Benighted, de J. B. Priestley; Intérpretes: Melvyn Douglas (Penderel), Charles Laughton (Sir William Porterhouse), Raymond Massey (Philip Waverton), Boris Karloff (Morgan), Ernest Thesiger (Horace Femm), Eva Moore (Rebecca Femm), Gloria Stuart (Margaret Waverton), Lilian Bond (Gladys), Brember Wills (Saul Femm), Elspeth Dudgeon (como John Dudgeon) (Sir Roderick Femm); Dir. de fotografía: Arthur Edeson; Dir. artística: Charles D. Hall.

Hay equilibrios que son un milagro. En el caso de El Caserón de las Sombras, cuando alguien la contempla con espíritu analítico (no lo hagan, por favor; por lo menos la primera vez, déjense llevar) se sorprende de las muchas veces que está a punto de caer o en el ridículo o en la incoherencia, y se sorprende todavía más cuando sale airosa de estas situaciones.
Porque esta película no es una de simple terror como puede anunciar el título (e intenta presentar el tráiler que les incluyo); en realidad es una comedia macabra, algo que se ha hecho muy pocas veces con éxito en el cine.
Una noche tormentosa (y oscura, sí), unos viajeros buscan refugio en un caserón. Se trata de una partida de lo más alegre, y lo que encuentra en su interior es a la familia Femm, con Horace que es un prófugo, su religiosa e inquietante hermana, un patriarca familiar de 102 años que permanece en cama y vive en permanente terror, un vástago loco encerrado en una habitación del piso superior, y, para redondear el cuadro, a Boris Karloff como mayordomo, asunto ya inquietante cuando el bueno de Morgan (Karloff) está sobrio, pero que se vuelve en extremo peligrosa cuando está bebido y decide remediar su profuinda soledad con una de las bellezas de nuestros alegres viajeros.
Todo lo cual es muy clásico, y si me apuran, hasta estereotipado. Lo prodigioso es que funciona. Tanto en su vertiente humorística como en su vertiente macabra y terrorífica. Es algo misterioso, y se debe, si es que se pueden explicar estos milagros, a la combinación del genio de James Whale, una producción, la de la Universal, que en el campo del terror estaba en su cima, y a unas interpretaciones magníficas.
The Old dark House no es una curiosidad de tiempos pasados. Es una obra maestra que sigue teniendo su encanto original incluso hoy, y que reserva una grata sorpresa para aquel que se acerca a ella esperando ver una pieza arqueológica y se encuentra con una comedia sorprendente enmarcada en un ambiente terrorífico de los mejores que sehan puesto en pantalla.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Thelonious Monk Mayo 1957

Hoy encontramos a Thelonious Monk como "simple" Messenger. Es, por supuesto, una broma. Pero me hace una particular ilusión esta sesión de grabación por la que se puede decir que el genio Monk formó parte de mi grupo de jazz favorito (aunque más que una formación, y bajo la dirección de "Papá" Blakey, era a veces una auténtica escuela), los Jazz Messengers.
La razón de este encuentro no era otra que la `profunda amistad y admiración entre Art Blakey y Thelonious Monk. De estos sentimientos suelen salir grandes cosas, y esta sesión es cien por cien feliz.
Aparte  Blakey a la batería y Monk al piano, los Messengers de ese momento eran el estupendísimo Johnny Griffin al saxo tenor, el trompetista Bill Hardman, no muy bueno en ese momento, pero que cumple; y no sólo cumple en un tema, como veremos. Y Spanky De Brest al contrabajo, con un gran sonido y excelentes solos.
Escucharemos Evidence, en el que les ruego se fijen en lo que Blakey hace por detrás de las interpretaciones de sus compañeros; y su solo es mágico. In Walked Bud,una de las composiciones de Monk, dedicada a Bud Powell, que más me gusta; Blue Monk, en la que Johnny Griffin muestra a las claras el porqué ha quedado como uno de los grandes nombres del jazz; I Mean You, que figura como una de las mejores interpretaciones de Hardman en las enciclopedias; y es que Blakey "olía" a los buenos músicos. Como explica el Cifu, posteriormente Bill Hardman se convirtió en un trompetista más que bueno. Rhythm-a-Ning, en el que Monk se muestra descomunal acompañando por detrás al resto de músicos; y un tema de Griffin (todos los anteriores eran de Monk), Purple Shades; por supuesto, Johnny Griffin, en su propia composición, está inmenso.
En suma, una sesión de gran calidad, con muy buena música condensada en seis temas, y que merece la pena disfrutarse. Atentos, como siempre, a las explicaciones del Cifu, siempre imprescindibles.

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Luella Miller, de Mary E. Wilkins-Freeman

Con el canon firmemente establecido por el Drácula de Bram Stoker en 1897 (y, créanme, fue una sensación en todo el mundo), la ficción vampírica buscó nuevos lugares donde establecerse. El más lógico, a su peculiar manera, fue Nueva Inglaterra, un lugar extrañamente estadounidense donde se instauró la tradición, que perdura hasta hoy, del Nuevo Gótico americano (el otro lugar donde esta tendencia encontró firme arraigo fue en los estados del Sur).
De allí era Mary Eleanor Wilkins-Freeman, escritora elogiada (y con razón) por Henry James, autora que escribió, aparte doce novelas y más de doscientos relatos, uno de los más recordados cuentos vampíricos, y uno extrañamente avanzado a su tiempo, este Luella Miller.
Sólo por seguir un poco con la tradición, el relato se inicia con una descripción del lugar, una descripción en lenguaje de 1903, pero firmemente gótica, de la casa en la que vivió la Luella Miller protagonista. No obstante, pronto la autora se centra en esta figura, delicada y bellísima, que tiene la particularidad inquietante de hacer que cualquiera que viva bajo su mismo techo no tarde en morir por consunción sanguínea. Su compañera en la escuela del pueblo en la que trabajaba como maestra, su marido, varios parientes y algunas personas que hacían el trabajo de la casa. Porque Luella Miller fue una mujer que jamás realizó un trabajo manual o, incluso, ningún trabajo en absoluto. Todo, desde preparar el desayuno a las tareas de mantener la casa, tenía que ser realizado por otras personas, ya que Luella no sabía ni preparar café.
No hay nada macabro ni morboso en la figura de Luella, si exceptuamos esta excéntrica incapacidad manual. de hecho, el relato es peculiarmente avanzado a su época, puesto que, mientras queda claro que Luella Miller es causa y efecto de la muerte de aquellos que se acercan demasiado a ella, sólo podemos definir esta curiosa maldición como una especie de vampirismo psíquico, en absoluto causado por una exacción física de la sangre de las víctimas. Lo más inquietante del relato, además de este inexplicable fenómeno, es la delicadeza, casi inocente, de Luella, y la dureza con la que es tratada por parte de la vecina que narra la historia y por los rumores que corren por el pueblo (unos rumores que, no obstante, son subrepticios; el párroco los condena como supersticiosos, una especie de expiación y reacción a la caza de brujas de Nueva Inglaterra, siempre presente en el imaginario local).
Porque ahí se halla también otra de las características del gótico de Nueva Inglaterra. En otras latitudes, tal vez el hecho concreto hubiera ocupado el centro de la narración. En este relato, sin embargo, es la censura social, la unidad y uniformidad de la comunidad la que ocupa, una y otra vez, la posición principal. El reproche que se le hace con mayor frecuencia a Luella no es que sea la causa de muerte de los que la rodean, sino que es un hecho conocido y desaprobado por todos, en el que se empeña en persistir. A los que se acercan a Luella se les advierte, se les conmina a dejar que se las apañe por sí misma (y de ahí la utilidad narrativa de la incapacidad para las tareas), que practiquen un ostracismo con ella (y, por ende, que la dejen morir, puesto que, sin gente a su alrededor, la misma Luella parece afectada por esa misma consunción).
Es una característica que, literariamente hablando, es tradicional en un modo delicioso. Incluso hoy Nueva Inglaterra tiene fama de poseer una "aristocracia" propia y un sistema social muy cerrado y vigilante de sí mismo. Proviene del establecimiento de las colonias puritanas, en las que no existían secretos y todos eran los guardianes morales y religiosos de sus hermanos, léanse vecinos. Estas costumbres, aun modificadas y reprimidas, imprimen carácter, y ese carácter se muestra con toda claridad en este relato, que por muchas razones merece su pervivencia y popularidad.

