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El Ombú, de Guillermo Enrique Hudson

William Henry, o Guillermo Enrique, ya que este escritor británico nació en Quilmes (Argentina), pasó buena parte de su vida allí y es considerado como escritor argentino a todos los efectos, aunque escribiera en inglés. El motivo no es otro que muchos de sus escritos llevan la impronta de la pampa y el paisaje argentino, y constituyen un complemento necesario para entender la literatura nacional argentina de la época.
El Ombú, en sus breves cincuenta páginas, no es más que una serie de historias concatenadas alrededor de los sucesivos habitantes de una estancia llamada "El Ombú", presidida ante la casa por un ejemplar de este árbol quintaesencialmente pampero (y de ahí que estas historias simbolicen la vida en la pampa).
Las historias, que por una parte reflejan la dureza del entorno y, por otra, son trágicas, no pueden adscribirse al "mal lugar", pero casi. Desde la del estanciero Santos Ugarte, más gaucho que propietario, altivo y violento, hasta la de Brunito, que murió intentando vengar la muerte de su padre gracias a los doscientos rebencazos que un coronel del ejército le dio por pedir lo que les correspondía a los soldados de una incursión contra los indios, todas tienen en común que estos destinos fatales van ligados a la estancia. No en vano el ombú es un árbol que, dicen, puede volver loco. Pero de todas maneras se tiene la impresión de que no son más que historias representativas de una época y un estilo de vida, agreste y fronterizo.
Aunque escrito originalmente en inglés, el texto está plagado de localismos (dejando aparte la adaptación al castellano de Austral, hecha intentando imitar el acento popular, cosa que, a la larga, cansa un poco), y la misma naturaleza de las historias (y el apéndice que acompaña al relato) muestran que fueron escuchadas de boca de gente que las vivió. Destaca, además, el ritmo. Hay que insistir en que sólo con cincuenta páginas, Hudson relata cosas que otros autores hubieran convertido en cuatro novelas.
Naturalista en el sentido científico y también literario, Hudson mira la pampa argentina no con la curiosidad del turista sino como un observador que desea entender, en su sentido antropológico y social, un país.

En El Ombú y Otros Cuentos Rioplatenses
Espasa-Calpe, col. Austral
Buenos Aires, 19417 [1902]

Hay edición castellana reciente en Ediciones Internacionales Universitarias - Eunsa

Texto en inglés de El Ombú, con ilustraciones
Portada de la edición castellana de Eunsa

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La Balada de Cable Hogue, de Sam Peckinpah

SESIÓN MATINAL 

(The Ballad of Cable Hogue); 1970

Director: Sam Peckinpah; Guión: John Crawford, Edward Penney; Intérpretes: Jason Robards (Cable Hogue), David Warner (Joshua), Strother Martin (Bowen), Slim Pickens (Ben Fairchild), L. Q. Jones (Taggart), Peter Whitney (Cushing), R. G. Armstrong (Quittner), Gene Evans (Clete), Stella Stevens (Hildy); Dir. de fotografía: Lucien Ballard; Música: Jerry Goldsmith.

El primero de los grandes westerns crepusculares, y uno de los mejores, La Balada de Cable Hogue es un acto cariñoso, experimental y, cosa curiosa tratándose de Peckinpah, poco violento homenaje al salvaje oeste y a su final, aplastado (en el caso de la película, una metáfora que se hace real) por la civilización en marcha.
Es la historia de Cable Hogue, un rufián vagabundo que, por pura suerte, encuentra en medio del desierto un pozo de agua que permita que la diligencia pueda abrevar allí; esto le permite obtener la liccencia de posta del servicio de diligencias, y establecer un próspero (bueno, lo que puede llamarse próspero en medio del desierto, claro) negocio.
Historia en la que Peckinpah hace aparecer a todos los arquetipos, desde la prostituta de corazón de oro, hasta el pícaro y tahúr Joshua (David Warner). Realizada con pulso firme y maestro, con muchas dosis de humor, poco más se puede decir de su argumento. Hay que verla y dejar que el filme cuente su historia. Poco a poco, sin embargo, el subtexto se irá imponiendo, y esos personajes irán transformándose con el paso de los años y, sobre todo, con la llegada de los avances de la civilización, hasta que el pobre Hogue sea ya tan prescindible como su posta de diligencias. Esa mirada cariñosa y poco dura es inusual en Peckinpah, un director que fue el epítome de la violencia, pero tiene su justificación, tanto argumental como emocionalmente, y sigue siendo uno de las mejores películas de su clase.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Jean-Luc Ponty en el Chameleon de París

El violín tiene mala fama en jazz. A saber porqué. Tal vez sea que es un instrumento estridente, aunque sabe el cielo que hay otros más estridentes todavía que hacen fortuna. Quizás sea porque, para demostrar la valía con el violín hay que adornarse, y el jazz tiene cierta aversión a las florituras. No lo sé. El caso es que desde los lejanos tiempos en que Joe Venuti tocaba con orquestas en la era del swing, el violín en jazz es un patrimonio casi en exclusiva francés. Desde luego, Stéphane Grappelli fue el punto de inicio, de madurez y de revolución del instrumento, pero cuando el jazz se puso el traje de la modernidad, quien la trajo con las cuerdas de violín fue Jean-Luc Ponty. Incluso recibió el violín de Grappelli, en un acto que era como nombrarle sucesor a la corona del instrumento (y después, Ponty y Grappelli lo entregaron a Didier Lockwood, un violinista que les recomiendo encarecidamente, pero esa es otra historia).
Y Ponty fue el rey del instrumento con toda justicia. De técnica va sobrado, pero de ideas... es inagotable. De manera que hoy tenemos la ocasión de escuchar a un violinista de marca mayor, en una actuación que incluso hoy puede definirse como moderna e impecable, como se puede percibir escuchando el primer tema, So What; Miles Davis no hubiera puesto ninguna objeción, antes biem, seguro que le hubiese encantado. Los músicos que acompañan a Ponty (o mejor dicho, que integran el trío HLP) son el excelente batería Daniel Humair, compositor y arreglista de muchas bandas sonoras del cine francés y músico excepcional, y Eddy Louiss al órgano, que no sólo es un solista grandioso sino que con el pedalero puede suplir a un contrabajo con total rigor y buen juego musical. Aparte del tema de Miles ya citado, escucharemos Nostalgia in Times Square; Carol's Garden; That's All, con Ponty demostrando que no sólo toca moderno, sino que es capaz de encarar una balada de manera no sólo impecable sino magistral; Bags' Groove; Sonnymoon for Two; Oleo, con un solo de Ponty para descubrirse; e, incompleto, Summertime; una lástima lo de este último tema, ya que la intervención de Ponty ha pasado a las antologías.
Que Ponty es un maestro del jazz no hace falta que lo diga yo, porque hace décadas (prácticamente desde su aparición en escena) que es sabido. Disfruten pues de este maestro, y presten atención a los comentarios del Cifu, siempre valiosos. 


Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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A la Deriva Ante los Islotes de Langerhans: Latitud 38º 54' N, Longitud 77º 00' 13'' O, de Harlan Ellison

Uno de los mejores relatos de Harlan Ellison, y uno en el que las cualidades de este escritor inimitable (aunque parodiado) están más a la vista; su irreductible modernidad, su gusto por la experimentación y el riesgo, y el aprovechamiento de las tradiciones para llevarlas a un nuevo nivel.
Aquellos que busquen los Islotes de Langerhans harán bien en no consultar un atlas sino un tratado de anatomía. Estos acúmulos de células, que toman el nombre de su descubridor, se sitúan en el páncreas. Tras esta precisión geográfica, que ya marca que la re4alidad de este relato no va a ser estrictamente la que conocemos, digamos que su protagonista llegará a este punto de su propio cuerpo porque está buscando las coordenadas geográficas para localizar su alma.
El protagonista en cuestión es Lawrence, o Larry, Talbot y el científico que le ayudará a conseguir su objetivo es un tal Victor; a estas alturas de siglo debería ser superfluo recordar que Larry Talbot es el hombre-lobo más conocido de la pantalla grande, al menos por aparición en número de filmes; y que no es muy erróneo sospechar que el tal Victor es en realidad alguien de la estirpe de Victor Frankenstein.
Que quien busca su alma sea un hombre-lobo no es un capricho. El licántropo es sin duda el tropo más utilizado en el tema del doble, de la dualidad apolíneo-dionisíaca y, en suma, de la lucha entre espíritu y materia. De modo que casi es natural que un hombre-lobo busque dónde se aloja aquello que le hace hombre y porqué eso queda momentáneamente encerrado y aislado de su yo.
Desde el mismo momento en que esas coordenadas del alma de Talbot son localizadas, llegar mediante un holograma cuántico del mismo Larry es el tema. Pero no hay nada de Viaje fantástico aquí. Harlan Ellison es un representante prototípico de la ficción especulativa, no de la ciencia ficción dura, de modo que, tras una evocación a las enseñanzas de Don Juan, de Castaneda, el viaje por el cuerpo humano de Talbot se convierte en una expedición a un paisaje de realidad alternativa, no de realidad biológica. 
Qué encuentra Talbot es otro asunto, y Ellison no es tampoco escritor que proporcione respuestas mascadas, sino que entra en complicidad con cada lector. Baste decir que tiene que ver con el concepto de humanidad, con el de vidas desperdiciadas a las que habría que dar una segunda oportunidad y algo de solidaridad, y con lo más humano que tenemos, que es ser gregarios y no solipsistas.
Como pueden deducir, no es el cuento de ciencia ficción convencional, pero es que Ellison jamás ha sido un autor de género convencional. De hecho, no es un autor convencional, y punto. Una imaginería propia, su estilo y su tratamiento de los temas lo hacen sorprendente, original casi siempre, irreductible en todas las ocasiones. Ferozmente comprometido también; no políticamente, pero sí con su arte y con nuestra especia. Ellison puede citarse junto a otros grandes de la ficción especulativa, Dick, Spinrad, Ballard, Moorcock, pero eso es sólo una adscripción estilística. En el fondo, es único.

(Adrift Just Off the Islets of langerhans: Latitude 38º 54' N, Longitude 77º 00' 13'' W) 
En Ciencia Ficción elección 25
Ed. Bruguera, col. Libro Amigo
Barcelona, 1976 [1974]
Presentación de Carlo Frabetti


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El Anillo del Rey Salomón, de Konrad Lorenz

También conocida como Hablaba con las bestias, los Peces y los Pájaros, éste es uno de los libros más queridos por mí. Vaya por delante que, aunque la autoridad de Konrad Lorenz como etólogo, tanto en su faceta de pionero de esta especialidad como de propulsor de la misma, es indiscutible. Sin embargo, este fue su primer libro, y hay algunas observaciones suyas que han sido desmentidas a posterioridad, como la cuestión de la doble genealogía de los perros (chacal y lobo); finalmente, se ha demostrado que todos los perros tienen su antepasado común en el lobo.
Sin embargo, y con esta salvedad, da igual. Como da igual que ya en el mismo prólogo, Lorenz se excuse: «También debo recordar la lamentable historia del hámster dorado, que se puede dejar libre por la habitación, porque ─según el libro─ no roe ni trepa. Ya tuve el presentimiento de que me había precipitado cuando, poco después de la impresión de nuestro librito, encontré un nido de esta especie sobre un elevado cofre de estilo María Teresa y en un archivador de cartas. Un rollizo hámster macho, ya de edad madura, descubrió que el papel era un material excelente para el nido y, además, había desarrollado una admirable técnica de escalada de "chimenea", que aplicaba para subir entre el arcón y la pared. [...] Así, por principio, interrumpo la lectura de las cartas que me envían mis lectores y que, tras algunas manifestaciones benévolas, referentes a la valía del libro en general, pasan a tocar el capítulo de los hámsteres dorados. Sé demasiado adónde van.»
¿Van comprendiendo? Da igual todo esto porque el libro es divertidísimo, en el sentido de que las anécdotas que explica Lorenz, y que son reales, son en sí mismas impagables y un prodigio de humorismo.
Como es natural, el libro no sólo es una humorada. Las observaciones de Lorenz son claras y científicas, una rara mezcla en el mundo de las ciencias, y sobre todo proporcionan un estímulo para el naturalista aficionado o profesional, y si me apuran, para el profano que ocasionalmente trata con las bestias. Pero sobre todo hay un cariño y un entusiasmo por la observación de los animales que es difícil de encontrar tan bien transmitido. En este sentido, el libro es una joya, un auténtico "debe" para aquellos que puedan sentir la vocación de la naturaleza.
Un amor por los animales que tiene su reflejo en esta historia: Lorenz tenía una cacatúa de moño amarillo a la que, como con el resto de sus animales, dejaba suelta. Un día, volviendo de Viena, mientras estaba en la estación le llamó la atención un ave a la que en un primer momento no identificó. «¿Un águila ratonera? El ave me parecía más pesada y, sobre todo, más cargada por unidad de superficie de sustentación. ¿Una cigüeña? No era lo bastante grande, y si lo hubiera sido, pese a la gran altura a que estaba, se habría notado la longitud del cuello y las patas [...] ¡Dios mío!, era mi cacatúa, que estaba a gran altura, verosímilmente con la intención de emprender un largo recorrido, en vuelo de gran regularidad.
»¿Qué hacer? ¡Llamar al ave! ¿Has oído alguna vez la voz de llamada en vuelo de la gran cacatúa de moño amarillo? ¿Nunca? Pero sí que conocerás la matanza del cerdo a la antigua. Pues bien, imagínate los chillidos del cochino, en su máxima intensidad, como si fueran recogidos con un micrófono y, amplificados, emitidos por un altavoz. El hombre los puede imitar muy bien, aunque algo débilmente; le basta gritar "¡oee, oee!" con todas las fuerzas de sus pulmones. Ya había comprobado que la cacatúa entendía esta imitación, y acudía rápidamente a las voces. ¿Pero me oiría desde una altura tan grande? Había que probarlo. ¿Debo gritar o no? Si bramo y acude el ave, todo está bien. Pero, ¿y si grito y el ave no hace caso, y sigue en las alturas? ¿Cómo va a interpretar mis vociferaciones la multitud de personas que me rodean?
»Por fin me decidí: bramé y bramé bien. A mi alrededor, las personas quedaron como si un rayo les hubiera caído encima. La cacatúa revoloteó un momento irregularmente, luego sus blancas alas se plegaron y se precipitó en vuelo picado, para aterrizar sobre mi brazo extendido. Todo había ido bien.»
Es tan sólo una de las historias que se encuentran en este ensayo delicioso. Si quieren divertirse y además aprender a amar a los animales, Hablaba con las Bestias, los Peces y los Pájaros es su libro.

(Er Redete mit dem Vieh, den Voegeln und den Fischen)
RBA / Labor, col. Biblioteca de Divulgación Científica
Barcelona, 1993 [1952]

Existe edición de Tusquets con el título Hablaba con las Bestias, los Peces y los Pájaros

Portada y sinopsis

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En Forma de Canasta, de John Aubrey

Como viene siendo costumbre, y ya van cinco años, este blog celebra las fiestas retomando la tradición británica de relatar cuentos de fantasmas por Navidad.
En el que les traigo este año, la sorpresa (y un cierto humor, todo hay que decirlo) es agradable, aunque me apresuro a destacar que, tratándose de un texto de finales del siglo XVII, no es forzoso que el efecto que nos produce a los lectores de hoy fuera el mismo que para aquellos de antaño.
John Aubrey (1626-1697) fue un anticuario (que en aquella época no se asimilaba a nuestro concepto de "trapero que comercia con objetos de mayor clase" que parece imperar hoy) y biógrafo, y como tal, hijo de una época que prefiguraba y se estaba metiendo en la ilustración. Este fragmento, extraído de sus Misceláneas, mereció la pena de ser seleccionado por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo para su fundamental antología de la literatura fantástica.

