Intemperie, de Jesús Carrasco

Es difícil dar idea de la brillantez de esta novela examinando sus componentes por separado. Sin embargo, el oficio del que reseña parece ser justamente ese, el de analizar, de modo que tendremos que pasar por ello. No obstante, déjenme adelantarles que Intemperie es una novela en la que sus componentes no suman, sino que se multiplican entre sí, haciendo de su totalidad una obra maestra.
El relato se inicia en un agujero donde el protagonista se oculta de una partida que lo está buscando. No sabemos si el muchacho se ha escapado o está huyendo, no sabemos si el alguacil y sus ayudantes lo buscan o lo persiguen, desconocemos el destino del muchacho si lo encuentran, si será una reprimenda, un castigo, una pena o algo peor. Pero el aire es siniestro; algo grave ha sucedido, aunque no sepamos qué, y ese aire se vuelve opresión, la del agujero en el que ocultarse, pero también la de la estrechez del mundo del perseguido frente al perseguidor.
Cuando sale del escondite, la sensación de amenaza no desaparece. El mundo es inmenso, llano, sin escondites, hostil. No hay nombres, no hay causas, no hay referencias temporales. Suponemos que es una región árida de España, más inhóspita aún por una sequía que dura años, pero eso es sólo suposición del lector. Podría suceder la acción en los años cincuenta o sesenta, o tal vez en un lugar especialmente atrasado durante los setenta, pero, de nuevo, eso son conjeturas.
El caso es que esta inconcreción, añadida a un paisaje agresivo, casi maldito, enorme en su extensión y por tanto en la amenaza, no hace sino proporcionar a ese territorio un carácter mítico, que se transmite a la historia. Porque, en efecto, la soledad del perseguido, lo ominoso de los perseguidores, lo desolado del lugar, todo ello va de lo pequeño a lo enorme, casi a lo arquetípico.
En su huida sin destino, sólo con una dirección (el norte), el muchacho se encuentra con un cabrero. Quien, sin hacer preguntas, ayuda al muchacho. Tal vez porque intuye, o más bien huele en él, el temor del animal acorralado. Si lo anterior era una novela que se basaba en la continuidad de los acontecimientos para seguir adelante, ahora se produce un cambio sutil pero lógico, como es hacerse novela de iniciación. ¿A qué? Al paso a la edad adulta, por supuesto, pero también a la superación de la desconfianza, al reconocimiento de los sentimientos sinceros, a diferenciar el bien y el mal, a contemplar lo peor y lo mejor del ser humano; a contemplar la muerte. Una iniciación que, empleando el texto como metáfora, va desde el mundo estrecho y limitado que representa el agujero del inicio a la inmensidad del cielo abierto que finaliza la novela.
El resto y cómo se desarrolla, tiene que ser patrimonio del lector, y no voy a cometer el pecado de destriparlo. Pero hay que decir lo difícil que es mantener la tensión en una obra literaria. Jesús Carrasco lo consigue desde la primera frase a la última.
Y, no menos importante, esta novela lo consigue todo mediante el lenguaje. Su argumento no sería apenas nada sin el apoyo de una escritura medida, sobria, con un vocabulario preciso y rico; este lenguaje ha motivado que Pere Gimferrer haya evocado a Miguel Delibes, y no le falta razón. La lengua que usa Carrasco está dotada de una aparente sencillez que en realidad es precisión. De una complejidad y riqueza que logra hacerse comprensible de inmediato, como estilaba Delibes.
este lenguaje deslumbra, porque no es usual hallar un escritor con semejante dominio. Pero además, si hemos dicho que el libro no sería nada sin su lenguaje, éste por sí solo no significaría nada sin la historia que relata. Ambos se conjugan para resultar en una novela prodigiosa, tanto más por ser una primera novela. Pero que se sitúa entre las mejores (primeras o no) escritas en el último medio siglo en España.

Ed. Seix Barral, col. Biblioteca Breve
Barcelona, 2013 [2012]

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Un debut literario con alma de clásico. La riqueza de Miguel Delibes y la fuerza de Cormac McCarthy fundidas en una voz propia.

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