En The Penguin Book of Vampire Stories
Penguin Books
Londres, 1988 [1903]
Edición de Alan Ryan

Texto en castellano de Luella Miller, en el blog "El Espejo Gótico"
Texto en inglés de Luella Miller, en la web "Literary Gothic"

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La Gente de Smiley, de John Le Carré

Dentro de la serie de largo aliento que tiene a George Smiley como hilo conductor (Llamada para el Muerto; Asesinato de Calidad, un policiaco "convencional" con Smiley de protagonista; El Espía que Surgió del Frío y El Espejo de los Espías, con Smiley como personaje circunstancial) la trilogía definitiva del personaje (El Topo; El Honorable Colegial; La Gente de Smiley) es, probablemente, la cima de la ambición literaria y temática de John Le Carré.
En ella define absolutamente todo un mundo: el del Circus y el espionaje durante la guerra fría; el retrato de un mundo cambiante en el que todo conflicto ya no es "limpio", sino una lucha intestina y secreta compuesta en su mayor parte de mezquindad e inhumanidad; y sobre todo, precisa su personaje central, Smiley, y su reflejo negro, el jefe del Centro de Moscú, Karla.
En El Topo veíamos cómo debía luchar, más que contra un infiltrado soviético, contra su propio fracaso personal, y en El Honorable Colegial descubríamos a un Smiley que, puesto al frente del Circus, resultaba demoledoramente expulsado de ese mundo porque su ética ya no encajaba con una visión del mundo más cínica y despiadada de lo que Smiley estaba dispuesto a tolerar; en La Gente de Smiley tenemos la impresión de asistir a su venganza contra todo lo pasado.
Un viejo general estonio descubre que karla se ha vuelto loco: en contravención a todos los postulados de los servicios secretos, está buscando una "leyenda", una historia, un pasado creíble para una muchacha, y así poder situarla en una clínica psiquiátrica de Occidente. El general acude al Circus, pero éste lo rechaza como la reliquia in´ñutil que cree que es. Esto le cuesta la vida al general Vladimir de un disparo en la cara. Este crimen hace sonar campanas de alarma en el Circus, y se encomienda a Smiley, que había sido el enlace con la red de emigrados de Vladimir, que recoja los pedazos "sin enturbiar las aguas"; es decir, que entierre el asunto con toda discreción.
Pero Smiley siempre confió en Vladimir. Jamás éste pidió dinero, jamás vendió información. jamás intentó hacer del espionaje negocio, sino sólo una cuestión patriótica. Y, solo con sus propios medios, Smiley se las arregla para reconstruir la historia que Vladimir quería contar. Y esa historia es una oportunidad para obtener al propio Karla.
Enfrentado a esta oportunidad, el jefe de los servicios secretos británicos autorizará que Smiley realice una operación sumergida: si sale bien se le darán unas palmadas en la espalda; si mal, Smiley será tratado de espía chocho y resentido que ha emprendido una locura personal.
Y Smiley recompondrá todo su viejo equipo: Toby Esterhase, Mendel, Peter Guillam... para llevar a cabo ese chantaje definitivo, esa venganza contra Karla.
Pero, ¿es una venganza? ¿O es un fracaso personal, uno más, de Smiley? En un momento de la novela, George Smiley expresa un convencimiento ya intuido en otras novelas: que la perdición de Karla se produciría justamente por algo que Smiley no tiene, y es el fanatismo. Cuando Smiley toma conciencia de que la condenación de Karla será producto de una debilidad humana, su mundo se le caerá encima. He aquí lo impensable, Karla y Smiley hermanados, ambos combatiendo un error por ser humanos. En el caso de Smiley su debilidad por Ann, su esposa, que nubló su visión en el caso del topo Bill haydon. En el de Karla, el error que llevará a su caída.
Aquí es donde reside la grandeza como escritor de Le carré. La acción, la trama, es necesaria, pero en realidad no es lo importante. Siempre hay algo por encima, el ser humano. Y en esta faceta, Le Carré es el excelente escritor que tanto se ha tardado en reconocer que es, pero que siempre estuvo allí.
El triunfo de Smiley es en realidad un fracaso. Pero a la vez es la constatación de un cambio en el mundo que ya es irreversible, un mundo en el que conceptos como idealismo, patriotismo, incluso el concepto del "juego limpio" en el sucísimo juego de la guerra secreta, ya no tienen cabida. Un mundo en el que gente como George Smiley es el prototipo de antihéroe al que es posible respetar, la visión final que Le Carré nos transmite es en extremo pesimista, por mucho que sea real.

(Smiley's People)
Ed. Argos Vergara
Barcelona, 1979 [1979]
Serie George Smiley nº 7

Existe reedición en DeBolsillo

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Testigo de Raza. Un Negro en la Alemania Nazi, de Hans J. Massaquoi