«Refería Thomas Traherne que, estando en cama, vio una canasta que flotaba en el aire, junto a la cortina; creo que dijo que había fruta en la canasta: Era un Fantasma.»

Feliz Navidad a todos.

De Miscellanies (1696)
En Antología de la Literatura Fantástica
Edhasa, col. narrativas Fantásticas
Barcelona, 1983 [1965]
Edición de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo

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El Hombre Elefante, de David Lynch

SESIÓN MATINAL 

(The Elephant Man); 1980

Director: David Lynch; Guión: Christopher de Vore, Eric Bergren y David Lynch, basado en diversas memorias de época; Intérpretes: Anthony Hopkins (Frederick Treves), John Hurt (John Merrick), John Gielgud (Carr Gomm), Anne Bancroft (Mrs Kendal), Freddie Jones (Bytes), Wendy Hiller (Mothershead), Michael Elphick (Portero nocturno), Hannah Gordon (Mrs Treves); Dir. de fotografía: Freddie Francis; Música: John Morris; Diseño de producción: Stuart Craig.

En su época esta película marcó un hito. Y su efecto sigue perdurando, a pesar de que en estos momentos ya viene precedido de una bien ganada fama. Alguien la ha definido como una fantasía que, sencillamente, sucede que es real. La historia de John Merrick, el Hombre Elefante, un fenómeno de feria que por una afortunada conjunción de circunstancias logró escapar de su destino y llegar a ser reconocido como una persona sensible, educada gracias a que se le dio la oportunidad de educarse y un símbolo de muchas cosas, ya fue comentada en la misma época victoriana. Lo malo de esa historia es que, salvando algunas diferencias, contarla en 1980 no fuera un testimonio histórico, sino que todavía sirviera de lección.
Porque lo que El Hombre Elefante hace es, sencillamente, apelar a la humanidad a la que todos pertenecemos. Mostrar una persona deforme y declarar que se trata de un ser humano es algo tan antiguo como la literatura; decir que esta persona, por su deformidad, fue tratada como una bestia, es una evidencia que debiera pertenecer al pasado; reclamar la historia de Merrick como testimonio universal es algo que ya debería sobrar. Pero no sobra, en absoluto. De manera que esta película tiene que tener larga vida aún. Como recordatorio moral y como lección ética.
Y que sea eficaz depende, como siempre en el cine, de muchos factores. Una puesta en escena impecable, en su ambiente de época; una dirección magnífica. Pero sobre todo, unas interpretaciones formidables. La de John Hurt apoyada casi en exclusiva por la voz, y la de Anthony Hopkins en su contención.
El Hombre Elefante es una película que conmueve, cierto, y lo hace sin apelar a la caridad o a la lástima; lo he dicho antes: apela a nuestra humanidad. Y, si después de verla, nos sentimos más hermanados con John Merrick que con sus inhumanos carceleros, entonces es que el filme ha logrado su objetivo.

Tráiler:

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Jazz Porque Sí: Dexter Gordon en el Village Vanguard

Esta vez no tendremos al gran saxofonista tenor Dexter Gordon en su reducto danés, sino en el Village Vanguard, en una actuación en directo cuando volvió a los Estados Unidos. Pero la forma en la que estaba era excelente, si es que alguna vez estuvo en baja forma, y la actuación es disfrutable en todos los aspectos.
Acompañado por el excelente Woody Shaw a la trompeta, por un inspirado Ronnie Matthews al piano, por Louis Hayes a la batería y por el contrabajista Stafford James, al que ruego presten especial atención, porque realiza una acompañamiento más allá del deber, no vamos a estas alturas a descubrirles las características de la música de Dexter. En las baladas era único, pero lo mismo podía decirse de la imaginación en la construcción de sus solos que ejercía en cualquier tema, a cualquier tempo. En cualquier caso, las observaciones del Cifu se lo explicarán mejor que yo.
Escucharemos Gingerbread Boy; Let's Get Down; Little Red's Fantasy; 'Round About Midnight, con Shaw al fiscorno; Fenja; Backstairs; Fried Bananas y un fragmento de In Case You Haven't Heard.
Una actuación memorable, para disfrutar. Así se lo deseo.

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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Appointment with Eddie, de Charles Beaumont

Cita con Eddie es un cuento inédito (y póstumo) del gran Charles Beaumont. Un nombre ciertamente desconocido por muchos, pero cuyos argumentos son más recordados de lo que se piensa. Aquellos aficionados al programa The Twilight Zone tienen sus episodios favoritos. Si se investiga quiénes fueron los guionistas de estos episodios, no sorprende que aparezcan entre ellos nombres como Ray Bradbury, Richard Matheson o Robert Bloch. Lo que sorprende es que aparezca Charles Beaumont. Y en más de una ocasión.
Este relato podría haber sido un episodio de la serie, si no fuera porque no fue filmado y porque la eficacia de su chiste final es difícil de trasladar a la pantalla salvo que se filmase con cámara subjetiva (el relato mismo está narrado en primer apersona). Pero el espíritu de la serie está presente. La intrusión de lo mágico en la realidad cotidiana; una situación extemporánea, casi increíble, pero que a pura fuerza argumental se convierte en plausible; y una cierta enseñanza moral, matizada en este caso por el humor (como acostumbraba Beaumont; otro de los guinistas de la serie (y creador de la misma), Rod Serling, tenía ese mismo sentido de la moraleja, pero tomado de forma tan trascendente que se volvía edulcorado de tan bienintencionado).
El narrador de cuento, George, es un agente artístico. No es el mejor, ni el más grande, pero resume bien las características de justo ese segmento medio de la profesión. Es algo cínico, pero a la vez ama su oficio. No llega a ser amigo de sus representados, pero se preocupa por ellos más allá de los negocios, y está dispuesto a satisfacer sus caprichos, mientras nos ean demasiado extremos. El dinero es importante, pero para él no lo es todo.
Y su principal representado es Shecky King. Sabe muy bien que Shecky no es más que una burbuja vacía: sus ideas son de otros, al igual que sus chistes y frases, pero su carisma es tal que en televisión es una fiuerza arrolladora. De hecho, acaba de ser votado "personalidad más popular del mundo del espectáculo de todos los tiempos". De modo que George se sorprende al encontrar a Sheck en proceso de pillar una cogorza a base de seis martinis alineados frente a él en la mesa, y con una depresión galopante auxiliando en el proceso. Pero eso no es nada cuando Sheck le pide un favor personal: que le concerte una cita con Eddie, el Barbero. Según parece, el futuro y el mundo de Shecky depende de ello.
Acostumbrado a caprichos raros, George entra en la barbería de mala muerte de Eddie, mientras Sheck espera fuera. Cuando Eddie acaba de cortarle el pelo al vagabundo que era su único cliente, y cobra el solitario dólar por ello, George pide la cita para Shecky King. Sin reconocer siquiera el nombre, Eddie responde que tiene su libro de reservas completo. Mirando a su alrededor, George puede ver que está completo con la mugre, de modo que suspira y ofrece cinco dólares. Veinte. Cincuenta. Cien. Quinientos. Mil. Sin resultado, ni durante el horario comercial ni fuera de él. Derrotado, sale y se lo comunica a Shecky, quien entra e implora, suplica, casi se pone a llorar frente a Eddie. No hay vacantes en las reservas.
Lo siguiente es una crisis neurótico-depresiva de Shecky, y las averiguaciones de George por el mundo del espectáculo. Sencillamente, Eddie es la garantía de futuro. Sin que él te haga un corte de pelo, ningún éxito es perdurable. Y cuando Eddie rechaza un millón de dólares, el destino de Shecky King queda sellado.
No les explicaré el chiste final. Al fin y al cabo, algún día puede ser que el mercado editorial alcance la normalidad, y estas pequeñas joyas se hagan accesibles, pero lo fundamental del relato está expuesto.
Lo destacable de este cuento, además de lo apuntado con anterioridad, es que Beaumont no se empeña en hacernos comulgar con ruedas de molino. Sabe muy bien con qué está tratando, de modo que el hecho de que la magia de Eddie funcione o sea sencillamente una superstición que deriva en un psicosomatismo mórbido le trae sin cuidado; el lector puede escoger su explicación, pero el resultado final es el mismo. Pero también está el hecho de la ironía sobre el mundo del espectáculo, compuesto en su mayor parte de guarnición y con muy poco plato principal, como lo definió en su día un ejecutivo de televisión; y la reflexión sobre el éxito, el precio por alcanzarlo y el precio que se paga por mantenerlo. Shecky no se desespera por no haber alcanzado la cumbre; sufre por creer que ante sí sólo tiene la decadencia. Semejante ambición, que ni siquiera permite disfrutar de un presente glorioso, es una condena peor que el fracaso, nos dice Beaumont.
Es una lástima que este relato quedase en su día inédito. Bien filmado, hubiera sido otro de los episodios memorables debidos a la pluma de alguien no tan bien rrecordado, pero que se merece todo el crédito, Charles Beaumont.