Por desgracia, supe de la existencia de este libro leyendo el obituario de su autor, que falleció hace pocas semanas. No digo que su publicación hubiera pasado desapercibida en España, pero sí que muy probablemente haya recibido menos atención de la que merece.
Hans Jürgen Massaquoi nació en Alemania en plan República de Weimar, hijo de alemana y del hijo del cónsul general de Liberia en Hamburgo. Con el ascenso al poder del nazismo, su familia paterna volvió a Liberia, dejando a él y a su madre abandonados a sus propios recursos y, como es fácil de intuir, con una espada de Damocles suspendida sobre la cabeza del pequeño Hans.
El milagro de la supervivencia de Massaquoi en un estado racista tiene que ver mucho con el carácter alemán. El niño poseía la ciudadanía alemana, cierto, pero también era considerado una vergüenza para el estado nacionalsocialista. Pero, a diferencia de las promulgadas contra los judíos y otros grupos "antisociales", las leyes raciales no acababan de incumbirle. La existencia de negros en Alemania (y que, además, fueran ciudadanos del Reich) era tan rara que, sencillamente, Hans se convirtió en un vacío legal. Esos dos factores le salvaron la vida. De lo que no le salvaron fue de un eterno deambular, durante todo el régimen de Hitler, por una cuerda floja en la que un paso en falso, una palabra equívoca, un gesto mal interpretado, un llamar algo más la atención de lo que ya la llamaba podían conducirle a la muerte.
Massaquoi relata todo esto con una viveza y con una sencillez encomiables. También con cierto sentido del humor, que se agradece, porque el autor no magnifica su vida como si fuera una gesta, ni la convierte en un lamento. Sencillamente, Massaquoi relata. La exclusión, la discriminación, los insultos. Su propia ingenuidad, cuando pidió el ingreso en las Juventudes Hitlerianas (y fue rechazado, claro). Lo que no puede evitar Massaquoi es el subtexto que se hace evidente, por mucho que su relato sea vital y no panfletario, y es el de una vida vivida en perpetuo miedo, en la constante consciencia de estar rodeado de enemigos, reales o posibles, y ser un inferior no por nada que haya hecho sino por ser quien es.
Repito que el relato de Massaquoi no es victimista ni enfático. Y eso lo convierte también en testigo (peculiar, pero testigo) de la vida diaria en el III Reich y del comportamiento de sus gentes. No olvidemos que Hans Jürgen tuvo compañeros de escuela, maestros, vecinos, amores y compañeros de trabajo. Las historias de esas gentes son también su historia, y sin ser sociológicamente representativas, sí son válidas como testimonio directo.
Massaquoi sufrió el régimen nazi, los bombardeos aliados, el frenesí posterior a la liberación y la rendición de Alemania. Como valor añadido, también vivió una época de la política liberiana en primera persona. Todo eso conforma el relato de Hans, y todo ello proporciona un documento único.
Aunque el relato se centre en su vida hasta poco después de su llegada a los Estados Unidos, la vida de Massaquoi no se detuvo allí. Fue periodista de la revista Ebony, y entrevistó a Martin Luther King, a Joe Louis, a Muhammad Ali, a Jesse Owens; conoció a presidentes, políticos e intelectuales. Y, según parece, tuvo una vida plena y feliz.
Pero, como dice él mismo, tenía que prestar testimonio para que lo que él soportó no volviera a ocurrir. «Los que hemos sufrido la depravación en la que puede caer un país bajo un régimen dirigido por manipuladores sin escrúpulos tenemos una deuda con los demás seres humanos: la de mantener este infame espectro vivo en la mente de la población.»
Me alegra que lo haya decidido así y pueda haberlo realizado, y espero que este testimonio, que se une a tantos otros, perdure en los estantes de las librerías y en las mentes de los lectores. Descanse en paz, Hans J. Massaquoi.

(Destined to Witness: Growing Up Black in Nazi Germany)
Global Rhythm, col. Papel de Liar
Barcelona, 2009 [1999]

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Delicatessen, de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro

SESIÓN MATINAL

(Delicatessen); 1990

Director: Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro; Guión: Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro; Intérpretes: Dominique Pinon (Louison), Marie-Laure Dougnac (Julie Clapet), Jean-Claude Dreyfus (Clapet), Karin Viard (Señorita Plusse), Ticky Holgado (Marcel Tapioca), Anne-Marie Pisani (Señora Tapioca), Jacques Mathou (Roger); Dir. de fotografía: Darius Khondii; Música: Charles D'Alessio; Dir. artística: Marc Caro; Montaje: Hervé Schneid.

En el año 1990, cuando absolutamente todo el cine parecía moverse por caminos ya recorridos, una pareja de jóvenes realizadores franceses sacudió la taquilla y a los espectadores con esta comedia negra y surreal, que representó una bocanada de aire fresco y originalidad en un mercado cinematográfico estancado.
Basada en un argumento postapocalíptico, la gran ventaja de sus creadores fue su desvergüenza al incorporar elementos de todo lo posible para proporcionar una atmósfera propia, que fuera tan irreal como para resultar, paradójicamente, creíble. Así, hallamos elementos de la historieta humorística (aquí en España, alguien comparó esta película a una versión desmesurada y de ciencia-ficción de "13, Rue del Percebe", de Francisco Ibáñez), una decoración entre vintage y kitsch combinada con elementos del neorrealismo; las tramas más desmesuradas de la ciencia-ficción catastrofista; una salsa surrealista abundante pero sabiamente repartida, y elementos circenses.
Por si no la han visto, sólo les adelantaré de su argumento que en un arrabal de una ciudad francesa después de un apocalipsis, una casa vive dominada por el carnicero, que es además suministrador de carne para sus inquilinos, una carne que obtiene de los conserjes que va contratando. La llegada de Louison, una persona muy especial, trastocará este orden establecido y caníbal.
Hay que resaltar esa virtud de seguir adelante con lo que a primera vista parece ridículo o increíble. Es justamente el secreto que lo convierte en admisible para el espectador. El cine puede contar cualquier historia, pero no puede avergonzarse de contarla. A partir de ahí, depende de contarla bien para que sea buena. Jeunet y Caro la contaron tan bien que es una película que puede volverse a ver múltiples veces sin que su frescura disminuya.
Las críticas a su obra posterior han sido, principalmente, que eran nuevas visitas a este mundo desmesurado e imaginativo. Es discutible que esto sea un defecto, sobre todo cuando esos mismos críticos ponen el grito en el cielo cuando los cañones de un western no les resultan familiares. En cualquier caso, lo que muy pocos ponen en duda es la novedad y el avance que supuso Delicatessen.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Django Reinhardt Diciembre 1940

Nos reencontramos, y con gran placer, con el guitarrista único que fue Django Reinhardt. Al que le han salido muchos imitadores; hasta en el porte y el bigote le han imitado. Pero jamás llegarán a su nivel musical. Porque puede que tengan la técnica (y desde luego, dos dedos más de los que tenía Django en la mano izquierda), pero Reinhardt además tenía esa intuición natural para la música que lo hacía un compostitor formidable, un intérprete con una imaginación y un sentido musical y del ritmo impresionantes y un intuitivo musical total, capaz de sorprender siempre.
Y lo hallamos rodeado de su nuevo Quintette du Hot Club de France, compuesto por Django a la guitarra, su hermano Joseph Reinhardt a la guitarra rítmica, el estupendo Hubert Rostaing al clarinete, el contrabajista Toni Rovira y el muy notable batería Pierre Fouad. Más la adición de Alix Combelle, toda una institución en el jazz francés, como segundo clarinete y saxo tenor.
Con el Quintette, Django estaba en su salsa. No es que otras intervenciones suyas no fueran geniales, tanto como acompañante rítmico como en solista, pero el quinteto estaba preparado para tocar su tipo de jazz que ha marcado estilo y que sigue perviviendo con una salud excelente pasados los años. De manera que prepárense para disfrutar de estas grabaciones auténticamente únicas, porque todo lo que hacía Django era único.
Escucharemos Swing '41; esa preciosidad de composición que es Nuages (una versión más orquestada que la que había grabado anteriormente); Pour Vous (Exactly Like You); Fantaisie sur une Danse Norvegienne, de Edvard Grieg, una pieza de rara sensibilidad que Django (y Rostaing, no lo olvidemos) transmite a la perfección; Vendredi 13; Liebesfreud; Mabel; Petit Mensonges (Little White Lies); Les Yeux Noires; Sweet Sue Just You; el archiconocido (pero nunca fatigante) Swing de Paris; Oiseaux des Îles, un tema composición de Django bien original; y All of Me.
Como siempre, atentos a los comentarios del Cifu, y disfruten del mejor guitarrista swing hot que ha dado la historia.

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La Humilde Vida de Sebastián Zafra, de Ignacio Aldecoa

Dentro de la producción de Ignacio Aldecoa, este relato es uno de los más naturalistas. Se inicia con la visión de un niño jugando, el Sebastián Zafra del título, y en esa visión no tenemos ninguna indicación de que sea diferente de cualquier otro niño que haya crecido en el entorno rural de la posguerra española; un efecto sin duda deseado por el autor.
Pero, paulatinamente, nos vamos introduciendo en la vida que rodea a este muchacho. Gitano, de los gitanos de los puentes; con un padre en la cárcel y a cargo de su tío, un hombre que trabaja en lo que puede; con la España del racionamiento y de la presencia de la autoridad y lo militar en la vida cotidiana; a la ventura de la caridad. En suma, una de esas visiones realistas de España de las que Ignacio Aldecoa era maestro en poner en literatura.
Y esta descripción de ese mundo se extiende tres cuartas partes del relato, hasta que hallamos a Sebastián Zafra ya adulto, teórico holgazán, chatarrero, bebedor, cuando con su primo sale al monte a buscar hierro, el metal que haya quedado de las maniobras de artillería que se acaban de hacer.
El paso a este nuevo escenario no extraña en absoluto. ¿Qué vida podía esperar el humilde Sebastián Zafra habiendo nacido y crecido en la pobreza, en la casi marginación? En este aspecto, Aldecoa no hace sino proporcionar un final que acentúa el dramatismo de una vida que parece desperdiciada, pero que nos queda la impresión de que podría no haberse desarrollado así, a poco que alguien se hubiera puesto en serio a resolver las causas de esa miseria.
Y, como siempre, todo esto está contado con esa prosa milimétrica, ajustada, de vocabulario preciso y necesario, que no obvia, sin embargo, una belleza de imágenes como pocos autores han podido reflejar en sus escritos. Un autor que demostró, una y otra vez, en lo rural y en lo urbano, en lo social y en lo costumbrista, que era un maestro de la narración. 

En Cuentos Completos 2
Alianza Ed., col. El Libro de Bolsillo
Madrid, 19736 [1955]

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1280 Almas, de Jim Thompson

Si una máxima pudiera abarcar todo el microcosmos que encierra esta novela de Jim Thompson, sería la de "cuanto más corrupta es la sociedad, más corrupto es el individuo".
Una de las mejores novelas de su autor, y desde luego una de las mejores (y más brutales) del género, en apariencia tiene un planteamiento sencillo: Nick Corey, sheriff de una pequeña población del sur de los Estados Unidos, tenido por incompetente e inocentón, y algo idiota,incapaz de detener a nadie, cuando percibe que puede tener auténtica competencia para salir reelegido, empieza una escalada demoníaca de crímenes y manipulaciones de su entorno. Esto, en apariencia.
En realidad, Corey es un típico personaje de Thompson; un auténtico psicópata, alguien que se va convenciendo de que es el enviado de Dios a este infierno terrenal para destruir a aquellos que se lo merezcan y estén a su mismo nivel de poder o más abajo (puesto que él no puede nada contra los poderosos.
Si esto puede parecer la típica novela de asesino psicopático, hay que esperar a vernos introducidos en el mundo que rodea a Corey. Una esposa manipuladora, con un "hermano" retrasado mental, posible amante de ésta; ambos, creyendo que Corey es un simplón, intentan manipularlo, cuando en realidad Corey sólo espera su momento y su conveniencia para manipularlos a ellos. Una amante, Rose, con un marido brutal, que cree que cuando éste es asesinado por Corey puede tenerlo a su merced; unos macarras de prostitutas cuyas burlas y desprecios hacia el sheriff están aumentando. Un juez venal y político. Unas autoridades superiores y vecinas a Corey que lo consideran tan imbécil como el resto de la población (y hacen mal). Y, por descontado, una población, Potts County, que duda que el letrero a la entrada del pueblo, "1.280 almas", sea cierto, puesto que incluye a los negros en esa cifra.
Todos estos elementos, que se van desvelando poco a poco ante los lectores, hacen que se dé la razón a Thompson, hablando por boca de Casey, define el lugar como el infierno en la tierra. No es que simpaticemos con el sheriff, pero casi nos extraña que no opte por enviar a todo el pueblo a la muerte. Tal vez no lo hace porque 1.280 personas son muchas. Pero ganas no le faltan. Y motivos, sospecha el lector, tampoco.
¿Cómo ha llegado Corey a esta situación, a esta estructura mental? Ya no se trata de que esté loco. Tal vez, y esa es una premisa inquietante, sea el más cuerdo de los que le rodean, y el más listo de entre ellos. El caso es que Corey se ha dejado vejar, humillar, ha adquirido la personalidad que los demás han querido atribuirle. Ya sea por venganza o por despecho (al fin y al cabo, en la campaña para la reelección le piden que se haga respetar y empiece a hacer cumplir la ley), empezará a actuar como lo hacen sus semejantes. Manipulará como ha sido manipulado. Vejará como ha sido vejado. Y como el sheriff de una localidad vecina le dice, "si te pegan una patada, lo que tienes que hacer es devolvérsela el doble de fuerte".
Thompson, un escritor duro (tal vez el más duro de los escritores del género negro clásico), irreductible, sin un solo personaje con valores redimentes, describe una sociedad absolutamente perdida, endogámica, y tan malvada a nivel individual y colectivo que crea sus propias bestias. En este caso, una bestia que lleva la estrella de la ley prendida al pecho.
Leer 1280 Almas es como recibir un mazazo en la cabeza. En ocasiones, los hechos narrados superan con creces cualquier peor suposición que nos pudiésemos hacer. Pero lo que más impresiona de esta novela es que, por extrema que sea, queda la sospecha de que un entorno como el de Pottsville es perfectamente posible.

(Pop 1280)
Ed. Bruguera, col. Club del Misterio
Barcelona, 1981 [1964]

Existe reedición en RBA Libros

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L'Art Francès de la Guerra, de Alexis Jenni

El Arte Francés de la Guerra, premio Goncourt 2011, muestra que algo se está moviendo en la literatura francesa. Ya era hora. No es una opinión sólo mía, sino que ha aparecido repetidas veces en suplementos culturales de diversos periódicos franceses, que los narradores franceses llevaban ya más de una década mirándose el ombligo y escribiendo sobre ello (un mal por el que la literatura española pasó; y, por otra parte, algo queda de eso en la novela de jenni, pero es que las viejas costumbres son difíciles de superar). Alexis Jenni, en esta obra indudablemente mayor,enfrenta a un joven de nuestros tiempos con un antiguo paracaidista, veterano de Indochina y Argelia, que le da lecciones de pintura. Con ello, y mediante su relación, ambas generaciones se examinan y ven sus diferencias y sus semejanzas, y con ello intentan dar coherencia al mundo en el que viven.
Se trata del viejo y conocido tema, el de poner una frente a otra a dos mundos, coexistentes pero que puede parecer que están separados por todo un abismo de preceptos morales y visiones históricas diferentes. Pero, con todo que el tema general sea antiguo, la forma de hacerlo y qué es lo que resulta de estos encuentros es lo que importa en la obra.
Y lo que surge es mucho más que las relaciones entre una y otra generación. Lo que consigue Jenni es establecer un marco en el que la historia de Francia queda explicada y en la que, gracias a ella, se consigue explicar la Francia de nuestros días. Y no sólo Francia. La novela de Jenni es tan profunda y va tanto a las raíces morales de la historia y de los hombres que lograron o se vieron forzados a hacerla que esta discusión prolongada, este aprendizaje mutuo, a veces conmovedor y a veces esclarecedor, sirve de perfecto telón moral para la sociedad global que estamos construyendo.
Se podría aducir que Jenni hace trampa. Que Salagnon no es para nada el paracaidista típico. Bien, para demostrar que Jenni se da cuenta de ello ya está el personaje de Mariani, que sí responde a todos los tópicos del hombre de acción de cualquier época, incluida la brutalidad, y que si figura en el libro no es sólo porque así el autor resuelva esa posible argucia literaria, sino porque también existe y tiene un papel en la sociedad actual.
Pero es cierto que Salagnon no es un militar típico, pero también es cierto que para explicar los horrores pasados y entender las causas de aquellos que vendrán, es necesario escuchar a alguien que los hubiera vivido en primera persona desde ambas partes, desde la del verdugo y la de la víctima, y que fuera capaz de razonar. Tal vez para explicarlo algún día al joven que tiene enfrente.
Gran novela, profunda en su reflexión, ágil en su lectura, tremenda en sus imágenes, rabiosamente actual (arranca en la Primera Guerra del Golfo y finaliza con los primeros disturbios en las banlieues),El Arte Francés de la Guerra es un obra casi maestra que no sólo nos explica el mundo, sino que nos hace actores de su transformación, y demuestra que el pasado y el presente tienen que ser interlocutores constantes para así poder crear un futuro.