En Demons and Dreams. The Best Fantasy and Horror 2
Legernd / Random Century
Londres, 1990 [1988]
Ed. de Ellen Datlow y Terri Windling

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La Noche en que Frankenstein Leyó El Quijote, de Santiago Posteguillo

La Noche..., subtitulado oportunamente "La vida secreta de los libros" y menos oportunamente "(porque los libros tienen otras vidas)", consiste en una compilación de anécdotas e historias relacionadas con la literatura y los libros.
Con algunas concesiones a lo espectacular (ni Fraqnkenstein ni su monstruo leyeron El Quijote, sino su madre literaria, Mary W. Shelley), el libro no puede dejar de ser interesante para el lector curioso en general y el letraherido en particular. Desde quién inventó el orden alfabético de clasificación hasta la historia de publicación de Harry Potter, pasando por anécdotas como la de Dostoyevski, quien, acuciado por los acreedores, tuvo que aceptar firmar un contrato en el que se comprometía a entregar una novela en veintiséis días, y la entregó, ganando una esposa de paso; o la publicación pirata de El Señor de los Anillos en Estados Unidos y cómo la editorial responsable se vio obligada a llegar a un acuerdo con Tolkien, no por la fuerza de la ley sino del público.
Son historias que pueden resultar conocidas o no para el lector, pero que siempre interesan, porque en el mundo de la literatura siempre han existido milagros y enigmas.
Sin embargo, todavía tenemos mucho que aprender de los anglosajones en cuestión de ensayo divulgativo. Sólo unos pocos pueden escribir sobre cualquier cosa de forma atractiva; Bill Bryson lo hace con tal gracia que despierta el interés, sea lo que sea aquello que está tratando; Bruce Chatwin acumula tantos datos poco conocidos pero inusuales sobre un lugar que un capítulo suyo es una fuente de sorpresas; el estilo directo y claro de Isaac Asimov hacía que cualquiera de sus ensayos resultara iluminador y entretenido. Otros autores menos dotados tienen que depender de su material, pero siguen unas reglas honestas para con el lector.
Por ejemplo, no caen en el fácil truco (admisible, quizás, una vez, pero no con la reiteración de este libro) de ocultar la identidad de los protagonistas para entonces, ¡ale hop! descubrirnos que esos Max y Franz eran Brod y Kafka. Al lector hay que tenerle un poco de respeto, por favor.
O la manía de novelar las situaciones, lo que da a este libro un aire de "historias selección" (a lo que contribuyen las ilustraciones a principio de capítulo, que ni aportan al contenido ni tienen validez artística); como si fuera necesario mascar y digerir la historia para presentarla regurgitada al lector. Si la anécdota que se cuenta es interesante, lo es por sí misma, y no tiene porqué  ser embellecida (o fabulada). Sin contar con el hecho de que el alimento regurgitado suele tener mal aspecto: pretender hacer hablar a Dostoievski, a Raymond Chandler o a Lord Byron no sólo es pretencioso, sino que difícilmente se corona con el éxito. Y, en efecto, Byron y Chandler suenan igual en este libro.
Después de leer La Noche..., el lector sale más sabio, sin duda, pero no más entretenido. Lo cual, si bien se mira, es el mejor elogio para el erudito, pero el peor calificativo para el divulgador.

Ed. Planeta
Barcelona, 2012 [2012]

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Ratas de Montsouris, de Léo Malet

De nuevo el detective Nestor Burma, creación de Malet pero inmortalizado en cómic por Tardi, y de nuevo esa serie monumental y sentida protagonizada por parís en cada uno de sus barrios, en este caso el Arrondissement XIV, al norte de la Ciudad Universitaria, el del parque de Montsouris y, en 1955, hogar de callejas miserables que ya se preparaban a una transformación posterior.
Porque, no nos engañemos, Burma es un protagonista detectivesco buenísimo, pero lo que impresiona es la capacidad de Malet para retratar unas calles y proporcionarnos el carácter de una parte de París en una determinada época.
A Burma un antiguo conocido del campo de prisioneros alemán, Ferrand, le propone una cita con una estrafalaria puesta en escena. Nestor asiente como si se las hubiera con un loco, pero poco después recibe el encargo de vigilar a un posible chantajista... que resulta ser Ferrand. A renglón seguido de esa entrevista, Ferrand es asesinado. Todo apunta a que la causa puede ser un crimen sin resolver, en el que puede estar mezclado un exmagistrado conocido por su afición a enviar reos a la guillotina. Y en medio, una banda de ladrones, las Ratas de Montsouris, que operan en el distrito XIV.
Todo lo cual es un motor cuya acción está perfectamente planificada, y que ayuda a proseguir la lectura, pero no es lo mejor de estas novelas, insisto.
La literatura policíaca moderna se justifica a sí misma como termómetro del clima moral de un lugar o una época, y Malet, por intuición o reflexión, lo sabe muy bien. El género policial le sirve para que su personaje pueda deambular por cualquier parte, sean los barrios bajos o las mansiones burguesas, y para retratar usos, costumbres y actitudes. En esta novela, por ejemplo, aparecerán argelinos y la tensión de las colonias, los patafísicos y, por encima de todos ellos, un barrio que desaparece y otro nuevo que está a punto de surgir sobre los derribos.
Dirán que esto tiene cierto aire sentimental. Puede ser. Pero, se conozca o no París (o el barrio en cuestión), la impresión que da Malet de él es tan vívida que se sitúa de inmediato en la mente del lector. Y sobre este decorado real, la acción puede desarrollarse como si, en lugar de tratarse de una novela negra, fuera una de costumbres. Que no es poco logro.

(Les Rats de Montsouris)
Libros del Asteroide
Barcelona, 2011 [1955]
Serie Detective Nestor Burma / Los Distritos de París: Arrondissement XIV

Portada y sinopsis

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This Is Spinal Tap, de Rob Reiner

SESIÓN MATINAL 

(This Is Spinal Tap); 1984

Director: Rob Reiner; Guión: Christopher Guest, Michael McKean, Harry Shearer, Rob Reiner; Intérpretes: Christopher Guest (Nigel Tufnel), Michael McKean (David St. Hubbins), Harry Shearer (Derek Smalls), Rob Reiner (Marty DiBergi), R. J. Parnell (Mick Shrimpton), David Kaff (Viv Savage), Tony Hendra (Ian Faith), Bruno Kirby (Tommy Pischedda); Dir. de fotografía: Peter Smokler; Música: Christopher Guest, Michael McKean, Harry Shearer, Rob Reiner; Diseño de producción: Dryan Jones; Montaje: Robert Leighton.