(L'Art Français de la Guerre)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2012 [2012]

Existe edición castellana en RBA Libros

Portada i sinopsi de l'edició catalana
Portada y sinopsis de la edición castellana

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Un Día en Nueva York, de Gene Kelly y Stanley Donen

SESIÓN MATINAL 

(On the Town); 1949

Director: Gene Kelly, Stanley Donen; Guión: Betty Comden, Adolph Green y el ballet Fancy Free de Leonard Bernstein; Intérpretes: Gene Kelly (Gabey), Frank Sinatra (Chip), Jules Munshin (Ozzie), Vera-Ellen (Ivy Smith), Betty Garrett (Brunhilde Esterhazy), Ann Miller (Claire Huddesen), Tom Dugan (Oficial Tracy, coche 44), Florence Bates (Madame Dilyovska), Alice Pearce (Lucy Schmeeler); Coreografía: Gene Kelly, Stanley Donen; Dir. de fotografía: Harold Rosson; Dir. musical: Lennie Hayton, Roger Edens; Canciones: varios autores.

Con los musicales, hay que tener siempre presente que tienen sus propias reglas. De tal modo que para verlos se hace necesaria una suspensión de la incredulidad muy amplia. No hay nada más atentatorio a la lógica que ver a una serie de gente conversando tranquilamente y que, de repente, se pongan todos a cantar y bailar, con la anuencia y hasta la participación de los transeúntes.
De manera que, cuando contemplamos una comedia musical, estamos haciendo un ejercicio de suspensión de todas las normas, una aceptación de clichés y adquirimos unas expectativas distintas a las que tenemos cuando vemos cualquier otro tipo de película.
Pero siguen habiendo normas, y éstas afectan a la calidad de la película. Nada pero que ver a unos actores que bailan desganados, unas coreografías forzadas o a malos cantantes interpretando piezas que les vienen anchas.
En el caso de Un Día en Nueva York, nada de eso existe. No sólo las coreografías, la música, las interpretaciones y todo lo que compone un musical es perfecto; es que toda la película destila una vitalidad y una alegría desbordantes, un entusiasmo por todo lo que en la película aparece, sea baile, canto, interpretación o comedia. Esa vitalidad es tan contagiosa que el espectador se siente trasladado a ella, y al final se ha contagiado de la misma alegría que destila el filme (un efecto sin duda buscado por todas las comedias musicales, pero que muy pocas han sido capaces de lograr).
Gene Kelly ya estaba probando (en una escena, justamente el ballet "Un Día en Nueva York") la conjunción de ballet clásico y moderno que llevaría un par de años después a su cima en Un Americano en París.Esa concepción moderna pero que tiene un cierto aire clasicista da un toque de atemporalidad que ha hecho que esta película sea una de las joyas más preciadas del cine musical de todos los tiempos.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Charlie Christian en directo (IV)

Seguimos repasando las grabaciones en directo del gran pionero de la guitarra moderna en jazz, Charlie Christian. Los comentarios del Cifu siempre son instructivos; en este caso, y al principio del programa, encontrarán al Cifu detallando todo un elenco de cosas que Christian experimentó en su día, y que influyeron, y de qué manera, en el jazz que estaba por venir, guitarristas o no. Y quiero remarcar de nuevo algo: puede ser que, escuchando a Christian, no encuentren nada nuevo en él ahora. Pero en su época, nadie tocaba como Charlie Christian, y muy pocos entraban en esas audacias formales y armónicas que hoy damos por supuestas. Dicho esto, vamos con la música.
En principio, con el sexteto de Benny Goodman, con el propio Benny al clarinete y Lionel Hampton al vibráfono, con las piezas The Sheik of Araby, por desgracia y por razones técnicas incompleto; Seven Come Eleven; Six Appeal, introducido por Charlie; un Honeysuckle Rose también incompleto; y AC-DC Current.
Entonces, y con ocasión de un mítin en las elecciones presidenciales de 1940, tendremos a Benny Goodman y Charlie Christian junato a Count Basie al piano más su rítmica (el Cifu, sin duda inducido por la información del disco, dice que Freddie Green está ausente; pero se puede escuchar una guitarra rítmica acústica de fondo, de manera que yo diría que el bueno de Green está allí), interpretando Gone with What Wind.
Pasamos a unas actuaciones con el septeto de Benny Goodman, que incluye al trompetista Cootie Williams y a Count Basie al piano, interpretando Benny's Bugle; un incompleto Wholly Cats; y Honeysuckle Rose.
Espero que disfruten de la guitarra del genio Charlie Christian, así como de los excelentes músicos que escucharán.

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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Hombre al Agua, de Winston Churchill

No ha habido jamás un premio Nobel de literatura que se haya tomado tan a choteo como el concedido en 1953 a Winston Churchill. La primera acusación, por descontado, fue la de haberlo concedido a uno de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en una especie de pago o premio por su vida más política que literaria. La segunda explicación, más piadosa, fue justificar su concesión por la oratoria e indudable ingenio que demostraba en sus escritos políticos. La tercera, algo más cruel, fue analizar sus tres volúmenes de memorias y llegar a la conclusión de que podrían tener todo el interés para los historiadores, pero poco para los literatos.
Sin embargo, y aunque no se prodigara, Churchill escribió unos cuantos relatos puramente literarios. No son fáciles de encontrar, pero constituyen un hallazgo feliz. Por descontado, podríamos hacer el chiste de que su autor jamás podría ganar el Nobel de Literatura, pero en su estilo no están nada más.
Hombre al Agua es un relato corto. Tan corto que resumirlo es desvelar su misterio. Pueden leerlo en los enlaces que figuran al pie de esta entrada. Baste decir que es un relato de choque, pero que también funciona a un nivel psicológico más profundo, algo estimable en un relato tan breve y escrito por una personalidad que se movería más en el campo de la acción que de la escritura.