Una película sorprendente. Verán, se trata de un falso documental sobre una falsa banda de rock heavy metal británica, en una falsa gira por los Estados Unidos. Pero, hasta que aparece Patrick Macnee en pantalla como el propietario de una discográfica pop, uno tiene sus dudas sobre el calificativo de falso.
Ciertamente los personajes son extravagantes, caprichosos, creídos, convencidos de su grandeza aun en plena decadencia, y las situaciones son extemporáneas, pero tratándose de una película sobre los entresijos de una banda de rock, eso no extraña en absoluto.
De hecho, esta sensación de realidad se mantiene durante todo el filme, y Reiner y sus coguionistas / coprotagonistas tienen que esmerarse mucho, y exagerar otro tanto, para que las situaciones que se viven sean un poco (pero no demasiado) más ridículas que la realidad que, en un momento u otro, todos hemos leído sobre personajes del mundo de la canción pop.
Guste o no guste este tipo de música, la película está tan bien realizada, su humor es tan sutil e inteligente que trasciende al mero género de películas sobre rock para ser auténtico cine con mayúsculas.
This Is Spinal Tap es una sátira feroz de la música popular, de sus protagonistas y el mundo que les rodea y de sus caprichos, ilusiones y esperanzas. Y, sin embargo, hay un elemento que todavía la hace más real, y es que, pese a lo ridículo de la banda y las situaciones, hay un cierto afecto en la mirada que Reiner transmite. Es afectuosa porque, aun en pleno fracaso, aun convertidos en unos monigotes grotescos, todavía aman lo que hacen, y todavía quieren dedicarse a hacer su música. Que esta sea buena o mala, eso ya no es tan importante. Es el estilo de vida que han elegido, y no tienen poequé ser triunfadores para ejercerlo. Este punto de ternura subyacente da a la película un valor añadido que no tendría de haberse quedado en la sátira.
Y un aspecto a destacar: las letras pueden ser demenciales, ridículas y risibles (y lo son a propósito), pero la música que toca la ficticia Spinal Tap es impecable. Lo que contribuye a hacer una película divertida, inteligente y refrescante.

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Jazz Porque Sí: Woody Shaw en el Keystone Korner de San Francisco

El trompetista Woody Shaw fue uno de los intérpretes de más estilo e intensidad que dominaron la escena del jazz, sobre todo a partir de los años setenta. Hoy le tenemos en un mítico club de San Francisco, el Keystone Korner, en unas actuaciones en las que interpreta un jazz post-bop muy bello de un sonido intenso y entregado, con unos acompañantes que no desmerecen para nada al líder: Carter Jefferson a los saxos tenor y soprano, Larry Willis al piano, Stafford James al contrabajo y Victor Lewis a la batería. Si tuviera que destacar a uno de ellos, no podría; Jefferson está impecable en sus solos, Larry Willis tiene un toque maravilloso y sutil, el contrabajista Stafford James es un prodigio de sonido y precisión, y Lewis es un percusionista magnífico.
Lo que van a escuchar es Love Dance; Light Valley; Why; Stepping Stone; en los dos siguientes temas, Rahsaan's Run y What Is this Thing Called Love, Jefferson Carter se ausenta y cede su puesto al trombinista Steve Turre, una leyenda actual en su instrumento; y Legend of Kheops, en donde vuelve Jefferson y no está Turre.
Atentos como siempre a los comentarios del Cifu, que ponen en situación tanto la música como los intérpretes, y disfruten de estas actuaciones con el grupo de Woody Shaw, totalmente entregado a la música que interpretan. 


Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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Un Buitre Ha Hecho Su Nido en el Café, de Ignacio Aldecoa

Ignacio Aldecoa, el maestro del relato español, hace aquí una auténtica maravilla con una economía de medios destacable.
Si un café ya es todo un universo por sí mismo, el café que nos describe Aldecoa, con su clientela y sus horas, su personal y su atmósfera, es algo todavía más especial. Sus veladores de mármol blanco y las mesas de marmol negro, como «un tablero de ajedrez desbaratado», sirven al autor para que su relato adquiera una estructura ajedrecística.
La acción se centra en una pareja, una mujer joven que entra al café acompañado de un "percherón", un hombre mayor que ella, y que, tras depositarla en una mesa va al piso superior a jugar una partida de naipes. Es un hombre dominador y dominante, que controla los camareros y ellos le sirven a él, un auténtico rey en el tablero que conforma este café. Pero el rey, como bien sabía Aldecoa, es de movimiento corto, de reacciones lentas y, fundamentalmente desprotegido sin sus aliados. Y su "reina", esa mujer, es un objetivo deseable para más de un alfil y tal vez si no algún peón de la cafetería.
El desarrollo es maestro. En pocas pinceladas queda descrito el cuadro, pero es que en pocas pinceladas, a veces directas, a veces a través de algún espectador, quién sabe si también pieza de este metafórico tablero de escaques, también van poniéndose ante el lector las situaciones y los movimientos.
El final, sorprendente e irónico, no deja de ser una simple culminación de un relato que tiene todas las características de la obra maestra, pleno de intensidad y de tensión, con un enigma resuelto al final, pero con esa estructura ajedrecística que, si no existiera, haría que el cuento perdiera toda su fuerza e ironía. No me cansaré de decirlo: Ignacio Aldecoa fue el mejor cuentista español del siglo XX, y pocos, si es que alguno, ha superado esa marca. Tal vez por el formato de relato sea un autor que se va olvidando, pero esa injusticia es remediable. Y, sobre todo, remediarla entraña una satisfacción enorme para el lector.

En Cuentos Completos, vol. 2
Alianza Editorial, col. El libro de bolsillo
Madrid, 19736 [19??]

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La Danza del Gabbiano, de Andrea Camilleri

En La Danza de la Gaviota, esta vez el comisario Montalbano (y los lectores que lo acompañan desde su inicio) se ven enfrentados a un hecho terrible. Fazio, el fiel inspector Fazio, ha desaparecido. Y mediante una declaración anónima, Montalbano puede saber que está en manos de delincuentes, que probablemente lo asesinarán a menos que la actuación sea rápida y eficaz. Y para ello se movilizará a toda la comisaría de Vigata.
Si en las últimas novelas de la serie un Montalbano ya cincuentón se obsesiona por su juventud perdida y por la vejez que él cree inminente, en esta novela la premura de la actuación hace que se sobreponga a todo ello, y volvemos a encontrarnos con el Montalbano de sus inicios, rápido, incisivo, vengador pero cumplidor de la legalidad, arraigado en el territorio en el que se mueve como pez en el agua y del que se aprovecha para realizar sus investigaciones.
Entiendo que algunos críticos confundan celeridad de escritura, o descuido, con lo que en realidad son las novelas de la serie, es decir, un reencuentro entre autor, lectores y personaje. No es necesario que Camilleri nos explique, a estas alturas del asunto, las idiosincrasias de los habitantes de Vigata, ni de los miembros de la comisaría. Tales cosas serían redundantes, y si esos críticos creen que debiera hacerlo, lo mejor sería que cumpliesen ellos con su obligación y leyeran las primeras novelas de la serie. Porque, en efecto, cualquier Montalbano es disfrutable por sí mismo, pero no es comprensible en su dimensión total salvo que se lo considere como un fragmento de un cuadro mucho mayor compuesto por las diversas novelas y relatos que lo han precedido, como entender la personalidad del inspector Kurt Wallander, de Henning Mankell, es imposible si no se ha seguido su orden de lectura. Porque estos personajes envejecen, cambian, como lo hacen los que les rodean. Por tanto, la crítica no debe hacerse sobre la novela por sí sola, sino en relación a la coherencia en la serie.
Y la coherencia en este caso es total. Sólo con anunciar que Fazio, la mano derecha de Montalbano, pueda estar en peligro, todos sus lectores habrán entendido lo que sucede dentro de la mente del comisario. Si Camilleri, en lugar de apelar a la complicidad del lector, lo hubiera explicado, entonces estaríamos hablando de mala literatura en su conjunto. Presuntos críticos, tomen nota.

Sellerio editore, col. La Memoria
Palermo, 2009 [2009]
Serie Comisario Montalbano nº 20

Portada y sinopsis de la edición castellana
Portada i sinopsi de l'edició catalana
Portada y sinopsis de la edición italiana

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Fútbol contra el Enemigo, de Simon Kuper

No se asusten. Sé que el 80 por ciento de la literatura futbolística adolece de una falta de calidad que muchas veces representa un insulto para la inteligencia del lector, aunque por fortuna eso empieza a cambiar. Sin embargo, cuando un libro viene recomendado por Nick Hornby, ese autor que con su libro Fiebre en las Gradas [Fever Pitch] hizo que leer un libro sobre fútbol representase una experiencia literaria para el aficionado a ese deporte y para el que no, cuando un libro tiene esa recomendación, repito, merece que se le preste atención.
Este libro defiende la tesis de que el fútbol es un arma política y, como demuestra, un arma que en ocasiones ha alcanzado una tremenda potencia en el objetivo de moldear la opinión pública y predisponerla hacia ciertas actitudes políticas. No es que el fútbol sea manipulable, sino que es un instrumento, a veces, para la manipulación; en otras, el fútbol se ha convertido en el lugar de expresión de actitudes políticas que no podían ser explicitadas en ningún otro sitio. El caso es que la unión de deporte y política es una que puede resultar más o menos evidente para aquellos que la hayan vivido a cierta distancia (por ejemplo, el Mundial de Argentina), pero lo que sorprende es la frecuencia y la extensión planetaria con la que este fenómeno se produce.
Así, Kuper se dedicó a perseguir estas uniones allá donde se producían, en un trabajo de campo cuyo resultado, una vez leído, recuerda más a la corresponsalía de guerra en su estilo de escritura (en definitiva, al auténtico estilo periodístico de investigación) que a la crónica deportiva.
La explosión de xenofobia antialemana que se produjo en Holanda con motivo de los enfrentamientos entre sus selecciones; la historia de un disidente futbolístico en la DDR perseguido por la Stasi por apoyar a un equipo de Berlín occidental; el fútbol como expresión nacionalista en las repúblicas bálticas; las connivencias del poder y los equipos de fútbol en la Rusia soviética y en la Ucrania postsoviética; el Barça y la expresión antifranquista y nacionalista; el honor africano en sus respectivas selecciones; el factor de cohesión nacional del deporte en la Sudáfrica de poco después de la abolición del apartheid; el ya citado Mundial de Argentina y cómo la dictadura militar lo manipuló para conseguir un aval externo a su política; el fútbol visto como reivindicación social en Brasil; la Old Firm, es decir, los enfrentamientos entre el Glasgow Rangers unionista y el Celtic de Glasgow "un equipo irlandés que juega en una liga extranjera"; el fútbol en Croacia, donde sus aficionados más radicales formaron el núcleo primigenio del nuevo ejército croata; y el fútbol en Oriente Medio y el Islam, con diversas connotaciones políticas y sociales.
Como vemos, los ejemplos son demasiado numerosos como para pasar el fenómeno por alto o desdeñarlo como una cuestión marginal. Kuper, que se muestra como un periodista de alto estilo, mejor profesionalidad y de mente lúcida, fue, vio, habló con todos los que pudo al respecto y sacó conclusiones. Si se hubiese limitado a un artículo, este libro no sería nada; tomado en conjunto, es un estudio que va más allá, mucho más allá, del deporte, para entrar en lo que los historiadores gustan ahora de denominar "pequeña historia". Pero historia al fin. Y a veces, no tan pequeña.
Leer este estudio es un placer, guste el fútbol o no. Curiosamente, los momentos más flojos del ensayo de Kuper se producen cuando únicamente habla de fútbol, cosa lógica si pensamos que este deporte sigue teniendo adscripciones personales, a un club, selección o estilo de juego, y que el resto es de poco interés para el aficionado. Pero cuando retoma el pulso de las implicaciones sociológicas e históricas, Kuper vuelve a describir y estudiar experiencias y hechos que no tienen desperdicio.
El autor ha revisado y ampliado muy poco esta edición con respecto a la de 1995; es una lástima, pero hay que decir que revisarla le hubiese llevado otro año de estudios de campo, algo que probablemente no quería hacer. Pero este libro es la simiente de algo. Probablemente no sea Kuper, pero todo buen periodista debería tomar nota de lo que dice Kuper, y realizar esa revisión por sí mismo. Una cosa es segura: después de este libro, la visión del fútbol como fenómeno social no fue la misma. Y el ensayo histórico adquiría un libro imprescindible.

(Football Against the Enemy)
Contraediciones
Barcelona, 2012 [1994, 2012]
Prólogo de Santiago Segurola

Portada y sinopsis

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Los Viajes de Sullivan, de Preston Sturges

SESIÓN MATINAL

(Sullivan's Travels); 1941

Director: Preston Sturges; Guión: Preston Sturges; Intérpretes: Joel McCrea (John Lloyd Sullivan), Veronica Lake (La chica), Robert Warwick (Mr LeBrand), William Demarest (Mr Jones), Franklin Pangborn (Mr Casalsis), Porter Hall (Mr Hadrian), Byron Foulger (Johnny Valdelle), Eric Blore (el valet de Sullivan), Robert Greig (Burroughs, mayordomo de Sullivan), Torben Meyer (El doctor), Jimmy Conlin (Trusty), Margaret Hayes (Secretaria); Dir. de fotografía: John Seitz; Música: Leo Shuken.

Una pequeña obra maestra de un maestro, el gran Preston Sturges. El argumento, que hace referencias (y homenaje) a Frank Capra, es simple: un director de cine, especializado en comedias ligeras, acaba de tener un ramalazo social, y quiere realizar una película que comprenda el dolor de los pobres del país, que remueva las conciencias, que se convierta en portavoz de esos desheredados. Para consternación de sus productores.
Pero el problema es que el propio director, John Lloyd Sullivan, no sabe nada de las penalidades de la pobreza, de manera que se empeña en convertirse en vagabundo para conocerlas de primera mano. No es que le salga muy bien. En varias salidas, llega un momento en que no puede más y regresa a su campo base, Hollywood. Pero encuentra a una chica, una aspirante a actriz (interpretada por una Veronica Lake espléndida) que le paga un café y un bollo sin conocerlo, sencillamente porque es un vagabundo que no puede pagarse más que un café. Y después de darse a conocer, Sullivan y la chica emprenden la aventura del vagabundeo juntos...
Las situaciones de comedia están aseguradas, y tienen resolución magistral, a lo que contribuye un guión magnífico y las grandes interpretaciones de sus actores principales, McCrea y Lake. Riendo, riendo, esta película logra transmitir también un mensaje social, lo cual es un efecto muy sutil tratándose de una comedia, pero que sigue fielmente los pasos del, insisto, homenajeado Frank Capra. Y su conclusión final de que hacer reír es también necesario, a veces lo único que le queda a la gente, impecable.

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Jazz Porque Sí: Duke Ellington en Europa

De nuevo con la orquesta de Duke Ellington en concierto. Una orquesta en una forma estupenda, como veremos, y con una creatividad increíble, debida sobre todo a los arreglos de Billy Strayhorn, que conseguía hacer vestidos nuevos alas piezas más clásicas del Duque. Concierto que se realizó durante la gira europea de 1958, pero del que no sabemos dónde fue grabado ni en qué fecha exacta. Desventajas del pirateo. Las ventajas, por descontado, son no haber perdido esta música interpretada con su ambiente.
Se inicia con un C-Jam Blues, una versión muy inventiva en la introducción al piano por parte de Duke, y con un buen solo final al clarinete por parte de Jimmy Hamilton, acompañado por el riff de la banda; Satin Doll, en el que, miren ustedes por donde, el que hace un solo regio es el contrabajista Jimmy Woode; Perdido, destacando la interpretación a la trompeta de Clark Terry; Sophisticated Lady, con Harry Carney al saxo barítono dando una sentida interpretación, como acostumbra con esta pieza; el momento de la principalía del saxo alto Johnny Hodges llega con tres temas, Passion Flower, Jeep's Blues y Things Ain't What Used to Be. Después, Cat Anderson, el especialista en la trompeta de agudos, se luce en The Matador (El Viti). Y acaba esta sección con Rockin' in Rhythm, precedida por esa introducción al piano que Duke incorporaría definitivamente a la pieza, y que lleva por título Kinda Dukish.
Pero sigan leyendo.