(Man Overboard)
En Cuentos Únicos
Ed. Siruela, col. El Ojo sin párpado
Madrid, 1989 [1899]
Selección, prólogo y traducción de Javier Marías

Texto en castellano de Hombre al Agua
Texto en inglés de Man Overboard

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Gli Occhiali d'Oro, de Giorgio Bassani

En Los Anteojos de Oro, Bassani nos cuenta la historia de un hombre aplastado por la sociedad. Athos Fadigati es un médico otorrinolaringólogo respetado por la sociedad de Ferrara. Discreto, culto, inteligente, de buen gusto, gran profesional, amable, lo tiene todo para figurar, como lo hace, entre la mejor burguesía de la ciudad. El problema surge cuando, con el paso del tiempo, el hecho de que Fadigati siga soltero suscita cierta curiosidad. Progresivamente, la gente bienestante empieza a lanzar una mirada más atenta a las costumbres del doctor. Una mirada más susceptible, más maliciosa. Y de las acciones inocentes del médico surge el rumor, convertido en certeza por aquellos que lo difunden, de que Fadigati es homosexual.
¿Lo es o no? Para Bassani (y para los lectores) no es importante que el doctor lo haya sido o se haya convertido en tal gracias a las presiones del rumor que afirma que sí. Sea porque ha sido descubierto o porque Fadigati se ha conformado a esta realidad, lo que para el autor importa es el aplastamiento al que se somete a esta excelente persona a nivel social. Los insultos velados, las burlas más o menos declaradas, los desprecios continuos que fadigati sufre sin quejarse, el ostracismo al que se le somete en público (en privado, algunas de las personas con menos prejuicios siguen hallando en él el buen conversador y amable individuo de siempre), todo ello prefigura una historia cruel que acabará en tragedia.
Una tragedia que se precipitará cuando el paciente Fadigati, que ya ha soportado el despido del hospital en el que trabaja, el abandono de su clientela en su consulta privada y, en general, su abocamiento a una existencia marginal entre la sociedad burguesa que le correspondía y la clase baja en la que nunca ha estado, recibe un nuevo golpe que ya le resulta imposible de asumir. Porque además Fadigati es judío. Y en la Italia mussoliniana, el fascismo se prepara a declararse "unido a doble filo con el Reich" en todas sus políticas.
Bassani nos retrata a un hombre agradable, aunque débil. Tan débil como para (se nos insinúa) adaptarse a todo aquello que la sociedad quiera que él sea. No es la mejor figura para un héroe, pero es que Fadigati, como el común de las gentes, no es ningún héroe ni quiere serlo. Recalquemos que el doctor no ejerce ninguna violencia contra nadie. Y en cambio, es violentado por la sociedad hasta victimizarlo. Y no olvidemos jamás que eso que llamamos "sociedad" tiene nombres y apellidos. No es una responsabilidad que se pueda difuminar, por mucho que así se pretenda.
No olvidemos que la mirada de quien narra es importante. En este caso bassani elige a un muchacho en el umbral de hacerse adulto que relata en retrospectiva la historia del doctor Fadigati, y esa mirada es la de alguien que supera los prejuicios para ver a la persona, la de alguien que muestra su compasión (y su respeto) por un médico amable y culto cuyo único defecto fue el de no ser bastante fuerte como para soportar todo lo que la sociedad le echó encima. Es importante. Desde otro punto de vista podría resultar una historia sórdida, o un lamento patético. Desde donde Bassani escoge contarla, la mirada es humana sobre un hecho que evoca las responsabilidades que todos tenemos para con nuestros semejantes.

Arnoldo Mondadori Editore, col. Oscar Mondadori
Milán, 197021 [1958]

Portada y sinopsis de la edición italiana

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La Segunda Guerra Mundial, de Antony Beevor

Esta obra ha sido aclamada como la historia definitiva sobre la Segunda Guerra Mundial; ante semejante recepción, cabe preguntarse porqué.
En primer lugar, por su agilidad. Beevor es un autor que ha sabido conjugar la precisión, el detalle y la exactitud con un lenguaje atractivo y ligero, muy claro de exposición, que lleva ordenadamente al lector por todo el panorama cronológico del conflicto.
En segundo, por su eclecticismo. Lejos de ser una historia "de tesis", Beevor no desdeña ninguna de las fuentes y miradas sobre la segunda guerra mundial, de modo que no sólo hallamos la historiografía militar, sino también la económica, social, etc. Esto confiere a este libro una globalidad de visión que hasta el momento era difícil de hallar.
Tercero, por su historia total. Beevor no se detiene en los grandes rasgos, sino que desciende en cuanto puede a los detalles que sean significativos para explicar los grandes movimientos del conflicto. Y, encantado con esas pequeñas anécdotas (que pueblan el mundo del cine principalmente, pero que en muchos casos son reales), no se detiene en ellas, pero por lo menos las cita. Aunque sólo sea esa mención, el libro adquiere un aire de manual total, de libro de referencia en el cual situar todo lo referente a la guerra y con el que, empleándolo como herramienta, el interesado pueda acudir a cualquiera de las fuentes citadas para ampliar su conocimiento sobre un detalle en concreto.
El autor elige, aunque con dudas, iniciar el conflicto con la guerra chino-japonesa. Las fechas, ese lastre del conocimiento, marcan que la Segunda Guerra Mundial se inició con la invasión de Polonia en septiembre de 1939, pero eso significa obviar no sólo los pasos que se dieron hacia la guerra en Europa, sino el hecho de que uno de los actores principales de la misma, como fue el Japón, ya había iniciado su propia expansión años antes. Es una solución de compromiso, porque algunos autores dirimen si el inicio de la 2ª GM tuvo lugar ya en la Guerra Civil Española, o incluso antes, en la paz resultatne de la Primera Guerra Mundial. Pero, compromiso o no, Beevor no se priva de incluir los antecedentes, sean cuales sean.
Otro de los detalles que distingue a esta obra es su cuidado por los países considerados "menores". No estamos hablando sólo de esos aliados del Eje (Hungría, Rumanía, etc.) que compartieron, algunos de grado y otros por fuerza la adscripción a los totalitarismos, sino también China, un gigante en decadencia que siempre ha sido menospreciado en las historias del conflicto, pese a que tuvo una gran importancia. En este aspecto, el autor no se extiende más allá de lo necesario, pero tampoco deja de lado a estos actores menores del conflicto.
Pero no crean los lectores que estamos ante una historia deshumanizada. Beevor no admite dejar de lado el individuo, y ni por asomo pretende abogar por la guerra como algo épico y elogiable. La épica que existe en las guerras suele deberse a las personas, que se sacrifican por otras incluso a costa de sus vidas. El autor resalta con crudeza las cifras de muertos y heridos, tanto más crudas en cuanto enormes. Y no pasa por alto el sufrimiento de la población civil, el de las poblaciones ocupadas, el de los deportados y el de las víctimas del Holocausto. Incluso el de los propios combatientes, sobre todo cuando tuvieron que sacrificarse gracias a decisiones catastróficas de sus mandos.
Tal vez lo que más ilustra la insensatez y sufrimiento que representó la Segunda Guerra Mundial es la imagen que sirve de introducción a todo el libro. Un soldado coreano, que fue obligado a servir en el ejército japonés, fue capturado por los rusos y obligado a servir en su ejército; capturado a su vez por el ejército alemán y obligado a combatir como auxiliar de la Wehrmacht, y finalmente capturado por los norteamericanos en Normandía. Como dice Beevor, todavía este pobre coreano tuvo suerte, comparado con otros muchos.
En suma, esta historia de la Segunda Guerra Mundial merece los elogios que ha recibido. Es difícil que algo se le haya pasado por alto, y si es así, es tan menor que casi no constituye ni una nota a pie de página de la historia. Pero sobre todo es por su claridad y amenidad de lectura, y por su objetividad extrema en todos los campos tratados por lo que esta obra merece el lugar destacado en la historiografía básica de la Segunda Guerra Mundial.