Porque cualquier concierto de la época no estaba completo si Paul Gonsalves no daba un paso al frente con su saxo tenor para marcarse una nueva improvisación del interludio entre Diminuendo in Blue and Crescendo in Blue. A tiempo rápido y con gran inventiva, la orquesta desata el fervor del público. Y no era para menos.
Para completar la emisión, dos temas de estudio, Mr Gentle and Mr Cool, con Ray Nance al violín, y Take the A Train.
Y entonces viene la grabación en estudio de la Queen's Suite, una obra que durante muchísimos años sólo tuvo un vinilo en existencia, el propiedad de la casa real británica. La historia se la explicará el Cifu con más detalle, pero baste decir que Ellington quiso hacerle un regalo a Isabel II. Y lo hizo con toda clase. Hasta que, después de la muerte de Ellington, se reeditó, se sabía de la existencia de este disco por fotografía (y supongo que porque algún miembro de la casa real lo escucharía). Escucharemos de esta suite, Lightning Bugs and Frogs; Le Sucrier Velours; Northern Lights; Sunset and the Mockingbird y Apes and Peacocks.
Un buen concierto con la orquesta del Duque y una gran sesión de grabación. Que las disfruten.

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.

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La Mosca, de George Langelaan

Con cinco adaptaciones al cine (¡y una ópera!), se puede decir que La Mosca ha alcanzado la categoría, si no de arquetipo, sí por lo menos de mito dentro de la imaginería del género de terror.
El relato, que ha tenido adaptaciones bastante fieles, se inicia in medias res, es decir, en el centro de la historia. André, un científico hermano del narrador, ha sido aplastado por un martillo pilón, que le ha machacado la cabeza y un brazo. La cuestión es que quien ha operado ese martillo mecánico es la esposa del científico, pero quedan un par de dudas: ¿cómo alguien podría escoger un método tal para realizar un asesinato? Y sobre todo, ¿cómo es que André consintió en situarse tendido en el suelo para recibir el impacto de la máquina?
Las investigaciones siguen su curso, y la esposa no llega ni a juicio. Es evidente que está loca, sobre todo cuando los médicos comprueban su manía en atrapar moscas, examinarlas y luego dejarlas libres.
Ni el inspector de policía ni el narrador creen en esta locura, pero también son escépticos al respecto del asesinato. Es evidente que Hélène es quien ha operado la máquina, pero sus motivos y, sobre todo los motivos para que André se sometiera a ello siguen oscuros.
Finalmente, Hélène entrega a su cuñado un manuscrito en el que se relatan los acontecimientos que precedieron a la muerte de André. Éste estaba investigando la transmisión de la materia, y en sus experimentos algo salió mal. Una mosca se introdujo en la cámara de transmisión junto a André, y los resultados fueron más bien terroríficos.
Si he desvelado tanto es porque, como digo, el argumento parece haberse convertido ya en universal y hasta aquí es sabido. El relato lo pueden leer en el enlace al pie de esta reseña, y comprobar que conserva su potencia. Respecto a sus defectos (que los tiene), mencionar lo estereotipado del manuscrito revelador, y la manía de Langelaan, que era británico, aunque nacido en Francia, de introducir cada dos por tres, "chéri" y otras expresiones francesas, que en la época daban sabor, pero que hoy son un recurso anticuado y distanciador (sobre todo porque estas expresiones son pronunciadas por personajes que, en teoría, ya están hablando en francés, de modo que, o se traduce todo o no se traduce nada). Pero tiene sus virtudes, claro que sí. Un argumento (y es prácticamente el único relato que hará que el nombre de su autor sea recordado) no alcanza ese estatus de popularidad por nada. Lo que en principio es un relato de ciencia ficción se vuelve terrorífico precisamente por la elección (lógica, pero cuidadosa), del animal que hace que André se convierta en un monstruo. Langelaan podía haber realizado eso mismo con un gato (y en el relato eso mismo sucede, en parte) y el efecto hubiera quedado diluido. Al fin y al cabo, a mucha gente le gustan los gatos, mientras que la mosca es probablemente el insecto más denostado en todo el mundo. Y tiene cierta dosis adicional de ingenio, que hace que no sólo se detenga en la repulsión física, por ejemplo cuando dice: «Sí, estoy vivo, de acuercdo, pero ya no soy un hombre. En cuanto a mi cerebro o inteligencia, puede desaparecer en cualquier momento. Ya no está intacto. Y no puede haber alma sin inteligencia... ¡Y eso lo sabes!». Las implicaciones de esta frase son profundas, van más allá del simple texto, y hacen honor a una historia ciertamente merecedora de su fama, fílmica o no.

(The Fly)
En Horrorscope. Mitos Básicos del Cine de Terror vol. 2
Ed. Nostromo
Madrid, 1974 [1957]

Texto en castellano de La Mosca

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Londres, una Biografía, de Peter Ackroyd

Puede parecer inusitado que la historia de una ciudad reciba un tratamiento biográfico, pero Ackroyd considera (con justicia) que hay ciertas ciudades, y Londres es un ejemplo evidente, que parecen tener vida propia, y por tanto deben tratarse como seres vivos. No sólo eso (pues este texto no es un apunte zoológico), sino que además poseen personalidad. De modo que la historia no basta, hay que buscar su expresión, sus gestos, su vida cotidiana, las peculiaridades que la distinguen. De ahí que la biografíe.
No es el único en ver a la capital británica de esta manera. Desde que Wren, en el inicio de la construcción de su catedral de San Pablo, encontrara una piedra con la inscripción Resurgam (resurgiré) y la pusiera en el centro de su creación, muchos son los que han visto a Londres como un organismo. Con su sistema circulatorio, sus pulmones, su cerebro, sus brazos y piernas. A veces comportándose como un Moloch que engullía todo lo que a ella llegaba, a veces como la emperatriz de la que todo surgía, siempre conservando unas peculiaridades que la hacían única. Londres, en todas las épocas, ha sido un polo de atracción del que, una vez llegado el forastero, era difícil escapar. Tal vez sus habitantes huyeran a la periferia, pero nunca abandonaban la ciudad del todo, como cuando en las evacuaciones durante la Segunda Guerra Mundial la mitad de la población desplazada volvía a estar en Londres al cabo de seis meses.
Ackroyd, en las mil y pico páginas de este libro, lo trata absolutamente todo. Su gran y su pequeña historia. El Londres de los cafés (y, en consecuencia, el Londres de la agitación intelectual y política), el ligado al Támesis, el del teatro, el de las ejecuciones, el de las prisiones, el de los hospitales y manicomios. Sus acentos y lenguajes, sus inmigrantes, pronto londinenses, sus fiestas, su niebla y su smog, su incesante ruido y su silencio, tan raro de encontrar y tan absoluto entonces (doy fe de ello).
También sus habitantes, que, fueran romanos, sajones, normandos, anglos o británicos, siempre han sido más londinenses que otra cosa, en cualquier época y en cualquier circunstancia.
El Londres mágico y alquimista, el Londres religioso y profano, y siempre ha habido más de profano que de pío; el Londres gobernado nunca se ha sabido bien por quién, tal vez por el mismo Londres (hasta finales del siglo XX no ha tenido alcalde efectivo). El Londres que ha resistido incendio tras incendio, plaga tras plaga, el Blitz de la Luftwaffe y el de las V-1 y V-2, y que resumía entonces la situación por boca de Winston Churchill con un flemático "business, as usual" [negocios, como de costumbre].
¿Por qué un no londinense tendría que leer este libro? Tal vez porque Londres es consustancial al mundo, porque la conocemos bien aun sin haberla visitado. Quien haya leído a Dickens, quien se haya adentrado en la niebla con Sherlock Holmes, quien haya considerado los escenarios de Shakespeare o quien haya visto el imperio victoriano a través de sus casacas escarlata, tiene ya un conocimiento de Londres, aunque no sepa qué coherencias unen todas esas épocas y situaciones. Este es el libro para descubrirlas.
Peter Ackroyd, lo repito una vez más y no me cansaré de hacerlo, es un espléndido novelista que, además, no se sabe por qué impulso, es también un magnífico biógrafo. Sólo lo que ha tenido que leer para escribir este libro es abrumador. Lo que ha andado impresiona todavía más, sobre todo si se tiene en cuenta que ya en 1750 no bastaba una vida para recorrer todas y cada una de las calles de Londres. Pero además está la escritura, la sistematización de lo leído, la cita justa y la claridad de pensamiento. En eso, Ackroyd llega a una cota infrecuente y escribe un libro bello, lúcido y apasionante, tanto como la vida de una ciudad.

(London: The Biography)
Edhasa
Barcelona, 2002 [2000]

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25, Agosto 1983, de Jorge Luis Borges

La cantidad de temas que frecuentó Borges en toda su obra y que están incluidos en este relato hacen que, como casi siempre en una obra suya, cualquier estudioso tenga que referenciarlos a otros cuentos para así establecer un cuadro coherente de esos paisajes y temáticas recurrentes.
«Curiosamente el dueño no me reconoció y me tendió el registro». Y allí, en ese registro, con todavía la tinta fresca, está escrito el nombre de Jorge Luis Borges, un Borges más viejo que el que narra y que está allí suicidándose. El tema del doble, presentido en la constante imagen borgiana de los espejos, y desarrollado explícitamente en otros relatos, por ejemplo El Otro, está aquí presente en toda su dimensión, una más trascendente todavía si tenemos en cuenta que se trata de un diálogo entre los dos Borges, el maduro y el anciano, el escritor y el suicida. Pero no es un tema de usurpación. ¿O sí? En algunos momentos el Borges narrador se irrita con su mismo yo futuro, que es lo mismo que irritarse con los manierismos del Borges que escribía este relato, puesto que el Borges narrador es el de sesenta y un años, es decir, el de 1960. Puede chocar al lector que el Borges de 1983 sea un suicida, ya que no se suicidó y murió tres años años después de cáncer. Ante esto sólo cabe especular. Tal vez sí había pensado en el suicidio. Tal vez sólo quiso representarse a sí mismo en lo que hubiese querido ser, aun ciego y sesentón, sobre todo cuando el Borges moribundo profetiza lo que Borges ya debía saber en esa época, por ejemplo que escribiría la obra maestra que habían soñado ambos, y que «Jugué, sin convicción, con el melodramático propósito de destruirlo, acaso por el fuego. Acabé por publicarlo en Madrid, bajo un seudónimo. Se habló de un torpe imitador de Borges, que tenía el defecto de no ser Borges y de haber repetido lo exterior del modelo.
»─No me sorprende ─dije yo─. Todo escritor acaba por ser su menos inteligente discípulo.»
También el tema del hombre que sueña que sueña, en este caso dos hombres que pueden soñar acaso lo mismo en diferentes épocas, o que se sueñan a sí mismos sin saber quién realmente sueña a quién.
Y el sistema metaliterario que establece el autor, puesto que el relato es autorreferencial, con constantes alusiones a que este relato se está escribiendo, o pensando escribir, o ya escrito.
Todo un sistema borgiano temático y estilístico, en suma, una especie de testamento, de ironía casi autoparódica, pero también de reflexión sobre el Borges que, siempre, parecía estar abrumado por el peso de lo cósmico cargado a sus espaldas. Tienen al pie de esta reseña un enlace al texto, de modo que pueden juzgar por sí mismos. Encontrarán uno de los grandes relatos de la última etapa del maestro, con toda la densidad de pensamiento que acostumbra, pero también con esa facilidad de escritura, que proporciona una falsa sensación de sencillez, y que hace que su lectura sea enormemente simple. Pero nunca simplista.

En Veinticinco Agosto 1983 y Otros Cuentos
Eds. Siruela, col. La Biblioteca de Babel
Madrid, 1983 [1983]

Texto de 25, Agosto 1983

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Ginger y Fred, de Federico Fellini

SESIÓN MATINAL 

(Ginger e Fred); 1986

Director: Federico Fellini; Guión: Federico Fellini, Tonino Guerra, Tullio Pinelli; Intérpretes: Giulietta Masina (Amelia Bonetti / Ginger), Marcello Mastroianni (Pippo Botticella / Fred), Franco Fabrizi (Presentador del espectáculo), Frederick Von Ledenberg (Almirante Aulenti); Dir. de fotografía: Tonino Delli Colli, Ennio Guarnieri; Música: Nicola Piovani; Diseño de producción: Dante Ferretti.

Una de las últimas películas de Fellini, pero reconocible cien por cien en su estilo, Ginger y Fred es la historia de una vieja pareja de bailarines de swing, antiguas glorias de los espectáculos de variedades, que son llamados a participar en un espectáculo televisivo.
El territorio Fellini es uno fácilmente reconocible, y aquí se halla en su totalidad. No sólo los elementos surrealistas (pero perfectamente posibles, con lo que ese surrealismo se convierte en una sátira feroz), sino también la crítica a la comercialidad y lo chabacano disfrazado de comercialidad o incluso de "buen gusto"; por otra parte, y empleando al que siempre fue su alter ego en la pantalla, Marcello Mastroianni, Fellini nos cuenta probablemente su propia historia, en este caso la del artista apartado de la "modernidad", traído al nuevo medio de la televisión como una vieja gloria, como una especie de estantigua curiosa de ver pero en absoluto de escuchar, en lo que no es tanto una queja como una críticaa qué hacen las televisiones y cómo se negaña a la audiencia con oropeles, falsas historias, sensacionalismo y, sobre todo, con un gasto mínimo que a los productores les reporta millones. Y, por supuesto, aunque la mirada hacia el pasado es benévola, no deja de ser sardónica: al fin y al cabo, los homenajeados Ginger y Fred, los grandes bailarines de una época pasada, no son sino unos imitadores, una copia que suponemos burda de los originales Fred Astaire y Ginger Rogers. Así, aunque puede dar la impresión de nostalgia, la película también nos dice que no nos emocionemos demasiado: los recuerdos son siempre mejores de lo que la realidad fue.
Una de las últimas películas de Fellini, repito, y una de las que mejor recuerda al gran Fellini.

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Jazz Porque Sí: Stan Getz en el Montmartre de Copenhague

UNa velada con Stan Getz, pero también con Kenny Barron. En una extraña combinación que pocas veces se ha dado en el jazz, el dúo de saxo tenor con piano.
Y les garantizo que estas actuaciones en Dinamarca de ambos maestros, realizadas y por suerte grabadas antes de que Getz muriera de cáncer, son de lo más elegante que puedan escuchar.
Hay una delicadeza en el toque de Getz y Barron que es una delicia; una imaginación desbordada en los solos y una compenetración entre ambos intérpretes que es casi mágica.
El programa es I'm Alright I'm Okey; Gone with the Wind; First Song; Allison's Worlds; Stablemates; Autumn Leaves; Yours and Mine; There's No Greater Love; People Time; The Surrey with the Fringe on Top y Soul Eyes.
Sigan como siempre los comentarios del Cifu y disfruten con estas interpretaciones de un dúo inusitado y elegante, el saxo tenor Stan Getz y el pianista Kenny Barron.

Nota para la audición: Si el reproductor de RNE fallara, cosa que sucede con demasiada frecuencia, y no se mostrara bien en su pantalla, debajo de la caja del reproductor hay una serie de enlaces. Clicando sobre el último de ellos aparecerá la pantalla de los podcasts de Jazz Porque Sí, con un reproductor que, esta vez sí, reproducirá a la perfección el programa.