(The Second World War)
Eds. de Pasado y Presente
Barcelona, 2012 [2012]

Portada y sinopsis

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La Escalera de Caracol, de Robert Siodmak

SESIÓN MATINAL 

(The Spiral Staircase); 1945

Director: Robert Siodmak; Guión: Mel Dinarelli, basado en la novela Some Must Watch, de Ethel Lina White; Intérpretes: Dorothy McGuire (Helen), George Brent (Profesor Warren), Kent Smith (Dr Parry), Ethel Barrymore (Sra. Warren), Rhys Williams (Sr Oates), Rhonda Fleming (Blanche), Gordon Oliver (Steve Warren), Sara Allgood (Enfermera Barker), James Bell (Policía); Dir. de fotografía: Nicholas Musuraca; Música: Roy Webb; Dir. artística: Albert S. D'Agostino y Jack Oakey.

Déjenme hacer una pequeña digresión. El oficio de actor en el cine es en extremo delicado. Si no se proporciona al actor el papel completo, se corre el riesgo de que se enfade, de que empiece a actuar con desgana, sin saber qué está representando. Sin embargo, grandes interpretaciones han resultado de esta política, como la de Cary Grant en Con la Muerte en los Talones, o la de todos los implicados en Casablanca. Pero, si das el guión completo, si el actor sabe cuál va a ser su papel durante toda la película, el riesgo es que el actor lo realice demasiado a conciencia.
Es lo que sucede en esta película, en la que, prácticamente desde su aparición, sabemos que George Brent (por otra parte un actor magnífico) es el asesino. Y no es por mala actuación; sencillamente, es porque el actor lo hace demasiado bien, inserta un pathos peculiar en su personaje, lo dota de rasgos torturados. Pero esa falta de ambigüedad hace que sepamos desde el inicio que esa tortura sólo esconde una psicopatía criminal.
Y lo bueno de esta película es que, a pesar de eso, es un placer verla. Su argumento es simple (o por lo menos, lo es ahora, después de ver múltiples asesinos psicópatas en la pantalla). En un pueblo, un asesino mata a mujeres, siempre discapacitadas físicas. Dorothy McGuire interpreta a Helen, una chica que quedó muda por un trauma sufrido en la infancia, de modo que ya sabemos quién es el siguiente objetivo del psicópata. No obstante, todo está narrado con un estilo impecable. La tensión es grande y mantenida, y hay escenas que pueden pasar con todos los honores a las antologías del género. McGuire está espléndida, así como los secundarios Ethe Barrymore y George Brent. Una gran fotografía, dirección artística y música hacen el resto, y consiguen que esta pieza de cine menor pero clásico sobreviva muy bien al paso del tiempo. Y que haya sobrevivido con ventaja a los diversos remakes que se han hecho de ella. Quédense con el original. Sabrán quién es el asesino desde el principio, pero no importa. Déjense llevar y sumérjanse en la tensión.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Kurt Elling en Hamburgo

Por razones que desconozco, el jazz vocal ha sido siempre un dominio principalmente femenino. No es que tenga nada en contra. Sencillamente, y aunque han existido grandes cantantes de jazz (y sobre todo de blues), la parte vocal siempre ha sido mejor recibida si la interpretaba una señora. Y si no, hagan la prueba. Sin esforzarse mucho, podrán citar como mínimo cinco famosas vocalistas de jazz, mientras que para los cantantes masculinos tendrán que recurrir incluso a aquellos que, jazzmen al principio, desembocaron en crooners, como Frank Sinatra o Bing Crosby.
Pero cantantes masculinos de jazz siempre ha habido, y muy buenos. En el concierto que hoy nos propone el Cifu tendrán oportunidad de descubrir, si no lo han hecho ya, a uno de los mejores de la escena actual. Si no el mejor, y a las pruebas me remito.
Kurt Elling tiene voz de barítono, pero domina de tal forma el registro vocal que puede cantar lo que le dé la gana. Domina como pocos el scat, y tiene una jovialidad, una energía en escena y un sentimiento en las piezas que lo requieren como pocos se recuerdan.
Está muy bien acompañado por Laurence Hobgood al piano, John McLean a la guitarra, Ulysses Owens a la batería y Harish Raghavan al contrabajo.
El repertorio de este concierto es Steppin' Out; Dedicated to You; Samurai Cowboy; Norwegian Wood; Delphia; Save Your Love for Me; y Golden Lady.
El resto del programa se completa con temas de músicos españoles.
Atentos a los comentarios del Cifu, siempre instructivos, pero más cuando se trata de descubrir a alguien que todavía no figura como uno de los "clásicos", y espero que disfruten de este concierto. Les aseguro que yo lo he hecho inmensamente.

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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Uno de los Desaparecidos, de Ambrose Bierce

En Uno de los Desaparecidos, relato de la serie "soldados" de Cuentos de Soldados y Civiles, percibimos todas las características fundamentales de la obra de Bierce. Un profundo desencanto, rayano en la desconfianza, del ser humano; lo cual no es ni mejor ni peor. El ser humano rara vez es angélico, y muchas veces demoníaco, de manera que no puede sorprendernos que esta última característica sea la que más se prodiga en las situaciones de guerra. Un humor negro, negrísimo, que se refleja en las situaciones y en su aparente inevitabilidad, incluyendo unas coincidencias que desembocan en drama. Y, tratándose de una guerra civil, la presencia siempre dolorosa de la guerra fraticida, llevada a su literalidad. O, si quieren ustedes, la disolución de todo vínculo, aunque sea familiar.
El relato completo lo pueden leer en los enlaces que figuran al pie de la entrada. Si lo hacen y comparan con otros de la serie, verán que este tiene una característica diferencial. Se trata de su situación de partida, que sí es propia de la invención literaria, a diferencia de algunos otros relatos en los que todo lo que se cuenta es plausible.
Jerome Searing parte de su campamento; se trata de un soldado muy especial, un explorador cualificado, uno de esos que se juegan el tipo averiguando dónde se halla el enemigo sin el respaldo de la seguridad que dan los número de sus compañeros. Avanza, se adentra en las líneas teóricamente enemigas y descubre que los sudistas ya no están allí. Esto podría trazarnos un relato plácido en este punto, pero aquí es donde la ironía de Bierce empieza a funcionar. Desde la casa en ruinas en la que se ha apostado, Searing es capaz de ver una gran extensión de terreno, incluyendo la columna en retirada sudista. Pero, en las otras líneas, un oficial de artillería desocupado lanza un cañonazo contra lo que cree un puesto de mando del ejército de Sherman; y falla estrepitosamente. Su obús va a parar a la cabaña en la que está Searing, que se despierta inmovilizado por los escombros. Y con algo que le parece un círculo negro bordeado de metal frente a él. En realidad, se trata de su propio fusil, que apunta directamente a su frente, y que amenaza con descargarse en cualquier momento y matarlo.
A partir de aquí, asistimos a un análisis del terror más propio del Poe de El Pozo y el Péndulo que de un relato de guerra. Una situación de tortura insoportable que tiene un final desesperado, y ácido, en tan sólo veintidós minutos de una espera que se hace tan insufrible para Searing que deja como ironía final este corto período de tiempo para lo que hubiera sido su rescate y este largo período de inmovilización y de amenaza que ha constituido su muerte.
No podemos mirar con simpatía a Searing: «levantó el gatillo de su fusil; con los ojos fijos en los distantes confederados, se preguntaba hacia dónde podría enviar su bala con la mayor posibilidad de hacer una viuda, o un huérfano, o una madre sin hijo (quizá los tres al mismo tiempo, porque este soldado raso, aunque hubiera rechazado varias veces su ascenso, no carecía de cierto género de ambición)». Una persona así no es precisamente alguien a quien podamos calificar como portadora de grandes valores humanos, aunque sin duda sería apreciada por cualquier mando militar. Y sin embargo, el sufrimiento que Searing padecerá poco después es tal que no podemos sino sentir compasión por su suerte. Esa es una de las grandes virtudes de Bierce. Tal vez la guerra haga salir lo peor de los seres humanos, o tal vez la guerra los haga así. Pero son parte de nosotros. Esta ironía amarga que Bierce vierte en todos sus relatos es la que le lleva a componer relatos tan maestros como Uno de los Desaparecidos.

(One of the Missing)
En Cuentos de Soldados y Civiles
Eds. Orión, col. Pruebas de Galera
Buenos Aires,  1975 [1888]

Texto en castellano de Uno de los Desaparecidos
Texto en inglés de One of the Missing

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La Piscina de los Ahogados, de Ross Macdonald

En toda la serie de novelas protagonizadas por Lew Archer, Ross Macdonald ejerce una mirada que, a mi juicio, ha pasado inadvertida o no se ha señalado lo suficiente, como es la de hacer que su protagonista contemple, muchas veces como espectador crítico, la absoluta degradación que sobre las personas, casi siempre la familia, ejerce el dinero.
No se trata de que los ricos también lloren, sino más bien de que la mera existencia de ese dinero se convierte en motor de unas ambiciones y acciones que llegan, si no a lo criminal, sí, en ocasiones a la supeditación de todos los valores humanos de unos personajes que acaban siendo tan desestructurados como aquellos que viven en la pobreza (y a los que a menudo estos personajes desprecian).
En este caso, Maude Slocum acude a Lew Archer para que investigue unos anónimos dirigidos a su marido y que denuncian la infidelidad de ella. Ni la mujer ni el marido tienen dinero propio, siendo controlado por la suegra, Olivia, con la que viven. Además, Olivia se niega a vender sus propiedades a una compañía petrolera, una decisión que pocos parecen compartir. Junto con viejas historias y nuevos intereses de cada cual, esto desembocará en la aparición de Olivia Slocum ahogada en la piscina. Lew Archer, jamás contento con las apariencias, investigará en esta maraña de intereses familiares y exteriores, descubriendo la trama de odios, intereses y mentiras que oculta esta familia y los que la rodean.
Lo que les apuntaba al principio de esta reseña es sólo una corriente que puede percibirse en las novelas de Macdonald; cada una tiene sus propias características, como debe ser para que no se conviertan en monotemáticas. Pero su hilo conductor, el personaje de Lew Archer, es un detective que emplea la psicología de forma intensiva para moverse en sus casos. Descubriendo las motivaciones reales de los implicados, Archer es capaz de hacerse con un todo coherente (aunque muchas veces estas motivaciones sean malsanas) y convertirse en espectador de un drama casi inevitable, en el que invariablemente se convierte en defensor del más débil o, si lo prefieren, de aquel cuyos motivos tienen un fondo moral e inocente.
En este aspecto, Archer es pariente cercano del Philip Marlowe de raymond Chandler, un detective que conoce a la perfección que ley y justicia no siempre coinciden, y que frente a lo inmoral hay personas que merecen alguna protección en una sociedad materialista y despiadada hasta el punto de deshumanizar las relaciones familiares.
En este contexto, Ross Macdonald es un autor único dentro del género, alguien que supo reflejar en sus novelas el mundo de aquellos que, habiendo vivido la Gran Depresión, llegaron a la madurez durante el gran bum económico de los años cincuenta y sesenta, quedando marcados por una inversión de valores que todavía perdura hoy.

(The Drowning Pool)
con el título de La Piscina Mortal en
Eds. Forum, col. Círculo del Crimen
Barcelona, 1983 [1950]
Serie Lew Archer nº 2
Existe reedición en RBA Libros

Portada y sinopsis

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Amor a la Vida, de Jack London

Jack London, el gran escritor de los espacios abiertos, el de la aventura vivida, el narrador de la experiencia en la naturaleza y los ambientes extremos, ya fueran sociales o geográficos. Un autor que se puede ver como precedente de esa narrativa vital y dura que Hemingway (aunque en otro estilo) desarrolló posteriormente.
Amor a la Vida es uno de esos relatos de supervivencia extrema, tan realistas y vívidos que no es de extrañar que fascinaran (y que sigan haciéndolo) a los lectores que se acercaban a él. El relato completo lo pueden leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña.
Dos hombres van por las montañas avanzando penosamente. Cuando uno de ellos tropieza y se tuerce un tobillo, llama al otro para que le espere. Pero éste hace caso omiso y sigue su marcha tambaleante. No pasa mucho tiempo antes de que el lesionado quede totalmente solo. Con un hatillo con lo más imprescindible (y algo que es prescindible, como descubriremos más tarde: un saco con pepitas y polvo de oro), unos mocasines destrozados y una ropa hecha jirones, además de un rifle sin munición.
A partir de aquí, lo que sigue no es un canto de amor a la vida, sino una letanía de declaraciones de amor a esta vida, que día a día y hora a hora, amenaza con abandonar al protagonista.
Este canto desesperado se compone de imágenes y acontecimientos narrados con tal precisión y sentido de la realidad que no pueden por menos que impresionar (y angustiar, en muchas ocasiones) al lector.
Como la escena en la que el hombre cuenta una y otra vez su más preciada posesión, las sesenta y siete cerillas que divide en tres paquetitos repartidos en lugares diferentes para que así la pérdida de uno no signifique la muerte por el frío. O el achique con un cacharro de una pequeña charca para capturar a un pez demasiado esquivo. O el periplo final en el que el hombre y un lobo enfermo se acompañan preguntándose todos (protagonista, lobo y lector) quién será el primero en ceder al cansancio, al sueño, en abandonar la vigilancia que impide ser comido para aguantar unos pocos kilómetros más, para prolongar unos días, u horas, una existencia ya miserable.
La prosa de London, basada en la realidad o no, es de una potencia enorme. Traslada al lector en pocas líneas allá donde quiere llevarlo, y entonces empieza a narrar una historia de la que no es posible escapar. Pero sus virtudes descriptivas no serían nada si, además, Jack London no comprendiera y trasladara al papel la humanidad de sus personajes. En estos relatos de supervivencia, ésta no lo es todo; de hecho, es apenas nada si no consideramos el sufrimiento humano que conlleva, y que hace que nos identifiquemos con un protagonista del que no sabemos nada, ni si es un ser excelso o despreciable. Sólo queda ahí un semejante que sufre y lucha por seguir vivo, y ese es un sentimiento que compartimos tanto que de inmediato empatizamos con él. Lo que, en literatura, no es poco.

(Love of Life)
En Amor a la Vida
Ed. Akal, col. Akal Bolsillo
Madrid, 1981 [1907]

Texto en castellano de Amor a la Vida
Texto en inglés de Love of Life